Road Trip por Islandia IV: Día 2. De Reikiavik a Borgarnes

Comenzamos nuestro segundo día bastante pronto para aprovecharlo al máximo. La verdad es que descansamos bastante, el cansancio había hecho mella en nosotros y tan pronto pusimos la cabeza sobre la almohada, caímos rendidos. Nos duchamos para despejarnos y la verdad es que hubo que mentalizarse, pues ya habíamos experimentado la noche anterior los contras del agua proveniente de la energía geotérmica. Sí, es innegable sus muchas ventajas, como por ejemplo que tan pronto colocas el mando en caliente sale casi hirviendo, sin tener que esperar ni desaprovechar agua. La cuestión es que también es instantáneo el olor a huevo podrido. Así que sí, podríamos decir que nos despejó bastante la ducha.

Para desayunar no teníamos mucha opción, tan solo un skyr que no nos habíamos tomado en la cena y un par de bollos que nos habíamos llevado desde casa. Eso sí, acompañados de un café y té calentitos.

A las 9:30, con el coche cargado con nuestras pertenencias, pusimos rumbo Reikiavik para reponer provisiones. No necesitábamos echar gasolina aún, pero sí teníamos en mente hacer algo de compra. El problema es que las tiendas no abrían hasta las 10:30 u 11 y no tenía sentido quedarnos a esperar, por lo que tuvimos que posponerlo y partir hacia nuestra primera parada del día: Morada histórica de Reykholt.

Hacía bastante fresco, sobre todo porque corría bastante aire y no había con qué resguardarse. Pero no había problema, ya que era la excusa perfecta para entrar en movimiento, aunque el pueblo fuera bastante pequeño. Además, ya que eran más de las 11, aprovechamos para comernos un tentempié de media mañana, un sándwich de tortilla francesa que aún nos quedaba del día anterior.

A pesar de que Reykholt apenas cuenta con un par de calles, es de gran importancia histórica y cultural ya que estuvo habitado desde el siglo X. Además, fue donde residió el poeta, legislador, político e insigne autor de sagas Snorri Sturluson (1179-1241). Aunque se conservan las ruinas cerca de la iglesia, no se sabe cómo era el aspecto de la casa de labor en la que vivió. Se sospecha, por estos restos arqueológicos y algunos textos de la época, que había un fuerte rodeando las construcciones principales.

En las excavaciones se descubrió una habitación de 3.5 metros de ancho por 6.8 de largo pavimentada con roca geotérmica que tiene toda la pinta de ser una especie de baño o sauna, pues contaba con un conducto de aire caliente. Ya en la época se pensaba que los baños (tanto secos como húmedos) eran buenos para la salud. Las piscinas se recomendaban a aquellos que desempeñaban tareas físicas y los baños secos o saunas para los que no realizaban tanto esfuerzo.

Aunque parece que según el Landnámabók había una piscina en uso en el pueblo ya en el siglo X, recibe el nombre de Snorralaug en honor al famoso Sturluson, quien la mencionó varias veces en sus sagas. Está construida con piedra tallada de sílice y cuenta con un diámetro de 4 metros y apenas 1 de profundidad, por lo que daba lo justo para sentarse en el banco que tiene el perímetro interior y que solo asomara la cabeza. Se llenaba con agua caliente que llegaba por conductos subterráneos directamente desde Skrifla, a unos 100 metros del lugar. Yo metí la mano y sí, el agua estaba calentita. Hoy está prohibido bañarse y parece que la gente se ha aficionado a tirar monedas al fondo.

En 1931, cuando se excavó para construir un polideportivo, se encontró un túnel subterráneo de unos 30 metros de largo y unos 70-80 cm de ancho que comunicaba la piscina con una escalera de caracol que daba acceso a las casas dentro del fuerte. Este tipo de escaleras fueron introducidas en los países nórdicos por los normandos y fueron ampliamente aceptadas ya que ocupaban poco espacio y además se podían cerrar fácilmente en caso de defensa. Sin embargo, es raro encontrarlas en construcciones medievales. Esta es la única de este tipo encontrada en Islandia y se cree que es una señal de que Snorri llevaba un estilo de vida “lujoso”.

Tras el edificio que hay junto a la piscina se erige una estatua de este señor, como no podía ser menos.

El paseo nos llevó apenas una media hora y estuvimos casi todo el tiempo solos, tan solo nos cruzamos con una pareja más. Aunque cuando ya nos íbamos justo llegaba un autocar de jubilados rusos que parecían dirigirse al hotel/spa.

