Marruecos III. Día 2: Marrakech – Tizi n’Tichka – Ait Ben Haddou

El día amaneció muy pronto, ya que nuestro conductor pasaría entre las 8 y 8:30 a por nosotros, lo que nos dejaba poco más de media hora para el desayuno, que comenzaba a las 7:30. Pero a veces las cosas no salen como una espera.

Acababa de sonar nuestro despertador a las 7 de la mañana cuando se oyó un teléfono en el riad. En aquel momento pensé que qué inoportuno quien llamase tan pronto. Y de repente, unos toques a la puerta. Abro y es el chico que nos había recogido el día anterior diciendo que el del teléfono era nuestro conductor, que nos recogía a las 7:30. Me quedé sorprendida por el cambio de horario y así se lo comuniqué, por lo que le volvió a llamar. El tipo nos dijo que recogía entonces antes al resto y después se pasaba a por nosotros. Así que seguimos arreglándonos y guardando nuestras cosas mientras nos preparaban el desayuno. Y a los 10 minutos se presenta el conductor en la puerta.

Salgo a hablar con él y le pregunto su nombre y me dice que Brahim. A lo que le enseño la conversación de whatsapp en el que se me especificó la hora en que nos iba a recoger un tal Brahim, que desde luego no eran las 7:30 de la mañana. Con cara de sorprendido me pide que le reenvíe la conversación para hablar con su jefe y le digo que le haga una foto que es más rápido. Así lo hace y tras una breve llamada me dice que bueno, que nos da 15 minutos, que la excursión tiene que empezar a las 8 y ya tiene a todo el mundo.

No entiendo nada, pero medio dormida aviso al resto y nos dedicamos a cerrar mochilas mientras nos vamos bebiendo el zumo que nos acaban de poner y algunos se abrasan con el café que aún arde. El personal del riad se lo toma con calma y nos va sacando la mantequilla, la miel, la mermelada, unos yogures… pero nosotros cada vez más impacientes no contamos con mucho tiempo, por lo que avisamos en cocina de que si nos pueden poner para llevar las tortillas francesas que tengan preparadas, que no hace falta que nos hagan más. Nos improvisaron un par de hogazas partidas a la mitad y con las tortillas dentro, cogimos un par de yogures y salimos pitando a la minivan de Brahim rozando las 7:50 de la mañana.

Montamos en la furgoneta y tras un trayecto de unos 5 minutos nos dicen que bajemos y que paguemos lo que nos queda a un compañero. Así que recogemos nuestras cosas del maletero y cuando voy a pagar me pide una cantidad muy muy por debajo de lo que teníamos que abonar. Ante nuestra sorpresa me enseña su móvil y me dice que si soy fulanitO. Y yo con cara de W.

Le digo que no y le saco mi reserva a lo que empieza a llamar al tal Brahim y a echarle lo que parece una bronca (no entiendo árabe por lo que solo me puedo fiar de la comunicación no verbal y la entonación). Después me explica que su compañero se ha equivocado y que no era a nosotros a quien tenía que recoger, pero que sí tenía a 4 personas en nuestro riad. El conductor se va y yo intento explicarle a este señor que yo le he enseñado una conversación en la que se veía claramente el logo de la empresa y los datos de la recogida y el tal Brahim me había dicho que sí, que era él pero que tenía otra hora planificada en su ruta. Y luego resulta que no es que no fuera nuestra excursión, es que no era ni la misma compañía.

Así que nos encontramos dentro de la franja de hora de nuestra verdadera recogida en una calle indeterminada de Marrakech con una empresa que no es con la que habíamos contratado la excursión. Y sorprendentemente tranquilos, sumando una anécdota más a la de la llegada al aeropuerto y que no tuviéramos conductor esperando. En este caso parece que fue un cúmulo de desafortunadas coincidencias. Al llamar Brahim a recepción y decir que tenía que hacer una recogida de cuatro personas para una excursión al desierto, el chico dio por hecho que era a nosotros, pues el día anterior a nuestra llegada habíamos hablado con él sobre nuestros planes durante nuestra estancia. Y por otro lado, la casualidad de que el conductor se llamara igual que el de nuestra empresa. A ello se le sumó el sueño y no caer en verificar con él todos los datos, como el nombre de compañía a pesar de que el logo se viera claramente en la conversación que le enseñé.

El señor de la otra empresa llamó a la nuestra para avisarles de nuestro rapto y después nos comunicó que no nos moviéramos, que vendrían a por nosotros, así que con el asunto solucionado nos sacamos nuestros bocadillos de tortilla para por lo menos desayunar algo sólido. Mientras tanto, la voz se debió correr y empezaron a acercarse señores de otras empresas a preguntarnos que qué excursión íbamos a hacer y si habíamos pagado algo. Vaya, que querían que contratáramos con ellos. Pero nosotros nos mantuvimos firmes diciendo que habíamos pagado ya prácticamente el total y que nos recogerían en breve. No queríamos más líos.

Los minutos pasaban y llegaban furgonetas pero ninguna era la nuestra. Mi móvil no cogía red de teléfono, así que solo me quedaba intentar pillar wifi para comunicarme con ellos. Afortunadamente el bar de enfrente la tenía sin contraseña, por lo que siguiendo nuestra conversación inicial, escribí para decirles lo que había pasado y dónde nos encontrábamos adjuntando fotos y ubicación. Esperaba que así al menos ellos supieran localizarnos, porque nosotros conocíamos poco de la ciudad. Mi prima sí que consiguió red, por lo que nos llamaron a su número y conseguimos concretar la recogida.

Minutos después apareció por fin nuestro conductor que llevaba dando vueltas media hora en nuestra búsqueda. Y resulta que no se llamaba Brahim sino Mustapha. Pero este era el de verdad. De verdad de la buena. Confirmado.

En la furgoneta ya había una pareja (también de Madrid) y nos quedaba una última parada ya en la zona nueva de Marrakech para recoger los últimos integrantes de nuestro viaje y echarnos a la carretera. Al final, con nuestro secuestro salimos casi a las 9 de Marrakech rumbo al sur.

Hicimos nuestra primera parada unos 100 km después, en un restaurante en lo alto del puerto Tizi n’Tichka, que cruza la cordillera de los Atlas. Alcanza los 2.260 metros de altura sobre el nivel del mar, lo que lo convierte en el puerto más alto del país.

Fue construido por el ejército francés en 1939 para uso militar. Gracias a este paso de carreteras Marrakech queda conectada con el sur, donde  el paisaje cambia y comienzan a predominar las dunas. Eso sí, es una de las rutas más peligrosas del país por la cantidad de curvas, el tráfico denso de camiones y vehículos turísticos y la peculiar forma de conducir marroquí. Hay quien incluso recomienda biodramina, pero creo que no fue para tanto. O Mustapha era buen conductor o yo iba distraída absorbiendo el paisaje.

Tras la breve parada (primero en el restaurante y luego en un apartadero más arriba) continuamos nuestro viaje emprendiendo el descenso. Hora y media más tarde llegamos a Ait Ben Haddou, la ciudad fortificada más famosa de Marruecos por haber sido escenario de varias producciones cinematográficas y por ser la mejor conservada del Atlas. Allí se supone que nos tenía que estar esperando nuestro guía, pero aún no había llegado, por lo que nos tocó esperar un poco ante el enfado de Mustapha que se quejaba del carácter relajado marroquí. Este tiempo muerto nos sirvió para conocer a nuestros compañeros de viaje, que también habían llegado el día anterior a Marrakech, solo que ellos lo hicieron por la tarde y les tocó esperar 3 horas de colas en el control de pasaportes. Alucinamos.

