Aprendiendo fotografía: Encontrar el encuadre

Aunque hacer una foto es una acción que lleva tan solo unos segundos, en realidad, antes de apretar el botón hay que tomar muchas decisiones. Ya habíamos descubierto que había que tener en consideración la apertura del diafragma para determinar cuánta luz queríamos, la velocidad de obturación para indicar el tiempo que ha de pasar esa luz y la ISO para equilibrar la exposición; sin embargo, aún nos queda un aspecto importante que también va relacionado con el triángulo de la luz: encontrar el enfoque y el encuadre.

El rango de apertura del diafragma nos permite jugar con el enfoque y delimita la profundidad de campo. Por ejemplo, con una mayor apertura (f/pequeño) la imagen resultará más nítida en un primer plano, pero se irá difuminando en la lejanía; mientras que si queremos enfocar a una mayor distancia, entonces tendremos que disminuir la apertura (f/grande) consiguiendo así que tanto lo más cercano como lo más alejado esté nítido. Nuestra cámara tiene un enfoque automático AF con 39 puntos, 9 de ellos en forma de cruz situados en la zona central y dado que normalmente hago fotos de paisajes o edificios, no recurro al manual. Son demasiados años con una compacta simplemente apuntando y presionando el botón y reconozco que me queda mucho por aprender en cuanto a jugar con la composición. Y es que para hacer una fotografía con enfoque manual hay que tener claro qué es lo que se quiere fotografiar, cuál va a ser la composición.

Hay quien tiene una mente muy creativa y enseguida lo tiene claro. Otros necesitamos tiempo y esfuerzo para desarrollarla, tanto viendo muchas fotografías y entrenando nuestra percepción, como en la práctica haciendo fotos y consiguiendo nuestro propio estilo. Y ahí estamos. Intentando encontrar ese punto.

Para empezar los expertos recomiendan evitar colocar el objeto principal de la fotografía en el centro, ya que el resultado será una imagen un tanto aburrida y estática. En su lugar, resulta más interesante practicar con la regla de los tercios, dividiendo la imagen en tres partes (tanto vertical como horizontalmente) situando el objeto en alguna de las intersecciones de estas líneas.

Este método en sencillo de aplicar y es muy útil para ubicar el horizonte/cielo (horizontalmente) o un edificio/persona (verticalmente), no obstante, a veces deja el resto de la imagen demasiado vacía y hay que encontrar otra perspectiva. Es un punto de partida para entrenar el ojo y poco a poco ir descubriendo detalles que sirven como guías, como puede ser el caso de una carretera, una vía férrea, un río, unas escaleras o un paseo.

En este aspecto también resulta visualmente atractivo el uso de la simetría y patrones. Por ejemplo, los grupos impares parece que atraen al cerebro, sobre todo funciona bien el 3, ya que no es excesivo.

El uso del color también es importante y se puede emplear bien destacando un objeto sobre los demás, creando armonía con colores similares o próximos en el círculo cromático, o por el contrario generando contraste eligiendo los opuestos.

Todos estos aspectos aunque se entrenan, en general me da la sensación de que los tenemos ya más interiorizados, es decir, que vemos atraídos de forma natural por un objeto más colorido, un edificio más alto, un patrón, seguimos las líneas… Así que, en ese aspecto es fácil localizar lo que queremos fotografiar. Sin embargo, me pasa muchas veces que lo que en un principio me ha parecido atractivo y he querido plasmar, queda totalmente soso y plano en pantalla. En muchos casos el problema se debe a la perspectiva. Tradicionalmente solemos hacer fotos de pie desde la altura de nuestros ojos, pero casi siempre la imagen mejora considerablemente subiéndonos a algo o agachándonos. De hecho, una de las primeras cosas que aprendes cuando empiezas a practicar es el hacer la cabra montesa o doblarte como un contorsionista para encontrar el ángulo perfecto. También influye el tener un objetivo limitado, claro.

