Berlín III. Día 2: East Side Gallery

Nos levantamos a las 8 de la mañana para aprovechar bien el día. Había amanecido lluvioso y frío, nada raro un 7 de diciembre, así que nos abrigamos bien y nos pusimos en marcha. Como habíamos llegado tan tarde no teníamos nada que desayunar, así que lo haríamos en marcha. De camino al S-Bahn el olor nos llevó a una Bäckerei (panadería) donde compramos unos bollos recién hechos. En la pequeña estación de Schönhauser Alle, justo antes de bajar al andén, completamos el desayuno con unas bebidas calientes.

Nuestra primera parada del día era la East Side Gallery, por lo que nos bajamos en Westkreuz, pero antes de recorrer el resto del muro, nos acercamos a una terraza sobre el Spree para fotografiar el Oberbaumbrücke, el puente más atractivo de la ciudad. 

Su aspecto recuerda a las puertas amuralladas de estilo gótico báltico, de hecho, el arquitecto Otto Stahn se basó el la Mitteltorturm de ciudad de Prenzlau. Pero este diseño data de finales del XIX, el puente original, construido en 1724, no era más que una barrera de tronco de árbol que servía como puesto de aduanas. De ahí el nombre Oberbaum (árbol río arriba). Río abajo había otro control, el Unterbaum.

Tras la caída del muro fue renovado recuperando su diseño, aunque Santiago Calatrava le añadió una sección central de acero.

Desde sus orígenes ha servido de límite fronterizo. Lo era como control aduanero, después en 1920 como delimitación entre los distritos de Friedrichshain y Kreuzberg y con la construcción del muro como frontera entre Berlín Este y Berlín Oeste. Perdió esta característica en 2001, cuando se creó el distrito de Friedrichshain-Kreuzberg. Hoy en día tiene un carácter más festivo y suele acoger actividades culturales  y artísticas.

Dando la espalda al puente tomamos la Mühlenstraße, donde se conserva la mayor parte del muro de Berlín que queda en pie. Recordemos que fue erigido el 13 de agosto de 1961 y cayó el 9 de noviembre de 1989. El muro se levantó en una noche y, con una longitud de 45 kilómetros, dividía en dos la ciudad de Berlín. Además, unos 115 kilómetros adicionales rodeaban el oeste aislando así la República Federal de la Democrática. Desde la RDA se le dio el nombre de Barrera de protección antifascista ya que la intención era protegerse contra “la inmigración, la infiltración, el espionaje, el sabotaje, el contrabando, las ventas y la agresión de los occidentales”.

Se sellaron los accesos y se cancelaron los medios de transporte que comunicaban ambos lados (el S-Bahn y el U-Bahn sí que circulaban del Oeste al Este, pero no paraban). En el oeste había dos puntos de control (Helmstedt y Dreilinden) y en el este uno (en la Friedrichstraße), cada uno de ellos renombrado siguiendo el alfabeto radiofónico: Alfa, Bravo, Charlie. Hoy queda en pie el tercero (una copia), que visitaríamos otro día.

Además, las casas cercanas al muro se vaciaron para poder crear un perímetro limpio.

El muro se renovó en 1975, erigiendo uno nuevo de hormigón armado con una altura de 3,6 metros de altura y más de 120 kilómetros de longitud. Además, la frontera se reforzó con una valla de tela metálica con tendido de alambre de espino, una alarma que detectaba el contacto con el suelo, pistas de control para recoger las huellas de los fugitivos, fosos, barreras antivehículos y antitanques, más de 300 torres de vigilancia equipadas con proyectores de búsqueda y treinta búnkeres.

Y si el muro se levantó de la noche a la mañana (aunque se llevaba tiempo gestando), podríamos decir que cayó de la misma manera. Un poco antes de las 7 de la tarde del 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski anunció en una conferencia de prensa sobre la Ley de Viajes que se habían retirado todas las restricciones y que la gente podría moverse libremente simplemente con su identificación. Cuando fue preguntado por la entrada en vigor de la medida respondió “desde ya” y la lió, porque quienes estaban siguiendo la retransmisión en directo se lo tomaron al pie de la letra y se echaron a la calle. Es lo que tiene el alemán, que es muy preciso, y si usas ab sofort y no otros términos similares estás expresando una connotación de inmediatez innegable.

Los guardias fronterizos, que aún no habían recibido notificación alguna, se vieron sobrepasados ante la llegada de tantas personas y no se atrevieron a disparar. Al final acabaron abriendo los puntos de acceso tanto a un lado del muro como al otro.

En las horas siguientes hubo quienes (sobre todo desde el lado occidental) se presentaron con hachas, picos y otro tipo de herramientas dispuestos a derrumbar el muro y al artista alemán Bodo Sperling se le ocurrió la idea de salvar al menos un trozo para crear una galería de arte urbano al aire libre. Fue así como nació la East Side Gallery, un tramo de 1,3 kilómetros que sería pintado en desde febrero a septiembre de 1990 por 118 artistas internacionales.

He recorrido tres veces este tramo (una de ellas en coche) y las pinturas han cambiado. Y esto es porque hay muchas que han sido grafiteadas encima y en 2009 se llevó a cabo una renovación. Y aún así, hay algunas que se ven como recién hechas, mientras que otras no han sido respetadas y de nuevo tienen pintadas encima.

Viendo las fotos de 2007 y las de 2018 hay muchas que han sido sustituidas, sin embargo, otras más conocidas se mantienen. Sin duda es el caso de el Bruderkuss entre Brezhnev y Honecker, una de las obras más fotografiadas.

También se mantiene la del Trabant atravesando el muro.

En general la mayoría de las pinturas están relacionadas bien con la época de la Alemania dividida o bien con las guerras, la paz o los muros que se construyen en todo el mundo (erigidos por países no comunistas – hola, España-  y con más muertes anuales que en todo el tiempo que estuvo en pie el de Berlín).

Cuando llegamos al otro extremos del muro nos dirigimos a Ostbahnhof donde tomamos el S-Bahn hasta la estación Alexanderplatz, una de las más importantes y también de las más usadas de Berlín.

Berlín II. Datos sobre Alemania

Después de un sueño reparador, comenzábamos nuestra visita a la capital germana, una ciudad más que relevante en la historia del país. Hagamos un poco de repaso:

Los primeros pueblos que se asentaron en la región que hoy ocupa Alemania fueron tribus germánicas procedentes del sur de Escandinavia, celtas de la Galia y eslavas del Este de Europa. Más tarde, en el siglo III, tuvieron lugar lo que nosotros conocemos como “Invasiones Bárbaras” pero que los alemanes estudian en el colegio como el “La migración de los pueblos germánicos”. Las tribus germánicas del Oeste (alamanes, catos, francos, frisones, sajones y turingios) fueron aplastando a las tribus celtas a su paso y siguieron su camino hacia el oeste.

Alrededor del año 800 Carlomagno fundó un gran imperio (ocupaba los territorios que hoy conforman Francia y Alemania) que se se convirtió en la mayor potencia política de Europa en la Alta Edad Media. Sin embargo, este Imperio Carolingio no duró mucho, ya que a la muerte del emperador quedó disuelto en tres reinos:

  • Westfrankenreich o Francia Occidental (lo que hoy sería Francia) gobernada por Carlos el Calvo;
  • Ostfrankenreich o Francia Oriental (origen de la Alemania actual) dirigida por Luis el Germánico;
  • y Mittlere Frankenreich también conocida como Ostfrankenreich Media (que incluía los territorios del actual Benelux y algunas zonas de Francia y norte de Italia) bajo el reinado de Lotario.