Finalmente llegó nuestro guía Mohamed (o así nos dijo que le llamáramos), quien nos explicó cómo funciona una Kasbah y nos dio unos datos sobre esta en concreto así como de su pueblo. Nos contó que las kasbahs son ciudadelas bereberes. En realidad, no distan mucho de la forma medieval occidental de construir las ciudades. Se trata de buscar un sitio elevado y después amurallarlo para protegerse de ataques externos. La diferencia (entre otras cosas) es que en vez de usar piedra y madera como se hacía en Europa, los bereberes construían estos conjuntos arquitectónicos con barro y adobe.  Cuando se agrupan varias kasbahs, tenemos un Ksar.

Este de Ait Ben Haddou, declarado Patrimonio Humanidad por la UNESCO en 1987, se ubica en las faldas de una colina y queda protegido por una muralla defensiva y dos torres en los flancos. Nació en el siglo XI cuando se establecieron los almorávides para controlar el paso de las caravanas comerciales procedentes del África negra con destino Marrakech, Fez y Meknes. Hoy aún residen algunas familias, pero la mayoría de la población de Ait Ben Haddou reside fuera del Ksar.  En la parte moderna podemos encontrar hoteles, restaurantes, locales de artesanía… enfocado totalmente al turismo.

Para llegar a la parte amurallada debemos cruzar el río Ounila, bien por un puente nada particular y de reciente construcción, o a la manera tradicional, como quería nuestro guía: cruzando el río por unos sacos. Sin embargo, la idea de los sacos no cuajó mucho en nuestro grupo. A algunos por el calzado que llevaban, otros por los equipos fotográficos y otros porque iban de punta en blanco, así que convencimos al guía para ir por el puente, aunque se tardara algo más. Sí que es cierto que cruzando por los sacos se tienen mejores vistas al acceder por la puerta principal, pero le pedimos que después diéramos el rodeo para no perdérnoslas.

Una vez en el ksar nuestro guía nos llevó un poco a la carrera callejeando hacia la parte alta. Desde allí arriba contrasta la uniformidad cromática de la parte amurallada con el pequeño palmeral a sus pies.

Pudimos ascender a lo alto de la colina, donde se encuentra una antigua fortificación que servía de granero. Hacía calor, pero dimos el último empujón para poder disfrutar de las vistas 360º.

De bajada nos llevó a una tienda en la que nos mostraron la técnica de pintar con pigmentos y una bombona. Algo similar a los talleres de campamento con un limón y una vela. Tenían obras muy bonitas, pero no era muy práctico comprar algo que no cupiera en nuestras mochilas o pudiera acabar dañado, así que no compramos nada. En la puerta tenían expuestas fotos de los diferentes rodajes que han pasado por la ciudadela. Lawrence de Arabia, El Príncipe de Persia,  La Joya del Nilo, Alejandro Magno, La Momia, Gladiator, Asterix y Obelix: Misión Cleopatra y recientemente Juego de Tronos.

Precisamente en la entrada principal aún se ven en el suelo las marcas donde estuvieron las falsas puertas de cartón de Yunkai, ciudad liberada por Daenerys Targaryen.

Rodeamos la ciudad volviendo al puente firme y tras despedirnos de nuestro guía nos sentamos a comer.

Marruecos II. Día 1 II: Paseando por la Medina. Plaza Jamaa el Fna, Koutubia y zocos

Lo primero que hicimos tras pasar tanto control fue ir en busca de un cajero para sacar dinero. La moneda local es el dírham marroquí (MAD) y podemos encontrar billetes de 20, 50, 100 y 200 y monedas de 1, 2, 5 y 10 dírhams, así como de 10, 20 y 50 céntimos.

Con algo de efectivo que nos llegara al menos hasta que volviéramos de la excursión al desierto, nos dirigimos al exterior para encontrarnos con nuestro conductor. Habíamos contratado la recogida con civitatis, sin embargo, algo les pasó con la reserva. Una semana antes había tenido lugar el dichoso el cambio horario de invierno, pero Marruecos, en el último momento, decidió quedarse en el de verano, por lo que tuve que modificar la reserva para que la recogida en vez de ser a las 12:40 fuera una hora más tarde. No obstante, eran las 2 y allí no había nadie con nuestro nombre, algo que me extrañaba porque tenían nuestro número de vuelo y se supone que saben que hay que pasar un control de pasaportes, así que deberían contar con un margen de tiempo de espera. Así que, ¿por qué no había nadie esperándonos?

Coincidimos con unos chicos que también venían de Madrid y habían contratado con la misma empresa. Su conductor tampoco se había presentado y estaban intentando llamar al teléfono de contacto, aunque sin éxito. Así que, empezamos a pensar que nos habían estafado a todos.

Cuando ya estábamos valorando si tomar un taxi o incluso el bus local, los chicos dieron con su conductor y como era de la misma empresa, aprovechamos para preguntarle que qué pasaba con nuestra reserva. Buscó sus papeles y revisó sus recogidas, pero ahí no estaba mi nombre. No obstante, llamó a la compañía para que se lo consultaran y nos dijo que esperáramos junto a sus compañeros hasta que nos dijeran algo.

Unos diez minutos y varias llamadas más, finalmente uno de los conductores nos dijo que él nos llevaba, así que con él que nos fuimos a su minivan.

La primera toma de contacto que teníamos con Marruecos era de calma y caos. Calma porque van con un ritmo pausado sin estresarse ante las adversidades y caos porque el tráfico era una locura. Es verdad que no era Bombay (eso es otro nivel), pero había motos por todos lados con varios ocupantes sin cascos, los adelantamientos no eran nada reglamentarios (bueno, allí a lo mejor sí) y el respeto por el límite de velocidad brillaba por su ausencia. Pero llegamos. Además, el conductor se encargó de llamar al riad para que salieran a buscarnos y no nos perdiésemos por la medina. Llegar al Riad fue volver otra vez a la calma. Es increíble cómo dentro del tremendo caos que es la ciudad antigua se consiguen esos remansos de paz. Como no podía ser menos nos recibieron con un té bien caliente que estaba muy rico y con mapa en mano, el chico nos explicó los puntos de interés y cómo ubicarnos. Aún así, nos comentó que la primera vez que saliéramos él nos acompañaría para guiarnos y que si nos perdíamos, o llamáramos al riad o pidiéramos ayuda a alguien de las tiendas próximas.

Después nos indicó dónde estaban nuestras habitaciones. Aunque habíamos hecho una reserva para una cuádruple, nos dieron dos dobles, una a cada lado del patio. Ambas contaban con su cama doble, una zona de estar con un sofá y el baño. No podríamos haber elegido mejor. De momento nos estaba encantando todo.

No nos entretuvimos mucho, pues estábamos sin comer, así que descargamos el equipaje, preparamos las mochilas para salir a conocer Marrakech siguiendo a nuestro anfitrión entre los callejones para no perdernos.

Localizada a los pies del Atlas y a un par de horas de la costa atlántica, Marrakech es una de las grandes ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Meknes y Rabat, la capital. Fue fundada en 1062 cuando Youssef Ibn Tachfin, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides, estableció un campamento en la zona para así controlar las rutas a través del desierto del Sáhara. Acabó convirtiéndose en la capital del Imperio Islámico y desde allí comenzó la conquista de Marruecos. Y no se quedaron ahí, sino que llegaron a la Península Ibérica, derrotando a los cristianos y haciéndose con buena parte del territorio. El reino acabó en 1147 tras el asedio de los almohades, que arrasaron la ciudad para luego reconstruirla. Fue en aquel momento cuando se erigieron importantes construcciones, como la Mezquita Koutoubia, la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Menara.

Tras un siglo de dominio los almohades fueron derrotados por los benimerines con Al-Maymun a la cabeza y Fernando II proporcionando ayuda. Marrakech perdió su capitalidad en favor de Fez, quedando algo olvidada.

