¿Qué coño está pasando?

¿Qué coño está pasando? es un documental sobre el feminismo en España que se gestó a finales de 2017 cuando las calles se llenaron en protesta por la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra sobre el caso de La Manada. Rosa Márquez y Marta Jaenes iban en el coche de camino a casa cuando decidieron que había que recoger aquello que acababa de explotar.

Hasta aquel momento la violencia sexual no era un tema del que se hablara mucho en los medios. Sí, de vez en cuando saltaba alguna noticia de alguna violación o intento de agresión, pero contada prácticamente como de pasada. El caso de la Manada sin embargo supuso un punto de inflexión por la manera en que impactó en la opinión pública. Y no fue solo por la violación en sí, sino porque indignó que se pusiera el foco en la víctima y además abrió el debate sobre el límite del consentimiento y sobre cómo quedan recogidos en el código penal los delitos de abuso y agresión sexual.

Márquez y Jaenes recogen, a través de entrevistas a más de 40 mujeres, el panorama actual español relación al movimiento feminista. Se sientan ante las cámaras nombres muy relevantes de sectores muy diversos. Así, nos entontramos con políticas de diferentes ideologías como Lidia Falcón, Adriana Lastra, Andrea Levy, Irene Montero y Begoña Villacís; con filósofas como Ana de Miguel; con sociólogas como Cristina Hernández o Rosa Cobo; con sexólogas como Loola Pérez; con periodistas y escritoras como Rosa María Calaf, Nuria Varela, Isa Calderón o Henar Álvarez; con juezas como Ana Ferrer; con económicas como Marta Flich; con artistas como Becky Jaraiz y Yolanda Domínguez o con directoras de cine porno como Anekke Necro. También se le da voz a otras mujeres que aportan una perspectiva interesante como María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad; a Antoinette Torres, de Afroféminas; a Inma Rodríguez, de las Kellys; o a la víctima de trata y activista Amelia Tiganus.

El documental arranca explicando qué es el feminismo y defendiendo que hoy en día sigue siendo necesario porque, pese a que se ha avanzado mucho, la igualdad real aún no existe. Siguen existiendo los malos tratos, la violencia sexual, el riesgo a volver a casa sola, el acoso, los piropos, el mansplaining… Es cierto que mucho de estos temas no se traían al debate público, pero sí que estaban presentes en las conversaciones entre mujeres. ¿Qué coño está pasando? reflexiona sobre cómo queda en evidencia esta desigualdad en todos los ámbitos de la vida, porque es algo estructural. Las mujeres que ponen voz en este montaje opinan sobre temas como la violencia machista, la violencia sexual, la hipersexualización de las niñas, el trato que da la publicidad a las mujeres, el uso del lenguaje, la idea del amor romántico, la ausencia de mujeres en los libros de texto o en los museos, la vida laboral y el techo de cristal (también el suelo pegajoso), la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler, la maternidad, la corresponsabilidad en el hogar, la carga mental… Todas tienen algo interesante que aportar, aunque chirrían un poco Leyre Kahl, Begoña Villacís o Loola Pérez con su mirada neoliberal.

Quitando el detalle de estas invitadas, por lo demás resulta un buen reportaje que pone en evidencia las desigualdades que aún siguen arraigadas de forma totalmente normalizada en nuestra sociedad. Una de las más incisivas es Ana de Miguel, que nos recuerda que ya desde que nacemos hay una marca para las niñas: los pendientes. Y que por mucho que se presuma de que se educa en igualdad, con el mismo acceso a la educación y con las niñas pudiendo ser lo que quieran, lo cierto es que a la vez se transmite el mensaje de que lo importante es encajar en determinada imagen para obtener la aprobación masculina. Y en eso tiene mucho que ver la cultura y publicidad (y no solo de los juguetes), que siguen siendo sexistas. Yolanda Domínguez lleva tiempo analizando cómo se trata a la mujer en las campañas publicitarias.

Además, como recalca Henar Álvarez, a ellas les faltan referentes. Durante años las mujeres son excepciones en libros de textos, en los museos, en el cine, en la televisión… Y lo que no se nombra, no existe. Deja una idea subliminal de que si las mujeres no están, es porque no tienen nada que aportar.

La lucha del feminismo lleva siglos, sin embargo ahora ha vuelto a renacer de una forma un tanto llamativa y las redes sociales tienen mucho que ver. Y cómo no, el capitalismo ya ha movido ficha para intentar sacar rédito económico del movimiento. No ha tardado mucho en aparecer merchandising morado, con el símbolo de la mujer, o con la palabra Feminismo impresa. Cierto es, como dice Henar, que si Beyoncé y H&M quieren difundir el mensaje van a llegar a mucha más gente que nosotras, no obstante, también hay que tener cuidado de que no se quede en una moda vacía de contenido. Como bien apunta Yolanda Domínguez, hay que ir más allá del eslogan de la camiseta.

El documental deja además una interesante reflexión con los aportes de María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad y de Antoinette Torres, de Afroféminas, porque aunque parece claro el componente de clase dentro del feminismo, en muchas ocasiones se deja fuera a mujeres que además de por su sexo, son marginadas por no ser blancas.

Lo que desde luego queda constatado tras casi hora y media de visionado es que aún queda mucho camino por recorrer y sobre todo que una sociedad no cambia si solo lo hace la mitad de la población. Y es que parece que mientras que hay más conciencia feminista entre las mujeres, no ocurre de la misma manera entre los hombres, quienes ven estos avances como una pérdida de privilegios y obvian que el machismo también les oprime en algunos aspectos. El futuro será feminista o no será.

Experiencia viajera: Lo que me queda por aprender

Hace unos días recopilaba 13 cosas que he ido aprendiendo con el paso del tiempo y de los viajes. No obstante, aún me queda camino por recorrer y también tengo una lista de aspectos a mejorar.

1. No sé filtrar. Así como se me da bien todo el proceso de documentación, recopilación y planificación, por el contrario soy incapaz de filtrar lo imprescindible. Cuando voy de viaje quiero verlo todo, me cuesta mucho decidir qué se tiene que quedar fuera por falta de tiempo. Al final algo se cae de la ruta, lógicamente, pero para ello acabo pidiendo opinión a mis compañeros viajeros. Debería mejorar este aspecto, pero en realidad no supone mucho problema porque, ante la duda, incluyo todo y vamos descartando sobre la marcha.

2. Me cuesta dejar que otros planeen el viaje. Soy capaz de compartir la planificación, pero llevo mal que sea otra persona quien lo organice todo. No es porque piense que lo vaya a hacer mal, sino porque cada uno tenemos unos gustos y quizá se deje algo fuera que a mí me habría gustado ver. Me da mucha rabia volver de un sitio y descubrir que me he perdido algo por desconocimiento de su existencia. Este punto lo estoy mejorando y lo que hago es buscar información, descubrir que es lo que no me quiero perder y comunicárselo al resto de viajeros para ver si se puede encajar de alguna manera en la ruta.

