Trucos Viajeros: Consejos para hacer un Road Trip

En las últimas entradas he hablado mucho sobre los lugares que hemos visitado durante el viaje, pero no sobre el Road Trip en sí, una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida. Sin embargo, antes de echarse sin más a la carretera, hay que tener en consideración los pros y los contras así como algunos detalles organizativos.

Entre las ventajas encontramos sin duda la libertad que nos da para poder configurar un itinerario con su hora de salida y llegada de cada día, las paradas a realizar, los desvíos improvisados que puedan surgir… A diferencia de en un viaje organizado o en bus o tren, no dependeremos de la disponibilidad del transporte, los horarios, precios o conexiones. Es decir, se puede planificar una ruta más ambiciosa.

Sin embargo, no todo son ventajas, también tiene algún inconveniente, como por ejemplo largas etapas con paisajes monótonos que hacen que la conducción sea aburrida, encontrarse con algún atasco, tener alguna avería o imprevisto, comerse alguna multa e incluso perderse. Además, una vez llegamos a destino hay que aparcar el coche, y no siempre es fácil. En según qué lugares puede llevar a la desesperación.

Aún así, que no cunda el pánico, pues la mayoría de estos contras tienen sencilla solución: la monotonía se soluciona con buena compañía y alternando entre conductores, los atascos con paciencia y buena música, las averías con un seguro y las multas siendo precavido al volante. Lo de perderse… pasa, tarde o temprano, por mucho GPS o mapa. No es difícil acabar pasándose una salida. En cuanto al parking, lo mejor es coger un alojamiento en el que se pueda aparcar y desde ahí moverse en transporte público local o a pie.

Pero empecemos por el principio, ¿qué hay que tener en cuenta antes de echarse a la carretera?

DESTINO

Parece una tontería, pero no siempre es recomendable viajar así. A veces porque se trata de demasiados kilómetros de un punto a otro por carreteras aburridas. Otras veces por las condiciones de las carreteras (ya sea desde el punto de vista meteorológico, o por el estado general del asfaltado). Hay que valorar todas las opciones de transporte disponibles y comparar.

ELECCIÓN DE VEHÍCULO

Puede que se trate del coche propio o, lo más frecuente, que lo vayamos a alquilar. La primera opción yo la recomendaría para pequeñas escapadas, puesto que meterle muchos kilómetros al vehículo particular supone un desgaste importante. Sea como fuere, convendría hacer una revisión para comprobar el estado del coche (luces, limpiaparabrisas, presión de los neumáticos, liquido de frenos y nivel del aceite).

Si se elige la segunda opción hay que tener en cuenta el tipo de viaje que queremos hacer, los integrantes, el presupuesto que tenemos… Merece entrada aparte, pues son muchas cuestiones las que hay que valorar.

DOCUMENTACIÓN Y NORMAS DE CIRCULACIÓN

Si el vehículo es propio hay que revisar que se lleva la documentación en orden (incluido el seguro de viaje). Y por supuesto, averiguar si en el país de destino se precisa del carnet de conducir internacional. Adicionalmente, conviene conocer las normas de tráfico locales tales como las velocidades máximas permitidas, el tránsito en los cruces o las particularidades del aparcamiento. Por supuesto también es importante saber si se circula por la derecha o por la izquierda.

¿PLANIFICAR LA RUTA O IMPROVISAR?

Esto es algo bastante personal. En mi caso prefiero llevar siempre una ruta planificada con un comienzo y un fin así como con paradas intermedias de interés. No obstante, eso no implica que no quede lugar para la improvisación. Hay sin embargo quien prefiere viajar sin nada cerrado e ir decidiendo cuándo dar por concluida la etapa sobre la marcha. A gusto del viajero.

En cualquier caso, no está de mal plantearse grosso modo las etapas, sobre todo si se depende de querer realizar alguna excursión o actividad o hay que acabar en un determinado lugar para tomar un vuelo de vuelta. Por ejemplo, no es recomendable dejar atracciones o lugares muy turísticos para los fines de semana, pues puede que nos lo encontremos demasiado saturados e incluso que el precio sea más caro. Así, conviene anotar una lista de cosas por hacer/visitar con sus horarios (ojo con los días de cierre) y precios (los museos suelen contar con días gratuitos), calcular las distancias y estado de las carreteras, si hay peajes, puertos o cruce de fronteras, dónde sale mejor dormir y comer… y en base a esto, planificar un itinerario con sus etapas, aunque sea orientativo y quede abierto.

Además, tener una mínima planificación sirve para hacernos una idea del presupuesto, pues podemos calcular el gasto en carburante, peajes, entradas, alojamientos, comida…

INTEGRANTES

Es algo que se decide al principio de la planificación y que influye en el tipo de vehículo que vamos a llevar, como ya decía. Es importante elegir bien los compañeros de viaje, sobre todo porque son muchas horas juntos y conviene que todo el mundo esté en la misma onda. No tiene necesariamente que significar que todo el mundo quiera hacer las mismas cosas, pero sí que haya algo de sintonía y afinidad. Tienen que estar de acuerdo en cuanto al presupuesto y a las intenciones generales del viaje (si es de playa, de montaña, de andar mucho, de visitar museos…), si no, habrá un conflicto constante. Lo mejor es llegar a un punto de confluencia al principio de toda la planificación y crear una clara hoja de ruta. También conviene aclarar varios puntos antes de meterse en un habitáculo durante horas, como por ejemplo si se fuma o no, quién gestiona la música, quién se encarga de hacer de guía, quién conduce…

Y esto es también relevante. Cuantos más conductores mejor, ya que permite repartir las horas de conducción y que no aparezca la fatiga. A no ser que haya alguien al que le guste especialmente conducir o que las etapas sean generalmente cortas.

De todas formas, como en todo trabajo en equipo, lo mejor es aprovechar las virtudes de cada integrante para cada una de las responsabilidades del viaje y así repartir las tareas y que todo el mundo sea útil durante el viaje.

GPS Y MAPA

Aunque le quita algo del espíritu aventurero, es recomendable llevar un GPS. Bueno, quien dice GPS, dice móvil con alguna app de navegación, especialmente aquellas que permiten descargarse los mapas y funcionar offline para no gastarse los datos. No obstante, en según qué viajes podemos encontrarnos con que no hay señal de nada: ni cobertura, ni datos, ni ubicación… así que por si acaso, conviene echar también el típico mapa de carretera de toda la vida (o llevar la ruta impresa en papel)

APPS Y TECNOLOGÍA

Además de llevar instalado el navegador en el móvil (o los móviles), hay que tener en cuenta otras apps que pueden ser de utilidad como las que avisan del tráfico, de la previsión meteorológica, las de comparativas de precios de gasolineras, las de reservas de alojamiento en caso de que no se hayan cerrado previamente… Hoy en día somos un poco esclavos de la tecnología, pero hay que reconocer que también nos facilita la vida en muchas ocasiones.

Por supuesto, a más uso del terminal, mayor consumo de batería, por lo que mejor no olvidarse de llevar alguna batería extra, así como cargadores. En los coches modernos ya contamos con puertos usb, pero a veces nos tendremos que conformar con el mechero, así que un adaptador no viene de más.

Cuestión aparte es la cámara de fotos y sus accesorios. Es impensable hacer un viaje de este estilo y no llevar una cámara para captar la aventura.

ENTRETENIMIENTO

Para llenar las horas en tránsito está por supuesto la conversación. Pero a veces también apetece callarse y observar el paisaje. O incluso echarse una cabezadita. También se puede aprovechar para ver alguna serie o película en la tablet, móvil u ordenador, o leer. Los que usamos el transporte público a diario sabemos lo mucho que cunde la lectura en esos trayectos diarios. En coche sin embargo hay quien se marea. En cualquier caso, llevar un libro (en papel o electrónico) nunca está de más, ya no solo para el tiempo en movimiento, sino para los momentos de relax al final de la jornada. O mientras esperas a que el resto se vaya preparando por la mañana… Sé de uno que en los 15 días del Road Trip por la Costa Oeste se leyó el primer libro de Juego de Tronos…

Obvio es que para tantas horas en coche no puede faltar la música. También hay mil apps en las que crear una lista con canciones para todos los gustos. Nosotros en este último viaje aprovechamos el mes de prueba sin anuncios y con reproducción offline de Spotify. También tiramos de podcasts. Está la radio también, claro, pero nos puede pasar como con el GPS y que en según qué lugares no captemos ni Radio María.

COMIDA Y BEBIDA

Dado que vamos a pasar muchas horas dentro del coche, a veces con etapas largas o en las que no hay nada de interés entre el punto A y B, es aconsejable llevar siempre algo de picoteo.

Nosotros intentamos llevar siempre algo dulce y algo salado. Lo típico que viene a la mente es lo menos saludable: golosinas, chocolate, patatas fritas, sándwiches de a saber qué… Es verdad que es lo más socorrido porque viene envasado y tiene bastante caducidad. Sin embargo, no está de más llevar algo de fruta o frutos secos para no acabar con dolor de tripa. Además, ojo con lo que se come, pues si da sed y hay que beber mucho, luego también hay que cambiar el agua al canario, y no siempre es factible hacer una parada.

Algo muy útil es llevar una nevera portátil. No hace falta que sea la típica rígida de camping, las hay también de tela, plegables, que se pueden llevar en la maleta y sacar cuando sea necesario. Comprando hielo en una gasolinera (o si es en EEUU gratis en cualquier hotel/motel de carretera) puedes mantener refrigerada al menos la bebida.

Eso sí, para una mayor comodidad dentro del habitáculo, mejor ser limpios y no acabar con el suelo lleno de restos de comida y los bolsillos de las puertas llenos de envases, plásticos, servilletas…

Aparte del picoteo, conviene anticipar el tipo de etapas que vamos a hacer para saber si vamos a poder parar por el camino para comer, o por el contrario habría que comprar algún plato preparado que se pudiera comer en frío en un área de descanso (ensaladas, sándwiches, hummus/guacamole, latas de conserva…). Para ello, en previsión, hay que llevar a mano cubiertos, bolsas de basura para recoger los desperdicios y servilletas o toallitas para poder limpiarnos antes y después de comer.

Si se viaja con una furgoneta camperizada o una autocaravana esto es mucho más sencillo, claro, ya que al contar con camping gaz o cocina, se tiene mucha más autonomía y se podría incluso cocinar algo más elaborado. Pero contando con un coche o suv, o paramos en algún área de servicio o población intermedia, o nos tendremos que apañar con algo frío en un apartadero de la carretera.

EQUIPAJE

A ver, que estamos añadiendo muchas cosas, y al final, como no llevemos mucho maletero, nos estamos comiendo el espacio. En cualquier caso, para reducir el peso en el coche, y con ello el consumo de combustible, conviene viajar lo más ligero posible. Hay que olvidarse de los porsiacasos y buscar prendas versátiles y cómodas. Si va a ser un viaje largo, es mejor buscar un alojamiento con lavadora o una lavandería pública que ir cargados con 15 mudas de varias personas. Además, se puede ahorrar espacio compartiendo entre varios o todos los integrantes productos como crema solar, líquido de lentillas, gel, champú, pasta de dientes… y así no llevar cada uno mil botes. Lo mismo para un botiquín, es preferible hacer una lista y preparar uno entre todos. Y aún así, al final es inevitable acabar llenando el coche hasta los topes.

Por cierto, que algo que no puede faltar en el equipaje son unas gafas de sol. Habrá veces que el sol lo llevemos a la espalda, pero en el resto de los flancos, en según qué horas del día, puede llegar a ser muy molesto. Y si conduces, más aún.

OTRAS RECOMENDACIONES

Uno de los primeros aprendizajes de nuestro primer Road Trip por Estados Unidos fue que hay que procurar llevar el depósito de carburante lleno y repostar siempre que se dé la oportunidad, ya que puedes tirarte kilómetros y kilómetros (o millas y millas) sin ver una estación de servicio.

De todas formas, aunque seamos precavidos, podemos tener otro tipo de incidencias, así que conviene llevar a mano un móvil disponible. En Europa tras la eliminación del Roaming, seguramente funcionemos con el nuestro, pero en caso de salir de estas fronteras, es mejor hacerse con una tarjeta prepago. Y no hay que pensar en lo peor, pero por precaución mejor si informamos a familia o amigos de nuestro itinerario, por si ocurriera algo.

