Berlín III. Día 2: East Side Gallery

Nos levantamos a las 8 de la mañana para aprovechar bien el día. Había amanecido lluvioso y frío, nada raro un 7 de diciembre, así que nos abrigamos bien y nos pusimos en marcha. Como habíamos llegado tan tarde no teníamos nada que desayunar, así que lo haríamos en marcha. De camino al S-Bahn el olor nos llevó a una Bäckerei (panadería) donde compramos unos bollos recién hechos. En la pequeña estación de Schönhauser Alle, justo antes de bajar al andén, completamos el desayuno con unas bebidas calientes.

Nuestra primera parada del día era la East Side Gallery, por lo que nos bajamos en Westkreuz, pero antes de recorrer el resto del muro, nos acercamos a una terraza sobre el Spree para fotografiar el Oberbaumbrücke, el puente más atractivo de la ciudad. 

Su aspecto recuerda a las puertas amuralladas de estilo gótico báltico, de hecho, el arquitecto Otto Stahn se basó el la Mitteltorturm de ciudad de Prenzlau. Pero este diseño data de finales del XIX, el puente original, construido en 1724, no era más que una barrera de tronco de árbol que servía como puesto de aduanas. De ahí el nombre Oberbaum (árbol río arriba). Río abajo había otro control, el Unterbaum.

Tras la caída del muro fue renovado recuperando su diseño, aunque Santiago Calatrava le añadió una sección central de acero.

Desde sus orígenes ha servido de límite fronterizo. Lo era como control aduanero, después en 1920 como delimitación entre los distritos de Friedrichshain y Kreuzberg y con la construcción del muro como frontera entre Berlín Este y Berlín Oeste. Perdió esta característica en 2001, cuando se creó el distrito de Friedrichshain-Kreuzberg. Hoy en día tiene un carácter más festivo y suele acoger actividades culturales  y artísticas.

Dando la espalda al puente tomamos la Mühlenstraße, donde se conserva la mayor parte del muro de Berlín que queda en pie. Recordemos que fue erigido el 13 de agosto de 1961 y cayó el 9 de noviembre de 1989. El muro se levantó en una noche y, con una longitud de 45 kilómetros, dividía en dos la ciudad de Berlín. Además, unos 115 kilómetros adicionales rodeaban el oeste aislando así la República Federal de la Democrática. Desde la RDA se le dio el nombre de Barrera de protección antifascista ya que la intención era protegerse contra “la inmigración, la infiltración, el espionaje, el sabotaje, el contrabando, las ventas y la agresión de los occidentales”.

Se sellaron los accesos y se cancelaron los medios de transporte que comunicaban ambos lados (el S-Bahn y el U-Bahn sí que circulaban del Oeste al Este, pero no paraban). En el oeste había dos puntos de control (Helmstedt y Dreilinden) y en el este uno (en la Friedrichstraße), cada uno de ellos renombrado siguiendo el alfabeto radiofónico: Alfa, Bravo, Charlie. Hoy queda en pie el tercero (una copia), que visitaríamos otro día.

Además, las casas cercanas al muro se vaciaron para poder crear un perímetro limpio.

El muro se renovó en 1975, erigiendo uno nuevo de hormigón armado con una altura de 3,6 metros de altura y más de 120 kilómetros de longitud. Además, la frontera se reforzó con una valla de tela metálica con tendido de alambre de espino, una alarma que detectaba el contacto con el suelo, pistas de control para recoger las huellas de los fugitivos, fosos, barreras antivehículos y antitanques, más de 300 torres de vigilancia equipadas con proyectores de búsqueda y treinta búnkeres.

Y si el muro se levantó de la noche a la mañana (aunque se llevaba tiempo gestando), podríamos decir que cayó de la misma manera. Un poco antes de las 7 de la tarde del 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski anunció en una conferencia de prensa sobre la Ley de Viajes que se habían retirado todas las restricciones y que la gente podría moverse libremente simplemente con su identificación. Cuando fue preguntado por la entrada en vigor de la medida respondió “desde ya” y la lió, porque quienes estaban siguiendo la retransmisión en directo se lo tomaron al pie de la letra y se echaron a la calle. Es lo que tiene el alemán, que es muy preciso, y si usas ab sofort y no otros términos similares estás expresando una connotación de inmediatez innegable.

Los guardias fronterizos, que aún no habían recibido notificación alguna, se vieron sobrepasados ante la llegada de tantas personas y no se atrevieron a disparar. Al final acabaron abriendo los puntos de acceso tanto a un lado del muro como al otro.

En las horas siguientes hubo quienes (sobre todo desde el lado occidental) se presentaron con hachas, picos y otro tipo de herramientas dispuestos a derrumbar el muro y al artista alemán Bodo Sperling se le ocurrió la idea de salvar al menos un trozo para crear una galería de arte urbano al aire libre. Fue así como nació la East Side Gallery, un tramo de 1,3 kilómetros que sería pintado en desde febrero a septiembre de 1990 por 118 artistas internacionales.

He recorrido tres veces este tramo (una de ellas en coche) y las pinturas han cambiado. Y esto es porque hay muchas que han sido grafiteadas encima y en 2009 se llevó a cabo una renovación. Y aún así, hay algunas que se ven como recién hechas, mientras que otras no han sido respetadas y de nuevo tienen pintadas encima.

Viendo las fotos de 2007 y las de 2018 hay muchas que han sido sustituidas, sin embargo, otras más conocidas se mantienen. Sin duda es el caso de el Bruderkuss entre Brezhnev y Honecker, una de las obras más fotografiadas.

También se mantiene la del Trabant atravesando el muro.

