Conclusiones del Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá

Y tras concluir el viaje toca volver la vista atrás y hacer un repaso no solo para recordar lo bueno, sino también para tomar nota de lo que se puede mejorar en futuras planificaciones. No era nuestra primera vez haciendo este tipo de viaje por Norteamérica, pero cada una de ellas es diferente. Sí que es cierto que la experiencia de 2012 nos facilitó la organización en cuanto a la hora de contratar seguro, de reservar un coche (teníamos una idea de qué tipo de vehículo necesitábamos para cuatro personas – y su equipaje-), de elegir alojamiento (muy a favor de las habitaciones cuádruples) o de saber cómo organizarnos con las compras o comidas; sin embargo, esta vez teníamos algunas novedades, como el paso de la frontera (dos veces). No obstante, al final fue todo más o menos rodado desde principio a fin.

Nos salió bien la elección de vuelo, pues nos ahorró bastante tiempo a la llegada. Ya que haces escala, mejor que sea productiva y poder pasar el preclearance. Además, no se forman tantas colas en el control de inmigración como directamente en suelo estadounidense (físicamente hablando).

En cuanto al vehículo, habíamos pedido un Ford Edge, y sin embargo nos dieron un Explorer, que es un poco más grande. Cuando nos lo entregaron en Chicago nos parecía enorme y pensábamos que iba a ser demasiado, puesto que quedaba bastante espacio libre de maletero. Sin embargo, a medida que avanzaba nuestro viaje e íbamos separando ropa sucia de limpia y comprando comida o ropa, se fue llenando y llegamos a Boston con cada hueco ocupado, por lo que al final agradecimos el cambio.

Cierto es que a mayor vehículo, mayor consumo, porque otra cosa no, pero en Estados Unidos los coches consumen una barbaridad (el nuestro estaba en una media de 16,8 millas por galón – unos 14 litros a los 100 -). También es verdad que el combustible es algo más barato (unos $3 por galón – a Euro el litro), pero con la tontería vas sumando.

Nosotros acabamos haciendo 1820 millas (unos 2930 kilómetros), que no es moco de pavo, sobre todo si tenemos en cuenta lo aburridas que son las carreteras por aquellos lares (salvo si es entrada o salida de una gran ciudad, que se vuelve algo más estresante). Algo que ya habíamos vivido en el viaje anterior es que las normas de tráfico en Estados Unidos son un tanto diferentes con respecto a nuestro país. Cierto es que podemos conducir con nuestro carnet internacional, pero nos encontraremos con normativas que difieren así como señales que son desconocidas para nosotros (lo cual no nos exime de su cumplimiento). No obstante, en general tanto la normativa como los paneles informativos y el sistema de carreteras siguen una lógica bastante sencilla. No hay que olvidar que estamos en un país en el que usan coches automáticos. Por cierto, conviene recordar a qué corresponde cada letra: P (parking) para aparcar, R (reverse) para marcha atrás, N (neutral) es punto muerto y D (drive) para conducir.

Así, las carreteras están organizadas de la siguiente manera: mientras que las impares discurren de norte a sur (desde la I-5 que va a lo largo de la costa del Pacífico hasta la I-95 en la costa del Atlántico), las pares atraviesan el país de este a oeste o viceversa (comenzando en la I-8 cerca de la frontera con México hasta la I-94 cerca de Canadá).

Pero además, para saber si nos estamos incorporando en el sentido correcto, se indica el punto cardinal. Mucho más sencillo que si apareciera únicamente el nombre de una ciudad que no sabemos ni ubicar en un mapa.

Y es que aunque hay señales con simbología, en Estados Unidos predominan los carteles con escritura. Es común encontrarse con paneles de Right lane must turn rightExit only, Yield, No passing zone, One Way o U Turn, así como ver la normativa escrita cuando cambiamos de un estado a otro para recordar el uso del cinturón, la prohibición de conducir bajo los efectos del alcohol o las velocidades máximas.

Hay que recordar que no en todos los estados tienen los mismos límites de velocidad. Suele oscilar entre las 65, 70 o 75 millas por hora. Y tampoco es igual para todos los tipos de vehículos.

En ciudades baja a 25 mph y en zona residencial a 15. Eso sí, los radares fijos no son comunes, suelen ser móviles, o lo que viene a ser lo mismo un coche de la Highway Patrol o State Patrol escondido entre los arbustos. Por suerte no nos pararon, aunque sí que vimos alguno en nuestro viaje.

No obstante, conducir por autopistas en general no tiene mayor complicación. Las carreteras están bien peraltadas, suelen tener pocas curvas y los carriles son bastante amplios. Puede sorprendernos ver megacamiones adelantando a otros megacamiones o coches que remolcan a otros. En ocasiones son pickups o furgonetas las que tiran, pero hemos llegado a ver vehículos más pequeños, como un simple sedán.

En ciudad la cosa cambia algo más con respecto a nuestro país. Al igual que en carretera es más fácil orientarse, ya que en las grandes avenidas se le añade el punto cardinal. Pero es que además los letreros están bien visibles antes de girar (cerca de un semáforo o señal), con lo que puedes seguir las indicaciones del GPS aunque no conozcas los nombres de las calles.

Además, los semáforos también se hacen notar, quedando ubicados al otro lado del cruce en que nos paramos.

De esta forma no solo quedan visibles para los que lo tienen en su sentido de marcha, sino para los que también están en los laterales, ya que en Estados Unidos está permitido girar a derecha o izquierda cuando tu semáforo está en rojo, pero está en verde para la dirección a la que te quieres incorporar. Siempre que no te vayas a estampar con nadie y que no haya una señal expresa de No turn on red, claro. En Europa para regular este tipo de movimientos recurrimos a las rotondas, pero allí no triunfan mucho. De hecho, la única vez que nos encontramos un flujo circular se había montado un buen atasco porque no parecían saber incorporarse e incluso se paraban dentro de la glorieta para dejar pasar a los demás. Tienen otro estilo de conducción sin duda. En el viaje anterior llegamos incluso a incorporarnos a la autopista por semáforos intermitentes que daban paso a cada uno de los tres carriles alternativamente. Una forma de hacer cremallera, pero totalmente regulada.

Cuando no hay semáforo también están permitidos este tipo de giros y, en caso de que haya un stop y lleguen varios vehículos a la vez, todos hacen su parada reglamentaria y después continúan la marcha según el orden de llegada. Y aquí no vale picaresca, por lo que hemos visto, lo cumplen. Un FIFO en toda regla. Si hay duda, tiene prioridad el de la derecha.

Para el tema del aparcamiento hay que leer también, ya que suele haber bastantes señales de prohibido estacionar según los días o las estaciones del año (sobre todo por la nieve, que debe pasar el camión de limpieza). Y ojo con los parquímetros. Conviene llevar monedas de 25 centavos a mano (los famosos quarters), que es con lo que funcionan, aunque ya hay ciudades como Boston que se han adaptado a las nuevas tecnologías.

En Canadá el asunto cambia un poco. Para empezar, nada más cruzar la frontera nos encontramos con que volvemos a los km/h y a la gasolina por litros y no por galones, lo cual es de agradecer. Las señales tampoco son iguales. Las que más llaman la atención son las coronadas. Al igual que las estadounidenses suelen indicar el punto cardinal y, en zonas fronterizas entre provincias anglófonas y francófonas (o la capital) están en bilingüe.

También comparten con el país vecino las señales con escritura, aunque vimos algo más de simbología.

Canadá cuenta con más de 5.500 km de carreteras en línea recta de este a oeste y 4.600 km de norte a sur. Su vía principal es la Transcanadiense (Trans-Canada Highway / Route Transcanadienne), una autopista que atraviesa todo el país de forma similar a la Ruta 66 estadounidense. En sus dos rutas (norte y sur) enlaza las diez provincias. Cada una de las ellas cuenta con sus propias normal locales, por lo que los límites de velocidad pueden variar (generalmente entre los 100 y 110 km/h en las autopistas, 90 km/h en las carreteras nacionales y 50 en ciudad). Además, es un país con bastantes radares y una estricta legislación en cuanto al consumo de alcohol (nunca superior a 0.08%).

También cuenta con una normativa concreta sobre el uso de neumáticos en los meses de invierno. Lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta las temperaturas que suelen tener con nevadas sobre nevadas. Pero por lo que pudimos transitar, las carreteras canadienses estaban en mejor estado que en los tramos de Chicago a la frontera y desde Quebec a Boston. Y es que Estados Unidos una vez que sales de las grandes ciudades, el resto está un poco olvidado.

En el ámbito urbano, la señalización y normativa es similar en ambos países y tenemos tanto los letreros como los semáforos bien visibles.

Del mismo modo hay que leer detenidamente a la hora de aparcar, sobre todo en Montreal, donde los carteles son una auténtica locura porque no solo está prohibido o permitido según el día, sino también por franja horaria. Y claro, los parquímetros también tienen su aquel.

No obstante, nosotros recurríamos al coche para movernos de una ciudad a otra. Una vez que llegábamos a nuestra parada, intentábamos dejarlo estacionado en el alojamiento y recurrir al transporte público.

En Chicago se agradece, ya que es una ciudad que aunque el centro se articula en torno al Loop, lo cierto es que hay también barrios por ver fuera de esa zona, y más si tienes el alojamiento algo apartado. Nosotros nos sacamos la Ventra Card, que se puede recargar con billetes, pases o con dinero. Puede incluir hasta 7 personas, así que con una estábamos cubiertos los 4. La emisión cuesta $5, pero son integrados en el saldo al registrarla en la web. Es muy fácil conseguirla:

Aunque nos hubiéramos movido poco en transporte público, lo cierto es que casi con el trayecto desde el aeropuerto hasta el apartamento nos habría salido rentable. Pero en cualquier caso, quedó bien amortizada pues tomamos tanto metro como buses.

Además, Chicago se puede descubrir a dos ruedas, ya que tiene un sistema de préstamo de bicicletas de un llamativo color azul.

En Toronto, a pesar de que es la metrópolis más grande de Canadá, recorrimos casi todo a pie. También es verdad que recurrimos al metro para lugares más alejados como Casa Loma y en una ocasión para el tranvía. Para estos casos sacamos billetes sencillos, que funcionan con unas pequeñas fichas de aluminio, los tokens.

Se venden en múltiplos de tres (algo muy peculiar) por $9 y no tienen fecha de vencimiento. En lugar de pasar por los tornos, has de pasar al lado de la ventanilla, ya que es ahí donde tienen una especie urna de metracrilato y donde hay que depositarlos.

La línea amarilla de metro es quizá la más útil para el visitante, ya que conecta el norte de la ciudad con el centro con paradas en la mayoría de los puntos de interés de la ciudad: CN Tower, el Rogers Centre y el Ripley’s Aquarium, el St. Lawrence Market y el Hockey Hall of Fame, Dundas Square, CF Toronto Eaton Centre, City Hall y Nathan Phillips Square, el Royal Ontario Museum o, como decía, la Casa Loma.

Y si Chicago tiene su préstamo de bicicletas, una ciudad tan verde como Toronto no podía ser menos.

Ottawa es tan pequeña que no hay ninguna duda al respecto. Nuestro Explorer se quedó en el hotel de CSI y nosotros caminamos tanto a la zona del Parlamento como al animado barrio del Byward Market.

En Montreal tuvimos claro que nos moveríamos en transporte público por los complejos criterios de aparcamiento. Ya nos encontramos con el problema nada más llegar a la zona olímpica. Así que como lo demás quedaba en un área más o menos asequible a pie, no volvimos a mover el coche. Para lo que nos quedaba más alejado: metro o bus.

