Conclusiones del Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá

Y tras concluir el viaje toca volver la vista atrás y hacer un repaso no solo para recordar lo bueno, sino también para tomar nota de lo que se puede mejorar en futuras planificaciones. No era nuestra primera vez haciendo este tipo de viaje por Norteamérica, pero cada una de ellas es diferente. Sí que es cierto que la experiencia de 2012 nos facilitó la organización en cuanto a la hora de contratar seguro, de reservar un coche (teníamos una idea de qué tipo de vehículo necesitábamos para cuatro personas – y su equipaje-), de elegir alojamiento (muy a favor de las habitaciones cuádruples) o de saber cómo organizarnos con las compras o comidas; sin embargo, esta vez teníamos algunas novedades, como el paso de la frontera (dos veces). No obstante, al final fue todo más o menos rodado desde principio a fin.

Nos salió bien la elección de vuelo, pues nos ahorró bastante tiempo a la llegada. Ya que haces escala, mejor que sea productiva y poder pasar el preclearance. Además, no se forman tantas colas en el control de inmigración como directamente en suelo estadounidense (físicamente hablando).

En cuanto al vehículo, habíamos pedido un Ford Edge, y sin embargo nos dieron un Explorer, que es un poco más grande. Cuando nos lo entregaron en Chicago nos parecía enorme y pensábamos que iba a ser demasiado, puesto que quedaba bastante espacio libre de maletero. Sin embargo, a medida que avanzaba nuestro viaje e íbamos separando ropa sucia de limpia y comprando comida o ropa, se fue llenando y llegamos a Boston con cada hueco ocupado, por lo que al final agradecimos el cambio.

Cierto es que a mayor vehículo, mayor consumo, porque otra cosa no, pero en Estados Unidos los coches consumen una barbaridad (el nuestro estaba en una media de 16,8 millas por galón – unos 14 litros a los 100 -). También es verdad que el combustible es algo más barato (unos $3 por galón – a Euro el litro), pero con la tontería vas sumando.

Nosotros acabamos haciendo 1820 millas (unos 2930 kilómetros), que no es moco de pavo, sobre todo si tenemos en cuenta lo aburridas que son las carreteras por aquellos lares (salvo si es entrada o salida de una gran ciudad, que se vuelve algo más estresante). Algo que ya habíamos vivido en el viaje anterior es que las normas de tráfico en Estados Unidos son un tanto diferentes con respecto a nuestro país. Cierto es que podemos conducir con nuestro carnet internacional, pero nos encontraremos con normativas que difieren así como señales que son desconocidas para nosotros (lo cual no nos exime de su cumplimiento). No obstante, en general tanto la normativa como los paneles informativos y el sistema de carreteras siguen una lógica bastante sencilla. No hay que olvidar que estamos en un país en el que usan coches automáticos. Por cierto, conviene recordar a qué corresponde cada letra: P (parking) para aparcar, R (reverse) para marcha atrás, N (neutral) es punto muerto y D (drive) para conducir.

Así, las carreteras están organizadas de la siguiente manera: mientras que las impares discurren de norte a sur (desde la I-5 que va a lo largo de la costa del Pacífico hasta la I-95 en la costa del Atlántico), las pares atraviesan el país de este a oeste o viceversa (comenzando en la I-8 cerca de la frontera con México hasta la I-94 cerca de Canadá).

Pero además, para saber si nos estamos incorporando en el sentido correcto, se indica el punto cardinal. Mucho más sencillo que si apareciera únicamente el nombre de una ciudad que no sabemos ni ubicar en un mapa.

Y es que aunque hay señales con simbología, en Estados Unidos predominan los carteles con escritura. Es común encontrarse con paneles de Right lane must turn rightExit only, Yield, No passing zone, One Way o U Turn, así como ver la normativa escrita cuando cambiamos de un estado a otro para recordar el uso del cinturón, la prohibición de conducir bajo los efectos del alcohol o las velocidades máximas.

Hay que recordar que no en todos los estados tienen los mismos límites de velocidad. Suele oscilar entre las 65, 70 o 75 millas por hora. Y tampoco es igual para todos los tipos de vehículos.

En ciudades baja a 25 mph y en zona residencial a 15. Eso sí, los radares fijos no son comunes, suelen ser móviles, o lo que viene a ser lo mismo un coche de la Highway Patrol o State Patrol escondido entre los arbustos. Por suerte no nos pararon, aunque sí que vimos alguno en nuestro viaje.

No obstante, conducir por autopistas en general no tiene mayor complicación. Las carreteras están bien peraltadas, suelen tener pocas curvas y los carriles son bastante amplios. Puede sorprendernos ver megacamiones adelantando a otros megacamiones o coches que remolcan a otros. En ocasiones son pickups o furgonetas las que tiran, pero hemos llegado a ver vehículos más pequeños, como un simple sedán.

En ciudad la cosa cambia algo más con respecto a nuestro país. Al igual que en carretera es más fácil orientarse, ya que en las grandes avenidas se le añade el punto cardinal. Pero es que además los letreros están bien visibles antes de girar (cerca de un semáforo o señal), con lo que puedes seguir las indicaciones del GPS aunque no conozcas los nombres de las calles.

Además, los semáforos también se hacen notar, quedando ubicados al otro lado del cruce en que nos paramos.

De esta forma no solo quedan visibles para los que lo tienen en su sentido de marcha, sino para los que también están en los laterales, ya que en Estados Unidos está permitido girar a derecha o izquierda cuando tu semáforo está en rojo, pero está en verde para la dirección a la que te quieres incorporar. Siempre que no te vayas a estampar con nadie y que no haya una señal expresa de No turn on red, claro. En Europa para regular este tipo de movimientos recurrimos a las rotondas, pero allí no triunfan mucho. De hecho, la única vez que nos encontramos un flujo circular se había montado un buen atasco porque no parecían saber incorporarse e incluso se paraban dentro de la glorieta para dejar pasar a los demás. Tienen otro estilo de conducción sin duda. En el viaje anterior llegamos incluso a incorporarnos a la autopista por semáforos intermitentes que daban paso a cada uno de los tres carriles alternativamente. Una forma de hacer cremallera, pero totalmente regulada.

Cuando no hay semáforo también están permitidos este tipo de giros y, en caso de que haya un stop y lleguen varios vehículos a la vez, todos hacen su parada reglamentaria y después continúan la marcha según el orden de llegada. Y aquí no vale picaresca, por lo que hemos visto, lo cumplen. Un FIFO en toda regla. Si hay duda, tiene prioridad el de la derecha.

Para el tema del aparcamiento hay que leer también, ya que suele haber bastantes señales de prohibido estacionar según los días o las estaciones del año (sobre todo por la nieve, que debe pasar el camión de limpieza). Y ojo con los parquímetros. Conviene llevar monedas de 25 centavos a mano (los famosos quarters), que es con lo que funcionan, aunque ya hay ciudades como Boston que se han adaptado a las nuevas tecnologías.

En Canadá el asunto cambia un poco. Para empezar, nada más cruzar la frontera nos encontramos con que volvemos a los km/h y a la gasolina por litros y no por galones, lo cual es de agradecer. Las señales tampoco son iguales. Las que más llaman la atención son las coronadas. Al igual que las estadounidenses suelen indicar el punto cardinal y, en zonas fronterizas entre provincias anglófonas y francófonas (o la capital) están en bilingüe.

También comparten con el país vecino las señales con escritura, aunque vimos algo más de simbología.

Canadá cuenta con más de 5.500 km de carreteras en línea recta de este a oeste y 4.600 km de norte a sur. Su vía principal es la Transcanadiense (Trans-Canada Highway / Route Transcanadienne), una autopista que atraviesa todo el país de forma similar a la Ruta 66 estadounidense. En sus dos rutas (norte y sur) enlaza las diez provincias. Cada una de las ellas cuenta con sus propias normal locales, por lo que los límites de velocidad pueden variar (generalmente entre los 100 y 110 km/h en las autopistas, 90 km/h en las carreteras nacionales y 50 en ciudad). Además, es un país con bastantes radares y una estricta legislación en cuanto al consumo de alcohol (nunca superior a 0.08%).

También cuenta con una normativa concreta sobre el uso de neumáticos en los meses de invierno. Lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta las temperaturas que suelen tener con nevadas sobre nevadas. Pero por lo que pudimos transitar, las carreteras canadienses estaban en mejor estado que en los tramos de Chicago a la frontera y desde Quebec a Boston. Y es que Estados Unidos una vez que sales de las grandes ciudades, el resto está un poco olvidado.

En el ámbito urbano, la señalización y normativa es similar en ambos países y tenemos tanto los letreros como los semáforos bien visibles.

Del mismo modo hay que leer detenidamente a la hora de aparcar, sobre todo en Montreal, donde los carteles son una auténtica locura porque no solo está prohibido o permitido según el día, sino también por franja horaria. Y claro, los parquímetros también tienen su aquel.

No obstante, nosotros recurríamos al coche para movernos de una ciudad a otra. Una vez que llegábamos a nuestra parada, intentábamos dejarlo estacionado en el alojamiento y recurrir al transporte público.

En Chicago se agradece, ya que es una ciudad que aunque el centro se articula en torno al Loop, lo cierto es que hay también barrios por ver fuera de esa zona, y más si tienes el alojamiento algo apartado. Nosotros nos sacamos la Ventra Card, que se puede recargar con billetes, pases o con dinero. Puede incluir hasta 7 personas, así que con una estábamos cubiertos los 4. La emisión cuesta $5, pero son integrados en el saldo al registrarla en la web. Es muy fácil conseguirla:

Aunque nos hubiéramos movido poco en transporte público, lo cierto es que casi con el trayecto desde el aeropuerto hasta el apartamento nos habría salido rentable. Pero en cualquier caso, quedó bien amortizada pues tomamos tanto metro como buses.

Además, Chicago se puede descubrir a dos ruedas, ya que tiene un sistema de préstamo de bicicletas de un llamativo color azul.

En Toronto, a pesar de que es la metrópolis más grande de Canadá, recorrimos casi todo a pie. También es verdad que recurrimos al metro para lugares más alejados como Casa Loma y en una ocasión para el tranvía. Para estos casos sacamos billetes sencillos, que funcionan con unas pequeñas fichas de aluminio, los tokens.

Se venden en múltiplos de tres (algo muy peculiar) por $9 y no tienen fecha de vencimiento. En lugar de pasar por los tornos, has de pasar al lado de la ventanilla, ya que es ahí donde tienen una especie urna de metracrilato y donde hay que depositarlos.

La línea amarilla de metro es quizá la más útil para el visitante, ya que conecta el norte de la ciudad con el centro con paradas en la mayoría de los puntos de interés de la ciudad: CN Tower, el Rogers Centre y el Ripley’s Aquarium, el St. Lawrence Market y el Hockey Hall of Fame, Dundas Square, CF Toronto Eaton Centre, City Hall y Nathan Phillips Square, el Royal Ontario Museum o, como decía, la Casa Loma.

Y si Chicago tiene su préstamo de bicicletas, una ciudad tan verde como Toronto no podía ser menos.

Ottawa es tan pequeña que no hay ninguna duda al respecto. Nuestro Explorer se quedó en el hotel de CSI y nosotros caminamos tanto a la zona del Parlamento como al animado barrio del Byward Market.

En Montreal tuvimos claro que nos moveríamos en transporte público por los complejos criterios de aparcamiento. Ya nos encontramos con el problema nada más llegar a la zona olímpica. Así que como lo demás quedaba en un área más o menos asequible a pie, no volvimos a mover el coche. Para lo que nos quedaba más alejado: metro o bus.

Su red de metro (prácticamente subterránea en su totalidad por una cuestión climatológica) cuenta con 68 estaciones, cada una de ellas convertida en galería de arte gracias a que fueron diseñadas por arquitectos distintos, que intentaron reflejar el espíritu del barrio en que se localiza.

Además en la Plaza Victoria podemos encontrar uno de los pórticos originales del arquitecto francés Héctor Guimard.

Para usar el transporte público nos hicimos con unas tarjetas contactless conocidas como VIVE y que pueden ser pases diarios, semanales o por franjas horarias, como el Unlimited Evening.

Y sí, Montreal también tiene bicicletas de alquiler.

En Quebec se repitió prácticamente la situación de Ottawa, solo que incluso es más favorable al peatón, ya que su origen europeo se ve reflejado en calles estrechas y adoquinadas por las que no pasan coches, o tan solo residentes.

Aunque si hay un medio de transporte que caracteriza a la ciudad es el histórico funicular de 1879 que une la ciudad alta con la baja.

En Boston ya no nos quedaba otra, pues al igual que en Chicago, no teníamos coche. Algo totalmente premeditado, pues para conocer una ciudad con tanta relevancia histórica, hay que patearla a fondo. Prueba de ello son el Black Heritage Trail y el Freedom Trail. No obstante, dado que teníamos el apartamento fuera del centro y que también fuera de la ciudad se encuentra Harvard, sabíamos que íbamos a acabar echando mano del transporte público, sobre todo del metro.

No tiene el reconocimiento artístico como el de Montreal, sin embargo sus estaciones destacan por contar con imágenes de la historia de la ciudad relacionadas con cada parada.

Echamos cuentas de los viajes que preveíamos que íbamos a hacer y concluimos que la mejor opción era sacarnos las CharlieCards, que se pueden recargar tanto con saldo (y el metro (o el bus) lo descuenta en función del trayecto) como con pases (ya sean diarios, semanales o mensuales).

Aunque su metro es uno de los que más volumen de pasajeros mueve en todo Estados Unidos, Boston es apodada con frecuencia como “The Walking City”, ya que en comparación con otras ciudades del país, su población se mueve bastante a pie. En ello influye claramente el factor estudiantil y su centro compacto. Y por supuesto, en una ciudad con tanto centro académico sería impensable que no hubiera también sistema de préstamo de bicicletas.

Así, el coche quedaba como medio de transporte entre una ciudad y otra. De esta forma teníamos la movilidad de poder configurar un itinerario a nuestro antojo. Y es que además de tener que superar importantes distancias entre un núcleo urbano y otro, la mayoría de los ciudadanos de Norteamérica usan el automóvil como su principal medio de transporte. Es decir, moverse en tren o bus es realmente complicado. Por la experiencia anterior sabíamos que teníamos que intentar planificar etapas no muy largas de conducción para que no fuera tedioso. Así, intentamos que cada día hiciéramos como mucho unas 4 horas de carretera, lo que supuso que hubiera un par de días de parada técnica en medio de la nada, por así decirlo. Y fue precisamente esos días en los que los que recurrimos a hoteles.

Nuestra idea original en cuanto a alojamientos era buscar habitaciones cuádruples en hoteles, pero en las grandes ciudades fue realmente complicado encontrar algo que se adaptara a nuestro presupuesto, por lo que tuvimos que elegir apartamentos. Así, acabamos alternando hoteles con apartamentos en función del precio y la disponibilidad. Los hoteles se quedaron para las etapas de tránsito, como London, Ottawa o Merrimack. En general eran cómodos, limpios y estaban bien situados. Además, incluían desayuno. Sí que es verdad que no eran muy variados, pero solían tener algo salado, algo dulce (esas máquinas de gofres) y algo (poco de fruta) además de las bebidas calientes y los zumos o yogures. Por lo que es una comida menos de la que te tienes que preocupar.

La única pega de las habitaciones cuádruples es que hay que ser organizados con el equipaje para que la estancia no se convierta en un caos, así como establecer turnos para la ducha. Pero funcionó bastante bien.

El único que quizá desentonó fue el de Ottawa, que parecía un motel en el que grabar un capítulo de CSI. Pero bueno, solo era una noche y nos lo tomamos como una anécdota que recordar. Tampoco es que la ciudad nos marcara mucho.

Los apartamentos eran todos tal y como se mostraba en las fotos de los anuncios. En la mayoría no conocimos a nuestros anfitriones, sino que teníamos o códigos para abrir la puerta o bien algún candado en el que encontrábamos la llave. Afortunadamente no tuvimos ninguna incidencia reseñable (salvo en Montreal con la cisterna). También es verdad que no pasamos mucho tiempo en ellos, por lo que aunque algunos tenían cocina pequeña (Chicago) o falta de salón (Toronto), cumplieron con su función.

Y es que a lo que íbamos era a estar en la calle, a palpar el ritmo de las ciudades. Porque a diferencia del viaje por la Costa Este, en esta ocasión era casi todo el itinerario de estilo urbanita. Tan solo se salvaba la parada en las Cataratas del Niágara, y quizá fue la más corta de todas, pues la climatología nos trastocó los planes. No obstante, a pesar de tener que reajustar e improvisar en algunas ocasiones, en general podemos decir que cumplimos con nuestras intenciones. Aunque he de reconocer que en algunos casos fuimos algo a la carrera. Normalmente tenemos un ritmo bastante bueno y es fácil que en un día pateando la ciudad nos hagamos unos 21 kilómetros; sin embargo, el llevar la cámara reflex conlleva alguna parada más y un ritmo algo más pausado y observador. Además, los días acaban pesando, y no es lo mismo un viaje de cinco días que tienes la energía al máximo, que cuando ya vas por los diez u once. Así que, es algo a tener en cuenta para la próxima vez que hagamos un viaje similar (parece que apunta a 2023).

Otro aprendizaje que nos llevamos es el de paso de frontera, que no fue tan complicado como pensábamos. Yo me imaginaba un control fronterizo en el que tuviéramos que aparcar el coche y dejarle las llaves al funcionario de turno para que lo revisara y/o vaciara. Sin embargo, fue mucho más sencillo sin tener que rellenar ningún tipo de documentación. Tanto a la entrada de Canadá, como a la de Estados Unidos, solamente tuvimos que responder preguntas rutinarias similares a las del aeropuerto. Quizá es porque nuestra piel es lo suficiente blanca y más o menos nos defendemos con inglés. Imagino que si no sabes responder o tu aspecto les parece “sospechoso”, el asunto irá más lento y exhaustivo. En nuestro caso ni siquiera obtuvimos el sello de Canadá en nuestro pasaporte.

Aunque supongo que es lo mejor que nos puede pasar en un paso de fronteras, que resultemos tan insignificantes. Afortunadamente tampoco tuvimos ningún percance en carretera y no tuvimos que recurrir al seguro de viaje. No obstante, mejor no escatimar en este aspecto para evitar enfrentarse después a la sanidad norteamericana. En Estados Unidos el traslado en ambulancia puede rondar los $500, pero además te cobran la gasolina y si te han tenido que poner oxígeno o algún medicamento. Si además precisas de hospitalización la factura sube y sube. Y eso con un simple accidente o intoxicación. Si ya nos vamos a una intervención como una apendicitis el importe puede ascender a los 40.000 dólares.

Así, un buen número de estadounidenses no pueden permitirse acudir al médico, mucho menos pedir una ambulancia. Ni siquiera pueden pagarse un seguro que puede llegar a una mensualidad de $300. Y eso en caso de que las compañías les acepten como asegurados, ya que con los niveles de obesidad del país (aproximadamente un tercio de la población adulta es obesa y otro tercio tiene sobrepeso), muchos son rechazados porque son vistos como potenciales enfermos. En el 2010 la reforma conocida como Obamacare impuso cambios en el sistema, no obstante, con la llegada de Trump todos los avances se han revertido.

Por su parte, la sanidad en Canadá se rige por los principios de que sea administrado por entidades públicas sin interés particular; de que sea accesible para todos los ciudadanos; de que cubra a todos aquellos que médicamente lo necesiten; de que sea universal para todos los ciudadanos canadienses, por el mero hecho de serlo; y la de la garantía de que serán atendidos en otra provincia que no sea la de origen. Este sistema quizá nos hace pensar que se asemeja al español por aquello de público, gratuito y universal; sin embargo, en realidad la sanidad canadiense está reservada únicamente a los residentes legales que además cumplan determinados criterios.

Así pues, como visitante no tenemos derecho a la misma atención y nos tocaría pagar por todo. Por ejemplo, simplemente acudir a consulta puede salir por unos $150. Si vamos a urgencias siendo no residentes el inicio puede estar en los $1.000. Ojo: solo por la atención, después del diagnóstico la factura sube. Pero es que si los traslados de Estados Unidos nos parecían una barbaridad, hay que tener en cuenta las distancias en Canadá (y la época del año en que viajemos), así como que puede que estemos en una población en la que no haya hospital. En casos así es probable que el trayecto tenga que ser hecho en avioneta, lo cual puede hacer que la factura alcance los $60.000. Por lo que, como decía unas líneas arriba, mejor viajar con una buena cobertura médica.

En nuestra planificación también habíamos previsto la necesidad de llevar una tarjeta de teléfono. No fue especialmente barata, ya que nos costó 40€ para 15 días (ni siquiera para todos los días del viaje), pero era la mejor opción de todas las que barajamos y nos incluía llamadas y SMS ilimitados además de datos ilimitados en EEUU y 5Gb de Roaming en Canadá.

El único problema que nos encontramos fue un tema de terminales, ya que una vez que llegamos a la Costa Este el único teléfono que nos servía fue uno americano (que había comprado mi hermano un par de años antes en un viaje a Nueva York porque le había ocurrido algo similar). Así que algo más que tendremos en cuenta para un futuro es comprobar las bandas de frecuencia del lugar al que viajamos y de las que dispone nuestro teléfono. Si no, habrá que hacerse con un móvil básico para estas ocasiones.

Por otro lado, acertamos con las tarjetas monedero, aunque nos dieron algunos problemas puntuales. El primero en la frente, de hecho. Cuando fuimos a comprar la ventra no nos quedó otra que usar la American Express porque no aceptaba ni la Revolut, ni la Bnext ni la de Monzo. Debía ser un tema de la máquina, porque por lo demás, pagamos en gasolineras, en supermercados, en tiendas más pequeñas, sacamos efectivo…  y sin incidencia.

Fueron todo un descubrimiento y se han convertido en imprescindibles en nuestros viajes. Merecen un post aparte.

Y, para concluir, quiero acabar con un resumen de gastos por persona:

Así pues, dejando fuera los gastos individuales en ropa, calzado o recuerdos, la suma hace un total de 1.773,01€, una cifra prácticamente calcada (44€ de diferencia) a los 1.817,11€ que gastamos en nuestro viaje a la Costa Este. Pensé que se nos iba a disparar un poco más por el cambio de los Dólares con respecto al Euro, menos favorable que en 2012. Además, el coche también nos salía algo más caro y esta vez no nos íbamos a alojar en casa de familiares. Sin embargo, parece que hemos hecho buenas elecciones y nos hemos sabido ajustar al presupuesto. Aunque en realidad tiene más que ver con la inercia y la costumbre que con andar contando los céntimos.

Es verdad que nos han fallado un par de atracciones (menos mal que no sacamos las entradas por internet esta vez) y eso que nos hemos ahorrado, pero mucho tiene que ver el gasto en comida. Son países en los que, en general, sirven demasiada cantidad por menú, aunque también hemos hecho compra en supermercados aprovechando los envases de tamaño familiar (tanto para lo sano, como para lo que no).

Después de un largo día visitando una ciudad, acompañábamos la cena con una cerveza bien fresca. De esta forma no había problema en tener que coger el coche o el transporte público de vuelta a casa.

Y con este resumen nos despedimos de Norteamérica, aunque, como ya digo, ya nos ronda para 2023, año en que los puentes de mayo vuelven a ser rentables.

Conclusiones del Crucero por el Mediterráneo: Escalas y Resumen de Gastos

En la entrada anterior ya realicé un análisis de la experiencia con el MSC Meraviglia. Pero la verdad es que lo importante (para mí) en un crucero, son las escalas. El barco importa, claro, ha de ser confortable, entretenido y ofrecer buena oferta gastronómica, pero yo contrato un crucero por los desplazamientos.

Hasta la fecha los tres anteriores que habíamos hecho tenían una ruta, y volvían a empezar en el puerto en que acababan su recorrido. Por tanto, había itinerario A e itinerario B. De esta forma analizábamos dónde preferíamos iniciar o terminar, o cuándo estaba mejor ubicado el día de navegación (siempre mejor hacia el final del crucero para descansar y hacer maleta). Por ejemplo, cuando hicimos el de Capitales Bálticas, elegimos terminar en Malmö que era una ciudad pequeña y que podríamos ver en pocas horas aun teniendo que desembarcar.

En este caso, sin embargo, se trata de un crucero circular. Empezaba y terminaba en Barcelona, pero es que además había embarque y desembarque en cada escala. Imagino que ponen a la venta en cada país/mayorista un determinado número de camarotes de cada categoría para así ir cubriendo. Porque si no, no tiene sentido que por ejemplo yo deje el camarote un viernes en Barcelona y no se ocupe hasta el lunes en Nápoles, pues la empresa perdería dinero.

Eso sí, a la hora de elegir en la agencia de viajes, no teníamos mucha complicación con el itinerario, pues era el que era. Y estaba bien que saliera de Barcelona, pues gracias al AVE llegaríamos en 3 horas. Y dado que ya habíamos visitado la ciudad, no nos tendríamos que preocupar del inicio o del fin.

Nuestras escalas fueron Marsella (Parte I y Parte II), Génova (Parte I y Parte II), Nápoles (Pompeya I y Pomeya II), Mesina (con excursiones a Catania y Taormina) y La Valeta (con excursion a Mdina y Rabat). Y sin duda la mejor de todas fue la última. Como suele ser habitual, hicimos todas las excursiones por libre. Las de la naviera me parecen prohibitivas, además de que es otro estilo, pues te organizan otros.

Estamos en Europa, son ciudades preparadas para el turismo y el transporte público funciona muy bien. Lo más complicado era Sicilia, que optamos por alquilar un coche para poder ver alguna ciudad más.

Marsella, a medio camino entre Italia y España, me gustó bastante a pesar de la decadencia de la ciudad. O quizás gracias a eso. En ocasiones parece una ciudad caótica, pero en otros un tranquilo pueblo de pescadores. Es 100% mediterránea con su mezcla de colores, gentes y gastronomía. Todo un ejemplo de multiculturalidad.

Tiene cierto encanto que recuerda a París en cafés y terrazas, en su planificación urbana, arquitectura y sus balcones. Algo que no es de extrañar, ya que fue reformada en el siglo XIX bajo las órdenes de Haussman. También guarda cierta similitud en barrios menos populares en los que predomina el arte urbano.

En sus calles hay vestigios de sus más de dos milenios de historia, por lo que podemos encontrar restos griegos, romanos, medievales así como más recientes.

Génova por el contrario me decepcionó bastante. También es cierto que nos diluvió y vimos la ciudad un poco a la carrera y lo que nos dejó la climatología. Pero me pareció una ciudad gris y sosa. Me esperaba más de una ciudad italiana.

En sus calles también hay historia, puesto que ha sido un importante cruce de culturas y pueblos desde la Antigüedad. Magníficos edificios, imponentes iglesias, elegantes mansiones y fachadas ricamente decoradas nos sorprenden a cada vuelta de esquina. Sin embargo, la ciudad parece un poco abandonada y esto ensucia la memoria del Siglo de los Genoveses, cuando Génova era un punto de encuentro y de conocimiento.

Nápoles no la vimos, tan solo de vuelta desde la estación y era de noche, bajo una intensa lluvia y a la carrera, por lo que no cuenta mucho la imagen de ciudad caótica, ruidosa y de tráfico endiablado que me traje. En su lugar visitamos Pompeya. Teníamos la duda de si quedarnos en Nápoles o visitar el yacimiento, y creo que acertamos. Aunque llegáramos con la hora pegada, pero creo que histórica y culturalmente, era más interesante visitar la ciudad arrasada por el Vesubio. Teniendo apenas 4 horas y media de luz en la escala, poco más se puede hacer. Ya habrá tiempo de visitar Nápoles y descubrir su patrimonio histórico y artístico.

Sicilia es una isla que guarda importantes testimonios de su pasado gracias a los restos arqueológicos y numerosos monumentos que se conservan. Entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente, Sicilia sí que ha sido un cruce de caminos.

Es una isla de interior con mezcla de aires griegos, españoles y árabes, pero también con su propio carácter del sur de Italia. En su territorio combina un interior en el que predominan volcanes, montañas y colinas con un exterior en el que destaca la paleta de azules del mar. No es de extrañar que a lo largo de su historia haya atraído a artistas como fuente de inspiración.

En el centro se alza el Etna, el volcán más alto y activo de Europa. Los romanos creían que era la fragua de Vulcano. Y según la mitología griega acogía las fraguas de Hefesto y era la residencia del monstruo Tifón, el culpable de terremotos y erupciones. No obstante, los sicilianos parecen no temerlo, ya que a su alrededor hay asentados muchos pueblos. Pueblos que podrían desaparecer como consecuencia de derrumbamientos de las laderas. Y es que parece que, según recientes mediciones, el volcán se está desplazando en dirección al mediterráneo a 14 mm por año.

Aunque ha provocado graves daños en diferentes ocasiones, sus ríos de lava también han generado – con el paso del tiempo, eso sí- una tierra fértil, en la que predominan en nogales, cítricos y viñedos.

Contábamos con poco tiempo, así que alquilamos un coche en AutoEuropa por 25€ el día y nos fuimos a Catania, Taormina para terminar en Mesina, el puerto de atraque.

Catania no tiene mucho encanto, no está mal su centro histórico, pero una vez que sales fuera de esa delimitación da la sensación de ser una ciudad algo dejada, abandonada y sucia.

 

Taormina por el contrario es totalmente recomendable. Es pequeña, pero tiene un encanto medieval. Y su posición ofrece unas vistas impresionantes tanto del volcán como de la costa.

Mesina estaría entre ambas. No tiene ese toque de Taormina, pero bien merece un paseo. Además, el barco atraca cerca y todo queda bastante próximo.

Como decía al principio, nuestra última escala fue la que más nos gustó. Viajar a Malta está muy de moda entre los turistas europeos. A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo.

Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público. Ciudades por cierto en las que se rodaron escenas de Desembarco del Rey en la primera temporada de Juego de Tronos.

Mdina nos encantó, sus callejuelas, lo bien conservado que está todo, sus palacios, su calma…

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos.

A la vuelta dimos un paseo por La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Aunque lo mejor es ver la entrada y salida del puerto, que permite alcanzar de un vistazo toda la muralla y el conjunto arquitectónico. Sobre todo la salida al atardecer.

En general podríamos decir que son todas ciudades interesantes, que tienen suficientes atractivos que ofrecer al visitante. Aunque quizá tenemos cierto sesgo y al haber visitado ya tantos países, no nos sorprenden tanto algunos destinos, por recordarnos a otros.

El día de navegación nos sirvió para descansar antes de volver a la rutina, pues, aunque lo bueno de un crucero es que amaneces cada día en un puerto sin esfuerzo alguno; lo concentrado de las escalas y la conjunción de cena – espectáculo – copa hace que se trasnoche algo, se madrugue bastante y el cuerpo se lleve buen agote. También aprovechamos para hacer las maletas sin quitar tiempo de un día normal.

Aunque por supuesto, el día de navegación es para conocer el barco y vivir las actividades que en él se desarrollan y que no vemos a diario por estar en tierra. A diferencia de otros cruceros aquí no vimos demostración de tallas de frutas y verduras, imagino que esto ya quedó muy visto y de décadas pasadas. Sin embargo sí que hubo de pizza y mozzarella. Lógico por otra parte, tratándose de una naviera italiana. También había actividades programadas por el equipo de animación, como el MasterChef at Sea.

Aún así, a pesar de haber descansado, este crucero ha sido agotador. La lluvia, el correr por Nápoles para no perder el barco, el concentrar tres ciudades sicilianas en un solo día… Todo ello acaba haciendo mella. Además, cuando la visita es en ciudad, al final acabamos haciendo unos 20 kilómetros diarios. Y si sumas un día tras otro, acaba pesando.

Para finalizar, vamos con el recuento de gastos:

Crucero con con camarote interior en categoría Fantástica y pack de bebidas: 1.863€

Cuota de servicio: 142€

AVE a Barcelona: 25€ por 4 trayectos. Total 100€

Metro Sants a Drassanes: 3€ por 4 trayectos. Total 12€

Bus Puerto Barcelona: 3€ por Trayecto. Total 12€

Billete diario Marsella: 5,20€ por dos. Total 10,40€

Bus a Pompeya: 2,8€ por dos. Total 5,6€

Entradas a Pompeya: 13€ por dos. Total 26€

Tren a Nápoles : 2,8€ por dos. Total 5,6€

Alquiler de coche en Sicilia: 24,95€

Gasolina: 19€

Peajes: 3.70€ por dos trayectos. Total 7,4€

Aparcamiento en Taormina: 3€

Bus Malta: 1,5€ por 4 trayectos. Total 6€

Habría que sumar algún regalo, recuerdo y souvenir, pero eso es ya algo más personal y no llevo la cuenta, por lo que la suma total asciende a 2.236,95€ (1.118,48€ por persona).

¿Qué tocará en 2020? ¿Podremos hacer Caribe?

Conclusiones del Crucero por el Mediterráneo: Análisis del MSC Meraviglia

En este crucero hemos notado un salto cualitativo con respecto a la naviera. O quizá sea por el barco, un MSC Meraviglia recién estrenado que hace justo honor a su nombre. Se nota la modernidad en el diseño de los camarotes, en las áreas comunes, en la moqueta, en el buffet, en la piscina y el parque acuático, en las zonas de ocio, en esas escaleras de brillos, en los ascensores que tardan poquísimo en sus recorridos… Es tan grande e impresionante que es muy fácil terminar el crucero y haberse perdido espacios.

Nada más entrar en el barco nos sentimos abrumados con tanto colorido. Aquello más que un barco parecía un centro comercial. Lo primero que encontramos fue la Galleria Meraviglia, un paseo central de 96 metros de largo en el que se localizan tiendas exclusivas, restaurantes temáticos y un bar.

En la planta superior hay más restaurantes temáticos, el TV Studio & Bar con su emisora de radio y estudio de televisión que cuenta con Comedy Club, karaoke y espectáculos de música en directo y el Teatro Broadway. Pero sobre todo destaca la cúpula LED de 480 m², en la que se proyectan diferentes motivos e imágenes. Aunque con tan solo unos meses de vida ya estaba dañada y tenía franjas de píxeles muertos.

Entre las tiendas encontramos joyerías, relojerías, una heladería, la chocolatería Jean-Philippe Maury Chocolate & Coffee (que tiene demasiado espacio ocupado para mi gusto)…

Los restaurantes temáticos, que no están incluidos en el precio del crucero y hay que reservar aparte, son Eataly (de temática italiana), Butcher’s Cut (un asador de estilo americano) y el Kaito Teppanyaki y Sushi Bar (japonés).

Junto al nipón destaca el Anchor Club, un pub irlandés en el que se pueden degustar todo tipo de cervezas (algunas incluidas en el paquete de bebidas, otras no).

Y en la Proa se encontraba el MSC Aurea Spa, el lujoso Spa Balinés donde ofrecían tratamientos de relajación para revitalizar cuerpo y mente. Contaba con Zona Termal y un salón de belleza. No puedo opinar al respecto ya que no lo pisamos.

Justo debajo se ubica el Teatro Broadway ocupando las cubiertas 5 y 6. Se trata de un teatro al uso, con sus butacas en modo anfiteatro. Y a diferencia de la experiencia en nuestros cruceros anteriores, en este no se permite comer o beber. En él se desarrollaban las actuaciones nocturnas (o vespertinas) y algún juego de animación.

En el extremo opuesto del barco, tras pasar la tienda de fotos y su estudio, teníamos el restaurante L’Olivo d’oro. Aunque, en realidad, nuestro restaurante asignado en un principio fue el Waves, situado en la cubierta 5, la misma en que se encuentra recepción.

Justo enfrente de esta había una zona de piano que quedaba recogida por las brillantes escaleras de caracol. Y en los laterales el Infinity Bar, uno de los que nunca pisamos.

Tampoco probamos el Champagne Bar, ubicado en la cubierta 7 en la parte posterior. Este bar ofrecía una amplia cama de champagnes, así como otras bebidas espumosas de todo el mundo.

Junto a él, en un lateral se esconde la biblioteca. Y digo se esconde porque yo la descubrí el último día. Ni siquiera la vi al hacer el simulacro, y eso que se encuentra junto al Casino, que era nuestro punto de evacuación en caso de emergencia.

Cuenta con un surtido de libros en diferentes idiomas, incluso japonés.

El casino tenía máquinas a un lado, mesas al otro. Y en el centro el bar. En el lado de las máquinas estaba permitido fumar, pero el sistema de ventilación no tenía nada que ver con el de Las Vegas y una vez que pasabas la biblioteca se notaba cómo el tabaco ya había impregnado paredes, muebles y moqueta. Realmente agobiante para una no fumadora. También se apreciaba en la propia ropa con tan solo pasar unos minutos allí.

En la proa de la cubierta se localiza el Carousel Lounge, un teatro diseñado para albergar los espectáculos del Cirque du Soleil. Su escenario es circular, y las butacas se disponen a su alrededor. En este sí que se puede consumir tanto comida como bebida. De hecho, una de las opciones de reserva para el Circo del Sol era cena + espectáculo. Por las tardes servía además para charlas informativas y a últimas horas de la noche se convertía en discoteca.

En las plantas centrales (de la 8 a la 14) se encuentran la mayoría de los camarotes y ya es en las últimas cuatro superiores (15, 16, 18 y 19 – no hay 17 porque en Italia es el número de la mala suerte-) donde se localizan los espacios de ocio así como el comedor principal.

Ubicado en la cubierta 15 y ocupando la mitad de su superficie, el Marketplace Buffet es un comedor que está abierto 20 horas al día. En su parte posterior tiene una terraza abierta a la popa del barco, y en su parte delantera se abre a la piscina con puestos de comida rápida y helados.

En todos los accesos a él había lavabos con su correspondiente jabón de manos y toallitas. Buen detalle.

El comedor tiene en su parte central diferentes cocinas: pizzería, comida étnica, mediterránea, family & kids (con hamburguesas, perritos, patatas fritas y pasta), una brasserie zona de ensaladas, de sopas y pastas, de pan y quesos, de fruta, de postres…

Además, cuenta con puestos laterales donde se encuentran las máquinas de bebidas para el desayuno y una cristalera donde se puede observar cómo hacen la mozzarella.

La verdad es que había bastante donde elegir y estaba todo riquísimo. Sin duda se notaba el origen italiano de MSC, pues pizzas, pasta, pan de ajo o salsa de albahaca no podían faltar.

En el desayuno los puestos se convierten en zonas con comida caliente (bacon, tortillas, huevos, judías, salchichas…),  bollería, tostadas, mantequilla y mermeladas, embutidos y queso, yogures y cereales. También había cocina en vivo para tortillas francesas y una sección con comida asiática (arroz camboyano, fideos de arroz salteados con verduras, arroz blanco y sopa japonesa). La zona de fruta se mantenía.

La otra mitad de la cubierta la ocupa la Atmosphere Pool, un espacio de casi 10 m² que gira en torno a la piscina rodeada por camas. Destaca sobre todo la gran pantalla gigante y el escenario en el que se desarrollaban actividades de animación cuando el tiempo lo permitía.

Por la noche se proyectaban en ella conciertos, e imagino que se usará más el espacio en cruceros estivales. En noviembre era prácticamente todo interior.

En cada uno de los laterales había sendos jacuzzis con muy buenas vistas, ya que quedaban medio suspendidos sobre el mar. Pero además, de la piscina exterior, el MSC Meraviglia también cuenta con una interior: la Bamboo Pool. Está climatizada y tiene una cubierta retráctil. Es salada y además clorada, y se notaba, ya que olía tremendamente a lejía al pasar al interior. El diseño de esta zona recuerda a las saunas, todo de madera. También cuenta con sus propios jacuzzis.

Justo en la cubierta superior, en la 16, en el espacio que ocupa el comedor, podemos encontrar la parte más lúdica del MSC Meraviglia.

En la parte central del barco con vista directa a la pantalla de la piscina, se encuentra el gimnasio. Tan solo nos asomamos el primer día durante nuestra visita de reconocimiento. El resto de días con andar 20 kilómetros al día teníamos bastante. Pero estaba muy solicitado con sus máquinas de última generación y sus clases de fitness.

A continuación se encontraban la zona entretenimiento con máquinas arcade, el cine 4D, el Sportflex (la pista de deportes), el Sportsbar y lo que más llama la atención encontrar en un barco: los dos simuladores de F1 y la bolera.

La parte trasera del barco se abre bajo un anfiteatro a la Horizon Pool, una piscina más pequeña que por la noche se convierte en discoteca bajo las estrellas gracias a que en la cubierta 18, subiendo por la grada, se llega al Horizon Bar, uno de los mejores del barco y donde suele pinchar el DJ.

Tras el bar, en la zona interior se desarrolla la vida juvenil, ya que cuenta con el Attic Club, una discoteca para adultos, además de los Teens Clubs, uno para chavales de 12 a 14 años y otro para los de 15 a 17. En esta zona adolescente pueden disfrutar de área de juegos y cine además de la propia discoteca.

También hay lugar para los más pequeños en el Baby Club (1 a 3 años), en el Mini Club y en el Juniors Club, patrocinados por Chicco y Lego respectivamente.

En la misma cubierta también se encuentra el selecto Sky Lounge, un bar en el que servían cócteles de diseño que no estaban incluidos en nuestro paquete y cuyo ambiente estaba muerto. Así que entramos un día y, viendo el panorama, nos marchamos al minuto.

En la proa de la 18 y 19 se ubica el exclusivo MSC Yacht Club, al que solo puedes acceder con la tarjeta correspondiente. No era nuestro caso. Cuentan con su restaurante, bar, grill y propia piscina con solarium y jacuzzis.

En la popa de la 19 está el Polar Aquapark, el parque acuático con cuatro toboganes, un puente suspendido, varias piscinas y actividades de entretenimiento.

La verdad es que el MSC Meraviglia cuenta con extraordinarias instalaciones, pero por muchas palabras que use, es indescriptible, así que recomiendo no perderse su vídeo de presentación:

La experiencia en el barco ha sido impecable. Las únicas pegas que se le pueden poner tienen más que ver con la gente que con el barco en sí. Cuantos más pasajeros, más se complica todo: colas en la recepción, en el desembarque, buffet saturado a ciertas horas… Pero creo que es comprensible.

No se le puede poner un pero al camarote. Sin duda el más grande de todos los cruceros que hemos hecho hasta la fecha. Quizá porque no cogimos la categoría más baja de todas sino la segunda. En cualquier caso, pese a ser interior, para nada claustrofóbico. Y bien elegida por planta y por situación, muy centrada. No tuvimos ningún tipo de ruido raro (hay plantas en las que se oía ruido metálico del barco y en la 14 el agua de la piscina), ni se movió mucho en la noche más tempestuosa.

La cama era bastante durita y cómoda, las almohadas mullidas y las mesitas muy prácticas con varias baldas para poder guardar objetos. Muy útil para dejar el móvil, las gafas y el libro.

El escritorio servía como tal y a la vez como tocador, ya que en su cajón tenía un secador (que no podías desconectar). Por lo que uno se puede preparar mientras otro se ducha sin impedimento para ninguno de los dos.

El armario resultaba algo escaso, aunque también es verdad que metimos las maletas en la parte superior. Quizá si las hubiéramos metido bajo la cama habríamos ganado ese espacio.

La tele aunque está capada y no se podía usar HDMI o UDB y las películas eran de pago, aún así tenía bastantes cadenas en diferentes idiomas para mantenerte informado, y, lo más importante de todo, permitía controlar tu cuenta. En tu perfil podías ver tanto lo que ibas gastando como reservar los espectáculos y luego consultar en la agenda qué es lo que te has ido programando.

El baño también era muy moderno y estaba muy bien equipado. El lavabo tenía integrado el jabón y en la parte inferior tenía espacio de almacenaje y en la puerta una papelera. Sobre el lavabo había una estantería muy práctica para guardar los productos de aseo. Además, contaba con diferentes ganchos y barras para colgar las toallas.

La cabina de ducha era lo suficiente amplia y tenía incorporado en la pared un bote de gel y otro de champú que el camarista rellenaba periódicamente. También contaba con una cuerda para tender la ropa, algo muy práctico cuando acabas calada en Génova.

Como siempre ocurre en hoteles y cruceros, hay quien se queja de lo poco variados que son los buffets y lo escaso que es el menú en los restaurantes. Desde mi punto de vista, nada más lejos de la realidad. Nosotros desayunábamos contundentemente en el buffet, nos llevábamos unos bocatas de tortilla francesa o embutido y fruta por si volvíamos tarde y luego tras embarcar hacíamos una comida tardía casi merienda en el buffet. Al tener la cena a las 21:30 no nos alteraba mucho comer a las 5.

Sí que es cierto que el desayuno no variaba de un día para otro, pero creo que había suficiente variedad como para ir alternando a lo largo de una semana en caso de que se quiera. Me resulta “gracioso” que quienes suelen quejarse, luego desayunan en casa lo mismo durante todo el año. Pero eso sí, en un buffet no son capaces de decidirse porque es igual que el día anterior.

También las 4 pizzas siempre eran las mismas (margarita, aceitunas y cebolla, marinara y salchichas), pero el resto de comida iba variando cada día. Había tres tipos de pasta, y cada día cambiaba la pasta y la salsa. Lo mismo la carne, legumbres o la comida étnica. También variaban los postres, y eso que había una oferta de hasta 7-8 diferentes. No entiendo el problema, la verdad. Será que me gusta comer.

En cuanto a las cenas, yo disfruté cada plato que pedí. Y para nada me quedé con hambre. Tienes un entrante, un principal y postre, lo que me parece una comida razonable. Mucho más copiosa de lo que cenaríamos cualquiera un día normal en casa (seguro que la mayoría comemos plato único y fruta/postre). Siempre había la opción vegetariana en cada una de las opciones, así como la posibilidad de pedir fuera de carta un filete de pollo a la plancha o un pescado al vapor. Bien por intolerancias, porque no te guste algo de la carta o lo que sea. En cualquier caso, como digo, todo muy jugoso. Sobre todo los pescados. En el momento en que descubrí lo fresco que era, intentaba siempre pedirlo. Pero vamos, he probado las ensaladas, rissottos, pasta, falafel… todo delicioso. Igual con los postres. Aún así, para quien tema quedarse con hambre, que se quede tranquilo, pues siempre puede repetir o pedir varios platos diferentes. Así que tampoco entiendo las quejas al respecto. Ni por calidad ni por cantidad.

Creo que hicimos bien en sacar el pack de bebidas, pues el agua y refrescos costaban 3.90€, las cervezas 5.9€ y los cócteles 7.9€. Así que sumando lo consumido cada día, amortizamos de sobra. Y sobre todo nos despreocupamos de tener que andar cargando las diferentes consumiciones y revisando la cuenta.

Tanto el agua como los refrescos eran envasados, sin embargo, al pedir cócteles o combinados, el refresco era de barril. Pero si se quiere un ron con cola, siempre se puede pedir el ron por un lado, y pedir aparte una cola, en tal caso te la darán de lata. Y luego ya tú te haces la mezcla. Lo que sí dejaba mucho que desear era la cerveza. De todas las que tomamos, creo que solo tiraron bien la Guinness. El resto de las que tenían cierto cuerpo, nos las sirvieron sin fuerza y como si estuviera por un lado el sabor a cerveza y por otro el agua. Además, se echaba de menos que pusieran al menos una tapita de patatas fritas de bolsa. Pero supongo que esta costumbre es muy española.

A diferencia de los cruceros de Pullmantur e Ibero, esta vez no compartíamos mesa, aunque en cierta medida podría decirse que agrupan. En la primera noche en el Waves teníamos en una mesa próxima a la nuestra una pareja joven española (justo la siguiente a la nuestra estaba desocupada). Al cambiarnos al restaurante L’Olivo, nos pusieron junto a dos parejas, también españolas, que eran mayores que nosotros. No sé si lo de la nacionalidad es algo premeditado, que nos agruparon, o es que los horarios tan tardíos se quedaban copados por italianos y españoles.

Había muchos turnos para cenar, algunos de ellos demasiado tempraneros y otros muy tardíos. Cuando el todos a bordo es a las 5 y media no tiene mucho sentido que tengas la cena a las 17:45, porque, o llegas siempre antes para prepararte antes de ir al comedor, o acabas cenando siempre en el buffet. Por otro lado, los de las 21:30 y 21:45 suponían que, o elegías el espectáculo antes de cenar (algo que me parece contra natura), o cuando quieres terminar de cena – espectáculo – copa, se te ha hecho tarde teniendo en cuenta que el día siguiente tienes que madrugar. Así pues, sin duda lo mejor sería algo intermedio, quizá las 20 – 20:45.

Los espectáculos fueron variados, pero el que más me gustó fue el de Virtual. Por escenografía, coreografía y presentación.

El que menos fue el de Meraviglioso Amor. La música elegida sólo la conocen los italianos, el vestuario de los bailarines era muy cutre y las coreografías muy repetitivas y poco trabajadas.

El de Magic Friends no está mal, aunque te tiene que gustar la magia. No obstante, muy bien intercalada con el cuerpo de baile.

El de Paz, que se supone que es un tributo a la música española, me decepcionó en gran parte. Muy bien los bailarines, la coreografía estaba correcta, así como el vestuario, pero las canciones elegidas no eran muy acertadas y resultaba lento.

En general, como espectáculo postcena, están bien, pero no están al nivel que me esperaría de este tipo de barcos. En iberocruceros recuerdo una noche que hubo un espectáculo de patinadores sobre hielo, y era una naviera de inferior categoría.

En el resto del barco, había actuaciones de piano o voz y la verdad es que todos los artistas (así como los del espectáculo) se merecen un 10. Vaya voz la de la soprano.

La animación no estuvo mal. Había un grupo bastante grande y durante el día tenían sesiones de yoga, de aerobic, hacían juegos en la piscina…

También hicieron un concurso de MasterChef at Sea, un espacio patrocinado. Aunque no cocinaron realmente.

Y por supuesto, se encargaban de la fiesta nocturna temática. En este aspecto quizá tal vez fallaba la música, que se repetía bastante y era un tanto antigua. Supongo que es porque iba enfocada a otro público (extranjero y más mayor), pero lo cierto es que los días en los que actuaba la orquesta latina con temas más recientes se veía más animado al personal.

Mucha gente se quejaba de que no había sitio para sentarse. Totalmente cierto, pues aunque junto al puente había un bar con algún asiento en torno a una pista, ahí no era donde se centraba la mayor parte de la animación.

Sin embargo, me da la sensación de que ese era el propósito, que la gente estuviera de pie y no le quedara más remedio que integrarse en la actividad.

Además de las actividades propiamente participativas, también hubo exhibiciones. No solo la de la mozzarella del último día, sino también la de las masas de pizza.

En definitiva, el barco ofrecía todo tipo de servicios y actividades. Bueno, excepto conexión a internet. Cuando el WiFi en los hoteles se ha convertido en algo imprescindible, llegas a un barco y es de pago. Hoy en día con la eliminación del Roaming en Europa no consideramos oportuno ni necesario contratarlo. Usábamos nuestros propios datos cuando tocábamos tierra (bien para comunicarnos con familia y amigos, bien para las apps tan necesarias hoy en día) y desconectábamos al soltar amarre.

Ojo con esto porque hay que asegurarse de que nos estamos conectando a la red adecuada. Es preferible elegir la selección manual antes que la automática y así evitaremos disgustos como por ejemplo que se nos conecte a una red turca mientras estamos en una isla de Grecia o a una europea con la que nuestra compañía no tiene el acuerdo. El móvil suele elegir la que más potencia tiene y no sigue un criterio económico.

El paquete de telecomunicaciones a bordo costaba unos 20€ y daba acceso a las redes sociales y a las aplicaciones de chat (Facebook, Twitter, Instagram, LinkedIn, WhatsApp, Snapchat, Pinterest, o Line), eso sí, únicamente para un dispositivo y no servía para compartir archivos de audio o vídeo (sí fotos). Creo recordar que había alguna tarifa superior, pero como ya la habíamos descartado, tampoco nos informamos mucho.

Pero en general, pocas pegas a la experiencia con el barco. Otra cosa son ya las escalas, que merecen entrada aparte.

Conclusiones de nuestro viaje por Letonia, Lituania y Polonia

El destino no quiso que viajáramos a la antigua Yugoslavia, así que tuvimos que valorar otros territorios inexplorados. Y nos decidimos por Letonia, Lituania y, sobre todo, Polonia. En los dos primeros países solo estuvimos en su capital, mientras que en Polonia sí que hicimos más paradas. Ya habíamos visitado Estonia con el Crucero por Capitales Bálticas, y nos quedaba conocer las otras dos antiguas repúblicas soviéticas. Así que, aprovechando que el vuelo a Riga nos salía bien de precio, unimos los tres países.

Llegamos a Riga y nos encontramos con un tiempo gris. Aún así, no desmereció para nada una ciudad en la que se entremezclan edificios de la Edad Media; con otros de la época hanseática con sus típicos ladrillos rojos; con otros de estilo Art Nouveau bellamente ornamentados, así como con otros que nos recuerdan su pasado soviético. Tiene un contraste curioso que la enriquece.

Apenas pasamos un día en la capital letona y creo que el tiempo estuvo bien medido. Riga es una ciudad pequeña, por lo que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos, así que los puntos históricos quedan bastante recogidos.

Sí que es cierto que al otro lado de la muralla, tras pasar el Bastejkalna parks y el canal, encontramos otros barrios en los que tenemos puntos de interés (sobre todo edificios de estilo Art Nouveau).

También, cerca de la estación se encuentran el barrio Moscú o el Mercado (tanto interior como exterior), pero en general, no hay que recorrer grandes distancias.

A pesar de que el día comenzó lluvioso, pudimos recorrer Riga tranquilamente e incluso subir a las alturas para ver una panorámica. Nos faltaron un par de calles que nos quedaban un poco más lejanas, pero, en general, cumplimos bastante bien con el plan inicial.

Dado que Riga y Vilna no tienen comunicación en tren, tomamos un bus, bastante cómodo, que por 19€ y en apenas cuatro horas cubría el trayecto. Una buena decisión, todo hay que decirlo. Aunque el conductor fuera un tanto kamikaze (o se haya sacado el carnet en Bulgaria).

Vilna también estuvo amurallada, así que también tiene un núcleo bastante definido, sin embargo, no hay que olvidar sus dos miradores o los barrios de Užupis y judío, que quedan en las afueras.

Destaca la Avenida Gedimino Prospektas, una arteria que nos lleva a la Catedral, pero de la que no hay que perder detalle, ya que en cada una de sus aceras encontramos edificios majestuosos del siglo XIX y XX.

La catedral, todo un hito para la ciudad cuando su rey se convirtió al cristianismo, me resultó sosa y fría. De la misma manera me decepcionaron las vistas desde la Torre Gediminas o desde la Colina de las Tres Cruces. Vilna no es fea, pero viniendo de Riga, me resultó algo anodina.

Pero aunque la Gedimino Prospektas tiene relevancia, realmente la arteria principal transcurre desde la Puerta de la Aurora hasta la Catedral, pasando por el ayuntamiento o la universidad, además de numerosas iglesias de diversos estilos. Son los tramos de la Aušros Vartų, Didžioji gatvė y Pilies gatvė.

La ciudad tiene mucha historia detrás, pero en la mayoría de los casos ha desaparecido, como en el caso del barrio judío. Y quizá esto le hace perder encanto. O quizá no tuve el día ya que ni siquiera me apeteció entrar a la universidad y, hoy, cuando veo las fotos, pienso que a lo mejor mi mente me juega una mala pasada.

Vilna no me atrapó. La recorrí, pero no la disfruté.

Tampoco lo pasé bien en el trayecto en bus hasta Polonia. Fueron demasiadas horas con muchas interrupciones, y al final nos lastró el resto del día. Llegamos muy pronto y, en vez de ver Gdańsk, nos fuimos a Gydnia y Sopot, que están a una media hora en tren tipo cercanías.

Gdańsk, Sopot y Gydnia forman la Ciudad Triple (Trójmiasto), sin embargo, cada una tiene su carácter. Gdynia representa la recuperación, pues su puerto se levantó en apenas 10 años. Y precisamente alrededor del puerto es donde se concentra algo de su historia.

Sopot por su parte es un lugar de vacaciones, y así se refleja en la calle que lleva al muelle, llena de veraneantes que se dirigen a la playa. Si hubiéramos ido más días, no está mal el paseo. Pero podíamos haber empleado la mañana en Gdańsk y no nos habríamos quedado sin luz.

En casa, con el mapa sobre la mesa, había pensado que Gdańsk, a pesar de tener mucho para ver, y mucha historia, apenas nos llevaría tiempo porque también es una ciudad en la que lo importante está concentrado. Así, había pensado que desde la estación al hotel nos daría tiempo a recorrer una parte menos céntrica, y después, la tarde, tras una reparadora siesta, la podríamos dejar para perdernos por el centro. La primera parte del planteamiento, bien; ahora, la segunda… hacía aguas.

Parecía que lo más importante se encontraba entre la calle Mariacka y Długi Targ, además de la vista desde el río, así que perfecto. Pero no. A pesar de que Długi Targ tiene una longitud de 700 metros, es la seña de identidad de la ciudad. Concentra tantos y tantos edificios de bellas fachadas, que se tarda bastante en ir de punta a punta. Y no solo eso, sino que las calles colindantes también esconden preciosas construcciones.

Por otro lado, la ribera del río estaba plagada de gente, por lo que no solo apenas podíamos caminar, sino que además era imposible apreciar nada. Y es que a veces se nos olvida que solo en España se cena tarde, por lo que las 7 de la tarde, a pesar de que haya aún sol, es su hora de salir a cenar y/o tomar algo.

También es verdad que nos permitió descubrir otra ciudad a medida que se iban encendiendo las luces, con otro ambiente más festivo y veraniego.

Así pues, malgastamos el tiempo en esta parada y a la mañana siguiente, con mochilas, volvimos a callejear por el centro para verlo con más calma y poder sacar fotos con algo más de luz. Sin duda Gdańsk bien merece dos días para descubrirla más a fondo. Desde luego es imprescindible en una visita a Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Bydgoszcz, una ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. La elegimos como parada técnica para así no tragarnos demasiadas horas metidos en un tren. Su localización también le vino bien a los pescadores que se asentaron en la zona en la Edad Media. Al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula se convertía en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula por aquella época.

Reflejo de ese pasado son los graneros del siglo XVIII que servían de almacenes para los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida. En 1975 se reconstruyeron y fueron convertidos en museos. Hoy son un símbolo de la Bydgoszcz mercantil.

Pensamos que no íbamos a encontrar mucho del pasado en esta ciudad, sin embargo, nos sorprendió, pues conserva algunos edificios históricos escondidos en las calles más modernas. Como teníamos el hotel un poco alejado pudimos descubrir un Bydgoszcz inesperado. Construcciones en ladrillo rojo, otras de estilo modernista y otras más clásicas se erigen junto a bloques de pisos más actuales.

Y si hablamos de historia, la Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) se lleva la palma. Era la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. En los siglos posteriores sirvió para acoger casos políticos relevantes así como ejecuciones. Hoy está reconstruida y muchos de los edificios originarios han desaparecido. Tiene importancia histórica, sí, pero arquitectónicamente no destaca tanto como otras que veríamos más adelante.

Estuvo bien como parada técnica, pues dedicamos la tarde a pasear tranquilamente, descansamos bien y cargamos pilas para Poznań, la considerada por muchos historiadores como la primera capital polaca. También fue la primera ciudad que se levantó contra el gobierno comunista por las condiciones laborales de los obreros de las industrias.

Además, Poznań es relevante ya que Polonia nació en la isla Ostrów Tumski. Allí se levantó un castillo en el siglo IX y fue donde Mieszko I se convirtió al catolicismo. Hoy es donde se erige la Catedral de los Apóstoles Pedro y Pablo (Bazylika Archikatedralna św. Apostołów Piotra i Pawła).

Sin embargo, la joya de la ciudad es la Antigua Plaza del Mercado (Stare Rynek). Es impresionante la mires por donde la mires. Está flanqueada en todas sus caras por casitas de colores de múltiples estilos arquitectónicos que recuerdan a los diseños de los cuentos medievales.

Aunque hay edificios significativos e históricos a lo largo de la plaza, si hay uno que sobresale por encima de los demás es el Ayuntamiento (Ratusz). Se alza en el centro de la plaza y la domina por completo con su fachada renacentista y su torre de tres pisos coronada por el águila polaca y los machos cabríos que salen cada día a las 12 del mediodía.

Además, no podemos olvidarnos de la Universidad, del Castillo Imperial o de las numerosas iglesias cada una de un estilo totalmente diferente a la anterior.

No tiene el renombre de Gdańsk, pero me encantó. No solo por todo lo mencionado, sino porque también tiene ese estilo ecléctico con edificios de diferentes épocas. Algunos aún conservan los recuerdos de tiempos dolorosos mientras al lado se alzan otros que nos anclan en el presente de un nuevo siglo.

Parece que íbamos de menos a más, además anduvimos tranquilos a la hora de recorrerla pese a la climatología. Por lo que guardo buen recuerdo de ella.

De Poznań nos dirigimos a Wrocław, una ciudad que pudimos descubrir gracias a sus Krasnale, esos enanitos que se encuentran en cada rincón y que a veces cuesta dar con ellos.

Teníamos una ruta predefinida, pero nos desviamos muchas veces en la búsqueda de estas simpáticas figuras.

Wrocław nació en Ostrów Tumski, una zona en la que hoy se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

Sin embargo, el centro de la ciudad se articula en torno, cómo no, a la Plaza del Mercado (Rynek). Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar. Es una de las más grandes de Europa y cuenta con edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…), además del ayuntamiento.

No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Poznań y Wrocław guardan cierta similitud. Ambas tienen su Ostrów Tumski, una zona en la que se concentran edificios eclesiásticos de relevancia. Además, sus plazas centrales son auténticas maravillas. En Wrocław si hubiéramos hecho noche, quizá habríamos ido más tranquilos a la hora de recorrer la ciudad, y por supuesto habríamos encontrado muchos más Krasnale e incluso subido al mirador de la Sky Tower. Al tener que coger el tren dirección Cracovia, fuimos deteniéndonos menos en algunos edificios, sobre todo en iglesias. Y es que en Polonia hay muchas, por lo que es imposible verlas todas y hay que filtrar por importancia o arquitectura.

Y de Wrocław viajamos a la ciudad que aún es la capital en el corazón de muchos polacos: Cracovia. Y es que lo fue durante gran parte de su historia, por ello ha sido un importante centro comercial, político y cultural del país. La ciudad queda dividida en cuatro barrios: Stare Miasto, Kazimierz, Podgorze y Nowa Huta.

Stare Miasto es sin duda la parte más importante. Rodeado por el Parque Planty, que sustituye a la antigua muralla, el centro alberga un número importante de edificios y monumentos. Estos se encuentran en torno a la Villa Real, que trascurre desde la Barbacana hasta la Colina Wawel discurriendo primero por la calle Florianska y, después, por la Grodzka.

En ese recorrido se encuentra la Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny), la plaza medieval más grande de Europa. En ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

 

También en Stare Miasto encontramos la Universidad, la segunda más antigua de Europa y que ha tenido alumnos de renombre como Copérnico o Karol Wojtyla. Su Collegium Maium en ladrillo rojo y estilo gótico tardío es magnífico y su patio bien merece una parada.

Tampoco se queda atrás el Collegium Novum con su fachada que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En la Colina de Wawel se encuentra uno de los edificios más importantes de la ciudad: el castillo (con su catedral). Gracias a su construcción la ciudad ganó relevancia eclesiástica y monárquica, pues era aquí donde se coronaba a los reyes, además de donde se les enterraba.

Los barrios de Kazimierz y Podgorze están relacionados con los judíos. Por un lado, en Kazimierz era donde residía esta comunidad y aún se puede encontrar un poco de historia entre sus calles. Obviamente hay mucho que ha desaparecido (aniquilado por los nazis, básicamente), pero aún se pueden encontrar puntos de interés en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka. Además, se conservan sus siete sinagogas. Eso sí, solo una de ellas funciona como tal.

Podgorze es el guetto al que los nazis les obligaron a mudarse. En él se encuentra la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que con sus sillas recuerda a los judíos que esperaban a lo que ellos pensaban que iba a ser un lugar mejor.

Allí además se puede visitar la fábrica de Oskar Schindler, hoy convertida en museo. Seguro que es interesante, pero la falta de tiempo nos hizo priorizar exteriores.

Finalmente, el barrio de Nowa Huta, a 10 kilómetros de Cracovia, fue construido siguiendo el modelo soviético para los trabajadores de la empresa Huta im. T. Sendzimira, el principal productor de acero de Europa. Durante la época comunista llegó a alojar a 100.000 personas y Cracovia se convirtió en un importante centro industrial. Lamentablemente no tuvimos tiempo para acercarnos allí. Así como también se nos quedó en el tintero la visita a las Minas de Sal. Otra vez será.

Cracovia está llena de historia en cada una de sus calles, donde se alternan edificios centenarios de estilo renacentista, barroco y gótico con nuevas construcciones más modernistas.

Sin embargo, me gustaron más Poznań y Wrocław. Quizá por sus plazas centrales, que me dejaron buen sabor de boca.

También es verdad que le dedicamos poco tiempo, el centro requeriría fácilmente un día, los barrios judíos y Nowa Hutta, un segundo. Si además se quiere visitar las Minas de Sal, quizá 3 días habría sido más adecuado. La visita a Auschwitz la habíamos descartado desde un principio porque sabíamos que no contábamos con tantos días de vacaciones y porque ya visitamos Dachau hace unos años.

Nuestra última parada fue Varsovia, una ciudad que ha renacido de sus cenizas. Y, gracias a una exhaustiva reconstrucción tras la II Guerra Mundial, la UNESCO le dio en 1980 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Desde que se convirtió en capital en el siglo XVI vivió períodos de crecimiento y prosperidad. Gracias a ello destacan sus iglesias, castillos y mansiones.

Además, se convirtió en un importante centro cultural y educativo y hoy acoge a 4 de las mejores universidades del país.

Sin embargo también ha pasado por años de declive y de guerra, que le han dejado sus cicatrices. Sus calles nos recuerdan la resistencia al nazismo, el pasado comunista, y el renacer a finales del siglo XX.

Varsovia también tiene su Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena.

Fuera de la ciudad amurallada nació una ciudad independiente, Nowe Miasto, que con el tiempo acabaría uniéndose a Varsovia. Se articula en torno a a la calle Freta y cuenta con tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Al otro lado del Vístula se encuentra el Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio, pero que hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por encontrarse algo apartado.

El bulevar junto al Vístula es un entorno muy agradable para pasear, y también de ocio. Allí podemos encontrarnos con la segunda sirena y ver a lo lejos el PGE.

También en Varsovia se nos quedaron lugares por visitar, como el Parque Łazienki, al sur de la Ruta Real, donde se encontraba la residencia de verano del rey Estanislao Augusto Poniatowski; o Muranów, que, con un muro de 18 kilómetros por 3 metros de alto, se convirtió en el guetto judío en el que convivieron cerca de medio millón de personas. Allí se encuentra el Monumento a los Héroes del Guetto o la Umsclagplatz, la plaza desde la que salían los trenes hacia el campo de concentración de Treblinka.

Tampoco nos dio tiempo de subir al Palacio de la Cultura y la Ciencia para poder observar la ciudad desde las alturas. Aunque esto fue más bien un error de planificación, ya que al equivocarme de hotel, pensé que nos quedaría a mano al tener que pasar por la estación.

Al igual que Cracovia, Varsovia requiere de, al menos, un par de días para poder descubrir todos sus rincones y heridas del pasado. Un día para su centro histórico, otro para la zona nueva, y un tercero para el Barrio de Praga y el margen del Vístula.

Así pues, en general pudimos ver prácticamente lo que teníamos pensado. Aunque no nos habrían venido mal un par de días más, uno para Cracovia y otro para Varsovia. Falló en parte la planificación, pensando que por ser ciudades con el centro histórico bastante concentrado, apenas tardaríamos en recorrerlas. Pero además, nos fallaron las fechas. Nosotros que esperábamos encontrar unos 30º como mucho, por el contrario no bajamos de los 35º debido a la horrible ola de calor del verano pasado. Así pues, nos pasó como en Praga, que el calor nos impedía llevar un ritmo normal.

Habitualmente, cuando vamos de viaje, salimos sobre las 9 de la mañana y nos pasamos todo el día gastando suela hasta que se hace de noche. Al final de la jornada solemos hacer unos 20 kilómetros. Así pues, a la hora de planificar, ya tenemos siempre esa referencia. Sin embargo, la climatología influye bastante. Sobre todo el calor, porque con el frío al final el cuerpo te pide movimiento y le das algo más de brío al paseo. Con 20-25º es llevadero, aunque pegue el sol. Sin embargo, cuando superas cierta temperatura, el cuerpo llega un momento en que te pide parar, hidratarse y ponerse a resguardo. Y no todo depende de la temperatura, sino de la sensación térmica. Creo que lo pasé peor con esos 35 en Polonia que con 40 en España. Y eso que el seco de Madrid es horrible.

En el viaje nos enfrentamos además a otro dato a tener en cuenta, y es que mientras que en Madrid el sol quizá empieza a pegar a partir de las 12; en Polonia notamos que por estar más al norte, la inclinación de la Tierra también influía. Puede parecer una tontería, pero dado que amanecía antes, cuando salíamos a la calle a las 9 de la mañana el sol ya estaba arriba del todo. Así pues, ya hacía calor agobiante. Y para cuando querían llegar las 11 no había quién estuviera en la calle.

Sin embargo, paradógicamente, las plazas y parques estaban llenos de gente. Y es que creo que, como no son temperaturas habituales en el país, las viviendas no están preparadas para ello. Imagino que sí para el invierno con nieve y números bajo cero. Así, la gente salía a la calle a refrescarse. Bien en las fuentes y aspersores improvisados o en las fuentes típicamente decorativas. Era el mismo panorama en todas las ciudades que visitamos.

Por lo demás, seguimos nuestra rutina. Intentamos caminar todo lo posible y tomar el transporte en casos puntuales. Como en Varsovia que después de buscar el hotel equivocado estábamos en la otra punta de la ciudad, o en Cracovia que habíamos acabado la jornada en un barrio algo alejado. En general, hemos encontrado unas ciudades con un buen sistema de transporte, con metro, bus y tranvía.

Sí que es cierto que en algunos casos se veían vehículos con solera (sobre todo en Riga y Vilna, pero también en algunos lugares de Polonia), pero ya sabemos que las máquinas soviéticas tienen fama de duraderas.

Las principales ciudades de Polonia están bien comunicadas. Quizá no hay mucha frecuencia y algunos trenes son un tanto antiguos (sin aire acondicionado y un tanto estrechos), pero sin duda más cómodos que los buses.

 

Además, también están incorporándose nuevos Intercity, que son rápidos, modernos y cómodos. Y los precios no son nada caros.

Para los recorridos de larga distancia sacamos previamente por internet los billetes. Sabíamos que nos iba a limitar, claro, pero así nos asegurábamos que teníamos asiento. Una vez en la estación era fácil encontrar el andén. Simplemente había que buscar en pantalla o panel amarillo el número de nuestro tren, o el horario.

Las pantallas son fáciles de seguir, pues con el horario se ve fácilmente. Los paneles, son un poco más complejos de leer porque está todo muy comprimido, pero lo bueno es que vienen todas las paradas que hace cada tren, así que está muy bien para confirmar la ruta.

Después, el tren tiene indicado en cada vagón el número de coche, si es 1ª o 2ª clase, el número de tren, así como las paradas que realiza. Por lo que no hay pérdida.

Para los movimientos puntuales dentro de la misma ciudad, compramos billetes sencillos y listo.

Eso sí, no hay que olvidarse de pasarlos por el lector, que no suele haber tornos, sino que las máquinas están algo apartadas para no entorpecer el tránsito de viajeros (en el tranvía y bus hay varias máquinas dentro).

La mayoría de las ciudades tienen su gran centro peatonal o de poco acceso a los vehículos, pero una vez que sales de esa zona, el tráfico es algo caótico. Sobre todo en Polonia vimos varios coches derrapando en medio de la ciudad. Nos resultaron un poco agresivos. Y otra cosa que nos llamó la atención fue el aparcamiento. Durante el viaje encontramos muchas veces que las aceras estaban ocupadas por los coches.

Hacia el final del viaje nos dimos cuenta de que parecía estar regulado de esa forma tal y como indicaban las señales. Y esto nos sorprendió aún más.

Como suele ser habitual en nuestros viajes, solemos comer en ruta comprando algo en supermercados o tiendas de conveniencia. Tanto en Riga como en Vilna los mejores sitios para comer algo rápido son los Narvesen e Iki. Tienen bocadillos, sándwiches, paninis, ensaladas… por lo que puedes comprar algo rápido y comerlo en movimiento, o en un parque a la sombra. Eso sí, cuidado con las palomas. En Polonia están los Malpka, que son similares.

En Polonia la mayoría de los días seguimos el mismo patrón, aunque algún día para evitar el calor buscamos algún sitio en el que sentarnos con aire acondicionado, como Poznań con el japonés o en Bydgoszcz y Wrocław que comimos en sendos centros comerciales.

Lo típico por tierras polacas son las zapiekanki, algo así como un panini. Se trata de media baguette que se rellena con champiñones, carne, cebolla y queso. Aunque hay mil variedades, claro. Se come caliente.

Otros platos de la cocina polaca son pierogi (una especie de empanadillas), barszcz czerwony (sopa de remolacha), bigos (estofado de carne y col), golonka (codillo de cerdo). También vimos muchos puestos de roscas, panecillos y aquellos dulces que habíamos probado en Budapest.

Con el calor no apetecía mucho sentarse en una terraza, sin embargo, sí que hemos probado diversas cervezas locales. Las comprábamos en el supermercado y nos las llevábamos al hotel. Cada día probábamos una diferente. Algunas más suaves, otras más fuertes.

Una novedad que teníamos en este viaje es la eliminación del Roaming. Ya conté un poco nuestra experiencia en esta entrada. De todas formas, para resumir, diré que mientras que en Riga y en Vilna tras un correo a Pepephone conseguí tener línea y datos al igual que en España; por el contrario cuando llegué a Polonia me encontré con la sorpresa de que, a pesar de que mi móvil tenía red polaca, no me daba datos. Tras enviar un nuevo correo a mi compañía, descubrí que no tenían ningún acuerdo con este país, por lo que resultó que estábamos como antes. Por suerte, como con Jazztel sí teníamos, así que cuando teníamos que recurrir a internet para buscar algún mapa o información, tirábamos de su red.

También es verdad que en muchas ciudades había WiFi gratuito en la calle, pero no siempre funcionaba muy bien. Y menos cuando no paras de moverte y hay varias redes diferentes según la zona en la que te encuentres.

Y para finalizar, ahí va nuestro resumen de gastos del viaje:

Total: 1.305,20€ (652,60€ por persona)

Y hasta aquí, nuestras vacaciones de verano. Pero todavía quedaba un último viaje de 2017. Empezamos pronto.

Conclusiones de nuestra escapada a Suiza y Liechtenstein

Acabamos en Suiza de rebote, sin buscarlo como destino, simplemente dejándonos llevar por la fecha y ajustado a nuestra economía. Sin embargo, no se puede decir que erráramos en nuestra decisión, ya que tanto Basilea como Zúrich son dos ciudades que tienen mucho que ofrecer.

Suiza es un país caro y donde se mueve mucho dinero. La mayoría de su oferta turística está enfocada a un público bastante concreto y selecto. Por tanto, destacan los deportes de invierno y de montaña así como las actividades culturales. Nosotros teníamos un presupuesto más ajustado, así que nos centramos en el recorrido urbano.

Habíamos planificado una tarde y una mañana en Basilea, una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque, gracias al Mobility Ticket es apta hasta para los menos acostumbrados a andar, ya que permite usar el transporte público de la ciudad durante el tiempo que vayamos a estar alojados.

Lamentablemente, debido a una incidencia en el vuelo, llegamos ya de noche a Basilea y tan solo nos quedó una mañana para ver todo lo que teníamos planeado. Si no hubiéramos tenido el billete de tren ya sacado quizá podríamos haber ajustado de otra forma y haber llegado más tarde a Zúrich, quizá directamente a la hora de la cena.

No obstante, lo solventamos madrugando y aún así fuimos paseando tranquilamente, sin ir a la carrera. Aunque quizá es porque también estamos acostumbrados, ya que en nuestros viajes raro es el día que bajamos de los 20 kilómetros recorridos.

Basilea queda dividida en dos partes. Por un lado Grossbasel, donde se encuentran los monumentos más importantes de la ciudad. Destaca entre todos la catedral, de la época románica tardía y gótica, en tonos rojizos, así como su Ayuntamiento medieval de piedra arenisca, también roja, emplazado en la Marktplatz. Es impresionante e increíblemente recargado.

Callejear por el casco antiguo supone encontrar coloridos edificios históricos intercalados entre algunos más modernos. Pero sobre todo los que le dan color son aquellos con las contraventanas de madera de diferentes gamas cromáticas.

 

En el lado opuesto se encuentra Kleinbasel, que ofrece unas estupendas vistas de Grossbasel desde su Oberer Rheinweg, un paseo que transcurre paralelo al Rin. Permite observar la catedral desde la distancia, sobresaliendo sus dos torres sobre el perfil de la ciudad.

Durante muchos siglos el único puente que unía ambas orillas era el Mittlere Brücke, de madera hasta que en 1903 se reconstruyó en piedra. Pero no solo era el único puente que conectaba Basilea, sino que era el único por el que se podía cruzar entre el lago de Constanza y el mar. Gracias a él la ciudad ganó en importancia.

Me sorprendió el contraste de la noche a la mañana. A pesar de ser un sábado a las 9 de la noche, nos encontramos con una ciudad en la que apenas había gente en la calle. Tan solo en un par de plazas. Por el día, como madrugamos, tampoco había mucho movimiento hasta quizá ya mediodía. Por un lado nos permitió caminar con calma, pudiendo observar todo a nuestro ritmo. Por otro, daba una sensación de irrealidad al verla tan vacía.

Zúrich por el contrario es una ciudad con más actividad. No en vano es la ciudad más importante del país. Aún así, su casco histórico está concentrado. Y muy bien preservado.

En Zúrich no teníamos tarjeta de transporte, pero como digo, el centro queda bastante recogido, por lo que se puede caminar tranquilamente. No obstante, la ciudad cuenta con una extensa red de tranvías. Tal y como recoge el New York Times en este artículo, en Zúrich tienen prioridad los peatones. Pero no solo eso, sino que se le hace la vida imposible a los conductores. Las medidas disuasorias son semáforos cada pocos metros que además duran poquísimo en verde (los conductores de tranvía pueden además cambiarlos a su favor para obligar a los demás vehículos a parar), se ha restringido el acceso de vehículos privados, apenas hay aparcamiento (en 1996 se congeló el número de plazas) y los límites de velocidad son muy bajos. Con este panorama no es de extrañar que se respirara tanta tranquilidad por las calles.

Pero, frente a esta desesperación de los conductores, el ciudadano tiene a su alcance 170 kilómetros de red de tranvía, además de autobuses, trenes y barcos.

En este caso habíamos estructurado la visita en 4 partes. Un primer paseo recorriendo la Banhofstrasse y las calles paralelas hasta el margen del río Limmat. En esta zona abundan las callejuelas de edificios singulares, balcones coloridos y banderas por todos lados.

Y hoy en Fun with Flags, una curiosidad sobre la bandera suiza: es cuadrada y no rectangular, como suele ser habitual. Tan solo comparte esta singularidad la del Vaticano.

Próxima se encuentra la colina Lindenhof, un oasis de paz y ocio desde la que observar los tejados del casco antiguo e incluso de los Alpes.

Sin duda, mi lugar favorito fue la Münsterhof, una plaza muy colorida con históricas casas gremiales y sillas en las que sentarse a disfrutar de un día soleado. Una idea que comparten con los parisinos, como ya observamos en diferentes jardines.

Una segunda ruta en la parte más cercana al lago, donde se encuentra el Ayuntamiento, la Ópera, la Waserkirche y la Fraumünster.

La tercera zona sería la zona de las universidades, sobre una colina a la que se puede acceder con el histórico Polybahn.

Es la zona que menos me gustó, no tiene el encanto del casco histórico, aunque al estar a mayor altura, también se puede ver la ciudad desde arriba.

Y, finalmente, un recorrido en barco por el lago. El camino circular muestra otra cara de la ciudad pasando por pequeñas aldeas que se asoman al agua.

Nos perdimos los murales de Giacometti y alguna calle o monumento, ya que aunque contábamos con más tiempo que en Basilea, Zúrich es una ciudad grande. Aún así pudimos conocer la ciudad a pie, callejeando; sobre raíles, en el Polybahn; por agua con el recorrido en barco, que además nos salió gratis; y desde las alturas, pues subimos a la catedral, que ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Como extra nos dejamos tiempo hasta para probar una sala de escape.

Y ya que estábamos en Suiza y tan cerca de la frontera, no podíamos dejar la oportunidad de acercarnos a la capital de Liechtenstein y sumar otro país más a la lista (el 29 en mi caso).

Esta excursión fue más un capricho que necesidad, ya que hay que tomar un tren y un bus para llegar y tardamos más en el recorrido que en visitar Vaduz en sí. Y es que además de que la ciudad (o pueblo) es pequeña, apenas tiene una calle principal, varios museos (entre ellos el filatélico), y un castillo que no se puede visitar porque es la residencia de los Príncipes. Encima el tiempo no acompañó mucho y tuvimos lluvia intermitente prácticamente todo el día.

Sin el viaje al país vecino, habríamos estado dos días en Basilea y dos en Zúrich. O quizá restar medio día de cada ciudad para habernos acercado a Lucerna, uno de los destinos más visitados del país.

Pero tampoco es gran problema, volar a Europa hoy en día es más fácil que nunca con la gran variedad de compañías aéreas que hay. Y, como hemos podido comprobar, Suiza tiene unas buenas conexiones ferroviarias con trenes muy cómodos y modernos.

Sí, no es un país barato, pero si se compran con tiempo, los billetes están al 50% a determinados horarios en la web.

Ese ha sido uno de los trucos a los que hemos recurrido para ahorrar. Otro fue la comida. Dado que estábamos en un apartamento, aprovechamos para desayunar y cenar en él. Encontramos un supermercado que abría 24 horas y enfrente de nuestro alojamiento teníamos un ultramarinos que tampoco cerraba. Además, en el bajo de nuestro edificio había dos restaurantes indios. Para beber, compramos varias marcas de cervezas locales. Así que un poco de aquí, un poco de allá, y listo.

Para comer tanto domingo como lunes lo hicimos en el tren, así que lo solucionamos con unos bocadillos. El día de vuelta comimos en la sala del aeropuerto directamente.

En cuanto a la hidratación, no hace falta dejarse un dineral en botellas de agua. No he visto un país con tantas fuentes como Suiza. Desde históricas, a funcionales, pasando por las decorativas. No eran días de mucho calor, pero era verlas y tener sed. Además, el agua estaba bien fresquita.

Así pues, este fue el resumen de nuestros gastos (por persona):

Vuelos Madrid – Basilea y Zúrich – Madrid: 182.05€

– Alojamiento Basilea: 25.75€

– Tren Basilea – Zúrich: 16.23€


– Alojamiento Zúrich: 59.63€

– Tren Zúrich – Sargans y Sargans Zúrich: 31.62€

– Efectivo (comida, pase del día para el bus de Vaduz, subida a la catedral de Zúrich, algún recuerdo y tren al aeropuerto): 80€.

Total= 213.29€

Al final el viaje no nos salió mal. Aunque todavía estamos pendientes de que nos paguen la indemnización por el retraso del vuelo de ida, lo cual supondría que el balance económico sería aún mejor.

Tuvimos suerte con el clima. Salvo un día, el resto estuvieron despejados y con una temperatura agradable. Al tratarse de principios de mayo, no sabíamos qué esperar, pues Suiza es un país muy montañoso y sus condiciones meteorológicas son variadas y cambiantes según el viento se quede en los valles o se mueva hacia las zonas más mesetarias.

Suiza tiene fama de paisajes montañosos espectaculares, enormes lagos y encantadoras ciudades medievales. Y lo cierto es que tras visitar Basilea y Zúrich podemos afirmar que cumple lo que promete. Sin duda la combinación de estas dos ciudades fue una buena decisión para una escapada de cuatro días.

Conclusiones del viaje a Mahé, Bombay y París

Cuando surgió el viaje, tuve un breve momento de duda, como ya comenté. Por suerte, duró poco y nos lanzamos. Fue un viaje un poco agotador, con mucho por ver y hacer en algo más de una semana. Sin embargo, creo que el contraste entre los tres países fue bueno para desconectar y vivir cada uno de una forma totalmente diferente.

Comenzamos por las Islas Seychelles, unas islas paradisíacas que desde luego no entraban en mis planes más próximos (ni lejanos, en realidad). Y es que con tanto globo terráqueo por descubrir, los destinos de playa quedan muy abajo en muy lista. Además, África para nosotros de momento era terreno inexplorado. Si hubiéramos ido más días, quizá habríamos aprovechado para hacer alguna excursión a Praslin o La Digue, sin embargo, al tratarse de una escala diurna, nos centramos en Mahé, que es la isla principal y donde llegaba nuestro avión.

Mahé no es muy grande, pero para poder aprovechar el tiempo al máximo, alquilamos un coche para poder movernos a nuestro ritmo y no depender de los autobuses locales. Seguimos la carretera principal y fuimos parando en playas y calitas que nos iba apeteciendo. Incluso nos bañamos en Beau Vallon, donde nos quedamos también para comer en ambas escalas aprovechando los restaurantes a pie de playa y el pescado fresco.

Por supuesto, también estuvimos en Victoria, la capital. Un pueblecito, más que una ciudad, donde se concentra la mayor parte de la población. Turísticamente tiene poco que visitar, es de esos destinos en que hay que seguir a nuestros pies y perderse entre el ir y venir de los lugareños. Mahé no es un destino de monumentos, fueron mucho más interesantes las visitas al mercado y a la plantación de té.

Aunque sin duda, uno de los mejores sitios es el Parque Natural Morne Seychellois, un auténtico paraíso verde y salvaje para los amantes de la naturaleza. En su mirador se respira tranquilidad, se ve cómo se mueven las nubes que tapan y descubren los montes. Y abajo, las prístinas aguas.

Lo que menos me gustó fue el clima. Nada más bajar del avión nos encontramos con una bofetada de humedad, sobre todo en la primera escala, ya que en la segunda había lluvias intermitentes y la temperatura había descendido unos grados.

Nuestros gastos en las dos escalas a la isla se redujeron al alquiler de coche, que dividido entre cuatro fueron 22.50€; y la gasolina y comida, que fueron otros 70.95€.

Los precios de Mahé eran elevados, un menú costaba más o menos como en Reino Unido. En total gastamos en las Seychelles 93.45€ por cabeza (menos de 50€ por día).

Bombay fue nuestra estancia más larga. Y es que, en teoría, era el destino originario del viaje. Tampoco estaba en la lista. Sí que habíamos pisado Asia cuando visitamos Japón (y Estambul), pero claro, el país nipón no tiene nada que ver. Sí, tanto la India como Japón son países muy poblados, pero no son comparables ni en clima, ni precauciones sanitarias, ni infraestructuras, ni cultura, ni costumbres…

Bombay fue un choque cultural. Tuvimos que despojarnos de nuestros prejuicios y dejarnos llevar por el caos. Fue un gran contraste viniendo del ritmo pausado de Mahé. Llevábamos una ruta más o menos establecida, por aquello de querer aprovechar al máximo nuestra visita. Sin embargo, pronto descubrimos que no hay organización que valga y que hay que dejarse fluir.

