Aprendiendo fotografía: Tipos de Trípodes

Si bien es cierto que con la cámara ya podemos hacer muy buenas fotos, hay algunos accesorios que ayudan a que el resultado sea aún mejor. Ya habíamos visto cómo pueden influir los filtros y hoy vengo a hablar de los trípodes, un elemento que, como su propio nombre indica, cuenta con tres puntos de apoyo, lo que permite estabilizar la cámara y obtener fotografías más nítidas.

Un trípode no es que resulte de ayuda, es que es un objeto que llega a ser incluso imprescindible en algunos casos, sobre todo en aquellos en los que necesitamos utilizar un tiempo de exposición larga (fotografía nocturna, situaciones en las que no hay mucha luz o cuando queremos un efecto seda en agua). También lo es al usar teleobjetivos, cuando se quiere hacer varias fotografías con el mismo encuadre o desde una posición o ángulo complicados, cuando se captan flores o insectos y, por supuesto, para usar el autodisparo.

Aunque hay muchos tipos de trípodes, básicamente constan de 3 partes:

Cuerpo: Son las patas y dependiendo de su diseño y material el trípode tendrá una altura mínima, una máxima (si se puede extender) y un peso máximo soportable. El cuerpo puede estar fabricado en diferentes materiales, aunque los más habituales son el aluminio y el carbono.

La cabeza (o rótula): Es la parte que permite colocar la cámara en el trípode y moverla en una u otra dirección sin tocar la posición de las patas. Dependiendo de las necesidades (tanto de quien fotografía, como de la imagen que quiera conseguir) se puede elegir entre varios estilos:

  • De tres ejes: permiten la movilidad horizontal, vertical y giro.
  • De bola: El mecanismo gira alrededor de una bola y permite los mismos movimientos que la anterior.
  • De Joystick: También permite el movimiento en tres ejes, solo que se maneja con una especie de mando, de ahí su nombre.

La Zapata: Es una pieza que se acopla por un lado a la cámara y por otro lado al trípode. Esto permite separar la cámara de las patas sin necesidad de desmontar todo.

A la hora de elegir un trípode necesitamos saber para qué cámara (no es lo mismo una réflex, que pesa más, que una compacta), para qué tipo de fotografía o situaciones y con qué frecuencia lo vamos a utilizar, y por ello hay que tener en cuenta diferentes cuestiones (y no necesariamente en este orden):

El peso: un trípode tiene que ser lo suficientemente robusto como para darnos esa estabilidad que buscamos, pero a la vez ser lo suficientemente liviano como para cargar con él. Salvo que no se vaya a transportar, que en tal caso da igual si es muy pesado. Algunos trípodes, pese a ser ligeros, cuentan con un gancho bajo la rótula, lo que permite añadir peso en el centro y ganar estabilidad. Muy útil sobre todo cuando hay viento. El peso vendrá determinado en la mayoría de los casos por el material del que esté fabricado (aluminio y aleaciones, fibra de carbono, basalto o acero inoxidable).

Capacidad de carga: obviamente el trípode (cuerpo y rótula) debe ser capaz de sostener la cámara y el objetivo más pesado que contemos. E incluso otros elementos como un flash.

El agarre: No todos los trípodes tienen el mismo tipo de sujeción al final de las patas. Es aconsejable que lleve unos topes de goma, pues así no resbalará en superficies resbaladizas

Las dimensiones mínimas: Si se va a llevar en una mochila es importante saber cuál es su tamaño mínimo al estar plegado, pues si es demasiado grande ya en su versión más reducida, no será muy práctico cargar con él.

La altura: una vez montada la cámara sobre el trípode, esta debería quedar a la altura de los ojos del fotógrafo, de forma que se pueda trabajar sin forzar la posición. Para quienes apenas pasamos del 1.50 esto no es un gran problema.

Nivel: Muy útil para asegurarnos de que la cámara queda en posición alineada.

Relación Calidad/Precio: Que un trípode sea más caro no necesariamente implica que sea mejor.

En cualquier caso, lo mejor es empezar con uno que sea lo más versátil posible y a partir de ahí, en función de la observación y la experiencia, comprar uno más específico.

Cuáles tengo yo:

Mini: Este minitrípode es muy útil por su tamaño, que permite llevarlo siempre a mano. Eso sí, tiene un uso muy limitado.

Flexible: este trípode con patas flexibles resulta conveniente no solo para un agarre horizontal, sino también vertical. Por ejemplo, sus patas se pueden enroscar en barandillas, en ramas, en una señal de tráfico… Es ligero, barato y lo hay de diferentes tamaños y que permiten diversas cargas. Este lo usábamos con la Lumix, lamentablemente para la Canon necesitamos uno superior.

Grande plegable: este es el que usamos en nuestros viajes. Sobre todo en Islandia para los paisajes y para el efecto seda en las cascadas.

Lógicamente, también hay trípodes para móviles, hoy que se usan tanto para foto como para vídeo. Aunque en realidad, con este soporte acoplable al flexible es suficiente.

En definitiva, un trípode es un accesorio muy útil e incluso imprescindible que todo amante de la fotografía debería tener en su haber.

Finding Vivian Maier

Durante esta larga primavera confinada me ha dado tiempo a ponerme al día con películas, series y libros que tenía pendientes desde hace tiempo pero nunca conseguía sacarles un hueco. Este es el caso del documental Finding Vivian Maier, en el que John Maloof intenta componer el puzle de la misteriosa fotógrafa Vivian Meier. Maloof es un historiador que en 2007 estaba trabajando junto al escritor Daniel Pogorzelski en un libro sobre el vecindario de Portage Park en Chicago. Para documentarlo acudía a diferentes subastas en busca de fotografías de los años 60 y en una de sus compras se hizo con una caja llena de negativos por 380$. Tras revisar el lote adquirido descubrió que no le serviría para su investigación, sin embargo, cuando empezó a escanear los carretes, pronto empezó a sospechar de que el material que tenía en sus manos era de una excelente calidad. Buscó información sobre la artista, pero no encontró ningún resultado, así que contactó con el Museo de Arte Moderno de Nueva York para ver si le podían echar una mano. Tampoco tuvo éxito, así que abrió una cuenta en Flickr y compartió algunas imágenes para ver si tenía más suerte. Nadie parecía saber nada de la tal Maier, pero sus fotos recibieron decenas de comentarios elogiando su trabajo, por lo que su descubridor siguió adelante con la digitalización del archivo. Maloof tenía en su poder más de 120.000 negativos, así que puso en ventas algunos de ellos en eBay. En una de estas ventas se topó con el crítico e historiador de la fotografía Allan Sekula, quien le pidió que cesara en sus ventas, pues estaba dispersando la colección de una gran artista.

