Wir Sind die Welle – Somos la Ola

Somos la Ola (Wir sind die Welle) se desarrolla en un instituto alemán y arranca con la llegada de un nuevo alumno al centro. Este joven es Tristan Broch, un misterioso chaval que pronto entablará amistad con otros alumnos marginados de su clase despertándoles su conciencia social. La nueva pandilla estará formada, además de por el propio Tristan, por Rahim, un musulmán que no solo está viviendo una mala situación en casa porque están a punto de desahuciarles para construir un nuevo edificio de viviendas, sino que además es discriminado en el instituto por su religión y su raza; por Lea, una chica de familia acomodada que vive en una gran mansión, saca buenas notas, es deportista y tiene un novio y amigas que se mueven en el mismo entorno de privilegios que ella; por Hagen, un muchacho gordito con poca autoestima cuyos padres perdieron el empleo y reside en el campo sin mucha esperanza; y Zazie, a quien acosan en clase y que solo tiene a su abuelo, al que cuida. Animados por Tristán y sus ideas revolucionarias en las que critica la corrupción, el racismo, el consumismo y las injusticias, crearán un movimiento clandestino conocido como La Ola para llevar acabo diferentes acciones contra el sistema.

La serie cuenta con buenas intenciones, sin embargo, hace aguas por varios flancos y además cae en demasiados estereotipos. Por ejemplo, llama la atención que los protagonistas logren conectar de una forma casi instantánea (imagino que con 6 capítulos tienes que arrancar rápido) y apenas se profundiza en cada uno de ellos. Pero lo que más me chirría es el conjunto de clichés para definir a los personajes. Para empezar no hay quién se crea la historia de Tristan, ese chaval que con apenas 17 años ha viajado por todo el mundo, habla muchos idiomas y sabe tanto de la vida. El típico niño guapo y rebelde que ejerce de líder. Tan típico como su contrapunto: Lea. Esa niña mona que lo tiene todo pero que se enamora del chico malo, que rompe con sus privilegios y se une a su causa.

Además, las protestas no tienen una reflexión detrás, sino que parecen fruto de una improvisación (aunque los planes siempre les salen bien). Se abordan temas de candente actualidad como los desahucios, el racismo, el fascismo, el cambio climático, el consumismo, el totalitarismo, las desigualdades sociales,  la venta de armas, la impunidad de las grandes empresas… pero no se ahonda lo suficiente en ellos, la aproximación a todos y cada uno de estos problemas se hace de una forma muy superficial. Desde luego, no tiene nada que ver con la película Die Welle (La Ola), en la cual manifiestamente se basa, aunque Dennis Gansel y Peter Thorwarth, director y guionistas de la cinta, aparezcan como productores.

El filme contaba la historia narrada en el libro La Tercera Ola, que a su vez recogía el experimento que llevó a cabo Ron Jones, en un instituto de Palo Alto, California en 1967. En su clase de historia pretendió demostrar a sus estudiantes que la sociedad es fácil de adoctrinar si es manipulada de la forma adecuada. Comenzó introduciendo ejercicios sencillos enfocados en la disciplina como que se sentaran erguidos y que se dirigieran a él como “Señor Jones”. Pensó que la cosa quedaría ahí, en aquella clase, sin embargo, al día siguiente los alumnos se pusieron en pie sin que se lo pidiera y siguieron con las normas del día anterior. Al ver esta respuesta, el profesor fue un paso más eligiendo un lema para el movimiento y creó un saludo. Pronto el grupo fue cayendo en los mismos errores que pretendía combatir y el experimento fue escalando extendiéndose por todo el instituto, así que a Jones no le quedó otra que acabar con la iniciativa antes de que se le fuera aún más de las manos.

La Ola introducía algún cambio con respecto a este experimento de los años 60, pero aún así mantenía la idea original de lo sencillo que es manipular a la sociedad. Dejaba un mensaje que invitaba a la reflexión y es una película que, desde su estreno, ha servido como método docente en muchas aulas para alertar del peligro de repetir los errores del pasado. Sin embargo, en Somos la Ola se diluye el discurso del proyecto político, los acontecimientos no fluyen de manera natural, los guiones son nefastos, los personajes clichés con patas y no hay mucha reflexión. El mensaje inicial queda difuminado en medio del dramón adolescente donde chica rica obediente conoce a chico pobre y problemático. Da la sensación de que han querido aprovecharse del éxito de la cinta para reorientarla de forma que captara a las nuevas generaciones que devoran todo aquello que estrenan las nuevas plataformas y el resultado es insultante. Ni para una cuarentena.