Algo que parece una tontería es la cuestión económica. Seguramente que llevemos tarjetas y en general para el viaje nos funcione bien, pero hay pequeños gastos como los peajes o los parquímetros para los que conviene llevar algo de efectivo. Y si es calderilla, mejor.

No obstante, también es aconsejable llevar algún billete de mayor importe, porque hay veces que las máquinas de las gasolineras no aceptan tarjetas extranjeras.

Por supuesto, sobra decir que es preferible mantenerse dentro de los límites de la ley en lo que a conducción se refiere. Y además, tener en cuenta las recomendaciones generales de descanso, nada de consumo de alcohol, ni de comidas muy copiosas que causen somnolencia o medicamentos contraindicados. Nada nuevo, vaya. De todas formas, lo mejor es llevar siempre un seguro de viaje que incluya cobertura de accidentes.

Por lo demás, un Road Trip es desconexión y vivir cada momento. No solo importa dónde vas a parar, sino lo que recorres por el camino. Se puede configurar de muchas maneras (improvisado, planeado, durmiendo en hoteles, en campings, en el propio vehículo, comiendo en el coche o en restaurantes locales….), pero está claro que sea como fuere, es toda una experiencia. Y no hace falta irse a la otra punta del mundo o elegir una ruta icónica, porque al final, un Road Trip es un viaje sobre ruedas y carreteras, hay muchas y con diversas historias que contar.

Conclusiones del Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá

Y tras concluir el viaje toca volver la vista atrás y hacer un repaso no solo para recordar lo bueno, sino también para tomar nota de lo que se puede mejorar en futuras planificaciones. No era nuestra primera vez haciendo este tipo de viaje por Norteamérica, pero cada una de ellas es diferente. Sí que es cierto que la experiencia de 2012 nos facilitó la organización en cuanto a la hora de contratar seguro, de reservar un coche (teníamos una idea de qué tipo de vehículo necesitábamos para cuatro personas – y su equipaje-), de elegir alojamiento (muy a favor de las habitaciones cuádruples) o de saber cómo organizarnos con las compras o comidas; sin embargo, esta vez teníamos algunas novedades, como el paso de la frontera (dos veces). No obstante, al final fue todo más o menos rodado desde principio a fin.

Nos salió bien la elección de vuelo, pues nos ahorró bastante tiempo a la llegada. Ya que haces escala, mejor que sea productiva y poder pasar el preclearance. Además, no se forman tantas colas en el control de inmigración como directamente en suelo estadounidense (físicamente hablando).

En cuanto al vehículo, habíamos pedido un Ford Edge, y sin embargo nos dieron un Explorer, que es un poco más grande. Cuando nos lo entregaron en Chicago nos parecía enorme y pensábamos que iba a ser demasiado, puesto que quedaba bastante espacio libre de maletero. Sin embargo, a medida que avanzaba nuestro viaje e íbamos separando ropa sucia de limpia y comprando comida o ropa, se fue llenando y llegamos a Boston con cada hueco ocupado, por lo que al final agradecimos el cambio.

Cierto es que a mayor vehículo, mayor consumo, porque otra cosa no, pero en Estados Unidos los coches consumen una barbaridad (el nuestro estaba en una media de 16,8 millas por galón – unos 14 litros a los 100 -). También es verdad que el combustible es algo más barato (unos $3 por galón – a Euro el litro), pero con la tontería vas sumando.

Nosotros acabamos haciendo 1820 millas (unos 2930 kilómetros), que no es moco de pavo, sobre todo si tenemos en cuenta lo aburridas que son las carreteras por aquellos lares (salvo si es entrada o salida de una gran ciudad, que se vuelve algo más estresante). Algo que ya habíamos vivido en el viaje anterior es que las normas de tráfico en Estados Unidos son un tanto diferentes con respecto a nuestro país. Cierto es que podemos conducir con nuestro carnet internacional, pero nos encontraremos con normativas que difieren así como señales que son desconocidas para nosotros (lo cual no nos exime de su cumplimiento). No obstante, en general tanto la normativa como los paneles informativos y el sistema de carreteras siguen una lógica bastante sencilla. No hay que olvidar que estamos en un país en el que usan coches automáticos. Por cierto, conviene recordar a qué corresponde cada letra: P (parking) para aparcar, R (reverse) para marcha atrás, N (neutral) es punto muerto y D (drive) para conducir.

Así, las carreteras están organizadas de la siguiente manera: mientras que las impares discurren de norte a sur (desde la I-5 que va a lo largo de la costa del Pacífico hasta la I-95 en la costa del Atlántico), las pares atraviesan el país de este a oeste o viceversa (comenzando en la I-8 cerca de la frontera con México hasta la I-94 cerca de Canadá).

Pero además, para saber si nos estamos incorporando en el sentido correcto, se indica el punto cardinal. Mucho más sencillo que si apareciera únicamente el nombre de una ciudad que no sabemos ni ubicar en un mapa.

Y es que aunque hay señales con simbología, en Estados Unidos predominan los carteles con escritura. Es común encontrarse con paneles de Right lane must turn rightExit only, Yield, No passing zone, One Way o U Turn, así como ver la normativa escrita cuando cambiamos de un estado a otro para recordar el uso del cinturón, la prohibición de conducir bajo los efectos del alcohol o las velocidades máximas.

Hay que recordar que no en todos los estados tienen los mismos límites de velocidad. Suele oscilar entre las 65, 70 o 75 millas por hora. Y tampoco es igual para todos los tipos de vehículos.

En ciudades baja a 25 mph y en zona residencial a 15. Eso sí, los radares fijos no son comunes, suelen ser móviles, o lo que viene a ser lo mismo un coche de la Highway Patrol o State Patrol escondido entre los arbustos. Por suerte no nos pararon, aunque sí que vimos alguno en nuestro viaje.

No obstante, conducir por autopistas en general no tiene mayor complicación. Las carreteras están bien peraltadas, suelen tener pocas curvas y los carriles son bastante amplios. Puede sorprendernos ver megacamiones adelantando a otros megacamiones o coches que remolcan a otros. En ocasiones son pickups o furgonetas las que tiran, pero hemos llegado a ver vehículos más pequeños, como un simple sedán.

En ciudad la cosa cambia algo más con respecto a nuestro país. Al igual que en carretera es más fácil orientarse, ya que en las grandes avenidas se le añade el punto cardinal. Pero es que además los letreros están bien visibles antes de girar (cerca de un semáforo o señal), con lo que puedes seguir las indicaciones del GPS aunque no conozcas los nombres de las calles.

Además, los semáforos también se hacen notar, quedando ubicados al otro lado del cruce en que nos paramos.

De esta forma no solo quedan visibles para los que lo tienen en su sentido de marcha, sino para los que también están en los laterales, ya que en Estados Unidos está permitido girar a derecha o izquierda cuando tu semáforo está en rojo, pero está en verde para la dirección a la que te quieres incorporar. Siempre que no te vayas a estampar con nadie y que no haya una señal expresa de No turn on red, claro. En Europa para regular este tipo de movimientos recurrimos a las rotondas, pero allí no triunfan mucho. De hecho, la única vez que nos encontramos un flujo circular se había montado un buen atasco porque no parecían saber incorporarse e incluso se paraban dentro de la glorieta para dejar pasar a los demás. Tienen otro estilo de conducción sin duda. En el viaje anterior llegamos incluso a incorporarnos a la autopista por semáforos intermitentes que daban paso a cada uno de los tres carriles alternativamente. Una forma de hacer cremallera, pero totalmente regulada.

Cuando no hay semáforo también están permitidos este tipo de giros y, en caso de que haya un stop y lleguen varios vehículos a la vez, todos hacen su parada reglamentaria y después continúan la marcha según el orden de llegada. Y aquí no vale picaresca, por lo que hemos visto, lo cumplen. Un FIFO en toda regla. Si hay duda, tiene prioridad el de la derecha.

Para el tema del aparcamiento hay que leer también, ya que suele haber bastantes señales de prohibido estacionar según los días o las estaciones del año (sobre todo por la nieve, que debe pasar el camión de limpieza). Y ojo con los parquímetros. Conviene llevar monedas de 25 centavos a mano (los famosos quarters), que es con lo que funcionan, aunque ya hay ciudades como Boston que se han adaptado a las nuevas tecnologías.

En Canadá el asunto cambia un poco. Para empezar, nada más cruzar la frontera nos encontramos con que volvemos a los km/h y a la gasolina por litros y no por galones, lo cual es de agradecer. Las señales tampoco son iguales. Las que más llaman la atención son las coronadas. Al igual que las estadounidenses suelen indicar el punto cardinal y, en zonas fronterizas entre provincias anglófonas y francófonas (o la capital) están en bilingüe.

También comparten con el país vecino las señales con escritura, aunque vimos algo más de simbología.

Canadá cuenta con más de 5.500 km de carreteras en línea recta de este a oeste y 4.600 km de norte a sur. Su vía principal es la Transcanadiense (Trans-Canada Highway / Route Transcanadienne), una autopista que atraviesa todo el país de forma similar a la Ruta 66 estadounidense. En sus dos rutas (norte y sur) enlaza las diez provincias. Cada una de las ellas cuenta con sus propias normal locales, por lo que los límites de velocidad pueden variar (generalmente entre los 100 y 110 km/h en las autopistas, 90 km/h en las carreteras nacionales y 50 en ciudad). Además, es un país con bastantes radares y una estricta legislación en cuanto al consumo de alcohol (nunca superior a 0.08%).

También cuenta con una normativa concreta sobre el uso de neumáticos en los meses de invierno. Lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta las temperaturas que suelen tener con nevadas sobre nevadas. Pero por lo que pudimos transitar, las carreteras canadienses estaban en mejor estado que en los tramos de Chicago a la frontera y desde Quebec a Boston. Y es que Estados Unidos una vez que sales de las grandes ciudades, el resto está un poco olvidado.

En el ámbito urbano, la señalización y normativa es similar en ambos países y tenemos tanto los letreros como los semáforos bien visibles.

Del mismo modo hay que leer detenidamente a la hora de aparcar, sobre todo en Montreal, donde los carteles son una auténtica locura porque no solo está prohibido o permitido según el día, sino también por franja horaria. Y claro, los parquímetros también tienen su aquel.

No obstante, nosotros recurríamos al coche para movernos de una ciudad a otra. Una vez que llegábamos a nuestra parada, intentábamos dejarlo estacionado en el alojamiento y recurrir al transporte público.

En Chicago se agradece, ya que es una ciudad que aunque el centro se articula en torno al Loop, lo cierto es que hay también barrios por ver fuera de esa zona, y más si tienes el alojamiento algo apartado. Nosotros nos sacamos la Ventra Card, que se puede recargar con billetes, pases o con dinero. Puede incluir hasta 7 personas, así que con una estábamos cubiertos los 4. La emisión cuesta $5, pero son integrados en el saldo al registrarla en la web. Es muy fácil conseguirla:

Aunque nos hubiéramos movido poco en transporte público, lo cierto es que casi con el trayecto desde el aeropuerto hasta el apartamento nos habría salido rentable. Pero en cualquier caso, quedó bien amortizada pues tomamos tanto metro como buses.

Además, Chicago se puede descubrir a dos ruedas, ya que tiene un sistema de préstamo de bicicletas de un llamativo color azul.

En Toronto, a pesar de que es la metrópolis más grande de Canadá, recorrimos casi todo a pie. También es verdad que recurrimos al metro para lugares más alejados como Casa Loma y en una ocasión para el tranvía. Para estos casos sacamos billetes sencillos, que funcionan con unas pequeñas fichas de aluminio, los tokens.

Se venden en múltiplos de tres (algo muy peculiar) por $9 y no tienen fecha de vencimiento. En lugar de pasar por los tornos, has de pasar al lado de la ventanilla, ya que es ahí donde tienen una especie urna de metracrilato y donde hay que depositarlos.

