Viajar IV (2015)

2015 se salió un poco de lo habitual, pues no paramos. Primero la Luna de Miel a Japón. Creo que ha sido el viaje en el que hemos tenido un mayor contraste con sus paisajes, sus templos, su cultura, su gente, su comida…

Fueron 21 días a tope, empezando por Kioto, con un ambiente mucho más tradicional, hasta llegar a Tokio, mucho más moderno y caótico. Y entre medias, las montañas, otro mundo.

Japón es un país que tiene mucho que ofrecer, lleno de contrastes: cultura y modernidad; tranquilidad y frenesí; espiritualidad y masacre; mar y montaña…

Una pasada cada ciudad, cada rinconcito, la afabilidad de la gente, la comida, los templos

Después en verano volvimos a hacer un interrail, esta vez por las Capitales Imperiales: a las tradicionales Viena, Praga y Budapest añadimos Bratislava, que está a tiro de piedra. Nada que ver la arquitectura imperial y la historia de estas ciudades con Japón. De un extremo a otro.

Budapest es una de las grandes joyas de Europa. Sobran los motivos para justificar una visita. Es una ciudad que sorprende por sus edificios históricos, por los restos de un pasado imperial de gran importancia, por sus parques, por las vistas del Danubio, por los baños termales… Moverse por ella es, además, muy sencillo. Se puede recorrer a pie dividiéndola por zonas. Pero también ofrece numerosos medios de transporte que llegan prácticamente a todos los rincones.

Bratislava es la capital de Eslovaquia desde el 1 de Enero de 1993, año en que nace la República Eslovaca tras la disolución de la antigua Checoslovaquia. Básicamente tiene tres puntos de interés. La zona de la Ciudad Vieja, que es la más interesante desde el punto de vista monumental; el Castillo, que teníamos cerca del hotel; y el Palacio Grassalkovich.

Lamentablemente no queda mucha historia de la ciudad en sus calles, puesto que en los años 60 los planes urbanísticos arrasaron con el barrio antiguo que se encontraba entre la Catedral de San Martín y el Castillo. Parece que era más importante hacer llegar las carreteras que comunicaban Viena o Budapest con Bratislava que mantener siglos de historia. Así pues, ahora discurre la Calle Staromeska, una de las principales arterias de la ciudad y que desemboca en el Puente Nuevo.

Viena es la ciudad del vals, de la ópera, de la música; de Mozart, Schubert o Strauss; de Sissí; de palacios convertidos en museos; de arte; de parques muy verdes y extensos; de tradición, pero también de modernidad; del café y la tarta Sacher; del Schitzler (pollo empanado); de coches de caballos…

Praga es una ciudad que esconde secretos en cada esquina, en cada fachada, en cada edificio. Hay que ir observando con detenimiento a cada paso, mirando cada fachada, levantando la cabeza para descubrir emblemas, cúpulas, azoteas o torres. Tiene restos de la época de los Habsburgo, del nazismo y los guetos judíos, del comunismo y sus edificios monótonos e insípidos. Praga es la modernidad de Cerný y la Casa Danzante. Es música, es arte, es literatura. Es convivencia de culturas (eslavos, alemanes y judíos).

Y para finalizar, de imperios iba el año: el Imperio del Sol Naciente, Capitales Imperiales y el antiguo Imperio Otomano. En noviembre viajamos en familia a Estambul. Hablando de contrastes…

Estambul es una ciudad de contrastes viviendo entre dos mundos. Muy occidental para ser asiática y muy oriental para ser europea. Una ciudad situada en un lugar estratégico que le da un papel de importancia a nivel industrial y comercial, pero además cultural y turística.

Pasear por sus calles es dejarse llevar por la historia, por la herencia que ha sobrevivido hasta nuestros días. Perderse por Estambul es descubrir el legado bizantino y otomano mientras se escucha el canto del muecín llamando a la oración desde sus mezquitas. Las mezclas son bienvenidas y conviven en armonía.

Estambul es Bósforo y Mármara, así que es imprescindible tomar un ferry y sentirse como el pirata de Espronceda: melena al viento y señalando Asia a un lado, al otro Europa, y allá en el frente, Estambul.

Fue un gran año viajero. Y 2016 también, empezamos 2017 en breve y yo con un año de retraso. ¡Si es que el tiempo vuela!

Conclusiones Estambul

Fue una escapada muy breve, un visto y no visto, sin embargo, nos trajimos muy buenos recuerdos y tuvimos una grata experiencia en la ciudad turca. Aunque no fue la mejor época en cuanto a horas de luz, aprovechamos bastante las horas y la meteorología nos acompañó.

Los lugareños también nos acogieron con los brazos abiertos y una sonrisa. Se tiene miedo a la Turquía que nos muestran en las noticias, a las revueltas, a las amenazas terroristas, y nos olvidamos de la gente de a pie que es notablemente amable. Los turcos son muy mediterráneos, abiertos y extrovertidos. También ruidosos.

La carambola del vuelo fue acertada, una lástima que el país no se encuentre en su momento más estable y hayan retirado la ruta. El hotel, aunque modesto, cumplía con su objetivo. La zona era tranquila pero tenía buena comunicación a pie y con el tranvía gracias a la próxima parada de Çemberlitas. Estaba limpio, equipado y el personal fue muy atento y agradable. Todo fueron facilidades, desde una habitación de 3 en lugar de una 2, pasando por el pago que se podía realizar al final de la estancia.

Aunque el centro histórico está bastante concentrado y el viajero puede pasearlo a pie, no hay problema en moverse por la ciudad en transporte público. Imprescindible hacerse con unas Istanbulkart y a descubrir rincones. La línea T1 es muy moderna tremendamente útil para llegar a los lugares más turísticos. Para cruzar de una orilla a otra del Bósforo se pueden coger los ferris. Incluso, si se dispone de tiempo y no mucho presupuesto, estos barcos locales pueden ser una buena forma de tener una perspectiva diferente de la ciudad.

Istanbulkart

Estambul es disfrutar gastronómicamente de sus tapas, mazorcas de maíz, mejillones rellenos de arroz, carne aderezada con especias y cocinada en hornos de leña, pescado fresco en forma de Balik Ekmek, simit y como colofón baklavas acompañados de un té de manzana o café de puchero.

Es lugar para paladear frutos secos, calentarse con las castañas asadas, olfatear especias e hidratarse con zumos de naranja y/o granada.

Además, todas estas delicias son muy baratas al cambio de la TL y el €. Incluso aunque seas un poco peculiar o delicado con las comidas, hay suficiente variedad como para que tengas una buena opción que elegir. Da igual que tengas alergias, intolerancias, seas vegetariano o simplemente más tradicional, encontrarás un manjar para ti. En realidad tienen una gastronomía muy similar a la nuestra – o nosotros parecida a la suya gracias a la influencia mediterránea y el paso de los siglos – con legumbres, verduras, hortalizas, carne, pescado y arroz aderezados con especias. Y por supuesto frutas y frutos secos.

Estambul es comercio, y por tanto es imprescindible visitar el Gran Bazar y el Bazar de las Especias, además de sus aledaños. Si quieres comprar, en la mayoría de los sitios tendrás que regatear, así que conviene informarse un poco y contrastar antes de aceptar cualquier precio. Y como buen mercader o comerciante, el tendero chapurreará expresiones en varios idiomas para favorecerte la compra.

A lo largo de los barrios de la ciudad se sigue manteniendo la estructura gremial de los bazares con calles organizadas según su producto.

Estambul es una ciudad de contrastes viviendo entre dos mundos. Muy occidental para ser asiática y muy oriental para ser europea. Una ciudad situada en un lugar estratégico que le da un papel de importancia a nivel industrial y comercial, pero además cultural y turística.

Entradas

Pasear por sus calles es dejarse llevar por la historia, por la herencia que ha sobrevivido hasta nuestros días. Perderse por Estambul es descubrir el legado bizantino y otomano mientras se escucha el canto del muecín llamando a la oración desde sus mezquitas. Las mezclas son bienvenidas y conviven en armonía.

Estambul es Bósforo y Mármara, así que es imprescindible tomar un ferry y sentirse como el pirata de Espronceda: melena al viento y señalando Asia a un lado, al otro Europa, y allá en el frente, Estambul.

Visitar Estambul es contemplar relajadamente atardeceres impresionantes desde la orilla de Üsküdar.

Y no todo es paz, también está el contraste caótico de la circulación. Toda una experiencia adentrarse en el tráfico como peatón y no saber por dónde te vienen los coches.

Ver Estambul al completo requiere al menos de 3 días, pero cuanto más, mejor, nunca sobraría el tiempo. Siempre hay un barrio que descubrir, una mezquita a la que entrar (siempre que permitan su visita), un hamam en el que relajarse, un legado histórico que descubrir, una delicia que degustar. Pero no todo es turístico, también recomiendo perderse por las callejuelas de barrios fuera de las guías turísticas y descubrir cómo viven sus lugareños en su versión más cotidiana para entender mejor la ciudad y su cultura. Esos comercios que salen a las calles, esas ropas tendidas en las cuerdas de la fachada, esas cabinas, el mercado semanal…

Estambul ha de estar en la lista de destinos imprescindibles de cualquier trotamundos. Tiene su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad desde 1985, por algo será, ¿no?

