Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.

Conclusiones de nuestra escapada a Suiza y Liechtenstein

Acabamos en Suiza de rebote, sin buscarlo como destino, simplemente dejándonos llevar por la fecha y ajustado a nuestra economía. Sin embargo, no se puede decir que erráramos en nuestra decisión, ya que tanto Basilea como Zúrich son dos ciudades que tienen mucho que ofrecer.

Suiza es un país caro y donde se mueve mucho dinero. La mayoría de su oferta turística está enfocada a un público bastante concreto y selecto. Por tanto, destacan los deportes de invierno y de montaña así como las actividades culturales. Nosotros teníamos un presupuesto más ajustado, así que nos centramos en el recorrido urbano.

Habíamos planificado una tarde y una mañana en Basilea, una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque, gracias al Mobility Ticket es apta hasta para los menos acostumbrados a andar, ya que permite usar el transporte público de la ciudad durante el tiempo que vayamos a estar alojados.

Lamentablemente, debido a una incidencia en el vuelo, llegamos ya de noche a Basilea y tan solo nos quedó una mañana para ver todo lo que teníamos planeado. Si no hubiéramos tenido el billete de tren ya sacado quizá podríamos haber ajustado de otra forma y haber llegado más tarde a Zúrich, quizá directamente a la hora de la cena.

No obstante, lo solventamos madrugando y aún así fuimos paseando tranquilamente, sin ir a la carrera. Aunque quizá es porque también estamos acostumbrados, ya que en nuestros viajes raro es el día que bajamos de los 20 kilómetros recorridos.

Basilea queda dividida en dos partes. Por un lado Grossbasel, donde se encuentran los monumentos más importantes de la ciudad. Destaca entre todos la catedral, de la época románica tardía y gótica, en tonos rojizos, así como su Ayuntamiento medieval de piedra arenisca, también roja, emplazado en la Marktplatz. Es impresionante e increíblemente recargado.

Callejear por el casco antiguo supone encontrar coloridos edificios históricos intercalados entre algunos más modernos. Pero sobre todo los que le dan color son aquellos con las contraventanas de madera de diferentes gamas cromáticas.

 

En el lado opuesto se encuentra Kleinbasel, que ofrece unas estupendas vistas de Grossbasel desde su Oberer Rheinweg, un paseo que transcurre paralelo al Rin. Permite observar la catedral desde la distancia, sobresaliendo sus dos torres sobre el perfil de la ciudad.

Durante muchos siglos el único puente que unía ambas orillas era el Mittlere Brücke, de madera hasta que en 1903 se reconstruyó en piedra. Pero no solo era el único puente que conectaba Basilea, sino que era el único por el que se podía cruzar entre el lago de Constanza y el mar. Gracias a él la ciudad ganó en importancia.

Me sorprendió el contraste de la noche a la mañana. A pesar de ser un sábado a las 9 de la noche, nos encontramos con una ciudad en la que apenas había gente en la calle. Tan solo en un par de plazas. Por el día, como madrugamos, tampoco había mucho movimiento hasta quizá ya mediodía. Por un lado nos permitió caminar con calma, pudiendo observar todo a nuestro ritmo. Por otro, daba una sensación de irrealidad al verla tan vacía.

Zúrich por el contrario es una ciudad con más actividad. No en vano es la ciudad más importante del país. Aún así, su casco histórico está concentrado. Y muy bien preservado.

En Zúrich no teníamos tarjeta de transporte, pero como digo, el centro queda bastante recogido, por lo que se puede caminar tranquilamente. No obstante, la ciudad cuenta con una extensa red de tranvías. Tal y como recoge el New York Times en este artículo, en Zúrich tienen prioridad los peatones. Pero no solo eso, sino que se le hace la vida imposible a los conductores. Las medidas disuasorias son semáforos cada pocos metros que además duran poquísimo en verde (los conductores de tranvía pueden además cambiarlos a su favor para obligar a los demás vehículos a parar), se ha restringido el acceso de vehículos privados, apenas hay aparcamiento (en 1996 se congeló el número de plazas) y los límites de velocidad son muy bajos. Con este panorama no es de extrañar que se respirara tanta tranquilidad por las calles.

Pero, frente a esta desesperación de los conductores, el ciudadano tiene a su alcance 170 kilómetros de red de tranvía, además de autobuses, trenes y barcos.

En este caso habíamos estructurado la visita en 4 partes. Un primer paseo recorriendo la Banhofstrasse y las calles paralelas hasta el margen del río Limmat. En esta zona abundan las callejuelas de edificios singulares, balcones coloridos y banderas por todos lados.

Y hoy en Fun with Flags, una curiosidad sobre la bandera suiza: es cuadrada y no rectangular, como suele ser habitual. Tan solo comparte esta singularidad la del Vaticano.

Próxima se encuentra la colina Lindenhof, un oasis de paz y ocio desde la que observar los tejados del casco antiguo e incluso de los Alpes.

Sin duda, mi lugar favorito fue la Münsterhof, una plaza muy colorida con históricas casas gremiales y sillas en las que sentarse a disfrutar de un día soleado. Una idea que comparten con los parisinos, como ya observamos en diferentes jardines.

Una segunda ruta en la parte más cercana al lago, donde se encuentra el Ayuntamiento, la Ópera, la Waserkirche y la Fraumünster.

La tercera zona sería la zona de las universidades, sobre una colina a la que se puede acceder con el histórico Polybahn.

