Conclusiones de nuestro viaje a Berlín

Cuando planeamos el viaje contábamos con que no nos iba a dar tiempo a ver toda la ciudad, puesto que Berlín es enorme y con mucha historia en sus calles. Además, dado que era invierno, teníamos pocas horas de luz, con lo que sabíamos que teníamos que priorizar sí o sí y organizar bien los días. Y aún así, dábamos por hecho que nos quedarían cosas por ver. En nuestro caso nos organizamos por zonas, creando pequeñas rutas con lugares próximos entre sí. Existe también la opción de hacer una visita más temática, por ejemplo Berlín de la II Guerra Mundial, el Berlín de la Guerra Fría, el Berlín Actual… pero se corre el riesgo de dar mucha más vueltas.

Para optimizar el tiempo elegimos un alojamiento que estuviera bien comunicado. Es verdad que tardábamos andando unos 10-15 minutos al tren/metro, pero de camino teníamos varios supermercados y tiendecillas de barrio, por lo que no perdíamos mucho tiempo si necesitábamos abastecernos. Aunque era un pequeño apartamento con un salón-habitación, nos las apañamos bien los tres gracias a la cama y al sofá cama. El poder contar con una pequeña cocina nos facilitó además los desayunos y cenas. En realidad, no paramos mucho más allí, nos pasábamos fácil 12 horas fuera.

Para las comidas sabíamos que no íbamos a tener problemas con encontrar restaurantes, puestos callejeros, panaderías o supermercados donde comprar algo rápido para llevar. Sobre todo porque en Europa en general es muy frecuente que la comida fuerte sea la cena y a medio día sin embargo comen algo ligero y muchas veces frío.

Así pues, comimos algún que otro bocadillo, nos quitamos el gusanillo de media mañana con un pretzel, probamos el típico Currywurst y entramos en calor con unas salchichas recién sacadas de la parrilla.

También probamos la bebida nacional, centrándonos sobre todo en las cervezas locales. La mayoría eran Pilsner, así que depende del tipo de cerveza que a uno le guste. Desde luego la que no recomiendo es la Berliner Kindl Weisse Himbeere, que a pesar de indicar que contiene un 98% de cerveza y un 1,2% de jarabe de frambuesa sabía a cualquier cosa menos a cerveza.

Para movernos acertamos con la tarjeta semanal de transporte. Al ser casi una semana, dábamos por hecho que la íbamos a amortizar. Prácticamente todo lo relevante de Berlín queda en zona AB (incluido Tegel), pero como pensábamos ir a Potsdam y Sachsenhausen, sacamos el ABC.

En la práctica confirmamos que elegimos bien, ya que cuando teníamos frío o queríamos acortar largas distancias, tirábamos del transporte público. Además, nos permitía tomar los buses 100 y 200, que recorren los puntos más turísticos. Algo muy interesante cuando la ciudad está iluminada por las luces navideñas pues cambia totalmente el aspecto del día a la noche.

Es verdad que diciembre es una época complicada para recorrer una ciudad como Berlín, ya que las pocas horas de luz y el frío pueden llegar a desanimar. Sin embargo, hay tanto para ver, tanto en exterior como en interior, que no paramos. Además, la ciudad se encontraba engalanada por encontrarse ya dentro del período navideño y ya estaban abiertos los típicos Weihnachtsmärkte en las plazas más importantes. Destacaban por ejemplo el de la Gendarmenmarkt, el de la Alexanderplatz y el de la Breitscheidplatz. Debido a los atentados de hace un par de años, se han tomado medidas y ahora quedan protegidos y rodeados. Incluso en algunos de ellos, como en el de la Gendarmenmarkt, había que pagar 1€ a partir de las 2 de la tarde y enseñar los bolsos y mochilas a personal de seguridad.

En todos ellos predominaban objetos de artesanía, los típicos corazones de mazapán, frutos secos garrapiñados, churros, patatas fritas, salchichas y, cómo no, el famoso Glühwein, que da olor a todo el espacio.

Así pues, teniendo en cuenta las fechas, las horas de luz y la climatología dividimos los días en dos partes: una primera de 9 de la mañana a 4 de la tarde aproximadamente que dedicábamos a patear la ciudad; y otra de 4 de la tarde que comenzaba a anochecer hasta que el cuerpo aguantase (las 7-8) para visitar museos, ir de tiendas o visitar mercadillos navideños. Aunque lo cierto es que salvo un par de compras en la tienda de Ampelmann, apenas hicimos gasto. En parte porque algunas son demasiado caras para nuestros bolsillos (como KaDeWe o las Galerías Lafayette) y en parte porque íbamos solamente con maleta de mano. En cualquier caso, echamos un rato paseando por sus plantas y disfrutando de los escaparates navideños de KaDeWey de las maquetas de la tienda de Lego.

Para amenizar una tarde-noche, como no podía faltar, reservamos para una sala de escape (aunque demasiado cara para lo que luego fue). El extranjero sigue siendo flojo aún en este aspecto.

En cuanto a la planificación, dejando un día para Potsdam y otro para Sachsenhausen nos quedaban 4 para recorrer Berlín, así que establecimos una lista de prioridades y con el mapa delante trazamos las rutas. Estos fueron nuestros imprescindibles:

  • Cúpula del Reichstag. Se nos había quedado pendiente en anteriores visitas y ahora que era más sencillo pudiendo reservar por internet, fue de lo primero que marcamos en el calendario.

  • Fernsehturm. La torre de Televisión de Berlín ofrece una perspectiva diferente a la del Reichstag desde su mirador a 203 metros de altura. En principio pensábamos desayunar en el restaurante giratorio, pero lo descartamos por precio y por el horario. En su lugar nos conformamos con la visita tradicional.

  • East Side Gallery. Estar en Berlín y no dedicarle tiempo al muro es un sacrilegio, así que no nos podía faltar este kilómetro y medio que aún se conserva junto al Oberbaumbrücke, un puente que se convirtió en frontera de la noche a la mañana.

  • Berlin Wall Memorial: Se trata de una exhibición en la que se conservan unos 70 metros del muro original y donde se ha erigido una reconstrucción de la conocida “Franja de la muerte”. También se recuerdan las viviendas que fueron tapiadas y cuyos habitantes bien se exiliaron, bien fueron obligados a trasladarse; los túneles excavados como vía de escape; la iglesia de la reconciliación y varios murales explicativos. Además, cuenta con un centro de información para el visitante muy interesante.

