Road Trip por Islandia III: Día 1 III Parte. Reikiavik

Dejando atrás Raufarholshellir, emprendimos el rumbo dirección a Reikiavik, la capital y ciudad más habitada del país. Entre ambos puntos había apenas unos 40km, pero el paisaje va cambiando notablemente a medida que nos acercamos al núcleo urbano. El primer tramo es solitario y con una carretera que queda flanqueada por montañas y llanuras cubiertas de verde. Una maravilla para la vista.

La segunda parte del camino sin embargo ya no estaba tan tranquila. Podríamos incluso decir que había tráfico. Y es que eran ya las 5 de la tarde y debía coincidir con la salida de los trabajos, pues había bastante movimiento. En algunos tramos incluso hasta pequeñas retenciones. Como además había leído que no resultaba sencillo aparcar en la zona más céntrica (pocos sitios y en muchos casos de pago), decidimos quedarnos en las afueras, cerca del lago, y hacer el resto caminando. Y es que en realidad Reikiavik es una ciudad relativamente pequeña y no hay que recorrer grandes distancias.

Fundada por los noruegos en el siglo IX, hoy en día cuenta con unos 200.000 habitantes de los que el 9% son extranjeros. Se encuentra situada en el suroeste de la isla, en la Bahía Faxaflói, y, a pesar de lo que pudiera parecer, su clima no es tan extremo, sino que su temperatura media anual suele rondar los 12-15º gracias a la corriente del Golfo de México. Disfrutan de un tiempo similar al del norte de España. Eso sí, en enero, suelen tener 0º. En compensación, en sus alrededores hay una gran cantidad de fuentes termales, motivo por el que su nombre significa bahía humeante. Si apetece un buen baño se puede visitar Grafarvogslaug (en la zona residencial de Reikiavik Grafarvogu), Vesturbaejarlaug (cerca del centro de la ciudad), Laugardalslaug (en el barrio de Laugardalur), Nauthólsvík (spa termal en una playa del sur de la ciudad) o el manantial de aguas naturales en Flúðir, conocido también como la Laguna Secreta.

Nosotros teníamos un par de semanas en la isla, así que pensábamos disfrutar de las piscinas más adelante. En aquel momento nuestro plan era dar un paseo por esta pequeña capital hasta que se nos hiciera de noche. Aparcamos en la calle Bragagata y nos dirigimos al Lago Tjörnin, uno de los lugares favoritos para los islandeses y el área donde desembarcaron los primeros colonos comandados por Ingólfur Arnason. Es una zona muy pintoresca con sus casitas de colores.

En la parte oriental se erige la iglesia neogótica Fríkirkjan, construida en 1902 en madera. Pintada de blanco con los tejados verdes suele acoger conciertos de música.

Al oeste del lago, en lo alto de una colina, se halla la iglesia Landakotskirkja o Basilika Krists Konungs (Basílica de Cristo Rey), la catedral católica del país.

En el extremo sur el lago queda rodeado por el parque Hljómskálagarður, el primero de todos los parques de la ciudad en ser planificado. La idea surgió en el siglo XIX, aunque el ayuntamiento no concedió los terrenos hasta 1901. Tras años de diseño y planificación, en 1914 se comenzaron a plantar los primeros árboles al oeste y sur del lago. En 1923 se construyó un pabellón de música, de ahí el nombre del parque (Hljómskálinn quiere decir pabellón).

El parque alberga varias esculturas, lo que le ha hecho ganar también el sobrenombre de El collar de perlas. Y es que cada una de las esculturas es considerada como única, al igual que las perlas, y su disposición hace que simulen un collar.

En el extremo opuesto del lago nos sorprendió la escultura de El burócrata desconocido, una pieza que representa a un hombre de negocios con su maletín del que solo podemos ver su mitad inferior, ya que la superior carga con una roca, imagino que simboliza todo el papeleo con el que tiene que lidiar.

Se halla muy cercana al Raðhúsið, el ayuntamiento. Inaugurado en 1992, es un edificio moderno que alberga bastantes exposiciones, puesto que también sirve como foro cultural, así como lugar de encuentro y de información.

Desde allí nos adentramos hacia el centro, continuando hasta la Plaza Austurvöllur, que se convierte en el corazón de la ciudad, sobre todo en verano. Es la más famosa y una de las más grandes del país. En ella se encuentra el Parlamento (Alþingishúsið) y la Catedral (Dómkirkjan í Reykjavik).