Estambul día 3: Murallas y regreso a Madrid

Tomamos el tranvía hasta Topkapi, donde cambiamos a la línea T4 hasta Edirnekapi. La T4 tiene tramos por la superficie y a medida que nos vamos acercando al barrio ya vamos divisando las murallas.

Una vez allí bordeamos la carretera hasta que vimos destacar una torre

El problema es que no parecía haber un paso para cruzar y tuvimos que aprender al modo local. Estábamos ante una carretera muy transitada, con dos carriles por sentido y un lugareño nos hacía gestos de “venga, ahora”, pero claro, es que los coches no dejaban de pasar. Esta gente se lanza a la aventura y ya pararán los coches o me esquivarán… Unos temerarios. Al final seguimos la máxima de “allá donde fueres, haz lo que vieres” y cruzamos no sin miedo los cuatro carriles.

Las murallas de Teodosio, así llamadas por el nombre del emperador que las mandó construir a principios del siglo V se extienden desde el mar de Mármara hasta el Cuerno de Oro. Tienen un perímetro de seis kilómetros y unos imponentes muros que alcanzaban los doce metros de altura con un grosor de cinco metros. Protegieron Bizancio durante  más de mil años y tuvieron un importante valor en la historia de la Europa medieval puesto que contuvieron los ataques de los otomanos, hunos, árabes, búlgaros y rusos.

El principal elemento de defensa era la muralla interna, protegida por 96 torres cuadradas y de dos pisos. 54 de estas torres fueron reconstruidas ya que en el 447 quedaron destruidas por un terremoto. Contaba con 11 puertas fortificadas, muchas de las cuales están hoy en día en buenas condiciones. Entre esta muralla y la externa había una terraza y un foso que se inundaba cuando la ciudad sufría la amenaza de invasores.

Hoy en día suponen uno de los restos más impresionantes del pasado bizantino de la ciudad. Aunque están en ruinas, aún impresionan por su majestuosidad y dejan apreciar su esquema original. Nosotros recorrimos un tramo de su perímetro e incluso llegamos a subir a ellas para observar la ciudad desde las alturas.

Durante el paseo nos encontramos con el Palacio de Constantino Porfirogéneta (ojo al nombre). Formaba parte del complejo del Palacio Imperial de las Blaquernas.

Los barrios situados junto a las murallas están formados por edificios de clase obrera. Pero hacía buen día y nos apetecía adentrarnos por las estrechas callejuelas y descubrir el ritmo de un miércoles cualquiera en un barrio fuera de la zona turística.

Paseamos entre comercios típicos de cualquier barrio como panaderías, fruterías, droguerías o ultramarinos; nos cruzamos con la gente que iba a hacer sus recados; y a medida que nos alejábamos oímos la llamada a la oración.

No nos daba tiempo a ver San Salvador de Chora, que habíamos leído que conserva mosaicos frescos de gran belleza. Preferimos pasear por Fatih, Fener y Balat. Teníamos intención de comer por la zona y después volver a una parada de metro donde pudiéramos tomar una línea que nos llevara al aeropuerto.

Fener es uno de los barrios más interesantes para conocer la historia de la ciudad. En la época otomana era el barrio donde vivían los griegos acaudalados. Hoy en día ya no se refleja esa bonanza. Las casas son viejas, muchas de ellas en un estado un poco lamentable. Pero a nosotros nos gusta perdernos por estas zonas auténticas que suponen un contraste con los monumentos y edificios históricos, ya que estas zonas también reflejan la ciudad y la sociedad que en ella vive.

Hay quien tiene cierto reparo en andar por zonas fuera del circuito turístico, pero saliendo fuera de los mapas marcados en las guías podemos encontrar lugares muy pintorescos.

En el barrio de Fener lo griego es residual, algún que otro edificio, pero la población es musulmana.

Adentrándonos en Fener subimos hasta el Colegio Ortodoxo Griego. Se trata de un imponente edificio de ladrillo rojo que destaca sobre el resto de casas colindantes. Data de la época en la que habitaba la comunidad griega en el barrio.

Transitando por las callejuelas empinadas de Balat nos encontramos con la sinagoga de Ahrida, la más antigua de Estambul. En el barrio de Balat fue donde se asentó la numerosa e influyente comunidad sefardita en el siglo XV tras la expulsión de los Reyes Católicos de España.

Bajamos la colina hasta llegar a la sede del Patriarcado Ortodoxo Ecuménico, el centro de la religiosidad helena. Lamentablemente, no pudimos visitarlo puesto que estaba rodeado de cochazos negros con los cristales tintados y había mucha seguridad. Luego nos enteramos de que coincidió nuestra visita con la de Tsipras.

Llegados a este punto, nos adentramos por el barrio dejando el Bósforo a nuestras espaldas con intención de llegar hasta la parada de Aksaray para tomar la línea M1A hasta el aeropuerto. Y de repente en los aledaños de la Mezquita Fatih Sultan nos encontramos con un mercado ambulante muy similar a los que tenemos en España y que puedes comprar desde ropa hasta fruta pasando por pescado.

Fue una grata sorpresa, ya que no sólo pudimos observar el día a día de los lugareños, sino los productos que se comercializan y que forman parte de la lista de la compra para configurar sus menús. Descubrimos que tenemos una alimentación muy similar en cuanto a frutas, verduras y hortalizas se refiere. También muy similar la variedad de frutos secos y encurtidos. No en vano, en España tenemos glan influjo árabe, otomano y en general de pueblos del Mediterráneo gracias a años de invasiones.

Pasada la mezquita, y dejando atrás el mercado, llegamos a una calle en la que había varios locales de kebabs y como era la una y algo, nos decidimos por degustar unos dürüms. El dürüm no deja de ser un kebab enrollado en un pan plano. El toque lo da el horno en el que hacen el pan, y, por supuesto, las especias que lleva la carne. Creo recordar que por unas 8TL teníamos el dürüm y bebida. 6TL si en vez de cordero, era pollo.

Y ya con el estómago lleno, nos volvimos a echar las mochilas a la espalda y nos dirigimos al metro. Nosotros dirección aeropuerto, mis padres y hermano dirección centro con intención de callejear algo más y descubrir algún que otro rincón. Pasearon por el barrio de los costureros, con tiendas plagadas de telas, botones, cremalleras e hilos.

Y cuando se les hizo de noche volvieron al Bazar de las Especias en busca del té de manzana que habíamos descubierto el día anterior en el local donde compramos la cena. La pena es que compraron solo una caja y meses más tarde se arrepintieron de la decisión pues está muy rico y en España es difícil de encontrar.

Mientras que ellos cenaron unas delicias turcas: ensalada, hummus, carne con arroz y ensalada, y caballa con ensalada;

nosotros volábamos rumbo a casa y teníamos de menú una merienda. Nada que ver…

 

Y hasta aquí nuestra escapada a Estambul, una ciudad que nos encandiló y que recordamos con nostalgia.

Estambul día 3: Palacio Topkapi e Hipódromo

Nuestro último día amaneció también pronto, desayunamos y partimos hacia el Palacio Topkapi, que durante 400 años fue la residencia de los sultanes otomanos. Desde 1924 está abierto al público convertido en museo con lujosas estancias, colecciones de joyas y otros tesoros. Está situado sobre la colina que marca el punto de encuentro entre el Bósforo y el mar de Mármara, ocupando una situación estratégica. En la época Bizantina se elevaban monasterios y edificios oficiales.

Fue construido entre 1459 y 1465 al poco de tomar Mehmet II Constantinopla para fijar en él su residencia. En lugar de ocupar un solo edificio, se articuló en diversos pabellones distribuidos en cuatro patios como una versión de los campamentos nómadas de los otomanos.

Inicialmente se utilizó como sede del Gobierno y tenía una escuela en la que se formaban funcionarios y soldados. Sin embargo, en 1853 el sultán Abdul Mecit I abandonó el palacio y se mudó a Dolmanahçe.

Entramos en el palacio por el primer patio, la zona externa donde conviven los muros de un palacio otomano con una iglesia bizantina. Esta zona ha sido a lo largo de los tiempos hospital, facultad y tahona. En este jardín es donde encontramos la taquilla. Se puede comprar la entrada para el palacio, o para el palacio y el Harem. Como nosotros contábamos con poco tiempo pues teníamos que estar en el aeropuerto sobre las 2 de la tarde, decidimos no entrar en el Harem.

Tras pasar la Puerta del Medio, nos adentramos en el segundo patio, donde se estructura gran parte de los edificios de servicio. En el lado oriental se encuentran las cocinas del palacio, que contienen una colección de piezas de porcelana chinas y japonesas.

Asimismo, podemos encontrar estancias militares y las principales áreas administrativas y de gobierno. También era el centro de las principales ceremonias civiles y religiosas. Por ejemplo, era el lugar elegido para los actos de ascensión del trono. En el lado izquierdo del patio se encuentra la Cámara del Consejo Imperial debajo de la Torre de Adalet Kulesi, uno de los elementos arquitectónicos más característicos del palacio.