Por otro lado, cuando se trata de un retrato en primer plano habría que posicionarse al mismo nivel que el sujeto y con sus ojos en uno de los puntos de convergencia de la regla de los tres tercios, para que así sea más llamativo. Otra cosa sería que nos sirviéramos de una persona para conducir la mirada del espectador. Así, el plano habría de quedar abierto hacia donde nos dirija su lenguaje corporal, ya sea con la postura o con la mirada.

Esta composición serviría igualmente para objetos no estáticos. Dejando espacio hacia donde se dirige se consigue una mayor profundidad y esa sensación de movimiento.

Otro aspecto en el que suelo dudar es si elegir orientación horizontal o vertical. La teoría dice que el horizontal es más apropiado para los paisajes ya que permite mostrar tanto el cielo como la tierra y el vertical para retratos, destacar un objeto en un primer plano o dar profundidad. Sin embargo, en la práctica, dependerá del punto de vista que queramos dar. Y volvemos a lo de que hay a quien le sale natural, y por el contrario quien necesita probar en ambas posiciones para decidir qué le convence más, como es mi caso. Por suerte hoy en día tenemos cámaras digitales en las que podemos previsualizar las fotos y echar tantas como queramos sin estar limitados por el número finito del carrete (las tarjetas también tienen limitación, pero contamos con mucho más espacio).

Sin duda hacer fotos no es tan fácil como puede parecer incluso cuando estamos acostumbrados a llevar una cámara en el móvil. Pero aún con todo lo dicho, pese a que podamos aprender la teoría de múltiples reglas, en realidad cualquier técnica vale siempre que se transmita algo. Al final es de lo que se trata la fotografía: de plasmar un momento, transmitir sentimientos y contar una historia.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz III

Tras asimilar los dos primeros factores del triángulo de la luz (apertura del diafragma y velocidad de obturación), toca concluir con el tercero: la ISO, que no es otra cosa que el valor que indica cuánta luz es necesaria para poder sacar una buena foto. Y es que de eso va la fotografía: de captar la luz.

ISO se corresponde con las siglas International Organization for Standardization y viene de la unión de la escala ASA (American Standard Asociation) y de la DIN (Deutsches Institut für Normung). No deja de ser un valor estandarizado mundialmente que hemos heredado de la fotografía analógica. Ahora con la digital las cosas han cambiado bastante y se puede regular con la cámara gracias a las fotocélulas del sensor de la cámara, pero en las analógicas tan solo se podía jugar con la apertura y la velocidad. La ISO venía determinada por la cantidad de haluros de plata con la que estaba fabricada la película, así que había que elegir el valor del carrete en función del tipo de fotografía que se quisiera hacer. Algo que no debía ser nada práctico para los fotógrafos profesionales, que imagino que intentarían hacer las sesiones lo más rápido posible para aprovechar las mismas condiciones lumínicas y así no tener que cambiar de carrete. A nivel usuario de a pie, pues supongo que pasaba como en mi casa, que se ponía un carrete de 24 y servía para las fotos del verano, festivales escolares y cumpleaños. Daba igual que fueran fotografías de interior o exterior, que fuera de día o media tarde, retratos o paisajes. Y así pasaba, que siempre había que descartar alguna foto por borrosa u oscura. Hoy con las cámaras digitales ahorramos en el aspecto económico y también resulta mucho más práctico.

Para elegir este modo semiautomático habría que girar el dial a la letra P.

La ISO se mide en una escala en la que cada valor es el doble que el anterior. Así, suele comenzar en 100 y después pasa a 200, 400, 800 y así sucesivamente hasta la sensibilidad máxima que permita el sensor de la cámara. En algunos modelos permite tercios de valor (125, 160…)

Ahora bien, ¿cómo regular este valor? Pues la sensibilidad es inversamente proporcional a la cantidad de luz del momento. Es decir, cuanta más luz haya, menor será la ISO. Por lo que si nos encontramos en una situación en que la luz no es la más adecuada, podemos amplificarla subiendo la ISO. Eso sí, hay que encontrar un punto óptimo en el que no aparezca el maldito ruido.

Y lo mismo por abajo, ya que aunque lo ideal sería elegir una ISO lo más baja posible, hay que tener cuidado con la subexposición. No se trata tanto de seleccionar el más bajo que permita la cámara sino de lo que permitan las circunstancias.

