Interrail. Viajando por Benelux día 6. Luxemburgo – Maastricht – Lieja

Este día no comienza con una foto de un par de vasos de cartón y unos bollos en el tren. No, como ya mencioné en el post anterior, teníamos incluido el desayuno en el hotel, así que nos lo tomamos con calma… Teníamos para elegir bollos, embutido, queso, salchichas, bacon… en fin, un pequeño buffet.

Y cargamos bien las pilas.

Y tras el desayuno reponedor, cogimos los bártulos y nos dirigimos a la estación, rumbo a Lieja. Este ha sido el trayecto más largo que hemos hecho, y además fue árduo, porque a las tres horas de trayecto, tuvimos que sumarle que el tren tuviera una avería y que estuviéramos parados en una estación  en medio de la nada como una media hora. Pero bueno, aprovechamos para descansar, leer, observar el paisaje….Y también para modificar nuestra planificación inicial.

En un principio la idea era llegar a Lieja, comer y ver la ciudad tranquilamente. Pero visto el ritmo que llevábamos y lo descansados que estábamos después del alojamiento en Luxemburgo, pensamos que quizá sería buena idea llegar al hotel, dejar las mochilas y partir hacia Maastricht, que tan sólo está a media hora. De esta forma le ganaríamos tiempo al plan original por si queríamos ver más en los últimos días en la zona de Holanda, que era realmente lo que más nos había gustado de lo que llevábamos y del país que más esperábamos. Y todo un acierto, oye.

Así que llegamos a Lieja, de nuevo una ciudad belga de la parte francófona. Con esto estaría todo dicho, para mí es la parte menos atractiva del país. Está situada en el valle del río Mosa y está muy cerca de los Países Bajos (ya os he dicho que Maastricht está a media hora en tren) y también próxima a Alemania (Aachen a 40 minutos). La ciudad ha tenido una parte importante en la historia, gracias en mayor medida por su posición geográfica transfronteriza.

En el siglo VIII el obispo Lamberto fue martirizado y asesinado y la ciudad se convirtió en lugar de peregrinación para rendirle homenaje, de ahí que comenzaran a construirse iglesias, la basílica, la catedral de San Pablo… Durante 8 siglos Lieja fue un Principado, hasta que en 1789, al tiempo que estallaba la Revolución Francesa, también se levantó el pueblo contra la monarquía. Entre 1795 y 1815 el Principado quedó dividido en 3 regiones y tras la derrota de Napoleón en Waterloo, una de las regiones se anexionó a los Países Bajos. Esa región es hoy en día Lieja provincia. En 1830 pasó a ser Belga como tal.

En Lieja destacan tres estaciones: Guillemnis, Jonfosse (que parece abandonada) y Palais. Esta última es la que estaba más cerca de nuestro hotel. Nada más salir, te encuentras el Palais. Y queda en lo alto de la ciudad, has de bordear e ir bajando.

El tramo que recorrimos de camino al hotel no nos gustó mucho, no sé si porque ya amenazaba lluvia y estaba todo gris, porque los edificios emblemáticos estaban poco cuidados o por la basura en la calle.

Y es que el tema de las bolsas de basura merece un parón porque es de traca. Resulta que en Bélgica se recoge la basura sólo dos veces a la semana. Pero ojo, que hay restricciones. Una de las veces es para los residuos orgánicos (bolsa blanca) y otra para los no orgánicos. Pero no todos, por ejemplo, si el camión pasa martes y jueves por tu barrio y el segundo día es el de no orgánicos, una semana tocará cartón (amarilla) y la siguiente semana plásticos (azul). Así que puedes estar con envases en casa como 15 días. El cartón a lo mejor ocupa menos, pero imaginaos organizar una cena y tener bolsas repletas de latas, envolotorios, botellas… Aunque claro, habría que tener en cuenta que las celebraciones fueran el día de recogida, para no tener toda una semana la orgánica y sus olores en casa… Me parece una cerdada, con todas las letras.

Pero ojo, que además es que hay que dejar las bolsas (oficiales con el logo de la ciudad y que al parecer cuestan un riñón) en el lugar correcto. Si están en el sitio equivocado (no hay contenedores, se tienen que dejar en la acera), fuera de hora, o color erróneo de bolsa (o que no sea oficial), habrá multa. Con apertura de bolsa en modo CIA.

Al principio nos era sospechoso ver bolsas de basura apiñadas en la calle, pero luego paseando con una botella y un pañuelo para tirar me di cuenta de que la ciudad no tenía contenedores ni papeleras… y ya te fijas más, y ves basura por todos lados, e indagué sobre el tema. Me parece increíble que el país con la capital de Europa tenga ese sistema de recogida de residuos. Es algo que hoy en día sigue sorprendiéndome.

En fin, que con este planteamiento, no es de extrañar que la imagen de la ciudad quedase trastocada. Así que, entre bolsas de basura llegamos al hotel, donde descargamos mochilas y marchamos. El hotel no está mal, nos dieron una habitación amplia, con dos camas de matrimonio, zona de té/café, otra zona para dejar las maletas, baño, televisión…

No está mal, no queda en el centro, pero tampoco se tarda mucho en llegar.

Para ir a Maastricht teníamos dos opciones, o volver a Palais y hacer trasbordo en Guillemnis, o ir andando a Guillemnis y ahí coger directo el tren. Y de paso, comprar algo para comer por el camino y echar un primer vistazo a la ciudad. Comimos en marcha unos sándwiches de un carrefour express, pues no había mucho donde elegir, y la ciudad, salvo alguna plaza, no tenía tampoco gran cosa que ver… al menos a mí no me llamó mucho la atención… ya digo que no sé si era la suciedad, o el día que estaba torcido…

Tras una larga caminata llegamos a Guillemnis, una estación que se ve a la legua que es de Calatrava, muy en su estilo.