Un siglo más tarde el Papa coronó emperador a Otto el Grande de la dinastía sajona. Nació entonces el Sacro Imperio Romano Germánico, que existiría con diferentes formas y fronteras entre 962 y 1806. En primer lugar abarcaba los ducados de Lorena, Sajonia, Franconia, Suabia, Turingia y Baviera, pero entre 1024 y 1125 con la dinastía salia, se extendería hasta el norte de Italia y Borgoña. Más tarde, entre 1138 y 1254 con los Hohenstaufen se expandiría hacia el sur y este, intentando germanizar a los eslavos. Con esta dinastía además prosperaron varias ciudades norteñas del territorio gracias a la Liga Hanseática.

Cuando murió Federico II, el último emperador Hohenstaufen, comenzó período de 19 años de caos, conocido como el Gran Interregno, cuando ninguno de los sucesores fue capaz de conseguir los apoyos necesarios para ascender al trono. Finalmente, en 1273 lo hizo Rodolfo I, de los Habsburgo, una dinastía que mantendría el poder hasta principios del siglo XIX con la llegada de Napoleón.

No obstante, el imperio pasaría por momentos en los que su unidad se vería amenazada, como en el siglo XVI con la llegada de Martín Lutero, quien escribió en 1517 las 95 tesis en las que cuestionaba la Iglesia Católica. Con esta crítica a la doctrina católica, el monje cambió el pensamiento teológico originando la Reforma Protestante y dando lugar a la Iglesia Luterana, que comenzó a ser reconocida como nueva religión oficial en muchos estados del norte a partir de 1530. Carlos V (Carlos I de España, el nieto de los Reyes Católicos) pasó gran parte de su reinado luchando contra la creciente amenaza del protestantismo y esforzándose por mantener el Sacro Imperio Romano intacto, pero finalmente en 1555, con la Paz de Augsburgo, sería reconocida como igual a la católica y no solo el imperio quedaría dividido en dos ramas religiosas, también lo haría toda Europa, como ya vimos con el Reino Unido.

Este cisma religioso desembocó en 1618 en la Guerra de los Treinta Años, que mermó la población de los estados alemanes en un 30% y acabó con el imperio reduciéndolo a un conglomerado de estados y territorios sin apenas poder a la firma del la Paz de Westfalia. Con ella Suiza y los Países Bajos se independizaron, Francia se hizo con Alsacia y Lorena, y Suecia se extendió hasta la desembocadura de los ríos Elba, Óder y Weser. Paralelamente, a medida que el Sacro Imperio Romano Germánico se iba disolviendo, Brandeburgo-Prusia, de la dinastía Hohenzollern, comenzó a despuntar. Se convirtió en un estado potente que abrazó las ideas de la Ilustración, garantizó la libertad religiosa e introdujo reformas legales. Esto atrajo a grandes pensadores de Europa e hizo que Berlín floreciera como capital cultural. El Sacro Imperio Romano Germánico se disolvió en 1806 cuando el emperador Francisco II abdicó después de perder en la Batalla de Austerlitz. Napoleón se hizo con el control de Europa y reorganizó el territorio en 30 estados soberanos agrupados como la Confederación del Rin, que duró hasta la Batalla de Leipzig de 1813, cuando las tropas prusianas, rusas, austriacas y suecas vencieron al francés.

En el Congreso de Viena de 1815 Alemania se reorganizó como Confederación Germánica, una agrupación de 39 estados encabezada por Austria y Prusia (aunque tras la revolución en 1848 Austria estuvo un par de años fuera). En 1861 llegó al trono Guillermo I de Prusia y nombró canciller a Otto von Bismarck, quien modernizó el ejército y movió las tropas para anexionarse estados. Además, en 1867 formó la Confederación Alemana del Norte excluyendo a Austria. Tras vencer en la Guerra Franco-Prusiana el orgullo nacional aumentó y en enero de 1871 se proclamó el Imperio Alemán con el Reino de Prusia como su principal constituyente y Berlín como capital. Eso sí, Austria ya quedaba totalmente fuera. Guillermo I fue coronado Emperador y Otto von Bismarck nombrado canciller.

En esta nueva etapa ya como nación conocida como Años Fundacionales, Alemania orientó su política exterior en colonizar territorios en África y posicionarse como gran potencia a la vez que intentaba aislar a Francia. Internamente se centró en la industrialización. A principios del siglo XX el país ya rivalizaba con Gran Bretaña y los Estados Unidos. Sin embargo, las fricciones imperialistas hicieron que Alemania se quedara cada vez más sola cuando se creó la Triple Entente (Reino Unido, Francia y Rusia).

Con el atentado del heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro en Sarajevo ya vimos que Austria quiso aprovechar la oportunidad para acabar con Serbia, a lo cual Alemania se unió. Así, las grandes potencias quedaron divididas en dos bandos: por un lado la Triple Entente, y por otro la Alianza Central (Alemania y Austria-Hungría). La I Guerra Mundial acabó el 9 de noviembre de 1918 con la abdicación del Emperador Guillermo II, terminando también con la monarquía en el país y dando lugar a la República de Weimar con una nueva Constitución Federal que incluía el sufragio femenino y derechos sociales básicos.

Con el Tratado de Versalles un año más tarde Alemania perdió sus colonias, su fuerza militar y gran parte de su poder industrial. La derrota de la guerra supuso además un gran bazazo económico al tener que indemnizar al resto de países. Esta adversidad económica como consecuencia del tratado de paz duró unos años y cuando Alemania empezaba a recuperarse, llegó el crack del 29. Así pues, durante los años de la República de Weimar (1919-1933) hubo un descontento bastante generalizado entre la población. Todo esto unido a la sensación de que la guerra se podía haber ganado, sirvió a partidos como el NSDAP para ir ganando cada vez más fuerza.

Hitler llegó a jefe de Estado y poco después, el 27 de febrero de 1933, el Reichstag fue incendiado. Una operación provocada por los propios nazis (capitaneados por Hermann Göring) para culpar a los comunistas (cómo no).

El suceso sirvió como excusa para derogar algunos derechos democráticos fundamentales y crear la Ley Habilitante que le daba al gobierno el pleno poder legislativo. Alemania se convirtió entonces en un estado totalitario con un único partido. Todos los partidos, organizaciones y sindicatos no nazis dejaron de existir. Todo aquel que opinaba diferente fue perseguido, detenido y aniquilado. El proclamado Führer quería volver a la idea de gran imperio (de hecho llamó a su dictadura el Tercer ImperioDrittes Reich), por eso comenzó a anexionarse tierras vecinas de Austria y Checoslovaquia, después lo intentó con Polonia, lo que provocó que el Reino Unido y Francia le declararan la guerra. Supuso el estallido de la II Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939.

