Berlín II. Datos sobre Alemania

Después de un sueño reparador, comenzábamos nuestra visita a la capital germana, una ciudad más que relevante en la historia del país. Hagamos un poco de repaso:

Los primeros pueblos que se asentaron en la región que hoy ocupa Alemania fueron tribus germánicas procedentes del sur de Escandinavia, celtas de la Galia y eslavas del Este de Europa. Más tarde, en el siglo III, tuvieron lugar lo que nosotros conocemos como “Invasiones Bárbaras” pero que los alemanes estudian en el colegio como el “La migración de los pueblos germánicos”. Las tribus germánicas del Oeste (alamanes, catos, francos, frisones, sajones y turingios) fueron aplastando a las tribus celtas a su paso y siguieron su camino hacia el oeste.

Alrededor del año 800 Carlomagno fundó un gran imperio (ocupaba los territorios que hoy conforman Francia y Alemania) que se se convirtió en la mayor potencia política de Europa en la Alta Edad Media. Sin embargo, este Imperio Carolingio no duró mucho, ya que a la muerte del emperador quedó disuelto en tres reinos:

  • Westfrankenreich o Francia Occidental (lo que hoy sería Francia) gobernada por Carlos el Calvo;
  • Ostfrankenreich o Francia Oriental (origen de la Alemania actual) dirigida por Luis el Germánico;
  • y Mittlere Frankenreich también conocida como Ostfrankenreich Media (que incluía los territorios del actual Benelux y algunas zonas de Francia y norte de Italia) bajo el reinado de Lotario.

Un siglo más tarde el Papa coronó emperador a Otto el Grande de la dinastía sajona. Nació entonces el Sacro Imperio Romano Germánico, que existiría con diferentes formas y fronteras entre 962 y 1806. En primer lugar abarcaba los ducados de Lorena, Sajonia, Franconia, Suabia, Turingia y Baviera, pero entre 1024 y 1125 con la dinastía salia, se extendería hasta el norte de Italia y Borgoña. Más tarde, entre 1138 y 1254 con los Hohenstaufen se expandiría hacia el sur y este, intentando germanizar a los eslavos. Con esta dinastía además prosperaron varias ciudades norteñas del territorio gracias a la Liga Hanseática.

Cuando murió Federico II, el último emperador Hohenstaufen, comenzó período de 19 años de caos, conocido como el Gran Interregno, cuando ninguno de los sucesores fue capaz de conseguir los apoyos necesarios para ascender al trono. Finalmente, en 1273 lo hizo Rodolfo I, de los Habsburgo, una dinastía que mantendría el poder hasta principios del siglo XIX con la llegada de Napoleón.

No obstante, el imperio pasaría por momentos en los que su unidad se vería amenazada, como en el siglo XVI con la llegada de Martín Lutero, quien escribió en 1517 las 95 tesis en las que cuestionaba la Iglesia Católica. Con esta crítica a la doctrina católica, el monje cambió el pensamiento teológico originando la Reforma Protestante y dando lugar a la Iglesia Luterana, que comenzó a ser reconocida como nueva religión oficial en muchos estados del norte a partir de 1530. Carlos V (Carlos I de España, el nieto de los Reyes Católicos) pasó gran parte de su reinado luchando contra la creciente amenaza del protestantismo y esforzándose por mantener el Sacro Imperio Romano intacto, pero finalmente en 1555, con la Paz de Augsburgo, sería reconocida como igual a la católica y no solo el imperio quedaría dividido en dos ramas religiosas, también lo haría toda Europa, como ya vimos con el Reino Unido.

Este cisma religioso desembocó en 1618 en la Guerra de los Treinta Años, que mermó la población de los estados alemanes en un 30% y acabó con el imperio reduciéndolo a un conglomerado de estados y territorios sin apenas poder a la firma del la Paz de Westfalia. Con ella Suiza y los Países Bajos se independizaron, Francia se hizo con Alsacia y Lorena, y Suecia se extendió hasta la desembocadura de los ríos Elba, Óder y Weser. Paralelamente, a medida que el Sacro Imperio Romano Germánico se iba disolviendo, Brandeburgo-Prusia, de la dinastía Hohenzollern, comenzó a despuntar. Se convirtió en un estado potente que abrazó las ideas de la Ilustración, garantizó la libertad religiosa e introdujo reformas legales. Esto atrajo a grandes pensadores de Europa e hizo que Berlín floreciera como capital cultural. El Sacro Imperio Romano Germánico se disolvió en 1806 cuando el emperador Francisco II abdicó después de perder en la Batalla de Austerlitz. Napoleón se hizo con el control de Europa y reorganizó el territorio en 30 estados soberanos agrupados como la Confederación del Rin, que duró hasta la Batalla de Leipzig de 1813, cuando las tropas prusianas, rusas, austriacas y suecas vencieron al francés.