Y aquí es donde volvemos al triángulo y a la correlación de los tres factores, ya que para conseguir más luz sin obtener ruido, es recomendable, en vez de recurrir a la ISO directamente, probar primero a abrir más el diafragma y después disminuir la velocidad de obturación. Y es que con estos dos parámetros lo que se consigue es que pase más luz, mientras que la ISO lo que hace es amplificar digitalmente. Es como falsear la realidad, por así decirlo. No obstante, aumentar la sensibilidad será imprescindible en algunas ocasiones, como cuando hay demasiada oscuridad (por ejemplo en una noche estrellada), cuando se quiere ganar una mayor profundidad de campo o cuando se quiere congelar una imagen pero ya se ha abierto el diafragma al máximo.

Otra opción para mejorar las condiciones, claro está, es la de añadir alguna fuente lumínica extra. No obstante, siempre habrá casos en los que el ruido no se pueda evitar. A veces algo se podrá reducir en la edición (tras haber disparado en RAW), aunque tampoco siempre.

Una vez entendida la teoría de los tres factores del triángulo de la luz lo que toda es practicar, practicar y practicar para asimilar cómo se afectan entre sí y algún día pasar al modo manual.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz II

Después de comprender cómo funciona la apertura del diafragma, tocaba adentrarse en el segundo factor del triángulo de la luz: la velocidad de obturación. O lo que es lo mismo el tiempo durante el que el va a entrar la luz. Para darle prioridad este factor y que la cámara regule los otros dos, deberemos elegir la S (de shutter speed en inglés) en el dial. En el caso de que sea una Canon, habría que seleccionar Tv.

Así, además de poder controlar la cantidad de luz que va a entrar por el diafragma aumentando o disminuyendo su diámetro; también podemos decidir durante cuánto tiempo va a estar abierto el obturador. Cuanto más rápida sea la apertura y cierre de estas cortinillas, menos luz pasará, mientras que cuanto más lento, mayor exposición.

La velocidad de obturación se mide también en fracciones, como la apertura del diafragma. En este caso tenemos 1/ seguido de un valor. Así, 1/2000 será inferior a 1/5. Es decir, si estamos con una configuración 1/2000 el obturador se abrirá y cerrará más rápido que a 1/5 y entrará menos luz. Los tiempos van en progresión con una relación 1:2 y los más frecuentes 1 segundo, 1/2, 1/4, 1/8, 1/15, 1/30, 1/60, 1/125, 1/250, 1/500, 1/1000, 1/2000 y 1/4000 (aquí está el tope por ejemplo del objetivo 18-55mm de nuestra Nikon D5300). Aunque en algunas cámaras también hay pasos intermedios.

Como en la apertura, vamos a tener un rango que va a venir determinado por el equipo de trabajo. En este caso, hay una regla orientativa para conocer la velocidad del objetivo usando como referencia su distancia focal. Por ejemplo, si se trata de un 50mm, la velocidad mínima para evitar que la fotografía salga movida será 1/50. No obstante, si es inferior a 50, parece que no conviene bajar de 1/35. En caso de los zoom lo suyo sería tomar como referencia la mayor distancia focal. Es decir, en el 18-55, el 55.

Aún así, en realidad dependerá de muchos factores, como el pulso del fotógrafo, la estabilización de la cámara y sobre todo de la imagen que se quiera obtener. Este modo S resulta útil para la exposición de la fotografía. Por ejemplo cuando tenemos unas condiciones de oscuridad y queremos que entre más luz sin necesariamente abrir más el diafragma (a lo mejor no interesa por una cuestión de profundidad de campo). En este caso, la velocidad será inferior, aumentando el tiempo de exposición. Pero también se puede usar en el caso opuesto, cuando hay unas condiciones demasiado luminosas que hacen que se queme la fotografía (aumentando la velocidad).

