No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, Corinne Maier

Últimamente le estoy cogiendo el gusto a los ensayos. Normalmente prefiero la novela, pero a veces, entre un libro y otro necesito leer algo diferente para desconectar la mente y no mezclar personajes o historias. Así, hace poco leí No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, de la ensayista francesa Corinne Maier.

Aunque cada vez son más las mujeres que escriben sobre el tema y no se avergüenzan o lamentan de no querer pasar por la maternidad, en concreto este libro me llamó la atención porque la autora es madre, y sí que es menos frecuente que se atrevan a compartir que preferirían no haberlo sido. Y es curioso, pues cuando dices que no quieres tener hijos te hacen numerosas preguntas o directamente afirmaciones como que te vas a arrepentir o que te vas a perder algo maravilloso y,sin embargo, cuando alguien comunica la llegada de una criatura al mundo en su entorno nadie les cuestiona si se lo han pensado dos veces o son conscientes de la responsabilidad de la crianza y lo que ello conlleva, como por ejemplo también perderse cosas en la vida. Porque sí, toda decisión en nuestra vida significa dejar otras cosas de lado y que en un futuro podamos arrepentirnos de haber tomado un camino y no otro.

Y precisamente así comienza Maier su introducción, asegurando que se arrepiente de ser madre y que si volviera atrás seguramente no tendría hijos porque, analizándolo, le ve más cosas negativas que positivas. Y no pasa nada, no es un monstruo por ello, no creo que tenga que ver con que odie a su descendencia, sino que preferiría haber tomado otro rumbo en su vida. Como si te vas de alquiler y con los años volviendo la vista atrás piensas que quizá tendrías que haberte comprado una casa o viceversa. La autora rompe con el tabú de la maternidad idealizada y desgrana sus 40 razones para que aquellos que estén pensando en ser padres, se lo piensen bien antes. No es que descubra nada nuevo con su lista, quizá lo novedoso es el tono un tanto provocador que usa al exponerla. Pero en cualquier caso, la mayoría son verdades como puños.

Acierta al destacar la presión social que existe para tener hijos. Parece como si una pareja no fuera bien si no diera el paso de criar un par de retoños. Aquello de un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores… Quienes se atreven a no seguir ese camino son continuamente juzgados por no seguir el camino. Y mientras, hay tantos otros que dan el paso porque es lo que toca. No hay motivo detrás, sino simplemente porque es lo que se espera a cierta edad.

Y después viene el golpe de realidad, cuando descubren que el embarazo no era tan bonito, que el parto es doloroso, que la recuperación está lejos de ser como las de las famosas, que los meses de lactancia son esclavos y se duerme poco y que a partir de ahí todo gira en relación a esa persona dependiente, que no es algo que puedas posponer porque hoy no te apetezca o no tengas ánimos o fuerzas. Es una responsabilidad, una vida humana y estás a su servicio. Esto no quiere decir que la circunstancia sea mala, sino que hay que ser consciente de lo que conlleva. Un claro ejemplo son las campañas sobre las mascotas en las que se recalca la necesidad de una reflexión previa antes de su adquisición para evitar maltratos o abandonos.

Con la llegada al mundo de la criatura la vida de los progenitores cambia. Y, como dice la autora, la educación requiere que los progenitores estén siempre disponibles, atentos y dispuestos a sacrificar otros aspectos de su vida. Empiezan a vivir el tiempo de otra persona y pasan a segundo plano la pareja, las amistades, el tiempo de ocio o la vida laboral. Es cierto que se pueden seguir haciendo muchas cosas, pero está claro que hay que hacer reajustes porque los horarios cambian. No se tiene la misma maniobrabilidad para improvisar planes y hay muchos que no son aptos para críos. Aparte de que se tiene menos tiempo libre: llevar a los niños a la guardería/colegio, trabajo, recogerlos, meriendas, parque, extraescolares, deberes, duchas, mantener al día la casa, preparar cenas, comidas, la ropa del día siguiente… La crianza es agotadora, y más aún cuando el reparto de tareas no es equitativo.