El Parlamento fue construido entre 1880 y 1881 en roca volcánica y es un edificio muy sencillo . Frente a él nos encontramos con la estatua de Ingibjörg H. Bjarnason, gimnasta y maestra de escuela islandesa que luchó por el sufragio femenino a finales del siglo XIX. En 1915, cuando las mujeres conquistaron el derecho al voto, fue elegida para liderar un movimiento precursor del partido feminista y en 1922 resultó elegida como parlamentaria convirtiéndose en la primera mujer islandesa en conseguirlo.

El monumento, fue inaugurado en julio de 2012 para conmemorar el 90 aniversario de aquel acontecimiento.

Frente a Bjarnason se erige el Monumento a la Desobediencia Civil, obra del escultor español Santiago Sierra. Esta roca volcánica partida por una cuña negra fue colocada en este lugar el 20 de enero de 2012, en el cuarto aniversario de la revolución islandesa. Y es que es en esta plaza donde se produjeron las protestas masivas tras el colapso bancario en 2008.

La plaza queda presidida por otra estatua, la de Jón Sigurðsson, considerado héroe nacional. Y es que este señor cruzó el Atlántico 29 veces en barcos y buques de carga luchando por la independencia de Islandia en el siglo XIX.

Frente al edificio oscuro del Parlamento contrasta la Dómkirkjan, de rito luterano.

Construida en 1787  ha tenido gran importancia en la historia religiosa y política de Islandia.

Dejando la plaza a nuestra espalda, seguimos hasta el Puerto Viejo, una zona muy tranquila donde las antiguas cabañas de pescadores hoy se han convertido en pequeños restaurantes en los que predominan dos platos típicos locales: la ballena y la sopa de langosta. También podemos encontrar las taquillas de las excursiones en barco para ver frailecillos (cuando es época) y cetáceos.

En el puerto encontramos una exposición al aire libre en la que diferentes paneles nos llevaban por el flujo migratorio del país. Tanto inmigración como emigración. Así, pudimos leer la historia de Sir Joseph Banks, un científico británico que participó en la primera expedición de James Cook. En 1772 dirigió su primera expedición científica a Islandia y se convirtió en uno de los consejeros del gobierno británico en temas relacionados con la isla. Con él viajó Uno von Triol, un pastor sueco, quien publicó un libro en 1780 con información recogida durante el viaje. Además, Banks estuvo involucrado en la revolución en Islandia de 1809 y consiguió una licencia inglesa para navegar a Islandia durante las Guerras Napoleónicas. También animó al botánico William Hooker a viajar al país, quien recogió en sus diarios mucha información sobre la naturaleza de la isla.

Con respecto a la emigración se conservan los diarios de Sigurður Palsson Scheving que escribió sus experiencias en su viaje a Estados Unidos. También de un pasajero islandés que viajó en julio de 1900 desde Liverpool  a Quebec.

Las razones para emigrar al Oeste, Canadá y después a Estados Unidos en el siglo XX fueron muchas y variadas, pero al final son las más recurrentes en cualquier contexto. En el siglo XIX la población había ido creciendo, sin embargo, la economía no lo había hecho con la misma velocidad. Entre los años 1830 y 1860, un período de clima cálido en el país, se construyeron muchas granjas; el problema llegó cuando volvió el frío y no se podía alimentar a tanta gente. Si a esto le sumamos la erupción volcánica del Askja en 1875, no es de extrañar que se estime que aproximadamente unos 15.000 islandeses (el 20% de la población) abandonara el norte y este del país y se mudara al oeste o emigrara al extranjero.

A principios del XX Islandia se había quedado sin gente que cultivara las tierras, por lo que en 1947 la Asociación de Granjeros del país hizo una llamada para que viniera gente a cubrir este descenso de la población y rescatara las granjas del país. Así, en 1949 llegaron desde Hamburgo 314 agricultores. Precisamente en Alemania se encontraban en los años de posguerra y el país estaba reducido a cenizas. Así pues, esta llamada fue recibida con alegría y esperanza de una vida mejor. Nadie sabía lo que se iba a encontrar, salvo que el campo les necesitaba. Aunque la travesía no fue sencilla por el mal tiempo y la ropa inadecuada, fueron recibidos con los brazos abiertos por los locales, quienes incluso les esperaban con regalos. No obstante, el día a día no fue sencillo, pues se encontraron con una climatología extrema y una barrera ideomática que les hacía recurrir al lenguaje no verbal.

Hay otro lazo además entre los islandeses y los alemanes, y es que hubo marineros islandeses que tras la II Guerra Mundial viajaron a tierra germana y llevaron pesca a la población. Como agradecimiento, Hamburgo manda desde 1965 a Reikiavik un abeto. El árbol se coloca en el puerto para que luzca bien junto a la estatua Looking Seewards, de Ingi Gislason, dedicada a los marineros que han muerto en las proximidades de Islandia.