Por otro lado, también se puede recurrir a este modo para fomentar la creatividad (creando halos, estelas o el famoso efecto seda del agua) usando velocidades bajas; o para un enfoque selectivo en ocasiones con sujetos en movimiento (ya sean personas, animales o medios de locomoción) con velocidades altas (por debajo de 1/60 segundos). En este caso interesará que el obturador sea más rápido y con una menor exposición para así congelar la imagen.

Ahora bien, en la teoría parece claro; sin embargo, en la práctica no es tan fácil. Además de dar con la configuración adecuada de los parámetros y no pasarse o quedarse corta (que ya es bastante); también hay que tener en cuenta el pulso, sobre todo en largas exposiciones. Aunque esto se puede solucionar (aparte de con una mejor cámara y objetivo con un buen estabilizador) con un trípode o apoyando la cámara en algún sitio. Incluso en estos casos a veces conviene usar un disparo retardado, pues el simple hecho de apretar el botón, ya mueve un poco la máquina.

También podemos usarnos a nosotros mismos como trípode apoyándonos en una pared o elemento urbano. Ya se sabe que cuando te compras una cámara automáticamente te conviertes en equilibrista y cabra montesa. Lo que sea por conseguir la foto deseada.

De momento, para la perfección queda mucho por aprender y por practicar. Aún queda por descubrir el tercer factor del triángulo.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz I

Cuando se planteó el dilema de cambiar de cámara compacta a una reflex, lo primero sobre lo que me mentalicé (entre muchas más cosas) es que tenía que aprender algo de fotografía. Porque, ¿para qué quieres una cámara con tantas opciones si luego vas a usar el modo automático o los predefinidos como en una compacta? No parece tener mucho sentido. Pero claro, meterse de lleno en un modo manual me parecía un mundo, así que tomé el camino del medio: los modos semimanuales. Ahora bien, ¿cuál uso? Pues ahí estaba la primera lección que tenía que aprender: el triángulo de la luz.

Empecemos como el principio, como buena novata.

El triángulo de la luz está compuesto por tres elementos interrelacionados entre sí: la apertura del diafragma, la velocidad de obturación y la ISO. Cualquier cambio en uno de los tres factores, afecta a los otros dos, por lo que hay que tener cuidado a la hora de elegir los parámetros. Para que el asunto no sea tan complicado, la cámara nos permite elegir un modo semimanual, como comentaba más arriba. Así, podemos centrarnos en uno de los tres y dejar a la máquina que compense los otros dos.

De esta forma, si giramos la ruleta al modo A (en una nikon), controlaremos la Apertura del diafragma, el primer factor del triángulo.

El diafragma funciona similar al iris del ojo, por lo que a mayor diámetro (cuanto más abierto esté), más luz entrará. Hasta ahí todo bastante claro y sencillo. Sin embargo, a la hora de elegir el valor, me costaba entenderlo y lo que realmente me ayudaba era ver que en la cámara, cuando me movía entre las opciones, a medida que variaba la cifra, también iba abriéndose o cerrándose el objetivo. Es decir, no me fijaba en los números. Y es que el valor de apertura se mide en f/, y cuanto más bajo sea dicho número que lo acompaña, más luz entrará.

Después, a medida que me he ido familiarizando con la cámara, también lo he hecho con el la escala. Podríamos decir que sigue el siguiente patrón “estándar”: f/1, f/2, f/4, f/8, f/16, f/32, etc. y se calcula dividiendo entre dos la cantidad de luz que entra a través del objetivo (f/8 en realidad sería 1/8). Por eso f/1 es abierto y a medida que aumentan los números, se va cerrando. Ahora parece obvio, claro.

Sin embargo, ahí no queda la cosa, pues además de estos pasos enteros “estándar”, también hay unos intermedios no universales (f/1.4, f/2.8, f/5.6, f/11, f/22, etc.) que también van dividiendo entre dos el valor anterior y se incorporaron con el tiempo a medida que el mundo de la fotografía ha ido evolucionando.