Hundreds of rolls of Vivian Maier's work...

Maloof comenzó un minucioso trabajo de investigación sobre Vivian Maier así como de recuperación y protección de su archivo. Tirando de los recibos y notas del lote comprado en la subasta, descubrió una tienda donde Maier compraba sus carretes y acabó localizando a la familia Gensburg, para la que había trabajado durante diecisiete años como niñera. Se sorprendió de que fuera una aficionada, pues había pensado que sería fotógrafa profesional o periodista. Gracias a los Gensburg recuperó dos cajones que iban a tirar a la basura y que contenían correspondencia, recortes de periódico y más carretes sin revelar. Aunque recordaban que siempre iba con una cámara al cuello, desconocían por completo que fuera tan buena.

El documental, que fue nominado a los Oscar en 2015, arranca con la subasta y recoge todo el proceso de búsqueda de información. Por lo que cuentan las diferentes familias para las que trabajó Maier como niñera, era una mujer reservada, excéntrica y hermética. Poco sabían de su vida. Desconocían si tenía familia o amigos e incluso parece que en cada casa daba un nombre diferente. En algunas ocasiones se presentaba como Vivian, otras Vivianne, otras Mrs Maier y otras Viv. Era todo un enigma.

Parece ser que nació el 1 de febrero de 1926 en Nueva York de madre francesa y padre austro-húngaro y que vivió parte de su infancia en los Alpes franceses. Cuando tenía 4 años su padre las abandonó y se mudó con su madre, que era enfermera privada, a la casa de la fotógrafa Jeanne J. Bertrand. Quizás ella le inspirara ya desde bien pequeña, pero son todo conjeturas, en realidad no se sabe cómo adquirió su formación artística. Hay lagunas también con respecto a su adolescencia. Se sabe que viajó con su madre en varias ocasiones a Francia y que sus padres se reconciliaron mudándose los tres al Upper East Side.

Comenzó a trabajar de niñera en Nueva York a principios de los años 50 hasta que en 1956 se mudó a Chicago para cuidar de los tres hijos de la familia Gensburg. En esta nueva casa contaba con un baño incorporado en la habitación, por lo que se creó su propio cuarto oscuro para revelar sus fotografías. Según su archivo un año más tarde se tomó un permiso para viajar por Puerto Rico y toda Sudamérica. Y más tarde, en 1959, estuvo ocho meses recorriendo Egipto, Tailandia, Taiwan, Vietnam, Indonesia, Francia e Italia. Cuando en 1972 los críos ya eran demasiado mayores para necesitar una niñera, Vivian tuvo que buscar nuevos trabajos cambiando periódicamente de familia llevando consigo su colección de carretes, cintas de vídeo, de audio, periódicos y toda clase de documentos que iba acumulando. Esta inestabilidad le impidió seguir revelando sus fotografías y se le acumularon carretes y carretes durante años sin positivar. Para finales de los 90 tenía tanto material (creo que rozaba el Síndrome de Diógenes) que tuvo que alquilar un trastero para guardar todas sus pertenencias. Trastero que ya jubilada no pudo seguir pagando y cuyo contenido acabó saliendo a la subasta donde empezó este viaje de descubrimiento de la artista. Falleció en una residencia de ancianos el 21 de abril de 2009.

Su trabajo con los niños le permitía estar mucho tiempo en la calle y, a juzgar por el gran número de fotografías, parece que era de gatillo fácil. Debía pasar desapercibida pues, salvo contadas ocasiones, la gente aparece relajada en sus imágenes. Quizá influyó el hecho de ser una mujer de raza blanca y vestida de forma sencilla, pero sobre todo que en muchos casos los sujetos no se dieron cuenta del disparo dado que usaba una cámara Rolleiflex, cuyo visor permite fotografiar con ella a la cintura. Su obra recoge décadas enteras de vida urbana (apenas fotografió su espacio íntimo) y se erige como un estudio sociológico de los espacios públicos de la segunda mitad del siglo XX. Además de edificios, calles o pequeños objetos cotidianos, retrataba personas de barrios pobres, trabajadores, ancianos, indigentes, señoras de clases sociales altas, niños… Parece que era una mujer muy observadora y con una sensibilidad única. Conseguía captar las sutilezas de los gestos en un instante. Sus instantáneas denotan paciencia y perseverancia, ya que por aquella época la fotografía implicaba un reto técnico nada comparable al de hoy en día. Según el estudio de los negativos de Maloof, se tomaba en serio cada disparo y controlaba el triángulo de la luz, el encuadre y demás parámetros. No se sabe cómo adquirió estos conocimientos, pero claramente no era una aficionada. Gracias a que de vez en cuando se hacía algún autorretrato en escaparates, espejos o cualquier superficie reflectante hemos podido conocer cómo era físicamente.

Vivian Maier

Aunque a lo largo de los años tuvo preferencia por la fotografía monocromática (quizá también motivada por una cuestión económica), en los años 70 cambió al color, quizá con intención de experimentar y descubrir nuevas técnicas y enfoques.

En una época como esta en la que hacemos fotos sin parar casi siempre con intención de compartirlas en las redes sociales, se hace complicado entender cómo Maier vivía sin hacer pública su obra. Es cierto que parte de culpa tendría el elevado coste que le habría supuesto revelar todas esas fotografías, pero parece que también tuvo mucho que ver el que fuera una persona tan reservada y solitaria. Este aislamiento elegido seguramente le dio seguridad, pero también la limitó como artista. Aunque quizá por eso su trabajo es tan puro y personal, porque no dependía de encargos o imposiciones determinadas por tener que venderlo sino que simplemente se echaba a la calle con la Rolleiflex primero y con la Leica después, deambulaba por las calles, observaba a los viandantes y disparaba cuando encontraba algo interesante. La duda que nos queda hoy en día es qué habría pensado la autora – tan recelosa como era-  de que sus fotografías salieran a la luz y de que Maloof convirtiera en la misión de su vida promover su obra (además del documental ha publicado varios libros y promovido exposiciones) y consiga por el camino unos buenos beneficios económicos. Con todo, es innegable que Vivian Maier es uno de los máximos exponentes en fotografía urbana que nos ha dejado un gran legado y me tiene fascinada.

