Road Trip por Islandia XXIII: Día 10. Excursión al glaciar Falljökull

Y entramos en la recta final del viaje llegando a nuestro décimo día y un plan que apetecía mucho: la excursión a un glaciar. Aunque teníamos el desayuno incluido en la reserva del hotel, improvisamos uno en la habitación porque teníamos que estar a las 9 de la mañana a unos 136 kilómetros de distancia. De esta manera, a las 7:25 ya teníamos cargado el coche y estábamos entregando la llave antes de salir rumbo al Parque Nacional Skaftafell.

Declarado Parque Nacional en 1967, es uno de los más extensos del país con casi 1.700 m². Cuenta con un buen número de recorridos para adentrarse por sus extensos paisajes de hielo y fuego. Nuestro punto de partida era en el aparcamiento de autobuses del parque que hay junto al Centro de Información al Visitante. Allí tiene su oficina la empresa Arctic Adventures, con quien habíamos contratado la excursión. 

No obstante, allí no podíamos dejar el coche, sino que hay un aparcamiento destinado para el resto de vehículos un poco más adelante. Se ve que la zona ha sido habilitada recientemente, supongo que con la crecida del turismo. Y por primera vez nos encontramos con que teníamos que pagar el estacionamiento en unas máquinas cercanas. Había que indicar el número de matrícula y un correo electrónico (para el envío de la factura). Nos costó 750 ISK para todo el día.

Tras dejar el coche y pagar nos dirigimos al centro de visitantes para hacer tiempo, pues aún faltaban unos minutos para que abrieran la oficina de Artic Adventures. Aprovechamos para pasar al baño, rellenar la botella de agua y dar una vuelta por la tienda y exposición. Pudimos leer las historias sobre montañeros a los que les sorprendió alguna avalancha o sufrieron algún percance. También tenían colgados varios mapas del parque y las posibles rutas. En uno de ellos se podía leer en el pie de foto algo así como “ahorra papel, hazle una foto y llévalo siempre contigo”. Una buena idea porque además la combinación papel y viento/humedad no parece muy buena idea, mientras que el móvil lo llevamos siempre encima.

A las 8:45 nos fuimos a la oficina de Artic Adventures y ya nos estaban esperando. Nuestra guía se presentó y nos preguntó si teníamos alguna lesión previa o algo que debiera saber. Además tuvimos que firmar un documento como que estábamos informados de los posibles riesgos de la excursión. Después nos preguntó nuestro número de pie y revisó el calzado que llevábamos. Para la realización de la ruta nos recomendaban llevar una pequeña mochila para los objetos personales, comida y agua e ir vestidos con chaqueta y pantalón resistentes al agua, además de un jersey ligero, guantes, gorro, gafas de sol y protección solar. En los pies botas de trekking con buen agarre en el tobillo. En caso de que el calzado no cumpliese con los requisitos, en la oficina lo alquilan por 1000 ISK (unos 7€). También tenían ropa impermeable de diferentes tallas.

Una vez verificados, nuestra monitora comenzó a preparar los crampones, arneses, cascos y piolets según los tamaños de cada uno.

Y con todo listo, el grupo al completo se subió al autocar que nos llevaría a los pies del glaciar. Aquello parecía la ONU: íbamos una pareja de taiwaneses, dos de alemanes, una de españoles (nosotros) y un belga francófono.

Una media hora más tarde nos bajamos y comenzamos a andar hacia la lengua. El camino nos llevó otros diez minutos por la montaña teniendo que cruzar un peculiar puente que solo soporta el peso de dos personas a la vez y se balancea bastante.

Tras pasar el río proveniente del deshielo continuamos por un sendero para no pisar el musgo, ya que tarda bastante en volver a crecer.

Unos pocos minutos después llegamos a la laguna de la lengua, una masa de agua que hasta hacía unos años era aún hielo y que, según nuestra guía, en 10 años será aún mayor, ya que para entonces el glaciar habrá desaparecido por completo.

Nos sorprendió encontrar un 4×4 en aquella zona. Al parecer hay algunas excursiones que sí que te acercan a los pies del glaciar.

Después de unos datos sobre el parque y el glaciar, continuamos con nuestro recorrido a pie viendo cada vez el hielo más cerca. Cuando ya casi habíamos llegado hicimos una nueva parada donde nuestra guía nos enseñó a ponernos los crampones y arneses, así como a usar los piolets adecuadamente. Para entonces yo ya estaba sudando, así que aprovechando el parón, me quité el polar y debajo de la chaqueta me dejé únicamente la camiseta de cuello vuelto.