En 1549 la dinastía saadí destituyó a los benimerines y llegó de nuevo otra época de esplendor en la que se reconstruyeron antiguos edificios y se diseñaron opulentos palacios. Marrakech recuperó la capitalidad y se convirtió en una de las ciudades más pobladas del mundo árabe.

Sin embargo, esta dinastía no duró mucho, pues a principios del siglo XVII las luchas sucesorias desembocaron en una guerra civil que terminaría en 1668 con el ascenso al trono de los alauitas. En el siglo XVIII, el sultán Mohammed III quiso recuperar el esplendor de la ciudad.

En el siglo XIX Marrakech comenzó a comerciar con Europa, sobre todo con Gran Bretaña. Marrakech ha tenido la misma historia convulsa que Marruecos, que al ser puerta de África ha tenido que luchar contra portugueses, españoles y franceses.

En 1911 la capital pasó a Rabat, por lo que Marrakech perdió de nuevo relevancia.  Un año después, ante las revueltas contra el protectorado galo, el gobierno francés nombró señor de Marrrakech a Thami el Glaoui para que controlara la zona. Y así lo hizo, gobernando durante más de 40 años de manera dictatorial. Con la independencia del país, la población francesa se redujo, pero aún así, hoy en día Marrakech es una ciudad internacional con una importante comunidad de expatriados. En la década de los 20 y 30 llegaron muchos millonarios a invertir en la ciudad. A ellos se les sumaron en los 60 artistas e intelectuales que le dieron un ambiente extravagante a la ciudad con su estilo de vida festivo y provocaron el renacimiento de la ciudad en las décadas siguientes.

En los 80 y 90 se había convertido en ciudad de moda y atrajo al mundo de la alta costura, diseñadores, editores de revistas y modelos. Marrakech estaba en boca de todos y llegó la burbuja inmobiliaria. Muchos europeos, atraídos por esta fama de ciudad exótica y bohemia compraron antiguos edificios en la Medina para construirse una segunda vivienda o incluso riads. Así, mientras los marroquíes aspiraban a comprarse una casa en la ville nouvelle como símbolo de progreso; los extranjeros se iban haciendo poco a poco con propiedades en la ciudad histórica atraídos por el sueño oriental.

Aún hoy en día Marrakech queda dividida en dos partes: la Ciudad Vieja (la Medina) con sus murallas, sus serpenteantes callejones y sus edificios en tierra roja y la Ciudad Nueva con grandes avenidas y construcciones modernas que está en continuo crecimiento. Nosotros comenzaríamos con la Medina, ya que es donde se encontraba nuestro riad y que no contábamos con mucho tiempo útil aquella tarde. Teníamos en mente visitar algún palacio, pero con el retraso en la llegada solo podríamos tener una primera toma de contacto de la ciudad.

Pero ante todo, eran casi las cuatro de la tarde, por lo que nuestro primer objetivo era buscar un sitio donde comer. Y justamente, de camino a la plaza Jamaa el Fna vimos un puesto con una especie de triángulos de pasta filo que tenían buena pinta, así que no nos lo pensamos mucho y compramos uno para cada uno.

Entre las opciones había de queso y tomillo, pescado, pollo y vegetales. Las primas optaron por el de pollo, que estaba muy rico con un toque a la menta; y nosotros dos pedimos el de vegetales y el de queso con tomillo. La base de estos bocadillos (que luego descubriríamos que se llaman briouats) consta de unos fideos a los que se les añade el ingrediente en cuestión y especias al gusto. ¡Por 15 dirhams cada uno habíamos comido!

Por la hora que era sabíamos que no íbamos a poder entrar en ningún monumento, así que la idea era ver la plaza Jamaa el Fna, la Koutoubia, que está muy cerca, y meternos por los zocos para tener una primera toma de contacto. Tras callejear, salimos a la famosa plaza Jamaa el Fna, cuyo nombre, Asamblea de los Muertos, hace referencia a la época en que se exhibían las cabezas de los criminales clavadas en postes. Además de mostrar las ejecuciones, también servía de escenario para los desfiles. Hoy se ha acondicionado y está incluso pavimentada, pero sigue teniendo el punto caótico y siendo el lugar más importante de la Medina.

A esta bulliciosa plaza dan diversos locales comerciales, tanto tiendas como restaurantes, a los que se suman los puestos ambulantes de frutos secos y zumos. Según la temporada del año, son de un tipo de fruta u otra. A principios de noviembre encontramos que era popular el de naranja, pero también el de granada, con esa variedad tan oscura y que tiene un punto de acidez, como ya habíamos visto en Estambul. También numerosos puestos de hojas de té y plantas.

También podemos encontrar todo tipo de vendedores ambulantes intentando ganarse la vida. Desde malabaristas, hasta mujeres que tatuan henna (no muy recomendable) pasando por los que van con un mono para que te hagas una foto con el animalillo, los aguadores, las adivinas, los porteadores, los sacamuelas…

También, en el extremo oeste, se ubican las calesas, que ofrecen paseos alrededor de la ciudad.

Nosotros sin embargo no teníamos mucho interés en ninguna de las propuestas, por lo que continuamos con nuestro paseo hacia el minarete de la Koutoubia, que asomaba a lo lejos. De hecho, gracias a sus 77 metros de altura, puede verse casi desde cualquier parte de la ciudad.

Esta mezquita, iniciada en 1141 y completada cuarenta años más tarde (de hecho fue erigida dos veces porque la primera no se había orientado correctamente con respecto de la Meca), es la más importante de Marrakech, todo un icono y según una norma urbanística de la época del protectorado que aún está vigente está prohibido erigir edificios que la superen en altura (tampoco pueden hacerlo las palmeras). Con una planta de 60×90 es, además, una de las más grandes del Occidente musulmán. Le debe el nombre a un zoco que había a su alrededor, el Koutubiyyin. Y de ahí también que sea conocida como la Mezquita de los libreros.

Construida en arenisca rosada, su minarete de base cuadrada y estilo almohade nos traslada a la Giralda y nos recuerda las influencias árabes que tiene nuestro país fruto de su establecimiento entre 711 y 1492. De hecho, están realizadas por el mismo arquitecto. La nuestra está mucho más ornamentada, pero es que la de la Koutoubia ha perdido el revestimiento de azulejos y estucados que tenía hace tiempo.

En la parte delantera podemos ver un pequeño edificio blanco, un mausoleo en que se encuentra Lalla Zohra, la hija de un esclavo que se transformaba en paloma todas las noches.

A diferencia de lo que pudimos ver en Estambul, en Marruecos las mezquitas no están abiertas a los no musulmanes. Parece que la ley islámica lo permite siempre que se respeten unas determinadas reglas  (descalzarse, taparse el pelo las mujeres, no armar escándalo…) y sea fuera del horario del rezo. Igual que ocurre cuando entras en un templo o una catedral, vaya… Sin embargo en este caso son algo más estrictos,  herencia del protectorado francés, que fue quien instauró esta norma. Así que no pudimos entrar a su interior y tuvimos que conformarnos con rodearla.

En su lado oeste se pueden ver unas ruinas que pertenecen a una antigua mezquita almohade.

Cruzamos al parque Lalla Hasna, que se encuentra justo enfrente. Llevábamos tan solo unas horas en Marrakech pero ya me quedaba claro que era una ciudad bipolar. Caótica y pausada a la vez. Estresante o relajante según el lugar en que te sitúes. Desde luego este parque es todo lo opuesto a la plaza con sus bancos, sus árboles frutales y sus estanques y fuentes. Y de fondo, el imponente minarete.

Es un verdadero oasis en el que se ve todo muy limpio y cuidado. Las fuentes estaban funcionando, los setos estaban recortados… incluso había gente cogiendo las aceitunas de los olivos.  Está todo pensado al milímetro para que el lugar destaque por su encanto. Hasta los focos estaban tapados por falsas palmeras.

