Trucos Viajeros: Viajar en Crucero

En los últimos años se han popularizado los viajes en crucero y ya no es elegido solo para lunas de miel, celebración de bodas de plata/oro o para jubilados. El sector ha cambiado y las compañías se han abierto a todo tipo de perfiles, desde solteros a parejas pasando por familias con hijos pequeños o adolescentes e incluso a familias completas que van desde los abuelos hasta los nietos.

Sí que es verdad que el público varía en función del destino. En primer lugar porque no cuesta lo mismo un crucero por el Mediterráneo que por Alaska; pero también por el destino en sí, pues es más frecuente ver familias con hijos en zonas más de sol y playa que en Fiordos.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué consideraciones habría que tener en cuenta a la hora de elegir un crucero si no sabemos ni por dónde empezar? Pues tenemos varios factores: duración, fechas, destino, itinerario, naviera/barco y precio total.

En primer lugar hay que saber de cuántos días disponemos o queremos disponer. Podemos encontrar cruceros desde 3 noches (sobre todos los fluviales) hasta más de 3 meses (los de vuelta al mundo). Algo intermedio (y lo más frecuente) oscila entre la semana y los 10 días.

El punto anterior en parte casi va de la mano con el área geográfica. Si queremos viajar a una zona próxima como el Mediterráneo solo necesitaremos un día o dos más que los propios del crucero, sobre todo tras volver, porque son agotadores. Pero si cruzamos el charco, precisaremos de más días por una cuestión de cuadrar horarios de vuelos con la salida del crucero (y desembarque – vuelta). Y es que no siempre está el vuelo incluido, por lo que hay que buscarlo aparte, lo que convierte la planificación en un encaje de bolillos.

Además, el destino que queramos elegir nos condicionará las fechas, ya que los barcos se mueven por temporadas. Así, entre junio y agosto será temporada alta para Alaska, Bermudas y Norte de Europa; si abarcamos un poco más (entre mayo y septiembre) encontramos la del Mediterráneo; con el cambio de otoño llega la de Canadá, que es entre septiembre y octubre; y finalmente de diciembre a febrero es la época óptima para Sudamérica y Hawaii. Caribe suele tener cruceros casi todo el año y su temporada alta suele estar condicionada por las vacaciones de los estadounidenses. Así, tiene varios picos, por un lado de junio a agosto, por otro navidades y finalmente de febrero a abril.

Por tanto, deberíamos considerar las variables cuántos días tengo, en qué época y adónde quiero ir casi paralelamente. Generalmente una de ellas está clara y condiciona al resto. A veces es la época del año y hay que valorar qué destinos nos quedan disponibles, y otras veces nos hemos empeñado en un destino.

Claro que eso no es todo, pues en base a ese filtro hay que ver qué itinerario nos interesa más. A mí personalmente me gusta que el día de navegación esté al final, para así tener tiempo para preparar la maleta y descansar antes de volver a la rutina del día a día. Hay quien, sin embargo, lo prefiere al principio para así conocer el barco. Va en gustos, como todo. En cualquier caso, también es importante valorar el inicio y el fin, pues en muchos casos la escala del primer día se va y no da tiempo para nada. Otras veces sin embargo hace noche y no sale hasta el segundo día. Lo mismo para el desembarque, suele ser tan temprano que mejor olvidarse de ver nada.

Más allá, hay que estudiar no solo las escalas que realiza (que sean de nuestro interés) sino el tiempo que permanece en cada puerto (y en qué horario, pues en invierno puede ser de noche a las 5 de la tarde en según qué lugares). De este modo podremos planificar las excursiones con anterioridad. Hay que tener en cuenta que en muchas ocasiones suele desembarcar en primer lugar la gente con excursión de la naviera y después los que van por libre, así que fácilmente hay que restar tiempo útil. Y lo mismo a la hora límite, pues siempre hay que estar media hora antes de la hora de salida.

Otro factor que puede inclinar la balanza es la naviera y el tipo de barco. Cada compañía de cruceros es diferente y, aunque suelen intentar abarcar un amplio abanico de viajeros, las hay que están enfocadas a un ambiente más familiar, otras a un público más juvenil y algunas se centran en personas mayores. Esto lógicamente influirá en la oferta de ocio, por lo que conviene informarse un poco al respecto. Tampoco el idioma o los idiomas empleados a bordo son los mismos. Con Pullmantur por ejemplo nos encontramos que se usaba únicamente el español mientras que MSC alternaba hasta 5 ó 6 lenguas.

Lógicamente los barcos también difieren. Y no solo entre navieras, sino dentro de la misma compañía. Al igual que los hoteles, los buques se dividen por categoría (desde las 3 hasta las 6 estrellas) y esta va relacionada con la calidad y el precio. Pero además, no es lo mismo un barco de principios de los 2000, que uno recién construido, como el MSC Meraviglia. No solo por el aspecto o los extras que pueda incluir en la oferta de ocio (véase parque acuático con tobogán, bolera o simulador de F1), sino por avances técnicos que hacen que la navegación sea más estable y confortable.

Eso sí, para un crucerista novato quizá sea buena idea empezar por uno cuanto más pequeño, mejor. Sobre todo para no sentirse abrumado con tamaña cantidad de gente.

El siguiente paso es elegir el camarote. Ya lo he comentado en varias ocasiones: prefiero un camarote interior sin ventana. Cierto es que suelo dormir normalmente totalmente a oscuras, pero es que además me parece absurdo pagar más cuando solo voy a estar en él para dormir o ducharme. Como siempre, todo depende del tipo de viajero que uno sea, pues si se va con intención de aprovechar las escalas, se pisa poco. Si por el contrario se va para disfrutar del barco o de los trayectos, entonces la mejor opción es directamente balcón. Y me salto los de ventana porque en la mayoría de los casos son pequeñas y/o acaban mojadas/empañadas, por lo que su visibilidad es escasa.

Básicamente podríamos hablar de cuatro tipos de camarotes:

  • Interiores: Sin ventana.
  • Exteriores: Con ventana u ojo de buey. En esta categoría se incluyen aquellos que tienen la vista parcialmente obstruida, generalmente porque tienen los botes salvavidas justo delante (esto hace que su precio sea ligeramente inferior porque impide disfrutar del paisaje, pero algo de luz entra).
  • Exteriores con balcón: Se encuentran en la cubierta principal y cuentan con un balcón privado. Únicamente lo elegiría en un crucero tipo Fiordos, en el que bien merece sentarse a disfrutar el recorrido de un puerto a otro. En otros como por el Mediterráneo solo se ve agua…
  • Suites: La versión más lujosa del barco y también la más limitada.

Una vez que se tienen claras las necesidades de cada uno, hay que elegir qué camarote queremos en función de la categoría elegida. La ubicación y orientación determinarán la calidad y el confort del viaje. Así pues, es de vital importancia revisar los planos de las cubiertas del barco y seleccionar uno alejado de ascensores, discotecas, teatros, casino, zonas de tripulación o máquinas… y además, que no esté justo debajo de la piscina ni del circuito de paseo/running. Para los mareos suelen aconsejar que esté lo más centrado posible tanto en vertical (a ser posible lo más cercano a la línea de flotación del barco) como en horizontal (ni muy cerca de proa, ni de popa). Es decir, que esté lo más cerca posible del centro de gravedad para así notar el movimiento lo menos posible.

Además de elegir camarote, toca elegir turno de cena. En los barcos pequeños suele haber un par, de forma que el turno A primero cena y luego ve el espectáculo y el turno B al revés. De esta forma se alternan para no saturar los espacios. Aunque obviamente no hay obligatoriedad de cenar en el restaurante, sino que se puede ir al buffet. Sin embargo, los cruceros más grandes cuentan con más de un restaurante y cada comedor tiene diferentes turnos. Los espectáculos van rotando y para que todo el mundo pueda acudir al teatro, se ha de reservar previamente la sesión. No obstante, a pesar de elegir un turno concreto en la reserva, una vez allí, se puede solicitar el cambio si no parece encajar con el ritmo de las escalas.

Por último, necesitamos revisar la letra pequeña del contrato para saber si en el precio final están incluidas las bebidas, tasas de embarque y propinas (además de los vuelos en caso de que corresponda).

Salvo Pullmantur que ofrecía Todo Incluido, el resto de navieras con las que hemos viajado ofertaban Pensión Completa, excluyendo las bebidas. Sin embargo, se puede contratar el extra de Todo incluido o Paquete de bebida, que puede resultar muy conveniente. Tan solo hay que echar números para ver si nos compensa. Yo suelo echar un cálculo rápido: agua/refresco en las comidas, cerveza de media tarde tras el todos a bordo y copa en el espectáculo o discoteca. Además de contar con el día de navegación que se está todo el día en el barco. A partir de ahí, ver cuánto sube pasar de PC a TI y si merece realmente la pena.

En cuanto a las propinas, no me he encontrado (en ninguno de los cuatro cruceros) que estén incluidas. Simplemente al final del viaje cargan unos 10€ por persona en la tarjeta de crédito asociada (o lo descuentan del efectivo dejado como fianza) en concepto de “cuota de servicio”.

Con todo esto claro y la reserva del crucero en marcha, no hay que olvidarse del seguro. No es obligatorio, claro, pero sí conveniente. Ya no solo por la pérdida de equipaje o retrasos, sino porque no hay tarjeta sanitaria que valga en la consulta médica de un barco. Y más aún si hay un percance que requiera de hospitalización y que impida terminar el viaje. Y ojo porque no vale cualquier seguro, en muchos casos hay que añadir el plus de crucero, como ocurre con los deportes de aventura.

Cuando se ha cerrado todo lo anterior llega el punto de considerar qué hacer en cada escala. ¿Contratar excursión o ir por libre?

Habrá que valorar las circunstancias para decidir qué es lo que más interesa. Por un lado hay que tener en cuenta el bolsillo. Y es que las excursiones de la naviera no son precisamente baratas y sumando cada escala puede salir por un pico. Por contra, viajando por libre se puede ajustar un poco más económicamente. Aunque también existe la opción intermedia, que es contratar una excursión de una empresa externa. Eso sí, el barco no espera salvo a la excursión propia, quizá por esto mucha gente prefiere asegurar y contratar directamente con la naviera.

Otro punto que hay que considerar es que a veces barco llega a la misma ciudad y se ve cómodamente en un paseo sin necesidad de transporte o guía. Además, en el caso de Europa el transporte funciona bastante bien, por lo que si los desplazamientos dependen de un tranvía, bus o metro, no suele conllevar mucho trastorno. Menos aún si es de la zona Euro que ni hay que cambiar moneda.

En otros sin embargo la visita es más compleja bien porque hay que desplazarse, porque se cuenta con poco tiempo, o por cuestión de visados. En cuatro cruceros tan solo he viajado con excursión en el caso de San Petersburgo y fue por una cuestión práctica, pues la excursión nos tramitaba el visado y nos llevaba de ruta nocturna y a las afueras (algo que por nuestra cuenta no habríamos podido hacer).

Particularmente yo soy fiel defensora de las visitas por libre, de esta forma no voy condicionada por el ritmo de un grupo, únicamente por la hora de regreso al barco. Pero como todo, va en gusto del consumidor.

Y llegamos al punto de preparar la maleta. ¿Qué llevar a un crucero? Pues depende. Como cualquier otro viaje depende de la climatología y de las actividades a realizar. Pero básicamente podríamos decir que serán necesarios dos tipos de ropa: ropa de día y ropa de noche.

Para las visitas diurnas lo adecuado es llevar ropa y calzado cómodos siempre teniendo en cuenta el terreno por el que nos vamos a mover y las condiciones metereológicas. Una vestimenta de sport, vaya. Por la noche sin embargo es momento de vestirse algo más elegante, aunque con excepción de la noche de gala en la que sí se entiende algo más de etiqueta, el resto de las noches no es imprescindible acudir de punta en blanco, solo suele exigirse cierta formalidad. Aunque todo siempre dependiendo del crucero, ya que no es lo mismo uno de 3 estrellas que de 6.

Además, no viene mal un bañador para hacer uso de las piscinas y jacuzzis del barco (la toalla por el contrario es facilitada en el camarote) y en caso de deportistas, ropa para el gimnasio.

Por lo demás, una maleta estándar: cargador/adaptador, cables de carga, batería externa, cámara de fotos, documentación, tarjetas de débito/crédito, un pequeño botiquín, protector solar, gorro/a, chubasquero… Eso sí, las planchas (tanto de ropa como de pelo) suelen estar prohibidas, al igual que lógicamente armas, drogas, bebida o comida (para evitar efecto contaminante de agentes externos).

Además del equipaje principal, conviene llevar una maleta o mochila de mano con una muda, productos de higiene, medicamentos y documentación. Es decir, con lo realmente importante, por si la maleta tardase algo en llegar al camarote (o se perdiera). Y es que la maleta se entrega en el proceso de embarque y aparece “misteriosamente” en la puerta de nuestro camarote horas después. En caso de que el paquete incluya vuelo, se entrega en el aeropuerto; mientras que si es en puerto, se hace antes de hacer el check-in, pero en ningún caso es el viajero quien sube su maleta. De esta forma se agiliza el trámite moviendo el equipaje por el área de tripulación y se evitan barullos con todos los pasajeros arrastrando sus bultos mientras buscan su camarote.

La naviera facilita unas etiquetas en las que se indicará nombre, apellidos y número de camarote, para así poder llevar a cabo el reparto. Pero, como siempre, no está de más tener unas maletas claramente identificables, así como una foto de ellas que sirva como prueba en caso de que hubiera que reclamar una pérdida.

Y mientras el equipaje sigue su rumbo, el crucerista ha de registrarse. Hoy en día va todo muy informatizado y en cuestión de minutos nos darán nuestra tarjeta y nos harán una foto. Esta tarjeta es imprescindible tanto como control de quién entra o sale del barco, como para la evacuación de emergencia, pero además para el día a día a la hora de cargar compras o bebidas a nuestra cuenta.

Tras el check-in es momento de comprobar el camarote, situarse en el barco (suele costar un par de idas y venidas) y registrar la tarjeta de crédito (o pagar en efectivo) para los futuribles cargos durante el crucero. Y por supuesto, es hora de perderse por las instalaciones y descubrir cada rincón (aunque siempre quedan para el último día).

Lo siguiente en la orden del día suele ser el simulacro de emergencia, de obligado cumplimiento. No dura mucho, unos 15 minutos. En ese tiempo la tripulación explicará el uso del chaleco así como el punto de encuentro en caso de emergencia, que viene determinado por la zona en que se encuentre el camarote.

A partir de ahí, el tiempo es para disfrutar, y no solo fuera del barco con las visitas en cada escala, sino también dentro. Un crucero ofrece una variada oferta gastronómica y de animación. Siempre hay algo que hacer. Aunque sea tumbarse en una hamaca y mirar el mar. Es un momento de desconexión, además en toda regla, porque los precios por paquetes de datos de internet son prohibitivos. Es curioso que mientras que el WiFi en los hoteles se ha convertido en algo imprescindible, llegues a un barco y sea de pago. Pero claro, es el mercado, amigo.

