Nadie duerme, Barbijaputa

Tras Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, Barbijaputa volvió a la ficción en octubre del año pasado con Nadie duerme, una novela distópica en la que un pequeño grupo clandestino de mujeres organizadas se toma la justicia por su mano como respuesta al recorte de derechos y libertades que está viviendo el país con la llegada al poder de un partido ultraderechista.

La trama se centra en Eare, un país ficticio en el que el partido fascista TOTUM ha ganado las elecciones en una época de crisis tras promesas populistas. Una vez en el gobierno han ido contra los migrantes, los homosexuales, las feministas, gente de izquierdas… en definitiva, contra todos aquellos que van en contra de sus ideas o que ponen en cuestión su estructura social conservadora. La población va asumiendo los cambios y limitaciones progresivos que van sucediéndose sin especial resistencia, tan solo parece reaccionar el Frente Feminista Revolucionario (FFR), un pequeño grupo de mujeres hartas de las injusticias.

Cansadas de ver cómo agresores, violadores, maltratadores o asesinos machistas acaban libres tras unas míseras condenas (o incluso sin pisar la cárcel siquiera) deciden comenzar a asesinarlos. Así, se suceden diez víctimas sin que a nadie parezca preocuparle. Sin embargo, la cosa cambia cuando el cadáver es el de un reputado juez. No solo por quién es el muerto, sino porque es entonces cuando el FFR lanza su primer comunicado dándose a conocer. Una acción que provocará, como era de esperar, la reacción del gobierno y que pondrá en peligro a todos los miembros del grupo clandestino.

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Power del bueno, primas. Prometido.

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La novela está estructurada en cuatro partes (34 capítulos y un épilogo). La primera de ellas está narrada por Búho y es la más extensa. En ella nos habla de sí misma, de dónde viene, cómo se une a este grupo y cómo comienza a actuar. En la segunda toma la palabra su hermana Jana y aporta algún detalle más para configurar el personaje protagonista. La tercera parte es muy breve, tan solo un capítulo desde el punto de vista de Águila que sirve para adentrarnos un poco más en la organización. Y finalmente en la última parte retoma el relato Búho.

Búho y Águila no son más que pseudónimos, y es que en el FFR se comunica en un foro de amantes de la ornitología para escapar del control del gobierno. Así pues, cada integrante asume el nombre de un pájaro cuando se registra y lo mantiene de ahí en adelante. De esta manera se minimiza el riesgo de que en caso de ser descubiertas pudieran delatar a sus compañeras. Cuanto menos detalles personales se conozcan, mejor. Eso sí, todas tienen algo en común, y es que son mujeres que han vivido experiencias de violencia machista de una manera u otra; algunas de forma directa, otras indirecta, pero que igualmente cargan con el trauma sobre su espalda. Están tan rotas que no tienen nada que perder, por eso ponen sus vidas en peligro para acabar con el sistema y las injusticias.

Aunque la narradora nos va contando detalles aquí y allá de las compañeras y de su entorno, en realidad el único personaje que parece estar bien configurado es el de ella misma (incluso cuando cambia la voz que cuenta la historia). Está claro que Búho es la protagonista, pero me ha dado la sensación de que el resto de los que conforman la trama están mucho menos dibujados, que han quedado algo flojos. La prosa de Nadie duerme es bastante sencilla y sin florituras. Imagino que es porque la autora ha buscado un estilo lo más cercano posible a lo que sería el relato de unas memorias tras todos los acontecimientos. Un recurso que por cierto me ha recordado bastante a El cuento de la criada. En realidad, la novela parece beber mucho de la historia de Atwood, al situar la trama en un mundo distópico en el que las mujeres ven cómo pasan a ser ciudadanas de segunda ante la llegada de un gobierno ultraderechista. Es cierto que en Nadie duerme no encontramos el aspecto de la procreación a servicio del Estado, pero sí que recuerda mucho a los derroteros por los que ha ido la serie en cómo parece que la única manera de acabar con este sistema es que las mujeres se organicen.

También es verdad que últimamente nuestra realidad se parece mucho a estos mundos distópicos y en algunos aspectos la novela se siente muy cercana a la actualidad. Se ve claramente cómo Barbijaputa para escribir este alegato feminista se ha inspirado en casos reales que vemos a diario en las noticias y sobre los que la autora ha escrito columnas de opinión. En ellas ya criticaba la mirada machista de algunos jueces y lo que cuesta en determinados círculos aceptar que las mujeres alcen la voz y se echen a la calle reclamando igualdad de derechos aunque sea pacíficamente. Creo que con este bagaje le debió llegar la inspiración de un what if. ¿Qué pasaría si en vez de manifestarse cada 8M se tomaran las armas y se iniciara una revolución? Y aunque Eare no es España, hay conexiones muy claras como el ascenso de partidos ultraderechistas, las referencias al cambio climático, a los problemas del capitalismo, al racismo, a la migración…

Sin embargo, pese a las deficiencias de la obra, resulta entretenida. Eso sí, no desde un punto de vista amable, pues no deja de ser un relato un tanto duro en algunas ocasiones. Los pasajes en los que se describe el maltrato, la violencia u otros métodos de abuso de poder consiguen remover las entrañas. Deja también una reflexión sobre si el fin justifica los medios y cómo la unión hace la fuerza. En cualquier caso, pese a que se lea rápido y enganche, me gustó bastante más su primera novela, La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal.

Road Trip por Islandia V: Día 3. Acantilados Gerðuberg, Bjarnarfoss y Búðakirkja

Dado que el primer día sabíamos que íbamos a madrugar mucho para coger el vuelo, había programado un segundo día un tanto relajado. Lleno de paradas interesantes, claro, pero que podríamos hacer tranquilamente sin tener que madrugar tanto y, además, pudiendo acostarnos pronto. Sin embargo, para el tercer día nos esperaba un día bastante completo.

A las 7 ya estábamos en pie, listos para una una ducha que nos activara y un rico desayuno.

Un poco antes de las 9 de la mañana, después de haber desayunado y cargado nuestras pertenencias en el coche, pusimos rumbo noroeste para adentrarnos en la Península de Snæfellsnes. De esta península de tierra volcánica que se adentra en el océano se dice que es como Islandia en miniatura, por tener un poco de todo lo característico de la isla en un territorio relativamente reducido. En ella podemos encontrar cascadas entre columnas de basalto, el Parque Nacional de Snaelfellsjökull, Kirkjufell (la montaña más fotografiada del país), la cascada Kirkjufellfoss, extensos campos de lava, acantilados como Lóndrangar, islas rocosas a las que acuden los frailecillos, playas como Djúpalónssandur o Ytri Tunga y pequeños pueblos con típicas casitas de madera como Búðir, Hellnar o Arnarstapi. Y aunque su mayor atractivo es sobre todo geológico, paisajístico y natural; también es un lugar relevante desde un punto de vista histórico, ya que desde Snæfellsnes salió Erik el Rojo hace más de mil años en busca de tierras lejanas.

Tomamos la carretera 54, una vía que nos lleva a través de una llanura donde destacan al fondo las montañas. El paisaje cambia un poco cuando llegamos al cruce con la 55, pues predominan campos de lava algo más abruptos. La primera parada la hicimos a unos 50 kilómetros del inicio, en los Acantilados Gerðuberg, unos acantilados que, sin embargo, no dan al mar.

En realidad se trata de una pared de columnas de basalto en medio de una llanura. Aunque se ven desde la carretera, merece la pena acercarse . Para ello hay que tomar un camino durante aproximadamente un kilómetro. Es de grava, pero fácilmente accesible. A medida que te vas acercando comprendes la magnitud de las columnas, y es que algunas llegan a superar los 14 metros de alto y metro y medio de ancho.

