Road Trip por Islandia X: Día 5. De Varmahlíð a Ólafsfjörður

Llegamos a nuestro quinto día en Islandia, y teníamos una jornada un tanto más tranquila que la anterior. Esto unido a que habíamos interrumpido el sueño para ver la aurora boreal, nos llevó a no madrugar tanto. Así, entre desayunar y recoger nuestro equipaje, acabamos echándonos a la carretera a las 10:50.

El día había amanecido algo nublado, pero además, la temperatura comenzó a bajar a medida que avanzábamos por la 76 rumbo norte llegando incluso a los 5º. Las nubes estaban bajas y nos encontramos con una niebla meona durante casi todo el trayecto. Aunque prácticamente todo el tramo fue en llano, en momento en que nos desviamos a la 767 nos encontramos con algo de subida y las montañas al lado cubiertas de nieve.

Hicimos nuestra primera parada del día en Hólar, una población que en el pasado fue centro religioso, educativo y cultural del norte de Islandia. En 1106 se fundó uno de los dos obispados del país y poco después se estableció un seminario. Uno de sus obispos fue Guðbrandur Þorláksson, quien publicó la primera Biblia islandesa.

Sin embargo, en 1801 la enseñanza acabó cuando los dos obispados se unieron formando uno único en Reikiavik. En aquel momento la capital del norte pasó a Akureyri. Aún así, se resistió a perder su relevancia. En 1881 se abrió la Escuela Agrícola y más recientemente, en 2003, un Colegio Universitario especializado en cría de caballos y equitación. Frente a su edificio se halla el Centro del Caballo Islandés.

Aunque hoy apenas cuenta con apenas 100 residentes, en invierno la población se duplica. Además de la universidad, de la cervecería y de la piscifactoría, vive del turismo.

Lo primero que nos llama la atención nada más entrar en el pueblo es la Catedral de Hólakirkja, construida entre 1759 y 1763 con arena roja de la montaña cercana. Es la iglesia de piedra más antigua del país, y es que en las anteriores siempre se había usado madera. Sí que hubo una excepción en el siglo XIV de una en la que se usó este material, pero no llegó a concluirse, por lo que no cuenta.

De lo que no ostenta el título es de ser la primera iglesia erigida en ese lugar, ya que ya hubo una en el siglo XI. Esta catedral es el séptimo templo que se levanta en Hólar.

Como curiosidad, mantiene una torre de 27 metros de altura totalmente independiente del edificio principal. Fue erigida en 1950, en el 400 aniversario de la muerte del obispo Jón Arason (el último católico de Islandia, pues fue decapitado durante la Reforma), cuyos restos descansan en una pequeña capilla en la planta baja.

Alrededor de ambas construcciones encontramos el pequeño cementerio con cruces blancas salpicadas aquí y allá.

En el lado opuesto de la carretera se encuentran las ruinas descubiertas en 1999 de una iglesia del cristianismo primitivo. No se han encontrado muchas de este estilo, por lo que incluso se ha llegado a barajar que sea la primera del país. Además se descubrieron restos de otras dos más y de unas 100 tumbas cuyos restos parecen remontarse a antes de la fundación de la población en el siglo XII.

También destaca en el pueblo Nýibær, una granja que data de 1860. Su nombre viene a significar “nueva granja”, y es que ya había una cuando se construyó esta. Hubo gente residiendo en ella hasta 1945.

En 1956 pasó a pertenecer al Museo Nacional de Islandia y dos años más tarde se abrió al público en 1958. Ha sido renovada entre el 1997 y el 2000. Se puede visitar de forma gratuita.

Hólar también es punto de parada para montañeros, ya que empiezan o terminan diversas rutas de montaña. Una de ellas lleva a caminar por la montaña hasta Gvendarskál, donde solía ir a rezar el obispo Guðmundur góði Arason. En la cima de la montaña hay un altar y un libro de visitas.

La verdad es que me sorprendió el pueblo, pues a pesar de ser muy pequeño, tenía bastante que ofrecer.

Seguimos nuestro camino hacia el norte parando brevemente en Hofsós, una aldea aún más pequeña que Hólar en la que destaca Stađarbjargavík, un acantilado formado por rocas de basalto hexagonales.

