Versión 3.4.

Mientras escribo sobre el viaje a Japón que hicimos en marzo pasan los meses. Y con la tontería nos plantamos en octubre. Bueno, casi en noviembre. Pero sigue siendo octubre, vamos a acabarlo primero, que tengo que cumplir años… Que como dice mi abuelo, lo malo sería no cumplirlos.

Así que empezamos la versión 3.4. y como siempre, echando un poco la vista atrás a los propósitos de años anteriores. Y lo cierto es que últimamente me sigo haciendo la misma lista de intenciones, sobre todo porque he ido descubriendo cosas que me sientan bien y lo que no me apetece o me desanima. Pero si hay algo que poco a poco ha ido cobrando más importancia es una tendencia hacia el minimalismo y un empeño por el anti-diógenes.

Creo que empecé por la ropa. Sigo heredando ropa de primas y amigas, y de vez en cuando me llega alguna bolsa con descartes suyos, así que estos últimos dos años he comprado menos ropa, porque no me hacía falta. De hecho, he ido dando salida a prendas que ya se habían desgastado, que no me sentaban bien o que no me valían. Y si me he comprado algo ha sido para sustituir, como el caso de unas botas, porque tiré unas que ya estaban muy viejas.

Siguiendo esta premisa, apenas he hecho compras compulsivas, ya que he intentado comprar únicamente aquello que necesitaba, que me iba a aportar algo o que iba a sustituir un elemento similar. De tal forma que he ido reduciendo objetos que tenía en armarios, como cremas, maquillaje (que apenas uso), pintauñas… Y también en productos del hogar o cacharros en general.

Acumulamos mucho más de lo que pensamos, hay productos que se estropean, prendas que se pasan de moda o que cuando nos las vamos a poner ya no nos valen. Compramos cajas y organizadores para colocar mejor todas aquellas cosas que guardamos sin ton ni son. Solo porque sí, porque se supone que cuantas más cosas tengas, mejor. Es lo que tiene el consumismo. Y además, la mayoría de las veces duplicamos objetos porque perdemos el norte, no sabemos lo que tenemos, lo que necesitamos, y acabamos repitiendo. Seguro que os ha pasado. Por ejemplo, un cable. No encuentras un cable usb, piensas que lo habrás perdido/tirado y compras otro. Y al cabo del tiempo, buscando otra cosa, aparece.

Sin embargo, por mucho que acumulemos, no nos da por hacer limpieza general y revisar qué tenemos, qué guardamos. Salvo que hagamos obra o nos mudemos, que no nos queda otra que empaquetar y ahí tomamos consciencia de todo lo que sale de muebles, estanterías, bajos de las camas, etc.

Para mí este proceso hacia el minimalismo ha ido poco a poco. Como digo, primero empecé por la ropa. No podía guardar todo lo que me daban, porque no tenía espacio. Así que, aprovechando el cambio de temporada, vacié el armario, me probé y revisé ropa. Y de ahí, hice varios montones: lo que era para tirar, lo que me quedaba y lo que era para dar (que es lo menos, porque aprovecho hasta el último resquicio de vida de las prendas).

Pero también fue un detonante una inundación en el salón a finales de mayo. A los vecinos de arriba se les estropeó una tubería de un grifo de la terraza y cuando nos levantamos el domingo teníamos el salón con dos dedos de agua, el sofá había absorbido litros de agua, la tele no encendía, los muebles se habían empezado a hinchar, caía agua por los focos de la luz… En fin, un desastre.