Y en media hora estábamos en Maastricht. De nuevo en los Países Bajos. Y se nota. Nada más llegar ya todo es diferente, la estación, la gente, el idioma, de nuevo bicis por doquier, quesos… gran decisión la de no dedicarle tanto tiempo a Lieja, sin duda.

Una curiosidad de Maastricht es que los semáforos te van marcando con unos leds el tiempo que queda para cambiar de color… y en rojo es real, la duración de cada punto es real, pero en verde, la mitad va a una velocidad, y la otra mitad empieza a correr aquello que como te descuides te quedas en medio de la carretera en rojo otra vez…

Maastricht está dividida por el río Mosa (Maas en neerlandés, y la ciudad significa “el que cruza el Mosa”). Es una ciudad pequeñita y se la considera la menos neerlandesa de todo el país, supongo que por su posición geográfica, tan cerca de Bélgica y Alemania.

Tiene un casco histórico interesante con iglesias, murallas, plazas, casas señoriales…y destaca su ambiente cultural gracias a la Universidad, el instituto de Bellas Artes y una Escuela de Teatro.

Me llamó la atención la Iglesia de San Juan, en la plaza Vrijthof por su torre roja, que contrasta con el resto de la arquitectura de la plaza. Justo al lado destaca San Servacio.

También es muy original la Basílica de Nuestra Señora, que al parecer está construida sobre un edificio pagano ya existente en el siglo IV, y posteriormente se le han ido añadiendo las torres, el claustro… y de ahí su peculiaridad.

No hay comparación entre Lieja y Maastricht, la ciudad neerlandesa tiene sus zonas peatonales, con su casco histórico, el puente, el bullicio de la gente animada tomando algo…la ciudad belga es más triste, tanto de aspecto, como la cara de la gente.

Y tras disfrutar de la tarde en tierras neerlandesas, emprendimos el regreso a Bélgica, paseamos por Lieja callejeando por ver si nos quedaba algo por ver y buscando un sitio para cenar.

Al final acabamos en un Pizza Hut al lado de la ópera. Ojo con el edificio, muy clásico, y de repente un andamiaje… muy moderno, todo.

Cogimos la cena de milagro, porque estaba cerrando (eran las 9 de la noche) y volvimos al hotel a finiquitar el día.

Interrail. Viajando por Benelux día 5. Bruselas – Namur – Luxemburgo

Después de unos primeros días bastante acelerados y sin parar de una ciudad a otra, este día era más relajado. Dimos por visto Bruselas, a pesar de que nos quedó mucho por ver, pero no nos apetecía recorrer mil barrios alejados, así que partimos dirección Luxemburgo, que está a un buen trecho. Así que con nuestro desayuno del Panos (una franquicia muy a tener en cuenta en Bélgica) nos subimos al tren.

Entre medias, a una hora de Bruselas, paramos en Namur, que es la capital de la región de Valonia, una zona totalmente diferente de las ciudades belgas que habíamos visto hasta el momento de la parte flamenca. Ya en el tren veíamos cómo cambiaba la orografía, ya no estábamos en una Bélgica llana, o casi, sino que empezamos a adentrarnos en una zona boscosa, frondosa, con importante presencia de los ríos Sambre y Mosa.

Lo que sin duda destaca en Namur es el castillo, la ciudadela, en lo alto de la montaña, desde donde se divisa toda la ciudad.

A pesar de la fortificación, no pudieron evitar la invasión de españoles, franceses, holandeses, de nuevo españoles, Napoleón… hasta que con el Congreso de Viena de 1815 Namur se declaró parte de Bélgica. La ciudadela fue reconstruida varias veces, y de nuevo con la invasión de los alemanes un siglo después en la Primera Guerra Mundial, los teutones querían atravesar el país y la ciudad para llegar a Francia siguiendo el Mosa… Y en la Segunda Guerra Mundial no tuvo mucha mejor suerte… En fin, la historia de los belgas, siempre en medio, sin ejército importante con el que defenderse… Supongo que la única batalla victoriosa que recuerdan es la de Waterloo, hoy llena de turistas que van a ver un descampado.

Voliendo a Namur, después de ver la ciudadela, de divisar la ciudad, emprendimos el regreso a la estación callejeando. La verdad es que es un pueblecito muy pequeño, no tiene mucho que ver, alguna plaza, o iglesia, pero sin duda, lejos del estilo de las ciudades flamencas de las que veníamos. Namur tiene mucha historia, imagino que buenos vinos, parajes, pero la ciudad en sí, si no pilla de camino, es omitible.

En fin, después de un paseo con bastante calor, y de ver alguna curiosidad que me recordó a mi abuelo y a las Navidades, que le da por entretenerse con los corchos de las botellas, nos dirigimos de vuelta a la estación para coger el tren que nos llevase a Luxemburgo.

Fue un viaje largo, más de lo que estábamos acostumbrados, casi dos horas y teniendo que hacer trasbordo… leímos, observamos el paisaje, comimos…

Y al final llegamos a Luxemburgo, que no tiene nada que ver con ninguno de los dos países anteriores.

Luxemburgo ciudad es tranquila, empinada, llena de coches de lujos, un par de calles con restaurantes, pero apenas sitios de comida rápida o supermercados donde comprar comida para llevar.

Es otro nivel, sin duda. Como lo fue nuestro hotel, el Park Inn by Radisson Luxembourg City. Cuando reservamos los hoteles, para Luxemburgo no había mucha opción, la verdad, al menos dentro del rango de precio que nos movíamos, pero encontramos una oferta para el con alojamiento y desayuno por 69€. Y la verdad es que sin duda fue el mejor hotel de todos los del interrail, aunque el easyhotel de La Haya estaba muy bien, y posteriormente el de Ámsterdam, pero este tenía un punto más.  Aunque era un poco raro puesto que el hotel comenzaba en la planta 2 de un edificio. En el bajo había una zapatería y justo al lado del escaparate, un ascensor. Tomabas el ascensor, y en la primera planta te podías bajar en un Saturn, si seguías a la segunda, es cuando llegabas a la recepción del hotel.