Es la zona que menos me gustó, no tiene el encanto del casco histórico, aunque al estar a mayor altura, también se puede ver la ciudad desde arriba.

Y, finalmente, un recorrido en barco por el lago. El camino circular muestra otra cara de la ciudad pasando por pequeñas aldeas que se asoman al agua.

Nos perdimos los murales de Giacometti y alguna calle o monumento, ya que aunque contábamos con más tiempo que en Basilea, Zúrich es una ciudad grande. Aún así pudimos conocer la ciudad a pie, callejeando; sobre raíles, en el Polybahn; por agua con el recorrido en barco, que además nos salió gratis; y desde las alturas, pues subimos a la catedral, que ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Como extra nos dejamos tiempo hasta para probar una sala de escape.

Y ya que estábamos en Suiza y tan cerca de la frontera, no podíamos dejar la oportunidad de acercarnos a la capital de Liechtenstein y sumar otro país más a la lista (el 29 en mi caso).

Esta excursión fue más un capricho que necesidad, ya que hay que tomar un tren y un bus para llegar y tardamos más en el recorrido que en visitar Vaduz en sí. Y es que además de que la ciudad (o pueblo) es pequeña, apenas tiene una calle principal, varios museos (entre ellos el filatélico), y un castillo que no se puede visitar porque es la residencia de los Príncipes. Encima el tiempo no acompañó mucho y tuvimos lluvia intermitente prácticamente todo el día.

Sin el viaje al país vecino, habríamos estado dos días en Basilea y dos en Zúrich. O quizá restar medio día de cada ciudad para habernos acercado a Lucerna, uno de los destinos más visitados del país.

Pero tampoco es gran problema, volar a Europa hoy en día es más fácil que nunca con la gran variedad de compañías aéreas que hay. Y, como hemos podido comprobar, Suiza tiene unas buenas conexiones ferroviarias con trenes muy cómodos y modernos.

Sí, no es un país barato, pero si se compran con tiempo, los billetes están al 50% a determinados horarios en la web.

Ese ha sido uno de los trucos a los que hemos recurrido para ahorrar. Otro fue la comida. Dado que estábamos en un apartamento, aprovechamos para desayunar y cenar en él. Encontramos un supermercado que abría 24 horas y enfrente de nuestro alojamiento teníamos un ultramarinos que tampoco cerraba. Además, en el bajo de nuestro edificio había dos restaurantes indios. Para beber, compramos varias marcas de cervezas locales. Así que un poco de aquí, un poco de allá, y listo.

Para comer tanto domingo como lunes lo hicimos en el tren, así que lo solucionamos con unos bocadillos. El día de vuelta comimos en la sala del aeropuerto directamente.

En cuanto a la hidratación, no hace falta dejarse un dineral en botellas de agua. No he visto un país con tantas fuentes como Suiza. Desde históricas, a funcionales, pasando por las decorativas. No eran días de mucho calor, pero era verlas y tener sed. Además, el agua estaba bien fresquita.

Así pues, este fue el resumen de nuestros gastos (por persona):

Vuelos Madrid – Basilea y Zúrich – Madrid: 182.05€

– Alojamiento Basilea: 25.75€

– Tren Basilea – Zúrich: 16.23€


– Alojamiento Zúrich: 59.63€

– Tren Zúrich – Sargans y Sargans Zúrich: 31.62€

– Efectivo (comida, pase del día para el bus de Vaduz, subida a la catedral de Zúrich, algún recuerdo y tren al aeropuerto): 80€.

Total= 213.29€

Al final el viaje no nos salió mal. Aunque todavía estamos pendientes de que nos paguen la indemnización por el retraso del vuelo de ida, lo cual supondría que el balance económico sería aún mejor.

Tuvimos suerte con el clima. Salvo un día, el resto estuvieron despejados y con una temperatura agradable. Al tratarse de principios de mayo, no sabíamos qué esperar, pues Suiza es un país muy montañoso y sus condiciones meteorológicas son variadas y cambiantes según el viento se quede en los valles o se mueva hacia las zonas más mesetarias.

Suiza tiene fama de paisajes montañosos espectaculares, enormes lagos y encantadoras ciudades medievales. Y lo cierto es que tras visitar Basilea y Zúrich podemos afirmar que cumple lo que promete. Sin duda la combinación de estas dos ciudades fue una buena decisión para una escapada de cuatro días.

Recorriendo Basilea: Kleinbasel y Catedral

Tras callejear por Grossbasel, nos dirigimos hacia el Mittlere Brücke, el Puente del Medio, inaugurado en 1226. En sus orígenes se usaba para el tráfico local, pero en el siglo XIV pasó a ser además en una importante vía para el comercio. A principios del siglo XX con la llegada del tranvía fue renovado.

Al otro lado tenemos Kleinbasel, un asentamiento que surgió a finales del siglo XIV alrededor de la muralla. Durante muchos siglos en esta zona vivía el sector más pobre de la población.

Cruzamos el puente y paseamos por el Oberer Rheinweg, un paseo que discurre paralelo al Rin y que nos permite obtener unas buenas vistas del casco antiguo de la ciudad.

Pero no solo merece la pena cruzar por las vistas que se obtienen desde ese lado, sino también por sus pintorescos y coloridos edificios que le dan cierto encanto a la avenida.