Una vez superado el susto inicial en el que no sabes si ponerte a achicar agua y con qué, cerrar la llave general, avisar a los vecinos, que te llame la policía porque el agua cae hasta la calle; y después de los correspondientes peritajes en los que los seguros evalúan los daños, llega el momento de hacer balance de los daños y, claro, tienes que tirar cosas. Y de esto que te pones a vaciar cajones, a tirar muebles, a cambiar estanterías de una habitación a otra y al final acabas revisando apuntes de la carrera, instrucciones de montaje de muebles, garantías, tickets, facturas… papeles en general. Pero también salen CD’s, cables, aparatos electrónicos que ya están obsoletos…

Y ahí comenzó mi siguiente paso. Y liberé bastante espacio. Pero no todo el espacio es físico, también aproveché para hacer limpia digital: correo electrónico, escritorio del ordenador, discos duros… Poco a poco me he ido sintiendo más ligera, he cortado lazos con algunos objetos que no sé ni qué hacían guardados, he tirado apuntes que tanto sudor y lágrimas me costaron, me he desprendido de un exceso de equipaje que no me aportaba nada. Y este minimalismo se ha ido extendiendo a prácticamente todos los aspectos de mi vida, simplificándomela.

Porque aparte del espacio, también es importante el tiempo. Saber qué quieres hacer con él. Cuanto menos tiempo haya que pasar limpiando u organizando, más tiempo para uno mismo. Menos tiempo de plancha, de limpieza, menos productos empleados. Y por otro lado, más tiempo para leer, para escribir, para sentarse en el sofá con una manta y una buena serie, para viajar… Más espacio para sentir más libertad. Y además, se ahorra, ya que hay menos gasto en compras innecesarias, pudiendo destinar ese ahorro en lo que realmente nos hace felices. Todo son ventajas.

El minimalismo no se trata de vivir sin nada en una habitación vacía pintada de blanco con un único mueble en la estancia; el minimalismo, al menos para mí, significa decidir qué quieres en tu vida, qué es importante y qué supérfluo. Con esta limpieza a fondo se gana espacio y tiempo para dedicarlo a lo que realmente uno valora. No acumular objetos porque sí, sino porque los usemos, porque nos sirvan, porque tengan una función (porque nos produzcan alegría, que lo llamaría Marie Kondo).

No ha sido un proceso rápido, lleva su tiempo. De hecho, no creo haber acabado, siempre hay que volver sobre lo revisado y volver a filtrar. Pero lo dejo para el cambio de temporada. Hay que tomárselo con calma y decidir la mejor forma de cada uno.

Hay quien prefiere ser radical y guardar todo en cajas quedándose con lo básico: unas pocas prendas, productos de higiene, los elementos imprescindibles en la cocina, una cama, un sofá y poco más. Incluso se desprenden de la televisión, que tantas horas nos quita. A medida que van echando me menos algo, van abriendo cajas y lo van incorporando a su vida. De esta forma saben qué es lo que realmente necesitan y lo que acumulan sin más.

Por otro lado, hay quien hace como yo y va poco a poco, estancia por estancia, revisando un armario, una estantería, una cómoda… Vacías, revisas, limpias el mueble y vuelves a organizar tras un filtro.

Sin embargo, existe el método Kondo, que consiste en ir por temáticas comenzando por lo más fácil y terminando por lo más complicado. Aunque esta valoración es subjetiva, pues sitúa como lo más fácil la ropa, pero hay gente con mucho apego emocional hacia su ropero. El segundo paso serían los libros, el tercero los papeles, después objetos varios y finalmente lo que nos traiga recuerdos como pueden ser los álbumes, recortes, entradas y demás. La diferencia con los métodos anteriores es que en este caso no es progresivo. Hay que empezar una tarea y acabarla. Si empezamos por la ropa hay que sacar tooooooda la ropa. De verano, invierno, abrigos, calzado, complementos… y colocarla en una superficie para ver toda la magnitud de lo que poseemos. A partir de ahí, clasificamos en montones y después guardamos (además tiene una forma peculiar de guardarla).

Este método parece rápido, pero es más drástico. En mi caso no me planteé de un día para otro que necesitaba deshacerme de cosas, sino que fue surgiendo. Aunque una vez que empiezas, no sabes por dónde acabar. Es un continuo revisar de las posesiones y adquisiciones. Es un cambio de actitud y creo que va a seguir conmigo mucho tiempo.