Este rango de valores (tanto los enteros como los intermedios) no va a venir determinado por la cámara, sino por la luminosidad del objetivo, que es donde está el diafragma. Y normalmente las lentes fijas suelen ser más luminosas que las zoom. Por ejemplo, si comparamos el 18-55mm que venía con la cámara (ese que los profesionales llaman el “pisapapeles” pero que hace el apaño cuando eres principiante) con el 50mm, vemos que cada uno tiene unos valores sobreimpresos diferentes.

Por un lado en el zoom podemos leer 18-55mm 1:3.5-5.6, lo que quiere decir que su apertura máxima dependerá de si estamos en 18mm o 50mm. Esto es, en los 18 será de f/3.5, mientras que en los 50 lo será de f/5.6.

Por su parte, en el 50mm figura 1:1.8, lo que significa que su valor máximo es f/1.8.

Así, comparando ambos, comprobamos el objetivo fijo es más luminoso que el zoom, ya que f/1.8 significa una mayor apertura de diafragma que f/3.5 (en su mejor caso). Este valor no solo sirve para comparar lentes de diferente focal, sino incluso para comparar aquellas que son de un mismo rango.

Una vez claro el concepto y el rango de apertura que nos permite el objetivo en cuestión, podemos comprender cómo jugar con la profundidad de campo, un concepto estrechamente relacionado con la apertura del diafragma. Y es que a medida que la apertura sea mayor (f/pequeño), menor profundidad habrá. Es decir, la imagen resultará enfocada en un primer plano, pero se irá difuminando en la lejanía. Yo esto lo entendí claro a la inversa: cuanto menor sea la apertura, mayor distancia de enfoque. Cualquier miope sabe que sin gafas enfoca mejor achinando los ojos.

Así, no solo elegiremos el f/x en función de la luz que queramos que entre, sino también según el tipo de fotografía que estemos realizando. Es decir, no será lo mismo un retrato en el que lo que pretendemos es focalizarnos en la persona, que un paisaje, donde lo que queremos es algo más general. No obstante, aunque la profundidad de campo depende en gran medida de la apertura del diafragma, también lo hace de otras dos variables: la distancia focal (las dioptrías de la lente) y la distancia con respecto a lo que estamos fotografiando (no es lo mismo situarse a dos metros del sujeto a fotografiar que a dos centímetros).

Es lo complicado de la fotografía, que todo está interrelacionado y hay que asimilar conceptos para entender cómo influyen unos en otros. En próximas entradas conoceremos la velocidad de obturación y la ISO.

Transición de cámara compacta a Reflex

Llevábamos ya tiempo con problemas en nuestra cámara compacta. La Panasonic Lumix DMC-ZS7/TZ10 ha viajado mucho con nosotros desde que la trajimos de Nueva York en 2011, y claro, de tanto uso, los aparatos se van desgastando o estropeando.

En determinado momento comenzamos a notar unas manchas en las fotos, y lo achacamos a que el objetivo estaba sucio en el instante en que se hicieron. Sin embargo, luego lo vimos en directo, y, aunque limpiábamos la lente, la mancha seguía ahí, quedando más patente al fotografiar cielos o al hacer zoom.

Así pues, nos descargamos el manual de internet y el manitas que tengo en casa se aventuró a desmontarla para limpiarla. Es un trabajo para gente paciente y minuciosa, porque lleva unos tornillos minúsculos. El caso es que funcionó. Limpiando las lentes con cuidado con un pañito de las gafas se fueron las manchas. La volvió a montar y nos volvimos a ir de viaje.

Y nos fue bien durante un tiempo, en varios viajes. Hasta que fuimos a Japón. Íbamos recorriendo el barrio coreano de Tokio cuando las manchas volvieron. La cámara se debía haber quedado con alguna fisura o ranura por la que le entraba polvo y de ahí las motitas en el objetivo.

La solución era volver a abrirla, claro, pero no contábamos con el material, ya que los destornilladores se habían quedado en casa. Así pues, nos acercamos a una gran superficie de electrónica y le pregunté a un empleado cámara en mano si tenían algún destornillador para abrirla y limpiarla. La cara de espanto fue un poema. Abrió los ojos cual muñeco japonés y solo me sabía decir “no, no, broken, broken” mientras negaba con la cabeza. Creo que lo que quería decir es que si desmontábamos la cámara se rompería, pero vete a saber.