Por último, lo que hay que saber de un crucero es el funcionamiento del triste momento del desembarque. El día anterior suele haber una charla informativa en el que nos darán las indicaciones. En primer lugar está la cuestión económica. Es hora del cierre de cuenta, momento en el que comprobaremos los cargos que se nos han hecho y si corresponden con nuestras consumiciones/compras. En caso de haber dado al inicio una tarjeta de crédito, tan solo hay que firmar. Sin embargo, si hemos adelantado efectivo y sobra dinero, tendremos que hacer cola en recepción para recuperarlo.

Por otra parte, es el momento de hacer las maletas. En función de si tenemos paquete con vuelo asociado o de si nos quedamos en puerto (por ejemplo para coger luego el coche o el AVE), nos asignarán un color y una hora de salida. Además, al igual que en el embarque, no nos encargaremos de nuestro equipaje, sino que tendremos que dejarlo preparado la noche anterior, por lo que habrá que dejarse fuera la ropa del último día así como los productos de higiene, documentación y demás.

Y una vez en tierra es momento de pensar en el próximo crucero. Porque una vez que lo pruebas, repites. Y lo digo yo que no soy amiga de los barcos, pero que reconozco que tiene sus ventajas. Por ejemplo, permite despertarse cada mañana en un puerto diferente sin tener que hacer ni deshacer las maletas; además, es una semana en la que se vive a tope, conociendo sitios nuevos, comiendo, asistiendo a espectáculos y sobre todo desconectando del día a día. Lo malo es que pasa factura y después necesito otra semana para recuperar los biorritmos y la rutina. También tiene sus puntos negativos, como que en ocasiones puede saturar que haya tanta gente en un espacio “reducido” o que según los destinos haya que visitar todo demasiado a la carrera; pero en cualquier caso, es toda una experiencia.

 

Conclusiones del Crucero por el Mediterráneo: Escalas y Resumen de Gastos

En la entrada anterior ya realicé un análisis de la experiencia con el MSC Meraviglia. Pero la verdad es que lo importante (para mí) en un crucero, son las escalas. El barco importa, claro, ha de ser confortable, entretenido y ofrecer buena oferta gastronómica, pero yo contrato un crucero por los desplazamientos.

Hasta la fecha los tres anteriores que habíamos hecho tenían una ruta, y volvían a empezar en el puerto en que acababan su recorrido. Por tanto, había itinerario A e itinerario B. De esta forma analizábamos dónde preferíamos iniciar o terminar, o cuándo estaba mejor ubicado el día de navegación (siempre mejor hacia el final del crucero para descansar y hacer maleta). Por ejemplo, cuando hicimos el de Capitales Bálticas, elegimos terminar en Malmö que era una ciudad pequeña y que podríamos ver en pocas horas aun teniendo que desembarcar.

En este caso, sin embargo, se trata de un crucero circular. Empezaba y terminaba en Barcelona, pero es que además había embarque y desembarque en cada escala. Imagino que ponen a la venta en cada país/mayorista un determinado número de camarotes de cada categoría para así ir cubriendo. Porque si no, no tiene sentido que por ejemplo yo deje el camarote un viernes en Barcelona y no se ocupe hasta el lunes en Nápoles, pues la empresa perdería dinero.

Eso sí, a la hora de elegir en la agencia de viajes, no teníamos mucha complicación con el itinerario, pues era el que era. Y estaba bien que saliera de Barcelona, pues gracias al AVE llegaríamos en 3 horas. Y dado que ya habíamos visitado la ciudad, no nos tendríamos que preocupar del inicio o del fin.

Nuestras escalas fueron Marsella (Parte I y Parte II), Génova (Parte I y Parte II), Nápoles (Pompeya I y Pomeya II), Mesina (con excursiones a Catania y Taormina) y La Valeta (con excursion a Mdina y Rabat). Y sin duda la mejor de todas fue la última. Como suele ser habitual, hicimos todas las excursiones por libre. Las de la naviera me parecen prohibitivas, además de que es otro estilo, pues te organizan otros.

Estamos en Europa, son ciudades preparadas para el turismo y el transporte público funciona muy bien. Lo más complicado era Sicilia, que optamos por alquilar un coche para poder ver alguna ciudad más.

Marsella, a medio camino entre Italia y España, me gustó bastante a pesar de la decadencia de la ciudad. O quizás gracias a eso. En ocasiones parece una ciudad caótica, pero en otros un tranquilo pueblo de pescadores. Es 100% mediterránea con su mezcla de colores, gentes y gastronomía. Todo un ejemplo de multiculturalidad.

Tiene cierto encanto que recuerda a París en cafés y terrazas, en su planificación urbana, arquitectura y sus balcones. Algo que no es de extrañar, ya que fue reformada en el siglo XIX bajo las órdenes de Haussman. También guarda cierta similitud en barrios menos populares en los que predomina el arte urbano.

En sus calles hay vestigios de sus más de dos milenios de historia, por lo que podemos encontrar restos griegos, romanos, medievales así como más recientes.

Génova por el contrario me decepcionó bastante. También es cierto que nos diluvió y vimos la ciudad un poco a la carrera y lo que nos dejó la climatología. Pero me pareció una ciudad gris y sosa. Me esperaba más de una ciudad italiana.

En sus calles también hay historia, puesto que ha sido un importante cruce de culturas y pueblos desde la Antigüedad. Magníficos edificios, imponentes iglesias, elegantes mansiones y fachadas ricamente decoradas nos sorprenden a cada vuelta de esquina. Sin embargo, la ciudad parece un poco abandonada y esto ensucia la memoria del Siglo de los Genoveses, cuando Génova era un punto de encuentro y de conocimiento.

Nápoles no la vimos, tan solo de vuelta desde la estación y era de noche, bajo una intensa lluvia y a la carrera, por lo que no cuenta mucho la imagen de ciudad caótica, ruidosa y de tráfico endiablado que me traje. En su lugar visitamos Pompeya. Teníamos la duda de si quedarnos en Nápoles o visitar el yacimiento, y creo que acertamos. Aunque llegáramos con la hora pegada, pero creo que histórica y culturalmente, era más interesante visitar la ciudad arrasada por el Vesubio. Teniendo apenas 4 horas y media de luz en la escala, poco más se puede hacer. Ya habrá tiempo de visitar Nápoles y descubrir su patrimonio histórico y artístico.

Sicilia es una isla que guarda importantes testimonios de su pasado gracias a los restos arqueológicos y numerosos monumentos que se conservan. Entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente, Sicilia sí que ha sido un cruce de caminos.

Es una isla de interior con mezcla de aires griegos, españoles y árabes, pero también con su propio carácter del sur de Italia. En su territorio combina un interior en el que predominan volcanes, montañas y colinas con un exterior en el que destaca la paleta de azules del mar. No es de extrañar que a lo largo de su historia haya atraído a artistas como fuente de inspiración.

En el centro se alza el Etna, el volcán más alto y activo de Europa. Los romanos creían que era la fragua de Vulcano. Y según la mitología griega acogía las fraguas de Hefesto y era la residencia del monstruo Tifón, el culpable de terremotos y erupciones. No obstante, los sicilianos parecen no temerlo, ya que a su alrededor hay asentados muchos pueblos. Pueblos que podrían desaparecer como consecuencia de derrumbamientos de las laderas. Y es que parece que, según recientes mediciones, el volcán se está desplazando en dirección al mediterráneo a 14 mm por año.

Aunque ha provocado graves daños en diferentes ocasiones, sus ríos de lava también han generado – con el paso del tiempo, eso sí- una tierra fértil, en la que predominan en nogales, cítricos y viñedos.

Contábamos con poco tiempo, así que alquilamos un coche en AutoEuropa por 25€ el día y nos fuimos a Catania, Taormina para terminar en Mesina, el puerto de atraque.

Catania no tiene mucho encanto, no está mal su centro histórico, pero una vez que sales fuera de esa delimitación da la sensación de ser una ciudad algo dejada, abandonada y sucia.

 

Taormina por el contrario es totalmente recomendable. Es pequeña, pero tiene un encanto medieval. Y su posición ofrece unas vistas impresionantes tanto del volcán como de la costa.

Mesina estaría entre ambas. No tiene ese toque de Taormina, pero bien merece un paseo. Además, el barco atraca cerca y todo queda bastante próximo.

Como decía al principio, nuestra última escala fue la que más nos gustó. Viajar a Malta está muy de moda entre los turistas europeos. A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo.

Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público. Ciudades por cierto en las que se rodaron escenas de Desembarco del Rey en la primera temporada de Juego de Tronos.

Mdina nos encantó, sus callejuelas, lo bien conservado que está todo, sus palacios, su calma…

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos.

A la vuelta dimos un paseo por La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Aunque lo mejor es ver la entrada y salida del puerto, que permite alcanzar de un vistazo toda la muralla y el conjunto arquitectónico. Sobre todo la salida al atardecer.

En general podríamos decir que son todas ciudades interesantes, que tienen suficientes atractivos que ofrecer al visitante. Aunque quizá tenemos cierto sesgo y al haber visitado ya tantos países, no nos sorprenden tanto algunos destinos, por recordarnos a otros.

El día de navegación nos sirvió para descansar antes de volver a la rutina, pues, aunque lo bueno de un crucero es que amaneces cada día en un puerto sin esfuerzo alguno; lo concentrado de las escalas y la conjunción de cena – espectáculo – copa hace que se trasnoche algo, se madrugue bastante y el cuerpo se lleve buen agote. También aprovechamos para hacer las maletas sin quitar tiempo de un día normal.

Aunque por supuesto, el día de navegación es para conocer el barco y vivir las actividades que en él se desarrollan y que no vemos a diario por estar en tierra. A diferencia de otros cruceros aquí no vimos demostración de tallas de frutas y verduras, imagino que esto ya quedó muy visto y de décadas pasadas. Sin embargo sí que hubo de pizza y mozzarella. Lógico por otra parte, tratándose de una naviera italiana. También había actividades programadas por el equipo de animación, como el MasterChef at Sea.

Aún así, a pesar de haber descansado, este crucero ha sido agotador. La lluvia, el correr por Nápoles para no perder el barco, el concentrar tres ciudades sicilianas en un solo día… Todo ello acaba haciendo mella. Además, cuando la visita es en ciudad, al final acabamos haciendo unos 20 kilómetros diarios. Y si sumas un día tras otro, acaba pesando.

Para finalizar, vamos con el recuento de gastos:

Crucero con con camarote interior en categoría Fantástica y pack de bebidas: 1.863€

Cuota de servicio: 142€

AVE a Barcelona: 25€ por 4 trayectos. Total 100€

Metro Sants a Drassanes: 3€ por 4 trayectos. Total 12€

Bus Puerto Barcelona: 3€ por Trayecto. Total 12€

Billete diario Marsella: 5,20€ por dos. Total 10,40€

Bus a Pompeya: 2,8€ por dos. Total 5,6€

Entradas a Pompeya: 13€ por dos. Total 26€

Tren a Nápoles : 2,8€ por dos. Total 5,6€

Alquiler de coche en Sicilia: 24,95€

Gasolina: 19€

Peajes: 3.70€ por dos trayectos. Total 7,4€

Aparcamiento en Taormina: 3€

Bus Malta: 1,5€ por 4 trayectos. Total 6€

Habría que sumar algún regalo, recuerdo y souvenir, pero eso es ya algo más personal y no llevo la cuenta, por lo que la suma total asciende a 2.236,95€ (1.118,48€ por persona).

¿Qué tocará en 2020? ¿Podremos hacer Caribe?

Conclusiones del Crucero por el Mediterráneo: Análisis del MSC Meraviglia

En este crucero hemos notado un salto cualitativo con respecto a la naviera. O quizá sea por el barco, un MSC Meraviglia recién estrenado que hace justo honor a su nombre. Se nota la modernidad en el diseño de los camarotes, en las áreas comunes, en la moqueta, en el buffet, en la piscina y el parque acuático, en las zonas de ocio, en esas escaleras de brillos, en los ascensores que tardan poquísimo en sus recorridos… Es tan grande e impresionante que es muy fácil terminar el crucero y haberse perdido espacios.

Nada más entrar en el barco nos sentimos abrumados con tanto colorido. Aquello más que un barco parecía un centro comercial. Lo primero que encontramos fue la Galleria Meraviglia, un paseo central de 96 metros de largo en el que se localizan tiendas exclusivas, restaurantes temáticos y un bar.

En la planta superior hay más restaurantes temáticos, el TV Studio & Bar con su emisora de radio y estudio de televisión que cuenta con Comedy Club, karaoke y espectáculos de música en directo y el Teatro Broadway. Pero sobre todo destaca la cúpula LED de 480 m², en la que se proyectan diferentes motivos e imágenes. Aunque con tan solo unos meses de vida ya estaba dañada y tenía franjas de píxeles muertos.

Entre las tiendas encontramos joyerías, relojerías, una heladería, la chocolatería Jean-Philippe Maury Chocolate & Coffee (que tiene demasiado espacio ocupado para mi gusto)…

Los restaurantes temáticos, que no están incluidos en el precio del crucero y hay que reservar aparte, son Eataly (de temática italiana), Butcher’s Cut (un asador de estilo americano) y el Kaito Teppanyaki y Sushi Bar (japonés).

Junto al nipón destaca el Anchor Club, un pub irlandés en el que se pueden degustar todo tipo de cervezas (algunas incluidas en el paquete de bebidas, otras no).

Y en la Proa se encontraba el MSC Aurea Spa, el lujoso Spa Balinés donde ofrecían tratamientos de relajación para revitalizar cuerpo y mente. Contaba con Zona Termal y un salón de belleza. No puedo opinar al respecto ya que no lo pisamos.

Justo debajo se ubica el Teatro Broadway ocupando las cubiertas 5 y 6. Se trata de un teatro al uso, con sus butacas en modo anfiteatro. Y a diferencia de la experiencia en nuestros cruceros anteriores, en este no se permite comer o beber. En él se desarrollaban las actuaciones nocturnas (o vespertinas) y algún juego de animación.

En el extremo opuesto del barco, tras pasar la tienda de fotos y su estudio, teníamos el restaurante L’Olivo d’oro. Aunque, en realidad, nuestro restaurante asignado en un principio fue el Waves, situado en la cubierta 5, la misma en que se encuentra recepción.

Justo enfrente de esta había una zona de piano que quedaba recogida por las brillantes escaleras de caracol. Y en los laterales el Infinity Bar, uno de los que nunca pisamos.

Tampoco probamos el Champagne Bar, ubicado en la cubierta 7 en la parte posterior. Este bar ofrecía una amplia cama de champagnes, así como otras bebidas espumosas de todo el mundo.

Junto a él, en un lateral se esconde la biblioteca. Y digo se esconde porque yo la descubrí el último día. Ni siquiera la vi al hacer el simulacro, y eso que se encuentra junto al Casino, que era nuestro punto de evacuación en caso de emergencia.