El escándalo (Bombshell)

El escándalo (Bombshell) lleva a la gran pantalla la historia de la caída del magnate empresarial Roger Alies, quien había fundado Fox News en 1996 como una cadena de noticias abiertamente a favor del Partido Republicano. Su línea editorial se caracterizaba por un periodismo polarizante y pronto se convirtió en el altavoz de la propaganda de derechas logrando calar en un importante segmento de la población y siendo durante años líder de audiencia. Fue Alies quien estuvo detrás de las campañas de Nixon, Reagan, Bush padre e incluso asesoró a Trump para los debates. En julio de 2016 Gretchen Carlson, uno de los rostros de la cadena que había sido recientemente despedida, presentó una demanda de acoso sexual a la que se sumaron más de 20 mujeres del canal y que llevó a Rupert Murdoch, dueño de la cadena, a forzar a Ailes a abandonar la compañía o ser despedido. Finalmente renunció llevándose 40 millónes de dólares en su salida. Un año más tarde murió en su domicilio.

La película se basa en estos hechos reales y arranca con Megyn Kelly, periodista política de la cadena, explicando los entresijos de Fox News. Este inicio tiene cierto toque de documental con la presentadora dirigiéndose a cámara y guiando a través de los platós y las plantas del edificio en que se ubica la cadena. Sin embargo, pronto se pierde este estilo se nos van intercalando las historias de las tres protagonistas. Porque en realidad, aunque todo gira en torno a Ailes, El Escándalo nos ofrece la mirada a través de los ojos y la experiencia de las víctimas.

Megyn Kelly está en la cima de su carrera. Es la cara del principal telenoticias y goza de prestigio. Sin embargo, unos días antes de las elecciones recibe ataques del mismo Trump por haber sido incisiva con él en uno de los debates. Paralelamente conocemos a Kayla Pospisil, una joven periodista que acaba de llegar a la cadena y trata de hacerse un hueco para conseguir salir en pantalla. Este es el único de los tres personajes principales que no es real. No obstante, no es del todo ficticio, sino que está creado a partir de los relatos de otras muchas mujeres que sufrieron abusos del directivo. Con la introducción de este tercer personaje ficticio la cinta pretende resaltar la perpetuidad de los hechos a lo largo del tiempo. También sirve como mecanismo para mostrar los abusos y no tener que recurrir a los flashbacks de las otras dos presentadoras.

Cuando Gretchen Carlson es despedida y sale a la luz la demanda, estas dos mujeres se verán en la tesitura de dar un paso adelante también. Cada una de ellas representa un punto de vista diferente sobre los abusos. Por un lado Carlson es la veterana que ya está harta de todo y no tiene nada que perder; por otro Kelly lo ha dejado atrás y no quiere traerlo al presente y que se interponga en su carrera ahora que está en su mejor momento; y por último Pospisil que aún está asimilando lo que le acaba de pasar.

Tanto Charlize Theron como Nicole Kidman y Margot Robbie están muy bien en sus papeles, sin embargo, a la película le falta algo de profundización para poder empatizar con los personajes. Apenas llegamos a conocerlas. Ni siquiera interactúan entre ellas, tan solo una recriminación sorora de Pospisil a Kelly por no haber hablado antes y prevenir a las nuevas. Es quizás la joven a quien llegamos a conocer un poco más, pero aún así, no llegamos a saber cómo acaban sus historias. La trama, en ocasiones, da la sensación de avanzar muy rápida, como si únicamente quisiera presentar el momento en que estalló el escándalo sin ahondar en los hechos en sí o en los sentimientos de las protagonistas.

No obstante, en conjunto, sí que invita a reflexionar sobre la cultura de acoso sistemático a las mujeres ya sea bajo la petición explícita de favores sexuales, por agresiones físicas o por la exigencia de llevar determinado vestuario convirtiéndolas en mero objeto sexual. Y no solo pone el punto de mira en Ailes, sino que también apunta al entorno. Porque no es un caso de unos pocos, sino una cuestión sistémica en la que son tan responsables el agresor como los compañeros que callan y miran para otro lado. Cayó Royer Ailes, uno de esos hombres que se creían intocables, pero había muchos más cómplices a su alrededor que la cinta hace la vista gorda.

