Serie Terminada: The Catch

La última serie que hemos terminado de ver es la breve The Catch. La ficción de la productora de Shonda Rhimes fue cancelada tras dos temporadas de diez capítulos cada una, y bien podrían haberla dejado cerrada tras la primera entrega.

El planteamiento no era malo. Recordemos: una analista de fraudes experta en delitos de guante blanco ve cómo desaparecen sus ahorros cuando su supuesto prometido resulta ser un estafador. Mientras intenta que su reputación profesional no se vaya al garete, se guarda su orgullo herido y se pone manos a la obra para encontrarle y recuperar lo que es suyo.

Así pues, tiene un poco de acción, otro poco de juego del gato y ratón, retazos de intriga, un toque de historia romántica… Pero claro, el problema es que no tiene mucho recorrido. No puedes estar seis temporadas persiguiendo al estafador. Así que, esa trama se cierra en la primera temporada y ya en la segunda cambiamos de tercio con el prometido colaborando con el FBI a cambio de infiltrarse y así ayudarles a resolver casos de su perfil. ¿De qué me suena esto? Ah sí, como comenté tras el piloto, recuerda en cierta medida a Ladrón de guante blanco.

Técnicamente no está mal. Los capítulos tienen ritmo, juega con los planos y la pantalla partida (quizá en exceso), con una fotografía muy luminosa que automáticamente nos transporta a Los Ángeles, oficinas de diseño con mucho cristal y blanco, personajes impecablemente vestidos… Pero no termina de funcionar.

Normalmente en series de este estilo tenemos un arco que se alarga toda la temporada y que sirve como hilo conductor, y una trama más corta que se suele desarrollar en un capítulo o quizá dos. Sin embargo aquí tenemos tres ejes. Por un lado el temporal (la búsqueda del prometido), por otro el episódico (el caso de investigación de la empresa de Alice) y por último la trama del estafador junto con sus compañeros. Y al final, con tanta bifurcación, va todo demasiado rápido sin profundizar demasiado.

Parece que todo va de apariencias, de sonrisas, de pestañas postizas, de ropa o coches de alto nivel adquisitivo. Hay un toque muy clasista en sus guiones y resulta una serie muy superficial y banal. Tampoco me termina de cuadrar la pareja principal, no me resulta verosímil, no sé si por la química que no termina de cuajar o por tanto pasteleo romántico.

La primera temporada tiene un pase con la búsqueda, persecución, juegos y engaños; pero la segunda da un giro con tal de alargarla lo máximo posible incluso introduciendo la historia del hermano de la protagonista que no tiene ni pies ni cabeza o la hija perdida del estafador. No hay nada de thriller o acción y sí mucho de drama pasteloso.

Es una de esas series de verano para ver de fondo sin esperar grandes tramas o personajes. Lo bueno: que solo son 20 capítulos.

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Nueva serie a la lista “para ver”: The Good Fight

En mayo de 2016, tras 7 temporadas, finalizó The Good Wife, dando por concluida la evolución de la protagonista, Alicia Florrick. No obstante, aún quedaba mucho que contar de otros personajes que compartían despacho con ella, y así nace The Good Fight, estrenada en febrero de 2017.

Hay un salto temporal de un año con respecto al final de la serie madre, los Florrick han desaparecido de escena y Diane Lockhart se encuentra en el peor momento de su vida tanto en lo personal como en lo profesional. Se ha divorciado, su bufete es cada vez menos suyo (ahora es una lista de apellidos interminable que hace que la marca sea impronunciable) y para más inri, Trump ha llegado al poder. Así pues, desencantada con la vida, decide que es hora de dejar la abogacía, emplear el dinero que tiene ahorrado para comprarse una casa en la Toscana y retirarse a disfrutar de una merecida jubilación.

Sin embargo, ese dinero ha desaparecido en una estafa piramidal (y lo peor es que el contable era amigo suyo), así que no le queda otra que volver al trabajo. No obstante, en el bufete no se lo van a poner fácil y las condiciones que le ofrecen no son ni de lejos las que tenía antes de su renuncia. Por tanto, ha de buscar otros caminos para empezar (casi) de cero. Si The Good Wife era el proceso de Alicia Florrick de una inocente buena esposa a una mujer independiente y empoderada, The Good Fight es el renacer del Fénix.

En su búsqueda de un nuevo bufete que la acoja se encuentra con que todos aquellos que lamentaban su retirada y le decían palabras bonitas, ahora le dan la espalda por considerarla demasiado mayor para formar parte de sus despachos. La única oportunidad se la da Reddick y Boseman, un reputado bufete de afroamericanos. Porque sí, en el siglo XXI en Estados Unidos sigue habiendo discriminación por raza y hay casos que solo entienden y aceptan los despachos que cuentan con afroamericanos en nómina. En esta firma trabajan dos conocidos para los seguidores de The Good Wife:  Lucca Quinn y Julius Cane.

Y no son los únicos personajes repiten del reparto original, ya que también cuenta con las apariciones de los excompañeros David Lee y Howard Lyman, de muchos de los jueces, de algunos clientes como Colin Sweeney o de mi querida Elsbeth Tascioni.

Eso sí, a Alicia no se la espera, pues su relato ya está más que cerrado. Los creadores, el matrimonio King, ahora vienen a contar la historia de tres mujeres de diferente raza, edad y orientación sexual. Acompañarán a Diane en su nueva andadura su ayudante Marissa Gold, la hija de Elie, que ahora quiere ser detective y Maia Rindell, a quien todo el mundo odia por ser la hija del estafador.

No obstante, la serie sigue el esquema de su predecesora. Parece apuntar a que además de ser una serie coral con personajes bien trabajados, va a ser divertida e incisiva y vivir pegada a la actualidad. No hay más que ver ya de inicio la crítica a Trump.  Veremos qué tal le sienta a Diane este cambio de un bufete de burgueses blancos a uno en el que predominan los afroamericanos y ha de empezar de nuevo.