Nosotros no quisimos pararnos mucho porque teníamos un día bastante largo por delante, pero es de libre acceso y te puedes acercar cuanto quieras, incluso subirte a ellas para observarlas más de cera o divisar los alrededores.

Retomamos el camino por la carretera 54 y volvimos a parar otra vez unos 60 kilómetros después, esta vez para ver la cascada Bjarnarfoss. Este salto de agua fácil de encontrar, pues se encuentra a apenas un par de minutos de la explanada donde se deja el coche. No hace falta mucha indicación más que tomar el camino que sale del aparcamiento.

Eso sí, acercarse a ella conlleva un poco de riesgo. Y es que el ascenso consta de dos partes: una primera de fácil acceso siguiendo el camino, y una segunda un tanto más complicada que supone subir la colina usando las piedras como escalera. En algunas partes se requiere de cierto fondo, pero sobre todo de un calzado adecuado, ya que si ha llovido o está el ambiente húmedo, habrá barro, y puede ser peligroso.

Nosotros íbamos frescos y con botas de buen agarre, por lo que nos arriesgamos a subir hasta estar a los pies de la cascada, y la verdad es que merece la pena.

Es verdad que no llevaba mucho caudal, y si se viene en sentido contrario a nosotros con 2/3 de la isla recorridos quizá ni siquiera llame la atención lo suficiente como pararse. En nuestro caso sin embargo era de las primeras que veíamos, por lo que nos llamó la atención la pared de basalto sobre la que se precipita. Además se trata de un lugar perfecto para sentarse unos minutos a descansar, reponer fuerzas y disfrutar de las vistas. Tanto de la cascada como de lo que hemos dejado abajo.

Antes de quedarnos fríos emprendimos el descenso con mucho cuidado de no caer rodando colina abajo y volvimos al coche a seguir con nuestra ruta, que enseguida tenía una nueva parada. A apenas unos 4 kilómetros, abandonando la carretera 54 y tomando el Útnesvegur, llegamos a la Búðakirkja, una de las iglesias más antiguas construidas en madera en la isla y una de las 3 negras que quedan en Islandia.

Está considerada Monumento Nacional y alberga algunos objetos de gran importancia histórica como la campana de 1672, dos candelabros de 1767, un retablo de 1750 y un antiguo cáliz de plata.

Ya se erigió una primera iglesia en 1703 en Búðir, sin embargo duró poco, ya que acabó demolida unos años más tarde. A pesar de que se volvió a levantar una nueva, esta acabó abandonada en el siglo XIX y finalmente desmantelada. en 1816 Steinunn Sveinsðóttir luchó para que se construyera una nueva, pero la iglesia luterana rechazaba continuamente su petición. Finalmente obtuvo un permiso real pero en el marco de la puerta queda reflejado: “Esta iglesia fue construida en 1848 sin el apoyo de los padres espirituales”.

La señora Sveinsðóttir descansa en el pequeño cementerio junto al tempo.

El entorno en que se encuentra la iglesia es incomparable: a los pies del Océano Atlántico y con la cordillera de Snæfellsnes en el sentido opuesto. En días de invierno destaca su silueta en un manto de nieve, en verano, luce algo menos.

Dejamos atrás la iglesia y nos acercamos a la playa, para lo que hay que atravesar un campo de lava, el Búðahraun.

De primeras pueden parecer piedras sin más cubiertas de césped, pero si nos fijamos detenidamente, sí vemos las marcas de cómo la lava se fue secando en su camino hacia el mar.  En la playa, sobresalen las rocas negras entre la fina arena.

Con lava o sin ella, la playa invitaba a dar un paseo por ella. Nos recordó mucho a aquellas playas desiertas de Escocia por las que paseamos también con chaqueta y botas. Sin embargo, no teníamos tiempo para ello, aún nos quedaba media península y ya era medio día, por lo que volvimos al coche a seguir con nuestra ruta.

Road Trip por Islandia IV: Día 2. De Reikiavik a Borgarnes

Comenzamos nuestro segundo día bastante pronto para aprovecharlo al máximo. La verdad es que descansamos bastante, el cansancio había hecho mella en nosotros y tan pronto pusimos la cabeza sobre la almohada, caímos rendidos. Nos duchamos para despejarnos y la verdad es que hubo que mentalizarse, pues ya habíamos experimentado la noche anterior los contras del agua proveniente de la energía geotérmica. Sí, es innegable sus muchas ventajas, como por ejemplo que tan pronto colocas el mando en caliente sale casi hirviendo, sin tener que esperar ni desaprovechar agua. La cuestión es que también es instantáneo el olor a huevo podrido. Así que sí, podríamos decir que nos despejó bastante la ducha.

Para desayunar no teníamos mucha opción, tan solo un skyr que no nos habíamos tomado en la cena y un par de bollos que nos habíamos llevado desde casa. Eso sí, acompañados de un café y té calentitos.

A las 9:30, con el coche cargado con nuestras pertenencias, pusimos rumbo Reikiavik para reponer provisiones. No necesitábamos echar gasolina aún, pero sí teníamos en mente hacer algo de compra. El problema es que las tiendas no abrían hasta las 10:30 u 11 y no tenía sentido quedarnos a esperar, por lo que tuvimos que posponerlo y partir hacia nuestra primera parada del día: Morada histórica de Reykholt.

Hacía bastante fresco, sobre todo porque corría bastante aire y no había con qué resguardarse. Pero no había problema, ya que era la excusa perfecta para entrar en movimiento, aunque el pueblo fuera bastante pequeño. Además, ya que eran más de las 11, aprovechamos para comernos un tentempié de media mañana, un sándwich de tortilla francesa que aún nos quedaba del día anterior.

A pesar de que Reykholt apenas cuenta con un par de calles, es de gran importancia histórica y cultural ya que estuvo habitado desde el siglo X. Además, fue donde residió el poeta, legislador, político e insigne autor de sagas Snorri Sturluson (1179-1241). Aunque se conservan las ruinas cerca de la iglesia, no se sabe cómo era el aspecto de la casa de labor en la que vivió. Se sospecha, por estos restos arqueológicos y algunos textos de la época, que había un fuerte rodeando las construcciones principales.

En las excavaciones se descubrió una habitación de 3.5 metros de ancho por 6.8 de largo pavimentada con roca geotérmica que tiene toda la pinta de ser una especie de baño o sauna, pues contaba con un conducto de aire caliente. Ya en la época se pensaba que los baños (tanto secos como húmedos) eran buenos para la salud. Las piscinas se recomendaban a aquellos que desempeñaban tareas físicas y los baños secos o saunas para los que no realizaban tanto esfuerzo.

Aunque parece que según el Landnámabók había una piscina en uso en el pueblo ya en el siglo X, recibe el nombre de Snorralaug en honor al famoso Sturluson, quien la mencionó varias veces en sus sagas. Está construida con piedra tallada de sílice y cuenta con un diámetro de 4 metros y apenas 1 de profundidad, por lo que daba lo justo para sentarse en el banco que tiene el perímetro interior y que solo asomara la cabeza. Se llenaba con agua caliente que llegaba por conductos subterráneos directamente desde Skrifla, a unos 100 metros del lugar. Yo metí la mano y sí, el agua estaba calentita. Hoy está prohibido bañarse y parece que la gente se ha aficionado a tirar monedas al fondo.

