Wir Sind die Welle – Somos la Ola

Somos la Ola (Wir sind die Welle) se desarrolla en un instituto alemán y arranca con la llegada de un nuevo alumno al centro. Este joven es Tristan Broch, un misterioso chaval que pronto entablará amistad con otros alumnos marginados de su clase despertándoles su conciencia social. La nueva pandilla estará formada, además de por el propio Tristan, por Rahim, un musulmán que no solo está viviendo una mala situación en casa porque están a punto de desahuciarles para construir un nuevo edificio de viviendas, sino que además es discriminado en el instituto por su religión y su raza; por Lea, una chica de familia acomodada que vive en una gran mansión, saca buenas notas, es deportista y tiene un novio y amigas que se mueven en el mismo entorno de privilegios que ella; por Hagen, un muchacho gordito con poca autoestima cuyos padres perdieron el empleo y reside en el campo sin mucha esperanza; y Zazie, a quien acosan en clase y que solo tiene a su abuelo, al que cuida. Animados por Tristán y sus ideas revolucionarias en las que critica la corrupción, el racismo, el consumismo y las injusticias, crearán un movimiento clandestino conocido como La Ola para llevar acabo diferentes acciones contra el sistema.

La serie cuenta con buenas intenciones, sin embargo, hace aguas por varios flancos y además cae en demasiados estereotipos. Por ejemplo, llama la atención que los protagonistas logren conectar de una forma casi instantánea (imagino que con 6 capítulos tienes que arrancar rápido) y apenas se profundiza en cada uno de ellos. Pero lo que más me chirría es el conjunto de clichés para definir a los personajes. Para empezar no hay quién se crea la historia de Tristan, ese chaval que con apenas 17 años ha viajado por todo el mundo, habla muchos idiomas y sabe tanto de la vida. El típico niño guapo y rebelde que ejerce de líder. Tan típico como su contrapunto: Lea. Esa niña mona que lo tiene todo pero que se enamora del chico malo, que rompe con sus privilegios y se une a su causa.

Además, las protestas no tienen una reflexión detrás, sino que parecen fruto de una improvisación (aunque los planes siempre les salen bien). Se abordan temas de candente actualidad como los desahucios, el racismo, el fascismo, el cambio climático, el consumismo, el totalitarismo, las desigualdades sociales,  la venta de armas, la impunidad de las grandes empresas… pero no se ahonda lo suficiente en ellos, la aproximación a todos y cada uno de estos problemas se hace de una forma muy superficial. Desde luego, no tiene nada que ver con la película Die Welle (La Ola), en la cual manifiestamente se basa, aunque Dennis Gansel y Peter Thorwarth, director y guionistas de la cinta, aparezcan como productores.

El filme contaba la historia narrada en el libro La Tercera Ola, que a su vez recogía el experimento que llevó a cabo Ron Jones, en un instituto de Palo Alto, California en 1967. En su clase de historia pretendió demostrar a sus estudiantes que la sociedad es fácil de adoctrinar si es manipulada de la forma adecuada. Comenzó introduciendo ejercicios sencillos enfocados en la disciplina como que se sentaran erguidos y que se dirigieran a él como “Señor Jones”. Pensó que la cosa quedaría ahí, en aquella clase, sin embargo, al día siguiente los alumnos se pusieron en pie sin que se lo pidiera y siguieron con las normas del día anterior. Al ver esta respuesta, el profesor fue un paso más eligiendo un lema para el movimiento y creó un saludo. Pronto el grupo fue cayendo en los mismos errores que pretendía combatir y el experimento fue escalando extendiéndose por todo el instituto, así que a Jones no le quedó otra que acabar con la iniciativa antes de que se le fuera aún más de las manos.

La Ola introducía algún cambio con respecto a este experimento de los años 60, pero aún así mantenía la idea original de lo sencillo que es manipular a la sociedad. Dejaba un mensaje que invitaba a la reflexión y es una película que, desde su estreno, ha servido como método docente en muchas aulas para alertar del peligro de repetir los errores del pasado. Sin embargo, en Somos la Ola se diluye el discurso del proyecto político, los acontecimientos no fluyen de manera natural, los guiones son nefastos, los personajes clichés con patas y no hay mucha reflexión. El mensaje inicial queda difuminado en medio del dramón adolescente donde chica rica obediente conoce a chico pobre y problemático. Da la sensación de que han querido aprovecharse del éxito de la cinta para reorientarla de forma que captara a las nuevas generaciones que devoran todo aquello que estrenan las nuevas plataformas y el resultado es insultante. Ni para una cuarentena.

Road Trip por Islandia XIII: Día 6. Húsavík, Cañón de Ásbyrgi, Hafragilfoss y Dettifoss

El sexto día de nuestro viaje madrugamos bastante, y es que habíamos contratado una excursión para ver ballenas a las 8:30 en Húsavík. En este alojamiento teníamos incluido el desayuno, pero empezaba a las 7 y teníamos unos 60 kilómetros hasta Húsavík, así que contábamos con que íbamos a tener que tomarnos algo rápido y salir pitando.

El buffet constaba de bebidas calientes, zumos, leche, cereales, bollería, algo de embutido, yogur, huevos en diferentes formas… No era muy extenso, pero sí tenía cierta variedad. Dado que no teníamos mucho tiempo, nos tomamos el café/té y una tostada y volvimos a la habitación a terminar de prepararnos y coger las mochilas.

A las 7:30 ya estábamos en la carretera y apenas 40 minutos aparcábamos frente a  Gentle Giants, la empresa con la que habíamos reservado. La cuestión era que no sabíamos qué iba a pasar con nuestra excursión, ya que de camino a Húsavík recibí un correo electrónico en el que me comunicaban que el capitán había cancelado las salidas para ese día por estar el mar muy revuelto. Así pues, nos presentamos en el mostrador para preguntar qué opciones nos quedaban. La chica nos explicó que parecía que al día siguiente la cosa se iba a calmar un poco y que, si queríamos, nos podía trasladar la reserva para entonces. Sin embargo, dado que al día siguiente teníamos programada la excursión a Askja, decidimos moverla para dos días después, que la previsión meteorológica parecía indicar que el fuerte viento ya habría desaparecido.

Como íbamos a tener que volver al pueblo, no nos entretuvimos más y tras repostar volvimos a la carretera para intentar aprovechar el día al máximo ya que habíamos madrugado tanto. Al fin y al cabo tan solo eran las 9 de la mañana. Tomamos la 85 dirección este, una ruta que lleva por un circuito algo menos conocido que el Círculo Dorado, pero que también tiene diferentes puntos de interés. Conocido como el Círculo de Diamante, esconde lugares como el Cañón de Ásbyrgi, la cascada de Dettifoss, los Acantilados de los Murmullos (Hljóðaklettar) y el Lago Mývatn.

Nuestra primera parada fue a unos 60 kilómetros de Húsavik, en el Cañón de Ásbyrgi, formado como consecuencia de la erosión provocada por las inundaciones y derrumbamientos ocurridas tras varias explosiones volcánicas. Diversos estudios parecen indicar que el río glaciar Jökulsá discurría a través del cañón, pues se han encontrado en el sur restos fósiles de hace más de 2500 años. Hay muchas leyendas populares sobre gente escondida viviendo en acantilados, una de ellas cuenta cómo un hada prometió ayudar al hijo de un pobre granjero de Byrgi y una chica pudiente que se casaran pese a la prohibición de sus familias. Para intervenir en su favor, a cambio la chica tenía que liberar al enamorado del hada (que había sido convertido en bestia por una criatura que vivía en los acantilados) tirándole a sus fauces sus más queridas posesiones.

El cañón tiene forma de herradura y una longitud de unos 3,5 kilómetros de largo por 1 de ancho. No se ve desde la carretera, ya que las altas paredes del cañón y la vegetación impiden ver su cara interior. Para ello hay que adentrarse a pie. Así pues, hicimos una parada en el centro de atención al visitante para que nos explicaran qué rutas podíamos. Había para todo tipo de públicos, desde los que quieren dar tan solo un paseo, hasta los que quieren dedicar toda una jornada, ya que están clasificadas por niveles de dificultad y tiempo requerido. Había unas más llanas y otras con más inclinación. Alguna incluso subía hasta la parte alta del cañón.

A nosotros nos pareció que lo más adecuado era elegir la más sencilla de todas, de un kilómetro y una media hora. Y es que la siguiente, de 4.5 kilómetros, ya nos parecía un tanto larga para el día que teníamos por delante. Así pues, dejamos el coche en el aparcamiento y nos adentramos en el bosque siguiendo las indicaciones de nuestra ruta, la A1.

Pronto llegamos al río, a un tramo en el que transcurre con bastante calma. Y al fondo el cañón de roca basáltica.

Apenas había gente y pudimos pasear tranquilamente disfrutando de la humedad y de la quietud de la naturaleza siguiendo la ruta circular que habíamos elegido. Y en una media hora estábamos de vuelta al aparcamiento para seguir con nuestro día.

Retomamos la carretera 85 para después desviarnos por la 864 dirección sur. Nos dirigíamos a las cascadas Dettifoss y Selfoss cuando vimos un camino que parecía dirigirse a un punto de interés, así que lo tomamos. Si ya de por sí la carretera 864 estaba llena de baches y grava, durante este tramo temí que nos quedáramos atascados, pues había unos buenos socavones encharcados y nuestro Ford Ka+ no era alto. Afortunadamente conseguimos llegar al aparcamiento de Hafragilfoss sin alguna incidencia más allá de que el coche acabara lleno de barro y tierra rojiza.