La línea amarilla de metro es quizá la más útil para el visitante, ya que conecta el norte de la ciudad con el centro con paradas en la mayoría de los puntos de interés de la ciudad: CN Tower, el Rogers Centre y el Ripley’s Aquarium, el St. Lawrence Market y el Hockey Hall of Fame, Dundas Square, CF Toronto Eaton Centre, City Hall y Nathan Phillips Square, el Royal Ontario Museum o, como decía, la Casa Loma.

Y si Chicago tiene su préstamo de bicicletas, una ciudad tan verde como Toronto no podía ser menos.

Ottawa es tan pequeña que no hay ninguna duda al respecto. Nuestro Explorer se quedó en el hotel de CSI y nosotros caminamos tanto a la zona del Parlamento como al animado barrio del Byward Market.

En Montreal tuvimos claro que nos moveríamos en transporte público por los complejos criterios de aparcamiento. Ya nos encontramos con el problema nada más llegar a la zona olímpica. Así que como lo demás quedaba en un área más o menos asequible a pie, no volvimos a mover el coche. Para lo que nos quedaba más alejado: metro o bus.

Su red de metro (prácticamente subterránea en su totalidad por una cuestión climatológica) cuenta con 68 estaciones, cada una de ellas convertida en galería de arte gracias a que fueron diseñadas por arquitectos distintos, que intentaron reflejar el espíritu del barrio en que se localiza.

Además en la Plaza Victoria podemos encontrar uno de los pórticos originales del arquitecto francés Héctor Guimard.

Para usar el transporte público nos hicimos con unas tarjetas contactless conocidas como VIVE y que pueden ser pases diarios, semanales o por franjas horarias, como el Unlimited Evening.

Y sí, Montreal también tiene bicicletas de alquiler.

En Quebec se repitió prácticamente la situación de Ottawa, solo que incluso es más favorable al peatón, ya que su origen europeo se ve reflejado en calles estrechas y adoquinadas por las que no pasan coches, o tan solo residentes.

Aunque si hay un medio de transporte que caracteriza a la ciudad es el histórico funicular de 1879 que une la ciudad alta con la baja.

En Boston ya no nos quedaba otra, pues al igual que en Chicago, no teníamos coche. Algo totalmente premeditado, pues para conocer una ciudad con tanta relevancia histórica, hay que patearla a fondo. Prueba de ello son el Black Heritage Trail y el Freedom Trail. No obstante, dado que teníamos el apartamento fuera del centro y que también fuera de la ciudad se encuentra Harvard, sabíamos que íbamos a acabar echando mano del transporte público, sobre todo del metro.

No tiene el reconocimiento artístico como el de Montreal, sin embargo sus estaciones destacan por contar con imágenes de la historia de la ciudad relacionadas con cada parada.

Echamos cuentas de los viajes que preveíamos que íbamos a hacer y concluimos que la mejor opción era sacarnos las CharlieCards, que se pueden recargar tanto con saldo (y el metro (o el bus) lo descuenta en función del trayecto) como con pases (ya sean diarios, semanales o mensuales).

Aunque su metro es uno de los que más volumen de pasajeros mueve en todo Estados Unidos, Boston es apodada con frecuencia como “The Walking City”, ya que en comparación con otras ciudades del país, su población se mueve bastante a pie. En ello influye claramente el factor estudiantil y su centro compacto. Y por supuesto, en una ciudad con tanto centro académico sería impensable que no hubiera también sistema de préstamo de bicicletas.

Así, el coche quedaba como medio de transporte entre una ciudad y otra. De esta forma teníamos la movilidad de poder configurar un itinerario a nuestro antojo. Y es que además de tener que superar importantes distancias entre un núcleo urbano y otro, la mayoría de los ciudadanos de Norteamérica usan el automóvil como su principal medio de transporte. Es decir, moverse en tren o bus es realmente complicado. Por la experiencia anterior sabíamos que teníamos que intentar planificar etapas no muy largas de conducción para que no fuera tedioso. Así, intentamos que cada día hiciéramos como mucho unas 4 horas de carretera, lo que supuso que hubiera un par de días de parada técnica en medio de la nada, por así decirlo. Y fue precisamente esos días en los que los que recurrimos a hoteles.

Nuestra idea original en cuanto a alojamientos era buscar habitaciones cuádruples en hoteles, pero en las grandes ciudades fue realmente complicado encontrar algo que se adaptara a nuestro presupuesto, por lo que tuvimos que elegir apartamentos. Así, acabamos alternando hoteles con apartamentos en función del precio y la disponibilidad. Los hoteles se quedaron para las etapas de tránsito, como London, Ottawa o Merrimack. En general eran cómodos, limpios y estaban bien situados. Además, incluían desayuno. Sí que es verdad que no eran muy variados, pero solían tener algo salado, algo dulce (esas máquinas de gofres) y algo (poco de fruta) además de las bebidas calientes y los zumos o yogures. Por lo que es una comida menos de la que te tienes que preocupar.

La única pega de las habitaciones cuádruples es que hay que ser organizados con el equipaje para que la estancia no se convierta en un caos, así como establecer turnos para la ducha. Pero funcionó bastante bien.

El único que quizá desentonó fue el de Ottawa, que parecía un motel en el que grabar un capítulo de CSI. Pero bueno, solo era una noche y nos lo tomamos como una anécdota que recordar. Tampoco es que la ciudad nos marcara mucho.

Los apartamentos eran todos tal y como se mostraba en las fotos de los anuncios. En la mayoría no conocimos a nuestros anfitriones, sino que teníamos o códigos para abrir la puerta o bien algún candado en el que encontrábamos la llave. Afortunadamente no tuvimos ninguna incidencia reseñable (salvo en Montreal con la cisterna). También es verdad que no pasamos mucho tiempo en ellos, por lo que aunque algunos tenían cocina pequeña (Chicago) o falta de salón (Toronto), cumplieron con su función.

Y es que a lo que íbamos era a estar en la calle, a palpar el ritmo de las ciudades. Porque a diferencia del viaje por la Costa Este, en esta ocasión era casi todo el itinerario de estilo urbanita. Tan solo se salvaba la parada en las Cataratas del Niágara, y quizá fue la más corta de todas, pues la climatología nos trastocó los planes. No obstante, a pesar de tener que reajustar e improvisar en algunas ocasiones, en general podemos decir que cumplimos con nuestras intenciones. Aunque he de reconocer que en algunos casos fuimos algo a la carrera. Normalmente tenemos un ritmo bastante bueno y es fácil que en un día pateando la ciudad nos hagamos unos 21 kilómetros; sin embargo, el llevar la cámara reflex conlleva alguna parada más y un ritmo algo más pausado y observador. Además, los días acaban pesando, y no es lo mismo un viaje de cinco días que tienes la energía al máximo, que cuando ya vas por los diez u once. Así que, es algo a tener en cuenta para la próxima vez que hagamos un viaje similar (parece que apunta a 2023).

Otro aprendizaje que nos llevamos es el de paso de frontera, que no fue tan complicado como pensábamos. Yo me imaginaba un control fronterizo en el que tuviéramos que aparcar el coche y dejarle las llaves al funcionario de turno para que lo revisara y/o vaciara. Sin embargo, fue mucho más sencillo sin tener que rellenar ningún tipo de documentación. Tanto a la entrada de Canadá, como a la de Estados Unidos, solamente tuvimos que responder preguntas rutinarias similares a las del aeropuerto. Quizá es porque nuestra piel es lo suficiente blanca y más o menos nos defendemos con inglés. Imagino que si no sabes responder o tu aspecto les parece “sospechoso”, el asunto irá más lento y exhaustivo. En nuestro caso ni siquiera obtuvimos el sello de Canadá en nuestro pasaporte.

Aunque supongo que es lo mejor que nos puede pasar en un paso de fronteras, que resultemos tan insignificantes. Afortunadamente tampoco tuvimos ningún percance en carretera y no tuvimos que recurrir al seguro de viaje. No obstante, mejor no escatimar en este aspecto para evitar enfrentarse después a la sanidad norteamericana. En Estados Unidos el traslado en ambulancia puede rondar los $500, pero además te cobran la gasolina y si te han tenido que poner oxígeno o algún medicamento. Si además precisas de hospitalización la factura sube y sube. Y eso con un simple accidente o intoxicación. Si ya nos vamos a una intervención como una apendicitis el importe puede ascender a los 40.000 dólares.

Así, un buen número de estadounidenses no pueden permitirse acudir al médico, mucho menos pedir una ambulancia. Ni siquiera pueden pagarse un seguro que puede llegar a una mensualidad de $300. Y eso en caso de que las compañías les acepten como asegurados, ya que con los niveles de obesidad del país (aproximadamente un tercio de la población adulta es obesa y otro tercio tiene sobrepeso), muchos son rechazados porque son vistos como potenciales enfermos. En el 2010 la reforma conocida como Obamacare impuso cambios en el sistema, no obstante, con la llegada de Trump todos los avances se han revertido.

Por su parte, la sanidad en Canadá se rige por los principios de que sea administrado por entidades públicas sin interés particular; de que sea accesible para todos los ciudadanos; de que cubra a todos aquellos que médicamente lo necesiten; de que sea universal para todos los ciudadanos canadienses, por el mero hecho de serlo; y la de la garantía de que serán atendidos en otra provincia que no sea la de origen. Este sistema quizá nos hace pensar que se asemeja al español por aquello de público, gratuito y universal; sin embargo, en realidad la sanidad canadiense está reservada únicamente a los residentes legales que además cumplan determinados criterios.

Así pues, como visitante no tenemos derecho a la misma atención y nos tocaría pagar por todo. Por ejemplo, simplemente acudir a consulta puede salir por unos $150. Si vamos a urgencias siendo no residentes el inicio puede estar en los $1.000. Ojo: solo por la atención, después del diagnóstico la factura sube. Pero es que si los traslados de Estados Unidos nos parecían una barbaridad, hay que tener en cuenta las distancias en Canadá (y la época del año en que viajemos), así como que puede que estemos en una población en la que no haya hospital. En casos así es probable que el trayecto tenga que ser hecho en avioneta, lo cual puede hacer que la factura alcance los $60.000. Por lo que, como decía unas líneas arriba, mejor viajar con una buena cobertura médica.

En nuestra planificación también habíamos previsto la necesidad de llevar una tarjeta de teléfono. No fue especialmente barata, ya que nos costó 40€ para 15 días (ni siquiera para todos los días del viaje), pero era la mejor opción de todas las que barajamos y nos incluía llamadas y SMS ilimitados además de datos ilimitados en EEUU y 5Gb de Roaming en Canadá.

El único problema que nos encontramos fue un tema de terminales, ya que una vez que llegamos a la Costa Este el único teléfono que nos servía fue uno americano (que había comprado mi hermano un par de años antes en un viaje a Nueva York porque le había ocurrido algo similar). Así que algo más que tendremos en cuenta para un futuro es comprobar las bandas de frecuencia del lugar al que viajamos y de las que dispone nuestro teléfono. Si no, habrá que hacerse con un móvil básico para estas ocasiones.

Por otro lado, acertamos con las tarjetas monedero, aunque nos dieron algunos problemas puntuales. El primero en la frente, de hecho. Cuando fuimos a comprar la ventra no nos quedó otra que usar la American Express porque no aceptaba ni la Revolut, ni la Bnext ni la de Monzo. Debía ser un tema de la máquina, porque por lo demás, pagamos en gasolineras, en supermercados, en tiendas más pequeñas, sacamos efectivo…  y sin incidencia.

Fueron todo un descubrimiento y se han convertido en imprescindibles en nuestros viajes. Merecen un post aparte.

Y, para concluir, quiero acabar con un resumen de gastos por persona:

Así pues, dejando fuera los gastos individuales en ropa, calzado o recuerdos, la suma hace un total de 1.773,01€, una cifra prácticamente calcada (44€ de diferencia) a los 1.817,11€ que gastamos en nuestro viaje a la Costa Este. Pensé que se nos iba a disparar un poco más por el cambio de los Dólares con respecto al Euro, menos favorable que en 2012. Además, el coche también nos salía algo más caro y esta vez no nos íbamos a alojar en casa de familiares. Sin embargo, parece que hemos hecho buenas elecciones y nos hemos sabido ajustar al presupuesto. Aunque en realidad tiene más que ver con la inercia y la costumbre que con andar contando los céntimos.