Para bajar a la playa hay que acercarse hasta el lateral de la piscina municipal. De hecho, se ve parte del recinto. No es muy grande, pero desde luego tiene unas buenas vistas del fiordo.

Frente a la piscina se halla la pequeña iglesia de tejado azul.

Comenzó a llover, así que, nos resguardamos en el coche para tomar un tentempié de media mañana antes de volver a la carretera 76 y seguir recorriendo la Tröllaskagi, la península de los trolls. Al quedar fuera de la Ring Road, esta zona quedaba antes un poco aislada. Sin embargo, nosotros nos encontramos una carretera bien asfaltada y cómoda de recorrer. De hecho, hay un par de tramos de túnel construido en la última década.

Los túneles dan para lo que dan, ya que tienen un carril por sentido. Algo que parece suficiente en un país como Islandia, y más en el norte. Sin embargo, de vez en cuando la cosa se complica, ya que en algunos momentos paso se estrecha. Para permitir que puedan pasar vehículos tanto en un sentido como en otro, hay, cada pocos metros, unos apartaderos a ambos lados. No obstante, como te encuentres con un autobús o una autocaravana de frente, puedes sentir un poco de claustrofobia. Nosotros, por suerte, teníamos una autocaravana delante, así que aprovechamos para seguir el camino que iba abriendo.

Durante el trayecto por la superficie el paisaje es espectacular con la montaña a un lado y el fiordo al otro. De vez en cuando aparecía ante nuestros ojos algún que otro pueblo de pescadores. Uno de ellos es Siglufjörður, que nos recibió con una lluvia persistente y apenas 3º.

También conocido como Sigló, esta pequeña población es el escenario de la serie policíaca Atrapados, de 2015.

Se ubica a los pies de la montaña, junto al fiordo y vivió desde principios del siglo XX hasta finales de la década de los 60 de la pesca del arenque, una de las especies más abundantes en el mundo que se alimenta de krill así como de peces y crustáceos pequeños. Puede llegar a medir hasta 50 cm y pesar medio kilo y tiene una esperanza de vida de unos 10 años, aunque se han dado casos en los que han llegado hasta los 25. Sus principales depredadores son las ballenas, las focas, el bacalao y otros peces grandes. Sin embargo, en este caso el propio depredador fue el ser humano, y cuando el pez desapareció de sus costas, el pueblo entró en declive. De tener unos 10.000 habitantes, hoy apenas supera los 1000.

Como recuerdo de aquella época dorada, hoy podemos visitar el Museo de la Era del Arenque, que consta de tres edificios.

No entramos en el interior, pero en la pasarela exterior pudimos leer un poco sobre esta industria del arenque y cómo modificó la economía de la zona. Las fábricas conserveras eran importantes para la economía de las comunidades costeras, y es que la mayor parte de la industria sueca se localizó en la zona a mediados del siglo XIX. Los primeros en acudir a Islandia en busca de este pez fueron los noruegos. Luego les siguieron los suecos, finlandeses, ingleses, alemanes y rusos. Cuando esta pesca se hizo popular, incluso los barcos que se dedicaban al transporte de mercancías comenzaron a alternar ambas actividades: mercancías de otoño a primavera y pesca de arenque de julio a septiembre.

A finales del siglo XIX los pescadores suecos comenzaron a comprar veleros británicos que llevaban motores de petróleo. Este aspecto era toda una novedad revolucionaria, ya que suponía que los barcos no eran completamente dependientes del viento. Pesaban entre 60 y 200 toneladas y eran capaces de almacenar hasta unas 300 toneladas de carga. En 1949 se convirtió el dragaminas Hanö en buque de apoyo para la flota sueca. Contaba con servicio médico, buzos y equipamiento para reparar barcos, por lo que ante una situación de emergencia, los pescadores podían pedir asistencia. Poco a poco los barcos fueron incorporando mejoras, como por ejemplo camarotes para acomodar a unos 8-10 hombres. Además, la cubierta se equipaba con contenedores para guardar el arenque adecuadamente tras su pesca. Los barcos cargaban barriles, sal, azúcar y especias en Lysekil para hacer arenque en conserva.