En un inicio Alemania consiguió el control de varios territorios, sin embargo la cosa cambió cuando en el verano de 1941 intentó invadir la Unión Soviética. A pesar de los apoyos de sus aliados, el ejército nazi era insuficiente para un territorio tan amplio. Al final, Alemania tuvo que capitular el 8 de mayo de 1945 tras la entrada de las tropas soviéticas en el país. Internamente, el régimen nazi se acabó con la vida de alrededor de cincuenta millones de personas, entre ellos seis millones de judíos y tres millones de polacos. De los siete millones de personas que fueron deportadas a campos de concentración, solo sobrevivieron 500.000.

Tras la guerra, en la Conferencia de Potsdam se volvió a redefinir el mapa de Europa. Fue el mismo escenario de ocupación militar compartida con la capital dividida que ya se había producido en Austria, solo que en el país vecino los soviéticos accedieron a retirarse a cambio de la neutralidad. Stalin había pedido unos meses antes en la Conferencia de Yalta una Alemania unificada y desmilitarizada, pero no se aceptó el trato y Alemania quedó dividida en cuatro partes: Francia al suroeste, Gran Bretaña al noroeste, Estados Unidos al sur y la Unión Soviética al este. Berlín, la antigua capital nazi, quedó también dividida entre los aliados. Nacieron así la Deutsche Demokratische Republik (República Democrática Alemana, RDA) al este (con capital en Berlín) y la Bundesrepublik Deutschland (República Federal de Alemania, RFA) al oeste (con capital en Bonn).

En mayo de 1949 las potencias occidentales unieron sus territorios y fundaron la RFA (con numerosos nazis en el gobierno, servicios de inteligencia, administraciones, etc.), incumpliendo así los acuerdos de Yalta y Potsdam. Poco después, como respuesta, nació la RDA. Pronto habría roces entre los aliados y la URSS, ya que estos últimos pedían cuantiosas indemnizaciones por las pérdidas sufridas durante la guerra (solo en recuento humano perdieron casi 30 millones de vidas). Mientras tanto, Alemania Occidental se estaba recuperando económicamente bajo la gestión del canciller Konrad Adenauer gracias al Plan Marshall que aportó unos 4.000 millones de dólares y a la condonación de intereses acumulados de las deudas o reducción de quitas superiores al 50%. Se convirtió en miembro de la OTAN y de lo que hoy es la Unión Europea.

Estas significativas diferencias económicas hicieron que miles de alemanes orientales emigraran a la RFA en busca de un mayor nivel de vida. Circunstancia que afectó gravemente a la RDA, puesto que perdió trabajadores en cuya formación había invertido previamente. Además, las tensiones crecieron cuando en junio de 1948 los aliados introdujeron el marco alemán en sus territorios rompiendo el acuerdo de la Conferencia de Potsdam que estipulaba que todas las zonas tendrían la misma moneda. Los soviéticos reaccionaron lanzando el Ostmark y bloqueando a Berlín Oeste por tierra, ya que lo tenían rodeado, no obstante los aliados occidentales consiguieron evitarlo descargando suministros en el aeropuerto de Tempelhof de Berlín Oeste.

Según se ha conocido por archivos oficiales y desclasificados, parece que en 1952 Stalin volvió a intentar la unificación de Alemania proponiendo tratados de paz, sin embargo, EEUU se negó (y de nuevo lo hizo en 1958). El motivo era sencillo, no quería perder el control geopolítico, económico y militar de la RFA, ya que ocupando este sector se aseguraban bases militares cerca de la URSS. La posición estratégica le favorecía ante un posible avance a otros territorios comunistas soviéticos como Polonia, Checoslovaquia o Hungría. Se ha conocido que la CIA participó en el asedio a la RDA financiando grupos terroristas como el neonazi KgU (Die Kampfgruppe gegen Unmenschlichkeit), que mantuvo una red de espionaje y cometió actos de sabotaje atacando infraestructuras (líneas eléctricas y telefónicas) y fábricas. Además, este grupo llevó a cabo pruebas de armas químicas contra la población, como las bombas de arsénico en Leipzig en 1951.

El 17 de junio de 1953 se intentó dar un Golpe de Estado contra la RDA. No estaban en juego ni las elecciones libres, ni mejorar el nivel de vida de los residentes en el este, sino que fue una operación orquestada desde el oeste con el objetivo de provocar una rápida anexión de la RDA a a la RFA. Fueron mandados agentes de servicios de inteligencia occidentales para provocar revueltas, paros temporales y manifestaciones violentas y así generar una respuesta represiva del gobierno que acabara en su caída. No lo consiguieron, pero el acoso contra la RDA fue “in crescendo”.

A estos ataques de grupos fascistas, intentos de golpes de estado y el contrabando que minaba la economía del país se sumó el descubrimiento por parte de la Stasi de los planes DECO II y MC-96, por los que la RFA con apoyo de la OTAN pretendía invadir y “liberar” militarmente la RDA. Dado que las potencias occidentales se negaron a retirarse de Berlín Occidental tras el ultimátum de Krushchev, el líder soviético, se tomó la decisión de erigir una barrera antifascista. Siempre se cuenta que era para evitar la huida de ciudadanos, y seguramente era también una razón, ya que para mediados de 1961 unos 300.000 ciudadanos de la RDA emigraban anualmente a la RFA con la consiguiente fuga de cerebros, de técnicos y de mano de obra; no obstante, no parece que sea el motivo de más peso cuando antes de construirse el muro miles de alemanes de Berlín Este iban a trabajar por la mañana a Berlín Oeste y volvían a sus casas por la tarde. Además, el muro bordeaba la frontera de la RFA, no de la RDA. La decisión de erigir el muro se tomó en un contexto en el que se pensaba que cualquier movimiento podría ser un detonante que condujera a una guerra devastadora y al colapso del país. Es verdad que fue construido por la RDA, pero los americanos estaban de acuerdo. El propio Kennedy llegó a asegurar que “era mejor un muro, que una guerra“.

A los británicos tampoco les parecía mal la idea, tal y como escribió en 1999 Paul Oestreicher, corresponsal de la BBC en Berlín. Parece que un mes después de que el muro fuera construido el jefe militar del sector británico de la RFA le aseguró off the record que la decisión había sido recibida “con alivio” (pues así se cortaría de alguna manera el flujo de inmigrantes) y que además les proporcionaba “una nueva arma de propaganda”.

En los años siguientes la tensión siguió escalando. Sigo sin entender que se le llamara Guerra Fría, cuando aquello estaba al rojo vivo. En octubre de 1961 podría haberse desatado la III Guerra Mundial después de que EEUU enviara a espías y diplomáticos al paso fronterizo de la RDA sin su correspondiente documentación. En una de las ocasiones en las que los soviéticos impidieron el paso a los americanos, estos últimos respondieron enviando sus tanques al Checkpoint Charlie. Los soviéticos tomaron entonces posición frente a ellos y la confrontación duró tres días, hasta que estos recibieron la orden de retirada y dejaron pasar a los americanos.

En 1968 ante la falta de perspectiva de unificación, se firmó una nueva constitución en la que quedaba recogida oficialmente la división de Alemania en dos naciones.

