Resumen viajero 2018

2018 se presentaba un año menos viajero que 2017, en principio solo teníamos en mente el Road Trip por Estados Unidos y Canadá, un recorrido por Europa en verano y ya para noviembre una breve escapada a Hong Kong. Sin embargo, los planes fueron cambiando y sustituimos este último viaje por dos: uno a Marrakech y otro a Berlín. Y los hacemos tan intensos, que después me lleva mi tiempo escribirlos. De ahí que esté cerrando 2018 en enero de 2020. Si es que hemos cambiado de década y todo…

Pero aún así, no quería dejar de recopilar todo lo que nos supuso 2018 antes de comenzar con nuestra primera aventura de 2019. Comenzamos el año, como decía, por un viaje a Estados Unidos y Canadá. Nuestra parada inicial fue Chigago, la capital financiera del medio oeste y la tercera ciudad más grande de EEUU. Ubicada a orillas del Lago Míchigan, del que ha tomado 47 kilómetros de su superficie, destaca además por sus más de 500 parques y zonas ajardinadas.

Chicago tiene un poco de aire de Nueva York al caminar entre sus rascacielos y parques. Sin embargo, me atrajo mucho más, pues tiene más contraste en sus construcciones y un ritmo un tanto más pausado. Si bien es cierto que en Nueva York cada barrio tiene su propia ideosincrasia; en Chicago se puede ver una alta torre de acero y cristal, al lado un edificio art decó de los años 20, cerca una construcción neogótica como la Water Tower, dos calles más allá unas coquetas casas de madera con fachadas de colores  del primer Chicago y no mucho más lejos una hilera de casas en estilo Reina Ana.

El estilo de la ciudad tiene mucho que ver con el incendio que la devastó en 1871 y la hizo renacer de sus cenizas replanificándola por completo. Fue en Chicago donde Frank Lloyd Wright desarrolló su Escuela y desde entonces los rascacielos no han dejado de crecer. En la actualidad hay más de 1.100 edificios de este estilo entre los que se encuentran el Wrigley Building, la Willis Tower, el Trump International Hotel and Tower, o el John Hancock Center. La también conocida como ciudad del viento ha hecho de la arquitectura su bandera.

Así, no podía faltar subir a las alturas para descubrir otro punto de vista de la ciudad. Elegimos la Willis Tower, desde cuya plataforma flotante además tienes un puntito de riesgo y adrenalina.

Chicago además es una ciudad con una amplia tradición cultural, como bien se puede sentir al pasear por su distrito de los teatros.

Cómo no, una experiencia que no podía faltar en nuestro viaje es probar la comida, pues tenemos alma de catacaldos. En Chicago es imprescindible degustar la Deep Pizza, una pizza que más bien parece un pie o una quiche por su profundidad. También probamos la Impossible Burger, la mejor hamburguesa vegetariana que he probado en mi vida. Y además con mucho trasfondo detrás.

Parece que planificamos bien nuestros días, pues nos dio tiempo a ver y hacer lo que teníamos previsto. Lo único que vimos de paso fue la Universidad, pero a decir verdad, tampoco estaba del todo dentro de la ruta, sino como algo que si nos daba tiempo bien, si no, pues tampoco pasaba nada.

Tras abandonar la ciudad del inicio de la Ruta 66 pusimos rumbo a las Cataratas del Niágara. Esta maravilla de la naturaleza es una falla tectónica natural entre Ontario y el estado de Nueva York. Impresionan a medida que una se acerca a ellas, pero más por el estruendo que hace el agua al caer y la nube que forma, pues en realidad no son tan altas ni grandes. Llama la atención el color del agua, que tiene ese tono verdoso porque es de origen fósil y arrastra mucho mineral.

Lamentablemente tuvimos mala suerte porque no estaba operativo el histórico crucero, también conocido como The Thunder (el trueno), que lleva operando desde 1846. Debido a las últimas lluvias el muelle quedó dañado y estaban reconstruyéndolo. Sí salía sin embargo la versión estadounidense, pero volver a pasar la frontera nos suponía demasiado pérdida de tiempo. Así, tuvimos que improvisar y en lugar del crucero hicimos la visita bajo la cascada, conocida como Journey between falls, que también nos permitió conocer un poco más las Cataratas.

Para los afortunados que viajen entre principios de mayo y finales de octubre el crucero se puede hacer también en versión nocturna, momento en que las cataratas se iluminan con diferentes colores.

Tampoco tuvimos suerte con el Whirpool Aero Car, el funicular diseñado en 1916 por Leonardo Torres Quevedo, ya que los fuertes vientos del día impedían su funcionamiento.

Desde Niágara seguimos nuestro viaje parando un par de días en Toronto, una ciudad que, al igual que Chicago se encuentra junto a un lago, en este caso el Lago Ontario, una masa de agua con una superficie que es dos veces la Comunidad de Madrid.

Toronto es el centro financiero y comercial del país, además de ser la expresión de la cultura y el alma del Canadá anglófono. Pero sobre todo destaca por su carácter cosmopolita. Es una ciudad que ha crecido gracias a los aportes de los diferentes emigrantes que han ido poblando sus barrios. Nada más salir a la calle no solo apreciamos esta multiculturalidad, sino una gran mezcolanza. Una ciudad puede acoger muchas nacionalidades o grupos étnicos, pero generalmente lo común es encontrarse barrios segregados o directamente guetos. Sin embargo, a primera vista ya nos cruzamos con grupos de amigos bastante heterogéneos o parejas/familias mixtas. Y no solo en cuestión de razas, sino también de tribus urbanas. La gastronomía también refleja esta diversidad cultural y en cada barrio destacan diferentes platos en función de los habitantes que residen en él.

El núcleo de la ciudad es el Old Town (también conocido como Financial District) cuenta con numerosos edificios decimonónicos y un cierto aire industrial.  Es la parte más densamente poblada de la ciudad y donde abundan los rascacielos de bancos, aseguradoras y compañías financieras (First Canadian Place, Toronto-Dominion Centre, Royal Bank Plaza o Commerce Court). El hecho de que forme un skyline que pueda recordar a cualquier ciudad de Estados Unidos, ha hecho que Toronto se haya convertido en escenario de muchas producciones cinematográficas y mueva millones de dólares al año en la industria del cine.

El símbolo de la ciudad es la CN Tower, que mide 553 metros. No obstante, sus vistas 360º no me impresionaron especialmente. Creo que Toronto se vive mejor a pie de calle.