Cambia con respecto a The Good Wife el número de episodios por temporada (la primera cuenta con 10 y la segunda con 13). The Good Fight se emite en la plataforma de pago de la CBS y se ha adaptado a este formato más cercano a la docena de capítulos de mayor duración. Eso sí, ya han renovado por una tercera entrega. Parece que va a haber Diane Lockhart para largo. Y yo que me alegro.

Serie Terminada: The Good Wife

Cuando vi el piloto de The Good Wife pensé que iba a ser una serie de abogados más, a lo Boston Legal o Ally MacBeal. Sin embargo, a pesar de tener un trasfondo legal, es mucho más que una serie episódica centrada en un bufete, tiene mucha más miga.

La historia comienza con un escándalo político y sexual. Peter Florrick, fiscal del condado, es condenado por corrupción a la vez que salen a la luz varios vídeos en los que mantiene relaciones sexuales con prostitutas. Alicia, su mujer, no le perdona las infidelidades, pero se comporta como una “buena esposa” y comparece junto a él en una rueda de prensa aguantando el tipo y dándole la mano. Esa mano es todo simbología para la serie.

Imposible de mantener el estilo de vida que llevaban antes de la encarcelación de Peter en su lujoso vecindario a las afueras, Alicia se muda e intenta retomar su profesión de abogada tras 13 años sin ejercer (desde que tuvo a su primer hijo) para así sacar adelante a su familia. Algo nada fácil, no solo por su falta de experiencia, sino porque su reputación va asociada a la de su marido y tendrá que superar no pocos escollos.

Así de primeras el piloto parecía interesante con la trama política de trasfondo y la historia de una mujer que tiene que comenzar desde cero dejando atrás una vida acomodada. Sin embargo, los pilotos a veces prometen mucho y luego se quedan en nada, así que faltaba por ver si The good Wife apuntaría alto o se quedaría en un quiero y no puedo. Pero no falló. Muy al contrario, se convirtió en una de las mejores ficciones de los últimos años combinando a la perfección el género legal y el político (que no están tan alejados, la verdad).

Sus guiones están bien construidos. En sus siete temporadas tocan prácticamente todos los temas. Se suceden un buen número de casos individuales y autoconclusivos, pero siempre suelen ir muy pegados a la actualidad. Por ejemplo podemos ver referencias a Bitcoin, a Occupy Wall Street, al espionaje de la NSA y a Snowden o Anonymus, a los límites de la propiedad intelectual, al uso de las redes sociales, al mundo de internet, de Google (aunque lo camuflen como Chumhum), al feminismo, al aborto, a la tenencia de armas… También se tratan los tejemanejes de las campañas electorales, así como los codazos y zancadillas que hay en el mundo de la política. Ríete tú de House of Cards.

También hay casos que duran más de un capítulo (bien contiguos, o bien apareciendo y desapareciendo como el Guadiana a lo largo de las temporadas), pero lo que realmente conforman las tandas de 22-24 episodios son las tramas de fondo: la carrera política de Peter Florrick, los problemas en el bufete, las relaciones familiares, los romances, las traiciones… Y todo está muy bien hilado, tanto la trama de la temporada como el caso semanal, aunque la temática no tenga nada que ver.

Y es que The Good Wife consigue encajar todas las piezas gracias a su ritmo. Destaca por sus diálogos ágiles, ácidos y cargados de sarcasmo e ironía. Pero aunque la dialéctica es importante (pues no hay que olvidar que es una serie de abogados y políticos y es en lo que se basan para la argumentación y los discursos), más relevantes son aún los silencios, las miradas, el lenguaje no verbal. La serie recurre mucho la sutileza. Quizá también porque se emitía en la CBS, pero el caso es que es un recurso que le sienta muy bien.

Sin embargo, los guiones no son todo. Para conseguir llegar a los 157 capítulos necesitas un buen elenco, y The Good Wife lo tiene. Julianna Margulies está inmensa como Alicia Florrick. Ha sabido interpretar todas las facetas de este personaje: madre, esposa, esposa de político, abogada, empleada, jefa, compañera, mujer, amante, hija, hermana, nuera…  Ha sabido sacar a la luz todas las Alicias: la dolida, la reflexiva, la enfadada, la inteligente, la fuerte, la triste, la seria, la enamorada, la agotada, la desencantada, la cómica, la manipuladora, la decidida… No hay que olvidar que aunque lo que da inicio a la serie es el escándalo de Peter, en realidad la historia que se nos cuenta es la de Alicia, el proceso en el que se encuentra a sí misma.

Acompañan a Margulies en la primera fila Christine Baranski en el papel de Diane Lockhart y Josh Charles como Will Gardner. Ellos son los dueños del bufete en el que Alicia consigue trabajo (Gardner y ella fueron pareja en sus años de universidad).  El personaje de Diane Lockhart parece estar hecho a medida de Baranski. Es una mujer con carácter, decidida, elegante y estilosa. Es demócrata y feminista y acepta los casos en base a sus principios. Contrasta con su socio, un abogado mucho más impulsivo y con menos escrúpulos. Juntos consiguen una armonía, no solo en el despacho, sino también como acompañantes de Alicia, a quien ayudan a crecer como persona y como profesional.

Pero en The Good Wife no solo son importantes los personajes principales, sino que también los secundarios tienen su papel. Así, no hay que olvidar a otros compañeros del bufete, como a la investigadora Kalinda Sharma, una mujer con grandes recursos y un pasado oculto; al joven Cary Agos que también pasa por su propia evolución desde el inicio de la serie como joven asociado; o David Lee, el cínico y sarcástico abogado matrimonialista que no da puntada sin hilo.

También son relevantes los hijos adolescentes, la madre del propio Peter o la madre y el hermano de Alicia. Aunque sin duda, para mí, hay dos secundarios que brillan con luz propia. La primera es Elsbeth Tascioni, una excéntrica abogada que a pesar de parecer un poco despistada, es muy inteligente. Su mente sigue otro proceso a la hora de argumentar y siempre que aparece en escena aporta frescura y comicidad. No trabaja en el mismo bufete que Alicia, pero se convierte en una gran aliada.