En el Congreso de Viena de 1815 Alemania se reorganizó como Confederación Germánica, una agrupación de 39 estados encabezada por Austria y Prusia (aunque tras la revolución en 1848 Austria estuvo un par de años fuera). En 1861 llegó al trono Guillermo I de Prusia y nombró canciller a Otto von Bismarck, quien modernizó el ejército y movió las tropas para anexionarse estados. Además, en 1867 formó la Confederación Alemana del Norte excluyendo a Austria. Tras vencer en la Guerra Franco-Prusiana el orgullo nacional aumentó y en enero de 1871 se proclamó el Imperio Alemán con el Reino de Prusia como su principal constituyente y Berlín como capital. Eso sí, Austria ya quedaba totalmente fuera. Guillermo I fue coronado Emperador y Otto von Bismarck nombrado canciller.

En esta nueva etapa ya como nación conocida como Años Fundacionales, Alemania orientó su política exterior en colonizar territorios en África y posicionarse como gran potencia a la vez que intentaba aislar a Francia. Internamente se centró en la industrialización. A principios del siglo XX el país ya rivalizaba con Gran Bretaña y los Estados Unidos. Sin embargo, las fricciones imperialistas hicieron que Alemania se quedara cada vez más sola cuando se creó la Triple Entente (Reino Unido, Francia y Rusia).

Con el atentado del heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro en Sarajevo ya vimos que Austria quiso aprovechar la oportunidad para acabar con Serbia, a lo cual Alemania se unió. Así, las grandes potencias quedaron divididas en dos bandos: por un lado la Triple Entente, y por otro la Alianza Central (Alemania y Austria-Hungría). La I Guerra Mundial acabó el 9 de noviembre de 1918 con la abdicación del Emperador Guillermo II, terminando también con la monarquía en el país y dando lugar a la República de Weimar con una nueva Constitución Federal que incluía el sufragio femenino y derechos sociales básicos.

Con el Tratado de Versalles un año más tarde Alemania perdió sus colonias, su fuerza militar y gran parte de su poder industrial. La derrota de la guerra supuso además un gran bazazo económico al tener que indemnizar al resto de países. Esta adversidad económica como consecuencia del tratado de paz duró unos años y cuando Alemania empezaba a recuperarse, llegó el crack del 29. Así pues, durante los años de la República de Weimar (1919-1933) hubo un descontento bastante generalizado entre la población. Todo esto unido a la sensación de que la guerra se podía haber ganado, sirvió a partidos como el NSDAP para ir ganando cada vez más fuerza.

Hitler llegó a jefe de Estado y poco después, el 27 de febrero de 1933, el Reichstag fue incendiado. Una operación provocada por los propios nazis (capitaneados por Hermann Göring) para culpar a los comunistas (cómo no).

El suceso sirvió como excusa para derogar algunos derechos democráticos fundamentales y crear la Ley Habilitante que le daba al gobierno el pleno poder legislativo. Alemania se convirtió entonces en un estado totalitario con un único partido. Todos los partidos, organizaciones y sindicatos no nazis dejaron de existir. Todo aquel que opinaba diferente fue perseguido, detenido y aniquilado. El proclamado Führer quería volver a la idea de gran imperio (de hecho llamó a su dictadura el Tercer ImperioDrittes Reich), por eso comenzó a anexionarse tierras vecinas de Austria y Checoslovaquia, después lo intentó con Polonia, lo que provocó que el Reino Unido y Francia le declararan la guerra. Supuso el estallido de la II Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939.

