Conclusiones de nuestro viaje por Letonia, Lituania y Polonia

El destino no quiso que viajáramos a la antigua Yugoslavia, así que tuvimos que valorar otros territorios inexplorados. Y nos decidimos por Letonia, Lituania y, sobre todo, Polonia. En los dos primeros países solo estuvimos en su capital, mientras que en Polonia sí que hicimos más paradas. Ya habíamos visitado Estonia con el Crucero por Capitales Bálticas, y nos quedaba conocer las otras dos antiguas repúblicas soviéticas. Así que, aprovechando que el vuelo a Riga nos salía bien de precio, unimos los tres países.

Llegamos a Riga y nos encontramos con un tiempo gris. Aún así, no desmereció para nada una ciudad en la que se entremezclan edificios de la Edad Media; con otros de la época hanseática con sus típicos ladrillos rojos; con otros de estilo Art Nouveau bellamente ornamentados, así como con otros que nos recuerdan su pasado soviético. Tiene un contraste curioso que la enriquece.

Apenas pasamos un día en la capital letona y creo que el tiempo estuvo bien medido. Riga es una ciudad pequeña, por lo que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos, así que los puntos históricos quedan bastante recogidos.

Sí que es cierto que al otro lado de la muralla, tras pasar el Bastejkalna parks y el canal, encontramos otros barrios en los que tenemos puntos de interés (sobre todo edificios de estilo Art Nouveau).

También, cerca de la estación se encuentran el barrio Moscú o el Mercado (tanto interior como exterior), pero en general, no hay que recorrer grandes distancias.

A pesar de que el día comenzó lluvioso, pudimos recorrer Riga tranquilamente e incluso subir a las alturas para ver una panorámica. Nos faltaron un par de calles que nos quedaban un poco más lejanas, pero, en general, cumplimos bastante bien con el plan inicial.

Dado que Riga y Vilna no tienen comunicación en tren, tomamos un bus, bastante cómodo, que por 19€ y en apenas cuatro horas cubría el trayecto. Una buena decisión, todo hay que decirlo. Aunque el conductor fuera un tanto kamikaze (o se haya sacado el carnet en Bulgaria).

Vilna también estuvo amurallada, así que también tiene un núcleo bastante definido, sin embargo, no hay que olvidar sus dos miradores o los barrios de Užupis y judío, que quedan en las afueras.

Destaca la Avenida Gedimino Prospektas, una arteria que nos lleva a la Catedral, pero de la que no hay que perder detalle, ya que en cada una de sus aceras encontramos edificios majestuosos del siglo XIX y XX.

La catedral, todo un hito para la ciudad cuando su rey se convirtió al cristianismo, me resultó sosa y fría. De la misma manera me decepcionaron las vistas desde la Torre Gediminas o desde la Colina de las Tres Cruces. Vilna no es fea, pero viniendo de Riga, me resultó algo anodina.

Pero aunque la Gedimino Prospektas tiene relevancia, realmente la arteria principal transcurre desde la Puerta de la Aurora hasta la Catedral, pasando por el ayuntamiento o la universidad, además de numerosas iglesias de diversos estilos. Son los tramos de la Aušros Vartų, Didžioji gatvė y Pilies gatvė.

La ciudad tiene mucha historia detrás, pero en la mayoría de los casos ha desaparecido, como en el caso del barrio judío. Y quizá esto le hace perder encanto. O quizá no tuve el día ya que ni siquiera me apeteció entrar a la universidad y, hoy, cuando veo las fotos, pienso que a lo mejor mi mente me juega una mala pasada.

Vilna no me atrapó. La recorrí, pero no la disfruté.

Tampoco lo pasé bien en el trayecto en bus hasta Polonia. Fueron demasiadas horas con muchas interrupciones, y al final nos lastró el resto del día. Llegamos muy pronto y, en vez de ver Gdańsk, nos fuimos a Gydnia y Sopot, que están a una media hora en tren tipo cercanías.

Gdańsk, Sopot y Gydnia forman la Ciudad Triple (Trójmiasto), sin embargo, cada una tiene su carácter. Gdynia representa la recuperación, pues su puerto se levantó en apenas 10 años. Y precisamente alrededor del puerto es donde se concentra algo de su historia.

Sopot por su parte es un lugar de vacaciones, y así se refleja en la calle que lleva al muelle, llena de veraneantes que se dirigen a la playa. Si hubiéramos ido más días, no está mal el paseo. Pero podíamos haber empleado la mañana en Gdańsk y no nos habríamos quedado sin luz.

En casa, con el mapa sobre la mesa, había pensado que Gdańsk, a pesar de tener mucho para ver, y mucha historia, apenas nos llevaría tiempo porque también es una ciudad en la que lo importante está concentrado. Así, había pensado que desde la estación al hotel nos daría tiempo a recorrer una parte menos céntrica, y después, la tarde, tras una reparadora siesta, la podríamos dejar para perdernos por el centro. La primera parte del planteamiento, bien; ahora, la segunda… hacía aguas.

Parecía que lo más importante se encontraba entre la calle Mariacka y Długi Targ, además de la vista desde el río, así que perfecto. Pero no. A pesar de que Długi Targ tiene una longitud de 700 metros, es la seña de identidad de la ciudad. Concentra tantos y tantos edificios de bellas fachadas, que se tarda bastante en ir de punta a punta. Y no solo eso, sino que las calles colindantes también esconden preciosas construcciones.

Por otro lado, la ribera del río estaba plagada de gente, por lo que no solo apenas podíamos caminar, sino que además era imposible apreciar nada. Y es que a veces se nos olvida que solo en España se cena tarde, por lo que las 7 de la tarde, a pesar de que haya aún sol, es su hora de salir a cenar y/o tomar algo.

También es verdad que nos permitió descubrir otra ciudad a medida que se iban encendiendo las luces, con otro ambiente más festivo y veraniego.

Así pues, malgastamos el tiempo en esta parada y a la mañana siguiente, con mochilas, volvimos a callejear por el centro para verlo con más calma y poder sacar fotos con algo más de luz. Sin duda Gdańsk bien merece dos días para descubrirla más a fondo. Desde luego es imprescindible en una visita a Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Bydgoszcz, una ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. La elegimos como parada técnica para así no tragarnos demasiadas horas metidos en un tren. Su localización también le vino bien a los pescadores que se asentaron en la zona en la Edad Media. Al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula se convertía en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula por aquella época.

Reflejo de ese pasado son los graneros del siglo XVIII que servían de almacenes para los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida. En 1975 se reconstruyeron y fueron convertidos en museos. Hoy son un símbolo de la Bydgoszcz mercantil.

Pensamos que no íbamos a encontrar mucho del pasado en esta ciudad, sin embargo, nos sorprendió, pues conserva algunos edificios históricos escondidos en las calles más modernas. Como teníamos el hotel un poco alejado pudimos descubrir un Bydgoszcz inesperado. Construcciones en ladrillo rojo, otras de estilo modernista y otras más clásicas se erigen junto a bloques de pisos más actuales.

Y si hablamos de historia, la Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) se lleva la palma. Era la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. En los siglos posteriores sirvió para acoger casos políticos relevantes así como ejecuciones. Hoy está reconstruida y muchos de los edificios originarios han desaparecido. Tiene importancia histórica, sí, pero arquitectónicamente no destaca tanto como otras que veríamos más adelante.

Estuvo bien como parada técnica, pues dedicamos la tarde a pasear tranquilamente, descansamos bien y cargamos pilas para Poznań, la considerada por muchos historiadores como la primera capital polaca. También fue la primera ciudad que se levantó contra el gobierno comunista por las condiciones laborales de los obreros de las industrias.

Además, Poznań es relevante ya que Polonia nació en la isla Ostrów Tumski. Allí se levantó un castillo en el siglo IX y fue donde Mieszko I se convirtió al catolicismo. Hoy es donde se erige la Catedral de los Apóstoles Pedro y Pablo (Bazylika Archikatedralna św. Apostołów Piotra i Pawła).