3. No encajo bien en los viajes organizados. En este caso no es que ponga en duda la profesionalidad del guía. Lo que no llevo bien es que generalmente el grupo es tan heterogéneo que siempre se va a la carrera. A lo mejor unas veces es porque me tienen que esperar a mí a que haga una foto, otras porque un compañero ha decidido entrar en una tienda para llevarse recuerdos para toda la familia. Hasta la fecha no he hecho ningún viaje completamente organizado, tan solo han sido excursiones (a Múnich con la tercera edad, en San Petersburgo durante la escala de un crucero y al desierto de Erg Chebbi), pero me reafirma en la idea de que prefiero viajar a mi aire y con un grupo de personas que vaya con mi mismo ritmo, intenciones e intereses. Quizá vaya cambiando en este aspecto a medida que vaya cumpliendo años y el cuerpo no tenga tanto aguante. Quién sabe.

4. No sé viajar con cualquiera. Cuando formo parte de un grupo grande y diverso soy capaz de adaptarme a lo que decida la mayoría si mi opción no es la más secundada (por ejemplo a la hora de elegir un restaurante para cenar), sin embargo, no suelo ceder de la misma manera con la forma de viajar. Tengo pocos días de vacaciones y quiero disfrutarlos, no estar discutiendo sobre preferencias de cada integrante. La experiencia me dice que cuanto más pequeño y homogéneo el grupo, mejor. Es verdad que alguna vez hemos viajado con gente que tenía en mente otro plan y hemos llegado al acuerdo de que cada uno fuera por su lado y reencontrarnos al final del día. Pero también es cierto que ha sido un día en concreto; no le veo mucho sentido a que fuera a ser la tónica habitual, porque para eso me voy por mi cuenta sin cuadrar agendas y buscar mismo transporte o alojamiento.

Este aspecto creo que no lo mejoraré con los años, sino que se irá cerrando cada vez más el círculo de personas con las que tengo comprobado que tengo afinidad a la hora de viajar. Es decir, que tenga interés en los mismos destinos, que pueda viajar fuera de fechas, que no le importa madrugar, que no tenga problemas con estar todo el día pateando, que se adapte gastronómicamente…

5. No entiendo irme de viaje y quedarme en el alojamiento. Para quedarme encerrada, me quedo en casa. No quita que un día llueva a mares o que pegue el sol como si eso fuera el infierno y haya que resguardarse por seguridad y salud. Pero esto de quedarse en el hotel o apartamente viendo la tele o  ir de crucero y decir que no bajas en la escala porque quieres disfrutar del barco, no va conmigo. Y creo que no cambiará mucho en un futuro.

6. No va conmigo lo de comer todos los días de restaurante o salir de fiesta. No digo que siempre engullamos cualquier cosa sobre la marcha, pero sentarse a comer en un restaurante supone echarle un par de horas (entre que pides, te sirven, comes y pagas) que no siempre tenemos. Por ejemplo, cuando no es verano, puedes encontrarte con que cuando sales del restaurante, ya se te ha ido la luz. Por otro lado, comer o cenar siempre fuera supone un hachazo al presupuesto, y solemos ajustarlo al máximo.

Con lo de salir de fiesta se juntan varios factores: no lo hago de por sí en mi vida cotidiana, seguramente llegue al final de la jornada bastante cansada después de todo el día en danza y además, si salgo por la noche me costará horrores madrugar al día siguiente. Ah, y como norma general el alcohol es muy caro. No me merece la pena.

7. Soy incapaz de aguantar el calor. En Madrid me molesta cuando llueve o hace mucho frío, pero sobre todo porque es un incordio ir a trabajar con chaqueta, paraguas, bolsa de la comida y entrar en el transporte y tener que llevar todo en la mano, no mojarte, no dar a nadie con alguno de los bultos… Sin embargo, estando de viaje no tengo ningún problema. Me pongo las capas que hagan falta, me abrigo bien y para la calle.

Ahora bien, el tema del calor no lo llevo bien en Madrid que es un clima seco, cuanto menos en un destino con humedad. No me aclimato por muchos días que esté en ese lugar. Por descontado, tampoco me llevo bien con el rollo lagarto vuelta y vuelta al sol en la playa, claro. Las playas para pasear, para ver amanecer o atardecer, para relajarse oyendo el sonido de las olas… pero ya.

8. Me sigo perdiendo. Sé interpretar un mapa de carreteras, incluso tengo clara la teoría de ubicar dos puntos en un plano y a partir de ahí saber para dónde hay que ir; sin embargo, voy por una calle, me desvío un momento a una tienda, una plaza o un espacio cualesquiera y cuando vuelvo no sé si iba en un sentido o en otro. Y eso hablando de lugares con una planificación urbanística bastante cuadriculada, ya no hablamos de mercados o zocos…

En general, en el día a día, cuando voy sola, pongo un poco más de atención o tiro de alguna app, pero si voy acompañada, me dejo llevar totalmente. A fin de cuentas, ya me he encargado de la planificación, así que llevadme a los sitios marcados y dejadme hacer fotos y disfrutar del momento. No se puede ser buena en todo.

8. No termino de entenderme con el GPS. En realidad me ocurre cuando conduzco, ya que no tengo problema cuando voy de copiloto. El problema es que como me oriento fatal y el GPS está configurado al estilo norteamericano, que se guían por los puntos cardinales y tienen los nombres antes de girar a las calles, cuando lo programo siempre reacciono tarde a sus órdenes y me paso el desvío. Algún día aprenderé.

9. Me cuesta seguir una dieta saludable. Ojo, no hablo de hacer una dieta, sino de llevar una dieta saludable y equilibrada como la que más o menos consigo llevar en casa comiendo alimentos y evitando los ultraprocesados. Por el bien de mi estómago tomo bastante fruta, huyo de los snacks y refrescos (sobre todo los que llevan gas), así como de la comida preparada. Sin embargo, estando de viaje no es algo tan sencillo, pues generalmente no haces la compra como en casa, sino que buscas algo más de conveniencia, que te sacie el hambre para seguir con la ruta del día. Además, cuando estás en un sitio nuevo quieres probar lo local, sea un enorme crepe, un gofre, unas patatas fritas con mil salsas, unas salchichas, hamburguesa rara, una poutine, un curry… Tampoco es que me preocupe mucho, más allá de si me genera alguna molestia estomacal. Con la vuelta a la rutina, recupero hábitos.