Aprendiendo fotografía: Tipos de Filtros

Después de ver los diferentes tipos de objetivos y analizar las diferentes posibilidades que nos ofrecen cada uno de ellos, hay que ir un paso más y descubrir los filtros.

Un filtro, en aspectos generales, funciona de forma similar a la que lo hacen las gafas de sol: protege la lente en condiciones de luz intensa y mejora la visibilidad. No obstante, los filtros para objetivos son muy útiles también para jugar con la luz, la intensidad o los colores; eliminar los brillos; o conseguir el efecto seda. Y es que, a fin de cuentas, no todas las fotografías se han de tomar con los mismos parámetros, por tanto, en función de la imagen que se quiera conseguir, se necesitarán unos medios u otros.

El filtro UV es el más básico de todos. Aunque su principal cometido es eliminar la radiación ultravioleta y disminuir la neblina, lo cierto es que su efecto apenas se aprecia a simple vista. Sin embargo, se convierte en esencial pues protege la lente tanto de posibles golpes como de rayas, polvo o suciedades. El inconveniente no obstante es que, al estar añadiendo un cristal más al objetivo, en ocasiones puede generar algunos destellos. Esto se puede solucionar añadiendo un parasol al objetivo.

El segundo filtro más común es el polarizador, con el que se consigue una imagen sin reflejos (también reduce los brillos del metal y superficies reflectantes), con mayor contraste y unos colores más saturados. Por tanto, permite una fotografía más clara y definida en los detalles. Eso sí, para que sea efectivo, la luz ha de incidir desde un ángulo de 90º. No se apreciará diferencia si esta se encuentra delante o detrás del objetivo.

La desventaja del filtro polarizador es que se pierden dos pasos de luz, por lo que habrá que compensar bajando la velocidad si se quiere obtener profundidad de campo. Además, no funciona muy bien con las lentes de gran angular, ya que no es capaz de abarcar todo su espectro y deja una mancha oscura en el centro.

A diferencia del filtro uv y del polarizador, que reducen los reflejos y modifican los colores, los filtros de densidad neutra solo reducen la luz. También conocidos como filtros ND, su lente es similar a la de las gafas de soldador y permite mirar directamente al sol sin acabar deslumbrado. Gracias a su cristal oscuro, son muy prácticos para fotografías de larga exposición o en las que la fuente de luz da de lleno a la cámara.

Se miden en diafragmas en función de la luz que dejen pasar. Así, se pueden encontrar ND2, ND4, ND6, ND8, ND10…. Aunque si no se sabe qué es lo que se necesita exactamente, existen los filtros de densidad variable que, a medida que se giran sobre el objetivo, aumenta o disminuye su opacidad.

El inconveniente de los filtros de densidad neutra es que es recomendable disparar en modo manual para así compensar los valores, y esto es algo que no siempre se domina. Aunque puede ser una buena forma de practicar.

Además de estos tres tipos de filtros más comunes, existen otros que abren la puerta a otro tipo de fotografía mucho más creativa y experimental como son por ejemplo el filtro enhancer, que se emplea para dar presencia a los colores cálidos sin tocar el resto; los filtros de un color concreto (un tanto obsoletos); los filtros de infrarrojo, que desaturan las imágenes gracias a que solo permiten la entrada de luz infrarroja; o los filtros degradados, que equilibran los contrastes oscureciendo las zonas más claras.

Personalmente encuentro importantes los tres primeros. El UV para proteger el objetivo, el polarizador para días especialmente luminosos y con fotografías de paisajes, y los DN para paisajes de larga exposición, algo que he descubierto recientemente en el viaje a Islandia. El resto me parecen ya complementos para fotógrafos más profesionales o que les guste jugar con efectos originales. De momento yo no he llegado a ese punto de fotografía tan artística.

Aunque los que he mostrado en las fotos que ilustran este post son todos circulares, también existen los cuadrados. La ventaja de los primeros es que son más baratos y más sencillos de usar, ya que simplemente hay que enroscar el filtro al objetivo. Esto permite cambiarlos de forma rápida en función de la fotografía que queramos realizar. Sin embargo, el inconveniente de los circulares es que van por diámetro, por tanto, si se cuenta con varios objetivos de diferentes tamaño, necesitaremos el mismo tipo de filtro con cada una de las medidas.

No obstante, este problema se puede solucionar rápidamente con unos aros que sirven de adaptador y que cuentan con dos roscas, cada una de un diámetro (puede ir tanto de menor a mayor, como de mayor a menor).

El sistema cuadrado (o rectangular) no solo consiste en el filtro, sino que además precisa de un soporte donde colocarlo. Lo bueno es que únicamente se necesita un portafiltros y que se puede colocar de diferentes maneras según si se quiere aplicar el filtro a toda la imagen o solo a una parte. Además, reduce el viñeteo. Lo malo es que este sistema es algo más caro y no es tan cómodo de usar.

En cualquier caso, con sus pros y sus contras, los filtros son unos grandes aliados para conseguir mejores efectos en la fotografía y reducir los retoques en la posterior edición.

Aprendiendo fotografía: Tipos de objetivos

Está claro que decidirse por una cámara no es fácil, ya conté las vueltas que le dimos nosotros cuando murió la Lumix. Pero en realidad, más allá de la importancia que hay que darle al cuerpo de la máquina y sus características, hay que tener en cuenta otro factor importante: el objetivo que acoplamos. Recuerdo que mi hermano me aconsejaba que además de la cámara buscásemos aparte un objetivo en condiciones, porque el que nos iba a venir de serie iba a ser lo más básico. Y tenía razón, el 18-55 mm no es el objetivo que un experto elegiría en primer lugar, pero cuando se habla de nivel principiante hay que partir de algún sitio, y este resulta conveniente por su rango.

Un objetivo está compuesto por varias lentes dirigen los rayos de luz al sensor. Nos servimos de él para ajustar la distancia focal (por ejemplo el 18 o el 55) y el enfoque. Su luminosidad vendrá determinada de su apertura máxima y cuanto más permita abrir el diafragma, más luz entrará (y más caro será). En el caso de los objetivos zoom, esta apertura varía en función de la distancia focal elegida. Por ejemplo, en el caso de este 18-55 mm que oscila entre f/ 3.5-5.6, tendremos f/3.5 si elegimos 18, y f/5.6 cuando sea 55. Generalmente se habla de que cuanto más luminoso, mejor objetivo será, pero también pueden influir otros aspectos, por lo que no hay que tomarlo como una máxima.