Junto a la torre se encuentran las taquillas y la entrada al Harem. Se trata de un complejo de más de 300 habitaciones donde residían las familias reales, aunque también se dice que era el lugar donde los sultanes se rendían al libertinaje.

El segundo patio en su día fue lugar de ejecuciones sumarias y sentencias de muerte ejecutadas en el acto. Atravesando la Puerta de la Felicidad se accede a los dominios privados del sultán, que, para preservar el aura imperial, procuraba evitar frecuentes apariciones en público.

Traspasar esta puerta era el privilegio de unos pocos afortunados. Solo se podía acceder con la autorización expresa del sultán. En la zona se encuentra la Sala de las Audiencias, que era el pabellón donde el sultán recibía a los embajadores de otros países.

En la zona derecha del patio se encuentra el Tesoro. Alberga las joyas que pertenecieron a los sultanes. Todas son joyas masculinas, ya que las femeninas podían dejarse en herencia. Las de los sultanes, por el contrario, pertenecían al Imperio. Por ese motivo se pueden mostrar.

Y llegamos al cuarto patio, la zona privada del sultán y su familia. Es la zona que más me gustó de todo el recorrido. Consta de una serie de pabellones, quioscos, jardines y terrazas. Destacan cuatro pabellones de recreo. La mayoría se encuentran en el entorno conocido como Balcón de Ibrahim el Loco, una enorme terraza de mármol con un estanque. Recibe este nombre porque fue construido por Ibrahim el Loco en 1640 para tomar la primera comida tras poner fin al ayuno diario durante el mes del Ramadán.

Desde esta terraza se puede tener unas buenas vistas del Cuerno de Oro y el barrio de Gálata.

El quiosco Mecidiye fue levantado a la manera de los modelos europeos del siglo XIX. Data de 1840 y fue concebido como lugar de descanso y para alojar a dignatarios extranjeros.

Los dos pabellones más fascinantes son el Quiosco de Revan y el Bagdad. El de Revan es un pabellón relativamente pequeño con una cúpula central. Hay tres ábsides para los sofás, mientras que la cuarta pared contiene una puerta y una chimenea.

El de Bagdad destaca por sus azulejos de Iznik y la madera labrada.

Recibe este nombre pues fue construido en 1638 en conmemoración de una batalla contra dicha ciudad. Es un pabellón octogonal rodeado de 22 columnas y rematado por una bella cúpula. Las ventanas, armarios y otros trabajos de madera dentro de la estructura están adornados con conchas de nácar y carey.

El pabellón de Mustafa Pasha sobresale por su luminosa habitación doble repleta de asientos.

También es remarcable la sala de las Circuncisiones, revestida de hermosos azulejos. En ella reposaban los hijos de los sultanes después del doloroso rito.

Esta ceremonia no figura en el Corán, se piensa que quizá se ha tomado de la cultura judía. Se suele realizar sobre los 7 u 8 años como paso a la edad adulta. Durante esta “celebración” se viste a los niños con un traje blanco de aire otomano con todo tipo de adornos y ornamentaciones. La vestimenta oficial consta de una capa de lentejuelas, sombrero y cetro, como si fuera un pequeño sultán. Se pasea al niño en descapotable, o en un coche agitando pañuelos por las ventanillas. Al igual que en la Primera Comunión, la familia celebra una fiesta con comida y música donde el niño recibe regalos y felicitaciones. Es uno de los eventos sociales más importantes en Turquía y en los escaparates de Sultanahmet y Eyüp abundan estos trajes nada discretos. Nosotros los vimos el primer día en los aledaños del Gran Bazar.

Nos dirigimos hacia la salida paseando por los jardines y la zona donde el sultán se sentaba a observar carreras de caballos y otras competiciones.

Desde el Palacio, y en vista de que aún nos quedaba un rato, nos dirigimos hacia el Hipódromo, que nos dimos cuenta el día anterior por la noche que pese a estar cerca de Santa Sofía y la Mezquita Azul, lo habíamos pasado de largo.

El Hipódromo se convirtió en el escenario de los acontecimientos públicos de la ciudad desde la inauguración de Constantinopla. El pasatiempo preferido de los bizantinos eran las carreras de carros. Incluso cuando el estadio fue cayendo en ruinas  tras la toma de Estambul por las tropas otomanas, se siguió utilizando en las grandes ocasiones.

Poco queda hoy en día del gigantesco estadio que constituyó el corazón de la ciudad bizantina de Constantinopla. Se construyó en el siglo III durante la reconstrucción de la ciudad, el emperador Constantino lo amplió tiempo después. Se dice que tenía una aforo de 100.000 espectadores, aunque en la actualidad es un jardín público alargado en el que quedan restos arquitectónicos que nos dan una idea de lo importante que fue en su día.

Se conservan los obeliscos y las columnas del antiguo Egipto y Grecia.

El obelisco egipcio, construido en el 1500 a.C., se levantaba a las afueras de Luxor hasta que Constantino lo hizo traer a la ciudad. Este monumento, magníficamente tallado, está roto y posiblemente sólo presenta un tercio de su altura original.

Se apoya en una base realizada en el siglo IV, en la que se ve a Teodosio I y a su familia. En los cuatro lados se representan una carrera de carros, Teodosio preparándose para coronar al vencedor con una corona de laurel, prisioneros rindiendo homenaje al emperador y el momento en que se colocó el obelisco.

Junto a él está situada la columna Sepertina, traída desde Delfos. En el siglo XVIII un noble polaco borracho rompió las cabezas de las serpientes.

También en la zona, en Çemberlitas, está la columna de Constantino, o columna de Bronce, porque se cree que se protegía con una cubierta de este material. Se conserva en un estado lamentable, ya que los jenízaros se subían a ella para demostrar su valor.

Mide 35 metros de altura y se construyó en el 330 como parte de las celebraciones para la consagración de la nueva capital de Bizancio. Estaba coronada por un capitel corintio sobre el que se levantaba una estatua del emperador Constantino, vestido como Apolo, pero no ha sobrevivido hasta nuestros días ya que una tormenta la derribó en 1160.

En 1701 fue renovada y por eso se llama en turco columna reforzada. Otro nombre más por el que se la conoce es por el de columna quemada, porque sufrió varios incendios, el más importante el de 1779, que también dañó el Gran Bazar.

Se dice que en la base de la columna se guardan reliquias sagradas fantásticas, entre ellas el hacha con el que Noé construyó el Arca, un frasco de aceite perfumado de María Magdalena y restos de los panes con los que Cristo alimentó a la multitud.

Y ya que estábamos en Çemberlitas, tomamos el tranvía dirección al aeropuerto, pero antes hicimos una parada más. Habrá que esperar para ello.

Estambul día 2: Bazar de las Especias

Apenas eran las 6 de la tarde cuando pisamos de nuevo Europa y nos dirigimos dando un paseo hasta el Bazar de las Especias. Es un mercado abovedado con forma de L y cuenta con 6 puertas de entrada. También recibe el nombre de Bazar Egipcio, ya que se construyó con los ingresos que se les gravaba a las importaciones egipcias. Se encuentra en una zona de callejuelas que guardan la esencia del antiguo Estambul. Como te despistes, te has perdido. Este bazar se construyó en 1660 como parte del conjunto de la Mezquita Nueva. Siempre ha estado asociado a la venta de especias, aunque en la actualidad hay más variedad de mercancías y productos como jabones, miel, frutos secos o dulces.

Dimos un paseo por él tranquilamente y paramos en un puesto a comprar unos garbanzos tostados que nos habían encargado. Si vais a comprar algo, echadle tiempo. Incluso con una idea clara de lo que buscábamos, tienen tantas variedades, te dan a probar, está todo tan rico, que al final quieres llevarte media tienda. En el pueblo de mi madre son muy típicos los torraos, esos garbanzos tostados con yeso. Al parecer se cultivan muy bien, pero la peculiaridad de la tierra hace que la calidad no sea muy apta para cocinarlos, y se suelen tomar como aperitivo. Viendo que en Turquía son muy populares, supongo que nos ha llegado a España esta costumbre a raíz de años de comercio con árabes y otomanos. Los garbanzos turcos son algo más grandes que los que usamos en nuestro día a día. Nada que ver con los pedrosillanos. Y no siempre se tuestan con yeso, ya que nos contó el tendero que también lo hacen con soja y están algo más dulces. En cualquier caso, merece la pena probar lo que nos ofrecen, ya que nos llevaremos gratas sorpresas.

No compramos más, porque en una pastelería próxima al bazar habíamos entrado a cotillear y nos dieron a probar unas baklavas recién hechos y acabamos comprando unas cajas para traernos a casa. Se trata de unos pasteles elaborados con una pasta de pistachos triturados, masa filo y bañados en miel. También pueden ser de avellanas, nueces o almendras. Son deliciosos. ¿Qué no tienen rico estos turcos? A nosotros nos gustó todo lo que probamos.

Aunque era de noche, como aún era pronto para cenar, anduvimos sin rumbo por la zona próxima a Çemberlitas. Aprovechamos para comprar algún souvenir en tiendas que nos encontramos por el camino y fuimos fijándonos en la ajetreada vida de la ciudad. A las seis y media de la tarde las tiendas empezaron a cerrar, pero aún así seguía habiendo jaleo con las idas y venidas de tranvías, coches y transeúntes.

