Road Trip por Islandia I: Día 1. Rumbo a Keflavik

Decía en el último post de los preparativos que parecía demasiado equipaje como para poder meterlo en una maleta grande, una pequeña, una mochila de 35L y un par de bolsos. Pero se puede. Así es cómo lo hicimos: Por un lado en la maleta guardamos un par de mudas de cada uno (incluidas unas botas mías), los gorros y guantes, el trípode, cargadores, una batería y accesorios de la cámara. Además de una mochila y bolsas de tela. Por otro lado, en la mochila de 35L llevábamos el ordenador, la cámara y algo de picoteo (son cuatro horas de avión y a la hora del desayuno). Por último en los bolsos de mano llevábamos lo de más uso: el kindle, mp3, cable de carga, una batería y documentación.

El resto entró en la maleta grande, con el reto de no sobrepasar los 20Kg (pesó 19). Lo cierto es que aunque parezca mucha ropa, mis camisetas y mallas no ocupan casi nada y con el método del enrollado/KonMari además se aprovecha mucho el espacio. Calcetines dentro de las botas, la comida intercalada en los huecos y poco más. Un candado y vámonos.

Así salimos de casa a eso de las 4 de la madrugada (creo que nunca había cogido un vuelo tan tempranero) y nada más llegar pudimos facturar. Tan solo teníamos dos parejas por delante en la cola, parecía que todo el mundo había madrugado y ya había pasado el momento de más aglomeración. Libres de la maleta grande nos dirigimos al control y buscamos la puerta de embarque. Todo el proceso fue bastante rápido y enseguida estábamos subiendo al avión. Esta vez nos tocó el dedicado a Christopher Polhem. ingeniero, inventor, matemático e industrial sueco, considerado el padre de la ingeniería sueca.

Sin embargo, a pesar de que todo había ido bastante fluido hasta el momento, después estuvimos esperando más de media hora con el avión parado. Según nos comentó el piloto parece que había tráfico a primera hora en Barajas y aunque el embarque había finalizado a su hora, nos habían dejado para los últimos en el orden del despegue. Así pues, en vez de salir a las 5:55, no lo hicimos hasta las 6:30. Por lo demás, el vuelo fue bastante tranquilo y pudimos echar una siestecilla. Tan solo tuvimos algo de turbulencias cuando dejamos atrás la verde Irlanda.

Después tuvimos bastantes nubes, y cuando empezamos a descender, comenzamos a ver una tierra verde y unas fumarolas humeantes. Estábamos llegando a Islandia por fin.

Aterrizamos en Keflavik con un poco de retraso (y con dos horas menos con respecto al territorio peninsular español) y con muchas ganas de pisar suelo islandés. De camino a la cinta paramos en un baño, donde descubrimos los peculiares grifos, que además de expulsar agua, tenían dos alas de las que salía el aire para después poder secarte las manos. Un diseño muy original, sí, pero con un fallo de diseño, pues si se ha quedado agua o jabón en el lavabo, sale directamente proyectado.

Tras la breve parada continuamos el recorrido por el pequeño aeropuerto (aunque no tanto como el de Edimburgo) para recoger la maleta, que ya estaba esperando bajo un gracioso frailecillo.

Con todos nuestros bultos en nuestro poder salimos al exterior de la terminal, donde nos esperaban unos fantásticos 12º. Siguiendo los paneles informativos llegamos a la parada del bus gratuito que lleva a las oficinas de vehículos de alquiler. Tuvimos que dejar pasar el primero porque se llenó, pero en apenas unos diez minutos llegó otro. En realidad las oficinas no están tan lejos de la terminal y se puede llegar caminando, pero la distancia no es igual cuando llevas equipaje.

La recogida del coche también fue rápida. Tan solo tuvimos que esperar un par de turnos y enseguida nos estaban atendiendo. Al final elegimos el seguro premium, ya que la opción básica no nos daba todo lo que queríamos y la intermedia nos suponía dejar una señal de 1500€. Nos asignaron un Ford Ka+ gasolina con 30.537 km en cuyo maletero cabían nuestras dos maletas y nada más. Justo lo que esperábamos. En los asientos traseros pondríamos nuestras mochilas y en el suelo la comida.