En 1931, cuando se excavó para construir un polideportivo, se encontró un túnel subterráneo de unos 30 metros de largo y unos 70-80 cm de ancho que comunicaba la piscina con una escalera de caracol que daba acceso a las casas dentro del fuerte. Este tipo de escaleras fueron introducidas en los países nórdicos por los normandos y fueron ampliamente aceptadas ya que ocupaban poco espacio y además se podían cerrar fácilmente en caso de defensa. Sin embargo, es raro encontrarlas en construcciones medievales. Esta es la única de este tipo encontrada en Islandia y se cree que es una señal de que Snorri llevaba un estilo de vida “lujoso”.

Tras el edificio que hay junto a la piscina se erige una estatua de este señor, como no podía ser menos.

El paseo nos llevó apenas una media hora y estuvimos casi todo el tiempo solos, tan solo nos cruzamos con una pareja más. Aunque cuando ya nos íbamos justo llegaba un autocar de jubilados rusos que parecían dirigirse al hotel/spa.

Continuamos nuestra ruta hasta la cascada Hraunfossar. Tuvimos que elegir entre la carretera 518 y la 519 y el GPS nos indicaba por la primera, así que esa tomamos. No sé cómo será la 519, pero desde luego la 518 podría estar mejor, nos encontramos bastantes tramos de grava. Por lo menos la distancia a recorrer desde Reykholt no era muy larga, apenas unos 18 kilómetros.

Dejamos el coche en un aparcamiento bastante amplio desde el que salen un par de caminos. Uno lleva a la cascada Hraunfossar y otra a la Barnafors. No obstante, da igual por cuál se empiece, ya que ambos recorridos se unen. Nosotros elegimos el de la izquierda, que en apenas un par de minutos nos llevó a un balcón de madera frente a Hraunfossar.

Esta cascada no es de las más altas ni de las más reseñables del país. Sin embargo, es muy accesible y además es peculiar por la forma en que nace y que nos hace comprender por qué se llama “cascada de lava”. Y es que nada más asomarnos sobre la plataforma podemos ver una cortina de agua de aproximadamente un kilómetro que se precipita al río Hvitá después de emerger directamente de Hallmundarhraun, un campo de lava formado alrededor del año 800, poco antes de que llegaran los primeros colonos a Islandia. Si alzamos la vista y no nos centramos en el agua, sino en el campo que la rodea, podemos apreciar las formas que dejó la lava cuando se enfrió en su día.

Siguiendo el camino río arriba enseguida vemos Barnafors, también conocida como la “cascada de los niños”. Toma este nombre de una leyenda islandesa que narra que un día de Navidad dos críos pequeños salieron de casa desobedeciendo a su madre y acabaron cayendo al agua. Ésta, enloquecida cuando lo descubrió, destruyó el arco de piedra que servía como puente para prevenir más tragedias. La realidad es mucho más simple: el puente se derrumbó con los terremotos.

En este tramo el paso del río es más estrecho, así que el agua ha hecho su trabajo con el paso del tiempo moldeando las rocas y buscando recovecos. Normalmente el caudal suele ser unos 80 metros cúbicos por segundo, aunque en época de crecidas puede llegar a alcanzar los 500. Cuando esto ocurre, los arcos y puentes de las rocas formados por la erosión, apenas se ven.

Después de ver esta segunda cascada seguimos el recorrido marcado y regresamos al aparcamiento, donde tomamos el coche para seguir nuestro camino hacia el norte. Una amiga nos recomendó visitar Viðgelmir, sin embargo, cuando llegamos a la puerta descubrimos que era muy similar a la cueva de lava que ya habíamos visitado el día anterior, por lo que dimos la vuelta. Una pena, pues podríamos haberlo comprobado en internet antes de hacer el camino por la 518, que aunque no fueron muchos kilómetros, eran de grava y había que transitarlos bastante despacio. En cualquier caso, volvimos dirección Reykholt, pues nuestra siguiente parada, Deildartunguhver, estaba unos 7 kilómetros después.

Deildartunguhver es el mayor manantial de aguas termales de Europa. Ya desde el coche a medida que nos íbamos acercando descubríamos las nubes de vapor saliendo de la tierra. Y, ¿qué acompaña al vapor? Pues efectivamente: el olor a azufre o huevo podrido.

La fuente termal produce unos 180 litros de agua por segundo a una temperatura de 100 ºC, por ello se lleva usando como calefacción central desde 1925. Entre 1979 y 1971 se construyó un sistema de tuberías de unos 74 kilómetros para llevar el agua desde el manantial hasta Akranes, Borgarnes y Hvanneyri.

Y aunque el agua es transportada en tan solo 24 horas, no llega a los hogares a 100º, sino que desciende por el camino. Aún así, sigue manteniendo una alta temperatura: 77º en Borgarnes , 73º en Akranes y 65º en zonas rurales.

El agua es también aprovechada por los baños termales Krauma. Está claro que en Islandia quien no se pone a remojo es porque no quiere.

Recorrer el área tan solo nos llevó unos 10 minutos. Y es que el recorrido es corto, pero sobre todo por el olor. Volvimos a la carretera tomando la 50 y después la 1 hasta Borgarnes, donde teníamos el alojamiento para aquel día.

Este pueblo de menos de 2000 habitantes se localiza en una península en el interior del Borgarfjörður. Nació como pequeño puerto comercial en 1861 y  basó su economía en la pesca y la industria conservera. Hoy en día la pesca sigue siendo importante, pero además Borgarnes se ha convertido en el centro de servicios de la región noroccidental de la isla. Al quedar a medio camino de Reikiavik y del Parque Nacional de Snæfellsjökull ha crecido también turísticamente.

La Península de Snæfellsnes, como la isla en general, tiene una limitada oferta en cuanto alojamiento se refiere, así que lo que hay tiene unos precios bastante altos. Así pues, echando cuentas en lo económico y también en lo funcional (que no nos quedara una jornada demasiado larga), decidimos hacer una parada en Borgarnes. En la práctica nos quedó en realidad un día bastante corto, pues a las 3 de la tarde ya habíamos llegado a Lækjarkot Rooms and Cottages, pero teniendo el cuenta que el día anterior había sido bastante cansado y que nos esperaban por delante un par de semanas sin parar, tampoco estaba mal tener una tarde tranquila y acostarnos pronto.

Nos costó un poco encontrar el alojamiento viniendo desde Borgarnes, incluso el GPS no parecía tenerlo claro. Fue cuando dimos la vuelta y circulábamos rumbo sur cuando vimos las cabañas. El check-in fue bastante rápido, ya que tan solo con dar el nombre en recepción nos dieron la llave. Ni pasaporte ni ninguna comprobación. Esto es Islandia… Las normas, wifi y resto de indicaciones estaban indicadas en una hoja en la habitación, con lo que todo claro.

El complejo consta de varios contenedores habilitados como cabañas o como habitaciones. Al menos ese es el nombre que le dan ellos. Podríamos decir que las primeras son unidades con varias habitaciones y las segundas funcionan como un apartamento con un espacio común de dormitorio-cocina y un pequeño baño. Esta última opción fue la que elegimos nosotros y la verdad es que no estaba nada mal. Sobre todo teniendo en cuenta que somos más bien minimalistas e íbamos a pasar solo una noche. Para largas estancias quizá no es muy práctico y puede ser agobiante.

Contábamos con una mesa, un par de sillas, un pequeño armario, las camas y una cocina con lo básico: fregadero, fuegos y una nevera pequeña. Eso sí, bastante bien equipada en cuanto a utensilios.