10. No valgo para regatear. Me sé la teoría, el problema no es ese. La cuestión es que estoy acostumbrada a si veo algo que me gusta y me cuadra el precio, lo compro. Si no, paso a otra cosa. Además, cuando me he encontrado en la situación ha sido en Bombay, Estambul o en Marruecos y generalmente se te ponen a regatear por uno o dos Euros y me parece poco moral andar racaneando cuando el primer precio que te ha sugerido ya te parece aceptable. Sin embargo, si no lo haces, estás ofendiendo a la otra persona. Así que al final me da mucha pereza y evito parecer interesada por los objetos por si comienzan con el baile de cifras. Como tampoco soy muy consumista, no creo que aprenda nunca. Prefiero irme con las manos vacías antes que pasar el mal trago.

11. No consigo encontrar mi vena creativa a la hora de hacer fotos. Yo le pongo interés: me agacho, me torsiono, me subo a sitios, me acerco a precipicios, monto el trípode, cambio objetivos, pruebo con diferentes configuraciones… Saco fotos aquí y allá (menos mal que llegaron las digitales) con la esperanza de que luego al revisarlas alguna sea interesante. Sin embargo, no termino de conseguirlo. No es que queden horribles, pues consigo encuadrar, enfocar… pero en la mayoría de las veces las fotos no son tan especiales como me gustaría. Pero vamos, que lo de no tener vena artística ya lo descubrí en la EGB. Cada vez que había que dibujar, tenía a una compañera que me hacía el esbozo para que yo después lo terminara. En este aspecto predominaron los genes paternos sobre los maternos.

12. No puedo parar de pensar en futuros viajes. A veces incluso no hemos terminado uno y ya estamos hablando de cuál será el siguiente (o el de dentro de tres años) o incluso sacando los billetes. Dado que tengo tan pocas vacaciones, tengo que calcular siempre cuándo me sale mejor irme, adónde, con quién puedo coincidir en fechas… Así a la hora de lanzarse, es todo más rápido. Supongo que en este aspecto poco se puede hacer.

13. Me duele volver a casa. Esto va relacionado con el punto interior. Da igual que el viaje sea de 3 días que de 20, siempre se me hace duro volver a Madrid. Creo que por eso siempre estoy buscando más opciones y tengo una lista de destinos futuribles a la espera de que surja la oportunidad. Una pena ser pobre y no poder estar siempre de viaje.

Solo el tiempo nos dirá si conseguí aprender estos 13 puntos, de lo que estoy segura es de que descubriré más. Y es que una no es perfecta, y tiene sus fortalezas y debilidades.

Experiencia viajera: Lo que he aprendido

La vida es un aprendizaje en sí, y vamos creciendo a fuerza de prueba-error. A veces tropezamos varias veces en la misma piedra, pero siempre sacamos algo de esa experiencia. Con los viajes ocurre lo mismo, pueden ir bien, mal o regular, pero siempre aprendemos algo. Y no solo la vida, sobre el lugar al que viajamos o la gente con la que nos cruzamos en el camino, sino también sobre una misma. Hoy quería recopilar varias cosas que he ido aprendiendo con mis viajes a lo largo de estos años.

1. Estoy atenta a cualquier chollo: He ido descubriendo páginas en internet que publican promociones, chollos o tarifas error; he aprendido a usar herramientas que facilitan la búsqueda de diferentes combinaciones a la hora de comprar billetes de avión; y, en general, he ido descubriendo trucos allí y allá que hacen más asequibles los viajes.

2. Soy una experta planificadora: Bueno, en realidad siempre he sido muy ordenada y me ha gustado tener todo controlado. Lo que realmente he aprendido de la experiencia viajera es cómo cuadrar las rutas para sacar el máximo partido. Me gusta hacer mis guías, recopilar información sobre el destino, buscar mapas, conocer medios de transporte disponibles…Y esto en parte va relacionado con el punto 1, ya que en general hay que jugar con fechas, horarios y cuándo y cuánto estar en según qué lugar. Como por ejemplo hacer la noche de un jueves en Las Vegas, viajar al Gran Cañón y zona navaja en viernes y sábado, para volver la noche del domingo de nuevo a la ciudad del pecado. De esta forma nos ahorrábamos un pico en noches de hotel. En ocasiones me equivoco o me dejo cosas en el tintero, pero por lo general suelo valorar todas las opciones y factores dejando incluso espacio para modificaciones de última hora.

3. Me ajusto al presupuesto: No siempre se pueden controlar todos los aspectos económicos de un viaje (transporte, alojamiento, entradas, comida, seguro…), pero como siempre estoy buscando chollos y ofertas, al final, si algo se sube un poco de precio, compenso por otro lado. Por ejemplo, si no me queda más remedio que pagar un billete de avión más caro de lo que yo esperaba, intento ahorrar en alojamiento aprovechando descuentos o promociones, o bien tiramos más de bocadillos y supermercados. No obstante, cuando eres una persona de gustos sencillos y poco consumista, en realidad acabas empleando el 95% del presupuesto en logística y alimentación. El resto se puede ir en algún recuerdo o souvenir, poco más.

4. He aprendido a optimizar el equipaje: Cuando comencé a viajar volvía con prendas que no me había puesto. Sin embargo, con el paso del tiempo he descubierto que no hay que complicarse mucho la vida con tantos porsiacasos. Que si paraguas, botas y chubasquero no sea que llueva, que si gorro/a y crema protectora por si hace mucho calor, que si un vaquero más de vestir con una camisa por si en algún momento vamos a un lugar más formal… La mitad de las cosas eran innecesarias porque acababa eligiendo la misma combinación que habría elegido en mi día a día en casa: vaquero + camiseta (+jersey si hace frío). Así pues, ahora calculo los días que me voy, busco lo más cómodo y versátil y enrollo para ahorrar espacio. Y si me puedo llevar alguna prenda con mucho trote, eso que me aligera a la vuelta.

5. No tengo problema con los madrugones: Es verdad que esto aprendizaje como tal… pues no, porque siempre he sido una persona de mañanas. No es que me encante madrugar, pero me levanto en cuanto suena el despertador. No soy de las que tienen varias alarmas cada 5 minutos. Lo que sí aprendí pronto (ya cuando viajaba con mis padres) es que aunque estés de vacaciones, si quieres aprovechar el día, lo mejor es madrugar.

6. Soy activa: Esto sí que difiere de un día normal, y es que yo después de llegar de trabajar me voy apagando poco a poco y la mitad de los días lo único que me apetece es procastinar en el sofá. Sin embargo, como decía en el punto anterior, cuando estás de viaje, si quieres aprovechar al máximo, tienes que ponerte las pilas y un buen calzado para que cunda bien el día. El cansancio viene después, cuando vuelves a casa y paras.

7. He aprendido a disfrutar del momento: Hace tiempo me ponía nerviosa con cualquier contratiempo o situación que se escapaba a mi control. Ahora me tomo las cosas de otra forma. No sé si tiene que ver con los viajes o simplemente con la edad (seguramente esto último), pero en cualquier caso cada vez me tomo los imprevistos con mejor filosofía. Desconecto y soy capaz de disfrutar del lugar en el que estoy y las experiencias que me ofrece. ¿Que me diluvia en Copenhage? Pues una ducha calentita al llegar al barco y una anécdota para siempre en la memoria.