Continuamos nuestra ruta hasta la cascada Hraunfossar. Tuvimos que elegir entre la carretera 518 y la 519 y el GPS nos indicaba por la primera, así que esa tomamos. No sé cómo será la 519, pero desde luego la 518 podría estar mejor, nos encontramos bastantes tramos de grava. Por lo menos la distancia a recorrer desde Reykholt no era muy larga, apenas unos 18 kilómetros.

Dejamos el coche en un aparcamiento bastante amplio desde el que salen un par de caminos. Uno lleva a la cascada Hraunfossar y otra a la Barnafors. No obstante, da igual por cuál se empiece, ya que ambos recorridos se unen. Nosotros elegimos el de la izquierda, que en apenas un par de minutos nos llevó a un balcón de madera frente a Hraunfossar.

Esta cascada no es de las más altas ni de las más reseñables del país. Sin embargo, es muy accesible y además es peculiar por la forma en que nace y que nos hace comprender por qué se llama “cascada de lava”. Y es que nada más asomarnos sobre la plataforma podemos ver una cortina de agua de aproximadamente un kilómetro que se precipita al río Hvitá después de emerger directamente de Hallmundarhraun, un campo de lava formado alrededor del año 800, poco antes de que llegaran los primeros colonos a Islandia. Si alzamos la vista y no nos centramos en el agua, sino en el campo que la rodea, podemos apreciar las formas que dejó la lava cuando se enfrió en su día.

Siguiendo el camino río arriba enseguida vemos Barnafors, también conocida como la “cascada de los niños”. Toma este nombre de una leyenda islandesa que narra que un día de Navidad dos críos pequeños salieron de casa desobedeciendo a su madre y acabaron cayendo al agua. Ésta, enloquecida cuando lo descubrió, destruyó el arco de piedra que servía como puente para prevenir más tragedias. La realidad es mucho más simple: el puente se derrumbó con los terremotos.

En este tramo el paso del río es más estrecho, así que el agua ha hecho su trabajo con el paso del tiempo moldeando las rocas y buscando recovecos. Normalmente el caudal suele ser unos 80 metros cúbicos por segundo, aunque en época de crecidas puede llegar a alcanzar los 500. Cuando esto ocurre, los arcos y puentes de las rocas formados por la erosión, apenas se ven.

Después de ver esta segunda cascada seguimos el recorrido marcado y regresamos al aparcamiento, donde tomamos el coche para seguir nuestro camino hacia el norte. Una amiga nos recomendó visitar Viðgelmir, sin embargo, cuando llegamos a la puerta descubrimos que era muy similar a la cueva de lava que ya habíamos visitado el día anterior, por lo que dimos la vuelta. Una pena, pues podríamos haberlo comprobado en internet antes de hacer el camino por la 518, que aunque no fueron muchos kilómetros, eran de grava y había que transitarlos bastante despacio. En cualquier caso, volvimos dirección Reykholt, pues nuestra siguiente parada, Deildartunguhver, estaba unos 7 kilómetros después.

Deildartunguhver es el mayor manantial de aguas termales de Europa. Ya desde el coche a medida que nos íbamos acercando descubríamos las nubes de vapor saliendo de la tierra. Y, ¿qué acompaña al vapor? Pues efectivamente: el olor a azufre o huevo podrido.

La fuente termal produce unos 180 litros de agua por segundo a una temperatura de 100 ºC, por ello se lleva usando como calefacción central desde 1925. Entre 1979 y 1971 se construyó un sistema de tuberías de unos 74 kilómetros para llevar el agua desde el manantial hasta Akranes, Borgarnes y Hvanneyri.

Y aunque el agua es transportada en tan solo 24 horas, no llega a los hogares a 100º, sino que desciende por el camino. Aún así, sigue manteniendo una alta temperatura: 77º en Borgarnes , 73º en Akranes y 65º en zonas rurales.

El agua es también aprovechada por los baños termales Krauma. Está claro que en Islandia quien no se pone a remojo es porque no quiere.

Recorrer el área tan solo nos llevó unos 10 minutos. Y es que el recorrido es corto, pero sobre todo por el olor. Volvimos a la carretera tomando la 50 y después la 1 hasta Borgarnes, donde teníamos el alojamiento para aquel día.