Cuenta con un surtido de libros en diferentes idiomas, incluso japonés.

El casino tenía máquinas a un lado, mesas al otro. Y en el centro el bar. En el lado de las máquinas estaba permitido fumar, pero el sistema de ventilación no tenía nada que ver con el de Las Vegas y una vez que pasabas la biblioteca se notaba cómo el tabaco ya había impregnado paredes, muebles y moqueta. Realmente agobiante para una no fumadora. También se apreciaba en la propia ropa con tan solo pasar unos minutos allí.

En la proa de la cubierta se localiza el Carousel Lounge, un teatro diseñado para albergar los espectáculos del Cirque du Soleil. Su escenario es circular, y las butacas se disponen a su alrededor. En este sí que se puede consumir tanto comida como bebida. De hecho, una de las opciones de reserva para el Circo del Sol era cena + espectáculo. Por las tardes servía además para charlas informativas y a últimas horas de la noche se convertía en discoteca.

En las plantas centrales (de la 8 a la 14) se encuentran la mayoría de los camarotes y ya es en las últimas cuatro superiores (15, 16, 18 y 19 – no hay 17 porque en Italia es el número de la mala suerte-) donde se localizan los espacios de ocio así como el comedor principal.

Ubicado en la cubierta 15 y ocupando la mitad de su superficie, el Marketplace Buffet es un comedor que está abierto 20 horas al día. En su parte posterior tiene una terraza abierta a la popa del barco, y en su parte delantera se abre a la piscina con puestos de comida rápida y helados.

En todos los accesos a él había lavabos con su correspondiente jabón de manos y toallitas. Buen detalle.

El comedor tiene en su parte central diferentes cocinas: pizzería, comida étnica, mediterránea, family & kids (con hamburguesas, perritos, patatas fritas y pasta), una brasserie zona de ensaladas, de sopas y pastas, de pan y quesos, de fruta, de postres…

Además, cuenta con puestos laterales donde se encuentran las máquinas de bebidas para el desayuno y una cristalera donde se puede observar cómo hacen la mozzarella.

La verdad es que había bastante donde elegir y estaba todo riquísimo. Sin duda se notaba el origen italiano de MSC, pues pizzas, pasta, pan de ajo o salsa de albahaca no podían faltar.

En el desayuno los puestos se convierten en zonas con comida caliente (bacon, tortillas, huevos, judías, salchichas…),  bollería, tostadas, mantequilla y mermeladas, embutidos y queso, yogures y cereales. También había cocina en vivo para tortillas francesas y una sección con comida asiática (arroz camboyano, fideos de arroz salteados con verduras, arroz blanco y sopa japonesa). La zona de fruta se mantenía.

La otra mitad de la cubierta la ocupa la Atmosphere Pool, un espacio de casi 10 m² que gira en torno a la piscina rodeada por camas. Destaca sobre todo la gran pantalla gigante y el escenario en el que se desarrollaban actividades de animación cuando el tiempo lo permitía.

Por la noche se proyectaban en ella conciertos, e imagino que se usará más el espacio en cruceros estivales. En noviembre era prácticamente todo interior.

En cada uno de los laterales había sendos jacuzzis con muy buenas vistas, ya que quedaban medio suspendidos sobre el mar. Pero además, de la piscina exterior, el MSC Meraviglia también cuenta con una interior: la Bamboo Pool. Está climatizada y tiene una cubierta retráctil. Es salada y además clorada, y se notaba, ya que olía tremendamente a lejía al pasar al interior. El diseño de esta zona recuerda a las saunas, todo de madera. También cuenta con sus propios jacuzzis.

Justo en la cubierta superior, en la 16, en el espacio que ocupa el comedor, podemos encontrar la parte más lúdica del MSC Meraviglia.

En la parte central del barco con vista directa a la pantalla de la piscina, se encuentra el gimnasio. Tan solo nos asomamos el primer día durante nuestra visita de reconocimiento. El resto de días con andar 20 kilómetros al día teníamos bastante. Pero estaba muy solicitado con sus máquinas de última generación y sus clases de fitness.

A continuación se encontraban la zona entretenimiento con máquinas arcade, el cine 4D, el Sportflex (la pista de deportes), el Sportsbar y lo que más llama la atención encontrar en un barco: los dos simuladores de F1 y la bolera.

La parte trasera del barco se abre bajo un anfiteatro a la Horizon Pool, una piscina más pequeña que por la noche se convierte en discoteca bajo las estrellas gracias a que en la cubierta 18, subiendo por la grada, se llega al Horizon Bar, uno de los mejores del barco y donde suele pinchar el DJ.

Tras el bar, en la zona interior se desarrolla la vida juvenil, ya que cuenta con el Attic Club, una discoteca para adultos, además de los Teens Clubs, uno para chavales de 12 a 14 años y otro para los de 15 a 17. En esta zona adolescente pueden disfrutar de área de juegos y cine además de la propia discoteca.

También hay lugar para los más pequeños en el Baby Club (1 a 3 años), en el Mini Club y en el Juniors Club, patrocinados por Chicco y Lego respectivamente.

En la misma cubierta también se encuentra el selecto Sky Lounge, un bar en el que servían cócteles de diseño que no estaban incluidos en nuestro paquete y cuyo ambiente estaba muerto. Así que entramos un día y, viendo el panorama, nos marchamos al minuto.

En la proa de la 18 y 19 se ubica el exclusivo MSC Yacht Club, al que solo puedes acceder con la tarjeta correspondiente. No era nuestro caso. Cuentan con su restaurante, bar, grill y propia piscina con solarium y jacuzzis.

En la popa de la 19 está el Polar Aquapark, el parque acuático con cuatro toboganes, un puente suspendido, varias piscinas y actividades de entretenimiento.

La verdad es que el MSC Meraviglia cuenta con extraordinarias instalaciones, pero por muchas palabras que use, es indescriptible, así que recomiendo no perderse su vídeo de presentación:

La experiencia en el barco ha sido impecable. Las únicas pegas que se le pueden poner tienen más que ver con la gente que con el barco en sí. Cuantos más pasajeros, más se complica todo: colas en la recepción, en el desembarque, buffet saturado a ciertas horas… Pero creo que es comprensible.

No se le puede poner un pero al camarote. Sin duda el más grande de todos los cruceros que hemos hecho hasta la fecha. Quizá porque no cogimos la categoría más baja de todas sino la segunda. En cualquier caso, pese a ser interior, para nada claustrofóbico. Y bien elegida por planta y por situación, muy centrada. No tuvimos ningún tipo de ruido raro (hay plantas en las que se oía ruido metálico del barco y en la 14 el agua de la piscina), ni se movió mucho en la noche más tempestuosa.

La cama era bastante durita y cómoda, las almohadas mullidas y las mesitas muy prácticas con varias baldas para poder guardar objetos. Muy útil para dejar el móvil, las gafas y el libro.

El escritorio servía como tal y a la vez como tocador, ya que en su cajón tenía un secador (que no podías desconectar). Por lo que uno se puede preparar mientras otro se ducha sin impedimento para ninguno de los dos.

El armario resultaba algo escaso, aunque también es verdad que metimos las maletas en la parte superior. Quizá si las hubiéramos metido bajo la cama habríamos ganado ese espacio.

La tele aunque está capada y no se podía usar HDMI o UDB y las películas eran de pago, aún así tenía bastantes cadenas en diferentes idiomas para mantenerte informado, y, lo más importante de todo, permitía controlar tu cuenta. En tu perfil podías ver tanto lo que ibas gastando como reservar los espectáculos y luego consultar en la agenda qué es lo que te has ido programando.

El baño también era muy moderno y estaba muy bien equipado. El lavabo tenía integrado el jabón y en la parte inferior tenía espacio de almacenaje y en la puerta una papelera. Sobre el lavabo había una estantería muy práctica para guardar los productos de aseo. Además, contaba con diferentes ganchos y barras para colgar las toallas.

La cabina de ducha era lo suficiente amplia y tenía incorporado en la pared un bote de gel y otro de champú que el camarista rellenaba periódicamente. También contaba con una cuerda para tender la ropa, algo muy práctico cuando acabas calada en Génova.

Como siempre ocurre en hoteles y cruceros, hay quien se queja de lo poco variados que son los buffets y lo escaso que es el menú en los restaurantes. Desde mi punto de vista, nada más lejos de la realidad. Nosotros desayunábamos contundentemente en el buffet, nos llevábamos unos bocatas de tortilla francesa o embutido y fruta por si volvíamos tarde y luego tras embarcar hacíamos una comida tardía casi merienda en el buffet. Al tener la cena a las 21:30 no nos alteraba mucho comer a las 5.

Sí que es cierto que el desayuno no variaba de un día para otro, pero creo que había suficiente variedad como para ir alternando a lo largo de una semana en caso de que se quiera. Me resulta “gracioso” que quienes suelen quejarse, luego desayunan en casa lo mismo durante todo el año. Pero eso sí, en un buffet no son capaces de decidirse porque es igual que el día anterior.

También las 4 pizzas siempre eran las mismas (margarita, aceitunas y cebolla, marinara y salchichas), pero el resto de comida iba variando cada día. Había tres tipos de pasta, y cada día cambiaba la pasta y la salsa. Lo mismo la carne, legumbres o la comida étnica. También variaban los postres, y eso que había una oferta de hasta 7-8 diferentes. No entiendo el problema, la verdad. Será que me gusta comer.

En cuanto a las cenas, yo disfruté cada plato que pedí. Y para nada me quedé con hambre. Tienes un entrante, un principal y postre, lo que me parece una comida razonable. Mucho más copiosa de lo que cenaríamos cualquiera un día normal en casa (seguro que la mayoría comemos plato único y fruta/postre). Siempre había la opción vegetariana en cada una de las opciones, así como la posibilidad de pedir fuera de carta un filete de pollo a la plancha o un pescado al vapor. Bien por intolerancias, porque no te guste algo de la carta o lo que sea. En cualquier caso, como digo, todo muy jugoso. Sobre todo los pescados. En el momento en que descubrí lo fresco que era, intentaba siempre pedirlo. Pero vamos, he probado las ensaladas, rissottos, pasta, falafel… todo delicioso. Igual con los postres. Aún así, para quien tema quedarse con hambre, que se quede tranquilo, pues siempre puede repetir o pedir varios platos diferentes. Así que tampoco entiendo las quejas al respecto. Ni por calidad ni por cantidad.

Creo que hicimos bien en sacar el pack de bebidas, pues el agua y refrescos costaban 3.90€, las cervezas 5.9€ y los cócteles 7.9€. Así que sumando lo consumido cada día, amortizamos de sobra. Y sobre todo nos despreocupamos de tener que andar cargando las diferentes consumiciones y revisando la cuenta.

Tanto el agua como los refrescos eran envasados, sin embargo, al pedir cócteles o combinados, el refresco era de barril. Pero si se quiere un ron con cola, siempre se puede pedir el ron por un lado, y pedir aparte una cola, en tal caso te la darán de lata. Y luego ya tú te haces la mezcla. Lo que sí dejaba mucho que desear era la cerveza. De todas las que tomamos, creo que solo tiraron bien la Guinness. El resto de las que tenían cierto cuerpo, nos las sirvieron sin fuerza y como si estuviera por un lado el sabor a cerveza y por otro el agua. Además, se echaba de menos que pusieran al menos una tapita de patatas fritas de bolsa. Pero supongo que esta costumbre es muy española.

A diferencia de los cruceros de Pullmantur e Ibero, esta vez no compartíamos mesa, aunque en cierta medida podría decirse que agrupan. En la primera noche en el Waves teníamos en una mesa próxima a la nuestra una pareja joven española (justo la siguiente a la nuestra estaba desocupada). Al cambiarnos al restaurante L’Olivo, nos pusieron junto a dos parejas, también españolas, que eran mayores que nosotros. No sé si lo de la nacionalidad es algo premeditado, que nos agruparon, o es que los horarios tan tardíos se quedaban copados por italianos y españoles.

Había muchos turnos para cenar, algunos de ellos demasiado tempraneros y otros muy tardíos. Cuando el todos a bordo es a las 5 y media no tiene mucho sentido que tengas la cena a las 17:45, porque, o llegas siempre antes para prepararte antes de ir al comedor, o acabas cenando siempre en el buffet. Por otro lado, los de las 21:30 y 21:45 suponían que, o elegías el espectáculo antes de cenar (algo que me parece contra natura), o cuando quieres terminar de cena – espectáculo – copa, se te ha hecho tarde teniendo en cuenta que el día siguiente tienes que madrugar. Así pues, sin duda lo mejor sería algo intermedio, quizá las 20 – 20:45.

Los espectáculos fueron variados, pero el que más me gustó fue el de Virtual. Por escenografía, coreografía y presentación.

El que menos fue el de Meraviglioso Amor. La música elegida sólo la conocen los italianos, el vestuario de los bailarines era muy cutre y las coreografías muy repetitivas y poco trabajadas.

El de Magic Friends no está mal, aunque te tiene que gustar la magia. No obstante, muy bien intercalada con el cuerpo de baile.

El de Paz, que se supone que es un tributo a la música española, me decepcionó en gran parte. Muy bien los bailarines, la coreografía estaba correcta, así como el vestuario, pero las canciones elegidas no eran muy acertadas y resultaba lento.

En general, como espectáculo postcena, están bien, pero no están al nivel que me esperaría de este tipo de barcos. En iberocruceros recuerdo una noche que hubo un espectáculo de patinadores sobre hielo, y era una naviera de inferior categoría.

En el resto del barco, había actuaciones de piano o voz y la verdad es que todos los artistas (así como los del espectáculo) se merecen un 10. Vaya voz la de la soprano.

La animación no estuvo mal. Había un grupo bastante grande y durante el día tenían sesiones de yoga, de aerobic, hacían juegos en la piscina…

También hicieron un concurso de MasterChef at Sea, un espacio patrocinado. Aunque no cocinaron realmente.

Y por supuesto, se encargaban de la fiesta nocturna temática. En este aspecto quizá tal vez fallaba la música, que se repetía bastante y era un tanto antigua. Supongo que es porque iba enfocada a otro público (extranjero y más mayor), pero lo cierto es que los días en los que actuaba la orquesta latina con temas más recientes se veía más animado al personal.

Mucha gente se quejaba de que no había sitio para sentarse. Totalmente cierto, pues aunque junto al puente había un bar con algún asiento en torno a una pista, ahí no era donde se centraba la mayor parte de la animación.

Sin embargo, me da la sensación de que ese era el propósito, que la gente estuviera de pie y no le quedara más remedio que integrarse en la actividad.

Además de las actividades propiamente participativas, también hubo exhibiciones. No solo la de la mozzarella del último día, sino también la de las masas de pizza.

En definitiva, el barco ofrecía todo tipo de servicios y actividades. Bueno, excepto conexión a internet. Cuando el WiFi en los hoteles se ha convertido en algo imprescindible, llegas a un barco y es de pago. Hoy en día con la eliminación del Roaming en Europa no consideramos oportuno ni necesario contratarlo. Usábamos nuestros propios datos cuando tocábamos tierra (bien para comunicarnos con familia y amigos, bien para las apps tan necesarias hoy en día) y desconectábamos al soltar amarre.