Tras el paseo por el parque y rodear la mezquita, volvimos a la plaza y nos adentramos por uno de sus pasillos hacia los zocos. Y es que Marrakech no se puede entender sin tocar su carácter comerciante y artesano. Los primeros habitantes de la ciudad vivían del comercio con los africanos y con los españoles que cruzaban el Estrecho. Importaban oro y marfil del sur y exportaban al norte artesanía realizada en cuero, metal y cerámica. Hoy en día el comercio sigue siendo el principal motor económico, por lo que los zocos siguen siendo parte del alma de Marrakech.

Este área comercial comienza al norte de la Plaza de Jamaa el Fna y se convierte en un laberinto de callejuelas en las que las pequeñas tiendas y puestos ganan espacio al pasillo exterior, por lo que es una saturación para los sentidos con tanto objeto ante los ojos.

Los zocos están divididos por gremios (alfombras, caftanes, calzado, especias, antigüedades, hojalata, marroquinería, tintoreros…), pero orientarse en ellos es imposible. Aquí no hay mapa ni gps que valgan. Yo sentí que nos dejábamos llevar por la gente. Y es que entre los que van a pie, los que van en bici, una moto que pasa haciéndose hueco de cualquier manera, un señor con un carro vendiendo pastas… si paras, pones tu vida en peligro. Era una primera toma de contacto, por lo que tampoco nos importó mucho el movernos así, aunque he decir que resulta un poco agobiante tanta aglomeración. Eso sí, dado que era tarde, no nos insistieron mucho los tenderos con lo de las compras.

Sin saber muy bien cómo (al menos yo que me pierdo en cuanto me das la vuelta) volvimos a la plaza, y como iba a empezar a atardecer, nos subimos a la terraza de un bar a tomarnos un refresco y ver cómo caía la noche sobre Marrakech. Impresionantes los tonos anaranjados mezclados con el bullicio de la plaza, con el canto de los muyaidines llamando al rezo y con los olores de los puestos de comida. Marrakech en estado puro.

Ya de noche aunque aún pronto (no serían más de las 8 y algo) volvimos a bajar a la plaza para ver cómo había cambiado una vez se habían instalado los puestos de comida. Este es el momento apoteósico de la plaza sin duda. Estuvimos cerca de media hora evitando a los representantes de los diferentes puestos que intentaban captarnos para su negocio. Que si más barato que en el mercadona y Can Roca, que si tenemos pollo a la Pantoja, que si te regalo la bebida, que si yo bebida y postre… Un auténtico estrés, pues a cada paso te sale un nuevo que te enseña la carta, te la recita y te suelta sus chascarrillos. Y les da igual que les digas que es pronto, te dicen que solo mirar y que te quedes con su cara y el número de su puesto. Al final acabamos mareados, pues como bien nos dijo uno de ellos intentando captar nuestra atención: “es la misma mierda en todos los puestos, difiere el precio y el servicio (y si te quieren regalar la bebida o el postre)”. A la tercera vuelta nos sentamos en uno de los puestos y pedimos unas brochetas. Nos pusieron también unos entrantes que no habíamos pedido y que acabaron retirándonos.

Los cuatro platos nos salieron por 300 Dirhams, y como novatada del primer día no está mal. Pero desde luego se puede comer mejor y más abundante en cualquier lugar que no sea la plaza. Pero bueno, había que vivir desde dentro el ambiente.

Con una peste a barbacoa nos volvimos al riad pues al día siguiente había que madrugar. Habíamos quedado entre las 8 y 8:30 con nuestro conductor para iniciar la excursión al desierto y antes había que desayunar y recoger.

Marruecos I. Día 1: Vuelo y llegada a Marrakech

Prácticamente cuando la gente ya estaba pensando en volver de puente, comenzamos nosotros nuestro viaje a Marrakech. Salíamos el sábado a las 11:35, y como no íbamos a facturar y ya llevábamos nuestras tarjetas de embarque, llegamos al aeropuerto una hora antes. Pasamos los controles pertinentes, tomamos el trenecito que lleva a la satélite de la T4 y para cuando quisimos llegar a nuestra puerta ya era casi hora de embarcar. Nos dio tiempo a pasar al baño y poco más, pues salimos muy puntuales rumbo a Marruecos, nuestro primer país de África (que no del suelo africano, pues las Seychelles también cuentan). Y, ¿qué conocíamos de nuestro país vecino? Pues poca cosa, la verdad, pero lo solucionamos en un momento.

Aparte de limitar al norte con España, lo hace al este con Argelia (aunque la frontera se encuentra cerrada desde 1994), al suroeste con el Sáhara Occidental y al sur con Mauritania. Además, tiene una línea costera de 1835 kilómetros sumando la parte mediterránea al norte y la atlántica al oeste. Destaca por sus llanuras (más extensas que las de Argelia o Túnez) y por la gran altitud de sus montañas (el pico más alto de Marruecos y de toda África del Norte está en el Alto Atlas). Cuenta con cuatro cordilleras: el Rif, el Atlas Medio, el Gran Atlas y el Anti-Atlas.

El área hoy ocupada por Marruecos parece haber estado habitado desde el año 8000 a. C. Mucho más tarde se asentaron los bereberes, los fenicios, los romanos, vándalos, visigodos y bizantinos. Aún así, a pesar del cambio de manos, las montañas siguieron bajo dominio bereber. A finales del siglo VII con la llegada del Islam, se produjo una modernización del país convirtiéndose en centro cultural y la mayor potencia regional. Creció aún más cuando varias dinastías bereberes sustituyeron a los idrisíes árabes. Primero llegaron los almorávides y después los almohades (quienes dominaron no sólo Marruecos, sino también gran parte del noroeste del continente y territorios de la Península Ibérica). Acabarían cayendo como consecuencia de varias guerras civiles.

Los siglos XV y XVI estuvieron dominados por la política colonialista de África por parte de Portugal. Al igual que hicieron en la India, construyeron fortificaciones, sin embargo, poco a poco tuvieron que ir abandonando sus posiciones ante los ataques musulmanes. La Corona española también hizo sus movimientos y en 1497 conquistó Melilla. Además, cuando Felipe II fue coronado en 1580 rey de Portugal, las posesiones que aún seguían perteneciendo a los lusos se incorporaron al Imperio Español. Cuando en 1640 Portugal recuperó su independencia, Ceuta sin embargo se quedó integrada en el territorio español. Además, cedieron Tánger a Inglaterra en 1661 como parte de la dote de Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II.

En 1666 llegó la dinastía alauíta, que consiguió unificar un país dividido y mantener una estabilidad ante constantes ataques españoles y otomanos. Además, en 1684, tras persistentes presiones, consiguieron que los ingleses abandonaran Tánger.

En 1777 Marruecos fue uno de los primeros países en reconocer a los EEUU como nación independiente y en 1783 firmaron un Tratado de Amistad con John Adams y Thomas Jefferson que es el más antiguo de todos los que tiene el país americano.

Durante el siglo XVIII Europa estaba en plena Revolución Industrial y miraba con interés hacia África como fuente de riqueza además de como objetivo estratégico. Francia y España se centraron en Marruecos. España declaró la guerra en 1860 por Ceuta que acabó ganando y además en 1884 creó un protectorado frente a las Islas Canarias.

A principios del siglo XX tanto Francia como España establecieron zonas de influencia en el país y tras una crisis y una posterior conferencia en Algeciras, se permitió tanto a Francia como a España controlar la política de Marruecos. Más tarde, en 1912, con el Tratado de Fez, Marruecos se convirtió en un protectorado de Francia, mientras que Ceuta, Melilla y los territorios del sur fronterizos con el Sáhara Español quedaron bajo el protectorado de España.

En teoría Marruecos sería un Estado autónomo protegido por ambos países pero bajo la soberanía de un sultán. Sin embargo, en la realidad, tanto Francia como España controlaban la Hacienda, el Ejército y la Política Exterior.