El baño era también reducido, pero bien aprovechado. A un lado el inodoro encastrado en la pared, lo que dejaba una buena repisa para dejar los productos de higiene, y al otro la ducha de obra (con agua sin olor).

En el centro un lavabo estrecho que cumpliría muy bien su función si no fuera por el armarito colocado sobre él que impedía agacharse para lavarse la cara o escupir tras lavarse los dientes.

El entorno del complejo estaba un poco desangelado y en la parte de atrás del terreno tenían más contenedores y máquinas. Imagino que estaban expandiéndose. En cualquier caso, como digo, el alojamiento tenía un precio aceptable teniendo en cuenta la media islandesa y era conveniente por la ubicación cerca de Borgarnes y de sus servicios. Cuenta con panaderías, varios supermercados (Nettó y Bónus), cafeterías, restaurantes (hay una pizzería regentada por unos ecuatorianos), mercado de productos agrícolas, piscinas, bancos y gasolineras.

Así pues, tras descargar el equipaje, acomodarnos un poco y comer los sándwiches que llevábamos del día anterior, nos fuimos al pueblo a hacer la compra para surtir nuestra despensa móvil. Nos hicimos con desayuno para la mañana siguiente, más skyr, pan de molde, ensaladillas envasadas, algo de picoteo y bebida. Compramos una de las cervezas locales, la Viking. En concreto la Viking Malt. Esperábamos encontrarnos con una negra, sin embargo aquello sabía a cualquier cosa menos a cerveza. Tenía toques de chocolate, pero sobre todo de caramelo. Básicamente era como si comieras el azúcar caramelizado en la sartén para echárselo al flan. Y el alcohol… pues 2.25%. Porque en los supermercados ese es el máximo de alcohol que pueden vender. A partir de ahí tienes que buscar una tienda específica. Y esto lo descubrimos más tarde.

Para cenar compramos unos falafel que hicimos a la sartén en nuestra minicocina y los acompañamos con una sopa de sobre de las que nos habíamos llevado de casa.

Antes de volver al alojamiento paramos en la gasolinera Olís para rellenar el depósito y así a la mañana siguiente salir directos sin tener que parar. En ese día habíamos hecho 239,8 kilómetros.

Serie Terminada: Elementary

Allá por 2012-2013 vimos el piloto de Elementary y la dejamos aparcada hasta que finalizó este verano pasado. La verdad es que no escribí sobre el piloto en su día porque aunque no me disgustó del todo, le faltaba algo. Hoy, años después, después de haber visionado sus 7 temporadas y 154 capítulos, me reafirmo en que no es que sea la peor serie de la historia, pero realmente tampoco aporta gran cosa.

La serie pretendía ser una adaptación de Sherlock Holmes a la época actual en la que el detective es un exadicto a la heroína que se ha fugado de un centro sanitario y cuyo padre le busca una asistente de abstinencia (Watson) para que sea su sombra durante 6 semanas y así asegurarse de que no tiene una recaída. Cuando Sherlock es requerido por la policía de Nueva York para ayudar en un caso complicado Joan se siente fascinada y comienza a colaborar con él.

La adaptación sobre el papel no suena mal. Da igual que Watson sea Joan y no John, que la acción se traslade de Londres a Nueva York, o que haya tecnología. El problema es que pretendía competir con el Sherlock de la BBC y, claro, las comparaciones son odiosas. Cuando la cadena británica se negó a una adaptación, los estadounidenses se podían haber conformado con emitir la versión británica, pero vieron más filón a grabar una propia por la que después obtener beneficios con la distribución. Así pues, sin los permisos oportunos Elementary no toma como referencia las historias originales de Conan Doyle (solo detalles de aquí y allá) sino que crea un procedimental más al estilo de Castle, Monk, Psych, El Mentalista, Instinct… Es decir, una serie convencional y ligera mucho menos interesante que la original en la que un civil un tanto excéntrico se incorpora a la plantilla de la policía y resuelve sus casos.

Sherlock y Elementary se mueven en dos registros diferentes, pero es que además la británica es infinitamente superior en todos los aspectos que se pueda comparar. Cada capítulo es casi una película (90 minutos) con una fotografía más propia del cine, diálogos ágiles y brillantes, un ritmo muy medido y unos actores que lo bordan (tanto Cumberbatch como Freeman). La versión americana sin embargo tiene temporadas de 24 episodios (frente a los 3 de la europea) de 40 minutos de duración. Así pues, no da tiempo a ahondar tanto en cada uno de los casos. Además, los guiones están bastante mascados y gusta de explicar referencias incluso dentro del mismo capítulo, como si el espectador fuera imbécil.

Por otro lado, entiendo el cambio de escenario, sustituyendo Londres por un territorio estadounidense, sin embargo, Nueva York ya está muy trillada en cuanto a series de policías que necesitan asesores. Quizá podrían haber buscado un Boston, un Chicago, un Seattle…

Jonny Lee Miller y Lucy Lui no cuajan como Holmes y Watson. Al menos se han esforzado en buscar un actor inglés, pero no tiene carisma. Lui por su parte, tiene un registro limitado y parece un palo recitando un guion.

En cuanto a sus personajes, el Holmes de Elementary más que un brillante detective que no encaja en las convicciones sociales resulta arrogante y desagradable con su actitud de atormentado. Su Watson no está lo suficientemente desarrollada como para ser el contrapunto perfecto del protagonista. No tiene sentido que haya dejado su carrera como cirujana porque se le muriera un paciente, como si fuera algo que no ocurriera nunca. Además, la química entre ambos brilla por su ausencia. Quizá también por eso nos hemos librado de la famosa tensión sexual no resuelta metida con calzador tan típica en cualquier serie.

Tampoco tienen nada reseñable los personajes secundarios. Ni los que salen durante todos los capítulos – esos policías que se supone que son los que llevan los casos y piden ayuda en caso de que la se estanquen, pero que en realidad están de comparsa – ni los que aparecen puntualmente a lo largo de las temporadas como el padre de Sherlock, su hermano o Moriarty, también convertida en mujer y además examante del detective.

Lo único quizá destacable es la cabecera. Su cabecera y banda sonora sí que nos recuerdan a un clásico Sherlock.

En definitiva, si tomamos Elementary como una serie de Sherlock, no merece la pena tragarse las 7 temporadas, mejor sentarse a ver la británica, que si conserva la esencia. Por el contrario, si la consideramos como un procedimental más obviando las referencias literarias, entonces resultará entretenida como cualquier otra serie de detectives con caso semanal y arco argumental temporal. Entretenida, sí; memorable, no. Podría llamarse Las aventuras de un detective en Nueva York y habría sido la misma serie sin tener que faltarle el honor a Sherlock. Eso sí, no habría tenido tanta publicidad para atraer a la audiencia.

Road Trip por Islandia III: Día 1 III Parte. Reikiavik

Dejando atrás Raufarholshellir, emprendimos el rumbo dirección a Reikiavik, la capital y ciudad más habitada del país. Entre ambos puntos había apenas unos 40km, pero el paisaje va cambiando notablemente a medida que nos acercamos al núcleo urbano. El primer tramo es solitario y con una carretera que queda flanqueada por montañas y llanuras cubiertas de verde. Una maravilla para la vista.

La segunda parte del camino sin embargo ya no estaba tan tranquila. Podríamos incluso decir que había tráfico. Y es que eran ya las 5 de la tarde y debía coincidir con la salida de los trabajos, pues había bastante movimiento. En algunos tramos incluso hasta pequeñas retenciones. Como además había leído que no resultaba sencillo aparcar en la zona más céntrica (pocos sitios y en muchos casos de pago), decidimos quedarnos en las afueras, cerca del lago, y hacer el resto caminando. Y es que en realidad Reikiavik es una ciudad relativamente pequeña y no hay que recorrer grandes distancias.