Así de primeras parecíamos estar en un paisaje lunar, y no parecía haber ninguna cascada en los alrededores, sin embargo, nos cruzamos con gente, por lo que tomamos el camino por el que venían campo a través.

Es entonces cuando el cañón se abre y vemos el río a nuestros pies. Y aunque aún seguíamos sin ver claramente la cascada Hafragilfoss, ya la oíamos en la lejanía y se intuía al fondo.

El cañón Jökulsárgljúfur es el más largo y espectacular de toda Islandia. Mide aproximadamente 25 kilómetros de largo y medio kilómetro de ancho. En muchas partes de su recorrido llega a alcanzar los 100 metros de profundidad. Se cree que se formó como consecuencia de catastróficas inundaciones del río glaciar Jökulsá, que se originó en la cara norte del Vatnajökull después de la última era glaciar. La parte oeste de Jökulsárgljúfur fue declarada Parque Nacional en 1973 y en 2008 se integró dentro del Parque Nacional Vatnajökull. El área está protegida desde 1996.

Subiendo a unas rocas que hacían de mirador pudimos, por fin, ver la cascada en todo su esplendor casi a vista de pájaro. Situada en una de las zonas más profundas del cañón, tiene 27 metros de altura y una anchura de 91 metros. Hay una ruta que permite bajar a nivel del río. Pero nosotros nos conformamos con esta panorámica.

Comenzó a chispear y hacía bastante aire, por lo que decidimos continuar antes de quedarnos atrapados allí arriba. Volvimos a la 864 para seguir hasta Dettifoss, a algo menos de 4 kilómetros. Con esta cascada teníamos la duda inicial de si aproximarnos por la 862 o por la 864, y es que habíamos leído opiniones diferentes con respecto a ambas carreteras. Según parece la 862 es más corta y tiene algún tramo asfaltado, sin embargo, también tiene alguno en muy mal estado. Permite acercarse a la cascada desde su lado oeste, lo que da una vista desde arriba. Por su parte la 864 es toda de gravilla, pero ofrece una visión más cercana a la cascada. Ya que habíamos dejado atrás la 862 al dirigirnos al cañón de Ásbyrgi, nos pareció que tenía más sentido tomar la 864. Una decisión que no sé si fue mejor o peor, ya que el camino por la grava y los baches se me hizo interminable, pero es cierto que gracias a que tomamos este camino pudimos ver la Hafragilfoss y acercarnos al máximo a Dettifoss.

Esta cascada de unos 100 metros de ancho está considerada como la cascada más potente del continente europeo. Me lo creo. El estruendo al acercarse es abrumador y se puede ver claramente la nube que va dejando al precipitarse el río Jökullsá á Fjöllum con fuerza desde unos 45 metros de alto desde el cañón de Jökulsárgljúfur. Este río se origina bajo el glaciar Dyngjujökull en el extremo norte del gran glaciar Vatnakökull y es el segundo más largo de Islandia con 206 km. También es el de mayor cuenca (7750 km2), sin embargo, dado que esta es la región más seca del país, en este aspecto se queda en cuarto lugar. Se estima que Dettifoss mueve en su caída un caudal que oscila entre los 200 y 500 metros cúbicos por segundo (según la época del año y el deshielo).

Desde este lado este se puede observar desde varios puntos. Por un lado hay un mirador que permite una visión más panorámica del cañón y de la cascada. Por otro, si bajamos a un saliente bajo ese mirador, obtenemos una visión algo más recortada de la cascada (además de acabar mojado). Y finalmente, la aproximación total poniéndonos sobre las rocas desde las que se precipita.

Esta última opción es la más peligrosa ya que hay que tener mucho cuidado con las rocas húmedas. No obstante, imagino que este acercamiento no será siempre posible. En invierno estará todo helado y sería una locura pisar por ahí. Y en primavera y principios de verano supongo que llevará más caudal, por lo que esas rocas que nosotros veíamos, seguro irán bajo el agua.

Estuvimos una buena hora disfrutando de las tres perspectivas y tomando fotos con diferentes parámetros. Y cuando quedamos satisfechos, decidimos seguir con nuestra ruta rumbo a Selfoss. Volvimos pues al coche, sin embargo, cuando llevábamos un par de kilómetros descubrimos en el GPS que nos la habíamos pasado hacía rato. Cuando estábamos a los pies de Dettifoss habíamos visto un letrero que la anunciaba a un kilómetro a pie siguiendo el margen del río, pero pensábamos que había otra opción de llegar en coche, no solo andando. Al parecer, nos equivocamos, habríamos tenido que tomar aquella senda. Aunque según vimos en fotos se trata de una cascada tan espectacular o más que Dettifoss, decidimos continuar por la 864 en lugar de retroceder, pues eran casi las dos del mediodía y si regresábamos, nos tendríamos que dejar otras cosas por ver de la ruta del día. Una difícil decisión, pero, como ya sabíamos, no podríamos ver todo lo que llevábamos en la lista.

Road Trip por Islandia XII: Día 5 III Parte. De Akureyri al Lago Mývatn

Abandonamos Akureyri y continuamos nuestro camino hacia el este bordeando el Eyjafjörður. Cuando hubimos cruzado al lado opuesto nos encontramos con el recién inaugurado peaje, el único en Islandia. Se trataba del túnel Vaðlaheiðargöng que acorta en 16 kilómetros la distancia que hay entre Akureyri y Húsavik y que permite evitar el Puerto de Vikurskard.

Valoramos la opción de cruzarlo, porque daba que pensar que si estos islandeses habían decidido construir un túnel en esa zona, debía ser porque el puerto quizá era peligroso. Así pues, hicimos una parada en el mirador para documentarnos y concluir si merecía la pena, porque lo cierto es que barato no era. Costaba unos 10€ el trayecto y se podía pagar online bien antes de entrar, o bien hasta 3 horas después de haberlo cruzado (más caro). No había barreras de control, sino cámaras que registraban las matrículas de los coches.

Después de consultar en el gps nos quedó claro que no era necesario cruzarlo, ya que lo que ahora eran las carreteras 83 y 84, antes era la Ring Road, por tanto estaba bien asfaltada. Quizá en invierno sí que merezca la pena evitar el puerto, pero desde luego en nuestras fechas vimos innecesario pagar por ahorrarnos 15 minutos. Preferimos ir por el exterior y disfrutar de las vistas.

Una hora más tarde llegamos a Goðafoss, la cascada de los dioses. Recibe este nombre porque, según la historia, cuando el lagman (hombre de leyes) Þorgeir tuvo que decidir si el pueblo islandés adoptaba la fe cristiana, hizo oficial su resolución arrojando a la cascada sus estatuas de dioses paganos. Hay una placa que recuerda este paso al cristianismo.

Dejamos el coche en el aparcamiento y tomamos el camino marcado a través de la lava cubierta de musgo hasta que llegamos a un acantilado y se nos va mostrando parte de la cascada. Ya mucho antes se oye el estruendoso sonido del agua.

Pero no es hasta que no nos acercamos más que no sentimos el vértigo de la impresión. Fuimos un poco arriesgados y nos asomamos a una piedra suspendida sobre el río, lo que nos permitió verla en todo su esplendor.

El agua proviene del río Skjálfandafljót (el cuarto más largo del país con 180 kilómetros) y se precipita unos 12 metros por el barranco formado por la lava que llegó desde el Valle Barðardalur hace tiempo. La lava ocupa casi la misma extensión que el río, originándose en las Tierras Altas cayendo por el borde del mayor glaciar de Islandia.

La cascada de 30 metros de ancho tiene forma de herradura y queda dividida en dos por una gran roca desde la que cae otro pequeño salto de agua. Sentarse en frente resulta hipnotizador tanto por el sonido como por la magnitud. El poder acercarse de aquella manera además, la convierte en una de mis favoritas.

Pero es que, gracias a un puente, podemos incluso verla desde la orilla opuesta, a nivel del río.

Sin duda una estupenda manera de acabar el día. por todo lo alto.

Ya atardeciendo, volvimos a la Ring Road y nos desviamos en la 848 hasta llegar a nuestro alojamiento durante los próximos días, el Hotel Gígur by Keahotels.

El hotel no era muy grande, pero estaba muy bien situado a los pies del Lago Mývatn, por lo que nos resultaba conveniente para explorar la zona durante los próximos días.

La habitación era sencilla.. Contaba con dos camas (que juntamos), un perchero con un asiento, espejo y escritorio. Para no saturar el espacio, dejamos la comida que no fuéramos a utilizar fuera en el coche, ya que con la temperatura exterior se iba a conservar mejor, y solo nos dejamos dentro las maletas.

El baño también era pequeño, con una ducha, un lavabo y el inodoro.

Como siempre, lo justo para nuestra estancia, ya que teníamos intención de aprovechar los días al máximo desde que saliera el sol hasta que se ocultase. Así pues, teniendo cama y baño, prácticamente estábamos satisfechos. Quizá lo único que echamos en falta fue un calentador de agua.