Ojo con esto porque hay que asegurarse de que nos estamos conectando a la red adecuada. Es preferible elegir la selección manual antes que la automática y así evitaremos disgustos como por ejemplo que se nos conecte a una red turca mientras estamos en una isla de Grecia o a una europea con la que nuestra compañía no tiene el acuerdo. El móvil suele elegir la que más potencia tiene y no sigue un criterio económico.

El paquete de telecomunicaciones a bordo costaba unos 20€ y daba acceso a las redes sociales y a las aplicaciones de chat (Facebook, Twitter, Instagram, LinkedIn, WhatsApp, Snapchat, Pinterest, o Line), eso sí, únicamente para un dispositivo y no servía para compartir archivos de audio o vídeo (sí fotos). Creo recordar que había alguna tarifa superior, pero como ya la habíamos descartado, tampoco nos informamos mucho.

Pero en general, pocas pegas a la experiencia con el barco. Otra cosa son ya las escalas, que merecen entrada aparte.

Crucero por el Mediterráneo. Día 8. Desembarque

Dado que había que dejar el camarote a las 7:30, nos levantamos poco antes de las 7 para recoger las 4 cosas que nos quedaron fuera de maleta y prepararnos con algo de calma. En el buffet estábamos todos con cara de sueño y los ojos aún hinchados. Mientras desayunábamos vimos la llegada al puerto, que no es que sea muy bonita, pues de la ciudad se ve poco.

Teníamos el color rosa, lo que significaba que nuestra hora de desembarque debía ser a las 9:10, pero como el AVE no lo cogíamos hasta las 13:25, nos buscamos un sitio para acomodarnos y esperar tranquilamente hasta que fuera una hora algo más razonable.

Me parece que, si no tienes prisa por desembarcar, es la mejor opción. Y es que según atraca, los que hacen escala, como es lógico, quieren bajar cuanto antes para aprovechar la visita. Si no tienes prisa, te da igual esperar media hora (o una hora y media) a que baje el mogollón y después salir tranquilamente. Incluso se puede visitar la biblioteca.

En ese tiempo aproveché para hacer alguna cosa en el ordenador, copiar fotos, escribir algún diario… y mientras observar cómo poco a poco el barco se iba vaciando. Sobre las 10 de la mañana, cámara en mano, nos dimos una vuelta por las zonas comunes para hacer algunas fotos del barco y despedirnos de él.

Finalmente desembarcamos tranquilamente y sin esperas. Ya en la terminal, fuimos a la cinta correspondiente a recoger nuestras maletas. La cinta ya estaba parada y nuestro equipaje, apartado.

A las 10 y media ya estábamos en la cola del bus que nos llevaría a la glorieta Colón.

Las conexiones se nos dieron muy bien y a las 11:15 llegamos a Sants, casi como si fuéramos a coger un vuelo.

Y con el AVE a Madrid se acabó nuestro crucero, nuestras vacaciones y nuestro periplo viajero de 2017.

Crucero por el Mediterráneo. Día 7. Navegación

Tras abandonar Malta, el crucero se acercaba a su fin, pero antes teníamos un día de navegación por el Mediterráneo de vuelta a Barcelona. Ese día aprovechamos para levantarnos relativamente tarde, desayunar con calma y dar un paseo por el barco, pues al final, entre tanta escala, realmente había rincones que no habíamos visto. Nos pasa siempre, pero más aún en un barco tan grande.

Lo malo del día de navegación es que está todo el mundo en el barco, así que por muy grande que sea este, gente vas a encontrar en todos los lugares. Incluso en el gimnasio.

Si el día de Génova a Nápoles el barco se movió ligeramente, el día de navegación lo hizo de manera notable. No es que diera bandazos de un lado a otro, pero sí que se apreciaba el viento y la borrasca que había en la zona.

A media mañana había una exhibición y degustación de mozzarella a cargo una eminencia, al parecer. Me sorprendió ver a los japoneses con tal devoción hacia el queso… Bueno, y en general a todo el mundo haciendo corrillo para probar algo que, por otra parte, había habido durante cada día en el buffet.

A las 11:30 asistimos a la charla de información sobre el desembarque.

Por un lado nos explicaron cómo realizar el desembarque de las maletas. Del mismo modo que al inicio no cargas con ellas, tampoco para la salida. Así, la noche anterior de abandonar al barco, antes de la 1 de la madrugada, has de dejar las maletas en la puerta del camarote, etiquetadas con las correspondientes tiras asignadas. El color indica la hora límite para bajar.

De esta forma, el personal del barco se pasa la madrugada recorriendo cada planta y agrupando las maletas por colores para, una vez llegados a puerto, descargarlas y llevarlas a la zona de recogida de equipaje. Básicamente es la misma metodología que cuando cogemos un avión. Eso sí, es importante tener en cuenta que deberemos dejarnos fuera el pijama, la ropa del día siguiente, así como los productos de higiene que vayamos a necesitar antes de irnos a dormir, y al despertar.

El segundo aspecto que nos explicaron fue cómo cerrar la cuenta. El primer día habíamos asignado nuestra tarjeta de crédito a nuestro camarote, así pues, nos tocaría revisar la factura para comprobar que todo estaba bien. Y si era así con una firma, todo listo.

Sin embargo, también existía la posibilidad de pagar con tarjeta de débito o efectivo. En este caso, el proceso era algo más complejo en caso de que el saldo fuera a favor del viajero, ya que la devolución del depósito se realizaba en efectivo, lo que suponía revisar la factura y después acudir con ella a recepción para cobrar. Y esperar cola, claro.

La verdad es que no había mucho que añadir con respecto a la charla, pues estaba todo claro. Sin embargo, sí me había quedado la duda de la hora del desembarque. Según nos habían explicado nos asignarían una hora según el color, pero nosotros teníamos el AVE a la 1, con lo que no teníamos especial prisa por abandonar el barco. Además, no queríamos hacerlo a la vez que los de la escala, que son quienes sí que necesitan todos los minutos posibles. Así que me acerqué a preguntar si la hora que nos marcasen sería obligatoria. Afortunadamente nos informaron de que se hace así para que el desembarque sea progresivo, pero que si queríamos quedarnos un rato más, podíamos hacerlo siempre que nos fuéramos con el último color, pues a partir de esa hora ya comenzaban a subir los nuevos cruceristas. No es que fuera muy tardía, pero nos daba al menos un par de horas más. Mejor esperar en el barco tranquilamente, a hacerlo dando vueltas por Barcelona con las maletas.

Aclarada la duda nos fuimos al teatro, donde se representaba MasterChef at Sea con el equipo de animación.

Bueno, en realidad no estaban cocinando, les dieron fruta y tenían que crear un plato y ponerle nombre…

Después nos fuimos a tomar una cerveza al pub.

Pero como no ponen tapa y en las anteriores ocasiones siempre había echado de menos picar algo, antes pasamos por el buffet a por unas patatas fritas.

Comimos y nos echamos una siesta. Y ya, a media hora de la tarde, hicimos las maletas a falta de la ropa que usaríamos por la noche y los productos de aseo.

Comprobamos la cuenta en la televisión y nos habían cargado unas fotos que nos habían dejado en el camarote pero cuyo recibo no habíamos firmado, así que, antes de ir a cenar nos tocó pasarnos a pedir el reembolso.

Una noche que sí era de gala. Y se notaba nada más poner un pie en el pasillo, pues iba todo el mundo engalonado. Destacaban sobre todo las japonesas con sus kimonos.

Y por supuesto, ese día sí que estaba el capitán listo para quien quisiera hacerse la foto con él.

Para la cena de la noche teníamos de nuevo la mesa engalanada, aunque esta vez el mantel era dorado y no plateado. En esta ocasión la oferta de platos era mayor y más variada. De entrantes teníamos para elegir entre Cóctel de vieiras, Carpaccio de bresaola, Crujientes rollitos de primavera, Ensalada César, Caldo de Buey y Sopa de espárragos.

De principal podíamos optar por Tortellini con tinta de sepia, Risotto con setas, Langostinos a la parrilla, Tajadas de solomillo y Strudel vegetariano.

Como se puede observar en la imagen, aunque ambos comimos los langostinos a la plancha, sí que diferimos en los primeros y mientras que yo me tomé la ensalada césar, él probo los rollitos.

La ensalada me pareció un poco pobre. Apenas era lechuga con picatoste y salsa. Los langostinos, sin embargo, eran grandecitos y estaban jugosos.

Entre las opciones de postre ambos elegimos la crema de vainilla francesa con salsa de frutas del bosque que, si bien estaba rica, la textura no me terminaba de convencer. Era demasiado líquida para mi gusto. Yo habría preferido algo más tipo mousse.

Después marchamos al espectáculo. Habíamos reservado Virtual. Y quizá fue el espectáculo que más me gustó de toda la semana. Versaba sobre un individuo que vivía pegado a su teléfono móvil y un día se convierte en parte de él, actuando como si fuera parte de una de las muchas aplicaciones instaladas en este.

Tanto la escenografía como la música y coreografías estaban muy bien elegidas y diseñadas. Fue interesante y entretenido. Incluso daba para reflexionar sobre la adicción a la tecnología.

Para terminar el día, y casi el crucero, subimos a tomarnos unas copas. Y si en las partes más bajas del barco se notaba el movimiento, en la popa arriba del todo mucho más. No hacía falta beber mucho para acabar mareado.

Nos retiramos pronto, pues había que dejar el camarote a las 7:30. En nuestra puerta ya nos esperaban nuestras etiquetas y las indicaciones para revisar la factura y cerrar la cuenta antes del desembarque.

Básicamente resumía lo que nos habían explicado en la reunión. Nuestra hora de desembarque era a las 9:10 y la última salida a las 12:30.

Nuestro crucero se acababa, solo nos quedaba dormir y poco más. Pero antes tuvimos que desplazar al elefante que nos habían dejado sobre nuestra cama.

Crucero por el Mediterráneo. Día 6. Malta III: La Valeta

Tras llegar de nuestra excursión de Mdina y Rabat, valoramos volver al barco a comer y después volver a salir, pero como el todos a bordo era a las 16:30, pensamos que aprovecharíamos mejor haciendo la visita del tirón y comiendo tarde. Apenas era la 1, por lo que era pronto para parar a comer, además de que luego da más pereza volver a ponerse en movimiento.

Capital de Malta y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1980, La Valeta es una ciudad amurallada de 3.000 años de antigüedad que conserva entre sus calles medievales más de 320 monumentos. Merece la pena más por su conjunto arquitectónico que por la belleza de estos monumentos individualmente.

La Valeta fue el centro político de Malta, y gracias a esta importancia es por lo que conserva tantas edificaciones de diferentes períodos y estilos en función de las civilizaciones que han pasado por ella. Aunque sobre todo predominan construcciones normandas y barrocas. En apenas un kilómetro cuadrado hay más de una veintena de iglesias de sendos estilos.

Se halla en lo alto del Monte Sceberras, el cual queda rodeado por los puertos naturales de Marsamxett y el Grand Harbour. Es este último el que se usa como tal desde hace siglos y que se ha ido mejorando con muelles y embarcaderos. Hoy es donde atracan los cruceros.

Junto al MSC Meraviglia se situó el Costa Faszinosa, que ya habíamos visto en otras escalas. De hecho, llegó poco después que nosotros y pudimos ver su entrada en el puerto y cómo oscilaba de un lado u otro mientras esquivaba los diferentes salientes.

Desde el puerto se ven Birgu (Vittoriosa), L-Isla (Senglea) y Bormla (Cospicua) cuyos astilleros fueron los más grandes de Europa. Desde ellas se puede obtener unas buenas vistas de La Valeta, sobre todo desde Birgu. Nosotros al estar en lo alto del inmenso Meraviglia, tampoco nos podíamos quejar de perspectiva al llegar.

La Valeta recibe su nombre en honor a Jean de la Valette, Gran Maestre de la Orden de los Caballeros de San Juan, que fue el que mandó reconstruir la ciudad tras expulsar a los turcos a mediados del XVI. Se comenzó a construir en 1566 y en apenas 15 años estaba concluida.

Laparelli, el encargado del diseño, planificó una ciudad totalmente novedosa. En aquel siglo las urbes se iban desarrollando según las necesidades del momento desde el asentamiento primitivo. Así, la mayoría de las ciudades europeas se articulan en torno a una plaza central en la que se encontraban la mayor parte de los “servicios” y no muy lejos encontramos un río, o cruce de caminos.

Sin embargo, La Valeta se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles. Además, Laparelli introdujo otro aspecto importante: el abastecimiento de agua potable y la destinada a servicios sanitarios mediante tuberías.

Pronto la gente de incluso otras islas quiso mudarse allí, y para finales del siglo XVI La Valeta se había convertido en una ciudad muy relevante y con proporciones considerables.

La II Guerra Mundial la dejó prácticamente destruida como consecuencia de los bombardeos, aunque consiguió salvar la Catedral. Tras la contienda se recuperó, no así su población, ya que ahora tiene menos habitantes que antes de la guerra (algo más de unas 7.000 personas).

A pesar de que Malta se independizó en 1974, en La Valeta aún se conservan las típicas cabinas rojas y los buzones de correos con el escudo real.

Es una ciudad para recorrerla a pie, aunque cuenta con angostas calles adoquinadas y empinadas cuestas.

Llegamos a la estación de autobuses, junto al bulevar en que se encuentra la Fuente Floriana y el Monumento a la Independencia.

Cerca se encuentra San Publio, construida en varias etapas entre los siglos XVIII y XX.

Las obras comenzaron en 1733, pero la sacristía no se completó hasta siete años más tarde. Por aquel entonces comenzó a dar servicio a los habitantes del suburbio de Floriana. Fue completada finalmente en 1768, momento en el que se trasladó la reliquia de San Publio. Tres años más tarde la fachada comenzó a reconstruirse y en 1780 se añadió la cúpula.

Entre 1856 y 1861 se construyeron las naves y un oratorio y a finales de siglo se volvió a renovar la fachada, se dio un lavado de cara al interior y se erigieron dos campanarios.

Parte de la fachada y la cúpula sufrieron daños por los bombardeos de la II Guerra Mundial y tuvo que ser reconstruida en la década de los 50. Se le volvió a dar otro repaso al interior, quedando concluida en los 90.

Su fachada destaca por su pórtico neoclásico coronado por un frontón triangular coronado por una estatua de Cristo Rey. A ambos lados se erigen sendos campanarios.

Desde allí nos dirigimos a la puerta de entrada de la ciudad, que nos lleva a la Plaza de la Libertad donde se erige la Casa del Parlamento.

