Viajar IV (2015)

2015 se salió un poco de lo habitual, pues no paramos. Primero la Luna de Miel a Japón. Creo que ha sido el viaje en el que hemos tenido un mayor contraste con sus paisajes, sus templos, su cultura, su gente, su comida…

Fueron 21 días a tope, empezando por Kioto, con un ambiente mucho más tradicional, hasta llegar a Tokio, mucho más moderno y caótico. Y entre medias, las montañas, otro mundo.

Japón es un país que tiene mucho que ofrecer, lleno de contrastes: cultura y modernidad; tranquilidad y frenesí; espiritualidad y masacre; mar y montaña…

Una pasada cada ciudad, cada rinconcito, la afabilidad de la gente, la comida, los templos

Después en verano volvimos a hacer un interrail, esta vez por las Capitales Imperiales: a las tradicionales Viena, Praga y Budapest añadimos Bratislava, que está a tiro de piedra. Nada que ver la arquitectura imperial y la historia de estas ciudades con Japón. De un extremo a otro.

Budapest es una de las grandes joyas de Europa. Sobran los motivos para justificar una visita. Es una ciudad que sorprende por sus edificios históricos, por los restos de un pasado imperial de gran importancia, por sus parques, por las vistas del Danubio, por los baños termales… Moverse por ella es, además, muy sencillo. Se puede recorrer a pie dividiéndola por zonas. Pero también ofrece numerosos medios de transporte que llegan prácticamente a todos los rincones.

Bratislava es la capital de Eslovaquia desde el 1 de Enero de 1993, año en que nace la República Eslovaca tras la disolución de la antigua Checoslovaquia. Básicamente tiene tres puntos de interés. La zona de la Ciudad Vieja, que es la más interesante desde el punto de vista monumental; el Castillo, que teníamos cerca del hotel; y el Palacio Grassalkovich.

Lamentablemente no queda mucha historia de la ciudad en sus calles, puesto que en los años 60 los planes urbanísticos arrasaron con el barrio antiguo que se encontraba entre la Catedral de San Martín y el Castillo. Parece que era más importante hacer llegar las carreteras que comunicaban Viena o Budapest con Bratislava que mantener siglos de historia. Así pues, ahora discurre la Calle Staromeska, una de las principales arterias de la ciudad y que desemboca en el Puente Nuevo.

Viena es la ciudad del vals, de la ópera, de la música; de Mozart, Schubert o Strauss; de Sissí; de palacios convertidos en museos; de arte; de parques muy verdes y extensos; de tradición, pero también de modernidad; del café y la tarta Sacher; del Schitzler (pollo empanado); de coches de caballos…

Praga es una ciudad que esconde secretos en cada esquina, en cada fachada, en cada edificio. Hay que ir observando con detenimiento a cada paso, mirando cada fachada, levantando la cabeza para descubrir emblemas, cúpulas, azoteas o torres. Tiene restos de la época de los Habsburgo, del nazismo y los guetos judíos, del comunismo y sus edificios monótonos e insípidos. Praga es la modernidad de Cerný y la Casa Danzante. Es música, es arte, es literatura. Es convivencia de culturas (eslavos, alemanes y judíos).

Y para finalizar, de imperios iba el año: el Imperio del Sol Naciente, Capitales Imperiales y el antiguo Imperio Otomano. En noviembre viajamos en familia a Estambul. Hablando de contrastes…

Estambul es una ciudad de contrastes viviendo entre dos mundos. Muy occidental para ser asiática y muy oriental para ser europea. Una ciudad situada en un lugar estratégico que le da un papel de importancia a nivel industrial y comercial, pero además cultural y turística.

Pasear por sus calles es dejarse llevar por la historia, por la herencia que ha sobrevivido hasta nuestros días. Perderse por Estambul es descubrir el legado bizantino y otomano mientras se escucha el canto del muecín llamando a la oración desde sus mezquitas. Las mezclas son bienvenidas y conviven en armonía.

Estambul es Bósforo y Mármara, así que es imprescindible tomar un ferry y sentirse como el pirata de Espronceda: melena al viento y señalando Asia a un lado, al otro Europa, y allá en el frente, Estambul.

Fue un gran año viajero. Y 2016 también, empezamos 2017 en breve y yo con un año de retraso. ¡Si es que el tiempo vuela!

Interrail por Capitales Imperiales. Día 4: Bratislava

De nuevo con la mochila a nuestra espalda, nos dirigimos a una estación de tren. Aunque previamente tuvimos que coger el metro. Nos fuimos andando hasta la parada de Astoria, de la línea 2, roja, como la de Madrid y nos bajamos en Keleti, donde teníamos que tomar el tren hasta Bratislava hl. st.