La escultura representa a dos hombres que, cubiertos con impermeables, miran al horizonte buscando posibles náufragos en medio de una tormenta. Fue erigida en 1997 en el 80 aniversario del Puerto de Reikiavik y el 60 aniversario del día nacional de los marineros.

En los paneles también podemos leer la historia de cómo la actual bandera se convirtió en oficial. Resulta que en el verano de 1913 Einar Pétursson había salido a remar con ella colocada en su canoa y el capitán danés del barco militar Islands Falk lo vio y, ofendido por ese alarde nacionalista, lo arrestó confiscando la bandera. Cuando los vecinos se enteraron, se alzaron en protesta por considerarlo una interferencia en la soberanía islandesa. Cinco meses más tarde se convirtió en el emblema nacional.

Otro panel nos acerca a otro símbolo del país: el caballo islandés. Mientras que a mediados del siglo XIX se vendían unos 5.700 caballos anuales a compradores británicos, para principios del XX ya se exportaban unos 65.000. No obstante, no todo el mundo estaba contento. Había quien consideraba inaceptable la venta de equinos a Reino Unido, pues una vez en destino eran usados en las minas de carbón trabajando en condiciones extremadamente duras. Hoy en día los caballos son vendidos y exportados a granjeros y jinetes de toda Europa.

Cerca de la estatua de los marineros nos sorprendió encontrar una locomotora. Y es que en Islandia el ferrocarril brilla por su ausencia. Sin embargo, la Minør, fabricada en Rostock a finales del siglo XIX y empleada durante un corto período de tiempo en Copenhague, es una de las dos máquinas que se emplearon en la construcción del puerto entre 1913 y 1917.

Era capaz de llevar una veintena de vagones y estuvo en uso hasta los años treinta del pasado siglo. Hay además otra segunda locomotora, la Pioner, que se encuentra expuesta en el Árbær Folk Museum.

Desde el Puerto Viejo seguimos caminando hasta el Harpa, un edificio diseñado por el estudio de arquitectura Henning Larsen y el artista Olafur Eliasson. Llama la atención por su fachada de hexágonos de cristal que según la luz del día, se crean efectos caleidoscópicos.

La entrada es gratuita, así que pasamos a echar un vistazo. Cuenta con varias salas dedicadas a las auroras boreales, la actividad volcánica o al agua, pero realmente lo impactante es la construcción y el diseño.

Desde allí seguimos por el paseo marítimo, el Saebraut, donde se halla la escultura Solfar, el Viajero del Sol.

Realizada en acero inoxidable por el artista islandés Jón Gunnar Árnason, recuerda un barco vikingo. Aunque el autor asegura que es una oda al sol y representa al barco de los sueños, cada uno realiza su propia interpretación. Sea como fuere, el caso es que es uno de los iconos de la ciudad y desde su ubicación se obtienen unas buenas vistas del océano Atlántico y el monte Esja.

Dejando el mar a nuestra espalda, nos adentramos hacia el centro de la ciudad. La principal arteria comercial de Reikiavik es Laugavegur y también una de las calles más antiguas. Por aquí corrían los manantiales de agua que eran aprovechados para lavar la ropa, de ahí su nombre, “camino de lavado”. Hoy podemos encontrar numerosos restaurantes, bares, cafeterías y pequeños comercios. Abundan las tiendas de prendas de lana de oveja y de ropa deportiva o para el frío invierno.

Además de encontrar curiosas construcciones de madera pintadas de colores, hay que ir muy pendiente porque Reikiavik esconde un montón de murales en sus edificios.

Algunos cubren incluso varias fachadas.

Los hay muy diversos. En algunos casos representan animales, en otros personajes conocidos y, a veces, te encuentras peculiaridades como esta infografía que explica cómo atarse una corbata.

Las calles aledañas a la principal, Austurstraeti, Laekjargata, Skolavordustigur y Frakkastígur también son comerciales y tenían algo de movimiento. Esta última además es la que nos conduce a la Hallgrímskirkja, la peculiar iglesia luterana.

Construida entre 1945 y 1986, recibe el nombre del poeta y pastor islandés Hallgrímur Pétursson. Está inspirada en la orografía islandesa, en concreto en las columnas de basalto que veríamos días después en Reynisfjara.