Además, para aquellas horas la ciudad comenzaba a despertar, empezamos a ver familias que salían a pasear o con la bici. A nosotros nos quedaba aún un poco de Basilea que conocer.

Cruzamos de vuelta por el Wettsteinbrücke, desde el que se ve la catedral, sin embargo, la dejaríamos para el final y continuaríamos hasta otra de las puertas de la Basilea amurallada.

La puerta de St. Alban es más bonita que la anterior. Cuenta con dos torres y y un gran portón de madera.

Marca el acceso al pintoresco barrio de San Alban, que tomó su nombre de la iglesia de un antiguo monasterio benedictino fundado a las afueras de Basilea en el siglo XI. Hoy, en este distrito se pueden ver edificios antiguos y modernos.

Desde allí sí que nos dirigimos a la Catedral.

Se trata de una construcción levantada entre los siglos XII y XIII en el emplazamiento de una iglesia del siglo VIII que había quedado totalmente destruida tras el terremoto de 1356. Es de estilo gótico, aunque incorpora elementos del siglo anterior. En el siglo XVI se eliminó el mobiliario y la decoración como consecuencia de la Reforma. Aún así, todavía se conservan algunas esculturas y frescos del siglo XIV en la cripta. Sus vidrieras datan del siglo XIX.

Se encuentra en un lugar estratégico en una colina junto al Rin.

La fachada, del siglo XIII, se encuentra delimitada por dos altas torres góticas rematadas con agujas de comienzos del siglo XV. La Martinsturm, a la derecha, cuenta en su parte inferior con una escultura de San Martín. Por su parte, la Georgsturm, a la izquierda, está decorada con una estatua de San Jorge matando el dragón. La piedra más clara de la parte inferior es la original de la iglesia del siglo XI.

En el pórtico principal destacan las esculturas de los patrones de la ciudad: el emperador Enrique II, quien porta una maqueta de la catedral en la mano, y su esposa Cunegunda. También se conserva la de la Virgen con el Niño.

En el crucero, bajo un gran rosetón, se encuentra la puerta de Sankt Gallen, un magnífico pórtico románico de 1180.

Por el lado derecho se accede a los claustros del siglo XV cubiertos de sepulturas y en cuyas paredes se pueden leer epitafios de miembros de conocidas familias de Basilea de entre los siglos XVI y XIX..

Además, hay elementos decorativos como una escultura que representa una mesa con verduras, y un tambor con una calavera.

En el centro, un gran espacio verde.

Y en la parte posterior de la catedral se encuentra el Pfalz, una terraza sobre el Rin que permite unas buenas vistas del casco antiguo.

Volvimos a la Münsterplatz, la plaza de la Catedral, de marcado carácter medieval. En el suroeste está la Ritterstrasse, y en el noroeste la Augustinergasse, que en su día formaba parte de la ruta real.

Su pavimento se remonta a los siglos XIV y XV. En 1871 se creó una carretera asfaltada para los coches de caballos, ya que cuando pasaban por la zona hacían mucho ruido y molestaban a las escuelas próximas. Hasta el año 2007 la plaza estaba abierta al tráfico, desde entonces es peatonal y ni siquiera pasa por ella el transporte público.

En su día fue un lugar muy frecuentado e importante. En ella se celebraban procesiones, festivales, ferias, torneos, mercados y visitas reales. También albergaba el carnaval en sus orígenes. Hoy es una zona muy tranquila puesto que no hay tiendas en los alrededores y permanece lejos del bullicio de otras plazas de la ciudad. Ya no se celebran mercados regulares, tan solo actos puntuales como la Noche de los Museos en enero, un cine al aire libre en verano, la feria de otoño o la carrera popular del último sábado de noviembre.

Eran las 11 de la mañana, y teníamos que recoger las mochilas antes de irnos a la estación, así que tomamos el tranvía y pasamos por el hotel. Como teníamos una hora hasta Zúrich, pensamos en comprar la comida y comer en el tren. Además, como el día siguiente era el día del trabajo, no sabíamos si nos íbamos a encontrar todo cerrado, por lo que nos aprovisionamos con algo de desayuno.

Íbamos de vuelta tranquilamente camino de la estación pensando que el tren era a la 1 cuando me dio por mirar los billetes y vi que nuestro tren salía a las 12:13. A la 1 era cuando llegábamos a Zúrich. Así que al final nos tocó apretar algo el paso y llegamos con la hora bastante pegada. Sin duda, la visita a Basilea fue un poco accidentada y exprés.

Recorriendo Basilea: Grossbasel

Basilea se encuentra en el cantón homónimo en la frontera con Francia y Alemania, como habíamos visto al llegar al aeropuerto. La región se conoce en alemán como Dreiländereck (el triángulo de los tres países) y en francés como District des trois frontières (distrito de las tres fronteras).

Es la segunda ciudad más poblada de Suiza después de Zúrich y tiene el último puerto para la navegación fluvial del Rin, ya que las cataratas del curso superior suponen un gran obstáculo. Basilea ha sido importante de la Edad Media en el comercio entre el Mediterráneo y el Mar de Norte, ya que desde se encuentra conectada con Rotterdam por el Rin a una distancia de 832 km. Además, existe un canal paralelo al Rin entre Basilea y Estrasburgo construido en el siglo XIX.

