Berlín VII. Día 2 V: Visita al DDR Museum – Museo de la RDA

Quedaba mucha tarde por delante, pero dado que no había ya luz, nos metimos en el DDR Museum, un museo interactivo dedicado a la vida cotidiana de la antigua RDA. Abierto en 2006, es uno de los más visitados de Berlín.

La entrada nos costó 9.80€ y la visita fácilmente puede llevar un par de horas, pues el museo cuenta con 35 áreas temáticas distribuidas en más de 1.000 m². Cada uno de estos espacios está salpicada de contenido multimedia y paneles informativos que sirven de explicación de los objetos expuestos, por lo que no es solo observar, sino que se puede (y debe) tocar y experimentar para sumergirse en el pasado socialista de la RDA.

El recorrido consta de tres partes: Vida pública, Partido y Estado y la vida en un bloque de viviendas. El siguiente mapa nos sirve para orientarnos:

Iniciamos la visita por la zona de Vida Pública. Antes de nada se nos recuerda la historia de la DDR y encontramos una maqueta de un tramo de muro con la vida a ambos lados y en el centro la torre de vigilancia. Justo detrás se halla uno de los mayores reclamos de toda la exposición: el famoso Trabant.

El Trabant, que habíamos visto ya en un mural de la East Side Gallery, era de fabricación propia y se exportaba a otros países comunistas. Era, por así decirlo, el 600 de la RDA, el coche más popular y el único al que podía aspirar la clase obrera.

Pudimos montarnos y hacer un viaje por las antiguas calles de la RDA gracias a un simulador.

En 1954 el gobierno dio la orden de comenzar a producir un coche de pequeño tamaño que compitiera con el escarabajo de la RFA. Las directrices eran que tenía que ser robusto, pequeño y barato. Llamado Trabant P50, comenzó a producirse en masa en 1958 en la fábrica VEB Sachsenring AutoMobilweke Zwickau. Aunque tenía varios defectos técnicos, y costaba repararlo (no solo económicamente, sino a la hora de encontrar las piezas), el Trabi enseguida se convirtió en todo un éxito.

Es cierto que comprarlo no era un proceso muy rápido, pues primero había que solicitar un permiso a la unión sindical y después, con dicho permiso concedido, había que encargarlo y esperar unos años a su entrega (a veces llevaba más de una década); pero esto estaba motivado, entre otros factores, a una cuestión de prioridades. Simplemente no se consideraba importante tener coche particular, ya que la planificación urbanística giraba en torno a los centros de trabajo y las viviendas se encontraban relativamente próximas. Para los movimientos en el tiempo de ocio el gobierno prefería fomentar el transporte público.

Junto al Trabant, expuesto en una columna, vemos precisamente el dispensador de tickets del transporte público municipal que se introdujo en la RDA a principios de los años 60. De este modo ya no había que pagar al conductor, sino que cada viajero tendría que sacar el billete en la máquina. Aunque el sencillo costaba 20 Pfennigs, en realidad el papel era expedido sin necesidad de pagar, pues se confiaba en honestidad de la gente.

Este método, que así de primeras puede parecer muy inocente (sobre todo en España que no pagaría nadie), no dista mucho del que sigue presente aún hoy en día. En el metro y tren no hay tornos y en el tranvía y bus se puede entrar por cualquier puerta y comprar el billete una vez dentro de los vehículos. Se da por hecho que la gente es legal y que va a pagar el viaje (o lleva abono).

Siguiendo con el recorrido, nos adentramos en el área de la Educación. El plan educativo, público y gratuito,  estaba centralizado y era igual en todo el estado desde la guardería. Tras diez años en la Oberschule los estudiantes pasaban a ocupar un puesto de aprendiz. Muy pocos continuaban con la formación y hacían la selectividad. En el curriculum educativo eran valoradas además las actividades sociales, una forma de dar puntos y de que los hijos de los obreros pudieran acceder a la universidad.

En la universidad las clases eran pequeñas, con un máximo de 25 alumnos por aula, por lo que facilitaba la familiaridad. Cada estudiante, independientemente de cuál fuera su elección, debía asistir a cursos de Marxismo Leninismo. Además, tenían que acudir a actividades deportivas  semanalmente y participar en un campamento militar de cuatro semanas (los hombres como oficiales de reserva y las mujeres como defensa civil). En 1981 el gobierno comenzó a pagar 200 Marcos mensuales a cada estudiante, lo que permitía un buen estilo de vida. Además, los buenos resultados académicos se premiaban con un bonus mensual de 150 Marcos.

