Marruecos X. Día 5 III: Marrakech. Tumbas Saadíes y Madrasa de Ben Youssef

Para concluir la mañana, tras visitar el Palacio Bahía y el Palacio Badii, nos dirigimos a las Tumbas Saadíes, uno de los monumentos más visitados de  Marrakech.

Se encuentran ubicadas en el barrio de la Kasbah, lo que hace que no sea fácil llegar a ellas. La guía de El País Aguilar indicaba que había que pasar por un estrecho callejón junto a la Mezquita Moulay El Yazid, así que a ella nos dirigimos.

Esta mezquita, también conocida como la Mezquita de la Kasbah, data del siglo XII y es una de las más importantes de Marrakech junto con la de la Koutubia. Fue mandada construir por Al-Mansour en el distrito imperial para que así le quedara cerca a la hora de rezar. Como curiosidad, parece que no está bien orientada a la Meca, y es que según el período histórico se ha considerado que esta quedaba en unas coordenadas u otras.

Bordeamos la mezquita y buscamos el famoso callejón… pero nada, después de callejear acabamos en la misma plaza. Venga, segundo intento, pero esta vez tomamos otro recodo a ver. Comenzamos fijándonos bien en los detalles para ver si nos habíamos pasado algún cartel, pero allí solo parecía haber casas… de hecho me fui a meter en un patio y un chaval me dio a entender que era un lugar privado… Así que, nada… seguimos intentando encontrar las famosas tumbas.

En un giro nos encontramos con un señor que nos vio perdidos y nos dijo que si íbamos buscando las tumbas. Al responderle afirmativamente nos abrió su tienda de alfombras para que pasáramos. Resulta que el señor tenía una puerta trasera que conducía al callejón de acceso a las tumbas. Seguro que hay una forma más rápida y sencilla de llegar, pero no la encontramos.

Las Tumbas Saadíes datan de la conocida como Edad de Oro de Marrakech, la época en la que reinaba la dinastía saadí. Actualmente son el único vestigio que queda de aquellos años de esplendor. Y es que, como habíamos visto en la entrada anterior, el sultán alauita Mulai Ismail mandó destruir todo lo perteneciente a sus antecesores. Quizá por superstición o por respeto a los muertos, con el cementerio sin embargo ordenó que se tapiara su entrada con una muralla. Y ocultas quedaron hasta 1917 que los franceses sobrevolaron la zona para la creación de mapas de la ciudad y descubrieron cómo sobresalían los tejados de los mausoleos sobre otros edificios.

En 1557 el sultán Ahmad al-Mansour, el mismo del Palacio Badii, encargó edificar un mausoleo para su madre, Lalla Messaouda (Lalla es el título que se otorga en Marruecos a las mujeres de la Familia Real), sobre la tumba de su padre, Mohamed Cheikh, en un lugar que ya se usaba como necrópolis de nobles. Tiempo después se construyó otro para él y el resto de miembros de la dinastía.

Tras pasar las taquillas, entramos en una zona ajardinada rodeada de altos muros. De hecho, de no saber que se trata de un cementerio, bien podríamos pensar que se trata de un palacio, tanto por las salas ricamente decoradas, como por los jardines. El recinto alberga más de 100 tumbas a ras de suelo decoradas con mosaicos de azulejos. Algunas se sabe que pertenecen a miembros de la familia real, sin embargo, otras están sin identificar y se cree que en ellas descansan sirvientes y guerreros de la dinastía saadí.

En un lado del jardín se erige el Mausoleo de Lalla Messaouda, de planta cuadrada y dos salas laterales. Originalmente era un único espacio, pero con el tiempo fue ampliado con unas pequeñas galerías, una sala para tumbas de la familia y una sala de oración.

Y aunque este edificio llama la atención por la riqueza de su decoración, realmente el que capta toda la atención es el principal. Es fácil de localizar, puesto que hay que hacer cola para ver su interior. Este mausoleo también cuenta con varias salas comunicadas entre sí: La Sala de Oraciones, la Sala de las Doce Columnas y la Sala de los Tres Nichos.

La Sala de Oraciones queda unida con la principal por un arco y se extiende hacia la izquierda de esta. Cuenta con cuatro columnas y un antiguo mihrab y su función es indicar la dirección de la Meca. Aunque su suelo está cubierto de mosaicos y la parte superior de la estancia tiene una bella ornamentación con el típico nido de abeja, en realidad es la más austera de las tres salas.

Paradógicamente, alberga tumbas de la dinastía alauita.

La Sala de las Doce Columnas es donde descansan los restos mortales del sultán, de su hijo y de su nieto.