Su red de metro (prácticamente subterránea en su totalidad por una cuestión climatológica) cuenta con 68 estaciones, cada una de ellas convertida en galería de arte gracias a que fueron diseñadas por arquitectos distintos, que intentaron reflejar el espíritu del barrio en que se localiza.

Además en la Plaza Victoria podemos encontrar uno de los pórticos originales del arquitecto francés Héctor Guimard.

Para usar el transporte público nos hicimos con unas tarjetas contactless conocidas como VIVE y que pueden ser pases diarios, semanales o por franjas horarias, como el Unlimited Evening.

Y sí, Montreal también tiene bicicletas de alquiler.

En Quebec se repitió prácticamente la situación de Ottawa, solo que incluso es más favorable al peatón, ya que su origen europeo se ve reflejado en calles estrechas y adoquinadas por las que no pasan coches, o tan solo residentes.

Aunque si hay un medio de transporte que caracteriza a la ciudad es el histórico funicular de 1879 que une la ciudad alta con la baja.

En Boston ya no nos quedaba otra, pues al igual que en Chicago, no teníamos coche. Algo totalmente premeditado, pues para conocer una ciudad con tanta relevancia histórica, hay que patearla a fondo. Prueba de ello son el Black Heritage Trail y el Freedom Trail. No obstante, dado que teníamos el apartamento fuera del centro y que también fuera de la ciudad se encuentra Harvard, sabíamos que íbamos a acabar echando mano del transporte público, sobre todo del metro.

No tiene el reconocimiento artístico como el de Montreal, sin embargo sus estaciones destacan por contar con imágenes de la historia de la ciudad relacionadas con cada parada.

Echamos cuentas de los viajes que preveíamos que íbamos a hacer y concluimos que la mejor opción era sacarnos las CharlieCards, que se pueden recargar tanto con saldo (y el metro (o el bus) lo descuenta en función del trayecto) como con pases (ya sean diarios, semanales o mensuales).

Aunque su metro es uno de los que más volumen de pasajeros mueve en todo Estados Unidos, Boston es apodada con frecuencia como “The Walking City”, ya que en comparación con otras ciudades del país, su población se mueve bastante a pie. En ello influye claramente el factor estudiantil y su centro compacto. Y por supuesto, en una ciudad con tanto centro académico sería impensable que no hubiera también sistema de préstamo de bicicletas.

Así, el coche quedaba como medio de transporte entre una ciudad y otra. De esta forma teníamos la movilidad de poder configurar un itinerario a nuestro antojo. Y es que además de tener que superar importantes distancias entre un núcleo urbano y otro, la mayoría de los ciudadanos de Norteamérica usan el automóvil como su principal medio de transporte. Es decir, moverse en tren o bus es realmente complicado. Por la experiencia anterior sabíamos que teníamos que intentar planificar etapas no muy largas de conducción para que no fuera tedioso. Así, intentamos que cada día hiciéramos como mucho unas 4 horas de carretera, lo que supuso que hubiera un par de días de parada técnica en medio de la nada, por así decirlo. Y fue precisamente esos días en los que los que recurrimos a hoteles.

Nuestra idea original en cuanto a alojamientos era buscar habitaciones cuádruples en hoteles, pero en las grandes ciudades fue realmente complicado encontrar algo que se adaptara a nuestro presupuesto, por lo que tuvimos que elegir apartamentos. Así, acabamos alternando hoteles con apartamentos en función del precio y la disponibilidad. Los hoteles se quedaron para las etapas de tránsito, como London, Ottawa o Merrimack. En general eran cómodos, limpios y estaban bien situados. Además, incluían desayuno. Sí que es verdad que no eran muy variados, pero solían tener algo salado, algo dulce (esas máquinas de gofres) y algo (poco de fruta) además de las bebidas calientes y los zumos o yogures. Por lo que es una comida menos de la que te tienes que preocupar.

La única pega de las habitaciones cuádruples es que hay que ser organizados con el equipaje para que la estancia no se convierta en un caos, así como establecer turnos para la ducha. Pero funcionó bastante bien.

El único que quizá desentonó fue el de Ottawa, que parecía un motel en el que grabar un capítulo de CSI. Pero bueno, solo era una noche y nos lo tomamos como una anécdota que recordar. Tampoco es que la ciudad nos marcara mucho.

Los apartamentos eran todos tal y como se mostraba en las fotos de los anuncios. En la mayoría no conocimos a nuestros anfitriones, sino que teníamos o códigos para abrir la puerta o bien algún candado en el que encontrábamos la llave. Afortunadamente no tuvimos ninguna incidencia reseñable (salvo en Montreal con la cisterna). También es verdad que no pasamos mucho tiempo en ellos, por lo que aunque algunos tenían cocina pequeña (Chicago) o falta de salón (Toronto), cumplieron con su función.

Y es que a lo que íbamos era a estar en la calle, a palpar el ritmo de las ciudades. Porque a diferencia del viaje por la Costa Este, en esta ocasión era casi todo el itinerario de estilo urbanita. Tan solo se salvaba la parada en las Cataratas del Niágara, y quizá fue la más corta de todas, pues la climatología nos trastocó los planes. No obstante, a pesar de tener que reajustar e improvisar en algunas ocasiones, en general podemos decir que cumplimos con nuestras intenciones. Aunque he de reconocer que en algunos casos fuimos algo a la carrera. Normalmente tenemos un ritmo bastante bueno y es fácil que en un día pateando la ciudad nos hagamos unos 21 kilómetros; sin embargo, el llevar la cámara reflex conlleva alguna parada más y un ritmo algo más pausado y observador. Además, los días acaban pesando, y no es lo mismo un viaje de cinco días que tienes la energía al máximo, que cuando ya vas por los diez u once. Así que, es algo a tener en cuenta para la próxima vez que hagamos un viaje similar (parece que apunta a 2023).

Otro aprendizaje que nos llevamos es el de paso de frontera, que no fue tan complicado como pensábamos. Yo me imaginaba un control fronterizo en el que tuviéramos que aparcar el coche y dejarle las llaves al funcionario de turno para que lo revisara y/o vaciara. Sin embargo, fue mucho más sencillo sin tener que rellenar ningún tipo de documentación. Tanto a la entrada de Canadá, como a la de Estados Unidos, solamente tuvimos que responder preguntas rutinarias similares a las del aeropuerto. Quizá es porque nuestra piel es lo suficiente blanca y más o menos nos defendemos con inglés. Imagino que si no sabes responder o tu aspecto les parece “sospechoso”, el asunto irá más lento y exhaustivo. En nuestro caso ni siquiera obtuvimos el sello de Canadá en nuestro pasaporte.

Aunque supongo que es lo mejor que nos puede pasar en un paso de fronteras, que resultemos tan insignificantes. Afortunadamente tampoco tuvimos ningún percance en carretera y no tuvimos que recurrir al seguro de viaje. No obstante, mejor no escatimar en este aspecto para evitar enfrentarse después a la sanidad norteamericana. En Estados Unidos el traslado en ambulancia puede rondar los $500, pero además te cobran la gasolina y si te han tenido que poner oxígeno o algún medicamento. Si además precisas de hospitalización la factura sube y sube. Y eso con un simple accidente o intoxicación. Si ya nos vamos a una intervención como una apendicitis el importe puede ascender a los 40.000 dólares.

Así, un buen número de estadounidenses no pueden permitirse acudir al médico, mucho menos pedir una ambulancia. Ni siquiera pueden pagarse un seguro que puede llegar a una mensualidad de $300. Y eso en caso de que las compañías les acepten como asegurados, ya que con los niveles de obesidad del país (aproximadamente un tercio de la población adulta es obesa y otro tercio tiene sobrepeso), muchos son rechazados porque son vistos como potenciales enfermos. En el 2010 la reforma conocida como Obamacare impuso cambios en el sistema, no obstante, con la llegada de Trump todos los avances se han revertido.

Por su parte, la sanidad en Canadá se rige por los principios de que sea administrado por entidades públicas sin interés particular; de que sea accesible para todos los ciudadanos; de que cubra a todos aquellos que médicamente lo necesiten; de que sea universal para todos los ciudadanos canadienses, por el mero hecho de serlo; y la de la garantía de que serán atendidos en otra provincia que no sea la de origen. Este sistema quizá nos hace pensar que se asemeja al español por aquello de público, gratuito y universal; sin embargo, en realidad la sanidad canadiense está reservada únicamente a los residentes legales que además cumplan determinados criterios.

Así pues, como visitante no tenemos derecho a la misma atención y nos tocaría pagar por todo. Por ejemplo, simplemente acudir a consulta puede salir por unos $150. Si vamos a urgencias siendo no residentes el inicio puede estar en los $1.000. Ojo: solo por la atención, después del diagnóstico la factura sube. Pero es que si los traslados de Estados Unidos nos parecían una barbaridad, hay que tener en cuenta las distancias en Canadá (y la época del año en que viajemos), así como que puede que estemos en una población en la que no haya hospital. En casos así es probable que el trayecto tenga que ser hecho en avioneta, lo cual puede hacer que la factura alcance los $60.000. Por lo que, como decía unas líneas arriba, mejor viajar con una buena cobertura médica.

En nuestra planificación también habíamos previsto la necesidad de llevar una tarjeta de teléfono. No fue especialmente barata, ya que nos costó 40€ para 15 días (ni siquiera para todos los días del viaje), pero era la mejor opción de todas las que barajamos y nos incluía llamadas y SMS ilimitados además de datos ilimitados en EEUU y 5Gb de Roaming en Canadá.

El único problema que nos encontramos fue un tema de terminales, ya que una vez que llegamos a la Costa Este el único teléfono que nos servía fue uno americano (que había comprado mi hermano un par de años antes en un viaje a Nueva York porque le había ocurrido algo similar). Así que algo más que tendremos en cuenta para un futuro es comprobar las bandas de frecuencia del lugar al que viajamos y de las que dispone nuestro teléfono. Si no, habrá que hacerse con un móvil básico para estas ocasiones.

Por otro lado, acertamos con las tarjetas monedero, aunque nos dieron algunos problemas puntuales. El primero en la frente, de hecho. Cuando fuimos a comprar la ventra no nos quedó otra que usar la American Express porque no aceptaba ni la Revolut, ni la Bnext ni la de Monzo. Debía ser un tema de la máquina, porque por lo demás, pagamos en gasolineras, en supermercados, en tiendas más pequeñas, sacamos efectivo…  y sin incidencia.

Fueron todo un descubrimiento y se han convertido en imprescindibles en nuestros viajes. Merecen un post aparte.

Y, para concluir, quiero acabar con un resumen de gastos por persona:

Así pues, dejando fuera los gastos individuales en ropa, calzado o recuerdos, la suma hace un total de 1.773,01€, una cifra prácticamente calcada (44€ de diferencia) a los 1.817,11€ que gastamos en nuestro viaje a la Costa Este. Pensé que se nos iba a disparar un poco más por el cambio de los Dólares con respecto al Euro, menos favorable que en 2012. Además, el coche también nos salía algo más caro y esta vez no nos íbamos a alojar en casa de familiares. Sin embargo, parece que hemos hecho buenas elecciones y nos hemos sabido ajustar al presupuesto. Aunque en realidad tiene más que ver con la inercia y la costumbre que con andar contando los céntimos.

Es verdad que nos han fallado un par de atracciones (menos mal que no sacamos las entradas por internet esta vez) y eso que nos hemos ahorrado, pero mucho tiene que ver el gasto en comida. Son países en los que, en general, sirven demasiada cantidad por menú, aunque también hemos hecho compra en supermercados aprovechando los envases de tamaño familiar (tanto para lo sano, como para lo que no).