Y no solo a nivel superficie, sino que además cuenta con la peculiaridad del PATH, la ciudad subterránea más grande del mundo. 30 kilómetros de pasillos concebidos para recorrer Toronto sin salir a la calle cuando el tiempo no acompaña. En este recorrido podemos encontrarnos con tiendas de todo tipo, restaurantes, cafeterías, locales de relax… es como un centro comercial pero conectado a los edificios, el transporte público y los puntos significativos de la ciudad.

Su principal plaza es la Nathan Phillips Square, que además es la plaza más grande de Canadá. Inaugurada en 1965, fue concebida como un gran ágora donde conviviera la vida política y pública de la ciudad, con un concepto de espacio abierto del que pudieran disponer los ciudadanos. Así, a lo largo de todo el año acoge conciertos, muestras de arte, el mercado semanal de agricultores, el festival de luces de invierno, la fiesta de fin de año y otros eventos públicos, incluidos mítines y manifestaciones, pues es donde se erige el Ayuntamiento.

Por lo demás, no es un lugar en el que destaquen muchas atracciones turísticas, ya que, a diferencia de otras ciudades canadienses, no queda demasiado de la ciudad antigua de finales del XVIII y mediados del XIX. Aunque eso no significa que no tenga su encanto. En Toronto se mezclan distritos comerciales y culturales en los que residen artistas junto con otros que aún conservan cierta identidad étnica, como los barrios chinos, el griego, Little Italy, Portugal Village o Little India.

Contrasta por ejemplo Kensington Market, un barrio alternativo que recuerda un poco a Camden con sus locales hipsters y fachadas de colores, con el vecino Chinatown, que cuenta con todos los rasgos tradicionales típicos.

Cada uno tiene su encanto, pero sin duda a mí uno de los vecindarios que más me gustó (a pesar de recorrerlo con lluvia) fue el Distillery District. Se trata de la revitalización de 40 edificios históricos de la antigua destilería Gooderham and Worts. Tras el abandono del área y ser utilizado por la industria cinematográfica como decorado para más de 800 producciones, se reacondionó a principios del siglo XXI para acomodar a pequeños comercios, artistas y, artesanos. Así, hoy en las antiguas construcciones de la destilería podemos encontrar tiendas de ropa, galerías de arte, restaurantes, cafeterías e incluso una pequeña cervecería. Han sabido darle carácter a una zona abandonada.

Y también tiene cierto encanto el St Lawrence Market, un emblemático edificio que nació como mercado público en el siglo XIX. También quedó abandonado el siglo pasado, pero un grupo de ciudadanos promovió una campaña de recuperación y se volvió a abrir en 1979. Hoy es el principal mercado de la ciudad y combina lo moderno y lo antiguo, lo turístico y lo tradicional. En él se pueden encontrar los alimentos característicos de la zona, como el venado y el salmón o productos regionales como el Ice Wine, un vino que se caracteriza por estar producido con racimos que se han congelado en la propia viña. Y por supuesto no puede faltar el sirope de arce. ¿Qué hay más canadiense? Perderse por los mercados de las ciudades es siempre una buena opción para tomar el pulso de lo local.

Y para local, la cerveza Steam Whistle, una marca creada por tres amigos que fueron despedidos de una cervecería y decidieron montar su propia empresa. Visitamos sus instalaciones y pudimos conocer su historia, así como su proceso de fabricación. Y por supuesto, probarla.

Toronto está considerada como una de las mejores ciudades del mundo para vivir gracias a su bajo índice de criminalidad, su alto nivel de vida y el cuidado hacia el Medio Ambiente.

Tan solo estuvimos un par de días, pero nos dejó buen sabor de boca con su carácter cosmopolita y su apertura de mente. Puede parecer una ciudad estadounidense a simple vista, pero a medida que vas descubriéndola, encuentras más y más diferencias. A pesar de que reajustamos nuestra planificación por la lluvia, pudimos ver todo lo que teníamos pensado. Tan solo se quedó fuera la visita a las islas, pues el ferry no circulaba por causas meteorológicas.

De la capital de Ontario seguimos nuestro Road Trip hasta la capital del país: Ottawa. En Ontario, aunque a un paso de Quebec, ganó la capitalidad como decisión salomónica para no dársela a Montreal ni a Toronto. Salvo la colina del Parlamento y el bullicioso Byward Market no tiene mucho más.

Sí, tiene historia, pero no me causó especial sensación arquitectónicamente. De hecho, la recordaré por la visita al Museo Canadiense de Historia, y ni siquiera está en Ottawa, sino en la orilla opuesta del río, en la ciudad quebequense de Gatineau. Inglaterra y Francia quedan separadas por el Canal Rideu.

Aunque lo vimos de manera exprés por solo contar con tres horas, es muy interesante para conocer la historia de Canadá desde los Primeros Habitantes hasta la actualidad, pasando por la llegada de los colonos europeos y los conflictos con Quebec.

Al final Ottawa nos sirvió como parada técnica más que otra cosa, pues tan solo estuvimos un atardecer y unas horas por la mañana. Desde ahí continuamos a Montreal, la mayor ciudad de la provincia y la segunda más poblada del país, una urbe que combina la tradición colonial francesa con la modernidad de una gran urbe norteamericana. No obstante, ha pasado por sus baches, ya que se esperaba de ella un gran crecimiento en las décadas de los 60 y 70 y acabó con una deuda que no ha conseguido liquidar hasta hace poco. Gran culpa la tuvieron las Olimpiadas de 1976.

Esta dualidad francesa-americana se ve patente en su diseño urbanístico y en su arquitectura. Es una ciudad grande, pero diseñada al más puro estilo norteamericano con grandes avenidas. Sin embargo, queda un reducto francés en el centro histórico donde predominan calles tranquilas de arquitectura europea plagadas de restaurantes, cafés y parques.

Por supuesto, el parque por excelencia en el Mont Royal, de más de 200 hectáreas de extensión y diseñado por el mismo paisajista que el del Central Park de Nueva York. Desde él se puede observar toda la ciudad.

El Vieux Montreal es la parte más visitada. Este barrio de calles adoquinadas está lleno de historia, principalmente en sus tres plazas principales: la Place Jacques Cartier (donde se encuentra el Ayuntamiento y numerosos cafés), la Place d’Armes (donde se erige la Catedral de Notre Dame) y la Place Victoria (donde además de una estatua de la reina podemos ver un pórtico de Guimard). En esta zona olvidamos las grandes metrópolis norteamericanas y nos trasportamos a París.