Mi otro favorito es Eli Gold , un personaje que llegó como jefe de campaña de Peter. Es decir, como secundario de un secundario. Sin embargo, poco a poco se hizo con su sitio y ganó más protagonismo que el propio candidato. No es de extrañar, ya que tiene mucho carisma y su posición entre el matrimonio Florrick da mucho juego. Representa a la perfección el mundo de la política, ya que es un tipo sin escrúpulos, manipulador y ambicioso, que sabe muy bien cómo hacer su trabajo y gestiona muy bien la información, los contactos y los tempos. La única persona que es capaz de hacerle frente es Alicia, que para algo es la protagonista.

Podría pasarme horas y horas hablando de los personajes, ya que The Good Wife es una serie coral en la que cada uno de ellos sirve como pieza de un engranaje. Y no solo los principales o secundarios, sino que es una ficción que cuenta con un gran número de invitados de renombre como Lisa Edelstein, Amanda Peet, Jennifer Carpenter, Matthew Perry o el mismísimo Michael J. Fox. Muchos llegan como “special guest star”, pero acaban repitiendo a lo largo de la serie.

En definitiva, The Good Wife me ha sorprendido gratamente. Me esperaba un drama más lineal, más sencillo, pero está muy bien tejido y tiene también su punto de comedia, sobre todo gracias al sarcasmo y al toque de determinados personajes. Además, no se enreda demasiado en los casos legales y sabe cuándo adelantar la trama y cuándo ha de detenerse en explicar los detalles. Y a pesar de que flojeó un poco en la cuarta temporada, en general ha mantenido un buen nivel y han sabido cerrarla de la forma adecuada y en el momento preciso.

El final generó controversia porque no está mascado, pero creo que es acertado. Hay que quedarse con el camino que ha recorrido Alicia, pasando de ser esa “buena esposa”, esa “santa Alicia”, a ser una mujer empoderada que se hace un hueco en el mundo de la abogacía y toma las riendas de su vida.

Nueva serie a la lista “para ver”: Mindhunter

Series sobre crímenes hay muchas, y sobre asesinos también, pero Mindhunter propone un enfoque distinto. Basada en el libro Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit de Mark Olshaker y John E. Douglas nos traslada a finales de la década de los años 70 cuando dos agentes del FBI comenzaron a estudiar la psique de los asesinos en serie y violadores.

Está dirigida por David Fincher, Asif Kapadia, Tobias Lindholm y Andrew Douglas y los protagonistas están basados en los primeros agentes que trabajaron en este campo. En este sentido me recuerda a Masters of Sex. En ambos casos se parte de unos personajes reales (aunque en Mindhunter se han cambiado los nombres de los agentes) que rompieron con la dinámica de la época. Johnson y Masters estudiaron la sexualidad humana, pero también acabaron descubriendo que la mente era importante. Así, se adentraron en la psicología para determinar cómo esta influía en el sexo y en el comportamiento de las personas. Sus conclusiones no fueron bien recibidas inicialmente por una sociedad demasiado pacata y cerrada.

El momento histórico de Mindhunter refleja también eso. En una época en la que había varios psicópatas asesinos entre rejas o en busca y captura la sociedad americana hablaba de ellos como tarados, gente con una crueldad innata… Sin embargo, estos dos agentes se plantearon que quizá si analizaban su mente, se podrían anticipar a detectar otros criminales. Nace así el desarrollo de los perfiles psicológicos para entender qué paso en el caso en cuestión, pero también para poder resolver otros casos abiertos y evitar que haya más víctimas. La sociedad puritana y conservadora estadounidense no aceptaba esta hipótesis de que el criminal se hace en función de su pasado (abusos, barrio pobre, ingreso en instituciones). Y es que dar por válida esta premisa suponía aceptar que el sistema estaba fallando y era inestable.

El primer capítulo sirve para sentar esas bases. El joven Holden Ford trabaja en Quantico, la sede central del FBI, dando jornadas de formación y tras conocer a Deborah ‘Debbie’ Mitford, estudiante de posgrado, considera la opción de volver a la universidad y abrir su mente a nuevas técnicas. Se une a Bill Tench para recorrer la geografía americana y tener charlas con otros policías y así retroalimentarse unos a otros. Es un episodio en el que se sientan las bases de la serie. Hay sobre todo diálogo entre ambos protagonistas y no parece que vaya a ser una serie de acción y de persecución de criminales sino más bien con un enfoque intelectual. Lo más importante son los personajes intercambiando información u opiniones, debatiendo sobre la psicología y sociología. Ford con su ímpetu innovador y Tench con su toque de veterano poniéndole los pies sobre la tierra de vez en cuando.

Tras este capítulo inicial que sirve como carta de presentación de los personajes, los investigadores (a los que se les sumará la psicóloga Wendy) se centrarán en hacer entrevistas a estos asesinos en serie encarcelados para intentar obtener toda la información posible para comenzar a trazar perfiles. Y todo ello desde el thriller. Lo importante radica en esas conversaciones, en el juego mental, en la caza del gato y el ratón. Crea atmósfera y deja lugar para la imaginación. El horror queda reflejado en los relatos de los criminales sin entrar demasiado en imágenes escabrosas. Se retratan así algunos de los criminales históricos más relevantes de Estados Unidos.

Durante los 10 episodios de la temporada nos adentra en un viaje por el país en una época en la que se sabía muy poco de la mente de los asesinos y en la que dos agentes del FBI y una psicóloga decidieron aproximarse a lo más oscuro del ser humano con nuevas metodologías de investigación.

La segunda temporada se centrará en los años comprendidos entre 1979 y 1981 y en los crímenes de Atlanta, en los que al menos fueron asesinados 28 afroamericanos. Pero parece que hay cuerda para rato, ya que en total los creadores tienen planeadas 5 temporadas.

Nueva serie a la lista “para ver”: Amigos de la Universidad

Desde que terminó Friends han sido muchas las series que han intentado ocupar su lugar. Y ninguna lo ha conseguido. Al final acaban siendo una parodia de sí mismas, como ocurrió con Cómo conocí a vuestra madre. Y es que los veinteañeros tienen un problema: cumplen los treinta y las tramas tienen que evolucionar porque los conflictos personales no son los mismos. Y ahí se pierde el leitmotiv de la serie. Los guiones cambian y los protagonistas se casan, tienen hijos, se mudan y la pandilla se disuelve.