Después de un largo día visitando una ciudad, acompañábamos la cena con una cerveza bien fresca. De esta forma no había problema en tener que coger el coche o el transporte público de vuelta a casa.

Y con este resumen nos despedimos de Norteamérica, aunque, como ya digo, ya nos ronda para 2023, año en que los puentes de mayo vuelven a ser rentables.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 11: Paso de frontera a Estados Unidos y llegada a Merrimack

Llegamos al día 11 de nuestro viaje. Teníamos planeado originalmente visitar el Canal Lachine, pero nuestro anfitrión nos dijo que no había mucho que ver y como teníamos muchos kilómetros por delante y además un cambio de frontera, decidimos tirar millas. Con la planificación el trayecto entre Montreal y Boston nos suponía la misma problemática que el de Chicago a Toronto: demasiados kilómetros para hacer del tirón con recogida/entrega de coche y con paso fronterizo además. Así que, al igual que al principio hicimos noche en London (ya en tierras canadienses), en este caso elegimos Merrimack, a unos kilómetros de Boston, para así asegurarnos llegar con tiempo a la oficina de Avis.

La elección de Merrimack además no fue aleatoria. En Estados Unidos cada estado tiene unos tipos impositivos diferentes, por ejemplo, Nueva York tiene un 8.49%, sin embargo, New Jersey un 6.85%. De ahí que sea frecuente en un viaje a Nueva York acercarse al famoso outlet de New Jersey. Illinois tiene un 8.64% y Massachussets un 6.25%, pero es que New Hampshire no tiene. Oregón, Montana y Delaware son los otros tres que tienen un 0%. Y en Merrimack hay un Premium Outlets, por lo que parecía una parada interesante para matar dos pájaros de un tiro. Por un lado un lugar para hacer una parada técnica y por otro echar un ojo a la ropa y calzado. Además estaba al lado del hotel.

Aún así, de Montreal a Merrimack teníamos por delante 435 kilómetros, así que madrugamos, recogimos, cargamos el coche y nos echamos a la carretera. La frontera sin embargo la teníamos a menos de 100 kilómetros, así que nos la quitamos pronto de en medio. Eso sí, el trámite no fue tan rápido como la entrada a Canadá, ni el funcionario en cuestión tan simpático. Nos pidió pasaportes, se aseguró de quién era quién y le sorprendió ver que no habíamos entrado juntos al país, por lo que hubo que explicarle que unos llegamos a Chicago vía Dublín, mientras que otros llegaron directamente a Chicago. Lo del sello en Dublín le despistó. Además, nos hizo las preguntas de rigor sobre qué habíamos hecho en Canadá, cuántos días, la relación entre nosotros, cuándo nos íbamos, qué íbamos a hacer mientras tanto en Estados Unidos y si llevábamos algo de comida o animal. Esto último era lo único que nos tenía algo preocupados, pero tan solo llevábamos zanahorias, algo de hummus y guacamole, unas bananas y bolsas de patatas, que no parecía muy peligroso por un tema de insectos, pero como ya tuvimos un incidente con unos plátanos, teníamos la incertidumbre. Y más aún cuando el señor nos devolvió los pasaportes con un gesto de la mano que no sabíamos si significaba échate ahí a un lado, o venga tira. Al final resultó que era lo segundo, por lo que en cinco minutos estábamos ya enfilando las carreteras del verde estado de Vertmont (originales los franceses, ¿no?).

Llegamos a medio día al hotel Quality Inn Nashua y decidimos aprovechar el rato de tarde que quedaba hasta el cierre del centro comercial para hacer una primera aproximación y así salir antes al día siguiente para Boston. Cerca del hotel teníamos un Walmart, y siempre hay un Subway dentro, así que no nos complicamos la vida y decidimos comer allí y de paso echar un ojo a la ropa. Ya habíamos descubierto en la Costa Oeste que Walmart tiene un buen surtido de camisetas estampadas de Marvel, DC, videojuegos y dibujos por un precio bastante asequible. Una camiseta que en España no bajaría de 20€, allí la podemos encontrar por $7.5 (en este caso además, limpios, sin impuestos añadidos). Así que, por un lado hay ahorro por la diferencia de importe, y por otra por el cambio de divisa. Además, son de buena calidad, con un algodón bastante gordito y que resiste bien los lavados. Prueba de ello son las camisetas que ya se vinieron con nosotros en 2012.

Walmart también comercializa vaqueros a $20 y con gran variedad de cortes. Suelen tener tanto Wrangler como Levis, estos últimos bajo la marca Signature, pero salen bastante bien y duran bastante. Eso sí, en mujer es más complicado encontrar, sobre todo si no buscas las modas. En hombre es algo más estándar (aunque también hay estilos más modernos con pata muy ajustada) y es más fácil hacerse con una buena pila de ropa.

Sobre las cinco de la tarde nos fuimos al outlet. Había tiendas que eran de un estilo demasiado pijo para nosotros, por lo que hicimos algo de filtro y con el plano en la mano decidimos centrarnos en unas 5 ó 6 y dejar otras tantas para el día siguiente. Yo iba sobre todo en busca de vaqueros de tiro bajo que desde hace un par de años no se venden en ningún sitio, y en un descarte en Aérospostale encontré unos por $7.99, así que me di por satisfecha. Entramos en Adidas, Reebok y alguna zapatería más sin éxito y acabamos en Columbia, donde salimos cargadísimos. Además de lo que comentaba de la diferencia de precio y del cambio de divisa, la tienda es un outlet, por lo que los precios son más bajos. Pero es que estaban de rebajas, así que había precios muy interesantes. Y si registrabas el correo electrónico te hacían un 10% de descuento adicional. Yo acabé llevándome estas zapatillas por $22.66 (marcaban $62.96) y una bolsa con el interior isotérmico para llevar la comida al trabajo por $14.36. Tenía mis botas de montaña impermeables que estrené en Escocia y otras de ese mismo invierno algo más ligeras para el día a día, pero si no, habría arrasado con la tienda porque ni en el Decathlon en rebajas habría encontrado ese precio. Había precios absurdos, como el unas que en teoría tenían una tara (que no encontramos) y que por tanto incluían un descuento adicional. De $39.96 que marcaban, al final se quedaron en $12.23.

Ya cerca de las 8, poco antes del cierre, nos fuimos al edificio en el que había varios locales de comida y pedimos en un asiático que la verdad es que era un poco mediocre. La carne estaba un poco chiclosa y las verduras insípidas. Nos costó todo $32.86.

Para terminar el día volvimos al hotel, bastante similar al de London: dos camas, escritorio con televisión, armario, nevera, microondas y cafetera. Por suerte esta vez no parecía que hubieran matado a nadie en nuestra habitación como en el de Ottawa.

Después de organizar un buen despliegue de eliminado de etiquetas y de reorganización de maletas y bolsas nos echarnos a dormir. Al final fue productivo el día.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 V: Montreal: Quartier des Spectacles y Chinatown

Los bagels a media mañana nos habían dado energía, pero eran las 4 de la tarde y había hambre. En la calle Sherbrooke directamente nos olvidamos, pues sabíamos que los precios iban a ser desorbitados, así que probamos suerte en el entorno de la Plaza de las Artes. Y por primera vez en diez días, entramos en un McDonald’s. Dadas las horas que eran tampoco estábamos para andar sopesando muchas opciones, así que entramos, pedimos un par de ensaladas griegas, una hamburguesa de pollo a la barbacoa y un wrap. Lo acompañamos con un par de patatas y un par de bebidas, ya que se podía rellenar tanto como se quisiera. Nos salió todo por $40,08. Después tomaron unos helados, que costaron otros $10,19.

Y una hora más tarde, con el estómago lleno y habiendo descansado un poco, continuamos con nuestra visita a Montreal esta vez en el Barrio de los Espectáculos, el distrito con más vida artística y entretenimiento de la ciudad. A lo largo de todo el año sus teatros, cines y salas de espectáculos llegan a acoger unos 40 festivales artísticos y musicales. Hay eventos de todo tipo: de música clásica, ópera, variedades,humor, comedias musicales, danza, jazz, teatro… Pero no todo tiene lugar en interiores, ya que la cultura también se vive en las 8 plazas públicas que conforman el barrio.

La plaza central es la Place des Arts, compuesta por seis salas de espectáculos: la Salle Wilfrid-Pelletier, la Maison Symphonique, el teatro Maisonneuve, el teatro Jean-Duceppe, la Cinquième Salle y le Studio-théâtre.

La tarde estaba muy animada y la gente estaba disfrutando del sol y las temperaturas suaves que tenían esos días en la ciudad. Además, había a lo largo de la calle peatonal varios espacios con césped artificial que invitaban a sentarse a relajarse.

En el área se encuentra también el Museo de Arte Contemporáneo, también conocido como MAC.

Es la primera institución en Montreal en albergar únicamente arte contemporáneo. Cuenta con una colección permanente de casi 8.000 obras de artistas tanto canadienses como internacionales. Además, cada poco tiempo tiene rotaciones de colecciones temporales.

Tomando la calle Saint Catherine y girando en Saint Laurent Boulevard casi llegando a Chinatown encontramos el Monument-National, uno de los teatros más antiguos de la ciudad.

Fue construido entre 1891 y 1894 con el fin de convertirse en centro cultural franco-canadiense y para albergar los servicios administrativos de la Sociedad Saint-Jean-Baptiste de Montreal. A pesar de no estar acabado, se inauguró en 1893.

En 1971 fue comprado por la Escuela Nacional de Teatro y a finales de siglo se renovó. En la actualidad incluye tres teatros: la Salle Ludger-Duvernay, el Studio Hydro-Québec y el pequeño teatro La Baranda.

Enfrente se encuentra la Société Des Arts Technologique, una organización cultural fundada en 1996. Su objetivo es investigar, producir, promocionar y preservar obras de arte que utilizan nuevas tecnologías.

Fue ampliado en 2010 añadiendo un nuevo piso además de una nueva sala y la gran cúpula que permite ver proyecciones de 360º.

Estos edificios sirven de límite con Chinatown, que se desarrolla en el cuadrante alrededor del Bulevar Saint Laurent.

El barrio queda flanqueado por cuatro puertas: la puerta norte entre Saint-Laurent y René Lévesque, la sur entre Saint-Laurent y Viger, la este entre Saint-Dominique y de la Gauchetiere y la oeste entre Jeanne-Mance y de la Gauchetiere.

Realmente no es un barrio muy turístico, salvo que vayas en busca de comida asiática, ya que hay numerosos restaurantes vietnamitas y chinos, tiendas de especias o mercados. Es el hogar de la comunidad asiática. Incluso tiene el único hospital chino en Canadá.

La construcción más antigua del barrio es el edificio Wing, que se encuentra en la Plaza Sun-Yat-Sen. Albergó una escuela militar, una fábrica de cajas de papel y un almacén. Hoy acoge Wing’s Noodle y Fortune Cookie Factory.

La plaza, inaugurada en 1988, está dedicada a Sun Yat Sen, el padre ideológico de la China moderna. Cuenta con un pequeño escenario de cemento que sirve para eventos, actuaciones y espectáculos. Estaba muy animada con señores mayores jugando al Majhong, cartas y juegos que desconocíamos.

Callejeamos un poco el barrio y volvimos al apartamento a hacer las maletas y dejarlo todo preparado para el día siguiente.