También nos recuerda a la capital francesa el ambiente de Quartier Latin y Village, los barrios con mayor oferta cultural y nocturna. En ellos podemos encontrar dónde comer la famosa poutine, un plato consistente en una base de patatas fritas a la que se le añaden taquitos de queso blanco (casi requesón) a la que se le añade una salsa de carne. Parece que nació en los años 50 en un área de servicio cuando a un camionero se le ocurrió echarle salsa a sus patatas y desde entonces se ha extendido a todo el país.

Otros platos típicos de la zona son los sándwiches de carne ahumada (herencia de los judíos que llegaron en la década de los años 20 del siglo pasado) y los bagels (que compiten con los neoyorquinos).

Y hubo algo que me recordó a Bélgica, en concreto a Lieja, y fue la gestión de las basuras. Parece ser que no se lleva lo de tener contenedores y una recogida diaria, sino que está programada en función del tipo de residuos en días alternos. La gente saca su basura a la calle y ahí te la encuentras en medio de las aceras.

En el aspecto deportivo Montreal, además de haber sido ciudad olímpica, es el lugar del nacimiento del hockey. También es popular el automovilismo, gracias al Gran Premio de Canadá de F1 que tiene lugar en el Circuito Gilles Villeneuve.

Estuvimos tres días en Montreal, aunque en realidad hábil solo fue día y medio. Seguramente nos quedaron cosas por ver en los barrios periféricos, pero estábamos más interesados en la parte histórica. Así pudimos emplear un día en hacer una excursión a Quebec, la capital de la provincia. Y si Montreal parecía francesa, Quebec es más puramente francófona aún.

Quebec se divide en la Ciudad Vieja (Vieux Québec), que es Patrimonio de la Humanidad desde 1985, y la Ciudad Nueva, mucho más moderna y residencial. La Ciudad Vieja se encuentra rodeada por un perímetro amurallado de 5 kilómetros, lo que la convierte en la única ciudad amurallada de toda Norteamérica.

A la vez, esta parte se estructura en otras dos partes: Haute Ville (Ciudad Alta), en la que predominan las fortificaciones y la ciudadela, y Basse Ville (Ciudad Baja), articulada en torno al barrio Petite Champlain y el puerto. Ambas quedan conectadas por un histórico funicular y unas escaleras.

Sin duda, la zona de Petite Champlain es la de más encanto de todo Quebec. Una zona revitalizada en la década de los 70 del siglo pasado después de haber quedado abandonada y no estar ni siquiera pavimentada. Lo que fuera el asentamiento de los emigrantes europeos en el siglo XIX hoy es uno de los mayores atractivos de la ciudad gracias a su animado ambiente paseando entre restaurantes, galerías, tiendecitas de artesanía, de ropa, de recuerdos…

Allí probamos las colas de castor, un dulce típico que recuerda a las lechefritas que hacen en mi casa.

Tras una parada en New Hampshire para no hacer del tirón la bajada a Estados Unidos y aprovechar para hacer algunas compras, llegamos a nuestra última parada: Boston. Fundada por puritanos ingleses hace ya más de cuatro siglos, la capital de Massachusetts se asocia a la revolución americana, a la familia Kennedy y a universidades como Harvard y el MIT (aunque cuenta con unas 70 instituciones educativas). Es una ciudad de intelectuales (incluso elitista) y presume de ser una urbe demócrata, que lucha por las libertades. Sin ir más lejos, el Estado de Massachusetts fue el primero en legalizar el matrimonio homosexual en 2004.

No hay otra ciudad estadounidense donde se pueda aprender de la historia del país. Gracias al Freedom Trail, un recorrido de 4 kilómetros y 16 paradas en lugares emblemáticos, descubrimos su papel fundamental en la Guerra de Independencia.

La revolución comenzó con el Motín del Té, cuando los bostonianos arrojaron al mar todo el cargamento de té de los colonos como protesta por las tasas abusivas que les imponían desde Gran Bretaña.

El puerto fue relevante en el desarrollo de la ciudad gracias a ser al que más cerca quedaba de Europa. Se convirtió en en la puerta de entrada de esclavos, pescado, sal y tabaco. Pronto Boston floreció económicamente y atrajo a emigrantes en busca de un futuro mejor, sobre todo irlandeses huyendo de la hambruna. Hoy en día se estima que el 15% de la población bostoniana tiene ascendencia irlandesa, algo que se nota en algunos barrios por sus banderas o sus iglesias católicas, pero también en otros ámbitos de la vida, como en el deporte. Podemos ver por ejemplo a los Boston Celtics, uno de los equipos de la ciudad.

Además del Freedom Trail está el Black Heritage Trail, una ruta que nos cuenta la historia de cómo se gestó la abolición de la esclavitud y recuerda a aquellas personas que intervinieron de alguna u otra manera para que los negros no fueran ciudadanos de segunda en comparación con los blancos.

Seguir estos dos recorridos permite además descubrir la peculiar arquitectura de Boston. Me sorprendió encontrarme con una ciudad en la que comparten espacio grandes rascacielos de acero y cristal con construcciones más antiguas. Uno de los casos más chocantes es por ejemplo la Torre Hancock, a cuyos pies se erige la Trinity Church, de 1877.

Pero las construcciones que realmente destacan en Boston son las de los barrios del centro. Allí predominan edificios de pocas plantas construidos en ladrillo rojo o piedra y con unos balcones semicirculares que sobresalen de las fachadas. Hay zonas plenamente residenciales, pero en las calles principales estos bloques cuentan en sus bajos con pequeños locales pintorescos que les dan un mayor carácter.

Quizá el barrio más instagrameable sea Beacon Hill, con sus calles adoquinadas, sus jardines y su remanso de paz en medio del bullicio de una gran urbe.

Aunque Boston cuenta con un buen sistema de transporte (su metro fue el primero de EEUU), es mucho más compacta que Chicago y se puede recorrer cómodamente a pie. Debido a su temprana fundación los barrios históricos quedan concentrados. A partir de ahí, la ciudad creció a medida que lo fue necesitando y los distritos nuevos se fueron construyendo sobre terrenos ganados al mar.

Fue un viaje bastante completo y a pesar de breves modificaciones por la climatología, nos dio tiempo a cumplir con lo que llevábamos planeado. Sin embargo, comparado con el anterior Road Trip por Estados Unidos, quedó menos equilibrado. En ese aspecto me gustó más el de 2012, pues vimos también algo de naturaleza y cada parada en nuestro itinerario era diferente a lo anterior. San Francisco con Yosemite, Yosemite con Death Valley, Death Valley con Las Vegas, Las Vegas con el Gran Cañón, el Gran Cañón con San Diego y San Diego con Los Ángeles. Incluso Los Ángeles con San Francisco pese a ser dos grandes ciudades y del mismo estado, no tienen mucho que ver la una con la otra. En este viaje sin embargo, la única nota discordante fue el día de las Cataratas del Niágara. Por lo demás, fuimos de una gran urbe a otra. Con más o menos carácter, pero ciudades al fin y al cabo. Creo que para el próximo volveremos a la tónica del anterior.