Los orígenes de la ciudad se remontan al primer asentamiento de los celtas en el siglo VI a. C. Más tarde, en el 44 a. C. llegarían los romanos y fundarían el asentamiento de Augusta Raurica (hoy Kaiseraugst) a 10 kilómetros de Basilea gracias a su situación estratégica. También construirían una fortificación donde hoy se halla la catedral.

Con la caída del Imperio Romano, Basilea pasaría a manos de las tribus germánicas de los Alemannen y en el siglo VI a las de los francos. En el 1000 recibe el reconocimiento de Ciudad Libre dentro del Sacro Imperio Romano Germánico. En 1501 se adhirió a la Confederación Helvética. En 1833 el cantón de Basilea quedaría dividido entre Basilea-Campiña y Basilea-Ciudad, división que perdura en la actualidad.

Basilea es una ciudad cultural. En ella se encuentra la universidad más antigua de Suiza, fundada en 1459 y en la que han sido profesores Erasmo de Rotterdam o Friedrich Nietzsche. La universidad influyó en el desarrollo de la ciudad gracias a la llegada de numerosos eruditos. Basilea se convirtió en centro del Humanismo y de la imprenta.

Además, cuenta con el mayor número de museos por habitantes de todo el país con casi 40. También es una gran capital musical con sus dos orquestas de renombre y los escenarios del Theater Basel y del Schauspielhaus.

Es la sede de varias empresas de la industria química y farmacéutica como Novartis, Hoffmann-La Roche y Syngenta, así como de una importante actividad financiera. Por ejemplo, el banco UBS AG tiene su sede central en Basilea.

Basilea se encuentra dividida en dos: Grossbasel o Gran Basilea, en la orilla izquierda, y Kleinbasel o Pequeña Basilea, en la orilla derecha. En un principio pensábamos visitar el sábado por la tarde una parte, y el domingo por la mañana la otra. Sin embargo, con el retraso del vuelo hubo que ver toda la ciudad en una mañana.

Dejamos las mochilas en el hotel y comenzamos nuestro paseo por la Elisabethenkirche, la iglesia neogótica más importante de Basilea y del país. Fue construida entre 1857 y 1865 y fue la primera iglesia protestante construida en la ciudad tras la reforma protestante. Con la desamortización, en ella se pueden celebrar todo tipo de eventos, bien religiosos, bien laicos. La iglesia cuenta con tres naves, unas cúpulas neogóticas y una torre frontal a la que se puede subir.

Continuamos hasta las Fuentes de Tinguely, que se encuentran donde estaba el antiguo teatro de la ciudad. Reciben este nombre por su creador, Jean Tinguely, quien en 1977 diseñó esta piscina con nueve máquinas-esculturas de hierro que están en constante movimiento y lanzan chorros de agua.

Nos acercamos a Grossbasel, a la próxima Barfüsserplatz, una de las zonas más animadas de Basilea gracias a sus bares y cafés. En la plaza se encuentran el Musik Museum, en un edificio del siglo XI, y la Barfüsserkirche, una iglesia construida entre 1253 y 1256 que alberga en su interior el Museo Histórico.

Continuamos la Falkenstrasse hasta la oficina principal de correos, la Hauptpost.

Se trata de un edificio gótico de piedra arenisca que además de servir como oficina de correos ha tenido otros usos. Desde 1376 hasta 1378 fue empleado como un gran almacén de grano; entre 1559 y 1596 se convirtió en puerta y en 1853 fue renovado para alojar a correos. En 1881 se llevó a cabo una ampliación bajo las órdenes del arquitecto que diseñó la catedral de Viena.

Tomando la Freiestrasse llegamos a la Marktplatz, la plaza en la que se celebraba el mercado medieval del trigo y que actualmente está rodeada por edificios de colores de diferentes estilos de finales del siglo XIX y principios del XX. Es la típica plaza del mercado que podríamos ver en tantas ciudades centroeuropeas, sin embargo, se desmarca de otras que hemos visitado ya que se encuentra abierta.

Pero lo que destaca es el Rathaus o Ayuntamiento de la ciudad, un imponente edificio de color rojo. Sin duda uno de los lugares más visitados y fotografiados de la ciudad. En alemán suizo se lo conoce también como Roothus que significa tanto “ayuntamiento” como “Casa Roja”.

La elección de este color no es casual. Se pintó de esta manera para encubrir las diferencias arquitectónicas del edificio. La fachada y el interior pertenecen a diferentes etapas, y por tanto, a diferentes estilos.

Cuando Basilea se unió a la Confederación Helvética en 1501, la ciudad quería demostrar su importancia con un visible gesto. El Parlamento Cantonal decidió sustituir el antiguo ayuntamiento que había quedado destruido con el terremoto que había asolado la ciudad en 1356. Quedó claro que no se iba a reparar en gastos, así pues, entre 1504 y 1514 se levantó el nuevo Ayuntamiento uniéndolo a la parte antigua que constaba de tres arcadas.

Fue ampliado a principios del siglo XVII y se adornó la fachada con varios frescos. A finales del siglo XIX la ciudad había crecido de forma considerable, y la nueva constitución de 1875 hizo que se necesitaran nuevos edificios administrativos. Por tanto, se añadió la torre a la derecha y el edificio a la izquierda en estilos neo-gótico y neo-renacentista.