Es verdad que nos han fallado un par de atracciones (menos mal que no sacamos las entradas por internet esta vez) y eso que nos hemos ahorrado, pero mucho tiene que ver el gasto en comida. Son países en los que, en general, sirven demasiada cantidad por menú, aunque también hemos hecho compra en supermercados aprovechando los envases de tamaño familiar (tanto para lo sano, como para lo que no).

Después de un largo día visitando una ciudad, acompañábamos la cena con una cerveza bien fresca. De esta forma no había problema en tener que coger el coche o el transporte público de vuelta a casa.

Y con este resumen nos despedimos de Norteamérica, aunque, como ya digo, ya nos ronda para 2023, año en que los puentes de mayo vuelven a ser rentables.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 16: Regreso a Madrid

Teníamos el vuelo a las 17:35 y el apartamento quedaba a una media hora del aeropuerto, por lo que no teníamos prisa, al menos con destino Madrid, ya que los escoceses habían madrugado bastante para llegar a su vuelo a las 07:50 de la mañana. Las maletas estaban prácticamente cerradas a falta de un par de cosas, por lo que desayunamos y nos duchamos tranquilamente, terminamos de empacar, revisamos el apartamento y a la hora límite de la reserva marchamos hacia el aeropuerto.

Dado que los vuelos de Aer Lingus se consideran domésticos, no teníamos que ir a la misma terminal del día anterior, sino a la C. Sin embargo, no es que fuera mucho más grande. Sí que tenía algo más de movimiento, pero apenas había algunos locales de comida y alguna tienda. Como aún no estaba abierto nuestro mostrador de facturación, nos buscamos un asiento y nos sentamos a esperar tranquilamente.

Tras facturar nuestras maletas destino Madrid, nos preparamos para pasar el control cuanto antes, ya que sabíamos que iba a ser tedioso por ser Estados Unidos. No obstante, a pesar de tener que desarmar el equipaje de mano y descalzarse, fue bastante rápido y enseguida estábamos en el interior.

Al otro lado sí que la terminal era mucho más grande, con zonas de ocio, restauración y espacios infantiles.

Había que andar un buen trecho para llegar a nuestra puerta de embarque, pero como no habíamos comido, aprovechamos para ir fijándonos en la oferta disponible. Acabamos cogiendo unas ensaladas y unos sándwiches, pues tampoco queríamos hincharnos mucho antes de un vuelo tan largo. Buscamos un hueco donde sentarnos con el ordenador e hicimos tiempo mientras veíamos The Amazing Race.

El vuelo duró 6 horas y transcurrió tranquilo.

Enseguida nos sirvieron los snacks, y prácticamente a continuación la cena. Esta vez el menú incluía ensalada y lasaña de verduras. De postre, fruta. Aunque la ensalada la sirven sin aliño, he de decir que la lasaña estaba bastante rica.

Además, al recoger las bandejas volvieron a ofrecernos el helado, al igual que para la ida. Después, bajaron las luces y nos dejaron descansar. Intentamos dormir, ya que llegaríamos a Madrid a las 10 de la mañana y tendríamos que aguantar todo el día en pie para evitar el jet lag e incorporarnos al trabajo al día siguiente. No fue sencillo, pero sí que alguna siesta conseguimos echar.

Una hora antes del aterrizaje nos sirvieron un ligero desayuno: una magdalena y un zumo de naranja.

Llegamos a Dublín sobre las cuatro de la mañana, un poco antes de la hora prevista. Teníamos el vuelo de conexión a las 6:15, así que perfecto para nosotros que no tendríamos que ir a la carrera con la legaña en el ojo y medio dormidos. Sin embargo, el enlace resultó más sencillo de lo que parecía, ya que el personal de tierra nos fue dirigiendo. Tras bajar del avión (en pista) nos dirigimos a la terminal y allí nos quedamos esperando a que saliera en los paneles nuestra puerta de embarque, pues aún era pronto. No obstante, tras una media hora el personal empezó a anunciar destinos y horarios y nos fueron conduciendo a los autobuses que nos trasladarían a la terminal de nuestras puertas de embarque. Una vez localizada nuestra puerta, nos sentamos a esperar y dar alguna cabezada. Ya era martes 15 y todos llevábamos buenas caras de sueño.

El segundo vuelo fue también tranquilo. Ya sabíamos que el avión iba a ser algo más pequeño, que dispondríamos de menos espacio, pero en aquel momento solo queríamos dormir. Llegamos a Madrid en hora y nuestras maletas no tardaron mucho en salir, por lo que pudimos abandonar el aeropuerto de Barajas y volver a nuestra rutina después de tantos días de desconexión. El cansancio te hace querer llegar a casa, pero sabes que eso significa que el viaje ha acabado. Eso sí, la cabeza ya estaba en la planificación de las vacaciones de verano.

Escape Room: The Clock Tower, Escape The Room Boston

No podía faltar una sala de escape en nuestro viaje. Y además no nos conformamos con cualquiera, sino que elegimos la que mejor comentarios tenía y que parecía bastante complicada. Ya vamos a por todas.

La novedad es que la sala era para hasta 10 personas y nosotros solo 4, de forma que si quedan plazas, puede acoplarse más gente, aunque no te conozcas de nada. Ya sabíamos que esto se hacía en alguna sala en Madrid, pero no es lo común. El caso es que hasta un par de horas antes estábamos solo apuntados los 4 para una sala a priori difícil y para muchos participantes. Pero a última hora parece que se apuntaron dos personas más, así que no sabíamos qué nos íbamos a encontrar.

Llegamos al local y en recepción nos dio la bienvenida un chico que simulaba la voz de un señor mayor… Ya para empezar nos desconcertó un poco esta acogida. Nos indicó que íbamos a jugar con una pareja que estaba sentada en la sala de espera, pero que ni siquiera nos saludó ni hizo por presentarse… Ni siquiera levantaron las cabezas de sus móviles. Pues vale.

Tras unos minutos de espera se nos presentó nuestro Game Master, un chaval que podría haber rodado el anuncio de “Si no son Micromachines no son los auténticos“. Se sabía tan de memoria la introducción que la repitió de carrerilla y sin apenas respirar. Nos preguntó si habíamos hecho alguna sala de escape con anterioridad así como trámite, porque a pesar de que los dos acoplados eran novatos, no dio ningún tipo de recomendación, consejo o pauta. Simplemente abrió la puerta y ¡Hala, para dentro!

Y allí estábamos, nosotros 4, que nos conocíamos y contábamos con algo de experiencia, hablando entre nosotros en una lengua ajena para integrar a dos personas que no conocíamos de nada, con los que no habíamos mediado ni una palabra y que además era su primera vez en un escape. Pero bueno, sabíamos que podía pasar, que podrían meternos con más gente, y obviamente, que sería en inglés. Pero claro, un poco de participación no habría venido mal.

Nada más empezar comentamos nuestra metodología: decir en alto lo que vamos encontrando, dejar todo lo que fuéramos encontrando en un sitio y apartar lo que fuéramos usando. Y la chica pareció comprenderlo bien y comenzó a integrarse, pero él… Él iba a su rollo parado frente a un reloj que proyectaba diferentes imágenes en modo aleatorio.

Pero empecemos por el principio, que he entrado de lleno sin hablar de la temática de la sala. Habíamos elegido The Clock Tower (La Torre del Reloj) y nuestra misión era sacar al profesor del túnel del tiempo en el que se ha quedado atrapado. Para ello contábamos con 60 minutos.

Empezamos como pollos sin cabeza. Porque claro, cuando conoces al resto de integrantes, más o menos das por válido cuando uno registra una zona, pero al participar con gente que no conoces y que es su primera vez, pues no sabes muy bien a qué atenerte. Además, de que cada uno tiene un proceso mental diferente, y cuando tienes a tu lado a familia o amigos, sabes las fortalezas y debilidades de cada integrante, pero de esta pareja… ni idea.

Todo estaba lleno de relojes, tanto digitales como analógicos. Además, había una mesa con varios mecanismos que requerían de imaginación para lograr hacerlos funcionar. Poco a poco, a medida que cada uno de nosotros fue centrándose, comenzamos a resolver los puzles y enigmas.

Prácticamente todo era a base de lógica y mecánica, había poca llave o candado (un par de cada, quizá), así que requería no solo de observación sino más bien de concentración para la resolución de cada una de las pruebas.

Por fin pasamos a la segunda sala habiendo empleado una sola pista. Y porque el Game Master vio que nos estábamos liando con el orden de unas letras. Teníamos el concepto, pero al jugar en un idioma extranjero el cerebro tarda un poco más en visualizar las palabras y nos estábamos atascando.

En la nueva estancia de nuevo una ambientación muy cuidada, con más aparatejos, instrumentos y mecanismos que poner en funcionamiento. Y relojes, claro. De nuevo comenzamos a revisar cada rincón, cada objeto… aunque no tan bien como deberíamos, pues a lo largo del juego fueron apareciendo piezas del puzle que tendrían que haber estado ya sobre la mesa.

Cuando parecía que estábamos metidos en el juego tras haber empezado algo fríos, de nuevo volvimos a empezar: había que buscar pistas y centrarse como equipo, pero cada uno iba por un lado y nuestros compañeros americanos no compartían lo que iban encontrando. Sin embargo, al ser tantos y dispersarnos, al final fuimos resolviendo los enigmas y conseguimos pasar a la tercera sala cuando apenas quedaban unos 10 – 12 minutos.

La recta final fue muy caótica. Ya no sabíamos ni qué idioma hablábamos entre nosotros, había una prueba de lógica que nos costó sacar porque no encontrábamos un detalle que nos serviría como punto de partida y nos atascamos con un mecanismo. Cuando quedaban 7 minutos yo ya pensaba que no íbamos a salir. Pero tras un par de indicaciones del Game Master, así como un poco de ensayo-error con el enigma de lógica conseguimos salir con el contador marcando los 55:14. ¡Qué estrés!

Tras salir, nos hicimos la foto de rigor y prácticamente nos echaron. Estamos acostumbrados a que el Game Master de turno haga comentarios sobre cómo lo hemos hecho, dónde nos hemos atascado, que nos explique algún mecanismo o enigma… Sin embargo, aquí nos preguntó si la experiencia se asemejaba a las salas de España y apenas se quedó a escuchar nuestra respuesta porque se tenía que marchar a preparar de nuevo la sala. Venga, que tengáis buena estancia en Boston.

Yo salí un poco desanimada, la verdad. No lo disfruté. No por la sala en sí, sino por los dos desconocidos con los que participamos. En un juego de escape la confianza, la compenetración y la comunicación son muy importantes. Y ahí flaqueamos.

En general es una buena sala con una temática muy trabajada, una ambientación preparada al detalle con originalidad y pruebas que no habíamos visto hasta la fecha. Requería de observación, concentración y  asociación de ideas, así que cuantos más integrantes mejor. Eso sí, creo que 10 quizá es un número muy alto y en algún momento puedes estorbar o quedarte mirando sin nada que hacer. Nosotros fuimos 6 y funcionó bien en cuanto a espacio y dinámica de movimiento, aunque fallara la cohesión del grupo.

El Game Master también supo cuándo intervenir, de forma sutil e incluso dando pistas en forma de acertijos. Guiaba, no nos lo daba resuelto. Aunque la comunicación era por medio de pantalla y estaba en la primera sala, con lo que había que pegarse carreras para leer las indicaciones o ver el tiempo. Eso sí, para este escape conviene tener un cierto conocimiento del inglés, pues además de la comunicación con el Game Master hay pistas textuales y audiovisuales a las que prestar atención.

Yo se lo recomendaría a grupos numerosos que prefieran jugar sin candados y que busquen una sala más activa en la que todo se puede tocar, mover o accionar (aunque fallan en no señalizar lo que no forma parte del juego y luego una se obceca con un candado y la búsqueda de un código).

En definitiva: buena sala, mala compañía.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 15: Boston: Fenway Park, South End y Chinatown

Nos quedaban poco más de 24 horas en la ciudad (y en el país), así que durante el desayuno mi hermano se conectó para hacer el checkin online de sus vuelos. Sin embargo, parecía haber un problema con sus billetes y no le dejaba. Como el aeropuerto estaba en nuestra línea de metro a tan solo un par de paradas, decidimos que lo mejor era acercarnos al mostrador y preguntar directamente.