Otro aspecto interesante es el de las Vacaciones. Los destinos más famosos dentro de la RDA eran las ciudades costeras (al Báltico), Thüringen y el Macizo del Harz, incluso las familias más grandes se lo podían permitir.

En el Báltico las playas nudistas se volvieron muy populares, ya que la cultura del nudismo estaba muy extendida entre la sociedad. Se veía la desnudez como una forma de mostrar la igualdad entre las personas, despojadas de cualquier bien material.

Aquellos que quisieran viajar al extranjero, podían elegir entre diferentes países hermanos, como Polonia, Checoslovaquia o Hungría.

Aunque también había una pequeña parte de la población que podía viajar al Oeste. Básicamente se trataba de funcionarios, académicos, artistas o deportistas de élite.

En el siguiente espacio encontramos la representación de un pequeño economato y varios paneles donde podemos cotillear los productos de consumo diario.

Igualmente interesante es pasear la mirada por el resto de objetos cotidianos que solemos tener por casa: una cafetera, un molinillo de café, la vajilla, los termos, los relojes, un ventilador, una cámara, una radio, la típica linterna de pila de petaca, las bombillas, un radiador, el secador, los rulos… La mayoría de los objetos sin obsolescencia programada y con gran durabilidad.

Lo cierto es que no tendrían gran variedad de marcas y opciones en el mercado, pero no distan mucho del tipo de productos que se podían comprar en España en los 60 o 70. Desde luego Moulinex hacía las mismas cafeteras, molinillos, secadores o tostadores, por poner algún ejemplo. Y por supuesto, no pueden faltar los objetos infantiles, ya no solo los juguetes (un triciclo, peluches, muñecas, construcciones, trenes de madera…), sino cuna, bañera, chupete, sacaleches y productos de higiene.

Y hablando de niños, en la siguiente zona podemos incluso conocer cómo era una guardería, los libros, juguetes y juegos educativos que se usaban en la RDA. No le faltaba detalle a la recreación.

Y hay un detalle que me pareció muy curioso. Los niños aprendían en la guardería a usar el orinal de una forma peculiar. No solo aprendían a controlar sus esfínteres, sino que también asimilaban el significado de colectividad. Y esto es porque había una especie de bancos con varios orinales (el Töfchenbank) donde se sentaban los niños a la vez y no podían levantarse hasta que todos hubieran terminado.

Dado que las mujeres representaban prácticamente el 50% de la población activa, las plazas de guardería fueron creciendo progresivamente. Así, mientras que en 1950 había unas 130 plazas por cada 1000 niños, en los 70 ascendió a 291 y para 1986 llegó a las 811 por cada 1000.

Continuamos al siguiente espacio de la exposición, el del Trabajo. En la RDA no había paro, especialmente para aquellos que se dedicaran a la producción o manufacturas. El museo cuenta con una pared que simula la costumbre de las empresas de elogiar y premiar a sus mejores trabajadores. También podemos ver la típica taquilla con el equipo básico de cualquier obrero.

Y por supuesto, no puede faltar la celebración del 1 de Mayo, el día del Trabajador.

Casi llegando a la final de esta primera parte de la exhibición, tenemos un pequeño rincón dedicado a los Medios de Comunicación. Había 39 periódicos, dos canales de televisión y dos de radio, pero todos tenían el mensaje oficial. Los miércoles los jefes de redacción de los diferentes medios tenían una reunión con el Zentralkomitee para recibir instrucciones. Además, el SED tenía un periódico propio, el Neues Deutschland.

Podemos sentarnos en la sala a ver la tele o incluso oír algún programa de radio. Eso sí, en alemán.

A continuación pasamos al último espacio de la Vida Pública, dedicado al deporte, a la cultura y al ocio. Podemos echar un futbolín o aprender los pasos del Lipsi, el baile que pretendía competir con el rock o el twist.

El deporte era muy importante en el socialismo. Había un lema: “Todo el mundo en todos sitios, ha de hacer ejercicio varias veces a la semana” y la Liga Alemana de Gimnasia y Deporte (DTSB) llegó a tener a mediados de los 80 unos 3.5 millones de miembros y aglutinaba diferentes grupos y asociaciones deportivas cuyas actividades eran, en la mayoría de los casos, gratuitas.