El segundo viaje del año fue más local, nos quedamos en Europa centrándonos en los Balcanes, en concreto en Croacia, Eslovenia y Bosnia. Comenzamos y terminamos nuestro viaje en Croacia, ya que era el país con el que mejores conexiones aéreas teníamos, debido, en parte, a que en los últimos años se ha convertido en uno de los destinos favoritos de Europa gracias a sus playas, su naturaleza y su rico patrimonio histórico y cultural. Bañada por el mar Adriático, Croacia destaca por unas aguas cristalinas, pero no está solo centrando su oferta turística en ciudades costeras como Dubrovnik o Split, sino que también está potenciando la naturaleza y los deportes de aventura, así como otras rutas en las que disfrutar de aspectos culturales, de la gastronomía o de sus vinos.

Es un destino muy completo que lo mismo atrae a aquellos que buscan disfrutar de playa y sol en sus casi 1800 km de costa como a aquellos más activos que prefieren hacer alguna ruta de senderismo en los Parques Nacionales de Paklenica, de Krka, de Mljet o por los Lagos de Plitvice. Pero también hay lugar para los amantes de la cultura y la historia, puesto que se pueden seguir los pasos de romanos, francos, húngaros, otomanos y venecianos gracias a lugares como Pula, Trogir, Ston, Split o Dubrovnik. Además, estas dos últimas ciudades atraen a los fans de Juego de Tronos, pues sirvieron como escenario de Desembarco del Rey y la Bahía de los Esclavos (y lo explotan).

Nuestra primera parada fue la capital, Zagreb, que parece quedar algo olvidada y eclipsada por otras ciudades costeras. Sin embargo, también ha sido muy relevante en la historia europea, ya que ha servido como punto de conexión entre el este y el oeste, el norte y el sur. No es muy grande, pero es rica en historia. Hay quien la llama la pequeña Viena. Yo no creo que sea para tanto. Sí que es cierto que tiene ese inconfundible aire austrohúngaro con una planificación urbanística en la que destacan las avenidas en forma de anillo que van uniéndose gracias a los parques, con el tranvía, los pasajes comerciales y con el aspecto de sus edificios decimonónicos; sin embargo, a medida que vamos conociendo más la ciudad, vemos que también tiene un punto mediterráneo.

Aunque Zagreb se ubica en el interior y el mar no le queda muy cerca, tiene ese modo de vida relajado, de hacer vida en la calle. De salir a pasear al atardecer entre primavera y otoño o de sentarse en una terraza a tomar un café. El café más que una bebida es un ritual, se toma a todas horas (y durante todo el año), con calma, viendo el bullicio de la gente al pasar y disfrutando de la tertulia. Eso sí, hay un momento que destaca por encima de los demás: el de los sábados de 11 a 14 horas. Tomar un café en la špica (tramo que va desde la Plaza del Virrey Jelačić hasta la Plaza de Petar Preradović) es todo un evento social. Sería algo así como la costumbre del aperitivo, de vestirse de punta en blanco y salir a ver y dejarse ver.

No nos sentamos a tomar café en nuestro paso por la ciudad, pero sí que probamos algo de su gastronomía. Además de los hojaldres rellenos, también comimos los famosos Ćevapi, una especie de salchichas.

Por lo que pudimos comprobar, la gastronomía croata cuenta con influencias de países cercanos. Así, podemos encontrar una gran predominancia de platos de comida italiana, sobre todo pizzas (los croatas presumen incluso de hacerlas mejor que los italianos); pero también estofados y sopas similares a las de la cocina húngara; las ensaladas con sabor a Grecia; o el café y los dulces que recuerdan a Turquía o Bulgaria.

Entre sus bebidas alcohólicas destaca la oferta de vinos locales (Zagreb tiene incluso una ruta del vino en el tramo entre Gornja Dubrava y Sesvete, en la parte oriental de la ciudad), así como la rakia (un licor que también es frecuente en otros países de Europa oriental) y, cómo no, la cerveza. Además de cerveza negra, son populares la Ožujsko y la Karlovačko.

Aunque tuvimos que hacer ajuste por cuestiones meteorológicas, al final le dedicamos a la ciudad el tiempo que teníamos planeado. Comenzamos por Donji Grad (la Ciudad Baja), ya que era lo que más cerca nos pillaba del apartamento. Este ensanche desarrollado entre el siglo XIX y principios del XX se extiende desde la estación de tren hasta la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića y paseando por sus calles es donde encontramos ese aire austrohúngaro con edificios de aspecto imperial, grandes jardines, los hoteles más elegantes y numerosos museos y galerías de arte.

Continuamos después por la Ciudad Alta, la parte más antigua de Zagreb. En ella se concentran las iglesias y edificios más emblemáticos. Como por ejemplo la Iglesia de San Marcos, el Banski dvori y el sabor o la Torre de Lotrščak, la que fuera en su día la torre principal del sistema defensivo de la ciudad.

Nos metimos de lleno en el casco histórico, con sus calles empedradas de aire medieval, callejones estrechos, plazuelas, escaleras e incluso túneles y funiculares (con un trayecto de 66 metros que recorre une ambas partes de la ciudad en 64 segundos). Aún conserva el encanto de tiempos pasados. Cuenta además con un farolero que se pasea al atardecer con una vara y va encendiendo todas las farolas sobre la marcha, sin detenerse siquiera.

Culturalmente tampoco se queda atrás con respecto a la zona baja, pues se pueden visitar diferentes museos y galerías, desde algunos muy peculiares como el de las Relaciones Rotas hasta otros más tradicionales como el de Historia de Croacia o el el de la ciudad.

Es precisamente aquí, en la zona alta, donde nació Zagreb en el siglo XVII cuando los pueblos enfrentados de Kaptol y Gradec decidieron unificarse.

El antiguo Gradec apenas se ha visto alterado con el paso del tiempo. Desde su posición se puede observar la ciudad de tan solo un vistazo. Sobre todo si el día está despejado.

Kaptol por su parte se ha ido modernizando a medida que se ha ido expandiendo. No obstante, a pesar de haberse convertido en la parte más turística, llena de restaurantes y cafeterías, sigue conservando su estructura y distribución urbanística.

