Marruecos IX. Día 5 II: Marrakech. Barrio Judío y Palacio Badii

Tras la visita al Palacio Bahía nos dirigimos al barrio judío de la ciudad, que se halla en la zona sur de la Medina. Recibe el nombre de Mellah y viene a equivaler a las juderías o guetos de Europa.

Cuando los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica, Moulay Abdallah, de la dinastía saadí, debió pensar de forma similar al sultán otomano Bayezid II cuando dijo aquello de “Aquellos que les mandan, pierden, yo gano” y decidió darles asilo. Detrás de esta acción había intereses, claro, ya que sabía que la ciudad ganaría con las habilidades artesanales, comerciales, económicas y diplomáticas de los judíos. Les impuso unos importantes tributos a cambio de protección y fueron ubicados en un terreno al Sur del Palacio de la Bahía y al Este del Palacio El Badi de una superficie de 18 hectáreas.

El Mellah contaba con sus sinagogas, su cementerio y su propio mercado. Era una ciudad dentro de otra ciudad, y quedaba bien delimitado, ya que estaba rodeado una muralla y dos puertas de conexión con la medina (que estaban custodiadas por soldados reales y además se cerraban por la noche para que nadie pudiera salir o entrar). Además, su arquitectura era diferente, ya que a diferencia de las casas de la medina, en el barrio judío abundaban las fachadas con terrazas.

Con el tiempo, cuando la población fue creciendo, el recinto se quedó pequeño y llevó al hacinamiento y la pobreza. Salvo aquellos que tenían trabajos relacionados con la realeza (consejeros, economistas, comerciantes), el resto de los judíos veían cómo cada vez tenían más limitaciones. Por ejemplo no podían mudarse fuera de la judería, tenían prohibido montar a caballo, e incluso debían andar descalzos si salían a la medina. Acabó convirtiéndose en un barrio marginal.

Tras la constitución del Estado de Israel a mediados del siglo XX muchos emigraron, por lo que la presencia de judíos hoy en día es testimonial. Los pocos que quedan censados en la ciudad (se estima que unos 300) se han ido mudando al Barrio de Guéliz, en la parte nueva. El Mellah hoy no parece ser muy frecuentado por los turistas, sin embargo, fue una de las partes que más me sorprendió de la ciudad y bien merece un paseo, aunque no quede mucho del pasado.

Íbamos intentando reubicarnos, pues nos habíamos encontrado con que la calle que nos llevaría al barrio estaba en obras y unas vallas impedían su paso, cuando se nos acercó un hombre preguntándonos en español que si íbamos buscando el barrio judío, que él iba para allá. Nos explicó que con las obras había que entrar por otro sitio y le seguimos.

De camino nos comentó que sabía español porque su padre había estado trabajando en Zaragoza para Navidul. Hizo la broma él mismo: “¿qué mejor sitio para un contratar a un musulmán que uno que trabaja con cerdos?”

Cuando llegamos al Mellah, aprovechó para llevarnos a la tienda de especias de un conocido, pero nosotros ya habíamos hecho nuestras compras en la excursión, por lo que nos despedimos y comenzamos a pasear por las callejuelas estrechas de la judería. El estado de sus edificios muestra que sigue siendo un barrio pobre, pero ello no le hace perder su encanto. Al contrario, le hace ganar puntos en autenticidad. Su mayor atractivo es el antiguo mercado de las especias, donde se pueden encontrar todo tipo de condimentos y coloridas y aromáticas especias: comino, azafrán, pimentón, jengibre, cúrcuma, cilantro, orégano…

Y parece que a mejor precio que en el zoco de la medina, ya que este está más orientado a la población local y tiene menos saturación turística. Aunque supongo que todo dependerá de si te saben local o foráneo…

En el mercado cubierto también se pueden comprar hierbas medicinales, aromáticas, tes, frutos secos, cremas para la piel, maquillaje natural, perfumes, jabones… Además no pueden faltar las alfombras, tapices y telas.

Y no podemos olvidarnos de las joyas. Los judíos eran unos importantes joyeros.

En el barrio aún quedan dos sinagogas en activo: Negidim y Al-Azmah. Nada que ver con la treintena que llegó a haber en su día. La más conocida de las dos es la sinagoga Al-Azmah, que fue construida por los españoles y es la más antigua de la ciudad (aunque su edificio data del siglo XIX). Sirve como lugar de rezo y como museo y se puede visitar, sin embargo, nosotros encontramos un letrero en la puerta que indicaba que estaba cerrada, no sé si es que sería la hora del rezo.