Entramos entonces en el área marcada en rosa en el plano, la dedicada a Partido y Estado. Esta zona, abierta en 2010 explica el funcionamiento del SED (Sozialistischen Einheitspartei Deutschland), el Partido Socialista Unificado de Alemania y podemos sentarnos en el despacho de un miembro de las altas esferas, donde, por supuesto, no puede faltar la simbología comunista.

 

Una parte importante del servicio al Estado era el Wehrdienst (la mili), y también tiene cabida en la exposición, donde encontramos desde el documento oficial hasta la vestimenta y objetos del soldado pasando por numerosos paneles. De hecho, esta parte del museo es algo más aburrida porque es todo lectura sobre guerra, defensa, paz armada. Mucho de política, poco de social.

En la última parte, antes de cambiar a la tercera sección, podemos comprobar cómo funcionaba la Stasi, incluso hay una recreación de una sala de interrogatorios y de un calabozo.

Aparcado delante se halla un segundo coche, pero este no era el de la clase trabajadora, sino el de los grandes cargos. Se trata de un Volvo.

Y por último llegamos a la tercera parte del museo, la dedicada a la Vivienda, a la que se accede por medio de un portal/ascensor.

Aunque estos típicos pisos de altos bloques se convirtieron en un paradigma de la RDA, en realidad se construyeron menos de dos millones de viviendas entre 1971 y 1988. Al igual que ocurría con los coches, acceder a un piso suponía mucha burocracia y podía llevar su tiempo. Eso sí, las parejas casadas y familias con niños (o a punto de tenerlos) tenían preferencia y los trámites podían agilizarse.

El piso piloto en el que nos encontramos es similar al de la imagen sobre estas líneas, y consta de un salón, cocina, baño y dos dormitorios. No le falta detalle: tiene el papel pintado típico de los años 70, el interfono, la decoración (ese póster de Modern Talking)… Y es que la mayoría de los muebles y objetos han sido donados por antiguos ciudadanos de la RDA.

Siguiendo con el estilo del museo podemos tocar, abrir armarios, sentarnos en el sofá, en la cama…, incluso probarnos la ropa por medio de un simulador digital.

En realidad, al igual que en la primera parte de la exhibición, no parece que la sociedad de la RDA difiriera mucho de la española de la época. No hay más que ver Cuéntame (cuando empezó). Mismo tipo de muebles de melanina, sofás de escay, líneas rectas… Y lo mismo en el baño. ¿Quién no conoce el mueble sobre lavabo de tres puertas de espejo o las cisternas de cadena?

Cambian los productos y marcas que usaban, poco más.

La cocina también nos traslada a esas cocinas de butano con ollas y cazuelas de colores chillones o con flores estampadas… Falta el aparador o la mesa y sillas de color azul verdoso… Por supuesto, de nuevo podemos tocar, abrir nevera, armarios, cotillear en las alacenas, tocar la vajilla…

Y con esto finalizamos nuestra visita al museo, una visita muy interesante y amena que nos acercó al contexto social, político y económico de la RDA. Gracias a su interactividad e innovador diseño pudimos experimentar de primera mano la vida cotidiana de la Alemania Oriental. Y aunque quizá no esté entre los museos imprescindibles si lo comparamos con el resto de pinacotecas de la ciudad, sin duda es uno de los más relevantes en cuanto a historia de Berlín y del país se refiere. Quizá la única pega que le pondría es que mucho contenido está escrito en alemán (obvio) e inglés, por lo que es necesario conocer alguno de los dos idiomas para completar el sentido de lo que estamos viendo en la exposición. Sería interesante la opción de contar con audioguía en más idiomas, sobre todo cuando es uno de los museos más visitados y valorados por los extranjeros.

Tras echar un ojo a la tienda, salimos de nuevo a la fría tarde berlinesa. A pesar de que ya era noche cerrada, tan solo eran las 6, por lo que decidimos aprovechar algo más el día antes de volver al apartamento. Y dado que teníamos buena combinación en S-Bahn desde Alexanderplatz, nos fuimos caminando hasta allí. El mercadillo navideño junto a la Marienkirche estaba en su máximo esplendor (se notaba que era viernes), así que nos dimos un paseo por los puestos y nos compramos un cucurucho de patatas de merienda. Estaban recién hechas y el calor nos sentó bien.

De vuelta en nuestro barrio hicimos una parada en el supermercado REWE para cargar para toda nuestra estancia. Compramos para desayunar, bebida, sopa y fideos de sobre y algún que otro plato preparado para poder solucionar las cenas tras todo el día fuera.

Y con una ducha y una cena dimos por concluido el día, que había sido bastante completito.