Pero bueno, lo importante es que la atención fue muy buena, la habitación muy limpia, moderna, llena de comodidades, que si albornoz y zapatillas, los jabones y demás productos de cortesía, una botella de agua fresquita (aunque era con gas), cafetera/tetera con cafés, tés, azúcares… En fin, que además de día más o menos relajado, teníamos un hotel donde pudiéramos descansar.

Después de refrescarnos, salimos a pasear. La ciudad es muy nueva, no se ven edificios muy emblemáticos, hay un par de calles con restaurantes, como dije más arriba, y lo más “importante” el puente que ya habíamos visto en la maqueta del MiniEurope.

Las mejores vistas son desde la muralla, que ves los árboles, el río, las rocas… mucho más que la ciudad en sí.  Incluso la chica del hotel se plantó delante del mapa y no sabía muy bien qué recomendarnos para ver.

Tras el paseo, y antes de subir a la habitación, paramos en un a por una cena temprana donde nos tomamos unas hamburguesas (no había muchas más opciones) acompañadas de unas ensaladas.

Y a disfrutar del hotel, para cargar pilas que el día siguiente no teníamos un plan muy completo, pero sí muchas horas de tren, que casi que agotan más que estar moviéndose, que cuando lo notas es cuando paras.

Interrail. Viajando por Benelux día 4. Bruselas – Brujas – Gante – Lovaina – Bruselas

Y seguimos en Bélgica, este día era uno de los más deseados. Cuando comentábamos dónde nos íbamos a ir de vacaciones, todo el mundo que había estado en Bélgica nos decía que nos iban a encantar Brujas y Gante, y la verdad es que tenían razón, son dos ciudades con mucho encanto.

El plan del día era ir a Brujas, Gante y pasar la tarde en Bruselas, pero como ya os comenté, al final Bruselas nos atraía menos de lo que esperábamos, y decidimos echar un ratillo en tren y visitar Lovaina. Lo importante era ver Brujas y Gante, Lovaina estaba en segundo plano, como aquel día con Delft, pero nos dio tiempo a ver tranquilamente las dos primeras, y al final fue un día bastante completo.

Salimos pronto hacia Brujas, como siempre con el desayuno para el camino y con una hora de camino. Brujas perteneció a la Liga Hanseática, por lo que durante siglos fue una ciudad muy rica, con comerciantes, burgueses, artesanos y un puerto muy concurrido. A finales del siglo XVII Amberes la desplazó de este puesto privilegiado y hoy en día nos llega como una ciudad con un bello conjunto arquitectónico. No sólo por sus edificios, sino por sus calles, por sus puentes, como algo gloal. Es una suerte que se librara de los bombardeos de la II Guerra Mundial.

Es una ciudad que se puede recorrer fácilmente a pie, la mayoría de los lugares de interés se encuentran en los bulevares que delimitan lo que antiguamente eran las murallas. Y a pie fuimos desde la estación, pasando por un “rastrillo” con puestos de todo tipo, desde gente que se veía que tenía una tienda a otros que parecía que habían hecho limpieza en casa, o habían heredado la de la abuela y se querían desprender de todo tipo de antiguallas.

Y a partir de ahí, empezamos a callejear siguiendo los picos en dirección al Markt, cómo no.

En el centro de la plaza hay una estatua en honor de dos dirigentes gremiales que se rebelaron contra los franceses en el siglo XIV.

De hecho, en la plaza donde se encuentran las sedes de gremios. También podemos encontrar el Belfort, el edificio más característico de Brujas.

Bordeando el Markt, por una bocacalle llegamos al Burg, la plaza donde se encuentra el Ayuntamiento con su torre de 366 escalones y que se considera el centro originario de la ciudad, donde estaban los edificios civiles más importantes. Aprovechamos para degustar las típicas patatas belgas, pero lo podéis omitir… no es como los gofres que digas “uy, pues sí, están muy ricos”. Simplemente, son patatas fritas…

Aparte de eso, Brujas hay que disfrutarla cerca del agua, no cogimos ningún crucerillo pues era temprano, las calles estaban desiertas y se podía pasear tranquilamente por ellas, pero es imposible no admirar las casas a la orilla del río Dijver, las calles adoquinadas, los puentes, el carácter medieval de la ciudad, los molinos… Paseamos varias veces por las mismas calles de lo bonita que era la ciudad.

Además de las dos plazas principales, con sus edificios significativos, Brujas también tiene la Catedral de San Salvador, la Iglesia de Nuestra Señora con la torre más alta de Bélgica.

Y no puede faltar una visita al Beginjhof, un conjunto de viviendas blancas con un patio central con su jardín y árboles. Está habitado por las beguinas, que es una congregación laica. Paseando por el interior tienes que ir en silencio, es su remanso de paz.

Y está bordeado por el Minnewater, El Lago del Amor, con sus patos, cisnes… muy bucólico todo.

De ahí nos dirigimos siguiendo el río de vuelta a la estación

y emprendimos el viaje con dirección a Gante, que está a unos 25 minutos.

Gante es algo más pequeña que Brujas, al menos el casco histórico, que está algo más alejado de la estación, pero es un paseo. Si Brujas fue centro neurálgico gracias a su mercadeo, Gante es más industrial, durante los siglos XVIII y XIX proliferaron las fábricas. Pero su origen data del siglo IX cuando el conde Balduino mandó levantar un castillo para proteger las abadías de los ataques vikingos. Posteriormente fue una ciudad importante gracias a sus textiles. También es la ciudad donde nació Carlos I ( o V).

La verdad es que Gante me gustó, pero no tiene ese encanto medieval de Brujas. Es diferente, la Iglesia de San Nicolás es gótica, y tiene ese color característico grisáceo, al igual que la Sint Baafskathedraal.

Está todo muy cerca, el castillo de Balduino, las dos iglesias mencionadas arriba, el Belfort, el Ayuntamiento, los canales…. La ciudad se ve en una hora caminando tranquilamente.