También ha llegado a nuestros días la gran torre fortificada Popov Toranj y la Catedral.

Tras una parada para comer, finalizamos la tarde pasando por Dolac, el mercado de la ciudad. Lamentablemente ya eran más de las tres y lo estaban desmontando, por lo que no pudimos verlo en su máximo esplendor, cuando se despliegan las sombrillas rojas sobre los puestos de frutas, verduras, carne y pescado.

Antes de volver al apartamento pasamos por la plaza principal de la ciudad, la Trg Bana Josipa Jelačića, rodeada de palacios de estilo clásico y modernista.

Sin abandonar Croacia, pues hicimos noche en Zagreb (aunque tuvimos que buscar alojamiento de último momento por un fallo en las reservas), nos acercamos a Eslovenia, un pequeño país de apenas dos millones de habitantes en el que prácticamente en un par de horas en coche se puede ir de punta a punta. Destaca por su frondosidad, ya que más de la mitad de su territorio está ocupado por bosques y parques naturales (es el tercer país más forestal de Europa), entre los que destaca el Parque Nacional Triglav. No es de extrañar pues, que atraiga a amantes de la naturaleza a practicar ciclismo, senderismo, escalada, esquí, espeleología o rafting. Cuenta además con ríos y lagos termales que seducen a aquellos visitantes que buscan el relax. E incluso tiene una pequeña pero interesante costa con poblaciones como Piran, Portoroz, Koper o Izola.

Nosotros no contábamos con tanto tiempo como para recorrer el país de arriba a abajo, sino que hicimos una excursión de un día a Liubliana, la capital. Ubicada en el corazón de Eslovenia, es el centro económico, político y cultural del país. No es una ciudad muy grande, pero alberga una gran parte de la población de Eslovenia, casi 300.000 habitantes.

Nuestra primera parada en la ciudad fue la Plaza Prešeren, donde ya nos quedamos gratamente sorprendidos. En ella nos recibió la estatua del poeta romántico del que toma su nombre, la iglesia franciscana de estilo barroco y el Triple Puente sobre el río Liublianica, diseñado por el arquitecto Jože Plečnik, quien además de puentes y edificios se encargó de convertir Liubliana en una ciudad moderna dándole un estilo imperial que para nada tenía que envidiar a otras capitales europeas de la época.

Aunque esta primera impresión nos llevaba a querer callejear, teníamos un objetivo, y era el de subir en primer lugar al castillo, construido entre los siglos XVI y XVII para defender el imperio de la invasión otomana. Desde allí se obtienen unas vistas inmejorables de la ciudad y de las montañas a lo lejos. Nada quedaba de las nubes del día anterior y nos encontramos con un día soleado y caluroso. Se puede subir caminando tranquilamente o en un breve trayecto en funicular, como hicimos nosotros.

Después nos adentramos en el casco histórico, un laberinto de plazas y calles peatonales a cuyos lados sorprenden las fachadas de edificios barrocos y otros monumentos para continuar hasta los restos arqueológicos de Emona y volver de nuevo al río.

Hicimos un picnic improvisado para degustar la gastronomía local en el Parque Estrella, que forma parte de la Plaza del Congreso y en donde podemos encontrarnos más edificios imperiales y más restos de Emona. Continuamos a la Plaza de la República, de aspecto soviético y tras volver al río retomamos el regreso a la estación parando antes en el barrio alternativo de Metelkova.

Nuestra siguiente parada fue Split, legado del imperio romano que hoy sirve como punto de partida para explorar Dalmacia, sus costas e islas. Además se encuentra cerca de varios parques naturales. Pero la ciudad no necesita de otros alicientes para destacar, pues ya lo hace por sí misma.

Hablar de Split es hablar del Palacio de Diocleciano, que estaba fortificado por tres de sus cuatro laterales (el único que no lo estaba era el que daba al mar) y del que aún se mantienen en pie la mayor parte de sus muros.

Su recinto, que se convirtió en ciudad con el paso de los siglos, se ha convertido en un bello casco histórico en el que podemos encontrar bulliciosas plazas, estrechas callejuelas y muchos restos arqueológicos.

Pasamos dos tardes en la ciudad y salimos a conocerla sin fijar un rumbo muy claro. Callejeamos, bordeamos el perímetro del palacio, paseamos tranquilamente por la Riva, nos sentamos a ver el atardecer junto al mar con un helado en la mano (nada que envidiar a los italianos)… Fue una visita un tanto más relajada, más de ciudad mediterránea que vive en sus terrazas y en sus playas.

La cuarta ciudad del viaje fue Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, una ciudad que ha tenido un importante papel en la historia de Europa siendo el lugar donde estalló la II Guerra Mundial y el epicentro de la Guerra de los Balcanes. Todavía suena a conflicto, pero ya han pasado 25 años desde el firmado de la paz y ha ido recuperando la normalidad, aunque aún quedan heridas por cerrar.

Fue asediada y aislada por los serbios durante cuatro años y en su memoria atesora recuerdos de edificios destruidos, de impactos de balas (registró unos 330 impactos de proyectiles al día, siendo el 22 de julio de 1993 la jornada que más registró, con 3.777), de minas antipersonas, de muertos, de exiliados, de violaciones sistemáticas, de desaparecidos, de víctimas de amputaciones…

Pero ha intentado pasar página y reconstruirse gracias en parte a aportaciones económicas de la Unión Europea, Arabia Saudí, Qatar y Turquía. Aún quedan edificios con restos de metralla en sus fachadas, espacios sin reconstruir y por supuesto muchas placas y monumentos conmemorativos, pero intenta mirar al futuro dejando atrás los años de disputas y conflictos bélicos.

La limpieza étnica que trajo la guerra hizo que Sarajevo perdiera aquella mezcla de culturas que la caracterizaba y que le daba el sobrenombre de la Jerusalén de Europa. Hoy guarda rasgos de su pasado en sus barrios.

Baščaršija es el casco histórico y con su estilo árabe recuerda que Sarajevo llegó a ser la segunda ciudad más importante del Imperio Otomano solo por detrás de Estambul. En él destacan los minaretes de las mezquitas por encima de los tejados de los edificios, los bazares en los que se puede encontrar todo tipo de artesanía, el olor a una mezcla de gastronomía árabe y mediterránea, el murmullo de conversaciones en las terrazas… Es donde se encuentran los principales atractivos de la ciudad como la fuente Sebilj o la mezquita Gazi Husrev-beg.

