Aprendiendo fotografía: Tipos de Filtros

Después de ver los diferentes tipos de objetivos y analizar las diferentes posibilidades que nos ofrecen cada uno de ellos, hay que ir un paso más y descubrir los filtros.

Un filtro, en aspectos generales, funciona de forma similar a la que lo hacen las gafas de sol: protege la lente en condiciones de luz intensa y mejora la visibilidad. No obstante, los filtros para objetivos son muy útiles también para jugar con la luz, la intensidad o los colores; eliminar los brillos; o conseguir el efecto seda. Y es que, a fin de cuentas, no todas las fotografías se han de tomar con los mismos parámetros, por tanto, en función de la imagen que se quiera conseguir, se necesitarán unos medios u otros.

El filtro UV es el más básico de todos. Aunque su principal cometido es eliminar la radiación ultravioleta y disminuir la neblina, lo cierto es que su efecto apenas se aprecia a simple vista. Sin embargo, se convierte en esencial pues protege la lente tanto de posibles golpes como de rayas, polvo o suciedades. El inconveniente no obstante es que, al estar añadiendo un cristal más al objetivo, en ocasiones puede generar algunos destellos. Esto se puede solucionar añadiendo un parasol al objetivo.

El segundo filtro más común es el polarizador, con el que se consigue una imagen sin reflejos (también reduce los brillos del metal y superficies reflectantes), con mayor contraste y unos colores más saturados. Por tanto, permite una fotografía más clara y definida en los detalles. Eso sí, para que sea efectivo, la luz ha de incidir desde un ángulo de 90º. No se apreciará diferencia si esta se encuentra delante o detrás del objetivo.

La desventaja del filtro polarizador es que se pierden dos pasos de luz, por lo que habrá que compensar bajando la velocidad si se quiere obtener profundidad de campo. Además, no funciona muy bien con las lentes de gran angular, ya que no es capaz de abarcar todo su espectro y deja una mancha oscura en el centro.

A diferencia del filtro uv y del polarizador, que reducen los reflejos y modifican los colores, los filtros de densidad neutra solo reducen la luz. También conocidos como filtros ND, su lente es similar a la de las gafas de soldador y permite mirar directamente al sol sin acabar deslumbrado. Gracias a su cristal oscuro, son muy prácticos para fotografías de larga exposición o en las que la fuente de luz da de lleno a la cámara.

Se miden en diafragmas en función de la luz que dejen pasar. Así, se pueden encontrar ND2, ND4, ND6, ND8, ND10…. Aunque si no se sabe qué es lo que se necesita exactamente, existen los filtros de densidad variable que, a medida que se giran sobre el objetivo, aumenta o disminuye su opacidad.

El inconveniente de los filtros de densidad neutra es que es recomendable disparar en modo manual para así compensar los valores, y esto es algo que no siempre se domina. Aunque puede ser una buena forma de practicar.

Además de estos tres tipos de filtros más comunes, existen otros que abren la puerta a otro tipo de fotografía mucho más creativa y experimental como son por ejemplo el filtro enhancer, que se emplea para dar presencia a los colores cálidos sin tocar el resto; los filtros de un color concreto (un tanto obsoletos); los filtros de infrarrojo, que desaturan las imágenes gracias a que solo permiten la entrada de luz infrarroja; o los filtros degradados, que equilibran los contrastes oscureciendo las zonas más claras.

Personalmente encuentro importantes los tres primeros. El UV para proteger el objetivo, el polarizador para días especialmente luminosos y con fotografías de paisajes, y los DN para paisajes de larga exposición, algo que he descubierto recientemente en el viaje a Islandia. El resto me parecen ya complementos para fotógrafos más profesionales o que les guste jugar con efectos originales. De momento yo no he llegado a ese punto de fotografía tan artística.

Aunque los que he mostrado en las fotos que ilustran este post son todos circulares, también existen los cuadrados. La ventaja de los primeros es que son más baratos y más sencillos de usar, ya que simplemente hay que enroscar el filtro al objetivo. Esto permite cambiarlos de forma rápida en función de la fotografía que queramos realizar. Sin embargo, el inconveniente de los circulares es que van por diámetro, por tanto, si se cuenta con varios objetivos de diferentes tamaño, necesitaremos el mismo tipo de filtro con cada una de las medidas.

No obstante, este problema se puede solucionar rápidamente con unos aros que sirven de adaptador y que cuentan con dos roscas, cada una de un diámetro (puede ir tanto de menor a mayor, como de mayor a menor).

El sistema cuadrado (o rectangular) no solo consiste en el filtro, sino que además precisa de un soporte donde colocarlo. Lo bueno es que únicamente se necesita un portafiltros y que se puede colocar de diferentes maneras según si se quiere aplicar el filtro a toda la imagen o solo a una parte. Además, reduce el viñeteo. Lo malo es que este sistema es algo más caro y no es tan cómodo de usar.

En cualquier caso, con sus pros y sus contras, los filtros son unos grandes aliados para conseguir mejores efectos en la fotografía y reducir los retoques en la posterior edición.

Road Trip por Islandia XX: Día 8 II Parte. De Hengifoss a Seyðisfjörður

Dejando atrás el lago y pasando de largo Egilsstaðir, tomamos la carretera 93 dirección a los fiordos del este. Una carretera que se hizo famosa por salir en la película de La vida secreta de Walter Mitty.

El recorrido por el puerto Fjarðarheiði es impresionante, además, como el día estaba despejado se veían perfectamente las montañas y los pueblos en la lejanía. La altitud llega a superar los 600 en algunos puntos, sobre todo en la cara que daba menos el sol, aún podíamos ver nieve del invierno.

Nuestro coche de alquiler quedó en evidencia en la subida, pues el pobre no tiraba. En ocasiones íbamos en 3ª porque no daba para más. Después llegó el descenso y ahí los que sufrieron fueron los frenos, menos mal que nos sorprendió en el camino la cascada Gufufoss y decidimos hacer una parada dándoles un descanso, porque cuando bajamos del coche nos encontramos con un tufo a quemado bastante persistente.

Desde este pequeño apartadero en la carretera (porque no se le puede llamar aparcamiento) salía un corto sendero hasta la cascada. No se puede decir que sea de las más espectaculares del país. No es de las más altas, ni de las más caudalosas, sin embargo, a mí me gustó mucho más que Hengifoss, quizá porque nos la encontramos de golpe entre las curvas del puerto.

Como el río Fjarðará no lleva mucha agua pudimos movernos entre las rocas y verla justo de frente. No obstante, hay un estrecho caminito en uno de los laterales que permite acercarse desde un lateral. Vimos incluso a gente cruzando y subiendo a la parte de arriba.

