Road Trip por Islandia XXVI: Día 12. Playa de Reynisfjara y Península de Dyrhólaey

Después de una tarde de relax y de una buena noche de descanso, nos levantamos con intención de aprovechar al máximo el día. Además de lo que teníamos planeado para esa jornada, queríamos retroceder para cubrir parte de lo que nos habíamos dejado la anterior ya que amaneció con un sol espléndido y ni una nube en el cielo. Así pues, preparamos las maletas y bajamos a desayunar. La dueña de la casa se había pasado por allí para ver qué tal todo y nos estuvo preguntando a todos los huéspedes por nuestra procedencia, la ruta que estábamos haciendo, si nos estaba gustando el país y además nos dio algún que otro consejo.

Tras desayunar y cargar el coche bajo la atenta mirada del perro de la dueña, nos despedimos poniendo rumbo al este. Salimos a las 9 de la mañana y unos tres cuartos de hora más tarde estábamos de nuevo en la Playa de Reynisfjara.

La diferencia con el día anterior era abismal. Durante todo el camino pudimos disfrutar de un paisaje montañoso y verde, nada que ver con el ambiente plomizo como consecuencia de la lluvia. Así, no era de extrañar que el aparcamiento estuviera plagado de coches y autocares. Eso sí, el restaurante aún estaba cerrado.

Dejamos el coche en el primer hueco que vimos y nos dirigimos a la playa. Con el cielo despejado pudimos apreciar las numerosas señales que nos avisan de la peligrosidad de la zona. Dado que las mareas son fuertes, está prohibido bañarse, pero además hay que tener cuidado con las olas incluso fuera, ya que pueden llegar más lejos de lo que a priori se puede esperar.

Como ya ha habido más de un ahogamiento, en un lateral del camino hay dispuesto un salvavidas.

También es una zona de riesgos de desprendimiento, ya que se ubica a los pies de Reynisfjall, una montaña que tiene unas dimensiones de 5 kilómetros de largo y 800 metros de ancho. Además, tiene una característica que la hace destacar y es que la parte que da al mar cuenta con unas columnas basálticas que, como ya hemos visto en otros lugares, se produjeron por el enfriamiento lento de la lava. En este caso, viendo su regularidad, se puede afirmar que fue un proceso muy lento.

La montaña cuenta además con varias cuevas, la más famosa se halla tras las columnas y recibe el nombre de Hálsanefshellir. En su interior tanto en techo como en paredes, se pueden apreciar también curiosas estructuras.

Hay que tener cuidado al meterse en su interior ya que si sube la marea o las olas vienen muy largas se correr el riesgo de quedarse encerrado.

Pese a todos los peligros que entraña, fue nombrada una de las diez playas de islas más bellas del mundo por la Islands Magazine en 1991. La verdad es que resulta hipnótico ver cómo la arena y guijarros negros desaparecen con el vaivén del agua.

En el extremo oeste de la playa podemos alcanzar a ver el Arco de Dyrhólaey, algo impensable el día anterior. Se trata de una estructura formada por lava y que se ha ido moldeando con el tiempo por efecto de la erosión del agua y el viento. Se erige 120 metros sobre el nivel del mar, por lo que desde él se pueden ver las playas próximas y se siente el rugido del mar. Si se mira al lado opuesto, se ve el casquete del glaciar Mýrdalsjökull.

Dyrhólaey significa “la isla del agujero en la puerta”, y es que este pedazo de tierra era una isla que ha acabado uniéndose a Islandia convirtiéndose así en una península. 

En el lado opuesto de la playa destacan las rocas Reynisdrangur, tres formaciones bálticas que, al igual que el arco, están expuestas a la continua erosión y oleaje del Atlántico.

La más alta de las tres mide 66 metros y según la leyenda popular son tres trolls que se convirtieron en piedra cuando les sorprendió la luz del amanecer al intentar separar los fiordos del oeste del resto de Islandia. Sus nombres son: Skessudrangar, Landdrangar y Langhamrar. 

Tras una media hora en la playa, cuando vimos que empezaba a llegar cada vez más gente, decidimos marcharnos y continuar con nuestra ruta. Recorrimos la corta distancia existente entre Reynisfjara y la Península de Dyrhólaey encontrándonos en nuestro camino con alguna iglesia solitaria y alguna casa salpicada en medio de las montañas.

Una vez en la Península de Dyrhólaey dejamos el coche en el aparcamiento y seguimos el paseo delimitado. Y es que la Península de Dyrhólaey es desde 1978 una reserva natural, por eso no es de extrañar que haya que seguir un recorrido para no dañar el espacio. Como en tantos otros lugares que se han llenado de turistas, están prohibidos los drones.

Aquí cobra aún más sentido, ya que la península tiene una gran diversidad de aves, algunas protegidas, y es el mejor lugar de Islandia, junto con algunas de sus islas, para ver frailecillos. Dado que cientos de aves se reproducen entre mayo y junio, entre estas fechas está cerrada.

Sus acantilados son los más famosos de Islandia y las vistas son impresionantes, eso sí, hay que tener siempre cuidado ya que el viento sopla con gran intensidad. De todas formas, hay cuerdas colocadas a una altura razonable para impedir asomarse al precipicio más allá de lo prudente.

En el extremo del arco se encuentra un faro construido en 1927 para sustituir a una primitiva estación de luz construida en 1910. Sigue en funcionamiento, aunque ahora es automático, ya no hay un farero encargado de su manejo. En su lugar, la residencia se ha transformado en alojamiento para hasta cinco personas.

El edificio principal es una torre cuadrada construida en hormigón y pintada de blanco y rojo que mide 13 metros. En la parte superior es donde se ubica la gran linterna roja de metal que emite una luz blanca que parpadea cada 15 segundos.

Lamentablemente con nuestro vehículo no se podía acceder al camino que conducía al faro, por lo que continuamos por la Ring Road dirección Skógafoss.

2 comentarios en “Road Trip por Islandia XXVI: Día 12. Playa de Reynisfjara y Península de Dyrhólaey

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