Conclusiones de nuestro viaje a los Balcanes

Después del intento fallido en el 2017, finalmente en el 2018 pudimos visitar los Balcanes, o al menos una parte de ellos, ya que las infraestructuras no lo ponen fácil a la hora de moverse entre los diferentes países. Decidimos ser realistas y centrarnos en Zagreb, Liubliana, Split y Sarajevo.

Habíamos planeado un día para Zagreb, otro para Liubliana, dos para Sarajevo y dos tardes para Split y nos salió bien, pues no tengo la sensación de que fuéramos a la carrera en ninguna de las ciudades. Sin embargo, quizá habría tenido más sentido dejar Sarajevo para otro viaje y centrarnos más en Croacia. Esto nos habría ahorrado los dos días que empleamos en la capital bosnia y otros dos de ida y vuelta, es decir, la mitad de las vacaciones. Esos cuatro días se podrían haber destinado para ver algo más de Eslovenia y ciudades costeras croatas como Pula o Zadar, o incluso alguna isla. Pero entonces habría sido otro tipo de viaje, más de sol y playa, más puramente veraniego. No digo que la costa de 1777 km de Croacia y sus más de mil islas no sean interesantes, solo que no era lo que buscábamos. Además, seguiríamos dejando Sarajevo para otro momento con el mismo problema de su aislamiento. Desde luego no es que el trayecto en bus fuera una maravilla, pero es lo que había. Y al menos el paisaje era interesante.

Sabíamos que iba a ser un golpe de realidad por la carencia de las infraestructuras y por la geografía de los Balcanes. Sí, seguimos en Europa, pero está claro que esta Europa no tiene nada que ver con por ejemplo Benelux, que cuenta con unas estupendas conexiones, una magnífica frecuencia y unos modernos trenes.

De hecho, moverse por Bosnia y Herzegovina (e imagino que Serbia, Montenegro…) no tiene nada que ver con otros países balcánicos como Croacia o Eslovenia. El tren en Croacia sí que era cómodo. Es verdad que también nos llevó una mañana viajar de Zagreb a Split, pero es que hablamos de más de 400 kilómetros y de un país muy verde en el que las carreteras y las vías ferroviarias van esquivando 8 parques nacionales, 11 parques naturales y 447 espacios protegidos.

Mucho más rápido es recorrer los 150 kilómetros que separan las capitales croata y eslovena. En un par de horas nos plantamos en la ciudad de los dragones. Eso sí, más complicado lo tuvimos para volver por un tren averiado.

Por lo demás, en esta ocasión no hemos hecho uso del transporte público nada más que para los trayectos desde y hasta los aeropuertos. Y es que las cuatro ciudades que hemos visitado son muy asequibles a pie. Tan solo en Sarajevo se nos quedaban puntos de interés en las afueras, pero lo solucionamos contratando una excursión.

En Zagreb el interior de la ciudad cuenta con una red de tranvías herencia de la época austrohúngara, y más allá, en la parte más externa, predominan los autobuses. Pero como lo que nos interesaba era conocer la ciudad, la pateamos. Incluso con una lluvia intermitente que nos acompañó durante todo el día.

No resulta complicado orientarse en la ciudad, pues se halla dividida en dos zonas: por un lado la Ciudad Alta, donde nació Zagreb, y por otro lado la Ciudad Baja, hacia donde se desarrolló la urbe entre el siglo XIX y principios del XX. El mercado de Dolac y la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića sirven como límite fronterizo entre ambos núcleos.

La Ciudad Alta, situada en una colina, es el casco histórico, donde nació la ciudad tras la unificación de las dos poblaciones enfrentadas de Gradec y Kaptol. No obstante, aunque se han unido, cada una de ellas sigue guardando su carácter. Mientras que Gradec destaca como centro administrativo y político y acoge imponentes edificios del siglo XIX, museos y galerías; por su parte Kaptol es el centro religioso por excelencia con la catedral como máximo exponente.

La Ciudad Baja, por su parte, presume de edificios de aire imperial, museos y vida cultural. Aquí no hay calles peatonales empedradas y un aire medieval, sino que tiene un trazado más regular, con espaciosas avenidas y numerosos parques que sirven de pulmón a la capital.

Situada entre la Europa Central y la costa adriática, ubicada a los pies del monte Medvednica y bañada por el río Sava, Zagreb combina la Croacia continental y la mediterránea. Tiene ese aire austrohúngaro, de gran ciudad, con espacios verdes y llena de vida artística y cultural; pero a la vez un carácter de ciudad pequeña en la que el ritmo es relajado y en la que se disfruta de lo tradicional.

Y si Zagreb nos parecía una ciudad en la que todo quedaba bastante cerca, en Liubliana aún más. A pesar de ser una capital, tiene unas dimensiones reducidas, eso sí, esto no significa que tenga poco interés. Al contrario, es una ciudad con mucho por descubrir, desde grandes plazas en las que predominan monumentales edificios, numerosos puentes sobre el río Ljubljanica, hasta estrechas callejuelas medievales pasando por restos romanos y un castillo en una colina que permite otear la urbe desde arriba. Podíamos haber subido andando, pero tomamos el funicular.

A los pies de la fortificación se halla la ciudad antigua, compuesta por dos barrios. Por un lado el del Ayuntamiento estructurado en tres plazas: Municipal (Mestni trg), Vieja (Stari trg) y Superior (Gornji trg); y por otro del de los Caballeros de la Cruz, al otro lado del río en torno a la Plaza del Congreso y la de la República.

Aunque varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, ha conseguido conservar las huellas de su pasado desde la ocupación de sus primeros pobladores hasta el día de hoy. Tras el seísmo de 1511, la ciudad fue reconstruida en estilo renacentista y barroco y, más tarde, después del de 1895, se siguieron los cánones del Art Nouveau, el Art Decó y el estilo Secesión vienés. Así pues, en la actualidad Liubliana tiene una riqueza arquitectónica de valor incalculable. La verdad es que nos sorprendió su aire a ciudad de los Habsburgo, casi me atrevería a decir que tenía más de austrohúngara que Zagreb.

Entre 1930 y 1960, durante el período yugoslavo, llegarían los rascacielos basados en modelos americanos, plazas abiertas poco ornamentales y moles de cemento como la Plaza de la República.

Nada que ver este tipo de plazas con las que habíamos visto en el casco histórico o con la Plaza Prešeren.

Liubliana fue sin duda la sorpresa del viaje con su carácter mestizo. No esperábamos encontrarnos restos romanos, un castillo, calles con trazado medieval en las que destacan edificios barrocos y renacentistas, huellas del imperio de los Habsburgo, arquitectura socialista e incluso un antiguo cuartel convertido en barrio alternativo.

Descubrimos una ciudad viva, joven, en la que la gente hacía vida en las plazas, en la calle, en los espacios verdes, en las terrazas junto al río… Quizá haya que volver a Eslovenia y ver qué más esconde.

Y si en Zagreb y Liubliana no habíamos necesitado más que nuestros pies para recorrerlas (y un funicular), en Split era todo mucho más sencillo, pues aunque es la segunda ciudad más grande del país, su casco histórico queda delimitado por las antiguas murallas del Palacio de Diocleciano.

Es verdad que la urbe se ha ido extendiendo más allá de sus muros, pero la parte moderna no tiene gran interés.

La mejor manera de descubrir cómo este palacio se fue convirtiendo en una ciudad fortificada es perderse por sus laberínticas calles llenas de ambiente. Además, al estar prohibido el paso de vehículos, el paseo es más agradable. Eso sí, no evita que haya que esquivar a gente en estrechas callejuelas.

Poco queda del palacio en sí, salvo los muros, algunos elementos originales de las construcciones romanas y restos arquitectónicos de períodos posteriores, pero quizá ahí radica parte de su encanto, en ver cómo es hoy en día y cómo fue hace siglos. Por ejemplo, se perdieron los templos de Cibeles y Venus, mientras que el de Júpiter, el único que ha llegado a nuestros días, lo ha hecho transformado en baptisterio de la catedral.

Split esconde mucha historia, y nos llamó la atención porque no se parecía a ninguna ciudad que hubiéramos visto antes. Aunque también cabe señalar que en algunas plazas y callejuelas tenía la sensación de estar en Dubrovnik.


Es cierto que apenas pasamos un par de tardes en ella y solo nos quedamos en la superficie, pero desde luego captó nuestra atención.

Sarajevo tampoco se quedó atrás en cuanto a atención, aunque era quizá la ciudad en que más expectativas teníamos. Tan tristemente conocida por la guerra al ser el epicentro del conflicto, es una ciudad muy interesante no solo históricamente, sino también en el aspecto cultural y gastronómico.

Encontramos cinco ciudades diferentes. Por un lado el Sarajevo turco en el barrio de Baščaršija, por otro el Sarajevo austrohúngaro, en tercer lugar el Sarajevo soviético, en cuarto el Sarajevo de la guerra y, finalmente, el Sarajevo del siglo XXI. Así, en un mismo paseo podemos sentirnos en los bazares de Turquía, en las calles de Viena o Budapest o en las grandes avenidas de Varsovia o San Petersburgo.