Y cuando ya estuvimos perfectamente equipados volvimos a ponernos en movimiento, andando, esta vez sí, por el hielo. La parte más baja y próxima a la laguna tenía un color negruzco. Como ya habíamos visto el día anterior con los icebergs, esto se debe a la ceniza y sedimentos que se han ido acumulando en el glaciar con el paso del tiempo.

Si mirábamos hacia arriba sin embargo sí que veíamos cómo el hielo iba siendo más azulado, como el color del agua. Nuestra guía nos comentó que las típicas fotos en las que se ven glaciares totalmente blancos no son nunca del hemisferio norte, sino que son de la Antártida

Cuando llevábamos una hora y algo de subida y ya habíamos pasado la parte más dura, hicimos un breve receso para comer. Desde allí veíamos aún un tanto lejana la cima, pero ya quedaba la laguna a bastante distancia.

Nos quitamos las mochilas, cascos y piolets y sacamos cada uno lo que había llevado, en nuestro caso nos comimos unas galletas, ya que nos apetecía algo de dulce en aquel momento. Al poco de sacar todos nuestros tentempiés se nos acercaron dos cuervos. Pero además sin miedo, a nuestros pies. Según nos comentó nuestra guía, ya han aprendido que los humanos hacemos esa ruta y que vamos con comida. Obviamente tuvimos mucho cuidado de no dejar desperdicios, pero claro, es inevitable que mientras muerdes una galleta o un bocadillo no caiga alguna miga. Y ahí están expectantes.

Unos diez minutos más tarde volvimos a equiparnos y retomamos la marcha. El ascenso ahora era algo más pronunciado y en ocasiones nuestra guía tenía que ir abriéndonos camino con su piolet, pero también teníamos mayor soltura con los crampones. Además, las vistas iban mejorando cada vez más.

Nos encontramos con grietas de diferentes profundidades. Algunas eran fáciles de superar con una zancada normal, pero algunas otras había que mirar con cuidado por dónde se pisaba. Por eso es importante seguir a la persona que guía e intentar pisar por el mismo lugar en que lo hace ella, porque es alguien que conoce el glaciar y los obstáculos que puede ofrecer.

También encontramos una especie de cuevas y nuestra monitora nos animó a reptar por ellas, ya que íbamos con ropa impermeable. Parecía que iba a ser muy sencillo y que el hielo va a favorecer el deslizamiento, sin embargo fue un tanto complicado porque precisamente ese deslizamiento y la falta de agarre impide avanzar. La fuerza recae en el piolet y es precisa la ayuda de los crampones para tomar impulso.

Después ya solo nos quedaba un último tramo para obtener una buena panorámica de la lengua del glaciar y de los alrededores. Habíamos llegado a la mitad de la excursión y se notaba el cansancio. Por eso, antes de comenzar el descenso, hicimos una breve parada para tomar fuerzas.

Junto a nosotros teníamos una buena pared, así que nuestra guía nos animó a probar a escalarla. Y, de nuevo, es mucho más complicado de lo que puede parecer, ya que hay que clavar bien los crampones para ganar estabilidad y después tener bastante fuerza (y maña) para enganchar el piolet y que quede bien anclado para así poder seguir ascendiendo.

Mientras probábamos y nos hacíamos fotos, nuestra guía buscó el camino adecuado para la bajada. Nos comentó que normalmente la primera excursión del día es la que va abriendo el camino que luego van tomando el resto, así que tardaríamos algo más que otros grupos que vendrían detrás. Hay veces que se puede bajar siguiendo el curso de la lengua, pero en otros casos puede haber una cueva y pisarla puede llevarnos al desplome. No es lo mismo mirar hacia arriba, que se aprecia bien el hielo, que mirar hacia abajo, que la perspectiva no te deja ver las grietas o el grosor.

En algunos casos además se tenía que parar y picar para esculpir una especie de escaleras. Sin duda esta mujer no necesitaba gimnasio, solo con hacer esta excursión un par de veces al día estaba en plena forma física. Mientras ella iba deteniéndose a probar el camino o crearlo, nosotros podíamos tomarlo con calma y pararnos a disfrutar de las vistas antes de abandonar el glaciar por completo.

Una vez abajo junto a la laguna seguimos el mismo sendero que para la ida y esperamos unos 5 minutos al bus, que nos devolvió a la oficina de Artic Adventures. Llegamos a las 3 y pico de la tarde, así que entregamos el material y nos fuimos al coche a comernos unos sándwiches para reponer fuerzas. Y es que a pesar de las casi cinco horas de caminata por el glaciar, el día aún no había acabado para nosotros. Aún nos quedaba otra rutilla por hacer.