Berlín IX. Día 3 II: Excursión a Potsdam. Jardines y Palacios

Desde la Puerta de Brandeburgo tomamos la Allee nach Sanssouci, que como su nombre indica, nos conducía al Parque Sanssouci. Sin embargo, no entramos en él, sino que lo bordeamos, pues pensábamos dejarlo para el final. En este extremos del parque destaca la Friedenkirche, la Iglesia de la Paz, de culto protestante.

Con una planta de tres naves sin crucero y un campanario independiente de 42 metros de altura, fue construida a mediados del siglo XIX intentando copiar los diseños de las iglesias primitivas cristianas de Italia siguiendo las directrices de Federico Guillermo IV. Precisamente este y su esposa Isabel Ludovica se encuentran enterrados allí (aunque el corazón del rey descansa en el mausoleo del Palacio de Charlottenburg en Berlín.

Bordeando el parque por la Schopenhauerstraße nos encontramos con el Obelisco que indicaba el límite del parque. Construido en 1748, está adornado por jeroglíficos, aunque son meramente decorativos, ya que por aquella época aún no se había comenzado a descifrar este tipo de escritura.

Frente a él, en la acera opuesta se halla la montaña Winzerberg, compuesta por cuatro terrazas escalonadas. Fue construida en 1763 como expansión del Palacio Sanssouci y se usaba como viñedo principalmente (aunque también había plantados manzanos y perales). En su punto más alto se erige la Winzerhaus, construida en 1849.

Tomando la Weinbergstraße nos acercamos a Alexandrowka, el barrio ruso de Potsdam.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, esta colonia fue creada en 1825 por órdenes de Federico Guillermo III con el mismo fin que el barrio holandés: para que los inmigrantes (en este caso rusos) se sintieran como en casa. La diferencia era que mientras que los holandeses eran trabajadores, los rusos eran nobles y artistas que visitaban la corte del rey, que tenía una estrecha relación con el zar Alejandro I.

Hoy se pueden ver unas pocas de estas casas de maderas que parecen cabañas, una casa museo sobre la historia del barrio y su construcción e incluso una iglesia ortodoxa, la Alexander Newski, de 1829.

El barrio queda muy cerca del Neuer Garten, un parque de de 102,5 hectáreas que mandó construir en 1787 Federico Guillermo II. En su opinión el Parque Sanssouci de Federico el Grande se había quedado anticuado con su estilo barroco y la ciudad necesitaba uno más moderno. Quiso copiar el diseño de los  jardines de Dessau-Wörlitz con un diseño en el que predominan las áreas de jardín parcialmente cerradas y los árboles y las plantas creciendo de forma libre y natural. También se permitió que pastaran libremente las vacas, cuya leche se usaba para hacer mantequilla y queso en la granja del extremos norte del parque.

Su sucesor, Federico Guillermo III, ordenó rediseñar el jardín, que había quedado algo descuidado y cubierto de maleza, en un estilo inglés del siglo XIX con espacios abiertos, amplias zonas ajardinadas y caminos amplios.

En este parque Federico Guillermo II mandó construir como residencia de verano el Marmorpalais, un palacio estilo clasicista temprano, el único en toda Prusia. Construido en ladrillo rojo, en su origen era un edificio cúbico de dos plantas con un templo de planta circular en el tejado, las alas laterales fueron añadidas a posteriori, pues se ve que al rey se le quedó pequeño.

En uno de sus laterales se erige un obelisco de mármol en cuya base cuenta con cuatro medallones que representan cabezas masculinas de diferentes edades como símbolo de las cuatro estaciones.

No muy lejos se halla el que fuera el último palacio de la dinastía Hohenzollern, el Palacio de Cecilienhof, ordenado construir por Guillermo II para su hijo y su mujer Cecilie. Sin embargo la construcción se retrasó debido al estallido de la I Guerra Mundial y para cuando terminaron las obras casi se estaba proclamando la República de Weimar y la familia imperial marchándose al exilio. En realidad el matrimonio solo vivió allí un año (Cecilie se quedó hasta la II Guerra Mundial, momento en que se dio cuenta de que no tenía nada que hacer).

Diseñado intentando asemejar una casa de campo inglesa de estilo Tudor, destaca por su importante papel en la historia reciente al haber acogido la Conferencia de Potsdam celebrada el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 entre Churchill, Stalin y Truman. Fue en esta cumbre donde los tres líderes decidieron el futuro de Alemania y la Europa de posguerra en general.