Se halla en una zona que fue bombardeada en la II Guerra Mundial. Así, en los años sesenta se demolieron los restos de los edificios para este nuevo proyecto. Fue construido entre 2011 y 2015 como parte del proyecto City Gate, que también incluía una nueva puerta de la ciudad y la transformación las ruinas de la Ópera Real en un teatro al aire libre. Trajo controversia, ya que el coste de construcción fue bastante alto y se consideraba incluso innecesario, puesto que había otros edificios abandonados en la ciudad y que saldría más barato acondicionarlos a realizar uno nuevo. Además, no a todo el mundo le gustó el diseño modernista del edificio.

Entre 1921 y 1976 el Parlamento se reunía en la Cámara de los Tapices del Palacio del Gran Maestre. A partir de 1976 pasó a la antigua armería de este palacio, y finalmente se trasladó a este nuevo edificio en 2015 tras su inauguración. Se compone de dos bloques conectados entre sí por puentes. En uno de ellos se halla la cámara del Parlamento. Su estructura es de acero y la piedra caliza que lo recubre está tallada de forma que parezca que se ha erosionado naturalmente.

Es un edificio térmicamente ecológico que usa la masa de roca que tiene debajo para calentar el edificio. También se usa como sistema de refrigeración.

A su lado se encuentran las ruinas de la Ópera, que quedó destruida con los bombardeos de la II Guerra Mundial. Una lástima, porque debía ser majestuosa.

Frente a ellos se alza un edificio con los típicos balcones de colores en cuyos bajos hay comercios.

De allí sale la Calle de la República que, con su kilómetro y medio, es la principal. Recta y peatonal, atraviesa La Valeta de este a oeste y en ella se encentran bancos, los principales edificios de la administración pública de la ciudad, tiendas, cafés y restaurantes. Otra de las calles principales es Merchants Street.

En ella, y tras el edificio del Parlamento y de la Ópera, se halla la Iglesia de Santa Bárbara, mandada construir por los caballeros de Provenza en 1573.

Esta iglesia, de rito católico, fue construida en estilo barroco para los bombarderos, de ahí que la patrona sea Santa Bárbara, asociada a las profesiones de todos aquellos que manejan explosivos. Hoy es la iglesia parroquial de las comunidades de habla inglesa, francesa y alemana y es la única de Malta que ofrece misas en alemán y francés. Incluso los domingos hay una homilía en tagalo.

Fue restaurada en 1601 y prácticamente reconstruida en su totalidad en 1739. En su fachada, encima de la puerta, encontramos tapada la estatua dorada de la Inmaculada Concepción que fue colocada en 1904 para conmemorar el año jubileo. Imagino que estaba en restauración.

En la acera opuesta nos encontramos con otra iglesia, la de San Francisco de Asís.

 

Fue construida entre 1598 y 1607, sin embargo, con el paso del tiempo se descubrieron daños estructurales y tuvo que ser reconstruida en 1681. Las obras pudieron llevarse a cabo gracias a la aportación económica del Gran Maestre Gregorio Carafa, de ahí que su escudo de armas adorne la fachada.

Siguiendo por la Republic Street, a mano izquierda ocupa toda una manzana el Museo Arqueológico.

Inaugurado en 1959, se localiza en un antiguo albergue de la Orden de San Juan. En este museo se puede hallar una importante selección de objetos únicos de la isla, desde la llegada de los primeros habitantes en el 5200 a.C. hasta el año 2500 a. C. Acoge restos de yacimientos del Neolítico, así como restos funerarios, esculturas, cerámica o monedas de la cultura fenicia, romana y de la época de los caballeros

No contábamos con mucho tiempo, por lo que continuamos con nuestro camino. No muy lejos, en la Plaza Saint John, se erige la Concatedral de San Juan, anteriormente conocida como la Iglesia de los Caballeros. Está dedicada a San Juan Bautista y fue consagrada Concatedral en 1816 por el Papa Pío VII. Es Concatedral porque a pesar de ser catedral, comparte la sede o cátedra del obispo con otro templo catedralicio.

Cuando la Orden se asentó en la isla de Malta, su función era proteger la fe católica y Europa del Imperio Otomano (en los siglos anteriores no tenía esta función militar, sino que nació en el siglo XI para ayudar a los peregrinos a ir de Italia a Jerusalén). Así pues, construyeron una gran fortaleza para defenderla de las invasiones turcas. En una ciudad así no podía faltar una gran iglesia, por lo que se ordenó construir una entre los años 1572 y 1577.

De estilo barroco, cuenta con dos torres campanarios y una nave central dividida en dos partes. El altar ocupa la zona principal y alrededor de la nave se disponen ocho capillas, cada una dedicadas a las diferentes lenguas de la Orden: Aragón, Francia, Italia, etc. Aunque la fachada principal es bastante sobria, su interior es barroco y está extensamente decorado con ornamentaciones doradas (talladas in situ) en sus muros, así como con pinturas en las paredes, columnas y bóvedas. Este contraste se debe a que el interior se fue incorporando dos siglos después de su construcción.

En el suelo destaca la colección de lápidas de mármol que cubren las tumbas de los caballeros más importantes de la Orden (están enterrados casi todos los Grandes Maestres y unos 400 caballeros). Son todas distintas, y en cada una de ellas quedan inscritos hechos importantes, así como escudos de armas y datos del caballero al que pertenecen. Eso sí, hay que observarlas desde la distancia para no dañar la superficie.

También son reseñables las puertas de plata que fueron teñidas de negro para que Napoleón no se las llevara.

La Concatedral también alberga un museo en el que se expone una magnífica colección de tapices flamencos y dos cuadros de Caravaggio. El más importante de los dos es La Decapitación de San Juan Bautista.

En la plaza lateral se encuentra el Monumento a los Caídos en el Asedio de 1565.

Estas figuras de bronce en principio iban a representar a los caídos en el Gran Asedio en la defensa de Malta, sin embargo, acabó convirtiéndose en el símbolo de la Primera Constitución de Malta (1921). Así pues, encarna la identidad maltesa, su libertad y dignidad.

Frente a esta plaza se erige el Palacio de Justicia, que fue construido en estilo neoclásico entre 1965 y 1971 en el lugar en que se hallaba el antiguo Albergue de Auvernia que quedó destruido por la II Guerra Mundial.

Con los bombardeos de la II Guerra Mundial los tribunales se trasladaron, sin embargo, en 1943 volvieron al edificio, a una parte que aún quedaba en pie. Sin embargo, en 1956 las instalaciones se encontraban en un estado lamentable y el edificio se demolió para construir un nuevo juzgado.

El actual Palacio de Justicia se inauguró el 9 de enero de 1971 y dos días más tarde ya estaba funcionando con normalidad. En sus siete plantas también alberga el Registro de Tribunales Civiles, los Archivos del Tribunal, una comisaría de policía, unos calabozos y un aparcamiento.

En la siguiente plaza, en la de la República, centro neurálgico de la ciudad, se encuentra la Biblioteca Nacional.

Fue fundada en 1555 y acoge muchas colecciones personales de libros y documentos que pertenecieron a los caballeros de la Orden de Malta.

Frente a ella se erige una estatua de la Reina Victoria.

En el edificio anexo, ya adentrándonos en la Plaza San Jorge, se encuentra el Palacio del Gran Maestre, que alberga el Museo del Palacio, en el que se exponen más de 5000 armaduras de la Orden (había más, pero Napoleón las expolió), tapices, frescos y frisos.

En uno de los patios se erige la estatua al Dios Neptuno.

Fue construido entre 1570 y 1580 y además de museo fue también el Parlamento de Malta hasta 2015, cuando fue trasladado a la nueva Casa del Parlamento.

Frente al palacio está la sede de la Guardia Principal (originalmente llamada Guardia della Piazza), un edificio construido en 1603 para albergar el Regimiento di Guardia, los guardias personales del Gran Maestre de la Orden de San Juan.

En 1800 con la llegada de los británicos, dejó de usarse como cuartel general. En 1814 se le añadió el pórtico neoclásico, tiempo más tarde el escudo de armas británico y la siguiente inscripción en latín:

Es decir: El amor de los malteses y la voz de Europa asignó estas islas a la gran e invicta Gran Bretaña. AD 1814. Bueno, es un punto de vista…

En 1851 tanto el escudo original como la inscripción estaban muy deteriorados, por lo que tuvieron que ser reemplazados. En su lugar se colocó un escudo de armas del rey Jorge III y no de la reina vigente, Victoria.

En 1974, el edificio se convirtió en el Centro Cultural Libio, y el escudo de armas británico y la inscripción se cubrieron en una caja de zinc y madera contrachapada con una inscripción árabe. Este centro cultural se trasladó en 1987 tras el cambio de gobierno y de nuevo quedaron al descubierto el escudo y la inscripción. Actualmente alberga la Oficina del Fiscal General.

En la plaza también se halla el Monumento al 7 de Junio.

Se erigió en recuerdo del levantamiento del pueblo maltés del 7 de junio de 1919 contra mercaderes y el gobierno colonial británico. Cuatro personas resultaron muertas tras los disparos de las tropas británicas, lo que provocó mayor resistencia y apoyo a los partidos pro-italianos. Sería un paso más hacia la Independencia.

Tomando la Old Theatre Street el Teatro Manoel, el tercer teatro más antiguo de Europa que aún sigue en uso.

Fue inaugurado en 1732 y hoy se ha convertido en Teatro Nacional.

Un poco más adelante se halla la Iglesia de los Carmelitas, que aunque puede pasar desapercibida por su fachada, su cúpula ovalada de 42 metros domina la ciudad junto con la de San Pablo.

Esta iglesia católica es una de las más famosas de Valletta. Fue construida sobre 1570 dedicada a la Anunciación, sin embargo, en el siglo XVII pasó a mano de los Carmelitas. Es Basílica Menor desde 1895. Su fachada fue rediseñada en 1852 y la iglesia entera tuvo que ser reconstruida entre 1958 y 1981 dado que quedó gravemente dañada durante la II Guerra Mundial.

Entramos, pero parece ser que estaban de obras, por lo que estaba un poco desangelada.

Un poco más adelante, cruzando la West Street, encontramos otra iglesia, la Procatedral de San Pablo.

Es procatedral porque aunque tiene estatus de catedral, no es la principal. Destaca su chapitel de 60 metros realizado en piedra caliza maltesa y su estilo neoclásico. Fue construida en el siglo XIX para dar servicio a los anglicanos, ya que hasta la fecha no había ninguna en la isla y los servicios de esta confesión se llevaban a cabo en una habitación en el Gran Palacio del Maestre. Ocupa el lugar del Auberge d’Allemagne.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta la Plaza de San Jorge y retomamos la Calle de la República hasta llegar al Fuerte de San Elmo.

Era una torre de vigilancia ya antes de la llegada de los Caballeros de la Orden en 1530. Se fortificó en 1533 para defender los dos puertos. Y fue de utilidad años más tarde cuando llegaron los otomanos. Sin embargo, pese a su resistencia inicial, la fortaleza no aguantó y los otomanos la destruyeron el 23 de junio de 1565. Se estima que murieron unos 1500 defensores y unos 4000 turcos. Después de este asedio la Orden se fortificó mejor y consiguieron aguantar hasta la llegada de los españoles que acudieron al rescate.

Hoy en día es la Academia de Policía y Museo Nacional de Guerra. Este está dedicado a las Guerras Mundiales y sobre todo al protagonismo que tuvo Malta. En él se conserva la Cruz de San Jorge original concedida por el rey británico.

A partir de aquí, tomamos la Calle Mediterráneo y bordeamos la costa. Un paseo muy agradable con unas vistas espectaculares.

La calle nos conduce al Siege Bell War Memorial, un monumento encargado para conmemorar el 50 aniversario de la entrega de la Cruz de San Jorge a Malta.

Delante de la campana, mirando al mar, se halla otro monumento y al fondo unas magníficas vistas que permiten alcanzar el Fuerte Ricasoli, Bighi Palace, Fuerte de San Ángel y las colinas Vittoriosa y Kalkara.

Al estar en un alto, también nos permite ver la costa que hemos ido dejando atrás y una parte del Fuerte de San Telmo.

A nuestra derecha nos quedan los Lower Barrakka Gardens. En los jardines se encuentra el Monumento a Sir Alexander Ball en forma de templo neoclásico.

Continuamos hasta la Plaza de Castilla, lugar en que se encuentra el Auberge de Castille.

Es uno de los siete albergues construidos por la Orden y que albergaba a Castilla, León y Portugal. Estos albergues eran residencias nacionales que pertenecían a las diferentes lenguas de la Orden. Cada una de ellas tenía un edificio en el que vivían los caballeros de menor grado. Asimismo, eran el lugar de encuentro para sus reuniones. Había 8 lenguas, sin embargo, solo 7 tenían albergue propio, todos construidos según el diseño del arquitecto maltés Gerolamo Cassar. No se conservan todos, y los que han llegado a nuestros días han cambiado un poco como consecuencia de las renovaciones llevadas a cabo entre los siglos XVII y XVIII.

El de Castille destaca por su espectacular fachada simétrica con elementos barrocos y renacentista. Quedó gravemente dañado como consecuencia del asedio francés y más tarde por la II Guerra Mundial. Hoy es la residencia oficial del Primer Ministro Maltés, por lo que no se puede visitar.

En la plaza que hay a la izquierda, la Plaza de Juan de la Valetta, se erige la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, la primera que levantó la Orden de San Juan en 1567 para conmemorar el triunfo sobre los turcos durante el Gran Asedio.

Fue reformada a finales del siglo XVII y a mediados del XVIII.

Por supuesto, en la plaza no podía faltar una estatua en honor a Jean de la Valette, miembro de la Lengua de Provenza en la Orden de San Juan y Gran Maestre, fue quien dirigió a las tropas contra el Gran Asedio de los otomanos en 1565.

Junto a la estatua se encuentra la Iglesia de Santa Catalina de Italia, a la que acude la comunidad italiana en Malta.

Fue construida en 1576 por los caballeros italianos de la Orden de San Juan junto a su albergue. Fue ampliada en el siglo XVII, añadiendo una iglesia octogonal a la capilla ya existente. Pasó por una nueva restauración a comienzos de este siglo.

Volvimos de nuevo a la Plaza de Castilla, pues aún nos quedaba por ver el Monumento a Pawlu Boffa:, quien fuera Primer Ministro de Malta entre 1947 y 1950, justo después de que la autoridad colonial británica reinstaurara el autogobierno tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pertenecía al Partido Laborista y cuando este se separó fundó y dirigió el Partido de los Trabajadores de Malta (MWP). Fue de vital importancia en el reconocimiento del maltés en los tribunales de justicia, de la introducción de la educación primaria obligatoria, de las pensiones de vejez y del sufragio femenino.

Frente al Albergue de Castilla se halla el Banco de Malta.

Y en la muralla, junto al aparcamiento hay un monumento llamado La llama que nunca se extingue. Fue inaugurado el 7 de julio de 2017 en homenaje a todos aquellos malteses que lucharon por la libertad e independencia de la nación. A mí me recordaba a un árbol, pero qué se yo de arte.

Al otro lado de la plaza se erige el edificio de la Bolsa de Malta.