  • Checkpoint Charlie: Ubicado en la Friedrichstrasse era uno de los pasos fronterizos del muro de Berlín durante la Guerra Fría. El que podemos ver hoy en día es totalmente turístico y cuenta con actores que simulan ser militares, pero en cualquier caso es uno de esos puntos que no se pueden pasar de largo.

  • Potsdamer Platz: Una plaza que ya en el siglo XIX era muy bulliciosa y donde se ubicó el primer semáforo de Europa. Merece la pena acercarse y ver su curiosa forma.

  • Alexander Platz: considerada el centro de Berlín, en ella podemos encontrar el icónico Weltzeituhr, punto de encuentro de berlineses y visitantes.

  • Rotes Rathaus: El antiguo ayuntamiento de la RDA, un edificio al que además se puede acceder sin cita previa y que esconde magníficas salas.

  • Nikolaiviertel: Es el barrio en el que nació la ciudad y donde se halla la iglesia más antigua de Berlín.

  • Catedral de Berlín e Isla de los Museos: Independientemente de su interior, merece la pena cruzar el Spree y recorrer la isla y los impresionantes edificios que alberga.

  • Gendarmenmarkt: Quizá una de las plazas más bellas de Berlín arquitectónicamente hablando. Con la Sala de Conciertos en el centro y las catedrales francesa y alemana a ambos lados, es sin duda una de mis favoritas en la ciudad.

  • Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche: Esta iglesia me maravilló la primera vez que estuve en Berlín. Me parece una buena idea que quede como memorial con los restos tal y como quedaron tras la guerra. Además, se puede visitar una exposición gratuita en su interior.

  • Siegensäule: Es una Columna de la Victoria de 69 metros que se encuentra en el Tiergarten y que conmemora la victoria de Prusia sobre Dinamarca en la Guerra de los Ducados.

  • Unter den Linden: Esta larga avenida de kilómetro y medio comienza en la Plaza de París, donde se ubica la Puerta de Brandeburgo (IM-PRES-CIN-DI-BLE), y llega hasta Bebelplatz, donde se erige la estatua ecuestre de Federico II de Prusia, junto a la Universidad Humboldt de Berlín.

  • Monumento al Holocausto: un espacio de 19.000 metros cuadrados para la reflexión formado por 2.711 bloques de hormigón de diferentes tamaños.

  • Topografía del Terror: una exposición ubicada en el lugar en que se erigían los cuarteles de la Gestapo y la SS.

  • Berlin Unterweltenofrecen diferentes visitas guiadas relacionadas con la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

  • Museo de la RDA: Es un museo interactivo y dinámico que permite conocer cómo fueron los años de la ya desaparecida RDA. Alberga numerosos objetos y documentación así como reconstrucción de viviendas o guarderías de la época.

  • Museo Pérgamo: es el más visitado de Berlín ya que conserva en su interior maravillas arquitectónicas como la Puerta de Ishtar, el Salón de Alepo, el Altar de Zeus o la Puerta del Mercado romano de Mileto entre otras.

  • Neues Museum: Es uno de los imprescindibles si te apasiona Egipto. Y si no, también. No se puede pasar por alto el magnífico busto de Nefertiti.

  • Museo Historia Natural: Merece la pena solo por ver Tristan Otto, el esqueleto original de Tyrannosaurus rex que, con sus 12 metros de largo y 4 de alto, es el único en Europa hasta la fecha y uno de los mejor conservados del mundo.

Hay muchos otros lugares de interés en la ciudad, y en algunos apenas paramos. Por ejemplo, no entramos en los museos/exposiciones del Checkpoint Charlie, del Monumento al Holocausto o de la Topografía del Terror como tampoco subimos a los miradores de las catedrales o de la Siegensäule. Pero había que filtrar, y no queríamos que la visita fuera monotemática sino abarcar varios berlines. También porque quitamos tiempo de la ciudad para visitar Potsdam y Sachsenhausen, dos destinos que nos sirven para conocer un poco más la historia de Alemania.

Es cierto que Potsdam debe impactar más en primavera con los jardines de los palacios y los parques con su frondosidad, sin embargo, es una ciudad coqueta que está a tan solo un paso y cuyo centro histórico también lucía engalanado por el período navideño.

Sachsenhausen da igual en la época en la que se pise, pues su visita provoca escalofríos independientemente de la estación del año que sea. No era mi primera visita a un Campo de Concentración, pero volver a pasear por barracones y leer sobre las atrocidades que allí se cometieron me dejó con mal cuerpo. Es verdad que Dachau me impresionó aún más, por ser el primero y por conservar la cámara de gas y las incineradoras, pero aún con un funcionamiento similar, cada campo fue diferente y tiene su propia historia que contar. Imprescindible sin duda.

No pensaba que volvería a Berlín tan pronto teniendo en cuenta todos los destinos que aún me quedan por conocer, sin embargo, me alegro de que saliera este viaje relámpago, ya que me encontré una ciudad totalmente diferente a la que había visto en las dos ocasiones anteriores. Esta vez era aún más patente su multiculturalidad, mostrándonos una capital cosmopolita y bulliciosa, llena de contrastes y sorpresas que mira al futuro, pero sin olvidar su pasado. Al contar con más tiempo pudimos diversificar más y mejor, descubriendo nuevos rincones y revisitando algunos antiguos.

En cuanto a los gastos, este es nuestro resumen:

  • Vuelos: 306.20€
  • Alojamiento: 514.80€
  • Transporte: 112.50€
  • Museo RDA:  29.4€
  • Museum Pass: 87€
  • Escape Room: 94.95€
  • Berliner Unterwelten:  36€
  • Fernsehturm: 46.5€
  • Comida: 200€ (aprox)

Es decir, al final, nos gastamos unos 500€ por persona, que si pensamos que fueron 6 días en una ciudad como Berlín, no está nada mal.

Y con este viaje terminamos 2018 y pusimos el punto de mira en 2019 y en un viaje muy esperado: Islandia.

Escape Room: Dr Mad. El secuestro, the Last Monkey

2019 se acababa y desde El Gran Golpe en noviembre no habíamos vuelto a hacer un escape. Había que ponerle remedio, así que rápidamente buscamos un nuevo reto por la zona sur. Elegimos The Last Monkey, en Leganés, que cuenta con dos salas: Piratas. El Motín (de nivel principiante) y Dr Mad. El secuestro (de nivel intermedio).

