Road Trip por Islandia IX: Día 4 II Parte. Recorriendo el Noroeste

Dejando atrás la Península de Vatnsnes volvimos a la carretera cambiando a la 717 hasta Borgarvirki, donde encontramos otra formación de columnas de basalto.

Se halla entre Vesturhop y Víðidalur, a 177 m sobre el nivel del mar, y parece que fue modificada para ser usada como antigua fortaleza militar en los primeros años de la historia islandesa allá entre los años 870 y 1030. Tiene sentido, pues ofrece unas buenas vistas de las proximidades.

En uno de sus extremos podemos encontrar una guía de lo que nos rodea, aunque es difícil de leer, al menos para quienes medimos poco más de metro y medio.

En su parte exterior queda reforzada de forma que dificulte el acceso mediante la escalada. En su interior se pueden ver los restos de antiguas construcciones.

Esta fortaleza reconocida como uno de los primeros lugares históricos del país desde 1817, fue renovada entre 1949 y 1950 reforzando los muros y recuperando su estado original.

Después de la pequeña parada abandonamos las carreteras secundarias y seguimos el camino al norte por la Ring Road hasta Blönduós, donde destacan varios lagos famosos por su pesca. El fiordo lleva el nombre del río que desemboca en él, el Blanda, el más largo y turbulento de todos los salmoneros del país. El pueblo alberga además el Museo Textil.

Y no sé si obra de algún taller de este museo, pero encontramos curiosos adornos de farolas o la estatua de una oveja.

Tiene también un parque infantil bastante curioso con una especie de cama elástica (luego la veríamos en muchos más sitios).

Seguimos por la carretera 75 e hicimos una breve parada en la Granja Glaumbær, un recinto que desde los años cincuenta se ha convertido en museo para mostrar cómo eran este tipo de construcciones. En este lugar hubo una granja durante 900 años, aunque los edificios han ido cambiando de forma y tamaño con el paso de los años. Incluso se han movido de sitio dentro del complejo. Cuando llegamos estaba a punto de cerrar, por lo que tan solo dimos un paseo por su exterior.

El complejo consta de tres partes: los edificios administrativos del museo, la aldea y la iglesia. Los edificios administrativos son las dos casas de madera que encontramos nada más entrar. Datan del siglo XIX y fueron traídas desde otras localizaciones. Erigidas en un estilo danés-islandés que siguió al tradicional de las antiguas construcciones de césped en los tejados, forman parte del Heritage Museum. Áshús, de color rosado, alberga una exposición y una salón de té. En Gilsstofa, de color gris, se halla la oficina principal del museo y la tienda de recuerdos.

A continuación, en un alto, vemos un conjunto de casas de los siglos XVIII y XIX.

Todas guardan una estructura similar con su fachada blanca, puerta amarilla y una pequeña ventana en el piso superior. Aunque la fachada es laminada y pueda dar la sensación de que son todas de madera, en realidad la piedra y la madera solo fueron usadas para el armazón. Los muros sin embargo se levantaron con turba y fueron recubiertos (al igual que el tejado) con césped seco para protegerse de las inclemencias del tiempo.

La casa más antigua es la cocina, que fue erigida en 1750, mientras que la más reciente es una sala común, de 1879.

Junto a la aldea se halla la escultura de la Primera Madre europea en América. Se trata de Gudridur Thorbjarnardóttir, una enfermera islandesa nacida sobre el año 980 que además fue toda una pionera en su época siendo una de las mujeres más viajeras. Sus aventuras aparecen recogidas en las Sagas de Vinlandia, donde se relatan las conquistas vikingas en el continente americano, sobre todo en la actual Canadá.

Su padre era un cacique que abandonó el país para evitar que su hija se casara con el hijo de su esclavo. Viajaron entonces a Groenlandia donde Gudridur se casó y enviudó carias veces. Uno de sus maridos fue el explorador Thorfinn Karlsefni, con quien a principios del siglo XI tuvo un hijo, Snorri Thorfinnsson, a quien se considera el primer nacido blanco y de un europeo en América sin tener en cuenta Groenlandia. El segundo sería un español 560 años después.

Cuando enviudó volvió a Islandia, ya convertida al cristianismo. Tanto ella como su hijo se convirtieron en importantes referentes de la cristianización de Islandia. De hecho, son los responsables de la construcción de la primera iglesia de Glaumbær en el siglo XI, donde Gudridur se recluyó como una ermitaña hasta su muerte. Esta que vemos hoy en día data de 1926.