Tánger, en 1923, obtuvo carácter de ciudad internacional. Como era de esperar, gran parte de la población marroquí se oponía a esta ocupación colonial y se produjeron varias revueltas llegando incluso a proclamarse la Repíblica del Rif, que ocupó entre 1921 y 1927 la parte norte del actual Marruecos. Sin embargo, españoles y franceses se unieron para declararles la guerra y recuperar el territorio.

Durante el protectorado galo cerca de medio millón de franceses llegaron a Marruecos y se hicieron con las mejores tierras de cultivo obligando a minifundistas marroquíes a vendérselas. También explotaron minas de hierro, cobre, manganeso, plomo, zinc y, sobre todo, los fosfatos de Juribga y Yusufía. Por otro lado, los franceses construyeron carreteras, puertos, ferrocarriles, redes de telefonía y mejoraron la conexiones aéreas. No se preocuparon sin embargo de invertir en vivienda o educación y muchos locales se vieron en la ruina al perder sus fuentes de ingreso tradicionales, sobre todo agricultores o artesanos.

Frente a este abusivo protectorado, aparecieron varios partidos nacionalistas (entre ellos el Partido Istiqlal) que luchaban por una independencia. Ya en la Carta Atlántica elaborada durante la Segunda Guerra Mundial elaborada entre EEUU y el Reino Unido quedaba reflejado que la población tenía derecho a elegir su forma de gobierno.

Durante los años 50 el nacionalismo siguió su expansión llegando a Casablanca, Rabat, Fez, Tetuán y Tánger. Primero comenzaron a apoyarlo la burguesía urbana, pero pronto se unieron también los campesinos. El Partido Istiqlal contaba con el apoyo de Mohammed V y de la Liga Árabe y en 1952 la situación acabó llevándose a la ONU. Francia pronto respondió y un año más tarde mandó al exilio a Mohammed V y colocó al sultán Mohammed Ben Aarafa, lo que provocó un mayor malestar si cabe en la población. Francia no solo gozaba de buena reputación en Marruecos, sino que no consiguió respaldo exterior.

La situación siguió escalando y durante el verano de 1955 en Marruecos se produjo una serie de atentados terroristas contra franceses lo que desembocó en una fuerte represión policial. Sin embargo, cuando en el otoño Aarafa abdicó, Francia, que estaba a la vez luchando una batalla en Argelia y tenía demasiados frentes abiertos, permitió el regreso de Mohammed V y un año más tarde comenzaron las negociaciones por la independencia, que será proclamada el 2 de marzo de 1956 provocando que un mes después Francia abandonara el país. En los dos años siguientes Marruecos recuperó territorios que habían estado controlados por España.

El 3 de marzo de 1961 Hassan II se proclamó Rey de Marruecos y el país se constituyó como una monarquía constitucional y de derecho divino al mismo tiempo. Ahí es nada. Un año más tarde, el 7 de diciembre, se aprobó la Constitución, aunque supuso un distanciamiento entre el rey y los partidos políticos, pues parece que Hassan II no era muy partidario de la democracia (y es que Monarquía y Democracia no terminan de casar bien).

En 1963 estalló una breve guerra con Argelia por sus fronteras conocida como la Guerra de las Arenas. Marruecos exigía el control de Béchar y Tinduf que, durante el protectorado galo, Francia había anexionado a Argelia, que por aquel entonces era su colonia. Durante esta década las tierras pertenecientes a los colonos europeos volvieron a terratenientes marroquíes.

En 1965 tuvo lugar una revuelta en Casablanca, lo que sirvió de excusa perfecta para el monarca para proclamar el Estado de Excepción y suspender la Constitución hasta 1970, cuando se proclamó una nueva. Eso sí, esta ya iba a medida del rey, lo que provocó la oposición de varios partidos políticos. Finalmente acabó aprobándose una tercera dos años más tarde. Durante esos años Hassan II sufrió tres intentos de asesinato por parte del ejército. Parece que no era muy querido.

En 1974 España anunció que iba a dejar el Sáhara y organizar para el año siguiente un referéndum de autodeterminación. Marruecos, que llevaba reclamando el territorio desde su independencia, se opuso a dicha consulta y pidió a la Corte Internacional de Justicia que se pronunciara al respecto. Esta respondió reconociendo que si bien el Sáhara Occidental tenía lazos legales de lealtad con Marruecos antes de la llegada de los españoles; esto no implicaba su soberanía y por tanto reconocía el derecho del Sáhara sobre su autodeterminación. Aún así, en noviembre del 75 Hassan II promovió una marcha civil y pacífica conocida como marcha verde para recuperar el territorio. No obstante, esta ocupación no está reconocida por la ONU y el Sáhara Occidental está considerado legalmente como un territorio no autónomo (aún no descolonizado) sin autoridad administrativa.

En la década de los 80 Marruecos entró en crisis económica, lo que provocó varias revueltas a lo largo del país. Se privatizaron varios sectores, el paro subió, el dirham cayó, hubo fuga de capitales, se recortaron subvenciones a productos de primera necesidad, se recortó en sanidad, educación, se pararon las contrataciones de funcionarios… La situación era crítica y hubo diversas huelgas y manifestaciones.

En los 90 se produjeron varios avances. En 1991 se llevó a cabo una reforma política y entre 1994 y 1996 se realizaron amnistías de presos políticos. En 1995 se reconoció la enseñanza en bereber y en 1996 se volvió a reformar la Constitución. Esta vez todo el Parlamento se elegía por sufragio universal y se creó una Cámara de Consejeros (algo similar a nuestro Senado). Un año más tarde hubo elecciones, aunque con el parlamento muy dividido.

Cuando en 1999 murió Hassan II, ascendió al trono Mohammed VI, quien al poco de suceder a su padre reformó el código jurídico de la mujer. Y más tarde, en 2004 introdujo importantes cambios en el código de la familia (al menos en la teoría). Por ejemplo pasó de 15 a 18 la edad mínima para casarse, quedaron abolidas la poligamia y la tutela del padre o hermano mayor sobre la mujer adulta no casada, las mujeres podrían elegir marido e incluso pedir el divorcio en igualdad de condiciones con respecto a la custodia de los hijos. No obstante, paralelamente también hubo retroceso de las libertades civiles. Cuando en 2003 Casablanca sufrió un atentado terrorista se amplió la prisión preventiva, se aprobó que la policía pudiera entrar en viviendas particulares sin orden judicial, interceptar el correo, las llamadas telefónicas y las cuentas corrientes.

En 2011, como consecuencia de las revueltas de la Primavera Árabe, se promulgó una nueva Constitución que fue respaldada por la mayoría de la población. En este último texto, entre otras medidas, se redujo el poder del rey a favor del Presidente del Gobierno, se garantizó que la Justicia sería un poder independiente y que los ministros serián elegidos en las urnas. Además, había un mayor reconocimiento de los derechos fundamentales y libertades básicas como igualdad de sexos, libertad de creación, expresión y opinión así como de acceso a información pública, de reunión, de manifestación, asociación y afiliación sindical y política; prohibición de la tortura, derecho a no ser detenido arbitrariamente, a presunción de inocencia, a no declarar, a la asistencia jurídica, a juicio justo, a la inviolabilidad del domicilio, a una educación pública, a la propiedad, al matrimonio…

Económicamente el país se ha estabilizado en las últimas décadas. Tiene una importante industria automovilística, siendo el país que más coches fabrica en todo el continente (por delante de Suráfrica). Dado que políticamente también ha estado bastante tranquilo con respecto a otros del continente, el turismo ha seguido creciendo en los últimos años llegando en 2013 a los 10 millones de visitantes. Los principales destinos son Rabat, Casablanca, Tánger, Fez y Marrakech, precisamente nuestro destino.