Tras unos diez minutos continuamos descendiendo por la 93 y apenas un par de kilómetros después se dejaba ver el fiordo Seyðisfjörður, donde se ubica el pueblo de nombre homónimo y lugar en que íbamos a pernoctar.

Pese a contar con apenas 750 habitantes es muy importante, ya que es el principal puerto de la parte oriental del país. Tradicionalmente ha sido un pueblo pesquero y contaba con mucha más población, sin embargo, en los años 80, con la crisis, la industria pesquera decayó y mucha gente se trasladó a otras zonas. Hoy vive del turismo y de sus conexiones marítimas con Dinamarca. El ferry pasa una vez a la semana, pero de mayo a septiembre llegan muchos cruceros.

Atrae a amantes de las actividades físicas, ya que tiene una importante oferta de deportes acuáticos como piragüismo, buceo o submarinismo y terrestres como rutas de senderismo y ciclismo.

Llegamos a las 7 de la tarde después de un día un tanto largo en el que habíamos recorrido 381,3 kilómetros. Dejamos la visita al pueblo para la mañana siguiente con más luz.

Habíamos reservado una habitación doble con baño compartido en el Hafaldan HI hostel, un hostal que se ubica en un antiguo hospital.

Nada más entrar hay un pequeño mueble para dejar las zapatillas, cómo no, y de frente queda la recepción. Fuimos los últimos en llegar, por lo que nos tenían localizados. La chica nos hizo un recorrido por el edificio y la verdad es que nos sorprendió gratamente lo bien reconvertido que está.

En la planta baja, junto a recepción, hay una sala con una barra que mira al fiordo donde te puedes sentar a leer o con el ordenador.

En el otro ala aprovechan el ancho pasillo para ubicar otros espacios de lectura o trabajo, con libros de diferentes temáticas y en varios idiomas.

En la parte que da a la fachada delantera del edificio se ubican el comedor, con unas grandes mesas, y una cocina completamente equipada.

Cada habitación tiene asignada una cesta de mimbre de la estantería roja, por lo que puedes tener tu pequeña despensa. Además, los frigoríficos también tienen su espacio reservado. Todos los utensilios son de uso común y hay tanto platos como cuencos, cazos, sartenes, cubiertos… Por supuesto, todo lo que se use, se ha de limpiar también.

La isla central cuenta con dos juegos de fuegos, uno en cada extremo. Tiene microondas, lavavajillas, horno, tetera, cafetera… Totalmente funcional.

Bajamos después al sótano, donde se encuentran las duchas comunitarias, la sauna (incluida en el precio de la reserva) y la lavadora y secadora.

El uso de la lavadora costaba 700 ISK (incluido el uso de la máquina y un cacito de detergente) y el de la secadora 800. Se podía pagar bien en efectivo dejando el dinero en una jarra, o bien por tarjeta en recepción.

Finalmente subimos a la planta de las habitaciones. En nuestro caso teníamos una cama doble y un par de mesitas, poco más. Pero tenía una pequeña habitación anexa con un lavabo y armario y además en la entrada teníamos perchero, por lo que pudimos ubicar bien las chaquetas y maletas.

Tras la visita por las instalaciones volvimos al coche a por nuestros bultos. Dejamos la comida en nuestro espacio de la cocina y subimos las maletas. Uno de los motivos por los que había elegido este alojamiento aparte de por su idoneidad geográfica fue el hecho de que contaba con lavadora y secadora. Venía perfecto para lavar la ropa justo a mitad del viaje. De esta forma no necesitábamos ropa para 15 días, solo para 8. Previsora, ya había llevado un par de botes de viaje (de los de llevar el gel y champú) con detergente líquido y suavizante, además de un par de toallitas atrapacolor para meter prendas de todos los colores de una vez sin riesgo a transferencias.

Vaciamos la maleta y, después de pagar en recepción (no teníamos moneda islandesa), nos dirigimos al sótano. Sin embargo, estaba en medio de un programa, por lo que dejamos la bolsa de la ropa encima para guardar el turno y mientras tanto nos fuimos duchando. Para cuando terminamos también lo había hecho la lavadora, así que la cargamos e intentamos programarla. Era tan moderna y con tantas opciones que no terminábamos de entenderla. Afortunadamente iba a ducharse un español que llevaba allí un par de días y nos explicó su funcionamiento. Así que allí la dejamos funcionando y nos subimos a la habitación a preparar la ruta del día siguiente y descansar un rato.

Cuando terminó la lavadora, cambiamos la ropa a la secadora y nos fuimos a cenar. Aprovechando que teníamos una cocina tan completa, nos hicimos una sopa y unos espaguetis tres quesos. Y como no podía faltar, un skyr para cenar.

Cuando terminamos de limpiar tras cenar, recogimos la ropa y nos fuimos a dormir.

Road Trip por Islandia XIX: Día 8. Del Lago Mývatn a Hengifoss

Comenzábamos la segunda semana en Islandia y ese día íbamos a abandonar el Lago Mýtvatn para movernos hasta los Fiordos del Este, completando así la media vuelta a la isla. Sin embargo, antes teníamos que subir hasta Húsavík para ver si por fin podíamos hacer la excursión para ver ballenas. Así pues, madrugamos, desayunamos, cargamos el coche y a las 8:15 de la mañana nos pusimos en marcha.

Íbamos confiados, porque ya el día anterior habíamos tenido unos cielos prácticamente despejados en las Tierras Altas y aquella mañana el viento parecía haberse calmado. Sin embargo, cuando llegamos a la oficina de Gentle Giants nos comentaron que sí, los barcos estaban saliendo, pero que había mucho oleaje y debíamos evaluar si eran unas condiciones por las que estábamos dispuestos a pasar. Lamentablemente tuvimos que cancelarlo de nuevo, porque si iba a ser demasiado movido, no lo íbamos a disfrutar (sobre todo yo con mi poco amor al mundo marítimo) y tampoco podríamos hacer muchas fotos. Como para la reserva no habíamos adelantado ninguna señal, simplemente comunicamos nuestra decisión y nos marchamos.

Lo habíamos intentado dos días diferentes y no pudo ser, así que había que pasar página. Sí, era una pena, pero nos quedaban muchas cosas por ver y no podíamos dejar que esta mala experiencia enturbiara el viaje. Sobre todo por algo que no podíamos controlar como era la meteorología. Así pues, ya que estábamos por allí y habíamos descargado el día, nos dimos un paseo.

Ubicada a orillas de la bahía de Skjálfandil, es sin duda la capital de las ballenas no solo en Islandia, sino en Europa. Y es que aunque hay en otras poblaciones en las que se puede contratar esta actividad, no todas llegan al 98% en temporada alta de Húsavík. Todo gira en torno al puerto y a estas excursiones.

