Marruecos XI. Día 6: Jardín Majorelle y vuelta a Madrid

Para nuestro último día en Marrakech habíamos dejado la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que se extiende más allá de la Medina. Como no es una zona muy turística, nos levantamos tranquilamente como el día anterior para desayunar a las 8:30. La oferta era muy parecida a la de la primera mañana en el riad, solo que había cambiado el tipo de bollo, en lugar de crepes teníamos tortitas y huevos cocidos en vez de tortilla francesa.

Desayunamos tranquilamente disfrutando de la paz del riad bajo los naranjos y después recogimos el equipaje y devolvimos la llave. Quedamos en volver después de comer para el traslado al aeropuerto y nos echamos a la calle. En principio pensamos tomar un taxi, pero al final, como era pronto y el sol todavía no pegaba con fuerza, nos fuimos dando un paseo.

Una vez salimos de la Medina se ve claramente otro tipo de planificación urbanística. Son unos diez minutos de paseo que de repente nos hacen avanzar 500 años de golpe. Aquí encontramos grandes avenidas arboladas construidas en la década de los años 30 del siglo pasado donde predominan grandes hoteles, cadenas de restaurantes occidentales, tiendas, locales de fiesta… El gobierno colonial francés optó por salir de la ciudad árabe y construyó una ciudad nueva a la que más tarde se han ido mudando marroquíes que aspiraban a mejorar su calidad de vida. Las calles quedan adornadas con vallas publicitarias y hay un tráfico caótico.

El centro de esta ciudad nueva es el barrio de Guéliz y nuestro destino era el Jardín Majorelle, que nació en los años veinte del siglo pasado cuando el pintor francés Jacques Majorelle, atraído por la luz y el color de Marrakech, compró una finca de palmeras en la que mandó construir una casa estilo Art Déco inspirada en la arquitectura de Le Corbusier. Allí instaló su taller, cuyo edificio pintó de un vibrante azul inspirado en el color de las casas bereberes y que hoy lleva su apellido. Alrededor creó un extenso jardín. Aunque iba a ser un espacio privado, de inspiración y creación para el artista, en 1947 se abrieron al público en general.

En 1962 el pintor tuvo un accidente de coche y volvió a su país natal, quedando la propiedad abandonada hasta 1980, cuando la compraron el estilista francés Yves Saint Laurent y su entonces pareja Pierre Bergé, de ahí que también sean conocidos como los Jardines Saint Laurent y atraigan a muchos seguidores del modisto. Sus cenizas fueron esparcidas aquí tras su muerte en 2008. Hay también un memorial en su honor.

En esta nueva etapa la propiedad pasó por unas importantes reformas: se erigió una villa, se convirtió el antiguo taller de Majorelle en una exposición permanente de arte islámico (alberga joyas tradicionales, antiguas piezas de madera tallada, bordados, manuscritos y litografías de Majorelle del Atlas), se optimizó el sistema de riego del jardín y se amplió el número de especies.

Cuenta con palmeras, aloes, cactus, bambús, nenúfares, naranjos, plataneros, cocoteros rosales y otras mil plantas y árboles que proceden de los cinco continentes.

En el recinto además abundan los estanques y riachuelos, en los que viven carpas, tortugas y ranitas.

Podría parecer extraño encontrar tal oasis en una ciudad como Marrakech, que suena a árida, sin embargo, la ciudad ha contado con importantes sistemas de canalización y riego ya desde el siglo XI, con la llegada de los almorávides. Recordemos la importancia del agua en la arquitectura árabe.

Estos jardines suponen un remanso de paz que contrasta con el caos de la Medina. Se respira tranquilidad y el ambiente es algo más fresco que entre los muros de la ciudad vieja. Yo no soy muy aficionada a las plantas, pero merece la pena darse un paseo entre un sinfín de plantas y árboles, sentarse en un banco bajo la sombra de una palmera y oír el agua correr y los pájaros cantar.

Es toda una maravilla para la vista con el contraste del verde de la vegetación frente al azul Majorelle y el amarillo que predominan en las construcciones.

Eso sí, mejor acudir a primera hora, pues se forman importantes colas.

Tras un par de horas en el jardín emprendimos el regreso a la Medina. El bus 19 lleva a la plaza Jamma, aunque también podíamos tomar un taxi. Sin embargo, como teníamos tiempo de sobra, volvimos también dando un paseo, aunque esta vez el sol sí que quemaba. Recorrimos un tramo próximo a la muralla, construida en el siglo XII por orden del almorávide Ali Ben Yusuf, de la dinastía de los almorávides, ante la necesidad de proteger Marrakech, que por aquel entonces era un campamento militar y mercado.

Se erigió entonces una Kasbah. En los siglos posteriores la ciudad fue creciendo y el trazado de la muralla tuvo que ser modificado y ampliado varias veces. Sin embargo, con el paso del tiempo acabó resultando ineficaz para contener a los atacantes y hoy queda con una mera función ornamental. Ha sido adaptada para el tráfico rodado, pero se mantiene casi intacta.

Con casi 20 kilómetros de largo y unas 600 hectáreas es la más extensa de todo Marruecos. Sus muros realizados en arcilla roja (la piedra es muy escasa en la región) que cambian de tonalidad según cómo el sol incida en ellos miden entre 8 y 10 metros de altura y entre 1,60 y 2 metros de anchura. Cuenta con 202 torres cuadradas y 22 puertas principales de acceso que comunican la medina con los barrios de Guéliz e Hivernage.

Las puertas más antiguas son Bab er Robb y Bab Agnaou. La primera de ellas era la puerta sur original de la ciudad, mientras que Bab Agnaou forma parte de los restos de la antigua Kasbah y está decorada con piedra verde de Guéliz. De hecho, es la única de piedra. Otras puertas importantes son Bab Doukkala, que con la planificación urbanística del siglo pasado ha quedado fuera de los muros; Bab El Khemis, la más decorada, que se halla al norte; Bab el Jadid;  o Bab el Debbagh.