Ubicada en un valle y rodeada por colinas, sirve de conexión entre las culturas de oriente y occidente. Y esto se refleja en sus calles, en sus gentes. Es precisamente esta situación geográfica lo que hace que la ciudad quede compactada. Esto fue un contra en la guerra, pues era un objetivo claro desde las montañas. Sin embargo, como visitante, favorece el recorrido.

La autopista transeuropea conecta Sarajevo con Budapest al norte y con Ploče al sur, sin embargo, la falta de aparcamientos lleva a una mayor convivencia de peatones, bicicletas y favorece el uso de tranvía, trolebús y autobuses en el centro de la ciudad. En Stari Grad se puede pasear tranquilamente sin vehículos. El laberíntico barrio turco consta de calles estrechas adoquinadas e invita a perderse entre sus callejuelas, plazas y patios. La arquitectura, la gente, los bazares y mercados, las tiendas de artesanía distribuidas por gremios, el aroma a café hecho en un cazo de latón, a especias o a platos de la gastronomía bosnia, el olor a té moruno y cachimba, las delicias como los baklavás… todo recuerda a Oriente.

A medida que avanzamos por la calle Ferhadija nos adentramos en el Sarajevo austrohúngaro, con una palpable presencia de edificios de estilo imperial. Y no solo las construcciones, sino el diseño de las calles, más amplias.

Para ver aires del Sarajevo soviético hay que alejarse un poco más aún del centro. Aún se ven las grandes avenidas, como aquella que se convirtió en el punto de mira de los francotiradores serbios y algún edificio al más puro estilo brutalista.

Cerca de estas construcciones se ve el Sarajevo moderno, el que ha ido llegando tras la reconstrucción de la ciudad después del conflicto bélico. Han ido apareciendo rascacielos de vidrio y acero que destacan en el perfil urbano.

¿Y qué queda del Sarajevo de la guerra? Pues aunque cerca de un 80% de la ciudad ya se ha reconstruido, aún quedan visibles las marcas de la metralla en los edificios, se pueden encontrar agujeros en el pavimento y quedan para el recuerdo parques reconvertidos en cementerios en cuyas rápidas se repiten las fechas de fallecimiento.

Y más allá de lo material, en la memoria de sus habitantes quedan heridas que no cicatrizarán nunca. Porque aunque la ciudad se está recuperando y se ha convertido en el centro económico y cultural del país, ya no es lo que era hace 40 años. La Sarajevo del presente ha perdido el equilibrio entre nacionalidades y culturas y encontramos una clara predominancia musulmana que la aleja de aquel apelativo de Jerusalén de Europa. Las heridas están abiertas, pues las soluciones de la guerra no fueron más que parches que no zanjaron nada y Sarajevo está más dividida que antes. De hecho, a un paso tenemos Sarajevo Oriental, perteneciente a la Republica de Srpska con sus banderas de Serbia y sus carteles en cirílico.

La excursión que elegimos fue muy interesante. No solo por poder desplazarnos hasta el Museo del Túnel o a las pistas de bobleigh, sino por la conversación con nuestro guía que vivió la guerra en primera persona siendo un niño. Oír sus recuerdos humanizó el recorrido, aportando un punto de vista más cercano y situándonos en el contexto de los lugares en los que íbamos parando. En cada rincón de Sarajevo hay una lección de historia y recorrer la ciudad de este modo es un duro baño de realidad, pero te involucra más en el viaje. La verdad es que aunque estuvimos toda una mañana de acá para allá, se me hizo bastante corta.

Con respecto a los alojamientos, parece que también elegimos bien. Es verdad que el primero de Split era bastante justo, pero cuando valoramos las opciones, era el que mejor salía sopesando la proximidad al centro, a la estación y precio. Además, solo íbamos a estar una tarde.

El primero en Zagreb sin embargo sí que era bien espacioso. Contábamos con un par de habitaciones y un salón y cocina bastante amplios. También estaba bien ubicado, pues se encontraba a unos 15 minutos de la estación y no muy lejos del centro.

Una pena que nos confundiéramos a la hora de seleccionar las fechas y lo reserváramos solo para dos noches en lugar de tres. Pero afortunadamente no tuvimos problema a la hora de encontrar un techo con apenas 24 horas de adelanto. Aunque como solo lo íbamos a usar para dormir y ducharnos, es verdad que las exigencias eran inferiores. El apartamento tenía una distribución peculiar con un baño separado y minúsculo y una cocina con lo básico. Pero al menos tenía una habitación de buen tamaño con una cama doble y una individual y un salón comedor también bastante cómodo para tres.

Pero para espacioso el de Sarajevo. Teníamos solo una habitación, sin embargo, el chaise-longe del salón nos sirvió como segunda cama. La cocina era bastante grande y estaba perfectamente equipada. Además, contábamos con un comedor junto a ella que daba salida a un patio. Estuvimos bastante cómodos y además a un corto paseo del barrio turco.

Para nuestra última parada en Split antes de volver a casa elegimos de nuevo un piso de una habitación. Y es que los sofás-cama son muy socorridos en estos casos. No era un apartamento muy nuevo, de hecho se notaba en el baño, pero sí que tenía alguna reforma, como la apertura de la cocina, que sin duda favorecía un mejor aprovechamiento del espacio y daba una menor sensación de claustrofobia.

La idea de decantarnos por apartamentos en lugar de por hoteles vino motivada en parte por ser tres, ya que un piso nos daría más espacio que una habitación de hotel. Pero sobre todo porque nos daría la ventaja de contar con zonas comunes y cocina. No es que cocináramos mucho luego durante el viaje, de hecho, solo lo hicimos un par de días (pasta fresca en Split y huevos en Sarajevo), pero tener a mano utensilios facilitaba bastante la cosa.

Además de ese par de ocasiones, también comimos un día fuera en Zagreb, para probar el famoso ćevapi, que en realidad nos decepcionó un poco porque no era tan exótico como creíamos.

Y por lo demás, básicamente funcionamos a base de compra en supermercados y en las pekaras (panaderías). En los tres países había una gastronomía similar y podíamos encontrar puestos, quioscos y panaderías donde comprar los deliciosos burek, dulces, pizzas, empanadas y otros productos realizados con hojaldre o masa filo. Lo mismo solucionábamos un picoteo de media mañana que una cena o un picnic en un parque.

Aunque para picoteos nunca viene mal aprovechar los mercados y la fruta fresca y de temporada.

También probamos cervezas locales. Por parte de Croacia dos: Ožusjko (lager) y Karlovačko (de un sabor más amargo).

También la eslovena Laško, una cerveza suave, aunque con un regusto tostado.

En general el viaje salió según lo programado y el único incidente fue la confusión con la reserva del alojamiento de Zagreb que nos obligó a buscar algo de última hora. Visitamos todo lo que teníamos en mente, hicimos una excursión para empaparnos bien de la historia e incluso dejamos tiempo para la distensión con un Escape Room. Es verdad que tuvimos que hacer ajustes por la lluvia y mover la excursión a Liubliana de un día para otro, pero nada importante.

Para concluir, este fue nuestro resumen de gastos por persona:

  • Vuelo: 401€
  • Alojamientos: 132.39€
  • Seguro: 8.70€
  • Transporte: 80.54€
  • Excursión Sarajevo: 20.57€
  • Escape Room: 36€
  • Comida y algún recuerdo: 83.26€

Lo que hace un total de 738.46€. Sin duda no es un viaje caro, y menos como nosotros nos lo planteamos en plan mochilero. Aunque es verdad que en nuestro caso se nos subió un poco el hecho de ser en agosto y de comprar los billetes de avión tan solo tres meses antes siendo Croacia un destino tan turístico.

Con esto cerramos nuestro viaje a los Balcanes y ponemos la vista en el siguiente: Marruecos.

Balcanes XI. Día 3: Recorriendo Liubliana III

Seguimos caminando por la ribera del río valorando las opciones para comer. Como no queríamos perder mucho tiempo, pensamos que la mejor opción era buscar una panadería/pastelería. Encontramos un pequeño supermercado en que tenían una zona con bocadillos y este tipo de bollos de hojaldre tan típicos de la zona. Así que nos hicimos con un surtido, algo de beber y nos fuimos al Parque Zveza (Parque Estrella).

El alargado llevaba carne y estaba un poco especiado, con un toque picante. El de en medio sabía a pizza, pues llevaba una salsa de tomate con orégano (además de pollo) y el redondo era como una tartaleta de queso. Ricos y contundentes por unos 5€. De postre, acabamos las moras que nos habían quedado de media mañana, antes de que se nos pusieran malas.

Tras comer y descansar un rato las piernas, continuamos nuestra ruta, no sin antes dar una vuelta al parque.