Íbamos a repetir los integrantes de la última vez, el grupo base, y una de nuestras participantes ya había probado suerte con Piratas, por lo que no nos quedaba más opción que probar con el Dr Mad.

Llegamos puntuales al local, donde nos recibió nuestro Game Master. Como siempre, las preguntas de rigor sobre experiencia y una breve introducción. Dado que llevamos unos pocos escapes a nuestras espaldas, se limitó a hacer un rápido resumen de tipo de candados que podíamos encontrar así como normas de seguridad y precauciones durante el juego. A continuación, fuimos conducidos a una sala por el doctor Mad, un psicólogo de mente privilegiada, pero con un trastorno de personalidad. Está buscado por la ley, y es que se dedica a secuestrar grupos al azar para experimentar con ellos y observar cómo actúan ante situaciones críticas. No obstante, deja una oportunidad de escapar durante 60 minutos, eso sí es necesario usar todas las habilidades posibles y trabajar en equipo para salir airosos y que todo quede en un mal sueño.

Una vez dentro enseguida entramos en dinámica y en apenas 8 minutos habíamos completado la primera sala. Teníamos uno de esos días en los que íbamos enchufados y rápidamente encontrábamos pistas e íbamos encajando las piezas del puzle para seguir avanzando.

La segunda parte fue un tanto más extensa. Suele serlo. Pero aún así, seguimos muy bien, encontrando nuevos objetos, descifrando códigos, abriendo candados, viendo claramente la relación entre objetos y enigmas… Sin embargo, en determinado momento nos atascamos con una prueba. El juego no es lineal, sino que transcurre por varios caminos, así que estábamos intentando resolver una incógnita sin tener todos los datos. Por tanto, tras unos minutos de revisar, de repensar y de valorar opciones sin encontrar una vía válida de avance, acabamos pidiendo pista. Y como suele suceder en estos casos, al final era una tontería. Un detalle frente a nuestras narices que habíamos pasado por alto, pero que en cuanto el Game Master nos hizo la pregunta, supimos por dónde iban los tiros y rápidamente volvimos al juego.

En el último tramo volvimos al ritmo del principio y, diversificados en varias tareas, en apenas unos minutos conseguimos averiguar cómo escapar del cautiverio del Dr. Mad cuando aún nos quedaban 20:53. Al parecer no hicimos récord de sala por el tiempo que perdimos antes de pedir la pista.

Tras finalizar, nuestro Game Master nos acompañó al interior para hacernos algunas observaciones, aunque como habíamos ido resolviendo todo con solvencia, tampoco cabía mucha explicación. Tan solo un número que nos habíamos inventado para la resolución de un candado (teníamos los otros 3 y giramos la rueda hasta que abrió). Nos comentó alguna anécdota y dónde suelen fallar casi todos los grupos y nos preguntó algún detalle que se le había pasado por alto, pues al estar los 4 con alguna tarea no nos pudo seguir a todos.

Es una sala entretenida y, si bien está recomendada para entre 2 y 6 personas, yo la recomendaría para 4, pues es un buen número para no estorbarse y a la vez que nadie se quede mirando sin tener nada que hacer. Aunque tiene bastantes candados, es cierto que tiene variedad de pruebas y no resulta cansino. Además, a pesar de no ser lineal, el desarrollo del juego sigue un orden bastante dinámico, por lo que es bastante entretenido. Una buena forma de acabar el año de escapismos.

Berlín XXI. Día 7 II Parte: Galerías Lafayette, Mercadillo Navideño de Gendarmenmarkt y Ferhsehturm

Dejando atrás el Checkpoint Charlie y siguiendo por la Friedrichstraß, llegamos a las Galerías Lafayette, los grandes almacenes que ya habíamos visto en París. Llegaron a Berlín en 1996 y es la única tienda que tiene la marca fuera de Francia.

El edificio, que por fuera es completamente de cristal, alberga en su interior sobre todo marcas internacionales de moda, accesorios y cosmética. También cuenta con un departamento gastronómico, el Lafayette Gourmet, en el que se pueden encontrar especialidades francesas. No tiene tanto glamour como la tienda de París, ni siquiera su gran cúpula, versión moderna de la que corona los almacenes de la capital francesa, impone tanto.

Detrás de los grandes almacenes se encuentra la Gendarmenmarkt, nuestro siguiente destino. Dado que hasta las 14h la entrada en la plaza era gratuita, decidimos que era un buen momento para pasear por los puestos del mercado navideño y quizá picar algo.

Para comer no teníamos mucha variedad. O bien algo dulce como frutos secos garrapiñados o corazones de mazapán y chocolate; o bien algo salado como salchichas. Además, para beber predominaba, como es habitual en estos mercadillos navideños, el Glühwein, un vino caliente especiado.

A mí no es una bebida que me apasione especialmente, de hecho el olor tan pesado y frecuente que envuelve el país por esas fechas me revuelve un poco el estómago. Sin embargo, mi prima quería probarlo, así que pedimos una taza (normalmente te cobran un depósito que te devuelven cuando la entregas).

Para no beberlo a palo seco, compramos unas salchichas y nos dimos un paseo por el mercadillo.

Desde Gendarmenmarkt tomamos la U2 hasta Alexanderplatz para subir a la Fernsehturm. Esperábamos encontrar cola para subir a la torre, ya que suele ser uno de los lugares más turísticos de la ciudad; sin embargo, tuvimos suerte y apenas tuvimos que esperar ni para sacar las entradas ni para subir en el ascensor.

Construida en los años 60 por la RDA, con sus 368 metros de altura ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Es el monumento más alto de la ciudad y la tercera torre de la televisión más alta de toda Europa.

Cuenta con un restaurante giratorio que permite desayunar, comer o cenar mientras disfrutas de las vistas 360 sin tener que moverte de la silla, no obstante no es barato. Intentamos reservar para desayunar un día, pero se nos iba de presupuesto y los horarios eran muy tardíos para nosotros. Así pues, nos conformamos con la visita tradicional.