Junto a las casetas de las empresas de las excursiones encontramos una curiosa escultura de varios pájaros picando en el césped.

Un panel también nos recuerda que estamos en el norte y los numerosos faros que hay desperdigados por la accidentada costa.

Al otro lado de la carretera se erige la Húsavíkurkirkja, una iglesia que data de principios del siglo XIX, que llama la atención por su estilo suizo. A diferencia de lo que veníamos viendo los últimos días, no tenía una fachada austera y sencilla con un tejado de color, sino que recuerda a los edificios tradicionales de los Alpes con los detalles de su exterior.

Un cuarto de hora más tarde y, dado que estaba comenzando a chispear, volvimos al coche. Echamos gasolina, marcamos el siguiente punto en el GPS y aunque teníamos la opción de una ruta por la costa norte siguiendo la carretera 85, finalmente nos decantamos por la interior por la Ring Road que nos dejaría más tiempo para los Fiordos del Este. Ya que no habíamos podido adentrarnos en los del Oeste, queríamos serpentear la costa opuesta. Según nos había comentado nuestra guía de la excursión al Askja hasta ese mismo verano la carretera principal de la isla no se había terminado de asfaltar en todo su recorrido. En sus ochenta años de vida se habían ido adecuando los tramos más transitados y, al parecer, la costa este no entraba en esos planes. Hasta 2019. Así que estábamos de suerte.

Cuando llevábamos un par de horas de viaje nos encontramos con un pequeño apartadero junto a una cascada, así que aprovechamos el momento para estirar las piernas y comer un tentempié. No teníamos este salto anotado en nuestra ruta, pero según el panel de la carretera se llama Rjúkandafoss y pertenece al río Ysti-Rjúkandi, uno de los tres ríos en Jökuldalur con el nombre Rjúkandi, que nace en el monte Sandfell.

La cascada tiene una altura de 139 metros y es de fácil acceso. Como digo, se ve desde la carretera, y para verla más de cerca tan solo hay que seguir un sendero en una ligera pendiente.

A esas alturas del año el caudal iba un poco bajo, lo que nos permitió meternos por las rocas y ver la cascada de frente.

Tras la breve pausa en la cascada, retomamos el camino rumbo a Egilsstaðir, no muy lejos de allí. Esta pequeña población se asienta sobre la llanura fluvial creada por el río Lagarfljót antes de desembocar en el estuario. Aunque no tiene puerto, la unión de varios núcleos poblacionales. Y es que la planta de producción de aluminio y su aeropuerto han hecho que se convierta en un importante centro local. Cuenta además con hoteles, restaurantes y gasolinera. Aprovechamos que tiene un Nettó para hacer algo de compra. Y ya que eran las 2 de la tarde, nos tomamos un descanso para comer unos sándwiches antes de volver al coche.

Pusimos rumbo a la carretera 95 para después seguir por la 931 bordeando el Lago Lögurinn, que llega hasta Fellabær . Con un área de 53 km² el lago tiene 25 kilómetros de largo, 2.5 kilómetros de ancho en su parte más amplia y una profundidad máxima de 112 metros. Al igual que ocurre con el Lago Ness, también cuenta con su propia leyenda sobre un monstruo, el Lagarfljotsormurinn.

En ocasiones no se ve desde la carretera, ya que queda oculto por los árboles del mayor bosque de Islandia, el Hallormsstaðarskógur. Creo que era la primera vez que nos encontrábamos con una zona boscosa en el país.

Siguiendo hacia el sur, tomamos un atajo de la 933 que nos cruzaba a la otra orilla para poder ver un par de cascadas. Dejamos el coche en un pequeño aparcamiento e iniciamos la ruta. Hay un sendero bien marcado, por lo que no tiene pérdida. Es cierto que hay una valla a lo poco de empezar, pero, como ya habíamos visto en otras ocasiones, no impide que se pueda pasar, solo que hay que cerrar después.

El inicio ya comienza por una escalera de madera, pero va a peor, ya que lo que sigue es una empinada pendiente. Se agradece que el terreno tenga una especie de malla, porque de esta manera cuando llueve o ha llovido no se queda todo embarrado, sino que aún hay agarre para las zapatillas. Eso sí, no quita que exija un determinado esfuerzo.

La primera parada la hicimos a apenas unos minutos de haber empezado, y es que además de la cuesta se nos puso en contra la meteorología, pues las pocas nubes que poblaban el cielo se movieron y nos dejaron un sol que de repente comenzó a apretar con todas sus ganas. Para más inri había que añadir que íbamos vestidos preparados para aguantar una excursión en barco, así que llevábamos capas de ropa con polar y el chaquetón. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que la gente que bajaba, iba en manga corta con los jerseys atados en la cintura y la chaqueta en la mano. La parte positiva de tener que parar de vez en cuando era que al estar todo despejado teníamos unas estupendas vistas del lago y los alrededores.

A medida que íbamos subiendo (y sufriendo, porque aquello no tenía ni un falso llano) se iba abriendo a nuestro lado un cañón que dejaba intuir una cascada a lo lejos.

Este primer salto de agua es Litlanesfoss, también conocido como Stuðlabergsfoss (cascada de la columna del basalto), y es que precisamente queda enmarcado entre columnas basálticas de entre 15 y 20 metros de altura.

Una vez que la lava se ha solidificado, el flujo continúa enfriándose durante un tiempo considerable, de ahí que se generen estas formas hexagonales. Las columnas más altas están un poco curvadas en la parte superior, lo que indica que la lava todavía se estaba moviendo cuando comenzó su formación.

La cascada no es demasiado alta (30 metros en dos pasos), aunque sí lleva fuerza.

Seguimos ascendiendo y cruzamos alguna que otra pasarela y zona complicada ya sin la malla y totalmente embarrada de los últimos días. Incluso en algún momento tuvimos que atravesar un pequeño arroyo. Poco a poco iba quedando más alejado el aparcamiento y el lago.

Una media hora después de parar en Litlanesfoss vimos por fin la segunda cascada de nuestra parada: Hengifoss, de las más altas del país, con 128 metros de altura.

Aún estaba lejana y había que darle un voto de confianza, pero desde aquella distancia con el cauce del río seco, me dejó fría. Supongo que tuvo mucho que ver el ascenso. Después de aquella paliza que me estaba pegando a sudar, esperaba encontrar una cascada espectacular, rollo Dettifoss, con su atronador ruido al caer roca abajo y sin embargo, apenas había un chorrillo.

Supongo que cuando el río lleva agua es más complicado acercarse tanto, pero en este caso pudimos caminar no solo por la zona verde, sino incluso por las piedras, que a veces era más cómodo porque el barro no se iba quedando en el dibujo de la suela de las botas.