Fundada por los noruegos en el siglo IX, hoy en día cuenta con unos 200.000 habitantes de los que el 9% son extranjeros. Se encuentra situada en el suroeste de la isla, en la Bahía Faxaflói, y, a pesar de lo que pudiera parecer, su clima no es tan extremo, sino que su temperatura media anual suele rondar los 12-15º gracias a la corriente del Golfo de México. Disfrutan de un tiempo similar al del norte de España. Eso sí, en enero, suelen tener 0º. En compensación, en sus alrededores hay una gran cantidad de fuentes termales, motivo por el que su nombre significa bahía humeante. Si apetece un buen baño se puede visitar Grafarvogslaug (en la zona residencial de Reikiavik Grafarvogu), Vesturbaejarlaug (cerca del centro de la ciudad), Laugardalslaug (en el barrio de Laugardalur), Nauthólsvík (spa termal en una playa del sur de la ciudad) o el manantial de aguas naturales en Flúðir, conocido también como la Laguna Secreta.

Nosotros teníamos un par de semanas en la isla, así que pensábamos disfrutar de las piscinas más adelante. En aquel momento nuestro plan era dar un paseo por esta pequeña capital hasta que se nos hiciera de noche. Aparcamos en la calle Bragagata y nos dirigimos al Lago Tjörnin, uno de los lugares favoritos para los islandeses y el área donde desembarcaron los primeros colonos comandados por Ingólfur Arnason. Es una zona muy pintoresca con sus casitas de colores.

En la parte oriental se erige la iglesia neogótica Fríkirkjan, construida en 1902 en madera. Pintada de blanco con los tejados verdes suele acoger conciertos de música.

Al oeste del lago, en lo alto de una colina, se halla la iglesia Landakotskirkja o Basilika Krists Konungs (Basílica de Cristo Rey), la catedral católica del país.

En el extremo sur el lago queda rodeado por el parque Hljómskálagarður, el primero de todos los parques de la ciudad en ser planificado. La idea surgió en el siglo XIX, aunque el ayuntamiento no concedió los terrenos hasta 1901. Tras años de diseño y planificación, en 1914 se comenzaron a plantar los primeros árboles al oeste y sur del lago. En 1923 se construyó un pabellón de música, de ahí el nombre del parque (Hljómskálinn quiere decir pabellón).

El parque alberga varias esculturas, lo que le ha hecho ganar también el sobrenombre de El collar de perlas. Y es que cada una de las esculturas es considerada como única, al igual que las perlas, y su disposición hace que simulen un collar.

En el extremo opuesto del lago nos sorprendió la escultura de El burócrata desconocido, una pieza que representa a un hombre de negocios con su maletín del que solo podemos ver su mitad inferior, ya que la superior carga con una roca, imagino que simboliza todo el papeleo con el que tiene que lidiar.

Se halla muy cercana al Raðhúsið, el ayuntamiento. Inaugurado en 1992, es un edificio moderno que alberga bastantes exposiciones, puesto que también sirve como foro cultural, así como lugar de encuentro y de información.

Desde allí nos adentramos hacia el centro, continuando hasta la Plaza Austurvöllur, que se convierte en el corazón de la ciudad, sobre todo en verano. Es la más famosa y una de las más grandes del país. En ella se encuentra el Parlamento (Alþingishúsið) y la Catedral (Dómkirkjan í Reykjavik).

El Parlamento fue construido entre 1880 y 1881 en roca volcánica y es un edificio muy sencillo . Frente a él nos encontramos con la estatua de Ingibjörg H. Bjarnason, gimnasta y maestra de escuela islandesa que luchó por el sufragio femenino a finales del siglo XIX. En 1915, cuando las mujeres conquistaron el derecho al voto, fue elegida para liderar un movimiento precursor del partido feminista y en 1922 resultó elegida como parlamentaria convirtiéndose en la primera mujer islandesa en conseguirlo.

El monumento, fue inaugurado en julio de 2012 para conmemorar el 90 aniversario de aquel acontecimiento.

Frente a Bjarnason se erige el Monumento a la Desobediencia Civil, obra del escultor español Santiago Sierra. Esta roca volcánica partida por una cuña negra fue colocada en este lugar el 20 de enero de 2012, en el cuarto aniversario de la revolución islandesa. Y es que es en esta plaza donde se produjeron las protestas masivas tras el colapso bancario en 2008.

La plaza queda presidida por otra estatua, la de Jón Sigurðsson, considerado héroe nacional. Y es que este señor cruzó el Atlántico 29 veces en barcos y buques de carga luchando por la independencia de Islandia en el siglo XIX.

Frente al edificio oscuro del Parlamento contrasta la Dómkirkjan, de rito luterano.

Construida en 1787  ha tenido gran importancia en la historia religiosa y política de Islandia.

Dejando la plaza a nuestra espalda, seguimos hasta el Puerto Viejo, una zona muy tranquila donde las antiguas cabañas de pescadores hoy se han convertido en pequeños restaurantes en los que predominan dos platos típicos locales: la ballena y la sopa de langosta. También podemos encontrar las taquillas de las excursiones en barco para ver frailecillos (cuando es época) y cetáceos.

En el puerto encontramos una exposición al aire libre en la que diferentes paneles nos llevaban por el flujo migratorio del país. Tanto inmigración como emigración. Así, pudimos leer la historia de Sir Joseph Banks, un científico británico que participó en la primera expedición de James Cook. En 1772 dirigió su primera expedición científica a Islandia y se convirtió en uno de los consejeros del gobierno británico en temas relacionados con la isla. Con él viajó Uno von Triol, un pastor sueco, quien publicó un libro en 1780 con información recogida durante el viaje. Además, Banks estuvo involucrado en la revolución en Islandia de 1809 y consiguió una licencia inglesa para navegar a Islandia durante las Guerras Napoleónicas. También animó al botánico William Hooker a viajar al país, quien recogió en sus diarios mucha información sobre la naturaleza de la isla.

Con respecto a la emigración se conservan los diarios de Sigurður Palsson Scheving que escribió sus experiencias en su viaje a Estados Unidos. También de un pasajero islandés que viajó en julio de 1900 desde Liverpool  a Quebec.

Las razones para emigrar al Oeste, Canadá y después a Estados Unidos en el siglo XX fueron muchas y variadas, pero al final son las más recurrentes en cualquier contexto. En el siglo XIX la población había ido creciendo, sin embargo, la economía no lo había hecho con la misma velocidad. Entre los años 1830 y 1860, un período de clima cálido en el país, se construyeron muchas granjas; el problema llegó cuando volvió el frío y no se podía alimentar a tanta gente. Si a esto le sumamos la erupción volcánica del Askja en 1875, no es de extrañar que se estime que aproximadamente unos 15.000 islandeses (el 20% de la población) abandonara el norte y este del país y se mudara al oeste o emigrara al extranjero.

A principios del XX Islandia se había quedado sin gente que cultivara las tierras, por lo que en 1947 la Asociación de Granjeros del país hizo una llamada para que viniera gente a cubrir este descenso de la población y rescatara las granjas del país. Así, en 1949 llegaron desde Hamburgo 314 agricultores. Precisamente en Alemania se encontraban en los años de posguerra y el país estaba reducido a cenizas. Así pues, esta llamada fue recibida con alegría y esperanza de una vida mejor. Nadie sabía lo que se iba a encontrar, salvo que el campo les necesitaba. Aunque la travesía no fue sencilla por el mal tiempo y la ropa inadecuada, fueron recibidos con los brazos abiertos por los locales, quienes incluso les esperaban con regalos. No obstante, el día a día no fue sencillo, pues se encontraron con una climatología extrema y una barrera ideomática que les hacía recurrir al lenguaje no verbal.