8. Soy flexible y abierta a las improvisaciones: Sí, me informo sobre el lugar adonde voy y planifico al milímetro, pero también he aprendido que está bien perderse y descubrir nuevos lugares o cambiar los planes porque no te apetece o no se puede. He asimilado que no siempre se puede ver todo lo que llevas en la lista y que tienes que priorizar. Está bien saber dónde vas y qué te ofrece, pero no es imprescindible tachar todos los puntos como si se tratase de los trabajos de Hércules.

9. Soy una buena copiloto: Conducir, conduzco, pero como no es algo que haga a diario, no me siento plenamente capacitada para hacerlo por un país desconocido con diferentes normas de tráfico o señalización. Así pues, no tengo problema en ir de copiloto. Y es curioso, porque no se me da nada bien orientarme sobre el terreno, las cosas como son; sin embargo, dado que suelo preparar las rutas y empaparme sobre el lugar al que vamos, sé dirigir al conductor con bastante precisión. No me importa que sea mapa o GPS, me adapto. También proveo de comida o bebida, hago fotos y me encargo de la música. Toda una joya.

10. He abierto mis miras gastronómicas: No he sido nunca de mal comer, la verdad sea dicha. Pero sí es cierto que soy más bien de comida tradicional: de legumbres, pasta, arroz, estofados, pescado en salsa… Hace años no había probado la comida japonesa, india o marroquí. Es verdad que la globalización ha hecho mucho y hoy en día tenemos restaurantes de todo tipo en España, pero aún así, donde realmente me he animado a probar cosas nuevas ha sido viajando. No voy a negar que con cuidado, porque tengo un estómago delicado y las comidas muy contundentes o con nata/bechamel no me sientan muy bien, pero intento probar cosas nuevas allá donde voy.

11. Procuro ser menos turista y más viajera: Intento seguir la premisa de “allá donde fueres haz lo que vieres” y respetar las costumbres locales. Los turistas están cada vez peor vistos porque interfieren con el día a día de los habitantes del lugar, así que intento no ser bulliciosa, molestar o ensuciar.

12. He aprendido sobre historia, cultura y geografía: Este es quizá el punto que se lleva la palma, pues tenía tal déficit en historia y geografía, que he ido aprendiendo sobre la marcha al documentarme para preparar los viajes. Tenía nociones básicas de continentes, países, capitales, fechas de las guerras mundiales… cosas así. Pero desde luego se aprende mucho más viajando de mayor que estudiando estilo loro el temario en el colegio. Ahora sé dónde estaba la Bastilla, dónde comenzó la I Guerra Mundial, cómo quedaron los edificios de Hiroshima, cómo eran los campos de concentración, cómo era un barco vikingo o cómo es la vista con Asia a un lado, al otro Europa y allá en el frente Estambul.

13. Me he soltado al hablar idiomas: No es que haya sido nunca muy cortada al hablar en otro idioma, pero no es lo mismo practicar en clase que soltarte en el mundo y tener que entenderte con los locales. No pasa nada por equivocarse en la fonética o en la gramática, generalmente la gente es bastante comprensiva y aprecia el esfuerzo que estás haciendo para comunicarte en una lengua extranjera. Y si no, siempre queda la mímica. Estuvimos 21 días en Japón y en ocasiones nos encontramos con personas que no hablaban otro idioma que el suyo. Sin embargo, en todo momento conseguimos entendernos. Y siempre con una sonrisa de complicidad porque tú no hablas japonés y ellos no hablan español (o inglés).

Y hasta aquí lo que he aprendido con los viajes. Quizá me deje algo en el tintero, pero espero seguir sumando aprendizajes y hacer una segunda lista.

No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, Corinne Maier

Últimamente le estoy cogiendo el gusto a los ensayos. Normalmente prefiero la novela, pero a veces, entre un libro y otro necesito leer algo diferente para desconectar la mente y no mezclar personajes o historias. Así, hace poco leí No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, de la ensayista francesa Corinne Maier.

Aunque cada vez son más las mujeres que escriben sobre el tema y no se avergüenzan o lamentan de no querer pasar por la maternidad, en concreto este libro me llamó la atención porque la autora es madre, y sí que es menos frecuente que se atrevan a compartir que preferirían no haberlo sido. Y es curioso, pues cuando dices que no quieres tener hijos te hacen numerosas preguntas o directamente afirmaciones como que te vas a arrepentir o que te vas a perder algo maravilloso y,sin embargo, cuando alguien comunica la llegada de una criatura al mundo en su entorno nadie les cuestiona si se lo han pensado dos veces o son conscientes de la responsabilidad de la crianza y lo que ello conlleva, como por ejemplo también perderse cosas en la vida. Porque sí, toda decisión en nuestra vida significa dejar otras cosas de lado y que en un futuro podamos arrepentirnos de haber tomado un camino y no otro.

Y precisamente así comienza Maier su introducción, asegurando que se arrepiente de ser madre y que si volviera atrás seguramente no tendría hijos porque, analizándolo, le ve más cosas negativas que positivas. Y no pasa nada, no es un monstruo por ello, no creo que tenga que ver con que odie a su descendencia, sino que preferiría haber tomado otro rumbo en su vida. Como si te vas de alquiler y con los años volviendo la vista atrás piensas que quizá tendrías que haberte comprado una casa o viceversa. La autora rompe con el tabú de la maternidad idealizada y desgrana sus 40 razones para que aquellos que estén pensando en ser padres, se lo piensen bien antes. No es que descubra nada nuevo con su lista, quizá lo novedoso es el tono un tanto provocador que usa al exponerla. Pero en cualquier caso, la mayoría son verdades como puños.

Acierta al destacar la presión social que existe para tener hijos. Parece como si una pareja no fuera bien si no diera el paso de criar un par de retoños. Aquello de un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores… Quienes se atreven a no seguir ese camino son continuamente juzgados por no seguir el camino. Y mientras, hay tantos otros que dan el paso porque es lo que toca. No hay motivo detrás, sino simplemente porque es lo que se espera a cierta edad.

Y después viene el golpe de realidad, cuando descubren que el embarazo no era tan bonito, que el parto es doloroso, que la recuperación está lejos de ser como las de las famosas, que los meses de lactancia son esclavos y se duerme poco y que a partir de ahí todo gira en relación a esa persona dependiente, que no es algo que puedas posponer porque hoy no te apetezca o no tengas ánimos o fuerzas. Es una responsabilidad, una vida humana y estás a su servicio. Esto no quiere decir que la circunstancia sea mala, sino que hay que ser consciente de lo que conlleva. Un claro ejemplo son las campañas sobre las mascotas en las que se recalca la necesidad de una reflexión previa antes de su adquisición para evitar maltratos o abandonos.