Ya de noche salimos a vivir el ambiente del Gay Village. Las calles del barrio además de decoradas con banderas, tenían unas tiras con pelotas de colores que también conformaban una bandera LGTBI.

 

Después nos fuimos a hacer unas fotos nocturnas en el entorno de la Biosphere, ya que el día anterior viniendo de Quebec lo vimos iluminado. No obstante, cuando salimos del metro aquello estaba todo apagado. De hecho, tuvimos que andar guiándonos con las linternas de los móviles. Nos dirigimos a la orilla opuesta de la isla, junto al Puente Jacques-Cartier, para poder fotografiar el Viejo Puerto y su noria.

Estuvimos allí un rato probando con la larga exposición y nos sorprendió una mofeta, que se nos acercó demasiado y tuvimos que espantar para que no nos soltara su apestoso tufo. Cuando ya nos cansamos de experimentar, para concluir el día, nos fuimos en busca de la cena. No nos podíamos despedir de Canadá sin probar la poutine, así que fuimos al Restaurante La Banquise, que abre 24 horas al día.

La poutine es el más destacado plato típico de Canadá, y en realidad no es nada del otro mundo. Consta de una base de patatas fritas a la que se le añaden taquitos de queso blanco (casi requesón). Todo ello se riega con una salsa de carne, por lo que las patatas quedan blandas. Es un plato muy básico, pero una bomba calórica. Además de los tres ingredientes básicos tradicionales, se le puede añadir cualquier cosa al gusto: carne, verduras, hortalizas…

Surgió en los años 50 en la provincia de Quebec, aunque se ha extendido por todo el país. Parece que nació en un área de servicio cuando un camionero roció sus patatas fritas con queso con salsa de carne. Alguien probó aquella mezcla, decidió que estaba rico y lo añadió a la carta.

Pedimos una clásica y una Matty, que lleva bacon, pimientos verdes, cebolla y champiñones. Nos costaron $19,37.

Eran más de las 11 de la noche y no teníamos buena combinación de transporte de vuelta al apartamento, así que nos las comimos mientras andábamos en el camino de vuelta. Entraron bien porque era tarde y había hambre, pero no son algo del otro mundo. Sí que estaban bien de sabor, pero demasiado grasientas y, al menos a mí, las patatas me gustan más crujiente.

Con esto dimos por finalizado el día y nuestra visita a Canadá.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 IV: Montreal: Mille Carré Doré

Nos bajamos en la parada de metro de Guy-Concordia para seguir nuestro recorrido por Montreal, esta vez la parte oeste de la Rue Sherbrooke, un área también conocida como la Mille Carré Doré. Ya sabiendo que es la milla cuadrada dorada podemos hacernos una idea del nivel adquisitivo que nos vamos a encontrar. También es conocido como el barrio de los museos, por la alta presencia de galerías de arte y del Museo de Bellas Artes.

Comenzamos por el Grand Séminaire De Montréal, el centro de enseñanza sacerdotal de la diócesis de la ciudad.

Fue fundado en 1840 por los Sulpicianos y construido entre 1854 y 1857 en el antiguo Fort de la Montagne, del cual solo se conservan dos torres. Se expandió hacia el este entre 1867 y 1871 para albergar al Collège de Montréal. Desde 1878 acogió la Facultad de Teología, adscrita a la Universidad Laval. Sin embargo, en 1967 estos estudios fueron transferidos a la Universidad de Montreal.

Debía ser la hora de salida del colegio, pues hordas de chavales uniformados se dirigían a las paradas del transporte. La escuela, que en 2017 celebró su 250 aniversario, presume de tener un programa educativo innovador en el que el deporte tiene una gran presencia, pero en el que también impulsan las nuevas tecnologías. Suena a colegio elitista, vaya.

Un poco más adelante, en el cruce con la calle Saint Marc se halla el Masonic Memorial Temple, que fue concebido como lugar de reunión de los masones y monumento conmemorativo de los que dieron sus vidas durante la I Guerra Mundial. Su construcción comenzó en 1929, así pues, finalmente no solo se dedicó a los caídos en la Gran Guerra, sino también en la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea.

Diseñado por el arquitecto de Inverness, John Smith Archibald, el edificio está dividido en una parte baja más austera y una superior que llama la atención por el templo de inspiración clásica.

Caminando por la calle Sherbrooke nos encontramos con altas construcciones, pero también con algunos edificios algo más bajos, de carácter histórico y en cuyos bajos se ubican boutiques, restaurantes, salones de peluquería o tiendas de joyas.

La intersección con la calle Guy marca el pie de la carretera Côte des Neiges, una de las primeras rutas que dio acceso al Monte Royal. En la esquina noroeste se halla una oficina del Banco de Montreal, el primer banco de Canadá. Fue construida en 1928 en estilo Art Deco. Frente a él se encuentra la casa de Robert Stanley Bagg, un edificio de piedra arenisca roja completada en 1892 para un importante hombre de negocios. Hoy acoge en sus bajos tiendas y locales selectos.

En la acera opuesta se halla el Edificio de Artes Médicas, el primer edificio de oficinas construido específicamente con tal propósito en todo el país. Completado en 1923 en estilo renacentista se convirtió en una de las construcciones más altas de la ciudad con más de 45 metros. Como otros rascacielos de la época, está dividido en tres partes según el tipo de materiales utilizados. Su estructura es de acero y su fachada es principalmente de ladrillo y piedra caliza.

En el cuadrante de la Rue Redpath nos encontramos con la Iglesia de San Andrés y San Pablo, de rito presbiteriano y a la que acude el The Black Watch, un regimiento de las Highlands. De estilo neogótico, está realizada en acero y hormigón armado, aunque su interior es de piedra. Cuenta con una única torre de 41 metros de altura.

En realidad esta iglesia es el resultado de la unión de dos congregaciones. San Andrés se formó en 1802 y construyó un templo en la calle San Pedro. A mediados de siglo se mudaron a la esquina de la calle De la Gauchetière, y aunque en 1869 la nueva iglesia sufrió un incendio, fue reconstruida enseguida. Por su parte, San Pablo se formó en 1832 y dos años más tarde erigieron una iglesia en la calle Sainte-Hélène. Esta sería demolida en 1868, pues un año antes se mudaron al lugar que hoy ocupan la Estación Central y la Place Ville Marie. Ambas congregaciones se fusionaron en 1918 y San Pablo dejó su iglesia que acabó convirtiéndose en el Museo de Artes y Oficios de Quebec tras ser salvada de la demolición.

Siguiendo por la Rue Sherbrooke entre la calle Bishop y la Crescent, dos animadas arterias en las que predominan pubs, bares, discotecas y restaurantes, se halla el Museo de Bellas Artes, uno de los 100 museos más visitados del mundo.

Fue fundado en 1860, lo que lo convierte en la institución artística más antigua de Canadá. Es además el museo más grande de Montreal. Alberga 43.000 obras desde la Antigüedad al presente divididas en seis grandes colecciones. Podemos encontrar pintura, escultura, obras gráficas, fotografías y objetos de arte decorativos en sus cuatro pabellones (el Jean-Noel Desmarais dedicado a arte internacional, el Michal et Renata Hornstein a las culturas del mundo, el Liliane et David Stewart a artes decorativas y diseño y el Claire et Marc Bourgie centrado en arte de canadiense y de la provincia de Quebec). En aquel momento había una exposición sobre Picasso.

Frente a su fachada de estilo clásico destaca un tótem similar a los que habíamos visto en el museo de Ottawa.

Frente al pabellón Michal et Renata Hornstein se encuentra una escultura de dos corazones, obra del estadounidense Jim Dine.

Un poco más adelante, en la acera opuesta nos encontramos con Erskine y la Iglesia Unida Estadounidense que, aunque era un templo presbiteriano, ahora pertenece al museo.

Esta iglesia de estilo renacentista románico fue construida entre 1893 y 1894 para servir de lugar de culto a la congregación presbiteriana de secesionistas escoceses. Realizada en piedra, alberga 18 vidrieras de Tiffany, la mayor colección religiosa en Canadá, de hecho. Fue reformada entre 1938 y 1939, momento en que se reconfiguró el interior con un plan de anfiteatro, centrado en la mesa de la comunión. Además, se rediseñó con un estilo binzantino.

El número de fieles cayó significativamente en la década de 1970 y al final en 2004 la congregación se fusionó con otras y la iglesia se cerró. Pasó entonces al museo y ahora bajo el nombre de Salle Bourgie sirve como sala de conciertos y en ocasiones también acoge exposiciones temporales.

El barrio nació a mediados del siglo XIX, cuando la burguesía anglófona comenzó a mudarse a esta zona de la ciudad. Sobre todo se trataba de una comunidad formada por hombres de negocios provenientes de las Highlands. A principios del siglo XX aproximadamente el 70% de toda la riqueza de Canadá pertenecía a estos empresarios. Algunos de ellos son James McGill, William McGillivray (comerciante de pieles), Sir George Simpson (Gobernador en Jefe de la Compañía de la Bahía de Hudson), John Redpath (empresario especializado en azúcar), George Stephen (pionero del transporte ferroviario), Sir William Christopher Macdonald (tabaco) o Sir Frederick Williams-Taylor (director general del Banco de Montreal).

Tras la depresión de los años 30 llegaron los rascacielos y aunque el barrio fue perdiendo su esencia con la demolición de muchas casas y la construcción de nuevos edificios, las que han sobrevivido permanecen como testimonio de aquel pasado glorioso. Se pueden leer placas a lo largo del recorrido recordando su legado.

El edificio que asoma a la derecha de la antigua iglesia es un complejo residencial de 136 apartamentos llamado Le Château. Su construcción comenzó en 1925 e influyó en el desarrollo de la calle Sherbrooke como una arteria prestigiosa. Fue reconocido como el edificio residencial más insigne de la ciudad, una reputación que mantiene el la actualidad.

Con una estructura de acero, está cubierto por piedra caliza de Manitoba. Su tejado es de cobre, siguiendo el estilo de los grandes hoteles ferroviarios de Canadá. Su entrada principal da acceso a las tres alas de las que consta gracias a unos selectivos ascensores.

Frente a estos apartamentos se alza la cadena de grandes almacenes Holt Renfrew. Especializada en marcas de lujo y boutiques de diseñadores es el equivalente canadiense de la estadounidense Barneys y Saks Fifth Avenue. Fundada en 1837 en la ciudad de Quebec bajo el nombre de William Ashton & Co, originalmente era una tienda de pieles especializada en sombreros y gorras. El negocio creció y en 1847 se mudaron de tienda, renombrándola como William S. Henderson & Co. Durante muchos años cambió de dueños, lo que hizo que fuera rebautizada en varias ocasiones. En 1889 la empresa se expandió estableciendo su primera tienda fuera de la ciudad, en Toronto. En 1900 John Henderson Holt, que había empezado como empleado, fue nombrado presidente y la empresa se hizo conocida como Holt, Renfrew & Co.

Con la II Guerra Mundial sufrió el racionamiento de textiles y otros materiales, no obstante, el problema se solventó acortando mangas y dobladillos. Tras la contienda, renació como el mayor minorista de moda y peletería del país. Ganó más renombre aún en 1947 cuando el gobierno canadiense le encargó el regalo de bodas oficial para el enlace de la Princesa Isabel y el Príncipe Felipe. En aquel año además se firmó un acuerdo con Dior para comercializar su alta costura, un contrato que se acabaría convirtiendo en uno exclusivo. A este le seguiría otro en 1962 con Yves Saint Laurent. En 1975 se inauguró la primera tienda en la Costa Oeste en el nuevo Pacific Center, Vancouver. La compañía siguió expandiéndose, incluso con cambios de presidente, accionariado y nuevos formatos de venta. En la década de 1990 se asoció con Chanel.