Con todas nuestras pertenencias bien organizadas, ahora sí, ya a las 10 de la mañana, salimos a conocer Islandia. Pero antes, unos datos sobre esta tierra de hielo y fuego.

Islandia se encuentra en el océano Atlántico al sur del círculo polar ártico, a unos 287 kilómetros de Groenlandia y a 420 de las Islas Feroe. El continente europeo le queda más lejano: lo más cercano es Noruega a 970. Con una superficie de 103.000 km2 entre la isla principal y otra treintena más pequeñas tiene un área similar a Portugal o Cuba (a pesar de que estos dos parezcan mucho más pequeños) y unos 330.000 habitantes. Con tan poca población (e inmigración) no es de extrañar que haya endogamia. Lo bueno es que se conserva el árbol genealógico de todos los islandeses, lo cual les ha permitido crear una app que te dice si estás ligando con algún familiar.

Y es que además los islandeses no tienen apellidos, sino que lo forman tomando el nombre de su padre y añadiendo –son (hijo de) y –dóttir (hija de). Así, las guías telefónicas se ordenan por nombres. Un poco lío, la verdad.

Como consecuencia de su localización en la dorsal mesoatlántica, Islandia cuenta con una orografía que se caracteriza por desiertos, montañas, volcanes (más de 200) y glaciares. Teniendo en cuenta esto, no es de extrañar que tenga tan pocos habitantes. El interior de la isla se caracteriza por un espacio inhabitable formado por montañas y arena, además de ser la zona más fría de toda la isla. Un 14,3 % del país está ocupado por lagos y glaciares, un 23% queda cubierto por vegetación y tan solo un 0.07% es cultivable. Hoy tan solo quedan tres parques nacionales (se liaron a talar árboles y dejaron aquello en un solar): el Parque Nacional Vatnajökull, el Parque Nacional de Snæfellsjökull y el Parque Nacional de Þingvellir.

Con estas características no es fácil obtener recursos para sobrevivir. Y luego está el factor climatológico. En invierno cuenta con poquísimas horas de luz (por contra en verano llega a tener 24), lo cual no es apto para todo el mundo. También es un país frío, de clima oceánico, aunque no tan extremo como cabría de esperar en relación a su latitud, y esto se debe a que la corriente cálida del Atlántico Norte suaviza las temperaturas.

La primera persona en establecer un asentamiento en Islandia fue el noruego Ingólfur Arnarson allá por el año 874. Unos años antes ya habían llegado otros vikingos, sin embargo, ninguno se había quedado. En los siglos siguientes llegaron más pobladores de origen nórdico y gaélico. Por allí pasó Erik el Rojo, el explorador, antes de continuar su viaje a Groenlandia.

En el año 990 los colonos fundaron la primera democracia del mundo, sin embargo en 1262 pasó a pertenecer a Noruega y más tarde a Dinamarca. El 17 de junio de 1918 por fin consiguió su independencia tras ir ganando poco a poco concesiones. A partir de ahí el país se desarrolló rápidamente convirtiéndose en uno de los países más acaudalados. Islandia tenía el mayor nivel del mundo y desde inicios del presente siglo su economía crecía un 5% anualmente. Sin embargo, la poca regulación de los bancos endeudó en 2008 al país provocando una grave crisis financiera que colapsó el sistema. En estos casos la receta neoliberal es muy conocida: el gobierno de turno rescata a los bancos con dinero de los contribuyentes para evitar un supuesto efecto dominó. En España lo vivimos en su día. No obstante, los islandeses no estaban de acuerdo con esta medida. Nació así la Revolución Islandesa, una serie de protestas y movimientos ciudadanos que exigieron al nuevo gobierno de Jóhanna Sigurðardóttir que los culpables de la crisis fueran encausados. El gobierno prohibió todo movimiento de capitales hacia el exterior y asumió el control de los tres principales bancos del país (Kaupthing, Landsbank y Glitnir). Inyectó dinero para salvar la parte nacional de los bancos. Es decir, rescató a los acreedores nacionales, pero no a los extranjeros, que eran la mayoría.