Desde el mirador a 203 metros de altura podemos ver el plano de la ciudad, así como los edificios más importantes (el Ayuntamiento, el Reichstag, la Puerta de Brandeburgo, la Catedral, los museos, la Potsdamer Platz…). Aunque para algunos hay que afinar la vista, ya que se pierden entre tanto edificio.

Y por supuesto tenemos una buena perspectiva de la Alexanderplatz.

Claro, que todo depende de lo despejado que esté el día y de lo limpios que estén los cristales. También de dónde esté el sol, pues puede reflejar en las ventanas y cegar.

La visita no lleva mucho tiempo, entre media hora y una hora. Todo depende de la cantidad de gente que haya (por aquello de poder asomarse) y del tiempo que empleemos en leer los carteles que nos indican qué tenemos ante nuestros ojos.

Tras la visita comimos en el McDonald’s de la plaza antes de recoger el equipaje en la estación y dirigirnos, ya de noche, a la parada del autobús que nos llevaría a Tegel. Nos fuimos con tiempo suficiente aunque tampoco demasiado, ya que no hay mucho que hacer en el anticuado aeropuerto.

En 2006 la Corte Federal Administrativa autorizó la expansión del aeropuerto de Berlín-Schönefeld y un par de años después se cerró el de Tempelhof (reconvirtiéndose en un parque). Por tanto, Berlín hoy en día cuenta con Schönenfeld a las afueras y con Berlín-Tegel Otto Lilienthal. Este último se encuentra en la ciudad y tiene un plano hexagonal que fue revolucionario en los 60 pero que ha impedido que pueda ser ampliado. Así pues, dado que se ha quedado obsoleto y saturado, la idea era que cerrara cuando se inaugurara el de Berlin-Brandeburgo Willy Brandt. No obstante, esta reapertura planeada para junio de 2012 se ha retrasado varias veces (parece que la definitiva es en octubre de 2020) por tramas de corrupción, por lo que limita el número de rutas nuevas a y desde Berlín y encarece los billetes. Quizá para la próxima vez que vayamos a la capital alemana tengamos suerte y ya esté en pleno funcionamiento.

En cualquier caso, en este caso tocó Tegel y desde allí volvimos a Madrid, dando por finalizado nuestro viaje. Y también el 2018.

Berlín XX. Día 7: Potsdamer Platz, Topografía del Terror y Checkpoint Charlie

Y llegó nuestro último día en Berlín. Teníamos el vuelo por la tarde, por lo que aún podríamos aprovechar la mañana. Eso sí, dado que teníamos que dejar el alojamiento a media mañana, decidimos llevarnos el equipaje a unas taquillas en la estación de Alexanderplatz para así no cargar con él durante todo el día. Sobre todo porque además pretendíamos subir a la torre de la televisión y no sabíamos cómo sería el tema de control de bultos.

Así pues, tras desayunar y recoger nos encaminamos a la estación donde, después de dejar el equipaje volvimos a la U2 hasta Potsdamer Platz, nuestro punto de partida.

Esta plaza fue durante el siglo XIX una zona muy bulliciosa, ya que albergaba hoteles, restaurantes y tiendas. Fue aquí donde se instaló el primer semáforo de Europa en octubre de 1924.

En los años 20 del siglo pasado Berlín contaba con un número similar de habitantes que en la actualidad, por lo que no era de extrañar que se montaran tremendos atascos al no tener un sistema de regulación del tráfico. Los peatones eran los que lo tenían más complicado y, a pesar de que la policía intentaba poner orden haciendo sonar unas trompetas, los accidentes seguían sucediéndose.

Con la instalación de este semáforo torre de unos ocho metros de altura, se intentó regular el tráfico de una de las intersecciones urbanas más congestionadas no solo de la ciudad, sino de toda Europa. El semáforo contaba con cinco lados, por lo que podía verse desde todos los accesos que daban a la plaza. Eso sí, no era automático como los actuales, sino que en la cabina se situaba un policía e iba cambiando los colores para así ir dando permiso a unos u otros. Llevó un tiempo a los berlineses hacerse a él, sin embargo, pronto se convirtió en todo un emblema de la ciudad.

El que vemos hoy en día es una réplica ya que la plaza quedó destrozada con la II Guerra Mundial. La Potsdamer Platz se convirtió en tierra de nadie con la construcción del muro, ya que se quedó en la franja de la muerte. Como recuerdo hoy hay partes del muro expuestas en los alrededores.

Tras la reunificación fue renovada y se ha convertido en el centro neurálgico de la Berlín moderna y vanguardista con imponentes torres al más puro estilo centro financiero.

La planificación de la nueva plaza gira en torno a un centro comercial con salas de cine. El mismo que acoge la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín. En nuestra visita albergaba además las casetas del mercadillo navideño y una rampa de hielo.

Desde allí seguimos hasta el museo gratuito Topographie des Terrors, o lo que es lo mismo Topografía del Terror, ubicado en el lugar en que se erigían los cuarteles de la Gestapo y la SS. Gracias a su exposición podemos conocer más sobre el el Tercer Reich, el funcionamiento de la Gestapo, la II Guerra Mundial y a lo que condujo su fin.

Aunque teníamos tiempo antes del vuelo, no tanto como para ver toda la exposición, por lo que solo visitamos la exterior sobre la famosa Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, el 9 de noviembre de 1938.

Aquella noche Josef Goebbels estaba reunido en una cervecería cuando le llegó la noticia de que Ernst von Rath, miembro del partido nazi, acababa de morir. Un par de días antes había sido disparado por un joven judío como venganza por la expulsión de su familia y de otros 15.000 judíos polacos. Este atentado sirvió como la excusa perfecta para invocar un mártir y acelerar el plan contra la comunidad judía. Así, Goebbels animó a la militancia nazi a tomar represalia contra los judíos para que se viera desde el extranjero como una manifestación espontánea del pueblo.

Los nazis se echaron a la calle en todo el país y comenzaron a romper escaparates de comercios regentados por judíos. Empezaron por los más adinerados y dejaron marcados los de otros más modestos para una segunda ronda. Además, muchos judíos fueron sacados de sus casas y obligados a caminar descalzos sobre los cristales rotos. Sus viviendas fueron dañadas y destruidas, así como miles de sinagogas y cementerios que fueron incendiados.