Tras unas décadas en las que progresivamente se fueron suavizando las relaciones entre ambos lados y se firmaron acuerdos que regulaban el paso de un lado al otro, el muro acabó “cayendo” el 9 de noviembre de 1989 después de que el funcionario Günter Schabowski comunicara en rueda de prensa su apertura. No fue un acto espontáneo del pueblo de la RDA como a veces se comenta, sino que la gente se enteró por los comunicados de la radio y la televisión de Berlín Oeste y se echó después a la calle.

En general la gente se dejó llevar por la propaganda occidental y la promesa de una vida mejor, sin embargo, también hubo quien se echó a la calle el día 10 para cantar la Internacional y pedir que siguiera en pie el muro.

Casi un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, Alemania se reunificó en un único estado formado por 16 estados. La RDA quedó disuelta y en diciembre se celebraron unas elecciones de las que saldría Canciller Helmut Kohl de la CDU. Berlín se convirtió en ciudad-estado (y recuperó la capitalidad en 1991) y la antigua RDA adoptó el marco de la RFA. Se trasladó la capital de Alemania de Bonn a Berlín e ingresó en la Unión Europea.

Sin embargo, la reunificación no fue sencilla para los habitantes del este, ya que sufrieron grandes pérdidas. Con la integración de la RDA en la RFA el patrimonio público de la Alemania Oriental fue repartido y las empresas estatales vendidas a precio de saldo. En otros casos fueron llevadas a la quiebra para hacerlas desaparecer y que no compitieran con el mercado occidental. Con el muro cayeron también los avances sociales como la atención sanitaria y educación gratuitas, el derecho a una vivienda, igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, un empleo seguro, pensiones de jubilación o enfermedad, 6 semanas de baja por maternidad del parto y 8 de permiso después (cobrando el 100% del sueldo), prescripción gratuita de anticonceptivos, aborto libre y gratuito, etc. Sin la socialización de los medios de producción se acabó la inversión en derechos de los ciudadanos.

En los años siguientes a la reunificación se dispararon en el este de Alemania un 45600% las operaciones de esterilización de mujeres. Y es que sin la gratuidad de los anticonceptivos, sin aborto libre y con trabajo precario, no querían arriesgarse a un embarazo. También aumentaron los suicidios, aunque eran silenciados, al contrario de lo que ocurría cuando existía la RDA, que se usaban como propaganda de lo desgraciados que eran en el este.

Además RFA anuló las expropiaciones que se habían realizado en 1945 a los colaboracionistas de los nazis, por lo que muchos ciudadanos perdieron sus viviendas, sus trabajos y su calidad de vida. La propaganda occidental les vendía alto nivel adquisitivo y sociedad de consumo y sin embargo lo que obtuvieron en su lugar fue desempleo y miseria. Reinaba la inflación, el paro y la brecha salarial con respecto a la parte occidental. Se veía claramente un país dividido entre vencedores y vencidos.

Hoy, aunque internamente siguen vigentes las diferencias, Alemania de cara al exterior es uno de los países con mayor influencia en el continente europeo. Al tener la mayor población entre los estados miembros de la Unión Europea (con más de 80 millones de habitantes) tiene gran peso en las políticas de la unión y del mundo.

Culturalmente también ha influido en varios campos, de hecho, Alemania es conocida como Das Land der Dichter und Denker (la tierra de poetas y pensadores).​ Aunque en realidad habría que hablar de cultura alemana englobando a las zonas de habla alemana, pues, como hemos visto, el país ha cambiado bastante sus fronteras con el paso de los años. Así, dentro de la cultura alemana podemos hablar de figuras históricas en diferentes áreas (literatura, filosofía, matemáticas, ciencia, arte, arquitectura…) como Goethe, Schiller, los Hermanos Grimm, los Mann, Brecht, Hesse, Böll, Grass, Mozart, Bach, Händel, Beethoven, Brahms, Wagner, Durero, Mies van der Rohe, Fassbinder, Copérnico, Einstein, Fahrenheit, Röntgen, Leibniz, Kant, Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger, Habermas, Marx, Engels, Gutenberg, Ferdinand von Zeppelin, Gottlieb Daimler, Rudolf Diesel, Karl Benz, etc. Por supuesto, no podemos olvidarnos del ya mencionado Lutero, quien además de provocar una importante fractura en el mundo cristiano, creó una lengua alemana unificada gracias a la traducción de la Biblia.

El alemán, sí, ese idioma que tiene fama de duro y difícil. Lo de duro es porque hemos visto muchas pelis de nazis pero lo de difícil no lo voy a negar, pues cuenta una estructura sintáctica bastante marcada y varias normas sobre cómo colocar cada uno de los elementos. Además, es flexivo, por lo que hay que concordar en número y género (primeramente tienes que saber si la palabra es masculina, femenina o neutra) y luego están las declinaciones…

Lo bueno es que como es tan cuadriculado es muy fácil identificar qué es sujeto, qué complemento directo o qué un genitivo sajón. El que los sustantivos (tanto propios como comunes) vayan en mayúscula, también ayuda.

Un punto a su favor es que se lee prácticamente como se escribe, por lo que para un hispanoparlante resulta más sencillo que el francés, a pesar de que este sea también una lengua romance. Por muy larga que sea la palabra, se lee. El truco está en dividirla, y es que es un idioma tan preciso que si no tiene un término para explicar un concepto, lo crea usando vocablos que lo definan.

Así, Krankenhaus (casa de los enfermos) es un hospital, Krankenschwester (la hermana de los enfermos) es una enfermera y Krankenwagen (coche de los enfermos) es una ambulancia.

En cualquier caso, tanto en Berlín como en Alemania la gente tiene un muy buen nivel de inglés y saber alemán no es requisito imprescindible para visitarla.

Empezamos.

Berlín I. Día 1: Vuelo y llegada a Berlín

Por fin llegó el 6 diciembre y con él nuestro viaje a Berlín. Volábamos con Easyjet, compañía que solo permite UNA pieza de equipaje de mano de máximo de 56 x 45 x 25 cm (eso sí, sin límite de peso), por lo que llevábamos a rebosar los bolsillos de nuestros abrigos. Básicamente repartimos entre los compartimentos todo aquello que habríamos llevado en un bolso de mano, pero pareciendo el muñeco de Michelín.

El vuelo fue tranquilo y aprovechamos para hacer una merienda-cena, ya que llegábamos a las 21:45 a Tegel y seguramente estaría todo cerrado. El plan del día era llegar al alojamiento lo antes posible y descansar para el día siguiente estar con las pilas cargadas. Poco más.

En el mismo aeropuerto de Tegel, junto a la parada del autobús, compramos los tres pases semanales (7-Tage-Karte) para la zona ABC. Por un importe de 37,50€ tendríamos cubiertos los trayectos para toda nuestra estancia, incluida la ida y vuelta al aeropuerto, así como las excursiones a Sachsenhausen y Potsdam. Tiene la peculiaridad de que entre semana de 20h a 3 de la mañana y los sábados, domingos y festivos, se puede llevar sin coste adicional a un adulto y hasta tres niños (de 6 a 14 años – los menores de 6 van siempre gratis). El billete también incluye un perro o una mascota pequeña, equipaje de mano, sillita infantil o silla de ruedas. No así la bicicleta, que requiere un billete aparte.

Berlín cuenta con U-Bahn (metro), S-Bahn (tren), bus y tranvía. Tan solo este último no estaba incluido en los pases, pero con los otros tres íbamos sobrados para nuestros planes. Además, podíamos coger los trenes regionales.