Como ya eran las 20:30 de la tarde, y habíamos tenido un día completo en el que habíamos recorrido 315 kilómetros, solo nos apetecía darnos una ducha y cenar. Lo malo es que volvíamos al olor a huevo podrido, así que, una ducha rápida e improvisamos unos wraps con unas tortillas, una bolsa de ensalada y una lata de sardinas. De postre, skyr. Y tras revisar la ruta del día siguiente, pusimos el despertador y a dormir.

El escándalo (Bombshell)

El escándalo (Bombshell) lleva a la gran pantalla la historia de la caída del magnate empresarial Roger Alies, quien había fundado Fox News en 1996 como una cadena de noticias abiertamente a favor del Partido Republicano. Su línea editorial se caracterizaba por un periodismo polarizante y pronto se convirtió en el altavoz de la propaganda de derechas logrando calar en un importante segmento de la población y siendo durante años líder de audiencia. Fue Alies quien estuvo detrás de las campañas de Nixon, Reagan, Bush padre e incluso asesoró a Trump para los debates. En julio de 2016 Gretchen Carlson, uno de los rostros de la cadena que había sido recientemente despedida, presentó una demanda de acoso sexual a la que se sumaron más de 20 mujeres del canal y que llevó a Rupert Murdoch, dueño de la cadena, a forzar a Ailes a abandonar la compañía o ser despedido. Finalmente renunció llevándose 40 millónes de dólares en su salida. Un año más tarde murió en su domicilio.

La película se basa en estos hechos reales y arranca con Megyn Kelly, periodista política de la cadena, explicando los entresijos de Fox News. Este inicio tiene cierto toque de documental con la presentadora dirigiéndose a cámara y guiando a través de los platós y las plantas del edificio en que se ubica la cadena. Sin embargo, pronto se pierde este estilo se nos van intercalando las historias de las tres protagonistas. Porque en realidad, aunque todo gira en torno a Ailes, El Escándalo nos ofrece la mirada a través de los ojos y la experiencia de las víctimas.

Megyn Kelly está en la cima de su carrera. Es la cara del principal telenoticias y goza de prestigio. Sin embargo, unos días antes de las elecciones recibe ataques del mismo Trump por haber sido incisiva con él en uno de los debates. Paralelamente conocemos a Kayla Pospisil, una joven periodista que acaba de llegar a la cadena y trata de hacerse un hueco para conseguir salir en pantalla. Este es el único de los tres personajes principales que no es real. No obstante, no es del todo ficticio, sino que está creado a partir de los relatos de otras muchas mujeres que sufrieron abusos del directivo. Con la introducción de este tercer personaje ficticio la cinta pretende resaltar la perpetuidad de los hechos a lo largo del tiempo. También sirve como mecanismo para mostrar los abusos y no tener que recurrir a los flashbacks de las otras dos presentadoras.

Cuando Gretchen Carlson es despedida y sale a la luz la demanda, estas dos mujeres se verán en la tesitura de dar un paso adelante también. Cada una de ellas representa un punto de vista diferente sobre los abusos. Por un lado Carlson es la veterana que ya está harta de todo y no tiene nada que perder; por otro Kelly lo ha dejado atrás y no quiere traerlo al presente y que se interponga en su carrera ahora que está en su mejor momento; y por último Pospisil que aún está asimilando lo que le acaba de pasar.

Tanto Charlize Theron como Nicole Kidman y Margot Robbie están muy bien en sus papeles, sin embargo, a la película le falta algo de profundización para poder empatizar con los personajes. Apenas llegamos a conocerlas. Ni siquiera interactúan entre ellas, tan solo una recriminación sorora de Pospisil a Kelly por no haber hablado antes y prevenir a las nuevas. Es quizás la joven a quien llegamos a conocer un poco más, pero aún así, no llegamos a saber cómo acaban sus historias. La trama, en ocasiones, da la sensación de avanzar muy rápida, como si únicamente quisiera presentar el momento en que estalló el escándalo sin ahondar en los hechos en sí o en los sentimientos de las protagonistas.

No obstante, en conjunto, sí que invita a reflexionar sobre la cultura de acoso sistemático a las mujeres ya sea bajo la petición explícita de favores sexuales, por agresiones físicas o por la exigencia de llevar determinado vestuario convirtiéndolas en mero objeto sexual. Y no solo pone el punto de mira en Ailes, sino que también apunta al entorno. Porque no es un caso de unos pocos, sino una cuestión sistémica en la que son tan responsables el agresor como los compañeros que callan y miran para otro lado. Cayó Royer Ailes, uno de esos hombres que se creían intocables, pero había muchos más cómplices a su alrededor que la cinta hace la vista gorda.

El Escándalo consigue mostrar el ambiente tan terriblemente machista en los medios en general y en Fox en particular, donde para triunfar debías ser una cara bonita (y joven), tener unas buenas piernas y llevar una falda muy corta. Un ambiente en que las mujeres aprenden pronto cómo sortear los comentarios paternalistas o sexuales de los compañeros y jefes. Logra incomodar y despertar la rabia, sobre todo con un personaje tan repulsivo como Roger Ailes, pero no consigue exprimir al máximo la historia real en que se basa.

Road Trip por Islandia XI: Día 5 II Parte. Akureyri

A unos 60 kilómetros de Ólafsfjörður al sur por la 82 se encuentra Akureyri, la ciudad más importante del norte gracias a su situación estratégica en el centro de la isla (tiene la Península de Vatnsnes a 170 km, Varmahlíð a 90, el lago Myvatn a 95, Egilsstaðir a 270 y Husavík a 90). Ubicada dentro del Eyjafjörður, el fiordo más largo del país (cerca de 60 kilómetros), tiene el clima más cálido del país.

Ya en el siglo IX hubo un asentamiento vikingo, sin embargo, la ciudad no tuvo tal reconocimiento hasta 1786. Durante el siglo XIX experimentó un gran desarrollo convirtiéndose en un importante centro pesquero y comercial. Como además se halla en una zona bastante fértil, también destaca en el aspecto agrario.

El segundo distrito más antiguo de la ciudad es Oddeyri, usado para los encuentros parlamentarios desde principios del siglo XIV hasta 1551, cuando dos buques de guerra llegaron para sofocar un levantamiento dirigido por el obispo católico Jón Arason, quien de todas formas ya había sido ejecutado el año anterior. No tuvo lugar ninguna batalla, pero confiscaron sus posesiones y se las dieron al rey. En 1874, se celebró en Oddeyri el 1000 aniversario del primer asentamiento humano en Islandia.

Durante años no se construyó en la zona por falta de agua potable y riesgo de inundaciones del río Glerá. Sin embargo, en 1866 las autoridades danesas acordaron incorporar el distrito en el municipio de Akureyri. La primera casa, Lundur, data de 1858 (se puede ver una casa similar del mismo nombre en Eiðsvallagata 14).

En 1890 vivían en la zona unas 200 personas, un tercio de la población de la ciudad. La calle principal era Strandgata y en ella se asentaron principalmente comerciantes.  Para 1900 Akureyri tenía 10 calles, 5 de las cuales estaban en Oddeyri, además de Strandgata, Glerárgata, Lundargata, Norðurgata y Grundargata.

Hoy en día apenas llega a los 20.000 habitantes, muchos de ellos jóvenes, pues es ciudad universitaria. Además, en Akureyri se halla el RES – The School for Renewable Energy Science, centro de investigación y formación en energías renovables. A pesar de ser una ciudad pequeña, tiene una gran oferta cultural y podemos encontrar un buen número de museos de todo tipo: el Museo Municipal, Minjasafnið á Akureyri; el Museo de Arte, Listasafnið á Akureyri; el Memorial del escritor Jón Sveinsson, Nonnahús; el Museo del poeta David Stefánsson, Davíðshús; el Museo de la Industria; el Museo de la motocicleta; el Museo de Ciencias Naturales, Náttúrufræðistofnun Norðurlands; y el Museo de la Aviación.

Y hablando de cultura, aparcamos detrás del centro cultural HOF, un espacio dedicado a la música y otras artes escénicas. Construido en 2010 con una planta circular y estilo moderno, cuenta con un auditorio de conferencias y salas de exposiciones.

Además, tiene una oficina de información y turismo en su planta baja. Como estaba empezando a chispear, nos comimos unos sándwiches en el coche a ver si amainaba y después pasamos a la oficina para pedir un mapa y que nos recomendaran qué ver. Básicamente nos invitaron a pasear por el centro para descubrir las antiguas casas de colores, el arte urbano que adorna sus calles, la catedral y las vistas al fiordo. También nos aconsejaron pasar por el antiguo Akureyri, aunque al ser ya 1 de septiembre, el museo estaría cerrado. Había una pareja preguntando sobre las auroras boreales y la mujer comentó que ya para ese día iba a ser complicado verlas porque iba a estar el cielo nublado, al parecer el día fuerte había sido el anterior, con lo que, dentro de la decepción, habíamos tenido suerte.

Con el mapa en la mano nos dirigimos al pequeño pero animado centro. Las calles principales recuerdan en cierta manera a Reikiavik con sus casas de colores y abundantes restaurantes, cafeterías y tiendas de ropa de montaña. Destacan las peatonales Strandgata y Hafnarstræti.

Desde prácticamente cualquier punto de la ciudad se puede ver cómo sobresalen las torres de la Akureyrarkirkja, la iglesia luterana símbolo de Akureyri. Y es que se halla en una colina.