La terminal D (el aeropuerto de Boston cuenta con cuatro terminales: A, B, C y D) es desde donde salen los vuelos internacionales, así que allí que nos dirigimos.

Y vaya sorpresa, me esperaba una terminal inmensa, y sin embargo nos encontramos casi con la T2 de Barajas. No había mostradores y apenas algún local de restauración. Prácticamente lo único que encontramos fue la cinta de recogida de equipaje. Fuimos al punto de información a ver si es que nos habíamos saltado algo, pero no, el señor se limitó a darnos un folleto con los números de las compañías y gracias.

Así que no quedó más remedio que llamar al servicio de atención al cliente de British Airways, que ni siquiera es el local, sino que conectan con el general (en la India). Y tenían muy poca idea, como ya pasó en la llamada inicial. Y es que los billetes fueron comprados por teléfono porque eran un canje de puntos de la compañía, pero el operador parece que no se enteró muy bien del proceso y no cargó el importe ni descontó los avios, de ahí que no se pudiera hacer el check-in.

Tras una llamada eterna en la que hicieron mil preguntas y comprobaron los datos personales y del billete, el nuevo operador quedó en hacerle llegar a mi hermano un correo electrónico con la tarjeta de embarque, así que con el tema aclarado (o eso pensábamos) nos pusimos rumbo a Fenway Park, nuestra primera parada.

Fenway Park es el nombre que recibe el estadio de béisbol de los Red Sox. Esta disciplina es considerada como el deporte nacional desde finales del siglo XIX, por delante del fútbol americano, el baloncesto y el hockey sobre hielo.

Construido en 1912, este estadio es el más antiguo del país. El primer partido tuvo lugar el 20 de abril, con el lanzamiento inaugural protagonizado por el alcalde John F. Fitzgerald y la victoria del equipo local sobre los New York Highlanders (los Yankees).

A partir de la década de los años 30 ha ido renovándose para adaptarse poco a poco a los nuevos tiempos. Así, actualizó los marcadores, amplió los asientos para tener más capacidad, incorporó las luces, añadió pantallas de vídeos y en los últimos años se ha creado más espacio de asientos y se ha reformado los accesos para un mejor flujo de los asistentes. Sin embargo, mantiene las medidas originales, lo que lo convierte en uno de los terrenos de juego más pequeños de la liga. Y como curiosidad, desde 1976 hasta 2002 tuvo las distancias métricas pintadas en su campo, ya que se pensaba que EEUU iba a adoptar el sistema métrico decimal.

En 1999 se planteó demoler el estadio y reconstruirlo de nuevo, sin embargo, la propuesta finalmente no se llevó a cabo porque se estimaba que esa remodelación no iba a ser muy duradera. Recientemente se optó por reformarlo y parece que se mantendrá en su ubicación hasta 2061.

No entramos dentro, pero sí que visitamos su tienda oficial, a ver qué tal las rebajas. Pero los precios eran aún así demasiado altos para equipación de un deporte que ni siquiera nos gusta. Así que tal y como entramos, nos fuimos.

Desde allí nos dirigimos al James P Kelleher Rose Garden, un amplio parque abierto al público adyacente al Jardín Botánico en el que pudimos ver cómo la floración ya estaba llegando a los árboles y varias familias de patos paseando con sus crías. Por lo demás, estaba bastante tranquilo.

Atravesándolo llegamos al campus de la Northeastern University, una universidad privada que nació en 1898 como instituto de clases nocturnas del YMCA de Boston. Es conocida por su programa de prácticas que promueve que los estudiantes compaginen semestres de estudio con períodos de trabajo a tiempo completo gracias a acuerdos con bufetes de abogados, bancos y multinacionales como Microsoft o Disney.

Cerca del campus se encuentra el Museum of Fine Arts, el Museo de Bellas Artes, el quinto museo más grande de los Estados Unidos. Fundado en 1870, nació con la mayor parte de su colección inicial tomada de la Galería de Arte Boston Athenæum. Originalmente ocupaba el edificio neogótico en el que hoy se emplaza el Hotel Copley Plaza, pero se mudó a su ubicación actual en 1909 a una construcción de granito de estilo neoclásico.

Con los años se ha ido ampliando y hoy en día destaca sobre todo por el ala dedicada al arte americano de los siglos XVIII y XIX, aunque también cuenta con esculturas, sarcófagos y joyas de Egipto, exponentes de la pintura holandesa de la Edad de Oro y obras impresionistas y postimpresionistas francesas de artistas como Gauguin, Monet, Manet, Van Gogh, Renoir, Degas o Cézanne.

En su fachada destaca la estatua ecuestre Appeal to the Great Spirit, realizada en 1909 por Cyrus Dallin dentro de una serie de cuatro piezas conocida como The Epic of the Indian.

El artista proviene de Utah, donde se relacionó desde su infancia con nativos americanos, por lo que con el paso del tiempo ha adquirido conocimientos sobre su cultura y quería honrarlos de alguna manera.

Tomamos el tranvía hasta la parada Symphony y desde allí nos dirigimos al South End, uno de los barrios más pintorescos de Boston gracias a sus calles con casas de estilo victoriano.

Construido en 1849 en las marismas para aliviar el hacinamiento en el centro de Boston y Beacon Hill, limita con Back Bay, Chinatown y Roxbury. Fue diseñado por el arquitecto Charles Bulfinch (el responsable de la Massachusetts State House, del Boston Common y de  gran parte del Capitolio de los EE. UU.), cuyo plan era crear un barrio que siguiera el modelo inglés del siglo XVIII con bloques de viviendas adosadas en torno a unos pequeños parques privados con forma elíptica que, además de embellecer la zona residencial, proporcionasen una sensación de comunidad. Muchos de ellos cuentan con una fuente central y están vallados.

Así, la mayoría de las construcciones datan de esta década, de mediados del siglo XIX. Y aunque hay una mezcla de estilos arquitectónicos (sobre todo renacentista, Segundo Imperio y Reina Ana), hay cierta uniformidad en las viviendas de cinco pisos gracias a sus molduras de granito, barandillas de hierro fundido, cristaleras salientes o los materiales utilizados en sus fachadas.

Pronto se mudó al nuevo barrio una floreciente clase media, sobre todo dueños de negocios, banqueros, industriales e incluso dos alcaldes. No obstante, South End no ha sido nunca un vecindario homogéneo. A estas familias adineradas les siguieron a finales de siglo irlandesas, libanesas, judías, afroamericanas y griegas. En la década de 1930 llegaron canadienses y tras la II Guerra Mundial un buen número de homosexuales gracias a las casas de huéspedes de un solo sexo que les proporcionaban cobertura social. En los 40 comenzó a establecerse una creciente población hispana, sobre todo puertorriqueña en torno a la calle San Juan.

South End vivió un período de decadencia a principios de los 60 como consecuencia de la delincuencia, sin embargo, volvió a renacer a finales de la década de los 70 gracias principalmente a la llegada de hombres homosexuales de clase media. Hoy el vecindario sigue siendo diverso y en él conviven personas de casi todas las razas, edades, orígenes y creencias, además de ser muy popular entre la comunidad gay y lesbiana de Boston. También es heterogéneo en el aspecto económico, ya que aunque la mayoría de las viviendas alcanzan las siete cifras, hay construcciones algo más asequibles (dentro de lo que es el precio/m2 en Boston).

Pero el South End no es solo residencial, sino que también es comercial. Y no viene de los últimos años. Ya en el siglo XIX se convirtió en centro de referencia de fábrica de muebles y pianos de la ciudad. La proximidad a los ferrocarriles y a las instalaciones portuarias había atraído a muchas empresas que trasladaron a la zona sus fábricas y almacenes. Las principales vías comerciales son Columbus Avenue, Tremont Street y Washington Street. En esta última se encuentra la Cathedral of the Holy Cross, la iglesia más grande de Nueva Inglaterra.

Construida en 1875 en caliza gris sigue un estilo renacentista gótico. Recibe su nombre por una reliquia que supuestamente es un pequeño fragmento de la cruz de la crucifixión de Jesús. Hasta 2010 el objeto se exhibía, pero fue robado y desde que se recuperó, tan solo se muestra en ocasiones puntuales.

El edificio mide 111 metros de longitud por 27 metros de ancho, dando capacidad para unas 2.000 personas. Aunque se proyectó una aguja sobre la torre, nunca se completó, por lo que se quedó con una altura de 37 metros.

Aunque los residentes del barrio en que se ubica son en su mayoría clase media protestante, tiene su razón de ser en que en la fecha en que se construyó predominaban los irlandeses, de tradición católica.

Hoy en día South End tiene una creciente presencia minorista, sobre todo enfocada a la clase media alta. En los bajos de las casas victorianas se pueden ver pequeños locales de alimentos bio o veganos, de ropa de jóvenes diseñadores locales, de muebles, de artesanía, salones de belleza y spas (tanto para personas como para animales) y espacios de trabajo para artistas o galerías.

El centro social y comercial del distrito es la parte entre Massachusetts Avenue y East Berkeley, y la parte más animada del barrio queda entre Tremont con Clarendon y Union Park (en el subdistrito de Shawmut), pues es donde abundan los bares, restaurantes y cafeterías.

Continuamos paseando por el barrio de Sahwmut hasta llegar al Theatre District, ubicado al este de Back Bay y próximo al Boston Common. El primer teatro de la ciudad se inauguró en 1793, pues anteriormente las obras de teatro habían sido prohibidas por los puritanos. Para 1900 ya había 31 teatros en el distrito y para la década de los 40 superaba los 50. Durante las últimas décadas se han restaurado y actualizado los antiguos teatros. Entre ellos destacan el Boch Center, la Opera House, el Cutler Majestic Theatre, el Teatro Orpheum, el Teatro Paramount o el Teatro Wilbur.

El Boch Center – Wang Theatre se ubica en la calle Tremont (como la mayoría de ellos) en el edificio en que originalmente ocupaba el Metropolitan Theatre y más tarde el Music Hall. Construido en 1925, a mediados de los 70 sus instalaciones se quedaron obsoletas y no podía acoger a las grandes compañías por tener un escenario demasiado pequeño. En 1980 se convirtió en un centro sin ánimo de lucro y volvió a atraer representaciones.

En 1983 nació el Centro Wang gracias a la donación del Dr. An Wang y durante los años 90 se renovó la estructura y decoración del teatro para recuperar su esencia de los años 20. Ahora tiene capacidad para más de 3.600 personas.

Enfrente se erige el Shubert Theatre, inaugurado el 24 de enero de 1910. Algo más pequeño que el anterior (puede albergar a aproximadamente 1.600 personas), también pertenece al Boch Center.

Junto al Wang Theatre se encuentra el Wilbur Theatre, que data de 1913, aunque se inauguró un año después. Con una capacidad para 1.093 espectadores cuenta con la particularidad de que en su planta principal se pueden retirar los asientos para otro tipo de eventos.

Tras cruzar la calle Stuart, en la acera opuesta encontramos el siguiente teatro, el Cutler Majestic Theatre, construido en estilo Beaux Arts en 1903. Fue reformado en los años 20 para las representaciones de vodevil. Más tarde, en la década de los 50 se convirtió en sala de cine, renovando para ello el vestíbulo y cubriendo parte de la arquitectura original.

En la década de los años 80 se quedó algo anticuado y fue vendido a Emerson College, quien lo restauró recuperando su aspecto original.

Ya en Chinatown (los límites entre el Distrito de los Teatros y el Barrio Chino son un tanto difusos) se halla la Boston Opera House. Inaugurada el 29 de octubre de 1928, servía tanto para la exhibición de películas como para el vodevil en directo. Un año más tarde se había quedado solo como cine y así se mantuvo hasta la década de los 50.

En 1965 la compañía Sack Theatre adquirió el edificio y lo renombró como Teatro Savoy. Además se le añadió un segundo cine más pequeño en el lugar que ocupaba el escenario del teatro, separando la zona de butacas con una pared.