Nosotros aprovechamos para comer en un McDonald’s, que era tarde y no teníamos muchas opciones

y emprendimos la vuelta dirección Lovaina, a una hora en tren de Gante, pasando por Bruselas. Es una ciudad universitaria con un aspecto medieval y que también fue importante gracias a la industria textil. La Universidad, la más importante y grande de los Países Bajos, fue una de las más prestigiosas allá por el siglo XVI y contaba con celebridades como Erasmo. En el siglo XVIII la ciudad se hizo más importante gracias a la cerveza.

Y por esta bebida, nos la encontramos de bote en bote. Era la 25 Edición de Hapje Tapje, y estaba lleno de lugareños tomando cerveza y mojitos. Había espectáculos, actuaciones, degustaciones…

Estaba plagada. Disfrutamos más del ambiente, que de los edificios históricos, de las plazas o de las callejuelas. Lo tenían muy bien montado, la zona donde se celebraba el evento estaba habilitado para peatones, pero unas calles eran de salida de las plazas, y otras de entrada, para evitar las aglomeraciones… muy cuadriculado todo, jejee.

No es de extrañar que se celebre en Lovaina este acontecimiento, ya que es donde está la sede mundial de la empresa InBev, la mayor compañía de cerveza del mundo. De hecho, digamos que la ciudad vive de la fábrica de la cerveza Stella Artois.

Aparte de para probar esta cerveza, Lovaina merece una visita, sin duda, hay que ver el Ayuntamiento (es el edificio más recargado que he visto en mi vida… si te pones a contar las figuras que tiene en toda su fachada puedes morir).

y la Sint Pieterskerk en la Grote Markt, la Oude Markt, o la Sint Michielskerk. Queda todo bastante cerca, y se puede pasear tranquilamente (cuando no están en fiestas, claro).

Y tras disfrutar del ambiente festivo de Lovaina, regresamos a Bruselas, donde cenamos tranquilamente unas ensaladas y salimos a dar un paseo nocturno, a disfrutar de la Grand Place, donde había mucha gente sentada observando la iluminación de los bellos edificios y charlando en grupillos.

Y para rematar la noche, un típico gofre belga. Pero como apetecía algo fresco, acompañado de chocolate también belga, pero en helado.

Y a recuperar fuerzas para el día siguiente en el que cambiaríamos de nuevo de país.

Interrail. Viajando por Benelux día 3. Rotterdam – Amberes – Bruselas

Después de que el día anterior fuera intenso y que termináramos algo desanimados, nos levantamos con la esperanza de que el día fuera mejor. Y bueno, podemos decir que fue mejorando por momentos.Teníamos alojamiento en Bruselas para todo el fin de semana, pero no nos daban la habitación hasta las 3 de la tarde, por lo que salimos por la mañana pronto de Rotterdam para pasar la mañana en Amberes.

Como venía siendo habitual, cogimos el desayuno para llevar y nos sentamos en el tren con una hora y veinte de camino por delante.

Una vez en Amberes, lo primero que te abruma es la Estación Central. Es inmensa y por dentro su arquitectura es impresionante, con una gran altura y claridad que entra por los cristales.

Pero la sorpresa no acaba ahí, porque el exterior es también majestuoso, parece un edificio diplomático más que una estación de tren.

Amberes es la segunda ciudad más grande de Bélgica, y se nota, el centro queda alejado de la estación, pero el recorrido desde ésta hasta la Grote Markt no tiene desperdicio, has de pasar por una calle comercial (De Keyserlei) con edificios que a mí me recordaban a los típicos que ves por Madrid cuando paseas por la Gran Vía y alrededores.

La ciudad me encantó desde el principio, en parte por este paseo que os digo que me recordaba a Madrid, pero sobre todo por la Grote Markt, por la Fuente de Bravo, por la catedral… El toque medieval de la ciudad le da un aspecto pintoresco, esas callejuelas, las casas inclinadas unas sobre otras, el ambiente…

Una vez en el centro queda todo bastante cerca, el castillo, el puerto, restos de la muralla medieval…

Es curioso lo de Amberes, porque estás en Bélgica, y se nota cierta diferencia con respecto a los Países Bajos, como por ejemplo en las estaciones, en los trenes, hay menos bicis porque el paisaje no es tan llano,  pero parece que estés en una remota ciudad de los Países Bajos, en parte por el idioma, pero creo que también el carácter influye.

Después de pasar la mañana en Amberes y recorrerla tranquilamente, y cómo no, probar los famosos gofres en versión mini (tremendos, esponjosos).

Cogimos de nuevo el tren, esta vez camino de Bruselas, que está a unos 50 minutos. La intención era llegar, dejar las mochilas en el hotel, y dar un paseo por Bruselas, pero nada más salir de la estación nos encontramos con la Catedral de Saint-Michel, una catedral gótica del estilo de la de Burgos o León, salvando las distancias, porque estas dos catedrales españolas son de mis favoritas.

Tras hacer unas fotos en la catedral y rodearla, sí que nos dirigimos al hotel, donde dejamos las mochilas y decidimos cómo estructurarnos la tarde. La idea originaria era pasar la tarde en Bruselas, por la zona de la Grand Place y alrededores, el día siguiente por la mañana para Brujas y Gante, y por la tarde el Atomium y ya el lunes, de camino a Namur, ver la Ciudad Alta. Pero sopesamos las posibilidades y decidimos ver la Grand Place y callejear, pero después irnos al Atomium, así tendríamos la tarde siguiente para el resto. Como no habíamos comido, buscamos algo por el centro, y nos decantamos por un bocata en panos, que es una cadena del estilo pans and company, aunque tienen más cosas, pero bueno, la esencia de los bocatas es similar. En esta zona ya se notaba que se refieren a sándwich cuando hablan de un bocata, de una baguette, vaya. Influencia francesa, sin duda.