Sin embargo, la joya de la ciudad es la Antigua Plaza del Mercado (Stare Rynek). Es impresionante la mires por donde la mires. Está flanqueada en todas sus caras por casitas de colores de múltiples estilos arquitectónicos que recuerdan a los diseños de los cuentos medievales.

Aunque hay edificios significativos e históricos a lo largo de la plaza, si hay uno que sobresale por encima de los demás es el Ayuntamiento (Ratusz). Se alza en el centro de la plaza y la domina por completo con su fachada renacentista y su torre de tres pisos coronada por el águila polaca y los machos cabríos que salen cada día a las 12 del mediodía.

Además, no podemos olvidarnos de la Universidad, del Castillo Imperial o de las numerosas iglesias cada una de un estilo totalmente diferente a la anterior.

No tiene el renombre de Gdańsk, pero me encantó. No solo por todo lo mencionado, sino porque también tiene ese estilo ecléctico con edificios de diferentes épocas. Algunos aún conservan los recuerdos de tiempos dolorosos mientras al lado se alzan otros que nos anclan en el presente de un nuevo siglo.

Parece que íbamos de menos a más, además anduvimos tranquilos a la hora de recorrerla pese a la climatología. Por lo que guardo buen recuerdo de ella.

De Poznań nos dirigimos a Wrocław, una ciudad que pudimos descubrir gracias a sus Krasnale, esos enanitos que se encuentran en cada rincón y que a veces cuesta dar con ellos.

Teníamos una ruta predefinida, pero nos desviamos muchas veces en la búsqueda de estas simpáticas figuras.

Wrocław nació en Ostrów Tumski, una zona en la que hoy se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

Sin embargo, el centro de la ciudad se articula en torno, cómo no, a la Plaza del Mercado (Rynek). Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar. Es una de las más grandes de Europa y cuenta con edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…), además del ayuntamiento.

No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Poznań y Wrocław guardan cierta similitud. Ambas tienen su Ostrów Tumski, una zona en la que se concentran edificios eclesiásticos de relevancia. Además, sus plazas centrales son auténticas maravillas. En Wrocław si hubiéramos hecho noche, quizá habríamos ido más tranquilos a la hora de recorrer la ciudad, y por supuesto habríamos encontrado muchos más Krasnale e incluso subido al mirador de la Sky Tower. Al tener que coger el tren dirección Cracovia, fuimos deteniéndonos menos en algunos edificios, sobre todo en iglesias. Y es que en Polonia hay muchas, por lo que es imposible verlas todas y hay que filtrar por importancia o arquitectura.

Y de Wrocław viajamos a la ciudad que aún es la capital en el corazón de muchos polacos: Cracovia. Y es que lo fue durante gran parte de su historia, por ello ha sido un importante centro comercial, político y cultural del país. La ciudad queda dividida en cuatro barrios: Stare Miasto, Kazimierz, Podgorze y Nowa Huta.

Stare Miasto es sin duda la parte más importante. Rodeado por el Parque Planty, que sustituye a la antigua muralla, el centro alberga un número importante de edificios y monumentos. Estos se encuentran en torno a la Villa Real, que trascurre desde la Barbacana hasta la Colina Wawel discurriendo primero por la calle Florianska y, después, por la Grodzka.

En ese recorrido se encuentra la Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny), la plaza medieval más grande de Europa. En ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

 

También en Stare Miasto encontramos la Universidad, la segunda más antigua de Europa y que ha tenido alumnos de renombre como Copérnico o Karol Wojtyla. Su Collegium Maium en ladrillo rojo y estilo gótico tardío es magnífico y su patio bien merece una parada.

Tampoco se queda atrás el Collegium Novum con su fachada que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En la Colina de Wawel se encuentra uno de los edificios más importantes de la ciudad: el castillo (con su catedral). Gracias a su construcción la ciudad ganó relevancia eclesiástica y monárquica, pues era aquí donde se coronaba a los reyes, además de donde se les enterraba.

Los barrios de Kazimierz y Podgorze están relacionados con los judíos. Por un lado, en Kazimierz era donde residía esta comunidad y aún se puede encontrar un poco de historia entre sus calles. Obviamente hay mucho que ha desaparecido (aniquilado por los nazis, básicamente), pero aún se pueden encontrar puntos de interés en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka. Además, se conservan sus siete sinagogas. Eso sí, solo una de ellas funciona como tal.

Podgorze es el guetto al que los nazis les obligaron a mudarse. En él se encuentra la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que con sus sillas recuerda a los judíos que esperaban a lo que ellos pensaban que iba a ser un lugar mejor.

Allí además se puede visitar la fábrica de Oskar Schindler, hoy convertida en museo. Seguro que es interesante, pero la falta de tiempo nos hizo priorizar exteriores.

Finalmente, el barrio de Nowa Huta, a 10 kilómetros de Cracovia, fue construido siguiendo el modelo soviético para los trabajadores de la empresa Huta im. T. Sendzimira, el principal productor de acero de Europa. Durante la época comunista llegó a alojar a 100.000 personas y Cracovia se convirtió en un importante centro industrial. Lamentablemente no tuvimos tiempo para acercarnos allí. Así como también se nos quedó en el tintero la visita a las Minas de Sal. Otra vez será.

Cracovia está llena de historia en cada una de sus calles, donde se alternan edificios centenarios de estilo renacentista, barroco y gótico con nuevas construcciones más modernistas.

Sin embargo, me gustaron más Poznań y Wrocław. Quizá por sus plazas centrales, que me dejaron buen sabor de boca.

También es verdad que le dedicamos poco tiempo, el centro requeriría fácilmente un día, los barrios judíos y Nowa Hutta, un segundo. Si además se quiere visitar las Minas de Sal, quizá 3 días habría sido más adecuado. La visita a Auschwitz la habíamos descartado desde un principio porque sabíamos que no contábamos con tantos días de vacaciones y porque ya visitamos Dachau hace unos años.

Nuestra última parada fue Varsovia, una ciudad que ha renacido de sus cenizas. Y, gracias a una exhaustiva reconstrucción tras la II Guerra Mundial, la UNESCO le dio en 1980 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Desde que se convirtió en capital en el siglo XVI vivió períodos de crecimiento y prosperidad. Gracias a ello destacan sus iglesias, castillos y mansiones.

Además, se convirtió en un importante centro cultural y educativo y hoy acoge a 4 de las mejores universidades del país.

Sin embargo también ha pasado por años de declive y de guerra, que le han dejado sus cicatrices. Sus calles nos recuerdan la resistencia al nazismo, el pasado comunista, y el renacer a finales del siglo XX.

Varsovia también tiene su Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena.

Fuera de la ciudad amurallada nació una ciudad independiente, Nowe Miasto, que con el tiempo acabaría uniéndose a Varsovia. Se articula en torno a a la calle Freta y cuenta con tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Al otro lado del Vístula se encuentra el Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio, pero que hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por encontrarse algo apartado.

El bulevar junto al Vístula es un entorno muy agradable para pasear, y también de ocio. Allí podemos encontrarnos con la segunda sirena y ver a lo lejos el PGE.

También en Varsovia se nos quedaron lugares por visitar, como el Parque Łazienki, al sur de la Ruta Real, donde se encontraba la residencia de verano del rey Estanislao Augusto Poniatowski; o Muranów, que, con un muro de 18 kilómetros por 3 metros de alto, se convirtió en el guetto judío en el que convivieron cerca de medio millón de personas. Allí se encuentra el Monumento a los Héroes del Guetto o la Umsclagplatz, la plaza desde la que salían los trenes hacia el campo de concentración de Treblinka.

Tampoco nos dio tiempo de subir al Palacio de la Cultura y la Ciencia para poder observar la ciudad desde las alturas. Aunque esto fue más bien un error de planificación, ya que al equivocarme de hotel, pensé que nos quedaría a mano al tener que pasar por la estación.