Hay otro lazo además entre los islandeses y los alemanes, y es que hubo marineros islandeses que tras la II Guerra Mundial viajaron a tierra germana y llevaron pesca a la población. Como agradecimiento, Hamburgo manda desde 1965 a Reikiavik un abeto. El árbol se coloca en el puerto para que luzca bien junto a la estatua Looking Seewards, de Ingi Gislason, dedicada a los marineros que han muerto en las proximidades de Islandia.

La escultura representa a dos hombres que, cubiertos con impermeables, miran al horizonte buscando posibles náufragos en medio de una tormenta. Fue erigida en 1997 en el 80 aniversario del Puerto de Reikiavik y el 60 aniversario del día nacional de los marineros.

En los paneles también podemos leer la historia de cómo la actual bandera se convirtió en oficial. Resulta que en el verano de 1913 Einar Pétursson había salido a remar con ella colocada en su canoa y el capitán danés del barco militar Islands Falk lo vio y, ofendido por ese alarde nacionalista, lo arrestó confiscando la bandera. Cuando los vecinos se enteraron, se alzaron en protesta por considerarlo una interferencia en la soberanía islandesa. Cinco meses más tarde se convirtió en el emblema nacional.

Otro panel nos acerca a otro símbolo del país: el caballo islandés. Mientras que a mediados del siglo XIX se vendían unos 5.700 caballos anuales a compradores británicos, para principios del XX ya se exportaban unos 65.000. No obstante, no todo el mundo estaba contento. Había quien consideraba inaceptable la venta de equinos a Reino Unido, pues una vez en destino eran usados en las minas de carbón trabajando en condiciones extremadamente duras. Hoy en día los caballos son vendidos y exportados a granjeros y jinetes de toda Europa.

Cerca de la estatua de los marineros nos sorprendió encontrar una locomotora. Y es que en Islandia el ferrocarril brilla por su ausencia. Sin embargo, la Minør, fabricada en Rostock a finales del siglo XIX y empleada durante un corto período de tiempo en Copenhague, es una de las dos máquinas que se emplearon en la construcción del puerto entre 1913 y 1917.

Era capaz de llevar una veintena de vagones y estuvo en uso hasta los años treinta del pasado siglo. Hay además otra segunda locomotora, la Pioner, que se encuentra expuesta en el Árbær Folk Museum.

Desde el Puerto Viejo seguimos caminando hasta el Harpa, un edificio diseñado por el estudio de arquitectura Henning Larsen y el artista Olafur Eliasson. Llama la atención por su fachada de hexágonos de cristal que según la luz del día, se crean efectos caleidoscópicos.

La entrada es gratuita, así que pasamos a echar un vistazo. Cuenta con varias salas dedicadas a las auroras boreales, la actividad volcánica o al agua, pero realmente lo impactante es la construcción y el diseño.

Desde allí seguimos por el paseo marítimo, el Saebraut, donde se halla la escultura Solfar, el Viajero del Sol.

Realizada en acero inoxidable por el artista islandés Jón Gunnar Árnason, recuerda un barco vikingo. Aunque el autor asegura que es una oda al sol y representa al barco de los sueños, cada uno realiza su propia interpretación. Sea como fuere, el caso es que es uno de los iconos de la ciudad y desde su ubicación se obtienen unas buenas vistas del océano Atlántico y el monte Esja.

Dejando el mar a nuestra espalda, nos adentramos hacia el centro de la ciudad. La principal arteria comercial de Reikiavik es Laugavegur y también una de las calles más antiguas. Por aquí corrían los manantiales de agua que eran aprovechados para lavar la ropa, de ahí su nombre, “camino de lavado”. Hoy podemos encontrar numerosos restaurantes, bares, cafeterías y pequeños comercios. Abundan las tiendas de prendas de lana de oveja y de ropa deportiva o para el frío invierno.

Además de encontrar curiosas construcciones de madera pintadas de colores, hay que ir muy pendiente porque Reikiavik esconde un montón de murales en sus edificios.

Algunos cubren incluso varias fachadas.

Los hay muy diversos. En algunos casos representan animales, en otros personajes conocidos y, a veces, te encuentras peculiaridades como esta infografía que explica cómo atarse una corbata.

Las calles aledañas a la principal, Austurstraeti, Laekjargata, Skolavordustigur y Frakkastígur también son comerciales y tenían algo de movimiento. Esta última además es la que nos conduce a la Hallgrímskirkja, la peculiar iglesia luterana.

Construida entre 1945 y 1986, recibe el nombre del poeta y pastor islandés Hallgrímur Pétursson. Está inspirada en la orografía islandesa, en concreto en las columnas de basalto que veríamos días después en Reynisfjara.

A mí personalmente no me pareció una maravilla de iglesia desde el punto de vista arquitectónico. Hay millones de iglesias, basílicas o catedrales mucho más imponentes en ciudades mucho más pequeñas de la Europa continental. Eso sí, reconozco que llama la atención por su peculiar diseño. Por dentro, tampoco es muy reseñable. Bastante minimalista, como la de Helsinki. Imagino que tendrá que ver con el rito que profesan y con la latitud y su carácter sencillo.

Se puede ascender a lo más alto de su torre de 73 metros por unos 5€ y lo bueno es que hay ascensor, así que no hay que dejarse las piernas para ver la ciudad a tus pies. Lo malo es que nosotros llegamos ya algo tarde y no tuvimos la oportunidad.

En la plaza principal frente a la iglesia se halla la estatua de Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo y explorador vikingo que llegó a América del Norte sobre el año 1000. La estatua fue un regalo de los EEUU en el año 1930 para conmemorar el centenario de la constitución del Parlamento Islandés.

Cerca de la iglesia encontramos un pequeño supermercado abierto, así que compramos bebida, zumo para desayunar, un par de skyrs, un par de sándwiches y una bolsa de patatas fritas. Lo mínimo para al menos cubrir desayuno y un picoteo de media mañana del día siguiente. Y como ya nos estábamos quedando sin luz, paseamos un rato más por la zona más comercial y fuimos pensando en la cena. Reikiavik era quizá uno de los pocos días en los que íbamos a poder probar la comida local, ya que habría jornadas durante nuestro viaje en las que estaríamos mucho más aislados y sin restaurantes o supermercados en kilómetros. Por tanto, pensamos en la sopa en pan que nos habían recomendado del restaurante Icelandic Street Food y decidimos que era mejor pedirla para llevar y tomarla tranquilamente en el apartamento. Y es que ese día habíamos madrugado mucho y el cansancio empezaba a hacer mella en nosotros. Pedimos una sopa de cordero y otra de marisco. Una de ellas la pedimos con pan y otra sin. Al ser para llevar, te las ponen ambas en unos vasitos térmicos y tú luego ya te la vuelcas en el pan si corresponde.

El apartamento que habíamos reservado para nuestro primer día era pequeño y estaba en las afueras de Reikiavik, pero es que el alojamiento en la ciudad se nos subía bastante de precio. Como llevábamos coche, preferimos ampliar nuestro radio. Nada más entrar teníamos la nevera y un armario y, seguidamente, la estancia principal con una cama y una pequeña cocina con una barra y un par de taburetes.