Aparte de la diferenciación por objetivo de focal fija o variable (zoom), podemos clasificarlos en base al ángulo visual. Y dependiendo de este valor serán más o menos idóneos para según qué tipo de fotografías.

  • Ojo de Pez: Estos objetivos de distancia focal que oscila entre los 6 y 16 mm se caracterizan por un ángulo extremo (180º o más) gracias a su lente curva con forma semiesférica. Aunque hay excepciones, las fotos resultantes quedan distorsionadas con aspecto de como si estuviéramos mirando por una mirilla de la puerta. Este tipo de lentes suelen usarse para fotografiar espacios pequeños.
  • Gran Angular: Como su nombre indica, también tienen un ángulo amplio. Sin embargo, es algo menor que el del anterior (de 60 a 180º) y su distancia focal suele ir entre los 18 y los 35 mm. Este tipo de lente tiene mucha profundidad de campo, por lo que se suele emplear en espacios abiertos. Eso sí, también distorsiona ligeramente la perspectiva, por lo que tenemos como resultado que los objetos más próximos aparezcan muy grandes con relación a los más alejados.
  • Estándar: En esta categoría entrarían aquellos objetivos entre los 35 y los 50 mm con un ángulo visual más próximo al ojo humano (45º). No produce distorsión y son muy luminosos.

  • Teleobjetivo: Es aquel que cuenta con un ángulo inferior a 30º y la distancia focal más alta (de 70 mm para arriba), por lo que es capaz de captar objetos bastante alejados sin necesidad de acercarse. Suele ser usado para fotografía de deportes o de naturaleza. Dentro de este grupo se encuentran los Teleobjetivos cortos, los normales, lo superteleobjetivos y los ultratelefotos.
  • Macro: Al contrario que el grupo anterior, esta lente tiene la peculiaridad de poder fotografiar muy de cerca gracias a su distancia mínima de enfoque muy muy baja. Es el que menos distorsión ofrece y es muy luminoso. Suele usarse para fotografía de insectos, flores o de detalle. En esta categoría podemos encontrar el macro de focal corta (entre 30 y 50 mm), el estándar (entre 60 y 105) y el teleobjetivo macro (entre 150 y 200).
  • Todoterreno: Es quizá el más práctico, ya que es capaz de abarcar amplios rangos focales (entre 18 y 300 mm), por lo que no es necesario cargar con varios objetivos y cambiarlos en función de si se quiere sacar un rascacielos, un paisaje o incluso un retrato. Lógicamente, como dice el refrán, quien mucho abarca, poco aprieta. Técnicamente no consigue mantener una perfecta calidad en todas las distancias, pero a nivel aficionado, es quizás lo más cómodo. Conviene que tenga estabilizador para reducir las vibraciones, aunque esto, obviamente, encarecerá su precio.

Además de la cantidad y calidad de las lentes o de que cuente con estabilizador, el precio de un objetivo también vendrá determinado por otros factores como si incorpora reducción de aparición de aberraciones cromáticas, sistema de autoenfoque o del tipo de material con que esté fabricado.

En cualquier caso, para alargar la vida útil de cualquiera de ellos, es recomendable tener cuidado al cambiarlos (y hacerlo lo más rápido posible) y portarlos lo más protegidos posible con ambas tapas puestas y en una funda acolchada, libres de humedad, polvo o suciedad. Conviene también hacerse con un kit para mantenerlos limpios, así como incorporar un parasol (ayuda a eliminar los reflejos) y un filtro UV (para que no se rayen o dañen).

De momento tenemos el pisapapeles que venía con la cámara y el 50 mm. Quizá el siguiente sea el todoterreno, pero de momento queda mucho por aprender del manejo de la cámara como para dar el siguiente paso.

Aprendiendo fotografía: Encontrar el encuadre

Aunque hacer una foto es una acción que lleva tan solo unos segundos, en realidad, antes de apretar el botón hay que tomar muchas decisiones. Ya habíamos descubierto que había que tener en consideración la apertura del diafragma para determinar cuánta luz queríamos, la velocidad de obturación para indicar el tiempo que ha de pasar esa luz y la ISO para equilibrar la exposición; sin embargo, aún nos queda un aspecto importante que también va relacionado con el triángulo de la luz: encontrar el enfoque y el encuadre.

El rango de apertura del diafragma nos permite jugar con el enfoque y delimita la profundidad de campo. Por ejemplo, con una mayor apertura (f/pequeño) la imagen resultará más nítida en un primer plano, pero se irá difuminando en la lejanía; mientras que si queremos enfocar a una mayor distancia, entonces tendremos que disminuir la apertura (f/grande) consiguiendo así que tanto lo más cercano como lo más alejado esté nítido. Nuestra cámara tiene un enfoque automático AF con 39 puntos, 9 de ellos en forma de cruz situados en la zona central y dado que normalmente hago fotos de paisajes o edificios, no recurro al manual. Son demasiados años con una compacta simplemente apuntando y presionando el botón y reconozco que me queda mucho por aprender en cuanto a jugar con la composición. Y es que para hacer una fotografía con enfoque manual hay que tener claro qué es lo que se quiere fotografiar, cuál va a ser la composición.

Hay quien tiene una mente muy creativa y enseguida lo tiene claro. Otros necesitamos tiempo y esfuerzo para desarrollarla, tanto viendo muchas fotografías y entrenando nuestra percepción, como en la práctica haciendo fotos y consiguiendo nuestro propio estilo. Y ahí estamos. Intentando encontrar ese punto.

Para empezar los expertos recomiendan evitar colocar el objeto principal de la fotografía en el centro, ya que el resultado será una imagen un tanto aburrida y estática. En su lugar, resulta más interesante practicar con la regla de los tercios, dividiendo la imagen en tres partes (tanto vertical como horizontalmente) situando el objeto en alguna de las intersecciones de estas líneas.

Este método en sencillo de aplicar y es muy útil para ubicar el horizonte/cielo (horizontalmente) o un edificio/persona (verticalmente), no obstante, a veces deja el resto de la imagen demasiado vacía y hay que encontrar otra perspectiva. Es un punto de partida para entrenar el ojo y poco a poco ir descubriendo detalles que sirven como guías, como puede ser el caso de una carretera, una vía férrea, un río, unas escaleras o un paseo.