Pasamos por el cementerio de una mezquita y nos sorprendieron sus peculiares tumbas bellamente talladas y decoradas.

Para finalizar el día volvimos por el barrio del hotel callejeando en busca de la cena de ese día. Volvimos a parar en dos sitios. Por un lado paramos en un restaurante para pedir una pizza turca y algún plato combinado como habíamos hecho el día anterior. Mientras esperábamos a que nos prepararan el pedido nos sirvieron un típico té turco de manzana que hasta el momento aún no habíamos probado.

En Turquía se bebe mucho té. Lo habíamos visto el primer día con el recepcionista del hotel, que había salido a por uno. Pero también lo habíamos visto en otros comercios de la zona, que tenían su vaso con forma de tulipán y pasaba con una bandeja el que suponemos que era el dueño del bar a recogerlos. El té se prepara en una tetera compuesta por dos recipientes. El de abajo lleno de agua y el de encima con un té concentrado que ya viene azucarado. Estaba delicioso, caliente, ácido, dulce. Y eso que yo soy más de tés negros, fuertes que de los que tienen sabor afrutados.

Con nuestra cena lista, salimos de nuevo a la calle en busca de un sitio donde comprar algún tipo de pescado y encontramos un local con su terraza donde nos prepararon en el momento un plato de boquerones rebozados y otro a la plancha.

Nos fuimos al hotel a cenar y ver si habíamos acertado con nuestras elecciones.

Como siempre, muy rico todo. Listos para descansar y cargar pilas para el último día.

Estambul día 2: Ferry a Üsküdar

Tras comer y pasear cerca de la Torre Gálata, volvimos a cruzar el puente hacia Eminönü. El barrio que en su día era el centro de la antigua ciudad amurallada de Constantinopla. Era un próspero puerto con comerciantes de todo tipo, un nudo de comunicaciones de la ciudad. En la actualidad es un barrio lleno de vida gracias al transporte de ferry más importante del Bósforo que permite la comunicación entre barrios de Estambul, incluso con la parte asiática de la ciudad, que es adonde nos dirigíamos.

En el puerto se pueden contratar los tours por el Bósforo a diversos precios y con variedad de horarios y duración. Sin embargo, como teníamos poco tiempo, decidimos tomar un ferry público, algo así como el de Staten Island para ver la Estatua de la Libertad. Este no es gratuito, pero con la Istanbulkart el trayecto cuesta 2.45TL. Aquí podéis ver los horarios, hay una buena frecuencia, ya que salen cada 15-20 minutos en las horas centrales del día. Sale justo al lado del Puente Gálata, y en apenas 20 minutos cambias de continente.

Como teníamos un sorprendente día soleado para tratarse de mediados de noviembre, decidimos subir a cubierta para poder disfrutar del trayecto. Nos sentamos en la parte trasera, que creo que es el mejor lugar para apreciar las vistas. A un lado dejamos el barrio de Eminönü y las siluetas de las mezquitas y al fondo Sultanahmet. Al otro lado Beyoğlu con la Torre Gálata destacando sobre la colina.

Durante el recorrido se navega por el Bósforo alejándonos del Puente Gálata y percibiendo una Estambul diferente.

Con el aire en la cara y acompañados por las gaviotas fuimos acercándonos a Asia divisando ambas orillas y la silueta de edificios – como el Palacio Dolmabahçe y mezquitas. Era el momento de sentirse como el pirata de Espronceda.

Y por fin nos acercábamos a Üsküdar, un contraste con los barrios que habíamos visto hasta el momento.

Nada más bajarnos del ferry nos mezclamos con los lugareños, apenas había turistas. De hecho, nos mimetizamos tanto que mientras paseábamos por el muelle y observábamos a los pescadores, se nos acercó un señor y se nos puso a hablar. Cuando eres moreno, con el pelo rizado y llevas una espesa barba de un mes, parece que podrías pasar por un turco más. Y eso es lo que le pasó a mi marido, que, para no ofender al paisano, asentía a lo que le comentaba y le sonreía copiando sus expresiones faciales.

En la zona se respiraba ambiente de barrio, con gente esperando en la parada del autobús, trabajadores que acababan su jornada laboral, jóvenes haciendo picnic, familias paseando o sentados en una terraza disfrutando de una bebida caliente. Y de fondo, la llamada de las mezquitas de las 14:35. En Üsküdar se percibe la esencia de Estambul, sin locales turísticos, sino que lo que destacan son mercados de frutas, pescado, vendedores ambulantes, casetas de comida callejera…

Callejeamos por el parque próximo al muelle y nos adentramos por el barrio, por sus calles sin contaminación de masa de turistas. Y después volvimos a la costa para encontrar el ansiado punto desde el que veríamos atardecer.

Dejando la parada del ferry a mano derecha, caminamos por el paseo que discurre junto al Bósforo. A nuestro camino vamos dejando restaurantes y locales, pero había leído que había una zona con alfombras en una grada que era el punto óptimo para ver el otro continente. Este restaurante se encuentra a la altura de la Torre de Leandro, apenas a unos 10 minutos desde la terminal.

Sin embargo, nosotros no nos detuvimos en las alfombras, sino que continuamos un poco más y encontramos unas piedras desde donde teníamos unas vistas impresionantes.

A mano derecha nos quedaba la Torre de Leandro, en una isla en medio del Bósforo a unos 200 metros de la orilla. Fue construida en el siglo XVIII sobre los restos de una antigua torre bizantina. Durante los siglos ha tenido infinidad de usos. Ha sido faro, semáforo, un punto de sujeción de cadenas para cerrar el Bósforo, puesto de aduanas e incluso casa de retiro de oficiales turcos.

En la mitología griega, Leandro era un joven que mantenía un romance con Hera, sacerdotisa de Afrodita. El enamorado cruzaba todas las noches el Bósforo a nado siguiendo una antorcha que Hera colocaba en la torre. Una noche, la tormenta apagó la antorcha y Leandro murió ahogado. La sacerdotisa desesperada de dolor, se arrojó al mar.

También es conocida como La Torre de la Doncella, ya que un emperador bizantino encerró a su hija para protegerla, sin embargo una bruja introdujo una serpiente en una cesta de uvas y su picadura fue mortal.

Nos quedaba una hora para el atardecer, el sol aún lucía y nos calentaba. Mientras estábamos allí sentados contemplando las vistas, iban llegando grupos de chavales, familias y parejas para disfrutar también del paisaje. Y parece que mi hermano también podría pasar por turco, ya que se le acercaron y con un toque en el hombro, unas palabras en turco y una cámara en mano, le pidieron una foto. Parece que si llevas una barba muy espesa y morena podrías pasar por turco. Bueno, y también que por nuestra sangre debe correr ADN árabe, quizá de nuestros antepasados toledanos.

Los minutos iban pasando, el sol iba bajando y volvimos a ponernos las chaquetas. Pasaban vendedores ambulantes vendiendo pipas y obleas. El cielo poco a poco iba cambiando la paleta de colores tornándose más anaranjado a cada segundo.

Es imposible expresar con palabras la belleza del momento en que empieza a atardecer. Ni siquiera las imágenes captan la belleza de la vista. El último atardecer que nos había sorprendido había sido el de Budapest. El de Estambul lo superó. Estaría casi a la par con el del Gran Cañón, aunque ahí contamos con el factor impresión de ver la abertura de la tierra y la inmensidad del barranco.

Me sorprendió ver que apenas había gente disfrutando de las vistas. No estábamos solos, cierto es, pero poca gente para el espectáculo natural que uno puede apreciar. Supongo que la mayoría de los visitantes de Estambul se centran más en los barcos que realizan excursiones turísticas e ignoran estos lugares mágicos en los que uno sólo tiene que sentarse, relajarse y observar el panorama mientras pasan los minutos.

No sé la cantidad de fotos que hicimos de la hora que estuvimos sentados hablando y observando, viendo a la gente pasar, relajándonos y empapándonos del ritmo de la ciudad y del Bósforo. Veíamos pasar barcos de mercancías continuamente. Las aguas del Bósforo se consideran internacionales bajo control turco. Son internacionales porque el paso es vital para poder dar salida a los mares del sur a países como Rumanía Bulgaria, Ucrania y Rusia.

Cuando el sol terminó de ocultarse y con una nueva llamada a la oración, nos dirigimos de vuelta a la terminal del ferry. En el camino de vuelta, al pasar por la zona de las alfombras, paramos en un kiosco a comprar unos tés y unos cafés. La temperatura había disminuido al caer el sol, y apenas eran las 5 de la tarde, por lo que era buena hora para tomar una bebida caliente.

El café se popularizó en el país en el siglo XVI y su evolución fue meteórica, apareciendo varios locales por Estambul. En los primeros cafés se cerraban transacciones económicas y se trataban asuntos sociales. El café turco tiene una forma especial de prepararse. Se hace en un cazo de cobre de mango largo. En él se mezclan sin filtro el agua y el café molido muy fino. Una vez hervido se pasa a la taza, en la que se deja reposar. El resultado es un café muy cremoso, cercano al chocolate. Es fuerte y sabroso. Al pedirlo para llevar, lo ponen en una taza de poliestireno blanco y los posos no se quedan abajo, sino que se van pegando en las paredes del vaso. Así que mejor pedirlo para tomar y sentarse a degustarlo.