Quizá por eso los creadores de Amigos de la Universidad han decidido centrarla en personajes que ya rondan los cuarenta y han pasado esa fase. Ya tienen su casa y no viven en un piso compartido; están emparejados en la mayoría de los casos, e incluso tienen hijos (o lo intentan).

Netflix lanzó el verano pasado los ocho capítulos que conforman la primera temporada de esta ficción. El grupo de amigos ex-alumnos de Harvard se reencuentra veinte años después cuando Ethan y Lisa vuelven a Nueva York. La llegada de la pareja fuerza una reunión nostálgica donde se recuerdan anécdotas vividas, pero donde también prevalecen las apariencias. Resurge la competitividad y el demostrar ante los demás a quién le va mejor tanto en lo profesional como en lo personal. Intentan estar a la altura de aquellos sueños que tenían cuando eran universitarios con una cobardía típica de aquel que no quiere madurar. Así, los seis amigos sacan lo peor de sí mismos cuando vuelven a comportarse como cuando estudiaban dando vergüenza ajena a sus parejas que no entienden de dónde ha salido esa faceta infantil de sus compañeros.

Los personajes están muy estereotipados. Tenemos al gay, la asiática, el fiestero, la líder, la novata y el mujeriego. Son tan irreales que es difícil identificarse con ellos. Además, casualmente, todos parecen estar muy bien posicionados económicamente. Los temas que se tratan ya en el primer episodio tampoco son especialmente originales: los problemas de fertilidad, el dilema trabajar en lo que quieres o en lo que da dinero, la búsqueda de la felicidad así como concepto…

Amigos de la Universidad explora las viejas amistades y antiguos romances, la nostalgia, los sueños de juventud y las responsabilidades de la vida adulta. Y, aunque en un primer momento parece tratarse de una comedia, y me arrancó más de una risa; lo cierto es que a medida que avanzan los minutos deja un poso dramático. En parte se debe a lo deprimente de algunos personajes y su inmadurez, pero también al hecho de que no tiene la estructura de episodio autoconclusivo tan típico de las sitcoms de 20 minutos.

Las series de veinteañeros resultan redundantes y de corto recorrido. Me alegro de ver que se valoran otras décadas, aunque con un único capítulo no sé muy bien hacia dónde se dirige, habrá que ver más para sacar alguna conclusión.

Nuevas series a la lista “para ver”: The Defenders y The Punisher

Hace ya un par de años que vimos el piloto de Jessica Jones. Sin embargo, cuando leí un poco sobre la serie para saber si tenía continuidad o es de estas que cancelan tras una primera temporada, me encontré con que, a pesar de ser independiente, se ve ligada a otras cuatro series y esta no era la primera de ellas.

Para que las tramas guarden cierto sentido, este sería el orden correcto:

  • Temporada 1 de Daredevil
  • Temporada 1 de Jessica Jones
  • Temporada 2 de Daredevil
  • Temporada 1 de Luke Cage
  • Temporada 1 de Iron Fist
  • Temporada 1 de The Defenders
  • Temporada 1 de The Punisher
  • Temporada 2 de Jessica Jones
  • Temporada 3 de Daredevil

De hecho, incluso recomiendan ver la película Los Vengadores, ya que sienta las bases del inicio de Daredevil. Al parecer, hay una batalla apoteósica entre los héroes más famosos y unos extraterrestres que tiene terribles consecuencias en Nueva York. Todo el mundo se refiere a este acontecimiento como “El Incidente”. A partir de ahí, entramos en el mundo seriéfilo de esta unión de Marvel Studios con Netflix.

El protagonista de la primera serie es Matt Murdock, quien con nueve años quedó ciego al ser rociado por unas sustancias químicas. Como consecuencia de este suceso, desarrolla el resto de sus sentidos. Hoy, de adulto, ejerce como abogado de los débiles junto con su compañero Foggy Nelson, con quien monta un buffete.

Sin embargo, por las noches ejerce de vigilante justiciero de su barrio, Hell’s Kitchen, uno de los que más dañado ha quedado por el famoso Incidente. En Daredevil el mal no está representado en un villano con superpoderes, sino que viene bajo un formato más cotidiano: delincuencia, corrupción (política, policial económica e inmobiliaria), mafias, tráfico de drogas y personas, secuestros… Gracias a ese sentido del radar hiperdesarrollado, así como a su agilidad y reflejos es capaz de moverse y pelear como si pudiera ver.

Daredevil me hizo pensar en Arrow, quizá influenciada porque antes del piloto había visto las cinco primeras temporadas del arquero. Aún así, salvando las distancias, guardan cierta similitud. Y es que ambos deciden salvar sus vecindarios sin poder específico, solamente con sus habilidades. Además, aunque cruentos, ambos tienen una línea roja propia que juran no traspasarán nunca.

En ambas series se juega con la oscuridad. Lógico, teniendo en cuenta que el protagonista es ciego. Pero también por el escenario en que se mueve: la parte más sombría de la ciudad.

También tiene en común con la serie de DC la violencia y peleas. Casi toda la acción se desarrolla en peleas cuerpo a cuerpo a pie en callejones oscuros, muelles o edificios en ruinas. Daredevil es violenta, cruda y brutal, aunque, por lo visto en el primer episodio, no parece que explícita y sangrienta rozando lo gore. Pero de alguna forma tiene que representar esa crueldad de las mafias que campan a sus anchas por el barrio.

La primera temporada a lo largo de sus 13 episodios nos cuenta la génesis del personaje. El cómo Matt evoluciona desde ese niño que sufre un accidente que le deja ciego hasta que se convierte en Daredevil. Habrá que ver la temporada completa para conocer la historia de este peculiar héroe, porque el primer capítulo me ha dejado con ganas de más, aunque también por momentos se me hizo algo largo. Puede ser porque dura algo más de los 40 minutos a los que estoy acostumbrada, o simplemente por tratarse de la presentación de la historia y personajes.