En este aspecto también resulta visualmente atractivo el uso de la simetría y patrones. Por ejemplo, los grupos impares parece que atraen al cerebro, sobre todo funciona bien el 3, ya que no es excesivo.

El uso del color también es importante y se puede emplear bien destacando un objeto sobre los demás, creando armonía con colores similares o próximos en el círculo cromático, o por el contrario generando contraste eligiendo los opuestos.

Todos estos aspectos aunque se entrenan, en general me da la sensación de que los tenemos ya más interiorizados, es decir, que vemos atraídos de forma natural por un objeto más colorido, un edificio más alto, un patrón, seguimos las líneas… Así que, en ese aspecto es fácil localizar lo que queremos fotografiar. Sin embargo, me pasa muchas veces que lo que en un principio me ha parecido atractivo y he querido plasmar, queda totalmente soso y plano en pantalla. En muchos casos el problema se debe a la perspectiva. Tradicionalmente solemos hacer fotos de pie desde la altura de nuestros ojos, pero casi siempre la imagen mejora considerablemente subiéndonos a algo o agachándonos. De hecho, una de las primeras cosas que aprendes cuando empiezas a practicar es el hacer la cabra montesa o doblarte como un contorsionista para encontrar el ángulo perfecto. También influye el tener un objetivo limitado, claro.

Por otro lado, cuando se trata de un retrato en primer plano habría que posicionarse al mismo nivel que el sujeto y con sus ojos en uno de los puntos de convergencia de la regla de los tres tercios, para que así sea más llamativo. Otra cosa sería que nos sirviéramos de una persona para conducir la mirada del espectador. Así, el plano habría de quedar abierto hacia donde nos dirija su lenguaje corporal, ya sea con la postura o con la mirada.

Esta composición serviría igualmente para objetos no estáticos. Dejando espacio hacia donde se dirige se consigue una mayor profundidad y esa sensación de movimiento.

Otro aspecto en el que suelo dudar es si elegir orientación horizontal o vertical. La teoría dice que el horizontal es más apropiado para los paisajes ya que permite mostrar tanto el cielo como la tierra y el vertical para retratos, destacar un objeto en un primer plano o dar profundidad. Sin embargo, en la práctica, dependerá del punto de vista que queramos dar. Y volvemos a lo de que hay a quien le sale natural, y por el contrario quien necesita probar en ambas posiciones para decidir qué le convence más, como es mi caso. Por suerte hoy en día tenemos cámaras digitales en las que podemos previsualizar las fotos y echar tantas como queramos sin estar limitados por el número finito del carrete (las tarjetas también tienen limitación, pero contamos con mucho más espacio).

Sin duda hacer fotos no es tan fácil como puede parecer incluso cuando estamos acostumbrados a llevar una cámara en el móvil. Pero aún con todo lo dicho, pese a que podamos aprender la teoría de múltiples reglas, en realidad cualquier técnica vale siempre que se transmita algo. Al final es de lo que se trata la fotografía: de plasmar un momento, transmitir sentimientos y contar una historia.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz III

Tras asimilar los dos primeros factores del triángulo de la luz (apertura del diafragma y velocidad de obturación), toca concluir con el tercero: la ISO, que no es otra cosa que el valor que indica cuánta luz es necesaria para poder sacar una buena foto. Y es que de eso va la fotografía: de captar la luz.

ISO se corresponde con las siglas International Organization for Standardization y viene de la unión de la escala ASA (American Standard Asociation) y de la DIN (Deutsches Institut für Normung). No deja de ser un valor estandarizado mundialmente que hemos heredado de la fotografía analógica. Ahora con la digital las cosas han cambiado bastante y se puede regular con la cámara gracias a las fotocélulas del sensor de la cámara, pero en las analógicas tan solo se podía jugar con la apertura y la velocidad. La ISO venía determinada por la cantidad de haluros de plata con la que estaba fabricada la película, así que había que elegir el valor del carrete en función del tipo de fotografía que se quisiera hacer. Algo que no debía ser nada práctico para los fotógrafos profesionales, que imagino que intentarían hacer las sesiones lo más rápido posible para aprovechar las mismas condiciones lumínicas y así no tener que cambiar de carrete. A nivel usuario de a pie, pues supongo que pasaba como en mi casa, que se ponía un carrete de 24 y servía para las fotos del verano, festivales escolares y cumpleaños. Daba igual que fueran fotografías de interior o exterior, que fuera de día o media tarde, retratos o paisajes. Y así pasaba, que siempre había que descartar alguna foto por borrosa u oscura. Hoy con las cámaras digitales ahorramos en el aspecto económico y también resulta mucho más práctico.

Para elegir este modo semiautomático habría que girar el dial a la letra P.

La ISO se mide en una escala en la que cada valor es el doble que el anterior. Así, suele comenzar en 100 y después pasa a 200, 400, 800 y así sucesivamente hasta la sensibilidad máxima que permita el sensor de la cámara. En algunos modelos permite tercios de valor (125, 160…)

Ahora bien, ¿cómo regular este valor? Pues la sensibilidad es inversamente proporcional a la cantidad de luz del momento. Es decir, cuanta más luz haya, menor será la ISO. Por lo que si nos encontramos en una situación en que la luz no es la más adecuada, podemos amplificarla subiendo la ISO. Eso sí, hay que encontrar un punto óptimo en el que no aparezca el maldito ruido.

Y lo mismo por abajo, ya que aunque lo ideal sería elegir una ISO lo más baja posible, hay que tener cuidado con la subexposición. No se trata tanto de seleccionar el más bajo que permita la cámara sino de lo que permitan las circunstancias.

Y aquí es donde volvemos al triángulo y a la correlación de los tres factores, ya que para conseguir más luz sin obtener ruido, es recomendable, en vez de recurrir a la ISO directamente, probar primero a abrir más el diafragma y después disminuir la velocidad de obturación. Y es que con estos dos parámetros lo que se consigue es que pase más luz, mientras que la ISO lo que hace es amplificar digitalmente. Es como falsear la realidad, por así decirlo. No obstante, aumentar la sensibilidad será imprescindible en algunas ocasiones, como cuando hay demasiada oscuridad (por ejemplo en una noche estrellada), cuando se quiere ganar una mayor profundidad de campo o cuando se quiere congelar una imagen pero ya se ha abierto el diafragma al máximo.