Al igual que Cracovia, Varsovia requiere de, al menos, un par de días para poder descubrir todos sus rincones y heridas del pasado. Un día para su centro histórico, otro para la zona nueva, y un tercero para el Barrio de Praga y el margen del Vístula.

Así pues, en general pudimos ver prácticamente lo que teníamos pensado. Aunque no nos habrían venido mal un par de días más, uno para Cracovia y otro para Varsovia. Falló en parte la planificación, pensando que por ser ciudades con el centro histórico bastante concentrado, apenas tardaríamos en recorrerlas. Pero además, nos fallaron las fechas. Nosotros que esperábamos encontrar unos 30º como mucho, por el contrario no bajamos de los 35º debido a la horrible ola de calor del verano pasado. Así pues, nos pasó como en Praga, que el calor nos impedía llevar un ritmo normal.

Habitualmente, cuando vamos de viaje, salimos sobre las 9 de la mañana y nos pasamos todo el día gastando suela hasta que se hace de noche. Al final de la jornada solemos hacer unos 20 kilómetros. Así pues, a la hora de planificar, ya tenemos siempre esa referencia. Sin embargo, la climatología influye bastante. Sobre todo el calor, porque con el frío al final el cuerpo te pide movimiento y le das algo más de brío al paseo. Con 20-25º es llevadero, aunque pegue el sol. Sin embargo, cuando superas cierta temperatura, el cuerpo llega un momento en que te pide parar, hidratarse y ponerse a resguardo. Y no todo depende de la temperatura, sino de la sensación térmica. Creo que lo pasé peor con esos 35 en Polonia que con 40 en España. Y eso que el seco de Madrid es horrible.

En el viaje nos enfrentamos además a otro dato a tener en cuenta, y es que mientras que en Madrid el sol quizá empieza a pegar a partir de las 12; en Polonia notamos que por estar más al norte, la inclinación de la Tierra también influía. Puede parecer una tontería, pero dado que amanecía antes, cuando salíamos a la calle a las 9 de la mañana el sol ya estaba arriba del todo. Así pues, ya hacía calor agobiante. Y para cuando querían llegar las 11 no había quién estuviera en la calle.

Sin embargo, paradógicamente, las plazas y parques estaban llenos de gente. Y es que creo que, como no son temperaturas habituales en el país, las viviendas no están preparadas para ello. Imagino que sí para el invierno con nieve y números bajo cero. Así, la gente salía a la calle a refrescarse. Bien en las fuentes y aspersores improvisados o en las fuentes típicamente decorativas. Era el mismo panorama en todas las ciudades que visitamos.

Por lo demás, seguimos nuestra rutina. Intentamos caminar todo lo posible y tomar el transporte en casos puntuales. Como en Varsovia que después de buscar el hotel equivocado estábamos en la otra punta de la ciudad, o en Cracovia que habíamos acabado la jornada en un barrio algo alejado. En general, hemos encontrado unas ciudades con un buen sistema de transporte, con metro, bus y tranvía.

Sí que es cierto que en algunos casos se veían vehículos con solera (sobre todo en Riga y Vilna, pero también en algunos lugares de Polonia), pero ya sabemos que las máquinas soviéticas tienen fama de duraderas.

Las principales ciudades de Polonia están bien comunicadas. Quizá no hay mucha frecuencia y algunos trenes son un tanto antiguos (sin aire acondicionado y un tanto estrechos), pero sin duda más cómodos que los buses.

 

Además, también están incorporándose nuevos Intercity, que son rápidos, modernos y cómodos. Y los precios no son nada caros.

Para los recorridos de larga distancia sacamos previamente por internet los billetes. Sabíamos que nos iba a limitar, claro, pero así nos asegurábamos que teníamos asiento. Una vez en la estación era fácil encontrar el andén. Simplemente había que buscar en pantalla o panel amarillo el número de nuestro tren, o el horario.

Las pantallas son fáciles de seguir, pues con el horario se ve fácilmente. Los paneles, son un poco más complejos de leer porque está todo muy comprimido, pero lo bueno es que vienen todas las paradas que hace cada tren, así que está muy bien para confirmar la ruta.

Después, el tren tiene indicado en cada vagón el número de coche, si es 1ª o 2ª clase, el número de tren, así como las paradas que realiza. Por lo que no hay pérdida.

Para los movimientos puntuales dentro de la misma ciudad, compramos billetes sencillos y listo.

Eso sí, no hay que olvidarse de pasarlos por el lector, que no suele haber tornos, sino que las máquinas están algo apartadas para no entorpecer el tránsito de viajeros (en el tranvía y bus hay varias máquinas dentro).

La mayoría de las ciudades tienen su gran centro peatonal o de poco acceso a los vehículos, pero una vez que sales de esa zona, el tráfico es algo caótico. Sobre todo en Polonia vimos varios coches derrapando en medio de la ciudad. Nos resultaron un poco agresivos. Y otra cosa que nos llamó la atención fue el aparcamiento. Durante el viaje encontramos muchas veces que las aceras estaban ocupadas por los coches.

Hacia el final del viaje nos dimos cuenta de que parecía estar regulado de esa forma tal y como indicaban las señales. Y esto nos sorprendió aún más.

Como suele ser habitual en nuestros viajes, solemos comer en ruta comprando algo en supermercados o tiendas de conveniencia. Tanto en Riga como en Vilna los mejores sitios para comer algo rápido son los Narvesen e Iki. Tienen bocadillos, sándwiches, paninis, ensaladas… por lo que puedes comprar algo rápido y comerlo en movimiento, o en un parque a la sombra. Eso sí, cuidado con las palomas. En Polonia están los Malpka, que son similares.

En Polonia la mayoría de los días seguimos el mismo patrón, aunque algún día para evitar el calor buscamos algún sitio en el que sentarnos con aire acondicionado, como Poznań con el japonés o en Bydgoszcz y Wrocław que comimos en sendos centros comerciales.

Lo típico por tierras polacas son las zapiekanki, algo así como un panini. Se trata de media baguette que se rellena con champiñones, carne, cebolla y queso. Aunque hay mil variedades, claro. Se come caliente.

Otros platos de la cocina polaca son pierogi (una especie de empanadillas), barszcz czerwony (sopa de remolacha), bigos (estofado de carne y col), golonka (codillo de cerdo). También vimos muchos puestos de roscas, panecillos y aquellos dulces que habíamos probado en Budapest.

Con el calor no apetecía mucho sentarse en una terraza, sin embargo, sí que hemos probado diversas cervezas locales. Las comprábamos en el supermercado y nos las llevábamos al hotel. Cada día probábamos una diferente. Algunas más suaves, otras más fuertes.

Una novedad que teníamos en este viaje es la eliminación del Roaming. Ya conté un poco nuestra experiencia en esta entrada. De todas formas, para resumir, diré que mientras que en Riga y en Vilna tras un correo a Pepephone conseguí tener línea y datos al igual que en España; por el contrario cuando llegué a Polonia me encontré con la sorpresa de que, a pesar de que mi móvil tenía red polaca, no me daba datos. Tras enviar un nuevo correo a mi compañía, descubrí que no tenían ningún acuerdo con este país, por lo que resultó que estábamos como antes. Por suerte, como con Jazztel sí teníamos, así que cuando teníamos que recurrir a internet para buscar algún mapa o información, tirábamos de su red.

También es verdad que en muchas ciudades había WiFi gratuito en la calle, pero no siempre funcionaba muy bien. Y menos cuando no paras de moverte y hay varias redes diferentes según la zona en la que te encuentres.

Y para finalizar, ahí va nuestro resumen de gastos del viaje:

Total: 1.305,20€ (652,60€ por persona)

Y hasta aquí, nuestras vacaciones de verano. Pero todavía quedaba un último viaje de 2017. Empezamos pronto.

Recorriendo Poznań

Esta vez teníamos el tren a las 10 de la mañana, por lo que tuvimos que madrugar, ya que teníamos una tiradita hasta la estación. Los asientos que teníamos esta vez eran iguales que los del día anterior, es decir, en un compartimento para ocho personas.