Tuvimos que valorar otras opciones, y al final acabamos en el Don Quixote, una tienda que tiene de todo (DE TODO) y compramos un juego de destornilladores. Ya en el hotel, pasamos por la segunda operación a lente abierta.

Y así aguantamos 2015 y 2016, llevando en cada viaje el juego de destornilladores por si volvía a pasarnos. Hubo que abrirla una tercera vez, de hecho.

Por tanto, parecía evidente que había que cambiar de cámara, porque poca solución tenía. La duda era, ¿y ahora qué cámara buscamos? Porque claro, esta Lumix vino a sustituir a la DMC-LZ2 que teníamos antes y que también nos había durado otros 6 años. Miramos los modelos siguientes a la nuestra para ver cuál se adaptaba mejor en relación necesidades-calidad-precio y descubrimos que ya no tenían GPS. Y es que es algo que diferenciaba nuestra Lumix DMC-ZS7/TZ10  de la mayoría de cámaras del mercado.

No es algo imprescindible para hacer fotos, claro, pero resulta de utilidad cuando echas la vista atrás y consultas el archivo. Cada foto aparece en el mapa en su localización (al menos allí donde geolocalizó el GPS).

Así que, había que abrir la búsqueda y valorar otras opciones. Pero, ¿por dónde empezar? ¿En qué punto nos encontramos? ¿Qué necesitamos? Cuando compramos la TZ10 no viajábamos tanto, pero ahora, la situación había cambiado y quizá habría que plantearse ir un poco más allá. Dejar atrás las compactas y pasar al siguiente segmento. Pero, si en compactas el GPS había desaparecido, en las cámaras más “profesionales” tampoco es que hiciera acto de presencia. Sobre todo porque suele consumir bastante batería.

Estuvimos comparando las bridge, las mirrorless y las reflex y surgieron las dudas de marcas, características, dimensiones, peso… El inconveniente de las bridge es su peso. Al final tienes el cuerpo de una reflex con un objetivo voluminoso, pero que no se puede cambiar. Por lo que quedaban descartadas.

Las mirrorless por su lado están a medio camino de las compactas y de las reflex con un cuerpo cercano a las primeras y unos objetivos desmontables como las segundas. Aunque no todas las marcas tienen tanta variedad de lentes para este segmento como para las reflex. Otro inconveniente es que al tirar más de la pantalla digital, gastan más batería.

Al menos dentro de la gama media-baja, pues si nos vamos ya a la más alta de la gama podemos tener una buena cámara con un cuerpo no tan fino, pero más manejable que una reflex y objetivos intercambiables con estas (dentro de la misma marca). Pero claro, es otro tipo de presupuesto y más teniendo en cuenta nuestro desconocimiento hacia la fotografía.

Así, aunque no era mala opción, a mí no me terminaba de convencer porque las de un precio más asequible parecían muy alejadas de nuestra intención. Además, no vimos ninguna con GPS.

Con lo que volvíamos a las reflex, pero con el runrún del peso y espacio, ya que o la llevas al cuello, o bien una bolsa/mochila. Y súmale el objetivo, que cuanto más grande sea, mayor el peso y sus dimensiones. Aún así, cuando parecíamos decidirnos por un modelo u otro… Tampoco tenía GPS. Hasta que descubrí la Nikon D5300. La dejamos fichada y el tema se quedó aparcado. Sin embargo, pocas semanas después vimos una oferta de LA cámara a un precio que se ajustaba a nuestro presupuesto y decidimos movernos rápido.

La Nikon D5300 cuenta con un sensor CMOS APS-C (23.5 x 15.6 mm) de 24.2 megapíxeles reales. Lo bueno es que esto permite una resolución de 6000×4000 píxeles . Lo malo, es que hace unas fotos que pesan mucho y por tanto será necesaria una tarjeta con una buena capacidad y buena velocidad de escritura. En nuestro caso nos hicimos con un par de tarjetas de 64Gb SDXC Clase 10 UHS-3 (este último número indica que la velocidad mínima de escritura son 30 MB/s). También exigirá un ordenador con cierta potencia para el posterior procesado.