El vuelo fue muy tranquilo y en algo menos de dos horas estábamos aterrizando. A medida que el avión iba perdiendo altura pudimos ver cómo el paisaje árido y marrón pasaba a ser más verdoso, algo que me sorprendió bastante, la verdad.

El desembarque lo hicimos directamente por escalera a la pista y dado que no teníamos maleta facturada nos fuimos directamente a la salida. Aunque previamente teníamos que pasar por el control de pasaporte. Había varios puestos y aunque parece que los funcionarios no eran especialmente céleres, en unos veinte minutos habíamos pasado el trámite.

En el vuelo la tripulación nos había adelantado una tarjeta de inmigración en la que había que rellenar los datos personales, profesión y dirección durante nuestra estancia en el país. Una vez en la garita hubo que entregárselo al policía para que verificara los datos con el pasaporte. Además, nos hicieron una foto para registrar la entrada. A algunos nos preguntó si era nuestra primera vez en el país, a otros simplemente les realizó las comprobaciones rutinarias y, tras sellar el pasaporte y anotarnos el número de entrada, nos dejó continuar.

Un poco más adelante había otro agente que comprobaba que efectivamente teníamos el sello antes de salir de la terminal. Pero además, antes de salir a la calle había un mini escáner por el que tuvimos que pasar el equipaje. Marrakech se estaba haciendo de rogar.

Preparativos de nuestro viaje a Marrakech

A principios de año, mientras aún estábamos inmersos en los preparativos del viaje a Estados Unidos y Canadá mi hermano comentó que podía estar bien visitar Hong Kong y Macao a finales de año. Tenemos charlas de estas constantemente en las que salen destinos, fechas y planes. Hacemos cábalas sobre puentes, festividades, clima, ofertas… Y a veces salen viajes muy concretos, como este a Norteamérica; mientras que otros, como este a Hong Kong, se tienen que quedar en el tintero para una mejor ocasión. Pensábamos viajar los mismos que en el Road Trip por la Costa Oeste de Estados Unidos, pero con la baja de mi hermano, nos daba igual posponer el destino y buscar otras alternativas (será por globo terráqueo). Así pues, cuando volvimos de Canadá y nos vimos en un cumpleaños familiar el primer fin de semana de junio, valoramos con mi prima qué hacer con esos días de noviembre. Yo puse sobre la mesa tres destinos próximos que llevan en mi lista ya rondando un tiempo: Rumanía, Chipre o Marrakech. Al parecer ella tenía también en mente Marrakech, por lo que no hubo mucho que debatir. ¡Teníamos destino! Si es que somos muy fáciles.

Jugamos con las fechas a ver cuándo nos salían mejor los vuelos y un par de días después, tras tener la confirmación en el trabajo de los días de vacaciones, los saqué. Volaríamos directos con Iberia Express (solo equipaje de mano) por 80€ ida y vuelta.

El siguiente sábado quedamos con varios primos de mi marido y nos preguntaron por el viaje a Canadá así como nuestros próximos planes. Y claro, salió a colación Marrakech. Una de sus primas también tenía ganas de ir desde hacía tiempo, le cuadraban las fechas, el precio de los vuelos y la idea que llevábamos, así que el lunes a medio día, nada más tener confirmados los días, se sacó sus billetes en el mismo vuelo que nosotros.

Creamos un grupo en telegram para presentar a ambas primas y empezar a poner cosas en común, pero de momento el tema quedó un poco aparcado, pues yo estaba inmersa en los preparativos de los Balcanes. Eso sí, ya que estaba mirando coberturas para el seguro de Bosnia, aproveché también para sacar el de Marrakech.

Con la planificación de los Balcanes ya terminada, en el mes de julio empezamos a valorar cómo distribuir los 6 días que íbamos a estar en Marrakech. Pensamos que podíamos dedicar al menos la mitad en hacer alguna excursión fuera de la ciudad, ya que se localiza a medio camino entre Essaouira, una ciudad costera al oeste y el desierto al este. Además, al norte, a unos 250 kilómetros está Casablanca. Rabat y Fez parecían un poco lejanas para tan pocos días, sobre todo teniendo en cuenta que la vuelta la haríamos también desde Marrakech. Encontramos varias empresas que realizaban excursiones al desierto. Hay diferentes tipos, sobre todo teniendo en cuenta el número de días. Si tan solo se dispone de dos, suelen ofertar el recorrido hasta el desierto de Zagora; si se cuenta con tres hasta Merzouga; si se dispone de cuatro a Erg Chegaca y si tenemos hasta cinco días, podemos hacer la ruta Tuareg que para en Zagora y Merzouga haciendo una excursión algo más pausada.

Elegimos la intermedia, la de 3 días, pues parecía que Merzouga era más impresionante que Zagora por tener dunas más altas y arena más roja… Prácticamente todas las compañías ofrecían el mismo itinerario, actividades y paradas. Así que la decisión la tomamos en función de la disponibilidad de fechas. Por ejemplo, en un caso las excursiones salían los sábados, martes y jueves, lo cual no nos servía. Nosotros llegábamos un sábado a mediodía, así que no nos cuadraba la salida (que se hacía a primera hora de la mañana). Y la de los martes llegaba de vuelta a la ciudad el jueves noche pero nuestro vuelo salía a media tarde. Descartando por itinerario y por fechas, finalmente elegimos con la empresa Viajes Marrakech y la siguiente ruta:

  • DÍA 1: Salida de Marrakech pasando por Tizi’nTichka, el alto de carretera más elevado de Marruecos y adentrándonos en el macizo del Atlas para llegar a la Kashba de Ait Ben Haddou, que visitaríamos antes de continuar hacia nuestro destino final del día, Ourzazate.
  • DÍA 2: Saldríamos de Ourzazate y avesando el Valle del Dades y el Valle de las Rosas continuaríamos hacia Tinerhir para adentrarnos después en las famosas Gargantas del Todra. Seguiríamos hacia el sur, pasando por Erfoud y Rissani antes de una parada en el hotel en Merzouga para dejar el equipaje y cambiar a unos dromedarios que nos llevarían al campamento donde pasaríamos la noche en medio del desierto.
  • DÍA 3: Después de disfrutar del amanecer en el desierto, volveríamos al hotel de Merzouga a desayunar y ducharnos antes de tomar el caminio hacia el palmeral del valle del Draa, desviándonos después hacia Ouarzazate, siguiendo hasta el puerto del Tichka hasta llegar a Marrakech y concluyendo la visita.

Ya sabiendo los días que íbamos a estar fuera de Marrakech, nos quedaba buscar alojamiento para los días restantes, por lo que a finales de julio nos juntamos un sábado para buscar hotel. Bueno, en este caso queríamos dormir en alojamiento tradicional en lugar de en una cadena hotelera.  Lo típico en la zona es un Riad, que vendría a ser una construcción en torno a un patio central en el que destacan árboles (generalmente naranjos o limoneros) y agua (ya sea en forma de piscina, fuente o cascada). Suponen un remanso de paz en medio de todo el caos que es la típica medina árabe. No cuesta mucho imaginar de dónde viene la idea de los patios andaluces.

Comparando alojamientos descubrí que algunos se llaman Dar en lugar de Riad. Es el mismo tipo de construcción, pero el Dar es más pequeño, más familiar. No en vano, Dar en árabe significa casa. En cualquier caso, suelen tener una decoración muy cuidada, una atención muy personalizada e incluyen el desayuno. Al final elegimos dos diferentes. El Riad White Flowers para nuestra llegada y el Riad Magi para después de la excursión, ya que el primero de ellos no tenía disponibilidad para ambas fechas.

En septiembre, tras volver de los Balcanes estructuramos un poco por encima los días que íbamos a pasar en Marrakech. Y digo por encima porque con la configuración de la ciudad es difícil hacer una ruta clara. Dado que llegábamos el sábado a mediodía y nos íbamos el jueves a media tarde, contábamos con una tarde, una mañana y un día completo. Dos días en total.