En algo menos de dos horas estábamos en nuestra siguiente parada: Poznań (o Posnania en español). Esta ciudad a orillas del río Varta es una de las más antiguas de Polonia. Muchos historiadores consideran que fue la capital de Polonia hasta el siglo X y que fue donde se bautizó a Mieszko I, el primer rey de Polonia.

El hecho de que esté muy bien comunicada tanto por tren como por carretera (así como con un aeropuerto internacional) ha favorecido su crecimiento y el de su población. Pero no viene de ahora. Ya desde 1253, cuando adquirió los derechos como ciudad, comenzó a expandirse gracias a su situación estratégica. Decayó en el siglo XVII como consecuencia de la invasión de los suecos y varias epidemias de peste.

En 1793 pasó a pertenecer a Prusia y cambió el nombre por el de Posen. En 1807 formó parte del Ducado de Varsovia en 1807, pero poco tiempo después, en el Congreso de Viena, cuando Polonia pasó a manos de Prusia, Poznań se convirtió en la capital del Gran Ducado de Posen. A mediados de siglo pasó a ser la capital de la provincia prusiana de Posen y en 1871 quedó integrada en el Imperio Alemán.

No quedaría liberada hasta terminada la I Guerra Mundial, cuando nació la Gran Polonia y fue la capital del Voivodato de Poznań. Sin embargo,  la independencia duraría poco y los nazis arrasarían el casco histórico en la II Guerra Mundial. En 1945 Hitler declaró la ciudad una Festung y quedó fortificada.

Poznań también es importante en la historia de Polonia ya que fue la primera ciudad del país que se levantó contra el régimen comunista. Aunque en realidad no era un levantamiento contra el comunismo, sino por mejoras laborales. En 1956 los obreros se manifestaron dando lugar a las llamadas Protestas de Poznán.

Hoy en día se ha convertido en un importante centro empresarial siendo sede de empresas como Volkswagen, MAN, Unilever, Beiersdorf, Bridgestone, Imperial Tobacco, Kompania Piwowarska. Además es importante en el ámbito académico, científico y cultural. Con sus 8 universidades públicas y 18 privadas es la ciudad polaca con mayor número de estudiantes.

Desde el 11 de diciembre de 2008 está considerada como  “conjunto histórico” en recuerdo de la memoria histórica.

Como eran las 12 de la mañana y aún no nos iban a dar la habitación, hicimos tiempo parándonos en el recorrido hasta el hotel. Comenzamos así nuestra visita a la ciudad con las mochilas a cuestas. Muy cerca de la estación se encuentra la Uniwersytet Poznański (Universidad de Poznan), conocida como Universidad Adam Mickiewicz desde 1955.

Fue fundada en 1919 con las facultades de Derecho, Economía, Medicina, Humanidades, Matemáticas, Ciencias Naturales, Agricultura y Silvicultura. Fue cerrada en 1939 por los nazis y reabierta dos años más tarde como universidad alemana. Volvió a cerrar sus puertas en 1944 y a abrir como polaca ya después de la guerra. Hoy sus facultades están extendidas a lo largo de la ciudad, aunque se está unificando en el campus de Morasko.

En la plaza que hay frente al edificio de la universidad se encuentra la estatua del poeta romántico de la primera mitad del siglo XIX que le da nombre: Adam Mickiewicz.

Como digo, era media mañana, y el sol estaba ya tan arriba que el calor era agobiante. En plena ola de calor las ciudades polacas permitían el baño en las fuentes para que la gente se refrescara y, donde no había una accesible, se colocaban postes, arcos o mangueras. Esta plaza era uno de los lugares con postes.

También en la plaza se alza el Monumento de las Cruces, inaugurado 25 años después del primer motín en Polonia contra el gobierno que mencionaba anteriormente. Consta de dos gigantescas cruces de 20 metros de altura y honra a las víctimas de aquel fatídico Jueves Negro.

En la década de los 50 Poznań era uno de los centros industriales más grandes del país, sin embargo, las condiciones de vida no estaban a la par, así pues, los obreros se echaron a las calles para reclamar mejores condiciones laborales. Había habido negociaciones previas, pero sin ningún acuerdo, lo que hizo que creciera la tensión. Por ejemplo, en Industrias Metálicas Josef Stalin, la fábrica más grande de la ciudad, los trabajadores llevaban meses con conversaciones y, cuando parecía haber acuerdo, el Ministro de Industria retiró todas las promesas.

Como consecuencia, el 28 de junio de 1956 se inició una huelga segundada por el 80% de los obreros. Estos se lanzaron a la calle y pronto se les unieron trabajadores de otras empresas y estudiantes. El gobierno movió ficha y llevó a cabo varias detenciones, lo que derivó en un levantamiento y en la toma de la prisión de la calle Młyńska por parte de los manifestantes. Allí se hicieron con las armas y comenzaron a asaltar edificios gubernamentales.

El gobierno atacó sacando a la calle 16 tanques, 2 transportes blindados de personal y 30 vehículos especiales. No obstante, no se produjeron disparos, sino que parece que los soldados intentaron hablar con los insurgentes para frenar los ataques. Sin embargo, el Ministro de Defensa decidió ser más agresivo y mandó a oficiales soviéticos venidos de otros lugares con la intención de sofocar la manifestación lo antes posible. Ya de madrugada salieron los tanques, vehículos blindados y camiones llenos de soldados sitiaron la ciudad y comenzaron a detener a gente.

Las protestas continuaron una semana más con un buen número de heridos y fallecidos, aunque los registros no parecen muy fiables y las cifras oscilan bastante según las fuentes que se consulten. Estos actos marcaron un antes y un después en el comunismo en Polonia, aunque, como decía más arriba, no se trataba tanto de atacar el régimen, como de condiciones laborales. El problema fue que el gobierno no supo dar otra respuesta que la violencia.

Al otro lado de la plaza se encuentra el Castillo Imperial (Dawny Zamek Cesarski).

Este edificio de piedra de principios de siglo XX y estilo neorromántico me recordó bastante a los castillos del Reino Unido con sus tejados a dos aguas y su gran torreón. Fue la última residencia real de tales proporciones levantada en Europa y se construyó con intención de replicar la grandeza de los castillos medievales. En su patio cuenta con una réplica de la Fuente de los Leones de la Alhambra y el trono del monarca se parecía al de los maharajás de Nueva Delhi.

Los nazis se hicieron con el castilllo y en él ubicaron sus oficinas y apartamentos. Incluso hicieron una réplica de la oficina de Hitler en Berlín (aunque nunca la usó). De aquella época se conserva gran parte de la decoración. Cuando los polacos lo recuperaron decidieron no demolerlo y mantenerlo como centro cultural para exposiciones, conciertos y otros eventos.

Entre sus paredes fue donde los matemáticos de la Universidad descifraron el Código Enigma. Así, en su puerta, hay un monumento que hace referencia a este hito histórico.

Muy próxima a la Universidad y al Castillo se encuentra el edificio de la Filarmónica de Poznań (Filharmonia Poznańska im. T. Szeligowskiego).

Este auditorio está considerado uno de los que tienen mejor acústica en toda Polonia. La Filarmónica fue inaugurada en 1947 y desde entonces ha ido creciendo. Hoy en día promueve la música sinfónica entre los jóvenes gracias a diferentes festivales y eventos.

Tras la plaza de la Universidad se encuentra el Parque Mickiewicza, donde se alza una fuente y, tras ella, el edificio de la Ópera.

El Teatro Wielki fue construido en 1910 bajo los diseños del arquitecto muniqués Max Littmann como sede del Teatro Municipal. El edificio copia la arquitectura clásica con sus seis enormes columnas jónicas. Flanqueando las escaleras hay dos figuras. En la izquierda hay una mujer sentada en un león y a la derecha un hombre caminando junto a una pantera.

