Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.

Conclusiones del viaje a Mahé, Bombay y París

Cuando surgió el viaje, tuve un breve momento de duda, como ya comenté. Por suerte, duró poco y nos lanzamos. Fue un viaje un poco agotador, con mucho por ver y hacer en algo más de una semana. Sin embargo, creo que el contraste entre los tres países fue bueno para desconectar y vivir cada uno de una forma totalmente diferente.

Comenzamos por las Islas Seychelles, unas islas paradisíacas que desde luego no entraban en mis planes más próximos (ni lejanos, en realidad). Y es que con tanto globo terráqueo por descubrir, los destinos de playa quedan muy abajo en muy lista. Además, África para nosotros de momento era terreno inexplorado. Si hubiéramos ido más días, quizá habríamos aprovechado para hacer alguna excursión a Praslin o La Digue, sin embargo, al tratarse de una escala diurna, nos centramos en Mahé, que es la isla principal y donde llegaba nuestro avión.

Mahé no es muy grande, pero para poder aprovechar el tiempo al máximo, alquilamos un coche para poder movernos a nuestro ritmo y no depender de los autobuses locales. Seguimos la carretera principal y fuimos parando en playas y calitas que nos iba apeteciendo. Incluso nos bañamos en Beau Vallon, donde nos quedamos también para comer en ambas escalas aprovechando los restaurantes a pie de playa y el pescado fresco.

Por supuesto, también estuvimos en Victoria, la capital. Un pueblecito, más que una ciudad, donde se concentra la mayor parte de la población. Turísticamente tiene poco que visitar, es de esos destinos en que hay que seguir a nuestros pies y perderse entre el ir y venir de los lugareños. Mahé no es un destino de monumentos, fueron mucho más interesantes las visitas al mercado y a la plantación de té.

Aunque sin duda, uno de los mejores sitios es el Parque Natural Morne Seychellois, un auténtico paraíso verde y salvaje para los amantes de la naturaleza. En su mirador se respira tranquilidad, se ve cómo se mueven las nubes que tapan y descubren los montes. Y abajo, las prístinas aguas.

Lo que menos me gustó fue el clima. Nada más bajar del avión nos encontramos con una bofetada de humedad, sobre todo en la primera escala, ya que en la segunda había lluvias intermitentes y la temperatura había descendido unos grados.

Nuestros gastos en las dos escalas a la isla se redujeron al alquiler de coche, que dividido entre cuatro fueron 22.50€; y la gasolina y comida, que fueron otros 70.95€.

Los precios de Mahé eran elevados, un menú costaba más o menos como en Reino Unido. En total gastamos en las Seychelles 93.45€ por cabeza (menos de 50€ por día).

Bombay fue nuestra estancia más larga. Y es que, en teoría, era el destino originario del viaje. Tampoco estaba en la lista. Sí que habíamos pisado Asia cuando visitamos Japón (y Estambul), pero claro, el país nipón no tiene nada que ver. Sí, tanto la India como Japón son países muy poblados, pero no son comparables ni en clima, ni precauciones sanitarias, ni infraestructuras, ni cultura, ni costumbres…

Bombay fue un choque cultural. Tuvimos que despojarnos de nuestros prejuicios y dejarnos llevar por el caos. Fue un gran contraste viniendo del ritmo pausado de Mahé. Llevábamos una ruta más o menos establecida, por aquello de querer aprovechar al máximo nuestra visita. Sin embargo, pronto descubrimos que no hay organización que valga y que hay que dejarse fluir.

Aún así, intentamos recorrer los puntos más o menos significativos de la ciudad como Fort, el actual distrito comercial y administrativo pero que era donde en el siglo XVII se erigía la antigua fortaleza. Es en ese barrio donde se encuentra el mayor número de edificios victorianos de finales de siglo XIX cuando Bombay era la joya de la corona del Imperio Británico. De aquella época datan la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo, la Universidad, la Biblioteca David Sassoon, el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya o la Puerta de la India, ya en Colaba.

Esta zona está más o menos delimitada y se puede recorrer siguiendo una ruta. Por lo demás, el resto de Bombay es llegar a un barrio y perderse en él, callejear y descubrir su singularidad, la confesión de sus habitantes. Si Mahé no era un lugar para hacer turismo de monumentos, Bombay fuera de Fort, tampoco lo es. Sí, quedan restos como los fuertes de Bandra o Worli, alguna iglesia o templo… pero no se conservan en un muy buen estado. Como ya dije, Bombay no es para ir de turista, sino de viajero. Asumir el calor, el caos, los contrastes e intentar disfrutar la experiencia de salir de la zona de confort.

Aún así, es quizá la más europea de las ciudades indias con sus edificios coloniales y sus modernos rascacielos. Imagino que no tiene nada que ver con Nueva Delhi, Calcuta, Agra o Bangalore.

Aunque íbamos predispuestos a dejarnos llevar por la India, sus costumbres, su clima, su comida… hay algo a lo que no pensábamos renunciar y era el poder dormir con aire acondicionado, sin bichos y disponer de un baño decente. Así que buscamos un hotel de estilo occidental. Nuestra estancia con desayuno incluido nos salió por 127.98€ por persona (o 255.95€ por habitación). El buffet no disponía de una gran variedad de comida, pero estaba bastante bien con opciones dulces y saladas, calientes y frías, occidental e india. Una buena combinación. También cenamos allí y los platos eran abundantes, a buen precio y con un personal muy atento y simpático.

Por lo demás, el resto de gastos en Bombay (comidas, desplazamientos, excursión a la Isla Elephanta y alguna compra) fueron 369.69€, que son 92.42€ por cabeza.

A esto hay que sumarle el visado que hubo que sacar antes del viaje, que al cambio fueron 47.86€ cada uno. Es decir, en total, en Bombay gastamos 268.26€ por persona.