En las almenas de la fachada destacan los escudos de los 12 cantones que por la época formaban parte de la Confederación Helvética. Además, en la izquierda hay guerreros y sobre las arcadas hay ángeles de la victoria que sostienen coronas de laurel sobre escudos de la ciudad. En la parte inferior de la torre figura la frase “Hie Schweiz Grund und Boden”, que viene a significar “Aquí están las raíces de Suiza”.

Pero si la fachada no deja indiferente por su ornamentación, el patio interior es aún más abrumador. Tanto las pinturas del interior como las del exterior comparten dos temáticas: por un lado la Ley y la Legislación y por otro la pertenencia de Basilea a la Confederación Helvética.

El patio queda controlado por la estatua de Lucio Munacio Planco, un político y militar romano que fundó Augusta Raurica, a 10 kilómetros de Basilea.

La Administración Cantonal del siglo XIX apenas necesitaba una docena de trabajadores, sin embargo, con el paso de los años cada vez son necesarios más departamentos. Hoy en día el Ayuntamiento alberga las oficinas de la Cancelería, el Parlamento y algunas partes del Departamento de Asuntos Presidenciales. El Parlamento y el Gobierno Cantonal tienen también sus reuniones en las instalaciones.

El Parlamento Cantonal es el legislativo y consta de 100 miembros que se reúnen dos veces al mes para debatir. Por su parte, el Gobierno Cantonal es el ejecutivo del cantón de Basel-Ciudad así como de la ciudad de Basel y está formado por 7 miembros que se reúnen cada martes.

Tras visitar el ayuntamiento tomamos la callejuela Martinsgässlein que nos conduce a la Martinskirche, una iglesia gótica de tres naves situada en una pequeña plaza.

Es la parroquia más antigua de la ciudad, que también tuvo que ser reconstruida tras el terremoto. Sin embargo, sí que se conserva el campanario de 1287 en buen estado.

En vez de seguir hacia el río, nos adentramos por la Schneidergasse donde predominaban casas de colores con contraventanas de madera.

La calle sigue y cambia de nombre, pasándose a llamar Spalenberg, sin embargo, no deja de tener su encanto. Y nos conduce a Spalentor, una de las tres puertas que se conservan de cuando la ciudad estaba amurallada en el siglo XV.

Por ella entraban muchos de los bienes y productos que llegaban a Basilea procedentes de la Alsacia. Cuenta con una torre de planta cuadrada que está rematada por un tejado en punta cubierto de azulejos. Su cara exterior está decorada con una virgen y dos profetas. Además, tiene el escudo de armas de la ciudad.

Continuamos por otra calle pintoresca, la Spalengraben, que nos llevaría hasta la Petersplatz.

En esta plaza se encuentra la Peterskirche, una iglesia que data del siglo XIII, aunque también tuvo que ser reconstruida en el siglo XIV tras el terremoto. En el siglo XV se le añadió un campanario.

Frente a la iglesia se encuentran una serie de edificios eclesiásticos en torno a un patio.

Desde la iglesia continuamos hasta el Fischmarkt, la plaza en la que funcionó el mercado de pescado desde el siglo XIV. Era un mercado muy importante con peces traídos de varias partes del mundo. Eso sí, tenía un límite horario. Solo se podía celebrar de 7 a 10 para mantener la salubridad de la ciudad y que el aire se mantuviera limpio.

Hoy en día, lo que queda es una calle muy transitada.

Esta fue nuestra primera parte de la ruta:

Aproximación a Suiza

Hay Suiza más allá de las cuentas bancarias de nuestros políticos. Tradicionalmente se la ha conocido por su chocolate (en realidad por inventar el chocolate con leche), sus quesos, sus navajas, sus relojes, sus montañas y lagos, por Heidi y por su neutralidad. Es la sede de varios organismos internacionales como la Cruz Roja, una de las dos oficinas de la ONU en Europa, de la FIFA y la UEFA o del COI.

Suiza se encuentra en el corazón de Europa sin salida al mar. Limita al norte con Alemania, al oeste con Francia, al sur con Italia y al este con Austria y Liechtenstein. Está dividida en 26 cantones y la parte más poblada del país es el norte, donde se encuentran las ciudades y los lagos más grandes del país. Las áreas metropolitanas más grandes son Zúrich, Ginebra-Lausana, Basilea y Berna, siendo esta última la capital de facto.

La moneda oficial es el Franco Suizo (CHF) con billetes coloridos y duros de 10, 20, 50, 100, 200 y 1000 francos y monedas de 1, 2 y 5 francos y 5, 10, 20 y 50 céntimos.

Suiza fue habitada por los Helvetii, una tribu celta que le dio nombre al país: Helvetia. Después, en el año 15 a.C, el territorio sería integrado al Imperio Romano pasando a formar parte de la provincia romana de Galia Bélgica y más tarde de la provincia Germania Superior. Mientras que la parte este de la actual Suiza pertenecía a la provincia romana de Raetia.

Entre los siglos VI y VIII Suiza perteneció al Imperio Franco, hasta el año 843 cuando, con el Tratado de Verdún, el imperio quedó dividido y también Suiza, que se fragmentó entre Francia Oriental y Francia Media. En el siglo XI sería unificada por el Sacro Imperio Romano Germánico y se comenzó a desarrollar un sistema feudal.

En 1291 se firmó la Carta Federal, que sentó las bases para la fundación de la Confederación Helvética con la unión de tres cantones. A mediados del siglo XIV se sumaron dos cantones más, así como las ciudades-Estado de Lucerna, Zúrich y Berna, lo que favoreció que la confederación incrementara su poder y riqueza pasando a controlar los territorios al sur y oeste del Rin hasta los Alpes.