En un inicio Alemania consiguió el control de varios territorios, sin embargo la cosa cambió cuando en el verano de 1941 intentó invadir la Unión Soviética. A pesar de los apoyos de sus aliados, el ejército nazi era insuficiente para un territorio tan amplio. Al final, Alemania tuvo que capitular el 8 de mayo de 1945 tras la entrada de las tropas soviéticas en el país. Internamente, el régimen nazi se acabó con la vida de alrededor de cincuenta millones de personas, entre ellos seis millones de judíos y tres millones de polacos. De los siete millones de personas que fueron deportadas a campos de concentración, solo sobrevivieron 500.000.

Tras la guerra, en la Conferencia de Potsdam se volvió a redefinir el mapa de Europa. Fue el mismo escenario de ocupación militar compartida con la capital dividida que ya se había producido en Austria, solo que en el país vecino los soviéticos accedieron a retirarse a cambio de la neutralidad. Stalin había pedido unos meses antes en la Conferencia de Yalta una Alemania unificada y desmilitarizada, pero no se aceptó el trato y Alemania quedó dividida en cuatro partes: Francia al suroeste, Gran Bretaña al noroeste, Estados Unidos al sur y la Unión Soviética al este. Berlín, la antigua capital nazi, quedó también dividida entre los aliados. Nacieron así la Deutsche Demokratische Republik (República Democrática Alemana, RDA) al este (con capital en Berlín) y la Bundesrepublik Deutschland (República Federal de Alemania, RFA) al oeste (con capital en Bonn).

En mayo de 1949 las potencias occidentales unieron sus territorios y fundaron la RFA (con numerosos nazis en el gobierno, servicios de inteligencia, administraciones, etc.), incumpliendo así los acuerdos de Yalta y Potsdam. Poco después, como respuesta, nació la RDA. Pronto habría roces entre los aliados y la URSS, ya que estos últimos pedían cuantiosas indemnizaciones por las pérdidas sufridas durante la guerra (solo en recuento humano perdieron casi 30 millones de vidas). Mientras tanto, Alemania Occidental se estaba recuperando económicamente bajo la gestión del canciller Konrad Adenauer gracias al Plan Marshall que aportó unos 4.000 millones de dólares y a la condonación de intereses acumulados de las deudas o reducción de quitas superiores al 50%. Se convirtió en miembro de la OTAN y de lo que hoy es la Unión Europea.

Estas significativas diferencias económicas hicieron que miles de alemanes orientales emigraran a la RFA en busca de un mayor nivel de vida. Circunstancia que afectó gravemente a la RDA, puesto que perdió trabajadores en cuya formación había invertido previamente. Además, las tensiones crecieron cuando en junio de 1948 los aliados introdujeron el marco alemán en sus territorios rompiendo el acuerdo de la Conferencia de Potsdam que estipulaba que todas las zonas tendrían la misma moneda. Los soviéticos reaccionaron lanzando el Ostmark y bloqueando a Berlín Oeste por tierra, ya que lo tenían rodeado, no obstante los aliados occidentales consiguieron evitarlo descargando suministros en el aeropuerto de Tempelhof de Berlín Oeste.

Según se ha conocido por archivos oficiales y desclasificados, parece que en 1952 Stalin volvió a intentar la unificación de Alemania proponiendo tratados de paz, sin embargo, EEUU se negó (y de nuevo lo hizo en 1958). El motivo era sencillo, no quería perder el control geopolítico, económico y militar de la RFA, ya que ocupando este sector se aseguraban bases militares cerca de la URSS. La posición estratégica le favorecía ante un posible avance a otros territorios comunistas soviéticos como Polonia, Checoslovaquia o Hungría. Se ha conocido que la CIA participó en el asedio a la RDA financiando grupos terroristas como el neonazi KgU (Die Kampfgruppe gegen Unmenschlichkeit), que mantuvo una red de espionaje y cometió actos de sabotaje atacando infraestructuras (líneas eléctricas y telefónicas) y fábricas. Además, este grupo llevó a cabo pruebas de armas químicas contra la población, como las bombas de arsénico en Leipzig en 1951.

El 17 de junio de 1953 se intentó dar un Golpe de Estado contra la RDA. No estaban en juego ni las elecciones libres, ni mejorar el nivel de vida de los residentes en el este, sino que fue una operación orquestada desde el oeste con el objetivo de provocar una rápida anexión de la RDA a a la RFA. Fueron mandados agentes de servicios de inteligencia occidentales para provocar revueltas, paros temporales y manifestaciones violentas y así generar una respuesta represiva del gobierno que acabara en su caída. No lo consiguieron, pero el acoso contra la RDA fue “in crescendo”.