Volvimos al coche y tomamos la carretera 75 hacia Sauðárkrókur. Esta población es la más grande en el noroeste, así que aprovechamos para llenar el depósito y hacer compra, de forma que al día siguiente no tuviéramos que parar. Después, emprendimos el regreso de vuelta para ya dar por concluido el día. Llegamos pasadas las 7 a nuestro alojamiento en Varmahlíð con 382,5 kilómetros en nuestro contador.

Esta vez no se trataba de una habitación, sino de un apartamento. Aunque en realidad era un garaje reconvertido en habitación – cocina con un aseo. Para ducharse había que salir al exterior. Los dueños de la casa tenían un jacuzzi, por lo que imagino que la ducha la tenían habilitada para no pasar mojados al interior y que con posterioridad decidieron acondicionar el garaje para poder alquilarlo. En cualquier caso, aunque la distribución era rara, tan solo íbamos a pasar una noche y nos íbamos a duchar una vez, por lo que no nos suponía mucho problema. Nos resultaba conveniente por la ubicación y se ajustaba a nuestro presupuesto.

Nada más entrar, a mano izquierda nos quedaba el pequeño aseo de dos piezas.

Y al entrar en la estancia nos encontrábamos con un armario y a continuación el espacio de “salón-cocina” con una mesa semicircular, una tele, nevera, fregadero, cafeteras, hervidor y una cocina portátil. En los armarios y estantes encontramos té, café, azúcar, aceite, vajilla y productos de limpieza, por lo que era completamente funcional.

En la otra parte de la habitación teníamos una cama con sus mesillas y un escritorio. Incluso nos habían dejado un ventilador. Imagino que por el caluroso verano que pasaron.

Como cada día, descargamos el coche, abrimos maletas y nos preparamos la ropa del día siguiente. También valoramos nuestras opciones gastronómicas para hacer un equilibrio entre lo que teníamos que gastar para que no se nos pusiera malo y aquello que podíamos comer aprovechando que teníamos cocina. En este caso ganaron unos macarrones. Con esta parte aclarada, nos centramos en la planificación del día siguiente: qué tocaba por ver, cuántos kilómetros habíamos programado, qué tiempo nos iba a hacer, a qué hora había que despertarse… Y de repente descubrimos que había una alta probabilidad de ver auroras boreales (nivel 6).

Obviamente no estábamos en parámetros de los meses de invierno, pero al parecer se trataba de una tormenta solar G2 (moderada) que la noche anterior ya había hecho su aparición en territorios del Norte de EEUU y de Canadá.

Según la previsión el suceso iba a ocurrir entre las 12 y la 1 de la madrugada, pero nosotros sabíamos que no íbamos a aguantar despiertos hasta ese momento, así que, sin pensárnoslo mucho, adelantamos la hora de la cena y tras asegurarnos de haber puesto bien el despertador, nos echamos a dormir.

Cuando me desperté, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. Y allí, en medio de la nada, parecían verse unos reflejos blanquecinos. No sabía si eran nubes o quizá las auroras, pero no perdimos mucho tiempo. Nos vestimos rápidamente, cogimos la cámara y nos metimos en el coche para alejarnos un poco de las dos o tres calles residenciales y así tener más oscuridad. Y es que para ver las auroras se tienen que dar un par de condiciones básicas: que haya total oscuridad y que no haya nubes.

Una vez ubicados a las afueras en medio del campo, bajamos del coche y nos pusimos a mirar al cielo. Cuando la vista se te acostumbra empiezas a descubrir que sí, que eso blanquecino que se mueve no son nubes, sino que dibujaba una especie de arco. Pero, ¿las auroras no eran verdes? Pues sí, y a veces con tonos amarillentos, rojizos o azulados, dependiendo de la intensidad y de los gases de la atmósfera. La cuestión es que el ojo humano no es capaz de distinguir esta variedad cromática, sino que percibe este haz de luz blanco o grisáceo que comentaba. Vaya, que si se va con las expectativas muy altas, el chasco es tremendo.

Intenté captarlo con la cámara, pero no hubo manera. Primero porque no me había documentado yo sobre cómo fotografiar auroras, ya que no pensé ni remotamente que nos encontráramos con alguna, y segundo porque no tenía el equipo apropiado. El objetivo 18-55 mm no era lo suficientemente luminoso. Y es que para captar las auroras lo más apropiado es un gran angular con una apertura de f/1.4 o f/2.

Cuando llevábamos unos 10 minutos el cielo se nubló, así que cogimos el coche y nos dirigimos al oeste hacia la Ring Road para ver si encontrábamos otro espacio sin contaminación lumínica y que no hubiera nubes, sin embargo, no conseguimos nada diferente a lo que ya habíamos visto. Y además se nubló de nuevo, por lo que pensamos que era hora de retirarse a dormir.

3 comentarios en “Road Trip por Islandia IX: Día 4 II Parte. Recorriendo el Noroeste

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