Originalmente había en el pórtico una cita de Friedrich von Schiller: “Der Menschheit Würde ist in eure Hand gegeben. Bewahret! Sie fällt mit euch! Mit euch wird sie sich heben! ” (La dignidad de la Humanidad está en tus manos. ¡Presérvala! ¡Caerá contigo! ¡Se levantará contigo!). Esta fue retirada en 1919 cuando Polonia recuperó el edificio.

El teatro paró su programa durante la II Guerra Mundial, época en la que apenas sufrió daños mayores. Reanudó su actividad en junio de 1945 siendo la primera ópera de Polonia en hacerlo.

Muy próxima a la ópera, en la misma calle Fredry se encuentra la Facultad de Medicina, que bien podría ser un palacio, y más adelante la Iglesia del Redentor con la típica piedra rojiza.

Nosotros, sin embargo, bordeamos el Castillo y tomamos la Święty Marcin para dirigirnos al hotel, a orillas del río. Habíamos elegido el ibis Poznan Stare Miasto, aunque esta ciudad no estaba en la oferta que nos hizo decantarnos por los Ibis, sí que era el que parecía tener mejor relación calidad-precio-ubicación. Fue bastante complicado encontrar alojamiento en Poznań, y es que era 1 de agosto, día en que se conmemora el Alzamiento de Varsovia contra los nazis. Aunque no estábamos en la capital, parecía haber actos en todo el país y los hoteles estaban al completo.

Este hotel era algo más viejo que el del día anterior. Se notaba en los muebles de la habitación y en el baño. No obstante, cumplía con lo que buscábamos: cama y ducha. Además teníamos desayuno incluido. No necesitábamos más.

Colocamos nuestras cosas, nos refrescamos un poco y volvimos a salir a continuar con nuestra ruta.

Abandonamos Gdańsk y viajamos a Bydgoszcz

Dado que el día anterior se nos había quedado corto y vimos parte del centro de Gdańsk ya al anochecer, decidimos salir pronto del hotel para volver a recorrer la parte más histórica. Teníamos el tren a las 11:33, así pues, sin madrugar en demasía, contábamos con un par de horas para pasear por la Calle Larga, la calle Mariacka y asomarnos al río antes de dirigirnos a la estación. Eso sí, iríamos ya con las mochilas para no tener que volver al hotel.

 

Nuestro siguiente destino era Poznań, pero en lugar de tragarnos 4 horas y pico de tren, pensamos que era preferible parar en alguna ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. Y así fue cómo surgió un pueblo con nombre impronunciable: Bydgoszcz. El tren en el que viajamos no era especialmente moderno y carecía de climatización. Los asientos que nos había asignado la reserva estaban en un compartimento para 8 personas. Recordaba a aquellos trenes del siglo pasado un tanto estrechos. Así que hicimos bien en no encerrarnos durante 4 horas.

Bydgoszcz nació en la Edad Media como Bydgozcya cuando unos pescadores se asentaron en la zona. Se trataba de un lugar estratégico, ya que al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula estaba en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula.

Aunque también hay una leyenda que dice que fue fundada por dos hermanos: Byd y Gost, quienes llegaron desde el sur de Polonia buscando un buen lugar para establecer su pueblo. Al llegar aquí y encontrar un río, un vado, varias colinas y caminos en las cuatro direcciones del mundo, decidieron quedarse y establecerse.

Bydgoszcz fue ocupada por los Caballeros Teutones en 1331, quienes se quedaron hasta 1337 que la recuperó Casimiro el Grande. Tres siglos más tarde, en 1629, fue conquistada por los suecos y como consecuencia de la guerra con estos quedó devastada. Tras deshacerse de los suecos, en 1656 y 1657 de nuevo volvió a caer en sus manos.

En 1772 fue anexionado al Reino de Prusia siendo la capital del Distrito Netze con el nombre de Bromberg. Federico II el Grande decidió reconstruir la ciudad y crear un canal. De esta forma, se conectaría el Mar del Norte con el Mar Negro gracias a la unión de varios ríos (Brda con Notec, Notec con el Waarta y el Warta con el Odra), lo que favorecería el comercio. Esto contribuyó al crecimiento de la ciudad, como también lo hizo la llegada del ferrocarril.

En 1807 tras la victoria de Napoleón pasó a formar parte del Gran Ducado de Varsovia. Aunque volvió a ser territorio prusiano tras la derrota del francés en 1815. Más tarde, en 1871, la provincia se incorporaría en el Imperio Alemán.

En la I Guerra Mundial se convirtió en centro de operaciones del ejército alemán dada su posición estratégica. Tras la guerra, sin embargo, volvió a ser parte de Polonia gracias al Tratado de Versalles.

Bydgoszcz de nuevo fue alemana tras el Domingo Sangriento. El 3 de septiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia, muchos polacos descendientes de alemanes fueron asesinados. Como venganza, los soldados alemanes de la 3.ª División SS Totenkopf tomaron la ciudad y realizaron ejecuciones masivas y enviaron a miles de lugareños a campos de concentración. Finalmente, en 1945 fue liberada de los nazis por el Ejército Rojo pasando a ser la capital de Pomerania. Más tarde, se convirtió, junto con Toruń, en la capital del voivodato de Cuyavia y Pomerania.

Hoy en día es una de las ciudades más importantes del país gracias a su relevancia como centro comercial. Nosotros llegábamos a la una y media, y apenas le dedicaríamos la tarde, ya que, como digo, se trataba más bien de una parada estratégica.

Nada más llegar nos dirigimos al hotel, que no estaba para nada céntrico. Nos venía bien andar un poco después de dos horas sentados en el tren, sin embargo el sol pegaba con fuerza, así que llegamos un tanto acalorados.

Nos alojamos en el Hotel Campanile, un hotel de ciudad con una habitación sencilla pero con un toque juvenil gracias al llamativo verde.

El baño era bastante amplio y contaba con productos básicos de higiene como gel o champú.

Acomodamos nuestras cosas y tras refrescarnos un poco salimos de nuevo para conocer la ciudad. Como frente al hotel teníamos un centro comercial, aprovechamos para buscar un sitio para comer y que así el sol bajara un poco. Nos decantamos por el pizza hut, donde comimos una ensalada una pizza.

Desde allí el centro nos quedaba a un kilómetro y medio siguiendo la calle Jagiellońska. Uno de los primeros edificios reseñables que nos encontramos fue el de Correos.

Esta imponente construcción de estilo prusiano data del siglo XIX. Fue creada como oficina central de correos y aún hoy en día sigue desempeñando tal función.

En la acera de enfrente se extiende el Parque Casimiro el Grande (Kazimierza Wielkiego), que había sido el rey que dio derechos cívicos a la ciudad de Bydgoszcz y ordenó la construcción del Castillo en 1346. Se trata del parque más antiguo de la ciudad que cuenta con una superficie de 2,24 hectáreas. El nombre actual es bastante reciente, de apenas hace un siglo.

En realidad es una parte de un parque mucho más grande perteneciente a la Orden de Santa Clara de la primera mitad del siglo XVII. El jardín original, llamado Jardín de las hermanas Clarisas, era decorativo, pero también práctico con su huerto medicinal, una huerta y un estanque con peces.

Cuando la orden quedó secularizada por parte de las autoridades prusianas, el jardín pasó a pertenecer a la ciudad y se convirtió en parque en 1835, bajo el nombre de Regierungs Garten, aunque estaba prohibido para los vecinos de Bydgoszcz.

En 1900 fue renovado y se redujo ligeramente su extensión. Pasó a ser municipal y se abrió al público como Stadt Park. En el extremo norte del parque se inauguró en 1904 la Fuente El diluvio (Fontanna Potop).

Durante la ocupación alemana el parque volvió a cambiar el nombre pasando a ser Viktoriapark. En esta época se talaron muchos árboles que databan del siglo XVII y XVIII. Con la guerra otros muchos se perdieron como consecuencia de la artillería. En 1943 los nazis saquearon la fuente El Diluvio. En 1945 el parque recuperó el nombre de Casimiro el Grande.