Para finalizar, llegamos a París, donde nos sentimos casi como en casa. El clima, la comida, la arquitectura, el transporte público ya no suponían un contraste como habían sido nuestras dos paradas anteriores. Aún así, París supuso un reto: el de conseguir ver lo máximo posible en dos días y medio. Algo imposible, por supuesto, ya que por mucho transporte público al que puedas recurrir, es una ciudad inmensa con siglos de historia, muchos monumentos, parques, museos, palacios, iglesias, catedrales, hoteles y cafeterías de renombre con parisinos sentados frente a la calle para ver a la gente pasar y dejarse ver…

Pero bueno, intentamos quedarnos con un primer acercamiento, pateando la ciudad, ya que el clima acompañaba a estar en el exterior. Paseamos por Montmartre y sus bohemias callejuelas, por la selecta Isla de San Luis, por el origen de la ciudad en la Isla de la Ciudad, por Le Marais, por los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías; admiramos los palacios, el Louvre, la Catedral de Notre Dame, el Sacre Cœur; subimos a la Torre Eiffel y la vimos iluminada de noche; recorrimos los Campos Elíseos y llegamos hasta el Arco del Triunfo; callejeamos por el Barrio Latino; visitamos la Plaza de la Concordia, la des Vosges y la Vendôme y seguimos el curso del Sena descubriendo sus numerosos puentes.

Siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Supongo que habrá que volver.

Los gastos en París no se nos dispararon mucho, a pesar de que es una ciudad cara. Siempre hay opciones para todos los bolsillos, aunque haya que buscar mucho. El primer reto fue el alojamiento. Al ser cuatro, nos era más rentable un apartamento por Airbnb, que un hotel. Nos costó 36.63€ por persona para los dos días.

Por otro lado, para movernos, era imprescindible sacarse algún pase o abono, y lo hicimos con los locales, con la Navigo, que fueron 27.50€ por persona, con el gasto de expedición de tarjeta incluido.

Además, sacamos las entradas de la Torre Eiffel por internet. No es que nos ahorráramos dinero, pero sí tiempo. Otros 17€.

Por lo demás, el único gasto fue comer, y prácticamente lo solucionamos con el supermercado que teníamos frente al apartamento. En total fueron 42.20€ en este aspecto.

Así, la suma de nuestros gastos en la capital francesa fue 123.32€.

A veces lo barato sale caro. Coges una oferta, pero a medida que vas añadiendo extras, la cuenta va subiendo y al final resulta que no era tan ventajosa como parecía. Sin embargo, este no fue el caso, ya que los gastos por persona de todo el viaje no llegaron a los 800€. En situaciones normales, con ese dinero apenas nos habría dado para cubrir los vuelos.

Con la tarifa error y los vuelos Madrid – París ida y vuelta, nos gastamos 273.76€ por persona. Para el resto seguimos la misma rutina de siempre, y es que, aunque establecemos un presupuesto estimado para más o menos saber cuánto nos vamos a gastar, lo cierto es que siempre transcurre natural y no acabamos derrochando. Tiene que ver con la educación y hábitos adquiridos.

Así pues: 268.26€ de Bombay + 93.45€ de Mahé + 123.32€ de París = 485.03€. Que sumado a los vuelos (485.03€ + 273.76€) nos dan el total de 758.79€.

No nos salió nada mal la aventura.

Día 7. Rumbo a Seychelles

Amanecimos a una hora indecente, recogimos los pocos trastos que teníamos y bajamos a recepción a por nuestro taxi. Ya habíamos cerrado la cuenta del hotel la noche anterior, por lo que carretera y manta.

El trayecto hasta el aeropuerto fue corto, yo creo que tardamos menos que el día que llegamos. Y allí estábamos, a una hora intempestiva frente a un modernísimo aeropuerto en el que hay que pasar un control antes de entrar siquiera al vestíbulo donde se encuentran los mostradores. Y ya empezamos el día con mal pie.

Llegamos a la puerta y el militar/policía/señor de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado Indio nos pidió nuestro billete de avión. Algo que no teníamos porque Air Seychelles no emite billetes electrónicos. Bueno, pues sin tarjeta de embarque no nos dejaba entrar en el aeropuerto en sí. Yo, que soy una maniática del orden y del control, siempre llevo los documentos de un viaje en formato papel y digital, además de tenerlo en la nube (google drive) y en el correo electrónico. Así que en medio de la estupefacción busqué entre mis papeles y le enseñé el itinerario del viaje que Air Seychelles me había mandado al correo cuando hicimos la reserva.

Después de poner caras, gesticulaciones indias, hablar con el compañero repantigado en una silla, nos miró y nos dijo que podíamos pasar, pero solo nosotros dos; mi hermano y su novia como tenían sus documentos en el correo y no tenían conexión a internet (la WiFi del aeropuerto solo funcionaba con SMS a un número de teléfono indio), no podían pasar. Además, el señor no atendía a ningún planteamiento u opción. Ni mirar el correo en otro dispositivo con conexión, ni acompañarles al mostrador de Air Seychelles, que estaba justo frente a la puerta de acceso. De hecho se quedó allí plantado y ni nos hablaba. Simplemente nos miraba altivamente de vez en cuando.

En ese momento te pueden los nervios y la indignación. Afortunadamente, dado que nosotros dos sí que podíamos pasar, cogimos sus pasaportes y nos dirigimos al mostrador. Allí le conté al azafato de Air Seychelles nuestro problema y en un momento me sacó su itinerario de viaje. Así que volvimos con ellos para que se lo enseñaran al “amable” portero, quien finalmente les permitió la entrada.

Lección aprendida: mejor lleva siempre tus documentos en varios formatos.