En 2004 nombró a su primera presidenta, Caryn Lerner, quien venía de Barneys New York, Bloomingdale’s y Escada. Y un año más tarde se llevó a cabo una importante renovación de la marca. Se rediseñó el logo, se incorporó ropa de niños y se amplió el espacio dedicado al calzado.

Pero no solo hay marcas exclusivas como Chanel, Dior o Burberry en Holt Renfrew, justo cruzando la acera se halla la joyería Tiffany’s.

Se ubica en los bajos del Hotel Ritz-Carlton Montreal, inaugurado en 1912 ante unas grandes expectativas.

Durante la I Guerra Mundial los estándares de un hotel de tal nivel fueron complicados de mantener pero sirvió como alojamiento de ricos huéspedes y como lugar de reuniones de la Asociación de Banqueros de Estados Unidos. También allí tenía encuentros con sus amigos el Príncipe de Gales en sus visitas a la ciudad. Y no fue el único personaje de la realeza que lo visitó, ya que en la década de los años veinte fueron invitados la Reina María de Rumanía , el Príncipe Félix de Luxemburgo y el Príncipe Jorge, Duque de Kent.

Se vio afectado por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial y vio cómo las estadías de sus huéspedes eran más cortas. En cierta manera, lo compensó con los residentes, ya que había gente que vivía de continuo en el hotel. A ellos se unieron otros temporales, sobre todo viudas y residentes de la zona mientras las obras de reducción de sus mansiones. No obstante, esto no era suficiente, y se redujeron las condiciones protocolarias para acceder al restaurante, lo que hizo que tuvieran más clientela y consiguieran mayores ganancias.

En 1947 fue comprado por François Dupré, el dueño del Hotel George V y del Plaza Athénée en París. Diez años más tarde el hotel fue ampliado con una nueva que añadía 67 habitaciones y suites. En 1964 Elizabeth Taylor se casó con Richard Burton, lo que le dio muchísima publicidad. Aún así, en las décadas posteriores tuvo que ser renovado, ya que se estaba quedando atrasado para las nuevas épocas. En 1992 fue vendido al grupo Kempinski y pasó por nuevas renovaciones diez años más tarde.

Frente al hotel se erige otro edificio histórico, los Apartamentos Acadia.

Construido en 1925 en el lugar en que se ubicaba la residencia de la familia Orr Lewis en el siglo XIX, fue el primero que se aprovechó de la nueva ley municipal que permitía superar las 10 alturas. Con doce plantas, se construyó siguiendo el estilo y los estándares de los complejos de apartamento que se estaban levantando en aquel momento en Nueva York.

Al otro lado de la calle Drummon se conserva la Maison Reid Wilson, un buen ejemplo de las casas que se construían en el último cuarto del siglo XIX. Terminada en 1883, fue renovada en 1901 por el arquitecto Richard A. Waite, quien reconfiguró la planta y la fachada. Movió la puerta principal a la derecha del edificio usando una de las columnas góticas originales en el nuevo pórtico. Siguiendo el método de los arquitectos del último período victoriano, incorporó elementos eclécticos de varios estilos. En 1951 fue vendido a Corby Distilleries Limited, quien la restauró y renovó. Desde 1974 está reconocida como monumento histórico por el Gobierno de Quebec.

Al lado se conserva la antigua residencia de Louis-Joseh Forget, que se convertiría en la sede del United Services Club en 1927, un club fundado en 1922 por veteranos de la I Guerra Mundial y que después admite a veteranos de las fuerzas armadas. En 1975 el edificio fue comprado por la Fundación Macdonald Stewart, que ahora ocupa la planta principal. Es una de las pocas residencias que se conservan de la última parte del siglo XIX. Al igual que su vecina, fue reconocida como monumento histórico en 1974.

La tercera casa en esta línea es el Club Mount Royal, construida en 1906 en la antigua ubicación de la casa de Sir John Abbott, el tercer Primer Ministro de Canadá.

El estilo de su fachada en piedra caliza recuerda a los palacios renacentistas italianos. También es monumento histórico desde 1975.

Finalizamos nuestro paseo por esta renombrada calle en el cruce con la Peel, donde se encuentra la escultura de Paul Lancz llamada Sensibilidad, representada por una madre y su hijo en mármol blanco de Carrara.

Muy cerca teníamos la estación de metro Peel, así que allí nos dirigimos para no cubrir a pie la distancia que nos separaba de la Plaza de las Artes, nuestro destino.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 III: Montreal: Centre-Ville

Desde el Palacio de Congresos continuamos hasta la Basílica de San Patricio.

Esta iglesia católica tiene vínculos con la comunidad irlandesa. Al principio los católicos de habla inglesa se reunieron en la iglesia Notre-Dame-de-Bon-Secours, pero a comienzos del siglo XIX cada vez llegaban más inmigrantes irlandeses, por lo que en 1825 tuvieron que trasladarse a la Iglesia de los Recoletos. No obstante, en 1841 también se les había quedado pequeña, pues había cerca de unos 6.500 irlandeses en Montreal.

Así pues, tras la compra de los terrenos, en 1843 comenzaron las obras de San Patricio, lo que la convierte en la iglesia católica de habla inglesa más antigua de Montreal. Fue inaugurada en 1847, celebrándose la primera misa, cómo no, el 17 de marzo.

Fue ascendida a Basílica Menor el 17 de marzo de 1989 por Juan Pablo II.

Muy cerca se halla la Casa Olímpica de Canadá, una exhibición interactiva de 465 metros cuadrados que permite un recorrido por la historia del deporte olímpico canadiense. Incluye simuladores para experimentar con los deportes, pero también salas donde asistir a un vídeo resumen de un siglo de los hitos y actuaciones memorables de los atletas canadienses.

Inaugurada el 9 de julio de 2015 no comenzó a recibir visitas hasta el 20 de junio de 2018, por lo que no podríamos haber entrado de haber querido.

Frente al edificio se encuentra la Plaza del Hermano Andrés, donde se halla una estatua en su honor. Recordemos que fue quien promovió la construcción del Oratorio San José y que fue beatificado en 1982.

Siguiendo la calle, llegamos a la Place Phillips, otro espacio ajardinado en el que los montrealeses se sientan al sol a comer o charlar con los compañeros. Lleva el nombre del concejal Thomas Phillips, pues su viuda donó los terrenos para que se le honrara eternamente.

En el centro se erige un monumento al Rey Eduardo VII colocado en 1914. En su base destacan cuatro figuras alegóricas que representan la Paz, las Cuatro Naciones Fundadoras, la Abundancia y la Libertad.

El monumento mira al edificio de Le Baie d’Hudson, una compañía fundada en Londres1670 para el comercio de pieles. Esto la convierte en la entidad legal más antigua de América del Norte y una de las más antiguas del mundo que sigue aún con su actividad comercial. Estuvo vinculada con la historia de Canadá hasta 2008, cuando fue comprada por una empresa estadounidense.

A la izquierda de este centro comercial, se halla la Christ Church Cathedral, que data de 1859.

Construida en piedra, contrasta con su entorno, en el que predominan edificios mucho más modernos, la mayoría rascacielos de acero y cristal. Sigue el estilo gótico del siglo XIV típico en la campiña inglesa y cuenta con una torre cuadrada que encontramos tapada por los andamios.

Con el tiempo se descubrió que la iglesia se hundía y la torre, demasiado pesada para el terreno blando que tenía debajo, se inclinaba. Entre 1939 y 1940 se eliminó la torre de piedra (que pesaba 1.6 Toneladas) y se sustituyó por una de aluminio.

En la década de 1980, cuando se fue a construir el cercano rascacielos Tour KPMG y los aparcamientos subterráneos, se aprovechó y se levantó la iglesia completamente sobre sus cimientos. Debajo se construyó el centro comercial Promenades Cathédrale, que ahora conecta el ala oriental con el occidental de la ciudad subterránea.

La iglesia se halla en la Rue Sainte Catherine, la principal arteria comercial del centro de Montreal. Cruza el distrito comercial central de oeste a este,  ya vemos cómo predominan centros comerciales, grandes tiendas, teatros y restaurantes.

Nosotros no la recorrimos entera, sin embargo, pues giramos a la derecha en el Eaton Centre para continuar hasta la Universidad.

En el camino nos encontramos con el monumento La multitud iluminada, una escultura realizada en resina de poliéster estratificada con pintura de poliuretano.

Está compuesta de 65 personas de edades varias, diferentes razas y condiciones a lo largo de cuatro plataformas. Cada una representa una acción y tiene una expresión facial. Con ello el artista franco-británico Raymond Mason quería simbolizar la fragilidad de la condición humana.

En la placa de la escultura se puede leer: Iluminados por un espectáculo, un incendio o un ideal, los personajes están iluminados horizontalmente de frente. La luz se pierde progresivamente entre la multitud y disminuye, el ánimo va decayendo. La violencia manifestada al fondo del grupo demuestra la fragilidad de nuestra especie. De la iluminación al oscurantismo. Iluminación, esperanza, implicación, hilaridad, irritación, miedo, enfermedad, violencia, asesinato y muerte. Estos son los grados de emoción del ser humano a través del espacio.

Seguimos paseando por la avenida hasta el cruce con la Rue Sherbrooke, una importante arteria este-oeste que tiene una longitud de más de 30 kilómetros. La segunda calle más importante de la ciudad se divide en dos tramos. En la parte oeste se localizan importantes mansiones históricas, así como el exclusivo distrito Golden Square Mile. Por su parte, en la fracción este, que discurre desde Plateau MonT Royal al Parque Olímpico es donde podemos encontrar varias instituciones educativas que se fueron asentando en el trascurso del siglo XIX.

Además, es donde se encuentra el McCord Museum, especializado en la historia de la ciudad y su sociedad.

Fue inaugurado en 1921 y consta de 5 plantas de exposiciones (aunque solo se pueden visitar cuatro de ellas). Una de sus exhibiciones permanentes más interesante es la que hace un recorrido por los textiles de las Primeras Naciones y permite conocer lo que significaban. Puesto que más allá de servir para vestirse, conllevaba simbología de la tribu y de su estatus. Ya habíamos visitado el museo de Ottawa, por lo que continuamos nuestro recorrido.

Las Puertas Roddick nos dan la bienvenida al campus de la Universidad McGill. Llevan el nombre de Thomas George Roddick, un importante médico que introdujo el uso regular de antisépticos para cirugías y que fue decano de la Facultad de Medicina de 1901 a 1908.

La Universidad McGill, a los pies del Parque Mont Royal es una de las dos universidades de Montreal que usa el inglés como lengua principal. Recibe el nombre de James McGill, empresario local que donó fondos y terreno a principios del siglo XIX. Fue fundada en 1821 y con frecuencia ha sido calificada constantemente como una de las mejores instituciones de educación superior del mundo.

Dimos un paseo por el campus, donde además de la estatua de McGill, encontramos varias esculturas, algunas más peculiares que otras. Y un señor al vernos a los tres con cámara nos preguntó si íbamos a participar en el concurso de fotografía. Al parecer nos tomó por estudiantes…

En el campus se encuentra el Redpath Museum, el edificio más antiguo que se construyó específicamente como museo en todo el país.

Construido en 1882, se trata del Museo de Historia Natural y alberga colecciones de áreas como la etnología, biología, paleontología, mineralogía y geología.