Antes de que el barco se echara a la mar durante los tres meses de verano las mujeres de los pescadores se encargaban de los suministros. Así, se cargaban barriles llenos de patatas, de huevos (envueltos en papel de periódico y entre serrín para amortiguar el movimiento), galletas, mantequilla en salmuera, fruta y vegetales en lata, e incluso se sacrificaba un cerdo y se preparaba para su posterior consumo. A esto, había que añadir unos 10-15 barriles de petróleo para los motores y 4-5 de grasa.

Una vez que levaban ancla ponían rumbo a la costa noruega bordeándola hasta Haugesund, donde se hacían una parada técnica de un día para cargar más suministros y agua fresca. Después, navegaban 4-5 días por el Cabo Langanes, en el Norte de Islandia, desde donde les quedaban unas 100 millas náuticas para llegar a la zona de pesca. Normalmente eligían un puerto base, para lo que tenían en cuenta la proximidad a la zona de pesca. En aquellos casos en que no tenían que recorrer una gran distancia, volvían a tierra cada pocos días, por lo que la tripulación podía relajarse, ir de excursión a las cascadas, visitar las piscinas termales, ir al cine o a bailar. También les permitía regresar en caso de tormenta. En Siglufjörður, había por ejemplo una iglesia noruega que contaba con sala de lectura donde los pescadores recibían su correo y leían el periódico.

Las zonas de pesca iban variando dependiendo del tipo de arenque (hay unas pocas variedades y cada una se da en una latitud). Era complicado que se mantuvieran muy pobladas, pues continuamente llegaban barcos y las vaciaban. Así pues, en 1954 los pescadores tuvieron que desplazarse y comenzar a ejercer su actividad al norte de las Islas Feroe.

El arenque, una vez pescado, se procesaba para que se conservara hasta final del viaje. Así, se le cortaba la cabeza, se limpiaban los intestinos y se echaba en los barriles donde se añadía sal, azúcar y especias. Cada barril podía albergar unos 110 kilos de arenque y no se cerraba hasta el siguiente día cuando el arenque se había asentado. Era importante que estuvieran completamente llenos o podía bajar la calidad. Una vez cerrados, se marcaban con datos como contenido, quién los había envasado y la fecha.

Una vez en tierra, se descargaban los barriles (normalmente entre 800 y 1000) y se revisaban. Después, se repasaban las cuentas y se repartían los suministros excedentes entre la tripulación. La mitad del dinero obtenido se usaba para mantenimiento del barco y del equipo y la otra mitad se dividía entre los pescadores.

Tras esta breve visita en la que aprendimos sobre la industria del arenque, continuamos recorriendo la costa hasta otro pequeño pueblo a los pies de un fiordo: Ólafsfjörður. Hasta hace poco solo se llegar a él desde Siglufjörður por una ruta de montaña (a pie o en caballo) o bien por el fiordo, y es que era una zona de grandes riesgos de avalancha, por lo que no se invirtió mucho en infraestructuras. Desde la construcción del túnel Héðinsfjörður la cosa ha cambiado, y en apenas unos 20 minutos hemos llegado. En realidad, se trata de dos túneles, uno de 4 kilómetros entre Siglufjörður y Héðinsfjörður y otro de 7 entre Héðinsfjörður y Ólafsfjörður. Entre ambos hay una parada desde la que se puede disfrutar de las vistas.

Ólafsfjörður, en la encrucijada de las carreteras 76 y 82, es parada imprescindible para los aficionados de los deportes de invierno. De hecho, me sorprendió ver que tenían una pista para deslizarse.

Cuenta con un Museo de Historia Natural y (cómo no) de piscina termal con su tobogán y todo. Además, en lo alto del pueblo hay un mirador que ofrece unas vistas espectaculares.

Lo cierto es que no nos atrajo mucho, así que ni siquiera bajamos del coche. En su lugar, continuamos hasta Akureyri.

3 comentarios en “Road Trip por Islandia X: Día 5. De Varmahlíð a Ólafsfjörður

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