El área metropolitana queda dividida en tres zonas tarifarias: A, B y C. Como decía, nosotros compramos el billete semanal que servía para las tres zonas, ya que, aunque Tegel está en zona B, Sachenhausen y Potsdam están en la C. En la web de la VBB se pueden consultar los diferentes billetes para echar cuentas y decidirse por el que salga más rentable en cada caso. También es útil para ver cuándo hay incidencias en la red o descargarse planos de los distintos medios de transportes. Además, cuenta con una App en la que incluso se pueden comprar los billetes evitando así llevarlos en papel.

Una vez que sacamos los pases en la máquina buscamos la máquina de validación para activarlos antes de subir al bus. De esta moda pudimos entrar directamente a la parte trasera y buscar un sitio donde acomodarnos. En el caso de los billetes como el nuestro con picarlo una vez, ya es suficiente, la fecha impresa será la que marque el inicio del período válido. En caso de encontrarnos con un revisor, se enseña y listo.

Tomamos el bus TXL hasta la parada Beusselstrasse, donde enlazamos con la S41 que nos llevaría a la parada Schönhauser Allee. Desde allí teníamos unos 10 minutos al apartamento. Para cuando quisimos llegar eran las 11 de la noche, pero como teníamos la llave esperándonos en una caja fuerte y nos habían enviado la clave, no hubo problema. El apartamento era como esperábamos, tal y como habíamos visto en las fotos. Un espacio que servía como dormitorio – salón – comedor con una cama doble, un armario, un sofá-cama, una mesa con tres sillas y una tele colgada en la pared.

Además, contaba con un baño bastante espacioso y una pequeña cocina que nos vendría perfecta para los desayunos y las cenas.

Para aquel primer día la cena fue algo ligera, pues como comentaba más arriba, ya habíamos comido algo en el avión. Acabamos con los bocadillos de tortilla francesa que nos habían quedado para que no se nos pusieran malos y tras una ducha rápida y acomodo de equipaje, nos fuimos a descansar, para poder madrugar y aprovechar bien el día siguiente.

Preparativos de una escapada a Berlín

A menos de una semana para irnos a los Balcanes, y aún con Marrakech por concretar, sacamos los billetes para Berlín, pues los precios estaban comenzando a subir. Prácticamente a la vez que decidimos que nos íbamos a Marrakech, hablamos de Berlín, solo que había quedado en el aire a falta de saber cuántos nos apuntábamos. Al final la cosa se quedó en tres, volvíamos a irnos con mi prima la de del Road Trip a la Costa Oeste de EEUU y de Marrakech.

Para jugar con fechas, horarios y precios compramos el vuelo de ida con Easyjet y el de vuelta con Iberia. En total, 102.06€ por persona. Estaríamos en la capital alemana desde el 6 de diciembre (llegaríamos a dormir) hasta el 12.

El alojamiento lo dejamos para finales de septiembre. Tras valorar si hotel o apartamento, finalmente concluimos que era mejor opción esto último, pues la diferencia de precio no era mucho y el apartamento nos daba más espacio y la libertad de poder cocinar (aunque fuera poco). No necesitábamos que fuera céntrico, pero sí bien comunicado y nos decidimos por uno próximo a las estaciones Schönhauser Allee, Bornholmer St y Gesundbrunnen, por lo que en apenas media hora estaríamos en la Alexanderplatz, por ejemplo. El precio total fue 514.80€ por los 6 días. Es decir, 171.60€ por persona.

Durante el mes de octubre estuvimos de lleno con los preparativos de Marrakech, así que poco pudimos mirar. Tan solo hacer listas de lo que queríamos ver para tener más o menos claro desde dónde partir a la hora de cuadrar una ruta ya en noviembre. Aunque lo teníamos complicado, puesto que tendríamos que conjugar interiores (museos y atracciones) con exteriores (visita a ciudad propiamente dicha además de los mercadillos de Navidad) y sin embargo no íbamos a tener muchas horas de luz, pues por esas fechas amanecería a las 8 de la mañana y anochecería poco antes de que dieran las 16.

Valoramos la idea de ir a Potsdam y al campo de concentración de Sachsenhausen y no sabíamos si nos daría tiempo a todo, pero por si acaso buscamos algo de información.

Al día siguiente de volver de Marrakech quedamos para concretar un poco las rutas y para ver qué reservas teníamos que hacer con tiempo. Pensamos reservar para desayunar en la Fernsehturm, pero era algo caro para un desayuno a las 10 de la mañana. Así que lo descartamos. Pero lo que sí hicimos fue solicitar acceso a la cúpula del Reichstag, diseñada por el prestigioso arquitecto Norman Foster. En nuestras anteriores visitas a Berlín nos habíamos quedado con las ganas, pues siempre había unas colas enormes para entrar. Desde 2012 hay que reservarlo previamente por internet (no se puede por teléfono), por lo que parecía más factible.

El trámite es muy sencillo. En primer lugar hay que entrar en la siguiente página y elegir la opción que prefiramos: una sesión plenaria, un tour guiado por el Parlamento + visita a la cúpula o simplemente la visita a la cúpula (gratuita).

En este caso, seleccionamos la tercera opción (Visit to the Dome) y en la siguiente pantalla el número de visitantes que vamos a ser.

A continuación escogemos fecha y horario en el que queremos acudir. Contamos con tres opciones que podemos ordenar según nuestras preferencias entre el amplio horario disponible (de 8 a 21:45 horas con una frecuencia de 15 minutos).

Finalmente, introducimos nuestros datos para que nos llegue un correo de confirmación de solicitud.

Ojo, porque después nos llegará un segundo en el que nos confirman la fecha y hora de las tres que hemos indicado. Y esto es lo que tendremos que imprimir y presentar para acceder.

En caso de no haber hecho la reserva previa, también se puede acudir a las taquillas un par de horas antes de la hora que se quiere ( o de los días siguientes) y ver si hay hueco en algún turno, pero es bastante improbable, pues siendo una ciudad como Berlín con visitantes en cualquier época del año y una atracción gratuita, al final siempre se llena el cupo.

Además de la reserva, ese día también echamos cuentas sobre el transporte y si nos merecía la pena comprar algún pase (de día, de fin de semana, semanal…) o los billetes sencillos. Al estar casi una semana, con los viajes al aeropuerto, las idas y venidas de cada día desde el apartamento, además de las excursiones Potsdam y/o Sachsenhausen nos lo dejaron claro: la opción más rentable era sacar el pase semanal de la zona ABC por 37,50€.

Dado que teníamos pensado visitar algún museo, nos planteamos también sacar la WelcomeCard, ya que costaba 9€ más que el pase semanal e incluía todo el transporte. Sin embargo, a pesar de contar con descuentos en numerosas atracciones, los museos de la Museuminseln requerían de un billete adicional; y además, habría un día que se nos quedaría descolgado, por lo que tendríamos que añadir algún billete sencillo de transporte. Así pues, descartado, porque no se adaptaba del todo. En su lugar pensábamos sacar el Museumpass, que es válido en más de 30 museos durante 72h y costaba 29€.