En fin, con el estómago llenos fuimos a ver la Grand Place, impresionante, no lo voy a negar, pero sinceramente, me gustó más la de Amberes. No sé si porque es de estilo similar pero al ser más pequeña y tener la fuente tiene más encanto, o quizá porque la ciudad estaba tan llena de turistas, que se hacía incómodo andar. Lo que hasta ahora habían sido paseos, recorriendo las ciudades parándonos cuando nos apetecía, disfrutando del paisaje, de las calles, de los detalles… aquí era un agobio… gente por todos lados, más españoles que en Madrid… en fin, es lo que hay, un sábado, agosto, capital…. es lógico que haya turistas… pero para mí, le hizo perder encanto. Qué le vamos a hacer, soy así de asocial…

Callejeamos un poco y vimos el famoso niño meón, que bueno, es minúsculo, fijaos en los cabezudos, la gente, y lo que ocupa el Manneken Pis… Una desilusión.

Así que, huyendo un poco de la gente, nos fuimos para el Atomium en metro, ya que está fuera de la ciudad. Y la verdad es que igualmente había mucha gente por la zona. En el parque donde está el Atomium, también hay más atracciones. Hay una especie de recinto lleno de bares, restaurantes, zona de juego para los niños, un Kinépolis y un MiniEurope.

El MiniEurope es un un recinto en el que se pueden encontrar edificios significativos de toda Europa. Puedes elegir entrada combinada con el Atomium, así que eso hicimos, teníamos la espina clavada de Madurodam, así que no nos lo queríamos perder. Eso sí, cierra antes el Atomium, así que nos recomendaron subir primero allí.

Si vais a Bruselas y no tenéis mucho tiempo, el Atomium lo podéis obviar. Sí, es una experiencia subir y ver la ciudad desde arriba, pero no sé si merece realmente la pena. No es como subir a la Fernsehturm de Berlín o Múnich. Para empezar hay una cola enorme, el ascensor sube y baja como con unas 15 personas cada vez, con lo que avanza lentamente. Una vez arriba, el espacio es limitado, no es que puedas pasear alrededor de la bola principal disfrutando de las vistas, sino que según llegas, te quedas parado porque haces ya la cola de bajada, y hace calor, mucho calor, no está refrigerado y le da el sol de lleno. Una vez que vuelves a bajar, tienes la opción de subir escaleras mecánicas y visitar otras bolas y sus exposiciones, pero a mí la verdad es que me dejaron igual… unas exposiciones de luces, colores, de figuras… No sé, es algo subjetivo, está claro, pero para mí, no me aportó mucho.

Sin embargo, la visita al MiniEurope me encantó. Las maquetas de los edificios son realmente detallistas y están muy bien hechos. Hay representación del Parlamento de Londres, de París y su Arco del Triunfo o su Torre Eiffel, ambas ciudades unidas por el Canal de la Mancha, también la Torre de Pisa, o la Plaza de San Marcos, el Partenón, el muro de Berlín, Amberes, Bruselas, Brujas….

También hay representación de edificios o símbolos españoles, como los molinos de La Mancha (con una misteriosa parada de tren llamada igual), El Escorial, la Maestranza de Sevilla, el Puerto de Barcelona con Colón o la Catedral de Santiago.

Aparte de las maquetas del exterior, en el interior hay exposición con la historia de la CEE, con monedas, con mapas… Muy interesante. Eso sí, resulta agotador. De camino al hotel, cogimos unas pizzas y volvimos al hotel a descansar y prepararnos para el día siguiente: Brujas, Gante, Lovaina y más Bruselas.

Interrail. Viajando por Benelux día 2. La Haya – Haarlem – Leiden – Delft – Rotterdam

Aquí comenzó realmente nuestro interrail. Ya os comenté que íbamos en la opción de 8 días, pero en realidad viajaríamos 11. El primer día no contaba, y al final íbamos a estar varios días en Ámsterdam y ya no lo necesitaríamos.

Y no empezó mal, sino que ni más ni menos con 5 ciudades. Bueno, cuatro y media porque La Haya estaba prácticamente vista, aunque como ya os comenté, sin quererlo, nos habíamos dejado lo mejor.

Tras un sueño reparador, nos levantamos muy pronto y nos dirigimos a la estación, ya el día antes habíamos visto que había tiendas en las que tenían desayuos para llevar, así que la idea era coger algo que pudiéramos comer en el tren de camino a Haarlem. Y ahí, íbamos, de camino a la estación, pasamos un lago cuando vimos una especie de placita que se podía atravesar y que nos ahorarría tiempo y decidimos cruzarla. Y menos mal, porque la supuesta plaza era el Binnenhof, o Parlamento Holandés.

Es sin duda el edificio más bonito de la ciudad, es una plaza, un patio, y no sabes dónde mirar, pues lo que te rodea es impresionante. Yo iba con la boca abierta ante la sorpresa. Me había encantado la ciudad, pero eso me hizo marcharme con una sonrisa.

En la estación, donde ya vimos un gran número de bicis a temprana hora, compramos el desayuno y comenzamos el viaje. Este día se presentaba duro, pero llevábamos la intención de no saturarnos. Es decir, había cuatro destinos: Haarlem, Leiden, Delft y Rotterdam. Bueno, la última era donde teníamos el hotel, por lo que era parada obligada. Pero el resto no. La idea era salir dirección a Haarlem y si nos hacía emplear mucho tiempo, elegir entre ir a Leiden y saltarnos Delft, o al revés, ir directamente a Delft. O bien, ninguna de las dos paradas y acabar directamente en Rotterdam. Al final nos dio tiempo a todo, y me alegro de no haberme dejado ninguna de las ciudades. El caso de Rotterdam, es aparte, una pena tener el hotel allí.

En fin, a lo que iba, con el desayuno ya en nuestras manos y el primer día marcado en nuestros billetes de interrail, nos sentamos en un tren dirección a Haarlem. Estamos hablando de un tren directo que tarda 35-40 minutos, vamos, menos de lo que tardo en llegar a trabajar, lo que viene siendo un desayuno y un vistazo a internet.