Otra opción para mejorar las condiciones, claro está, es la de añadir alguna fuente lumínica extra. No obstante, siempre habrá casos en los que el ruido no se pueda evitar. A veces algo se podrá reducir en la edición (tras haber disparado en RAW), aunque tampoco siempre.

Una vez entendida la teoría de los tres factores del triángulo de la luz lo que toda es practicar, practicar y practicar para asimilar cómo se afectan entre sí y algún día pasar al modo manual.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz II

Después de comprender cómo funciona la apertura del diafragma, tocaba adentrarse en el segundo factor del triángulo de la luz: la velocidad de obturación. O lo que es lo mismo el tiempo durante el que el va a entrar la luz. Para darle prioridad este factor y que la cámara regule los otros dos, deberemos elegir la S (de shutter speed en inglés) en el dial. En el caso de que sea una Canon, habría que seleccionar Tv.

Así, además de poder controlar la cantidad de luz que va a entrar por el diafragma aumentando o disminuyendo su diámetro; también podemos decidir durante cuánto tiempo va a estar abierto el obturador. Cuanto más rápida sea la apertura y cierre de estas cortinillas, menos luz pasará, mientras que cuanto más lento, mayor exposición.

La velocidad de obturación se mide también en fracciones, como la apertura del diafragma. En este caso tenemos 1/ seguido de un valor. Así, 1/2000 será inferior a 1/5. Es decir, si estamos con una configuración 1/2000 el obturador se abrirá y cerrará más rápido que a 1/5 y entrará menos luz. Los tiempos van en progresión con una relación 1:2 y los más frecuentes 1 segundo, 1/2, 1/4, 1/8, 1/15, 1/30, 1/60, 1/125, 1/250, 1/500, 1/1000, 1/2000 y 1/4000 (aquí está el tope por ejemplo del objetivo 18-55mm de nuestra Nikon D5300). Aunque en algunas cámaras también hay pasos intermedios.

Como en la apertura, vamos a tener un rango que va a venir determinado por el equipo de trabajo. En este caso, hay una regla orientativa para conocer la velocidad del objetivo usando como referencia su distancia focal. Por ejemplo, si se trata de un 50mm, la velocidad mínima para evitar que la fotografía salga movida será 1/50. No obstante, si es inferior a 50, parece que no conviene bajar de 1/35. En caso de los zoom lo suyo sería tomar como referencia la mayor distancia focal. Es decir, en el 18-55, el 55.

Aún así, en realidad dependerá de muchos factores, como el pulso del fotógrafo, la estabilización de la cámara y sobre todo de la imagen que se quiera obtener. Este modo S resulta útil para la exposición de la fotografía. Por ejemplo cuando tenemos unas condiciones de oscuridad y queremos que entre más luz sin necesariamente abrir más el diafragma (a lo mejor no interesa por una cuestión de profundidad de campo). En este caso, la velocidad será inferior, aumentando el tiempo de exposición. Pero también se puede usar en el caso opuesto, cuando hay unas condiciones demasiado luminosas que hacen que se queme la fotografía (aumentando la velocidad).

Por otro lado, también se puede recurrir a este modo para fomentar la creatividad (creando halos, estelas o el famoso efecto seda del agua) usando velocidades bajas; o para un enfoque selectivo en ocasiones con sujetos en movimiento (ya sean personas, animales o medios de locomoción) con velocidades altas (por debajo de 1/60 segundos). En este caso interesará que el obturador sea más rápido y con una menor exposición para así congelar la imagen.

Ahora bien, en la teoría parece claro; sin embargo, en la práctica no es tan fácil. Además de dar con la configuración adecuada de los parámetros y no pasarse o quedarse corta (que ya es bastante); también hay que tener en cuenta el pulso, sobre todo en largas exposiciones. Aunque esto se puede solucionar (aparte de con una mejor cámara y objetivo con un buen estabilizador) con un trípode o apoyando la cámara en algún sitio. Incluso en estos casos a veces conviene usar un disparo retardado, pues el simple hecho de apretar el botón, ya mueve un poco la máquina.

También podemos usarnos a nosotros mismos como trípode apoyándonos en una pared o elemento urbano. Ya se sabe que cuando te compras una cámara automáticamente te conviertes en equilibrista y cabra montesa. Lo que sea por conseguir la foto deseada.

De momento, para la perfección queda mucho por aprender y por practicar. Aún queda por descubrir el tercer factor del triángulo.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz I

Cuando se planteó el dilema de cambiar de cámara compacta a una reflex, lo primero sobre lo que me mentalicé (entre muchas más cosas) es que tenía que aprender algo de fotografía. Porque, ¿para qué quieres una cámara con tantas opciones si luego vas a usar el modo automático o los predefinidos como en una compacta? No parece tener mucho sentido. Pero claro, meterse de lleno en un modo manual me parecía un mundo, así que tomé el camino del medio: los modos semimanuales. Ahora bien, ¿cuál uso? Pues ahí estaba la primera lección que tenía que aprender: el triángulo de la luz.

Empecemos por el principio, como buena novata.

El triángulo de la luz está compuesto por tres elementos interrelacionados entre sí: la apertura del diafragma, la velocidad de obturación y la ISO. Cualquier cambio en uno de los tres factores, afecta a los otros dos, por lo que hay que tener cuidado a la hora de elegir los parámetros. Para que el asunto no sea tan complicado, la cámara nos permite elegir un modo semimanual, como comentaba más arriba. Así, podemos centrarnos en uno de los tres y dejar a la máquina que compense los otros dos.

De esta forma, si giramos la ruleta al modo A (en una nikon), controlaremos la Apertura del diafragma, el primer factor del triángulo.

El diafragma funciona similar al iris del ojo, por lo que a mayor diámetro (cuanto más abierto esté), más luz entrará. Hasta ahí todo bastante claro y sencillo. Sin embargo, a la hora de elegir el valor, me costaba entenderlo y lo que realmente me ayudaba era ver que en la cámara, cuando me movía entre las opciones, a medida que variaba la cifra, también iba abriéndose o cerrándose el objetivo. Es decir, no me fijaba en los números. Y es que el valor de apertura se mide en f/, y cuanto más bajo sea dicho número que lo acompaña, más luz entrará.

Después, a medida que me he ido familiarizando con la cámara, también lo he hecho con el la escala. Podríamos decir que sigue el siguiente patrón “estándar”: f/1, f/2, f/4, f/8, f/16, f/32, etc. y se calcula dividiendo entre dos la cantidad de luz que entra a través del objetivo (f/8 en realidad sería 1/8). Por eso f/1 es abierto y a medida que aumentan los números, se va cerrando. Ahora parece obvio, claro.