Pero la cosa no quedó ahí. Mientras que el azafato que me había dado los itinerarios había sido correcto, por contra el de facturación fue un tanto borde. Nos preguntó que cuántos bultos llevábamos para facturar y al decirle que ninguno, que era todo de mano, nos miró y remiró. Los que llevábamos bolso y mochila le parecimos aptos, pero quienes llevaban mochila y maleta de mano, no. Así que les pidió que las pesaran puesto que el máximo permitido eran 7Kg. Como se pasaban, tuvieron que facturar las maletas.

Sorprendidos dijimos “Uy, pues si vinimos tal cual en el vuelo de ida y no tuvimos problema” y su respuesta fue un cortante “Bueno, pues ahora lo tenéis”. Que sí, es la norma de la aerolínea y teníamos una maleta de 23Kg permitida con el billete, así que no había afán recaudatorio, pero nos sorprendió la diferencia de criterio en la ida y la vuelta. Aparte de que probablemente los de bolso y mochila llevábamos fácilmente el mismo peso. En fin, no era muy grave, pues en Mahé tampoco nos iba a retrasar mucho esperar en la cinta a la recogida, pero íbamos con los nervios a flor de piel de la tensión en la puerta y nos caldeó un poquito más el ánimo porque además tuvieron que reorganizar equipaje.

Lección aprendida 2: la combinación bolso (incluso grande) + mochila canta menos que mochila + maleta.

En fin, con las maletas facturadas y nuestras tarjetas de embarque en mano, nos dirigimos al control de seguridad. Un control que está segregado por sexo y en el que además de escanear tus pertenencias, has de pasar por un reservado con cortinilla a que una policía te cachee y te pase un detector de metales. Y mientras esperas tienes que estar pendiente de que no se te cuelen, porque la fila en la India es otro concepto. Como dejes la distancia de seguridad y no te pegues al de delante, ya se te han colado. Después del control teníamos que darle el pasaporte a otro policía que estaba con un libro de actas donde anotaba los datos de los pasajeros y por fin éramos libres.

Bueno, eso nosotras, porque ellos tenían que esperar el triple, ya que había muchos más hombres que mujeres. Así que nos tocó esperarles. Y cuando parece que pasan el arco y van a recoger sus pertenencias, les retienen. ¿Qué más podría pasar? Pues que hay aeropuertos (todos los que habíamos frecuentado hasta la fecha) en los que te dejan pasar con un mechero, en Bombay parece que no. Y menos con tres. Y que una máquina para la apnea es un aparato electrónico con un amasijo de cables y una mascarilla y en un escáner parece llamar la atención si no la has visto nunca.

Lección aprendida 3: evita llevar mecheros.

Por fin juntos los cuatro y ya habiendo pasado más pruebas que Hércules, estábamos en la zona de embarque. Buscamos nuestra puerta y nos sentamos a esperar, que aún nos faltaba una hora para el despegue.

El vuelo fue tranquilo, nos dieron de cenar y nos echamos una siesta. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos de nuevo en Mahé bajando la escalerilla del avión.

Una vez en la terminal fue un poco caótico, puesto que no nos habían repartido la hoja de inmigración durante el vuelo.

Se les debía haber olvidado incluirlas en el avión, porque hubo una chica alemana que las pidió antes de bajar y la tripulación avisó de que los que necesitásemos el documento esperáramos un momento sentados. Sin embargo, a los cinco minutos nos dijeron que nos las darían en tierra. Y así fue, al desembarcar había personal de tierra repartiéndolas y tuvimos que rellenarlas en un pequeño hall que hay antes de los mostradores. Pero se aproximaba otro vuelo y comenzaron a meternos prisa para que no nos juntásemos los pasajeros de dos aviones. Por suerte el proceso en inmigración fue ágil y ya con nuestro sello en el pasaporte salimos a por las maletas facturadas.

De nuevo en Seychelles y amenazaba tormenta. ¿Mejoraría el día? Porque no habíamos empezado con muy buen pie en Bombay.

Conclusiones de la visita a Bombay

Pues resultó que Bombay al final no fue para tanto. No quiero decir que no me gustara la ciudad. Sino que nos habían (habíamos) metido tanto miedo con tantas precauciones que íbamos con demasiada cautela. Que si vacunas, medicamentos, no comer esto o aquello, cuidado con el agua o los hielos, que si los bichos, los animales, la suciedad, que si lleva higienizador de manos, toallitas… Nos faltaba ir con escafandra.

Al final, aunque sí que nos protegimos con protector solar y antimosquitos, pasamos de la manga larga, porque con el calor que hacía, molestaba todo. Sí que es cierto que a menor superficie, menos posibilidad de que los bichos se monten una fiesta con tu sangre, pero creo que las recomendaciones generales quizá no eran tan válidas en Bombay como en otras partes del país. Nunca está de más ir protegido, pero tampoco fliparse tanto. Sin embargo, sí que llevamos pantalones largos y calzado cerrado.

De la misma manera, extremamos las precauciones con la comida o bebida y no probamos nada de puestos callejeros, por mucho que nos pudiera tentar, porque la verdad es que la comida tenía muy buena pinta.

Aún así a mí un día se me olvidó la regla del hielo y bebí un té helado con ellos. Además, en el hotel comía todos los días tortilla francesa, que realmente a saber las gallinas dónde se crían… Pero tampoco tuvimos ninguna incidencia. El agua lo íbamos comprando sobre la marcha. Siempre embotellada y comprobando que los tapones estuvieran sellados y que las botellas no hubieran sido rellenadas. El precio de las botellas de litro y medio rondaba las 30 rupias. Hacía tanto calor, que no apetecía comer, solo beber. Y tal y como pasaba al cuerpo, este lo expulsaba vía poros. Podíamos estar el día entero pateando y sin necesitar encontrar un baño. Insólito, nunca me había ocurrido.