De tamaño más reducido que la de Reikiavik, también es bastante austera. Consagrada en 1940, cuenta con un órgano de más de 3000 tubos.

Justo detrás se halla la Sigurhæðir, una casa que data de 1907 y en la que vivió hasta 1920 Matthias Jochumsson, uno de los grandes poetas de Islandia.

Desde allí tenemos una buena vista del fiordo. Incluso se alcanza a ver la escultura “La vela” de Jón Gunnar Árnason, el mismo escultor de la obra de Reikiavik. Todas las obras que adornan el paseo tienen simbología marítima. Otra del mismo autor recibe el nombre de “El pescador”.

No muy lejos de la iglesia queda la piscina de Akureyri, una de las más populares del país. Cuenta con dos piscinas al aire libre de 25 metros, una piscina cubierta, una piscina infantil, cuatro jacuzzis, un baño de vapor, una sauna, una catarata artificial perfecta para relajar la espalda y, como no podía ser de otra manera, toboganes.

Aunque el día estaba nublado y llovía a ratos, pudimos ver por la valla que había gente disfrutando de un cálido baño.

Seguimos nuestro paseo hasta la estatua de Landnemar, obra del escultor Höfundur Jónas Jakobsson. En un primer lugar la realizó en hormigón, sin embargo, tras el desgaste como consecuencia de las condiciones climáticas, se sustituyó por esta de bronce. Representa al vikingo Helgi Eyvindarson, el primer colono de la región, quien, según el Landnámabók, construyó con su esposa una granja en Eyjafjörður.

Nos habíamos alejado un tanto del centro y estábamos en una zona residencial donde predominaban los bloques con amplios ventanales. Se ve que les gusta que les entre bien la luz.

Me resultó curioso además ver cómo todos tenían ubicado el comedor en el mismo sitio y prácticamente con el mismo estilo.

Poco antes de llegar al aparcamiento vimos uno de los curiosos semáforos de la ciudad con la luz con forma de corazón. Parece que esto se debe a una iniciativa de 2008 para animar a la gente tras los problemas financieros. A partir de ahí debieron caer en gracia y se dejaron.

Antes de seguir con nuestro camino hacia el este hicimos una parada más en las afueras de Akureyri, donde se ubica la parte más antigua de la ciudad. Allí se hallan varios museos. Por la hora ya estaban todos cerrados, pero nos dimos un paseo por el exterior de la Nonnahús, la casa del escritor Jón Sveinsson (1857-1944), conocido también como Nonni.

Fue construida en 1850 por el orfebre Jósef Grissom y fue donde residió el autor desde que se mudó con 7 años con su familia a Akureyri hasta que en 1870 se fue a Francia para estudiar con los jesuitas. Su padre había muerto poco antes de una grave enfermedad y su madre apenas podía mantener a los 4 hijos, así que aceptó la oferta de un noble francés de pagar los estudios de 2 niños islandeses. Vivió y trabajó en Alemania, Francia, Dinamarca y Países Bajos y acabó convirtiéndose en sacerdote jesuita haciéndose llamar Pater Jón Sveinsson. En su tiempo en Europa recogió su infancia en Islandia en 12 libros infantiles que se tradujeron a más de 40 idiomas.

Viajó un par de veces a Islandia, una de ellas en 1930, cuando fue nombrado ciudadano honorario de Akureyri. Acabó muriendo en Colonia en 1944 y allí está enterrado.

En los años 50 Anna S. Snorradóttir habló con los dueños de la casa y les comentó que le gustaría comprarla y convertirla en museo, pero que no tenía dinero. Sorprendentemente los propietarios decidieron cedérsela y el museo se inauguró en 1957, en el centenario de su nacimiento. Se ha conservado, además de como hogar del autor, como ejemplo de una típica casa del siglo XIX. En ella se pueden ver las habitaciones tal y como eran cuando Nonni residía en ella. Inclsuso se conservan las únicas imágenes en movimiento conocidas del autor, que fueron tomadas en Valkenburg (Países Bajos) en 1942. Por supuesto, no podía faltar una gran estatua de Nonni. La obra de la escultora Nína Sæmundsson, de 2,5 metros de altura, preside la entrada.

En un lateral de la casa hay una placa que nos recuerda la historia de Vílhlemína Lever, quien construyó en 1834 una pequeña casa en Akureyri y abrió una tienda un año más tarde. Aunque se marchó a Krossanes, volvió a Akureyri en 1852 y abrió una tienda con restaurante. Además, en 1861 abrió otro restaurante en el distrito de Oddeyri. Cuando las nueva normativa danesa estipuló que la alcaldía sería elegida en 1863 por “alle fuldmyndige Mænd”, ella votó, convirtiéndose así en la primera mujer en hacerlo antes de que las mujeres obtuvieran oficialmente el derecho al sufragio. Y es que en islandés “mænd” significa persona, y no “hombre” como en danés, por lo que ella entendió que también estaba incluida al ser persona mayor de edad. También fue la primera mujer en solicitar el divorcio.

Vivió en Nonnahús hasta su muerte el 19 de junio de 1879.

Junto a esta placa encontramos varios juguetes islandeses. Había como un terreno dibujado con cuerdas y palos y dentro unas casas y restos de huesos o troncos. Lamentablemente no encontramos ninguna indicación al respecto, por lo que no nos enteramos de cómo se jugaba.

Frente a la casa había una pequeña iglesia y, siguiendo el camino, vimos más edificios correspondientes a los museos.

De hecho, en determinado momento entramos en el jardín del Museo de Akureyri, el que fuera el primer vivero forestal en Islandia. Fue fundado en 1899 y se comenzó a cultivar en la primavera de 1900 con semillas traídas de varias partes del país, incluso de Noruega. Este primer intento de hacer crecer árboles en Akureyri resultó tan satisfactorio que incluso despertó un interés en los jardines en toda la ciudad. En la década de los 30, la familia real compró el jardín y construyó en 1934 la villa Kirkjuhvoll en la ladera. En 1962 se fundó el Museo de Akureyri y compró tanto la casa como el jardín.

De camino al coche, junto al estanque, nos encontramos con la escultura Útþrá de Elísabet Geirmundsdóttir.

Había junto a ella unos pocos patos que habían salido del agua, pero se asustaron con nuestra llegada.

Pero si algo nos sorprendió, fueron las tremendas setas que encontramos entre el césped.

Y con esto dimos por concluida nuestra visita a Akureyri. Volvimos al coche para realizar la última parada del día.

Road Trip por Islandia X: Día 5. De Varmahlíð a Ólafsfjörður

Llegamos a nuestro quinto día en Islandia, y teníamos una jornada un tanto más tranquila que la anterior. Esto unido a que habíamos interrumpido el sueño para ver la aurora boreal, nos llevó a no madrugar tanto. Así, entre desayunar y recoger nuestro equipaje, acabamos echándonos a la carretera a las 10:50.

El día había amanecido algo nublado, pero además, la temperatura comenzó a bajar a medida que avanzábamos por la 76 rumbo norte llegando incluso a los 5º. Las nubes estaban bajas y nos encontramos con una niebla meona durante casi todo el trayecto. Aunque prácticamente todo el tramo fue en llano, en momento en que nos desviamos a la 767 nos encontramos con algo de subida y las montañas al lado cubiertas de nieve.

Hicimos nuestra primera parada del día en Hólar, una población que en el pasado fue centro religioso, educativo y cultural del norte de Islandia. En 1106 se fundó uno de los dos obispados del país y poco después se estableció un seminario. Uno de sus obispos fue Guðbrandur Þorláksson, quien publicó la primera Biblia islandesa.

Sin embargo, en 1801 la enseñanza acabó cuando los dos obispados se unieron formando uno único en Reikiavik. En aquel momento la capital del norte pasó a Akureyri. Aún así, se resistió a perder su relevancia. En 1881 se abrió la Escuela Agrícola y más recientemente, en 2003, un Colegio Universitario especializado en cría de caballos y equitación. Frente a su edificio se halla el Centro del Caballo Islandés.

Aunque hoy apenas cuenta con apenas 100 residentes, en invierno la población se duplica. Además de la universidad, de la cervecería y de la piscifactoría, vive del turismo.

Lo primero que nos llama la atención nada más entrar en el pueblo es la Catedral de Hólakirkja, construida entre 1759 y 1763 con arena roja de la montaña cercana. Es la iglesia de piedra más antigua del país, y es que en las anteriores siempre se había usado madera. Sí que hubo una excepción en el siglo XIV de una en la que se usó este material, pero no llegó a concluirse, por lo que no cuenta.

De lo que no ostenta el título es de ser la primera iglesia erigida en ese lugar, ya que ya hubo una en el siglo XI. Esta catedral es el séptimo templo que se levanta en Hólar.

Como curiosidad, mantiene una torre de 27 metros de altura totalmente independiente del edificio principal. Fue erigida en 1950, en el 400 aniversario de la muerte del obispo Jón Arason (el último católico de Islandia, pues fue decapitado durante la Reforma), cuyos restos descansan en una pequeña capilla en la planta baja.

Alrededor de ambas construcciones encontramos el pequeño cementerio con cruces blancas salpicadas aquí y allá.