En la década de los años 90 del siglo pasado se llevó a cabo una restauración del parque y en 2014 se reconstruyó la fuente con su forma original.

La estatua representa el momento en que murieron animales y personas que no encontraron refugio en el arca de Noé. En el centro de la fuente hay un hombre, que sostiene con el brazo izquierdo a una mujer debilitada. Con otra mano, intenta subir a la roca. Al pie de la roca se encuentra una madre joven, muerta de agotamiento que ha salvado a su hijo.

La segunda figura es un oso solitario, con su cabeza apuntando hacia el este y su pata derecha levantada sobre una roca.  La tercera parte muestra a un hombre que lucha con una serpiente envuelta alrededor.

Frente a la fuente se encuentra la Parroquia de San Pablo y Pedro (Parafia pw. Św. Apostołów Piotra i Pawła).

Fue construida entre 1872 y 1876 durante el período de los combates más intensos del gobierno prusiano con el polaco. De rito evangélico es de estilo historicista con detalles neo-románicos y neogóticos. Pero destaca más su trasera que su fachada.

En 1918 se dejó de usar como lugar de culto y en 1945 pasó a la comunidad católica, aunque había sufrido bastantes daños durante la guerra en techo, fachada y torre. Tuvo que ser renovada para recuperar los órganos y vidrieras.

También en el parque, y muy próximo a la iglesia se encuentra el Monumento a la Libertad (Pomnik Wolności).

Este monumento está dedicado a los soldados soviéticos y polacos caídos durante la lucha por la liberación de la ciudad en enero de 1945. En la base hay una placa con la inscripción “Civitas Bydgostiensis Libera”. En sus alrededores hay una lápida que conmemora 11 soldados polacos muertos.

Primero se colocó una lápida donde se habían enterrado a los soldados y se colocó temporalmente el obelisco hasta que se construyera un monumento digno. En 1948 se decidió convertirlo en Monumento a la Gratitud hacia el Ejército Rojo, pero no había fondos para construirlo y no se tenía muy claro dónde. En 1955 volvió a plantearse la construcción, pero de nuevo un año más tarde quedó en nada.

Finalmente, a petición de los habitantes de la ciudad, en 1990 se aprobó una resolución para cambiar el nombre del monumento cambiando Gratitud por Libertad. Se inauguró en noviembre de 1991.

Volviendo hacia correos, haciendo esquina se alza la Iglesia de las Clarisas (Kościół rektorski pw. Wniebowzięcia).

Las clarisas llegaron en 1615 a la ciudad y levantaron la iglesia en este lugar para que estuviera cerca del hospital del Santo Espíritu. Se construyó sobre la estructura de un templo anterior y tuvo que ser ampliada con el paso de los años para adaptarse a las nuevas necesidades. El montasterio quedó disuelto en 1835 con la ocupación prusiana y las clarisas se trasladaron a Gniezno. En aquel momento la iglesia dejó de emplearse con fines religiosos llegando a ser incluso a ser usada por los bomberos.

En 1920 volvió a recuperarse como iglesia y durante los años siguientes se renovó. En 1941 fue cerrada por los nazis y en los años 50 se llevaron a cabo tareas de conservación, que dejó el aspecto que vemos hoy en día.

Siguiendo de frente, la calle Jagiellońska se convierte en Marszałka Focha y según avanzamos nos encontramos de frente con la Ópera Nova.

La ópera comenzó a ser popular en toda Polonia gracias a los alemanes. Así, tras la II Guerra Mundial se decidió instalar una ópera permanente en la ciudad. Se probó en 1947 con los alumnos de las escuelas de música de Bydgoszcz y Torun y, aunque tuvo éxito, la idea no salió adelante por falta de apoyo financiero y organizativo.

En 1955 la Sociedad de Música promovió una nueva iniciativa, la del Opera Studio, un teatro de ópera profesional y gracias a la cooperación con la Filarmónica de Pomerania y el coro “Arion”, en 1956 finalmente se formó el Comité de Creación del Teatro Musical de los Ciudadanos.

En 1960 se nacionalizó, y desde entonces surgió la idea de construir un nuevo edificio diseñado especialmente para los espectáculos de ópera, zarzuela y ballet, para que pudieran coexistir las diferentes disciplinas y así que la construcción tuviera una cierta estabilidad. En la ciudad había falta de grandes teatros y sin embargo una creciente aspiración artística.

Así pues, en 1962 se lanzó un concurso para el diseño del edificio y se comenzó a construir. Sin embargo, en 1969 el proyecto se paró y se quedó congelado durante las décadas siguientes. Con el paso del tiempo ha ido recibiendo inversiones que han permitido ir modernizando el complejo y añadido nuevas funcionalidades. No fue hasta 2006 cuando se puso en funcionamiento y hoy acoge convenciones así como eventos culturales y festivales.

El edificio se compone de tres círculos en los que se representan obras de ópera, opereta, ballet y musicales. El primero de ellos es un auditorio para 803 personas, dos salas de ensayo, ballet, coro, almacenes y vestuario y sala de cámara para 189 asientos. También alberga una peluquería. El segundo círculo sirve de ventilación al sótano. Es la planta baja, sala de orquesta y sala de ensayo para el ballet. Además, en él se encuentran los vestuarios en dos plantas del coro y ballet. El tercero pertenece al centro de congresos y cuenta con dos salas de más de 200 asientos, lo que le permite organizar grandes simposios y conferencias.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta el río Brda. Allí suspendida sobre el agua se halla la estatua de “El que atraviesa el río” (Przechodzący przez rzekę).

Se colocó para celebrar la adhesión de Polonia a la Unión Europea y representa a un hombre que cruza el río y en cuyas manos sostiene una varilla y una flecha.

La figura mide 2,2 metros y pesa 50kg. La varilla tiene una longitud de 6 metros y el cable más de 100 metros. Mantiene su postura vertical gracias a que el peso de la escultura se encuentra en el centro.

Cruzando el río nos encontramos con el Molino Jaz Farny (Młyński). Se encuentra en la parte norte-oriental de la isla, en el lugar donde en el siglo XIV se encontraba una rueda de agua. La estructura actual data de 1899 y fue reconstruida en 1929, 1970 y 1996. En 2014-2015 se llevó a cabo la revisión de la presa.

El propósito del molino es superar la diferencia de 3,36 metros en los niveles de agua.

Muy próxima se halla la parroquia Katedra Rzymskokatolicka pw. św. Marcina i Mikołaja.

El complejo incluye la iglesia parroquial (católica), la catedral de la diócesis y el santuario de Nuestra Señora del Amor.

La iglesia es de estilo gótico y según las crónicas ya existía una capilla antes del siglo XIV. Sin embargo, esta quedó destruida por un incendio en 1425 y en los años posteriores se reconstruyó en estilo gótico ampliando la fachada y elevando los techos. Las obras continuaron hasta el siglo XVII añadiendo cuatro capillas laterales y una torre sobre un pequeño campanario.

En 1684 un incendio en un molino próximo provocó daños en la fachada norte y el tejado, por lo que la iglesia quedó bastante afectada y en el siglo XVIII cuando Bydgoszcz pasó al Reino de Prusia cayó en decadencia.

A principios del siglo XIX los rusos y franceses la usaron para fines militares, con lo que destruyeron lo poco que quedaba. No fue renovada hasta 1819, gracias a financiación del Reino de Prusia. Y volvió a ganar importancia convirtiéndose en la iglesia principal de la ciudad.

En el siglo XX, en el período de entreguerras fue renovada y rebajó el número de fieles gracias a que se construyeron otras nuevas parroquias. Sin embargo, durante la II Guerra Mundial volvió a sufrir grandes daños. El fuego de artillería dañó el techo y destruyó ventanas y vidrieras. Nada impedía que el agua entrara al interior, lo que causó más problemas. Así pues, en la década de los 50 tuvo que ser renovada de nuevo.