Y hablando de comida, tienen mil tipos de frutas que desconozco y que me llamaban la atención en cada puesto callejero, les encanta el zumo de limón, el zumo de azúcar de caña y, cómo no, el curry. Dado que yo tengo un paladar bastante sensible al picante, me limité prácticamente al arroz salteado, generalmente con verduras. Mi gran descubrimiento: el pan naan.

Probé otros platos de mis compañeros de viaje y en el bufet del hotel, pero aunque el primer bocado tenía buen sabor, después sentía el picante y perdía toda percepción. Y aunque te digan que no pica, si lleva especias, PICA. Quizá es el picor mínimo en la escala, pero picará.

El choque cultural se palpa nada más llegar. Es complicado de describir, pero sin duda, lo primero que viene a la mente al poner el pie en Bombay es caos. Es una ciudad extenuante. No solo por la bofetada de calor que sientes al salir del aeropuerto, sino por el ruido.

Y eso que llegamos de madrugada. Pero enseguida vivimos ese código automovilístico que solo ellos entienden y que consiste en tocar el claxon para todo. Para adelantar, para girar, para recriminar, para saludar, para meter prisa, para ceder el paso… No, esto último creo que no. Bombay es una jungla feroz en la que prima la máxima “tonto el último”.

Si en Estambul nos sorprendió cómo cruzaban los peatones por en medio de la calzada ahí un poco a la aventura, en Bombay nos quedamos con cara de estupefacción. Eso sí, en apenas unas horas estábamos siguiendo aquello de “donde fueres, haz lo que vieres”. Has de visualizar el hueco, dejarte ver y cruzar. No hace falta ni correr. El coche ya te esquivará. Tienen unos reflejos increíbles y son unos auténticos kamikazes, algunos con vehículos totalmente desvencijados.

El tráfico fluye y se mezcla con los peatones en una ordenada anarquía. Supongo que en un país con tanta población no te queda otra que aprender a moverte así. Y parece que les va bien, la gente no se enfada porque se le crucen delante o porque el coche se les pegue demasiado. Eso sí, todo lo aprendido hay que desaprenderlo porque después de vuelta en Europa se me olvidaban los semáforos y en cuanto veía un espacio, allá que me lanzaba.

Tienen una capacidad increíble para moverse. Son como culebrillas. El desalojo más rápido que he visto en un avión estaba compuesto por un pasaje prácticamente indio. Y qué decir de la subida y bajada de los trenes. Los trenes apenas paran y según llega a la estación ya se está bajando gente. Al igual que con el tráfico, lo mejor es seguir a la multitud.

Por otro lado, el concepto fila no parece estar muy interiorizado en las costumbres del país. Sí, en las taquillas del tren y en algún sitio más lo vimos. Pero como norma general, hay un tumulto, unos pasan antes que otros… pero cola cola… no. Si tienes prisa te vas haciendo hueco y ya está. Tampoco es que los demás protesten. De nuevo lo de “tonto el último”. Además, noté que no tienen la misma percepción de espacio personal que yo.

Parecen estar acostumbrados al contacto físico y además no se cortan en mirar fijamente como si estuvieran haciéndote una radiografía. Sobre todo cuando se trata de extranjeros occidentales. La mayoría de los indios no han salido del país, ni de Asia, y les llamamos poderosamente la atención. Nuestra ropa, nuestro color de piel, de ojos, la forma de actuar… Al igual que a nosotros nos choca su cultura, ellos sienten interés por nosotros. Al principio es una situación rara, pero enseguida lo asumes y ni te das cuenta. Hasta que se te acercan a pedirte que te hagas fotos con ellos. O, mejor aún, cuando te das cuenta de que te las hacen disimuladamente (o eso creen). Recuerdo un día que estábamos observando la estación Victoria y uno se puso con el móvil a nuestro lado y se le veía claramente cómo tenía la cámara frontal y estaba haciéndose una foto con nosotros de fondo. No sé si luego se pondrán la foto como fondo de pantalla en el móvil, si la almacenarán para enseñársela a amigos o familia o si la colgarán en su casa…

Además de ser curiosos e invadir el espacio personal, choca también ver cómo asienten. Aunque recuerda en cierta manera a la forma en que lo hacen los búlgaros. No mueven la cabeza de arriba a abajo, sino balanceando la cabeza como si fueran a tocar los hombros con las orejas. Y claro, preguntas a un taxista si conoce tal o cual dirección y le ves gesticular así y tardas en comprender cuál es su respuesta. Aunque peor es cuando dudan. Si hay un atisbo de duda, es que no tienen ni idea, pero no te dicen que no por cortesía.

En cualquier caso, a pesar del choque cultural, en ningún momento nos sentimos incómodos o inseguros. Nos dejamos llevar por todo aquello que nos rodeaba,aceptamos que íbamos a encontrar contrastes y nos adaptamos. Habíamos oído y leído de que iba a ser una ciudad sucia y maloliente, y sí que es verdad que de vez en cuando, en ciertas zonas, sí que se percibía un olor desagradable. Sin embargo, las calles no estaban llenas de basura, de hecho, bastante limpias estaban, teniendo en cuenta la cantidad de población que hay en Bombay.

Asimismo, nos sorprendió observar lo repeinados que iban ellos. El peinado femenino era más variado, pero el masculino era bastante estándar con raya al lado y cada pelo en su sitio. Además, la gran mayoría de los hombres vestían con camisa, algo que nos sorprendió, porque además, en muchos casos eran de manga larga. No parece que el uso de camiseta esté tan extendido. No sé si quizá es que el tejido de las camisas es más duradero que el de las camisetas. O quizá es que la tela es más barata.