Para resguardarnos del penetrante sol nos metimos en el Cyber Park, también conocido como Arsat Moulay Abdeslam Cyber ​​Park. Me recordó al Pherozeshah Mehta Gardens de Bombay por sus caminos de arena rojiza, aunque este parque estaba mucho mejor cuidado y era más frondoso.

Creado en el siglo XVIII, fue un regalo del sultán Sidi Mohammed Ben Abdellah a su hijo el príncipe Moulay Abdeslam con motivo de boda. Con el tiempo fue deteriorándose, pero en 2005 Maroc Telecom y la Fundación Mohammed VI para la protección del Medio Ambiente se encargaron de reformarlo y renovarlo, por lo que hoy en día ha recuperado su esplendor y es uno de los parques preferidos de los lugareños para escapar del ruido de la ciudad.

Aunque en su renovación se han incorporado un cibercafé (Maroc Telecom negoció poder obtener ingresos mediante la explotación de algunos espacios), acoge exposiciones culturales espectáculos y en general se ha modernizado (toda la iluminación es solar); también se intenta mantener el estilo y el ambiente original.

Además del Cibercafé, en una de las entradas Maroc Telecom ha instalado una pequeña exposición sobre telefonía donde podemos ver antiguas operadoras, teléfonos de cabina, de rueda, móviles de varias generaciones, módems…

Lleva unos 10 minutos visitarla, pero supone un viaje al pasado y nos lleva a reflexionar lo rápido que evoluciona la tecnología.

Era la una de la tarde y volvimos dando un paseo a la Medina, donde callejeamos en busca de un sitio donde comer. Sin embargo, al final acabamos en el restaurante de la noche anterior, pues sabíamos que era tranquilo, fresco y nos quedaba cerca del riad. Esta vez no elegimos platos para compartir, pues ya habíamos probado los platos locales. Nos decidimos por unos pinchos, una pizza y dos platos de espaguetis (unos a la boloñesa y otros a la marinera).

Comimos tranquilamente y, como aún había tiempo, fuimos en busca de una patisserie para que las primas comieran el postre. Y no sabían muy bien qué elegir, pues había demasiadas opciones. Al final se decidieron por una milhojas y una napolitana de chocolate. Por tan solo 10 Dirhams…

Volvimos al riad, donde esperamos un rato hasta que llegó a por nosotros un empleado que nos cargó el equipaje hasta salir de la Medina. Allí nos nos recogió el conductor que nos llevaría al aeropuerto. En el riad nos habían recomendado que estuviéramos unas 3 horas antes en el aeropuerto, algo que en un principio nos pareció demasiado. Y más teniendo en cuenta que no íbamos a facturar. Pero nos fiamos de su consejo. Y la verdad es que tenía razón, pues llegamos al aeropuerto a las 16:10 y nos encontramos con que había cola antes de entrar en la terminal.

No era excesivamente larga y en apenas cinco minutos habíamos pasado, supongo que no habría muchos vuelos a esas horas. Sin embargo, esto solo era para entrar en el aeropuerto en sí (un escáner de equipaje), dentro hay más escollos.

En Madrid llevábamos nuestra tarjeta de embarque en el móvil, con el código QR, sin embargo, para la vuelta al hacer el checkin online solo pudimos sacar el formato pdf, por lo que nos tocó pasar por mostrador para que nos imprimieran la tarjeta. Segunda cola del día. Eso sí, tampoco nos llevó más de diez minutos, a pesar de que el azafato estaba un poco empanado.

Siguiente paso. Ahora llegaba el turno del control de seguridad, donde sí que había algo más de gente.

Tras pasar por seguridad finalmente quedaba pasaportes. Eran las 17:08 cuando nos pusimos a la cola y había un buen recorrido por las cintas hasta llegar a las casetas de los funcionarios. Había gente que intentaba que le dejaran pasar sin esperar porque su vuelo salía ya, pero la policía les decía que a la cola pepsicola.

La verdad es que tiene su riesgo este último control, pues tampoco puedes hacer mucho para estar antes. Es decir, la puerta de embarque la cierran media hora antes de la hora prevista del vuelo, pero si necesitas pasar por mostrador para recoger la tarjeta, de nada te sirve estar 4 horas antes si no abren hasta que no quedan 2. Quizá para estar el primero en la cola y poder salir pitando para el siguiente control.

En nuestro caso pasó una hora hasta que finalmente nos sellaron el pasaporte. Y después de nuevo otro señor al que enseñarle que efectivamente nos lo habían sellado y no nos habían colado. Y ya por fin llegamos a la zona de tiendas y restauración. Nos habían sobrado unos 300 dirhams, y no merecía la pena cambiarlos, así que dimos una vuelta para comprar algún detalle a la familia. Aunque no nos pudimos entretener mucho, pues veinte minutos después ya habían abierto la puerta. A las 18:40 estábamos embarcando con el sol ya casi ocultándose y dejamos tierra a las 19:09.

El vuelo fue bastante tranquilo hasta que llegamos (intuyo) al estrecho, que tuvimos turbulencias. Pero por lo demás, se me hizo bastante corto, más incluso que a la ida. Eso sí, esto no impidió que algunos se echaran alguna cabezadita.

Aterrizamos en Madrid poco antes de las 9 de la noche, donde nos recibió un clima bastante más fresco que el de Marrakech. Comenzaba la cuenta atrás para el próximo viaje a Berlín en diciembre.

2 comentarios en “Marruecos XI. Día 6: Jardín Majorelle y vuelta a Madrid

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