Con la llegada al mundo de la criatura la vida de los progenitores cambia. Y, como dice la autora, la educación requiere que los progenitores estén siempre disponibles, atentos y dispuestos a sacrificar otros aspectos de su vida. Empiezan a vivir el tiempo de otra persona y pasan a segundo plano la pareja, las amistades, el tiempo de ocio o la vida laboral. Es cierto que se pueden seguir haciendo muchas cosas, pero está claro que hay que hacer reajustes porque los horarios cambian. No se tiene la misma maniobrabilidad para improvisar planes y hay muchos que no son aptos para críos. Aparte de que se tiene menos tiempo libre: llevar a los niños a la guardería/colegio, trabajo, recogerlos, meriendas, parque, extraescolares, deberes, duchas, mantener al día la casa, preparar cenas, comidas, la ropa del día siguiente… La crianza es agotadora, y más aún cuando el reparto de tareas no es equitativo.

Y es que como bien indica Maier, el coste de tener hijos no es el mismo para la madre que para el padre, pues la maternidad se ha convertido en una trampa para las mujeres. Es cierto que las cosas van cambiando y ahora los padres se involucran algo más y saben cambiar pañales, dar el biberón o llevan al niño al parque. Pero aún así siguen recayendo sobre las madres la mayoría de las tareas, y sobre todo el peso de la carga mental. Aquellas pequeñas cosas que no son tan visibles como que los niños crecen y hay que comprarles ropa nueva o estar pendientes del calendario de vacunaciones. La realidad es que la mujer se ha incorporado al mundo laboral, pero el hombre no lo ha hecho en igual medida en el doméstico y familiar. Así, esto crea una desigualdad en ambos ámbitos dando lugar a un círculo vicioso: si los hombres no asumen por igual sus tareas en casa, en las empresas se da por hecho que la mujer sale menos rentable y la balanza se inclina hacia el lado de ellos. Y puesto que la parcialidad y los sueldos inferiores recaen sobre ellas, ellos tienen más oportunidad de seguir desarrollando su carrera profesional. Así, con frecuencia se ve que mientras que un hombre en un alto cargo puede ser que sea padre o no, en el caso de ellas generalmente se trata de mujeres sin hijos. Las madres se han ido quedando por el camino.

Por tanto, en la actualidad ser madre supone tener que aceptar empleos peor remunerados pero que dejen tiempo libre para cuidar de la familia, porque claro, alguien tiene que hacerlo… Y al final supone una doble pérdida económica ya que por un lado se ingresa menos dinero por la actividad laboral (con lo que supone para la cotización e independencia económica) y por otro se echa otra jornada tan duradera y agotadora (o más) que no está remunerada. Así pues, la madre de hoy en día se encuentra cansada, con falta de tiempo y cierta dependencia económica. Al final va a ser verdad como dicen algunas amigas mías con hijos que nos engañaron con lo de la mujer liberada que se incorpora a la vida laboral y que vivían mejor las amas de casa. Al menos ellas no estaban pluriempleadas.

Aunque en esto siempre digo que hay evidencias previas: si tu pareja hombre antes de que haya hijos de por medio y con ambos trabajando fuera de casa no asume responsabilidades dentro, seguramente no lo haga después. Es preferible trabajar para conseguir una dinámica que funcione a nivel pareja antes de embarcarse en aumentar la familia. Y si no se llega a un acuerdo, mejor romper cuanto antes y cada uno por su lado antes de que todo se complique con custodias y demás.

Volviendo al libro de Corinne Maier, la autora reflexiona también sobre lo caro que sale tener hijos. Y eso que no entra en la concepción artificial, cada vez más frecuente. A los hijos hay que alimentarlos, vestirlos, ponerles ortodoncias, gafas, comprarles libros, pagarles las actividades extraescolares, la educación no obligatoria… Cualquiera quiere lo mejor para sus hijos, así que ¿cómo les vas a privar de las clases de natación para bebés, los idiomas o las clases de música? Como bien dice en su razón número 15: el hijo es un aliado objetivo del capitalismo. Los niños, además de consumir, hacen que los progenitores consuman. Aparte de los pañales, ropa y productos de aseo, hay una lista interminables de trastos que solo usan durante pocos meses pero que parecen imprescindibles: que si la cuna de colecho, la de viaje, la cuna grande, el capazo, la silla para el coche, la de paseo, la mochila portabebés, la hamaca, el parque, el calientabiberones, el esterilizador de biberones, el escurridor de biberones, los walkies vigilabebés… Y eso es solo el principio, porque luego se unen los juguetes, los libros, las tablets, móviles y ordenadores, los instrumentos u objetos de las actividades extraescolares… En muchos casos además la llegada de los hijos supone el tener que (o querer) cambiar de coche e incluso de casa, con lo que ello supone económicamente.

Como conclusión, la autora defiende que la solución es dejar de tener hijos. Sobre todo en los países desarrollados. Y es que aunque los países menos desarrollados tienen una mayor población, el problema es la supercontaminación de los más ricos y su consumismo voraz. Va más allá: ¿Qué sentido tiene traer hijos al mundo cuando se les va a dejar un planeta condenado al desastre ecológico?

No creo que el libro vaya a hacer cambiar la opinión de nadie, pero está muy bien que se hable cada vez más de la no maternidad como opción sin que ello suscite reprobación. Al fin y al cabo, no tener hijos es una elección como otra cualquiera y tan válida como sí tenerlos. De hecho debería ponerse más en duda la capacidad y madurez de algunos para ser padres que de quienes deciden no serlo.

Trucos Viajeros: Consejos para hacer un Road Trip

En las últimas entradas he hablado mucho sobre los lugares que hemos visitado durante el viaje, pero no sobre el Road Trip en sí, una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida. Sin embargo, antes de echarse sin más a la carretera, hay que tener en consideración los pros y los contras así como algunos detalles organizativos.

Entre las ventajas encontramos sin duda la libertad que nos da para poder configurar un itinerario con su hora de salida y llegada de cada día, las paradas a realizar, los desvíos improvisados que puedan surgir… A diferencia de en un viaje organizado o en bus o tren, no dependeremos de la disponibilidad del transporte, los horarios, precios o conexiones. Es decir, se puede planificar una ruta más ambiciosa.

Sin embargo, no todo son ventajas, también tiene algún inconveniente, como por ejemplo largas etapas con paisajes monótonos que hacen que la conducción sea aburrida, encontrarse con algún atasco, tener alguna avería o imprevisto, comerse alguna multa e incluso perderse. Además, una vez llegamos a destino hay que aparcar el coche, y no siempre es fácil. En según qué lugares puede llevar a la desesperación.

Aún así, que no cunda el pánico, pues la mayoría de estos contras tienen sencilla solución: la monotonía se soluciona con buena compañía y alternando entre conductores, los atascos con paciencia y buena música, las averías con un seguro y las multas siendo precavido al volante. Lo de perderse… pasa, tarde o temprano, por mucho GPS o mapa. No es difícil acabar pasándose una salida. En cuanto al parking, lo mejor es coger un alojamiento en el que se pueda aparcar y desde ahí moverse en transporte público local o a pie.