Una vez a los pies de la cascada pude constatar que fue una decepción. Es cierto que lo peculiar de Hengifoss es el entorno: el lago, el cañón Hengifossárgljúfur, la pared de lava y arcilla… pero al ir el río con tan poca agua, quedaba un poco desangelado.

Las capas de basalto fueron formadas hace entre 5 y 6 millones de años como consecuencia de erupciones volcánicas en el Período Terciario. Las franjas rojas intercaladas son sedimentos y suelos viejos que han ganado ese color a medida que el hierro de la arcilla se ha ido oxidando.

Bajo la cascada hay rocas sedimentarias de unos 100 metros de grosor cuyas capas superiores son de piedra arenisca con capas de lignito en las que se han carbonizado troncos de árboles y ramas así como otros rastros de plantas.

Antes de que nos quedáramos fríos por estar parados mucho rato a la sombra después de la caminata, emprendimos el regreso al coche. La bajada fue mucho más sencilla y con una perspectiva diferente. Y es que la cosa cambia cuando eres tú quien baja y ves cómo otros van sufriendo el camino de subida. No te queda otra que darles ánimo.

Una vez en el coche, tras refrescarnos y quitarnos alguna capa de ropa, volvimos a la carretera regresando a Egilsstaðir para allí tomar la 93 dirección a los fiordos.

La doctrina del shock, Naomi Klein

Qué mejor momento para recomendar un libro que en su día y cuando además estamos confinados en casa con mucho tiempo libre. El que traigo hoy viene muy pegado a la actualidad, ya que lo que relata en sus páginas establece un paralelismo con lo que estamos viviendo.

En La doctrina del shock la periodista y escritora canadiense Naomi Klein repasa la historia mundial reciente (desde los años 50 del siglo pasado hasta poco antes del momento de su publicación en 2007) y pone en evidencia cómo el capitalismo se ha aprovechado de las crisis para introducir medidas de choque económicas. Esta investigación de cuatro años desmonta el mito del mercado libre y muestra cómo mientras la ciudadanía aún se está recuperando del trauma, los poderosos aprovechan para vender la red estatal a los agentes privados.

El libro arranca repasando experimentos encubiertos realizados por el psiquiatra Ewen Cameron en connivencia con la CIA y establece un paralelismo entre estas pruebas y la terapia de choque económico, en la que los organismos gubernamentales se aprovechan de una sociedad debilitada para torturarla. Presenta también a Milton Friedman, profesor en la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago, Nobel de Economía e ideólogo de un movimiento que frente a la corriente keynesiana que confiaba en una economía mixta en la que el Estado fija los precios para que algunos productos sean más asequibles, establece salarios mínimos para proteger a los trabajadores contra la explotación y fomenta una educación pública accesible a todo el mundo;  defendía un capitalismo puro sin intervención del Estado, aquello del libre mercado y que este se autorregula solo si se le deja a su libre albedrío (si hay fallos, es porque ha habido alguna intromisión).

Friedman se oponía a cualquier reglamentación y regulación que impidiera la acumulación de beneficios. No proponía la eliminación completa de los impuestos, pero de existir, debía tratarse de tasas fijas (y bajas) en las que se gravara por igual a todos los ciudadanos, independientemente de sus ingresos. Además, defendía la privatización de sanidad, correos, educación, pensiones… Estas ideas quedaron recogidas en su libro Capitalismo y libertad, un ensayo que caló muy bien en el sector conservador estadounidense, que veía cómo el mundo iba recuperándose económicamente tras la II Guerra Mundial, pero esa riqueza se redistribuía a través de los impuestos llegando también a clases no tan pudientes. Así pues, pronto se convirtió en su programa económico  de referencia.

El problema de estas medidas privatizadoras y de liberación del mercado donde el Estado no interviene y todo queda en manos de empresas privadas no son fáciles de implantar de golpe porque la sociedad se rebelaría (o al menos eso es lo que se esperaría). Por tanto, lo que queda es esperar el momento oportuno para introducirla. Este se da ante una crisis a gran escala, cuando la ciudadanía está traumatizada y pensando en sobrevivir (en solucionar lo más urgente) confiando en el gobierno para que se encargue del resto. Para cuando se quiere recuperar la normalidad las políticas desiguales que enriquecen a las élites y debilitan al resto ya están en pleno funcionamiento. Hay veces que estas crisis han sido fortuitas, pero otras, como bien recoge Klein a lo largo de su libro, han sido conscientemente orquestadas.

Uno de los ejemplos que expone la autora es el de Chile, donde durante los años 60 se becó a muchos estudiantes para que fueran a estudiar a la Universidad de Chicago y así conseguir adoctrinarlos en esta teoría política de Friedman, ya que en Estados Unidos no gustaba el rumbo que estaba tomando el Cono Sur (Chile, Argentina, Uruguay y partes de Brasil) implantando medidas keynesianas. Sin embargo, las ideas no calaron en los partidos políticos chilenos como sí habían hecho en Estados Unidos, es más, en 1970 Allende ganó las elecciones. Cuando este quiso nacionalizar las minas de cobre, a Estados Unidos no le gustó y se fraguó un golpe militar que pretendía, por un lado, expulsar a Allende del poder y, por otro, implantar las ideas de la Escuela de Chicago. El general Pinochet instauró la dictadura, reprimió y torturó a la población para que no hubiera oposición y siguió los consejos de Friedman de privatizar empresas, eliminar control y de precios y recortar gasto público (salvo el militar que aumentó). No obstante, las medidas no funcionaron y una década después había aumentado el paro y la pobreza. A mediados de los 80 Pinochet se vio obligado a nacionalizar muchas empresas. Hoy, casi 40 años después, Chile es uno de los países del mundo con mayor desigualdad.

El caso de Argentina y su dictadura entre el 76 y el 83 fue muy similar. El país también había crecido en la década de los 50, llegando a tener la clase media más numerosa de todo el continente. Con la llegada de Videla al poder, la población fue reprimida, se aplicaron las tesis de Friedman, el país se endeudó y aún hoy intenta recuperarse. En toda dictadura militar de América Latina las deudas nacionales crecieron de forma desorbitada. Cuando los regímenes cayeron, los acreedores exigieron sus pagos, por los que las democracias posteriores tuvieron que lidiar con unas economías de posguerra. Lo paradógico del asunto es que entre estos acreedores estaban el FMI y el Banco Mundial, dos entidades que se supone que nacieron para evitar precisamente estas situaciones y sacar a países de la pobreza (el mismo Keynes participó en la fundación del Banco Mundial); sin embargo, en la realidad han sido los mayores exponentes de la Escuela de Chicago exigiendo a los países que privatizaran sus riquezas endeudándolos más aún.