El Escándalo consigue mostrar el ambiente tan terriblemente machista en los medios en general y en Fox en particular, donde para triunfar debías ser una cara bonita (y joven), tener unas buenas piernas y llevar una falda muy corta. Un ambiente en que las mujeres aprenden pronto cómo sortear los comentarios paternalistas o sexuales de los compañeros y jefes. Logra incomodar y despertar la rabia, sobre todo con un personaje tan repulsivo como Roger Ailes, pero no consigue exprimir al máximo la historia real en que se basa.

Serie Terminada: Legión

Cuando vi el piloto de Legión hace unos años tuve sensaciones contradictorias de amor-odio. Por un lado me atraía esta forma tan diferente de narrar la historia, pero por otro lado me sentía demasiado desorientada. Una vez acabado el visionado de las tres temporadas he de decir que me he quedado tan fascinada y confundida como con el primer episodio.

Recordemos que Legión es la historia de David Haller, quien lleva años entrando y saliendo de psiquiátricos tras haber sido diagnosticado como esquizofrénico. Sin embargo, en el último ingreso conoce a Syd, otra interna, y se enamora de ella. Syd le ayuda a escapar y con la ayuda de la División 3 descubre que no tiene una enfermedad mental, sino que es un poderoso mutante (hijo de Charles Xavier). Gracias a Syd y sus amigos, David comienza un viaje de autoconocimiento para luchar contra sus propios demonios.

Con una estructura un tanto caótica, tanto como la mente del protagonista, la trama de la primera temporada se centra en David descubriendo que aquello que tanto le trastorna no es otra cosa que Farouk, alias el Rey Sombra, un mutante parásito que lleva en su cabeza desde que era pequeño. Así, durante los primeros ocho episodios asistimos a una pugna entre el héroe y el villano que concluye con la derrota de Farouk siendo expulsado de la cabeza de David. Con este final de temporada parece que llegará la tranquilidad para él y para Syd, para pasar tiempo juntos a su manera, cada uno con sus traumas, pero apoyándose mutuamente y avanzando en su relación. El típico relato de vencer al malo y quedarse con la chica.

La segunda arranca con un Farouk en busca de su propio cuerpo mientras desde la División 3 no saben si ayudarle o frenarle. David por su parte ha pasado de ser un loco a encumbrado como un dios. Sin embargo, cuando vuelve, tras un salto temporal, genera cierta desconfianza. Y de repente todo se rompe en añicos: Legión no es el héroe, sino el villano. Un malvado manipulador que nos ha llevado por una narración nada fiable. Nos tragamos la idílica historia de amor entre dos seres dañados que se hacen mucho bien el uno al otro y sin embargo hemos obviado las señales que nos mostraban a un David que utilizaba a Syd. No es hasta que no vemos que es capaz de drogarla para después violarla que somos conscientes de que él, tan poderoso, es la amenaza a combatir. Y aunque lo intentan, al final acaba huyendo.

En la tercera temporada Syd ocupa el papel de heroína que había dejado vacante David y, con la ayuda de la División 3 intentará frenarle. Esta vez la caza tiene lugar en un viaje en el tiempo, y es que Legión se ha buscado una nueva aliada, Switch (Trueque en la versión española). Intenta regresar al pasado y modificar la línea temporal para justificar sus acciones. Además de estos dos bandos, aparece un nuevo elemento: los demonios temporales, unas criaturas que devoran el tiempo a las que solo se puede combatir entrando en el tiempo detenido. Una vez eliminados estos demonios la División reinicia la línea temporal para darle una nueva oportunidad a ese bebé con unos padres unidos y sin influjo de Farouk. Sin embargo, salvar al pequeño David es secundario, el fin era salvar al resto.

Resumido así no parece una trama tan compleja, pero su estructura y factura visual lo complican todo. Legión es una serie totalmente caótica que se burla del espectador manipulando la percepción de la realidad haciéndole dudar de si está asistiendo a la realidad, a una paranoia, a un sueño, a un flashback, a un plano astral o a un salto temporal. No tiene nada que ver con las ficciones a las que estamos acostumbrados donde se nos da todo masticadito. Juega además, continuamente con el color y la composición de los planos y lo envuelve con una música psicodélica que ayuda a crear un ambiente opresivo.