Pero empecemos por el principio, ¿qué hay que tener en cuenta antes de echarse a la carretera?

DESTINO

Parece una tontería, pero no siempre es recomendable viajar así. A veces porque se trata de demasiados kilómetros de un punto a otro por carreteras aburridas. Otras veces por las condiciones de las carreteras (ya sea desde el punto de vista meteorológico, o por el estado general del asfaltado). Hay que valorar todas las opciones de transporte disponibles y comparar.

ELECCIÓN DE VEHÍCULO

Puede que se trate del coche propio o, lo más frecuente, que lo vayamos a alquilar. La primera opción yo la recomendaría para pequeñas escapadas, puesto que meterle muchos kilómetros al vehículo particular supone un desgaste importante. Sea como fuere, convendría hacer una revisión para comprobar el estado del coche (luces, limpiaparabrisas, presión de los neumáticos, liquido de frenos y nivel del aceite).

Si se elige la segunda opción hay que tener en cuenta el tipo de viaje que queremos hacer, los integrantes, el presupuesto que tenemos… Merece entrada aparte, pues son muchas cuestiones las que hay que valorar.

DOCUMENTACIÓN Y NORMAS DE CIRCULACIÓN

Si el vehículo es propio hay que revisar que se lleva la documentación en orden (incluido el seguro de viaje). Y por supuesto, averiguar si en el país de destino se precisa del carnet de conducir internacional. Adicionalmente, conviene conocer las normas de tráfico locales tales como las velocidades máximas permitidas, el tránsito en los cruces o las particularidades del aparcamiento. Por supuesto también es importante saber si se circula por la derecha o por la izquierda.

¿PLANIFICAR LA RUTA O IMPROVISAR?

Esto es algo bastante personal. En mi caso prefiero llevar siempre una ruta planificada con un comienzo y un fin así como con paradas intermedias de interés. No obstante, eso no implica que no quede lugar para la improvisación. Hay sin embargo quien prefiere viajar sin nada cerrado e ir decidiendo cuándo dar por concluida la etapa sobre la marcha. A gusto del viajero.

En cualquier caso, no está de mal plantearse grosso modo las etapas, sobre todo si se depende de querer realizar alguna excursión o actividad o hay que acabar en un determinado lugar para tomar un vuelo de vuelta. Por ejemplo, no es recomendable dejar atracciones o lugares muy turísticos para los fines de semana, pues puede que nos lo encontremos demasiado saturados e incluso que el precio sea más caro. Así, conviene anotar una lista de cosas por hacer/visitar con sus horarios (ojo con los días de cierre) y precios (los museos suelen contar con días gratuitos), calcular las distancias y estado de las carreteras, si hay peajes, puertos o cruce de fronteras, dónde sale mejor dormir y comer… y en base a esto, planificar un itinerario con sus etapas, aunque sea orientativo y quede abierto.

Además, tener una mínima planificación sirve para hacernos una idea del presupuesto, pues podemos calcular el gasto en carburante, peajes, entradas, alojamientos, comida…

INTEGRANTES

Es algo que se decide al principio de la planificación y que influye en el tipo de vehículo que vamos a llevar, como ya decía. Es importante elegir bien los compañeros de viaje, sobre todo porque son muchas horas juntos y conviene que todo el mundo esté en la misma onda. No tiene necesariamente que significar que todo el mundo quiera hacer las mismas cosas, pero sí que haya algo de sintonía y afinidad. Tienen que estar de acuerdo en cuanto al presupuesto y a las intenciones generales del viaje (si es de playa, de montaña, de andar mucho, de visitar museos…), si no, habrá un conflicto constante. Lo mejor es llegar a un punto de confluencia al principio de toda la planificación y crear una clara hoja de ruta. También conviene aclarar varios puntos antes de meterse en un habitáculo durante horas, como por ejemplo si se fuma o no, quién gestiona la música, quién se encarga de hacer de guía, quién conduce…

Y esto es también relevante. Cuantos más conductores mejor, ya que permite repartir las horas de conducción y que no aparezca la fatiga. A no ser que haya alguien al que le guste especialmente conducir o que las etapas sean generalmente cortas.

De todas formas, como en todo trabajo en equipo, lo mejor es aprovechar las virtudes de cada integrante para cada una de las responsabilidades del viaje y así repartir las tareas y que todo el mundo sea útil durante el viaje.

GPS Y MAPA

Aunque le quita algo del espíritu aventurero, es recomendable llevar un GPS. Bueno, quien dice GPS, dice móvil con alguna app de navegación, especialmente aquellas que permiten descargarse los mapas y funcionar offline para no gastarse los datos. No obstante, en según qué viajes podemos encontrarnos con que no hay señal de nada: ni cobertura, ni datos, ni ubicación… así que por si acaso, conviene echar también el típico mapa de carretera de toda la vida (o llevar la ruta impresa en papel)

APPS Y TECNOLOGÍA

Además de llevar instalado el navegador en el móvil (o los móviles), hay que tener en cuenta otras apps que pueden ser de utilidad como las que avisan del tráfico, de la previsión meteorológica, las de comparativas de precios de gasolineras, las de reservas de alojamiento en caso de que no se hayan cerrado previamente… Hoy en día somos un poco esclavos de la tecnología, pero hay que reconocer que también nos facilita la vida en muchas ocasiones.

Por supuesto, a más uso del terminal, mayor consumo de batería, por lo que mejor no olvidarse de llevar alguna batería extra, así como cargadores. En los coches modernos ya contamos con puertos usb, pero a veces nos tendremos que conformar con el mechero, así que un adaptador no viene de más.

Cuestión aparte es la cámara de fotos y sus accesorios. Es impensable hacer un viaje de este estilo y no llevar una cámara para captar la aventura.

ENTRETENIMIENTO

Para llenar las horas en tránsito está por supuesto la conversación. Pero a veces también apetece callarse y observar el paisaje. O incluso echarse una cabezadita. También se puede aprovechar para ver alguna serie o película en la tablet, móvil u ordenador, o leer. Los que usamos el transporte público a diario sabemos lo mucho que cunde la lectura en esos trayectos diarios. En coche sin embargo hay quien se marea. En cualquier caso, llevar un libro (en papel o electrónico) nunca está de más, ya no solo para el tiempo en movimiento, sino para los momentos de relax al final de la jornada. O mientras esperas a que el resto se vaya preparando por la mañana… Sé de uno que en los 15 días del Road Trip por la Costa Oeste se leyó el primer libro de Juego de Tronos…

Obvio es que para tantas horas en coche no puede faltar la música. También hay mil apps en las que crear una lista con canciones para todos los gustos. Nosotros en este último viaje aprovechamos el mes de prueba sin anuncios y con reproducción offline de Spotify. También tiramos de podcasts. Está la radio también, claro, pero nos puede pasar como con el GPS y que en según qué lugares no captemos ni Radio María.