Klein recoge también los casos de Reino Unido y Bolivia. En el primero de ellos Margaret Thatcher aprovechó la Guerra de las Malvinas en 1982 para despertar un sentimiento patriota y desviar la mirada de la problemática minera que se vivía en casa; mientras que en el país latinoamericano Víctor Paz cambió su programa electoral tras ganar los comicios de 1985 provocando gran pobreza y desempleo. La población se echó a las calles, pero el gobierno aplacó las protestas casi como si de una dictadura se tratara.

En la cuarta parte de La doctrina del shock  la autora sigue con el repaso mundial analizando lo ocurrido en Polonia, Rusia, Sudáfrica y algunos países asiáticos. Todos los casos se parecen mucho. Veamos:

  • Cuando Polonia se independizó de la URSS, el gobierno de Lech Walesa se dejó asesorar por los teóricos de la Escuela de Chicago y siguió los pasos de Bolivia aplicando unas medidas contrarias a las que había prometido en su programa electoral. Por supuesto, esto endeudó al país más aún e hizo que el partido no revalidase su mandato.
  • El G7 y el FMI pretendían que Gorbachov aplicara la terapia del shock en la URSS allá por 1991, sin embargo, este era más partidario del sistema socialdemócrata escandinavo, por lo que se resistió a seguir sus “recomendaciones”. Como reacción, Yeltsin, presidente de Rusia, forzó su dimisión y, formando alianza con otras repúblicas, provocó la disolución de la URSS. Con las manos libres, Boris se dejó aconsejar por economistas liberales seguidores de Friedman que recomendaron las famosas privatizaciones, liberación de precios y recortes sociales. Esto provocó el empobrecimiento absoluto de 72 millones de personas en sólo ocho años y el nacimiento de millonarios. Yeltsin también tuvo su oposición, pero como ya había ocurrido en otros países, se comportó como un dictador reprimiendo cualquier crítica (incluso quemando el Parlamento en 1993). De cara al exterior se vendía el discurso capitalismo vs comunismo que tanto había funcionado durante la Guerra Fría para apoyar al presidente. En este caso Yeltsin volvió a ganar las siguientes elecciones gracias al shock de la guerra chechena y a su control de los principales medios de comunicación.

  • En Sudáfrica, cuando Nelson Mandela llegó al poder tras 27 años en prisión consiguió acabar con el aparthaid, sin embargo, en el ámbito económico ya estaba todo atado y no pudo nacionalizar la banca, las minas o los monopolios tal como había prometido en campaña. La desigualdad no desapareció, sino que se hizo más patente cuando en 1996 se siguió privatizando y recortando en gasto público. Allí tampoco funcionó la terapia de shock.
  • En cuanto a Asia, Klein repasa cómo a finales del siglo XX países como Corea del Sur, Indonesia, Malasia, Filipinas y Tailandia entraron en una gran crisis y el FMI miró para otro lado negándose a ayudarles porque si sus economías se hundían, las empresas occidentales podrían comprar las locales a precio de ganga. Una vez que el FMI intervino, impuso sus condiciones ya bien conocidas: privatizaciones, despidos masivos y recortes en servicios públicos. Como ya se vio en los países anteriormente citados, la fórmula no funcionó.
  • Un caso aparte es el de China, que se la sigue considerando comunista, pero que en los últimos 30 años ha ido privatizando empresas y desregulando precios y salarios. Estas medidas también tuvieron su respuesta en las calles, pero fueron rápidamente aplastadas y han llevado al país a ser hoy en día la fábrica más barata del mundo con trabajadores en condiciones de esclavos.

La parte más interesante (y escalofriante) del libro es cuando ejemplifica el capitalismo de desastres y cómo las empresas han sabido sacar rédito incluso de estas lamentables situaciones. Por ejemplo el huracán Mitch en 1998 dejó devastados países centroamericanos que después recibieron ayudas a cambio de privatizar empresas (que fueron compradas por empresas extranjeras) y liberalizar mercados. En 2004 el tsunami en el Índico fue aprovechado en Sri Lanka, Maldivas, Tailandia e Indonesia para echar a los pescadores de las playas, cambiar las leyes y construir grandes hoteles de lujo. En Estados Unidos, tras el huracán Katrina en 2005, la Heritage Foundation propuso 32 medidas para recuperarse de la catástrofe que incluían privatizar la educación pública (que es vista como una interferencia en las leyes del mercado). En lugar de invertir para reconstruir y mejorar el sistema, se entregaron cheques a las familias para que se pasaran a las escuelas privadas y así cerrar las públicas. Todo siempre en beneficio de las empresas privadas, como impedir que voluntarios recogieran los cadáveres porque se había contratado a una empresa que ya cobraba por cada uno de los cuerpos.

En esto Estados Unidos ya era todo un experto, pues lo acontecido en la invasión de Irak de 2003 había sido un ejemplo de manual de esta doctrina y que merece capítulo aparte. La doctrina del shock recoge la teoría de Stephen Kinzer de cómo el país americano siempre que lleva a cabo operaciones de cambio de régimen sigue el mismo proceso: una multinacional estadounidense sufre una amenaza financiera en otro país (ya sea con obligación de pagar impuestos o respetar leyes locales), Estados Unidos lo ve como un ataque y comienza una ofensiva contra ese país vendiendo su intervención como una liberación. Es lo mismo que ha hecho en Vietnam, en Corea, en Irak…

Klein analiza la guerra de Irak y lo que han vendido como reconstrucción posterior que no ha sido otra cosa que (de nuevo) privatizaciones masivas y liberalización del mercado (menos el petróleo). El dinero fue a parar a empresas británicas y estadounidenses provocando que la industria local se hundiera. El paro empujó a muchos iraquíes al fundamentalismo religioso, que desde entonces fue creciendo dándole alas al Estado Islámico. El mismo del 11S, otro suceso que también se aprovechó para obtener rédito económico. George W. Bush ya venía privatizando todo lo que podía: prisiones, la seguridad de los aeropuertos, el control del espacio aéreo y hasta tareas del departamento de Defensa. Sin embargo, se sirvió del shock de los ataques terroristas para ir más allá y privatizar incluso los interrogatorios de prisioneros. A más información obtenida, más cobraban las empresas, por lo que no es de extrañar que subieran las torturas y muchas confesiones no fueran veraces.

Es un libro extenso pero que se lee rápido gracias a la redacción en tono periodístico y el aporte de datos y de opiniones de gente diversa para ejemplificar cómo esta teoría de Friedman se ha intentado desarrollar una vez tras otra sin éxito alguno. Aunque todo depende del cristal con que se mire, claro, ya que esta doctrina del shock genera grandes beneficios, sí, pero solo para unos pocos. Como bien indica Klein, no se trata de una economía liberal, conservadora o capitalista, sino corporativista, ya que elimina cualquier línea entre el gobierno y el sector empresarial. No es que haya puertas giratorias, es que hay campo abierto.  En cuanto un país avanza hacia políticas de redistribución de la riqueza y mayor inversión social en sanidad y educación, salen manos negras que intentan contrarrestar estas medidas aplicando otras que favorezcan la transferencia de riqueza pública a la propiedad privada, que se incremente la distancia de las clases sociales y todo ello envuelto en un nacionalismo agresivo que justifica que la única inversión del estado sea en defensa y seguridad. Es decir, gasto militar.