De nuevo en el ferry nos subimos a la planta superior para poder observar el Bósforo y la iluminación de los edificios de vuelta a Eminönü con el recuerdo de un bello atardecer.

Estambul día 2: Cisterna Basílica y Torre Gálata

Lo cierto es que según habíamos planificado el día contábamos con visitar la Cisterna Basílica por la tarde después de comer. Sin embargo, al haber madrugado, nos cundió bastante la mañana, con lo que modificamos la ruta.

La Cisterna Basílica es el monumento menos convencional de la ciudad. Se trata de un palacio sumergido. Es una enorme cisterna que se construyó en la época bizantina en el subsuelo de la ciudad para evitar la falta de agua. Esta se bombeaba desde una reserva situada cerca del Mar Negro y se transportaba hasta la cisterna a través de un acueducto de casi 20km de longitud. Sin embargo, los otomanos pasaron más de un siglo después de la conquista sin conocer su existencia. Se descubrió al observar que había gente que sacaba agua bajando cubos a través de agujeros en los sótanos.

Tiene unas dimensiones de 140 por 70 metros y puede llegar a acumular 80.000 metros cúbicos de agua. Hay hasta peces.

Paseando por el entarimado podemos entrever filas de columnas, hay unas 336 de estilos muy variados, ya que se reutilizaron de antiguas estructuras y monumentos. Destacan dos que tienen como base una cabeza de Medusa que provienen del Templo de Apolo en Didim. Se tomaron como un elemento más de construcción, no con intención artística.

La entrada cuesta 20TL y lo que se puede visitar es tan solo un tercio de la estructura original, ya que el resto se tapió en el siglo XIX. Ha sufrido diversas reparaciones, la más notable en 1980, cuando se limpió a fondo, se renovó y adornó con luces. Durante años se había convertido en un lugar donde arrojar todo tipo de desechos.

Nada más entrar te puedes hacer una foto (por un módico precio, claro) caracterizado como un sultán y una Sherezade de otra época. Nosotros lo omitimos y nos dedicamos a pasear siguiendo el entarimado. No había mucha gente a esas horas, hasta que de repente llegó un grupo de escolares de unos 12 años que corrían de un lado a otro. Llegaban a la barandilla, se ponían diez o doce con sus tabletas y móviles, hacían la foto de rigor, y corriendo y dando voces hasta la siguiente barandilla. Así que a medio recorrido tuvimos que ir esquivándoles, porque eran bastante ruidosos y molestos.

Tras la breve visita volvimos al exterior y nos dirigimos hacia la Torre Gálata.

Nos fuimos dando un paseo tranquilamente y cruzamos el puente Gálata que, vayas a la hora que vayas, está lleno de pescadores y de vendedores de cebo. No sólo tiene mucha vida en su inferior, como vimos el día anterior cuando compramos los bocadillos de caballa, sino que en su parte superior siempre hay movimiento.

El puente une la zona antigua con la moderna y cuenta con un tramo levadizo. Su anchura es de 42 metros y tiene una longitud total de 490 m. Se puede cruzar a pie por ambos lados, ya que tiene unas aceras bastante anchas.

El primer puente se construyó en 1845, aunque en 1863 con la llegada de Napoleón III fue sustituido por uno de madera. Posteriormente hubo dos puentes más hasta que en 1992 se levantó el que vemos hoy en día.

En la otra orilla pisamos el barrio de Beyoğlu. Antiguamente se llamaba Pera, que significaba “al otro lado” y durante siglos fue el barrio donde vivían los extranjeros. Los primeros fueron los genoveses, tras ayudar en la reconquista de la ciudad de manos de los latinos. Después se asentaron los judíos procedentes de España, también árabes, griegos y armenios. Estos emigrantes trajeron a Estambul nuevas modas, maquinaria, artes, costumbres y normas más occidentales. Mientras en el centro histórico predominaban los bazares orientales, las mezquitas y palacios de la Edad Media, en Beyoğlu había electricidad, modernos trenes subterráneos, tranvías y teléfono.

Hoy en día es el centro artístico, de ocio y de vida nocturna más activo de Estambul. En el barrio conviven muchos grupos étnicos, religiones y lenguas diferentes. Hay diversas actividades artísticas, museos y galerías de arte. Es el verdadero centro cultural de la ciudad.

El distrito abarca desde el puente de Gálata hasta la plaza Taksim, el corazón de la moderna Estambul, un cruce de vías con gran animación e intenso tráfico. Así como también el escenario de manifestaciones. Como no contábamos con mucho tiempo, nosotros no nos dirigimos tan al norte, sino que nos quedamos por la zona de la torre, donde predominaba el gremio de los electricistas, ya que casi todos los comercios eran de lámparas o componentes eléctricos. Alrededor de la torre hay un laberinto de calles medievales donde los venecianos y genoveses tuvieron sus factorías comerciales.

Subimos a la Torre Gálata, el edificio más emblemático del Cuerno de Oro.

Se trata de una torre circular de 62 metros rematada por una cubierta cónica. Tiene un diámetro de 16 metros en la base y un diámetro interior de 9 metros. La anchura de los muros va disminuyendo según se va ascendiendo, llegando hasta los escasos 20 centímetros en la parte superior. Fue construida en 1348 por los genoveses sustituyendo un antiguo faro y formaba parte de sus fortificaciones. En aquel momento se convirtió en la estructura más alta de la ciudad.

Durante el período otomano se utilizó como atalaya y en la década de 1960 se abrió al público. Consta de nueve plantas y en los dos últimos pisos hay un restaurante y un club nocturno. Se puede subir a ella en un ascensor y un tramo por una estrecha escalera de caracol.

Merece la pena, ya que se obtiene una vista panorámica que abarca todos los monumentos de Estambul a unos 52 metros de altura.

El único inconveniente es que el mirador es bastante estrecho y suele haber bastante gente, por lo que la movilidad es algo limitada. El precio son 25TL.

Y tras divisar Estambul desde las alturas en un día despejado, nos fuimos callejeando por el entramado medieval en busca de un lugar donde comer. Como no queríamos irnos de Turquía sin comer el típico kebab, paramos en un local que tenían el menú con bebida por 5TL y nos sentamos en la terraza a degustarlo.

Estaba recién hecho y muy rico. El pan estaba crujiente, la carne jugosa y bien condimentada. Y nada de salsa como estamos acostumbrados por aquí. Y es que no le hace falta, ya que el adobo que lleva la carne es suficiente para darle sabor.

Para bajar la comida, paseamos por Karaköy, un barrio del distrito de Beyoğlu. Un barrio empinado y adoquinado lleno de vida con tiendas y restaurantes. También se pueden encontrar locales en los que venden los famosos zumos de granadas, esas granadas que nada tienen que ver con las que comemos aquí. La variedad turca es algo más grande y con unas semillas más rojizas, más burdeos. Muy dulces y jugosas.

También podemos encontrar alguna fachada peculiar.

Nuestra siguiente parada era Üsküdar, desde donde teníamos entendido que se podía apreciar el mejor atardecer de Estambul, así que hacia el ferry que nos dirigimos para cruzar a Asia. Pero de momento, lo dejo aquí.

Estambul día 2: Santa Sofía y Mezquita Azul

Amaneció temprano en nuestro segundo día, ya que queríamos aprovecharlo al máximo. Nos habíamos acostado pronto el día anterior, sin embargo, no todos descansamos igual, ya que la llamada a la oración había despertado a alguno.

Los musulmanes turcos realizan el ritual de la oración seis veces al día y, para avisarles, desde las mezquitas se convoca a los fieles mediante cánticos a través de la megafonía de los minaretes. Algo así como el repique de campanas para los católicos aunque con un toque de cante jondo. La primera de las llamadas es dos horas antes del amanecer, la segunda al amanecer antes de que despunte el sol; la tercera al mediodía; la cuarta a media tarde, cuando las sombras de los objetos son iguales a sus alturas; la quinta a la puesta del sol, cuando este se acaba de ocultar; y la sexta y última cuando ya no hay luz.

Es un dato a tener en cuenta antes de viajar, no sólo por los tapones para dormir si no queréis despertaros antes de tiempo, sino también para las visitas de las mezquitas, ya que no se podrán visitar desde el aviso hasta media hora después. En esta web podéis saber a qué hora será cada día del año. En nuestro caso ese día teníamos las llamadas a las siguientes horas: 05:01, 06:46, 12:00, 14:35, 16:54 y 18:26.

Tras desayunar nos pusimos en marcha dispuestos a descubrir Estambul en un sorprendente día soleado de mediados de noviembre.

Estambul es la ciudad más grande y poblada del país, sin embargo, su centro histórico se puede recorrer cómodamente a pie. Con buen calzado, claro, porque hay calles empinadas y empedradas en las que podemos dejarnos un tobillo y llevarnos un esguince. Como no podía ser menos, su centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Nos dirigimos desde el hotel hasta Santa Sofía. La ciudad estaba tranquila, aún no se veía muchos transeúntes y los comercios estaban comenzando a subir sus cierres. A la altura del acceso trasero del Palacio Topkapi vimos un puesto de una especie de Pretzels que mi hermano, como buen catacaldos que es, quiso probar. Y por 0.25TL no te vas a quedar con las ganas.

