Berlín XI. Día 4: Excursión a Sachsenhausen

Amaneció otro día frío y gris en Berlín y tras desayunar tranquilamente en el apartamento, a las 9 nos estábamos poniendo en marcha rumbo al Campo de Concentración de Sachsenhausen. Para llegar desde Berlín se puede hacer con el S1  (Wannsee – Oranienburg), con el tren regional RE5 (Stralsund/Rostock – Neustrelitz – Wünsdorf-Waldstadt/Elsterwerda), o con el RB12. Siempre  hasta la estación de Oranienburg.

Después, hay un paseo caminando de unos 20 minutos hasta el campo o, si se tiene suerte con el horario, se puede tomar los buses 804 u 821 (solo días laborables) hasta la parada Gedenkstätte. Nosotros tuvimos suerte y al poco de llegar (10:23) salía el autobús, por lo que nos evitamos el paseo.

Una vez en el campo nos dirigimos al centro de visitantes para hacernos con una audioguía, pues aunque la visita se puede hacer por libre, el campo fue demolido casi por completo y es necesario seguir las explicaciones para completar lo que se ve. Las audioguías nos costaron 3€ y las había disponibles en alemán, inglés, español, francés, italiano, neerlandés, portugués y ruso.  También se puede optar por la visita guiada, algo más cara.

Un poco de historia

El 21 de Marzo de 1933 se aprobó el primer campo de concentración estatal en Prusia en una cervecería abandonada del centro de Oranienburg. Este primer campo estaba principalmente pensado para encarcelar a los adversarios políticos del régimen nacionalsocialista. Pretendía así disuadir de las protestas contra el régimen. Desde su apertura hasta que cerró en julio de 1934 alrededor de unas 3000 personas fueron apresadas, la mayoría de ellas oponentes políticos de Berlín, Oranienburg y áreas cercanas. Empezó con los comunistas, pero también había miembros del Reichstag y del Parlamento Regional de Prusia, empleados de la radio de Berlín y muchos intelectuales. Eran obligados a trabajar en la construcción y reparación de carreteras, ferrocariles y vías fluviales para las autoridades de la ciudad de Oranienburg.

El campo de Oranienburg fue reconocido, soportado financieramente y supervisado administrativamente por varios organismos estatales. Pronto el comandante del campo, Werner Schäfer, comenzó a usarlo como propaganda. No tardaría en aparecer en reportajes y artículos de la prensa alemana como campo “modelo”.

En julio de 1934, en la noche conocida como la Noche de los cuchillos largos, el campo fue tomado por unos 150 hombres de las SS liderados por el Inspector de los Campos de Concentración Theodor Eicke. Fue entonces clausurado y los prisioneros fueron trasladados al Campo de Concentración de Lichtenberg.

Sachsenhausen

Un par de años más tarde, el verano de 1936, se forzó a los prisioneros de los campos de Emsland a construir uno nuevo, el de Sachsenhausen. Fue el primer campo construido bajo las órdenes de Heinrich Himmler como Jefe de la Policía Alemana y serviría como modelo para la red de campos. Allí recibieron instrucción los guardias de las SS que más tarde serían responsables en otros lugares. En él se tomaban las decisiones sobre alimentación, castigos y torturas que después se aplicarían en el resto. En 1938 Sachsenhausen ganó un estatus especial por estar muy próximo a la capital del Reich.

Entre 1936 y 1945 pasaron más de 200.000 personas por el campo de Sachsenhausen. Entre los internos se encontraban tanto oponentes políticos del régimen como otros grupos a los que los nazis consideraban inferiores, ya fuera racial como biológicamente (judíos, homosexuales, gitanos…). En primer lugar la mayoría eran alemanes, pero durante la II Guerra Mundial llegaron decenas de miles de personas que habían sido deportadas de territorios ocupados. Para 1944 el 90% de los prisioneros eran extranjeros (la mayoría ciudadanos de la URSS y Polonia).

En un principio eran obligados a trabajar en fábricas pertenecientes a las SS, y es que los campos de concentración eran el pilar de la industria del país. A finales del verano de 1938 fueron forzados a construir una fábrica de ladrillos (Klinkerwerk) que sirviera para suministrar materiales a las diferentes obras que tenía planeadas el régimen nazi. Era una de las actividades más temidas, puesto que suponía agotamiento y torturas. En muchos casos incluso asesinatos deliberados. Cuando en 1941 se concluyó un barracón, Klinkerwerk se convirtió en un campo independiente. Desde 1943 las SS lo usaron para hacer armamento.

Otra tarea impuesta era la de la prueba de calzado. Fue establecida en 1940 y consistía en que los internos debían caminar durante días con diferentes zapatos y sobre distintas superficies para comprobar la calidad de los materiales.