Así, decidimos que la tarde del sábado sería para una toma de contacto con la Medina, pasear por los zocos, ver atardecer en la plaza principal y después vivirla de noche.

El resto quedaba un poco a la improvisación, aunque sí que llevábamos en mente visitar un par de palacios, las Tumbas Saudíes y los jardines de Yves Saint Laurent.

Sabíamos que aunque las mezquitas no nos iban a llevar mucho tiempo, ya que al no ser musulmanes tenemos prohibido el paso (no es como en Estambul, por ejemplo); habría que ver qué tal lo gestionábamos en la medina y, sobre todo, en el zoco, que bien podría llevarnos un par de horas o cuatro (depende de lo que nos gustara y de lo bien que se nos diera regatear).

Y con esto prácticamente quedó cerrado el viaje, ya que, como viene siendo habitual, sacaríamos dinero (la moneda de Marruecos es el Dirham) al llegar al aeropuerto con la Revolut o con la Bnext y teniendo la excursión al desierto y wifi en el riad, ni siquiera nos planteamos llevar alguna tarjeta de teléfono.

Solo nos quedaba la duda de qué ropa llevar, ya que noviembre la media histórica ronda los 24º de máxima y los 13º de mínimas. Sin duda temperaturas agradables gracias a que el sol ya no incide tanto. Con esos números podríamos apañarnos bien con pantalón, camiseta de manga corta/larga y una sudadera, chaquetilla de punto o jersey fino. Para por la noche bastaría añadir una cazadora. Sin embargo, con la excursión al desierto la cosa se complicaba, ya que no solo las temperaturas podían bajar a los 8º por la noche, sino que había que tener en cuenta el factor arena. Así pues, necesitábamos llevar algo de ropa térmica y algún pañuelo o fular para cubrirnos la piel (sobre todo la cara) y así evitar abrasión por la arena.

Y con el tema de la arena nos surgía además otro problema: el cómo proteger el equipo fotográfico, ya que es tan fina que se mete en todas partes. Lo solventamos comprando una funda estanca que aunque está pensada para el agua, nos haría el apaño. Ya in situ a ver cómo nos las apañábamos y si la usábamos o directamente haríamos fotos con el móvil. O incluso simplemente disfrutar del momento, que con tanta tecnología, a veces se nos olvida.

Con todo listo, solo nos quedaba esperar mes y medio a que llegara la hora de embarcar.

Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.

Conclusiones del viaje a Mahé, Bombay y París

Cuando surgió el viaje, tuve un breve momento de duda, como ya comenté. Por suerte, duró poco y nos lanzamos. Fue un viaje un poco agotador, con mucho por ver y hacer en algo más de una semana. Sin embargo, creo que el contraste entre los tres países fue bueno para desconectar y vivir cada uno de una forma totalmente diferente.

Comenzamos por las Islas Seychelles, unas islas paradisíacas que desde luego no entraban en mis planes más próximos (ni lejanos, en realidad). Y es que con tanto globo terráqueo por descubrir, los destinos de playa quedan muy abajo en muy lista. Además, África para nosotros de momento era terreno inexplorado. Si hubiéramos ido más días, quizá habríamos aprovechado para hacer alguna excursión a Praslin o La Digue, sin embargo, al tratarse de una escala diurna, nos centramos en Mahé, que es la isla principal y donde llegaba nuestro avión.

Mahé no es muy grande, pero para poder aprovechar el tiempo al máximo, alquilamos un coche para poder movernos a nuestro ritmo y no depender de los autobuses locales. Seguimos la carretera principal y fuimos parando en playas y calitas que nos iba apeteciendo. Incluso nos bañamos en Beau Vallon, donde nos quedamos también para comer en ambas escalas aprovechando los restaurantes a pie de playa y el pescado fresco.

Por supuesto, también estuvimos en Victoria, la capital. Un pueblecito, más que una ciudad, donde se concentra la mayor parte de la población. Turísticamente tiene poco que visitar, es de esos destinos en que hay que seguir a nuestros pies y perderse entre el ir y venir de los lugareños. Mahé no es un destino de monumentos, fueron mucho más interesantes las visitas al mercado y a la plantación de té.

Aunque sin duda, uno de los mejores sitios es el Parque Natural Morne Seychellois, un auténtico paraíso verde y salvaje para los amantes de la naturaleza. En su mirador se respira tranquilidad, se ve cómo se mueven las nubes que tapan y descubren los montes. Y abajo, las prístinas aguas.

Lo que menos me gustó fue el clima. Nada más bajar del avión nos encontramos con una bofetada de humedad, sobre todo en la primera escala, ya que en la segunda había lluvias intermitentes y la temperatura había descendido unos grados.

Nuestros gastos en las dos escalas a la isla se redujeron al alquiler de coche, que dividido entre cuatro fueron 22.50€; y la gasolina y comida, que fueron otros 70.95€.

Los precios de Mahé eran elevados, un menú costaba más o menos como en Reino Unido. En total gastamos en las Seychelles 93.45€ por cabeza (menos de 50€ por día).

Bombay fue nuestra estancia más larga. Y es que, en teoría, era el destino originario del viaje. Tampoco estaba en la lista. Sí que habíamos pisado Asia cuando visitamos Japón (y Estambul), pero claro, el país nipón no tiene nada que ver. Sí, tanto la India como Japón son países muy poblados, pero no son comparables ni en clima, ni precauciones sanitarias, ni infraestructuras, ni cultura, ni costumbres…

Bombay fue un choque cultural. Tuvimos que despojarnos de nuestros prejuicios y dejarnos llevar por el caos. Fue un gran contraste viniendo del ritmo pausado de Mahé. Llevábamos una ruta más o menos establecida, por aquello de querer aprovechar al máximo nuestra visita. Sin embargo, pronto descubrimos que no hay organización que valga y que hay que dejarse fluir.

Aún así, intentamos recorrer los puntos más o menos significativos de la ciudad como Fort, el actual distrito comercial y administrativo pero que era donde en el siglo XVII se erigía la antigua fortaleza. Es en ese barrio donde se encuentra el mayor número de edificios victorianos de finales de siglo XIX cuando Bombay era la joya de la corona del Imperio Británico. De aquella época datan la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo, la Universidad, la Biblioteca David Sassoon, el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya o la Puerta de la India, ya en Colaba.

Esta zona está más o menos delimitada y se puede recorrer siguiendo una ruta. Por lo demás, el resto de Bombay es llegar a un barrio y perderse en él, callejear y descubrir su singularidad, la confesión de sus habitantes. Si Mahé no era un lugar para hacer turismo de monumentos, Bombay fuera de Fort, tampoco lo es. Sí, quedan restos como los fuertes de Bandra o Worli, alguna iglesia o templo… pero no se conservan en un muy buen estado. Como ya dije, Bombay no es para ir de turista, sino de viajero. Asumir el calor, el caos, los contrastes e intentar disfrutar la experiencia de salir de la zona de confort.

Aún así, es quizá la más europea de las ciudades indias con sus edificios coloniales y sus modernos rascacielos. Imagino que no tiene nada que ver con Nueva Delhi, Calcuta, Agra o Bangalore.

Aunque íbamos predispuestos a dejarnos llevar por la India, sus costumbres, su clima, su comida… hay algo a lo que no pensábamos renunciar y era el poder dormir con aire acondicionado, sin bichos y disponer de un baño decente. Así que buscamos un hotel de estilo occidental. Nuestra estancia con desayuno incluido nos salió por 127.98€ por persona (o 255.95€ por habitación). El buffet no disponía de una gran variedad de comida, pero estaba bastante bien con opciones dulces y saladas, calientes y frías, occidental e india. Una buena combinación. También cenamos allí y los platos eran abundantes, a buen precio y con un personal muy atento y simpático.

