Marruecos VIII. Día 5: Marrakech. Palacio Bahía

Nuestro penúltimo día en Marrakech decidimos tomárnoslo con calma. Teníamos un día completito, pero después de la tralla que nos metimos en la excursión, sobre todo con los madrugones y mucho tiempo sentados en el coche, pensamos que nos merecíamos levantarnos un poco más tarde (un poco… sin exagerar). A las 8:30 estábamos de nuevo en el patio, esta vez con luz, y pudimos descubrir lo cuidado de la decoración: los árboles, las mesas, el sofá, la fuente… incluso el repetidor de la wifi estaba oculto para que no desentonara.

Aún medio dormidos, era el momento de disfrutar del desayuno. Vaya despliegue: tortillas francesas, crepes, bollería, pan, miel, mantequilla, mermelada, aceite…. Café y leche (aquí faltó el té). Y por supuesto yogur, fruta y zumo natural. Todo tenía una pinta increíble.

Tras desayunar, nos preparamos las mochilas y cámaras y nos echamos a la calle. Teníamos previsto visitar el Palacio Badí, el Palacio Bahía y las Tumbas Saadíes. A ver si no nos perdíamos.

Nos dirigimos al Palacio Bahía, una de las obras arquitectónicas más importantes de Marrakech. Erigido en la segunda mitad del siglos XIX por orden del poderoso visir Ahmed Ben Moussar, es un complejo paliaciego en cuyo interior se pueden visitar distintos patios y estancias privadas que usaron el visir y sus cuatro esposas.

El palacio cuenta con 160 habitaciones. Todas ellas en la misma planta, y es que parece que el visir tenía una obesidad de nivel importante y su movilidad era bastante reducida. Todas las estancias están decoradas con alicatados zellij, una técnica en la que se emplean teselas multicolores formando complejos dibujos geométricos, estucos esculpidos y madera de cedro tallada empleada como friso y decorada con inscripciones religiosas que cumplen una función decorativa, pero a la vez informativa.

Además, dispone de unos extensos jardines.

El proyecto de construir el palacio más impresionante de todos los tiempos recayó en las manos del arquitecto marroquí Muhammad al-Mekki, quien contó con los mejores artesanos del país durante seis años. Y la verdad es que es una auténtica maravilla. No solo por el plano y la extensión del palacio, sino también por su arquitectura y el detalle de sus elementos decorativos. Se pueden tardar horas en recorrerlo simplemente parándose a observar cada estancia y los diseños de sus arcos de herradura, de sus chimeneas o techos.

Imagino que el mobiliario y telas que adornaban las habitaciones debían ser igualmente impresionantes, sin embargo, hoy no queda nada porque tras la muerte del visir, tanto sus mujeres como el sultán de la época, Abdel Aziz, saquearon el palacio.

Para finalizar salimos al gran patio, también conocido como el Patio de Honor, el más grande del palacio con unas dimensiones de 50×30 metros.

Construido entre 1898 y 1899 está pavimentado en mármol y azulejos y cuenta con una galería de 52 columnas de madera tallada y pintadas. Además, en el centro tiene dispuestas varias fuentes decorativas.

Habíamos empezado fuerte el día, nos encantó el palacio y su decoración, pero aún nos quedaba mucho por ver.