Sin embargo, ahí no queda la cosa, pues además de estos pasos enteros “estándar”, también hay unos intermedios no universales (f/1.4, f/2.8, f/5.6, f/11, f/22, etc.) que también van dividiendo entre dos el valor anterior y se incorporaron con el tiempo a medida que el mundo de la fotografía ha ido evolucionando.

Este rango de valores (tanto los enteros como los intermedios) no va a venir determinado por la cámara, sino por la luminosidad del objetivo, que es donde está el diafragma. Y normalmente las lentes fijas suelen ser más luminosas que las zoom. Por ejemplo, si comparamos el 18-55mm que venía con la cámara (ese que los profesionales llaman el “pisapapeles” pero que hace el apaño cuando eres principiante) con el 50mm, vemos que cada uno tiene unos valores sobreimpresos diferentes.

Por un lado en el zoom podemos leer 18-55mm 1:3.5-5.6, lo que quiere decir que su apertura máxima dependerá de si estamos en 18mm o 50mm. Esto es, en los 18 será de f/3.5, mientras que en los 50 lo será de f/5.6.

Por su parte, en el 50mm figura 1:1.8, lo que significa que su valor máximo es f/1.8.

Así, comparando ambos, comprobamos el objetivo fijo es más luminoso que el zoom, ya que f/1.8 significa una mayor apertura de diafragma que f/3.5 (en su mejor caso). Este valor no solo sirve para comparar lentes de diferente focal, sino incluso para comparar aquellas que son de un mismo rango.

Una vez claro el concepto y el rango de apertura que nos permite el objetivo en cuestión, podemos comprender cómo jugar con la profundidad de campo, un concepto estrechamente relacionado con la apertura del diafragma. Y es que a medida que la apertura sea mayor (f/pequeño), menor profundidad habrá. Es decir, la imagen resultará enfocada en un primer plano, pero se irá difuminando en la lejanía. Yo esto lo entendí claro a la inversa: cuanto menor sea la apertura, mayor distancia de enfoque. Cualquier miope sabe que sin gafas enfoca mejor achinando los ojos.

Así, no solo elegiremos el f/x en función de la luz que queramos que entre, sino también según el tipo de fotografía que estemos realizando. Es decir, no será lo mismo un retrato en el que lo que pretendemos es focalizarnos en la persona, que un paisaje, donde lo que queremos es algo más general. No obstante, aunque la profundidad de campo depende en gran medida de la apertura del diafragma, también lo hace de otras dos variables: la distancia focal (las dioptrías de la lente) y la distancia con respecto a lo que estamos fotografiando (no es lo mismo situarse a dos metros del sujeto a fotografiar que a dos centímetros).

Es lo complicado de la fotografía, que todo está interrelacionado y hay que asimilar conceptos para entender cómo influyen unos en otros. En próximas entradas conoceremos la velocidad de obturación y la ISO.

Transición de cámara compacta a Reflex

Llevábamos ya tiempo con problemas en nuestra cámara compacta. La Panasonic Lumix DMC-ZS7/TZ10 ha viajado mucho con nosotros desde que la trajimos de Nueva York en 2011, y claro, de tanto uso, los aparatos se van desgastando o estropeando.

En determinado momento comenzamos a notar unas manchas en las fotos, y lo achacamos a que el objetivo estaba sucio en el instante en que se hicieron. Sin embargo, luego lo vimos en directo, y, aunque limpiábamos la lente, la mancha seguía ahí, quedando más patente al fotografiar cielos o al hacer zoom.

Así pues, nos descargamos el manual de internet y el manitas que tengo en casa se aventuró a desmontarla para limpiarla. Es un trabajo para gente paciente y minuciosa, porque lleva unos tornillos minúsculos. El caso es que funcionó. Limpiando las lentes con cuidado con un pañito de las gafas se fueron las manchas. La volvió a montar y nos volvimos a ir de viaje.

Y nos fue bien durante un tiempo, en varios viajes. Hasta que fuimos a Japón. Íbamos recorriendo el barrio coreano de Tokio cuando las manchas volvieron. La cámara se debía haber quedado con alguna fisura o ranura por la que le entraba polvo y de ahí las motitas en el objetivo.

La solución era volver a abrirla, claro, pero no contábamos con el material, ya que los destornilladores se habían quedado en casa. Así pues, nos acercamos a una gran superficie de electrónica y le pregunté a un empleado cámara en mano si tenían algún destornillador para abrirla y limpiarla. La cara de espanto fue un poema. Abrió los ojos cual muñeco japonés y solo me sabía decir “no, no, broken, broken” mientras negaba con la cabeza. Creo que lo que quería decir es que si desmontábamos la cámara se rompería, pero vete a saber.

Tuvimos que valorar otras opciones, y al final acabamos en el Don Quixote, una tienda que tiene de todo (DE TODO) y compramos un juego de destornilladores. Ya en el hotel, pasamos por la segunda operación a lente abierta.

Y así aguantamos 2015 y 2016, llevando en cada viaje el juego de destornilladores por si volvía a pasarnos. Hubo que abrirla una tercera vez, de hecho.

Por tanto, parecía evidente que había que cambiar de cámara, porque poca solución tenía. La duda era, ¿y ahora qué cámara buscamos? Porque claro, esta Lumix vino a sustituir a la DMC-LZ2 que teníamos antes y que también nos había durado otros 6 años. Miramos los modelos siguientes a la nuestra para ver cuál se adaptaba mejor en relación necesidades-calidad-precio y descubrimos que ya no tenían GPS. Y es que es algo que diferenciaba nuestra Lumix DMC-ZS7/TZ10  de la mayoría de cámaras del mercado.

No es algo imprescindible para hacer fotos, claro, pero resulta de utilidad cuando echas la vista atrás y consultas el archivo. Cada foto aparece en el mapa en su localización (al menos allí donde geolocalizó el GPS).

Así que, había que abrir la búsqueda y valorar otras opciones. Pero, ¿por dónde empezar? ¿En qué punto nos encontramos? ¿Qué necesitamos? Cuando compramos la TZ10 no viajábamos tanto, pero ahora, la situación había cambiado y quizá habría que plantearse ir un poco más allá. Dejar atrás las compactas y pasar al siguiente segmento. Pero, si en compactas el GPS había desaparecido, en las cámaras más “profesionales” tampoco es que hiciera acto de presencia. Sobre todo porque suele consumir bastante batería.