En realidad el parque forma parte de la Plaza del Congreso (Kongresni trg), un lugar en el que han tenido lugar momentos importantes de la historia del país, como por ejemplo la proclamación de la independencia del gobierno austriaco-húngaro y el establecimiento del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios en octubre de 1918, el discurso de Tito tras la II Guerra Mundial o la manifestación del 22 de junio de 1988 por la liberación de cuatro periodistas eslovenos que habían sido encarcelados por el ejército yugoslavo que marcó el inicio de la primavera eslovena y condujo a la declaración de la independencia de Eslovenia el 25 de junio de 1991.

La plaza fue construida en 1821 sobre las ruinas de un monasterio medieval capuchino. En ella se estableció el Congreso, de ahí su nombre, aunque lo cambió por Plaza de la Revolución (Revolucije Trg) durante el período comunista. En el lugar que se ubicaba el Congreso de 1902 a 1918, ahora se halla el edificio de la Universidad de Liubliana, la mayor y más antigua universidad eslovena (de hecho hasta la década de los 80 del siglo pasado que se inauguró la de Maribor, era la única).

Fue fundada tras la caída del Imperio Austrohúngaro ante la necesidad de crear una institución en la que se enseñase en esloveno. Hasta el momento los estudiantes tenían que desplazarse a universidades cercanas como Zagreb o Viena.

En el extremo opuesto se encuentra el edificio neoclásico Kazina, usado durante siglos como centro de la vida social de la clase alta de los habitantes de la ciudad.

A él se acudía para relacionarse, así como para ponerse al día con los acontecimientos del mundo político y literario. Contaba con cafetería, dos salas de juego para no fumadores, salas de lectura, sala de billar, un salón para 400 personas, cocina y dos comedores. A finales de siglo XIX se convirtió en el centro de la vida social de los alemanes que residían a la ciudad y fue su lugar de reunión hasta 1921, cuando el edificio fue tomado por el Partido Demócrata Yugoslavo Liberal. Pasó entonces a ser el punto de encuentro de la burguesía liberal eslovena.

Durante la II Guerra Mundial fue ocupado por soldados italianos y se convirtió en la sede de la provincia. Tras la contienda albergó una escuela de danza y acogió varias secciones de instituciones como los Archivos de la República de Eslovenia o el Instituto de Historia Reciente.

En 1954, cuando la distribución del Territorio Libre de Trieste finalmente dio a Eslovenia una salida al mar, se colocó frente al edificio un ancla de un barco italiano que fue hundido durante la guerra.

Al sur de la plaza, cerca del antiguo edificio del Congreso destaca el de la Orquesta Filarmónica Eslovena (Slovenska filharmonija).

Como consta en su fachada, tiene su origen en 1701 cuando se creó la Academia Philharmonicorum. Hacia finales de siglo sería sucedida por la Sociedad Filarmónica, en la que participaban Beethoven, Haydn o Brahms. El edificio, diseñado por Adolf Wagner en estilo neo-renacentista, es posterior. Data de 1891y se asienta sobre los cimientos del antiguo Teatro Estate (Stanovsko gledališče) que acabó destruido en 1887.

En la parte superior del parque nos topamos con más restos de las murallas de la ciudad de Emona. Y es que en la época romana la plaza era el lugar en que se encontraba el cementerio.

Frente a las ruinas se erige la Iglesia Ursulina de la Santísima Trinidad, un templo barroco que data de 1726.

En su diseño intenta aludir continuamente al simbolismo de la trinidad, haciendo un uso continuo del número 3. Así, la parte central de su fachada cuenta con tres hileras de ventanas, con dos grupos de tres columnas y el tejado hace tres aguas.

En 1927 siguiendo los planos de Plečnik para la replanificación de la plaza frente a la iglesia se colocó una copia de la Columna de la Santísima Trinidad (supuestamente creada por Francesco Robba en 1722). La original se conserva en el Museo de la Ciudad.

Y de la Plaza del Congreso nos dirigimos a otra plaza importante, la de la República (Trg republike), que se encuentra justo detrás. Es la plaza más grande de la ciudad y no es que destaque precisamente por su belleza, pero es el centro político, cultural y de negocios de Liubliana. Además, tiene un importante valor histórico y simbólico, ya que es donde se declaró la independencia del país en junio de 1991. Bautizada al principio como Plaza de la Revolución, fue proyectada en 1960 por el arquitecto Edvard Ravnikar en un espacio que había pertenecido a los jardines del Monasterio Ursulino.

Queda rodeada por las dos torres del Banco de Ljubljana y del edificio de oficinas TR3, el Centro Cultural y de Congresos (Cankarjev Dom) el centro comercial Maximarket y la Asamblea Nacional de la República Eslovena.

Además, en un lateral de la plaza hay varios grupos escultóricos. El Monumento a la Revolución del escultor Drago Tršar (Spomenik Revolucije) fue inaugurado en 1975 y según el autor representa un conjunto de encuentros, luchas y victorias revolucionarias.

Intentó contrastar el movimiento de masas frente a la opresión. Así, mientras el lado izquierdo simboliza la opresión de la nación a lo largo de su historia; por contra, en el derecho,como reacción a dicha opresión, el pueblo despierta y comienza la revolución. Aunque no es realista en su representación, sino que es abstracta, es una escultura socialista en su concepción, ya que en lugar de centrarse en el individuo lo hace el espíritu colectivo, en la fraternidad y unidad del pueblo representando a una sociedad con el puño en alto.

Cruzamos hacia el parlamento, junto al que se extiende un parque en el que se halla el sepulcro de los héroes nacionales.

En el mismo parque también podemos encontrar varias estatuas, así como el Museo Nacional de Eslovenia, en un palacio renacentista construido entre 1883 y 1885.

Nada más salir del parque llama la atención el edificio de la Ópera de Liubliana, construido entre 1890 y 1892 en estilo neo-renacentista y que alberga el Teatro Nacional, la Ópera y el Ballet de Liubliana.

A su inauguración se convirtió en un importante centro de la cultura nacional. Pero además de obras de teatro y ópera en esloveno, también acogió actuaciones en alemán hasta 1911 que se construyó el Teatro Drama. Durante la I Guerra Mundial cesó el programa de representaciones teatrales y tan solo se proyectaron películas. Fue después de ella, en 1919, cuando se recuperó el edificio para su función original convirtiéndose en la sede nacional de la ópera y el ballet.

Hoy cuenta con un amplio repertorio de óperas, ballets y conciertos. Además, acoge eventos sociales como recepciones o cenas de gala.

En su fachada destaca la entrada principal, adornada por un frontón triangular que descansa sobre columnas jónicas. En dicho frontón se pueden ver diferentes figuras relacionadas con el arte dramático, como querubines portando instrumentos musicales. Por otro lado, en los nichos de las fachadas laterales destacan las esculturas alegóricas de la Comedia y de la Tragedia, que quedan enmarcadas por cuatro medallones que simbolizan la épica, la tragedia, la ópera y la opereta.

Desde la ópera enfilamos la calle Cankarjeva, que era parte del paseo que conectaba el castillo con el parque Tivoli. Hoy es una de las principales arterias comerciales de Liubliana.

La calle nos llevó de vuelta a la plaza Prešeren, animada como siempre. Habíamos vuelto prácticamente al inicio de la ruta, pero aún nos quedaba alguna cosa por ver. Tomando el Puente Triple cruzamos el río hasta la Ribji Trg, una pequeña plaza en la que entre el siglo XVI y el XIX tenía lugar el mercado de pescado. Es aquí donde se encuentra la casa más antigua de Liubliana, la Polževa hiša, que fue construida en 1528. Sobre su entrada se conserva el escudo de armas de su propietario, Volbenko Posch, un rico comerciante que llegó a ser alcalde.

En el centro de la plaza hay una pequeña fuente de segunda mitad del siglo XIX. Aunque fue colocada en esta ubicación en 1981 desde un jardín cercano al castillo de Tivoli.

Volvimos sobre nuestros pasos para recorrer la margen del río tranquilamente descubriendo rincones que nos pudiéramos haber dejado durante la mañana y más que lugares, lo que nos sorprendió fue encontrar a un señor paseando una cría de avestruz. ¡DE AVESTRUZ!

Aún en shock continuamos paseando y cruzamos al Mercado Central, que nos lo habíamos saltado.

En sus aledaños ya no había tanto movimiento como por la mañana cuando lo pasamos de largo de camino al castillo, pero aún quedaban algunos puestos, sobre todo de artesanía, ropa y souvenirs, así que nos dimos un paseo tranquilo buscando qué llevarnos de recuerdo. Aunque parecía obvio que tenía que tener un dragón.

Teníamos los trenes de vuelta a Zagreb a las 14:45 (ya lo habíamos dado por perdido), a las 18:32 y a las 21:05. Como este último nos parecía muy tardío porque llegaba al destino casi a media noche, nos pusimos de límite las 6 de la tarde para estar en la estación. Aún eran poco más de las cuatro, pero nos quedaba por ver Metelkova mesto cerca de las vías, así que emprendimos el regreso tranquilamente para que nos diera tiempo y aún así llegáramos con soltura para recoger las mochilas antes de tomar el tren.