Haarlem es una ciudad pequeña y con una gran historia, y como está cerca de Ámsterdam, es una de las más visitadas del país. Y al igual que esta, se encuentra atravesada por varios canales, ya que está a 4 metros por debajo del nivel del mar. Desde la estación (por cierto, fue la primera línea ferroviaria de Holanda, que unía Haarlem a Ásmterdam).

al centro se llega en unos cinco minutos, y cómo no, nos encontramos con la Grote Markt, que es donde montan el mercado y alberga edificios como el Stadhuis (ayuntamiento) o la catedral de St Bavo (Grote Kerk van St Bavo).

Un par de datos importantes a tener en cuenta en los Países Bajos: Kerk es iglesia, Grote Markt como una Plaza Mayor o centro neurálgico, Stadhuis es el ayuntamiento, Gracht es canal. El artículo masculino y femenino es de (de Boer, de Jong) y el neutro het. Las “ges” se pronuncian como nuestra “jota”  y las “uves” como “efes”, así pues Van Gaal sería Fan Jaal, y Van Gogh, Fan Joj.

Volviendo a Haarlem, que me enredo en temas lingüísticos, aparte de la Grote Markt con su Kerk, de pasear por sus canales, por sus calles, de ver excentricidades, o os podéis perder la oportunidad de acercaros al Molino Adriaan.

Para nosotros era nuestro primer molino, y hacía ilusión, aunque a lo largo del viaje los veríamos más grandes, más pequeños, más singulares, más bonitos… otra cosa no, pero molinos… te puedes hartar.

Tras un par de horas en Haarlem, tomamos un tren dirección Leiden (20 minutos de trayecto), esperando que la ciudad mereciera la pena también, porque empezaba a hacer calor, unos 35º, e íbamos con las mochilas. A Leiden hay guías que la definen como una Ámsterdam en pequeñito, porque su centro histórico está dominado por los canales y casas de estilo flamenco. Pero es una ciudad con mucha historia, es donde se fundó la primera universidad holandesa, la única ciudad que resistió a los españoles y es la casa de Rembrandt y tulipanes.

Lo primero que nos encontramos al llegar fue unas chicas muy amables que estaban en un stand haciendo publicidad de coca cola zero y repartiendo latitas casi heladas que nos vinieron estupendamente porque, como os decía, empezaba a pegar el lorenzo.

Y tras refrescarnos, nos dirigimos al centro, no sin antes quedarnos sorprendidos de la cantidad de bicicletas que se pueden acumular en un espacio. No sé si es por ser ciudad universitaria, pero creo que es una de las ciudades en las que más bicis hemos visto. Aparte de Ámsterdam, claro.

En este caso, el centro neurálgico es el Vishmarkt (Mercado del Pescado), donde no puede faltar el ayuntamiento. La Kerk más popular de la ciudad es la de San Pedro. Y, cómo no, no pueden faltar los canales y molinos, y como os decía, la vida de Rembrandt, que si la casa donde nació, la casa donde vivió, la casa donde aprendió a andar… ya me entendéis, como si vais a Salzburgo y preguntáis por Mozart, o a Bonn con Beethoven.

La ciudad me gustó, también era muy chula, en la línea de Haarlem, pero me gustó más la primera. Con otra coca cola zero en la mano, tomamos el siguiente tren con destino Delft (otros 20 minutos).

En la estación de Delft, en obras como casi todas las que hemos pisado (no sé si es que se ponen de acuerdo para hacer obras en verano o qué) cogimos unos sándwiches y unas bebidas en un Albert Heijn, un minisupermercado que se convertiría en uno de nuestros sitios frecuentes para desayunar o a los que recurrir para una ensalada o sándwich. Hay en casi todas las estaciones y te solucionan la papeleta sin duda. Por cierto, podéis probar bebidas de mil sabores.

En fin, fuimos comiendo de camino al centro de la ciudad, y sin duda no nos dejó indiferente, creo que de todas las que vimos ese día, Delft está en lo alto de todas en cuanto a belleza. Es una ciudad medieval, donde si quieres un recuerdo, no verás otra cosa que cerámica azul. Como no, lo importante se concentra de nuevo en torno a la Grote Markt, una plaza rodeada de casas antiguas, del ayuntamiento y de la Nieuwe Kerk (Nueva Iglesia).

Y si hay una Nieuwe, no podía faltar la Oude (vieja), una iglesia muy peculiar, ya que su torre está inclinada.

Y tras pasear por sus calles, recorrer canales y echar mil fotos, seguimos nuestro camino rumbo a Rotterdam, nuestra parada final del día.

Ilusos nosotros pensando que nos íbamos a encontrar otra ciudad bonita más, repleta de edificios históricos, con sus Grote Markt y sus Kerk, sus canales y sus bicis, sus molinos… ese ambiente tranquilo… y no, lo que nos encontramos fue con una ciudad gris, muy “industrial”, muy moderna, con edificios vanguardistas, y que no tenía nada que ver con La Haya, Haarlem, Leiden, y mucho menos con Delft.

Además, llevábamos cansancio acumulado del día, hacía mucho calor, muchísima humedad, se nos vino un poco el mundo abajo, la verdad. Si lo llego a saber, me salto la ciudad y habría buscado alojamiento en Amberes, que sería nuestro destino. Si tenéis intención de ir a Rotterdam, dejadlo, hay muchas más ciudades alrededor que merecen la pena, pero por si queréis desengañaros…

Los famosos cubos, nuestro querido Desiderio Erasmus, el puente que lleva su nombre, y poca cosa más.

Por cierto, el Grand Hotel Central tampoco os lo recomiendo. Se nota que es bastante viejo, sobre todo en el ascensor, en el baño, en la moqueta… En fin, una pena, acabamos el día un poco chof, con la de cosas chulas que habíamos visto. Cogimos la cena en un burger king, que era de lo poco que había abierto a una hora tardía y nos acostamos con la esperanza de que el siguiente día fuera mejor.