Pegado a la muralla de la medina se halla el viejo cementerio o Miâara, el mayor cementerio judío del país. Alberga en sus 52 hectáreas un buen número de tumbas como consecuencia de sus casi 6 siglos de historia. Nosotros no llegamos a visitarlo. En su lugar salimos a la Plaza des Ferblantiers o Plaza de los Hojalateros, una pequeña plaza en la que, como su nombre indica, se ubican talleres y comercios dedicados al trabajo del metal. Hay de todo, desde pequeñas mesas auxiliares hasta lámparas pasando por los típicos juegos de té. Nos recordó al barrio turco de Sarajevo.

En los soportales de la plaza había ya movimiento, pues se acercaba la hora de la comida y los camareros de los restaurantes que hay en la zona empezaban a desplegar sus encantos para que conociéramos sus menús. No obstante, para nosotros era aún pronto para comer. Echamos un vistazo para saber qué opciones teníamos, pero continuamos hasta el Palacio Badii.

Su nombre significa “El Incomparable”, y es que el sultán Ahmed al-Mansour, quiso que se construyera el palacio más lujoso del mundo tras ganar a las tropas portuguesas en la Batalla de Alcazarquivir (también conocida de los Tres Reyes) el 4 de agosto de 1578.

La tarea se llevó a cabo entre 1578 y 1603 y en ella participaron los mejores artesanos no solo del país, sino venidos de Francia, España o Italia. Por supuesto, también se usaron los mejores materiales de la época, así que se trajeron mármol de Carrara y granito irlandés. Las habitaciones destacaban por la riqueza de su decoración. Las paredes y techos fueron revestidos con estuco, mosaicos y pan de oro de Sudán. Asimismo, abundaban los materiales preciosos como oro, jaspe, ónice, turquesas… Además, se completaron las estancias con muebles traídos desde China.

Sin embargo, todo este esplendor fue borrado de un plumazo con la llegada al poder en 1676 de la dinastía alauita. El sultán Moulay Ismaïl (que ha pasado a la historia por ser el sultán más cruel de Marruecos) ordenó su expolio y gran parte de los materiales se reutilizaron para reconstruir Meknès, la ciudad elegida para convertirse en capital del imperio en 1672.

Así, hoy en día prácticamente solo se conserva la estructura del palacio y algunos fragmentos de mármol de las columnas, azulejos, estucos y restos de las fuentes que se encontraron en las excavaciones arqueológicas de mediados del siglo pasado. Aún así, merece la pena la visita. Aunque solo sea para imaginar lo que fue en su día.

Con un plano influenciado por el de la Alhambra de Granada, las 360 habitaciones quedaban repartidas en grandes pabellones distribuidos en torno a un patio central. Este, de 135×110 metros, aparecía dominado por cinco estanques y cuatro jardines en los que hay varios naranjos. El estaque central, de 90×20 cuanta con una isla que acoge en julio el festival de música tradicional y también algunos eventos del Festival Internacional de Cine.

Al este y al oeste del patio se erigían dos pabellones enfrentados y de planta similar: el Pabellón de Cristal y el Pabellón de Audiencias. en ambos casos había una sala central que comunicaba con los jardines gracias a unas escaleras. Mientras que el primero era usado para uso privado del sultán, el segundo era donde recibía a las visitas.

Por otro lado, al norte y al sur se encontraban el Pabellón Verde y el Pabellón del Heliotropo, ambos con las galerías abiertas.

El Pabellón Verde contaba con una planta principal en la que se encontraba una estancia alargada con un hueco. La habitación tenía en su día suelos decorados con azulejos y alguna fuente. En la primera planta había otras dos estancias con orientación Norte-sur que también tenían los suelos cubiertos de azulejos

En la actualidad queda el recinto amurallado en el que se puede visitar la gran explanada donde se ven los huecos de los estanques plagados de naranjos. El resto está casi todo en ruinas. Eso sí, se puede subir a la torre de la muralla para otear toda la ciudad además de las casas aledañas y numerosos nidos de cigüeñas (aves sagradas para los bereberes). En los días despejados dicen que incluso se llega a ver la cordillera del Atlas.

También se puede visitar un pequeño museo en el que se expone un Minbar de cedro con incrustaciones de marfil que está considerado toda una obra de arte. Este púlpito móvil en el que el imán da el sermón se realizó en Córdoba en el siglo XII y fue usado en la Koutubia hasta 1962.

La visita fue muy interesante, aunque es una pena que las dinastías que fueron ostentando el poder destruyeran obras arquitectónicas tan importantes solo porque las habían ordenado otros. Debió ser impresionante en su día. Nos faltaba por ver si Las Tumbas Saadíes se conservaban algo mejor, ya que parece que por superstición el sultán alauita no ordenó su destrucción.

5 comentarios en “Marruecos IX. Día 5 II: Marrakech. Barrio Judío y Palacio Badii

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