La puerta a la derecha de la cocina nos conducía a un pequeño baño.

Como estábamos bastante cansados (ya eran las 20:30), organizamos las maletas separando ropa y comida, nos dimos una ducha rápida sin lavarnos el pelo y cenamos antes de que se nos enfriaran las sopas.

Estaban las dos bastante ricas y contundentes en sabor. Eso sí, la de marisco tenía más líquido que sólido. Menos mal que la que volcamos en el pan fue la de cordero, porque al menos cuando la miga absorbió la mayoría del caldo, quedaba algo que comer. Y esta es la pega que le veo al hecho de que sea servida en la hogaza, que el caldo desaparece. Cuando la tomas en el restaurante te echan caldo hasta que el agujero queda bien relleno, pero al ser para llevar, se rigen por el tamaño del vasito. En cualquier caso, nos sobró, porque la sopa bien, pero no fuimos capaces de comernos tanto pan, ni siquiera entre dos. Quizás es más un plato para medio día y no para la noche.

De postre probamos el famoso skyr, del que tanto habíamos oído hablar.

Este derivado lácteo se suele consumir como un yogur, pero en realidad es un queso fresco con un sabor un tanto ácido (en su versión natural), pero tiene una textura muy cremosa.

Es más saludable que un yogur, ya que es reducido en grasas (para su elaboración se parte de leche desnatada), ayuda a mejorar la flora intestinal y sistema inmunitario (gracias a que es una fuente de probióticos) y cuenta con un alto contenido proteico (es más saciante).

Yo no soy una especial amante de los postres lácteos, pero desde luego desde ese momento el skyr se convirtió en un básico para nuestra despensa itinerante. Teniendo en cuenta que íbamos a comer bastante de sobre/lata y bocadillos, no nos vendría mal una ayuda con la flora intestinal y sistema inmunitario (no era un buen momento para caer malos). Si además nos iba a aportar calcio, proteína y energía, era relativamente barato para los precios de Islandia y estaba rico, ¿qué más podíamos pedir?

Y con el estómago lleno y 210 kilómetros (de coche) en nuestro primer día, nos fuimos a dormir esperando descansar.

Road Trip por Islandia II: Día 1 II Parte. Península de Reikianes

Con el coche cargado, y con el reloj marcando las 10 de la mañana, abandonamos Keflavik, un pueblo no demasiado turístico, y nos pusimos en marcha rumbo a la Península de Reikianes, al suroeste de la isla. Su traducción literal sería Península Humeante, en clara referencia a que es uno de los puntos de mayor actividad térmica de Islandia.

Ya habíamos visto desde el avión las fumarolas, y ya en la carretera pudimos apreciar también el manto verde que cubría la superficie negra. El viaje acababa de comenzar y ya estábamos maravillados por un paisaje que no se parecía en nada a lo que hubiéramos visto hasta la fecha.

Lamentablemente pronto dejamos de ver el paisaje, pues entramos en una tormenta y apenas se veía otra cosa que no fuera el color grisáceo del cielo y cómo impactaba el agua sobre el coche. Primer día y ya parece que íbamos a conocer de primera mano la climatología islandesa. Cuando llegamos a nuestra primera parada teníamos tres opciones: esperar a que escampara un poco, pasar de largo, o bajarnos y adaptarnos a las circunstancias. Viendo las nubes aquello no parecía que fuera a parar en un buen rato y continuar con nuestro recorrido sin más no tenía sentido, ya que si tomábamos esa premisa como costumbre, probablemente nos perderíamos muchos puntos de interés. Por tanto, nos quedaba la última opción: cerrarnos bien las chaquetas (al fin y al cabo eran impermeables) y lanzarnos a ver mundo.

Y así fue cómo vimos el puente entre dos continentes (Brú Milli Heimsálfa), un puente sobre la fosa tectónica (también conocida como rift) producto de la separación de la placa Euroasiática y de la de América del Norte.

La Península de Reikianes se asienta sobre estas dos placas, por ello es una zona de alta actividad volcánica. La Euroasiática es una de las placas continentales de mayor superficie, conteniendo algunas de las rocas más antiguas de la corteza terrestre en el este de Siberia. Por su parte, la Norteamericana se está separando provocando que el Océano Atlántico vaya creciendo en el proceso. El puente, de 18 metros de largo y 6 de alto, fue inaugurado el 3 de julio de 2002. Gracias a él se puede cruzar de una placa a otra y, por supuesto, permite observar el rift, que se calcula que gana unos 2 centímetros al año.

Dado que la lluvia no nos dejaba ver mucho del paisaje, cruzamos de un lado al otro, leímos los paneles informativos, echamos alguna foto y, empapadísimos, volvimos al coche.

Seguimos nuestra ruta dirección sur por la carretera 425 cuando nos encontramos un cartel de punto de interés. Indicaba Brimketill, que no sabíamos lo que era, pero como íbamos con tiempo y no llovía, pues decidimos parar. Junto al pequeño aparcamiento encontramos un mirador de madera sobre un acantilado formado por lava (parece que de una erupción de principios del siglo XIII) donde el mar se estrellaba con contundencia.

Como consecuencia de la erosión, se han formado varios círculos rocosos que, en los días soleados y con el mar tranquilo, parecen piscinas termales. En un día revuelto como el que nos encontrábamos y con la marea alta, tan solo se intuían de vez en cuando.

El lugar no está exento de leyendas, ya que según nos informa un panel en las proximidades, muy cerca de las piscinas vivía la troll Oddný con su marido Hróar y su hijo Sölvi. Una noche, salió en busca del cadáver de una ballena que había llegado a la costa y de vuelta a casa paró a darse un baño en Brimketill. Cuando ya emprendió el regreso le sorprendió el amanecer y como consecuencia se convirtió en piedra. Durante mucho tiempo pudo verse el pináculo cerca de los acantilados hasta que la erosión acabó con él. Por eso las piscinas también son conocidas como Oddnýjarlaug (la piscina de Oddný).

Tras la breve parada seguimos por la misma carretera ya rumbo este con un predominante paisaje formado por campos de lava. En uno de ellos (en la carretera 43) se ubica la planta de energía geotérmica de Svartsengi, que  suministra energía a la ciudad de Reikiavík. A finales de los años 70 del siglo pasado, en esta área se comenzó a explotar el vapor de agua subterráneo para generar electricidad. Sin embargo, el agua con mayor nivel de silicio no se utilizaba en la planta, sino que se vertía en un lago artificial. Poco después, conocidos los efectos curativos de estas sales, en 1987 se llenaron varias piscinas naturales con estas aguas residuales y se abrió al público. En 1999 comenzó a expandirse y desde entonces se trata de un complejo que no solo consta de estas piscinas de aguas sulfurosas, sino que tiene hotel, restaurantes y bares, tiendas de cosméticos, sauna y servicio de masajes. Es la famosa Blue Lagoon, el mayor spa geotermal de Islandia, y quizá también el más caro. Por eso, decidimos omitirlo, ya que no nos faltarían opciones para visitar piscinas termales en la isla a un precio más asequible.

En su lugar seguimos por la 427, que bordea el sur de la península a lo largo de 56 kilómetros,  y nos desviamos por la 42 hasta Krýsuvík o el Área Geotermal de Seltún, un conjunto de manantiales de azufre, fumarolas y pozas de lava hirviendo.

Nada más abrir la puerta del coche nos recibe el peculiar olor a huevo podrido que se va intensificando a medida que nos acercamos a la zona delimitada por pasarelas de madera. Conviene seguir este recorrido, sobre todo porque el suelo está en ebullición. Es casi como el juego de “el suelo es lava”, hay que mirar por dónde se pisa.