Nació en 1990 con la Ley de la Bolsa de Malta y comenzó sus operaciones el 8 de enero de 1992, pero no se mudó a este edificio hasta 1999, que había sido una antigua iglesia multiconfesional hasta 1950.

Tras este edificio se abren los Upper Barrakka Gardens. De hecho la trasera de la Bolsa da a los jardines.

Son el nivel superior del St. Peter & Paul Bastion. Gracias que es el punto más alto de la ciudad, permite unas magníficas vistas del puerto, de las Tres Ciudades, del astillero y de las partes inferiores. Incluso se veía el barco.

Fueron construidos en 1661 como jardines privados de la Orden de los Caballeros de San Juan y en ellos se encuentra el Saluting Battery, un cañón que es disparado cada día a las 12 del medio día como costumbre de otras épocas en las que no había relojes.

Se abrieron al público en 1824. Se vieron gravemente perjudicados durante la II Guerra Mundial.

En el parque hay varios monumentos y estatuas dedicados a personalidades importantes como Gerald Strickland, Sir Thomas Maitland y Sir Winston Churchill.

También podemos ver una réplica de la estatua Les Gavroches (Los chicos de la calle) del escultor maltés Antonio Sciortino.

Asimismo, se pueden ver diferentes placas que homenajean a aquellos que lucharon por Malta.

Incluso una dedicada a Einstein.

La arcada que bordea los jardines nos conduce al ascensor, que de bajada es gratuito. La entrada se encuentra justo detrás de la columna.

Una vez abajo, tan solo nos quedaba recorrer el Marina Waterfront, una calle plagada de las típicas terrazas de colores y varios locales comerciales enfocados al turismo.

Llegamos al barco a las 4 algo y nos encontramos con algo de cola. Tan solo había un chico en el control de rayos, así que se formó tapón. También porque la gente es poco colaborativa y después de llevar media hora de espera en la cola se olvidan de vaciarse los bolsillos o quitarse las chaquetas…

Aún no habían cerrado el buffet, por lo que comimos tranquilamente y subimos justo para ver la salida de puerto puntual a las 5. Fue la única escala que el barco salió a su hora, y creemos que se debía a las características del puerto de La Valeta, que requiere de toda la luz posible para poder esquivar los fuertes a babor y estribor. Es una buena forma de acabar con las escalas, ya que el atardecer sobre la muralla es espectacular.

Pero todavía nos quedaba mucho día por delante, así que nos dimos un paseo por el barco y nos tomamos algo en el pub antes de volver al camarote a prepararnos para la noche.

En el menú nos habían preparado de entrantes Bacalao cremoso, Rosbif de ternera, Ensalada rayo de sol, Sopa de lentejas y patatas. Ambos elegimos la ensalada, que era bastante normalita.

Como principal teníamos para elegir entre Lasaña a la boloñesa, Risotto con gambas pequeñas, Filete de salmón con mantequilla, Costilla de buey al horno, Falafel medioriental.

En este caso nos decantamos por el salmón y por el falafel. Qué menos que probar esta delicia en una tierra con tanta influencia árabe.

En los postres estaba floja la oferta: Pastel de cerezas de la Selva Negra, Delicia de chocolate blanco, fruta fresca.

Tampoco coincidimos en nuestra elección, él delicia de chocolate blanco, yo el pastel de cerezas.

Nada más terminar nos fuimos al teatro. Habíamos reservado Paz, un tributo a la música española, a Picasso… Pero resultó insípido y poco reseñable. La música elegida no tenía mucho que ver, la verdad. No entendí el propósito de la obra.

Y como de costumbre, subimos a tomarnos una copa. O dos, que al día siguiente estaríamos de navegación y no tendríamos prisa por amanecer.

Crucero por el Mediterráneo. Día 6. Malta II: Mdina y Rabat

Nada más bajarnos del bus nos encontramos con Mdina, la ciudad amurallada, cuya puerta se convirtió en el acceso a Desembarco del Rey en la serie Juego de Tronos. Y no es la única producción que ha rodado en Malta, ya que además del turismo, la industria cinematográfica es uno de los principales recursos.

Tras cruzar la puerta está la oficina de información, así que me acerqué a pedir un mapa. Por lo que me explicó la chica, era muy fácil de visitar, con la mayoría de los puntos en torno a una ruta circular. Así que seguimos su consejo.

Mdina se halla sobre un promontorio rocoso a 12 kilómetros al oeste de La Valeta, en el centro de Malta. Esta posición elevada permite unas amplias vistas de toda la isla.

El origen de Mdina se remonta a la época de los fenicios, en torno al año 700 a. C. y durante mucho tiempo fue el centro político y capital de Malta, ya que al estar alejada de la costa, era más fácil de proteger. Fue conocida como Città Notabile, ya que estaba habitada por la aristocracia maltesa.

En 1570 sin embargo, con la llegada de los caballeros, la capital se trasladó a La Valeta y con ello comenzó el declive de la pequeña ciudad amurallada. Los grandes maestres respetaron su autonomía y juraban sus fueros, pero la llamaban despectivamente Città Vecchia. También es conocida como la Ciudad del Silencio por la paz que se respira en sus calles.

Hoy tan solo viven en ella unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Pero comencemos por el principio. El acceso a Mdina se hace a través de un puente de piedra que conduce a una puerta en la que está tallado el escudo de armas de la ciudad.

En la cara interior están representados los tres santos patronos de la ciudad: San Publio, San Pablo y Santa Ágata. Bajo ellos está esculpido el escudo de armas de los Inguanez, quienes fueron Gobernadores de Mdina durante una buena etapa.

Lo primero que encontramos tras cruzar la puerta, como decía, es la Oficina de Información y Turismo, que se ubica en la Torre dello Standardo.

Fue construida a principios del siglo XVIII para reemplazar a una más antigua del siglo XVI. Los dos escudos de armas de De Vilhena y de la ciudad de Mdina que se ven en la fachada fueron añadidos con posterioridad, en una remodelación. Esta edificación formaba parte de una cadena de torres en las localidades circundantes. Cuando en una de ellas se divisaba un peligro, se mandaba una señal de humo para avisar al resto.

En la misma plaza de San Publiuis, justo enfrente, se halla el Palazzo Vilhena, cuya puerta está también coronada por el escudo de la ciudad y dos leones.

Ya había una construcción en ese mismo lugar desde la Antigüedad. Sobre el siglo VIII parece que se levantó un fuerte bizantino que, en la Edad Media, se convirtió en castillo. Este quedó demolido en el siglo XV y a mediados del siglo XVI se reconstruyó como palacio.

Se llamó Palazzo Giuratale y albergaba el consejo administrativo civil conocido como Università. Sin embargo, quedó dañado con el terremoto de Sicilia de 1693. En 1722 el Gran Maestro recién elegido, António Manoel de Vilhena ordenó la restauración de Mdina y con ello también la demolición de los restos del antiguo palacio para construir uno nuevo. Las obras se llevaron a cabo entre 1726 y 1728 en estilo barroco francés.

En el siglo XIX fue utilizado como hospital para los militares británicos. A finales de siglo se cerró y fue empleado brevemente como cuartel. Se volvió a abrir durante un corto período para finalmente ser cerrado en 1907. Fue reabierto en 1909 como hospital para pacientes de tuberculosis bajo el nombre de Hospital Connaught (por el Duque de Connaught y Strathearn, quien había donado dinero para la compra de nuevos equipos).

Fue cerrado en 1956 y en 1973 reabrió convertido en el Museo Nacional de Historia Natural de Malta. Este museo recoge datos sobre la evolución humana, insectos, aves y hábitats así como ecosistemas marinos.

Seguimos por la calle Triq San Pawl donde se encuentra el Museo de la Catedral.

Este antiguo palacio del siglo XVIII alberga una colección que incluye objetos de arte, archivos de la Catedral, de la Inquisición y de la antigua Università.

Un poco más adelante llegamos a la plaza principal. Como no podía ser de otra forma, en ella se erige el edificio más importante de la ciudad, la Catedral de San Pablo.

Este templo católico fue construido entre 1697 y 1702 para sustituir a la catedral normanda del siglo XIII que quedó destruida por el terremoto de 1693. Tuvo que ser reconstruida siglo y medio más tarde, en 1839.

Su fachada tiene dos relojes. El de la derecha marca la hora y el de la izquierda un calendario, aunque el lugar de este hubo un segundo reloj que daba la hora errónea para despistar al diablo.

En su interior cuenta con una importante colección de platos y monedas de plata, así como algunas tallas de Antonio Durero.

Junto a ella podemos ver la Casa Gourgion y la bella casa neogótica victoriana que data de la época británica y contrasta con el resto de los edificios, aunque se integra gracias a su color.

Tomando la calle Triq Villegaignon nos encontramos con la Iglesia y el Convento de las Carmelitas.

En 1418 las Carmelitas Descalzas se trasladaron a Malta, cuando Margarita de Aragón, antes de fallecer, ofreció la capilla y los campos que la rodeaban a cualquier orden religiosa que aceptara las cláusulas de su testamento. La iglesia actual fue construida en 1659 y simboliza el inicio de la resistencia frente a los franceses en 1798. Estos estaban saqueando la isla, y fue cuando iban a subastar los tapices y otros objetos de esta iglesia cuando la gente se enfrentó a ellos.

Su interior está ricamente decorado, tanto, que me recordó a las ortodoxas cuyas paredes suelen estar completamente cubiertas de imágenes o detalles ornamentales.

Un poco más adelante teníamos ante nosotros una plaza desde la que se abre un mirador que permite ver las llanuras. Aunque quizá no es una vista tan grandiosa como me esperaba.

Cerca se halla el Palazzo Falson, de estilo normando. Construido en 1495 incorpora partes de un edificio ya existente del siglo XIII. A mediados del siglo XVI se fue ampliando añadiendo detalles de otros estilos. En el siglo XX fue comprado por Olof Frederick Gollcher, quien lo mandó restaurar. Desde 2007 está abierta al público y permite descubrir cómo se vivía en la época medieval en Malta. Asimismo, expone una amplia colección de antigüedades, armas, cerámica y obras pictóricas.

Llegados a ese punto ya solo nos quedaba emprender la vuelta, así que nos perdimos entre callejuelas descubriendo pasadizos, fachadas pintorescas y muchos edificios religiosos, y es que la cultura cristiana caló hondo en la historia de este pueblo.

Uno de estos templos religiosos es la capilla de Santa Águeda, que data de 1410, pero en 1693 sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser reconstruida.

Con esto concluimos nuestra visita a Mdina y, como aún era pronto, nos acercamos a Rabat, la ciudad que se extiende alrededor de la muralla. Los árabes la denominaron Rabat, porque es el nombre que se suele usar para las zonas que se desarrollan en los suburbios.

Se encuentran separadas por el Parque Howard y el aparcamiento de los autobuses, donde también hay varios grupos escultóricos.

Rabat no es una ciudad muy grande, en ella viven unas 11.000 personas; pero merece la pena dar un paseo para descubrir sus balcones cerrados y coloridos.

Los principales atractivos de la ciudad son: la Iglesia de San Pablo, la Gruta de San Pablo, las Catacumbas de Santa Agatha, las Catacumbas de San Pablo y la Domus Romana.

Tomamos la calle Triq San Pawl que nos conduce a la Iglesia Ta’ Giezu.

Dedicada a Santa María de Jesús, fue construida en 1500 y ampliada en 1757. Pertenece a los frailes franciscanos y estaba cerrada porque en agosto de 2017 su techo se desplomó sobre el altar causando graves daños.

Más adelante, se halla la Plaza San Pawl, la principal plaza de Rabat. En ella se encuentra la entrada a las catacumbas, el Museo Wignacourt, los refugios de la Segunda Guerra Mundial y la Iglesia de San Pablo.

Este templo de estilo barroco se construyó en el siglo XVII sobre una gruta donde se dice que San Pablo pasó unos meses escondido tras su naufrágio.

La gruta se convirtió en un sitio popular de peregrinaje a principios del siglo XVII, y en 1610 fue confiada al ermitaño español Juan Benegas de Córdoba.

El Museo Wignacourt alberga una importante pinacoteca que cuenta con obras de algunos de los pintores malteses más importantes como Mattia Preti, Antoine Favray, Francesco Zahra. También acoge una sección de orfebrería que posee piezas italianas y maletesas, muebles de la época moderna, esculturas y objetos religiosos de la Orden de Malta.

Se ubica en la antigua residencia de Aloph de Wignacourt, uno de los primeros Grandes Maestres de la Orden de los Caballeros de Malta. El edificio, de estilo barroco, fue construido en 1749 para administrar la iglesia y la gruta. Tras la ocupación francesa en 1798 pasó a ser administrado por el Gobierno. Durante la II Guerra Mundial y en los años posteriores, fue usado como colegio, enfermería, parroquia y centro social. En 1961 pasó a la parroquia de Rabat y en 1981 se convirtió en museo.

Tanto Mdina como Rabat fueron construidas sobre una antigua ciudad romana, y uno de esos vestigios son las catacumbas de San Pablo y Santa Águeda, que eran usadas como cementerio en una época en la que Roma prohibía el cristianismo.

Para finalizar nuestra corta visita a Rabat volvimos sobre nuestros pasos hasta el parque, junto al que se encuentra la Domus Romana.

Esta antigua casa romana hoy alberga el Museo de la Antigüedad Romana. Fue construida hacia la primera mitad del siglo I A. C. para una familia acaudalada y se estima que estuvo en uso hasta el siglo I o II D. C. Fue descubierta accidentalmente en 1881 y tras excavaciones entre 1920 y 1924 se llevaron a cabo tareas de reconstrucción para conservar los mosaicos. Desde entonces se ha convertido en un lugar en que concentrar diversos hallazgos romanos encontrados en la isla. Se cerró brevemente durante la II Guerra Mundial y se reabrió en 1945.

Contiene mosaicos policromados, esculturas de mármol, elementos arquitectónicos decorativos, así como objetos de uso cotidiano de gran valor.

Antes de adentrarnos en las calles de Rabat nos habíamos acercado a la parada del autobús para saber los horarios a los que salían los siguientes y así optimizar el tiempo. Y es que, al contrario que en España, en la mayoría de sitios de Europa siempre está indicado el horario del transporte (que se cumple) y no la frecuencia.

Aún así, perdimos el bus que salía a las 12:20 (salió puntual puntual) y nos sentamos tranquilamente en un banco del parque a observar el paisaje y esperar al siguiente, el de las 12:40. Apenas 25 minutos después estábamos de regreso en La Valeta.

 

Crucero por el Mediterráneo. Día 6. Aproximación a Malta

Otro día más que madrugamos, pues la llegada era a las 8 de la mañana. Además diría que es el que más merece la pena, ya que permite ver la entrada a puerto y cómo se atraviesan los diferentes fuertes de La Valeta.

La vista que ofrece de la ciudad amurallada también es magnífica.

Tampoco encontramos mucho jaleo para bajar, ya que nos lo tomamos con calma en el desayuno y haciendo fotos desde el barco, ya que por la tarde no tendríamos tanta luz.