Pero antes de continuar, hicimos una parada en el parque Hrvatski trg, próximo a la iglesia católica de San Pedro (Cerkev Sv. Petra). No eran aún las cuatro de la tarde y el sol pegaba con fuerza. Dado que no llevábamos prisa, decidimos que era un buen lugar para sentarnos un rato.

Esta iglesia es una de las más antiguas de la ciudad, pues parece que existe desde mediados del siglo XIII. No obstante, fue derribada y sustituida en 1733 por una nueva que mezclaba estilos barroco y neoclásico tardío y reconstruida en neo-barroco tras el terremoto de 1895. Sin embargo, este nuevo estilo no gustó, por lo que volvió a ser renovada entre 1938 y 1940 por el arquitecto esloveno Ivan Vurnik, siendo su mujer Helena la encargada de la decoración interior.

Tras la parada, seguimos nuestro camino hacia Metelkova, encontrándonos con la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, ordenada construir en 1882 por orden de los lazaristas. De estilo neogótico, destaca su fachada de ladrillo rojo y su torre con el tejado verde.

Queda a tan solo unos pasos de la Ciudad Metelkova, un centro de creación artística un tanto peculiar.

Se ubica en un antiguo complejo militar austrohúngaro construido a finales del siglo XIX y empleado hasta 1911. Después, en 1945 quedó en manos del Ejército Popular de Yugoslavia, quien lo usó hasta la independencia en 1991. Un año antes se había formado la Red de Metelkova, un conjunto de más de 200 organizaciones asociadas en el Movimiento por la Cultura de la Paz y la No Violencia que pretendía que los cuarteles se emplearan con una finalidad creativa y pacífica. Y aunque el municipio en un principio valoró positivamente la propuesta e hizo algunas promesas, en la práctica no había un movimiento real y no parecía que se fuera a llevar a cabo. Más bien al contrario, pues iba a ser derruido. Así, cansados de esperar, la noche del 10 de septiembre de 1993 unas 200 personas pasaron a la acción y ocuparon el antiguo cuartel para evitar su demolición. Hay una placa incluso que lo recuerda. Desde 1995 el recinto se ha organizado de forma autogestionada y desde 2005 ha sido registrado como patrimonio cultural nacional.

Cuando accedimos al recinto nos encontramos con una pista de baloncesto y varios edificios llenos de pintadas y parece que no había más, pero supongo que tenía que ver más con las horas que eran, pues estaba todo cerrado.

Sin embargo, este centro cultural independiente alberga diversas actividades relacionadas con la música, el teatro, la escultura, la pintura, los cómics… Por ejemplo, acoge conciertos, actuaciones de DJs, representaciones, conferencias y otros eventos en los que actúan artistas de todo el mundo.

No obstante, pese a su reconocimiento no solo nacional, sino también internacional, Metelkova Mesto está continuamente amenazada porque se han construido algunos edificios de forma ilegal, por lo que hay continuas inspecciones y algún derribo que interrumpen eventos culturales. Además de los actos que puede haber por el día (y que nosotros no vimos), por la noche parece que se transforma en el alma underground de Liubliana.

Una pena no haber encontrado más ambiente que el color de los grafitis y extrañas obras de arte en nuestro paseo. Aún así, mereció la pena visitar este pequeño centro de producción cultural independiente que ha cambiado la rigidez de un cuartel por el colorido y la creatividad.

Seguía siendo pronto para volver a la estación, así que nos acercamos a un Aldi (que en Eslovenia parece llamarse Hofer) y compramos unos sándwiches y ensaladas para cenar, algo de beber, desayuno y provisiones para el día siguiente, pues tomaríamos un tren a Split a las 7 de la mañana y no llegaríamos hasta la hora de comer.

Con poco más que hacer y algo cansados, volvimos a la estación.

El edificio de la estación no es tan imponente como el de Zagreb, pero tuvo gran relevancia cuando fue construido en 1849 y el ferrocarril llegó a la ciudad uniéndola con Viena y Trieste.

Fue renovada en 1980 y ampliada entre 2008 y 2010, cuando se construyó un complejo de oficinas, comercios, un hotel y la nueva estación de autobuses. En el hall de entrada hay un mosaico en el suelo que representa el escudo de la ciudad con el castillo y el dragón y las palabras latinas Sigillvm Labici.

Recogimos las mochilas y cuando faltaba una media hora nos movimos de la sala de espera a nuestro andén, que estaba en la otra punta. Sin embargo, nos tocaría esperar bastante más, ya que parece que nuestro tren tuvo alguna incidencia y llegó con retraso. Con más de una hora y media.

Se nos hizo de noche, tuvimos que sacar las sudaderas para no quedarnos frías y abrimos una bolsa de patatas para que la espera se hiciera más llevadera. Cuando llegó el tren no continuó su recorrido, sino que la gente que venía en él tuvo que montar en uno que nos habían habilitado y abierto unos minutos antes. Por suerte nosotros nos pudimos sentar juntos en un compartimento antes que subiera la marabunta. Eso sí, este tren no era tan cómodo como el de la ida, se parecía más bien a los polacos que habíamos tomado el año anterior. Compartimos espacio con una señora que iba cargada como si estuviera de mudanza y llevaba un par de maletas grandes que debían pesar como un muerto. Ella no pudo subirlas al maletero y el chico que la ayudó casi acaba sepultado.

De nuevo, en la frontera tuvimos que enseñar dos veces el pasaporte, aunque esta vez el croata al ver la lectura que había hecho el esloveno, ni siquiera nos lo pidió, supongo que su comprobación electrónica le sirvió. Esta vez era tan de noche que no pudimos observar el paisaje y acabamos cenando en el trayecto, pues con el retraso la hora de llegada a Zagreb rondaría las once de la noche, y además teníamos que buscar el nuevo alojamiento.

Por suerte la llegada al nuevo piso era con código, por lo que nuestro anfitrión no nos tuvo que esperar. El apartamento tenía una distribución un tanto extraña con un baño partido en dos: por un lado el inodoro con un mini lavabo y por otro la ducha con otro mini lavabo. La cocina era pequeña y contaba con una nevera pequeña (y un cuadro de toros). Pero bueno, solo era para ducharnos y dormir, así que nos servía.

Guardamos la comida en la nevera, nos duchamos, preparamos la ropa y mochilas para el día siguiente y nos echamos a dormir, que tendríamos que madrugar para tomar el tren a Split.

Balcanes X. Día 3: Recorriendo Liubliana II

Con nuestro tentempié de media mañana nos adentramos en el casco histórico, un laberinto de plazas y calles peatonales a cuyos lados sorprenden las fachadas de edificios barrocos y otros monumentos.

Tomando la plaza Cirilo y Metodio, a unos metros del mercado se erige la Catedral de San Nicolás (Stolnica svetega Nikolaja).

Diseñada en estilo barroco con dos capillas laterales y con forma de cruz latina, fue construida entre 1701 y 1706 en sustitución de un antiguo templo de estilo románico que ardió en un primer incendio en el siglo XIV y que, tras una reconstrucción en estilo gótico, volvió a quemarse en 1469. La cúpula fue construida más tarde, en 1841.

Para ser una catedral, no destaca especialmente por su majestuosidad. Lo más destacable quizá sean sus puertas, en las que está recogida la historia de Eslovenia.

Un poco más adelante, en el tramo ya conocido como Plaza Municipal (Mestni Trg), encontramos la Fuente de los Tres Ríos de Carniola, quizá el monumento barroco más famoso de la ciudad.

Realizada entre 1743 y 1751 por el escultor italiano Francesco Robba está inspirada en la fuente de la Plaza Navona de Roma. Realmente la que vemos hoy en día es una reproducción, ya que la original se conserva en la Galería Nacional. Conocida coloquialmente como la Fuente Roba por su autor, consta de obelisco de unos diez metros rodeado por tres figuras masculinas que representan a los tres ríos del país: el Sava, el Krka y el Ljubljanica. Cada una de ellas porta un cántaro y tiene un delfín a sus pies.

Un paso más allá se encuentra el Ayuntamiento de Ljubljana (Mestna hiša). Data de finales del siglo XV, pero tuvo que ser reconstruido tras el terremoto de 1621. Las obras se llevaron a cabo entre 1717 y 1719 y se le dio un nuevo aspecto barroco que debían estar restaurando, pues solo pudimos ver una bonita lona blanca tapando los andamios.

Así pues, con poco que ver en el ayuntamiento, seguimos paseando por el casco histórico entre casas barrocas, comercios y restaurantes.

A la altura de la calle Pod Trančo, la Mestni trg se va estrechando y se convierte en Stari trg, que nos conduce a la parte más antigua de la ciudad medieval.