Así pues, los tres bancos se fueron a la quiebra y como consecuencia el país entró en una profunda recesión. La deuda pública pasó en dos años del 23 al 87% del PIB. La moneda se devaluó un 80%, algo que penalizó a los propios ciudadanos pero que también hizo que sus bienes y productos fueran más baratos de cara al extranjero. Eso contribuyó grandemente (junto con la erupción en 2010 del Eyjafjallajökull que puso a Islandia en el mapa) al crecimiento del turismo, que se ha disparado en la última década. Antes de 2008 tan solo acudían montañeros, algún tour o crucero y poco más.

Hoy en día el turismo es un sector en auge en un país que tradicionalmente ha dependido económicamente de la industria pesquera. Cuenta con pocos recursos naturales, tan solo las fuentes de energía hidroeléctrica y geotérmica gracias a su localización y su característica geológica. Eso sí, disfruta de una de las energías más baratas del mundo, tanto que incluso hay empresas estadounidenses que envían aluminio a la isla, lo trabajan y lo vuelven a llevar a EEUU porque incluso con tanto movimiento les sale más rentable.

En el aspecto cultural comparte muchos rasgos con otros países nórdicos. Obviamente influye el que sus colonos fueran de territorios escandinavos y el haber pertenecido a Noruega y Dinamarca. Comparten muchos aspectos de la literatura, de las artes y de la gastronomía. El islandés está muy relacionado con los dialectos occidentales del noruego (y del feroés). Pero no hay que preocuparse, pues parece que todo el mundo habla un muy buen inglés.

Islandia es uno de los países más desarrollados del mundo con una sociedad culta en la que el 99.9% de la población está alfabetizada y ostenta el título de país que compra más libros per cápita del mundo. Tierra de sagas (ese género que narra las aventuras de los colonizadores), últimamente la literatura islandesa está ganando renombre internacional gracias a las novelas policíacas.

La novela negra nórdica comenzó a despuntar allá por los años 60 con el matrimonio sueco Maj Sjöwall y Per Wahlöö, dos comunistas que encontraron en la literatura una forma de realizar una crítica al sistema. Con el paso del tiempo el género se extendió más allá de Suecia y a Stieg Larsson, Henning Mankell, Håkan Nesser, Mari Jungstedt, Camila Läckberg o Liza Marklund les han seguido noruegos como Jo Nesbø, Khell Ola Dahl, Anne Holt o Karin Fossum, o islandeses como Arnaldur Indridason, sin duda en el mayor exponente del país. Tanto que incluso durante el verano se organizan recorridos por Reikiavik siguiendo los lugares de sus novelas protagonizadas por el comisario Erlendur Sveinsson. De hecho la capital islandesa fue declarada en 2011 Ciudad Literaria por la UNESCO. Otros autores conocidos son Yrsa Sigurdardóttir, Viktor Arnar Ingolfsson, Arni Thorarinsson o Jón Kalman Stefánsson.

En otro aspecto en el que destaca Islandia es en la longevidad de sus habitantes (81 las mujeres, 76 los hombres). Además, encabeza el ránking en el aspecto feminista ya que por ejemplo fueron el primer país en tener a una Primera Ministra (Vigdis Finnbogadóttir) allá por 1980, a una Primera Ministra lesbiana (Jóhanna Sigurðardóttir), encabeza el ránking en países que más se acercan a la paridad salarial, padres y madres cuentan con el mismo permiso para cuidar de su descendencia y desde 2010 están prohibidos los clubes de striptease y la prostitución.

Pero, ¿es tan idílico Islandia como lo pintan? Tocaba descubrirlo.

7 comentarios en “Road Trip por Islandia I: Día 1. Rumbo a Keflavik

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