En el lado opuesto de la carretera se encuentran las ruinas descubiertas en 1999 de una iglesia del cristianismo primitivo. No se han encontrado muchas de este estilo, por lo que incluso se ha llegado a barajar que sea la primera del país. Además se descubrieron restos de otras dos más y de unas 100 tumbas cuyos restos parecen remontarse a antes de la fundación de la población en el siglo XII.

También destaca en el pueblo Nýibær, una granja que data de 1860. Su nombre viene a significar “nueva granja”, y es que ya había una cuando se construyó esta. Hubo gente residiendo en ella hasta 1945.

En 1956 pasó a pertenecer al Museo Nacional de Islandia y dos años más tarde se abrió al público en 1958. Ha sido renovada entre el 1997 y el 2000. Se puede visitar de forma gratuita.

Hólar también es punto de parada para montañeros, ya que empiezan o terminan diversas rutas de montaña. Una de ellas lleva a caminar por la montaña hasta Gvendarskál, donde solía ir a rezar el obispo Guðmundur góði Arason. En la cima de la montaña hay un altar y un libro de visitas.

La verdad es que me sorprendió el pueblo, pues a pesar de ser muy pequeño, tenía bastante que ofrecer.

Seguimos nuestro camino hacia el norte parando brevemente en Hofsós, una aldea aún más pequeña que Hólar en la que destaca Stađarbjargavík, un acantilado formado por rocas de basalto hexagonales.

Para bajar a la playa hay que acercarse hasta el lateral de la piscina municipal. De hecho, se ve parte del recinto. No es muy grande, pero desde luego tiene unas buenas vistas del fiordo.

Frente a la piscina se halla la pequeña iglesia de tejado azul.

Comenzó a llover, así que, nos resguardamos en el coche para tomar un tentempié de media mañana antes de volver a la carretera 76 y seguir recorriendo la Tröllaskagi, la península de los trolls. Al quedar fuera de la Ring Road, esta zona quedaba antes un poco aislada. Sin embargo, nosotros nos encontramos una carretera bien asfaltada y cómoda de recorrer. De hecho, hay un par de tramos de túnel construido en la última década.

Los túneles dan para lo que dan, ya que tienen un carril por sentido. Algo que parece suficiente en un país como Islandia, y más en el norte. Sin embargo, de vez en cuando la cosa se complica, ya que en algunos momentos paso se estrecha. Para permitir que puedan pasar vehículos tanto en un sentido como en otro, hay, cada pocos metros, unos apartaderos a ambos lados. No obstante, como te encuentres con un autobús o una autocaravana de frente, puedes sentir un poco de claustrofobia. Nosotros, por suerte, teníamos una autocaravana delante, así que aprovechamos para seguir el camino que iba abriendo.

Durante el trayecto por la superficie el paisaje es espectacular con la montaña a un lado y el fiordo al otro. De vez en cuando aparecía ante nuestros ojos algún que otro pueblo de pescadores. Uno de ellos es Siglufjörður, que nos recibió con una lluvia persistente y apenas 3º.

También conocido como Sigló, esta pequeña población es el escenario de la serie policíaca Atrapados, de 2015.

Se ubica a los pies de la montaña, junto al fiordo y vivió desde principios del siglo XX hasta finales de la década de los 60 de la pesca del arenque, una de las especies más abundantes en el mundo que se alimenta de krill así como de peces y crustáceos pequeños. Puede llegar a medir hasta 50 cm y pesar medio kilo y tiene una esperanza de vida de unos 10 años, aunque se han dado casos en los que han llegado hasta los 25. Sus principales depredadores son las ballenas, las focas, el bacalao y otros peces grandes. Sin embargo, en este caso el propio depredador fue el ser humano, y cuando el pez desapareció de sus costas, el pueblo entró en declive. De tener unos 10.000 habitantes, hoy apenas supera los 1000.

Como recuerdo de aquella época dorada, hoy podemos visitar el Museo de la Era del Arenque, que consta de tres edificios.

No entramos en el interior, pero en la pasarela exterior pudimos leer un poco sobre esta industria del arenque y cómo modificó la economía de la zona. Las fábricas conserveras eran importantes para la economía de las comunidades costeras, y es que la mayor parte de la industria sueca se localizó en la zona a mediados del siglo XIX. Los primeros en acudir a Islandia en busca de este pez fueron los noruegos. Luego les siguieron los suecos, finlandeses, ingleses, alemanes y rusos. Cuando esta pesca se hizo popular, incluso los barcos que se dedicaban al transporte de mercancías comenzaron a alternar ambas actividades: mercancías de otoño a primavera y pesca de arenque de julio a septiembre.

A finales del siglo XIX los pescadores suecos comenzaron a comprar veleros británicos que llevaban motores de petróleo. Este aspecto era toda una novedad revolucionaria, ya que suponía que los barcos no eran completamente dependientes del viento. Pesaban entre 60 y 200 toneladas y eran capaces de almacenar hasta unas 300 toneladas de carga. En 1949 se convirtió el dragaminas Hanö en buque de apoyo para la flota sueca. Contaba con servicio médico, buzos y equipamiento para reparar barcos, por lo que ante una situación de emergencia, los pescadores podían pedir asistencia. Poco a poco los barcos fueron incorporando mejoras, como por ejemplo camarotes para acomodar a unos 8-10 hombres. Además, la cubierta se equipaba con contenedores para guardar el arenque adecuadamente tras su pesca. Los barcos cargaban barriles, sal, azúcar y especias en Lysekil para hacer arenque en conserva.

Antes de que el barco se echara a la mar durante los tres meses de verano las mujeres de los pescadores se encargaban de los suministros. Así, se cargaban barriles llenos de patatas, de huevos (envueltos en papel de periódico y entre serrín para amortiguar el movimiento), galletas, mantequilla en salmuera, fruta y vegetales en lata, e incluso se sacrificaba un cerdo y se preparaba para su posterior consumo. A esto, había que añadir unos 10-15 barriles de petróleo para los motores y 4-5 de grasa.

Una vez que levaban ancla ponían rumbo a la costa noruega bordeándola hasta Haugesund, donde se hacían una parada técnica de un día para cargar más suministros y agua fresca. Después, navegaban 4-5 días por el Cabo Langanes, en el Norte de Islandia, desde donde les quedaban unas 100 millas náuticas para llegar a la zona de pesca. Normalmente eligían un puerto base, para lo que tenían en cuenta la proximidad a la zona de pesca. En aquellos casos en que no tenían que recorrer una gran distancia, volvían a tierra cada pocos días, por lo que la tripulación podía relajarse, ir de excursión a las cascadas, visitar las piscinas termales, ir al cine o a bailar. También les permitía regresar en caso de tormenta. En Siglufjörður, había por ejemplo una iglesia noruega que contaba con sala de lectura donde los pescadores recibían su correo y leían el periódico.

Las zonas de pesca iban variando dependiendo del tipo de arenque (hay unas pocas variedades y cada una se da en una latitud). Era complicado que se mantuvieran muy pobladas, pues continuamente llegaban barcos y las vaciaban. Así pues, en 1954 los pescadores tuvieron que desplazarse y comenzar a ejercer su actividad al norte de las Islas Feroe.

El arenque, una vez pescado, se procesaba para que se conservara hasta final del viaje. Así, se le cortaba la cabeza, se limpiaban los intestinos y se echaba en los barriles donde se añadía sal, azúcar y especias. Cada barril podía albergar unos 110 kilos de arenque y no se cerraba hasta el siguiente día cuando el arenque se había asentado. Era importante que estuvieran completamente llenos o podía bajar la calidad. Una vez cerrados, se marcaban con datos como contenido, quién los había envasado y la fecha.

Una vez en tierra, se descargaban los barriles (normalmente entre 800 y 1000) y se revisaban. Después, se repasaban las cuentas y se repartían los suministros excedentes entre la tripulación. La mitad del dinero obtenido se usaba para mantenimiento del barco y del equipo y la otra mitad se dividía entre los pescadores.

Tras esta breve visita en la que aprendimos sobre la industria del arenque, continuamos recorriendo la costa hasta otro pequeño pueblo a los pies de un fiordo: Ólafsfjörður. Hasta hace poco solo se llegar a él desde Siglufjörður por una ruta de montaña (a pie o en caballo) o bien por el fiordo, y es que era una zona de grandes riesgos de avalancha, por lo que no se invirtió mucho en infraestructuras. Desde la construcción del túnel Héðinsfjörður la cosa ha cambiado, y en apenas unos 20 minutos hemos llegado. En realidad, se trata de dos túneles, uno de 4 kilómetros entre Siglufjörður y Héðinsfjörður y otro de 7 entre Héðinsfjörður y Ólafsfjörður. Entre ambos hay una parada desde la que se puede disfrutar de las vistas.

Ólafsfjörður, en la encrucijada de las carreteras 76 y 82, es parada imprescindible para los aficionados de los deportes de invierno. De hecho, me sorprendió ver que tenían una pista para deslizarse.

Cuenta con un Museo de Historia Natural y (cómo no) de piscina termal con su tobogán y todo. Además, en lo alto del pueblo hay un mirador que ofrece unas vistas espectaculares.

Lo cierto es que no nos atrajo mucho, así que ni siquiera bajamos del coche. En su lugar, continuamos hasta Akureyri.