Casi en el final de este tramo, se encuentra la fuente de Hércules, algo más pequeña que la de Robba. También es posterior, ya que se trata de una copia de la original barroca que quedó destruida a finales del siglo XVIII. Esta se colocó en 1991 poco antes de la independencia de Eslovenia.

Tomamos la Gornji trg (Plaza Alta), la calle en la que se encontraba una de las puertas de la Liubliana medieval. Hoy en día sin embargo, no queda nada de ella, tan solo un acceso al castillo. Cerca de esta subida se yergue la iglesia de San Florián, construida en 1672 en honor al patrón de los bomberos.

Paradógicamente, un siglo después quedó seriamente dañada como consecuencia de un incendio. Su aspecto actual se lo debe a la reconstrucción de 1934 del arquitecto Jože Plečnik.

Más adelante la calle se vuelve más residencial con casas de estilo medieval. Son construcciones más sencillas de dos plantas, tejados a dos aguas y con sus fachadas de colores.

Volviendo nuestros pasos hasta la iglesia de San Florián, giramos a la izquierda, donde nos encontramos con la Iglesia de Santiago (Župnijska cerkev sv. Jakoba).

Se trata de la primera jesuita del país, construida a principios del siglo XVII en el lugar en que con anterioridad había una antigua iglesia gótica perteneciente a los agustinos. El campanario es posterior, ya que fue erigido a principios del siglo XX después de que el anterior fuera derrumbado como consecuencia del terremoto de 1895. En la actualidad es la torre (de iglesia) más alta de la ciudad.

En un lateral, donde se encontraba un edificio anexo del colegio jesuita, hoy existe una plaza en la que se erige la Columna de María, construida en 1682 como agradecimiento a la virgen de haberles librado del asedio turco.

Al otro lado de la calle se encuentra el Palacio de Gruber (Gruberjeva palača), un palacio de estilo barroco tardío construido entre 1773 y 1781 que hoy alberga el Archivo Nacional de Eslovenia (Narodni Arhiv Slovenije).

Cruzamos el Ljubjanica gracias al puente de Santiago, que nos conduce al barrio de Krakovo, que en su día fue la periferia de Liubliana, ya que se encontraba fuera de la muralla. En este margen del río quedan restos arqueológicos del asentamiento de Emona.

Los romanos construyeron en el año 15 d. C. tras las revueltas ilirias una ciudad rectangular dentro de una muralla y durante los siglos posteriores, Emona tuvo un papel importante en la defensa de Italia. En el año 452 los hunos la devastaron y quedó empobrecida. Después pasó a manos de los visigodos, quienes prácticamente acabaron con ella. Poco a poco los ciudadanos de la ciudad migraron a otros lugares más inaccesibles y ciudades costeras, por lo que acabó quedando abandonada.

Hoy, gracias a la planificación de Plečnik, podemos ver partes de la muralla, alguna torre medieval y restos entre los edificios de la Liubliana moderna.

Seguimos nuestro camino hasta Križanke, que en su día fue propiedad de la Orden Teutónica los Caballeros de la Cruz (Križniki) de mediados del siglo XIII. Fue reconstruido en los años cincuenta del siglo pasado por – cómo no – Jože Plečnik y hoy es un instituto de diseño y fotografía, aunque también sirve como escenario para representaciones teatrales.

Cerca se encuentra el Pilar de Iliria, un monumento creado por el escultor Lojze Dolinar que siguió el diseño de Jože Plečnik. Este obelisco de 13 metros de altura se colocó en honor a las Provincias Ilirias y es el único monumento a Napoleón en toda Europa fuera de Francia. Fue colocado en el 120 aniversario dicha época (1809–1813) para agradecer de alguna manera que durante la ocupación francesa el idioma esloveno fuera respetado y considerado cooficial.

Está realizado en mármol e incorpora polvo de la tumba de un soldado francés. En un lateral cuenta con un retrato de Napoleón y en el otro de Iliria. Queda coronado por una luna creciente con tres estrellas.

Continuamos hasta la calle Gosposka, donde se erige el edificio de la Biblioteca Nacional y Universitaria (NUK).

Fue construida entre 1935 y 1940 según el diseño del arquitecto Jože Plečnik y alberga importantes manuscritos e impresos históricos así como ejemplares de las publicaciones editadas en Eslovenia. Frente a ella hay una pequeña plaza con una fuente en la que una figura masculina dorada descansa sobre una columna jónica.

En un lateral de la plaza se yergue el Palacio de Turjak (Turjaška palača).

Este palacio, también conocido como de Auersperg fue construido entre 1654 y 1658 con una estructura barroca aunque su fachada clasicista pertenece al siglo XIX. De manos privadas pasó a la ciudad y se convirtió en el Museo Municipal, recogiendo la historia de Liubliana desde finales de la Edad Media hasta la primera mitad del siglo XIX.

Siguiendo por la calle Gosposka, a mano derecha sale la Novi Trg (Plaza Nueva), que nos conduce al río de nuevo y desde donde podemos alcanzar a ver el castillo en lo alto de la colina.

Esta plaza pasó a manos de la Orden de los Caballaros Teutones a principios del siglo XIII. Un siglo más tarde parece que comenzó a celebrarse el mercado en ella. Los siglos posteriores la ciudad siguió creciendo a su alrededor y se levantaron casas de madera que después fueron sustituidas por edificios de piedra que a su vez fueron reemplazados por hermosos palacios ya entre los siglos XVII y XVIII.

A lo largo de su historia la plaza se ha llamado de diferentes maneras. Por ejemplo, fue Neuer Markt durante época austriaca; después, en 1876 pasó a llamarse Turjaški trg oz. Auerspergplatz; en 1923 se renombró como Plaza de Karl Marx y finalmente en 1928 recuperó su nombre original (y actual).

Frente a la Biblioteca, cabe mencionar el edificio Lontovž, construido entre 1786 y 1790 por Jozef Schemerl. Actualmente alberga la Academia Eslovena de las Ciencias y las Artes, aunque en el pasado fue la sede de la Asamblea Provincial de Carniola.

Parece que Liubliana es una ciudad de fuentes, ya que junto a la orilla del río encontramos otra más para la colección, bastante más sencilla que otras que habíamos visto, eso sí.

Volvimos al paseo junto al Ljubljanica, donde asoman estrechas casas en tonos pastel apiñadas unas junto a otras.

A mano izquierda lo cruza el Puente de los Zapateros (Šuštarski most), diseñado por Jože Plečnik e inaugurado en 1931.

Aunque ya había otros puentes con anterioridad en ese lugar, uno de madera y otro de hierro fundido. En la Edad Media había que pagar tasas cuando se llegaba por agua a la ciudad, así que los artesanos intentaban trabajar y vivir en los puentes para así evitar los impuestos. En este en concreto a mediados del siglo XIX ubicaban los zapateros sus talleres, de ahí su nombre.

Y ya estábamos muy cerca de nuevo del bullicio del centro de la ciudad, y como era ya la hora de comer, tocaba hacer una parada para repostar.

Balcanes IX. Día 3: Recorriendo Liubliana

Llegamos puntuales a la estación de Liubliana y lo primero que hicimos fue buscar las taquillas. Y vaya taquillas. Cuánta tecnología. No era un sistema tradicional de puerta con llave, sino que había que ir a una máquina. Tras elegir el tamaño deseado y pagar (metimos 3 mochilas y nos costó 3€), la máquina nos asignó un cubículo y nos imprimió un recibo con código de barras que serviría después para abrir la puerta.

Más ligeros comenzamos nuestra ruta. Eran las nueve y media de la mañana, pero el sol ya comenzaba a apretar. No quedaba ni una de las nubes que habían descargado en el día anterior.

Tomamos la calle Miklošičeva cesta hacia el centro. En ella encontramos la colorida Vurnikova hiša,  construida en 1921 en estilo nacional esloveno.

Recibe el nombre por el arquitecto que la diseñó, Ivan Vurnik, y hoy en día pertenece al Cooperative Business Bank. Parece que su interior está ricamente decorado con frescos y murales obra de Helena, mujer del arquitecto, sin embargo, no se puede visitar, por lo que nos quedamos con su exterior.

Prácticamente enfrente se erige la Iglesia Franciscana de la Anunciación (Frančiškanska cerkev), una iglesia que aunque fue pintada casi de rojo (el color de la orden), con el tiempo ha ido perdiendo tonalidad y parece rosa.

Construida en 1669 en sustitución de un antiguo templo, tiene planta de basílica del barroco temprano. Junto a ella se encuentra el monasterio, famoso por su biblioteca que contiene más de 70.000 libros, muchos de ellos incunables y manuscritos medievales.

La fachada de la iglesia preside una de las principales plazas de la ciudad, la Plaza Prešeren.