Es innegable que tiene una gran factura técnica y que rompe con el estilo al que nos tienen acostumbradas las producciones de superhéroes. Sin embargo, a mí no me ha terminado de enganchar. Creo que no era para mí.

¿Qué coño está pasando?

¿Qué coño está pasando? es un documental sobre el feminismo en España que se gestó a finales de 2017 cuando las calles se llenaron en protesta por la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra sobre el caso de La Manada. Rosa Márquez y Marta Jaenes iban en el coche de camino a casa cuando decidieron que había que recoger aquello que acababa de explotar.

Hasta aquel momento la violencia sexual no era un tema del que se hablara mucho en los medios. Sí, de vez en cuando saltaba alguna noticia de alguna violación o intento de agresión, pero contada prácticamente como de pasada. El caso de la Manada sin embargo supuso un punto de inflexión por la manera en que impactó en la opinión pública. Y no fue solo por la violación en sí, sino porque indignó que se pusiera el foco en la víctima y además abrió el debate sobre el límite del consentimiento y sobre cómo quedan recogidos en el código penal los delitos de abuso y agresión sexual.

Márquez y Jaenes recogen, a través de entrevistas a más de 40 mujeres, el panorama actual español relación al movimiento feminista. Se sientan ante las cámaras nombres muy relevantes de sectores muy diversos. Así, nos entontramos con políticas de diferentes ideologías como Lidia Falcón, Adriana Lastra, Andrea Levy, Irene Montero y Begoña Villacís; con filósofas como Ana de Miguel; con sociólogas como Cristina Hernández o Rosa Cobo; con sexólogas como Loola Pérez; con periodistas y escritoras como Rosa María Calaf, Nuria Varela, Isa Calderón o Henar Álvarez; con juezas como Ana Ferrer; con económicas como Marta Flich; con artistas como Becky Jaraiz y Yolanda Domínguez o con directoras de cine porno como Anekke Necro. También se le da voz a otras mujeres que aportan una perspectiva interesante como María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad; a Antoinette Torres, de Afroféminas; a Inma Rodríguez, de las Kellys; o a la víctima de trata y activista Amelia Tiganus.

El documental arranca explicando qué es el feminismo y defendiendo que hoy en día sigue siendo necesario porque, pese a que se ha avanzado mucho, la igualdad real aún no existe. Siguen existiendo los malos tratos, la violencia sexual, el riesgo a volver a casa sola, el acoso, los piropos, el mansplaining… Es cierto que mucho de estos temas no se traían al debate público, pero sí que estaban presentes en las conversaciones entre mujeres. ¿Qué coño está pasando? reflexiona sobre cómo queda en evidencia esta desigualdad en todos los ámbitos de la vida, porque es algo estructural. Las mujeres que ponen voz en este montaje opinan sobre temas como la violencia machista, la violencia sexual, la hipersexualización de las niñas, el trato que da la publicidad a las mujeres, el uso del lenguaje, la idea del amor romántico, la ausencia de mujeres en los libros de texto o en los museos, la vida laboral y el techo de cristal (también el suelo pegajoso), la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler, la maternidad, la corresponsabilidad en el hogar, la carga mental… Todas tienen algo interesante que aportar, aunque chirrían un poco Leyre Kahl, Begoña Villacís o Loola Pérez con su mirada neoliberal.

Quitando el detalle de estas invitadas, por lo demás resulta un buen reportaje que pone en evidencia las desigualdades que aún siguen arraigadas de forma totalmente normalizada en nuestra sociedad. Una de las más incisivas es Ana de Miguel, que nos recuerda que ya desde que nacemos hay una marca para las niñas: los pendientes. Y que por mucho que se presuma de que se educa en igualdad, con el mismo acceso a la educación y con las niñas pudiendo ser lo que quieran, lo cierto es que a la vez se transmite el mensaje de que lo importante es encajar en determinada imagen para obtener la aprobación masculina. Y en eso tiene mucho que ver la cultura y publicidad (y no solo de los juguetes), que siguen siendo sexistas. Yolanda Domínguez lleva tiempo analizando cómo se trata a la mujer en las campañas publicitarias.

Además, como recalca Henar Álvarez, a ellas les faltan referentes. Durante años las mujeres son excepciones en libros de textos, en los museos, en el cine, en la televisión… Y lo que no se nombra, no existe. Deja una idea subliminal de que si las mujeres no están, es porque no tienen nada que aportar.