Y con menos de un mes para que llegara el día de embarcar nos quedaban por concretar las rutas, aunque esta vez quedaría todo bastante abierto a la improvisación. Podemos decir que llevábamos sugerencias de rutas, pues en realidad nuestros días quedarían condicionados por la climatología y las horas de luz. Teniendo claro dónde estaban los puntos de interés y cómo llegar en transporte ya íbamos encarrilados para poder elegir según saliera el sol.

Berlin, los geht’s!

Trucos viajeros: Accesorios

En otras ocasiones ya he comentado que con el tiempo he ido reduciendo mi equipaje. De hecho, por eso cada vez usamos más mochila que maleta. Sin embargo, aunque sí que soy capaz de ajustar cada vez más en cuanto a la ropa y no llevar los famosos porsiacasos, por el contrario hay otras áreas que cada vez crecen más. Como por ejemplo ocurre con la electrónica y los accesorios.

En un primer bulto solemos llevar ropa, calzado, neceser, un pequeño botiquín, kit de costura y ese tipo de cosas, pero en el segundo, que siempre va con nosotros, no pueden fallar una serie de imprescindibles:

Documentación: Esto sin duda es lo más importante, ya que es lo que va a permitir que podamos viajar. Suelo llevar una carpeta de plástico de tamaño cuartilla en la que van los pasaportes, una libreta y un boli (importante cuando tienes que rellenar el papelito de aduanas), el seguro, visado en caso de que sea necesario y el itinerario o billetes de avión. Además, en el monedero no pueden faltar las tarjetas de débito/prepago y al menos una de crédito, la tarjeta sanitaria europea (si corresponde) y el carnet de conducir (a veces se requiere el internacional).

Móvil: Sin duda hoy en día ya no es que sea imprescindible para viajar, sino en nuestro día a día. No solo es teléfono sino cámara, GPS, linterna, despertador, calculadora, y además nos da acceso a internet y por tanto a múltiples apps que nos facilitan la vida (algunas funcionan offline) como traductor, pronóstico del tiempo o cambio de divisa entre muchas otras.

Tras la eliminación del Roaming en Europa lo tenemos más fácil para poder navegar en el extranjero, pero para cuando no hay, además valoraríamos llevar una SIM local.

Batería externa: Dado que seguramente estemos todo el día de acá para allá y tirando de mapas, cámara y demás aplicaciones, llevar una batería externa es otro de nuestros imprescindibles. Hace años nos compramos una normalita, pero como los móviles van exigiendo cada vez más carga y además rápida, nos hicimos con una segunda mucho más potente (22.400mAh). Eso sí, también pesa más.

Es recomendable que sea mínimo de 10.000mAh y que tenga varios puertos usb tanto para cargarla como para alimentar a varios dispositivos a la vez. La potencia también es importante. Lo suyo es que de salida fuera mínimo de 5V 2.4A.

Cables usb: Antes los móviles venían con un cargador completo, hoy sin embargo, según el modelo, puede que traiga un cargador en dos (cabeza y cable) o únicamente el cable. Obviamente lo vamos a necesitar para cargar nuestro dispositivo, por lo que no nos puede faltar en nuestro equipaje. Eso sí, me gusta llevarlos de al menos un metro, porque no siempre sabes lo cerca que vas a tener el enchufe.

Cargador puertos usb: El blanco sobre estas líneas es perfecto para cargar varios dispositivos a la vez, o uno que necesite varios puertos, como la batería. Es compacto y su potencia es de XX.

Adaptador de corriente universal: Tremendamente importante. Ya no solo por el adaptador en sí, sino porque el nuestro incorpora también un par de puertos usb, por lo que podemos cargar 3 objetos a la vez. Perfecto para la noche, o para un vuelo largo. Cuenta con las configuraciones de enchufes más comunes, por lo que se puede usar tanto en Reino Unido (tipo G) como en EEUU, Japón o Australia (tipo I). En la Europa continental predomina el C (Francia usa el E, que tiene un pitorro que sobresale), por lo que no suele haber problema, y con llevar el anterior tendríamos suficiente.

Para llevar todos los cables, cargadores y accesorios localizados, recogidos y organizados, compramos hace poco una especie de maletín con compartimentos.

En la parte que sirve de tapa lleva unas gomas donde se pueden enganchar auriculares, cables y ese tipo de objetos; mientras que en la parte más grande podemos distribuir el espacio al gusto gracias a unos separadores acolchados con velcro en sus extremos. Muy pero que muy práctico.

Ordenador: antes no pensaba que fuera necesario, pero al hacer tantas fotos, acaba siendo uno de los imprescindibles para hacer copias de seguridad, sobre todo en viajes largos. No se vino con nosotros ni a Balcanes, ni a Marruecos ni a Berlín, por ejemplo, porque era añadir un peso innecesario.

En ocasiones también llevo conmigo un disco duro externo de 2.5″ para hacer copias de seguridad, sin embargo, últimamente tiendo a subirlas a la nube. Ahorramos espacio, reducimos peso y evitamos posibles daños por el movimiento.

Cámara de fotos y accesorios: Antes nos llevábamos la cámara compacta con sus tarjetas y baterías, quizá el trípode moldeable y poco más. Ahora llevamos la Nikon D5300 con sus tarjetas, cargador y batería, el zoom 18-55 (de momento el 50mm no le he dado mucho uso), los filtros, el trípode pequeño, el trípode grande y según la ocasión, la funda estanca.

También llevamos el palo selfie, práctico para cuando no tienes a nadie que te haga una foto o no te apetece andar montando el trípode. Fácil y rápido.

Entretenimiento: No puede faltar en mi bolso o mochila de mano el kindle (larga vida desde 2012), música y auriculares, sobre todo para viajes largos en los que de vez en cuando apetece sentarse a descansar y leer un rato. También para largos trayectos en bus, tren o avión, claro.

Aislamiento: También puede ocurrir que queramos echar una cabezadita en estos viajes largos, sobre todo si viajamos en dirección este. Sin embargo, no siempre es fácil dormir en un asiento estrecho, con ruido y luz. Por eso conviene llevar a mano tapones, antifaz y almohada.

Un nuevo descubrimiento es la Almohada Trtl, mucho más ergonómica que las típicas con forma de U. Consta de una parte dura que sujeta la cabeza y una segunda parte que se enrolla en el cuello a modo de bufanda, pesa apenas 140g y su funda es lavable.

Seguridad: Generalmente forramos con film transparente las maletas, para que no se dañe con los roces y golpes en su transporte, pero además, para nuestro último viaje a EEUU compramos un par de candados TSA. Este tipo de candados que a priori no tienen mucha historia (un candado con código sin más) están homologados por la Transportation Security Administration, por lo que si quieren comprobar tu equipaje no te destrozarán el cierre, ya que tienen una clave maestra.

Añadir la correa una vez que ya lleva el candado no tiene mucho sentido, pero sí cuando la maleta va un poco llena y te interesa que quede bien compacta, o para identificarla, si es muy del montón.

Otros accesorios: Además, no puedo viajar sin una mochila o bolso más pequeño. Es decir, por un lado está el equipaje, pero luego para el día a día conviene llevar algo más ligero donde llevar una botella de agua, algo de picoteo, la funda de la cámara de fotos, la documentación, dinero, llaves, un pequeño neceser para un aseo rápido, bolsas de tela por si haces alguna compra…

Así listado parece mucho, pero en realidad se trata de objetos que llevaríamos en nuestro día a día como documentación, dinero, móvil… solo que añadiendo ordenador, cámara de fotos y cables. En realidad todo cabe en una mochila de 30L, que como digo, va siempre con nosotros bien localizada.