A estos ataques de grupos fascistas, intentos de golpes de estado y el contrabando que minaba la economía del país se sumó el descubrimiento por parte de la Stasi de los planes DECO II y MC-96, por los que la RFA con apoyo de la OTAN pretendía invadir y “liberar” militarmente la RDA. Dado que las potencias occidentales se negaron a retirarse de Berlín Occidental tras el ultimátum de Krushchev, el líder soviético, se tomó la decisión de erigir una barrera antifascista. Siempre se cuenta que era para evitar la huida de ciudadanos, y seguramente era también una razón, ya que para mediados de 1961 unos 300.000 ciudadanos de la RDA emigraban anualmente a la RFA con la consiguiente fuga de cerebros, de técnicos y de mano de obra; no obstante, no parece que sea el motivo de más peso cuando antes de construirse el muro miles de alemanes de Berlín Este iban a trabajar por la mañana a Berlín Oeste y volvían a sus casas por la tarde. Además, el muro bordeaba la frontera de la RFA, no de la RDA. La decisión de erigir el muro se tomó en un contexto en el que se pensaba que cualquier movimiento podría ser un detonante que condujera a una guerra devastadora y al colapso del país. Es verdad que fue construido por la RDA, pero los americanos estaban de acuerdo. El propio Kennedy llegó a asegurar que “era mejor un muro, que una guerra“.

A los británicos tampoco les parecía mal la idea, tal y como escribió en 1999 Paul Oestreicher, corresponsal de la BBC en Berlín. Parece que un mes después de que el muro fuera construido el jefe militar del sector británico de la RFA le aseguró off the record que la decisión había sido recibida “con alivio” (pues así se cortaría de alguna manera el flujo de inmigrantes) y que además les proporcionaba “una nueva arma de propaganda”.

En los años siguientes la tensión siguió escalando. Sigo sin entender que se le llamara Guerra Fría, cuando aquello estaba al rojo vivo. En octubre de 1961 podría haberse desatado la III Guerra Mundial después de que EEUU enviara a espías y diplomáticos al paso fronterizo de la RDA sin su correspondiente documentación. En una de las ocasiones en las que los soviéticos impidieron el paso a los americanos, estos últimos respondieron enviando sus tanques al Checkpoint Charlie. Los soviéticos tomaron entonces posición frente a ellos y la confrontación duró tres días, hasta que estos recibieron la orden de retirada y dejaron pasar a los americanos.

En 1968 ante la falta de perspectiva de unificación, se firmó una nueva constitución en la que quedaba recogida oficialmente la división de Alemania en dos naciones.

Tras unas décadas en las que progresivamente se fueron suavizando las relaciones entre ambos lados y se firmaron acuerdos que regulaban el paso de un lado al otro, el muro acabó “cayendo” el 9 de noviembre de 1989 después de que el funcionario Günter Schabowski comunicara en rueda de prensa su apertura. No fue un acto espontáneo del pueblo de la RDA como a veces se comenta, sino que la gente se enteró por los comunicados de la radio y la televisión de Berlín Oeste y se echó después a la calle.

En general la gente se dejó llevar por la propaganda occidental y la promesa de una vida mejor, sin embargo, también hubo quien se echó a la calle el día 10 para cantar la Internacional y pedir que siguiera en pie el muro.

Casi un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, Alemania se reunificó en un único estado formado por 16 estados. La RDA quedó disuelta y en diciembre se celebraron unas elecciones de las que saldría Canciller Helmut Kohl de la CDU. Berlín se convirtió en ciudad-estado (y recuperó la capitalidad en 1991) y la antigua RDA adoptó el marco de la RFA. Se trasladó la capital de Alemania de Bonn a Berlín e ingresó en la Unión Europea.