Y es que como bien indica Maier, el coste de tener hijos no es el mismo para la madre que para el padre, pues la maternidad se ha convertido en una trampa para las mujeres. Es cierto que las cosas van cambiando y ahora los padres se involucran algo más y saben cambiar pañales, dar el biberón o llevan al niño al parque. Pero aún así siguen recayendo sobre las madres la mayoría de las tareas, y sobre todo el peso de la carga mental. Aquellas pequeñas cosas que no son tan visibles como que los niños crecen y hay que comprarles ropa nueva o estar pendientes del calendario de vacunaciones. La realidad es que la mujer se ha incorporado al mundo laboral, pero el hombre no lo ha hecho en igual medida en el doméstico y familiar. Así, esto crea una desigualdad en ambos ámbitos dando lugar a un círculo vicioso: si los hombres no asumen por igual sus tareas en casa, en las empresas se da por hecho que la mujer sale menos rentable y la balanza se inclina hacia el lado de ellos. Y puesto que la parcialidad y los sueldos inferiores recaen sobre ellas, ellos tienen más oportunidad de seguir desarrollando su carrera profesional. Así, con frecuencia se ve que mientras que un hombre en un alto cargo puede ser que sea padre o no, en el caso de ellas generalmente se trata de mujeres sin hijos. Las madres se han ido quedando por el camino.

Por tanto, en la actualidad ser madre supone tener que aceptar empleos peor remunerados pero que dejen tiempo libre para cuidar de la familia, porque claro, alguien tiene que hacerlo… Y al final supone una doble pérdida económica ya que por un lado se ingresa menos dinero por la actividad laboral (con lo que supone para la cotización e independencia económica) y por otro se echa otra jornada tan duradera y agotadora (o más) que no está remunerada. Así pues, la madre de hoy en día se encuentra cansada, con falta de tiempo y cierta dependencia económica. Al final va a ser verdad como dicen algunas amigas mías con hijos que nos engañaron con lo de la mujer liberada que se incorpora a la vida laboral y que vivían mejor las amas de casa. Al menos ellas no estaban pluriempleadas.

Aunque en esto siempre digo que hay evidencias previas: si tu pareja hombre antes de que haya hijos de por medio y con ambos trabajando fuera de casa no asume responsabilidades dentro, seguramente no lo haga después. Es preferible trabajar para conseguir una dinámica que funcione a nivel pareja antes de embarcarse en aumentar la familia. Y si no se llega a un acuerdo, mejor romper cuanto antes y cada uno por su lado antes de que todo se complique con custodias y demás.

Volviendo al libro de Corinne Maier, la autora reflexiona también sobre lo caro que sale tener hijos. Y eso que no entra en la concepción artificial, cada vez más frecuente. A los hijos hay que alimentarlos, vestirlos, ponerles ortodoncias, gafas, comprarles libros, pagarles las actividades extraescolares, la educación no obligatoria… Cualquiera quiere lo mejor para sus hijos, así que ¿cómo les vas a privar de las clases de natación para bebés, los idiomas o las clases de música? Como bien dice en su razón número 15: el hijo es un aliado objetivo del capitalismo. Los niños, además de consumir, hacen que los progenitores consuman. Aparte de los pañales, ropa y productos de aseo, hay una lista interminables de trastos que solo usan durante pocos meses pero que parecen imprescindibles: que si la cuna de colecho, la de viaje, la cuna grande, el capazo, la silla para el coche, la de paseo, la mochila portabebés, la hamaca, el parque, el calientabiberones, el esterilizador de biberones, el escurridor de biberones, los walkies vigilabebés… Y eso es solo el principio, porque luego se unen los juguetes, los libros, las tablets, móviles y ordenadores, los instrumentos u objetos de las actividades extraescolares… En muchos casos además la llegada de los hijos supone el tener que (o querer) cambiar de coche e incluso de casa, con lo que ello supone económicamente.

Como conclusión, la autora defiende que la solución es dejar de tener hijos. Sobre todo en los países desarrollados. Y es que aunque los países menos desarrollados tienen una mayor población, el problema es la supercontaminación de los más ricos y su consumismo voraz. Va más allá: ¿Qué sentido tiene traer hijos al mundo cuando se les va a dejar un planeta condenado al desastre ecológico?

No creo que el libro vaya a hacer cambiar la opinión de nadie, pero está muy bien que se hable cada vez más de la no maternidad como opción sin que ello suscite reprobación. Al fin y al cabo, no tener hijos es una elección como otra cualquiera y tan válida como sí tenerlos. De hecho debería ponerse más en duda la capacidad y madurez de algunos para ser padres que de quienes deciden no serlo.

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