Ya en este siglo se han reemplazado el techo del presbiterio, la sacristía y la torre de la iglesia, así como otras renovaciones menores.

Cruzando a la isla llegamos a la zona en la que se suceden los graneros. Estos fueron construidos a finales del siglo XVIII en madera para almacenar los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Se estima que en la segunda mitad del siglo XVI, uno de cada diez habitantes de la ciudad estaba económicamente vinculado con el comercio en el Vístula. Algunos de los graneros que había en ambos muelles eran propiedad de la nobleza, del obispado, de ciudadanos de Gdansk o de Gniezno.

Aunque con la partición de Polonia el comercio cayó, no fue muy drástico porque se establecieron también otras vías como el nuevo canal Oder-Vístula o por el Canal de Bydgoszcz, Noteć y Warta. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida.

Con la ocupación nazi disminuyó el número de edificios, algunos fueron quemados. Los que sobrevivieron a la guerra siguieron siendo utilizados en los años 60. En 1975 se convirtieron en museo y son un símbolo de la Bydgoszcz como ciudad mercantil. Entre ellos se encuentran:

Granero holandés: Construido antes de 1793. Desde abril de 2002 alberga el Museo de Bydgoszcz, que cuenta con una exposición permanente, así como el punto de información turística.

Graneros harvester sobre Brdą: Fueron construidos entre 1793 y 1800 con madera y ladrillo y tejados a dos aguas. Fueron adaptados entre 1962 y 1964 para acoger exposiciones. Entre 1998 y 2006 se llevaron a cabo tareas de renovación general.

White Barn: Es el edificio más antiguo conservado en la zona de la isla. Fue construido en los años 90 en el siglo XVIII y hasta 1974 sirvió como un almacén de grano. Desde los años 80 es un museo en el que se expone la historia y las tradiciones de la artesanía de la ciudad. En 2006-2008, el edificio fue completamente renovado como parte de la renovación del patrimonio cultural en la isla y diseñado para la exposición de colecciones arqueológicas.

Red Barn: es el más grande de todos los que se conservan. Fue construido en 1861 y adaptado en 1975 para las necesidades del Museo Regional. En 2006-2008, fue completamente renovado. Desde 2009 también alberga la galería de arte moderno.

Granero de la calle. Fue construido en los años 1830-1840. En los años 90 del siglo XX fue convertido en un restaurante. Ahora es utilizado por instituciones comerciales.

Barn “Inn Mill“. Fue construido alrededor de 1835 con planta en forma de rectángulo alargado.  En los años 90 del siglo XX se llevaron a cabo renovaciones exhaustivas. Hoy en día alberga el restaurante “Molino taberna.”

Hoy la zona se ha convertido en un espacio de ocio y la gente estaba disfrutando de las fuentes y espacios con agua, porque la ola de calor también había llegado a Polonia y no bajábamos de 35º.

Entre el sur y oeste de la ribera del río Młynówka con la isla se extiende la Wenecja Bydgoska, la Venecia. Esta zona empezó a desarrollarse en el siglo XIX cuando se comenzaron a construir casas, talleres y fábricas. Esta ubicación les permitía un fácil acceso al agua y estar cerca del centro de la ciudad.

A finales de siglo se convirtió en zona residencial e industrial, siendo sus habitantes en la mayoría comerciantes, artesanos y fabricantes. Se podía encontrar la fábrica de cigarrillos “Lukullus” (1925-1939), panaderías, mataderos, imprentas (incluyendo “Diario Bydgoski”), fábricas de alcohol y levadura, un aserradero y restaurantes.

En el siglo XX se convirtió en una atracción turística y lugar favorito de los pintores. No obstante, hoy en día se observa cierto deterioro, ya que no todas las casas han sido restauradas.

Esta particular Venecia la conforman las calles Przyrzecze , Długiej , Wełniany Rynek , Poznańskiej, Świętej Trójcy y Czartoryskiego.

Paseamos tranquilamente por la ribera, entre sus puentes con candados, hamacas para sentarse al sol y esculturas curiosas, como la Wielkie krzesła de un par de sillas de diferentes tamaños.

Desde allí nos dirigimos hacia el casco antiguo, pasando por el monumento ecuestre de Casimiro el Grande (Pomnik Kazimierza Wielkiego), quien sostiene en su mano derecha un cetro y el acta de fundación de la ciudad. La escultura es de bronce y se eleva 5 metros sobre un pedestal de granito de 7 metros. Pesa 20 toneladas.

Frente a la estatua está el Tribunal, un edificio de estilo palaciego.

Continuamos hacia la plaza central callejeando un poco por el centro. En esta zona adoquinada predominan edificios de colores que parecen bastante recientes.

Pasamos por el Ayuntamiento (Ratusz), que se encuentra algo escondido. El original fue construido poco después del establecimiento de la ciudad en la Plaza del Mercado, como solía ser habitual en la época medieval. Se quemó en un incendio en 1425 y fue reconstruido en estilo gótico. Pero pasó por la misma suerte y acabó quemado en 1511 en el incendio que asoló la ciudad. Volvió a ser reconstruido y esta vez quedó asolado tras las guerras suecas. No obstante, como no hay dos sin tres, en 1708 pasó por un nuevo incendio.

Con tanta tragedia acabó totalmente derruido y las autoridades municipales decidieron construir uno nuevo.

En 1830 al derruir el viejo ayuntamiento aparecieron bajo las ruinas bóvedas subterráneas. En 2010 se comenzó una investigación arqueológica en la que se encontraron los cimientos de la torre y rastros de asentamientos de la ciudad anteriores a la fecha en que se fundó.

La Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) es la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. Esta surgió en 1346. El pavimentado es más tardío, de 1604.

En la Edad Media se celebraba el mercado los sábados, que luego fue ampliado también a los martes, además de seis ferias adicionales durante el año : 21 de enero (Santa Inés), el Corpus Christi, 1 de septiembre (San Gil), 4 de octubre (San Francisco), 13 del mismo mes (San Antonio) y 11 de noviembre (San Martín).

En el siglo XVII en la plaza había una iglesia, una escuela jesuita, un teatro… y fue ampliándose en el siglo posterior.

En 1788 se instala en el mercado la primera iluminación artificial con lámparas de aceite.

A principios del siglo XIX la plaza se había convertido en la principal de la ciudad y en ella se desarrollaban casos políticos importantes. Por ejemplo, se anunciaron nombramientos o el decreto sobre la creación del Ducado de Varsovia.

Entre 1830 y 1834 las autoridades prusianas demolieron los restos del antiguo ayuntamiento y el juzgado se trasladó a la calle larga. El colegio jesuita se trasladó al edificio de nueva construcción de la plaza Libertad y la Universidad se trasladó a un edificio de la Calle larga. En 1862 se colocó la estatua ecuestre de Federico II. En 1909 se inauguró la escultura “Los niños que juegan con un ganso”, una fuente.

En la segunda mitad del siglo XIX se llevaron a cabo tareas de reconstrucción de casi todas las casas que quedaban en pie en la plaza. Otras fueron demolidas para dejar sitio a nuevas edificaciones. A finales de siglo circulaban los tranvías, la línea roja y la verde.

El 20 de enero de 1920 se llevó a cabo una ceremonia para celebrar la toma de poder tras 148 años bajo dominio prusiano. En ese momento ya no estaba el monumento de Federico II, los alemanes se lo habían llevado antes de la firma del Tratado de Versalles.

Durante la ocupación nazi se ejecutó a 50 habitantes de la ciudad los días 9-10 de septiembre de 1939. A principios de 1940 los nazis destruyeron la iglesia jesuita y todo el lado oeste de la plaza. En el espacio resultante querían construir un nuevo ayuntamiento de estilo nacionalsocialista y ampliar la calle para crear una ruta del desfile para las Fuerzas Armadas. En 1941 Hitler mandó colocar de nuevo el monumento a Federico II.