La lucha del feminismo lleva siglos, sin embargo ahora ha vuelto a renacer de una forma un tanto llamativa y las redes sociales tienen mucho que ver. Y cómo no, el capitalismo ya ha movido ficha para intentar sacar rédito económico del movimiento. No ha tardado mucho en aparecer merchandising morado, con el símbolo de la mujer, o con la palabra Feminismo impresa. Cierto es, como dice Henar, que si Beyoncé y H&M quieren difundir el mensaje van a llegar a mucha más gente que nosotras, no obstante, también hay que tener cuidado de que no se quede en una moda vacía de contenido. Como bien apunta Yolanda Domínguez, hay que ir más allá del eslogan de la camiseta.

El documental deja además una interesante reflexión con los aportes de María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad y de Antoinette Torres, de Afroféminas, porque aunque parece claro el componente de clase dentro del feminismo, en muchas ocasiones se deja fuera a mujeres que además de por su sexo, son marginadas por no ser blancas.

Lo que desde luego queda constatado tras casi hora y media de visionado es que aún queda mucho camino por recorrer y sobre todo que una sociedad no cambia si solo lo hace la mitad de la población. Y es que parece que mientras que hay más conciencia feminista entre las mujeres, no ocurre de la misma manera entre los hombres, quienes ven estos avances como una pérdida de privilegios y obvian que el machismo también les oprime en algunos aspectos. El futuro será feminista o no será.

Nueva serie a la lista “para ver”: Stumptown

Stumptown viene a significar literalmente ciudad de los tocones y es uno de los nombres por los que se conoce a Portland desde que a mediados del siglo XIX se talaron los árboles para construir viviendas, pero se dejaron los tocones, ya que sacarlos de raíz era demasiado esfuerzo. También es el nombre de un cómic cuya acción se desarrolla en esta ciudad estadounidense. La cadena ABC ha llevado esta historia a la pequeña pantalla y el encargado de su adaptación es Greg Rucka, uno de los creadores (también de Gotham Central).

Protagonizada por Cobie Smulders (Cómo conocí a vuestra madre, Amigos de la Universidad, Agentes de S.H.I.E.L.D), la serie sigue a Dex Parios, una veterana marine que sobrevive a duras penas tras regresar de Afganistán. Intenta superar la muerte de su exprometido y el síndrome de estrés postraumático con la ayuda del alcohol y del juego.

Este primer episodio comienza con dos tipos conduciendo un coche destartalado al que no le funciona la radio correctamente y que pronto se ven atacados por una mujer que se ha escapado del maletero. Un inicio un tanto caótico que consigue enganchar al espectador no solo por la dosis de acción, sino también por el carisma de un personaje con recursos ante unas circunstancias complicadas. Cuando la serie ya tiene nuestra atención, retrocede un poco en la línea temporal para así presentarnos a la protagonista con más detalle y saber cómo ha llegado a esa situación.

Asfixiada por las deudas y sin ser capaz de mantener un trabajo estable con el que salir adelante no solo ella, sino su hermano menor, Dex decide aceptar el encargo de encontrar a la nieta desaparecida de la jefa del casino navajo a la que debe dinero. Da la casualidad de que la joven es la hija del hombre con el que estuvo a punto de casarse. Este caso sirve para ahondar en el personaje de Parios, una gran detective gracias a su experiencia militar, pero con muchos traumas a sus espaldas y un comportamiento autodestructivo.

En cierta manera recuerda a Jessica Jones: ambas son personajes de cómics; tienen un pasado traumático; se refugian en el alcohol, sexo esporádico y trabajo; ejercen como detectives y se valen por sí mismas. Sin embargo, la protagonista de Stumptown no es tan oscura; es una mujer con problemas que recurre al sarcasmo para sobrellevar los reveses de la vida. Y tampoco tiene superpoderes, sino que compensa la desventaja física que pueda tener con respecto a su adversario con astucia, agilidad y entrenamiento militar. Cobie Smulders consigue sacar el máximo partido a Dex mostrando una mujer que es tanto fuerte y segura de sí misma como vulnerable. Es capaz de transmitir diferentes caras de esta compleja exmarine, ya sea en escenas más dramáticas o en otras más livianas y humorísticas.