Todo llama la atención en 10 metros cuadrados. Desde el suelo hasta el techo. Tanto el suelo como las paredes cuentan están completamente decorados con azulejos esmaltados. En determinada altura una cenefa con los versículos del Corán sirve de corte para la parte superior, donde los muros están recubiertos con estucos con el característico dibujo de nido de abeja y rematados con detalles dorados.

La estancia queda cubierta por una cúpula tallada en madera de cedro con relieves de oro que descansa sobre doce columnas (de ahí su nombre) de mármol de Carrara con capiteles adornados con motivos vegetales.

Es impresionante y no me extraña que se forme cola. La decoración, la iluminación, los detalles…muestran el poder de la dinastía saadí. Viendo esta sala una piensa en cómo sería el Palacio Badii antes de su saqueo y lo que nos hemos perdido. Cuesta imaginarlo, pero sin duda debió ser impresionante. No hay más que ver otros ejemplos similares de la arquitectura árabe y andalusí en nuestro propio país.

Por último, la Sala de los Tres Nichos  está dedicada a los príncipes saadíes que fallecieron jóvenes, a las mujeres y a las concubinas.

Bien merecía la espera para poder ver esta joya artística, aunque nosotros apenas hicimos cola unos 5 minutos. Pero claro, era noviembre, supongo que en verano debe llevar mucho más.

Tras quedar maravillados por la visita a las Tumbas Saadíes fuimos en busca de un sitio para comer, que se nos había hecho algo tarde. Teníamos ganas de couscous, ya que no lo habíamos probado en todo el viaje y, tras darnos una vuelta para comparar locales y menús, acabamos en un restaurante en un lateral de la plaza Jemna el Fnaa que tenía una pequeña terraza en el tejado.

Elegimos un couscous de pollo y otro de legumbres. Además, pedimos un Sandwich de pollo y otro mixto.

Los sándwiches, hechos de pan de hogaza casi como si de una hamburguesa se tratara, estaban muy ricos. Y eran contundentes. Los couscous para ser dos diferentes eran prácticamente iguales. La única diferencia era que el de legumbres llevaba unas pocas judías.

Con el sol cada vez más presente en la terraza, decidimos continuar el paseo. La siguiente parada era la Madrasa de Ben Youssef, que lamentablemente habíamos leído que estaba en obras y parecía que no íbamos a poder visitar. De todas formas, probamos suerte a ver si se podía ver por fuera.

Esta escuela de teología coránica se halla al norte de la zona de los zocos junto a una mezquita del mismo nombre. Fundada a mediados del siglo XIV por el sultán Abou el Hassan de la dinastía de los benimerines, fue refundada dos siglos después por el sultán saadí Mulay Abdalah, quien ordenó realizar importantes reformas y renovaciones en el edificio.

Pronto se convirtió en la más importante de todo el norte de África. Contaba con una universidad coránica y una residencia en la que acogía a más de 900 estudiantes de todo el mundo musulmán.

Cerró en 1960 y desde 1982 funciona como monumento. Lamentablemente, una lona nos confirmó que efectivamente estaba en obras y no pudimos ver gran cosa.

Y ya que la madrasa estaba cerrada, decidimos dedicar la tarde a los zocos, aunque no compramos mucho, la verdad. Solo el hecho de entrar en el regateo nos daba algo de pereza. Aunque alguna parece que sí que estaba en su salsa y tenía a los vendedores llamándola a voz en grito para que volviera con el nuevo precio que le ofrecía.

Como aún era pronto, volvimos a la Plaza Jamaa el Fna para dar una vuelta y vivir por última vez el ambiente. Aunque esta vez no pensábamos cenar allí.

De noche volvimos al riad para ducharnos y medio preparar el equipaje, pues aunque teníamos el vuelo el día siguiente a las 6 de la tarde, la habitación la teníamos que dejar a las 12. Así que la idea era desayunar y dejar allí el equipaje hasta después de comer que volveríamos para que nos llevaran al aeropuerto.

Salimos a cenar a un restaurante próximo al riad, Chez Brahim. Esa noche nos lo íbamos a tomar con algo más de calma. Tenían horno de leña y por no repetir de nuevo tajin o couscous, elegimos tres pizzas diferentes (atún, marroquí y vegetariana) y un plato de briwats, (pequeños triángulos de pasta filo rellenos).

Nos gastamos la friolera de 300 Dirhams. Sin duda el primer día hicimos la novatada, pues en comparación fue el día que más caro pagamos la comida.

Tras la cena tocaba volver al riad a dormir.