Una vez que salimos del barrio turco nos trasladamos a un Sarajevo con aires austriacos que recuerda los años en que perteneció al Imperio Austrohúngaro. Se puede ver en ciertos edificios o en avances urbanísticos, como el tranvía que llegó en 1885, siendo la segunda ciudad (por detrás de San Francisco) en tener este medio de locomoción en todo el mundo.

A lo largo de la avenida Maršala Tita nos encontramos con edificios cada vez más altos y más grises que recuerdan la época comunista en que Bosnia y Herzegovina era parte de Yugoslavia.

Para completar nuestro viaje, contratamos una excursión en la que durante una mañana nos llevaron a diferentes puntos relevantes en la Guerra de los Balcanes. Visitamos así el Túnel de la Esperanza, paramos en el Antiguo Cementerio Judío, nos llevaron al monte Trebević para otear la ciudad desde donde se colocaban los francotiradores serbios y caminamos por las pistas abandonadas de bobsleigh en las olimpiadas de invierno del 84. Pero sobre todo, escuchamos a nuestro guía, que nos relató cómo fue la guerra no solo en datos, sino también desde los recuerdos de su infancia.

En esta escapada estival conseguimos quitarnos la espinita de viajar a los Balcanes y nos ha dejado con ganas de más. Volveremos a la zona sin duda.

Ya a finales de año, en noviembre, hicimos otro viaje al que le teníamos muchas ganas: Marrakech.

En un par de horas en avión nos transportamos a un país que esconde una gran variedad de lugares increíbles que visitar. Marruecos es un destino palpitante que ofrece una buena colección de oportunidades gracias a su riqueza geográfica. Así, podemos encontrar tanto bellas ciudades costeras como paisajes rurales que nos trasladan a otra época, terrenos desérticos o cadenas montañosas.

Durante nuestra estancia combinamos la capital con el Marruecos rural. Visitamos Marrakech y contratamos una excursión al desierto, para acercarnos a la cultura bereber, tan importante en Marruecos como la árabe.

Marrakech, también conocida como la ciudad roja por el color de sus edificios, se halla enclavada a los pies de la cordillera del Atlas rodeada por un verde palmeral. Con sus más de mil años de historia atesora el testimonio de haber sido capital de las grandes dinastías bereberes, de los diferentes imperios islámicos que han reinado en la ciudad durante siglos, así como de administraciones coloniales en el pasado más reciente. Esto la convierte en uno de los centros culturales más importantes del país y además, la ciudad más visitada de Marruecos.

Porque sí, se ha abierto al turismo, pero aún así intenta preservar su esencia, su identidad y costumbres. Nada más llegar necesitas una adaptación para asimilar el calor, el ritmo de la ciudad, el bullicio, el tráfico, el canto de los muyaidines llamando al rezo cinco veces al día, el olor a hierbabuena, a especias… Es una ciudad que impacta, pero lo mejor es tomárselo con calma e intentar integrarse en el ambiente olvidándose de los prejuicios. Y si se necesita un respiro, siempre podemos refugiarnos en el riad, refugio en donde solo se oye el canto de los pájaros y quizá el agua en una fuente cercana.

Marrakech es una ciudad de contrastes. Se ve claramente en la estructura de la ciudad, dividida en dos, una más tradicional y otra moderna y cosmopolita. Por un lado encontramos la Medina – la ciudad vieja-  rodeada por una muralla de adobe que cambia según la hora del día y cómo le incida la luz del sol; y por otro la ciudad nueva, el ensanche de la época colonial francesa en el que priman las construcciones modernas a lo largo de grandes avenidas.

Esta división es más que simbólica. Mientras que dentro de la Medina se intenta respetar su propio orden y que las nuevas construcciones mantengan cierta coherencia y no superan los tres pisos, por su parte en la ciudad nueva la planificación urbanística no tiene esas restricciones, aunque sí deben tener el característico color rojo-ocre. En la Medina además el alcohol está prohibido, sin embargo, fuera de ella, en la ville nouvelle, sí que se puede beber e incluso hay locales de fiesta.

A nosotros nos interesaba principio la Medina, el alma de la ciudad y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 1985. Así pues, planeamos dedicarle la mitad de nuestra estancia. Durante el primer día, el de nuestra llegada, nos dedicamos a esa primera toma de contacto con la ciudad, perdiéndonos ente callejuelas laberínticas, zocos y el abrumador ajetreo de la Plaza Jemma el Fna y sus alrededores.

Esta plaza, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial y hasta hace relativamente poco de tierra batida roja, es el corazón de la Medina y todo un espectáculo por el día, pero más aún al atardecer, cuando cae el sol y los puestos de zumos y frutos secos son sustituidos por otros de comida en donde destacan los platos a la parrilla…. En torno a ellos se colocan músicos, bailarines, tatuadoras de henna, encantadores de serpientes, adiestradores de monos, limpiadores de zapatos… En esa plaza se puede encontrar de todo.

Nosotros hicimos la novatada y cenamos en uno de los puestos. No obstante, con posterioridad nos dimos cuenta de que no merece mucho la pena, pues salía más caro y no fue para tanto. Sí que mereció la pena sin embargo tomarnos un refresco desde una de las terrazas sobre la plaza, pues pudimos disfrutar de un bonito atardecer.

La excursión de tres días al desierto fue toda una experiencia, eso sí, muy intensa y agotadora, pues eran muchos kilómetros para pocos días. Teníamos más cerca Zagora, pero elegimos la opción de viajar hasta Merzouga, a unos 570 kilómetros de Marrakech y casi en la frontera con Argelia, para adentrarnos en el desierto de Erg Chebbi y pasar allí la noche en una haima.

El ritmo calmado de la caravana de dromedarios permite embeberse de las imágenes que nos ofrece el Sáhara. Viajar al atardecer nos permitió además ver cómo la incidencia de la luz cambiaba el color de la arena.

Asimismo, emprender el recorrido inverso al amanecer nos proporcionó unos recuerdos que atesoraremos siempre en nuestra memoria. Una pena no haber podido dormir en las dunas bajo los millones de estrellas que se alcanzaban a ver en un lugar tan remoto de la civilización y la contaminación.

Pero la excursión no fue solo el paseo de ida y vuelta en camello al campamento. Durante nuestra ruta pasamos por serpenteantes carreteras que atraviesan el Atlas, por el territorio inhóspito del Valle del Dades salpicado por kasbashs de color rojizo, por la impresionante Garganta del Todra y su valle, así como por el Valle del Draa con sus montañas y desiertos negros y los infinitos oasis de palmeras.