Salimos por la Avenue McGill College, aunque esta vez tomamos la acera contraria. Justo al cruzar el paso de cebra nos encontramos con la escultura La Leçon de Cédric Loth.

Se trata de un chaval sentado en la parte superior de un banco que, con la mochila puesta y el Mac sobre sus piernas parece haberse quedado sorprendido. Mientras tanto, una ardilla le roba la comida. Si nos sentamos junto a él parece haber descubierto que Steve Jobs ha muerto, de ahí su cara de pasmado.

Un poco más adelante encontramos una nueva escultura en un banco, El banco del secreto, de Léa Vivot, artista canadiense de origen checo.

Realizada en bronce representa a un niño susurrando un secreto al oído de una niña. En el banco están grabadas palabras en diferentes idiomas.

La avenida nos conduce a la Place Ville Marie, donde giramos a la derecha para ver el histórico edificio de oficinas Sun Life.

Empezó a construirse en 1913 y durante cinco años se completó la parte sur de 7 pisos de la base. En 1923 se retomaron las obras y se amplió la base hacia este y norte. Sin embargo, la construcción paró en 1926 y había una tercera fase de 1929 a 1931 en la que se erigiría la torre.

En la II Guerra Mundial se usó el edificio en una maniobra conocida como Operación Fish. El oro de Gran Bretaña fue empaquetado y ocultado en cajas con la etiqueta “Fish”, después se envió por mar a Canadá y una vez en Montreal, se enterraron bajo el Sun Life Building. Ningún empleado del edificio supo nunca qué estaba transportando o almacenando, así que se mantuvo a salvo sin perder ni una sola pieza. Más tarde el oro se enviaría a Ottawa.

Tras el edificio se extiende el frondoso parque de la Plaza Dorchester. En ella la historia de Canadá queda representada por cuatro estatuas que fueron originalmente dispuestas en forma de Union Jack: la de Sir Wilfrid Laurier, el Boer War Memorial, la de León de Belfort y la de Robert Burns. Esta plaza, junto con la Place du Canadá, de la que la separa un bulevar, forman la Plaza del Dominio, un área inaugurada en 1878 (aunque no quedó completada hasta 1892).

En la Place du Canadá destaca el monumento en memoria a John A. Macdonald, inaugurado en 1895 y que mira directamente al de Sir Wilfrid Laurier. En la parte superior del monumento hay una figura femenina que porta un cuerno de la abundancia y que representa a Canadá. Más abajo podemos ver a siete niños, que simbolizan las provincias que formaban Canadá en ese momento.

Flanquean el monumento dos cañones usados en Sebastopol en la Guerra de Crimea. Fueron un regalo de la reina Victoria a la ciudad de Montreal en 1892, para conmemorar el 250 aniversario de la fundación de la ciudad.

Delante de este parque se erige la Cathedrale Marie-Reine-du-Monde, la tercera mayor iglesia de la provincia de Quebec.

Cuando la Cathédrale Saint-Jacques de Montreal, localizada en el este de la ciudad, se quemó en el gran incendio de 1852, Ignace Bourget, el segundo obispo católico de Montreal, ordenó la construcción de una nueva catedral para sustituirla. Eligió sin embargo esta ubicación, donde se encontraban los barrios más acomodados.

Los Sulpicianos y la Iglesia de Inglaterra habían pensado en una construcción en estilo neogótico, pero Bourget tenía en mente un proyecto mucho más ambicioso: la versión reducida de la Basílica de San Pedro de Roma. El arquitecto intentó quitarle la idea de la cabeza haciéndole ver que era muy complicado de reproducir, pero la respuesta del obispo fue mandar al historiador Joseph Michaud a Roma para que estudiara la basílica en detalle.

La construcción comenzó finalmente en 1875 y fue consagrada a Santiago en 1894 bajo el nombre de Cathédrale Saint-Jacques. Fue más tarde, en 1955, cuando se reconsagró a María, Reina del Mundo por el papa Pío XII.

En la parte superior de su fachada se pueden ver varias estatuas. Sin embargo, a diferencia de la de San Pedro, en la que son los doce apóstoles, aquí se trata de los santos patrones de las trece parroquias montrealesas que pusieron en común sus bienes religiosos.

El interior parece ser que también es una copia. Al no haber visitado aún Roma, no puedo comparar. Todo llegará.

Tras la Place du Canada, al otro lado de la Rue Peel, se encuentra otra iglesia, la de Saint Georges. De estilo gótico y construida en piedra arenisca, recibe este nombre en honor del patrón de Inglaterra, pues es anglicana.

Ya hubo una iglesia dedicada a san Jorge en el siglo XIX a las afueras de la ciudad, pero la congregación fue creciendo a medida que lo hacía Montreal, así que se construyó la actual entre 1869 y 1870 en un terreno que había sido un cementerio judío entre 1775 y 1854. El campanario sin embargo se añadió a finales de siglo.

Frente a ella, con la Avenue des Canadiens-de-Montréal de por medio, se alza la impresionante Gare Windsor, la que fuera la estación ferroviaria del Pacífico y la sede de CPR desde 1889 hasta 1996. Se llama así porque era el nombre que tenía en aquel momento la calle Peel.

Ha sido ampliada en varias ocasiones. Por un lado entre 1900 y 1903, una segunda vez entre 1910 y 1913, y una tercera en 1916, momento en que se añadió la torre de quince pisos. Tiene una construcción peculiar, ya que al estar en pendiente, tiene cuatro niveles en uno de sus extremos y cinco en el otro.

En julio de 1970 se planteó su demolición para la construcción de un edificio de oficinas, sin embargo, tras varias demoras, se descartó el proyecto. En 1978 Via Rail asumió el control y comenzó un progreso de integración de las líneas de trenes de pasajeros hasta 1993, cuando ya dejó de estar conectado con la red ferroviaria. Desde entonces alberga oficinas, restaurantes y cafeterías. Incluso el vestíbulo interior se alquila para eventos. Por otra parte, sí que sirve como estación de metro, y su planta baja forma parte de la red del RÉSO.

En 1993 se construyó el Centre Bell en la parte oeste de la estación, donde se hallaba la vía que daba servicio a los andenes. Es la sede de los Canadiens de Montreal, el equipo de hockey local. Además, como el Rogers Centre de Toronto, gracias a su capacidad de más de 21.000 personas, acoge conciertos, eventos y espectáculos cuando no hay partido.

Delante de la puerta del estadio hay un paseo de la fama con los jugadores míticos escritos en las baldosas, algunas estatuas y dorsales. En las paredes está también reflejado el palmarés del equipo. Y parece que llevan unos años un poco flojos.

Había un poco de cansancio, así que tomamos el metro hasta nuestro siguiente tramo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 II: Montreal: Quartier International

Abandonando la Place d’Armes y bordeando el seminario, enfilamos la calle St Francois Xavier, donde se encuentra el antiguo edificio de la Bolsa de Montreal, erigido en unos antiguos terrenos de los sulpicianos.

El edificio, que con su pórtico de seis columnas corintias recuerda a un templo griego, fue diseñado por el arquitecto estadounidense George B. Post, quien también planificó el de la Bolsa de Valores de Nueva York. La parte central del edificio en forma de U contenía una sala de juntas.

Antes de la II Guerra Mundial la Bolsa de valores de Montreal era la más importante en Canadá. Terminó de operar en este edificio en octubre de 1965, cuando se trasladó a la Plaza Victoria. Un año más tarde se vendió el espacio a una organización que pretendía convertirlo en un centro cultural. Para ello se llevaron a cabo reformas entre 1967 y 1968 añadiendo dos niveles en el ala izquierda y otra en la derecha. Sin embargo, pronto la empresa se declaró en quiebra y fue comprado por la Centaur Theatre Company, la compañía de teatro más grande de habla inglesa de  Montreal, quien de nuevo lo renovó extensamente. Abrió de nuevo sus puertas en 1975 convertido en dos teatros con capacidad de 250 y 220 espectadores.

Seguimos la calle hasta la Plaza de la Gran Paz de Montreal, rebautizada en 2001 para conmemorar el tricentenario de la Gran Paz, cuando se acabó con casi un siglo de conflicto por Acadia.

En ella hay varios monumentos que recuerdan la historia de la ciudad, como la ubicación del pequeño río Saint-Pierre, el puente que lo abarcaba, un pozo, la obra conocida como “El Miedo” compuesta de una cruz, un disco, una piedra, un dedo doblado y en el centro se erige un obelisco en honor a los Pioneros.

Diseñado por el arquitecto-topógrafo J.-A.-U. Baudry e instalado en 1893 se eleva sobre un pedestal cuadrangular en el que se exponen cuatro placas de bronce en las que se pueden leer inscripciones históricas. Por un lado el nombre de los fundadores, por otro de los Pioneros, en una tercera cara información sobre el autor y en la última la fecha de fundación de la ciudad.

Llama la atención una campana en lo alto de un edificio.

En el cruce con la Rue Saint Pierre se encuentra el Centro de Historia de Montreal, un museo ubicado en una antigua estación de bomberos. De inspiración en el estilo flamenco, fue construido en 1903 en arenisca y ladrillo rojo.

En 1972 cerró la estación de bomberos y en un proyecto por rehabilitar el distrito histórico, se decidió convertirlo en museo.

Inaugurado en 1983 alberga la escultura original del almirante Nelson de la plaza Jacques-Cartier, así como reproducciones de mapas antiguos, muchas fotografías y una variada colección de objetos únicos, sobre todo del siglo XX. También se puede visitar la exposición permanente Montreal en cinq temps, que da a conocer los eventos, lugares y residentes que han hecho historia.

La Rue Saint Pierre nos conduce al Quartier International, un distrito industrial de estilo victoriano, sobre todo en el área en torno a la Rue Sainte-Hélène y la Rue des Récollets.

Destacan las fachadas de piedra gris y los antiguos almacenes o fábricas de mediados del siglo XIX.

Era media mañana, así que nos parecía un buen momento para hacer una parada y comer algo. Muy cerca teníamos el Crew Collective & Café, una cafetería que, al igual que el The Standing Order de Edimburgo, ocupa un antiguo banco.

La Royal Bank Tower es un rascacielos de estilo neoclásico de 121 metros y 22 pisos que fue diseñada para acoger el Royal Bank de Canadá, ya que el edificio en la calle Saint-Jacques se había quedado pequeño. Terminada en 1928, se convirtió en el edificio más alto de todo el Imperio Británico, la estructura más alta de Canadá y el primer edificio en la ciudad que fue más alto que la Basílica Notre-Dame, construida casi un siglo antes.

El banco abandonó la sede en el año 2010 y la compró Crew Collective & Café, quien llevó a cabo importantes reformas. No obstante, conservaron los techos abovedados de 15 metros de altura, así como el suelo de mármol con incrustaciones, los detalles de latón de bronce originales y las lámparas.

La idea era mantener el espíritu de lo antiguo pero guardando un buen equilibrio con lo nuevo. Por ejemplo, los mostradores de caja siguen sirviendo para realizar los pedidos, pero en el espacio se han añadido divisiones de acero y paredes de vidrio chapadas en bronce para crear salas de reuniones adicionales.

También se han conservado junto a la escalera unos paneles en recuerdo a los caídos en la I Guerra Mundial.

En este ambiente, lógicamente nos podemos hacer una idea de que los precios no son baratos precisamente. Además, tampoco tenían mucho surtido y más que dulce, nos apetecía algo salado, por lo que, tras admirar el espacio y sus detalles, nos dirigimos a la salida en busca de otra opción.

Antes de abandonarlo, nos fijamos en los detalles de la puerta, que aún mantiene el escudo con el león y el unicornio o donde podemos encontrarnos con una peseta.