Serie Terminada: Legión

Cuando vi el piloto de Legión hace unos años tuve sensaciones contradictorias de amor-odio. Por un lado me atraía esta forma tan diferente de narrar la historia, pero por otro lado me sentía demasiado desorientada. Una vez acabado el visionado de las tres temporadas he de decir que me he quedado tan fascinada y confundida como con el primer episodio.

Recordemos que Legión es la historia de David Haller, quien lleva años entrando y saliendo de psiquiátricos tras haber sido diagnosticado como esquizofrénico. Sin embargo, en el último ingreso conoce a Syd, otra interna, y se enamora de ella. Syd le ayuda a escapar y con la ayuda de la División 3 descubre que no tiene una enfermedad mental, sino que es un poderoso mutante (hijo de Charles Xavier). Gracias a Syd y sus amigos, David comienza un viaje de autoconocimiento para luchar contra sus propios demonios.

Con una estructura un tanto caótica, tanto como la mente del protagonista, la trama de la primera temporada se centra en David descubriendo que aquello que tanto le trastorna no es otra cosa que Farouk, alias el Rey Sombra, un mutante parásito que lleva en su cabeza desde que era pequeño. Así, durante los primeros ocho episodios asistimos a una pugna entre el héroe y el villano que concluye con la derrota de Farouk siendo expulsado de la cabeza de David. Con este final de temporada parece que llegará la tranquilidad para él y para Syd, para pasar tiempo juntos a su manera, cada uno con sus traumas, pero apoyándose mutuamente y avanzando en su relación. El típico relato de vencer al malo y quedarse con la chica.

La segunda arranca con un Farouk en busca de su propio cuerpo mientras desde la División 3 no saben si ayudarle o frenarle. David por su parte ha pasado de ser un loco a encumbrado como un dios. Sin embargo, cuando vuelve, tras un salto temporal, genera cierta desconfianza. Y de repente todo se rompe en añicos: Legión no es el héroe, sino el villano. Un malvado manipulador que nos ha llevado por una narración nada fiable. Nos tragamos la idílica historia de amor entre dos seres dañados que se hacen mucho bien el uno al otro y sin embargo hemos obviado las señales que nos mostraban a un David que utilizaba a Syd. No es hasta que no vemos que es capaz de drogarla para después violarla que somos conscientes de que él, tan poderoso, es la amenaza a combatir. Y aunque lo intentan, al final acaba huyendo.

En la tercera temporada Syd ocupa el papel de heroína que había dejado vacante David y, con la ayuda de la División 3 intentará frenarle. Esta vez la caza tiene lugar en un viaje en el tiempo, y es que Legión se ha buscado una nueva aliada, Switch (Trueque en la versión española). Intenta regresar al pasado y modificar la línea temporal para justificar sus acciones. Además de estos dos bandos, aparece un nuevo elemento: los demonios temporales, unas criaturas que devoran el tiempo a las que solo se puede combatir entrando en el tiempo detenido. Una vez eliminados estos demonios la División reinicia la línea temporal para darle una nueva oportunidad a ese bebé con unos padres unidos y sin influjo de Farouk. Sin embargo, salvar al pequeño David es secundario, el fin era salvar al resto.

Resumido así no parece una trama tan compleja, pero su estructura y factura visual lo complican todo. Legión es una serie totalmente caótica que se burla del espectador manipulando la percepción de la realidad haciéndole dudar de si está asistiendo a la realidad, a una paranoia, a un sueño, a un flashback, a un plano astral o a un salto temporal. No tiene nada que ver con las ficciones a las que estamos acostumbrados donde se nos da todo masticadito. Juega además, continuamente con el color y la composición de los planos y lo envuelve con una música psicodélica que ayuda a crear un ambiente opresivo.

Es innegable que tiene una gran factura técnica y que rompe con el estilo al que nos tienen acostumbradas las producciones de superhéroes. Sin embargo, a mí no me ha terminado de enganchar. Creo que no era para mí.

Road Trip por Islandia IX: Día 4 II Parte. Recorriendo el Noroeste

Dejando atrás la Península de Vatnsnes volvimos a la carretera cambiando a la 717 hasta Borgarvirki, donde encontramos otra formación de columnas de basalto.

Se halla entre Vesturhop y Víðidalur, a 177 m sobre el nivel del mar, y parece que fue modificada para ser usada como antigua fortaleza militar en los primeros años de la historia islandesa allá entre los años 870 y 1030. Tiene sentido, pues ofrece unas buenas vistas de las proximidades.

En uno de sus extremos podemos encontrar una guía de lo que nos rodea, aunque es difícil de leer, al menos para quienes medimos poco más de metro y medio.

En su parte exterior queda reforzada de forma que dificulte el acceso mediante la escalada. En su interior se pueden ver los restos de antiguas construcciones.

Esta fortaleza reconocida como uno de los primeros lugares históricos del país desde 1817, fue renovada entre 1949 y 1950 reforzando los muros y recuperando su estado original.

Después de la pequeña parada abandonamos las carreteras secundarias y seguimos el camino al norte por la Ring Road hasta Blönduós, donde destacan varios lagos famosos por su pesca. El fiordo lleva el nombre del río que desemboca en él, el Blanda, el más largo y turbulento de todos los salmoneros del país. El pueblo alberga además el Museo Textil.

Y no sé si obra de algún taller de este museo, pero encontramos curiosos adornos de farolas o la estatua de una oveja.

Tiene también un parque infantil bastante curioso con una especie de cama elástica (luego la veríamos en muchos más sitios).

Seguimos por la carretera 75 e hicimos una breve parada en la Granja Glaumbær, un recinto que desde los años cincuenta se ha convertido en museo para mostrar cómo eran este tipo de construcciones. En este lugar hubo una granja durante 900 años, aunque los edificios han ido cambiando de forma y tamaño con el paso de los años. Incluso se han movido de sitio dentro del complejo. Cuando llegamos estaba a punto de cerrar, por lo que tan solo dimos un paseo por su exterior.

El complejo consta de tres partes: los edificios administrativos del museo, la aldea y la iglesia. Los edificios administrativos son las dos casas de madera que encontramos nada más entrar. Datan del siglo XIX y fueron traídas desde otras localizaciones. Erigidas en un estilo danés-islandés que siguió al tradicional de las antiguas construcciones de césped en los tejados, forman parte del Heritage Museum. Áshús, de color rosado, alberga una exposición y una salón de té. En Gilsstofa, de color gris, se halla la oficina principal del museo y la tienda de recuerdos.

A continuación, en un alto, vemos un conjunto de casas de los siglos XVIII y XIX.

Todas guardan una estructura similar con su fachada blanca, puerta amarilla y una pequeña ventana en el piso superior. Aunque la fachada es laminada y pueda dar la sensación de que son todas de madera, en realidad la piedra y la madera solo fueron usadas para el armazón. Los muros sin embargo se levantaron con turba y fueron recubiertos (al igual que el tejado) con césped seco para protegerse de las inclemencias del tiempo.

La casa más antigua es la cocina, que fue erigida en 1750, mientras que la más reciente es una sala común, de 1879.

Junto a la aldea se halla la escultura de la Primera Madre europea en América. Se trata de Gudridur Thorbjarnardóttir, una enfermera islandesa nacida sobre el año 980 que además fue toda una pionera en su época siendo una de las mujeres más viajeras. Sus aventuras aparecen recogidas en las Sagas de Vinlandia, donde se relatan las conquistas vikingas en el continente americano, sobre todo en la actual Canadá.

Su padre era un cacique que abandonó el país para evitar que su hija se casara con el hijo de su esclavo. Viajaron entonces a Groenlandia donde Gudridur se casó y enviudó carias veces. Uno de sus maridos fue el explorador Thorfinn Karlsefni, con quien a principios del siglo XI tuvo un hijo, Snorri Thorfinnsson, a quien se considera el primer nacido blanco y de un europeo en América sin tener en cuenta Groenlandia. El segundo sería un español 560 años después.

Cuando enviudó volvió a Islandia, ya convertida al cristianismo. Tanto ella como su hijo se convirtieron en importantes referentes de la cristianización de Islandia. De hecho, son los responsables de la construcción de la primera iglesia de Glaumbær en el siglo XI, donde Gudridur se recluyó como una ermitaña hasta su muerte. Esta que vemos hoy en día data de 1926.

Volvimos al coche y tomamos la carretera 75 hacia Sauðárkrókur. Esta población es la más grande en el noroeste, así que aprovechamos para llenar el depósito y hacer compra, de forma que al día siguiente no tuviéramos que parar. Después, emprendimos el regreso de vuelta para ya dar por concluido el día. Llegamos pasadas las 7 a nuestro alojamiento en Varmahlíð con 382,5 kilómetros en nuestro contador.

Esta vez no se trataba de una habitación, sino de un apartamento. Aunque en realidad era un garaje reconvertido en habitación – cocina con un aseo. Para ducharse había que salir al exterior. Los dueños de la casa tenían un jacuzzi, por lo que imagino que la ducha la tenían habilitada para no pasar mojados al interior y que con posterioridad decidieron acondicionar el garaje para poder alquilarlo. En cualquier caso, aunque la distribución era rara, tan solo íbamos a pasar una noche y nos íbamos a duchar una vez, por lo que no nos suponía mucho problema. Nos resultaba conveniente por la ubicación y se ajustaba a nuestro presupuesto.

Nada más entrar, a mano izquierda nos quedaba el pequeño aseo de dos piezas.