Interrail. Viajando por Benelux día 1. Madrid – La Haya

Y llegó el día 1, teníamos el vuelo a las 3 de la tarde, con lo que nos fuimos con calma en transporte público al aeropuerto cargados con nuestras mochilas deseando que llegara cuanto antes el momento de pisar tierras neerlandesas.

Ya habíamos elegido asientos el día anterior, por lo que llegamos, nos pusimos a la cola y a esperar con calma a facturar la mochila de 50l. A punto estuve de desesperarme con los que teníamos detrás, que estaban nerviosos porque no abrían un mostrador más o porque nuestra fila no avanzaba. Preocupación absurda, ya que nuestro mostrador era únicamente para gente que ya había hecho el check-in, luego había otros 5 ó 6 para el resto. Con lo que no entiendo de qué se estresaban, pues ya llevas asiento… pero bueno, hay gente para todo.

En fin, a eso de las 5 y media, puntuales, llegamos a Shiphol, pero nos retrasó el que nuestra mochila no llegara. Odio esos momentos en los que estás ante la cinta, ves salir mochilas, bolsos, maletas, pero ninguna es la tuya… la gente empieza a marcharse y ves que quedáis 3 y todos sin maleta… Tras 5 minutos en los que la cinta giraba sola con unas maletas abandonadas desde el vuelo anterior, decidí ir a la búsqueda del mostrador de reclamaciones cuando justo en ese momento apareció, y respiré tranquila.

Ya cargados y preparados, nos dirigimos a La Haya (Den Haag) donde teníamos el hotel. Aquí aún no tenía valided nuestro interrail, no empezaba hasta el día 2, así que tuvimos que comprar los billetes. Justo al lado de las cintas había una máquina, pero no acepta billetes ni tarjetas extranjeras, por lo que tuvimos que ir  la terminal y comprarlos en taquilla (con su correspondiente recargo de 0.50€ por billete emitido) 8.30€ por cabeza, barato no es, desde luego.

Y cogimos nuestro primer tren del viaje. Descubriríamos cómo son los IC en los Países Bajos: limpios, tranquilos, con baño, con asientos cómodos y con Wifi, algo que nos resultó de gran utilidad durante todo el viaje.

Una vez en La Haya lo primero que hicimos fue buscar el hotel para dejar las mochilas, y con intención de salir a pasear la ciudad, acercarnos a Madurodam y cenar antes de volver a descansar. El alojamiento elegido para esta parada fue el easyhotel The Hague City Centre, un hotel que funciona como los vuelos de easyjet: tienes lo básico, si quieres algo más, lo pagas. Es decir, tienes la cama, un baño y ya. Si quieres tele, has de pagar unos 5€ por día, lo mismo si quieres que durante tu estancia te cambien las sábanas o toallas. Paradógicamente, el Wifi es gratis. Nosotros sólo íbamos una noche, y con tener cama y baño nos servía. Y la verdad es que fue una gran elección. Eso sí, al llegar casi a las 7, no tenían una habitación con una cama doble como pedimos y nos tuvieron que dar una con dos camas, y a cambio nos dieron tele gratis, que total, entre que no íbamos a pasar tiempo, y el idioma… es como si no la tuvieras. En fin, en cualquier caso, el hotel cumplió su cometido.

La mampara traslúcida que veis en la imagen es el baño, que consta de una ducha, un mini lavabo y una taza. Eso sí, todo muy limpio.

Ya libres de mochilas, cámara en mano, nos fuimos dando un paseo en dirección a Madurodam, que está a las afueras, y es un recinto que tiene una ciudad en miniatura donde se pueden ver la mayoría de los monumentos más importantes de los Países Bajos, eso sí, a escala 1:25. Tenía anotado que cerraba a las 11 de la noche en verano, pero llegamos a las 9 menos cuarto y ya estaban echando a la gente, así que nos quedamos con las ganas de verlo. Eso sí, el paseo mereció la pena, porque al estar en las afueras pasas por un bosque o parque bastante frondoso.

Una vez en el centro, paseamos por las calles sin rumbo fijo, descubriendo plazas plagadas de paisanos en las terrazas de los restaurantes ya cenando, o tomándose algo aprovechando los 30º. Era jueves, y se notaba el ambiente.

La Haya es una ciudad muy pintoresca, tiene muchas embajadas, es la sede del Gobierno, pero también tiene parques, monumentos, museos, placitas… y es que ir a cualquier ciudad neerlandesa y no pasar por su Grote Markt no tiene sentido, es como su Plaza Mayor, el lugar donde montan el mercado de los quesos, del pescado, de flores… y casi siempre, como no, tiene entre sus edificios una Grote Kerk, la iglesia más importante, vaya.

Es una ciudad de buen tamaño, no es un pueblecito, pero lo bueno que tiene es que puedes recorrerla a pie tranquilamente, al menos el centro. Y eso fue lo que hicimos, disfrutando de sus gentes, de sus canales, de sus peculiaridades, de sus bicis…

Para mí fue un buen abrir de boca, una buena primera parada,me gustaba el ambiente, la ciudad… Se nos hizo de noche, así que cenamos en un subway que nos encontramos en el camino y volvimos al hotel.

Y si nos había gustado La Haya con un paseo y una primera impresión, sin saberlo, habíamos dejado lo mejor para el día siguiente. Pero eso tendrá que esperar a la siguiente etapa.

Viajar con el Interrail. Preparativos

Vuelvo a escribir de viajes. Esta vez del interrail. Para los que no sabéis en qué consiste, es muy simple: se trata de viajar por un país, o varios con un abono de tren. A lo largo de los años ha sufrido modificaciones, hace años, iba por zonas: Mediterránea, Norte, Centroeuropa, Europa del Este… pero la cosa ha cambiado y ahora va por países y dentro de tu elección, puedes viajar en diversas modalidades: más o menos días. También tienes el Global Pass.