También nos sentimos trasladados a una época de costumbres más primitivas al poder acercarnos un poco a las costumbres bereberes.

De vuelta en Marrakech dedicamos un día para visitar los monumentos más importantes de la Medina. Comenzamos a primera hora con el Palacio de la Bahía, de finales del siglo XIX. Arrasado tras la muerte del Gran Visir del Sultán Sidi Moussa, por suerte aún se pueden observar los mosaicos de las paredes de las 150 estancias, los detalles del mármol y los trabajados techos de madera de cedro tallada. También podemos pasear por sus frondosos jardines.

Después nos dirigimos al Palacio Badii, edificado en la segunda mitad del siglo XVI con materiales de primera calidad traídos de diferentes lugares del mundo y ricos ornamentos. Sin embargo este no se conserva tan bien. Hoy tan solo podemos ver las ruinas, ya que el sultán sucesor decidió tan solo cien años después acabar con todo aquello que recordara a la época de esplendor de la dinastía predecesora. Aprovechó los materiales expoliados para renovar la nueva capital, Meknés.

Aunque una exposición y un vídeo nos permiten hacernos una idea de lo imponente que fue en su día, es una pena que hoy todo lo que quede sea un patio vacío con los estanques secos y los muros llenos de agujeros donde anidan las cigüeñas. Al menos sirve para diversos eventos, como conciertos y espectáculos de teatro.

Nuestra tercera visita fue a las Tumbas Saadíes, el mejor ejemplo del arte saadí en Marruecos (y uno de los pocos). Ubicado junto al muro meridional de la mezquita Kasbah, el recinto acoge un gran mausoleo en donde están enterrado los principales miembros de esta dinastía. En uno secundario descansa la madre del sultán. Además, en los alrededores se hallan una centena de tumbas de soldados y sirvientes.

El mausoleo principal es de una belleza excepcional que abruma y nos traslada a tantos monumentos de nuestro país de la época andalusí.

No es de extrañar que este emblemático e histórico lugar se haya convertido en una de las visitas obligadas desde su descubrimiento por casualidad en el siglo pasado.

No pudimos entrar sin embargo a la Madrasa Ben Youssef, que se localiza al norte de la Medina, puesto que se encontraba en obras. Así pues, en su lugar, nos metimos de lleno en los zocos, todo un hervidero de vida local. Es un mundo aparte, un caos que apabulla, que satura los sentidos. Hay que estar a mil ojos para no acabar atropellada por un carromato, una moto, una bici o incluso un burro. De esta manera es realmente complicado poder fijarse en los productos que tienen expuestos los mercaderes en sus puestos.

Para concluir, el último día salimos del laberinto de callejuelas y pasajes, palacios y mezquitas, zocos y plazas que es la medina y nos acercamos a la ciudad nueva conocer el Jardín Majorelle.

Cuando el pintor francés Jacques Majorelle se enamoró de Marrakech y su luz en los años veinte del siglo pasado, se compró una finca de palmeras donde unos años más tarde estableció su taller (allí fue donde creó el azul intenso que lleva su nombre). Alrededor de este edificio mandó crear un jardín botánico que incluía especies de plantas y árboles traídas de todo el mundo.

Después de Majorelle, la parcela fue comprada por Yves Saint-Laurent, quien mandó restaurar el taller convirtiéndolo una parte en museo e incorporando nuevas especies vegetales.

Aunque no se sea un apasionado de la botánica, el espacio es apacible y la visita resulta agradable. Nosotros estuvimos quizá un par de horas. No obstante, no es el único jardín de la ciudad, pues Marrakech tiene muchas zonas verdes donde sentarse a recargar pilas y desconectar el ajetreo de la Medina.

Fue un viaje breve, pero intenso en el que disfrutamos cada momento. No tuvimos ningún problema con el idioma ni con la seguridad, más bien al contrario, ya que todo el mundo con el que tratamos fue muy agradable. Y aunque acabamos en una furgoneta que no nos correspondía y en la otra punta de la ciudad medio dormidos y desayunar, lo recordamos como una anécdota graciosa y no como un mal sabor de boca.

Y hablando de sabores, comimos muy bien. Nada raro siendo unos catacaldos, pero es que estaba todo muy rico. Lo mismo nos daba una tortilla bereber, que unos pinchos, que un tajín, que un cuscús o kefta. Madre mía esas albóndigas que no dejamos ni la salsa.

Tampoco hay que olvidarse de los dulces, que en Marruecos son muy golosos, y si además lo juntas con la influencia de la patisserie francesa, solo con mirar te da un subidón de azúcar.

En definitiva, nos lo pasamos muy bien pues cumplimos con nuestros objetivos que eran conocer Marrakech, dormir en el desierto y probar todo lo que pudiéramos. Eso sí, nos faltó alguna compra, pero es que hay que echarle tiempo y paciencia. En cualquier caso, Marruecos quedará guardado en nuestras retinas para siempre. Y hay quien ya planea volver.

Para rematar el año buscamos un destino algo más frío: Berlín.

La capital de Alemania es una ciudad vibrante y llena de atracciones y planes para todo tipo de personas. Ofrece desde una visita más tradicional de monumentos y museos hasta una más alternativa gracias a sus barrios más bohemios, pasando por supuesto por una histórica y cultural que permite acercarse a las guerras mundiales, al holocausto o a la Guerra Fría. Y es que si hay una ciudad en Europa en la que aprender sobre los acontecimientos del siglo XX, esa es Berlín.

Al igual que el país, la capital es el ejemplo de una ciudad que ha sabido renacer de las cenizas varias veces. Las bombas de la II Guerra Mundial acabaron con todo y hoy no queda nada original, pero ha sido reconstruida recuperando su legado histórico a la vez que se ha convertido en una ciudad moderna y cosmopolita. Así, podemos encontrar por un lado el Nikolaiviertel (donde nació tras la unión de dos asentamientos); monumentos y edificios de la época prusiana (cuando se convirtió en capital y vivió un importante auge demográfico, social y cultural); recuerdos del nazismo, del Holocausto y de la II Guerra Mundial (en el subsuelo aún quedan bombas ya que al ser pantanoso no todas explotaron en su día); huellas de la ciudad dividida durante la Guerra Fría dejando dos idiosincrasias totalmente diferentes; restos del Muro y de la planificación urbanística socialista; vestigios de una época punk y alternativa e indicios de una ciudad que mira al futuro con la reconversión de los espacios, construcción de nuevos y modernos edificios y una importante actividad turística y cultural.