COMIDA Y BEBIDA

Dado que vamos a pasar muchas horas dentro del coche, a veces con etapas largas o en las que no hay nada de interés entre el punto A y B, es aconsejable llevar siempre algo de picoteo.

Nosotros intentamos llevar siempre algo dulce y algo salado. Lo típico que viene a la mente es lo menos saludable: golosinas, chocolate, patatas fritas, sándwiches de a saber qué… Es verdad que es lo más socorrido porque viene envasado y tiene bastante caducidad. Sin embargo, no está de más llevar algo de fruta o frutos secos para no acabar con dolor de tripa. Además, ojo con lo que se come, pues si da sed y hay que beber mucho, luego también hay que cambiar el agua al canario, y no siempre es factible hacer una parada.

Algo muy útil es llevar una nevera portátil. No hace falta que sea la típica rígida de camping, las hay también de tela, plegables, que se pueden llevar en la maleta y sacar cuando sea necesario. Comprando hielo en una gasolinera (o si es en EEUU gratis en cualquier hotel/motel de carretera) puedes mantener refrigerada al menos la bebida.

Eso sí, para una mayor comodidad dentro del habitáculo, mejor ser limpios y no acabar con el suelo lleno de restos de comida y los bolsillos de las puertas llenos de envases, plásticos, servilletas…

Aparte del picoteo, conviene anticipar el tipo de etapas que vamos a hacer para saber si vamos a poder parar por el camino para comer, o por el contrario habría que comprar algún plato preparado que se pudiera comer en frío en un área de descanso (ensaladas, sándwiches, hummus/guacamole, latas de conserva…). Para ello, en previsión, hay que llevar a mano cubiertos, bolsas de basura para recoger los desperdicios y servilletas o toallitas para poder limpiarnos antes y después de comer.

Si se viaja con una furgoneta camperizada o una autocaravana esto es mucho más sencillo, claro, ya que al contar con camping gaz o cocina, se tiene mucha más autonomía y se podría incluso cocinar algo más elaborado. Pero contando con un coche o suv, o paramos en algún área de servicio o población intermedia, o nos tendremos que apañar con algo frío en un apartadero de la carretera.

EQUIPAJE

A ver, que estamos añadiendo muchas cosas, y al final, como no llevemos mucho maletero, nos estamos comiendo el espacio. En cualquier caso, para reducir el peso en el coche, y con ello el consumo de combustible, conviene viajar lo más ligero posible. Hay que olvidarse de los porsiacasos y buscar prendas versátiles y cómodas. Si va a ser un viaje largo, es mejor buscar un alojamiento con lavadora o una lavandería pública que ir cargados con 15 mudas de varias personas. Además, se puede ahorrar espacio compartiendo entre varios o todos los integrantes productos como crema solar, líquido de lentillas, gel, champú, pasta de dientes… y así no llevar cada uno mil botes. Lo mismo para un botiquín, es preferible hacer una lista y preparar uno entre todos. Y aún así, al final es inevitable acabar llenando el coche hasta los topes.

Por cierto, que algo que no puede faltar en el equipaje son unas gafas de sol. Habrá veces que el sol lo llevemos a la espalda, pero en el resto de los flancos, en según qué horas del día, puede llegar a ser muy molesto. Y si conduces, más aún.

OTRAS RECOMENDACIONES

Uno de los primeros aprendizajes de nuestro primer Road Trip por Estados Unidos fue que hay que procurar llevar el depósito de carburante lleno y repostar siempre que se dé la oportunidad, ya que puedes tirarte kilómetros y kilómetros (o millas y millas) sin ver una estación de servicio.

De todas formas, aunque seamos precavidos, podemos tener otro tipo de incidencias, así que conviene llevar a mano un móvil disponible. En Europa tras la eliminación del Roaming, seguramente funcionemos con el nuestro, pero en caso de salir de estas fronteras, es mejor hacerse con una tarjeta prepago. Y no hay que pensar en lo peor, pero por precaución mejor si informamos a familia o amigos de nuestro itinerario, por si ocurriera algo.

Algo que parece una tontería es la cuestión económica. Seguramente que llevemos tarjetas y en general para el viaje nos funcione bien, pero hay pequeños gastos como los peajes o los parquímetros para los que conviene llevar algo de efectivo. Y si es calderilla, mejor.

No obstante, también es aconsejable llevar algún billete de mayor importe, porque hay veces que las máquinas de las gasolineras no aceptan tarjetas extranjeras.

Por supuesto, sobra decir que es preferible mantenerse dentro de los límites de la ley en lo que a conducción se refiere. Y además, tener en cuenta las recomendaciones generales de descanso, nada de consumo de alcohol, ni de comidas muy copiosas que causen somnolencia o medicamentos contraindicados. Nada nuevo, vaya. De todas formas, lo mejor es llevar siempre un seguro de viaje que incluya cobertura de accidentes.

Por lo demás, un Road Trip es desconexión y vivir cada momento. No solo importa dónde vas a parar, sino lo que recorres por el camino. Se puede configurar de muchas maneras (improvisado, planeado, durmiendo en hoteles, en campings, en el propio vehículo, comiendo en el coche o en restaurantes locales….), pero está claro que sea como fuere, es toda una experiencia. Y no hace falta irse a la otra punta del mundo o elegir una ruta icónica, porque al final, un Road Trip es un viaje sobre ruedas y carreteras, hay muchas y con diversas historias que contar.

Brexit: The Uncivil War

Hoy que es el día oficial en que iba a ser efectiva la salida del Reino Unido de la Unión Europea (veremos a ver cuándo y qué ocurre) es buen momento para hablar de la película Brexit: The Uncivil War. La cinta nos cuenta las tácticas, maquinaciones y maniobras de la campaña previa al Referéndum de 23 de junio de 2016 en que el 51,9% de la población votó Leave. Con un guion que parte de los libros All Out War: The Full Story of How Brexit Sank Britain’s Political Class, de Tim Shipman y Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit, de Craig Oliver, está dirigida por Toby Haynes y cuenta con el magnífico Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el asesor político que fue el jefe de dicha campaña.

El proyecto del filme recibió críticas por el momento en que se planteó, pues no se comprendía muy bien qué sentido tenía hablar del Brexit sin Brexit. No obstante, ha resultado ser de lo más oportuna. Y es que, como decía, no se centra en las consecuencias de la salida del UE, sino de cómo se gestó. La película es la crónica de un desastre anunciado y pone el foco en cómo internet influye en todos los aspectos de nuestra vida. También en la política.