El edificio de la estación data de 1884 y es de estilo ecléctico. En su día fue una de las estaciones más modernas de Europa. Poco después de volver de interrail, salió mucho en los medios debido a la oleada de refugiados sirios y la actuación del gobierno húngaro frente a la situación migratoria. La policía húngara cerró la estación a los inmigrantes y estos acamparon en el exterior a la espera de poder viajar a Austria o Alemania.

En Keleti teníamos que activar el pase y pasamos por tres oficinas hasta que dimos con la adecuada. En la primera de ellas era información de la estación, la segunda era para la venta de billetes, y finalmente, dimos con la apropiada, con una docena de ventanillas, donde había que esperar número. Rellenamos los pases con los datos personales y la fecha de inicio, y en ventanilla nos pusieron un sello. Le pregunté a la señora si era necesario reservar para nuestro tren, pero me dijo que no habría problema de espacio.

Una vez en el tren, un poco soviet y de los de compartimentos, buscamos un cubículo que no estuviera marcado como reservado. Compartimos viaje con unos ruidosos italianos, dos hombres con sendos hijos veinteañeros.

Llegamos a Bratislava casi tres horas después. Y nada más bajar del tren vimos muchísima gente joven con mochilas, sacos, tiendas de campaña, esterillas. Y es que ese fin de semana se celebraba un festival de hip hop.

La estación se encontraba a una media hora del hotel, pero como llevábamos horas sentados, decidimos ir tranquilamente dando un paseo para así descubrir algo más de la ciudad. No llevábamos las mochilas muy cargadas y apenas íbamos a tener 24 horas en Bratislava, así que lo suyo sería aprovecharlas.

Bratislava es la capital de Eslovaquia desde el 1 de Enero de 1993, año en que nace la República Eslovaca tras la disolución de la antigua Checoslovaquia. Básicamente tiene tres puntos de interés. La zona de la Ciudad Vieja, que es la más interesante desde el punto de vista monumental; el Castillo, que teníamos cerca del hotel; y el Palacio Grassalkovich.

Lamentablemente no queda mucha historia de la ciudad en sus calles, puesto que en los años 60 los planes urbanísticos arrasaron con el barrio antiguo que se encontraba entre la Catedral de San Martín y el Castillo. Parece que era más importante hacer llegar las carreteras que comunicaban Viena o Budapest con Bratislava que mantener siglos de historia. Así pues, ahora discurre la Calle Staromeska, una de las principales arterias de la ciudad y que desemboca en el Puente Nuevo.

Este puente se construyó en 1973 y es de cemento armado. Une la parte norte de Bratislava con Petrzalka, un barrio residencial que surgió en los años 60 para absorber el crecimiento de la población y que está formado por enormes bloques de cemento al más puro estilo de la época socialista situado en la orilla opuesta del Danubio.

No tiene pilares, sino que está sostenido por cables de acero y está coronado con un ovni a 80 metros de altura en el que hay un restaurante con vistas panorámicas. A 95 metros de altura hay un mirador con capacidad para 25 personas. En los días despejados se puede ver incluso Austria, algo que no gustaba mucho en la época comunista y por eso se cerró a parte de la población para que no pudiera ver el desarrollo capitalista del país vecino.

El Palacio Grassalkovich nos lo encontramos de bajada desde la estación, pues habíamos tomado la calle Stefániková que termina justo ahí. Y casualmente vimos el cambio de guardia. Aunque supongo que era la de diario, pues no tenía mucha ceremonia.

Fue construido en 1765 y fue residencia de la aristocracia húngara. También fue la sede eslovaca de la presidencia de la República Federal en la época de Checoslovaquia. En la actualidad es el lugar de residencia del Presidente de la República Eslovaca.

Continuamos bajando la calle Suché mýto que nos adentraría a la Ciudad Vieja. En ella podemos encontrar la Puerta de San Miguel que nos lleva a una de las arterias principales de la zona, a la calle Michalsá.

La puerta es una de las cuatro que se conservan para acceder a la antigua ciudad amurallada. Data del siglo XIV y tiene una planta cuadrada con un cuerpo octogonal en su parte alta. Tiene una altura de 51 metros y está coronada por la estatua del arcángel San Miguel matando a un dragón. En su interior hay un museo de Bratislava. Incluso se puede subir para otear las proximidades.

Nosotros seguimos hasta llegar a orillas del Danubio, donde teníamos el hotel Park Inn Danube. Justo al lado, en el bulevar Hviezdolavovo había un mercado con productos italianos.

Hicimos el check in, dejamos las mochilas y nos volvimos de nuevo a la Ciudad Vieja para comer. La habitación era algo antigua, pero era amplia y descansamos bien. Tenía el baño dividido en dos. Por un lado bañera y lavabo, y, por otro, el inodoro. Como pega, la wifi no llegaba con muy buena potencia.

Después de comer callejeamos por el centro encontrándonos con la famosa estatua de un trabajador que asoma por una alcantarilla entre las calles Rybárska brána y Panská.