Eso sí, es curioso ver cómo tienden la ropa, ya que no usan cuerda y pinzas (salvo en la lavandería), sino que la extienden sobre cualquier superficie, ya sea un coche, un poyete, un banco, el suelo…

Este último “tendal” lo vimos junto a unos baños públicos, que estaban llenos de hombres lavándose. Yo pasé a uno de estos baños, que por cierto para las mujeres son gratuitos para garantizar la higiene femenina, y me recordaron a aquellas letrinas japonesas. Salvando las distancias, claro, ya que en Japón incluso los urinarios están impolutos.

Aún así, ni olían mal ni había suciedad. Eso sí, no hay cisterna ni papel, pero sí un grifo, ya que en la India es como se limpian, con la mano y el grifo. Pero bueno, nada que unos pañuelos o unas toallitas no solucionaran. Además, había un cubo para poder echar agua en la letrina. Este grifo también lo teníamos en el baño del hotel y lo vimos en los del centro comercial y en el aeropuerto.

Si hay algo que nos llamó poderosamente la atención fueron los andamios que se usan para la construcción. En algún caso vimos andamios metálicos, como los que se estilan en España. Pero como norma general se trataban de grandes troncos de bambú.

Estos andamios son más manejables y moldeables, requieren menos tiempo de montaje, son menos pesados de transportar y por supuesto, más económicos que los metálicos, pero muy seguros, no parecen. Y es que da igual que sea en una casa, un local bajo o un rascacielos. Montan unos cuantos troncos de bambú atados con cuerdas y listo. Y los trabajadores trepan descalzos por las estructuras sin más sujeción que sus propias manos. Está claro que la prevención de riesgos laborales no ha llegado a aquellos lares.

Costumbres aparte, Bombay es una ciudad que no tiene nada que ver a otra ciudad que hubiéramos visitado con anterioridad. Me gustó especialmente el barrio de Fort, con su arquitectura colonial en colores tierra.

Aunque es cierto que muchos edificios me resultaron muy similares. Sin duda el que más me impresionó fue la estación Victoria. Tanto por dentro como por fuera.

Creo que la visita a la Isla Elephanta es imprescindible. Se podrían conservar mejor las cuevas, pero me parece una excursión muy interesante y sobre todo para desconectar del caos de la ciudad. Además, es la mejor zona para llevarse algún recuerdo.

En la Isla Elephanta no vimos elefantes, pero sí monos, muchos. Y vacas. Al igual que también las vimos por la ciudad. Aunque no iban solas como esperábamos, sino que la mayoría de las veces estaban atadas o junto a quien suponíamos que era su dueña.

En muchos casos acompañaban a mujeres que vendían verduras, así que supongo que las llevarían con ellas.

Los coloridos e improvisados puestos de frutas y verduras, como digo, llamaban grandemente la atención. Pero si hay algo que nos sorprendió encontrar fue el mercado de las flores, con ese agradable olor, los colores, la rapidez con la que los vendedores creaban diferentes collares…

También muy interesante fue la improvisada visita al Museo Príncipe de Gales. Fue muy enriquecedora y nos permitió acercarnos a la historia del país a través de sus dioses, de sus leyendas, de sus objetos, pinturas y esculturas. Me alegro que le dedicáramos un rato de la tarde.

Por otro lado, me decepcionaron tanto Bandra Fort como Worli Fort. Quizá también por la paliza a andar bajo el sol que nos dimos. Lo único interesante de Bandra Fort es el recorrido que hicimos antes de llegar, paseando por un barrio con tantos cristos que resultaba desconcertante.

De la misma manera, el paseo hasta Worli Fort perdurará en nuestras memorias por los viajes en taxi y por las miradas de curiosidad que despertamos atravesando la barriada que conduce al fuerte. Aunque hay que reconocer que las vistas desde Worli son algo más interesantes que desde Brandra.

Ese día nos quedó claro que los viajes planificados no son para Bombay. La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de claxon, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Día 6 II Parte. Bombay. Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya y Compras

Después de despedirnos de nuestros nuevos amigos nos fuimos en busca de un lugar donde comer, y como habíamos visto que en la zona del Leopold Café había varios locales, allá que volvimos. Nos quedamos con el Café Mondegar, que era muy del estilo del Leopold, tanto en variedad de carta, como en platos y precios.

Después de mucho mirar la carta, volvimos a lo que sabíamos que nos funcionaba: arroz, fideos y curry.

En la comida sopesamos las opciones para aprovechar la tarde y decidimos que nos daba tiempo para ver algo del Museo Príncipe de Gales.

El museo se construyó entre 1909 y 1923 bajo el diseño de George Wittet y recibía este nombre porque se construyó para conmemorar la visita del rey Jorge V cuando todavía era Príncipe de Gales. Él mismo puso la primera piedra en 1905. Fue en la década de los 90 cuando se renombró como Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya en honor a Shivaji, fundador del Imperio Maratha. Ya en el hall tenemos un cuadro del señor presidiendo la entrada.

Está dividido en tres secciones: Arte, Arqueología e Historia Natural. Además podemos encontrar una Sección Forestal con una pequeña colección geológica local de rocas, minerales y fósiles, y otra sección centrada en objetos náuticos. También cuenta con una biblioteca.

 

En 2008 se llevó a cabo una modernización del museo y se incorporaron cinco galerías más, un estudio de conservación, una galería de exhibición y una sala para seminarios. No obstante, si se cuenta con poco tiempo, no solo es interesante por sus exposiciones, sino que también merece la pena observarlo desde fuera o pasear por sus jardines.

Nada más atravesar la valla nos recibe una enorme cabeza que cuando la bordeamos descubrimos que está hueca y que tiene una figura durmiente.

