Road Trip por Islandia XXV: Día 11. De Kirkjubæjarklaustur a Skógafoss

Tal y como indicaba la previsión meteorológica, nos encontramos con un día lluvioso. Además una lluvia que dejaba un ambiente plomizo en el que apenas se podían ver los alrededores. No sabíamos muy bien qué nos íbamos a encontrar ni cómo nos iba a afectar en nuestra planificación, pero en el hotel no nos podíamos quedar. Así pues, comenzamos la mañana como si no lloviese y dejamos nuestras maletas preparadas antes de ir a desayunar.

El comedor se encontraba junto al bar, un espacio en el que prácticamente todos los rincones estaban cubiertos por sofás o butacas.

Una vez pasada esta zona encontramos las mesas dispuestas en torno a un bufet bastante completo. Teníamos para elegir entre bebidas calientes, frías, diferentes tipos de leche, cereales, bollería, embutido, quesos, huevos, mantequilla, mermeladas y algo de fruta.

A las 9:30, después de desayunar y cargar el coche, nos pusimos en marcha dirección oeste sin muchas esperanzas de poder cumplir con la ruta planificada.

Antes de marchar pensamos en dar una vuelta por Kirkjubæjarklaustur, pero la lluvia era constante y tan pronto poníamos el pie en el exterior, acabábamos empapados. Al final lo único que hicimos fue acercarnos a la cascada Systrafoss que habíamos visto el día anterior de pasada. Su nombre significa “cascada de las hermanas” y se lo debe a un convento de monjas benedictinas que hubo en el pueblo hasta 1550.

Está en medio de una zona boscosa, una de las pocas del país. Los primeros árboles de este bosque fueron plantados en 1945 por familias locales con ayuda de gente de los alrededores. Pronto se convirtió en uno de los mayores bosques privados del país. Alberga algunos de los árboles más altos de Islandia, el más alto, que data de 1949, por 2012 medía ya 25,3 metros.

Desde 1966 queda bajo la supervisión del Iceland Forest Service, entidad que se ha encargado de plantar más especies, construir senderos e instalar bancos.

Después de embarrarnos y echar unas pocas fotos, volvimos al coche. No estábamos para hacer una ruta dadas las condiciones del terreno. Abandonamos el pueblo y antes de retomar la Ring Road nos desviamos en la 203 para hacer visitar Kirkjugólf, una peculiar formación geológica ubicada a los pies de las montañas. Se halla dentro de una propiedad privada vallada lo que no quiere decir que no se pueda cruzar, tan solo que hay que cerrar después.

Una vez cruzada la valla hay un corto paseo, aunque como llovía, se nos hizo algo más largo. Kirkjugólf es una formación de columnas basálticas erosionadas en las que se puede ver la parte de arriba de las columnas. Kirkjugólf significa “suelo de iglesia”, lo que puede dar a pensar que hubo, en algún momento de la historia una iglesia en esta área incluso se llega a asociar con los cuentos de ermitaños irlandeses. Sin embargo, no hay registros de ningún tipo de edificio erigido en la zona. Simplemente recibe este nombre porque su textura y apariencia se asemeja al suelo de una iglesia, pero es consecuencia de la propia naturaleza y no ha habido intervención humana.

Kirkjugólf está considerado como monumento natural desde 1987, una consideración que ha hecho que quede protegida aproximadamente una hectárea a su alrededor.

 

Muy cerca encontramos una especie de cono, se trata de la tumba de Hildir Wystensson, un pagano que según puso un pie en la finca, cayó muerto. Y es que según la leyenda los primeros habitantes de Kurkjubaer eran ermitaños irlandeses cristianos, pero estaba prohibido que los paganos se mudaran allí.

Empapados, volvimos al coche y retomamos la Ring Road. Apenas unos kilómetros más adelante nos desviamos en el camino Holtsvegur con intención de hacer una ruta por Fjaðrárgljúfur, un profundo cañón de 100 metros de profundidad surgido como consecuencia de la erosión del flujo de agua proveniente del deshielo de los glaciares. Habíamos leído que no era complicado recorrerlo, pues había una ruta de apenas un par de kilómetros en línea recta, sin embargo, el clima no nos daba tregua. Llegamos de aquella manera al aparcamiento, ya que la carretera era de tierra y estaba todo embarrado. Además, nos encontramos con una feria de ganado y estaba todo lleno de pick ups y grandes vehículos, así que iban dejando importantes marcas de sus ruedas.

la carretera que lleva hasta al parking es de tierra. Esta comenzará con una subida que rápidamente se dividirá en dos. En este caso tendremos que girar a la izquierda a pesar que la carretera de tierra principal va hacia la derecha.

Bajamos del coche e intentamos acercarnos a una cascada no muy lejana, pero el viento lateral y la lluvia resultaban muy incómodos, por lo que al final desistimos y decidimos continuar.

Volvimos a la carretera principal y seguimos durante hora y media apenas viendo el paisaje porque la lluvia hacía que hubiera un ambiente plomizo. Sí que pudimos ver el verde campo de lava Skaftafellhraun.

Creo que de todos los campos de lava que habíamos visto en los últimos días, este era el que tenía un aspecto más esponjoso y colorido. Había un sendero para poder caminar por él sin dañarlo, pero como seguía diluviando, nos conformamos con verlo desde el coche.

No muy lejos se halla Laufskálavarða, una zona que recibe su nombre de la granja Laufskálar, que fue destruida en el año 894 a causa de la erupción del volcán Katla. Tiempo después se convirtió en tradición que todos aquellos que pasaban por allí por primera vez apilaran piedras formando una montañita para tener suerte durante su viaje.