Después de visionar las temporadas iniciales de Daredevil y de Jessica Jones y la segunda de Daredevil, correspondería continuar con Luke Cage,  ya que sigue la trama de Jessica Jones. Dado que vimos el capítulo sin ver la temporada completa de la detective, había muchos detalles que se me escaparon.

Luke, que era camarero en la serie anterior, ahora se ha mudado a Harlem, como no podía ser menos. Este barrio neoyorquino está habitado en su mayoría por ciudadanos negros o latinos, así que, cuando tienes un superhéroe negro, no puedes situarlo en otro lugar.

Harlem se convierte en un personaje más, ya que no es solo un barrio, sino que refleja una realidad social. No creo que la serie pretenda llamar a la denuncia sobre el racismo, pero está ahí, de trasfondo. Y muy ligada al barrio está la música. Luke Cage cuenta con una potente banda sonora que mezcla el blus, el soul, el hip-hop, el rap y el R&B.

Harlem también configura en cierta medida el día a día del protagonista. Es el ambiente en el que se mueve intentando sobrevivir sin llamar mucho la atención. Sin embargo, todo cambia cuando aparece el crimen organizado. Es entonces cuando interviene para salvar al barrio y a sus habitantes. Porque no es un superhéroe que quiere salvar a toda la humanidad, él se centra en algo más mundano, en su entorno.

Para ello empleará su fuerza y resistencia sobrehumanas, consecuencia de un experimento con productos químicos que conducían la electricidad. Ya antes era un buen luchador, pero, desde que su tejido muscular se hizo más denso, soporta muy bien las peleas, ya que no sufre daño físico. A la vez, es capaz de demoler una pared. Además, su piel puede resistir balas, heridas, productos corrosivos o temperaturas extremas sin apenas inmutarse. También tiene una gran rapidez de recuperación tras una lesión, así que es prácticamente invencible.

Es un héroe diferente. Dejando los poderes aparte, es un personaje que vela por la seguridad de su barrio y de sus vecinos. Y a cara descubierta. En el primer episodio me han faltado muchos datos (culpa mía por no seguir el orden), pero aún así, me ha enganchado con ese toque pasota y calmado del protagonista.

El último de los cuatro integrantes de The Defenders es Iron Fist, el más descafeinado de todos. Danny Rand llega a Nueva York tras 15 años desaparecido. Su regreso no se parece nada al de Oliver Queen en Arrow.  Es cierto que todos le daban por muerto, ya que el avión en el que volaba con sus padres sufrió un accidente en la cordillera del Himalaya; sin embargo, han pasado tantos años, que nadie le reconoce. Ni siquiera sus dos amigos de la infancia (la chica que le gustaba y el abusón).

Danny se crió con unos monjes que le rescataron. Gracias a ellos es un experto en artes marciales, sin embargo, no conoce nada el mundo occidental y está fuera de sitio. De hecho, llega a la Gran Manzana descalzo, con pinta de indigente.  Y en eso se basa el primer episodio: en Danny llegando a Nueva York donde no encaja, y donde, además, Ward y Joey, sus antiguos amigos y actuales dirigentes de la empresa familiar, desconfían de su identidad e intentan quitárselo de en medio.

De su pericia en el arte de pelear, poco sabemos. No hay mucho combate épico, la verdad. Se nos presenta a Collen Wing, una profesora de artes marciales de Chinatown que rechaza cualquier tipo de proposición de Danny, aunque por el tráiler imagino que acabará uniéndose a él para luchar contra el mal. Por lo demás, poco más. Nada de peleas bien coreografiadas como en Daredevil o la rotundidad de Luke Cage. Y eso que puede convocar el poder del Puño de Hierro…

No sé si evolucionará a buen paso en el resto de la temporada, pero desde luego comienza lenta e insulsa. Abusa de los tópicos y apenas hay originalidad. Es una historia muy trillada. Por un lado tenemos el clásico protagonista heredero de una familia millonaria que reaparece tras años sin saberse nada de él. Por otro lado, el personaje que se encuentra fuera de lugar y es torpe en las relaciones sociales. Sin embargo, a pesar de esta ineptitud, tiene una habilidad sorprendente, en este caso en el Kung-Fu (que incluso se permite dar lecciones a Collen Wing). Muy manidas son también las personalidades de Ward y Joey, sus amigos. Ella la chica mona y manipulable, él el guaperas sociópata.

Cada una de las series anteriores tenía un estilo (y quizá un público): Daredevil es oscura y violenta, muy acorde con el personaje; Jessica Jones es un homenaje al género noir desde el punto de vista feminista; y Luke Cage representa la cultura negra. Sin embargo, no termino de entender qué es Iron Fist. ¿Busca la espiritualidad? ¿Llegar a los Millenials?

Con los cuatro personajes presentados, llegamos a The Defenders, que los agrupa a todos para salvar la ciudad de Nueva York (cómo no). Todos y cada uno de ellos son héroes solitarios, sin embargo, por una vez, deciden seguir la máxima de “la unión hace la fuerza”. La villana suprema -Alexandra-  está interpretada por Sigourney Weaver. No pinta mal.

El problema que encontré en el piloto es que estaba totalmente perdida, tanto con los personajes, como por las alusiones. Otra vez culpa mía por no seguir el orden.

Esta miniserie de ocho capítulos podría tratarse de una película larga del estilo de Los Vengadores. Conecta a los cuatro personajes, cada uno con sus complejidades y sus conflictos, en la lucha contra unos enemigos comunes. Lo que no entiendo es que Iron Fist parece ser el líder. Quizá porque así su serie sirve como antesala de esta nueva.

Cabe destacar la elección de la iluminación y de los colores en general. Al tratarse de una serie coral, cada héroe cuenta con un color. Así, Daredevil es rojo, Jessica Jones es azul, Luke Cage es amarillo y Iron Fist es verde. Por tanto, cuando la acción se centra en uno de ellos (incluso estando todos juntos en un mismo espacio), su color adquiere relevancia en pantalla. Ya sea por la ropa, por una pared tras el personaje, el color de una puerta o simplemente la iluminación por medio de neones, lámparas o luz natural.