En 1499 Suiza se independizó del Sacro Imperio al ganar la guerra de Suabia. Sin embargo, no sería reconocida oficialmente su independencia hasta 1648 con el Tratado de Westfalia.

En 1798 Suiza fue conquistada por las fuerzas de la Revolución Francesa que impusieron una nueva constitución por la que se centralizaba el gobierno y se abolían los cantones. La nueva República Helvética se cargó las tradiciones culturales y el país se vio sometido a fuertes represiones. Así, cuando estalló la guerra, Suiza se negó a combatir con los franceses. En 1815 El Congreso de Viena le volvería a dar la independencia a Suiza configurando unas fronteras que no se han visto modificadas desde entonces.

Pero no llegaría la calma para Suiza, ya que en 1847 estalló la guerra civil cuando algunos de los cantones católicos intentaron crear una alianza, la Sonderbund. Sin embargo, la contienda duró menos de un mes, ya que la sociedad se percató de que les iría mejor si se unían. Se promulgó una constitución inspirada en la estadounidense, con un diseño federal que daba el autogobierno a los cantones. Una de las cláusulas más importantes de esta nueva constitución era la que permitía que se pudiera modificar por completo en lugar de introducir pequeños cambios cada poco tiempo. También se estipuló que para realizar cualquier alteración en la carta magna, habría que votar en referéndum. Otro de los puntos más significativos es el artículo 11, por el que se prohibió el envío de tropas al extranjero, aunque se mantuvo la excepción con la Guarda Suiza. Para evitar más conflictos religiosos, se define como Estado consociacional en el que conviven la religión católica y la protestante.

Durante la Primera Guerra Mundial, Suiza dio asilo a Lenin, y durante la Segunda, sirvió como base de espionaje para ambos bandos e intervino como mediadora. Alemania planeó su invasión en varias ocasiones y pretendía anexársela, pero sin éxito. Esta neutralidad conllevó a que el país se quedara aislado en varias ocasiones ya que ambos bandos bloquearon le bloquearon el comercio. Además, quedó rodeada por el Eje cuando se cortó la línea ferroviaria que unía el país con Francia. No obstante, aunque no fue invadida, sí que varias ciudades (como Stein am Rhein, Basilea y Zúrich) sufrieron los bombardeos de los aliados en 1944 y 1945, aunque fuera por error.

Desde mediados del siglo XX Suiza pasó de ser un país rural a uno urbanizado en el que las mujeres no pudieron votar hasta 1971.

El Gobierno está formado por 7 miembros que van rotando cada año en la presidencia. Sin embargo, este cargo no le da plenos poderes, ya que a su vez sigue desempeñando su labor en su ministerio. El Parlamento consta de dos cámaras: el Consejo Nacional, que representa al pueblo, y el Consejo de los Estados que representa a los cantones. Muy similar a nuestro Congreso y Senado, aunque ambas tienen el mismo poder y en ellas se aprueban leyes federales.

Los suizos pueden participar activamente en la política proponiendo o rechazando las leyes mediante la recogida de firmas, un proceso similar al español. Sin embargo, por lo que destaca el sistema suizo es por sus referéndums, que sí que son frecuentes y forman parte de su día a día.

Un aspecto muy importante de la identidad suiza es su neutralidad, ya que ha contribuido a mantener la confederación fuerte y unida con el paso de los siglos y de los conflictos que se han desarrollado en Europa. Suiza pertenece a Naciones Unidas y a la Asociación para la Paz de la OTAN, pero no pertenece a la organización, porque es incompatible con su principio de neutralidad. Suiza no puede ingresar en alianzas militares si no ha recibido previamente un ataque. Es decir, sus Fuerzas Armadas únicamente intervienen en defensa propia, nunca para tomar posición en conflictos internacionales o para dejar paso.

El servicio militar es obligatorio para los hombres y voluntario para las mujeres. Tras la instrucción, una vez al año vuelven al ejército para refrescar la formación, de ahí que sea frecuente ver a jóvenes vestidos de uniforme cuando van o vuelven de sus maniobras. El servicio no es obligatorio si se vive en el extranjero, pero si se regresa a Suiza, se tiene que retomar según la edad y aptitudes. Las Fuerzas Armadas suizas apenas llegan a un 5% de militares, el resto lo completan jóvenes de edades entre 20 y 34 años, quienes guardan las armas en casa. Muy curioso. También lo es ley federal de 1963 que exige que existan refugios nucleares en los sótanos de las casas y que estén abastecidos ante un posible incidente.

La localización geográfica y la historia han influenciado en la cultura de Suiza, y también en su idioma. Hay cuatro idiomas oficiales: el alemán en el norte, este y centro del país; el francés en el oeste; y el italiano en el sur. Además, hay una lengua minoritaria, el romanche, que es hablada por una minoría en el cantón de Grisones. Los ciudadanos suizos estudian mínimo tres idiomas en su etapa escolar. En primer lugar el oficial de su cantón, como segunda lengua otra lengua oficial, y además inglés. Eso sí, en la calle tanto el alemán, el francés y el italiano son unas versiones dialectales de los idiomas oficiales que se hablan en Alemania, Francia o Italia.