La República de Malta, al sur de Italia y al norte de Libia es un país mediterráneo formado por las islas de Comino, Cominotto, Delmarva, Filfla, Gozo, Halfa, Islas de San Pablo, Malta, Manoel, Tac-Cawl y Ta`Fraben (aunque la mayoría de ellas están deshabitadas). También pertenecen al territorio maltés la Roca Barbaganni, la Roca Fessej, la Roca Fungus, la Roca Għallis, las Rocas de la (de la Gran y de la Pequeña) Laguna Azul, la Roca Sala y la Roca Xrob l-Għaġin.

Los primeros pobladores, agricultores, llegaron a Malta en el 5200 a.C. En el 1000 a. C. fueron los mercaderes fenicios quienes se sirvieron de las islas como base de sus viajes comerciales por el Mediterráneo.

Hacia el 700 a.C. llegaron los griegos, de quien se cree que viene el nombre del país. Parece ser que Malta proviene de la palabra griega μέλι que significa miel. Los helenos la llamaron Melite (dulce como la miel). Y es que en Malta hay una gran producción de miel, e incluso abejas autóctonas.

En el 400 a. C. Malta quedó bajo el dominio de Cartago, y en el 218 a.C. de Roma, quienes le dieron la denominación de municipio. En el 870 fue conquistada por los árabes, quienes además de modificar la herencia romana, influyeron notablemente en el idioma.

El maltés se asemeja en fonética al árabe, pero mezcla palabras en italiano, francés e inglés. Muy muy extraño.

En 1090 llegaron los normandos y con ellos la cristianización e influencia de Sicilia. Muchos sicilianos se mudaron a Malta y apareció la nobleza maltesa, toda de origen italiano. De hecho, hoy en día aún se conservan 32 títulos nobiliarios. En los siguientes siglos las islas fueron alternando de manos como consecuencia de acuerdos matrimoniales, tratados y alianzas. En 1282, al igual que Sicilia, pasó a la Corona de Aragón y permaneció bajo su dominio durante dos siglos y medio.

En 1530 el rey Carlos I dejó a los Caballeros Hospitalarios que se mudaran a la isla de Malta tras haber sido expulsados de Rodas en 1522. Estos declararon lengua oficial el italiano, lo cual favoreció la llegada de más habitantes de Sicilia y Nápoles.

En 1565 los caballeros de la Orden de Malta se enfrentaron a soldados otomanos que pretendían anexionarse Malta y así conseguir un mayor control del Mediterráneo occidental. Gracias a la ayuda española la Orden consiguió salvar el territorio, de hecho, fueron los primeros que consiguieron derrotar a los turcos. Pero de aquello aprendieron y comenzaron a construir una ciudad fortificada: La Valeta, y así protegerse de futuros desembarcos y ataques.

Napoleón conquistó Malta en 1798 de camino a Egipto. Siguiendo su estilo, pidió permiso para atracar en el puerto, y una vez allí, pidió la rendición de los caballeros y se hizo con la ciudad. Abolió los derechos feudales, reformó los monasterios e igualó los derechos de todas las confesiones religiosas. Por supuesto, también saqueó sus arcas.

Los franceses tuvieron que rendirse en 1800 ante los ataques de los británicos, quienes fueron los siguientes en hacerse con el control de las islas. En 1814 Malta se convirtió oficialmente en parte del Imperio Británico siendo usada como escala en los viajes hacia la India y como cuartel general de la flota.

Durante la II Guerra Mundial fue sitiada, y su resistencia le valió la Cruz de San Jorge que le otorgó el rey Jorge VI.

Malta se independizó de Reino Unido el 21 de septiembre de 1964, aunque a los británicos les costó marcharse y seguían controlando los puertos, aeropuertos, correos y telecomunicaciones. Y es que con Gibraltar y Malta los británicos querían controlar todo el Mediterráneo.

La Reina Isabel II seguía siendo la soberana y un gobernador ejercía en su nombre. Sin embargo, el 13 de diciembre de 1974 finalmente se convirtió en república, aunque eso sí, dentro de la Commonwealth.

Los británicos abandonaron la isla el 31 de marzo de 1979 tras negarse a pagar una tasa por la presencia de sus tropas en el país. Como consecuencia del dominio británico, se conduce por la izquierda y el inglés es lengua oficial junto con el maltés.

También hay población que sabe italiano, ya que fue oficial hasta 1934 y a que desde los años sesenta del siglo pasado se recibe la televisión italiana.

Su cultura también mezcla las tradiciones y costumbres de los pueblos que han pasado por su territorio. Lo mismo ocurre con su cocina, que tiene una fusión de sabores propia del mediterráneo con influencias de recetas italianas, española y turca.

Malta forma parte de la UE desde el 1 de mayo de 2004 convirtiéndose en el país más pequeño de la unión (con una superficie cercana a la mitad de Menorca). Se incorporó al Euro el 1 de enero de 2008. Así que, no necesitamos cambiar moneda tampoco.

Nada más bajar del barco estábamos ya en la terminal de cruceros, donde hay una oficina de información y turismo en la que facilitan mapas. Por un lado tiene el mapa de La Valeta, y por otro el de transportes de la isla. Y este es el que nos interesaba de momento, pues queríamos acercarnos a Mdina y Rabat.

Pero para llegar a la estación de autobuses hay antes que llegar a la ciudad, y está en un alto, por lo que hay varias opciones: por un lado subir bordeando la muralla, por otro en ascensor que cuesta 1€, y por último por escaleras. Estas se encuentran junto al ascensor y fue la opción que elegimos. No por no pagar el euro, sino porque era absurdo esperar tal cola pudiendo hacer el ascenso de otro modo. Además, estábamos frescos y con la energía del desayuno. Y las escaleras eran descansadas, tampoco eran para tanto.

Una vez en la parte superior hay que llegar a la Plaza Castilla y bordearla hasta la fuente Tritón, que estaba en obras. Allí se encuentra el intercambiador de autobuses.

Hasta hace relativamente poco los autobuses eran de mediados del siglo pasado. Llamaban la atención por su característico color naranja amarillento. Hoy, sin embargo, se han renovado y los viejos se han quedado como reclamo turístico.

Siguiendo las indicaciones de los paneles llegamos a la dársena C1 donde paran los buses que empiezan por 50 y que son los que pasan por Mdina y Rabat. Llegamos justo un minuto antes de que saliera el bus y en apenas media hora habíamos llegado a nuestro destino.

Al igual que hicimos para Pompeya, llevábamos Google Maps para saber por dónde íbamos y así saber cuándo bajar. Y hablando de Pompeya, se nos acercó un señor que también viajaba con el MSC Meraviglia para preguntarnos por Mdina y Rabat, por si sabíamos cuál era la parada. Nos pusimos a hablar y nos comentó que iba con un poco de miedo porque al igual que nosotros, su grupo había tomado el bus en Nápoles para ir a Pompeya sin problema, pero a la vuelta, tras una hora en la marquesina bajo la lluvia, tuvieron que coger un taxi para volver al barco porque el bus no hizo acto de presencia. Así que, pese a que nos tocó correr entre el tráfico napolitano, parece que no nos equivocamos al volver en tren y no en bus como ellos.

El día en Malta lo esperábamos menos accidentado, pues parecía que el transporte funcionaba con un poco más de seriedad. Vamos a ver cómo se nos dio.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia IV: Mesina

Volvimos a Mesina y, tras echar gasolina, devolvimos el coche en la oficina de alquiler. Teníamos la duda de si volver al barco a comer (pues habría que pasar por delante de la entrada a puerto) o directamente darnos el paseo. Pero como llevábamos algo de picoteo y no nos quedaba mucho tiempo de luz natural, decidimos optar por la segunda opción.

Mesina es la principal entrada de la isla y el punto de Sicilia que más cerca está de la punta de la bota, tan solo a unos 3 kilómetros de distancia. En 2006 se planteó la construcción de un puente colgante de seis carriles de tráfico que cruzara el estrecho y uniera la península con la isla. No obstante, el proyecto se abandonó en 2013 sin ni siquiera haberse empezado. En 2016 Matteo Renzi anunció que retomaría la idea, sin embargo, poco movimiento parece haber al respecto.

Mesina originalmente se llamaba Zancle (Ζάγκλη), que significaba “hoz”, en referencia a la forma natural de su puerto. Después pasó a llamarse Mesana (Μεσσήνη o Μεσσάνα).

En Mesina han ocurrido acontecimientos importantes gracias a haber sido un puerto estratégico. Su historia está ligada al estrecho y al mar, por donde llegaron griegos, romanos, bizantinos, normandos, españoles y franceses. También fue invadida por los cartagineses en la primera guerra púnica. Se cree que fue el puerto por el cual la peste negra entró en Europa en la Edad Media, traída por barcos genoveses que venían del mar Negro. En 1548, Ignacio de Loyola fundó aquí el primer colegio jesuita del mundo. Desde Mesina zarparon los barcos que ganaron en Lepanto y en su Gran Hospital se recuperó Miguel de Cervantes. El esplendor lo alcanzó a principios del XVII, bajo el dominio español, situándose entre las 10 ciudades más importantes de Europa.

En 1848 se rebeló contra los Borbones, lo que le causó represión. No sería liberada hasta 1860 por las tropas de Garibaldi. Seis años más tarde, una de las principales figuras de la unificación de Italia, Giuseppe Mazzini, fue elegido diputado en Mesina en las elecciones generales.

En la actualidad posee un importante puerto comercial y pesquero. Además de ser parada de cruceros y recibir miles de turistas cada día.

Mesina tiene mucha actividad sísmica, lo que ha provocado que quedara destruida varias veces en su historia y que no sea tan relevante como otras ciudades de la isla. El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

A pesar de que tiene un diseño urbano moderno, aún se conservan huellas de su pasado. Podemos encontrar alguna iglesia interesante, algún palacio, fuentes ricamente ornamentadas, edificios majestuosos…

Nuestra primera parada fue la Iglesia de la Santa María de la Anunciación de los Catalanes, que viendo su trasera bien recuerda a una mezquita. Recibe este nombre por sus dueños, unos comerciantes catalanes que residían en Mesina.

Este templo fue construido en el siglo XII durante el reinado de los normandos en el lugar en que ya existía un templo dedicado a Neptuno. Fue remodelada en el siglo XIII, momento del que data su sencilla fachada. Es un gran ejemplo de mezcla entre estilos. En ella se pueden encontrar detalles bizantinos, románicos, árabes y normandos.

En el siglo XIV, durante la época de Luis II de Aragón, fue capilla real.

Su planta se podía apreciar bien desde el barco, pues la cubierta quedaba muy por encima.  Se veían claramente tanto su cúpula como sus ábsides.

Frente a ella se erige la estatua de Juan de Austria, a quien se considera vencedor de la batalla de Lepanto.

Y tomando la calle que recibe el nombre de dicha batalla, llegamos a la plaza más reseñable de la ciudad. La Piazza del Duomo, dominada por la Catedral.

Il Duomo comenzó a construirse a finales del siglo XI, una época en la que apenas había iglesias en la isla. Fue remodelada en los siglos XIV y XVI para recuperar las partes dañadas tras el incendio del siglo XIII. En estas tareas de recuperación se incorporaron cambios a su diseño original. En los siglos posteriores pasó por varios terremotos. Uno en el siglo XVII, otro en el XVIII y el último en 1908. Además, los bombardeos estadounidenses de la II Guerra Mundial casi la dejaron reducida a escombros.

Cuenta con una planta de basílica dividida en tres partes con tres portales que datan de los siglos XV y XVI. En su interior destaca el techo de madera, los 12 altares y un Juan Bautista. También es reseñable su tesoro, que alberga numerosos objetos de oro, plata y tejidos.

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. La torre mide 65 metros y se puede subir a ella para divisar la ciudad, sin embargo, solo de 9:00 hasta las 13:00, por lo que llegábamos tarde. Aunque lo cierto es que el barco tenía una altura considerable y nos ofreció también una buena panorámica de Mesina.

Cada uno de sus cuatro cuadrantes está decorado con numerosas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas. Recuerda en cierta medida (salvando las distancias) al Reloj de Praga.

El león del cuarto piso mide 4 metros de altura y representa a la ciudad y su fortaleza. Para simbolizarlo, agita tres veces el asta con la bandera de Mesina, a la vez que mueve la cola y ruge.

Un piso más abajo, frente a las campanas, un gallo de 2,20 metros personifica la inteligencia y la laboriosidad. Bate tres veces las alas y canta. Lo flanquean las estatuas de Dina y Clarenza, dos heroínas que durante la revuelta de los Vespri salvaron la ciudad.

En el siguiente estadio podemos ver representadas cuatro escenas bíblicas que van cambiando según la etapa del año: la Navidad con los pastores; San José, María y la llegada de los Reyes magos; la Pascua de Resurrección y Pentecostés con los doce apóstoles y la paloma, símbolo del espíritu santo.

Finalmente, en el cuadrante inferior van rotando cada cuarto de hora las diferentes etapas de la vida: infancia, adolescencia, madurez y vejez. Mientras que las figuras van moviéndose, quedan observadas por la Muerte, quien sube y baja la guadaña.

Justo debajo quedan representados los días de la semana. Cada día es un dios el que tira de su carro, así Apolo simboliza el domingo; Diana, el lunes; Marte, el martes;  Mercurio, el miércoles; Júpiter, el jueves; Venus, el viernes y Saturno, el sábado.

En la cara sur una esfera simboliza la luna que se actualiza diariamente mostrando las diferentes fases lunares.

En el segundo piso hay un gran anillo de 3,50 metros que representa el sistema solar y los signos zodiacales.

Justo debajo, se representa el calendario perpetuo alrededor del sol. El ángel de su izquierda señala la fecha actual (día, mes y año). El 7 del 2017 empezaba ya a subir para dar el paso al 8.

A las 12 del mediodía se pueden ver en funcionamiento los mecanismos de la torre. Durante el espectáculo aparecen un león, un gallo, santos y ángeles y van desfilando en círculo. Lamentablemente eran más de las 4 de la tarde, así que nos lo perdimos.

Junto a la catedral se alza la Fuente de Orión, fundador mítico de Mesina.

Fue construida en 1551 para conmemorar la construcción del primer acueducto de la ciudad. El autor fue el escultor florentino Giovanni Angelo Montorsoli, ayudante de Miguel Ángel en la Capilla Médici. Se convirtió en la fuente más amplia y alta de Italia. Se alza sobre unos escalones en los que reposan ocho monstruos marinos realizados en piedra negra. En el centro se encuentra la pileta ricamente decorada con historias mitológicas relacionadas con el agua. Sobre ella descansan cuatro figuras que representan al Tíber, el Nilo, el Ebro (Hiberus) y elCamaro (de donde venía el agua de la fuente).

En lo alto del poste central se alza la estatua de Orión, con su perro Sirio. Bajo él varias figuras mitológicas y delfines que sostienen dos vasos más.

Muy cerca, en una zona ajardinada se halla un monumento al trabajo.