El edificio del museo es de estilo colonial y mezcla el estilo victoriano típico de principios del siglo XX, aunque también incorpora detalles indo-sarracenos. Antes de entrar nos revisaron las mochilas, como era habitual cada vez que entrábamos en un edificio. Con la entrada no está permitido hacer fotografías, sino que en caso de que se quiera hay que pagarlo aparte. Así que, pagamos por un pase de fotógrafo y el resto guardamos las cámaras. Aunque lo cierto es que no es fácil hacer fotos, pues el museo es bastante oscuro y la mayoría de las piezas están ubicadas en vitrinas.

En el vestíbulo recogimos la audioguía que incluye la entrada (previa retención del pasaporte). Y por fin comenzamos la visita. El museo cerraba a las 17:30, por lo que no pudimos verlo al ritmo que marcaba la audioguía. Al principio sí que comenzamos oyendo todas las pistas y deteniéndonos ante los objetos, esculturas y pinturas. Pero llegó un momento en que se nos echaba el tiempo encima y tuvimos que aligerar. Es un museo muy completo, no en vano se dice que es el mejor y más grande museo de la India.

Comenzamos por la zona de esculturas, que se centra en explicar la religión hindú, así como los dioses que la integran. Si ya de por sí ando bastante perdida en la católica, sus apóstoles, arcángeles y demás pasajes; la hindú me parece un auténtico galimatías.

Tras las esculturas pasamos por varias salas en las que abundaban las láminas costumbristas, así como alguna representación de celebraciones con figuras. Quizá fue en estas salas en las que más tiempo pasamos.

De las láminas pasamos a los cuadros. El museo posee una gran pinacoteca de la familia Tata, heredera del filántropo Ratanji Tata, que está presente en todo el museo.

A partir de ahí dejamos de seguir la audioguía y recorrimos las siguientes salas a nuestro aire pasando por zonas con grandes cristaleras en las que se exponían objetos, utensilios y armas de la India, pero también de China o Japón como vajillas.

Nos marchamos cuando ya estaban cerrando y aprovechamos las pocas horas de la tarde que nos quedaban para irnos de mercados y tiendas en busca de compras de última hora. Tampoco es que fuéramos buscando mucho, puesto que íbamos con escaso equipaje, pero sí que queríamos llevarnos algún recuerdo para la familia y para nosotros mismos.

Junto al Mondegar Café se encontraba el Central Cottage Industries Emporium que es conocido por ser uno de los mejores sitios para comprar recuerdos. Sin embargo, no encontramos gran cosa.

Paseamos por la Fashion Street, una calle que cuenta con más de 150 puestos a lo largo de la acera. A un lado los locales de los edificios, al otro, sobre el bordillo, los tenderetes. Es un poco estresante, puesto que el pasillo que queda es muy estrecho y hay bastante tránsito de gente. Además, has de esquivar a los que salen y entran de las tiendas, a los vendedores que se te plantan delante e intentan convencerte de que su género es el mejor, a la gente que viene de frente, a los que están parados en los puestos… Y por si fuera poco, apartarte para dejar pasar a quien quiere ir más rápido. Demasiado agobio para mí, y, aunque había de todo: vaqueros, camisetas, accesorios, sombreros, zapatillas, joyas , electrónica, ropa deportiva… tampoco compramos nada.

Ya de vuelta al hotel paramos en The Bombay Store, una tienda un poco más al estilo occidental que tiene también sección de muebles. Es quizá el lugar donde encontramos más opciones y a un precio más o menos asequible. Como solo queríamos llevarnos un par de detalles, al final allí es donde acabamos comprando lo que nos faltaba. De todas formas, sin duda, el mejor sitio para comprar recuerdos es la Isla Elephanta.

Volvimos al hotel con las compras y prácticamente finiquitamos el día. Teníamos el vuelo al día siguiente a las 05:20 de la mañana, por lo que habíamos hablado con recepción para que nos mandaran un taxi a las 2. Dado que el viaje a Seychelles iba a ser de apenas 4 horas y previsiblemente poco dormiríamos, decidimos que la mejor opción era acostarnos pronto y al menos intentar dormir unas 5-6 horas para así aguantar despiertos en la escala. Así que nos duchamos, empacamos nuestras pocas pertenencias y a dormir.

Día 6. Bombay. Visita a la Isla Elephanta

Para concluir nuestra visita a Bombay, el último día íbamos a visitar la Isla Elephanta, que se encuentra a pocos kilómetros de la ciudad, más o menos a una hora en barco. Los ferris salen cada hora de la Puerta de la India, aunque para comprar los billetes hay que ir a las taquillas que se encuentran antes de entrar en la plaza, en el lateral derecho. Cuando llegamos quedaban 10 minutos para que saliera uno, así que fue llegar, comprar y embarcar. El precio por persona (ida y vuelta) era de 180 Rupias.

El trayecto hasta llegar a la isla no es muy interesante salvo por los primeros minutos en que ves la puerta, el hotel Taj Mahal y un poco de la costa. A medida que se va alejando solo se ve agua (bastante sucia) y la polución. Eso sí, nos alejamos del mundanal ruido, de los pitidos constantes.

La Isla Elephanta era la sede de un ancestral templo hindú. Fue bautizada con este nombre por los portugueses, que hallaron en su puerto un elefante esculpido, animal que hoy en día está en el Museo Príncipe de Gales. Nada más llegar, al desembarcar, se nos acercaron varios hombres que aseguraban haber nacido allí y que se ofrecían a enseñarnos la isla, pero nosotros preferíamos ir por nuestra cuenta.

 

En la pasarela de acceso a la isla encontramos varios puestos de fruta y verduras así como de gorros, gorras y sombreros. Un poco más adelante ya encontramos también imanes, figuritas, cuencos y otro tipo de símbolos.

Pero antes de adentrarnos más en la isla tenemos que pagar un impuesto turístico, 5 Rupias por persona. Después seguimos encontrando más puestos, un restaurante y los baños.