En 1980 cerró y se convirtió en la sede de la Opera Company of Boston, por lo que fue renombrado como la Boston Opera House. Una década más tarde la compañía quebró y el teatro se cerró. El abandono conllevó que se fuera deteriorando y que el agua se filtrara y dañara la estructura, el sistema eléctrico y la parte del auditorio que era de yeso.

En 1996 el edificio fue cedido y Clear Channel Company se encargó de renovarlo. Fue reabierto el 16 de julio de 2004 con la obra de Broadway de El Rey León. Actualmente sirve como sede del Boston Ballet y también presenta espectáculos de Broadway.

Se encuentra muy próximo a Downtown Crossing, por lo que volvimos sobre nuestros pasos para perdernos por Chinatown, uno de los barrios chinos más grandes de América y donde se concentra la mayor parte de la población asiática de la ciudad. De hecho, es uno de los distritos más densamente poblados de Boston.

Parte del barrio se ubica en un espacio ganado al mar donde se asentaron los anglobostonianos. Estos fueron sustituidos por primero por irlandeses, después por judíos, luego por italianos y antes de que llegaran los chinos, por los sirios. Todos ellos llegaban buscando vivienda barata y posibilidad de encontrar trabajo o montar sus negocios.

Los primeros chinos en llegar al estado fueron traídos en 1870 desde San Francisco para romper una huelga de la empresa Sampson Shoe Factory en North Adams, Massachusetts. Cuatro años más tarde muchos de ellos se mudaron al área de Boston y abrieron lavanderías por la zona de Harrison Avenue.

Tras las lavanderías, en 1875 llegó el primer restaurante. Sin embargo, con la Ley de Exclusión de China de 1882, la inmigración china se detuvo y la población de Chinatown se estancó con una clara predominancia masculina. A principios de siglo la cosa no fue mejor, ya que había un movimiento xenófobo antichino por el que se arrestó a 234 personas y se deportó a 45.

La Ley de Exclusión se eliminó en 1943 y en la década de los 50 Chinatown volvió a crecer en número de residentes.

Hoy nos da la bienvenida al barrio la Chinatown Gate.

Ubicada en la intersección de Beach Street y Surface Road, es la típica puerta de entrada a un barrio chino.

Fue donada por el gobierno taiwanés en 1982 y además de tener un león a cada lado, está grabada con dos escritos en chino: “Tian Xia Wei Gong”, que viene a significar “Todo lo que está bajo el cielo es para la gente”, y Humildad, Integridad, Justicia y Urbanidad.

El barrio en sí tampoco es que llamara mucho la atención desde el punto de vista turístico. Obviamente, no pueden faltar restaurantes y comercios asiáticos. Pero aparte de la puerta, poco más. Lo más interesante quizá era ver a los viejecitos echando sus partidas de cartas o fichas.

Se acercaba la hora de comer, así que nos dirigimos al cercano Downtown Crossing, una de las principales áreas comerciales de la ciudad. El tramo de Washington Street entre las Temple y Bromfield es peatonal, por lo que se puede caminar tranquilamente. Vendría a ser algo similar a Preciados en Madrid.

En la zona se hallan grandes almacenes como Macy’s, Saks e incluso un enorme Primark (no podía faltar en una ciudad con tanto irlandés). También cuenta con restaurantes, comercios de recuerdos, y vendedores ambulantes.

Justo enfrente se encuentra The Corner Mall, un pequeño centro comercial con locales de restauración y un área común con mesas y sillas. La mayoría eran pequeñas cadenas o locales no franquiciados. Elegimos un arroz salteado con verduras y unos fideos con gambas en un puesto de comida asiática que la verdad es que no eran nada del otro mundo.

Después de comer seguimos por la calle peatonal hasta la Old South Meeting House, donde giramos a la derecha en Milk Street para dirigirnos al Financial District, que queda más o menos delimitado por las vías Atlantic Avenue, State Street y Devonshire Street.

En este distrito tienen sede corredurías de seguros, bancos, empresas contables, consultorías y bufetes de abogados. Además en él se erigen hoteles como el Langham o el Hilton. No obstante, a pesar de tener un buen número de rascacielos, no es para nada comparable a otras ciudades de Norteamérica como ya habíamos visto al subir a las alturas.

El área incluye las Plazas Exchange e International, así como la emblemática Custom House Tower y la Post Office Square, una plaza que está ocupada casi por completo por el parque privado (aunque de acceso público) Norman B. Leventhal Park, llamado así por el administrador y diseñador del edificio de Boston que lo diseñó.

Antes del gran incendio de 1872 el área era un distrito residencial, en su posterior reconstrucción se ensancharon las calles y se creó una plaza en la que se levantó la Oficina de Correos y de ahí que tomara el nombre de Post Office Square.

En el número uno de la plaza se erige el undécimo edificio más alto de Boston, con una altura de 160 metros y que queda conectado con el The Langham Hotel gracias a un pasillo privado en la planta inferior.

En el centro de la plaza hay una columna dedicada a George Thorndike Angell, un abogado y filántropo que defendía un trato más humano de los animales. Fundó en 1868 la Massachusetts Society for the Prevention of Cruelty to Animals y se convirtió en editor de Our Dumb Animals, un periódico centrado también en la defensa de los animales. En el 89 fundó también la American Humane Education Society.

Se erige donde una vez se ubicaba un abrevadero para caballos. El agua salía de las cabezas de los leones en la base y caía en un recipiente. La columna queda rematada por un águila dorada.

Cerca de la columna se construyó en 1992 la Angell Memorial Fountain, una fuente también en su nombre y que simula un estanque pequeño en el que flotan hojas de lirios, aves y ranas.

Además, en el suelo de la plaza podemos ver placas con el dibujo de varios animales.

Aún nos quedaba algo de tarde, por lo que volvimos al puente sobre el río para hacer fotos del Skyline de Boston.

Tras el paseo de ida y vuelta por el río, volvimos al Boston Common para buscar un sitio donde comprar la cena y el último desayuno. Al ser domingo tan solo encontramos abierto un Seven Eleven, y tampoco tenía muchas opciones en realidad. Al final acabamos llevándonos unos bocadillos de ensalada de huevo y atún y unos bollos. Teníamos algo de picoteo y había que hacer limpia, así que no nos hacía falta mucho más. Todo por $19,17.

Siendo todavía media tarde, regresamos al apartamento a terminar de preparar las maletas y a llamar de nuevo a British Airways, porque mi hermano seguía sin recibir noticias. De hecho, cenamos y tras una hora al teléfono pasando la mayoría del tiempo en espera con la insoportable musiquita, cuando parecía que iban a solucionar el tema, se cortó la comunicación. Eso sí, recibió el cargo en la tarjeta dos minutos después, por lo que al final consiguieron sus billetes de embarque.

Ya respirando más tranquilos por tener la incidencia solucionada, nos fuimos a despedirnos de Boston con una sala de escape.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 14: Boston: Waterfront y Back Bay

Las previsiones apuntaban a que la lluvia persistente sería a partir de las 11-12 de la mañana, por lo que nos pusimos el despertador pronto para intentar aprovechar las primeras horas del día y resguardarnos cuando el agua fuera incómoda para pasear y hacer fotos. Dado que los días anteriores habíamos reajustado nuestra planificación, teníamos una jornada algo más despejada de lo que habíamos pensado en un principio sobre el papel.

Comenzamos el día en el Seaport District, uno de los barrios más en desarrollo de la ciudad. Situado en el paseo marítimo de Boston, justo frente al centro de la ciudad, queda delimitado por Fort Point, Fan Pier, el Centro de Convenciones y el Parque Industrial Marino.

El Fish Pier abrió en 1914 como un puerto para descargar, procesar y almacenar el pescado. Los comercios llegaron más tarde, en la década de los 30, cuando pasaban por el puerto 136 millones de kilos al año. Hoy en día la recogida, procesamiento y venta siguen siendo una parte importante de la economía de Boston y el negocio del pescado supone unos 600 millones de dólares anuales.

Comenzamos por el Exchange Conference Center, un espacio con techos altos y magníficas vistas del puerto (en un día despejado) que hoy acoge todo tipo de eventos sociales y corporativos.

Un poco más adelante encontramos el Seaport World Trace Center, un espacio de exhibiciones y oficinas que ocupa parte del centenario Commonwealth Pier.

A principios del siglo XX los barcos de vapor ya se habían convertido en el principal método de transporte de personas y mercancías en todo el mundo. Era tal el número de embarcaciones que fueron saturando los muelles de los puertos cercanos, por lo que se vio la necesidad de construir un nuevo puerto más amplio donde pudieran atracar. Así nació en 1912 el proyecto del Commonwealth Pier el puerto más grande y avanzado de la época, capaz de acoger al barco más largo del mundo del momento, así como el más largo que se esperaba construir en los siguientes 20 años.

Diseñada por los arquitectos Derby, Robinson y Shepard, la estructura de cemento contaba con un espacio de más de 52.000 metros cuadrados distribuido en dos plantas. En la superior había acomodaciones para pasajeros, mientras que en la interior estaba dispuesta para la carga y descarga de embarcaciones. Para facilitar las maniobras de transporte de mercancías los camiones y el ferrocarril llegaban directamente al puerto. También había una carretera que conducía el tráfico de Congress Street al puerto.

En el muelle, junto al edificio, podemos ver el Spirit of Boston, un barco que ofrece un crucero turístico, histórico y gastronómico.

Todo el distrito en el que nos encontrábamos era hace más de 150 años una zona pantanosa. Como ya hemos visto, al igual que otros puertos en el país, pronto se convirtió en un importante centro comercial a principios del siglo XIX gracias a la construcción de nuevas fábricas en el área y la llegada posterior de los barcos de vapor.

Sin embargo, este desarrollo se vio frenado un siglo después cuando las fábricas cerraron o se trasladaron. El puerto quedó entonces abandonado hasta que por 1968 el alcalde Kevin White se propuso reurbanizarlo. Fue sin embargo el alcalde Menino quien llevó a cabo el proyecto apodando al barrio como Distrito de la Innovación. Presionó para que tanto el Centro de Convenciones y Exposiciones de Boston como el Instituto de Arte Contemporáneo se instalaran allí e incluso llegó a plantearse trasladar el Ayuntamiento.

Fundado como Museo de Arte Moderno de Boston en 1936, el Instituto de Arte Contemporáneo ha cambiado de nombre muchas veces con el paso del tiempo. De la misma manera ha ido trasladando su galería de un lado a otro de la ciudad.

Desde 2006 se encuentra en la ubicación actual. Su diseño y localización sobre el mar ofrecen un buen escenario para los conciertos en la época estival. En 1940 expuso temporalmente el Guernica con motivo de la exhibición itinerante “Picasso, cuarenta años de su arte”.

A finales de la década de 1990 el distrito se revitalizó aún más con la llegada de los Juzgados John Joseph Moakley. Este edificio  que alberga un tribunal federal para el Tribunal de Apelaciones de los Estados Unidos llama la atención por su pared de vidrio de 26 metros que le ha hecho ganar varios premios de diseño.

Recibe el nombre del congresista Joe Moakley y en sus once plantas (diez más sótano) además de servir como tribunal también cuenta con una biblioteca, oficinas para los abogados, salas para los jueces, instalaciones de apoyo para los Marshals e incluso una guardería.

Poco después de la construcción de este edificio, el puerto quedó conectado con el centro de la ciudad gracias a la I-93 y la I-90, lo que facilitó las conexiones y ocasionó el traslado de oficinas, espacios de trabajo, restaurantes y tiendas desde otras zonas más caras como Cambridge. También atrajo a nuevos residentes. Se reacondicionaron antiguos almacenes como lofts industriales y se construyeron edificios de lujo.

En la actualidad se ha convertido en el distrito de moda gracias a su mezcla ecléctica y a su animada vida social. En él podemos encontrar galerías de arte, tiendas minoristas, bulliciosos bares y muchos restaurantes especializados sobre todo en pescados, ostras y marisco frescos. También hay un par de cervecerías.

El puerto se ha revitalizado desde que en 1989 se realizaron las tareas de recuperación y se instaló un nuevo sistema de tratamiento de las aguas residuales. Hoy presume de ser uno de los programas más avanzados en la gestión de la polución de todo el país. El agua está limpia y las marsopas y las focas han vuelto; los mejillones y los erizos de mar están recolonizando las zonas rocosas y las enfermedades del marisco han disminuido. Incluso hay gente que se anima a nadar.