Trucos viajeros: Elegir Mochila

Nuestro tipo de viaje suele ser bastante itinerante tomando buses, trenes, metro, moviéndonos por las ciudades o la naturaleza y por eso cada vez usamos más la mochila. En los últimos 8 viajes solo hemos llevado maleta al crucero y al Road Trip. En el primer caso elegimos esta opción por el tipo de prendas que íbamos a llevar, que necesitaba de mejor espacio para no arrugarse, mientras que en el segundo porque necesitábamos más espacio para la ropa de 15 días y lo que pudiéramos comprar. Además, en este último la maleta nos daba una mejor accesibilidad a la ropa cuando cambiábamos cada 2-3 días de alojamiento.

Otro motivo es que en ambos casos apenas tendríamos que cargar con el equipaje (prácticamente solo el día de llegada y el de vuelta).

Pero en el resto de viajes (los otros seis) bien por el destino, por la movilidad, por ahorrar la facturación o porque la duración era inferior a una semana, hemos recurrido a la mochila. O mochilas, pues tenemos varias de diferentes tamaños y calidades (con el tiempo vas descubriendo qué es lo que te va mejor=. Las dos principales que sirven para ver los pros y los contras son una de 30L y otra de 50L, ambas de decathlon que ya están descatalogadas, pues tienen cerca de 20 años. Aunque ahí resisten como el primer día.

La que más amortizada está es esta de 30L. Es una mochila sencilla pero muy completa. Tiene un tamaño que hace que sirva tanto para el día a día como para una ruta de treking o como equipaje de mano para una escapada de unos días.

No tiene muchos bolsillos, pero tiene uno interior que ocupa toda la parte trasera y que viene muy bien para guardar documentos (o el portátil). En su parte exterior, en el frontal, hay otro bolsillo más accesible gracias a una cremallera vertical. Es práctico, pero lógicamente esta accesibilidad lo hace poco seguro. En cualquier caso es útil para llevar otros objetos de menor valor pero que necesitaremos en el viaje (pañuelos, auriculares de repuesto, un boli, bolsas de tela…). Además, cuenta con una salida para los cables de los auriculares (de la época en que se llevaba el reproductor de música dentro de la mochila), dos bolsillos laterales enrejados, una goma para sujetar una botella y un gancho muy práctico para que cuando te cuelgas una bolsa al hombro no se escurra.

La tela es resistente (lleva mucha tralla a sus espaldas y ahí sigue) y cuenta con una funda impermeable que se pliega en la parte baja de la mochila y que nos ha salvado el día en más de una ocasión (sin ir más lejos Utrecht o Génova).

La espalda está acolchada y tiene un sistema de transpiración, importante cuando la vas a llevar mucho tiempo encima. También están reforzadas las tiras y el cinturón, que además lleva unos bolsillitos en los que no cabe mucho, pero que tampoco vienen mal.

En definitiva, sus características la convierten en una mochila bastante completa. Aún así, a mí me viene algo grande, sobre todo porque es unisex y no se ajusta a mi anatomía correctamente. Para una postura correcta el cinturón debería quedar en la cadera, no dejando que la mochila caiga más de esa posición. Sin embargo, si me la ajusto así, me sobresale del cuello. En cambio, para alguien de más de 1.65 sí que se adapta bien. En mochilas más grandes sí que hay variedad anatómica y se pueden encontrar mochilas de hombre y mochilas de mujer. Estas últimas por ejemplo suelen tener una espalda más estrecha y corta, un cinturón que se adapta a las caderas y unas cintas superiores que tienen en cuenta el pecho. No obstante, pese a lo que diga la teoría, como cada persona es diferente, lo mejor es probarse varias para saber cuál se nos adapta mejor a nuestra fisionomía y a nuestro uso.

Otra consideración a tener en cuenta es la recomendación de que el peso total de la carga de la mochila no supere el 15-20% del peso corporal. Así, para mujeres lo óptimo sería oscilar entre 45 y 60L y en el de los hombres de 60 a 80 L. En mi caso, en mis días de acampada, me compré una de 50L, algo en teoría dentro del rango. Sin embargo, hoy, si tuviera que comprarme otra, no pasaría de los 40-45, porque esta resulta enorme. Al menos cuando no llevo el saco, claro, pues mi saco de -10º ocupa bastante.

Esta segunda mochila la usamos cuando nos vamos de interrail (o similar) y vamos a estar moviéndonos bastante. Es decir, cuando sabemos que empezaremos el día en una ciudad y acabaremos en otra, y que por tanto tenemos que llevar con nosotros nuestras pertenencias. Resulta muy práctica pues nos sirve para la ropa, el calzado y los productos de higiene de dos personas para una semana dejando la de 30L para la electrónica y documentación.

El material de la mochila es resistente, con sus costuras reforzadas y sus cremalleras fuertes. Aunque no tiene la funda impermeable, me gusta de esta mochila que se abre tanto por arriba como por abajo. La parte inferior parece estar indicada para meter el saco de dormir, pero es muy práctica también para meter las botas y la ropa sucia. En su interior, hay una separación mediante un trozo de tela con un agujero y un cordón que lo cierra, con lo que se puede guardar el equipaje considerándolo como dos partes o como una única.

Además, una cosa que me gusta mucho de esta mochila es que tiene una cremallera principal con forma de U invertida, por lo que se puede abrir casi por completo y permite ver su interior. Así, es fácil localizar lo que se está buscando. En sus laterales tiene redes muy útiles para guardar una botella o el paraguas y en la parte frontal una goma entrelazada que la verdad es que creo que hemos usado poco.

La espalda, el cinturón y las tiras están acolchadas, sin embargo no transpira mucho. Cuenta también con bolsillos en el cinturón y mejor aún, en los laterales del cuerpo. Son enormes y resultan muy útiles para guardar el botiquín o la bolsa de aseo con los botes de pie. Cuando estás en continuo movimiento, necesitas acceso a las cosas que usas todos los días, y sin duda, poder tener los productos de higiene a mano, es un plus. Además, así no se mezclan con la ropa y si hay un accidente, no acaba todo perdido.

En la parte superior, en la tapa, tiene además otro bolsillo bastante grande, que viene bien para aquellos objetos que queremos tener a mano pero no demasiado a la vista. Además, se le puede enganchar un aislante gracias a las cintas.

Esta mochila permite repartir el peso gracias a su distribución. Así, guardando el calzado en la parte inferior para que quede estabilizada, encima podemos colocar la ropa de mayor peso (generalmente los pantalones y sudaderas) para que quede lo más cerca posible de nuestro centro de gravedad. Sobre esto ya iría lo demás (camisetas y ropa interior). Los bolsillos quedarían para aquello que se va a usar más, ya que además de tener en cuenta la distribución del peso para que su transporte sea lo más cómodo posible, no nos podemos olvidar de nuestras necesidades.