Ya que no nos había convencido el Crew Café, probamos suerte en el World Trade Centre, que se encuentra en la misma calle y parecía tener varios locales de restauración.

Finalizado en 1992, en realidad, se trata de un centro comercial que alberga también oficinas y un complejo hotelero. Además, queda conectado con, el RES, la ciudad subterránea (como el PATH de Toronto) y con el metro.

El espacio hoy formado por este espacio supone la unión de varios edificios comerciales más pequeños de la época victoriana, como por ejemplo el del Banco de Nova Scotia o el de Canada Steamship Lines. De esta forma no solo se conservó la arquitectura histórica, sino que se rehabilitó la zona adaptándola al presente.

En el interior los diferentes edificios giran en torno a un patio central cubierto por un enorme atrio acristalado que deja pasar la luz natural. Todo el complejo ocupa lo que en su día fue Fortification Lane, donde se encontraban los muros defensivos coloniales de Montreal.

En este centro encontramos La Fabrique de Bagel, un local especializado, como se puede sospechar, en bagels.

Los bagels no son exclusivos de Montreal, de hecho fueron llevados a Norteamérica por emigrantes judíos polacos, pero tienen su fama. De hecho, hay una especie de pique entre Nueva York y Montreal sobre en qué ciudad de las dos se comen los mejores. Sin embargo, no son exactamente iguales. Elaborados con harina de trigo, agua, sal y levadura, los canadienses, que son algo más pequeños, se caracterizan por realizarse en horno de leña. Además, el agua de Montreal y un toque de miel, les da un toque peculiar de sabor.

Se pueden rellenar con casi cualquier cosa… Dulce, salado, mezcla… Aunque lo más común es comerlos para desayunar con queso crema, mantequilla y mermelada o bacon y huevo. Nosotros elegimos cuatro para compartir. Como los dan partidos a la mitad, fuimos probando y rotando. Nuestra elección fue: tortilla francesa con jamón york, atún con pepino, queso y bacon y por último aguacate con salmón ahumado. Nos costaron $29,66.

Había hambre y somos muy aficionados al pan, así que entraron muy bien.

Aprovechamos para pasar a los baños y antes de marchar paramos a ver el trozo del Muro de Berlín (está justo al lado de la tienda de bagels), que fue regalado a la ciudad en 1992, en el 350 aniversario de la fundación de Montreal.

En la puerta que conduce a la Plaza Victoria se halla otro elemento histórico, la fuente del arquitecto y escultor francés Dieudonné-Barthélemy Guibal.

Nosotros acabábamos de almorzar, pero en la plaza ya estaba la gente de las oficinas de la zona en busca de un sitio al sol para comer.

Esta plaza fue construida en 1813, aunque no siembre llevó el nombre actual, sino que se llamó Place du Marché-à-Foin y Place des Commissaires. Fue en 1860 con la visita del entonces Príncipe de Gales y más tarde Eduardo VII, cuando adoptó el nombre de la reina.

Ha pasado por varias remodelaciones a lo largo de los años. A veces ha servido como aparcamiento, otras como un simple espacio abierto. El aspecto que tiene hoy en día data de la última configuración en 2003. Es una agradable plaza en la que sentarse a comer, charlar, leer o tomar algo de vitamina D los pocos días que sale el sol.

Destaca, cómo no, la estatua de la Reina Victoria, pero también podemos encontrar la escultura Taichi Single Whip de Ju Ming.

Sin embargo, el elemento más significativo de la plaza es la entrada del metro, uno de los pórticos del arquitecto francés Héctor Guimard.

Diseñó tres tipos de entradas de metro: quioscos, perímetros y pabellones y su arte se ha exportado por todo el mundo. Reproducciones, eso sí. Sin embargo, este pórtico es auténtico, fue donado por la RATP (la comisión de transporte de París) en 1967 para conmemorar su colaboración en el metro de París. Así, es la única copia auténtica que se encuentra en una estación de metro que no está en París. Muchos de sus diseños fueron desmantelados, así que los pocos que se conservan tienen un importante valor histórico.

Entre 2001 y 2002, cuando se renovó la plaza, se restauró el pórtico. En aquel momento entonces se sustituyeron los paneles y los globos de las farolas por reproducciones. De hecho, durante los trabajos se descubrió que todavía conservaba los globos de vidrio originales, lo que le convertía en el único ejemplo del mundo, pues en París ya se habían ido reemplazando por unos de plástico. Para evitar que se rompieran, se cambiaron por unos de policarbonato.

La parada de metro tiene incluso las baldosas blancas biseladas del metro de París.

Tomando la Rue Saint Antoine nos dirigimos al colorido Palacio de Congresos. Frente a él está la Place Jean-Paul-Riopelle en cuyo centro destaca La joute, una fuente que encontramos apagada, aunque había unos operarios comprobando las tuberías para encenderla ahora que había llegado la primavera.

Diseñada por Jean-Paul Riopelle está formada por 29 esculturas en bronces. Cuenta con chorros de agua cambiantes y además, en las noches de verano, en la superficie del agua se enciende un círculo de fuego. Este detalle guarda relación con los Juegos Olímpicos, ya que fue creado en 1974.

En la plaza además podemos encontrar una estatua del autor, que además de escultor era pintor y grabador. Nacido en 1923 se asoció durante un breve período de tiempo con los surrealistas en París. Su último trabajo, realizado en 1992, fue un tributo a Rosa Luxemburgo que está instalado en el Casino du Lac-Leamy. Falleció en 2002.

El Palacio de Congresos es un espacio muy peculiar que destaca por su fachada colorida y moderna en una ciudad con tanto edificio histórico de influencia europea.

Comenzó a construirse en 1977 y se inauguró en 1983. Desde entonces, ha albergado más de 6.000 eventos de diversa índole. Convenciones, galas y exposiciones tienen cabida en este centro versátil gracias a sus salas multifuncionales y de grandes dimensiones. Cuenta con 113 espacios con capacidad de hasta 1.950 stands. Fue ampliado entre 1999 y 2002 y ahora alberga ocho niveles en los que la luz es protagonista.

En el interior nos llamó la atención el particular bosque de 52 arboles rosas, de la arquitecta y paisajista Claude Cormier.

Y si nos fijamos en el suelo, hay una línea de baldosas rojas que recuerdan los grandes eventos celebrados en el palacio. Por ejemplo podemos leer que en 1983 se celebró el  8° Congreso Internacional de Cirugía Plástica; en 1989 la 5ª Conferencia Mundial sobre el SIDA; de 1993 se recuerda la visita del Dalai Lama, que impartió un taller introductorio sobre técnicas budistas; en 1994 acogió el Congreso Mundial de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia; en 2005 fue la sede de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático; en 2009 celebró el 20 ° Congreso Mundial de Diabetes; un año más tarde confirmó que durante 21 años tendría lugar allí la Reunión Anual de la Sociedad Americana de Genética Humana y en junio de 2017 Barack Obama pronunció un discurso ante 8.000 personas.

Y con la visita a este edificio dejamos atrás el Quartier International para dirigirnos al Centre-Ville.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10: Montreal: Quartier Latin, Vieux Port, Place Jacques Cartier y Place d’Armes

Tras la rutina habitual, comenzamos un nuevo día, el último en Canadá, y por ende en Montreal. Nos dirigimos al metro y esta vez sacamos un billete diario, para aprovechar al máximo el tiempo.

Comenzamos en el Quartier Latin o Barrio Latino, donde se halla la Universidad de Quebec en Montreal (también conocida como UQAM) y el Cegep del Viejo Montreal, dos reconocidas instituciones académicas. El barrio recibe este nombre copiando el homónimo de París, donde en el siglo XVIII residían los estudiantes universitarios. Había ajetreo en sus calles, aunque realmente el ambiente se vive sobre todo por la noche, gracias a su oferta cultural y de ocio.

Destaca el edificio de la BAnQ Grande Bibliothèque, con su fachada cubierta de láminas de vidrio escarchado. Cuenta con 33.000 metros cuadrados distribuidos en 6 niveles en los que alberga una colección de más de 4 millones de documentos entre libros y contenido audiovisual.

El nivel -1 está dedicado a niños y jóvenes con eventos, exposiciones y bibliografía infantil; el nivel 0 es el área de actualidad y novedades con periódicos y revistas recientes y en el nivel 1 se puede encontrar una extensa colección de comics de los superhéroes más conocidos. El nivel 2 alberga temáticas más serias como economía, negocios, ciencia y tecnología y el 3 historia, ciencias humanas y sociales. Finalmente el 4 está destinado a música y películas. Cada semana la Grande Bibliothèque Montreal ofrece un buen calendario de eventos culturales, exposiciones, conferencias, talleres, lecturas públicas y espectáculos.

Dejamos atrás el barrio universitario y pusimos rumbo a la parte más antigua de la ciudad, al Vieux Montreal, situado a orillas del río Sant Laurent. En la Rue Saint Antoine nos encontramos con la Gare Viger, que recuerda bastante al Château Frontenac y a la Gare du Palais en Quebec.

En 1896 la antigua estación de Dalhousie se había quedado pequeña, por lo que se empezó a construir una nueva cerca de lo que entonces era el centro de Montreal (cerca del distrito financiero, del ayuntamiento, del puerto y del juzgado). Fue diseñada por Bruce Price para la Canadian Pacific Railway en estilo castillo. El alcalde de aquel momento pretendía que hubiera un lugar de referencia para las élites francocanadienses que rivalizara con el Hotel Windsor, donde se alojaban los angloparlantes. Así, en los niveles inferiores se proyectó la estación, mientras que los pisos superiores quedaban reservados para un lujoso hotel. Fue inaugurada en 1897 y comenzó a funcionar un año más tarde.

Cuando en la década de los años 30 llegó la depresión económica y además el núcleo comercial de Montreal se mudó al noroeste, el hotel acabó cerrando. Fue alquilado por el gobierno de Canadá desde 1939 hasta 1950. Un año más tarde la estación de tren también cerró y el edificio al completo se vendió a la ciudad de Montreal, quien lo reformó como espacio de oficinas, convirtiéndose en el Édifice Jacques-Viger, en honor al primer alcalde de la ciudad. En 2005 pasó a manos privadas.

Seguimos nuestra ruta hasta dar con agua. A lo largo de 2 kilómetros se extiende el Vieux Port, uno de los puertos antiguos mejor valorados del mundo.

Fue construido en el siglo XVIII y alcanzó su apogeo en el XIX gracias a la Revolución Industrial. Antes de que se construyeran los puentes de la autopista, los pescadores y granjeros tenían que transportar sus mercancías en barco. Llegaban al Muelle Victoria (ahora conocido como Muelle de la Torre del Reloj) donde plantaban sus puestos y vendían sus productos en los mercados públicos. A medida que las actividades portuarias se trasladaron al nuevo puerto, este cayó en declive. No obstante, se conservó como lugar histórico y turístico.

Hoy es una zona de ocio que recibe más de 6 millones de visitantes al año. En ella se puede pasear, montar en bici, comer algo en un puesto callejero o food truck, subir a la noria, tirarse en tirolina…

Hay actividades en cualquier estación del año. Nosotros sin embargo nos lo encontramos muy tranquilo porque aún era muy pronto.

La entrada al puerto queda enmarcada por un campanario de 45 metros de alto, la Torre del Reloj, erigida en 1922 en memoria de los marineros canadienses que murieron en la I Guerra Mundial. El reloj es una réplica del del Big Ben.

Restaurada en 1984, abre en primavera y verano y permite una panorámica del río y del parque de atracciones próximo.