Este pueblo de menos de 2000 habitantes se localiza en una península en el interior del Borgarfjörður. Nació como pequeño puerto comercial en 1861 y  basó su economía en la pesca y la industria conservera. Hoy en día la pesca sigue siendo importante, pero además Borgarnes se ha convertido en el centro de servicios de la región noroccidental de la isla. Al quedar a medio camino de Reikiavik y del Parque Nacional de Snæfellsjökull ha crecido también turísticamente.

La Península de Snæfellsnes, como la isla en general, tiene una limitada oferta en cuanto alojamiento se refiere, así que lo que hay tiene unos precios bastante altos. Así pues, echando cuentas en lo económico y también en lo funcional (que no nos quedara una jornada demasiado larga), decidimos hacer una parada en Borgarnes. En la práctica nos quedó en realidad un día bastante corto, pues a las 3 de la tarde ya habíamos llegado a Lækjarkot Rooms and Cottages, pero teniendo el cuenta que el día anterior había sido bastante cansado y que nos esperaban por delante un par de semanas sin parar, tampoco estaba mal tener una tarde tranquila y acostarnos pronto.

Nos costó un poco encontrar el alojamiento viniendo desde Borgarnes, incluso el GPS no parecía tenerlo claro. Fue cuando dimos la vuelta y circulábamos rumbo sur cuando vimos las cabañas. El check-in fue bastante rápido, ya que tan solo con dar el nombre en recepción nos dieron la llave. Ni pasaporte ni ninguna comprobación. Esto es Islandia… Las normas, wifi y resto de indicaciones estaban indicadas en una hoja en la habitación, con lo que todo claro.

El complejo consta de varios contenedores habilitados como cabañas o como habitaciones. Al menos ese es el nombre que le dan ellos. Podríamos decir que las primeras son unidades con varias habitaciones y las segundas funcionan como un apartamento con un espacio común de dormitorio-cocina y un pequeño baño. Esta última opción fue la que elegimos nosotros y la verdad es que no estaba nada mal. Sobre todo teniendo en cuenta que somos más bien minimalistas e íbamos a pasar solo una noche. Para largas estancias quizá no es muy práctico y puede ser agobiante.

Contábamos con una mesa, un par de sillas, un pequeño armario, las camas y una cocina con lo básico: fregadero, fuegos y una nevera pequeña. Eso sí, bastante bien equipada en cuanto a utensilios.

El baño era también reducido, pero bien aprovechado. A un lado el inodoro encastrado en la pared, lo que dejaba una buena repisa para dejar los productos de higiene, y al otro la ducha de obra (con agua sin olor).

En el centro un lavabo estrecho que cumpliría muy bien su función si no fuera por el armarito colocado sobre él que impedía agacharse para lavarse la cara o escupir tras lavarse los dientes.

El entorno del complejo estaba un poco desangelado y en la parte de atrás del terreno tenían más contenedores y máquinas. Imagino que estaban expandiéndose. En cualquier caso, como digo, el alojamiento tenía un precio aceptable teniendo en cuenta la media islandesa y era conveniente por la ubicación cerca de Borgarnes y de sus servicios. Cuenta con panaderías, varios supermercados (Nettó y Bónus), cafeterías, restaurantes (hay una pizzería regentada por unos ecuatorianos), mercado de productos agrícolas, piscinas, bancos y gasolineras.

Así pues, tras descargar el equipaje, acomodarnos un poco y comer los sándwiches que llevábamos del día anterior, nos fuimos al pueblo a hacer la compra para surtir nuestra despensa móvil. Nos hicimos con desayuno para la mañana siguiente, más skyr, pan de molde, ensaladillas envasadas, algo de picoteo y bebida. Compramos una de las cervezas locales, la Viking. En concreto la Viking Malt. Esperábamos encontrarnos con una negra, sin embargo aquello sabía a cualquier cosa menos a cerveza. Tenía toques de chocolate, pero sobre todo de caramelo. Básicamente era como si comieras el azúcar caramelizado en la sartén para echárselo al flan. Y el alcohol… pues 2.25%. Porque en los supermercados ese es el máximo de alcohol que pueden vender. A partir de ahí tienes que buscar una tienda específica. Y esto lo descubrimos más tarde.

Para cenar compramos unos falafel que hicimos a la sartén en nuestra minicocina y los acompañamos con una sopa de sobre de las que nos habíamos llevado de casa.

Antes de volver al alojamiento paramos en la gasolinera Olís para rellenar el depósito y así a la mañana siguiente salir directos sin tener que parar. En ese día habíamos hecho 239,8 kilómetros.

Un comentario en “Road Trip por Islandia IV: Día 2. De Reikiavik a Borgarnes

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