La plaza se halla en una antigua encrucijada medieval que suponía la entrada a la ciudad amurallada. Hoy es uno de los puntos más animados y atractivos de Liubliana, como pudimos comprobar al llegar a ella. Además, nos dejó sorprendidos. Hasta el momento la ciudad ni fú ni fa. Aunque apenas habíamos empezado a recorrerla, todo hay que decirlo. Pero el caso es que no llevábamos muchas expectativas. Teníamos en mente quizá algo del estilo de Bratislava: una ciudad pequeña, cerca de otras capitales de mucho más renombre e interés. Sin embargo, vaya sorpresa llegar a la plaza y descubrir el diseño abierto, la arquitectura de los edificios y el bullicio.

Fue diseñada por el arquitecto Jože Plečnik, quien además fue el artífice de muchos de los edificios modernos de Liubliana y recibe el nombre del poeta France Prešeren, cuya estatua podemos encontrar en un lateral. Este escritor fue el primero en escribir en esloveno y su poema “Zdravljica / Brindis” llegó a ser himno nacional .

El monumento fue colocado en 1905 y además de representar al célebre poeta del Romanticismo, también cuenta con una musa que porta una rama de laureles en la mano. Parece ser que se colocó tras un árbol para que el arzobispo franciscano no se escandalizase de la desnudez de la escultura.

La iglesia y la estatua comparten protagonismo además con varios edificios modernistas que me recordaron a la Gran Vía de Madrid, sobre todo por aquello de que no hay que perder detalle y mirar a las azoteas.

Por la calle que habíamos entrado, en la acera opuesta al complejo religioso destaca el edificio de 1903 hoy convertido en la Galería Emporium, un centro comercial .

Justo al otro lado del monasterio llama la atención el pequeño edificio blanco y verde. Tanto por su forma como por su ornamentación.

En la plaza se abre el Triple Puente, un peculiar paso de tres puentes que sobre el río Ljubljanica conecta la Liubliana histórica de la moderna. El central (Tromostovje) fue construido en piedra en el año 1842 para reemplazar al Puente Inferior, un puente medieval realizado en madera de vital importancia, pues conectaba las tierras del noroeste de Europa con el sur de Europa y los Balcanes.

Entre 1929 y 1932, siguiendo las indicaciones del arquitecto Jože Plečnik, se construyeron dos puentes adicionales a los extremos, para así descongestionar la plaza y dar paso a los peatones (desde 2007 son los tres peatonales). Se sustituyeron las rejas de metal del puente central y se colocaron balaustradas a juego en los tres, además de lámparas. En 1992 fueron renovados.

Con los dos palacios neo-renacentistas, el Puente Triple nos conduce al casco antiguo, pero esa parte de la ciudad la dejaríamos para más adelante. De momento tomaríamos la calle Petkovškovo nabrežjem, que sale detrás de la estatua de Prešeren junto al edificio blanco de estilo clasicista.

Tomamos el margen del río, una animada zona plagada de terrazas de restaurantes entre las que se intercalan varios conjuntos de esculturas de animales.

El paseo permite asomarse al río y ver todo el margen opuesto, ocupado casi en su totalidad por el edificio blanco del Mercado Central (Trznica).

Diseñado también por Plečnik en la primera mitad del siglo XX, ocupa la mayor parte de la plaza. En él se pueden comprar los productos típicos de la gastronomía eslovena. Además también cuenta con bares y restaurantes.

Queda intercalado entre el Puente Triple y el Puente de los Carniceros (Mesarski most), una pasarela mucho más moderna que el primero con un suelo parcialmente de cristal y unos pasamanos con varias filas de cables de acero.

Este diseño permite la colocación de candados, por lo que hoy en día es conocido como el puente de los candados. Pero es que no solo están en las barandillas laterales, sino que incluso las esculturas que adornan el puente quedan ocultas y hay que intuir de qué se trata.

Parece que son ranas y peces, aunque el puente se llame de los carniceros. Y recibe este nombre porque es el lugar en que este gremio exponía sus mercancías.

Un poco más adelante llegamos al famoso Puente de los Dragones (Zmajski Most), que data de 1901 y supuso un gran avance arquitectónico para la época. Construido en hormigón armado, fue el primer puente de Liubliana levantado con este material (en lugar de usar piedra, que era más cara) y uno de los primeros en Europa.

En realidad, su nombre original era Jubiläumsbrücke o Puente del Jubileo, puesto estaba dedicado al cuadragésimo aniversario del gobierno del emperador Francisco José I de Habsburgo-Lorena. Sin embargo, pronto el nombre oficial cayó en el olvido y pasó a ser conocido popularmente como Puente de los Dragones por su ornamentación. En cada cabecera está presidido por las estatuas de dos dragones, símbolo de la ciudad a raíz de la leyenda de Jasón y los Argonautas. Según la fábula, Jasón, tras robar el Vellocino de Oro, cuando iba por el río Ljubljanica encontró a un dragón que tenía prisionera a una virgen. El héroe mató al monstruo y liberó a la chica.

Y no solo está en la entrada del puente, sino que hay una veintena de ellos distribuidos por toda su extensión.

Incluso hay unos pequeños en las bases de las lámparas de la balaustrada. Unas farolas que, en su día alimentadas por gas, son parte de la decoración original.

Hoy en día es considerado como uno de los puentes de Art Nouveau mejor conservados del mundo, así como uno de los símbolos de la ciudad.

Seguimos por la calle Kopitarjeva para dirigirnos al castillo, pero en el cruce con la calle Poljanska cesta nos sorprende un estrecho edificio conocido como Peglezen, construido a principios de la década de 1930.

Diseñado por el arquitecto Jože Plečnik fue declarado monumento cultural de importancia nacional. Tiene un diseño peculiar con una forma que recuerda a los flatiron, y ventanas diferentes en cada una de sus plantas. Mira a la plaza Krekov Trg, donde se encuentra la oficina de información turística.

Frente a él se erige el Teatro de Títeres, cuyo reloj cada hora en punto reproduce música a la vez que en la torre aparece con su yegua Martin Krpan, un popular héroe de los cuentos eslovenos.

Junto a su puerta hay una curiosa fuente de un canguro.

Pero no nos entretuvimos mucho, porque en el costado del edificio se encuentran las taquillas del funicular para subir al castillo y vimos que se acercaba un grupo de unos veinte italianos con su guía, así que apretamos el paso para que no nos tocara esperar mucho. El guía apretó también y por un momento pensamos que nos iba a adelantar, pero amablemente nos cedió el paso.

Se puede sacar billete de ida, de ida y vuelta, o de funicular + castillo. Nosotros dudamos si subir con el funicular y bajar andando, pero finalmente, por ahorrar tiempo y poder dedicárselo a la ciudad, sacamos el de ida y vuelta, que fueron 4€.

Cuenta con una cabina con capacidad para 33 personas. Afortunadamente no había aún mucha gente, por lo que solo nos tocó esperar a que se llenara uno. En el segundo ya nos metimos (con la mitad del grupo de los italianos). Apenas tarda un minuto en subir (lleva una velocidad de 3m/s) y es todo acristalado, por lo que permite tener unas vistas 360º.

Una vez arriba, podemos ver desde la cristalera la ciudad a nuestros pies.

Pero ya tendríamos ocasión de mirar hacia abajo. Dado que aún no había subido mucha gente, rápidamente nos dirigimos al interior para poder pasear por el patio del castillo sin tanta saturación. Lo primero que nos recibe es una especie de photocall con unas alas de dragón dibujadas donde te puedes hacer una foto como si fueras la Kahleesi.

El castillo de Liubliana es de origen medieval, aunque se ve claramente que ha sido restaurado recientemente. De hecho, hoy en día es incluso usado para eventos y convenciones. En verano por ejemplo en su terraza tienen lugar diversos acontecimientos culturales.

Fue construido entre los siglos XVI y XVII para defender el imperio de la invasión otomana y también de las revueltas campesinas.​ No obstante, los restos arqueológicos demuestran que el lugar ya fue habitado con anterioridad.  Es probable que la colina fuera usada como fortaleza por el ejército romano tras haberse asentado en ella los celtas e ilirios.

En los dos siglos posteriores fue reutilizado como arsenal y hospital militar y durante el XVIII pasó a ser prisión, función que siguió vigente hasta 1905 y retomada en la II Guerra Mundial.

La estructura del castillo se divide en la torre de los tiradores (usada como almacén de pólvora), la torre de Erasmo (que servía como prisión aristócrata y que recibe el nombre de Erasmo Jamski, quien consiguió escapar), la muralla de defensa (que conectaba las dos torres), la prisión, el Kasematten (donde se ubicaban los cañones), la capilla de San Jorge, la torre panorámica (en la que residía un guardia encargado de avisar si había un incendio), la galería S y la pequeña cisterna, la Sala de Armas (que también servía como establo, granero y vivienda de los soldados) y la Sala de Hribar (en honor al alcalde Ivan Hribar), la torre pentagonal (que funcionaba como entrada principal al patio del castillo), la Sala de Piedra y el patio.