Sin embargo, la reunificación no fue sencilla para los habitantes del este, ya que sufrieron grandes pérdidas. Con la integración de la RDA en la RFA el patrimonio público de la Alemania Oriental fue repartido y las empresas estatales vendidas a precio de saldo. En otros casos fueron llevadas a la quiebra para hacerlas desaparecer y que no compitieran con el mercado occidental. Con el muro cayeron también los avances sociales como la atención sanitaria y educación gratuitas, el derecho a una vivienda, igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, un empleo seguro, pensiones de jubilación o enfermedad, 6 semanas de baja por maternidad del parto y 8 de permiso después (cobrando el 100% del sueldo), prescripción gratuita de anticonceptivos, aborto libre y gratuito, etc. Sin la socialización de los medios de producción se acabó la inversión en derechos de los ciudadanos.

En los años siguientes a la reunificación se dispararon en el este de Alemania un 45600% las operaciones de esterilización de mujeres. Y es que sin la gratuidad de los anticonceptivos, sin aborto libre y con trabajo precario, no querían arriesgarse a un embarazo. También aumentaron los suicidios, aunque eran silenciados, al contrario de lo que ocurría cuando existía la RDA, que se usaban como propaganda de lo desgraciados que eran en el este.

Además RFA anuló las expropiaciones que se habían realizado en 1945 a los colaboracionistas de los nazis, por lo que muchos ciudadanos perdieron sus viviendas, sus trabajos y su calidad de vida. La propaganda occidental les vendía alto nivel adquisitivo y sociedad de consumo y sin embargo lo que obtuvieron en su lugar fue desempleo y miseria. Reinaba la inflación, el paro y la brecha salarial con respecto a la parte occidental. Se veía claramente un país dividido entre vencedores y vencidos.

Hoy, aunque internamente siguen vigentes las diferencias, Alemania de cara al exterior es uno de los países con mayor influencia en el continente europeo. Al tener la mayor población entre los estados miembros de la Unión Europea (con más de 80 millones de habitantes) tiene gran peso en las políticas de la unión y del mundo.

Culturalmente también ha influido en varios campos, de hecho, Alemania es conocida como Das Land der Dichter und Denker (la tierra de poetas y pensadores).​ Aunque en realidad habría que hablar de cultura alemana englobando a las zonas de habla alemana, pues, como hemos visto, el país ha cambiado bastante sus fronteras con el paso de los años. Así, dentro de la cultura alemana podemos hablar de figuras históricas en diferentes áreas (literatura, filosofía, matemáticas, ciencia, arte, arquitectura…) como Goethe, Schiller, los Hermanos Grimm, los Mann, Brecht, Hesse, Böll, Grass, Mozart, Bach, Händel, Beethoven, Brahms, Wagner, Durero, Mies van der Rohe, Fassbinder, Copérnico, Einstein, Fahrenheit, Röntgen, Leibniz, Kant, Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger, Habermas, Marx, Engels, Gutenberg, Ferdinand von Zeppelin, Gottlieb Daimler, Rudolf Diesel, Karl Benz, etc. Por supuesto, no podemos olvidarnos del ya mencionado Lutero, quien además de provocar una importante fractura en el mundo cristiano, creó una lengua alemana unificada gracias a la traducción de la Biblia.

El alemán, sí, ese idioma que tiene fama de duro y difícil. Lo de duro es porque hemos visto muchas pelis de nazis pero lo de difícil no lo voy a negar, pues cuenta una estructura sintáctica bastante marcada y varias normas sobre cómo colocar cada uno de los elementos. Además, es flexivo, por lo que hay que concordar en número y género (primeramente tienes que saber si la palabra es masculina, femenina o neutra) y luego están las declinaciones…

Lo bueno es que como es tan cuadriculado es muy fácil identificar qué es sujeto, qué complemento directo o qué un genitivo sajón. El que los sustantivos (tanto propios como comunes) vayan en mayúscula, también ayuda.

Un punto a su favor es que se lee prácticamente como se escribe, por lo que para un hispanoparlante resulta más sencillo que el francés, a pesar de que este sea también una lengua romance. Por muy larga que sea la palabra, se lee. El truco está en dividirla, y es que es un idioma tan preciso que si no tiene un término para explicar un concepto, lo crea usando vocablos que lo definan.

Así, Krankenhaus (casa de los enfermos) es un hospital, Krankenschwester (la hermana de los enfermos) es una enfermera y Krankenwagen (coche de los enfermos) es una ambulancia.

En cualquier caso, tanto en Berlín como en Alemania la gente tiene un muy buen nivel de inglés y saber alemán no es requisito imprescindible para visitarla.

Empezamos.