Mi hermano llevaba dos años haciendo el interrail, aprovechando para moverse antes de cumplir los 26 y que subiera el precio, y este año iba a ser su último como joven, y nosotros que aún no teníamos planeado un destino, valoramos la opurtunidad de unirnos. La elección era Benelux: Bélgica, Holanda y Luxemburgo (sí, son tres países, pero en este caso es un único pase). Los tres países estaban en nuestra lista de deseos, bueno, quizá Luxemburgo no muy arriba, pero ya que te pones… Cuadramos una fecha en la que pudiéramos ir los cuatro y después por motivos laborales empezó a caer gente, de forma que se acabó convirtiendo en un viaje en pareja.

Una vez sabíamos quiénes y cuántos íbamos a ir, iba todo sobre ruedas para comprar los billetes de avión. Si hubiera sido Italia el destino, habría buscado 3 ó 4 aeropuertos importantes, y habría comparado precios y a raíz de ahí trazar la ruta con un punto de partida y de finalización. En este caso no fue diferente, sólo que tienes que ver el conjunto de los tres países como un todo y básicamente teníamos 3 opciones: volar a Luxemburgo, a Bruselas (bien con low cost a Charleroi – que es como ir a Toledo y decir que vuelas a Barajas – o bien con compañía “normal”) o a Ámsterdam. La verdad es que la decisión no fue fácil. Bueno, Luxemburgo quedó fuera enseguida por ser la opción más cara y por no tener vuelo los domingos, que era nuestro día de regreso. Así pues, teníamos Bruselas y Ámsterdam. El precio era muy similar, pero la diferencia era que para a Bruselas y que nos saliera más barato, tendríamos que ir con low cost y ya no hablamos de Bruselas como tal… Así que ganó Ámsterdam. Ahora a definir la ruta.

Aquí otro quebradero de cabeza. Busqué información en las páginas oficiales de cada país para ver qué ciudades recomendaban en sus áreas de turismo, y además añadí las que me sonaban por nombre y las que me habían recomendado amigos y conocidos. Y a partir de ahí, mapa en mano, a marcar las ciudades y ver combinaciones de tren para ver cómo de cerca o lejos estaban… es realmente agotador… porque además queríamos irnos con hotel cerrado, y claro, para eso tienes que estimar qué tiempo vas a dedicar a cada ciudad… Es un rompecabezas.

Sé que la mayoría de la gente que piensa en interrail se imagina el típico mochilero que duerme en albergues, estaciones o incluso en la calle. En el pasado nosotros hemos dormido al aire libre con sólo el saco de dormir como cobijo, hemo viajado un fin de semana cargando con la mochila, hemos ido de camping, de albergue de campamento… pero hay que ser consciente de la situación en que se encuentra cada uno. Si yo ahora mismo tuviera 22 años, estuviera estudiando y tuviera un par de meses de vacaciones, me iba a la aventura, ya que por muy mal que duermas, por muy cansado que regreses, después te quedan vacaciones para recuperarte y seguir disfrutando. Nuestra diferencia es que tenemos 10 años más, que nos íbamos 11 días y que al día siguiente del regreso teníamos que volver al trabajo, con lo que si te vas a la aventura y te sale mal, no sólo no has disfrutado de tus vacaciones, sino que además vuelves con ganas de unas. Así que poniendo pros y contras sobre la mesa, decidimos buscar hoteles.

Para ello, con el mapa de trenes en mano, con las ciudades marcadas, trazamos una posible ruta, decidiendo dónde nos venía mejor pasar la noche, mirando si salía rentable o era necesario hacer algún cambio… y cuando parecía que estaba todo cuadrado, reservamos las noches de hotel hacia finales de junio.

Y a principios de julio compramos los billetes de interrail. Os he dicho que nos íbamos 11 días, pero nuestro billete era de 8 días, el primer día no contaba, pues llegábamos por la tarde al aeropuerto, y los últimos dos días ya no nos íbamos a mover en tren, así que tampoco. Finalmente la ruta quedaba de esta manera:

Suena muy ambicioso, pero como ya nos ha pasado alguna vez en la que piensas que verás una ciudad en 3 días y luego tardas menos preferimos llevar de más y luego en función de lo que nos fuese gustando un pueblo o ciudad, dedicarle más tiempo y obviar lo que no nos diese tiempo, siempre teniendo en cuenta el fin del día.

Para ello, gracias a www.bahn.de, la página de trenes alemana, busqué los horarios de todas las posibilidades que teníamos para saber si había una frecuencia de un tren cada hora o cada 20 minutos, porque en este último caso, sabes que puedes entretenerte pues si pierdes uno, al momento puedes recuperar, pero si tienes que esperar una hora… supone un mundo.

En fin, mediados de julio, teníamos avión, hoteles, ruta, horarios de trenes, billetes de interrail (te llegan por correo certificado en apenas una semana) e información y mapas sobre las ciudades que íbamos a visitar. Cuenta atrás y nos faltaba por ver tema equipaje. Y aquí otro quebradero de cabeza. Porque claro, debido a la ruta, la gran mayoría de los días tendríamos que llevar la mochila encima. Sí, existen casilleros en las estaciones, pero como realmente no había mucha intención de pasar dos veces por un mismo sitio… no tenía mucho sentido. Así que, ¿qué hacemos? ¿llevamos dos mochilas de 30 litros con lo básico? ¿O llevamos la de 50, facturamos y de perdidos al río? Al final optamos por llevar una de cada, la de 50, para facturar y meter objetos que no te dejan pasar como equipaje de mano, y la de 30 sin facturar con un par de mudas para cada uno. Que soy un poco maniática con eso de que me pierdan la maleta… Ah, y prescindimos de la toalla dado que íbamos a hoteles y se suponía que íbamos a tener allí. Al igual que de productos de higiene, que llevábamos lo básico: desodorante, cepillos y pasta de dientes y crema solar factor 50.

Así pues, todo en marcha, contando los días hasta que llegó el día 1 y empezó la aventura. Pero eso para otro día.