Hay partes que son de acceso libre, mientras que para otras hay que sacar la entrada. Por ejemplo, pudimos visitar los pequeños calabozos, donde se conservan las puertas.

También pudimos acceder a la capilla dedicada a San Jorge.

De estilo gótico, fue consagrada en 1489, sin embargo, fue restaurada con posterioridad en estilo barroco y en 1747 se decoró con frescos. Es uno de los pocos ejemplos de lugar religioso que cuenta con imágenes profanas, porque no se añadieron santos o pasajes de la Biblia, sino los escudos de los gobernadores de la provincia.

Además de los 60 escudos de gobernadores provinciales también se hallan los de Carniola e Istria. En el centro del techo destaca el del condado esloveno y en el presbiterio el de cinco emperadores austriacos.

Para subir a la torre, donde se encuentra el museo virtual, sí que era necesaria entrada, por lo que dimos una vuelta al complejo, que no es excesivamente grande y salimos al exterior por la puerta principal, a la que se llega si se sube andando.

El acceso se hace a través de un puente que data del siglo XVII. Hubo un puente de madera que se mantuvo hasta comienzos del siglo XIX, cuando el foso fue rellenado. Después, con las remodelaciones del siglo pasado, se intentó recuperar el carácter medieval y se recuperó el puente conectando la arboleda con el castillo.

Precisamente por la arboleda dimos una vuelta, para asomarnos desde lo alto de la colina y disfrutar de las vistas, pues el día estaba tan despejado que se podían divisar hasta las nevadas cumbres de los Alpes.

La zona estaba tranquila y tan solo se oía a lo lejos un cortacésped. Así pues, nos dimos un paseo y volvimos al castillo, encontrándonos en el camino un monumento al levantamiento campesino de un estilo totalmente soviético.

De vuelta en el interior, recorrimos el patio por su perímetro para poder ver la ciudad a nuestros pies.

Y con ello dimos por concluida la visita, así que, tomamos de nuevo el funicular. En un minuto estaríamos de nuevo en las taquillas.

Y ya había algo de hambre, así que nos dirigimos a la Plaza Vodnik, donde tiene lugar el mercado. Lleva el nombre de Valentin Vodnik, sacerdote, periodista y poeta esloveno, cuya estatua podemos ver en un lateral.

El edificio del Mercado queda detrás, pero no nos adentramos más allá, sino que dimos la vuelta a la pequeña plaza en la que estaban los puestos de fruta.

Pues en realidad nuestra finalidad era comprar unas moras para hacer el almuerzo mientras nos adentrábamos en el casco antiguo.

Balcanes VIII. Aproximación a Eslovenia

Tras el ajuste por las lluvias y con el billete sacado el día anterior, empezamos el día madrugando para tomar el tren de las 7 con destino Liubliana. Teníamos intención de dejar las mochilas en la estación, sin embargo, cuando llegamos apenas quedaban unos 5 minutos para que pasara el tren, por lo que decidimos probar suerte en destino. Casi ni nos daba tiempo a comprar algo para desayunar, pero había un kiosco en la estación, así que a la carrera antes de subir al tren nos hicimos con un croasán y un kolac zagorska zlevanka, que vendría a ser algo parecido a un bizcocho de yogur (o bollo de la abuela que lo llamamos nosotros) por 12 kunas.

Encontramos unos asientos libres y nos pusimos cómodos para el trayecto de dos horas y cuarto hasta Liubliana. Algunos consiguieron hasta echar alguna cabezada.

Liubliana es la capital de Eslovenia (ojo, no Eslovaquia, que a veces se confunde, quizá porque tienen el mismo origen etimológico: Republika Slovenija vs Slovenská Republika), también es la ciudad más poblada de este pequeño país de apenas 20.273 km² de superficie (Galicia tiene 29.574 km²). Ubicado entre Italia, Austria, Hungría, y Croacia, cuenta con una pequeña parte de costa que da al mar Adriático por el golfo de Trieste, a través del puerto de Koper/Capodistria, en la península de Istria. Lo que sí abundan son los bosques (algo que queda patente en el trayecto en tren), conviertiéndolo en el tercer país más boscoso de Europa, después de Finlandia y Suecia. La cercanía a los Alpes hace que quede protegida del viento.

Eslovenia se incorporó a la Unión Europea en el 2004 (y en el Euro en enero de 2007), por lo que no tendríamos ningún problema al pasar la frontera con el tren, tan solo tendríamos que enseñar el pasaporte a la policía fronteriza. Eso sí, dos veces. En primer lugar pasa la croata, que echa un ojo al pasaporte, te mira a la cara y sigue adelante. Y después la eslovena que, mucho más moderna, lleva un lector de pasaportes electrónico parecido a una PDA. Lo leen y si todo está correcto, te lo devuelven y continúan con el control.

Mientras avanzamos hacia Liubliana es momento para conocer algo de la historia del país.

En el siglo II a.C. habitaba en los Alpes Orientales el Reino de Noricum, un pueblo que mantenía relaciones cordiales con los romanos, a quienes les vendían hierro con el que luego fabricaban armas que estos usaban en sus guerras contra los celtas. En el año 16 a. C. se asociaron al Imperio Romano manteniendo cierta autonomía en cuanto a su organización social. Eso sí, esta unión favoreció la asimilación de la cultura romana.

En el siglo IV Noricum quedó dividido en Noricum Ripense y Noricum Mediterraneum. A la caída del Imperio Romano la primera de ellas fue invadida por tribus germánicas, mientras que la segunda mantuvo su estructura social y, tras la ocupación de los ostrogodos, declaró la propia independencia.

En el año 595 consta la existencia de un estado pagano conocido como Provincia Sclaborum, que más tarde se llamaría Carantania. En el 745 fue amenazado por los ávaros y para defenderse pidió ayuda a los bávaros, quienes antes tenían que pedir permiso a los francos (los protectores del cristianismo en Europa). Estos les dieron la autorización siempre que Carantania adoptara el cristianismo. Con el tiempo Carantania fue siendo algo más laxa en el ejercicio de la fe y los bávaros invadieron el país suprimiendo el gobierno pagano y volviendo a cristianizar a la población. Hacia el año 828 el Ducado de Carantania ocupaba el actual territorio de Austria y Eslovenia. Carantania se unió al Reino de los Francos, eso sí, mantuvo su propia ley y la posibilidad de proclamar su príncipe en lengua sobre la Piedra del Príncipe (algo así como los escoceses).

Durante el siglo XIV la mayoría de las regiones de Eslovenia pasaron a la propiedad de los Habsburgo cuyas tierras luego formarían el Imperio Austrohúngaro. Cuando durante las Guerras Napoleónicas se constituyeron las Provincias Ilirias, se estableció la capital en Liubliana. Pero tras la caída del Imperio Francés de nuevo volvió bajo el control de Austria-Hungría.

En 1848 surgió un movimiento conocido como “Primavera de las Naciones” por el que se reclamaba una Eslovenia unida dentro del Imperio. Cuando cayó la monarquía austro-húngara en 1918, como ya hemos visto, los eslovenos se unieron al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, más tarde Reino de Yugoslavia y tras la II Guerra Mundial República Federal Socialista de Yugoslavia.

Eslovenia se independizó el 25 de junio de 1991 tras un breve conflicto armado conocido como Guerra de los diez días. Desde entonces es una República parlamentaria con un sistema bicameral que cuenta con Asamblea Nacional y el Consejo Nacional.

Aunque es un país pequeño, se encuentra en una ubicación geográfica ventajosa comunicada con varios corredores de transporte europeos, algo que ha favorecido su integración social, económica y cultural en Europa. También cuenta con tres puertos importantes. El principal es del de Koper, construido en 1957, dedicado sobre todo al transporte de alimentos. los otros dos son los de Izola y Piran, centrados en el tráfico internacional de pasajeros sobre todo con Italia y Croacia. El de Izola además se usa para el desembarque de pescado mientras que el de Piran para transportar internacionalmente sal.

Su capital, ubicada en una llanura en el centro del país también está muy bien conectada. Por un lado gracias a su aeropuerto internacional a 26 kilómetros del centro; por otro por carretera, pues por autopista se puede llegar a Trieste y Venecia; Salzburgo y Múnich; Maribor, Graz, Viena y Praga; así como Zagreb, Budapest, Belgrado y la costa adriática. También es el centro de la red nacional de ferrocarriles sirviendo no solo de conexión con las principales ciudades del país, sino también internacionalmente. Existen cuatro líneas que unen la capital eslovena con el extranjero. Una de ellas conecta Alemania y Croacia gracias al eje Múnich-Salzburgo-Liubliana-Zagreb (la que tomamos nosotros), otra hace el recorrido Viena-Graz-Maribor-Liubliana, una tercera une Liubliana con las italianas Venecia y Génova y la cuarta conecta la capital eslovena con Budapest.