Aunque el olor echa un poco para atrás, el paisaje es muy atractivo con la mezcla de colores provocada por los gases. Destacan el rojo, rosa, diferentes tonos de gris, marrón dorado y amarillo. Los depósitos más comunes son sales termales, sulfuro y yeso, aunque en algunas zonas también se ha encontrado hematita.

Eggert Ólafsson y Bjarni Pálsson fueron los primeros en perforar las áreas geotermales en Islandia (y quizás en el mundo) con el propósito de conseguir sulfuro. La primera perforación tuvo lugar en Laugarnes en el otoño de 1755 y poco después, en verano de 1756, en Krýsuvik. Sin embargo, enseguida pararon los experimentos cuando uno de los agujeros erupcionó. Aunque sí se llevaron a cabo trabajos de minería entre 1754 y 1763 y 1858 y 1880, no se volvió a perforar hasta 1941 para conseguir energía para calentar los hogares y producir electricidad. No obstante, de nuevo, en 1947 tuvieron que parar por otra erupción tras una perforación de 230 metros. En octubre de 1999 además hubo una explosión en la zona de las perforaciones que creó una fumarola de 43 metros de diámetro.

No estuvimos mucho tiempo, el justo para hacer el recorrido, ya que huele a huevos podridos por la presencia del azufre. Nos entretuvimos un poco más en el aparcamiento a comernos unos sándwiches de tortilla francesa que habíamos llevado hechos desde casa. Quizá no fue el mejor lugar, porque se nos metió el olor putrefacto bien dentro.

Muy cerca, un poco antes de desviarnos a la zona de fumarolas habíamos visto un pequeño lago, así que, antes de marcharnos, nos paramos a verlo.

Tiene un típico color azur verdoso como consecuencia de las algas que crecen en su fondo.

Continuando por la carretera 42 había un lago aún más grande, el Kleifarvatn. De hecho es el más grande de la península con una profundidad de 97 metros. Sin embargo, decidimos continuar por la 427 porque no sabíamos lo que se nos iba a complicar el día metereológicamente hablando. Hicimos una breve parada en Strandarkirkja.

La historia cuenta que esta pequeña parroquia luterana fue construida en el siglo XII como agradecimiento de unos marineros que consiguieron llegar sanos y salvos a puerto después de una travesía complicada. La que vemos hoy en pie data de 1888 y fue reconsagrada en 1968 después de algunas renovaciones. Hoy en día la zona está casi deshabitada y ya no tiene un servicio regular, sino que solo abre en verano y ofrece misas en fechas muy concretas, como la de final de cosecha, la de pescadores en octubre, la de Navidad, la de Pascua y la de Pentecostés.

Corría mucho aire y salvo la iglesia y asomarnos al acantilado, no había mucho que hacer, así que volvimos a la carretera dirección Reikiavik. Pero antes de llegar a la capital hicimos una parada en el Túnel de lava de Raufarhólshellir.

La visita, de una hora y en inglés, es guiada y a la entrada te proporcionan un casco con luz. Además, es recomendable llevar calzado y ropa de abrigo, porque el terreno está resbaladizo y al ser bajo tierra, hace frío.

Formado durante la erupción del Leitahraun, ocurrida hace unos 5200 años, el túnel tiene una longitud de 1360 metros, lo que lo convierte en uno de los más largos del país. El pasaje principal mide unos 900 metros de largo por 30 de ancho y una altura de 10 y al final de su recorrido se divide en tres cavidades más pequeñas. En ningún momento resulta claustrofóbico y, salvo por algunos tramos de rocas, la mayor parte de la visita se hace por una plataforma metálica.

Hasta los años 50 contaba con numerosas estalactitas, pero han ido desapareciendo con los años como consecuencia del aumento de la temperatura tras la instalación de los focos. Una pena que no se conserve tal y como era, pero aún así, es todo un espectáculo.

En el interior del túnel predominan cuatro colores: negro, rojo, amarillo y blanco.

El primero es el color del magma, que se ve además cómo se fue enfriando en su avance (a veces más rápido, otras más lento); el rojo o marrón se debe a la presencia de hierro; el amarillo por el azufre; y, finalmente el blanco, por las bacterias. Y estas son el único ser vivo que habita en el interior del tubo, ya que animales como los murciélagos no podrían sobrevivir. Primero por la temperatura, y en segundo lugar por la ausencia de mosquitos.

La hora se nos pasó bastante rápido, gracias sobre todo a nuestra guía que era geóloga y nos iba explicando todo el proceso. Le aportaba además toques de humor a su relato e iba involucrando a todos los participantes.

Tras conocer un poco cómo se fue moldeando la geografía de Islandia, volvimos a la carretera dirección a la capital, Reikiavik, a apenas media hora.

Nueva serie a la lista “para ver”: Atrapa un ladrón

Basada en To Catch a Thief de Alfred Hitchcock (que a su vez versionaba la novela homónima de David Dodge), Atrapa a un Ladrón sigue la historia de un ladrón de obras de arte ya rehabilitado que intenta desenmascarar a un impostor que está robando en su nombre. No obstante, la serie no es un remake de la película troceada en episodios, sino que parte de un punto de arranque similar a la cinta para luego enfocar la trama desde una nueva perspectiva adaptada a la actualidad. Eso sí, mantiene guiños y referencias al filme original a lo largo de toda la historia.

Juan Robles, apodado El Gato, dio su último golpe en 2009 robando un cuadro por valor de 4 millones de dólares. Desde entonces lleva afincado en la Ciudad Condal y trabaja como galerista de arte. En el primer episodio se casa con Lola Garay, casualmente inspectora de los Mossos d’Esquadra especializada en robos pero que no conoce el pasado de su nuevo marido. Esto ya supone una ligera modificación con respecto a la obra de Hitchcock, ya que en aquella la pareja protagonista estaba formada por el típico galán (Cary Grant) que engaña a una caprichosa heredera (Grace Kelly), quien está disfrutando de su vida ociosa en la Costa Azul francesa. Javier Olivares (creador también de El Ministerio del Tiempo) ha adaptado así los personajes a este siglo sustituyendo la mujer florero que solo se preocupa por su aspecto y por engatusar a algún hombre adinerado por una independiente económicamente, con un trabajo en el que es valorada, que toma sus propias decisiones y es capaz de servir como contrapunto de su compañero masculino, no como una mera comparsa. En esta versión además entra en escena un tercer personaje: el de Diego, expareja de Lola, que trabaja en la Interpol.

El capítulo inicial nos entrelaza la trama principal con las secundarias y a la vez intercala el presente con flashbacks del pasado. Nos conduce hacia una historia que mezcla el romance de estos dos protagonistas principales con el misterio, la conspiración y un juego de persecución entre policías y ladrones. Es una ficción sencilla que se basa en una estructura clásica de drama ligero con toques de suspense y humor, pero muy blanca. El ritmo es ágil y aunque no parece ser la serie de la temporada, funciona bien como mero entretenimiento. Parece de esas series que ves para evadirte sin necesidad de pensar en el trasfondo.

Además, se agradece que esté estructurada en capítulos autoconclusivos (típico de Olivares, que reconoce que no le gustan los cliffhangers) y con una duración de 50 minutos y no de 70 como viene siendo habitual en las series españolas.

Cuenta con una temporada de diez capítulos y según su creador el último bien puede funcionar como final, pero también deja un resquicio a la continuación. De nuevo siguiendo el estilo de Olivares que ya vimos en El Ministerio del Tiempo.