Su nombre es Simit, un pan con forma circular espolvoreado con semillas de sésamo. La parte exterior es un poco crujiente, pero su interior es esponjoso. Mucho más rico que un Pretzel alemán. Es un producto muy valorado y consumido por los turcos, parece que su origen se remonta hasta el siglo XVI. Hay vendedores ambulantes con sus carritos acristalados en cada esquina. Muchos tienen la opción de acompañarlo con queso de untar o nutella.

Continuamos nuestro recorrido hasta llegar a Santa Sofía, el símbolo de la ciudad.

Llegamos pocos minutos después de su apertura, que es a las 9 de la mañana (cierra a las 16), por lo que no estaba muy saturada de gente, aunque ya había una guía griega con un grupo. Es recomendable visitarla cuanto antes y así evitar aglomeraciones. La entrada cuesta 30 liras y nos da acceso al recinto, no sólo a la edificación. Nada más entrar, pasamos por un jardín en el que hay restos de columnas griegas.

Siguiendo el acceso guiados por las indicaciones llegamos a la entrada a la iglesia/mezquita. Destaca el suelo resbaladizo y marcado con el paso de los años.

Y antes de entrar a la nave principal tenemos una zona en la que podemos asistir a un vídeo u observar diversas fotografías. Si miramos hacia arriba ya nos sorprenderemos de la ornamentación del templo.

A pesar de lo que se suele pensar, no debe su nombre a la santa, sino que hace referencia a la sabiduría, que es lo que significa “sofía” en griego. Hoy en día, desde 1935, es un museo, pero ha sido Basílica Ortodoxa, Católica y Mezquita Imperial a lo largo de los años y períodos de la ciudad.

La construcción actual (hubo dos basílicas anteriores en el lugar) se comenzó a edificar en el año 532 con intención de cristianizar y se tardó en construir cinco años y medio. Entre los años 1993 y 2010 se hicieron tareas de mantenimiento y se limpiaron los mosaicos y la cúpula. En dichas tareas se descubrieron mosaicos bizantinos de caras de ángeles que habían sido tapados con mosaicos otomanos. En el exterior se centraron en limpiar las fachadas y reforzar los techos para evitar daños en caso de que hubiera un terremoto en los próximos años. Sin embargo, a pesar de que estas tareas terminaron hace un lustro, nos encontramos con andamios en un lateral de la nave lateral. Supongo que una obra de tal envergadura como Santa Sofía requiere de un cuidado continuo.

De mis clases de Historia del Arte del instituto recuerdo tres obras arquitectónicas que me llamaron la atención: La Mezquita de Córdoba, el Panteón de Agripa y Santa Sofía. Así que tenía ciertas expectativas. Y no defrauda. Es impresionante. Nada más entrar sorprende que en el siglo VI fueran capaces de levantar una obra de tales dimensiones.

El edificio cuenta con una planta de tres naves con tribunas, pero sin duda lo que destaca es la enorme cúpula de 30 metros de diámetro que se eleva hasta los 56. Hay todo un estudio arquitectónico detrás para crear un complejo sistema de descarga y que se mantenga en pie. No obstante, a lo largo de los años se ha reforzado el exterior para poder soportar el enorme peso de la estructura.

El techo está cubierto en su mayor parte por mosaicos de oro que reflejan la luz cenital que entra por las ventanas. El interior está diseñado para mostrar la omnipotencia del Imperio Bizantino. Se nota en los materiales, que eran los mejores de la época, así como en la ornamentación.

Pero en Santa Sofía hay una mezcla de culturas y credos, una combinación de períodos y simbología. Al convertirse en mezquita en el siglo XV se taparon los motivos cristianos con yeso, algo que ha salido a la luz, bastante bien conservado además gracias a este apaño, en las tareas de restauración.

Los elementos que más destacan en la planta baja son los que incorporaron los sultanes otomanos tras la conquista de la ciudad. Un ejemplo son los discos de 7,5 metros de diámetro que cuelgan poco más abajo de la cúpula. Cuentan con inscripciones en oro con los nombres de Alá, Mahoma y los cuatro grandes profetas.

Poco a poco se le fueron añadiendo los elementos necesarios para la conversión. Se levantaron los minaretes y se instaló en el ábside de la antigua iglesia el nicho que indica la localización de la Meca. Asimismo, se levantaron los estrados para los lectores del Corán, la logia del sultán y el Cuadrado de la Coronación para situar el trono imperial. Se levantó el trono del Predicador para que los mayores pudieran escuchar las lecturas del Corán y se construyó la biblioteca, delimitada por una bella y reluciente puerta de bronce.

Desde la planta baja se puede subir a las galerías por una rampa. Si la planta inferior maravilla, pasear por la superior es algo magnífico. Los mosaicos del techo están muy bien recuperados.

Desde arriba hay unos balcones desde los que se puede observar más de cerca la inmensa cúpula y se puede ver la magnitud de Santa Sofía.

Además, se puede alcanzar a ver la Mezquita Azul desde alguna de sus ventanas.

En la segunda planta destacan varios mosaicos. El más significativo es el que muestra al Emperador Constantino y a la Emperatriz Zoe adorando a Cristo. Aunque quien acompañaba a la emperatriz en un inicio era Romano III, su primer marido. Y después Miguel IV hasta que falleció. Finalmente se dibujó a Constantino.

Al salir de la iglesia se cruza el vestíbulo de los Guerreros, llamado así porque la guardia personal del emperador solía esperarles ahí. Sobre la puerta, en la parde de detrás según se entra, está el mosaico de la Virgen con Constantino y Justiniano. Constantino, a su derecha, le regala la ciudad de Constantinopla y Justiniano Santa Sofía. Los visitantes salen de la iglesia por esta puerta, antes reservada para el emperador por su proximidad al Gran Palacio.

Al salir, pasamos por los santuarios islámicos. En los jardines de la basílica varios sultanes erigieron sus mausoleos.

Abandonamos Santa Sofía con rumbo a la Mezquita Azul, que está justo enfrente. Y no es casualidad, ya que el Sultán Ahmed I quería hacer palidecer al símbolo del Imperio Bizantino y abrir una nueva era. El visitante sale ganando, pues desde los jardines centrales de la plaza de Sultanahmet se pueden observar ambas. Y yo no sabría decir con cuál me quedaría si tuviera que elegir.

En la plaza encontramos varios puestos de Simit, y como ya habían pasado un par de horas desde que habíamos desayunado, decidimos pedir un surtido y probar varias modalidades. No todo eran Simit, había croasanes, trenzas y una especie de suizo, eso sí, todos deliciosos. Como éramos 5, fuimos degustando de unos a otros comparando sensaciones, sabores y texturas.

Nos faltó un zumo de granada para completar el almuerzo, pero es que en la zona es carísimo. Con los carros de Simit no lo notamos, el precio es estándar en toda la ciudad, pero los zumos los habíamos visto a 2TL la noche anterior por la zona del hotel y en esta zona tan turística estaban a 5 e incluso 6TL. Así que lo dejamos para otra ocasión.

Nos dirigimos a la Mezquita Azul, uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. Se encuentra cerrada durante las horas de la oración y las mujeres han de llevar el pelo tapado. Si no llevas un pañuelo, fular o similar, te prestan uno en la entrada. Además, hay que descalzarse, puesto que el suelo está cubierto de alfombras. Para preservar la atmósfera sagrada, pues no hay que olvidar que es un templo en funcionamiento, los turistas han de entrar por la puerta sur para salir por la norte.

Su planta sigue la estructura otomana clásica. El patio delantero tiene una fuente de abluciones en el centro y el pórtico se utilizaba para la meditación, oración o estudio cuando hacía buen tiempo.

El patio tiene las mismas dimensiones que la sala de la oración, equilibrando así el conjunto arquitectónico.

La mezquita cuenta con una cascada de cúpulas y semicúpulas y seis elegantes minaretes. Esta decisión provocó muchas discusiones, porque se consideraba que los seis alminares de la mezquita constituían un intento de rivalizar con la Meca. Para zanjar los problemas, se levantó un séptimo en la Meca.

Lo más atractivo, y lo que le da el nombre, es la decoración interior a base de un revestimiento de azulejos de Iznik de tonalidades azules. De hecho, el azul turquesa recibe ese nombre por ser considerado el azul de los turcos.

Sus cúpulas y bóvedas semicirculares son impresionantes, llenas de detalles arabescos y geométricos. Los musulmanes no son figurativos como pueden serlo los católicos, así pues, no hay representación de Alá salvo con grafía.

Su aspecto transmite serenidad, incluso plagada de turistas. Da la sensación de ser un espacio muy amplio gracias a las cúpulas, las vidrieras y los reflejos azules. Sin embargo, no cuenta con la pericia arquitectónica de Santa Sofía, ya que aquí para sostener las cúpulas y bóvedas se levantaron cuatro columnas.

Tras la visita a dos de los puntos imprescindibles de la ciudad emprendimos rumbo a la Cisterna Basílica. Os lo cuento en otro rato.