Con el tiempo, se empezó a convertir en una costumbre popular y hoy en día podemos ver un importante área plagada de ellas. Hay ya tantas que se ha pedido que no se siga haciendo, porque se puede dañar el medio ambiente simplemente con cambiarlas de sitio.

En un origen este tipo de mojones lo colocaban los colonos para marcar los senderos o delimitar terrenos. Después los lugareños comenzaron a usar este método como marcador de navegación.

Tras la breve parada seguimos con nuestra ruta acompañados por las montañas, las nubes y la lluvia.

A media mañana llegamos a Vík í Mýrdal, o Vík, como se suele simplificar. Flanqueado entre montañas y el Océano Atlántico, es el más meridional del país y además ostenta el título de población más lluviosa de toda Ia isla. Este pueblo, a medio camino entre Reykjavik y Höfn, es junto a Selfoss uno de los más importante del sur de Islandia. Sin embargo, sigo llamándolo pueblo porque no llega a ser una ciudad. Con 350 habitantes, tiene su importancia sobre todo por lo aislada que está. Puede haber fácilmente unos 70 kilómetros a la redonda sin otra localidad medianamente relevante y con determinados servicios, por eso hicimos una parada para repostar y hacer la compra en un Kronan.

En el pueblo destaca la Reyniskirkja, una pintoresca iglesia de color blanco y tejado rojo que contrasta con el verde de los alrededores. Queda aislada en medio de la carretera 215 y de la montaña Reynisfjall, rodeada por un pequeño cementerio. La primera iglesia se erigió a mediados del siglo XIX y era de madera. Sin embargo, pronto se pudrió como consecuencia de la humedad. Volvió a ser levantada antes de 1900, pero obviamente la climatología volvió a hacer su trabajo. Como parece que se dieron cuenta de que la madera no terminaba de casar muy bien con las condiciones meteorológicas del lugar, finalmente en 1966 se construyó una nueva ya en roca, que es la que se puede ver hoy en día.

Además, hay una segunda iglesia, la Víkurkirkja, de arquitectura típica islandesa. Se halla en lo alto de una colina, ofreciendo una vista impresionante de la zona.

Nos refugiamos en el centro comercial, donde además del Kronan había tiendas de recuerdos con imanes, ropa y todo tipo de objetos de merchandising, pero cuando salimos seguía lloviendo. La lluvia no nos iba a dar tregua en todo el día, pero de todas formas tomamos la carretera 215 para acercarnos a la Playa de Reynisfjara, una de las famosas playas negras de Islandia.

Sin embargo, de nuevo, poco podíamos hacer, ya que las nubes seguían tan bajas, que no se veía apenas. La lluvia calaba y el viento hacía que fuera muy incómodo andar por allí. De hecho, apenas había gente. Nos resguardamos un poco en la cueva y llegamos a la conclusión de que ese día lo tendríamos que dar por finiquitado, porque era absurdo acabar empapados cada vez que bajábamos del coche y sobre todo no ver nada. Así que, decidimos poner rumbo a nuestro alojamiento y tomarnos la tarde libre, acostarnos pronto y esperar que el día siguiente fuera mejor.

Llegamos a la casa a las 16:15 con apenas 135 kilómetros recorridos, el día que menos. A los pies de la montaña, se trataba de un edificio perteneciente a una granja cercana. Supongo que cuando los hijos se independizan se construyen sus nuevos hogares en el terreno familiar.

No muy lejos se hallaba Seljavallalaug, la piscina más antigua de Islandia que aún hoy en día sigue en funcionamiento (se inauguró en 1923 para que aprendieran a nadar los locales). Sin embargo, con el día que teníamos, íbamos a tener que omitirlo también, y es que para llegar a ella tras dejar el coche en un aparcamiento había que continuar a pie durante unos 15-20 minutos campo a través. No era una buena opción con aquel diluvio y todo embarrado.

La puerta de la casa estaba abierta y en el zaguán había una gran pizarra con las indicaciones para la estancia y el número de habitación asignado para cada huésped. Así pues, descargamos el coche, nos descalzamos y nos pusimos a inspeccionar. Daba la sensación de que aquella casa era muy nueva, que la tenían preparada para mudarse pero que con el auge del turismo en el país, la habían dejado para alquilar.

En la planta baja de la casa había un par de habitaciones, un baño y las zonas comunes: cocina y salón.

En la cocina teníamos un cajón con el número de nuestra habitación para dejar nuestras cosas y por lo demás las alacenas estaban totalmente equipadas con todo tipo de utensilios y una buena despensa.

El salón tenía un amplio sofá y una gran mesa junto a la que había dispuesta una consola donde prepararían el bufet de desayuno del día siguiente.

En la segunda planta encontramos varias habitaciones (entre ellas la nuestra) y un enorme baño a compartir.

Me llamó la atención que siendo tan amplio tuvieran un mueble de lavabo tan pequeño. También que hubiera una segunda lavadora (en el zaguán había una junto a una secadora) y que ninguna pudieran ser usadas por los huéspedes.

El dormitorio era pequeño y abuhardillado, pero teníamos un pequeño espacio junto a la cama donde dejar las maletas.

Aunque como cuando llegamos, estábamos solos en la casa, nos bajamos al salón.

Fue una pena no haber podido seguir la planificación prevista, sin embargo, tampoco nos venía mal de vez en cuando una tarde de descanso. Esperábamos que el día siguiente despejara algo.

4 comentarios en “Road Trip por Islandia XXV: Día 11. De Kirkjubæjarklaustur a Skógafoss

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