La exposición se encuentra junto a los 200 metros que aún se conservan del muro. Este fragmento marcado como monumento histórico desde 1990 servía de frontera entre los distritos de Mitte (este) y Kreuzberg (oeste). Al igual que ocurría en la calle Bernauer, se pueden ver las marcas de la destrucción ocurrida a medida que se fue construyendo.

Enfrente aún se conserva el antiguo Ministerio de la Luftwaffe, la fuerza aérea del Tercer Reich.

Después de ver la dura exposición, seguimos hasta el Checkpoint Charlie, uno de los pasos fronterizos del muro de Berlín durante la Guerra Fría. Recibe este nombre por el alfabeto de la OTAN (el famoso Alpha-Bravo-Charlie), ya que fue el tercer punto de control para cruzar de un lado a otro. Era principalmente usado por extranjeros y diplomáticos.

Estaba controlado por los estadounidense y por eso podemos ver el panel que indica que abandonamos dicho sector (el original está en el Museo del Checkpoint Charlie).

En la actualidad, tanto el panel como el puesto se mantienen como recuerdo y reclamo turístico (la garita original está en el Museo de los Aliados). De hecho, suele haber uno o dos actores posando por si te quieres hacer la foto o sellar el pasaporte (previo pago, claro).

Al lado encontramos el Museo Checkpoint Charlie, que recoge en sus tres plantas historias y anécdotas relacionadas con el muro.

Recientemente el Senado alemán ha comunicado por medio de un tweet que se va a llevar a cabo un proyecto de remodelación de la zona, por lo que quizá no se pueda visitar durante un tiempo.

Al otro lado del cruce se erige el asisi Panorama die Mauer, una estructura cilíndrica en cuyo interior alberga una pintura de 15 x 60 metros a escala 1:1 que traslada al visitante en escenas de la vida cotfiana del Berlín dividido. En el centro cuenta con una plataforma de 4 metros de altura que permite la visión 360º.

Nosotros omitimos su entrada y en su lugar nos dimos un paseo por la exposición al aire libre que había al lado en la que se exhibían fotografías del Berlín reunificado así como algún resto más del muro.

Con el transcurrir de los años, Berlín ha ido recuperando fragmentos y hoy en día el período 1961-1989 está muy presente a cada paso que se da por la ciudad. No recuerdo que en anteriores visitas hubiera tantos lugares significativos del Berlín dividido (de hecho nos costó encontrar restos de muro más allá de la East Side Gallery), aunque quizá tenga mucho que ver con el aniversario en 2018 del tiempo que estuvo Berlín con muro y después sin muro así como aprovecharlo como reclamo turístico. Está muy bien que se recuerde, pero todas las exposiciones y muestras parecen querer incidir en que el gobierno de la RDA se levantó un día y decidió separar Berlín olvidando el detalle de que el país ya estaba dividido tras la guerra y que Alemania Oriental había hecho todo lo posible por construir la barrera pero que no vio otra alternativa ante los ataques y conflictos con occidente. En cualquier caso, no nos detuvimos mucho porque aún quedaba mañana y puntos marcados en nuestra ruta.

Serie Terminada: Motive

Motive es un drama policíaco poco convencional en el que de entrada el espectador conoce quién es el asesino. Daniel Cerone, guionista de Dexter, El Mentalista o The Blacklist parece que es fan de la mítica Colombo, así que decidió crear una serie con ciertos paralelismos, convirtiendo al crimen en el eje central de la trama. Lo importante no es llegar a desenmascarar al verdugo, sino en juntar las piezas del puzle.

En las primeras escenas conocemos tanto al asesino como a la víctima cada uno en una situación en la que de inicio no nos da la sensación de que tengan relación entre ellos. Una vez que ambas partes han sido presentadas avanzamos hasta el crimen, momento en que aparecen los detectives Angie Flynn, Oscar Vega y el novato Brian Lucas dispuestos a escuchar lo que la forense Betty Rogers tenga que comentarles sobre el cadáver encontrado.

A partir de ahí seguimos tres narraciones. En primer lugar tenemos a los policías investigando a la víctima e intentando encontrar sospechosos, en segundo lugar al asesino en el presente siguiendo con su vida tras el crimen y en tercer lugar vamos conociendo detalles de víctima y verdugo, así como el vínculo entre ambos gracias a los flahsbacks.

Como suele ocurrir en este tipo de series, juega con los giros de guion para descolocar al espectador. Y es que ya que conoces al asesino, por lo menos hay que buscar algo de intriga con el motivo. Los casos son muy variados y no siempre es todo blanco y negro. A veces es una discusión que acabó torciéndose o un accidente, y otras nos encontramos con el típico personaje que de primeras ya se ve que tiene el mal en él. Lo mismo ocurre con las víctimas: en ocasiones se empatiza con ellas, en otras podemos sentir que se lo han merecido.

Además del caso de la semana suele haber una segunda trama que abarca toda la temporada y que involucra de alguna forma a los protagonistas. Ya sea un caso del pasado de Flynn y el sargento Cross, la enfermedad de Vega o sus relaciones personales. Aunque esto es bastante secundario y no está tan bien dibujado. Me ha gustado el carácter de los protagonistas y la química entre ellos. Flynn y Vega casan muy bien, con una relación de compañerismo y amistad bastante profunda, de esas en las que se permiten bromear o ser sarcásticos sin que la otra parte se enfade. Además, se cubren y se preocupan el uno por el otro. La dinámica cambia en cierta medida cuando él promociona a sargento y los nuevos personajes no terminan de encajar igual.

En cuanto a los secundarios, Motive necesita enganchar cada semana con un caso diferente, así que tiene que llamar la atención. En este sentido es un desfile constante de rostros conocidos. Sobre todo me llamó la atención la cantidad de actores que ya habíamos visto en iZombie (supongo que tiene algo que ver que ambas fueran grabadas en Vancouver). En la última temporada incorpora como recurrente a Tommy Flanagan (Hijos de la Anarquía) como Jack Stoker, agente de la Interpol.

Cuando vi el piloto pensé que iba a ser una serie interesante por el cambio de premisa, pero al fin y al cabo una serie criminal más para pasar el rato. Sin embargo, de alguna forma u otra te acaba enganchando. Ya sea por la historia semanal, por el arco temporal o por los protagonistas. Es verdad que no es tremendamente innovadora, pero su fórmula mantiene el interés. Además, han sabido cerrarla a tiempo y bien con una cuarta temporada enfocada precisamente a ese final con un equipo en el que cada uno de sus miembros tiene que tomar decisiones sobre su futuro.