Por lo demás, el resto de gastos en Bombay (comidas, desplazamientos, excursión a la Isla Elephanta y alguna compra) fueron 369.69€, que son 92.42€ por cabeza.

A esto hay que sumarle el visado que hubo que sacar antes del viaje, que al cambio fueron 47.86€ cada uno. Es decir, en total, en Bombay gastamos 268.26€ por persona.

Para finalizar, llegamos a París, donde nos sentimos casi como en casa. El clima, la comida, la arquitectura, el transporte público ya no suponían un contraste como habían sido nuestras dos paradas anteriores. Aún así, París supuso un reto: el de conseguir ver lo máximo posible en dos días y medio. Algo imposible, por supuesto, ya que por mucho transporte público al que puedas recurrir, es una ciudad inmensa con siglos de historia, muchos monumentos, parques, museos, palacios, iglesias, catedrales, hoteles y cafeterías de renombre con parisinos sentados frente a la calle para ver a la gente pasar y dejarse ver…

Pero bueno, intentamos quedarnos con un primer acercamiento, pateando la ciudad, ya que el clima acompañaba a estar en el exterior. Paseamos por Montmartre y sus bohemias callejuelas, por la selecta Isla de San Luis, por el origen de la ciudad en la Isla de la Ciudad, por Le Marais, por los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías; admiramos los palacios, el Louvre, la Catedral de Notre Dame, el Sacre Cœur; subimos a la Torre Eiffel y la vimos iluminada de noche; recorrimos los Campos Elíseos y llegamos hasta el Arco del Triunfo; callejeamos por el Barrio Latino; visitamos la Plaza de la Concordia, la des Vosges y la Vendôme y seguimos el curso del Sena descubriendo sus numerosos puentes.

Siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Supongo que habrá que volver.

Los gastos en París no se nos dispararon mucho, a pesar de que es una ciudad cara. Siempre hay opciones para todos los bolsillos, aunque haya que buscar mucho. El primer reto fue el alojamiento. Al ser cuatro, nos era más rentable un apartamento por Airbnb, que un hotel. Nos costó 36.63€ por persona para los dos días.

Por otro lado, para movernos, era imprescindible sacarse algún pase o abono, y lo hicimos con los locales, con la Navigo, que fueron 27.50€ por persona, con el gasto de expedición de tarjeta incluido.

Además, sacamos las entradas de la Torre Eiffel por internet. No es que nos ahorráramos dinero, pero sí tiempo. Otros 17€.

Por lo demás, el único gasto fue comer, y prácticamente lo solucionamos con el supermercado que teníamos frente al apartamento. En total fueron 42.20€ en este aspecto.

Así, la suma de nuestros gastos en la capital francesa fue 123.32€.

A veces lo barato sale caro. Coges una oferta, pero a medida que vas añadiendo extras, la cuenta va subiendo y al final resulta que no era tan ventajosa como parecía. Sin embargo, este no fue el caso, ya que los gastos por persona de todo el viaje no llegaron a los 800€. En situaciones normales, con ese dinero apenas nos habría dado para cubrir los vuelos.

Con la tarifa error y los vuelos Madrid – París ida y vuelta, nos gastamos 273.76€ por persona. Para el resto seguimos la misma rutina de siempre, y es que, aunque establecemos un presupuesto estimado para más o menos saber cuánto nos vamos a gastar, lo cierto es que siempre transcurre natural y no acabamos derrochando. Tiene que ver con la educación y hábitos adquiridos.

Así pues: 268.26€ de Bombay + 93.45€ de Mahé + 123.32€ de París = 485.03€. Que sumado a los vuelos (485.03€ + 273.76€) nos dan el total de 758.79€.

No nos salió nada mal la aventura.

Día 7 III Parte. Rumbo a París

Comenzamos 2018, pero aún queda mucha tela que cortar de 2017. Nos habíamos quedado en el aeropuerto de Mahé. Volvíamos a Europa. El vuelo a París no fue tan cómodo como la ida, ya que esta vez no contábamos con asientos en la primera fila. Eso sí, nos volvieron a repartir un nuevo kit con calcetines, antifaz, pasta y cepillo de dientes y tapones. Y teníamos mantita y almohada, así que, como había cansancio, conseguimos dormir algo. Las películas seguían siendo las mismas de la vez anterior, por lo que cuando no estaba echando alguna cabezada, estaba leyendo. O comiendo, ya que al poco de despegar nos sirvieron la cena.

Tuve la sensación de que Air Seychelles no tiene mucha variedad de menú. Aunque pensándolo más a fondo, en realidad la comida de avión (versión turista, claro) es siempre la misma: pollo, pescado o pasta. Así que la versión vegetariana, menos complicación aún.

Esta vez la ensalada era de garbanzos, que estaba bastante rica y bien aliñada. El plato principal constaba de arroz, espinacas, una especie de estofado de patatas y algo que no sé muy bien qué era. Quizá como una especie de pisto. Aunque estaba bastante condimentada, no estaba tan picante como la comida India, por lo que pude comer sin sufrir. De postre, fruta, en concreto una macedonia de melón, piña y sandía.

Para el desayuno más fruta (la misma, de hecho).

Desde luego es mejor opción que el croasán típico con mantequilla y yogur, y más después de días sin comer mucha fruta, que es de lo primero que echo de menos en los viajes. Sin embargo, ese desayuno se queda escaso, sobre todo porque además la sandía, piña y melón prácticamente son todo agua. Así que para la hidratación muy bien, pero para saciar, falta algo más.

Tras el desembarque pasamos por inmigración, aunque siendo ciudadanos europeos fue mucho más rápido que en la India o Seychelles, ya que no había que rellenar documento alguno ni hacerse fotos o toma de huellas dactilares. Tan solo pasar por la garita donde se encuentran los gendarmes. También estaba la opción automática escaneando el pasaporte digital, pero parece que solo funcionaba para los franceses.

Tras el control, nos dirigimos a la salida, ya que en el aeropuerto de Mahé, al contrario que en el de Bombay, no nos pusieron pegas con las maletas, así que no había que pasar por cinta.

Ya en la terminal buscamos las indicaciones del RER, que era el transporte que íbamos a tomar para ir a la ciudad, y porque en el vestíbulo es donde encontraríamos la oficina para sacarnos la tarjeta Navigo.

Había leído en algún foro y blog que había gente que tuvo problema con la expedición de la tarjeta, ya que les ponían pegas por no ser franceses arguyendo que era solo para locales. Yo le enseñé al señor un pantallazo de la web y le dije que quería cuatro tarjetas de ese tipo. Y en un momento nos las tramitó. Pegó las fotos, rellenamos nuestro nombre y apellidos, pagamos y listo. Además, como era tan pronto, la oficina estaba vacía, por lo que fue casi entrar y salir.

Con nuestras tarjetas ya activadas buscamos el andén donde tomaríamos el tren hasta la Gare du Nord. Y es que, dado que no tendríamos las llaves del apartamento hasta las 2 de la tarde, habíamos planificado ver Montmartre mientras tanto. Pero para ir más ligeros, consideramos la opción de dejar los bultos en unas taquillas de la estación. No había que desviarse mucho y nos facilitaría el paseo.

Nos costó encontrarlas, porque nosotros llegamos en cercanías, una zona que parece un centro comercial (de hecho aprovechamos para comprarnos un café y un bollo). Sin embargo, las taquillas se encuentran en el piso inferior a la salida de los de largo recorrido.

Había casilleros de tres tamaños con tres precios diferentes, creo recordar que 5€, 7€ y 9€ por 24 horas. Como íbamos a dejar 5 bultos (dos maletas de mano y tres mochilas) elegimos una grande. Y más ligeros de peso volvimos al cercanías dirección Montmartre a comenzar nuestra visita a París.