También empezamos a ver animales, en concreto vacas y monos que esperan a la comida que dejan los turistas. Bueno, al menos las vacas, porque los monos se las saben todas y como huelan comida no se cortan en acercarse a por ella. Por eso recomiendan no acudir con alimento alguno.

A continuación hay que subir un camino de escaleras cuyos laterales están repletos de puestos con todo tipo de objetos para turistas, sobre todo elefantes tallados en piedra o madera, pero también cuencos, tapices, pareos, pantalones, faldas, fulares, collares, pulseras, anillos, dibujos. Sin duda, si quieres llevarte algún recuerdo, es tu sitio. Eso sí, hay que regatear.

Hay un buen trecho de escaleras, pero está cubierto, por lo que no va pegando el sol de continuo, y además, con los puestos, se hace cómodo porque te vas parando a observar. De todas formas, para los que no quieran subir andando, se puede pagar a unos porteadores para que te suban en silla. Aunque no vimos a nadie que lo usara.

Al final de las escaleras encontramos las taquillas, donde hay que volver a pagar. En este caso 500 rupias por ser extranjeros. Los indios pagan 30. Y ya por fin podemos pasar al yacimiento arqueológico, un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras.

No se sabe a ciencia cierta cuándo se construyeron, pero parece ser que fue entre los siglos V y VIII. El deterioro se debe en parte a los portugueses, quienes causaron grandes destrozos antes de abandonar las cuevas en 1661. Además, la situación empeoró con las inclemencias del tiempo. En su día se cree que las piedras estaban pintadas, sin embargo, hoy no se ven restos de tal ornamentación.

La cueva principal, y mayor de todas con sus 27m2, también es conocida como cueva de Shiva, pues está dedicada a tal deidad y en las rocas basálticas podemos apreciar escenas de su vida.

El grupo escultórico que más destaca es la escultura de más de 6 metros de un Shiva tricéfalo que representa su trinidad: el creador, el conservador y el destructor.

Las tallas son impresionantes, y, aunque muchas están mutiladas, debían ser espectaculares antes del destrozo portugués.

Las cuevas 2, 3, 4 y 5, más pequeñas que la primera, se encuentran a mano derecha tras pasar una especie de cenador que estaba llena de monos y un vigilante que controlaba que no atacaran a la gente o se metieran dentro de las cuevas.

 

Desde 1959 el gobierno indio les comenzó a prestar algo de atención y se comenzaron labores de conservación en las décadas siguientes. Hoy forman parte del patrimonio de la ciudad, han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y están protegidas. Además, el Indian National Trust for Art and Cultural Heritage (INTACH) sigue investigando sobre su historia y publica información detallada periódicamente sobre sus hallazgos.

Además de las cuevas, también se puede tomar un camino que nos lleva por la colina hasta unas ruinas y unos cañones.

Durante la subida hay claros desde donde se puede observar el paisaje, aunque ni la colina, ni el camino, ni las vistas, merecen realmente la pena.

Emprendimos el regreso rumbo al ferry para volver de vuelta a Bombay. Habíamos llegado sobre las 11 y un par de horas después estábamos regresando. La visita a las cuevas está calificada como uno de los sitios turísticos y culturales más importantes de la ciudad, y aunque no se conservan todo lo bien que se esperaría, me resultaron interesantes por lo peculiar de la construcción, pues no se parecía a nada que hubiera visto hasta la fecha. Sin embargo, si se disponen de pocos días en la ciudad, quizá no compense las dos horas de trayecto en barco. Fácilmente echas la mañana en la visita a la isla.

Hicimos alguna compra durante la bajada (y casi me arrebata la bolsa un mono) y nos embarcamos de vuelta. En el regreso en el barco iba una familia india bastante extensa que estaba de visita en Bombay pues habían ido a visitar a un familiar que trabajaba en la armada. Aprovechando que estaban en la ciudad, pues eran del interior, hicieron la excursión a la isla. ¿Y cómo lo sé? Pues porque en primer lugar me pidieron si me podía hacer una foto con la niña, y luego porque empezaron a preguntarnos sobre nosotros, nuestro viaje, dónde vivíamos, de dónde éramos… No todos hablaban inglés, de hecho creo que tan solo uno de ellos y un poco su hermana, pero estaban todos atentos a la conversación y esperando traducción. Además, nos ofrecieron frutos secos típicos (picantes, claro). Fue un poco abrumador pues nos sentíamos muy observados. Para un occidental choca este carácter indio. Y es que si sienten curiosidad no van a dudarlo y se van a aproximar, ya sea para pedir una foto como para entablar conversación y descubrir algo más sobre tu procedencia, tu cultura, tu país. Al final, después de una hora de viaje llegamos a la Puerta de la India, donde nos pidieron que nos hiciéramos algunas fotos con toda la familia. Así que allí que nos plantamos para hacernos fotos con cada uno de los móviles e incluso con uno de los cámaras que trabajan por la plaza.

Nos despedimos de ellos y continuamos con nuestro camino.

Día 5 II Parte. Bombay. Worli Fort, Mercado de las Flores y Crawford Market

Desde Mahim, nuestra siguiente parada era Worli Fort, que estaba a un trecho. Y como no queríamos volver a caminar bajo el sol tanto camino y que nos diera una lipotimia o una insolación, decidimos tomar un taxi. En este barrio sí que había, y el primero que nos miró y nos dijo que si necesitábamos transporte, ese tomamos. Craso error. Creo que cogimos el taxi más destartalado de todo Bombay. De toda la India, incluso. Las puertas no cerraban bien, las marchas entraban precariamente, le faltaba el frontal del salpicadero y llevaba un palo de incienso que a medida que se iba quemando, le iba cayendo encima a mi hermano, que fue quien se sentó de copiloto. Además, el señor no se enteró muy bien de dónde queríamos ir y nos llevó al Planetario Nehru, muy próximo a la mezquita Haji Ali Dargah en la que habíamos estado el día anterior.

