Verano 2020. Viaje a Navarra. Día 1: Olite

Con un sol deslumbrante llegamos cerca de las 3 de la tarde a Olite (Erriberri en euskera), ciudad que se halla a unos 42 kilómetros de Pamplona y que ya en la época romana contaba con un asentamiento amurallado. Más tarde, en la Edad Media, se fundaría como villa medieval, una imagen que aún hoy en día queda patente paseando por sus calles.

Es además conocida como la capital del vino de Navarra, sede del Consejo Regulador, de la Estación Vitivinícola de Navarra (EVENA) y de la Cofradía del Vino. En ella se pueden visitar el Museo de la Viña y el Vino de Navarra si se tiene interés en la historia de los caldos olitenses (rosados, tintos jóvenes, crianzas, reservas y grandes reservas), su cultivo, elaboración, etc.

Dejamos el coche lógicamente en la parte extramuros y nos adentramos en la ciudad por la Rúa Mayor. Pronto, a mano derecha, nos encontramos con la Iglesia de San Pedro, la más antigua de todas las conservadas en Olite.

De planta rectangular, con tres naves centrales, destaca por su portada y claustro de estilo románicos, aunque también tiene elementos del gótico circense como la torre de aguja de 54 metros de altura, la torre del campanal, el coro y la Capilla del Cristo.

En uno de los laterales de la plaza frente a su portada, y escondida entre los árboles, se halla una pequeña estatua del santo elevada sobre un pedestal.

Dejamos atrás la iglesia y siguiendo las estrellas callejuelas, no muy lejos ya asomaba el Palacio Real, el símbolo de la ciudad.

Aunque existen restos arqueológicos romanos del siglo I, la fundación de Olite se atribuye al rey godo Suintila hacia el año 621. Siglos más tarde, en 1147, el rey navarro García Ramírez el Restaurador otorgó a Olite su primer fuero, lo que favoreció el rápido desarrollo de la ciudad. Pero su etapa de esplendor sin duda llegó a partir del siglo XV, cuando el rey Carlos III el Noble estableció su residencia en el Palacio convirtiéndolo en una de las sedes de la Corte del Reino de Navarra.

El hecho de que las obras duraran un par de siglos (XIII-XV) le confiere un diseño aparentemente desordenado, sin embargo, esto no impidió que durante su época llegara a ser considerado como uno de los más bellos de Europa. Lamentablemente hoy en día no se conserva casi nada de los azulejos, vidrieras, techos artesonados o yeserías que componían la decoración interior, tan solo algunos restos.

Y mientras que en su interior parece que el estilo era más bien ecléctico, dependiendo de la nacionalidad de los artistas que realizaran los trabajos; en el exterior predomina un claro estilo francés en torres, balcones y ventanas. Contaba con amplias zonas ajardinadas y huertos para cuyo cuidado se precisaba todo un equipo de jardineros. También tenía un parque zoológico con loros, perros de caza, ardillas, halcones, búfalos africanos, una jirafa, un camello y hasta un león.

El palacio comenzó a deteriorarse tras la invasión de Navarra en 1512 por parte de la Corona de Castilla y la de Aragón, pues dejó de ser utilizado con tanta frecuencia. Tan solo lo usaban los virreyes como residencia esporádica. El estado de abandono culminó en 1813, cuando Espoz y Mina ordenó su incendio durante la Guerra de la Independencia Española para que así las tropas de Napoleón no lo usaran como base. Hubo que esperar más de cien años para que se iniciara su restauración, labor que aún a día de hoy no ha concluido.

Adosada al palacio está la la Iglesia de Santa María la Real, declarada Bien de Interés Cultural del patrimonio español en 1925.

Su construcción se inició en el siglo XIII como templo religioso de los monarcas navarros con un diseño que mezclaba el estilo cisterciense y el gótico inicial. No obstante, con el desarrollo del proyecto fue modificándose siendo plenamente gótico, como así se puede observar en su fachada principal.

En el siglo XV se añadieron tanto la torre de planta cuadrada como el atrio, que cuenta con un acceso flanqueado por las esculturas de Blanca de Navarra y la Virgen con el Niño.

Al otro lado de la iglesia se halla el Palacio Viejo o Palacio de los Teobaldos, reconvertido en 1966 en Parador. Con una planta rectangular reforzada por torres en las cuatro esquinas, esta antigua fortaleza formó parte del sistema defensivo de la ciudad romana y posteriormente fue reutilizada por los visigodos. Pasó a formar parte del patrimonio real cuando se constituyó la monarquía navarra y allí pasaron temporadas reyes como Sancho VII el Fuerte, Teobaldo I y Teobaldo II o Carlos II.

El edificio original fue ampliado y sufrió modificaciones a lo largo de su historia, las más importantes bajo el reinado de Carlos III. La puerta de estilo manierista que hoy da acceso al Parador fue construida más tarde, durante el reinado de Felipe II, a finales del siglo XVI. Lamentablemente, también quedó seriamente dañado durante la Guerra de la Independencia, conservándose solo en pie las dos torres orientales y tuvo que ser reconstruido.

Volviendo hacia la iglesia nos dirigimos a la Plaza Carlos III el Noble, una alargada plaza de aspecto medieval y plagada de terrazas incluso en época de pandemia. El hecho de que tenga esta caprichosa forma irregular se debe a que fue construida en lo que era un espacio residual entre la primera ciudad amurallada y su expansión medieval.

A lo largo de la historia de Olite ha sido escenario de fiestas y corridas de toros. En ella estuvo también el mercado y la fuente en la que los vecinos cargaban sus cántaros de agua. Y a ella acudían los jornaleros para ser contratados y trabajar en el campo.

Fue restaurada a mediados del siglo pasado para recuperar parte de su pasado. Así, se dio acceso y se recuperaron las galerías medievales subterráneas que corren a lo largo de la plaza y que durante años habían estado enterradas.

En el extremo opuesto al Palacio Real se erige el edificio del Ayuntamiento, construido en el siglo XX en un estilo de mansión nobiliaria navarra de los siglos XVI al XVIII.

Entre ambas construcciones se encuentra la Torre del Chapitel, parte de la muralla que se levantó en el siglo I para delimitar la villa y defenderla de ataques enemigos. Hoy gran parte del trazado amurallado se ha perdido y otras partes pasan desapercibidas entre posteriores edificaciones, pero aún se conservan unos 600 metros y 12 torres.

Una vez contemplados los edificios más emblemáticos, nos perdimos entre el entramado de callejuelas estrechas entre las que nos sorprendieron varias casas señoriales con sus blasones y aleros de madera y restos de las murallas.

Una de estas casas es la Casa de Rada, un palacio renacentista que data de finales del siglo XVI y supone un ejemplo de la arquitectura civil del momento en el valle del Ebro. Hoy es la sede de la Cofradía del Vino de Navarra.

En su fachada destaca el escudo de la familia Atondo-Zuría y el monumental alero decorado de mascarones y figuras atlantes de animales o seres fantásticos.


Finalmente, de camino al coche, ya en la zona extramuros, nos topamos con el  Monasterio de Santa Engracia, el primer convento de clarisas fundado fuera de Italia, todavía en vida de Santa Clara. Data del siglo XIII y fue reconstruido casi en su totalidad a principios del XVII.

Cuenta con una sencilla fachada en cuyo centro se abre un nicho semicircular en el que se ubica una pequeña talla de la santa.

Y con este pequeño paseo, volvimos al coche rumbo a Pamplona.