Habrá que ver, sin embargo, cómo consiguen encajar a los cuatro y sus tramas en esta miniserie. Con el tono y las características de cada serie no parece fácil entretejerlo todo sin que nadie gane más protagonismo que el resto, o Iron Fist no desentone con respecto a sus compañeros de batalla.

Y por último lanzaron The Punisher, a quien ya habían presentado en la segunda de Daredevil (de nuevo me faltaban datos al visualizar el piloto) y que rompe con las series anteriores. Y es que Frank Castle no es un superhéroe. Y tampoco intenta serlo.

Castle es un personaje herido: unos sicarios asesinaron a su familia. Pero él se vengó, y una vez consumada la venganza, se retira y se refugia en una vida anodina trabajando en una obra, estando en segundo plano y sin llamar la atención. De hecho, todo el mundo le da por muerto. Sin embargo, aunque él la rehuya, pronto se verá envuelto de nuevo en una espiral de violencia.

Y aquí The Punisher se diferencia de las series anteriores. Además de no ser ningún superhéroe, The Punisher tampoco tiene líneas rojas, y si tiene que matar, lo hace. Y se nos muestra de una forma sangrienta y explícita ya desde el primer episodio. Que va a ser una serie de acción y violencia queda patente desde el enorme y sangriento tiroteo inicial.

Pero además de la historia de Castle, con su presente en la obra y sus flashbacks, hay una historia paralela, la de Dinah Madani. Esta agente del Departamento de Seguridad Nacional acaba de volver de Afganistán y comienza una investigación para esclarecer la muerte de su compañero. Cuando empieza a tirar de la manta el camino la conduce a Frank Castle.

Se entrevé una trama de conspiración política, policial y militar poniendo en tela de juicio la política exterior de Estados Unidos en lugares a los que se supone que fue para llevar la paz y donde, sin embargo, sembraron el caos.

Pero todo esto se aprecia muy de fondo, ya que el piloto apenas sirve para presentar a los personajes y sus intenciones. Habrá que ver cómo compagina las dos historias y si el ritmo es más ágil.

Por cierto, el actor protagonista lo borda, y más con esa cara de boxeador y su nariz más que rota. Ya solo con él, te crees el personaje.

The Handmaid’s Tale – El cuento de la criada

Mucho se habló en 2017 de The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), una serie que ha ganado ocho premios Emmy y que está basada en la novela homónima de Margaret Atwood, autora que fue condecorada con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008.

La novela fue publicada en 1985, cuando estaba reciente la victoria del régimen de los ayatolás en Irán y a la vez en varios estados de EEUU aprobaron leyes contra el aborto. Y ahora, cuando parece que estamos retrocediendo en lo que a libertades de las mujeres se trata, es más actual que nunca.

La novela ya fue adaptada para el cine en 1990, sin embargo, pasó sin pena ni gloria. Quizás porque tuvo que concentrar en apenas hora y media todo el relato. Aunque parece que también influyó el hecho de que el director y el guionista decidieran presentarla como un triángulo amoroso y se olvidaran del trasfondo. También ha sido ópera y obra de teatro. Pero parece que lo que realmente ha encajado ha sido el carácter episódico de una serie de televisión y en el lenguaje audiovisivo de este siglo. O quizás es que este es el momento adecuado.

The Handmaid’s Tale es una distopía que transcurre en un futuro no muy lejano de los Estados Unidos en el que tras una amenaza terrorista islámica se comienzan a recortar libertades de la sociedad. Después de un golpe de Estado nace la República de Gilead, con un gobierno fundamentalista y puritano. En un contexto en el que la contaminación ambiental ha provocado un alarmante descenso de la natalidad (y niños nacidos con deformidades o discapacidades) se establece una nueva jerarquía en la que las mujeres son despojadas de sus derechos (como trabajar o tener independencia económica) y pasan a ser meras vasijas incubadoras a disposición del Estado. Es decir, ni siquiera son poseedoras de su propio cuerpo.

En esta sociedad totalitaria y teocrática, son clasificadas en función de su capacidad reproductiva, ya que la fertilidad es el único valor de la mujer. Las lesbianas son consideradas traidoras a su género y son “reconvertidas”. Queda así una sociedad estratificada en Esposas, Criadas, Marthas, Tías, Jezabel, Hijas, mujeres de clase baja y mujeres no válidas.

Las esposas visten de azul y son amas de casa. Se encargan de su marido, de llevar la casa, de controlar a la criada, y de criar a los hijos (si los consiguen). Su vida social consiste en acompañar a su marido a actos públicos o en relacionarse con las otras esposas en reuniones para tomar el té o celebrar algún nacimiento. Como entretenimiento pueden dedicarse a las manualidades como el jardín, pintar o tejer.

Las criadas (o doncellas) son las mujeres fértiles. Son detenidas y reeducadas para pasar a servir a la élite como incubadoras. Son violadas una vez al mes (en su ovulación) en una ceremonia pseudo-religiosa en el lecho conyugal mientras la esposa la apoya en su vientre y le sostiene los brazos. Solo pueden relacionarse entre ellas, siempre de dos en dos (para vigilarse una a la otra), y apenas pueden hablar salvo frases establecidas, casi como un guion. Visten de rojo – el color de la sangre – con una especie de toca blanca en la cabeza que les impide ver su alrededor y pierden hasta su nombre. Asumen el de su Comandante, el señor de la casa. Cada dos años cambian de casa y cuentan con tres oportunidades para engendrar una criatura. Si no se quedan embarazadas son enviadas a las colonias a limpiar residuos radiactivos, o directamente ejecutadas.

Las Marthas van de verde y se encargan de cocinar y limpiar la casa. Son mujeres que ya pasaron su etapa fértil.

Las Tías van de marrón y son las educadoras. Son las encargadas de someter a las criadas. Con su curso de formación las vuelven sumisas a base de rezos, entrenamientos y severos castigos. Portan una varilla eléctrica como la que se usa con el ganado para “enderezar” a las que se resisten.