Visto lo visto, y leído lo leído, siguiendo la teoría de Naomi Klein, da mucho miedo el futuro. Porque ya estamos ahí, en el germen de la doctrina del shock. Ya tenemos el coronavirus como trauma que nos cambia la visión a lo próximo, a lo actual, y nos perdemos la perspectiva global de lo que sigue ocurriendo en el mundo. Se habla mucho de que deberíamos aprovechar esta situación para imponer una nueva normalidad, más justa, sin embargo, también es el momento perfecto para suspender las reglas del juego democrático e imponer las doctrinas liberales. Ya se vio en el 2008 con el rescate de los bancos y cómo las élites políticas y económicas entendieron la crisis como su oportunidad para especular y lucrarse a costa de una ciudadanía empobrecida. Podemos seguir la senda que ya ha marcado Estados Unidos rescatando a la industria petrolera, o podemos intentar reforzar la sanidad, la educación, la inversión en ciencia y en investigación. Difícil horizonte se nos presenta.

Road Trip por Islandia XVIII: Día 7 III Parte. Mývatn Nature Baths

A apenas unos 5 minutos de Reykjahlíð se encuentran los Mývatn Nature Baths, unos baños termales conocidos como el Blue Lagoon del norte. Su recinto es algo más pequeño que el del cercano a Reikiavik, pero también es más moderno, está menos masificado y su entrada es unos 20€ más barata. Cuenta con un par de grandes piscinas (una de ellas con un chorro y una cascada para masaje de espalda), una bañera a 41ºC y sauna. Además, tiene bar y las bebidas se pueden tomar mientras te relajas tranquilamente a remojo.

La temperatura no es uniforme en todo el espacio de las piscinas principales, sino que va por zonas. En la entrada tenían una pantalla informativa donde se podía ver cómo podía oscilar entre los 28º y los 40º.

Al pagar la entrada te dan una ficha para las taquillas y te indican a qué vestuarios te puedes dirigir en función del aforo que tengan. Antes de salir a la piscina hay que ducharse a conciencia haciendo hincapié en axilas, zona púbica y pies. No hace falta llevarse jabón, ya que en las duchas tienen tanto gel como champú y suavizante.

Una vez limpios y toalla en mano, salimos al exterior. El frío de la tarde nos hizo no pensárnoslo mucho y rápidamente dejamos las toallas y las chanclas junto a una barandilla y entramos en las cálidas aguas.

El contraste de temperatura exterior a los casi cuarenta grados del agua es brutal. Casi escalda, pero enseguida te acostumbras. El único punto negativo es que huele un poco mal, por aquello del azufre; sin embargo, por contra parece que esta agua es buena para las enfermedades respiratorias y los problemas de la piel gracias a los minerales que contiene. Lo cierto es que en contacto con la piel tiene una textura como cuando se lava la ropa a mano, pero en cualquier caso deja la piel muy suave. Lo del pelo es otro tema, ya que lo deja bastante seco y el olor tarda un poco en irse.

Había bastante gente, pero no resultaba para nada agobiante. Durante las casi tres horas que estuvimos allí pudimos cambiar de un lado a otro probando las diferentes temperaturas sin problema. Además, el cielo despejado nos dejó ver un bonito atardecer mientras nos relajábamos a remojo.

Ya de noche y con algo de hambre, decidimos marcharnos, porque además al día siguiente teníamos el segundo intento de excursión para ver las ballenas y teníamos que volver a madrugar.

Nos volvimos a duchar a conciencia para quitarnos el olor a huevo podrido y volvimos al hotel, donde nos preparamos unos wraps de lechuga y ensaladilla rusa. De postre el imprescindible skyr.

Esa noche dormimos como bebés.

Serie Terminada: The Affair

Recientemente hemos acabado The Affair, una serie que se presentó en su capítulo piloto como la historia de una infidelidad contada desde diferentes puntos de vista pero que ha terminado convirtiéndose en otra cosa.

The Affair arrancaba con la relación extramarital de dos extraños que se conocen en el pueblo pesquero de Montauk. Por un lado estaba Noah, escritor y profesor de literatura que viaja a esta población costera junto a su mujer y cuatro hijos para pasar el verano a la mansión de sus suegros. Y por otro lado Allison, la local, la camarera de un diner donde la familia Solloway va un día a comer. Ambos protagonistas tienen en común una gran carga emocional a sus espaldas y quizá es eso, el estar tan rotos, tan frustrados (él por no alcanzar sus metas, ella por la pérdida de un hijo), lo que les hace conectar.

La serie explora cómo cada persona recuerda el pasado de una manera subjetiva en función a sus propios prejuicios y experiencias y cómo funciona la memoria selectiva a la hora echar la vista atrás. Y no solo lo vemos en el desarrollo de la relación de los protagonistas, sino también en la investigación policial en la que tanto Noah como Allison parecen estar involucrados (un recurso que me recordó enormemente al usado en Big Little Lies, aunque The Affair sea anterior). Así, la trama se estructura en base a una narrativa fragmentada y, el espectador, representado por el detective que investiga el asesinato, va juntando las piezas del puzzle para reconstruir los hechos.

Podría haber cerrado el arco argumental en una temporada y no habría pasado nada, sin embargo, decidió alargarse y tuvo que ir improvisando sobre la marcha dejando en un segundo plano la premisa inicial de la infidelidad y ahondando en otras subtramas con menos fuerza. Ocurre por ejemplo con la introducción de los puntos de vista de otros personajes a partir de la segunda temporada. Mientras que la primera tanda de episodios se centra en la historia de Noah y Allison contada desde sus propias perspectivas; en la segunda se incorporan también las de sus respectivas parejas, Helen y Cole.  Pretende de esta manera aproximarse a las consecuencias que les trajo a cada uno de ellos la relación entre escritor y camarera.

No obstante, pese a todo, este cambio es accesorio, en realidad la trama sigue centrándose en los infieles, quienes comienzan la segunda temporada una vida juntos. Un cambio de escenario que para nada les trae la felicidad, puesto que pronto desaparece la novedad y descubren que a pesar de la atracción que sienten el uno por el otro, siguen siendo unos extraños. Pero el mayor problema es que no saben ni quiénes son ellos mismos. Tanto Noah como Allison están aún investigando qué quieren hacer con su vida en este nuevo comienzo. Primero han de encontrarse ellos mismos y luego encajar con el otro.