De todas formas, el sensor no lo es todo, ya que la calidad de la imagen dependerá en gran medida del objetivo. El que viene en el kit es uno muy básico que de momento viene bien a nivel principiante, pero entiendo que más adelante lo tendremos que sustituir si queremos aprovechar al máximo las funcionalidades de la cámara. Aún así, esta pérdida de calidad se apreciará en revelados de gran formato tipo cuadros o lienzos, pero no tanto en una fotografía de 10×15 o 13×18. Así que puede esperar.

La D5300 trae una pantalla LCD de 3.2” completamente articulada y giratoria. Se puede llevar extendida o plegada. Desde ella se puede acceder al menú y configurar los diferentes ajustes, además de poder revisar las fotografías o tomarlas en directo con el Live View. El hecho de que se pueda girar permite controlar los parámetros desde el otro lado de la pantalla, bien para un selfie, instantáneas con ángulo raro o para vídeos. Eso sí, la pantalla no es táctil, aunque para nosotros no era relevante.

Sí lo era que llevara GPS, como comentaba al principio. Esta es la primera cámara de la marca que lo lleva incorporado de serie. También tiene integrado el WiFi, gracias al que se puede acceder al menú y disparar de forma remota. Además, Nikon cuenta con la aplicación Wireless Mobile Utility que conecta el móvil o tableta (con Android 5.0 o posterior) con la cámara y permite tanto tomar fotos como descargarlas en los dispositivos y compartirlas vía correo electrónico o redes sociales. Eso sí, solo vale para imágenes, no para grabar vídeo. Aunque sí permite descargarlos (que no reproducirlos). Esta funcionalidad es útil para disparos con trípode, de forma que no hace falta fijar un temporizador o tener un mando que active el disparo. También para fotos nocturnas en las que no queremos añadir movimiento al presionar el propio botón de la cámara.

El procesador es un Expeed 4 que permite hasta 5 fotografías por segundo y una buena calidad de vídeo en Full HD 1920×1080 a 60p manteniendo el autofocus durante toda la grabación.

Nuestra cámara tiene un enfoque automático AF con 39 puntos, 9 de ellos en forma de cruz situados en la zona central, una sensibilidad ISO mínima de 100 y máxima de 25.600 en modo boost (H2) lo que hace que se pueda trabajar bien con escasa iluminación. Por su parte, la velocidad mínima de obturación es 1/4000.

Trae incluidos los modos Time Lapse y HDR. El primer modo sirve para realizar vídeos uniendo una serie de fotografías tomadas con un cierto tiempo de separación entre una y otra. El modo HDR toma tres instantáneas de la misma manera aunque con diferente exposición (sin exposición, sobreexpuesta y una mezcla de ambas) para al final unirlas y conseguir una única imagen.

Si se quiere grabar vídeo, la cámara trae incorporado micrófono estéreo, pero además cuenta con un conector para uno externo.

Pero ninguna de todas las características expuestas serían de utilidad si la D5300 no contara con una batería apropiada. Según Nikon, su batería permite hacer 600 disparos. Eso sí, todo depende de lo que se abuse del GPS o del WiFi. En cualquier caso, nunca está de más llevar una de repuesto. Es básico.

Uno de los peros que le poníamos a las reflex era su peso y tamaño. La compacta te la guardas en un bolsillo y no molesta, pero con este cambio ya estamos hablando de otras dimensiones. Sin embargo, pesa menos de medio kilo y mide 125 x 98 x 76 mm. No es precisamente pequeña, claro, pero comparada con otras cámaras del mercado de la misma gama, desde luego es un punto a su favor.

De momento aún nos estamos haciendo a ella, y nos queda mucho camino por recorrer y muchas prestaciones por conocer. La Nikon D5300 es una cámara de gama media bastante completa pensada para un fotógrafo principiante pero que desea seguir creciendo sin tener que cambiar de cuerpo cada poco tiempo. Justo lo que andaba buscando.