Pero no es la única estatua, en la calla Rybárska bránan también se encuentra el bello Ignaz, que saluda levantando su sombrero de copa. Hace honor a un mendigo de la ciudad de principios de siglo XX que siempre vestía impecable y acostumbraba a saludar y regalar flores a las mujeres.

Llegamos a la Plaza de Hlavne Namestie, la Plaza Mayor del centro histórico de Bratislava. Se dice que es la plaza más concurrida con sus terrazas y cafeterías, nosotros la encontramos con un escenario y los técnicos de sonido haciendo pruebas.

En el centro de la plaza se encuentra la Fuente de Maximiliano, dedicada al primer emperador coronado en la ciudad. También destaca en la plaza el Ayuntamiento Viejo, del siglo XIV.

Siguiendo por la calle Kostolná llegamos a la Plaza del Primado con el Palacio del Primado. Fue construido a finales del siglo XVIII como residencia de invierno del arzobispo de Esztergom. En él se encuentra la Sala de los Espejos, donde Napoleón y Francisco II de Austria firmaron en 1805 la Paz de Pressburgo (el nombre que recibía antiguamente la ciudad de Bratislava).

Nos alejamos del centro y tras pasar por una zona con edificios que recordaban a la época soviética de repente llegamos a la Iglesia de Santa Isabel, o la Iglesia Azul.

Es la iglesia más peculiar que he visto en mi vida y supongo que choca más aún por el contexto en el que se encuentra, el barrio es muy gris, con edificios cuadrados.

De estilo Art Noveau y construida entre 1909 y 1913 tiene una torre que recuerda a los minaretes de las mezquitas. Está totalmente decorada en azul cielo y sus detalles exteriores han sido copiados por el instituto que tiene enfrente.

Eso sí, este es de un tono amarillo pálido. Es curioso que sea esta iglesia y no el castillo de Bratislava el edificio elegido para representar  a Eslovaquia en el Mini-Europe de Bruselas.

Desde allí nos dirigimos al Danubio y recorrimos el Promenade hasta llegar al Puente Nuevo. En sus proximidades hay dos estatuas muy diferentes. Una dedicada a soldados y otra a una bailarina.

Una vez allí, giramos hacia la Catedral de San Martín, que ha sido escenario de las ceremonias de coronación de algunos soberanos húngaros y es el edificio religioso más importante del país. Sin embargo, en sus orígenes era una simple parroquia. Fue ganando importancia con los siglos siendo remodelada y ampliada.

Tiene una torre de 83 metros de altura rematada con una corona dorada sobre un cojín. Recuerda los años en que Bratislava era una ciudad húngara. Dentro de ella se encuentran las tumbas de algunos nobles húngaros.

Para finalizar la visita subimos al Castillo.

Es el monumento más representativo de la ciudad, sin embargo a mí no me llamó mucho la atención. Puede ser porque hoy en día no queda mucho de lo que fue.

El primer castillo fue construido en el siglo X por los bávaros. Un siglo más tarde cayó en manos de los húngaros. Tras las guerras fue reformado varias veces. En el siglo XVIII se hace la última remodelación y es cuando adquiere la forma que tiene hoy en día.

Fue habitado por monarcas húngaros, pero en la época de las guerras napoleónicas residieron militares. En 1811 sufrió un incendio que casi lo arruina por completo. Después quedó casi abandonado y destruido. Hasta 1950 no comenzará su reconstrucción y recuperación como edificio histórico de la ciudad.

Está rodeado en parte por una muralla y se encuentra en lo alto de la colina. Desde él se pueden contemplar las vistas panorámicas de la ciudad, sobre todo de la parte más allá del Puente Nuevo, del río, y de parte de Austria.

Hoy en día alberga el Museo Nacional Eslovaco.

Volvimos de nuevo al centro, callejeamos un poco sin rumbo y sin mapa, simplemente para descubrir rincones y mimetizarnos con los lugareños.

Compramos algún recuerdo, la cena y marchamos al hotel para descansar y prepararnos para el día siguiente rumbo a Viena.

Esta vez probé un nestea verde con limón. Parece ser que aquí somos muy aburridos, porque país al que vamos, bebidas de mil sabores que encontramos.

Aunque Bratislava en principio no entraba en los planes de las tres Capitales Imperiales, lo cierto es que está tan bien situada que merece la pena echar un día en visitar su centro histórico. Algo que he aprendido de los últimos viajes es que nunca viene mal intercalar alguna ciudad pequeña que ver tranquilamente, sin más intención que pasear por ella. Sin prisas, sin expectación. Y puede que te lleves una buena sorpresa, que descubras rincones curiosos, callejuelas con encanto, iglesias azules en medio de un barrio gris soviético. Además, tienen el Euro, con lo que ni hace falta cambiar moneda. Te puedes sentar en una terraza y disfrutar del ajetreo de los lugareños y turistas. Y respirar. Y disfrutar del viaje.