Marruecos VI. Día 3 II: Viaje a Erg Chebbi

Nos quedaba el último tramo del día y a medida que íbamos avanzando hacia el desierto el paisaje se iba volviendo más y más árido y con menos pueblos.

Como el día anterior, hicimos una primera parada para dejar a nuestros compañeros sevillanos y continuamos hasta nuestro hotel, pues el resto nos alojaríamos en el mismo. Bueno, en realidad pasaríamos la noche en una haima, pero nuestro equipaje se quedaría en una habitación para no ir cargados, porque el camino al campamento en medio del desierto lo haríamos en dromedario, así que había que llevar lo justo.

Nos facilitaron una habitación para los 6 en la que reajustamos nuestras mochilas. Nos llevamos únicamente lo imprescindible: documentación, cargador del móvil, las cámaras bien protegidas en la funda estanca, una muda de ropa, botellas de agua y bolsa de aseo. Una vez acomodados nos dieron el té de bienvenida, momento en que además tuvimos que rellenar el libro de ingreso. Mientras nos tomábamos el té e íbamos cumplimentando nuestros datos, Mustapha nos ayudó a ponernos los pañuelos para nuestro viaje en dromedario. Y como ya habíamos visto en la tienda de sus amigos, tiene su técnica.

Y finalmente, después de casi un par de días en la carretera y cientos de kilómetros, ahí estábamos, a las puertas del Erg Chebbi, el único erg (región arenosa) del Sáhara en el país. Y es que aunque pensemos que un desierto es todo arena, en realidad también puede contar con mesetas pedregosas (hammadas) y terrenos rocosos (serir).  Pero antes había que buscar a los dromedarios. Nos despedimos de Mustapha y nos dirigimos a a la zona donde se encontraban descansando los dromedarios para empezar nuestro paseo.

Si me das a elegir entre dromedario o 4×4, obviamente elijo la primera opción, ya que medioambientalmente causa un menor impacto. Sin embargo, el uso de animales como atracción turística me da algo de reparo, así que creo que es una experiencia que he probado, pero que seguramente no repita. Dicho lo cual, era lo que habíamos elegido. Así que al toro. Nos prepararon una caravana de 6 y nos ayudaron a montar. Y no es nada fácil, pues incluso arrodillados los bichos son altos. Pero es que cuando se ponen de pie de repente te vas para adelante y hasta que no estabiliza y no pillas tu propio centro de gravedad, la cosa es un poco graciosa. Detrás de nosotros iban otros dos grupos, cada uno de ellos liderado por un chaval que no sé si llegaría a la mayoría de edad.

Una vez preparados, nos pusimos en marcha adentrándonos en el Sáhara, el desierto más grande del mundo que con una superficie de 9065000 km² se extiende por casi todo el norte de África. Comenzamos nuestro paseo aún con luz intentando captar lo que nos rodeaba. Aún no nos creíamos que estuviéramos allí, lejos de la civilización, en medio del desierto casi en la frontera con Argelia, al atardecer, sobre un dromedario.

Me hubiera gustado haber hecho alguna parada a medio camino para sentarme en lo alto de una duna, ver atardecer y echar alguna foto, pero supongo que después habría sido más complicado orientarse para llegar al campamento. Así, no nos quedó otra que sacar algunas fotos con el móvil (hacía viento y las cámaras podían acabar estropeadas por la arena) e incluso grabar algún vídeo desde lo alto del dromedario. No era fácil, ya que con el movimiento del animal había que conseguir cierta estabilidad para soltar al menos una mano. No obstante, poco a poco fuimos controlándolo y soltándonos. Y aún así, muchas salieron movidas. Pero como había uno de los chavales que no llevaba camellos, aproveché para pasarle mi móvil y que nos hiciera alguna desde abajo. Más graciosos…

Pronto comenzamos a entablar una conversación con este chaval, Rashid, pues iba con su móvil en modo altavoz y con reaggeton nada menos. No pudimos por menos que pedirle que cambiara la música y que si al menos nos iba a amenizar el paseo, fuera con música local. Él iba cambiando el repertorio, pero con poco éxito. Además, de fondo llevábamos a un grupo de argentinos un tanto escandalosos (“dale peluuuuuuso”), y no eran chavales precisamente. Así que entre el reggeaton, los argentinos y el movimiento, hubo un momento que casi acabamos pidiendo la hora. Pero lo cierto es que a medida que íbamos avanzando, las dunas iban siendo más grandes y la arena más rojiza (solo salpicada por las cagarrutas de los camellos).