Continuamos por el Harbor Walk hasta el Children’s Wharf Park, donde se encuentra el Boston Children’s Museum, un museo dedicado a la educación de los niños. Se mudó a la ubicación actual (un antiguo almacén de lana) en 1979 y tras recientes renovaciones y ampliaciones ha ganado varios premios.

Cuenta con varias exhibiciones permanentes así como talleres de arte y construcción. Es sobre todo un lugar donde los niños pueden investigar, tocar y experimentar con varios espacios para actividades deportivas y artes escénicas.

Siguiendo el Congress Bridge cruzamos a la otra orilla, donde se encuentra el Boston Tea Party Ships & Museum.

Ubicado en el mismo lugar en que aconteció el histórico Motín del Té de 1773, este museo permite al visitante empaparse de lleno sobre este suceso durante aproximadamente una hora. Los guías caracterizados acompañan durante el recorrido e incluso involucran a los participantes para que vivan de lleno el motín. Para darle más veracidad se puede abordar el Beaver, una réplica bastante precisa de uno de los tres barcos que fueron invadidos en el motín, e incluso tirar el té al agua.

En el interior del museo se sigue la historia por medio de exposiciones y un cortometraje. También se puede echar un vistazo a uno de los dos cofres de té originales. Finalmente la visita termina con la Sala del Té de Abigail Adams.

Nosotros en principio con la lluvia amenazando no contábamos con mucho tiempo, por lo que seguimos adelante.

Cerca del Parque Rose Kennedy, en el 408 de la Atlantic Avenue se erige el edificio de los Guardacostas, en el que podemos leer una placa en honor de John Foster Williams, un nativo bostoniano que sirvió al país. Se echó al mar a la edad de 15 y con 22 estaba dirigiendo buques mercantiles.

Durante la Guerra de la Independencia comandó varios barcos, incluido el Hazard, que fue capturado por los británicos como premio de guerra. Enviado a Inglaterra en un barco-prisión, escapó y volvió a América para seguir luchando. Después fue elegido por el Presidente George Washington para dirigir en 1791 el Massachusetts, el primer Revenue Cutter, predecesor de los Guardacostas de hoy en día.

Un poco más adelante se encuentra el Boston Harbor Hotel, un lujoso hotel con vistas al puerto.

De hecho ofrece una mejor perspectiva desde los juzgados, pues se ve la magnitud del edificio, así como la cúpula sobre la arcada.

Las dos torres blancas de estilo brutalista junto al hotel son las Harbor Towers, un complejo de dos edificios residenciales de 40 pisos (pretendía contar con una torre más) que fue completado en 1971 siguiendo el diseño de Henry N. Cobb, quien también se encargó de la Torre John Hancock.

Para finalizar el paseo por la zona del puerto llegamos al New England Aquarium, uno de los mejores acuarios del país. Abrió al público en 1969 y un año más tarde inauguró su tanque oceánico gigante, que en aquel momento era el más grande del mundo.

Además del edificio principal del acuario, las atracciones incluyen el Simons IMAX Theatre y el New England Aquarium Whale Watch, para ver ballenas, aunque solo funciona de abril a noviembre.

Allí tomamos el metro y volvimos a Back Bay, pues el día anterior se nos había hecho de noche y nos habían quedado cosas por ver.

El día anterior habíamos paseado por el bulevar Commonwealth Avenue de Back Bay y después callejeamos hasta subir el Prudential Center, pero nos quedó por ver una de las plazas principales del barrio, la Copley Square. Así que, nos bajamos en la parada de metro que lleva su nombre y recorrimos los aledaños, pues hay varios edificios importantes en sus alrededores.

Nada más salir del metro en Copley en la calle Boylston nos encontramos con la Biblioteca pública de Boston, fundada en 1848 y establecida oficialmente en 1852. Al principio, para albergar la colección se usó una antigua escuela en la calle Mason. Aunque se abrió al público el 20 de marzo de 1854, el servicio de préstamo no comenzó hasta mayo.

La colección inicial de 16.000 volúmenes enseguida creció, así que a finales de año se autorizó el traslado a un nuevo edificio en Boylston Street. Esta nueva construcción en estilo renacentista italiano fue diseñada para albergar 240.000 volúmenes, pero de nuevo, enseguida se quedó pequeña, por lo que en 1880 se decidió otro traslado, esta vez a la actual Copley Square.

Es la mayor biblioteca municipal de los Estados Unidos y fue la primera biblioteca pública municipal del país, la primera gran biblioteca abierta al público en el país y la primera biblioteca pública que permitió el préstamo de sus fondos para llevárselos a casa. Tiene más de 15 millones de libros y es la tercera más grande de los Estados Unidos tras la Biblioteca del Congreso y la de la Universidad de Harvard. Sus colecciones incluyen además 600.000 fotografías, obras de Rembrandt, Durero, Goya, Daumier, Toulouse-Lautrec y 350.000 mapas antiguos.

Al otro lado de la calle Boylston se erige la Vieja iglesia del sur, la sede de una de las comunidades religiosas más viejas en los Estados Unidos, organizada por disidentes de la Primera Iglesia de Boston en 1669. Entre sus fieles han estado personalidades como Benjamin Franklin, Phillis Wheatley o Samuel Adams. Y precisamente en ella fue donde en 1773 este último dio el pistoletazo de salida para el Motín del té.

El actual edificio fue completado en 1873 y ampliado entre 1935 y 1937. Es de estilo veneciano del renacimiento gótico. Fue designado Monumento Histórico Nacional en 1970 por su importancia arquitectónica como una de las mejores iglesias góticas de la Alta Victoria en Nueva Inglaterra. Su torre de 246 metros es su elemento más distintivo, sin embargo no es la original, ya que no tenía bien los cimientos y tuvo que ser desmontada. Esta data de la década de 1930.

Conserva este buen estado ya que en 1984 se llevaron a cabo tareas de restauración siguiendo fotografías antiguas y grabados.

Frente a la biblioteca se extiende la Plaza Copley, en la que destaca la Iglesia de la Trinidad.

Fue construida en 1877 siguiendo el diseño de Henry Hobson Richardson. Es de estilo románico richardsoniano, de hecho, es donde nace este estilo en el que predomina el techo de archilla, arcos pesados, policromía y una enorme torre.

Como bien se veía desde las alturas, tiene planta de cruz griega modificada con cuatro brazos que se extienden desde la torre central de 64 metros de altura.

Frente a ella podemos ver varias estatuas. Por un lado la de John Singleton Copley, el pintor que da nombre a la plaza.

Fue famoso por sus retratos de personajes importantes de la Nueva Inglaterra colonial en los que intentaba representarlos con información sobre sus vidas. En 1774 se trasladó a Europa y pintó en Londres, París, Génova y Roma.

El otro grupo escultórico es el de La Liebre y la Tortuga de Nancy Schön, inaugurado en 1996 para celebrar el centenario de la maratón.

Para la artista la maratón ha sido parte de su vida desde siempre, ya de pequeña se colocaba con su familia en el recorrido con vasos de agua y gajos de naranja para hidratar a los corredores y después de mayor ella misma comenzó a participar en carreras. En 1991 quiso hacer una obra para honrar la carrera más antigua de los Estados Unidos, pero era complicado reflejar a todos los tipos de personas que corren. Así, en lugar de representar a una persona, pensó que era mejor recurrir a los animales de la fábula de Esopo, pues así no se dejaba fuera a nadie por razón de género, raza o incluso discapacidad.

La liebre y la tortuga son una metáfora perfecta de la gran variedad de personas que participan en la maratón. Algunos compiten terminando con buenas marcas como la primera, otros simplemente corren por ser parte de uno de los eventos deportivos más importantes del país como la segunda.

También del centenario de la maratón data el memorial hecho con adoquines, pues es en esta plaza donde finaliza la carrera desde 1986.

Fue cerca de la línea de meta donde el 15 de abril de 2013 tuvo lugar un doble atentado que acabó con la vida de tres personas y dejó heridas al menos a 264. La gente ocupó la plaza entera con zapatillas, pancartas, velas y mensajes a los afectados. Hoy estos recuerdos han sido retirados, y el memorial en el suelo queda rodeado tan solo por varios postes en los que se detallan fechas importantes y con la representación de corredores.

En el lateral de la plaza con Saint James Avenue destacan dos edificios. Por un lado el Fairmont Copley Plaza Hotel, de piedra caliza y ladrillo en estilo Beaux-Arts y por otro lado la Torre John Hancock, mucho más alta y moderna cubierta de vidrio.

El Fairmont Copley Plaza Hotel fue inaugurado en 1912 con una recepción presidida por el alcalde John F. Fitzgerald, abuelo del Presidente Kennedy. Esta inauguración marcó una nueva era en el hospedaje de lujo no solo en la ciudad, sino en el país. Fue tan popular que las habitaciones se habían reservado con incluso 16 meses de antelación.

Por sus instalaciones han pasado tantas personalidades que el vestíbulo es conocido como el “Paseo de los Pavos Reales”.

Fue innovador para la época, ya que fue el primer hotel de la ciudad en estar completamente climatizado, el primer hotel internacional con un sistema de reservas, y el primero en aceptar tarjetas de crédito. Aunque ha pasado por varias reformas, se han mantenido gran parte de sus características arquitectónicas así como su decoración.

La Torre John Hancock es el edificio más alto de Nueva Inglaterra y durante más de 30 años lo fue también de Boston. Fue construida en los años 70 para la compañía de seguros John Hancock Insurance en un estilo moderno y minimalista en el que predominan las grandes cristaleras. Cuenta con 60 plantas distribuidas en sus 241 metros.

El proyecto inicial tuvo que ser modificado tras recibir quejas de que la torre iba a proyectar su sombra sobre la Iglesia de la Trinidad. Además, la construcción pasó por varios problemas desde los inicios. Cuando se terminó el edificio, los paneles de cristal de 227 kg se desprendían y caían a la calle, suponiendo un importante riesgo, por lo que cuando había vientos superiores a 72 km/h la policía tenía que cerrar las calles. En 1973 los 10.344 ventanales fueron sustituidos por otro tipo de cristal que aguantaba más.

La torre cuenta con una plataforma de observación, sin embargo fue cerrada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, por eso subimos el día anterior a la Torre Prudential. Hoy se alquila para eventos privados y ha sido reutilizada como espacio de oficinas.

La lluvia seguía haciendo acto de presencia, por lo que decidimos comprar la comida y volvernos al apartamento. En lugar de tomar la misma boca de metro en Copley, continuamos hasta Arlington, próxima al Boston Public Garden, un parque de 97.000 metros cuadrados que fue el primer jardín botánico público en América.

De camino nos encontramos con un par de iglesias. Por un lado la Church of the Covenant, construida entre 1865 y 1867 y por otro la Emmanuel Episcopal Church, que data de 1861.

La Church of the Covenant es de estilo neogótico y cuenta con un campanario de 73 metros que supera el monumento de Bunker Hill.

En su interior tanto sus vidrieras, como los mosaicos y una lámpara son de Tiffany Glass and Decorating Co., esto le hizo ganar en 2012 el título de Monumento Histórico Nacional en 2012.

La Emmanuel Episcopal Church no es especialmente llamativa, pero tiene el honor de haber sido el primer edificio terminado en Newbury Street cuando comenzó a desarrollarse Back Bay.

Pero dejando a un lado estas dos iglesias, en el trayecto desde la plaza Copley hasta el parque lo que predominan son imponentes hoteles, selectos locales de belleza, exclusivos centros de deporte y tiendas de marcas de lujo como Chanel, Tiffany’s o Burberry.

Nosotros, con un presupuesto bastante más ajustado, regresamos a nuestro barrio, donde paramos en Carlo’s, un típico Diner de esos de los asientos de escay y recortes de periódico en las paredes. Allí pedimos para llevar unos bocadillos enormes, una ensalada, unos espaguetis y nos los llevamos al apartamento.

Pasamos la tarde tranquilamente como el día anterior y de repente nos sorprendió un pavo real en nuestro patio. Y descubrimos que vuelan, pues saltó la valla y siguió su camino entre las casas de los vecinos.