La detective Parios tiene pocas relaciones, las únicas que parece tomarse en serio son la de su hermano Ansel y la de su amigo Grey McConnell, que regenta un bar (si jones tenía a Luke Cage, esta tiene a Grey). Personaje que por cierto está interpretado por Jake Johnson y que guarda ciertas similitudes con aquel que ya tenía en New Girl. La conexión con la policía es el agente Miles Hoffman (Michael Ealy, conocido por The Good Wife), quien le remite casos que requieren de algún tipo de investigación poco ortodoxa. Completa el reparto la Teniente Cosgrove (la Camryn Manheim de El abogado o Entre fantasmas).

Stumptown no deja de ser un procedimental al uso tan típico en las cadenas en abierto. Tiene de novedoso el carácter de Dex Parios, el toque de humor y un escenario tan poco conocido en las ficciones televisivas como es Portland. Tiene ritmo, acción y unos personajes interesantes. Ahora falta por ver si es capaz de mantener la evolución de su protagonista y no perder la esencia mostrada en este primer episodio.

Sin duda un estreno muy a tener en cuenta si se es amante del género detectivesco. De momento cuenta con una temporada de 18 capítulos. Habrá que ver cómo sigue y si consigue mantener el interés.

Serie Terminada: Elementary

Allá por 2012-2013 vimos el piloto de Elementary y la dejamos aparcada hasta que finalizó este verano pasado. La verdad es que no escribí sobre el piloto en su día porque aunque no me disgustó del todo, le faltaba algo. Hoy, años después, después de haber visionado sus 7 temporadas y 154 capítulos, me reafirmo en que no es que sea la peor serie de la historia, pero realmente tampoco aporta gran cosa.

La serie pretendía ser una adaptación de Sherlock Holmes a la época actual en la que el detective es un exadicto a la heroína que se ha fugado de un centro sanitario y cuyo padre le busca una asistente de abstinencia (Watson) para que sea su sombra durante 6 semanas y así asegurarse de que no tiene una recaída. Cuando Sherlock es requerido por la policía de Nueva York para ayudar en un caso complicado Joan se siente fascinada y comienza a colaborar con él.

La adaptación sobre el papel no suena mal. Da igual que Watson sea Joan y no John, que la acción se traslade de Londres a Nueva York, o que haya tecnología. El problema es que pretendía competir con el Sherlock de la BBC y, claro, las comparaciones son odiosas. Cuando la cadena británica se negó a una adaptación, los estadounidenses se podían haber conformado con emitir la versión británica, pero vieron más filón a grabar una propia por la que después obtener beneficios con la distribución. Así pues, sin los permisos oportunos Elementary no toma como referencia las historias originales de Conan Doyle (solo detalles de aquí y allá) sino que crea un procedimental más al estilo de Castle, Monk, Psych, El Mentalista, Instinct… Es decir, una serie convencional y ligera mucho menos interesante que la original en la que un civil un tanto excéntrico se incorpora a la plantilla de la policía y resuelve sus casos.

Sherlock y Elementary se mueven en dos registros diferentes, pero es que además la británica es infinitamente superior en todos los aspectos que se pueda comparar. Cada capítulo es casi una película (90 minutos) con una fotografía más propia del cine, diálogos ágiles y brillantes, un ritmo muy medido y unos actores que lo bordan (tanto Cumberbatch como Freeman). La versión americana sin embargo tiene temporadas de 24 episodios (frente a los 3 de la europea) de 40 minutos de duración. Así pues, no da tiempo a ahondar tanto en cada uno de los casos. Además, los guiones están bastante mascados y gusta de explicar referencias incluso dentro del mismo capítulo, como si el espectador fuera imbécil.

Por otro lado, entiendo el cambio de escenario, sustituyendo Londres por un territorio estadounidense, sin embargo, Nueva York ya está muy trillada en cuanto a series de policías que necesitan asesores. Quizá podrían haber buscado un Boston, un Chicago, un Seattle…

Jonny Lee Miller y Lucy Lui no cuajan como Holmes y Watson. Al menos se han esforzado en buscar un actor inglés, pero no tiene carisma. Lui por su parte, tiene un registro limitado y parece un palo recitando un guion.