Las hijas van de blanco hasta que se convierten en Esposas. Se espera que las nuevas generaciones ya sean fértiles.

Las llamadas Jezabel son las trasladadas a los prostíbulos, generalmente por su rebeldía.

Las mujeres de clase baja visten de rayas y se ocupan de la función de esposa, criada y Martha.

Y por último, las que no sirven para ningún grupo anterior, son enviadas a las colonias.

Cada Comandante puede tener en su casa a una esposa, una criada y una Martha.

En Gilead además están los Ojos, una especie de vigilantes de paisano camuflados en la cotidianidad, y los Ángeles, que controlan los desplazamientos de los ciudadanos de una forma similar a un ejército.

Esta nueva sociedad están prohibidos los periódicos y la divulgación de la ciencia así como los vicios o el alcohol. Se han cerrado las universidades, el dinero ya no existe y el café queda relegado a la élite.

Normalmente suelo leer el libro y después ver la adaptación televisiva o cinematográfica. Sin embargo, en este caso tras ver los tres primeros episodios decidí comenzar el libro. No era necesario, pero era una forma de vivir la experiencia completa y completar el relato, de no perder detalle. Sin embargo por primera vez en mi vida, me quedo con la adaptación. No sé si iba con las expetativas demasiado altas o que se le notan los 30 años que han pasado, pero me da la sensación de que le falta algo a la narración. Y comparada con la serie, esta gana de calle.

Y eso que me costó arrancar. El piloto me resultó muy lento, y no terminaba de entrar en la historia. Sin embargo, me ganó su fotografía, esos planos con todas las criadas de rojo y blanco en grandes espacios abiertos que se adueñan de la pantalla. Y como contraste, unos espacios cerrados minimalistas en los que apenas entra un rayo de luz y crea un ambiente claustrofóbico.

La protagonista es Offred (Defred en la versión española), una de estas mujeres que se han convertido en esclavas del sistema. En una vida anterior ella era June, una mujer independiente, que trabajaba, que estaba casada y tenía una hija. Sin embargo, con el nuevo gobierno todo eso le fue arrebatado. Intentó escapar, pero fue capturada, y no sabe nada de su familia desde entonces. Su motivación para seguir adelante en este calvario es el recuperar un día a su hija.

A medida que avanzan los capítulos vemos la rutina de Offred en la República de Gilead. Su existencia reducida a su habitación y al mercado. Ella misma nos guía con su voz en off, por lo que conocemos sus miedos, sus preguntas, sus desconfianzas, sus esperanzas, su sarcasmo… Esta narración permite también explicar el organigrama de la sociedad y sus ritos.

A la vez, esta historia se entrelaza con los flashbacks de los personajes principales, lo que nos da a conocer cómo han llegado hasta ahí. Hay una tercera línea temporal, que es el presente de Luke, el marido de June, y cómo consiguió escapar y lucha por encontrarla. Poco a poco, vamos uniendo los retazos hasta componer un puzle.

La historia atrapa por su dureza y porque en el fondo no parece tan distópica como se presenta de inicio. Elisabeth Moss está brillante en el personaje y sus primeros planos lo dicen todo. Expresa sensibilidad, fuerza, asco y odio con tan solo una mirada. Y es que con esa vestimenta, su cara es lo único que le queda visible.

En The Handmaid’s Tale los personajes están muy bien trazados, hasta el último secundario. Las criadas, Tía Lidia, pero sobre todo Serena Joy, una mujer sobria que despierta odio y lástima en igual medida. Ella fue una de las ideólogas de esta República, cuando aún era una mujer trabajadora e independiente. Junto con su marido, sentó las bases de esta nueva sociedad, sin embargo, a medida que fue tomando forma, la dejaron de lado. Ahora ha quedado relegada a su posición de esposa y, aunque no puede evitar recurrir a una criada, en la realidad parece verla como una rival y tener celos de ella. Yvonne Strahovski, a quien ya conocía de Chuck y Dexter, tiene un físico que le permite mostrarse tanto dulce como fría y las escenas que comparte con Moss son brutales.

En una entrevista el showrunner comentaba que había decidido cambiar el personaje de Serena por una mujer más joven para que la confrontación de ambas mujeres fuera más real. Mientras que en el libro la esposa es mayor y tiene una pequeña cojera, aquí es de la misma edad que la criada. Esto permite que sea más visual su enfrentamiento. Que incluso se pueda pensar que en un mundo pre-Gilead, podrían haber sido amigas.

Además se han introducido cambios en otros personajes. Por ejemplo, conocemos el destino de Deglen, la compañera de Defred. También el de Moira o Luke, que en la serie se reencuentran mientras que en el libro no sabemos qué ocurre con ninguno de los dos, ya que solo tenemos el punto de vista de Defred. Por otro lado, la serie nos permite adentrarnos más en el pasado de Nick y de los Waterfords mediante los flashbacks, conformando unos personajes más completos.

Sin embargo, la madre de June ha sido borrada de un plumazo. Aunque en la novela reflexiona varias veces sobre la relación que tenían y sobre el activismo feminista de su madre, en la serie ni se menciona.

No es el único cambio con respecto a la novela. También se han modificado algunas escenas, reordenado las tramas y actualizado algunos aspectos (como incluir redes sociales o referencias a la tecnología). Todo esto, unido al aspecto visual, hace que la serie quede más redonda que el libro, con una estructura más coherente.

El soliloquio en la novela resulta a veces frío y muy cansino. En la serie, por contra, al añadir las imágenes y la música, los pasajes reflexivos ganan otro cáriz más efectivo. Tenemos en una misma escena la fachada de cara a la galería, esas normas que tiene que cumplir la criada, y por otro lado, su frustración, angustia y desesperación.

El epílogo del libro nos aporta algún dato que hace entender el relato desordenado de la criada. Simula una conferencia del año 2195 en el contexto del Duodécimo Simposio de Estudios Gileadianos. En él, diferentes ponentes exponen sus teorías sobre el Régimen de Gilead, que parece que ha quedado superado. Se aborda el nacimiento, el desarrollo y el funcionamiento de aquella sociedad y completa la narración. Estas notas explicativas se han incorporado a la serie desde el principio y permiten un acercamiento diferente.