Atrás quedaron los carteles, los mítines con propuestas, las grandes concentraciones o los debates con sus argumentaciones. En lugar de hacer una campaña destacando unas ideas, unos proyectos y cuál es la mejor forma de presentársela a la ciudadanía para obtener su voto, hoy en día, en la era digital, funciona al revés. Dejamos rastros de nuestra vida con cada dispositivo o aplicación que usamos y hay empresas (como Cambridge Analytica) que se están encargando de recopilar todos estos datos sobre nuestros gustos, nuestras preocupaciones, nuestros intereses para que después terceros hagan una campaña interpelándonos. No importa si la información es verídica o no, porque estas campañas lo que realmente buscan son nuestras entrañas. Por tanto, fluyen los bulos sin ningún tipo de contención, con el agravante además de que los contrincantes se ven a rebufo de este tipo de informaciones falsas. Acaban perdiendo más tiempo en desmentirlas que en presentar su propia campaña, por lo que al final los tempos y la agenda la marcan los tramposos. Pasó con Trump, pasó con el Brexit, pasó con Bolsonaro, pasó en Andalucía y veremos a ver en las dos próximas citas electorales en nuestro país.

Aunque la temática pudiera resultar aburrida, la película me pareció entretenida. Tiene buen ritmo y la música está muy bien elegida. Además, funciona muy bien la combinación de entrevistas e imágenes reales con las de ficción. Cumberbatch borda el personaje (como todos los que interpreta) y eclipsa al resto del reparto, donde además Boris Johnson, Nigel Farage o el donante del UKIP parecen más caricaturas que personajes.

No sabemos qué pasará de aquí en adelante con este nuevo panorama político, pero Brexit: The Uncivil War sirve para entender esta nueva realidad política en la que la ciudadanía está más desamparada que nunca ante tal manipulación de la información.

8M

Aunque sigue habiendo reticencias en una buena parte de la sociedad a decir “soy feminista” y se recurre al típico “ni machismo, ni feminismo, igualdad” ( o el “ni machista, ni feminista, persona” de Bustamante), aún así parece que el capitalismo ha pensado aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y ha empezado su propia estrategia de marketing y lavado de imagen.

Un claro ejemplo es el feminismo de Ana Botín. No niego que como mujer haya experimentado situaciones de desigualdad, sin embargo, el feminismo no es únicamente reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, sino que también tiene un componente de clase. Es por eso que feminismo de derechas (o feminismo liberal como proclama ahora Ciudadanos) es un término contradictorio.

Se ve claro cuando critican las cuotas argumentando que es injusto para los hombres y que lo que tendría que ocurrir es que los puestos fueran ocupados por los mejores. Estamos de acuerdo en que sí, en un mundo ideal se habría de elegir a la persona más preparada para desempeñar la función; no obstante, en el mundo que vivimos, hay mucho inepto que únicamente está en ese puesto por ser hombre. Porque una mujer, por el simple hecho de serlo, ha de demostrar mil veces más que está al nivel. Cuando hay una mujer entre muchos hombres se dice aquello de “es que esta es buena, fíjate cómo será de buena que ha superado a tropecientos hombres”.

En esto de las cuotas además hay un segundo factor, y es que solo rechina cuando se pide que haya una mínima participación de mujeres porque se dice que discrimina. Sin embargo, no se está teniendo en cuenta que se parte de por sí de una situación discriminatoria. Por tanto, de lo que se trata es de equiparar la balanza. Es la misma metodología que para las becas. Pongamos por ejemplo el caso de dos estudiantes que quieren cursar la misma carrera. Ambos tienen la misma capacidad intelectual, sin embargo uno de ellos se puede pagar los estudios mientras que otro no. Con una beca al de menor nivel adquisitivo le damos la posibilidad de igualar sus oportunidades. Y no solo será bueno para ambos, sino para la sociedad porque estaremos ganando la aportación de dos personas. Y es que nos han vendido mucho aquello de la meritocracia, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y por eso, mientras no surja natural, hay que poner medidas que compensen estas desigualdades.

Botín se cree que porque ella haya llegado a su puesto directivo, cualquiera con empeño puede hacerlo. Pero el feminismo no es que unas pocas puedan romper el techo de cristal, sino que se trata de un movimiento que busca la colectividad. Porque el machismo no afecta a unas pocas, todo lo contrario. Afecta a toda la sociedad (también a los hombres) y es un problema mundial, no local. Y ahí es donde falla el feminismo neoliberal, que es individualista y burgués. Por tanto, no es feminismo.

Tampoco lo es el de Ciudadanos, que a pesar de que en 2015 llevaba en su programa electoral modificar la ley de Violencia de Género, que decía que el aborto no debía ser un derecho porque era un fracaso,  que el matrimonio homosexual podía crear tensiones innecesarias, o que el año pasado no apoyaría el 8M por cuestiones ideológicas; de repente este año saca un decálogo en el que reivindica que el feminismo no es patrimonio de nadie, sino que todo el mundo que esté comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres ya es feminista.

No es que de un día para otro se hayan deconstruido y de repente se declaren feministas, es que están en campaña electoral (las mujeres son el 51% de la población y el 65% de indecisos). Pero no se puede ser feminista y querer mercantilizar el cuerpo de la mujer con propuestas como la de la legalización de la prostitución o la de los vientres de alquiler. Se escudan en su argumento liberal de que cada mujer (o niña) es libre de decidir qué quiere hacer con su cuerpo. Sin embargo, no tienen en cuenta de que cuando hay una situación de pobreza, las decisiones no son libres. Y no lo tienen en cuenta porque son sus políticas neoliberales las que contribuyen en gran medida a las desigualdades.

Ellos defienden que buscan la libertad para todo el mundo. Así en abstracto. Como en abstracto ya está reflejado en las leyes. El problema es que en la práctica, esta teoría choca con el capitalismo y las desigualdades sociales, económicas y culturales que este crea. Por tanto, al final defienden al que ya es privilegiado.

Así pues, un discurso contradictorio de todo punto. Da la sensación de que quieren ganar unos pocos votos diciendo que reivindican la igualdad, pero maquillado de tal forma que no enfaden a su votante tradicional, ese hombre blanco, heterosexual y acomodado. Como ya hicieran con las banderas LGTBI en Colón, buscan sacar rédito de cualquier lado mientras sorben y soplan a la vez.

Más consecuente es el PP, que ha decidido no sumarse directamente a la huelga. Claro, que usa el discurso de Ciudadanos del año pasado de que el 8M se ha politizado. El año que viene dirán que han sido ellos quienes organizaron todos los actos, como andan proclamando con la LVG. No obstante, con sus políticas de recortes, propuestas de volver a la ley del aborto del 85 y otras sandeces no es que se le esperase.

En cualquier caso, si en 2018 se sobrepasaron todas las expectativas con respecto a la huelga y movilización, este año no puede ser menos. Es verdad que parece que se habla más de feminismo, pero hemos avanzado poco o nada en 365 días e incluso vemos peligrar los derechos adquiridos con estos aires a Gilead.