Berlín XIX. Día 6 III Parte: Museo de Pérgamo y Museo de Historia Natural

Con el estómago lleno nos dirigimos como ya era costumbre a la Isla de los Museos. Para nuestro penúltimo día tocaba visita al Museo de Pérgamo, el más visitado de Berlín. Comenzó a construirse en 1910 en un espacio en el que hasta entonces se hallaba un edificio en el que se almacenaban objetos de excavaciones arqueológicas. Fue concebido para dar cabida a construcciones monumentales de conjuntos arqueológicos. Así, al contrario de lo habitual, primero llegaron las obras de arte y después se erigió el edificio en torno a estas. Inaugurado en 1930, consta de tres alas que albergan sendas colecciones permanentes: la Colección de antigüedades clásicas, el Museo del Antiguo Oriente Próximo y el Museo de Arte Islámico. Podríamos decir que se trata de tres museos en uno. Además, está en obras para incorporar una cuarta con fachadas de cristal que mostrará la Puerta de Kalabsha, la columnata procesional del faraón Sahure y la fachada de Tell Halaf.

La primera de las salas acoge el Altar de Zeus, la gran estrella del museo y la que le da nombre. Esta construcción, realizada para agradecer a los dioses las bendiciones concedidas, data del siglo II a.C. y estaba enterrada en la acrópolis de la ciudad griega de Pérgamo (hoy Turquía). Fue descubierta en 1871 por un ingeniero alemán y poco después trasladada a Berlín, donde se ha exhibido desde entonces. Tan solo abandonó la capital germana entre 1945 y 1959, pues fue tomada como botín de guerra por los soviéticos. Hoy Turquía intenta que vuelva a su territorio, pero no parece que Alemania esté muy por la labor.

Es una de las obras maestras de la escultura helenística y está considerada como la octava maravilla del mundo antiguo. Lamentablemente, lleva en obras desde 2014, por lo que no pudimos verla.

Otra de las grandes estructuras que podemos encontrar en nuestra visita es la Puerta del Mercado romano de Mileto (hoy también Turquía), una de las obras mejor conservadas del museo. Construida hacia el año 120 d.C. en tiempos del emperador romano Adriano, se correspondía con la entrada sur del mercado.

Cuando siglos más tarde Justiniano mandó construir una muralla alrededor de la ciudad y esta puerta de 17 metros de altura y 30 de ancho pasó a formar parte de la fortificación. Un terremoto la dejó sepultada hasta que un grupo de arqueólogos alemanes la encontró y decidió, como en el caso del altar, llevársela a Berlín, donde fue restaurada.

En el último siglo ha pasado por una nueva restauración ya que quedó dañada durante la II Guerra Mundial.

Al otro lado de la puerta entramos en el Museo del Antiguo Oriente Próximo, donde se exponen más de 270.000 objetos provenientes de las grandes excavaciones realizadas por arqueólogos alemanes en los antiguos territorios de Mesopotamia, Siria y Anatolia (hoy Irak, Siria y Turquía). Así por ejemplo encontramos la Puerta de Ishtar de Babilonia, la Vía Procesional, un modelo de la Torre de Babel y una copia del código de Hammurabi.

La Puerta de Ishtar fue una de las ocho monumentales de la muralla interior de Babilonia. Con unas dimensiones de 14 metros de alto y 10 de ancho, daba acceso al Templo de Marduk. En realidad, se trata de dos puertas, pero la segunda no se ha podido exhibir por falta de espacio.

Fue mandada construir en el 575 a. C. por Nabucodonosor II y está decorada con leones y dragones, los símbolos de Ishtar (la diosa babilónica del amor y la guerra) y Marduk.

Al igual que en los casos anteriores, está en Alemania porque la excavación arqueológica fue dirigida por un equipo germano y del mismo modo el país de origen – en este caso Irak – no está muy contento con la circunstancia. Aunque quizás gracias al expolio aún podemos observar el azul lapislázuli sus ladrillos, quién sabe si habría acabado reducido a cenizas con la guerra.

El código de Hammurabi fue muy importante en su época (1750 a. C.), ya que sirvió para unificar y plasmar por escrito todas las leyes del imperio babilónico. Recibe el nombre del rey que la mandó esculpir y aunque se suele conocer por la popular Ley de Talión (ojo por ojo y diente por diente), fue el primer código en recoger la presunción de inocencia. El que se puede ver en el museo es una copia. El original está en el Louvre.

En la planta superior se halla el Museo de Arte Islámico, que recoge artesanía de los países islámicos desde el siglo VIII al XIX. La mayoría de sus obras proceden de las excavaciones en el Imperio Otomano realizadas por los alemanes en la ciudad de Samarra.

Destaca el Salón de Alepo, una sala realizada en madera pintada y muros decorados por cerámicas. Resulta impresionante ver el grado de detalle, pero bueno, en la línea de lo que habíamos visto en los palacios de Marrakech.

Otros elementos llamativos son el Nicho de Damasco (siglo XV) o el Mihrad de la Mezquita de Maidám en Kashan. Esta última data de 1226 y con sus 2,80 metros de altura consta de un triple nicho con dos semicolumnas y seis franjas caligráficas con versos del Corán.

A mí personalmente me encantó el Mihrad de la Mezquita de Beyhekim (Turquía), con su decoración azul turquesa.

Una de las joyas de esta colección islámica es la Fachada de Mushatta. Con 33 metros de ancho por 5 de altura, formaba parte del Palacio de Qusair Mushatta en Amán (Jordania). Data del siglo VIII y llegó a Berlín en 1903 cuando se lo regaló el sultán osmanlí Abdul Hamid II al Kaiser Guillermo II.

Aunque los bombardeos de la II Guerra Mundial la dejaron dañada, hoy se conservan dos de las bases de las torres (el palacio tenía 23) y aún se puede ver la magnífica decoración en altorrelieve con rosetas y detalles vegetales, animales y fantásticos.

El arte islámico de la Península Ibérica también está representado. De hecho, nos llamó la atención descubrir una cúpula del siglo XIV procedente del Palacio del Partal de la Alhambra, concretamente de la Torre de las Damas.

Está realizada en madera de cedro y chopo tallada y posteriormente pintada.

Además de elementos arquitectónicos destaca la colección de alfombras orientales.