Y por eso, aunque hay consideraciones básicas como las calidades, lo mejor es comparar varias mochilas, simular cómo nos encontramos con ellas a nuestra espalda y valorar cuál es la que mejor se ajusta a nuestra forma de viajar. No es un proceso fácil, pero mejor dedicarle tiempo antes de comprar la primera que veamos y luego arrepentirnos.

Trucos viajeros: ¿Viajar con mochila o maleta?

Hace años asociaba la mochila con el interrail o ir de camping. Para todo lo demás, maleta. Sin embargo, con el tiempo y los viajes, la percepción ha variado y cada vez soy más de mochila. Aunque lógicamente sigue habiendo situaciones y situaciones. Como todo, tanto una opción como otra tienen sus ventajas e inconvenientes.

Ventajas de viajar con mochila:

Comodidad y facilidad de movimiento: A priori no puede parecerlo porque hay que cargar con ella, pero se adapta al cuerpo y el peso queda repartido. Además, hay en muchos destinos en los que es más fácil moverse con mochila en la espalda que arrastrando una maleta de ruedas. Por ejemplo, da más libertad de movimiento ante escaleras, cuestas empinadas o terrenos desiguales como calles empedradas. Es más fácil correr para no perder un tren o un bus con una mochila a cuestas que tirando de una maleta mientras intentas no atropellar a nadie. Y además deja las manos libres.

Ligereza: No solo las mochilas pesan menos, sino que como hay que cargarla (desde el punto de vista de la salud se recomienda que no supere el 15-20% del peso corporal), somos un poco más selectivos a la hora de llenarla. No hay espacio para los porsiacasos. Aunque hay que reconocer que este aspecto también es algo que tiene mucho que ver con la práctica.

Se puede evitar la facturación: Se puede viajar con una mochila como equipaje de mano si se sabe empacar bien. Sí, sí, cabe más de lo que parece. De esta moda se elimina el factor riesgo de que te pierdan el equipaje, pues va contigo. Volviendo de Bombay a Mahé con Air Seychelles aprendimos que la combinación bolso (incluso grande) + mochila canta menos que mochila + maleta. Los dos que llevaban una maleta de cabina además de su objeto personal, tuvieron que facturarla.

Flexibilidad: Como suelen ser de tela, son más fáciles de adaptar bajo un asiento, en un compartimento superior o en una taquilla. De hecho, en ocasiones, cuando el vuelo va muy lleno, suelen dejar pasar primero a los que llevan mochila porque como la pueden meter debajo del asiento delantero, no obstaculizan el pasillo ni llenan los compartimentos superiores. Nos pasó en la ida a Riga.

Para los que no llegamos a los maleteros de los aviones es además una ventaja, pues te evitas tener que pedir ayuda para subir el equipaje y, mejor aún, para bajarlo, que sale todo el mundo por patas.

Adaptabilidad: No solo se adapta al cuerpo, sino que lo hace a las necesidades. Una mochila se puede compactar más si va más vacía o extender si va más llena. Además, como suele llevar compartimentos y bolsillos, amplía la capacidad.

Sencillas de reparar: Dado que suelen ser de tela, si tiene un enganchón o un roto se puede solucionar con un parche. De la misma manera, tanto las cremalleras como los amarres pueden ser sustituidos. Aunque esto último quizá no podamos hacerlo nosotros mismos y haya que llevárselo a alguna costurera o servicio de reparación. Pero en cualquier caso, tiene una solución sencilla.

Desventajas de viajar con mochila:

No son para todo el mundo: Por ejemplo, no son recomendables para personas con dolencias de espalda.

Tampoco para todo tipo de viajes: Depende del contenido del equipaje y del tipo de prendas que necesitemos para el viaje (por ejemplo de negocios o en que se requiera llevar traje/vestidos).

Protección: Al ser flexibles el contenido puede verse dañado al no ir igual de protegido.

Accesibilidad: Si solo tienen cremallera superior, es más incómoda a la hora de buscar lo que necesitamos. Aunque esto se puede solucionar con una mejor planificación poniendo abajo del todo lo de menos uso y arriba lo más frecuente. Pero no siempre es posible porque ha de primar el equilibrio del peso.

Compra: Una buena mochila no se encuentra en cualquier sitio, sino que hay que buscar en una tienda un poco especializada.

Ventajas de viajar con maleta:

Facilidad de empaque: Al ver el espacio de un solo vistazo, es más sencillo empacar. Meter y cerrar.

Interior maleta

Protección: al ser más duras y constar de una estructura más sólida, el interior queda mejor protegido.

Menos arrugas: Aunque ya está muy extendida la costumbre de enrollar la ropa para aprovechar mejor el espacio, hay prendas como una americana o un vestido que necesitan ir estiradas. En este caso, la mejor opción es la maleta.

Se puede arrastrar/empujar: No hay que llevar nada encima, sino que se puede arrastrar. En caso de que además las ruedas giren 360º (recomendable), se pueden empujar, que es mucho más cómodo.

Maleta Blanca

Accesible: Al igual que a la hora de empacar, abriéndola se tiene todo a la vista y se encuentra mejor lo que se busca.

Precio y disponibilidad: Son fáciles de encontrar y hay ofertas incluso en los supermercados.

Desventajas de viajar con maleta:

Peso: Como llevan estructura ya de por sí, vacías, pueden llegar a pesar un par de kilos. A nada que la cargues, te plantas fácilmente en los 15-20. Y como además no se llevan encima, acabamos echando más de lo que necesitamos.

Movimiento limitado: Resulta incómodo moverse con una maleta por un territorio irregular como calles empedradas, con arena o barro, o subirla a pulso al tren… Además de que obliga a llevar al menos una mano ocupada.

Complicadas de reparar: Si sufren un golpe y se parte una rueda, o no funciona el asa extraíble prácticamente tendrás que buscar una nueva porque será una odisea moverse con ella.

Dimensiones fijas: el hecho de ser de un material rígido hace que no siempre entren en un compartimento o taquilla (o los cajones de prueba de las aerolíneas). Por muy vacía que vaya, sus dimensiones son las que son.

Hay un término medio que es el de las mochilas de ruedas, algo similar a las escolares, pero en formato viaje. Se pueden tanto arrastrar como llevar a la espalda. Aunque realmente este último uso queda limitado a momentos puntuales, ya que al llevar la estructura acaba haciendo daño. Además, no son ergonómicas y no están optimizadas para que el peso quede repartido y se pueda cerrar bien en torno al pecho y cintura. Yo no les veo mucho sentido. Y me quedaría con maleta o mochila según la ocasión.

La elección entre una opción u otra es algo muy personal y depende de cómo cada uno se sienta cómodo. Pero aún así, lo ideal sería elegir una maleta cuando los traslados van a ser sencillos (tanto por las infraestructuras o el medio de transporte como por el entorno), cuando se necesita llevar un equipaje especial (negocios o eventos con cierta etiqueta) o cuando no se puede o quiere cargar peso en la espalda. La mochila por su parte es perfecta cuando el viaje está abierto a la improvisación, cuando se viaja en transporte local con bastantes desplazamientos (buses, trenes, tuk-tuks…) o cuando se está en continuo movimiento no regresando a un alojamiento fijo y conviene llevar el equipaje a cuestas. Pero sobre todo, hay que olvidar los prejuicios y abrir la mente.