El alemán que se habla en Suiza se conoce como Schwyzerdütsch, y guarda cierta proximidad con el que se habla en la zona sur de Alemania, sobre todo en la pronunciación de los sonidos que se corresponden con /x/ y /r/. Sí que se mantiene el estándar en la lengua escrita, en los medios, pero en la calle se oye el alemán suizo.

Por su parte, el francés suizo difiere menos del francés de Francia, y a su vez comparte aspectos con el francés belga, como el uso de huitante para ochenta, en lugar de quatre-vingts. 

En la parte italiana del país lo que se habla es el tesinés, un dialecto lombardo con muchos préstamos del francés y del alemán.

Nosotros íbamos a visitar únicamente Basilea y Zúrich, dos ciudades en las que se habla alemán. Allá vamos.

Vuelo y llegada a Basilea

Nuestro viaje comenzó el 29 de abril, sábado, dirigiéndonos hacia el aeropuerto. Esta vez no teníamos a nadie que nos pudiera acercar, pero en lugar de tomar el transporte público como otras veces, contratamos un servicio de recogida y aparcamiento. El día de regreso llegaríamos a las 9 de la noche y al día siguiente habría que trabajar, por lo que para evitar que se nos hiciera muy tarde, nos fuimos desde casa con el coche, que recogería en el aeropuerto la empresa contratada y nos lo devolvería a la vuelta.

Antes de entregar el vehículo, el empleado le da una vuelta como si se tratase de un alquiler y marca posibles desperfectos en un parte o incluso hace fotos. A la vuelta, de nuevo una comprobación para ver que se encuentra en el mismo estado que lo dejaste.

Hay diversas empresas que ofrecen este servicio y el precio varía en función del aparcamiento en que guarden el coche, ya que algunas lo llevan a un espacio abierto, mientras que otras lo guardan bajo techo. Además, en algunos casos, para no hacer kilometraje, mueven en coche con una grúa. Ojo porque no todas ofrecen la recogida y entrega en el aeropuerto, sino que has de llevarlo a donde tengan su sede.

Nosotros no habíamos usado el servicio hasta la fecha, pero nos pareció una buena opción. Salía más barato que dejar el coche aparcado en el aeropuerto o que coger un taxi y nos ahorraba tiempo. Avisamos antes de salir de casa de que íbamos para allá, y cuando llegamos a la terminal, allí nos estaban esperando. Como digo, el chico revisó el coche, anotó algún detalle, firmamos, entregamos las llaves, y listos para volar.

Llevábamos ya la facturación hecha y viajábamos con mochila, sin equipaje a facturar, así que nos fuimos a comer. A mis padres les habían dado en el banco unas tarjetas para poder entrar en la sala VIP de AENA con las que podían invitar cada uno a una persona, así que allí que nos fuimos los cuatro a hacer tiempo hasta que llegara la hora del vuelo y de paso comer.

Salimos puntuales, lo cual estaba bien, porque nos encontraríamos con mi hermano en el aeropuerto de Basilea y nuestros vuelos llegaban con cinco minutos de diferencia. Sin embargo, cuando íbamos sobrevolando Francia a la altura de Limoges, el piloto nos habló por megafonía para comentarnos que volvíamos a Madrid porque se les había roto uno de los cristales interiores de la cabina. Al parecer no era peligroso y no impedía que siguiéramos volando con seguridad, sino que se trataba más de un tema logístico. Imagino que podría haber llegado a Basilea, pero una vez allí, ese avión no podría haber vuelto a despegar por normativa aérea y arreglarlo en un hangar en Suiza era más caro que volver a Madrid cuya T4 es completamente de Iberia.

En el pasaje se palpaba la tensión. Incluso había una mujer a la que le daba miedo volar que se dirigió a sus amigos aterrada diciendo que ella ya se quedaba en Madrid, que no la volvían a meter en otro avión. Por otra parte, muchos veíamos peligrar nuestras vacaciones. Otros, que volvían a casa, ya estaban pensando en cómo avisar a la familia o incluso al trabajo.

Durante el tiempo que duró el trayecto de vuelta la tripulación fue dando información con cuentagotas asegurando que ese mismo día estaríamos en Basilea ya que en Barajas estaban avisados y nos iban a reubicar.

Llegamos a Barajas a la hora en que teníamos que haber aterrizado en nuestro destino y según desembarcábamos nos indicaron que en la puerta contigua tendríamos que tomar un nuevo vuelo. No obstante esa fue la única información que recibimos, ni se nos informó de nuestros derechos ni se cumplió el Reglamento (CE) 261/2004. Según dicha normativa la compañía debe ofrecer información y asistencia a los pasajeros. Además, comida y bebida suficientes en función del tiempo de espera, así como dos llamadas telefónicas o mensajes de fax o correo electrónico. Creo que fui la única que se acercó al mostrador de Iberia a pedir la hoja de reclamaciones.

Nada de esto ocurrió. Embarcamos en el nuevo vuelo e hicieron el agosto con la venta de comida y bebida, porque además, ya eran más de las 7 de la tarde y además había muchas familias con niños pequeños. Finalmente pisamos suelo suizo pasadas las 9 de la noche.