The Affair podría haber terminado tras estas dos temporadas. Una para que los protagonistas se conocieran e iniciaran una relación y otra para descubrir que fue un error y que no iban a ningún lado juntos, sino que la infidelidad fue una excusa para salir de sus respectivos matrimonios. Mientras tanto, intercalamos la investigación por asesinato y capítulo final con separación de los personajes y sentencia al asesino. Fondo negro. Fin. Pero no, como decía, se alargó con una tercera temporada que ya no tiene nada que ver con el inicio de la serie. Hay un salto temporal de tres años, un giro de guion en el que seguimos a un Noah totalmente desquiciado intentando expiar la culpa. Y no solo la de haberse cargado su matrimonio, sino que ahonda en una que le lleva atormentando desde su adolescencia. Y mientras tanto Helen revolotea a su alrededor como una polilla intentando apoyarle. Sin embargo, no lo consigue. Pronto descubre que pese a conocerse desde la universidad en realidad no sabe quién es. Aunque no es de extrañar, ya que ni él mismo lo sabe.

Por otro lado, Allison en ese tiempo ha sabido componer sus piezas y seguir con su vida criando a su hija Joanie una vez que ha dejado atrás a Noah. Cole sin embargo no lo lleva tan bien, ya que a pesar de haberse vuelto a casar, es consciente de que aún siente algo por su exmujer. Es curioso cómo ambos infieles intentan avanzar de alguna manera de forma individual superando sus ataduras emocionales, mientras que por otro lado sus antiguas parejas parecen querer recuperar los lazos con ellos. Como si los creadores no supieran hacia dónde avanzar. Y de remate aparece un personaje nuevo: Juliette, una profesora francesa compañera de Noah que tan pronto como llega, desaparece. No entiendo muy bien qué aporta.

El primer capítulo de la cuarta temporada arranca con un Cole desesperado llamando a Noah para pedirle que le ayude a buscar a Allison. A partir de ahí volvemos la vista atrás para recomponer los últimos pasos de los protagonistas. En esta tanda son Helen y Cole quienes más sufren. Ella porque cuando cree que ha rehecho su vida y todo está en orden, de repente recibe el mazazo de que su pareja está enferma. Y él porque emprende un viaje emocional al pasado siguiendo los pasos de su padre para así ordenar su presente y poder avanzar hacia el futuro. Por el contrario Noah y Allison parecen haber encontrado su sitio. Él ha vuelto a dar clases y está intentando recuperar la relación con sus hijos, mientras que ella ha conseguido aprender de su trauma y volcar esa enseñanza en otros que están pasando por lo mismo. En lo amoroso ambos han empezado a conocer a alguien. No obstante, es todo un espejismo porque, como ya se nos ha dejado claro al inicio, algo le ha podido ocurrir a Allison.

Llegados a este momento The Affair ya no va de contar una historia desde diferentes puntos de vista, sino que se ha convertido en un dramón en el que el espectador sabe que los personajes no van a conocer la felicidad en ningún momento. Nunca sabremos por dónde habría ido la serie si la actriz que interpretaba a Allison no hubiera decidido abandonar la serie. Al parecer estaba un tanto cansada de la presión por hacer desnudos sin venir a cuento y la tendencia de los creadores de incluir escenas de violación como recurso dramático de su personaje.

La quinta temporada funciona como un epílogo cerrando subtramas. Al menos hay que agradecerle eso, que a pesar de haberse ido por otros derroteros, al final ha sabido concluir. De nuevo hay un salto temporal, pero esta vez de unos 30 años. En este futuro la narradora es Joanie, quien, a la edad en que murió su madre, emprende un viaje a la casa paterna en Montauk. Ella que se había formado una idea de Allison en base a lo que los demás le fueron contando durante su infancia, abre su mente a una nueva posibilidad: que su madre no se suicidó, sino que a lo mejor fue asesinada. Es gracias a ella que descubrimos  además qué fue de Cole más allá de los sucesos de la cuarta temporada.

La perspectiva de Joanie se intercala con el resto de personajes de la familia Solloway. Noah vendiendo los derechos de su novela para una adaptación cinematográfica, Helen comenzando una nueva relación tras la muerte de su anterior pareja, los hijos creciendo… Pero en realidad, todo vuelve a girar en torno a Noah, es como si The Affair quisiera cerrar la trama con su redención y un mensaje positivo sobre el amor y el perdón.

No es un mal final, pero desde luego deja con la duda de qué era lo que pretendían los creadores de la serie, pues desde luego pronto dejó de lado su premisa inicial para acabar convirtiéndose en un relato sobre un señor caprichoso y narcisista en la crisis de los 50 y una señora que parece necesitar una relación tóxica con él. Tendría que haberse quedado en la segunda temporada.

Road Trip por Islandia XVII: Día 7 II Parte. Excursión al Volcán Askja

A medida que nos íbamos acercando a la caldera nos encontrábamos con un paisaje más montañoso y cada vez más y más blanco. Al parecer la carretera había estado cerrada a principios de agosto porque llegó a haber 30 cm de nieve. Sin ir más lejos había vuelto a nevar los dos días anteriores a nuestra excursión. Curiosamente sin embargo ese día teníamos un día despejado y con una temperatura un tanto alta para la zona en que nos hallábamos. Sí, los grados habían ido bajando, pero no tanto como para, por ejemplo, echar en falta los guantes.

En las zonas que no están cubiertas por la nieve podíamos llegar a ver la lava de la explosión de 1961. Y prestando atención podíamos apreciar en algunos lugares cómo se diferenciaba de la de 1875 que quedaba debajo. Y es que son dos tipos diferentes. Recordemos que la más antigua era del tipo Pahoehoe.

El jeep nos dejó en el aparcamiento de Vrikaborgir y nos dieron tiempo libre hasta las 3 de la tarde. Eran las 12:30, por lo que teníamos tiempo de sobra para hacer la ruta A1 que lleva hasta el Lago Öskjuvatn y el Cráter Víti.

Se trata de una ruta de 2,5 kilómetros apta para todos los públicos. Lógicamente hay que llevar calzado y ropa adecuada para la montaña, pero se hace en llano en todo momento y no es necesario tener una especial forma física. Tampoco tiene pérdida, ya que hay colocados postes durante todo el recorrido que marcan la ruta, la distancia y una serie de prohibiciones.