Estuvimos comparando las bridge, las mirrorless y las reflex y surgieron las dudas de marcas, características, dimensiones, peso… El inconveniente de las bridge es su peso. Al final tienes el cuerpo de una reflex con un objetivo voluminoso, pero que no se puede cambiar. Por lo que quedaban descartadas.

Las mirrorless por su lado están a medio camino de las compactas y de las reflex con un cuerpo cercano a las primeras y unos objetivos desmontables como las segundas. Aunque no todas las marcas tienen tanta variedad de lentes para este segmento como para las reflex. Otro inconveniente es que al tirar más de la pantalla digital, gastan más batería.

Al menos dentro de la gama media-baja, pues si nos vamos ya a la más alta de la gama podemos tener una buena cámara con un cuerpo no tan fino, pero más manejable que una reflex y objetivos intercambiables con estas (dentro de la misma marca). Pero claro, es otro tipo de presupuesto y más teniendo en cuenta nuestro desconocimiento hacia la fotografía.

Así, aunque no era mala opción, a mí no me terminaba de convencer porque las de un precio más asequible parecían muy alejadas de nuestra intención. Además, no vimos ninguna con GPS.

Con lo que volvíamos a las reflex, pero con el runrún del peso y espacio, ya que o la llevas al cuello, o bien una bolsa/mochila. Y súmale el objetivo, que cuanto más grande sea, mayor el peso y sus dimensiones. Aún así, cuando parecíamos decidirnos por un modelo u otro… Tampoco tenía GPS. Hasta que descubrí la Nikon D5300. La dejamos fichada y el tema se quedó aparcado. Sin embargo, pocas semanas después vimos una oferta de LA cámara a un precio que se ajustaba a nuestro presupuesto y decidimos movernos rápido.

La Nikon D5300 cuenta con un sensor CMOS APS-C (23.5 x 15.6 mm) de 24.2 megapíxeles reales. Lo bueno es que esto permite una resolución de 6000×4000 píxeles . Lo malo, es que hace unas fotos que pesan mucho y por tanto será necesaria una tarjeta con una buena capacidad y buena velocidad de escritura. En nuestro caso nos hicimos con un par de tarjetas de 64Gb SDXC Clase 10 UHS-3 (este último número indica que la velocidad mínima de escritura son 30 MB/s). También exigirá un ordenador con cierta potencia para el posterior procesado.

De todas formas, el sensor no lo es todo, ya que la calidad de la imagen dependerá en gran medida del objetivo. El que viene en el kit es uno muy básico que de momento viene bien a nivel principiante, pero entiendo que más adelante lo tendremos que sustituir si queremos aprovechar al máximo las funcionalidades de la cámara. Aún así, esta pérdida de calidad se apreciará en revelados de gran formato tipo cuadros o lienzos, pero no tanto en una fotografía de 10×15 o 13×18. Así que puede esperar.

La D5300 trae una pantalla LCD de 3.2” completamente articulada y giratoria. Se puede llevar extendida o plegada. Desde ella se puede acceder al menú y configurar los diferentes ajustes, además de poder revisar las fotografías o tomarlas en directo con el Live View. El hecho de que se pueda girar permite controlar los parámetros desde el otro lado de la pantalla, bien para un selfie, instantáneas con ángulo raro o para vídeos. Eso sí, la pantalla no es táctil, aunque para nosotros no era relevante.

Sí lo era que llevara GPS, como comentaba al principio. Esta es la primera cámara de la marca que lo lleva incorporado de serie. También tiene integrado el WiFi, gracias al que se puede acceder al menú y disparar de forma remota. Además, Nikon cuenta con la aplicación Wireless Mobile Utility que conecta el móvil o tableta (con Android 5.0 o posterior) con la cámara y permite tanto tomar fotos como descargarlas en los dispositivos y compartirlas vía correo electrónico o redes sociales. Eso sí, solo vale para imágenes, no para grabar vídeo. Aunque sí permite descargarlos (que no reproducirlos). Esta funcionalidad es útil para disparos con trípode, de forma que no hace falta fijar un temporizador o tener un mando que active el disparo. También para fotos nocturnas en las que no queremos añadir movimiento al presionar el propio botón de la cámara.

El procesador es un Expeed 4 que permite hasta 5 fotografías por segundo y una buena calidad de vídeo en Full HD 1920×1080 a 60p manteniendo el autofocus durante toda la grabación.

Nuestra cámara tiene un enfoque automático AF con 39 puntos, 9 de ellos en forma de cruz situados en la zona central, una sensibilidad ISO mínima de 100 y máxima de 25.600 en modo boost (H2) lo que hace que se pueda trabajar bien con escasa iluminación. Por su parte, la velocidad mínima de obturación es 1/4000.

Trae incluidos los modos Time Lapse y HDR. El primer modo sirve para realizar vídeos uniendo una serie de fotografías tomadas con un cierto tiempo de separación entre una y otra. El modo HDR toma tres instantáneas de la misma manera aunque con diferente exposición (sin exposición, sobreexpuesta y una mezcla de ambas) para al final unirlas y conseguir una única imagen.

Si se quiere grabar vídeo, la cámara trae incorporado micrófono estéreo, pero además cuenta con un conector para uno externo.

Pero ninguna de todas las características expuestas serían de utilidad si la D5300 no contara con una batería apropiada. Según Nikon, su batería permite hacer 600 disparos. Eso sí, todo depende de lo que se abuse del GPS o del WiFi. En cualquier caso, nunca está de más llevar una de repuesto. Es básico.

Uno de los peros que le poníamos a las reflex era su peso y tamaño. La compacta te la guardas en un bolsillo y no molesta, pero con este cambio ya estamos hablando de otras dimensiones. Sin embargo, pesa menos de medio kilo y mide 125 x 98 x 76 mm. No es precisamente pequeña, claro, pero comparada con otras cámaras del mercado de la misma gama, desde luego es un punto a su favor.

De momento aún nos estamos haciendo a ella, y nos queda mucho camino por recorrer y muchas prestaciones por conocer. La Nikon D5300 es una cámara de gama media bastante completa pensada para un fotógrafo principiante pero que desea seguir creciendo sin tener que cambiar de cuerpo cada poco tiempo. Justo lo que andaba buscando.