Frente al puerto se erige la Notre-Dame-de-Bon-Secours, una de las iglesias más antiguas de Montreal. Data de 1771 y fue construida sobre las ruinas de una capilla anterior.

Fue fundada por Marguerite-Bourgeoys, la primera maestra en la colonia de Ville-Marie y fundadora de la Congregación de Notre Dame. En la actualidad la iglesia alberga un museo dedicado a esta mujer santificada en 1982. Sus restos mortales también descansan en su interior.

Dada su ubicación no es de extrañar que en el siglo XIX se convirtiera en lugar de peregrinación para los marineros que llegaban al puerto y que sea conocida como la Iglesia de los Marineros. La estatua de la virgen que corona la iglesia mira al agua y recibe a los recién llegados con los brazos alzados.

La Rue Bonsecours separa la iglesia del Marché Bonsecours.

Este edificio neoclásico inspirado en la Aduana de Dublín y coronado con una cúpula plateada fue construido entre 1844 y 1847, y aunque se inauguró en 1847, realmente los trabajos en el interior no se completaron hasta 1852. Desde sus inicios fue concebido como mercado local, aunque excepcionalmente acogió sesión plenaria en 1849 cuando el Parlamento fue incendiado. Además, desde 1852 hasta 1878 cuando se construyó el Ayuntamiento en la calle Notre Dame, el mercado albergó la alcaldía de Montreal.

Hasta 1963 funcionó como mercado local, momento en que se planteó su demolición. Sin embargo, consiguió replantearse y fue convertido en un espacio polivalente. Hoy alberga un mercado distribuido en cuatro niveles en los que podemos encontrar tiendas con productos locales, todo hecho por artesanos de Montreal, tanto las joyas, como la ropa y la artesanía. También alberga dos galerías de arte, salas para eventos y restaurantes.

Abre a las 10 y cuando llegamos, estaban aún abriendo los cierres, por lo que no había mucho movimiento y pudimos dar un paseo tranquilamente observando artesanía canadiense.

Aunque había objetos muy interesantes, al final salimos con las manos vacías y seguimos con nuestro paseo por el casco histórico de la ciudad. La Rue Saint Paul es la principal arteria y nos conduce a una de las plazas más importantes de Montreal, la Place Jacques Cartier.

Es el auténtico centro del viejo Montreal. Fue aquí donde en 1723 Philippe de Rigaud, Marqués de Vaudreuil, se construyó un palacio. Este se incendió en 1803 y fue entonces cuando se decidió convertir el espacio en plaza pública. En aquel momento se conocía como la Plaza del Nuevo Mercado; no sería hasta 1847 cuando se le cambió el nombre por el explorador Cartier.

En el centro destaca la columna en honor a Horatio Nelson, erigida en 1809. En el momento en que se colocó, este emplazamiento era uno de los lugares civiles más importantes de Montreal. Consiste en una base cuadrangular desde la que se levanta una columna de estilo dórico. Inspirada en la columna de Trajano en Roma, en las caras de la base están representadas las batallas y hazañas del almirante. Queda coronada por la figura de Nelson vestido con su uniforme y todas las insignias con las que fue condecorado.

Este monumento de 35 metros de alto no solo fue colocada 33 años antes que la londinense, sino que además ostenta el título de monumento público más antiguo de Montreal. No obstante, la que vemos hoy en día es una copia, pues la original se retiró en 1997 para evitar que se deteriorara por el clima. Imagino que con la nieve la piedra acabará erosionándose bastante.

Otra estatua, más reciente, pues es de este siglo, es la de Jean Drapeau, abogado y político. Fue alcalde de Montreal entre 1954 y 1957. Tras formar en 1960 el Partido Cívico, fue reelegido y se mantuvo en el cargo hasta 1986. Drapeau modernizó la administración municipal, mejoró las infraestructuras, gestionó la Expo de 1967 y los Juegos Olímpicos de 1976. Y endeudó a la ciudad

La estatua simboliza al alcalde dirigiéndose a los electores con los brazos y manos acompañando el discurso.

La plaza Jacques Cartier tiene mucha vida. En verano se vuelve peatonal y en invierno se llena de árboles iluminados. Pero en cualquier época se puede disfrutar de una parada en los restaurantes ubicados en edificios de piedra de clara influencia europea. Algunos de ellos conservan incluso publicidad de tiempos pasados.

Pero sin duda, el edificio más importante de la plaza es el Hôtel de Ville.

De estilo Segundo Imperio (aunque con restauraciones de estilo Beaux Arts), fue proyectado por los arquitectos Henri-Maurice Perrault y Alexander Cowper Hutchison. En su interior alberga exposiciones temporales relacionadas con la historia y la sociedad de la ciudad. Fue desde el balcón donde gritó en 1967 Charles de Gaulle “Viva Quebec libre”.

Frente al ayuntamiento se halla el Château Ramezay, construido en 1705 como residencia del entonces gobernador de Montreal, Claude de Ramezay. Entre 1745 y 1764 pasó a la Compañía de las Indias Occidentales, que lo reconstruyó y amplió en 1756.

Entre 1764 y 1849 fue la residencia oficial del Gobernador General de Canadá, aunque durante un pequeño período (1775-1776) fue ocupado por la armada estadounidense. Entre 1838 y 1841 acogió además el Consejo Ejecutivo y después de 1849 varias oficinas gubernamentales, juzgados, escuelas y facultades. En 1895 se convirtió en la sede y museo de la Sociedad de Arqueología y Numismática de Montreal.

Fue el primer edificio proclamado como Monumento Histórico de Quebec y es el Museo de Historia privado más antiguo de la provincia.

Continuamos por la Rue Notre Dame dejando a nuestra derecha otro edificio perteneciente al ayuntamiento delante del cual encontramos un monumento – fuente a Marguerite-Bourgeoys.

Y siguiendo la calle, llegamos hasta la Place d’Armes, la segunda plaza importante del viejo Montreal. Inaugurada en 1693 como Place de la Fabrique, nació como patio de la antigua iglesia de los Sulpicianos. Tras varios acontecimientos militares en 1721 cambió su nombre por el actual.

Entre 1781 y 1813 se convirtió en plaza de mercado y lugar de reunión.

Queda flanqueada al sur por la Basílica Notre-Dame al sur; al norte por la sede social del Banco de Montreal; y al este por el Hotel Place d’Armes, el New York Life y el Alfred Building.

Tras haber finalizado la construcción de la basílica y con la primera iglesia demolida, en 1836 los Sulpicianos vendieron la plaza a la ciudad, quien la adornó con un jardín victoriano en su perímetro. En 1895 se inauguró en el centro de la plaza estatua del misionero Paul de Chomedey, militar y explorador francés que fundó Montreal, para conmemorar la defensa del primer asentamiento francés del ataque de los iroqueses.

El diseño actual de la plaza es el que tenía en la década de 1960, aunque fue restaurada entre 2009 y 2011.

La Basílica de Notre Dame es sin duda uno de los más valorados patrimonios religiosos de la provincia. En 1672 el Superior de los Sulpicianos se encargó de los planos de la primera iglesia parroquial. Poco después, en 1708, fue ampliada. En 1824, al sur de esta iglesia, se comienza a construir la basílica en estilo neogótico e inspirada en la Sainte Chapelle de París. Fue inaugurada en 1829 y un año más tarde se demolió la primera iglesa, por lo que dejó espacio en la plaza.

Su fachada cuenta con dos torres idénticas de 69 metros de altura añadidas entre 1841 y 1843. La oeste se llama La Persévérance y alberga una gran campana de 11 Toneladas, conocida como Jean-Baptiste. La este por su parte, bautizada como La Tempérance tiene 10 campanas mucho más pequeñas.

Su interior destaca por una gran bóveda azul decorada con estrellas doradas y vidrieras que representan escenas de la vida religiosa y social de Ville Marie. Cuenta además con otros tesoros históricos como tallas de madera, pinturas, esculturas, una colección notable de arte sacro del siglo XVII al siglo XX y un órgano de tracción mecánica de 7.000 tubos.

La entrada cuesta $6 y la visita dura 20 minutos.

En el extremo opuesto de la plaza se erige la sede del Banco de Montreal, con una fachada similar al Panteón de Roma y una estructura circular. Fue construido en 1817, lo que lo convierte en el banco canadiense más antiguo.

Sirvió como Banco Central de Canadá hasta que se fundó el Bank of Canada en 1935. Hoy la sede social del banco sigue en Montreal, pero prácticamente todas sus actividades se gestionan desde 1977 en Toronto.

En el lado derecho se alzan varios edificios históricos. Por un lado el New York Life, que se convirtió en el primer rascacielos de la ciudad en su inauguración en 1889 gracias a sus casi 47 metros.

La empresa eligió esta ubicación por su proximidad al centro comercial de la ciudad. Para su construcción hubo que demoler el Hotel Compain y otro edificio anexo. A las primeras ocho plantas pronto se mudaron los mejores abogados y financieros de la ciudad. Al añadirse la torre del reloj, se ubicó en los pisos noveno y décimo la biblioteca legal más grande de Canadá. Inspirado en los edificios italianos de Nueva York, los arquitectos olvidaron la típica piedra gris local y lo construyeron en piedra arenisca roja antigua de Escocia. El Banco de Quebec lo compró en 1909 y se ubicó en su planta baja hasta que fue absorbido por el Royal Bank of Canada en 1917. No obstante, aún se conserva el nombre del banco tallado en la entrada a pesar de haber cambiado varias veces de mano.

Al lado se erige el Edificio Alfred, que data de 1931 y con su estilo Art Decó se parece al Empire State de Nueva York, que también fue completado el mismo año.

Construido en piedra caliza de Indiana, mide 96 metros y consta de 23 pisos, aunque en un principio estaba proyectado para 12, porque la altura estaba limitada a 40 metros. Sin embargo, se cambió la normativa municipal y se amplió. Su forma permite que la luz entre entre los pisos 8, 13 y 16.

Incluía diversos servicios vanguardistas para su época. Por ejemplo, incorporaba aire acondicionado en sótano y los primeros nueve pisos; contaba con incinerador, empacadora de papel y una máquina de ozono en la cocina para eliminar los olores; todos los pisos tenían la instalación de conductos para cables eléctricos y telefónicos; y además los seis ascensores instalados por Otis eran los más modernos del momento.

Frente a estos dos edificios está el monumento El caniche francés y el carlino inglés, de Marc A. J. Fortier. Se trata de dos estatuas colocadas en extremos opuestos de un edificio. Por un lado tenemos a un caballero anglófono con un carlino y por otro a una mujer francófona con un caniche.

Por un lado el señor mira con desprecio a la catedral, símbolo de la influencia religiosa en los francocanadienses. A 65 metros de distancia, la mujer, vestida con un traje de estilo Chanel mira ofendida al banco, símbolo del poder inglés. Por su parte, los perros se miran entre sí.

Inspirado por la Commedia dell’arte y la novela Two Solitudes de Hugh MacLennan, simbolizan irónicamente la distancia cultural entre los francocanadienses y los anglocanadienses. Los perros por su parte son una metáfora de un futuro unidos.

Abandonamos la plaza pasando por delante del Antiguo Seminario de San Sulpicio, construido en 1685. Tan solo existe un ala, pues la otra desapareció en 1850.

Es la residencia de los Padres Sulpicianos residentes y hasta 2008 también era el hogar del cura de Notre Dame. Además, es la sede de la Administración provincial de San Sulpicio, de los Archivos de la Provincia y cuenta con servicio de salud y enfermería.