Berlín ha intentado dejar de lado la división de oriente y occidente y, aunque es visible en algunos aspectos como la arquitectura, los semáforos, el idioma o el nivel adquisitivo de los barrios, se ve que ha seguido adelante. Y es que no fue una reunificación, fue una conquista de occidente sobre oriente. La RDA quedó aniquilada y hoy en día una buena parte de la ciudadanía de la extinta Alemania del Este siente Ostalgie, o nostalgia por aquel país y tiene la sensación de ser extranjero en su propio territorio. Está claro que aún 30 años después de la reunificación, aún siguen siendo dos países. Por ejemplo, hoy en día tan solo un 42% de los alemanes de la antigua RDA están a favor de la forma actual de gobierno frente al 77 de la Alemania del Oeste. Y a la pregunta de si hay un sistema mejor que la Economía de Mercado solo un 30% de los primeros dice que no, frente al 48% de los segundos.

La nueva y moderna ciudad parece haber olvidado los años en que estuvo dividida administrativamente, sobre todo en algunos sectores. Sin embargo, a la vez, parece que en los últimos años se han llevado a cabo algunas acciones para recuperar la mayoría de los restos posibles del muro. Y aunque se justifica como una forma de conmemorar a las víctimas, en realidad ofrece una visión bastante sesgada encumbrando a la RFA y proclamando a los cuatro vientos la perversidad de la RDA.

La RDA tuvo muchos problemas desde el principio, en parte porque fue la parte más golpeada por la guerra y en parte porque no recibió la misma ayuda que la RFA. Una vez comenzó su andadura cometió errores y es innegable que las libertades personales estaban limitadas. No obstante, es incuestionable que también consiguió algunos logros, sobre todo en lo relativo a derechos sociales. Unos derechos que 30 años después de su desaparición son impensables en democracias supuestamente tan desarrolladas como las europeas. Por no hablar de EEUU.

Da la sensación de que hay una doble vara de medir en torno al famoso muro. Mientras que al de Berlín se le conoce como “Muro de la Vergüenza” y recientemente se ha conmemorado su caída por todo lo alto; paralelamente se le resta importancia a otros más actuales y con más muertos en su frontera como las vallas de  Ceuta y Melilla, el de EEUU con México ( de 600km de longitud y más de 10.000 muertos desde que se construyera en 1994), el israelí (5 veces más largo que el alemán y que viola el derecho internacional humanitario según el  Tribunal Internacional de Justicia de La Haya) o el del Sáhara Occidental (2.700 km de muro financiado por EEUU y Arabia Saudí).

El tiempo además dio la razón al gobierno de la RDA, pues tras la caída del muro antifascista los nazis cruzaron a Alemania del Este. Tan solo un par de días después ya había agresiones racistas y homófobas. En 1992 varios grupos de nazis prendieron fuego en Rostock-Lichtenhagen a un edificio con extranjeros dentro. Hoy el AfD sigue subiendo como la espuma.

Pero volviendo a nuestro viaje, sabíamos que conocer la ciudad a fondo nos llevaría años de vivir allí, así que sabíamos que teníamos que priorizar, seleccionar y organizar bien nuestra visita para no perder el tiempo. Y más en fechas como diciembre con tan pocas horas de luz. Así fue cómo dividimos los días:

El primer día partimos desde el sur, desde la East Side Gallery, la mayor parte del muro de Berlín que queda en pie, y después nos movimos por el barrio de Mitte. Comenzando en la Alexanderplatz, considerada el centro de Berlín y donde encontramos la Torre de la Televisión, el Reloj Mundial, la Fuente de la Amistad y varios centros comerciales, nos movimos por sus alrededores, donde se ubica el barrio de Nikolaiviertel y se erigen el Rotes Rathaus y la Marienkirche. Subimos hasta la zona alternativa en torno a los Hackeschen Höfe para concluir en el Museo de la DDR.

El segundo comenzamos en el oeste, en el barrio de Charlottenburg, donde se ubica el palacio homónimo y desde ahí nos dirigimos hacia el centro recorriendo la avenida comercial Kurfürstendamm y parando en la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, una iglesia que nos recuerda los daños que provocaron los bombardeos de la II Guerra Mundial. Rememoramos la victoria de Prusia sobre Dinamarca con la Siegensäule y terminamos en la Plaza de París desde donde nos dirigimos al Memorial del Holocausto antes de subir a la cúpula del Reichstag y rematar la tarde visitando el Neues Museum.

El tercero fue un día bastante cultural, ya que realizamos una visita guiada por el subsuelo de la ciudad, aprendiendo sobre los búnkeres de la Guerra Fría; seguimos con un poco de historia sobre el muro, su construcción y cómo afectó a los ciudadanos de a pie en el Berlin Wall Memorial y acabamos la tarde descubriendo las maravillas arquitectónicas del Museo de Pérgamo y aprendiendo sobre diferentes especies en el de Historia Natural.

Finalmente, en el último comenzamos en la renovada Potsdamer Platz, pasamos por la Topografía del Terror sin entretenernos demasiado y llegamos hasta el fotogénico Checkpoint Charlie. Para concluir la mañana, antes de subir a la Torre de la Televisión y volver al aeropuerto visitamos las Galerías Lafayette y picamos algo en el mercado navideño de la Gendarmenmarkt.

Además de estos cuatro días en Berlín, hicimos dos excursiones: una a Sachsenhausen y otra a Potsdam. En principio no sabíamos si nos daría tiempo hacer ambas, pero finalmente sí fue posible. Aunque lo cierto es que Potsdam en otra época y visitando los palacios o la mansión de la Conferencia de Wannsee (donde nació la idea de la Solución Final), desde luego lleva más de un día. En ambas ocasiones terminamos la tarde visitando algún museo. Incluso un día reservamos una sala de escape.

Fue un viaje en el que descubrimos lugares nuevos y en los que los conocidos se nos plantearon totalmente diferentes a nuestras anteriores visitas. Encontramos una ciudad viva, vibrante y bulliciosa. Berlín es una de las capitales más verdes de Europa (una cuarta parte de la ciudad está ocupada por espacios verdes), así que no es de extrañar que en primavera y verano se llene de actividad (también lo hacen las playas en torno al Spree); sin embargo, en invierno no para, da igual que haga frío, llueva o incluso nieve. Al igual que el resto de Alemania, vive con devoción diciembre y se llena de planes con los mercadillos navideños, pistas de hielo y atracciones.

Y con esta escapada cerramos 2018, un año en que visitamos 3 continentes,  7 países (4 nuevos) y 14 ciudades. Un año muy completo en el que sumé mi país número 37. Poco a poco el mapa va coloreándose.

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