El interior fue redecorado para la ocasión intentando agradar a los participantes y hoy en día se puede visitar para conocer cómo se desarrollaron aquellos días gracias a una exhibición con fotografías, audios originales y numerosos carteles. Nosotros no contábamos con mucho tiempo, por lo que paseamos por sus jardines disfrutando de su bonito aspecto exterior. A mí me recordó a las típicas casas de entramado bávaras.

En uno de sus jardines aún se puede ver la estrella hecha de geranios rojos con la que Stalin recibía a sus invitados. Eso sí, en diciembre no tenía color, imagino que no es la época en que florecen estas plantas.

El palacio cuenta con 176 habitaciones y hoy además de ser un lugar histórico también es un hotel.

Abandonamos el parque y nos dirigimos al Parque de Sanssouci, donde acabaríamos con la visita de la ciudad. Eran casi las dos de la tarde y apenas nos quedaban un par de horas de luz solar, por lo que no podíamos parar a comer. El hambre tendría que esperar al atardecer.

Desde que Federico Guillermo eligiera Potsdam como lugar donde establecer su residencia de caza en 1660 la ciudad se volvió muy popular entre la familia real prusiana y los más acaudalados querían trasladarse a ella para estar cerca de la corte. El Palacio Sanssouci es hoy en día uno de los más famosos de Potsdam y es Patrimonio de la Humanidad desde 1990.

Accedimos por su parte trasera, en la que el edificio se extiende con un un pórtico lleno de columnas formando un círculo y dejando una plaza en el centro.

La verdad es que esperaba encontrarme algo parecido a los palacios de San Petersburgo, ya que tiene tanto renombre y se lo conoce como el Versalles alemán, pero me dejó algo fría. Es verdad que en diciembre los jardines no lucían mucho y que no vimos el interior, así que vamos a darle el beneficio de la duda.

En los laterales encontramos varias glorietas realizadas de rejas y adornadas con detalles dorados. El pasadizo cuenta con varias estatuas, pero estaban tapadas.

Para visitar el interior del palacio hay que pedir hora en la web oficial. Es decir, se puede llegar y comprar la entrada, pero tiene aforo, por lo que si no las sacas con anterioridad, te puedes encontrar con que no hay disponibilidad. La visita se realiza con una audioguía y está prohibido hacer fotos, salvo que se pague un permiso fotográfico. Puesto que no íbamos a entrar, bordeamos el edificio para ver su fachada principal.

Construido entre los años 1745 y 1747, fue diseñado por Federico II el Grande como residencia de caza y retiro lejos de la pompa de la corta berlinesa. De hecho, el nombre del palacio toma la expresión francesa Sans-Souci que significa sin preocupaciones. El rey se mudaba al palacio cada verano con sus perros hasta su muerte en 1786. De hecho, está enterrado junto al palacio con sus 11 canes.

Ubicado sobre unas terrazas ajardinadas con viñedos, el palacio cuenta con una única planta en la que se disponen diez habitaciones principales. Está considerado como una de las máximas expresiones del rococó, un estilo en el que predomina la opulencia y motivos de la vida aristocrática despreocupada. Muy oportuno para una residencia de verano.

Tras la muerte del monarca el palacio se mantuvo vacío y descuidado hasta mediados del siglo XIX, cuando Federico Guillermo IV de Prusia ordenó restaurarlo y adaptarlo al estilo de la época para después trasladarse con su esposa. Así, se ampliaron las alas de servicio, se amplió la bodega y se trasladó la cocina al ala este. El ala oeste por su parte se convirtió en el ala de las mujeres (Federico el Grande estaba separado y en Sanssouci no se alojaba mujer alguna) y de los invitados.

Como decía, al ser diciembre, los jardines no lucían muy lustrosos, las fuentes estaban vacías y las estatuas y elementos decorativos estaban protegidos de las heladas, por lo que no vimos el conjunto en su mejor momento. Además, se nos puso a chispear y las nubes oscurecieron aún más el ambiente, así que tuvimos que ponernos en movimiento, pues aún nos quedaba mucho por ver.

Seguimos hacia el oeste, donde nos encontramos con el Historischer Mühle, un molino histórico de estilo holandés del siglo XVIII.