Abandonando la plaza de la catedral y saliendo al Corso Cavour, desde donde se alcanza a ver el Santuario de la Madonna di Montalto.

Girando a la derecha nos encontramos con varios edificios monumentales, el primero el Palazzo dei Leoni o Palazzo della Provincia.

Da a la Piazza Antonello, donde tenemos también la Galleria Vittorio Emanuele III y el edificio del Ayuntamiento de Mesina.

La galería fue construida entre 1924 y 1929 siguiendo el diseño de Camillo Puglisi Allegra. Se inauguró el 13 de agosto de 1929, a la vez que la reconstrucción de la catedral. Se estructura en tres alas confluentes. Su parte central con forma de hexágono está coronada por una bóveda acristalada.

En 2000 fue declarado activo histórico y artístico.

El Ayuntamiento, sito en el Palazzo Zanca es la sede del municipio de Mesina. Data del siglo XVII, aunque sufrió daños graves en el terremoto de 1783 y más tarde quedó destruido en el de 1908. Se reconstruyó entre 1914 y 1924. Es de estilo neoclásico y en su fachada quedan representadas figuras que simbolizan la ciudad. También hay placas que recuerdan efemérides.

Continuamos por Corso Cavour hasta la Chiesa di Sant’Antonio Abate, construida entre 1928 y 1930 en el lugar en que antes del terremoto de1908 se erigía la iglesia de la Anunciación dei Teatini, del siglo XVII.

Desde allí continuamos ascendiendo hasta llegar a la Iglesia de Cristo Rey, lo cual no es fácil, ya que se encuentra en un balcón y hay que rodear varias calles hasta llegar a su plaza. Así que, aunque hay un momento en que parece que la tienes cerca, realmente no es así.

Eso sí, una vez que consigues llegar, no solo tienes la iglesia frente a ti, sino que ves cómo se abre la ciudad y el puerto (y el MSC Meraviglia) a tus pies. En nuestro caso además estaba atardeciendo, con lo que el cielo empezaba a colorearse de tonos morados.

También se ven próximos el Santuario della Madonna del Montalto y restos de la muralla de Carlos V.

La iglesia se construyó en 1937 sobre las ruinas de un castillo fortificado de la época de los normandos. De aquella época se ha conservado una de las torres, que se ha incorporado a la base del templo. En ella hay una campana de 2,80 metros obtenida del bronce de los cañones enemigos de la I Guerra Mundial y que suena cada atardecer en memoria de los caídos en las guerras.

En la escalera de su entrada se erige una estatua de Cristo Rey y en el portal las alegorías de Europa y Mesina.

El santuario es de estilo barroco y cuenta con una planta octogonal irregular. Está coronado por una cúpula que queda rodeada por ocho estatuas que representan la Fe, la Esperanza, la Caridad, la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza, la Templanza y la Religión, que engloba a todas las anteriores. Sobre la cúpula se alza una linterna de seis metros de altura y una bola con un diámetro de un metro sobre la cual se eleva la cruz.

En el interior alberga los restos de 110 soldados caídos en la I Guerra Mundial, 1288 de la II Guerra Mundial y 161 personas desconocidas (la mayoría de los cuales fueron asesinados durante la defensa de Sicilia).

Con esto dimos por concluida nuestra visita a Mesina y a Sicilia y emprendimos la bajada al puerto. Esta vez no hubo que correr para el embarque.

Nada más pasar los controles del barco nos dirigimos al buffet para comer algo. Aunque solo estaba abierta la zona infantil y nos tuvimos que contentar con hamburguesa, perrito y patatas.

No es la mejor opción alimentaria, pero no había más. Y dentro de lo malo, la hamburguesa era aceptable, pues el filete no parecía una mole congelada, sino que sabía a carne. Tras comer nos volvimos al camarote para echarnos una siesta y así compensar el madrugón.

Para esa noche teníamos la cena elegante, las fotos con el capitán y el desfile de los oficiales. Sin embargo, a las 8 de la tarde nos comunicaron por la megafonía (incluso en los camarotes) que se había encendido un piloto en los controles del barco y como precaución íbamos a volver a puerto para que pudieran revisarlo antes de continuar con nuestra ruta. Que no era nada grave y que no alteraría nuestras escalas (nos recordó a la incidencia aérea en el vuelo a Basilea), pero que se pasaba la noche festiva al jueves.

Claro, realmente suspendieron las fotos con el capitán y demás actos, pero la gente de los primeros turnos ya estaba engalanada, así como los menús preparados y las mesas vestidas para la noche elegante, por lo que había un contraste peculiar con gente demasiado arreglada y otra muy informal.

El restaurante, como digo, estaba preparado para la noche elegante, tal y como se veía en la mesa y en el menú. Esta vez elegimos de primero una ensalada de langostinos y como segundo filete de dorada con eneldo y filete de buey asado.

Para los postres nos decantamos por una Tarta Royal y un Pudin de coco.

Todo delicioso, aunque, para mi gusto, la tarta de chocolate demasiado contundente.

Tras cenar, fuimos a ver el espectáculo Way. La música que nos hace felices.

Y la verdad es que el espectáculo de magia no me había gustado mucho, pero este desde luego me aburrió. Quizá la selección musical estaba hecha teniendo en cuenta otra franja de edad o incluso nacionalidad, pero yo desde luego no conocía la mitad de las canciones. Y más que hacerme felices, me dieron sueño. Por suerte no duró más de 40 minutos.

Nos dimos un paseo por el barco a ver qué tal la fiesta temática y después subimos al bar. De camino nos encontramos en la pista multiusos una exhibición de cómo hacer masa de pizza. Sin embargo, era muy lento y nos fuimos directamente al Attic Club.

Aún seguíamos en puerto y todos especulábamos con qué habría ocurrido y cuándo saldríamos; si nos darían más información y si perderíamos la escala de Malta. Sin embargo, a las 12 y media, cuando ya nos íbamos a dormir, nos asomamos a cubierta para ver el puerto y justo dejábamos tierra atrás. Así que parecía que sí que íbamos a llegar a La Valeta. Salvo que se diera la vuelta de nuevo.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia III: Taormina

Taormina se ve desde la autopista, pues se encuentra en el monte Tauro, a unos 200 metros sobre el nivel del mar. La primera idea que se me vino a la mente cuando pasamos por debajo fue “ese pueblo no va a durar mucho ahí, tarde o temprano habrá alguna desgracia”. Y es que es desafiar a la naturaleza. Pero no solo Taormina, sino toda la costa. Entiendo que cuanto más arriba, más se protegían de ataques enemigos… pero con los terremotos es otra historia.

El aparcamiento en Taormina está limitado a los residentes, por lo que hay que dejar el coche abajo o bien en alguno de los parkings de pago un poco antes de llegar arriba del todo. La subida, lógicamente, es en cuesta, pero si no se quiere subir andando, hay también unos shuttles, aunque los vimos de pasada con el coche, por lo que no sé qué tal de horarios ni tarifas.

Taormina fue fundada en el año 358 a.C.  por prófugos griegos procedentes de Naxo y se desarrolló como cualquier ciudad griega, es decir, con su ágora, su acrópolis, su teatro… Después llegaron los romanos e introdujeron algunos cambios en la estructura de la ciudad y en algunos monumentos. También construyeron algunos nuevos. Con los bizantinos Taormina ganó cada vez más relevancia, llegando a convertirse en la capital de la Sicilia Oriental cuando cayó Constantinopla.

Fue ocupada y arrasada por los árabes entre los siglos IX y XI. Suyo es el castillo Castelmola, que fue levantado donde se había encontrado la ciudadela. Los normandos la cristianizaron construyendo varios edificios religiosos. Y la decadencia llegó con los españoles.

A pesar de ser una ciudad pequeña, de unos 10.000 habitantes, es un gran destino turístico desde el siglo XIX por sus playas (a las que se llega gracias al teleférico) y por su pasado medieval. Además, en Taormina se han refugiado numerosos artistas en busca de desconexión o inspiración gracias al entorno que la rodea. Y es que su localización hace que se obtengan tanto unas buenas vistas del mar, como del interior y del Etna.

En lo alto de la cuesta nos recibe la pequeña Chiesa di San Pancrazio, levantada sobre las ruinas de un antiguo templo griego dedicado a Júpiter. Data de la segunda mitad del siglo XVII y es de estilo barroco.

La puerta está enmarcada con dos columnas jónicas y la estatua de San Procopio, obispo de Taormina en el momento de la conquista árabe, quien viste sotana y porta la su mitra en la cabeza.  A la izquierda se alza la estatua del obispo Pancrazio.

La iglesia nos conduce a una plaza en la que ya se aprecia la vida de la ciudad con sus restaurantes y locales de recuerdos.

El acceso a la zona peatonal se realiza por la Puerta Mesina, la entrada norte de las murallas construidas en 1440. También era conocida como Puerta Fernandina, en honor a Fernando IV de Borbón.

Taormina tiene estructura medieval y cuenta con dos puertas de entrada, esta, y la Puerta Catania. La calle que va de una a otra era la antigua vía romana Via Valeria, que, como obviamente indican las puertas a los extremos, unía Mesina con Catania. Hoy recibe el nombre de Corso Umberto I. Además, existe una tercera puerta, la Porta di Mezzo, que fue restaurada tras haber quedado destruida y que se conoce como Torre del Reloj.

El primer edificio que nos llamó la atención apenas está a unos pasos. Se trata del Palacio Corvaja, una construcción que data del siglo XV, aunque se levanta sobre restos del XIV y su torre árabe es del siglo X. Está decorada con lava y piedra pómez blanca, además de toques de gótico catalán.

Su fachada es bastante austera, tan solo adornada por una franja que tiene una inscripción en latín y sus ventanas.

Fue el primer parlamento siciliano y residencia veraniega de la Reina Blanca de Navarra, pero recibe su nombre de la familia que lo habitó en 1538. Hoy en día alberga el Museo Siciliano d’Arte e Tradizioni Popolari y la Oficina de Turismo.

A su lado se erige la Chiesa de Santa Caterina, una iglesia barroca del siglo XVII, edificada sobre el antiguo odeón romano, que a su vez se construyó sobre un templo dedicado a Apolo.

Al fondo se ven los restos del castillo sarraceno. Fue construido en el siglo XI por los árabes, y allí se intentaron defender del asedio normando. Hoy en día solo se conserva su exterior.

La calle Corso Umberto combina locales, tiendas y cafés con antiguos edificios. Incluso en ellos, como el caso de la Iglesia Santa María del Piliere, que ya no cumple su función religiosa y alberga una pizzería.

Seguimos caminando y descubriendo callejuelas con encanto hasta llegar a la Piazza IX de Aprile, desde cuyo mirador se obtienen unas espectaculares vistas.

Recibe este nombre como recuerdo al 9 de abril de 1860 fecha en la que se anunció que Garibaldi había desembarcado en Marsala para comenzar la liberación de Sicilia de manos de los borbones. Luego resultó que la noticia era falsa y tal acontecimiento no llegó hasta un mes más tarde, pero los ciudadanos de Taormina decidieron conmemorarlo igualmente.

En la plaza se encuentra el antiguo convento de San Domenico, un edificio del siglo XVI convertido en hotel. También la Iglesia de San Giuseppe, que sobre una escalinata mira al mar desde el siglo XVII.

De estilo barroco siciliano, pertenece a la orden de los salesianos.

En un lateral se halla la antigua Iglesia de los Agustinos, de 1486, hoy convertida en Biblioteca Municipal.

Para seguir el curso de la calle principal debemos atravesar la Torre dell’ Orologio (Torre del Reloj), también conocida como Porta di Mezzo o Puerta de Carlos II.

Fue construida en el siglo XII y formaba parte de la segunda muralla de la ciudad. Quedó destruida, por lo que se volvió a construir en 1875, momento en que se le colocó el reloj. Sus campanas tocan a fiesta el día de elecciones a la alcaldía y el 9 de Julio, que es San Pancracio, el patrón de la ciudad.

En su interior tiene un mosaico-réplica de una Madonna bizantina.

La siguiente plaza que nos encontramos fue la Piazza del Duomo, donde, como se puede sospechar, se encuentra la catedral.

La Catedral de San Nicolás es del siglo XIII, aunque fue reformada en el XV y XVI, época en que se le añadieron dos portadas góticas.. Su planta de tres naves con estructura de fortaleza recuerda a las catedrales normandas. Su fachada es muy sencilla, tan solo rematada por un pequeño rosetón y el portal.

La plaza era un lugar muy concurrido y donde se reunían los escritores y músicos del romanticismo que vivieron en la ciudad. En el centro se erige la Fuente de Montorsoli, de 1635.

De estilo barroco, cuenta con dos partes acuáticas y está coronada por una centaura que porta un cetro y un globo terráqueo y que es el símbolo de la ciudad.

Un poco más adelante se puede ver la Iglesia del Carmen, que ya no se usa como tal, sino como sala de exposiciones y conciertos.

Y prácticamente habíamos llegado al final de la calle, pues teníamos a unos pasos la Porta Catania.

Esta puerta, que data de 1440, también era conocida como la Puerta del Toque, ya en la plaza adyacente, tenían lugar las reuniones públicas a las 13 del mediodía.

En su parte exterior se puede ver el escudo aragonés sobre el arco de acceso.

Muy cerca de la puerta se halla la Chiesa de San Antonio Abate, una iglesia que tiene un belén permanente.

Emprendimos el regreso fijándonos en los callejones y en los edificios que hubiéramos podido no fijarnos, como por ejemplo el Palazzo de los Duques de Santo Stefano.

Este edificio del siglo XIV fue construido en la época normanda sobre una construcción árabe, por lo que aunque es de estilo gótico siciliano, conserva algún elemento árabe y normando. En la actualidad alberga la fundación dedicada al escultor Giuseppe Mazullo.

Continuamos hasta sin duda el símbolo de la ciudad, el Teatro Griego, que data del siglo III a.C. No solo destaca por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Es el segundo más antiguo de la isla y aunque lo construyeron los griegos, los romanos lo adaptaron para convertirlo en un circo y que lucharan los gladiadores.

Cuenta con 109 metros de diámetro y una estupenda acústica, por lo que es perfecto para espectáculos musicales y teatrales. En su día el aforo era de 5.000 personas. Nosotros no entramos, ya que nos parecía excesivo el precio teniendo en cuenta que solo se conservan 4 columnas originales. Además, no contábamos con mucho tiempo.

La visita a Taormina mejoró sin duda a Catania. Es una ciudad muy pintoresca con su trazado medieval plagado de callejones en los que abundan las tiendas de recuerdos, artesanía, restaurantes y heladerías.

Es un buen lugar del que llevarse un recuerdo, bien un objeto hecho con lava del Etna, o de cerámica. También son típicas las marionetas y las trinacrias (ese muñeco de tres patas, símbolo de Sicilia).

Tiene mucho encanto gracias a su pasado griego, sus restos romanos, su influencia árabe o reminiscencias de la ocupación de la corona de Aragón.

Sin duda, entiendo porqué la naviera ofrecía la excursión a Taormina como la estrella del día.