Hasta que llegó el ferrocarril era el río Ljubljanica la principal vía para el transporte de mercancías desde y hacia Liubliana. A lo largo de su cauce se han ido construyendo numerosos puentes con el paso del tiempo. Entre ellos destacan el de Šempeter (Šempetrski most), el de los Dragones (Zmajski most), el de los Zapateros (Čevljarski most), Šentjakob (Šentjakobski most), Prule (Prulski most), Trnovo (Trnovski most) y el Puente Triple (Tromostovje).

Pero no todo es bueno en esta ubicación geográfica, pues se asienta sobre una zona sísmica bastante activa debido a su posición al sur de la Placa Euroasiática. Así, el país está en la unión de tres zonas tectónicas importantes: los Alpes al norte, los Alpes Dináricos al sur y la Llanura Panónica al este. Varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, como el de 1511 o el de 1895.

Se cree que Liubliana deriva de Luba, que significa “amada”. Aunque los historiadores discrepan sobre el origen del nombre de la ciudad. Algunos piensan que proviene de una antigua ciudad eslava llamada Laburus.​ Otros aseguran que deriva de la palabra latina Aluviana e incluso de Laubach que significa “marisma”. De todas formas, la que más se transmite es la primera versión, y es que el romanticismo está muy arraigado en la literatura y la cultura del país. Así, los eslovenos gustan de llamar a Liubliana la ciudad del amor y de los dragones.

Según la leyenda griega, Jasón y los argonautas, tras encontrar el vellocino de oro emprendieron el regreso al Egeo por el Danubio. En determinado momento se desviaron al Sava, uno de sus afluentes, para acabar en la fuente del río Ljubljanica. Allí desembarcaron para trasladar el barco hasta el Adriático y así volver a casa. Sin embargo, entre Vrhnika y Liubliana en un gran lago rodeado de una marisma se encontraron con un dragón al que Jasón, como héroe mitológico que es, salvó. Desde entonces el dragón forma parte de la simbología de la ciudad y aparece en el escudo y la bandera de Liubliana.

Los orígenes de la ciudad parecen remontarse al año 2000 a. C. cuando la zona era habitada por pobladores que vivían de la caza, la pesca y la agricultura primitiva. Debido a su posición estratégica por allí pasaron otras tribus y pueblos como los vénetos, la tribu iliria de los Yapodi y, ya en el siglo III a. C., la tribu celta de los Taurisci.

A mediados del siglo I a. C. llegaron los romanos, quienes construyeron campamento militar y más tarde el asentamiento permanente de Emona (Colonia Iulia Emona). La población, que llegó a alcanzar las 5.000 o 6.000 personas, estaba conformada sobre todo por comerciantes, artesanos y veteranos de guerra. La ciudad estaba amurallada y seguía los patrones romanos, con su estructura viaria y sus edificios civiles. Hoy en día aún son visibles algunos restos de esta villa romana como el foro, la puerta norte, un cementerio, varias casas, parte de la muralla y un templo.

La ciudad decayó cuando lo hizo el imperio y fue destruida en 452 por los hunos y más tarde por los ostrogodos y los lombardos. En el siglo VI se instalaron los antecesores de los eslovenos, quienes cinco siglos más tarde acabaron bajo el dominio de los francos, al tiempo que sufrieron numerosos asaltos magiares.

Ya en el siglo XIII, en 1220, Liubliana adquierió el estatuto de ciudad y el derecho a acuñar su propia moneda. Poco después, en 1270, Otakar II de Bohemia conquistó Carniola, incluida Liubliana. Aunque tan solo ocho años pasó a la casa de Habsburgo y fue rebautizada como Laibach.

El siglo XVI fue una época de gran desarrollo humanista y literario. En 1550 se publicaron los dos primeros libros en lengua eslovena (un catecismo y un abecedario) y más tarde una traducción de la Biblia. A finales de siglo se instalaron los jesuitas y se crearon las primeras escuelas secundarias.

Un siglo más tarde llegaron arquitectos y escultores de otras partes de Europa, por lo que la ciudad pasó por un importante lavado de cara con toque barroco.

Tras cambiar de nacionalidad en varias ocasiones entre el siglo XIX y principios del XX, durante la II Guerra Mundial Liubliana quedó bajo el dominio de la Italia fascista y la Alemania Nazi antes de finalmente convertirse en la capital de la República Socialista de Eslovenia dentro de la Yugoslavia comunista.

La ciudad es pequeña, parecía que todo quedaba bastante concentrado, por lo que esperábamos que nos diera tiempo a verla en una excursión de un día.

Empezamos.

Preparativos de nuestro viaje a los Balcanes

Volvimos de nuestro viaje por Estados Unidos y Canadá a mediados de mayo y aún no teníamos nada cerrado para verano. Sí que había algo en mente, pero no habíamos empezado a mover nada. Sin embargo, el tiempo se nos echaba encima. Seguíamos con la idea de recorrer los Balcanes y, aunque ya sabíamos por el año anterior que no iba a ser fácil debido a las conexiones, teníamos la esperanza de que las líneas ferroviarias se hubieran restituido y nos permitiera más opciones.

De nuevo eché mano de la idea que habíamos apartado de visitar Liubliana, Zagreb, Belgrado, Sarajevo, Podgorica, Tirana y Skopje; solo que esta vez con un planteamiento más realista dejándolo en la mitad: Liubliana, Zagreb y Sarajevo. Y ya dejaríamos el resto para otro año. Este nuevo objetivo era algo más sencillo de llevar a cabo, eso sí, entrando por Croacia, que era el país que mejores combinaciones aéreas parecía a tener. Aunque no precisamente baratas. Pero era agosto, contábamos con ello.

Valoramos las diferentes combinaciones entre los tres aeropuertos de Croacia (Zagreb, Dubrovnik y Split) y tras obviar Dubrovnik para no repetir (ya la habíamos visitado en 2008 en el crucero y preferíamos conocer nuevos destinos), al final lo que mejor nos salía era volar a Zagreb y volver desde Split con Iberia.

Llegó junio y tocó el momento de plantear un itinerario. La parte más compleja, cómo no, era llegar a Sarajevo, que nos suponía dedicarle media jornada para cada trayecto en bus.

Pero por lo demás, de Zagreb a Liubliana había un tren internacional que conectaba ambas ciudades en unas dos horas y de Zagreb a Split uno nacional. Llegamos incluso a valorar acercarnos a Zadar desde Split, pero finalmente preferimos añadir ese tiempo a Sarajevo para verlo con más calma.  Así pues, la ruta nos quedó así:

Día 1: Vuelo Madrid a Zagreb
Día 2: Zagreb – Liubliana – Zagreb Día 2: Zagreb (Parte I, Parte II, Parte III y Parte IV)
Día 3: Zagreb Día 2: Liubliana (Parte I, Parte II y Parte III)
Día 4: Zagreb – Split (Parte I y Parte II)
Día 5: Split a Sarajevo(Parte I y Parte II)
Día 6: Sarajevo (Parte I, Parte II y Parte III)
Día 7: Sarajevo – Split
Día 9: Vuelo Split a Madrid

Con el itinerario claro comenzamos a sacar los billetes de bus y alojamientos. Para el tren tendríamos que esperar, ya que el de Zagreb a Liubliana no se podía comprar por internet y el de Zagreb a Split solo lo ponen a la venta con dos meses de antelación, por lo que tuvimos que postergarlo a julio.

También en julio concretamos lo que queríamos ver en cada ciudad y cerramos las rutas.

Por último, solo nos quedaba sacarnos el seguro del viaje, pues aunque Eslovenia y Croacia están en la Unión Europea desde 2004 y 2013 respectivamente, Bosnia no, por lo que la tarjeta sanitaria europea no tiene validez.

En cuanto a la moneda, Eslovenia sí que adoptó el Euro en 2007. Croacia sin embargo mantiene aún la kuna (HRK). Además, Bosnia tiene el Marco Bosnio Convertible (BAM), así que necesitábamos llevar 3 divisas diferentes. No obstante, gracias a la Revolut y a la Bnext, solucionado. Sacaríamos algo de efectivo para compras pequeñas, y el resto pagando con ellas.

En Eslovenia y Croacia podríamos mantener nuestras tarifas de móviles. Bosnia sin embargo no se encuentra dentro del acuerdo del Roaming, por lo que tendríamos que buscar alternativa si queríamos contar con internet. En el país hay tres operadoras: BH Telecom, m:tel y HT Eronet, aunque la primera de ellas es la que tiene mayor cobertura. Comercializan la tarjeta Ultra prepago por unos 5 BAM (unos 2.55€) con una versión de 300 Mb sin voz, solo datos y SMS con una validez de 7 días. Nosotros íbamos a estar dos días en la ciudad, así que – aunque el precio no era excesivo – no parecía imprescindible. Podríamos esperarnos a llegar al alojamiento si queríamos navegar y por el día tirar de mapas sin conexión.

Y con todo listo, solo nos quedaba esperar a finales de agosto para poder disfrutar de tierras balcánicas.