En 1737, ocho años antes de la construcción del palacio, el rey dio permiso al molinero Johann Wilhelm Grävenitz para construir un molino. Cincuenta años más tarde este estaba bastante dañado, por lo que se encargó al carpintero de la corte Cornelius van der Bosch que lo reemplazara por una nueva estructura. Concluido en 1858, fue declarado monumento en 1861.

Se hizo famoso por una leyenda que dice que Grävenitz y Federico II discutieron porque al rey le molestaba el ruido del molino y amenazaba con echarlo abajo. Sin embargo, el molinero contrató un abogado y pudo mantenerlo en pie.

Quedó destruido durante la II Guerra Mundial y fue reconstruido entre 1983 y 1993. Desde 2002 acoge en su torre de piedra exhibiciones sobre el comercio y la historia de los molinos, aunque cerraba todo el mes de diciembre, por lo que, aunque quisiéramos, no podríamos haberlo visitado.

El siguiente palacio en nuestra ruta por el parque fue el Orangerieschloss, mandado construir por Federico Guillermo IV a mediados del siglo XIX.

De estilo renacentista, recuerda a los palacetes italianos florentinos. El edificio tiene más de 300 metros de largo en cuya estructura central destacan dos torres gemelas. Cuenta con tres plantas y la estancia más importante es la Sal Raffael, que acoge una colección de cincuenta copias de las obras del pintor italiano Rafael Sanzio y alberga un tragaluz diseñado por el propio Federico Guillermo.

A día de hoy, aún se cultivan las naranjas que le dan nombre.

Desde arriba se alcanza a ver la Jubiläumsterrassen con la estatua del arquero y la fuente Springbrunnen vacía.

Continuamos por la Maulbeerallee hasta la penúltima parada de nuestra visita, el Neues Palais o Palacio Nuevo, construido entre 1763 y 1769 por orden de Federico el Grande para demostrar el poderío y la grandeza de Prusia tras la Guerra de los Siete Años. De estilo renacentista es el que más me gustó de todos los de la ciudad. De lejos.

Con más de 200 habitaciones decoradas y divididas en dos plantas es el más grande de todos. La parte central está rematada por una enorme cúpula de color verde donde descansan tres figuras que alzan una corona. El perímetro del palacio queda además decorada por más de 400 estatuas y figuras en piedra arenisca.

No llegó a usarlo como residencia real, sino que se empleaba para la recepción de monarcas y dignatarios importantes. Cuando se alojaba allí, Federico ocupaba el extremo sur del edificio, que consta de dos antecámaras, un dormitorio, un estudio y un salón de conciertos entre otros. Tras su muerte en 1786 se usó menos aún. No fue recuperado hasta 1859, cuando Federico III lo recuperó como residencia de verano. Después fue ocupado por el emperador Guillermo II, hasta su abdicación en 1918, momento en que se convirtió en museo (aunque fue saqueado por el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial). Hoy pertenece a la Universidad de Potsdam.

Aún nos quedaba una última parada, el Charlottenhof, un palacete neoclásico que parece abandonado. Erigido a principios del siglo XIX para el rey Federico Guillermo IV, fue de los últimos en construirse.

No nos recreamos mucho en él, pues ya digo que parecía abandonado. No sé si por la época del año, por su simplicidad o porque se estaban llevando a cabo tareas de mantenimiento.

Lamentablemente nos quedábamos sin luz, por lo que decidimos dar por concluida la visita a la ciudad. Nos quedó por ver, aparte de los palacios por dentro, la zona de Babelsberg (donde además de un extenso parque en el que se halla el palacio homónimo podemos encontrar los estudios cinematográficos UFA (Babelsberg Studios)) y el Glienicker Brücke (conocido como el puente de los espías ya que era donde norteamericanos y soviéticos se encontraban intercambios de espías capturados en la época de la Guerra Fría). Lógicamente, en una ciudad con tanta historia y en diciembre, es prácticamente imposible abarcar todo en un único día. Pero nos fuimos satisfechos.

Tomamos el bus muy cerca del palacio y en apenas 20 minutos estábamos en la estación de tren. Aprovechando que era bastante grande y había varios locales de restauración, buscamos un sitio donde comer. Elegimos el Asiana, donde podías combinar distintos tipos de fideos o arroz con salteados de verduras, carne o pescado.

A eso de las 5 de la tarde pusimos rumbo a Berlín.

7 comentarios en “Berlín IX. Día 3 II: Excursión a Potsdam. Jardines y Palacios

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