En enero de 1945 en la plaza se llevó a cabo la lucha por la liberación de Bydgoszcz, que concluyó el 24 de enero. La munición soviética dañó el edificio del teatro municipal y la artillería alemana quemó cuatro casas de la parte oriental de la plaza.

Tras la II Guerra Mundial se comenzó a trabajar en reconstruir los edificios. La estatua de Federico II fue retirada. En las décadas siguientes se reconstruyeron varios edificios, no así la iglesia jesuita, ya que el nuevo estado era laico.

En el centro de la plaza se alza el Monumento a la lucha y el martirio (Pomnik Walki i Męczeństwa Ziemi) en honor de los polacos asesinados por los nazis y unión soviética. La estatua muestra a un grupo de personas en lucha y sufriendo. Manifiesta la expresión del dolor y de protesta contra la tiranía y el genocidio.

Realizada en bronce tiene una altura de 7,5 metros y un peso de más de 12 toneladas sobre una base de granito. Están tallados los nombres de los lugares asociados con el martirio de los habitantes en la provincia de Bydgoszcz.

No es una plaza que deslumbre, pues los edificios se ven muy nuevos y de épocas próximas. Apenas destacan un par de construcciones sobre las demás, pero tiene cierto encanto.

Muy cerca se encuentra la Iglesia de San Andrés (Kościół pw. św. Andrzeja Boboli). Se construyó entre 1901 y 1903 para la comunidad evangélica en el lugar en que ya había otro templo. De estilo neogótico, cuenta con una torre de 75 metros de altura que destaca en la panorámica de la ciudad.

En 1945 fue ocupada por los comunistas y usada como escuela de artesanía. Un año más tarde pasó a mano de los jesuitas, quienes llevaron a cabo trabajos de restauración y le dieron el nombre de San Andrés Bobola.

En la década de los 60 se convirtió en centro de referencia en la actividad misionera, después en un centro intelectual y en los años 80 en un lugar para la oración por la patria. En 1989 Solidaridad la consideró la iglesia patronal.

Con el sol ya cayendo, emprendimos el regreso. Compramos la cena en un supermercado y nos volvimos al hotel.

Preparativos de nuestro viaje a Letonia, Lituania y Polonia

Tras volver de Suiza comenzamos a planificar nuestras vacaciones de verano. Queríamos dedicar unos 10-15 días a recorrer Europa en tren tal como habíamos hecho en 2013 por Benelux o en 2015 por Capitales Imperiales.

Teniendo en cuenta que no queríamos repetir destino, estaba claro que íbamos a elegir Este.

O bien la antigua Yugoslavia, o bien antiguas repúblicas soviéticas. Para salir de dudas, estuve indagando sobre vuelos, posibles itinerarios y conexiones ferroviarias de ambas opciones, y ahí comenzaron los problemas.

Una ruta que nos habíamos planteado cubría Liubliana, Zagreb, Belgrado, Sarajevo, Podgorica, Tirana y Skopje. A priori, con el mapa delante, parecía una buena idea. Son ciudades que están a relativa corta distancia, de países distintos y con atractivos diferentes cada una. Había que jugar con fechas y diferentes aeropuertos para conseguir optimizar los días, pero después de mucho trastear, parecíamos tenerlo.

Sin embargo, en la práctica, corta distancia no significa corto trayecto. O ni siquiera que exista conexión. Cuando me puse a investigar sobre trenes, horarios y duración de los viajes me encontré con que en Bosnia se iban a llevar a cabo trabajos de renovación de todas las vías ferroviarias. Además, según la página del Ministerio de Asuntos Exteriores, si cruzábamos a Kosovo podríamos tener problemas en los puestos fronterizos, ya que España no lo reconoce como país (no sea que tengamos que reconocer el derecho a la independencia de algunos territorios propios).

Así pues, la cosa se nos complicaba, mayo avanzaba y no teníamos nada cerrado. Por tanto, decidimos dejar esa zona para otro momento y valorar viajar más al norte. Cuando hicimos el crucero por el Báltico nos habíamos quedado con las ganas de visitar Riga, y también llevábamos tiempo queriendo pisar suelo polaco, así que como Lituania está en medio, concluimos que ya teníamos plan B: Riga-Vilna-Polonia. ¿Y quizá Bielorrusia y hacer una excursión a Minsk?

Este nuevo objetivo era más sencillo, ya que teníamos buenas combinaciones de vuelos y, aunque no había tren Letonia  – Lituania y Lituania – Polonia, sí que había autocares que tenían buena pinta y salían bien de precio. Polonia la íbamos a recorrer en tren y con un mapa ferroviario delante podíamos respirar tranquilos porque pintaba mucho mejor que el plan A.

Con los datos así en bruto y a falta de concretar las ciudades polacas a visitar, encontramos que la mejor opción por fechas y precio era entrada por Riga y salida por Varsovia. Así que, sin demorarlo más, a finales de mayo compramos los billetes de avión Madrid – Riga con AirBaltic y la vuelta Varsovia – Madrid con Norwegian. Ambas compañías desconocidas para nosotros hasta la fecha.

Apenas unos días más tarde, cuando aún estábamos con la ruta sin terminar de concretar, me llegó una alerta de una campaña de los hoteles Ibis en Polonia con habitaciones dobles desde 9€ de julio a diciembre.

Claro, no pude por menos que comprobar si era verdad. Y sí, lo era, había oferta en los hoteles de las principales ciudades polacas. No todos a 9€, claro, pero aún así tenían buen descuento. Fue el empujón que nos faltaba para cerrar el itinerario y, en unos minutos, tras comprobar localización, precio y condiciones, reservamos en Cracovia, Poznan y Varsovia. No nos cuadró ninguno de 9€ porque eran los más alejados del centro, pero pagamos de 22€ a 36€ por habitación. Y algunos con desayuno incluido.

Nuestro itinerario quedó así:

Día 1: Madrid – Riga

Día 2: Riga y viaje a Vilna

Día 3: Vilna y viaje nocturno a Gdansk

Día 4: Gdynia, Sopot y Gdansk

Día 5: Bydgoszcz

Día 6: Poznan

Día 7: Breslavia

Día 8: Cracovia

Día 9: Varsovia

Día 10: Varsovia – Madrid

A finales de junio reservamos los hoteles en Riga, Vilna y resto de ciudades de Polonia. Además, compramos los billetes de autocar para los trayectos internacionales.

Finalmente, en julio, me puse a echar cuentas de si nos merecía la pena comprar esta vez el billete de interrail o mejor los billetes sencillos de los trayectos que fuéramos a realizar. Y pocos números hicieron falta, porque el transporte en Polonia es muy barato. Por ejemplo Cracovia – Varsovia en un tren tipo AVE nos costaba 12€ por persona. La única duda que me quedaba era si comprarlos directamente en taquillas cada día, o hacerlo vía web. La primera opción nos daba movilidad, pero también la posibilidad de que no hubiera plaza. Por otro lado, la segunda alternativa nos restaba improvisación. Eso sí, nos aseguraba asiento y también era más barata (como nos ocurrió con Suiza). Así pues, bajo esta premisa, y teniendo en cuenta que ya teníamos los hoteles y sabíamos dónde empezaríamos o acabaríamos cada día, nos decantamos por llevarlo hecho desde casa.

Los trenes se pueden consultar en las páginas de Polrail, Rozklad o (si se sabe que son de largo recorrido) Intercity.

Tanto Letonia como Lituania son zona Euro, por lo que tan solo tendríamos que cambiar moneda en Polonia, cuya moneda oficial es el Zloty. Pero como siempre hacemos, esperaríamos a sacar en un cajero directamente allí.

Además, los tres países están cubiertos con la Tarjeta Sanitaria Europea y se puede viajar tanto con DNI como con pasaporte.

Y así, es como apenas unos días antes de comenzar las vacaciones terminamos de cerrar la planificación. Se nos había echado el tiempo encima con tanto viaje en el primer semestre y con el cambio de planes. Pero estábamos listos para huir del calor de Madrid y pisar tierras más frías.