Mi hermano, que había llegado a las 6 de la tarde, estaba avisado de la incidencia, pues le había mandado varios mensajes cuando aterrizamos en Barajas. En ese lapso de tiempo en que nosotros tomábamos el segundo vuelo, él aprovechó para ir al hotel y recoger las llaves de nuestras habitaciones. También las tarjetas de transporte. Y es que todo viajero que se aloje en Basilea, recibe el Mobility Ticket, una tarjeta que permite utilizar de forma gratuita el transporte de la ciudad y alrededores durante su estancia. Tras acomodar sus cosas, se dio un paseo por las cercanías de la estación y volvió al aeropuerto a recogernos.

El aeropuerto de Basilea es peculiar, ya que es compartido entre tres países: Suiza, Francia y Alemania. En realidad se llama Aeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo. Es bastante pequeño y antes de salir nos encontramos con carteles que nos señalan hacia dónde hemos de dirigirnos según al país que queremos llegar. Francia y Alemania para un lado, Suiza para otro.

Ya fuera nos encontramos con mi hermano y tomamos el autobús número 50 que nos dejaba en la estación central, en Basel Bahnhof en apenas 15 minutos. Al tener el Mobility Ticket, era gratuito. Y aunque no lo hubiésemos tenido, con haber enseñado la reserva del hotel, también lo habría sido.

Después anduvimos un cuarto de hora hasta nuestro hotel, el Ibis Budget Basel City. Se trataba de un hotel bastante moderno y juvenil con un diseño muy colorido. Las habitaciones eran sencillas, aunque bien equipadas. Disponíamos de una cama doble sobre la que se encontraba una litera. Además, un perchero, un escritorio y la televisión.

El baño se dividía en dos partes, por un lado un espacio cerrado con el inodoro, y otro abierto con la ducha y el lavabo. Muy práctico.

Pedimos una doble y una triple, aunque nos dieron dos triples.

Tras dejar nuestras mochilas en el hotel, y aunque era tarde, salimos a dar un paseo para estirar las piernas y ventilarnos un poco después del accidentado día. A pesar de ser un sábado noche, estaban las calles prácticamente desiertas y cuando nos cansamos de andar, tomamos un tranvía y volvimos al hotel. Al día siguiente teníamos que aprovechar al máximo las horas, ya que con el retraso habíamos perdido toda la tarde y la planificación que teníamos prevista de la visita a la ciudad.

Preparativos de una escapada a Suiza

Me he dado cuenta de que nos pasa mucho últimamente que no hemos hecho un viaje que ya tenemos planeado y ya estamos buscando el siguiente. Cuando estábamos volviendo de Escocia, surgió la escapada a Atenas y Sofía. Pero es que antes de este viaje a Grecia y Bulgaria ya teníamos el de Bombay e incluso se comenzó a gestar del que hoy comienzo nueva tanda.

Nos íbamos a Atenas un 17 de diciembre, y en una reunión familiar unos días antes, mi padre comentó que había mirado el calendario laboral de 2017 y había visto que en mayo tenía un puente muy majo ya que el día del trabajo y el de la Comunidad de Madrid caían en lunes y martes respectivamente. Tenían la idea en mente de aprovechar para ir a Escocia y visitar a mi hermano. Así pues, echamos un ojo a los vuelos. Y ya esta primera aproximación intentando diferentes combinaciones, tiraba por tierra la idea. El principal problema es que no había vuelos directos Madrid-Aberdeen, y cualquier escala hacía perder dos días, el de ida y el de vuelta, por lo que adiós puente prácticamente. Así que empezamos a valorar otros destinos.

Buscamos lugares inexplorados en Europa, por aquello de que fuera un destino próximo con pocas horas de vuelo y a ser posible sin escala. Y lo más barato que encontramos descartando lo ya visitado fue Suiza. No obstante, por situaciones familiares, la idea quedó en el aire, y no sacamos los billetes hasta un mes después. En este caso volaríamos con Iberia Express. La ida a Basilea y la vuelta desde Zúrich.

Ya en febrero reservaríamos el alojamiento. El Ibis Budget Basel City para la primera noche en Basilea y dos noches en los Apartments Swiss Star de Zúrich. En ambos casos elegimos una habitación doble y otra triple.

Escribí un correo electrónico a la Oficina de Información y Turismo de Suiza, que me envió unos folletos por correo postal. Pero como nos íbamos a Bombay, el resto de la planificación quedó pospuesta hasta nuestro regreso en abril.

Teníamos el punto de inicio, el fin y el alojamiento. Dado que no teníamos muy lejos Liechtenstein, decidimos que podríamos visitar su pequeña capital.

Así pues, a la vuelta de la India, concretamos la estructuración del viaje y sacamos los billetes de tren para ir de Basilea a Zúrich y de Zúrich a Sargans, donde cogeríamos el bus hasta Liechtenstein. Podríamos haber esperado a estar allí para comprar los billetes de tren, pero sacándolos por internet había descuento del 50% en determinados trenes (imagino que los de las horas valle). Sí que es cierto que limita en cuanto a horario y ata más; pero teniendo en cuenta que Suiza es algo cara, nos venía bien recortar gastos.

Y poco más teníamos que preparar, ya que eran cuatro días y ni siquiera íbamos a facturar. Tanto Suiza como Liechtenstein no forman parte de la UE, sin embargo, sí que pertenecen a zona Schengen y tienen acuerdos en otras áreas, por lo que son admitidos el DNI y la Tarjeta Sanitaria Europea. En cuanto a la moneda, ambos países comparten el Franco Suizo, y como siempre, lo sacaríamos al llegar a destino en un cajero, que es lo que más rentable nos sale.

Empezamos.