Como veíamos que la comunicación no iba a ser muy fluida y el viaje había sido un poco temerario, decidimos seguir andando y parar al siguiente taxi que viéramos, pues estábamos a 7km de donde queríamos ir. Nos fuimos hasta la calle Khan Abdul Gaffar Khan, que transcurre junto al mar y que parece que se usa de tendedero por la gente que acude a los baños públicos a ducharse y lavarse la ropa.

Por fin nos montamos en un taxi que parecía que sabía adónde nos llevaba. Aunque por si acaso mi hermano con el gps del móvil le iba indicando. No fuera que acabáramos más lejos aún de lo que habíamos comenzado. Nos dejó cerca del fuerte, ya que para llegar a él hay que atravesar una barriada un tanto estrecha.

Comenzamos a callejear entre calles plagadas de casas de colores vivos y junto a escolares que volvían a casa tras su jornada.

Los dos días que llevábamos en Bombay habíamos notado que los locales nos observaban con curiosidad y nos pedían fotos, pero mientras caminábamos por este barrio notábamos miradas de extrañeza. Imagino que desentonábamos mucho. Llegar al fuerte no tiene mucha pérdida, ya que es tomar la calle SK Bhaye Marg y tirar hasta el final. Lo más complicado es el tramo final, ya que las calles se van estrechando y hay que ir esquivando enseres, motos, gatos y gallinas. llegas a sentir como que estás profanando el hogar de otras personas.

El Worli Fort está estratégicamente situado en la bahía. Desde él se observa el puente, Worli al Sur, Bandra al Norte y Mahim al este.

 

Los orígenes del fuerte no están claros, parece que lo construyeron los británicos en 1675. Lo que sí se conoce es que fue usado como torre de vigilancia para avistar barcos enemigos y piratas. No está reconstruido como el de Bandra, y se conserva bastante en pie, sin embargo, se nota la decadencia debido a la erosión y al escaso mantenimiento.

Aunque el fuerte en sí no es una maravilla, merece la pena acercarse solo por atravesar la barriada a sus pies y observar las vistas que ofrece de toda la bahía. En ese sentido es mucho más interesante que el de Bandra.

Emprendimos el regreso y nos dirigimos a la estación de Dadar, donde se encontraba un colorido y oloroso mercado de flores.

Alrededor y debajo de la estación se articulan diferentes puestos en los que se venden todo tipo de flores. Y no predominaban los ramos, sino que vendían las flores sueltas o una especie de collares en los que se combinaban diferentes tipos y colores.

Hay que tener mucha destreza para hacer esas tiras o collares y que no se rompan las flores en el proceso.

Allí tomamos el tren hasta la estación Masjid Bunder, la parada anterior a la central. De nuevo buscamos a un empleado junto a una máquina que nos sacó el billete (5 Rupias por persona) y nos dirigimos al andén.

Íbamos en dirección al Crawford Market, pero todo el barrio era un mercado. Había numerosos puestos de comida, de zumos, de fruta, verduras… Y todo con una pinta estupenda. Espectacular. Es una pena no poder probar toda la comida que vimos por las precauciones sanitarias, porque con el calor y la humedad, esos alimentos tan coloridos y refrescantes resultaban muy atrayentes.

Continuamos callejeando dirección al Crawford Market. Recibía este nombre en honor a Arthur Crawford, el primer Comisionado Municipal de la ciudad, sin embargo, tras la independencia se le renombró como Mahatma Jyotiba Phule Mandai, por el reformador. Es un gran bazar cubierto diseñado en 1869 por el arquitecto británico William Emerson y decorado por Lockwood Kipling, padre de Rudyard Kipling. Supuso un gran avance, ya que fue el primer mercado en la India que tuvo electricidad allá por 1882.

Cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados y solo el edificio ocupa 5.515. Se renovó en 2014 y de ahí que su fachada de piedra de Kurla y piedra roja aún se conserve, sin embargo, fuimos a entrar y apenas había iluminación y solo se veían callejones estrechos llenos de puestos, así que tal y como hicimos el amago, salimos. En teoría está diseñado para permitir entrar los rayos de luz, pero o entramos por el lado equivocado, o luz poca. Yo me esperaba algo así como el Gran Bazar de Estambul, y no tenía nada que ver.

En 1996 se convirtió en el principal mercado al por mayor de frutas de la ciudad cuando se recolocó a los vendedores en la zona. No obstante, también se puede comprar ropa, telas, joyería, calzado… e incluso carne, sobre todo en tiendas regentadas por musulmanes.

Pero no solo hay tiendas en el interior, sino que en los aledaños del mercado hay una gran actividad tanto en tiendas al por mayor como en puestos callejeros. Es una auténtica locura, un caos que a la vez parece estar ordenado. Los vendedores, compradores y transportistas se movían en una orquestada coreografía mientras que nosotros íbamos alucinando del ruido, trasiego y ajetreo que contemplábamos a nuestro paso.

Si bien el mercado no se parecía en nada al Gran Bazar, las calles que se extienden frente a él sí que recordaban en cierta medida a Estambul pues parecían estar organizadas por gremios: telas, joyería, calzado, mercería…

Callejeamos un poco y cuando estábamos ya algo saturados de tanto pitido e ir con mil ojos para evitar coches, transportistas, puestos, motos, vendedores y compradores, emprendimos el regreso a la estación Victoria y de ahí de vuelta al hotel, que además estaba atardeciendo ya y poco más podíamos ver.

En el hotel repetimos la metodología de las dos noches anterior: ducha, cena y preparación del día siguiente. Y a dormir, que el día había sido muy duro al andar tanto tiempo bajo el sol y después el caos y ruido de los mercados.

Esta fue nuestra ruta: