Conclusiones de nuestro viaje por Letonia, Lituania y Polonia

El destino no quiso que viajáramos a la antigua Yugoslavia, así que tuvimos que valorar otros territorios inexplorados. Y nos decidimos por Letonia, Lituania y, sobre todo, Polonia. En los dos primeros países solo estuvimos en su capital, mientras que en Polonia sí que hicimos más paradas. Ya habíamos visitado Estonia con el Crucero por Capitales Bálticas, y nos quedaba conocer las otras dos antiguas repúblicas soviéticas. Así que, aprovechando que el vuelo a Riga nos salía bien de precio, unimos los tres países.

Llegamos a Riga y nos encontramos con un tiempo gris. Aún así, no desmereció para nada una ciudad en la que se entremezclan edificios de la Edad Media; con otros de la época hanseática con sus típicos ladrillos rojos; con otros de estilo Art Nouveau bellamente ornamentados, así como con otros que nos recuerdan su pasado soviético. Tiene un contraste curioso que la enriquece.

Apenas pasamos un día en la capital letona y creo que el tiempo estuvo bien medido. Riga es una ciudad pequeña, por lo que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos, así que los puntos históricos quedan bastante recogidos.

Sí que es cierto que al otro lado de la muralla, tras pasar el Bastejkalna parks y el canal, encontramos otros barrios en los que tenemos puntos de interés (sobre todo edificios de estilo Art Nouveau).

También, cerca de la estación se encuentran el barrio Moscú o el Mercado (tanto interior como exterior), pero en general, no hay que recorrer grandes distancias.

A pesar de que el día comenzó lluvioso, pudimos recorrer Riga tranquilamente e incluso subir a las alturas para ver una panorámica. Nos faltaron un par de calles que nos quedaban un poco más lejanas, pero, en general, cumplimos bastante bien con el plan inicial.

Dado que Riga y Vilna no tienen comunicación en tren, tomamos un bus, bastante cómodo, que por 19€ y en apenas cuatro horas cubría el trayecto. Una buena decisión, todo hay que decirlo. Aunque el conductor fuera un tanto kamikaze (o se haya sacado el carnet en Bulgaria).

Vilna también estuvo amurallada, así que también tiene un núcleo bastante definido, sin embargo, no hay que olvidar sus dos miradores o los barrios de Užupis y judío, que quedan en las afueras.

Destaca la Avenida Gedimino Prospektas, una arteria que nos lleva a la Catedral, pero de la que no hay que perder detalle, ya que en cada una de sus aceras encontramos edificios majestuosos del siglo XIX y XX.

La catedral, todo un hito para la ciudad cuando su rey se convirtió al cristianismo, me resultó sosa y fría. De la misma manera me decepcionaron las vistas desde la Torre Gediminas o desde la Colina de las Tres Cruces. Vilna no es fea, pero viniendo de Riga, me resultó algo anodina.

Pero aunque la Gedimino Prospektas tiene relevancia, realmente la arteria principal transcurre desde la Puerta de la Aurora hasta la Catedral, pasando por el ayuntamiento o la universidad, además de numerosas iglesias de diversos estilos. Son los tramos de la Aušros Vartų, Didžioji gatvė y Pilies gatvė.

La ciudad tiene mucha historia detrás, pero en la mayoría de los casos ha desaparecido, como en el caso del barrio judío. Y quizá esto le hace perder encanto. O quizá no tuve el día ya que ni siquiera me apeteció entrar a la universidad y, hoy, cuando veo las fotos, pienso que a lo mejor mi mente me juega una mala pasada.

Vilna no me atrapó. La recorrí, pero no la disfruté.

Tampoco lo pasé bien en el trayecto en bus hasta Polonia. Fueron demasiadas horas con muchas interrupciones, y al final nos lastró el resto del día. Llegamos muy pronto y, en vez de ver Gdańsk, nos fuimos a Gydnia y Sopot, que están a una media hora en tren tipo cercanías.

Gdańsk, Sopot y Gydnia forman la Ciudad Triple (Trójmiasto), sin embargo, cada una tiene su carácter. Gdynia representa la recuperación, pues su puerto se levantó en apenas 10 años. Y precisamente alrededor del puerto es donde se concentra algo de su historia.

Sopot por su parte es un lugar de vacaciones, y así se refleja en la calle que lleva al muelle, llena de veraneantes que se dirigen a la playa. Si hubiéramos ido más días, no está mal el paseo. Pero podíamos haber empleado la mañana en Gdańsk y no nos habríamos quedado sin luz.

En casa, con el mapa sobre la mesa, había pensado que Gdańsk, a pesar de tener mucho para ver, y mucha historia, apenas nos llevaría tiempo porque también es una ciudad en la que lo importante está concentrado. Así, había pensado que desde la estación al hotel nos daría tiempo a recorrer una parte menos céntrica, y después, la tarde, tras una reparadora siesta, la podríamos dejar para perdernos por el centro. La primera parte del planteamiento, bien; ahora, la segunda… hacía aguas.

Parecía que lo más importante se encontraba entre la calle Mariacka y Długi Targ, además de la vista desde el río, así que perfecto. Pero no. A pesar de que Długi Targ tiene una longitud de 700 metros, es la seña de identidad de la ciudad. Concentra tantos y tantos edificios de bellas fachadas, que se tarda bastante en ir de punta a punta. Y no solo eso, sino que las calles colindantes también esconden preciosas construcciones.

Por otro lado, la ribera del río estaba plagada de gente, por lo que no solo apenas podíamos caminar, sino que además era imposible apreciar nada. Y es que a veces se nos olvida que solo en España se cena tarde, por lo que las 7 de la tarde, a pesar de que haya aún sol, es su hora de salir a cenar y/o tomar algo.

También es verdad que nos permitió descubrir otra ciudad a medida que se iban encendiendo las luces, con otro ambiente más festivo y veraniego.

Así pues, malgastamos el tiempo en esta parada y a la mañana siguiente, con mochilas, volvimos a callejear por el centro para verlo con más calma y poder sacar fotos con algo más de luz. Sin duda Gdańsk bien merece dos días para descubrirla más a fondo. Desde luego es imprescindible en una visita a Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Bydgoszcz, una ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. La elegimos como parada técnica para así no tragarnos demasiadas horas metidos en un tren. Su localización también le vino bien a los pescadores que se asentaron en la zona en la Edad Media. Al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula se convertía en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula por aquella época.

Reflejo de ese pasado son los graneros del siglo XVIII que servían de almacenes para los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida. En 1975 se reconstruyeron y fueron convertidos en museos. Hoy son un símbolo de la Bydgoszcz mercantil.

Pensamos que no íbamos a encontrar mucho del pasado en esta ciudad, sin embargo, nos sorprendió, pues conserva algunos edificios históricos escondidos en las calles más modernas. Como teníamos el hotel un poco alejado pudimos descubrir un Bydgoszcz inesperado. Construcciones en ladrillo rojo, otras de estilo modernista y otras más clásicas se erigen junto a bloques de pisos más actuales.

Y si hablamos de historia, la Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) se lleva la palma. Era la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. En los siglos posteriores sirvió para acoger casos políticos relevantes así como ejecuciones. Hoy está reconstruida y muchos de los edificios originarios han desaparecido. Tiene importancia histórica, sí, pero arquitectónicamente no destaca tanto como otras que veríamos más adelante.

Estuvo bien como parada técnica, pues dedicamos la tarde a pasear tranquilamente, descansamos bien y cargamos pilas para Poznań, la considerada por muchos historiadores como la primera capital polaca. También fue la primera ciudad que se levantó contra el gobierno comunista por las condiciones laborales de los obreros de las industrias.

Además, Poznań es relevante ya que Polonia nació en la isla Ostrów Tumski. Allí se levantó un castillo en el siglo IX y fue donde Mieszko I se convirtió al catolicismo. Hoy es donde se erige la Catedral de los Apóstoles Pedro y Pablo (Bazylika Archikatedralna św. Apostołów Piotra i Pawła).

Sin embargo, la joya de la ciudad es la Antigua Plaza del Mercado (Stare Rynek). Es impresionante la mires por donde la mires. Está flanqueada en todas sus caras por casitas de colores de múltiples estilos arquitectónicos que recuerdan a los diseños de los cuentos medievales.

Aunque hay edificios significativos e históricos a lo largo de la plaza, si hay uno que sobresale por encima de los demás es el Ayuntamiento (Ratusz). Se alza en el centro de la plaza y la domina por completo con su fachada renacentista y su torre de tres pisos coronada por el águila polaca y los machos cabríos que salen cada día a las 12 del mediodía.

Además, no podemos olvidarnos de la Universidad, del Castillo Imperial o de las numerosas iglesias cada una de un estilo totalmente diferente a la anterior.

No tiene el renombre de Gdańsk, pero me encantó. No solo por todo lo mencionado, sino porque también tiene ese estilo ecléctico con edificios de diferentes épocas. Algunos aún conservan los recuerdos de tiempos dolorosos mientras al lado se alzan otros que nos anclan en el presente de un nuevo siglo.

Parece que íbamos de menos a más, además anduvimos tranquilos a la hora de recorrerla pese a la climatología. Por lo que guardo buen recuerdo de ella.

De Poznań nos dirigimos a Wrocław, una ciudad que pudimos descubrir gracias a sus Krasnale, esos enanitos que se encuentran en cada rincón y que a veces cuesta dar con ellos.

Teníamos una ruta predefinida, pero nos desviamos muchas veces en la búsqueda de estas simpáticas figuras.

Wrocław nació en Ostrów Tumski, una zona en la que hoy se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

Sin embargo, el centro de la ciudad se articula en torno, cómo no, a la Plaza del Mercado (Rynek). Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar. Es una de las más grandes de Europa y cuenta con edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…), además del ayuntamiento.

No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Poznań y Wrocław guardan cierta similitud. Ambas tienen su Ostrów Tumski, una zona en la que se concentran edificios eclesiásticos de relevancia. Además, sus plazas centrales son auténticas maravillas. En Wrocław si hubiéramos hecho noche, quizá habríamos ido más tranquilos a la hora de recorrer la ciudad, y por supuesto habríamos encontrado muchos más Krasnale e incluso subido al mirador de la Sky Tower. Al tener que coger el tren dirección Cracovia, fuimos deteniéndonos menos en algunos edificios, sobre todo en iglesias. Y es que en Polonia hay muchas, por lo que es imposible verlas todas y hay que filtrar por importancia o arquitectura.

Y de Wrocław viajamos a la ciudad que aún es la capital en el corazón de muchos polacos: Cracovia. Y es que lo fue durante gran parte de su historia, por ello ha sido un importante centro comercial, político y cultural del país. La ciudad queda dividida en cuatro barrios: Stare Miasto, Kazimierz, Podgorze y Nowa Huta.

Stare Miasto es sin duda la parte más importante. Rodeado por el Parque Planty, que sustituye a la antigua muralla, el centro alberga un número importante de edificios y monumentos. Estos se encuentran en torno a la Villa Real, que trascurre desde la Barbacana hasta la Colina Wawel discurriendo primero por la calle Florianska y, después, por la Grodzka.

En ese recorrido se encuentra la Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny), la plaza medieval más grande de Europa. En ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

 

También en Stare Miasto encontramos la Universidad, la segunda más antigua de Europa y que ha tenido alumnos de renombre como Copérnico o Karol Wojtyla. Su Collegium Maium en ladrillo rojo y estilo gótico tardío es magnífico y su patio bien merece una parada.

Tampoco se queda atrás el Collegium Novum con su fachada que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En la Colina de Wawel se encuentra uno de los edificios más importantes de la ciudad: el castillo (con su catedral). Gracias a su construcción la ciudad ganó relevancia eclesiástica y monárquica, pues era aquí donde se coronaba a los reyes, además de donde se les enterraba.

Los barrios de Kazimierz y Podgorze están relacionados con los judíos. Por un lado, en Kazimierz era donde residía esta comunidad y aún se puede encontrar un poco de historia entre sus calles. Obviamente hay mucho que ha desaparecido (aniquilado por los nazis, básicamente), pero aún se pueden encontrar puntos de interés en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka. Además, se conservan sus siete sinagogas. Eso sí, solo una de ellas funciona como tal.

Podgorze es el guetto al que los nazis les obligaron a mudarse. En él se encuentra la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que con sus sillas recuerda a los judíos que esperaban a lo que ellos pensaban que iba a ser un lugar mejor.

Allí además se puede visitar la fábrica de Oskar Schindler, hoy convertida en museo. Seguro que es interesante, pero la falta de tiempo nos hizo priorizar exteriores.

Finalmente, el barrio de Nowa Huta, a 10 kilómetros de Cracovia, fue construido siguiendo el modelo soviético para los trabajadores de la empresa Huta im. T. Sendzimira, el principal productor de acero de Europa. Durante la época comunista llegó a alojar a 100.000 personas y Cracovia se convirtió en un importante centro industrial. Lamentablemente no tuvimos tiempo para acercarnos allí. Así como también se nos quedó en el tintero la visita a las Minas de Sal. Otra vez será.

Cracovia está llena de historia en cada una de sus calles, donde se alternan edificios centenarios de estilo renacentista, barroco y gótico con nuevas construcciones más modernistas.

Sin embargo, me gustaron más Poznań y Wrocław. Quizá por sus plazas centrales, que me dejaron buen sabor de boca.

También es verdad que le dedicamos poco tiempo, el centro requeriría fácilmente un día, los barrios judíos y Nowa Hutta, un segundo. Si además se quiere visitar las Minas de Sal, quizá 3 días habría sido más adecuado. La visita a Auschwitz la habíamos descartado desde un principio porque sabíamos que no contábamos con tantos días de vacaciones y porque ya visitamos Dachau hace unos años.

Nuestra última parada fue Varsovia, una ciudad que ha renacido de sus cenizas. Y, gracias a una exhaustiva reconstrucción tras la II Guerra Mundial, la UNESCO le dio en 1980 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Desde que se convirtió en capital en el siglo XVI vivió períodos de crecimiento y prosperidad. Gracias a ello destacan sus iglesias, castillos y mansiones.

Además, se convirtió en un importante centro cultural y educativo y hoy acoge a 4 de las mejores universidades del país.

Sin embargo también ha pasado por años de declive y de guerra, que le han dejado sus cicatrices. Sus calles nos recuerdan la resistencia al nazismo, el pasado comunista, y el renacer a finales del siglo XX.

Varsovia también tiene su Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena.

Fuera de la ciudad amurallada nació una ciudad independiente, Nowe Miasto, que con el tiempo acabaría uniéndose a Varsovia. Se articula en torno a a la calle Freta y cuenta con tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Al otro lado del Vístula se encuentra el Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio, pero que hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por encontrarse algo apartado.

El bulevar junto al Vístula es un entorno muy agradable para pasear, y también de ocio. Allí podemos encontrarnos con la segunda sirena y ver a lo lejos el PGE.

También en Varsovia se nos quedaron lugares por visitar, como el Parque Łazienki, al sur de la Ruta Real, donde se encontraba la residencia de verano del rey Estanislao Augusto Poniatowski; o Muranów, que, con un muro de 18 kilómetros por 3 metros de alto, se convirtió en el guetto judío en el que convivieron cerca de medio millón de personas. Allí se encuentra el Monumento a los Héroes del Guetto o la Umsclagplatz, la plaza desde la que salían los trenes hacia el campo de concentración de Treblinka.

Tampoco nos dio tiempo de subir al Palacio de la Cultura y la Ciencia para poder observar la ciudad desde las alturas. Aunque esto fue más bien un error de planificación, ya que al equivocarme de hotel, pensé que nos quedaría a mano al tener que pasar por la estación.

Al igual que Cracovia, Varsovia requiere de, al menos, un par de días para poder descubrir todos sus rincones y heridas del pasado. Un día para su centro histórico, otro para la zona nueva, y un tercero para el Barrio de Praga y el margen del Vístula.

Así pues, en general pudimos ver prácticamente lo que teníamos pensado. Aunque no nos habrían venido mal un par de días más, uno para Cracovia y otro para Varsovia. Falló en parte la planificación, pensando que por ser ciudades con el centro histórico bastante concentrado, apenas tardaríamos en recorrerlas. Pero además, nos fallaron las fechas. Nosotros que esperábamos encontrar unos 30º como mucho, por el contrario no bajamos de los 35º debido a la horrible ola de calor del verano pasado. Así pues, nos pasó como en Praga, que el calor nos impedía llevar un ritmo normal.

Habitualmente, cuando vamos de viaje, salimos sobre las 9 de la mañana y nos pasamos todo el día gastando suela hasta que se hace de noche. Al final de la jornada solemos hacer unos 20 kilómetros. Así pues, a la hora de planificar, ya tenemos siempre esa referencia. Sin embargo, la climatología influye bastante. Sobre todo el calor, porque con el frío al final el cuerpo te pide movimiento y le das algo más de brío al paseo. Con 20-25º es llevadero, aunque pegue el sol. Sin embargo, cuando superas cierta temperatura, el cuerpo llega un momento en que te pide parar, hidratarse y ponerse a resguardo. Y no todo depende de la temperatura, sino de la sensación térmica. Creo que lo pasé peor con esos 35 en Polonia que con 40 en España. Y eso que el seco de Madrid es horrible.

En el viaje nos enfrentamos además a otro dato a tener en cuenta, y es que mientras que en Madrid el sol quizá empieza a pegar a partir de las 12; en Polonia notamos que por estar más al norte, la inclinación de la Tierra también influía. Puede parecer una tontería, pero dado que amanecía antes, cuando salíamos a la calle a las 9 de la mañana el sol ya estaba arriba del todo. Así pues, ya hacía calor agobiante. Y para cuando querían llegar las 11 no había quién estuviera en la calle.

Sin embargo, paradógicamente, las plazas y parques estaban llenos de gente. Y es que creo que, como no son temperaturas habituales en el país, las viviendas no están preparadas para ello. Imagino que sí para el invierno con nieve y números bajo cero. Así, la gente salía a la calle a refrescarse. Bien en las fuentes y aspersores improvisados o en las fuentes típicamente decorativas. Era el mismo panorama en todas las ciudades que visitamos.

Por lo demás, seguimos nuestra rutina. Intentamos caminar todo lo posible y tomar el transporte en casos puntuales. Como en Varsovia que después de buscar el hotel equivocado estábamos en la otra punta de la ciudad, o en Cracovia que habíamos acabado la jornada en un barrio algo alejado. En general, hemos encontrado unas ciudades con un buen sistema de transporte, con metro, bus y tranvía.

Sí que es cierto que en algunos casos se veían vehículos con solera (sobre todo en Riga y Vilna, pero también en algunos lugares de Polonia), pero ya sabemos que las máquinas soviéticas tienen fama de duraderas.

Las principales ciudades de Polonia están bien comunicadas. Quizá no hay mucha frecuencia y algunos trenes son un tanto antiguos (sin aire acondicionado y un tanto estrechos), pero sin duda más cómodos que los buses.

 

Además, también están incorporándose nuevos Intercity, que son rápidos, modernos y cómodos. Y los precios no son nada caros.

Para los recorridos de larga distancia sacamos previamente por internet los billetes. Sabíamos que nos iba a limitar, claro, pero así nos asegurábamos que teníamos asiento. Una vez en la estación era fácil encontrar el andén. Simplemente había que buscar en pantalla o panel amarillo el número de nuestro tren, o el horario.

Las pantallas son fáciles de seguir, pues con el horario se ve fácilmente. Los paneles, son un poco más complejos de leer porque está todo muy comprimido, pero lo bueno es que vienen todas las paradas que hace cada tren, así que está muy bien para confirmar la ruta.

Después, el tren tiene indicado en cada vagón el número de coche, si es 1ª o 2ª clase, el número de tren, así como las paradas que realiza. Por lo que no hay pérdida.

Para los movimientos puntuales dentro de la misma ciudad, compramos billetes sencillos y listo.

Eso sí, no hay que olvidarse de pasarlos por el lector, que no suele haber tornos, sino que las máquinas están algo apartadas para no entorpecer el tránsito de viajeros (en el tranvía y bus hay varias máquinas dentro).

La mayoría de las ciudades tienen su gran centro peatonal o de poco acceso a los vehículos, pero una vez que sales de esa zona, el tráfico es algo caótico. Sobre todo en Polonia vimos varios coches derrapando en medio de la ciudad. Nos resultaron un poco agresivos. Y otra cosa que nos llamó la atención fue el aparcamiento. Durante el viaje encontramos muchas veces que las aceras estaban ocupadas por los coches.

Hacia el final del viaje nos dimos cuenta de que parecía estar regulado de esa forma tal y como indicaban las señales. Y esto nos sorprendió aún más.

Como suele ser habitual en nuestros viajes, solemos comer en ruta comprando algo en supermercados o tiendas de conveniencia. Tanto en Riga como en Vilna los mejores sitios para comer algo rápido son los Narvesen e Iki. Tienen bocadillos, sándwiches, paninis, ensaladas… por lo que puedes comprar algo rápido y comerlo en movimiento, o en un parque a la sombra. Eso sí, cuidado con las palomas. En Polonia están los Malpka, que son similares.

En Polonia la mayoría de los días seguimos el mismo patrón, aunque algún día para evitar el calor buscamos algún sitio en el que sentarnos con aire acondicionado, como Poznań con el japonés o en Bydgoszcz y Wrocław que comimos en sendos centros comerciales.

Lo típico por tierras polacas son las zapiekanki, algo así como un panini. Se trata de media baguette que se rellena con champiñones, carne, cebolla y queso. Aunque hay mil variedades, claro. Se come caliente.

Otros platos de la cocina polaca son pierogi (una especie de empanadillas), barszcz czerwony (sopa de remolacha), bigos (estofado de carne y col), golonka (codillo de cerdo). También vimos muchos puestos de roscas, panecillos y aquellos dulces que habíamos probado en Budapest.

Con el calor no apetecía mucho sentarse en una terraza, sin embargo, sí que hemos probado diversas cervezas locales. Las comprábamos en el supermercado y nos las llevábamos al hotel. Cada día probábamos una diferente. Algunas más suaves, otras más fuertes.

Una novedad que teníamos en este viaje es la eliminación del Roaming. Ya conté un poco nuestra experiencia en esta entrada. De todas formas, para resumir, diré que mientras que en Riga y en Vilna tras un correo a Pepephone conseguí tener línea y datos al igual que en España; por el contrario cuando llegué a Polonia me encontré con la sorpresa de que, a pesar de que mi móvil tenía red polaca, no me daba datos. Tras enviar un nuevo correo a mi compañía, descubrí que no tenían ningún acuerdo con este país, por lo que resultó que estábamos como antes. Por suerte, como con Jazztel sí teníamos, así que cuando teníamos que recurrir a internet para buscar algún mapa o información, tirábamos de su red.

También es verdad que en muchas ciudades había WiFi gratuito en la calle, pero no siempre funcionaba muy bien. Y menos cuando no paras de moverte y hay varias redes diferentes según la zona en la que te encuentres.

Y para finalizar, ahí va nuestro resumen de gastos del viaje:

Total: 1.305,20€ (652,60€ por persona)

Y hasta aquí, nuestras vacaciones de verano. Pero todavía quedaba un último viaje de 2017. Empezamos pronto.

Escape Room: Killer, ExitRoom

Tal y como habíamos hecho en Zúrich, reservamos una sala de escape en nuestro viaje a Polonia. Aunque hay en varias ciudades polacas, nos decantamos por Cracovia porque pasábamos dos noches en ella y porque al ser lo suficientemente grande, había más opciones donde elegir.

Nos decantamos por Killer, de ExitRoom.

Nos recibió una chica que, en inglés, nos consultó nuestra experiencia en salas de escape y nos informó sobre nuestra misión. Pero no fue nuestra Game Master, sino que lo fue un chico, quien además nos condujo al interior de la habitación tras habernos dado una linterna y vendado los ojos.

Y cuando me refiero a que nos condujo, lo digo literal, pues al estar con los ojos tapados, nos acompañó y nos sentó en la sala. Nos indicó que esperáramos así hasta que terminara una locución y a partir de ahí comenzaba el juego. Aquello prometía.

La locución nos sirve para meternos en el papel, pues oímos al asesino y a la víctima y cómo se comete el crimen. Cuando esta acaba, comienza nuestra cuenta atrás. Aunque en la web pone que está indicada para 2-5 jugadores, lo cierto es que yo no la recomendaría para más de 3, pues éramos dos y el espacio ya era limitado.

Nos encontramos en una especie de salón a oscuras, de ahí la linterna. La única luz venía de la tele, que proyectaba la cuenta atrás. Pero estaba enchufada al único enchufe de la habitación, por lo que tuvimos que desconectarla para conectar una lámpara (por decir algo, porque era de las de mesilla para leer).

Comenzamos a buscar en cada rincón, cajón, mueble… y encontramos pistas y enigmas bastante sencillos de resolver. Había candados, pero tampoco en demasía. Tan solo uno nos hizo perder algo de tiempo, porque era un tanto extraño de abrir y además la clave era tan tan tan fácil, que nos parecía que tenía que haber otra opción. Nuestro Game Master nos metió varias pistas por debajo de la puerta para guiarnos, porque veía que nos obcecábamos.

Esto de las pistas por debajo de la puerta me pareció un tanto cutre. Normalmente cuentas con un inalámbrico, un walkie, una pantalla en la que te escriben… pero lo de llamar a la puerta y meter un post-it no lo había visto nunca. Aparte del susto que me metió la primera vez que tocó.

Superado este escollo, pasamos a la siguiente sala, que no tenía sentido alguno. Es decir, se supone que estamos investigando el asesinato de una mujer en su habitación. Entiendo el salón, como si fuera una casa. Pero es un sinsentido encontrar un cubo lleno de brazos y piernas, o una muñeca decapitada en la pared… Si hubiera sido un escape room de terror, quizá, pero aquí no venía a cuento.

Aparte de eso, encontramos muy fácilmente las pistas y enseguida teníamos dos de los cuatro dígitos que nos conducían al final (aunque no sabíamos que íbamos a acabar ya). Pero no encontrábamos los otros dos… Así que hicimos trampa. Había que abrir un maletín y como teníamos un número de cada lado, giramos las ruedas hasta que se abrió. Y con eso ya teníamos el elemento final que nos dejaba salir.

Nos quedamos un poco estupefactos. En primer lugar por la simplicidad (nos olvidamos por completo del tiempo), por lo poco cuidadas y trabajadas que estaban las pistas y por el hecho de que pudieras salir sin haber resuelto todos los enigmas. Nos sobraron 17 minutos.

Después el chico nos explicó dónde se encontraban los dos dígitos que no habíamos encontrado. Aunque en realidad uno sí lo teníamos, pero no lo habíamos visto.

En resumen: correcto en la trama y en el concepto con la ambientación inicial, pero pobre en la ejecución.

Recorriendo Cracovia III – Barrio Judío y Guetto

Tras la visita a la colina, nos dirigimos a Kazimierz, el barrio judío de Cracovia. Aunque no siempre fue así, ya que antes del siglo XVIII era una ciudad próxima a Cracovia. Era totalmente independiente y contaba con su ayuntamiento, su plaza central, sus iglesias… Fue en 1495, cuando el rey Casimiro III de Polonia quiso ampliar la universidad, que los judíos que vivían en la parte occidental de Cracovia fueron forzados a mudarse allí para hacer sitio a las nuevas construcciones. En esta zona ya vivían cristianos, sin embargo, poco a poco fue convirtiéndose en asentamiento judío, pues fueron llegando no solo de Polonia, sino de todo el continente. En el siglo XIX ya lo era casi en exclusiva, pero sobre todo de aquellos de clases media y baja, ya que los más pudientes se fueron marchando.

Una de las que se marchó fue la famosa empresaria de cosméticos Helena Rubinstein. Aunque por aquel entonces no era rica, ni mucho menos. Nació en el barrio, y siendo la menor de 8 hermanas no parecía tener un buen futuro. Su padre se había quedado casi sin dinero al pagar las dotes de todas las anteriores, así que quería casar a Helena con un señor de 65 años que aceptaba desposarla gratis. A ella la idea no le pareció tan buena y huyó a Australia sin haber cumplido los veinte años. En su maleta llevaba la receta de una crema cosmética y eso le cambió la vida. Su casa hoy en día es un hotel.

Lógicamente Kazimierz fue uno de los lugares que más sufrieron la invasión nazi durante la II Guerra Mundial siendo sus habitantes trasladados al gueto de Podgórze. La zona quedó en decadencia y no fue recuperada hasta que se rodó La Lista de Schindler (aunque se supone que se ambientaba en el gueto). Hoy se ha convertido en un bar de moda entre la gente joven, tanto para vivir como para salir. También ha recuperado un poco de la cultura judía y surgen nuevos restaurantes kosher y galerías de arte.

En 1978 la UNESCO declaró Kazimierz Patrimonio de la Humanidad.

Aunque se ha perdido mucho, todavía se conservan algunos monumentos, de hecho es el segundo conjunto de monumentos judíos más grande de Europa, solo superado por el de Praga. La mayoría de los puntos de interés se concentran en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka, donde también abundan bares, restaurantes y lugares de ocio. Destaca el bar Singer, cuyas mesas cuentan con máquinas de coser de dicha marca.

En la Plac Wolnica, la plaza principal y donde se celebraba el mercado, se encuentra el Antiguo Ayuntamiento de cuando era ciudad independiente. En el siglo XIV tenía unas dimensiones similares a la principal de Cracovia, incluso con su mercado de paños.

En el barrio había siete sinagogas. La primera que nos encontramos al adentrarnos en sus calles fue la Sinagoga Tempel, que con un estilo que mezcla detalles neo-renacentistas con otros moriscos es la sinagoga más nueva de Cracovia. Fue construida en el siglo XIX por la Sociedad de Judíos Progresistas y durante las liturgias llevaron a cabo ciertos cambios que no fueron bien acogidos por los ortodoxos, quienes se manifestaron en diversas ocasiones.

Fue ampliada varias veces y renovada tras la II Guerra Mundial, pues quedó bastante dañada. Hoy apenas se celebran ceremonias en ella, aunque sí conciertos.

La Sinagoga Remuh es la única que sigue en activo de toda la ciudad, aunque es la más pequeña de todas ellas. Está dedicada a Remuh (Moses Isserles Auerbach), escritor, filósofo y erudito de la cultura hebraica, que fue rabino aquí. Fue construida en 1553 en madera, aunque fue sustituida por una nueva en la época del Renacimiento tardía. Durante los siglos XVII y XVIII pasó por varias renovaciones, aunque lo que se ve hoy en día pertenece a los cambios realizados entre el XIX y XX, sobre todo en el XX, tras ser recuperada de la ocupación nazi.

El acceso se realiza desde la calle Szeroka, en otros tiempos la avenida principal. Hoy está llena de locales y bares, así como pequeñas casas de colores.

También de fuentes improvisadas. Insisto: el calor era insoportable.

En los muros del patio hay inscripciones en recuerdo de los judíos de Cracovia masacrados durante el Holocausto. También se puede acceder al antiguo cementerio. Los nazis también lo destrozaron casi por completo. Usaron las piedras de las tumbas como adoquines para asfaltar las calles. Así que, se conservan más muertos que lo que dicen las pocas lápidas que han quedado. Incluso hay algunas escondidas bajo tierra para que no fueran vistas.

La tercera sinagoga que buscamos fue la Sinagoga Vieja (Stara Boznica), construida en el siglo XV por los judíos checos que llegaron a Cracovia y hoy en día es la sinagoga más antigua de toda Polonia. Para poder construirla tuvieron que aceptar que la altura no sería superior a la iglesia católica más alta del barrio, por eso está como metida en una plaza a diferente altura.

Ha sido renovada varias veces a lo largo de su historia. Obviamente una de ellas fue tras la II Guerra Mundial, ya que los nazis la usaron como almacén y quedó prácticamente derruida. Hoy acoge la colección judaica del Museo Histórico de Cracovia, que expone elementos litúrgicos y antiguos documentos que muestran la historia de los judíos en la ciudad.

Más nos costó encontrar la Sinagoga Wysoka (Nowa Boznica), también conocida como Sinagoga Alta por tener la sala de rezo en la planta superior y ser la más alta de la ciudad. Fue construida entre 1556 y 1563, convirtiéndose en la tercera de Kazimierz.

Quedó destrozada en la II Guerra Mundial y hoy tiene un aspecto bastante dejado. Actualmente alberga exposiciones sobre la historia y cultura judías.

La Sinagoga de Isaac (Synagoga Izaaka) es una de las más grandes de Cracovia. Fue construida en 1644 gracias a la financiación de un banquero que se llamaba Isaac, de ahí el nombre del templo. Por fuera es muy austera y, de no ser por google, habría pensado que se trataba de un edificio sin más. En el interior, por el contrario, sí que se conservan algunos frescos de textos en hebreo del siglo XVII. Hoy en día alberga exposiciones y antiguos documentales sobre el pasado de Kazimierz.

Y por último tenemos la Sinagoga Kupa (Boznica Kupa), la última que se construyó. Data de 1643 y no conserva nada de su estilo barroco original. Ahora es de un estilo muy sencillo. El interior sí que fue restaurado y alberga pinturas de la Tierra Santa. Tampoco funciona como templo salvo contadas ocasiones. La mayor parte de tiempo es espacio de conferencias, conciertos y exposiciones.

Pero como en Kazimierz también vivían cristianos, no es de extrañar que nos encontremos con un templo católico como la  la Basílica del Corpus Cristi (Kościół Bożego Ciała).

Data del siglo XIV y está construida en ladrillo. El interior fue saqueado en la invasión sueca y el templo quedó prácticamente destruido. Sin embargo, se logró restaurar y actualmente muestra una combinación de estilos gótico y barroco.

Alberga el mausoleo renacentista de Vladislao II y el órgano más grande de la ciudad.

Y como era ya la hora de comer, pero por la zona no veíamos muchas opciones, echamos mano de google, que todo lo sabe, y encontramos que había un centro comercial no muy lejos, la Galeria Kaziemierz. Así que allí nos fuimos en busca de comida y aire acondicionado.

Salimos a la ribera del río a la altura del puente Kładka Ojca Bernatka construido en 2010, una moderna construcción que separa los barrios, y está lleno de candados, para no variar.

Siguiendo el río llegamos al centro comercial, donde, tras ver las opciones que teníamos, acabamos comiendo en un local en que te preparaban la ensalada en el momento. También tenían wraps. Y cogimos uno de cada. Apetecía comer algo de verde después de días comiendo sándwiches y bocadillos (y sushi).

Después de comer, y dejando atrás Kazimierz, nos dirigimos al antiguo gueto, Podgórze, el auténtico gueto judío de Cracovia. Fue creado por el régimen nazi el 3 de marzo de 1941 para “limpiar” el centro de la ciudad.

Podgórze se convirtió durante los años de ocupación en un hervidero de gente, enfermedades y privación de derechos. Los nazis trasladaron a unas 15.000 personas en un recinto amurallado de apenas 30 calles. Los judíos vivían hacinados según la ley “5 por ventana”. De esta forma, si una casa tenía dos ventanas, vivían diez personas; si tenía tres, quince; y así sucesivamente. Pronto comenzarían a proliferar las enfermedades y los judíos levantarían la voz. Sin embargo, los militares los engañaban diciéndoles que pronto serían reubicados. Bajo esa promesa muchos iban a la plaza a esperar el tren. Lo que no sabían es que la reubicación sería a los campos de concentración, donde morirían igualmente.

A partir de 1942 los traslados a campos de concentración serían masivos. El 13 de mayo el guetto quedó desmantelado cuando 8000 judíos considerados “aptos para trabajar” fueron trasladados al Campo de Concentración de Plaszów, otros 2000 fueron asesinados por “inservibles” y el resto enviados a Auschwitz.

La primera parada que hicimos fue la fábrica de Oscar Schindler. Aunque tan solo por fuera, ya que no nos iba a dar tiempo y además solo sacan al día un número determinado de entradas, ya que es uno de los lugares más visitados de Cracovia.

Esta fábrica se hizo mundialmente conocida por la película de Steven Spielberg. Su dueño, Oskar Schindler, un hombre de negocios reclutado por las SS como informante, adquirió la fábrica de ollas Deutsche Emaillewaren. Durante la invasión de Polonia cambió las ollas por utensilios de campañas, pero la mano de obra alemana le salía muy cara, por lo que decidió traerse a judíos del campo de concentración de Plaszow.

Parece que en principio solo buscaba su propio beneficio, la rentabilidad de su empresa con mano de obra barata, sin embargo, cuando descubrió detalles de las condiciones de los campos de concentración y el trato que los nazis daban a los judíos, comenzó a maniobrar para proteger a todos los que pudiera. Se dice que salvó a más de 1200 judíos dándoles cobijo en su fábrica y trasladándolos para evitar su asesinato en la cámara de gas.

Todas maniobras y sobornos que realizó en esos años le llevaron a la bancarrota, aunque recibió un dinero por sus gastos durante la guerra. Se mudó a Argentina y se dedicó a criar animales, aunque volvió a arruinarse, por lo que regresó a Alemania con nuevas ideas empresariales. Tampoco esto funcionó y logró sobrevivir gracias a judíos que él había salvado años antes. En 1963 fue nombrado Justo entre las Naciones por el gobierno de Israel. Falleció finalmente en 1974 y está enterrado en Jerusalén.

Su fábrica hoy en día pertenece al Museo Histórico de Cracovia y alberga la exposición “Cracovia bajo la Ocupación Nazi entre 1939 y 1945”.

En los alrededores parece que el barrio está renaciendo, pues encontramos un montón de edificios en construcción. Manzanas enteras de bloques de diseño moderno que contrastan con los restos de aspecto soviético.

Desde allí seguimos hasta la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que está llena de esculturas de sillas en recuerdo de las víctimas que esperaban allí a que las llevaran a campos de concentración cuando creían que las iban a reubicar en mejores viviendas.

En esta misma plaza se encuentra la Farmacia del Águila (Apteka pod Orlem), la única que hubo en el guetto y que sirvió también como refugio. Cuando los nazis establecieron el guetto les recomendaron a los polacos marcharse de la zona, sin embargo, el dueño de la farmacia quiso quedarse. Los alemanes se lo permitieron por miedo a que si le obligaban a cerrarla se propagaran las epidemias.

Además de ayudar a los judíos a esconderse, daba sedantes a los niños o tintes de pelo para los ancianos para que parecieran más jóvenes y no “inservibles”. El dueño, al igual que Schindler, recibió el título de Justo entre las Naciones.

La farmacia cerró en 1967 y ahora es un museo que alberga una exposición permanente sobre aquellos años.

Poco queda de lo que levantaron los alemanes para aislar a los judíos, y nos volvimos un poco locos de acá para allá buscando los lugares donde alguna vez existió un muro. Es de esos barrios que mejor recorrer con un guía para que te enseñe y explique el contexto, pues si no, realmente no ves nada. Además, con el calor pegando fuerte, andar de un lado para otro sin saber muy bien qué buscábamos fue un poco frustrante. Tan solo encontramos un fragmento del muro y una casa con una placa en la calle Limanowskiego.

Esta construcción resultó ser una Casa de Ancianos Judíos que funcionó entre 1941 y 1942.

Así que, para terminar en la zona nos dirigimos hacia el último punto, la Iglesia de San José (Kościół św. Józefa).

Fue construida entre los años 1895 y 1909 en estilo neogótico. No me esperaba para nada una iglesia tan imponente con una fachada principal rodeada de esculturas de santos y combinando el ladrillo rojo típico del Báltico, con las cúpulas verdes tan alemanas y esos toques de blanco. Parece ser que está inspirada en la Basílica de Santa María, sin embargo a mí me parece que incluso la supera.

Se erige en la ubicación en la que ya existió un templo anterior que fue derruido. Cuenta con una torre de 80 metros y dos más bajas que enmarcan una gran vidriera sobre la puerta principal. Su planta de cruz se ve rodeada por varias capillas laterales.

Estábamos un poco lejos del centro, por lo que tomamos un tranvía en la Plaza de los Héroes del Guetto. Aunque no había ninguno que nos llevara exactamente donde queríamos, al menos nos acercaba al centro. Sacamos en la máquina de la marquesina el billete de 20 minutos, que nos costó 2.8 zl.

Una vez en el tranvía hay que pasarlo por el lector para que lo selle. Y aviso para navegantes: los revisores pasan. Fue cerrarse las puertas y dos señores que se habían montado como pasajeros, se sacaron de debajo de la camiseta la identificación que llevaban colgada del cuello, una máquina del bolso, y empezaron a pedir billetes.

De camino al hotel compramos algo de cena y nos retiramos a descansar. El sol y el calor hacían mella en nosotros.

Quizá con menos calor nos habríamos organizado mejor y podríamos haber ido a Nowa Huta (la ciudad a 10 kilómetros construida durante la época comunista para alojar a los trabajadores de Huta im. T. Sendzimira) o las Minas de Sal, pero lo cierto es que ya había pocas ganas de nada más. Así que a descansar, que al día siguiente partiríamos a Varsovia, nuestro destino final.

Recorriendo Cracovia II – Wawel

Dejando atrás la ruta real, llegamos al Arsenal (Budynek d. arsenału królewskiego).

Fue construido en la primera mitad del siglo XVI, en la época del rey Segismundo el Viejo. En 1643, con Władysław IV, fue renovado completamente. A finales del siglo XIX se le añadieron nuevos pisos que se ven claramente diferentes a la parte inferior.

A partir de 1920 la segunda planta comenzó a utilizarse por el Instituto de Geografía, y en 1923 se cedió el edificio por completo a la universidad. Para que pudiera adaptarse a las necesidades de esta, en 1927 se readaptaron las instalaciones. Desde 2005 es parte de la Facultad de Ciencias.

Frente al Arsenal ya vemos la muralla y el paseo que nos conduce a la Colina de Wawel.

Comenzamos el ascenso por la Puerta de los Bernardinos (Brama Bernardyńska), que debe su nombre a la Iglesia y Convento de los Bernardinos a los pies de la colina de Wawel. Junto a ella se alza la Torre de Sandomierz (Baszta Sandomierska).

Atrás dejamos la Torre de los Senadores (Baszta Senatorska), también conocida como Lubranka.

Esta fue construida en el siglo XV y es la más alta de todas las torres defensivas de Wawel. A sus pies era donde se ejecutaba a los convictos. En el siglo XVI pasó a utilizarse como almacén de la ropa del rey.

Nos da la bienvenida la Torre de los Ladrones (Baszta Złodziejska), del siglo XIV, que recibe su nombre de su uso, ya que era donde se encarcelaba a quienes cometían robos. Los austriacos la usaron también como almacén de pólvora y materiales explosivos. Y como quien con fuego se quema, no es de extrañar que un día se derrumbara el techo y una parte de la planta superior como consecuencia de una explosión. El tejado se reconstruyó entre 2014 y 2015.

Es una de las tres que se conservan en la colina y que pertenecían al muro defensivo. Ahora alberga un restaurante y una tienda de recuerdos. En el sótano se conserva la antigua celda.

Erigiéndose imponente en la colina se encuentra el castillo que, construido en el siglo XI, es uno de los símbolos más representativos del país, pues se convirtió en la primera residencia de los reyes de Polonia.

Cuando la capital se trasladó a Varsovia quedó abandonado. El ejército prusiano lo saqueó y los autriacos lo convirtieron en un edificio defensivo construyendo murallas alrededor. Asimismo, el interior se adaptó para esta nueva función. En la II Guerra Mundial fue la residencia del Gobernador General.

Fue construido en estilo gótico, pero con las posteriores remodelaciones fue añadiendo detalles renacentistas.

Recientemente se reconstruyó y se ha intentado que recupere el valor simbólico que un día tuvo. Se ha convertido en uno de los lugares más visitados de la ciudad. En los sótanos se puede descubrir una exposición que muestra cómo era la colina hace 1000 años. Además, se pueden ver restos del castillo gótico y objetos de la Edad Media. Asimismo se pueden visitar algunas salas, el tesoro y las joyas de la corona polaca así como armas y armaduras, incluida la espada que se usaba en la ceremonia de coronación de los monarcas.

Dentro del castillo se encuentra la Catedral de Wawel (Katedra Wawelska).

Tiene un gran valor histórico, pues tiene más de 1000 años y ya desde su origen se convirtió en el centro del poder eclesiástico y monárquico de Polonia al ser el lugar elegido para la coronación de los reyes, así como para su sepultura. En su cripta se encuentran sarcófagos reales, así como de algunos héroes nacionales.

Está coronada con tres torres. La torre más alta es conocida como Torre del Reloj (Wieża Zegarowa), por razones obvias; mientras que la más baja recibe el sobre nombre de Segismundo (Wieża Zygmuntowska), ya que desde hace casi quinientos años alberga la Campana de Segismundo (Zygmunt Bell). Fue construida en 1520 y aún se hace repicar en ocasiones especiales, eso sí, hacen falta 10 personas para ponerla en funcionamiento, ya que pesa 12 toneladas. La tercera de las torres, que apenas se ve en las fotos porque queda escondida tras las torres o el lateral en pico, es la Torre gótica de las Campanas de Plata (Wieża Srebrnych Dzwonów).

La catedral se construyó en el siglo XIV en estilo gótico, sobre una parte de los cimientos románicos de la catedral que se había destruido en un incendio. Es un amalgama de estilos, ya que a lo largo de los años se han llevado a cabo restauraciones y reconstrucciones. Por ejemplo, se añadieron varias capillas. En un lateral la de la Santa Trinidad (Trójcy Świętej) y la de la Santa Cruz (Świętego Krzyża); y en el costado que da al patio, la de los Vasa (Wazów) y la de Segismundo (Zygmuntowska), ricamente decorada en estilo renacentista y con una cúpula cubierta de hojalata dorada, imitando escamas. En el centro del templo se halla el Mausoleo de San Estanislao, patrón de Polonia.

La catedral cuenta además con el Museo Catedralicio Juan Pablo II. Fue inaugurado en 1978 por el mismo Karol Wojtyla, que antes de Papa fue arzobispo de Cracovia. Además, frente a la catedral se alza una estatua del Pontífice.

Junto a la catedral se nos abre el patio interior del castillo, que recibió su forma actual en la primera mitad del siglo XVI.

Está rodeado por claustros en tres de sus caras. La cuarta es diferente, ya que el relieve no permitía construir un edificio. Estos claustros en su día conducían a los aposentos del castillo. Hoy se han comunicado para que resulte más práctico. En las dos plantas inferiores ligeras columnas sostienen las arcadas que permiten asomarse. En la planta superior sujetan el tejado de madera.

Wawel también es lugar de leyendas. Cuenta una de ellas que en la cueva de la colina vivía un dragón. Este se dedicaba a atemorizar y devorar ciudadanos sin que estos supieran cómo hacerle frente. Tras varios intentos, un zapatero tuvo la idea de rellenar con azufre la piel de un cordero. Así, cuando el dragón se comió el cordero, le entró una sed terrible y se bebió todo el Vístula. Como resultado acabó explotando y los habitantes de la ciudad respiraron tranquilos.

Pagando una módica entrada se puede visitar la cueva del dragón. Se accede por un pozo y, tras bajar 21 metros se puede recorrer parte de la gruta. No toda, solo unos 81 metros de los 270 metros de longitud con que cuenta. Se sale al exterior, a orillas del Vístula, donde se encuentra una estatua del dragón que cada cinco minutos echa fuego por la boca.

Salimos del recinto amurallado y bajamos la cuesta. Entre la Puerta de los Vasa y la Puerta del Escudo se encuentra la estatua ecuestre de Tadeusz Kościuszko, situada en el llamado baluarte de Vladislao IV. Fue un regalo de los ciudadanos de Dresde a Cracovia para compensar las estatuas que habían sido destruidas durante la II Guerra Mundial.

Desde la Puerta del Escudo se extiende la muralla de ladrillo, la antigua muralla defensiva construida por los austriacos y que tiene intercalados ladrillos blancos con nombres de instituciones y ciudadanos que aportaron dinero para la reconstrucción de Wawel tras la independencia de Polonia en el año 1918.

Y continuando la muralla fuimos abandonando la colina en dirección al barrio judío.

Recorriendo Cracovia

Llegamos a la penúltima parada de nuestro viaje: Cracovia, una de las ciudades más grandes, antiguas e importantes del país.

Según los historiadores, parece que ya en el Paleolítico había asentamientos en la colina de Wawel. Aunque el nombre de la ciudad se cree que viene de Krakus (Krak, Grakch), el jefe de la tribu eslava de los vistulanos que se instaló en el siglo VI.

Cracovia ya aparece en escritos del año 966 como importante centro comercial y en el siglo XI también se había convertido en el primer foco del cristianismo en Polonia teniendo incluso obispo. Debido a la relevancia que había ido adquiriendo, Casimiro I en 1038 decidió que Cracovia fuera la capital y mandó construir la Catedral.

La ciudad tuvo que ser reconstruida en el siglo XIII después de quedar devastada como consecuencia de las invasiones tártaras. Pero recuperó su poderío en 1364 bajo el mandato de Casimiro III. No solo era importante centro comercial, político y científico, sino también cultural, pues se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

 

La Liga Hanseática también favoreció su crecimiento, así como el matrimonio de Eduviges con el gran duque de Lituania, de la dinastía Jagellón, que conllevará al nacimiento de la República de las Dos Naciones. Esta alianza convertirá tanto a Polonia como a Lituania en dos grandes potencias.

En el siglo XV, no obstante, Cracovia vivió tiempos difíciles con las guerras contra los alemanes, lo que la hizo perder fuerza y además debilitó al país. Así, en el siglo XVI el poder económico se trasladó a Poznań y Polonia comenzó a abrirse hacia el mar Báltico buscando otras alternativas. Cracovia ya no era importante y Segismundo III decidió trasladar la capitalidad en 1596 a Varsovia, que además estaba más céntrica. Aún así, Cracovia no perdió toda la relevancia, ya que siguió siendo el lugar para coronar a los monarcas del país.

En el siglo XVII los Vasa fueron derrocados y los rusos ocuparon Polonia. Más tarde llegarían los suecos que invadirían el país y saquearían Cracovia.

Polonia se fue recuperando poco a poco, pero en 1772 fue repartida entre Rusia, Austria y Prusia. En 1784 pasó a manos de Prusia, y en 1792 a las rusas. Un año más tarde sería de nuevo dividida, esta vez entre Rusia y Prusia, quedando Cracovia en el lado ruso. Pero lo peor llegó en 1795 cuando Polonia desapareció como país. Esta sucesión de guerras, repartos e invasiones conllevaron a que Cracovia, al igual que el país, quedara empobrecida y despoblada.

En el XIX Cracovia pasó a pertenecer a El Gran Ducado de Varsovia creado por Napoleón tras derrotar a Prusia. Sin embargo, con el Congreso de Viena en 1815, Polonia se volvió a dividir entre austriacos, prusianos y rusos, así que la ansiada independencia con la que soñaban los polacos no se hizo realidad. No obstante, Cracovia sí que consiguió ser reconocida como Ciudad Libre de Cracovia. Aunque lo cierto es que le duró poco, pues en 1846 volvió a Austria y después al Imperio Austrohúngaro. En esta etapa Cracovia recuperó relevancia y se convirtió en el principal centro cultural polaco.

Durante la I Guerra Mundial Cracovia fue la ciudad escogida por los alemanes para establecer su Cuartel General. Aunque tras esta, pasó a formar parte de la nueva Polonia independiente.

En la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi, quienes intentaron germanizarla. Así, se expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad y se renombraron nombres de calles y lugares para borrar cualquier pasado polaco y convertirla en una ciudad históricamente alemana. Gracias a esto quizá no quedó tan dañada como otras del país, pues no fue bombardeada.

En 1945 Cracovia quedó liberada cuando el ejército soviético entró en la ciudad y derrotó a los nazis. Nació así a República Popular de Polonia.

En la etapa soviética se convirtió en un importante centro industrial con la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, en el barrio Nowa Huta. Gracias a esta industria la población comenzó a crecer considerablemente.

Hoy es una ciudad moderna, una de las que más turistas recibe de toda Europa quizá gracias a su buena comunicación por ferrocarril con otras ciudades europeas como Praga, Viena y Budapest. Está reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1978 y, como decía, conserva gran parte de su legado histórico y arquitectónico gracias a que en las dos guerras no sufrió grandes daños. La parte histórica de Cracovia se concentra en la Ciudad Vieja (Stare Miasto) y en Kazimierz, el barrio judío.

Pero no todos los visitantes acuden para descubrir la arquitectura de la ciudad, sino que Karol Wojtyla mueve masas. Antes de convertirse en el Papa Juan Pablo II en 1978 (primer Papa no italiano desde 1522), había sido arzobispo de Cracovia, por lo que la ciudad se ha convertido en un lugar de peregrinación y hay numerosos lugares en los que se hace referencia a su figura. Aunque en realidad es raro no encontrar algún monumento por todo el país.

La zona más importante de Stare Miasto queda bordeada por el Parque Planty, un espacio verde que ocupa el lugar en que se erigía la muralla.

Esta fortaleza comenzó a construirse en el siglo XIII y se amplió y reforzó con el paso del tiempo. Llegó a tener 39 torres y un foso de más de 6 metros de ancho. Fue en el siglo XX, cuando la ciudad comenzó a crecer, que la muralla se sustituyó por este pulmón verde de 21 hectáreas y 8 kilómetros de longitud. En el parque podemos encontrar estatuas, fuentes, espacios de ocio, así como edificios históricos. Además, sirve como nexo de unión de más de 30 parques.

Comenzamos nuestra visita dirigiéndonos hasta este parque, para ello nos situamos en la Plaza Jana Matejki, que queda delimitada por la Iglesia de San Florián y la Barbacana.

La Iglesia de San Florián data del siglo XIII, aunque el aspecto actual se debe a varias reconstrucciones, una de ellas debido a un incendio en 1306. El aspecto barroco que tiene hoy en día se debe a la restauración de la segunda mitad del siglo XVII. Aunque en el siglo XVIII también se aportó algún detalle más.

Según la leyenda, los bueyes que tiraban del carro que llevaba el cuerpo del santo a la Catedral se detuvieron en las afueras y solo volvieron a moverse cuando el príncipe y el obispo prometieron construir una iglesia en ese lugar. Florián es el patrón de los bomberos, porque fue un soldado romano convertido en mártir por morir defendiendo la fe cristiana.

La plaza fue diseñada en el siglo XIX y en ella se encuentra la Academia de Bellas Artes, construida entre 1879 y 1880.

Pero sobre todo destaca el Monumento a Grunwald (Pomnik Grunwaldzki).

Se inauguró en 1910 con motivo del 500 aniversario de la Batalla de Grunwald, una de las batallas más importantes de la historia de Polonia en la que se venció a la Orden Teutónica. Se trata de un monumento ecuestre de Władysław II Jagiełło, el rey polaco y comandante jefe del ejército de aquella batalla de 1410. En su mano izquierda sostiene la brida del caballo y en la derecha, una espada.

En 1939 los alemanes volaron la base del monumento con dinamita. No fue reconstruido hasta 1972 siguiendo fotografías y un modelo en miniatura conservado en el Museo Histórico. Se volvió a colocar en 1976 con un helicóptero y se retransmitió incluso por televisión.

Frente a él se ubicó la Tumba del Soldado Desconocido, que, dadas las fechas que se conmemoraban, estaba llena de flores.

La plaza nos conduce, como decía más arriba, a la Barbacana (Barbakan), la parte más interesante que se conserva del antiguo sistema defensivo medieval de Cracovia. No en vano es una de las pocas construcciones de su estilo que se conservan en Europa.

Fue construida en 1499 en estilo gótico para salvaguardar la ciudad de los ataques otomanos. Cuenta con una planta circular de 25 metros de diámetro que está rodeada por un muro de piedra y ladrillo de 3 metros de ancho. A la vez, está aislada por un foso.

Originalmente, había un pasadizo que la conectaba con la Puerta de San Florián, probablemente la que fuera la principal de la muralla. Así, servía como punto de control de acceso a la ciudad. Hoy, la puerta se encuentra separada.

Tiene forma de torreón y data del siglo XIII, aunque con el paso del tiempo se le añadieron detalles. En el siglo XIV era de piedra caliza y más baja. En el siglo XV se le añadió la planta superior.

La parte exterior está decorada con un águila, mientras que la parte interior, la que da al casco histórico, está decorada con un bajorrelieve barroco de San Florián, que está extinguiendo un fuego que está arrasando un pueblo con una jarra de agua.

Tras cruzar la puerta, nos adentramos en la Vía Real, compuesta en primer lugar por la calle Florianska y, después, por la Grodzka. Al final de esta llegaríamos a la colina Wawel, donde se halla el castillo, por lo que era la ruta que recorrían los monarcas y distinguidos visitantes cuando entraban a la ciudad. Fue una de las primeras en ser pavimentadas en toda la ciudad.

Con tal relevancia histórica, podríamos decir que es probablemente la calle más famosa de Cracovia. Además, de las más caras del país. Eso sí, está llena de encanto. En ella abundan restaurantes, cafeterías y tiendas. Se conservan detalles de sus inicios, aunque la mayoría de los edificios están reconstruidos, sobre todo desde finales del XIX.

En el número 14 se encuentra el hotel más antiguo de la ciudad, inaugurado a principios del XIX, el Pod Różą. Al principio se llamaba de Russie, es decir “ruso”, para conmemorar la visita del Gran Duque Constantino y el zar Alejandro I.

En el 25 se halla el Museo de Farmacia de la Universidad Jaguelónica, el más grande de Polonia y uno de los pocos que hay en el mundo. Acoge objetos expuestos de 1200 farmacias de todo el país.

Un poco más adelante está la casa de Jan Matejko, en el número 41, donde nació, vivió gran parte de su vida y murió el famoso pintor. Hoy alberga un museo en su honor.

En el 45, está la cafetería Jama Michalika, lugar de encuentro de artistas y periodistas en los siglos XIX y XX.

Y entre los edificios de la calle Florianska asoma la Basílica de Santa María, que se encuentra, como no podía ser menos, en el centro neurálgico de la ciudad, en la Plaza del Mercado. Así que hacia allí que nos dirigimos.

 

La Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny) tiene unas impresionantes dimensiones. Cuenta con 40.000 metros cuadrados, lo que la convierte en la plaza medieval más grande de Europa. A cada lado de la plaza se repite un patrón de tres calles espaciadas, tan solo hay un lateral diferente, la cara sur. Y es que es la que conduce a la calle Grodzka que ocupa lo que dos.

Fue construida en 1257 y desde entonces ha sido el centro histórico, cultural y social. A lo largo de los siglos ha sido testigo de los más diversos acontecimientos, desde celebraciones hasta ejecuciones públicas. En la época nazi llegó a adoptar el nombre de Adolf Hitler Platz, lo cual indica que los alemanes también la consideraron la plaza más importante de Cracovia. Hoy se celebran desfiles y espectáculos artísticos. En verano es escenario del Festival Internacional de Teatros Callejeros. En invierno, antes de la fiestas navideñas, se celebra el concurso y exposición de belenes. Más tarde, en Nochevieja, sirve como lugar de reunión para despedir el año y dar la bienvenida al nuevo.

La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

La Basílica de Santa María (Kościoł Mariacki), de estilo gótico, fue construida entre los siglos XIII y XV y pronto se convirtió en uno de los monumentos más importantes de Cracovia. Su fachada es peculiar, pues, como se puede observar, las torres no son simétricas. No solo son diferentes en diseño, sino que además lo son en altura.

Cuenta la leyenda que esto se debe a que cada una fue construida por un hermano arquitecto. El hermano mayor construyó la de la izquierda, acabando el primero. Por su parte, el pequeño iba más despacio, pero el mayor mientras esperaba a que terminara pensó que quizás al no haber terminado, podía construir una más alta y superarle, así que, para evitarlo, lo mató. Después se suicidó. Cosas de la testosterona y el querer dominarlo todo.

La torre más baja, de 65 metros, es de estilo renacentista. Mientras que la alta, de 81 metros, es gótica. Esta es conocida como la Torre Vígía, ya que antiguamente servía para informar de la apertura y cierre de las puertas de la ciudad, así como de los incendios, peligros o ataques enemigos.

Hoy en día suena a cada hora en punto en cada uno de los puntos cardinales una trompeta que deja la melodía inacabada en recuerdo del trompetista que fue asesinado por una flecha cuando trataba de avisar a sus vecinos de la invasión de la ciudad. Son bomberos de Cracovia quienes entonan esta canción conocida como hejnal. Nosotros tuvimos la oportunidad no solo de oír al trompetista, sino de verlo asomarse y saludar.

Este templo es uno de los monumentos de más valor del casco antiguo, pero no muy lejos se halla el otro edificio emblemático de la plaza: la Lonja de Paños (Sukiennice).

Localizada en el centro de la plaza, se inauguró a finales el siglo XIV como centro comercial municipal. En realidad no era más que un espacio techado en el que se aglutinaban diferentes puestos de especias, seda o cuero procedentes de Oriente. Tras un incendio en 1555 se reconstruyó en estilo renacentista.

Hoy se centra más en los recuerdos, artesanía y souvenirs.

En las arcadas sobre los puestos destacan los escudos de diferentes ciudades.

La lonja además de tener fin comercial, también lo tiene cultural, pues en el primer piso se encuentra el Museo Nacional de Cracovia, dedicado a la pintura y escultura polaca del siglo XIX.

Junto al edificio de la lonja se alza la Torre del Antiguo Ayuntamiento (Wieza Ratuszowa).

Fue construida en el siglo XIII en ladrillo y piedra y está ligeramente inclinada 55 centímetros como consecuencia de un fuerte temporal en 1703. Esta torre de 75 metros de altura y estilo gótico es lo único que se conserva del antiguo ayuntamiento de la ciudad, que fue demolido en 1820 con motivo del nuevo plan urbanístico que quería dotar de más espacio a la plaza.

Se puede subir hasta arriba tras ascender 110 escalones de piedra. En las plantas superiores se encuentra la maquinaria del antiguo reloj, así como algunas fotografías históricas de Cracovia. Nosotros no subimos, pues había leído que dado que el tamaño de las ventanas es minúsculo, el campo de visión se veía muy limitado.

En el sótano un teatro ocupa el lugar en el que antiguamente se encontraban las mazmorras de la ciudad, antiguas salas de tortura.

Frente a la torre se halla la estatua Eros Bendato, una cabeza sin ojos que representa que hay que mirar hacia dentro. Asimismo, el artista la ha colocado en posición horizontal para simbolizar el paso del tiempo y la destrucción que deja a su paso.

Tras dar una vuelta por la inmensa plaza lamiendo las sombras pues el sol atizaba bien (también aquí había aspersores para refrescarse), tomamos la calle Szczepańska que nos conducía a otra plaza, la Plac Szczepański.

Esta plaza se construyó a principios del siglo XIX tras demoler una iglesia medieval. En ella se celebraba uno de los mercados más grandes de Cracovia. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX se convirtió en un aparcamiento. En 2010 se modernizó y se añadió una fuente.

En ella destacan varios edificios de diferentes estilos, tanto secesión, como Art Nouveu, modernista o de estilo más soviético.

Volvimos por la calle paralela de nuevo a la Plaza del Mercado y terminamos de darle la vuelta. Además de la basílica, de la lonja y de la torre del ayuntamiento, también hay una pequeña iglesia que choca un poco con la estructura de la plaza. Se trata de la Iglesia de San Adalberto.

Fue construida en el siglo X en el lugar en que se dice que San Adalberto predicaba sus sermones. Es el templo más antiguo de la ciudad gracias a que sobrevivió a los ataques tártaros del XIII. Aunque lo que vemos hoy en día es una reconstrucción del siglo XVII, en la que se añadieron elementos barrocos.

Al parecer, el tal Adalberto se convirtió en mártir al ser decapitado por los rusos cuando intentaba convertirlos al cristianismo. Cuando Boleslao I, rey de Polonia, quiso recuperar su cuerpo, le pidieron el peso de este en oro.

Nuestra siguiente parada fue el Collegium Maius (Gran Colegio), el edificio más antiguo de la Universidad Jagellónica de Cracovia.

La Universidad fue fundada en 1364 por Casimiro III el Grande, aunque no tuvo sede hasta en 1400 cuando el rey Ladislao II Jagiełło compró un edificio en la calle Zydowska y se lo cedió. Pronto la universidad comenzó a crecer y necesitó más instalaciones. Una de ellas es este colegio de estilo gótico tardío.

El edificio gira en torno a un gran patio rodeado de arcadas construidas en ladrillo y piedra. En la primera planta vivían y trabajaban los maestros. En la baja, por su parte, era donde transcurrían los cursos y conferencias.

En el patio destaca el antiguo reloj. Al parecer, cada dos horas desfilan unas figuras de madera que representan personajes ilustres acompañadas de una melodía del siglo XVI. Lamentablemente no nos coincidió en nuestra visita.

A medida que la universidad crecía y se ganaba un nombre en el ámbito estudiantil, más alumnos querían estudiar en ella, por lo que siguió incorporando nuevos edificios. Entre sus alumnos ha tenido al conocido astrónomo Nicolás Copérnico, al querido Karol Wojtyla (Papa Juan Pablo II), al historiador Jan Długosz o al poeta Jan Kochanowski.

Entre 1840 y 1870 la universidad hizo una reestructuración de sus instalaciones y el Collegium Maius se convirtió en la Biblioteca Universitaria. Actualmente alberga el Museo de la Universidad Jagellónica y cuenta con una importante colección de objetos de astronomía, meteorología, cartografía, física y química usados a lo largo de la historia.

Entre 1883 y 1887 se erigió el Collegium Novum, un edificio neogótico con una fachada realmente bonita que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En los frontones de las ventanas y justo encima destacan los escudos de armas de los mecenas de la universidad. Arriba del todo, en el centro, se halla el emblema de la universidad: San Estanislao sujetando un escudo con el águila del país.

Hoy es un edificio administrativo de la universidad. En él se encuentran el rectorado, los decanatos, oficinas de contabilidad así como algunos despachos de profesores y aulas.

La universidad se encuentra en un enclave muy bucólico, justo al lado del parque Planty. Y siguiéndolo llegamos a la Basílica de San Francisco de Asís (Bazylika Franciszkanów w Krakowie).

Data del siglo XIII, cuando fue construida para los llegados desde Praga. Así, es una de las iglesias más antiguas de la ciudad. Presenta una curiosa mezcla de estilos como consecuencia de varios incendios y posteriores reconstrucciones. Predomina el gótico con algún elemento neogótico como las paredes y vidrieras.

Se ha convertido en lugar de peregrinaje, pues era uno de los lugares favoritos de Karol Wojtyła antes de convertirse en Papa.

Bordeando la basílica, la calle nos conduce a la Plaza de Todos los Santos (Plac Wszystkich Świętych).

Recibe este nombre porque fue construida en el lugar en que había una iglesia del siglo XIII con ese nombre. Aunque entre 1955 y 1990 se le cambió por Plaza Primavera de los Pueblos.

La plaza se diseñó en 1838 y en aquel momento tan solo seguía en pie la torre de la iglesia, sin embargo, acabaron demoliéndola en 1842. En el lugar del templo en 1887 se colocó un monumento al presidente Nicholas Zyblikiewicza, que unos años más tarde, en 1953 fue retirado y almacenado. No volvería a ser colocado hasta 1985.

Dominando la plaza se encuentra el Palacio Wielopolski, convertido en sede del ayuntamiento. También se encuentra el Pabellón Wyspiański, inaugurado en 2007 y que alberga la oficina de información y turismo.

Siguiendo la calle nos sorprende la Basílica de la Santa Trinidad (Kościół Św. Trójcy).

También es conocida como la Iglesia de los Dominicos, ya que fue construida por monjes de esta orden tras la finalización de la invasión tártara. Originalmente no era tan grande, sino que era un pequeño templo. No obstante, con el tiempo, se fue ampliando añadiendo capillas laterales a lo largo del siglo XVII gracias a donaciones de familias adineradas.

Volviendo a la Ruta Real, esta vez bajo el nombre de Grodzka, nos dirigimos hasta la Iglesia de San Pedro y San Pablo (Kosciol sw Piotra i Pawla).

De estilo barroco, fue construida por los Jesuitas entre 1597 y 1919. Contrasta la fachada tan ornamentada con el resto del edificio más sobrio en ladrillo. Esto se debe a que los monjes se pasaron de presupuesto con las esculturas de los doce apóstoles sobre la verja exterior y no les quedó más remedio que recortar en gastos.

Al lado está la Iglesia de San Andrés (Kościół św. Andrzeja), algo más austera.

Data del siglo XI y sobrevivió a las invasiones tártaras gracias a sus gruesos muros y estrechas ventanas características del estilo románico. Sirvió de refugio para muchos ciudadanos.

El interior es más nuevo, ya que fue renovado en el siglo XVIII en estilo barroco.

Un poco más adelante hay una iglesia más, la Iglesia de San Gil (Kościół pw. św. Idziego).

Es una de las iglesias más antiguas y pequeñas de Cracovia.

Y así llegamos al final de la Vía Real, que nos conduce a la colina de Wawel.

Preparativos de nuestro viaje a Letonia, Lituania y Polonia

Tras volver de Suiza comenzamos a planificar nuestras vacaciones de verano. Queríamos dedicar unos 10-15 días a recorrer Europa en tren tal como habíamos hecho en 2013 por Benelux o en 2015 por Capitales Imperiales.

Teniendo en cuenta que no queríamos repetir destino, estaba claro que íbamos a elegir Este.

O bien la antigua Yugoslavia, o bien antiguas repúblicas soviéticas. Para salir de dudas, estuve indagando sobre vuelos, posibles itinerarios y conexiones ferroviarias de ambas opciones, y ahí comenzaron los problemas.

Una ruta que nos habíamos planteado cubría Liubliana, Zagreb, Belgrado, Sarajevo, Podgorica, Tirana y Skopje. A priori, con el mapa delante, parecía una buena idea. Son ciudades que están a relativa corta distancia, de países distintos y con atractivos diferentes cada una. Había que jugar con fechas y diferentes aeropuertos para conseguir optimizar los días, pero después de mucho trastear, parecíamos tenerlo.

Sin embargo, en la práctica, corta distancia no significa corto trayecto. O ni siquiera que exista conexión. Cuando me puse a investigar sobre trenes, horarios y duración de los viajes me encontré con que en Bosnia se iban a llevar a cabo trabajos de renovación de todas las vías ferroviarias. Además, según la página del Ministerio de Asuntos Exteriores, si cruzábamos a Kosovo podríamos tener problemas en los puestos fronterizos, ya que España no lo reconoce como país (no sea que tengamos que reconocer el derecho a la independencia de algunos territorios propios).

Así pues, la cosa se nos complicaba, mayo avanzaba y no teníamos nada cerrado. Por tanto, decidimos dejar esa zona para otro momento y valorar viajar más al norte. Cuando hicimos el crucero por el Báltico nos habíamos quedado con las ganas de visitar Riga, y también llevábamos tiempo queriendo pisar suelo polaco, así que como Lituania está en medio, concluimos que ya teníamos plan B: Riga-Vilna-Polonia. ¿Y quizá Bielorrusia y hacer una excursión a Minsk?

Este nuevo objetivo era más sencillo, ya que teníamos buenas combinaciones de vuelos y, aunque no había tren Letonia  – Lituania y Lituania – Polonia, sí que había autocares que tenían buena pinta y salían bien de precio. Polonia la íbamos a recorrer en tren y con un mapa ferroviario delante podíamos respirar tranquilos porque pintaba mucho mejor que el plan A.

Con los datos así en bruto y a falta de concretar las ciudades polacas a visitar, encontramos que la mejor opción por fechas y precio era entrada por Riga y salida por Varsovia. Así que, sin demorarlo más, a finales de mayo compramos los billetes de avión Madrid – Riga con AirBaltic y la vuelta Varsovia – Madrid con Norwegian. Ambas compañías desconocidas para nosotros hasta la fecha.

Apenas unos días más tarde, cuando aún estábamos con la ruta sin terminar de concretar, me llegó una alerta de una campaña de los hoteles Ibis en Polonia con habitaciones dobles desde 9€ de julio a diciembre.

Claro, no pude por menos que comprobar si era verdad. Y sí, lo era, había oferta en los hoteles de las principales ciudades polacas. No todos a 9€, claro, pero aún así tenían buen descuento. Fue el empujón que nos faltaba para cerrar el itinerario y, en unos minutos, tras comprobar localización, precio y condiciones, reservamos en Cracovia, Poznan y Varsovia. No nos cuadró ninguno de 9€ porque eran los más alejados del centro, pero pagamos de 22€ a 36€ por habitación. Y algunos con desayuno incluido.

Nuestro itinerario quedó así:

Día 1: Madrid – Riga

Día 2: Riga y viaje a Vilna

Día 3: Vilna y viaje nocturno a Gdansk

Día 4: Gdynia, Sopot y Gdansk

Día 5: Bydgoszcz

Día 6: Poznan

Día 7: Breslavia

Día 8: Cracovia

Día 9: Varsovia

Día 10: Varsovia – Madrid

A finales de junio reservamos los hoteles en Riga, Vilna y resto de ciudades de Polonia. Además, compramos los billetes de autocar para los trayectos internacionales.

Finalmente, en julio, me puse a echar cuentas de si nos merecía la pena comprar esta vez el billete de interrail o mejor los billetes sencillos de los trayectos que fuéramos a realizar. Y pocos números hicieron falta, porque el transporte en Polonia es muy barato. Por ejemplo Cracovia – Varsovia en un tren tipo AVE nos costaba 12€ por persona. La única duda que me quedaba era si comprarlos directamente en taquillas cada día, o hacerlo vía web. La primera opción nos daba movilidad, pero también la posibilidad de que no hubiera plaza. Por otro lado, la segunda alternativa nos restaba improvisación. Eso sí, nos aseguraba asiento y también era más barata (como nos ocurrió con Suiza). Así pues, bajo esta premisa, y teniendo en cuenta que ya teníamos los hoteles y sabíamos dónde empezaríamos o acabaríamos cada día, nos decantamos por llevarlo hecho desde casa.

Los trenes se pueden consultar en las páginas de Polrail, Rozklad o (si se sabe que son de largo recorrido) Intercity.

Tanto Letonia como Lituania son zona Euro, por lo que tan solo tendríamos que cambiar moneda en Polonia, cuya moneda oficial es el Zloty. Pero como siempre hacemos, esperaríamos a sacar en un cajero directamente allí.

Además, los tres países están cubiertos con la Tarjeta Sanitaria Europea y se puede viajar tanto con DNI como con pasaporte.

Y así, es como apenas unos días antes de comenzar las vacaciones terminamos de cerrar la planificación. Se nos había echado el tiempo encima con tanto viaje en el primer semestre y con el cambio de planes. Pero estábamos listos para huir del calor de Madrid y pisar tierras más frías.