The Handmaid’s Tale trata muchos temas: los Derechos Humanos, el control de la sociedad mediante la opresión, el poder y la censura, la pérdida de derechos, el medioambiente, el fanatismo religioso. Mucho se ha hablado de que es una serie feminista, pero yo no la veo tanto como una crítica al machismo, sino al totalitarismo y abuso de poder. Lo que ocurre es que siempre que una sociedad es desigual, la mujer es la que más lo sufre.

Sin embargo, no me parece feminista por muchas razones. Para empezar porque las mujeres siguen siendo retratadas como malvadas. Las mujeres siguen siendo enemigas de las mujeres. En este caso las criadas fértiles frente a las esposas estériles (aunque también lo son sus maridos pese a que ellos eso no lo digan). Esta vez no se enfrentan unas a otras por un hombre o por ver quién es más guapa; pero al final está esa lucha, esos celos, esa competitividad. El mejor ejemplo es el de Serena vs Defred y el hecho de que el showrunner haya decidido que sean dos mujeres jóvenes las que estén frente a frente, luchando como dos leonas.

Las esposas son víctimas de su propio sistema. Está muy claro en Serena, que fue una de las ideólogas y que incluso escribió un libro en su época pre-Gilead. Como decía Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Las víctimas están de su lado, contra su propio beneficio. Para crear a Serena, Atwood se inspiró en Phyllis Schlafly, una congresista que se oponía a la Ley de Igualdad bajo el pretexto de que “le robaría a las mujeres el maravilloso derecho de ser esposa y madre a tiempo completo en su casa a cuenta de su marido”.

Pero si las esposas son unas auténticas villanas, las Tías son directamente unas sádicas. Se supone que tienen poder, pero no dejan de estar al servicio del sistema heteropatriarcal.

No es feminista que cuando la protagonista está privada de libertad lo que le recuerde al pasado y le dé un momento de desconexión sean las revistas “femeninas”, esas que te imponen otro tipo de dictadura, la de la estética. Maquíllate así, haz esta dieta, copia este look, así conquistarás al hombre… y todo ese tipo de patrañas. No sé, a lo mejor estando en un despacho lleno de libros, el Comandante le podría haber ofrecido uno. Las criadas también tienen prohibido leer, por lo que se habría mostrado esa transgresión igualmente sin necesidad de caer en banalidades.

Tampoco es feminista por el modo en que se afronta el amor. Defred y el Comandante tienen una conversación en que él le pregunta que qué es más importante que los hijos y ella responde que el amor. Y a mí esa conversación me recordó Kate Millet, quien afirmó que “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”. Y es que se habla mucho de que El cuento de la Criada trata sobre el drama de las mujeres que son forzadas a entregar su cuerpo a familias más adineradas, pero luego la autora pone en boca de esa protagonista que no es dueña de sí misma que lo importante es el amor. Pues no sé, yo habría pensado en mi libertad antes que en el amor…

Por eso quizá me chirría un poco la trama con Nick. No entiendo esa necesidad de meter una relación con el chófer más allá de que le sirve como aliado para escapar. Tampoco me convence la relación con Luke, ese marido que cuando June ha sido despedida y se ha dado cuenta de que le han congelado su cuenta le dice “no te preocupes, yo cuidaré de ti”. Ah, pues muy bien, ella ha perdido toda su independencia, pero no importa, ahí está el príncipe azul al rescate.

Para mí tampoco es feminista el abordaje que se hace de los niños y la maternidad. Sí, es cierto que hablamos de un contexto en el que no hay nacimientos y que por tanto, cada vez que nace un niño, todas se alegran. Pero esa criatura representa el sistema opresor, no sé si corresponde mucho representarlo como una festividad, sonrisas y enhorabuenas.

Es verdad que el libro y la serie invitan a la reflexión. Que remueven las tripas porque lo que cuentan no parece tan distópico, sino que muchas de las cosas que se exponen están pasando en algún lugar del mundo (y no lejos, sino también en nuestro entorno). A saber: cosificación y mercantilización del cuerpo de las mujeres; violencia machista; gestación subrogada; violación; matrimonio infantil; mutilación sexual; persecución de los homosexuales o cualquier identidad sexual que “traicione” a lo heteronormativo; recorte de las libertades; diferencias de clases; o control del gobierno de nuestra privacidad. Todos estos detalles nos llevan a repensar sobre la moral, la religión, la ideología, la política y el poder.

Quizá a priori pensamos que sería una sociedad impensable hoy en día, pero me recuerda a la teoría del puente en que no se cambia un puente de un día para otro. Sino que un día se cambian los tornillos, otro la pasarela, otro las barandillas… y cuando te quieres dar cuenta, tienes puente nuevo. Defred lo dice en sus reflexiones: no sabe realmente cómo empezó todo, pero fue poco a poco. Primero el recorte de libertades porque había habido un atentado, después ejército en las calles, después no dejan a las mujeres trabajar ni tener independencia económica… y de repente, te ves en un curso de formación para ser un útero andante.

Da un poco de miedo ver cómo Atwood fue una visionaria. Porque el recorte de libertades desde el 11S es un claro ejemplo de lo que expone en su obra, también la Ley Mordaza… y poco a poco, los ciudadanos vamos teniendo menos derechos, hasta que somos totalmente sumisos y estamos controlados.

La primera temporada agotó prácticamente toda la versión literaria, por lo que hay expectación por descubrir cómo se va a afrontar una segunda, de 13 episodios. Todo apunta a que se va a recurrir a aspectos de la novela que no habían sido abordados por falta de metraje y que va a introducir una nueva trama tras el encuentro de Luke y Moira.

Para la segunda temporada Atwood ha colaborado con el Bruce Miller para construir esta nueva etapa de Defred una vez que ha dejado la casa de los Waterford y mantener cierta fidelidad a la obra. Y parece que el showrunner de la serie tiene intención de hacer 10 temporadas, que muchas me parecen. De momento, veremos si esta nueva entrega que se estrena en unas horas cumple con la expectativa.