Y al entrar en la estancia nos encontrábamos con un armario y a continuación el espacio de “salón-cocina” con una mesa semicircular, una tele, nevera, fregadero, cafeteras, hervidor y una cocina portátil. En los armarios y estantes encontramos té, café, azúcar, aceite, vajilla y productos de limpieza, por lo que era completamente funcional.

En la otra parte de la habitación teníamos una cama con sus mesillas y un escritorio. Incluso nos habían dejado un ventilador. Imagino que por el caluroso verano que pasaron.

Como cada día, descargamos el coche, abrimos maletas y nos preparamos la ropa del día siguiente. También valoramos nuestras opciones gastronómicas para hacer un equilibrio entre lo que teníamos que gastar para que no se nos pusiera malo y aquello que podíamos comer aprovechando que teníamos cocina. En este caso ganaron unos macarrones. Con esta parte aclarada, nos centramos en la planificación del día siguiente: qué tocaba por ver, cuántos kilómetros habíamos programado, qué tiempo nos iba a hacer, a qué hora había que despertarse… Y de repente descubrimos que había una alta probabilidad de ver auroras boreales (nivel 6).

Obviamente no estábamos en parámetros de los meses de invierno, pero al parecer se trataba de una tormenta solar G2 (moderada) que la noche anterior ya había hecho su aparición en territorios del Norte de EEUU y de Canadá.

Según la previsión el suceso iba a ocurrir entre las 12 y la 1 de la madrugada, pero nosotros sabíamos que no íbamos a aguantar despiertos hasta ese momento, así que, sin pensárnoslo mucho, adelantamos la hora de la cena y tras asegurarnos de haber puesto bien el despertador, nos echamos a dormir.

Cuando me desperté, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. Y allí, en medio de la nada, parecían verse unos reflejos blanquecinos. No sabía si eran nubes o quizá las auroras, pero no perdimos mucho tiempo. Nos vestimos rápidamente, cogimos la cámara y nos metimos en el coche para alejarnos un poco de las dos o tres calles residenciales y así tener más oscuridad. Y es que para ver las auroras se tienen que dar un par de condiciones básicas: que haya total oscuridad y que no haya nubes.

Una vez ubicados a las afueras en medio del campo, bajamos del coche y nos pusimos a mirar al cielo. Cuando la vista se te acostumbra empiezas a descubrir que sí, que eso blanquecino que se mueve no son nubes, sino que dibujaba una especie de arco. Pero, ¿las auroras no eran verdes? Pues sí, y a veces con tonos amarillentos, rojizos o azulados, dependiendo de la intensidad y de los gases de la atmósfera. La cuestión es que el ojo humano no es capaz de distinguir esta variedad cromática, sino que percibe este haz de luz blanco o grisáceo que comentaba. Vaya, que si se va con las expectativas muy altas, el chasco es tremendo.

Intenté captarlo con la cámara, pero no hubo manera. Primero porque no me había documentado yo sobre cómo fotografiar auroras, ya que no pensé ni remotamente que nos encontráramos con alguna, y segundo porque no tenía el equipo apropiado. El objetivo 18-55 mm no era lo suficientemente luminoso. Y es que para captar las auroras lo más apropiado es un gran angular con una apertura de f/1.4 o f/2.

Cuando llevábamos unos 10 minutos el cielo se nubló, así que cogimos el coche y nos dirigimos al oeste hacia la Ring Road para ver si encontrábamos otro espacio sin contaminación lumínica y que no hubiera nubes, sin embargo, no conseguimos nada diferente a lo que ya habíamos visto. Y además se nubló de nuevo, por lo que pensamos que era hora de retirarse a dormir.

Road Trip por Islandia VIII: Día 4. De la Península de Snæfellsnes a Península Vatnsnes

Y llegó nuestro cuarto día en Islandia. Tocaba poner rumbo norte, pero antes, había que desayunar y volver a cargar el coche. Aunque madrugamos, lo cierto es que para cuando quisimos sentarnos a la mesa, ya habían terminado el resto de habitantes de la casa, por lo que pudimos hacerlo tranquilamente. De hecho, fuimos los últimos en marcharnos, lo que nos permitió poder recorrer las diferentes estancias y hacer fotos con luz.

Nada más entrar nos encontrábamos con un pequeño zaguán en el colgar los abrigos y dejar los zapatos, y seguidamente un cuarto que servía de almacén y tenía los contadores y el router. De frente había dos habitaciones, una de ellas doble y otra triple.

A mano izquierda quedaba el único baño de la casa, bastante espacioso y con una moderna ducha de obra.

En general la casa tenía un estilo bastante moderno y se veía que había sido renovada recientemente, pero que también habían querido mantener ese toque más tradicional de granja en el mobiliario y en algunos detalles. Así se podía apreciar por ejemplo en la puerta de tablones de madera junto a la cocina.

La cocina, aunque de paso, estaba bien distribuida y equipada. En una parte se ubicaba la vitrocerámica y el fregadero, y, en la parte opuesta, los electrodomésticos (microondas, nevera, cafetera, tetera) así como productos básicos como té, azúcar, café, aceite…

Esta nos conducía a lo que parecía ser una ampliación. Es donde se encontraban salón – comedor y nuestro dormitorio.

Nuestra habitación era bastante sencilla. Albergaba la cama, un baúl, una estantería, un burro para colgar la ropa y una lámpara. Pero era lo suficientemente grande como para poder abrir las maletas en el suelo y reorganizar nuestra ropa en función de las necesidades de los días siguientes.

Desde el exterior la casa es sencilla con las fachadas pintadas de blanco y el tejado de rojo. No muy lejos quedaban el resto de cabañas. Y alrededor, la naturaleza.

Salimos de la casa un poco más tarde que habitualmente, ya casi a las 10 de la mañana. Volvimos sobre nuestros pasos del día anterior para tomar la carretera 54. En el cruce con la 60 enlazamos con la 586 y en apenas unos 8 kilómetros llegamos a nuestra parada del día: Eiriksstaðir, o lo que es lo mismo, la granja en que vivió el vikingo Erik el Rojo.

En realidad de la granja original apenas quedan cuatro piedras escondidas en la hierba. Lo que vemos hoy en día es un centro de interpretación en el que se ha erigido una réplica de aquella construcción para que sirva como escenario a unos actores que ejercen como narradores de historias, que explican cómo usar las herramientas vikingas y acercan al visitante a la artesanía, la ropa y arquitectura, todo hecho a mano.

También encontramos un juego de tablero conocido como Hnefatafl, algo así como una mezcla entre el ajedrez y las damas. Consta de veinticuatro atacantes y doce defensores en un espacio de 11×11. El bando atacante es el negro, y es el que ha de intentar capturar al rey (la figura que sobresale), mientras que el defensor (blanco) procura avanzar y alcanzar una de las cuatro esquinas marcadas con un aspa.

Cada una de las partes mueve una pieza por turno, comenzando por el atacante y han de hacerlo del mismo modo que las torres en el ajedrez, es decir para un lado o para el otro. Para comer una pieza al contrario basta con rodearle con otras dos propias. No la pierde, sin embargo, si es el rival quien la ha colocado entre las nuestras.

El rey puede moverse a placer de su trono (la posición inicial) y puede servir para rodear al enemigo, y también se le ataca de la misma manera. Aunque hay un par de excepciones. Una de ellas es que si se encuentra en el trono, es necesario rodearle por los cuatro lados, y otra que si está en una casilla adyacente al trono, serán tres.

Muy interesante descubrir este juego.

La entrada al recinto nos costó unos 10€ al cambio y coincidió que ese día tenían una especie de feria y había actos y representaciones a lo largo de toda la jornada. Como está al aire libre y se puede entrar y salir, la simpática mujer que nos vendió las entradas en la tienda de artesanía nos puso un sello en la mano que tardó días en borrarse.

En nuestra visita pudimos conocer algo más de la vida de Erik el rojo, quien llegó con su padre desde Noruega a Islandia en el siglo X cuando aún era un niño. Se casó y asentó en la zona en un pequeño terreno que les cedió el padrastro de su mujer en los límites de su propiedad. En los primeros años nacerían los dos primeros hijos, Leifur y Þorstein. Parece, sin embargo, que sus otros dos hijos Þorvaldur y Freydís tuvieron como madre a otra mujer. Todos ellos jugaron algún papel en el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Se cuenta que Erik tenía mucho temperamento y que pronto comenzó a discutir con sus vecinos, seguramente por cuestiones relacionadas con las tierras. Llegó incluso a matarles a algún esclavo, crimen por el que no fue enjuiciado, pero que sin embargo supuso su expulsión de Haukadalur. Emprendió un viaje entonces y acabó asentándose en la isla de Oxney, donde no tardaría de nuevo en tener problemas con los vecinos. Esta vez llegó a un punto tal en que no estaba seguro en Islandia, así que, con ayuda de sus amigos se echó al mar. Tres años más tarde regresó diciendo que había encontrado una vasta tierra y en el verano de 986 volvió con aquellos que quisieron seguirle y establecieron una colonia en Groenlandia.