Ya de noche salimos a por la cena. Habíamos visto una taquería en la misma calle de la pizzería del día anterior, así que allá que nos fuimos. Mientras esperábamos a nuestro pedido no parecía que estuviéramos en Boston: la gente hablaba español en las mesas y de hilo musical tenían a Rocío Dúrcal.

Pedimos una quesadilla de pollo, un taco de pollo y un chimichanga, todo ello por $31.02. Como a mí no me sienta bien la comida mejicana, me comí la pizza que había sobrado el día anterior y un poco de espaguetis del medio día.

Y con la cena dimos por concluido el día y casi el viaje. Ya solo nos quedaba un día en Boston antes de volver a casa.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13 IV: Boston: MIT y Back Bay

El día anterior habíamos ido a Harvard, pero además, en Boston destaca otro centro de estudios superiores, el Massachusetts Institute of Technology, más conocido como MIT.

Fue fundado en 1861 por William Barton Rogers en plena industrialización de los Estados Unidos. Este geólogo quería establecer un nuevo tipo de institución educativa independiente que se centrara en los avances científicos y tecnológicos que estaban aconteciendo. Inspirado por los modelos de investigación de las universidades alemanas pretendía orientar la escuela en torno a seminarios y laboratorios, donde no solo se trabajara la teoría, sino también la práctica.

Los primeros estudiantes fueron admitidos en 1865 y enseguida el MIT ganó una importante reputación en ciencias e ingeniería. Sin embargo, a principios de siglo pasaba por problemas económicos y se llegó a plantear la fusión con Harvard, que no tenía tal área. Aunque se estudió esta unión, finalmente no se consumó por las protestas de los alumnos. En 1916 se mudó de la orilla sur del río Charles a Cambridge, en la orilla norte.

Durante la época de la II Guerra Mundial y la Guerra Fría el gobierno invirtió en ciencia y tecnología, por lo que el MIT fue relevante en varios proyectos. Por ejemplo, trabajaron en ordenadores o en el radar. Desde entonces ha ido incorporando nuevas disciplinas más allá de la física e ingeniería añadiendo departamentos de biología, economía, lingüística y administración. Hoy en día la escuela de ingeniería es reconocida como la mejor en Estados Unidos y en el mundo por U.S. News & World Report, además, el MIT ha sido reconocida como la mejor universidad en el mundo durante siete años consecutivos (2012, 2013, 2014, 2015,2016, 2017 y 2018) por el QS World University Rankings.

Acceder a esta universidad no es nada sencilla (tiene una tasa de aceptación del 9%) y entre sus estudiantes y profesorado cuenta con casi un centenar de premios Nobel. Por sus aulas han pasado personajes como Kofi Annan (exsecretario general de las Naciones Unidas), Noam Chomsky (lingüista y activista político), Katie Bouman (la investigadora informática que acaba de conseguir la primera imagen real de un agujero negro) y más de un astronauta, como Russell Schweickart o David Scott.

Paseamos por el campus que parecía estar preparado para la graduación con carpas en el césped frente al Great Dome.

Incluso nos colamos en uno de los edificios, donde pudimos ver cómo tenían trabajos expuestos en los pasillos. Y aunque el estilo clásico no tiene nada que ver con un aulario típico de una universidad pública en España, por lo demás, no deja de ser un centro de estudios.

Abandonamos el campus y tomamos el Puente de Harvard de vuelta a la orilla sur. En este puente, construido entre 1887 y 1890 (y reconstruido un siglo después) podemos ver unas inscripciones que miden la longitud del recorrido. Pero no en millas o metros, sino en smoots.

Esta medida no estándar es el resultado de una broma de fraternidad (allá por 1958) a Oliver R. Smoot, de Lambda Chi Alpha. Mientras él se tumbaba en el suelo, sus compañeros usaban su altura (1.70 m) para medir la longitud total del puente. El resultado total es 364.4 smoots y más o menos una oreja, o lo que es lo mismo, 620.1 metros.

Las marcas se repintan cada año por estudiantes de la fraternidad y la medida ha sido incluida hasta en la calculadora de Google y en Google Maps. El 4 de octubre de 2008 se conmemoró el 50 aniversario como el Smoot Celebration Day con la presencia del mismo Smoot quien acabó de presidente de la Organización Internacional de Normalización (ISO).

Queríamos concluir la tarde subiendo a las alturas así que nos adentramos en el barrio Back Bay. Este vecindario en su día era una bahía entre Boston y Cambridge, de ahí su nombre. Fue a finales del siglo XIX cuando se construyó una presa y se rellenó el terreno de la laguna para crear un barrio residencial. La novedosa planificación contaba con amplias avenidas repletas de árboles a cuyos lados se disponían hileras de magníficas casas victorianas de piedra rojiza (hoy consideradas uno de los ejemplos mejor conservados del diseño urbano del siglo XIX en los Estados Unidos gracias a que desde 1966 los cambios exteriores de los edificios están regulados), así como por numerosos edificios arquitectónicamente significativos e instituciones culturales.

Hoy, junto con Beacon Hill, es uno de los más caros de Boston y figura en el Registro Nacional de Lugares Históricos. Además, es un destino de compras de moda (sobre todo en las calles Newbury y Boylston), además de contar con algunos de los edificios de oficinas más altos de Boston y muchos hoteles importantes.

Tomamos la Commonwealth Avenue, una de esas avenidas en cuya parte central hay un bulevar arbolado, y fuimos paseando tranquilamente entre casas victorianas y algún edificio más actual, pero que aún así conserva esa estética de ladrillos rojos y miradores hacia afuera.

En este paseo además encontramos bancos, fuentes y estatuas, como esta de Domingo Sarmiento, Presidente de Argentina entre 1811 y 1888, así como diplomático, escritor y padre del sistema educativo argentino.

Un poco antes del cruce con Fairfield Street hay otro grupo escultórico, el Boston Women’s Memorial, que conmemora las vidas de Phillis Wheatley, Abigail Adams y Lucy Stone. La idea de este monumento surgió a finales del siglo pasado, debido a la poca representación femenina en las estatuas de la ciudad. Así, la Comisión de Mujeres de Boston, el Comité de la Alameda de la Avenida de la Commonwealth y la Sociedad Histórica de Massachusetts (apoyadas por Angela Menino, la esposa del alcalde de Boston) comenzaron a trabajar en el proyecto que tras un concurso ganó la escultora neoyorquina Meredith Bergmann.

Inaugurado el 25 de octubre de 2003 por el alcalde, las estatuas representan a las tres mujeres a pie de calle, en lugar de situarlas en un pedestal. Aunque sí que podemos ver estos cubos de piedra, sin embargo se usan con otro fin. Por ejemlo, Stone (1818-1893) lo emplea como escritorio, como si estuviera trabajando en el Woman’s Journal, el periódico que fundó en 1870 y en el que luchaba por los derechos de las mujeres, como el sufragio. Fue una de las primeras mujeres de Massachusetts en licenciarse en la universidad además de una ferviente abolicionista.

Abigail Adams (1744 – 1818), que se apoya sobre la piedra, fue la mujer de John Adams. También su asesora más cercana, ya que este le pedía consejo en muchos asuntos (se conservan las cartas que intercambiaban y en las que discutían sobre el gobierno y la política), por lo que a veces se la considera también parte de los Padres Fundadores de los Estados Unidos.

A pesar de que no recibió una educación formal (en parte por haber estado enferma muchas veces en su infancia, en parte por ser mujer), su madre y abuela se encargaron de que aprendiera en casa a leer, escribir y cálculos. Conoció las literaturas inglesa y francesa gracias a las bibliotecas de su padre, tío y abuelo. Llegó a ser una mujer intelectualmente avanzada para su tiempo y fue abolicionista y defensora de los derechos de las mujeres, como los derechos de propiedad de las mujeres casadas u oportunidades en el campo de la educación. Consideraba que las mujeres no deberían someterse a leyes que no fueran de su interés, ni conformarse con ser meras comparsas de sus maridos, sino que debían tener una educación y una opinión y ser respetadas por sus capacidades.

El matrimonio Adams tuvo seis hijos y Abigail además de encargarse de su crianza, asumió la responsabilidad de los asuntos financieros de la familia, gracias a lo cual hicieron una buena fortuna. Cuando John llegó a la presidencia en 1797, ella tomó un papel activo en la política, tanto que los opositores de su marido se referían a ella como “la Señora Presidenta”.

Por último, Phillis Wheatley  (1753 – 1784), fue la primera escritora afroamericana en publicar un libro en los Estados Unidos, dos años antes de que comenzara la Guerra de independencia. Nació en lo que hoy en día es Senegal, fue capturada y esclavizada con 7 años. John y Susannah Wheatley, sus compradores, la convirtieron en la fe cristiana y le dieron una buena educación, pues vieron que la niña era muy inteligente. Así, estudió latín, griego, mitología e historia. Pronto dominó el inglés y con 13 años publicó su primer poema.

Fue admirada por importantes personajes que intervendrían en la revolución, como George Washington, aunque también despertaba suspicacias, pues había quien pensaba que una mujer negra no podía ser tan inteligente como para escribir poesía. Tuvo incluso que defender su capacidad literaria en la corte, siendo examinada por varios intelectuales que finalmente concluyeron que era la autora real y le firmaron un certificado. No obstante, no consiguió vivir de ello y murió a los 31 sumida en la pobreza.

Continuamos camino del Prudential Center y nos encontramos cerca de la John Hancock Tower con la Boston Athletic Assotiation, la asociación sin ánimo de lucro encargada de promocionar el deporte y sobre todo de organizar y coordinar la maratón de Boston, uno de los más famosos eventos deportivos de la ciudad que concluye desde 1986 en la cercana Copley Square.

Su símbolo es el unicornio, por su significado en varias mitologías, siempre como un ideal, como algo que no se puede conseguir. Así, se pensó que era una buena analogía del deporte y de las luchas de cada uno contra sus limitaciones y el esfuerzo por llegar al objetivo.

Nos costó encontrar la subida al Prudential Center Skywalk Observatory, pues realmente entras al centro comercial y cuesta no perderse entre los pasillos e indicaciones. Tras abonar la entrada de $20, que ya por sí nos pareció excesiva, nos dimos cuenta de que además tenían una parte cerrada para un evento, así que no pudimos dar la vuelta 360º. Sí podíamos ver el río Charles, así como el MIT o los barrios aledaños. También la John Hankock Tower, a la que después de los atentados de las torres gemelas, ya no se puede subir.

 

No obstante Boston no es una ciudad con demasiados rascacielos, por lo que las vistas no son tan espectaculares como pueden ser en Chicago. En Boston lo que destaca es la arquitectura victoriana, y esa hay que verla a pie de calle.

No obstante, en el observatorio no todo son las vistas, ya que en sus paredes interiores hay toda una exposición sobre la historia de Boston. Podemos hacer un repaso desde sus inicios, descubriendo sus lugares históricos y conociendo a bostonianos ilustres del pasado y del presente en todas las áreas.

Además, podemos probar en el juego interactivo Who wants to be an American? estilo Quién quiere ser millonario, pero en el que el premio es conseguir la visa estadounidense. Yo he de reconocer que no estoy a la altura, pues fallé demasiadas preguntas.

Nos quedamos hasta que se hizo de noche, para ver cómo cambiaba el paisaje. El cielo estaba algo nublado, pero aún así pudimos ver cómo el azul iba pasando por tonos anaranjados y rosados hasta llegar a la oscuridad rota por la iluminación de los edificios.

Cansados y famélicos volvimos al metro de camino al apartamento. En el barrio teníamos como a unos diez minutos andando varios locales de restauración, así que echamos un ojo y nos decidimos por DaCoopas, pues no comíamos pizza desde Chicago (las congeladas de Montreal no cuentan). Pedimos un par de medianas que nos costaron $36.36.

Nos tocó esperar un rato porque nos las hicieron en el momento (desde la masa), pero mereció la pena porque la verdad es que estaban muy ricas. Se notaba que el tomate era casero, pues le daba un toque más jugoso.

Y tras la cena, a descansar, que estábamos agotados y nos quedaba mucho que ver al día siguiente.