En cuanto a sus personajes, el Holmes de Elementary más que un brillante detective que no encaja en las convicciones sociales resulta arrogante y desagradable con su actitud de atormentado. Su Watson no está lo suficientemente desarrollada como para ser el contrapunto perfecto del protagonista. No tiene sentido que haya dejado su carrera como cirujana porque se le muriera un paciente, como si fuera algo que no ocurriera nunca. Además, la química entre ambos brilla por su ausencia. Quizá también por eso nos hemos librado de la famosa tensión sexual no resuelta metida con calzador tan típica en cualquier serie.

Tampoco tienen nada reseñable los personajes secundarios. Ni los que salen durante todos los capítulos – esos policías que se supone que son los que llevan los casos y piden ayuda en caso de que la se estanquen, pero que en realidad están de comparsa – ni los que aparecen puntualmente a lo largo de las temporadas como el padre de Sherlock, su hermano o Moriarty, también convertida en mujer y además examante del detective.

Lo único quizá destacable es la cabecera. Su cabecera y banda sonora sí que nos recuerdan a un clásico Sherlock.

En definitiva, si tomamos Elementary como una serie de Sherlock, no merece la pena tragarse las 7 temporadas, mejor sentarse a ver la británica, que si conserva la esencia. Por el contrario, si la consideramos como un procedimental más obviando las referencias literarias, entonces resultará entretenida como cualquier otra serie de detectives con caso semanal y arco argumental temporal. Entretenida, sí; memorable, no. Podría llamarse Las aventuras de un detective en Nueva York y habría sido la misma serie sin tener que faltarle el honor a Sherlock. Eso sí, no habría tenido tanta publicidad para atraer a la audiencia.

Nueva serie a la lista “para ver”: Atrapa un ladrón

Basada en To Catch a Thief de Alfred Hitchcock (que a su vez versionaba la novela homónima de David Dodge), Atrapa a un Ladrón sigue la historia de un ladrón de obras de arte ya rehabilitado que intenta desenmascarar a un impostor que está robando en su nombre. No obstante, la serie no es un remake de la película troceada en episodios, sino que parte de un punto de arranque similar a la cinta para luego enfocar la trama desde una nueva perspectiva adaptada a la actualidad. Eso sí, mantiene guiños y referencias al filme original a lo largo de toda la historia.

Juan Robles, apodado El Gato, dio su último golpe en 2009 robando un cuadro por valor de 4 millones de dólares. Desde entonces lleva afincado en la Ciudad Condal y trabaja como galerista de arte. En el primer episodio se casa con Lola Garay, casualmente inspectora de los Mossos d’Esquadra especializada en robos pero que no conoce el pasado de su nuevo marido. Esto ya supone una ligera modificación con respecto a la obra de Hitchcock, ya que en aquella la pareja protagonista estaba formada por el típico galán (Cary Grant) que engaña a una caprichosa heredera (Grace Kelly), quien está disfrutando de su vida ociosa en la Costa Azul francesa. Javier Olivares (creador también de El Ministerio del Tiempo) ha adaptado así los personajes a este siglo sustituyendo la mujer florero que solo se preocupa por su aspecto y por engatusar a algún hombre adinerado por una independiente económicamente, con un trabajo en el que es valorada, que toma sus propias decisiones y es capaz de servir como contrapunto de su compañero masculino, no como una mera comparsa. En esta versión además entra en escena un tercer personaje: el de Diego, expareja de Lola, que trabaja en la Interpol.

El capítulo inicial nos entrelaza la trama principal con las secundarias y a la vez intercala el presente con flashbacks del pasado. Nos conduce hacia una historia que mezcla el romance de estos dos protagonistas principales con el misterio, la conspiración y un juego de persecución entre policías y ladrones. Es una ficción sencilla que se basa en una estructura clásica de drama ligero con toques de suspense y humor, pero muy blanca. El ritmo es ágil y aunque no parece ser la serie de la temporada, funciona bien como mero entretenimiento. Parece de esas series que ves para evadirte sin necesidad de pensar en el trasfondo.

Además, se agradece que esté estructurada en capítulos autoconclusivos (típico de Olivares, que reconoce que no le gustan los cliffhangers) y con una duración de 50 minutos y no de 70 como viene siendo habitual en las series españolas.

Cuenta con una temporada de diez capítulos y según su creador el último bien puede funcionar como final, pero también deja un resquicio a la continuación. De nuevo siguiendo el estilo de Olivares que ya vimos en El Ministerio del Tiempo.