Además, el sol comenzó a desaparecer y los últimos rayos de luz daban un tono interesante al paisaje. Para cuando quisimos llegar al campamento ya era de noche. No sé cómo consiguió orientarse nuestro guía en el último tramo, la verdad. Yo no habría podido, pero es que yo me pierdo entre calles con nombre, así que…

Como éramos unas 16 personas y el campamento tenía capacidad para 40 nos dieron para elegir las haimas. La pareja de Madrid se cogió una haima para ellos solos y nosotros en vez de coger una para cada dos, nos metimos todas en una. La verdad es que eran espaciosas y estaban calentitas a pesar de la temperatura exterior. El truco es que eran de metal, por lo que el calor que les da durante el día, se mantiene por las noches. Pero no se veían las paredes, sino que estaban cubiertas de telares.

La que elegimos contaba con una cama grande, una mediana y otra individual. Eso sí, estábamos juntas, pero no revueltas, que para eso había una sábana divisoria.

Dejamos nuestras cosas y salimos afuera a las mesas, donde se nos unió Rashid. Estuvimos un rato de charla con él hablando sobre música, costumbres, viajes y sobre cómo había aprendido español. Llevaba un anillo con lo que nos parecían símbolos y nos explicó que era tifinagh, el alfabeto bereber. Fue transcribiendo en la arena nuestros nombres y la verdad es que era muy interesante, pero pronto nos llamaron para cenar, así que pasamos al comedor. Nos habían preparado una sopa (todo un clásico), esta vez con un tono rojizo. Estaba rica, pero no identificábamos el sabor, así que preguntamos a los chicos, pero ellos estas cosas de cocina no tenían ni idea, así que nos quedamos con las ganas. De segundo un tradicional tajin de pollo y de postre mandarinas. De nuevo volvió a ser mucha comida y nos sobró.

Además de con la pareja de madrileños, compartimos mesa con los argentinos y unos italianos. No se podría haber elegido tres nacionalidades más ruidosas…

Como sobremesa los chavales cogieron sus tambores, timbales y crótalos y nos amenizaron la velada con música tradicional bereber.

La etnia bereber, original del norte de África, se asienta en la extensión de terreno que va desde la costa Atlántica de Marruecos (incluyendo las Islas Canarias) hasta Egipto y desde las costas del Mediterráneo hasta el sur del Sáhara. Tradicionalmente ha sido un pueblo nómada y en los últimos años, con la llegada del turismo, viven de él exhibiendo sus costumbres y tradiciones.

Ellos no se refieren a sí mismos como bereberes, sino que prefieren el término amazigh, que significa en su idioma “hombre libre”. Según nos comentó el guía del Ksar Ait Ben Haddou el día anterior, la palabra bereber procede del vocablo griego βάρβαρος (bárbaro) y, lógicamente, tiene connotaciones negativas.

La música era animada, sin embargo, cuando llegó el momento de bailar y de que nosotros participáramos, la cosa decayó pues ninguno estábamos muy por la labor. Además, había cansancio. Eso sí, no nos queríamos ir a dormir sin ver las estrellas, así que nos salimos del campamento huyendo un poco de la luz para poder ver bien el cielo. Los chicos al ver que nos movíamos nos preguntaron que adónde íbamos y al decirles nuestras intenciones, nos acompañaron. Bueno, en realidad Rashid nos guió en la oscuridad a través de las inmensas dunas hasta llegar a una bien alta desde donde tendríamos unas buenas vistas. Una pena no haber podido sacar una manta y dormir al raso, porque la verdad es que es un espectáculo digno de admirar. Una pena que la industrialización y la contaminación (tanto atmosférica como lumínica) no nos permitan disfrutar de esto todos los días. A medida que la vista se acostumbraba éramos capaces de ver más y más estrellas. Incluso alguna fugaz.

Nos sentamos un rato en la arena, que por cierto estaba fría, e incluso nos hicimos alguna foto en medio de la oscuridad. Pero el sueño podía con nosotros y sabíamos que al día siguiente había que madrugar bastante, por lo que aunque apenas eran las 11, era hora de retirarse a la haima.