A mí personalmente no me pareció una maravilla de iglesia desde el punto de vista arquitectónico. Hay millones de iglesias, basílicas o catedrales mucho más imponentes en ciudades mucho más pequeñas de la Europa continental. Eso sí, reconozco que llama la atención por su peculiar diseño. Por dentro, tampoco es muy reseñable. Bastante minimalista, como la de Helsinki. Imagino que tendrá que ver con el rito que profesan y con la latitud y su carácter sencillo.

Se puede ascender a lo más alto de su torre de 73 metros por unos 5€ y lo bueno es que hay ascensor, así que no hay que dejarse las piernas para ver la ciudad a tus pies. Lo malo es que nosotros llegamos ya algo tarde y no tuvimos la oportunidad.

En la plaza principal frente a la iglesia se halla la estatua de Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo y explorador vikingo que llegó a América del Norte sobre el año 1000. La estatua fue un regalo de los EEUU en el año 1930 para conmemorar el centenario de la constitución del Parlamento Islandés.

Cerca de la iglesia encontramos un pequeño supermercado abierto, así que compramos bebida, zumo para desayunar, un par de skyrs, un par de sándwiches y una bolsa de patatas fritas. Lo mínimo para al menos cubrir desayuno y un picoteo de media mañana del día siguiente. Y como ya nos estábamos quedando sin luz, paseamos un rato más por la zona más comercial y fuimos pensando en la cena. Reikiavik era quizá uno de los pocos días en los que íbamos a poder probar la comida local, ya que habría jornadas durante nuestro viaje en las que estaríamos mucho más aislados y sin restaurantes o supermercados en kilómetros. Por tanto, pensamos en la sopa en pan que nos habían recomendado del restaurante Icelandic Street Food y decidimos que era mejor pedirla para llevar y tomarla tranquilamente en el apartamento. Y es que ese día habíamos madrugado mucho y el cansancio empezaba a hacer mella en nosotros. Pedimos una sopa de cordero y otra de marisco. Una de ellas la pedimos con pan y otra sin. Al ser para llevar, te las ponen ambas en unos vasitos térmicos y tú luego ya te la vuelcas en el pan si corresponde.

El apartamento que habíamos reservado para nuestro primer día era pequeño y estaba en las afueras de Reikiavik, pero es que el alojamiento en la ciudad se nos subía bastante de precio. Como llevábamos coche, preferimos ampliar nuestro radio. Nada más entrar teníamos la nevera y un armario y, seguidamente, la estancia principal con una cama y una pequeña cocina con una barra y un par de taburetes.

La puerta a la derecha de la cocina nos conducía a un pequeño baño.

Como estábamos bastante cansados (ya eran las 20:30), organizamos las maletas separando ropa y comida, nos dimos una ducha rápida sin lavarnos el pelo y cenamos antes de que se nos enfriaran las sopas.

Estaban las dos bastante ricas y contundentes en sabor. Eso sí, la de marisco tenía más líquido que sólido. Menos mal que la que volcamos en el pan fue la de cordero, porque al menos cuando la miga absorbió la mayoría del caldo, quedaba algo que comer. Y esta es la pega que le veo al hecho de que sea servida en la hogaza, que el caldo desaparece. Cuando la tomas en el restaurante te echan caldo hasta que el agujero queda bien relleno, pero al ser para llevar, se rigen por el tamaño del vasito. En cualquier caso, nos sobró, porque la sopa bien, pero no fuimos capaces de comernos tanto pan, ni siquiera entre dos. Quizás es más un plato para medio día y no para la noche.

De postre probamos el famoso skyr, del que tanto habíamos oído hablar.

Este derivado lácteo se suele consumir como un yogur, pero en realidad es un queso fresco con un sabor un tanto ácido (en su versión natural), pero tiene una textura muy cremosa.

Es más saludable que un yogur, ya que es reducido en grasas (para su elaboración se parte de leche desnatada), ayuda a mejorar la flora intestinal y sistema inmunitario (gracias a que es una fuente de probióticos) y cuenta con un alto contenido proteico (es más saciante).

Yo no soy una especial amante de los postres lácteos, pero desde luego desde ese momento el skyr se convirtió en un básico para nuestra despensa itinerante. Teniendo en cuenta que íbamos a comer bastante de sobre/lata y bocadillos, no nos vendría mal una ayuda con la flora intestinal y sistema inmunitario (no era un buen momento para caer malos). Si además nos iba a aportar calcio, proteína y energía, era relativamente barato para los precios de Islandia y estaba rico, ¿qué más podíamos pedir?

Y con el estómago lleno y 210 kilómetros (de coche) en nuestro primer día, nos fuimos a dormir esperando descansar.

8 comentarios en “Road Trip por Islandia III: Día 1 III Parte. Reikiavik

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