Cuando el Ejército Rojo alcanzó el río Oder, los nazis prepararon la evacuación del campo. Unos 3.000 internos, considerados peligrosos por tener entrenamiento militar o por no ser capaces de moverse fueron asesinados. El resto, al menos unos 13.000, fueron conducidos a los campos de Mauthausen y Bergen-Belsen. Tan solo llevaban una ligera manta que les “protegía” de la nieve, algo de comida enlatada y un trozo de pan. Los guardas de las SS fusilaban a aquellos que estaban tan exhaustos como para poder seguir el ritmo de la marcha, después los ponían en un carro y eran quemados al atardecer.

En las primeras horas del 21 de abril comenzó la evacuación hacia el noroeste con más de 30.000 internos que aún quedaban. Estas marchas entre el otoño de 1944 y la primavera de 1945 fueron conocidas como las Marchas de la Muerte, pues miles de ellos murieron por el camino.

El 22 de abril los ejércitos soviético y polaco liberaron el campo donde aún quedaban unos 3000 enfermos así como personal sanitario. Lamentablemente unos 300 no consiguieron sobrevivir como consecuencia de las secuelas del tiempo recluidos. Fueron enterrados en seis fosas comunes cerca de la enfermería. En total, entre 1936 y 1945 se estima que pasaron por allí un total de 200.000 prisioneros, muchos de los cuales murieron por agotamiento, frío, enfermedades, trabajos forzados, malos tratos y desnutrición. Otros tantos fueron víctimas de las técnicas de exterminio. Los que consiguieron sobrevivir, fueron repatriados a partir de junio, después de un par de meses de recuperación física. Sin embargo, después de tantos años como prisioneros muchos no sabían qué hacer con esta libertad. Habían perdido sus hogares, su familia y muchos no tenían dónde regresar.

Dentro del plan de desnazificación, el ejército soviético estableció diez campamentos especiales, uno de ellos (el más grande de todos) fue este de Sachsenhausen, que acogió a unos 60.000 internos. Y aunque la mayoría funcionarios de bajo y medio rango del régimen nazi u oficiales de las Fuerzas Armadas alemanas; también se aprovechó para encarcelar a personas condenadas por los tribunales militares soviéticos, prisioneros de guerra soviéticos, y algunos perseguidos políticos. Parece que en esta época no se forzaba a los internos a trabajos, ni siquiera a salir al exterior, por lo que estaban hacinados en los barracones simplemente viendo pasar el tiempo.

Se estima que hasta que fue desmantelado cinco años después murieron 11.890 personas de hambre, frío y enfermedades. Fueron enterrados en tres fosas comunes en el Patio del Comandante, en la zona conocida como An der Düne, en el bosque de Schmachtenhagen. En 1990 se convirtió en cementerio y sirve como lugar de conmemoración.

Tras su cierre unos 7000 internos fueron liberados. Por otro lado, unos 5000 fueron entregados a las autoridades de la RDA para que continuaran con sus sentencias.

No fue hasta 1956, cuando los supervivientes extranjeros quisieron visitar el campo, que este se abrió al público. Además, el Central Comité del SED decidió levantar tres memoriales en los sitios de Buchenwald, Ravensbrück y Sachsenhausen. Este último fue inaugurado el 23 de abril de 1961, no obstante, quedó irreconocible, puesto que se eliminaron los edificios originales y se reconstruyó con nuevas estructuras. Se erigió además el monumento Triunfo del Antifascismo, un obelisco de 40 metros de altura.

Se creó un museo para contar la historia de los campos de concentración en general y de este en particular, que se localizaba en lo que en su día fue la cocina. Se centraba en mostrar cómo era el día a día, la resistencia y la liberación. Después se creó además el Museo de la Lucha Antifascista para la Liberación de los Pueblos de Europa en un nuevo edificio. Promovido por asociaciones de antiguos prisioneros extranjeros, mostraba a lo largo de 19 secciones divididas por país la resistencia a la Alemania Nazi.

Los barracones 38 y 39, reconstruidos de los restos originales, se dedicaron a los judíos, aunque la información era bastante escasa. Por otro lado, no existía apenas relato sobre gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová u otro tipo de prisioneros que no fueran políticos.

En 1993 el Memorial pasó a formar parte de la una fundación federal y está financiado con fondos públicos. Entonces se inició una reforma integral y un rediseño del campo para preservar los edificios históricos. Hoy es un lugar de conmemoración y aprendizaje, así como un museo de historia contemporánea.

En la entrada podemos ver una maqueta del campo y la audioguía nos cuenta estos antecedentes históricos, cómo se estructuraba y las modificaciones que sufrió con el paso de los años.

Tras la introducción, nos dirigimos a la entrada por un paseo lateral. Durante el recorrido podemos ver varios paneles con fotografías en blanco y negro relatando la historia del campo desde su construcción hasta la Marcha de la Muerte y la posterior liberación del campo.

Lo primero que nos encontramos al entrar en el recinto es el edificio de la Torre A, la torre de vigilancia donde se halla la puerta de acceso al campo con el famoso lema de Arbeit macht frei (El trabajo te hace libre).