Estambul Día 1: Vuelo y Gran Bazar

Y llegó el día del viaje.

Madrugamos como si fuéramos a trabajar, ya que teníamos el vuelo a las 10:25. Tuvimos un viaje tranquilo y a medida que nos acercábamos a Estambul yo iba alucinando de lo grande que es la ciudad. Es inmensa su extensión. El cielo quedaba perfilado por los rascacielos y mezquitas, cuyos minaretes sobresalen cada pocos kilómetros.

Una vez en el aeropuerto tuvimos que pasar por el control de pasaportes. Como ya llevábamos el visado, es solamente enseñarlo junto con el pasaporte para que te lo sellen. Había una cola importante, pero lo bueno es que cuando llegamos a la cinta, la maleta ya había llegado. Como íbamos pocos días, llevábamos mochilas, pero facturamos una maleta pequeña con los productos de higiene y algunos objetos que no se pueden llevar en cabina, como el palo de selfie o trípodes. Sacamos dinero en un cajero y nos dirigimos al metro.

100TL

20TL

10TL

5TL

Monedas

Nuestra intención era comprar las Istanbulkarts, unas tarjetas monedero que se puede usar en los medios de transporte de la ciudad. Cuesta 10 liras (más una fianza por la tarjeta) y supone cierto ahorro, ya que puedes hacer hasta 5 trasbordos en diferentes medios más baratos que si los pagases como viaje sencillo. Además, te da la comodidad de no tener que andar sacando billetes sencillos, buscando monedas… Y más siendo cinco personas, que nos habría hecho entretenernos mucho. De esta forma sólo tienes que saber el destino del trayecto, leer la banda magnética y pasar.

Hay máquinas expendedoras de las tarjetas, y también recargan, pero el cajero nos había dado billetes grandes y la máquina no los aceptaba, así que tuvimos que ir a un kiosco. La mujer nos vendió las tarjetas ya con la carga que nosotros le dijimos.

Istanbulkart

Con las Istanbulkarts en nuestro poder, nos dirigimos al metro a coger la línea M1. Después, cambiamos al tranvía T1 hasta Çemberlitas, que era la estación más próxima a nuestro alojamiento. El tranvía es bastante moderno y cubre el casco antiguo con una buena frecuencia. Aunque todo queda bastante próximo a pie, pero en caso de tener que recurrir al transporte, funciona muy bien. Al menos a nosotros nos dio buen servicio.

Apenas eran las cinco de la tarde, pero en el trayecto se nos había hecho de noche. Es lo que tiene noviembre, que los días son más cortos. Sin embargo, íbamos observando con detenimiento la ciudad a la que habíamos llegado. El barrio donde se encontraba el hotel estaba repleto de locales de zapaterías. Bien artesanos que trabajan el cuero, tiendas que vendían zapatos, o cualquier tipo de material para fabricarlos o repararlo. Callejuelas empedradas y empinadas que nos recordaban al Madrid de Lavapiés con sus calles estrechas plagadas de comercios al por mayor. También fuimos echando el ojo a los restaurantes y comercios que nos íbamos encontrando por el trayecto para saber qué opciones teníamos de cena.

Cuando llegamos al apartahotel no había nadie en recepción. Una recepción que era una habitación plagada de sofás, con un par de escritorios y unos enchufes un tanto precarios. Practicamente un par de cables metidos en el enchufe. En las escaleras exteriores un vaso vacío de té y un móvil. Fue una llegada un tanto curiosa, no sabíamos muy bien dónde habíamos llegado, si realmente teníamos reserva. Sin embargo, al par de minutos llegó un chico que venía del bar con su té hirviendo (luego descubriríamos que el té es muy importante para ellos). Muy amable y agradable nos hizo el check in y nos explicó cómo llegar a nuestras habitaciones. Nos facilitó la clave de la wifi (gratuita) y nos explicó que como no tenían habitación de 2 disponible, nos habían asignado por el mismo precio una de 3.

Las habitaciones estaban muy bien equipadas con su cama, sofá cama, un baño sencillo y una cocina con hervidor y vajilla a disposición. Además de una mesa camilla con sus sillas y un aparador con una tele que ni encendimos.

Dejamos las mochilas en las habitaciones, nos refrescamos y salimos de nuevo a la calle con intención de aprovechar lo poco de tarde que nos quedaba.

Volviendo a Çemberlitas y siguiendo un poco más adelante, con el sonido de la llamada al rezo nos adentramos en la zona del Gran Bazar.

Desde sus orígenes, Estambul ha tenido un rol importante en el aspecto comercial y durante el Imperio Otomano, el Gran Bazar era el centro económico. Se llama Gran Bazar por algo, y es que es el mayor de la ciudad con unos 45.000 m2 y uno de los más grandes del mundo. Se trata de un recinto techado que consta de 22 puertas que dan acceso a 64 calles y cerca de 3.600 tiendas. De todos los accesos, destacan 4 principales, las más conocidas son la de la Mezquita de Nuru Osmaniye y la de Beyazit, que es por la que entramos nosotros.

El interior está organizado de manera gremial y las calles llevan el nombre del gremio en cuestión: joyas, orfebrería, especias, espejos, toallas, cuero, zapatos, piel, seda, alfombras… Así que como verlo todo requiere de mucho tiempo y cerraba a las 19:30, obviamos pasillos que nos interesaban menos, como por ejemplo las alfombras (no íbamos a volver con una alfombra en el avión). Y anduvimos sin rumbo, simplemente observando la maraña de calles, de puestos y objetos que te puedes encontrar.

A pesar de lo que había oído y leído, los vendedores estaban bastante tranquilos y no nos agobiaron. Quizá porque era última hora de la tarde, o quizá porque no se nos veía con mucha intención de comprar. Sí que nos saludaban o intentaban adivinar la nacionalidad para soltar algún chascarrillo en nuestro idioma. Nos invitaban a pasar a las tiendas a ver los productos, pero con sonreír y decir que sólo estás mirando, nos dejaban continuar tranquilamente. De hecho, me he sentido más abrumada en el mercadillo de mi ciudad que en el Gran Bazar.

Es increíble lo bien que se conserva y a pesar de que a lo largo de su historia ha pasado por incencios y terremotos. Destacan los incendios del de 20 de noviembre de 1651 y el del 26 de noviembre de 1954. La estructura que tiene hoy en día se debe a las obras de mejora tras el terremoto de 1894, tras su renovación hubo calles aledañas que quedaron fuera del bazar. Así pues, no hay que quedarse sólo con el recinto, sino que conviene pasear por los alrededores. De hecho, es frecuente encontrar mejores precios.

A nosotros nos dio la hora del cierre, por lo que salimos al exterior y descubrimos más callejuelas con más comercios. Aunque también estaban cerrando, pero estuvo interesante poder observar el bullicio de la zona, cómo recogían los productos, sacaban cartones y basura a la calle; en definitiva, el trasiego de un día normal.

Como ya era de noche y estaban cerrando todo pero aún era pronto para dar por finiquitado el día, decidimos acercarnos al puerto de Eminönü para pasear a orillas del Bósforo. Merece la pena observar la ciudad de noche, con las mezquitas y edificios importantes iluminados.

De esta zona es de donde salen los barcos que hacen cruceros por el río, pero también hay unos barcos restaurantes donde se puede comer pescado fresco a precios populares, más barato que adentrándonos en la ciudad. Mi madre y yo quisimos probarlo, así que en uno de los puestos nos acercamos al muelle y le pedí dos Balik Ekmek, los famosos bocadillos de caballa. Y me dice ¡self service! Subes al barco, coges el pan, tomas el pescado de la plancha, añades lechuga, cebolla y pagas. Me parece perfecto, te sirves a tu gusto. El problema es que los barcos y yo no nos llevamos bien, y menos de esas dimensiones, ya que aquello se balanceaba que ni una mecedora. Pero el señor muy amable al ver mi cara de espanto le dijo al compañero que nos preparara dos bocatas y nos los sirvió sin problema. Por cinco liras teníamos la cena. La caballa era fresca y se deshacía al morderla, no necesita salsa adicional ya que estaba muy rica. Por cierto, para que después te limpies, puedes coger unas toallitas húmedas. No son como las de Japón, pero muy bien por el detalle. Nos los comimos en ruta, aunque también hay unas mesas con taburetes para poder degustarlos en el muelle.

El resto habían echado el ojo a algún local camino del hotel, así que para allá que nos volvimos. Tras dudar entre varias opciones se decantaron por un par de platos combinados que constaban de carne, arroz y ensalada.

Lo primero que descubrimos es que al contrario de los Kebab que se comen por aquí en España (en Europa en general), en Estambul no le echaban salsas a los platos, sino que la salsa va ya condimentada y no necesita añadido adicional.

Quedamos todos satisfechos con nuestras elecciones y tras revisar y ponernos de acuerdo en el plan del día siguiente, nos fuimos a descansar.