Aún así, intentamos recorrer los puntos más o menos significativos de la ciudad como Fort, el actual distrito comercial y administrativo pero que era donde en el siglo XVII se erigía la antigua fortaleza. Es en ese barrio donde se encuentra el mayor número de edificios victorianos de finales de siglo XIX cuando Bombay era la joya de la corona del Imperio Británico. De aquella época datan la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo, la Universidad, la Biblioteca David Sassoon, el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya o la Puerta de la India, ya en Colaba.

Esta zona está más o menos delimitada y se puede recorrer siguiendo una ruta. Por lo demás, el resto de Bombay es llegar a un barrio y perderse en él, callejear y descubrir su singularidad, la confesión de sus habitantes. Si Mahé no era un lugar para hacer turismo de monumentos, Bombay fuera de Fort, tampoco lo es. Sí, quedan restos como los fuertes de Bandra o Worli, alguna iglesia o templo… pero no se conservan en un muy buen estado. Como ya dije, Bombay no es para ir de turista, sino de viajero. Asumir el calor, el caos, los contrastes e intentar disfrutar la experiencia de salir de la zona de confort.

Aún así, es quizá la más europea de las ciudades indias con sus edificios coloniales y sus modernos rascacielos. Imagino que no tiene nada que ver con Nueva Delhi, Calcuta, Agra o Bangalore.

Aunque íbamos predispuestos a dejarnos llevar por la India, sus costumbres, su clima, su comida… hay algo a lo que no pensábamos renunciar y era el poder dormir con aire acondicionado, sin bichos y disponer de un baño decente. Así que buscamos un hotel de estilo occidental. Nuestra estancia con desayuno incluido nos salió por 127.98€ por persona (o 255.95€ por habitación). El buffet no disponía de una gran variedad de comida, pero estaba bastante bien con opciones dulces y saladas, calientes y frías, occidental e india. Una buena combinación. También cenamos allí y los platos eran abundantes, a buen precio y con un personal muy atento y simpático.

Por lo demás, el resto de gastos en Bombay (comidas, desplazamientos, excursión a la Isla Elephanta y alguna compra) fueron 369.69€, que son 92.42€ por cabeza.

A esto hay que sumarle el visado que hubo que sacar antes del viaje, que al cambio fueron 47.86€ cada uno. Es decir, en total, en Bombay gastamos 268.26€ por persona.

Para finalizar, llegamos a París, donde nos sentimos casi como en casa. El clima, la comida, la arquitectura, el transporte público ya no suponían un contraste como habían sido nuestras dos paradas anteriores. Aún así, París supuso un reto: el de conseguir ver lo máximo posible en dos días y medio. Algo imposible, por supuesto, ya que por mucho transporte público al que puedas recurrir, es una ciudad inmensa con siglos de historia, muchos monumentos, parques, museos, palacios, iglesias, catedrales, hoteles y cafeterías de renombre con parisinos sentados frente a la calle para ver a la gente pasar y dejarse ver…

Pero bueno, intentamos quedarnos con un primer acercamiento, pateando la ciudad, ya que el clima acompañaba a estar en el exterior. Paseamos por Montmartre y sus bohemias callejuelas, por la selecta Isla de San Luis, por el origen de la ciudad en la Isla de la Ciudad, por Le Marais, por los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías; admiramos los palacios, el Louvre, la Catedral de Notre Dame, el Sacre Cœur; subimos a la Torre Eiffel y la vimos iluminada de noche; recorrimos los Campos Elíseos y llegamos hasta el Arco del Triunfo; callejeamos por el Barrio Latino; visitamos la Plaza de la Concordia, la des Vosges y la Vendôme y seguimos el curso del Sena descubriendo sus numerosos puentes.

Siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Supongo que habrá que volver.

Los gastos en París no se nos dispararon mucho, a pesar de que es una ciudad cara. Siempre hay opciones para todos los bolsillos, aunque haya que buscar mucho. El primer reto fue el alojamiento. Al ser cuatro, nos era más rentable un apartamento por Airbnb, que un hotel. Nos costó 36.63€ por persona para los dos días.

Por otro lado, para movernos, era imprescindible sacarse algún pase o abono, y lo hicimos con los locales, con la Navigo, que fueron 27.50€ por persona, con el gasto de expedición de tarjeta incluido.

Además, sacamos las entradas de la Torre Eiffel por internet. No es que nos ahorráramos dinero, pero sí tiempo. Otros 17€.

Por lo demás, el único gasto fue comer, y prácticamente lo solucionamos con el supermercado que teníamos frente al apartamento. En total fueron 42.20€ en este aspecto.

Así, la suma de nuestros gastos en la capital francesa fue 123.32€.

A veces lo barato sale caro. Coges una oferta, pero a medida que vas añadiendo extras, la cuenta va subiendo y al final resulta que no era tan ventajosa como parecía. Sin embargo, este no fue el caso, ya que los gastos por persona de todo el viaje no llegaron a los 800€. En situaciones normales, con ese dinero apenas nos habría dado para cubrir los vuelos.

Con la tarifa error y los vuelos Madrid – París ida y vuelta, nos gastamos 273.76€ por persona. Para el resto seguimos la misma rutina de siempre, y es que, aunque establecemos un presupuesto estimado para más o menos saber cuánto nos vamos a gastar, lo cierto es que siempre transcurre natural y no acabamos derrochando. Tiene que ver con la educación y hábitos adquiridos.

Así pues: 268.26€ de Bombay + 93.45€ de Mahé + 123.32€ de París = 485.03€. Que sumado a los vuelos (485.03€ + 273.76€) nos dan el total de 758.79€.

No nos salió nada mal la aventura.

Conclusiones de nuestra breve estancia en París

Cuando surgió este viaje a Bombay decidimos añadir unos días más en París antes de volver a casa y ya entonces sabíamos que íbamos a tener que seleccionar y que nos quedarían muchas cosas pendientes.

París tiene mucho que descubrir y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. En estos casos siempre solemos darle prioridad a la calle. Es decir, nos centramos en patear la ciudad, perdernos por sus barrios, observar su arquitectura y edificios emblemáticos. Y si da tiempo, quizá alguna visita de interés cultural o histórico, un paseo en barco por el río u otro tipo de atracción.

Así pues, creamos una planificación en la que intentaríamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes cada uno de ellos diferente del anterior, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

Y si hubiera tiempo, quizá subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas.

Intentamos aprovechar al máximo los días, y teníamos a nuestro favor suficientes horas de luz y unos 15º de temperatura media. Sin embargo, jugó en nuestra contra el factor cansancio acumulado de todo el viaje y una ciudad demasiado extensa, con demasiados atractivos en cada barrio, en cada rincón. París es todo un monumento en sí misma.

Aprovechamos bastante bien el primer día visitando Montmartre, la zona de Ópera, Le Marais, La Isla de San Luis, el Jardín de las Tullerías y acabando en la Plaza de la Concordia. Aunque llegamos cansados tras un largo viaje, el cambio de clima nos cambió totalmente las pilas.

Montmartre me encantó, y el hecho de que el barrio estaba aún despertando, con poco ajetreo por sus empedradas calles, nos permitió pasear tranquilamente observando cada rincón, cada plazoleta, cada local.

Ver cómo se pone en marcha una ciudad también tiene su encanto. Y observar a tus pies París desde la escalinata de la Basílica te anima a seguir con el paseo.

Montmartre aún mantiene ese encanto bohemio, ese barrio de artistas, y además, se ve mucho arte callejero en sus paredes.

Otro punto simbólico que no podíamos dejar de visitar en Montmartre es el Moulin Rouge, que aún hoy sigue funcionando.

Desde allí continuamos hasta las Galerías Lafayette que me dejaron con la boca abierta al ver esa cúpula tan ricamente decorada. Y aún más con sus vistas de la ciudad.

Después de dejar nuestras maletas en el alojamiento continuamos por la histórica Plaza de la Bastilla y por el barrio de Le Marais que nos condujo a la Isla de San Luis, dos barrios residenciales en los que habitan las clases acomodadas de la ciudad, sobre todo en la isla, un oasis urbano próximo al corazón histórico de la ciudad.

Acabamos nuestro primer día por todo lo alto con el Pompidou, el Louvre, el Jardín de las Tullerías y la Plaza de la Concordia. En el Pompidou nos quedamos con las ganas de subir a su mirador, pero se nos estaba yendo el sol y hubo que continuar nuestro recorrido. El Louvre me abrumó. El conjunto de edificios que lo componen está ricamente decorado y la plaza entera es impresionante. Y nos conduce a través del jardín a la Plaza de la Concordia, otra plaza emblemática de la ciudad desde la que vimos atardecer.

Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle. Antes de subir paseamos por el barrio de Los Inválidos y el Campo de Marte, sin embargo, cuando bajamos, ya se nos había ido toda la mañana. Esto nos impidió entrar en otros monumentos como el Arco del Triunfo o Notre Dame, de hecho, cuando llegamos a la plaza de esta última había tremenda cola simplemente para acceder a la catedral. Imagino que hay dos opciones para subir: bien ir a primera hora, o bien armarse de paciencia y esperar en cualquier otro momento del día.

Ese día acabamos muy cansados, no obstante, no perdimos la oportunidad de salir de noche para ver otra perspectiva de la ciudad. Y aún así, tuvimos que elegir, pues no teníamos tiempo ni ánimos para salir de fiesta y perdernos por París. Así pues, nos acercamos a ver iluminada la Torre Eiffel y Moulin Rouge.

El último día fue algo más relajado porque ya habíamos asumido que no nos daría tiempo a ver lo que nos quedaba pendiente, pero intentamos aprovechar al máximo la mañana paseando por Saint Germain des Pres, el Jardín de Luxemburgo, la Universidad y el Barrio Latino.

Por la tarde, después de comer, nos quedaban unas horas antes de coger el avión, pero no las suficientes como para visitar las catacumbas. Y, aunque quizá sí que nos habría dado tiempo a subir a la Torre Montparnasse, decidimos seguir pateando algún tramo que nos habíamos dejado pendiente, como la Madeleine y la lujosa Plaza Vendôme. Y terminamos nuestra visita con unas compras.

Aunque quedó mucho por ver, no nos habría dado tiempo a recorrer tanto sin la ayuda del transporte público. La elección de la tarjeta Navigo fue un gran acierto, pues quedó prácticamente amortizada con los dos viajes al aeropuerto más las paradas en Gare du Nord a dejar el equipaje.

El metro de París cubre prácticamente toda la ciudad gracias a sus 16 líneas. Tiene buena frecuencia y hay muchas conexiones para poder hacer trasbordo de una línea a otra.

La primera de ellas fue inaugurada en 1900. Desde entonces, la red de metro no ha hecho más que crecer contando en la actualidad con 303 estaciones y 219 kilómetros de vías. Es la tercera más larga de Europa Occidental solo superada por Londres y Madrid.

El metro funciona de 5:30 a 1:00. Aunque los viernes y sábados cierra a las 2:00.

Se dice que no hay ningún punto de París alejado más de 500 metros de una estación, aunque con señalización diversa.

Algunas de ellas cuentan con unas salidas muy pintorescas.

Hay estaciones con pasillos interminables y múltiples desvíos. Sin embargo, está bien indicado y además, cuenta con paneles informativos que indican los horarios y avisan de posibles incidencias a tiempo real.

Una vez en el andén, también hay paneles que señalan la línea en que estás, el sentido, la hora, y lo que le falta al tren por venir, y además, a un segundo. Es bastante fácil moverse por la red de metro parisina. Y por si fuera poco, las locuciones se repiten en inglés, francés, español, alemán e incluso chino y japonés. Asimismo, la información dentro de los vagones con las advertencias de seguridad está en varios idiomas.

No obstante, en algunas líneas debían estar dando un lavado de cara a las estaciones, puesto que estaban como en bruto.

El RER tan solo lo cogimos para ir y volver del aeropuerto, trayecto que lleva apenas unos 50 minutos y sin apenas paradas.

El bus solo lo cogimos una vez para acortar desde la Estatua de la Libertad a Trocadero y parecía tener buena frecuencia. Eso sí, también depende del tráfico, no nos olvidemos que estamos hablando de una gran capital. De ahí que cogiéramos más el transporte suburbano.

El apartamento a pesar de no estar céntrico creo que fue buena elección, pues estaba bien comunicado. Además, teníamos cerca un supermercado, que nos permitió hacer la compra y solucionar desayunos y cenas.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Es una ciudad inabarcable. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que nos quedaron muchos rincones por descubrir y que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica (no hay que olvidarse de mirar hacia arriba para no perderse hermosas azoteas). Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.