El Museo de Pérgamo es sin duda el más impresionante de todos los museos de Berlín. Posee una gran cantidad de construcciones de valor incalculable para la humanidad. Seguir la audioguía, leer todos los textos y contemplar las obras llevaría mucho tiempo, seguramente toda una jornada, pero aunque no se disponga de tanto tiempo, sin duda es una visita imprescindible, aunque sea haciendo una selección de las obras más importantes.

Nosotros lo recorrimos sin audioguía y centrándonos en lo que más nos interesaba, por lo que pudimos optimizar el tiempo y así aprovechar la última hora de la tarde para visitar también el Museum für Naturkunde, esto es, el Museo de Historia Natural. Fue fundado en 1810 en colaboración con la Universidad de Berlín para albergar una amplia selección de minerales, pero pronto comenzaron a llegar otras colecciones de otras disciplinas y el espacio se quedó pequeño. Así pues, se construyó un nuevo edificio en la calle Invalidenstraße que fue inaugurado en 1889 por el Kaiser Guillermo II y que aún hoy sigue siendo su sede. Se halla a un par de kilómetros de la isla junto a la parada Naturkundemuseum de la U6.

Quedó gravemente dañado durante la II Guerra Mundial y lamentablemente algunas colecciones se perdieron prácticamente en su totalidad. Sin embargo, el edificio pudo reconstruirse rápidamente y fue el primer museo en reabrir sus puertas (16 de septiembre de 1945).

No es un museo muy grande, pero sí muy completo. Con más de 25 millones de objetos expuestos, alberga las colecciones más grandes de Alemania en sus tres áreas: mineralogía, paleontología y zoología.

Nada más entrar nos llama la atrapa la impresionante exposición de dinosaurios. Además de quedarnos con la boca abierta con la inmensidad de los esqueletos, podemos completar la información gracias a apoyo multimedia en torno a ellos.

Destacan el Brachiosaurus brancai, que con sus más de 13 metros de altura es el esqueleto de dinosaurio más grande expuesto en todo el mundo y el fósil del ave primitiva Archaeopteryx.

Pero por encima de todos, la joya de la corona es Tristan Otto, un esqueleto original de Tyrannosaurus rex que, con sus 12 metros de largo y 4 de alto, es el único esqueleto de un T-Rex en Europa hasta la fecha y uno de los mejor conservados del mundo.

Fue encontrado en 2010 por el paleontólogo Craig Pfister en el Arroyo del Infierno, una formación geológica que discurre a través de Montana y las dos Dakotas (Estados Unidos). Es un lugar que se formó hace 67 millones de años y alberga bastantes restos de dinosaurios así como de otros animales y plantas, por lo que se pudo determinar que Tristan Otto vivió en una época húmeda, cálida y templada.

Su cráneo, de metro y medio, resulta impresionante. Y más aún viendo su dentadura.

Podemos conocer más sobre los animales y como surgen nuevas especies en la Pared de la Diversidad, donde se presentan unas 3000.

En el Ala Este sorprende la sala acristalada de las colecciones húmedas, un espacio de 12,6 kilómetros de estanterías en el que que se exponen unos 276.000 frascos que contienen peces, arañas, anfibios, cangrejos y mamíferos conservados en formol. Es un poco tétrico, la verdad.

Además, hay una parte dedicada a las técnicas de disecación de los animales y podemos ver ejemplares de lo más diversos.

Los minerales por su parte se encuentran en la sala original del siglo XIX, que alberga incluso algunos de la colección de Alexander von Humboldt.

El museo además tiene amplias exposiciones permanentes muy didácticas sobre el Sistema Solar, la creación del Cosmos y la Tierra y la evolución de los saurios.

Sin duda un museo muy interesante, más aún si se visita con niños.

Para finalizar el día esta vez no nos fuimos en busca de un mercadillo navideño, sino que pensamos aprovechar el abono transporte y tomar algún bus para ver el Berlín más simbólico de noche. No estoy hablando de los típicos buses rojos de Hop on y Hop off, sino de líneas regulares. Se trata de la 100 y la 200.

El 100 fue el primer bus que se creó tras la reunificación y conecta el Zoologischer Garten en el Oeste con la Alexander Platz en el corazón del antiguo Berlín Este. En su recorrido de apenas media hora entre ambas estaciones pasa por numerosos lugares de interés de la ciudad como el distrito de Charlottenburg y la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, por el Tiergarten y la rotonda de la Siegensäule, por el Schloss Bellevue, por el Reichstag, por la Puerta de Brandeburgo y la Avenida Unter den Linden, por el Lustgarten y la Berliner Dom y por la Marienkirche.

El 200 por su parte, aunque inicia también la ruta en la Zoologischer Garten y sigue hasta la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, después se desvía por la parte sur de los parques de Berlín Mitte. Pasa por el zoo y continúa hasta Potsdamer Platz para tomar después la Avenida Unter den Linden compartiendo de nuevo recorrido con el 100. Sin embargo, mientras que este acaba en la Alex, el 200 sigue hasta el barrio de moda de Prenzlauer Berg.

Como teníamos tiempo de sobra, tomamos el 200 desde el museo hasta Zoologischer Garten y allí esperamos a un 100 de doble piso para hacer el camino inverso hasta la Alex, donde tomamos el metro hasta el apartamento.

Tocaba dejar preparado el equipaje, pues al día siguiente volvíamos a Madrid. Aunque aún nos quedaba toda una mañana por Berlín.

Berlín XVIII. Día 6 II Parte: Berlin Wall Memorial

Con una lluvia intermitente y media mañana por delante, tomamos la U8 en Gesundbrunnen hasta Bernauerstraße, una calle en los límites entre los distritos de Wedding and Mitte, que ilustra con gran claridad el impacto que tuvo la construcción del muro en la ciudad y cómo destruyó el espacio urbano y las vidas de los residentes de la zona, y es que este se erigió directamente delante de los edificios situados en esta calle.

Los vecinos se encontraron de la noche a la mañana una frontera de alambre que les dividía de sus familias y amigos, así que muchos de ellos decidieron huir. Algunos lo hicieron deslizándose desde sus apartamentos con cuerdas o saltando a redes de rescate que había colocado el departamento de bomberos de Berlín Oeste. Aunque hubo casos en los que lo lograron, otros muchos se quedaron por el camino, lo que pronto hizo que la Bernauerstraße se ganara el sobrenombre de “la calle de las lágrimas”. Una vez que el muro estuvo finalizado, los edificios fueron evacuados y los residentes que aún quedaban fueron obligados a trasladarse a cualquier otro lugar. Después se tapiaron puertas y ventanas y quedaron abandonados.