Conociendo Estambul

Estambul siempre me recordará a la Canción del Pirata. Para los de LOGSE, LOCE, LOE o LOMCE: es el poema de José de Espronceda de los cañones y el viento en popa:

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido,
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul:

«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Pero adentrémonos un poco en su relevante historia. Estambul es la ciudad más grande de Turquía, aunque no es la capital, que es Ankara. Sin embargo, goza de gran importancia dado su enclave privilegiado. Está edificada entre siete colinas y dividida en dos partes por el Estrecho del Bósforo (lo cual es redundante, ya que “Bósforo” significa “estrecho” en turco): una en Asia y otra en Europa entre el Mar de Mármara y el Mar Negro. Esto le ha permitido a lo largo de su historia alcanzar importancia económica gracias al comercio entre ambos continentes.

Para hablar del Estambul originario tenemos que referirnos a ella como Bizancio, que fue fundada en el 667 a.C. por colonos griegos. Surgió en la orilla europea, en el Cuerno de Oro. Posteriormente fue ocupada a lo largo de los siglos por diversas civilizaciones hasta la llegada de Constantino. Estuvo bajo el dominio del Imperio Persa (559 – 529 a.C.), Alejandro Magno (334 – 323 a.C.) e Imperio Romano (284-305 d.C.).

En el 330 d.C. el Emperador Constantino I el Grande trasladó la capital del Imperio Romano a Bizancio con intención de erigir la nueva Roma. Su lugar estratégico le confería una fácil defensa de la ciudad, así pues, le pareció más apropiado como sede del Imperio. La rebautizó como Constantinopla (ciudad de Constantino) y declaró el cristianismo como religión oficial. Aunque él murió en el 337, sus sucesores continuaron sus planes. Durante los años de Constantinopla se comenzó a expandir la ciudad construyéndose numerosos edificios nuevos. Mientras con el paso de los siglos la parte occidental del Imperio Romano entraba en declive, Constantinopla estaba en auge convirtiéndose en una gran urbe que controlaba la ruta mercantil entre ambos continentes. Incluso tras la época de las cruzadas la ciudad conservó su importancia comercial.

Del período en que se llamaba Constantinopla datan las murallas, Santa Sofía, iglesias, cisternas o el Hipódromo. De hecho, parece haber mucho más oculto, pues cada vez que se excava en la ciudad, se descubren canalizaciones de agua, alcantarillado o calles bajo el suelo moderno.

Entre 1061 y 1453 se consideran años de decadencia. Finalmente, tras años de conflicto con los turcos, Constantinopla cayó. El 29 de mayo de 1453 el Sultan Mehmet II destruyó las murallas y conquistó la ciudad.

La simbología de este cambio se manifiesta cuando entra a caballo en Santa Sofía, que posteriormente será transformada en mezquita. Esta fecha es la que marca el final de la Edad Media.

Comienza el período del Imperio Otomano, y con esta nueva era, una reconstrucción cultural y arquitectónica de la ciudad. Se pasó de cristiano ortodoxa a islámica, y de bizantina imperial a otomana. Se construyeron el Palacio Topkapi, el Gran Bazar o la mezquita Fatih.

El Imperio Otomano siguió su expansión hasta Marruecos, llegando así a estar en tres continentes. Fueron unos siglos de gran esplendor. En el XVII se construyó la Mezquita Azul;

En el XIX se levantó el primer puente Gálata sobre el Cuerno de Oro, se inauguró el Palacio de Dolmabahçe, que se estableció como residencia de la Familia Real. También se construyó el funicular subterráneo, que se convirtió en el tercer metro más antiguo del mundo – y también el más corto- .

En 1876 se declaró la Monarquía, aunque no llegó a ser una realidad hasta 1908 tras un Golpe de Estado, pues el primer intento sólo duró dos años hasta que el Sultán Abdulhamit II la abolió.

Tras la Primera Guerra Mundial la ciudad quedó ocupada por los británicos y franceses hasta que el 6 de octubre de 1923 el ejército de Mustafa Kemal, el famoso Atatürk, entró en Estambul. El día 29 del mismo mes se proclamó la República de Turquía estableciendo Ankara como la capital, una ciudad que no podía ser atacada por el mar. Finalmente en 1930 se proclamó el nombre de Estambul como oficial.

Con la nueva etapa que abrió la República, el país comenzó a modernizarse. Atatürk quería un país abierto a occidente y laico. Se separó el Estado y la religión y se adaptó el alfabeto romano en detrimento del árabe para estar más próximo a Europa. También se cerraron las escuelas islámicas y copió el sistema educativo suizo. De los italianos se adoptó el Código Penal y de los alemanes, el Código de Comercio.

Kemel se casó con una mujer que fue educada en occidente, quizá por eso tenía una mente más abierta y que incluso más adelantado a muchos políticos de nuestro país en el siglo XXI. Se favoreció la forma de vestir occidental llegando a prohibir el velo. Se instaba a las mujeres a usar vestidos occidentales y a que se incorporaran al mundo laboral.

Atatürk defendía “Si nuestra nación necesita de ciencias y conocimiento, hombres y mujeres deben compartirlos igualmente. Obviamente la sociedad necessita de una división de labor y en esta división las mujeres deben tener sus deberes así como contribuir para mejorar la felicidad y bienestar de nuestra sociedad.” o “Hay un camino más recto y más seguro para seguir que el que hemos seguido. Este camino es tener las mujeres turcas como compañeras en todo, compartir nuestras vidas con ellas y tenerlas como amigas, auxiliadoras y colegas en nuestra vida científica, espiritual, social y económica.”

En 1926 se cambió el código civil (basado en el suizo) por el que se sustituía el matrimonio religioso por el civil; la poligamia pasaba a ser ilegal y le daba a las mujeres los mismos derechos de herencia, guarda de niños y divorcio. Sí, divorcio, un visionario Atatürk. En España se intentó en el 1932, pero en el 39 fue aplastado por los golpistas y no llegó hasta 1981.

Las mujeres turcas ganaron derechos políticos y sociales con leyes que reconocían los principios de igualdad. También se aprobó el sufragio femenino en 1934. Ojo al dato: a Suiza, que lo tenemos como un país a la vanguardia, no llegó hasta 1974.

En otra serie de medidas también levantó la prohibición islámica sobre el alcohol, al parecer por lo aficionado que era al licor nacional. De hecho, murió de cirrosis.

En 1934 se promulgó la Ley de Apellidos que obligaba a todo el mundo a tener un apellido familiar que pasara de generación en generación. Hasta la fecha no tenían, sino que se referían a ellos por alguna referencia a los padres, a su lugar de residencia, profesión, clan… Vamos, como los motes de los pueblos de toda la vida. Se prohibieron los títulos y se publicaron decenas de miles de cuadernillos con listas de apellidos sugeridos para que las familias eligieran el que iban a usar. Surgieron numerosos apellidos creados a raíz de profesiones, accidentes geográficos, topónimos y gentilicios, animales, metales, minerales, cualidades… Lo que decidiera cada uno, así que según la imaginación. En el fondo no dista mucho de cómo han surgido los nuestros. Aparte de los numerosos y variados “hijos de” (los acabados en –ez), no es raro encontrar nombres de ciudades u objetos.

Durante los años 60 comenzó la emigración interior desde las zonas más rurales, algo muy parecido a lo que ocurrió en España. Al perder la capitalidad, Estambul perdió parte de su riqueza, se abandonó el mantenimiento y renovación de infraestructuras y se vió reflejado en las calles y en los barrios. Sin embargo, ya a partir de los años 70 la situación cambió con la llegada de fábricas en las afueras de la ciudad y con ellas un crecimiento demográfico y explosión inmobiliaria. Finalmente, en la década de los 90 Estambul renació con la recuperación de los barrios y zonas verdes, con la mejora del transporte público y la construcción de rascacielos.

Sin embargo, el terremoto de 1999, los escándalos de corrupción, la recesión mundial y las guerras de Afganistán e Irak pasaron factura al país dejándolo sumido en una gran crisis financiera con una elevada tasa de desempleo y de inflación. Aunque esto también favoreció la llegada de turistas aprovechando la devaluación de la lira.

En noviembre de 2003 la ciudad sufrió unos atentados terroristas islámicos en el corazón de la ciudad que la sacarían de nuevo del punto de mira de los viajeros. Con el paso de los años la situación se fue “normalizando”, sin embargo, 2016 está siendo un año negro. Al poco de volver nosotros, tuvo de nuevo lugar otro atentado en el Hipódromo. En junio, otros dos más, uno de ellos en el aeropuerto de Atatürk. Y para rematar el 15 de julio el país se vio sumido en un caos con el intento de Golpe de Estado promovido por parte de algunas facciones de las Fuerzas Armadas turcas que intentaban derrocar a Erdogan. Los golpistas se hicieron con algunos lugares estratégicos, pero el presidente (que no estaba en el país) enseguida llamó a la ciudadanía a salir a la calle para protestar. El movimiento dejó 265 víctimas y fueron detenidos casi 3000 militares. Aún hoy en día se sigue arrestando a gente que se considera que participó de alguna manera en el intento de golpe. La seguridad de Turquía ha quedado puesta en tela de juicio así como su capacidad para llevar a cabo el chapucero acuerdo con la UE sobre mantener refugiados entre sus fronteras.

Así pues, con esta inestabilidad política y social ahora mismo Estambul –  y Turquía – no parece ser un lugar que reúna las condiciones de seguridad para viajar, y es una pena, porque con toda su historia, bien merece una visita que nos acerque a su legado.