El reloj (es una reconstrucción) está parado marcando la hora en que fue liberado.

En el edificio encontramos una exposición bastante extensa sobre los miembros de las SS, sobre el funcionamiento del campo, su creación o detalles sobre cada uno de los edificios. Leer todos los paneles y seguir todas las pistas multimedia puede llevar bastante tiempo. Resulta abrumador contar con tanta información, afortunadamente al llevar audioguía es fácil seguir el recorrido.

Desde las ventanas alcanzamos a ver todo el recinto, tal y como hacían las autoridades de las SS. Aunque es difícil ponerse en su piel e imaginar qué se les pasaba por su cabeza.

Tras concluir la exhibición, comenzamos nuestra visita al campo. La imagen ante nuestros ojos es desoladora. Apenas quedan barracones en pie, sin embargo, si nos fijamos en el suelo podemos ver marcadas las trayectorias originales de los caminos, así como unos rectángulos que delimitan donde una vez se ubicaron los barracones.

También se conservan las vallas electrificadas y los paneles que amenazaban con un tiro en la cabeza si se acercaban a esa zona.

A mano derecha de la torre encontramos los Barracones 38 y 39, donde fueron hacinados los judíos. Hoy sirve como museo y pretende ilustrar las condiciones que tenían que soportar los que allí fueron recluidos. Podemos ver las literas, el comedor, los baños… Aún quedan marcas del incendio provocado por unos neonazis en 1992.

En algunos períodos había más de 400 hombres hacinados en estos barracones, por lo que asearse por las mañanas era muy complicado. Apenas contaban con 30 minutos para hacerlo de la mejor forma posible usando los dos lavabos que expulsaban solo agua fría desde el centro a modo de fuente.

Al lado se halla el edificio de la Prisión, con su propia exposición. Además de servir como cárcel (valga la redundancia teniendo en cuenta que eran prisioneros en un campo de concentración), era donde se ubicaban los cuarteles de interrogatorio de la Gestapo.

En la parte más alejada se halla la Torre E, que alberga una exposición sobe la relación entre Sachsenhausen y Oranienburg, el Museo del Campo Especial Soviético y el Sonderlager, donde se conservan los barracones de ladrillo donde se recluía a aliados y prisioneros importantes.

Continuamos hasta la Estación Z, o lo que es lo mismo, la zona de exterminio. Aunque Sachsenhausen fue concebido como campo de concentración, en la primavera de 1942 se construyó esta unidad de exterminio con un crematorio y una zanja de fusilamiento. En 1943 se añadió además una cámara de gas.

Recibe el nombre como contraposición a la Torre A. La A como entrada, la Z como salida. Macabro, sin duda.

En la grava vemos unas fotos que recuerdan el lugar en que fueron fusilados 10.000 prisioneros soviéticos en 1941.

Cuando llegaban al campo eran conducidos a una sala junto a un vestuario y la enfermería, por lo que pensaban que iban a pasar algún tipo de reconocimiento médico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Se trataba de la unidad de ejecución y eran fusilados allí mismo. Los guardias no tenían ni que acercarse, pues colocaban el arma en un agujero en una de las paredes. Ninguno sabía lo que le esperaba, pues la música estaba alta para camuflar el sonido del disparo. Junto a esta sala había otra más en la que iban acumulando los cadáveres y que contaba con cuatro hornos móviles.

Casi para finalizar entramos en la zona de enfermería y la morgue. En realidad la enfermería no ayudaba mucho, sino que era un lugar de experimentación con humanos. Esterilización forzadas de judíos, gitanos y homosexuales; inyecciones de virus y bacterias a prisioneros sanos para estudiar su evolución, pruebas médicas para hacer seguimiento de la capacidad del cuerpo humano de adaptarse a condiciones climáticas extremas… En definitiva, eran tratados como cobayas de laboratorio. Los detalles son crueles y macabros.

La visita al campo es dura, si bien, el hecho de que haya desaparecido gran parte de las edificaciones no impacta tanto como cuando estuvimos en Dachau. Allí se conservan más barracones y se puede acceder a las cámaras de gas y al crematorio, lo que sin lugar a dudas no deja impasible a nadie.

Dachau

Dachau

En cualquier caso, sea cual sea, me parece una visita imprescindible para conocer la historia. Los episodios más duros y crueles han de estar presentes en nuestra memoria para no repetirlos. Aunque parece que no hemos aprendido mucho de aquellos errores.

Volvimos caminando a la estación, ya que los buses pasaban cada dos horas y nos tocaría esperar mucho. Y como aún nos quedaba también para poder tomar el tren, aprovechamos para comer en Oranienburg. No es que hubiera muchas opciones un domingo a las 14:30 de la tarde, así que nos conformamos con un McDonald’s y una hora más tarde regresábamos a Berlín.

6 comentarios en “Berlín XI. Día 4: Excursión a Sachsenhausen

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