En el subsuelo también quedó patente esta división afectando al transporte público. Los trenes de las líneas U6 y U8, así como la parte que iba norte-sur del S Bahn cruzaban el área de la RDA pero no se detenían. Disminuían la velocidad mientras sonaba un aviso por megafornía. Estas paradas se convirtieron en estación fantasma, pues en el exterior quedaron tapiadas y no podían ser usadas por los ciudadanos de Berlín Este. En algunas de ellas hoy en día podemos ver exposiciones con fotografías de aquella época.

La Bernauerstraße es también la calle donde el 10 de noviembre de 1989 se creó uno de los primeros pasos entre el este y el oeste y donde en en junio de 1990 (en la esquina con la Ackerstrasse) comenzó la demolición oficial. En este último lugar es donde comienza hoy en día el Berlin Wall Memorial, que se extiende a lo largo de aproximadamente un kilómetro y medio hasta el cruce con la Brunnenstraße (donde se encuentra la boca del metro).

Fue allí donde iniciamos nosotros el recorrido, y lo primero que nos encontramos fue una especie de parque enmarcado entre una cortina de acero (que recuerda por dónde pasaba el muro) y unos edificios cuyas paredes están adornadas con pasajes de la historia de Alemania entre 1961 y 1989.

Paseamos por el espacio que en su día fuera la franja de “seguridad” entre muro y muro donde una exhibición al aire libre nos aproxima a la historia de la división de la ciudad y cómo afectó a ambas partes. Y es que, tras su construcción, áreas centrales de Berlín así como el distrito sur de Wedding, quedaron de repente situados en la periferia de la ciudad.

No muy lejos se halla el monumento al recuerdo de Conrad Schumann, el primer desertor de la RDA, quien huyó saltando el muro cuando aún no era más que unas vallas de alambre y barricadas de madera. Hoy, la foto de Peter Leibing que captó esa huida, también se recuerda en una fachada.

Se echa en falta sin embargo referencia a los antifascistas, ecologistas, jóvenes de izquierda, homosexuales o supervivientes del holocausto que huían de una RFA atestada de nazis y buscaban asilo en la RDA. O a aquellos que cruzaban al lado occidental (muchos con visados) pero que regresaban poco después al este desencantados con lo que habían encontrado (en 1985 de 40.000 alemanes orientales que habían emigrado a la RFA un año antes, la mitad solicitó regresar).

El memorial ilustra cómo fueron cambiando y se expandieron las fortificaciones con el paso del tiempo atravesando incluso el cementerio Sophien-Friedhof. Además, muestra algunos restos, así como placas que nos recuerdan diversos incidentes, como por ejemplo los túneles excavados para intentar escapar al oeste.

Parte del memorial es también la Capilla de la Reconciliación y las excavaciones de un antiguo edificio de apartamentos de aquellos que fue evacuado y cuya fachada funcionó como muro hasta principios de los 80.

La capilla se erige en el lugar en que se encontraba la Iglesia de la Reconciliación, demolida en 1985 después de años totalmente inaccesible tras haberse quedado en la franja entre ambos muros. Hoy es tanto parte del memorial como un lugar de culto.

Junto a la capilla se halla la escultura de Josefina de Vasconcellos llamada Reconciliación, una obra que también se encuentra junto a la Catedral de Conventry, en el Museo de la Paz de Hiroshima. Es una llamada a la reconciliación tras los conflictos mostrando a dos figuras abrazándose de rodillas.

El memorial fue inaugurado el 13 de agosto de 1998, y, un año más tarde, en el 10º aniversario de la caída del muro, se añadió la Iglesia. En 2009 se creó además el Gedenkstätte Berliner Mauer (Memorial y centro de documentación del Muro de Berlín) un centro de visitantes que recoge información documental y educación política. Así, el conjunto permite aproximarse al pasado desde tres aspectos: el artístico, el documental y el espiritual. No se permite realizar fotografías, por lo que nos guardamos la cámara y lo recorrimos con calma (pues además fuera estaba lloviendo). La exhibición cuenta con contenido audiovisual, documentos biográficos y otro tipo de objetos de la época.

Una plataforma elevada en el exterior añadida en 2003 permite además asomarse y ver todo el conjunto del memorial, que queda al otro lado de la calle. Pero sobre todo da una panorámica de lo que era el muro en sí, ya que se conserva una parte formada por muro exterior, muro interior, franja de la muerte, alambradas y en el centro una torre de vigilancia. Y más allá, el cementerio.

Los restos de la frontera representan la situación en 1989. En 1994 solo quedaban las partes de las fortificaciones, por lo que hubo que reconstruir tanto el muro exterior como el interior. Para ello se emplearon elementos originales. En 2009 se añadió la torre, idéntica a la que había en su momento.

Tras una completa mañana aprendiendo sobre la historia de la ciudad, nos dirigimos hacia el centro, donde buscamos un lugar donde comer. Nos sentamos en una terraza (con carpa y calefacción) a comernos unas típicas Currywurst. Este plato tan famoso en Alemania, no tiene sin embargo una elaboración muy complicada. Se trata de una salchicha de cerdo cocida y después frita y aliñada con salsa de tomate y curry. Puede servirse entera con un panecillo, o cortada y acompañada de patatas.

Hoy hay muchas variedades de salsas, tantas como locales, y es que la combinación original Herta Heuwer, su creadora, se la llevó a la tumba. Parece que allá por 1949, un día que no tenía mucha venta en su kiosco de comida rápida en la calle Kaiser Friedrich del barrio de Charlottenburg, se puso a experimentar con salsa de tomate y especias que le había regalado un soldado británico. Esta nueva creación tuvo tanto éxito que la patentó en 1959 en Múnich bajo el nombre Chillup.

Esta versión que comimos nosotros no estaba mal, pero tampoco era una delicattessen. Salchicha con ketchup y curry espolvoreado, básicamente. Pero como hacía frío y teníamos hambre, entró bien y nos cargó pilas para seguir con el día.