Su hijo Leifur fue también marinero, siendo también quien llevó la religión cristiana a Groenlandia. Cuando oyó a marineros comentar que había una tierra más al oeste, se echó a la mar y llegó probablemente a la Isla de Baffin y Labrador, en Canadá, convirtiéndose así en el primer europeo en llegar a América (casi cuatro siglos antes de Colón). Durante el invierno se quedó en Terranova y volvió el siguiente verano a Groenlandia a contar las noticias de su expedición. Sus hermanos Þorvaldur y Freydís también harían sendas expediciones.

En el interior de la vivienda asistimos a una sesión en la que un simpático islandés vestido de vikingo nos habló de los usos y costumbres de sus antepasados. Nos explicó cómo se dividían las estancias, para qué se empleaban, cómo se distribuían las diferentes familias que allí residían y que no dormían toda la noche del tirón, sino que lo hacían por tramos más cortos y además sentados, para así no morir asfixiados por el humo de la hoguera central que calentaba el espacio. También nos contó cómo conseguían ese pelo tan rubio (había algún aspecto escatológico al respecto) y se aseaban, cómo vestían y nos mostró las herramientas que usaban.

Fue muy interesante, pero no pudimos quedarnos a las demostraciones y demás actos que tenían programados para la jornada, pues teníamos que continuar con nuestra ruta hacia el norte. Así pues, volvimos a la carretera, retomando la 586 para llegar a Staður y enlazar con la 1. El problema fue que aunque hasta la granja el camino era aceptable, una vez pasada esta se iba convirtiendo en una pista de grava con tremendos baches. Sí, el paisaje era una maravilla, sin embargo, en determinado momento, a mitad de camino vimos imposible continuar, pues parecía que la carretera no iba más allá, sino que terminaba en una casa. Así que no nos quedó otra que regresar por donde habíamos venido, salir a la 60 y desviarnos a la 59 para, entonces sí, tomar la 1.

Hubiera estado bien poder recorrer la 60 y subir a los Fiordos del Oeste, pero hubo que priorizar, así que seguimos hasta la Península Vatnsnes, también conocida como península de las focas ya que en sus costas se pueden ver numerosas colonias de estos animales. Recorrimos la carretera 711 por su parte este (pues continuar por la oeste nos parecía mucho tramo por una carretera de tres cifras) y paramos en Hvítserkur, una formación geológica que también recibe el nombre de “el rinoceronte bebiendo agua”. Aunque también hay quien dice que se parece a un dragón e incluso hay una leyenda que dice que es un troll que, sorprendido al amanecer cuando iba a asolar un monasterio, se convirtió en piedra. Teorías y miradas. Es como las formas de la Ciudad Encantada o de Monument Valley.

Lo cierto es que se trata de un islote que se formó cuando el magma llegó al mar y que se ha ido erosionando y cambiando de forma con el paso del tiempo y la acción de los elementos. Hoy lo llaman rinoceronte, quizá dentro de unos años sea una grulla. O se haya derrumbado.

Dejamos el coche en el aparcamiento y nos asomamos a un balcón de madera ubicado sobre el acantilado, desde donde no solo se ve esta roca, sino también la típica playa negra islandesa. Azotaba el aire, pero el día estaba despejado y se respiraba tranquilidad.

Apenas había gente en la zona, pero vimos cómo un grupito subía por la ladera y nos animamos a bajar. El camino apenas estaba visible, de hecho, en realidad no había uno marcado como tal, sino que seguimos las pisadas de otros valientes que habían abierto la veda. No es que fuera complicado, pero sí es cierto que no era una bajada apta para todos los públicos, ya que la pendiente unida al barro entrañaba cierto peligro. Pero con cuidado y el calzado adecuado llegamos a la playa, donde no nos resistimos a dar un paseo para estirar las piernas tras casi tres horas encerrados en el coche.

Cuando nos cansamos, volvimos al aparcamiento, donde improvisamos una comida ligera que constó de unos sándwiches de ensalada de gamba y un skyr.

Y con el estómago lleno, seguimos con nuestra ruta.

¿Qué coño está pasando?

¿Qué coño está pasando? es un documental sobre el feminismo en España que se gestó a finales de 2017 cuando las calles se llenaron en protesta por la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra sobre el caso de La Manada. Rosa Márquez y Marta Jaenes iban en el coche de camino a casa cuando decidieron que había que recoger aquello que acababa de explotar.

Hasta aquel momento la violencia sexual no era un tema del que se hablara mucho en los medios. Sí, de vez en cuando saltaba alguna noticia de alguna violación o intento de agresión, pero contada prácticamente como de pasada. El caso de la Manada sin embargo supuso un punto de inflexión por la manera en que impactó en la opinión pública. Y no fue solo por la violación en sí, sino porque indignó que se pusiera el foco en la víctima y además abrió el debate sobre el límite del consentimiento y sobre cómo quedan recogidos en el código penal los delitos de abuso y agresión sexual.

Márquez y Jaenes recogen, a través de entrevistas a más de 40 mujeres, el panorama actual español relación al movimiento feminista. Se sientan ante las cámaras nombres muy relevantes de sectores muy diversos. Así, nos entontramos con políticas de diferentes ideologías como Lidia Falcón, Adriana Lastra, Andrea Levy, Irene Montero y Begoña Villacís; con filósofas como Ana de Miguel; con sociólogas como Cristina Hernández o Rosa Cobo; con sexólogas como Loola Pérez; con periodistas y escritoras como Rosa María Calaf, Nuria Varela, Isa Calderón o Henar Álvarez; con juezas como Ana Ferrer; con económicas como Marta Flich; con artistas como Becky Jaraiz y Yolanda Domínguez o con directoras de cine porno como Anekke Necro. También se le da voz a otras mujeres que aportan una perspectiva interesante como María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad; a Antoinette Torres, de Afroféminas; a Inma Rodríguez, de las Kellys; o a la víctima de trata y activista Amelia Tiganus.

El documental arranca explicando qué es el feminismo y defendiendo que hoy en día sigue siendo necesario porque, pese a que se ha avanzado mucho, la igualdad real aún no existe. Siguen existiendo los malos tratos, la violencia sexual, el riesgo a volver a casa sola, el acoso, los piropos, el mansplaining… Es cierto que mucho de estos temas no se traían al debate público, pero sí que estaban presentes en las conversaciones entre mujeres. ¿Qué coño está pasando? reflexiona sobre cómo queda en evidencia esta desigualdad en todos los ámbitos de la vida, porque es algo estructural. Las mujeres que ponen voz en este montaje opinan sobre temas como la violencia machista, la violencia sexual, la hipersexualización de las niñas, el trato que da la publicidad a las mujeres, el uso del lenguaje, la idea del amor romántico, la ausencia de mujeres en los libros de texto o en los museos, la vida laboral y el techo de cristal (también el suelo pegajoso), la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler, la maternidad, la corresponsabilidad en el hogar, la carga mental… Todas tienen algo interesante que aportar, aunque chirrían un poco Leyre Kahl, Begoña Villacís o Loola Pérez con su mirada neoliberal.

Quitando el detalle de estas invitadas, por lo demás resulta un buen reportaje que pone en evidencia las desigualdades que aún siguen arraigadas de forma totalmente normalizada en nuestra sociedad. Una de las más incisivas es Ana de Miguel, que nos recuerda que ya desde que nacemos hay una marca para las niñas: los pendientes. Y que por mucho que se presuma de que se educa en igualdad, con el mismo acceso a la educación y con las niñas pudiendo ser lo que quieran, lo cierto es que a la vez se transmite el mensaje de que lo importante es encajar en determinada imagen para obtener la aprobación masculina. Y en eso tiene mucho que ver la cultura y publicidad (y no solo de los juguetes), que siguen siendo sexistas. Yolanda Domínguez lleva tiempo analizando cómo se trata a la mujer en las campañas publicitarias.

Además, como recalca Henar Álvarez, a ellas les faltan referentes. Durante años las mujeres son excepciones en libros de textos, en los museos, en el cine, en la televisión… Y lo que no se nombra, no existe. Deja una idea subliminal de que si las mujeres no están, es porque no tienen nada que aportar.

La lucha del feminismo lleva siglos, sin embargo ahora ha vuelto a renacer de una forma un tanto llamativa y las redes sociales tienen mucho que ver. Y cómo no, el capitalismo ya ha movido ficha para intentar sacar rédito económico del movimiento. No ha tardado mucho en aparecer merchandising morado, con el símbolo de la mujer, o con la palabra Feminismo impresa. Cierto es, como dice Henar, que si Beyoncé y H&M quieren difundir el mensaje van a llegar a mucha más gente que nosotras, no obstante, también hay que tener cuidado de que no se quede en una moda vacía de contenido. Como bien apunta Yolanda Domínguez, hay que ir más allá del eslogan de la camiseta.

El documental deja además una interesante reflexión con los aportes de María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad y de Antoinette Torres, de Afroféminas, porque aunque parece claro el componente de clase dentro del feminismo, en muchas ocasiones se deja fuera a mujeres que además de por su sexo, son marginadas por no ser blancas.

Lo que desde luego queda constatado tras casi hora y media de visionado es que aún queda mucho camino por recorrer y sobre todo que una sociedad no cambia si solo lo hace la mitad de la población. Y es que parece que mientras que hay más conciencia feminista entre las mujeres, no ocurre de la misma manera entre los hombres, quienes ven estos avances como una pérdida de privilegios y obvian que el machismo también les oprime en algunos aspectos. El futuro será feminista o no será.