Además, encontramos unos paneles informativos en los que se podía leer algunos datos sobre Askja. Así, descubrimos que hace 14.000 años, durante la Edad de Hielo se formó el sistema montañoso de Dyngjufjöll como consecuencia de repetidas erupciones producidas bajo un glaciar. Más tarde, cuando hace 10.000 años comenzó a menguar el glaciar, una importante actividad volcánica hizo que se vaciara la cámara de magma bajo Dyngjufjöll y que el techo de esta colapsara creando la principal caldera de forma ovalada que se llenaría de nuevo de lava cuando el glaciar desapareció por completo.

La ya mencionada erupción en el año 1875 provocó que 50 km² de Dyngjufjöll se hundieran originando un nuevo cráter de 150 metros de diámetro al que se le dio el nombre de Viti. Un cráter que durante los siguientes 30 años se fue llenando de agua. Mientras aquello ocurría la actividad volcánica no cesó y hubo un nuevo hundimiento de 11 km² que, al igual que el anterior, también se acabó llenando de agua creando un enorme lago de 217 metros de profundidad.

Y eso es lo que nos íbamos a encontrar, así que, tras leer los paneles informativos sobre la formación del Askja, nos pusimos en marcha.

Aunque el primer tramo sí que tiene una pequeña pendiente y hay algunas zonas irregulares con algún que otro agujero, una vez que lo superamos, el resto es una llanura, tal y como nuestra guía nos había comentado.  Al principio el paisaje destaca por el negro de la lava solidificada y de la arena volcánica, pero también hay zonas con un tono más bien tirando a marrón, e incluso con toques naranjas. Esto al parecer se debe a que las montañas contienen hierro.

Lo más sorprendente llega a mitad de camino, cuando de repente el suelo deja de ser negro y pisamos un terreno rojizo

Pero, sobre todo, el color que predominaba era el blanco de la nieve. El día estaba despejado, teníamos unos 10º, se respiraba tranquilidad y aire puro… Estábamos encantados, especialmente pensando que en Madrid estarían a treinta y muchos grados y asados de calor mientras nosotros pisábamos la nieve a unos 1000 metros de altitud.

Unos cuarenta minutos después de abandonar el aparcamiento llegamos al Viti, cuyas paredes amarillentas y aguas azul-verdosas recuerdan la actividad termal de su interior. De hecho, en todas las excursiones remarcan como atracción el poderse dar un baño a unos 24-28º como interludio entre paseo de ida y vuelta.

Como idea no está mal, es más, nosotros por si acaso habíamos echado chanclas, bañador y toalla en la mochila; sin embargo luego en directo nos dio mucha pereza. En primer lugar porque la bajada entrañaba su dificultad debido a que había que seguir un determinado sendero para no pisar las zonas de alta temperatura y estaba totalmente embarrado. En segundo lugar porque aunque 24-28º de temperatura puede ser agradable, para llegar ahí antes hay que desnudarse a 10ºC. Además, estaba la cuestión de dónde dejábamos las mochilas y ropa mientras tanto. Como tercer obstáculo estaba el volver a vestirse con el frío y todo lleno de barro alrededor. Y finalmente la complejidad de subir por el terreno resbaladizo.

No obstante, no todo el mundo lo vio como nosotros, hubo unos valientes que bajaron y se dieron un breve baño.

Tras el Viti se halla el Lago Öskjuvatn, el más profundo del país. Mientras que el primero, como ya hemos visto, es un lago geotermal, este segundo sin embargo es glaciar. Esto quiere decir que no tiene nada que ver ni el tipo de agua ni la temperatura si comparamos uno con otro.

Separados por una pared, se aprecia claramente la diferencia de color de uno con otro. Y mientras que en Viti está permitido el baño, en Öskjuvatn está prohibido. Parece que las corrientes y remolinos lo hacen muy peligroso. Durante el invierno la superficie del Öskjuvatn llega a congelarse, así que el contraste debe ser mucho mayor entre ambos. Si le añadimos un manto de nieve cubriendo todo, el panorama debe ser de otro mundo.

Aunque nadie más bajaba al Viti, sí que vimos que había gente que bajaba por su ladera para acercarse más a Öskjuvatn, así que probamos a hacer el cabra nosotros también. No es que fuera muy sencillo, porque había una importante pendiente y estaba todo embarrado. Además era un barro que se nos metía entre las huellas de las zapatillas y no se soltaba, por lo que perdíamos el agarre de las suelas y además los pies nos iban pesando cada vez más. Pero había un señor mayor un tanto encorvado con dos bastones que se lanzó a la aventura y dijimos “pues nosotros también”.

Llegamos así a un saliente desde el que se aprecia todo el cráter del Viti y a nuestra izquierda el inmenso lago glaciar.

Tras explorar un rato la zona, a eso de las 2 y algo emprendimos el camino de vuelta hacia el aparcamiento parando de vez en cuando a echar las últimas fotos.

Con todo el grupo ya listo, volvimos sobre el camino que habíamos llegado para dirigirnos a una última parada antes de emprender el regreso a la civilización. Hicimos un alto en el refugio Dreki, donde nos dieron una media hora para comer y dar un paseo por los alrededores.

El refugio está totalmente equipado para los montañeros. Cuando se va por libre hay que pagar por usar sus instalaciones, pero en nuestro caso no era necesario, pues las empresas que realizan estas excursiones ya tienen un acuerdo y lo gestionan.

Es obligatorio descalzarse nada más entrar, así que dejamos las zapatillas en el mueble junto a la puerta y pasamos a la amplia cocina. No sabíamos que podíamos cocinar, si no, nos hubiéramos llevado una sopa de sobre de nuestro alijo en lugar de unos sándwiches. En cualquier caso, tampoco teníamos mucho tiempo, así que mejor no tener que perder tiempo en calentar el agua y luego fregar los cacharros.

Tras comer recogimos la basura y pasamos por el baño, que está en una cabaña aparte. Y parece que cada vez tienen más demanda, pues junto a ella estaban construyendo más edificios, no sabemos si darían servicio como alojamiento o como zonas comunes.

Aún nos sobraban unos diez minutos, así que nos acercamos a la Garganta Drekagil (del dragón), que sirve de punto de partida para las rutas A2, A3 y A4, de alta dificultad. Nosotros solo nos asomamos unos pasos, no contábamos con tiempo para más, ni siquiera para la A3, que es la más corta de todas.

A las 15:40 volvimos a subir al 4×4 para poner rumbo a Reykjahlíð. Nos esperaba un viaje sin paradas de tres horas, así, no es de extrañar que acabáramos todos (menos el conductor y la guía) echando una siestecilla al compás del traqueteo.

Cuando llegamos a Reykjahlíð aprovechamos que el supermercado aún estaba abierto para hacer algo de compra y así no tener que parar al día siguiente. Pero aún nos quedaba tarde, y como nos habíamos quedado con ganas de darnos un baño, decidimos concluir el día en los Mývatn Nature Baths, que cierran a las 12 de la noche.