En general la mayoría de las pinturas están relacionadas bien con la época de la Alemania dividida o bien con las guerras, la paz o los muros que se construyen en todo el mundo (erigidos por países no comunistas – hola, España-  y con más muertes anuales que en todo el tiempo que estuvo en pie el de Berlín).

Cuando llegamos al otro extremos del muro nos dirigimos a Ostbahnhof donde tomamos el S-Bahn hasta la estación Alexanderplatz, una de las más importantes y también de las más usadas de Berlín.

Berlín II. Datos sobre Alemania

Después de un sueño reparador, comenzábamos nuestra visita a la capital germana, una ciudad más que relevante en la historia del país. Hagamos un poco de repaso:

Los primeros pueblos que se asentaron en la región que hoy ocupa Alemania fueron tribus germánicas procedentes del sur de Escandinavia, celtas de la Galia y eslavas del Este de Europa. Más tarde, en el siglo III, tuvieron lugar lo que nosotros conocemos como “Invasiones Bárbaras” pero que los alemanes estudian en el colegio como el “La migración de los pueblos germánicos”. Las tribus germánicas del Oeste (alamanes, catos, francos, frisones, sajones y turingios) fueron aplastando a las tribus celtas a su paso y siguieron su camino hacia el oeste.

Alrededor del año 800 Carlomagno fundó un gran imperio (ocupaba los territorios que hoy conforman Francia y Alemania) que se se convirtió en la mayor potencia política de Europa en la Alta Edad Media. Sin embargo, este Imperio Carolingio no duró mucho, ya que a la muerte del emperador quedó disuelto en tres reinos:

  • Westfrankenreich o Francia Occidental (lo que hoy sería Francia) gobernada por Carlos el Calvo;
  • Ostfrankenreich o Francia Oriental (origen de la Alemania actual) dirigida por Luis el Germánico;
  • y Mittlere Frankenreich también conocida como Ostfrankenreich Media (que incluía los territorios del actual Benelux y algunas zonas de Francia y norte de Italia) bajo el reinado de Lotario.

Un siglo más tarde el Papa coronó emperador a Otto el Grande de la dinastía sajona. Nació entonces el Sacro Imperio Romano Germánico, que existiría con diferentes formas y fronteras entre 962 y 1806. En primer lugar abarcaba los ducados de Lorena, Sajonia, Franconia, Suabia, Turingia y Baviera, pero entre 1024 y 1125 con la dinastía salia, se extendería hasta el norte de Italia y Borgoña. Más tarde, entre 1138 y 1254 con los Hohenstaufen se expandiría hacia el sur y este, intentando germanizar a los eslavos. Con esta dinastía además prosperaron varias ciudades norteñas del territorio gracias a la Liga Hanseática.

Cuando murió Federico II, el último emperador Hohenstaufen, comenzó período de 19 años de caos, conocido como el Gran Interregno, cuando ninguno de los sucesores fue capaz de conseguir los apoyos necesarios para ascender al trono. Finalmente, en 1273 lo hizo Rodolfo I, de los Habsburgo, una dinastía que mantendría el poder hasta principios del siglo XIX con la llegada de Napoleón.

No obstante, el imperio pasaría por momentos en los que su unidad se vería amenazada, como en el siglo XVI con la llegada de Martín Lutero, quien escribió en 1517 las 95 tesis en las que cuestionaba la Iglesia Católica. Con esta crítica a la doctrina católica, el monje cambió el pensamiento teológico originando la Reforma Protestante y dando lugar a la Iglesia Luterana, que comenzó a ser reconocida como nueva religión oficial en muchos estados del norte a partir de 1530. Carlos V (Carlos I de España, el nieto de los Reyes Católicos) pasó gran parte de su reinado luchando contra la creciente amenaza del protestantismo y esforzándose por mantener el Sacro Imperio Romano intacto, pero finalmente en 1555, con la Paz de Augsburgo, sería reconocida como igual a la católica y no solo el imperio quedaría dividido en dos ramas religiosas, también lo haría toda Europa, como ya vimos con el Reino Unido.

Este cisma religioso desembocó en 1618 en la Guerra de los Treinta Años, que mermó la población de los estados alemanes en un 30% y acabó con el imperio reduciéndolo a un conglomerado de estados y territorios sin apenas poder a la firma del la Paz de Westfalia. Con ella Suiza y los Países Bajos se independizaron, Francia se hizo con Alsacia y Lorena, y Suecia se extendió hasta la desembocadura de los ríos Elba, Óder y Weser. Paralelamente, a medida que el Sacro Imperio Romano Germánico se iba disolviendo, Brandeburgo-Prusia, de la dinastía Hohenzollern, comenzó a despuntar. Se convirtió en un estado potente que abrazó las ideas de la Ilustración, garantizó la libertad religiosa e introdujo reformas legales. Esto atrajo a grandes pensadores de Europa e hizo que Berlín floreciera como capital cultural. El Sacro Imperio Romano Germánico se disolvió en 1806 cuando el emperador Francisco II abdicó después de perder en la Batalla de Austerlitz. Napoleón se hizo con el control de Europa y reorganizó el territorio en 30 estados soberanos agrupados como la Confederación del Rin, que duró hasta la Batalla de Leipzig de 1813, cuando las tropas prusianas, rusas, austriacas y suecas vencieron al francés.

En el Congreso de Viena de 1815 Alemania se reorganizó como Confederación Germánica, una agrupación de 39 estados encabezada por Austria y Prusia (aunque tras la revolución en 1848 Austria estuvo un par de años fuera). En 1861 llegó al trono Guillermo I de Prusia y nombró canciller a Otto von Bismarck, quien modernizó el ejército y movió las tropas para anexionarse estados. Además, en 1867 formó la Confederación Alemana del Norte excluyendo a Austria. Tras vencer en la Guerra Franco-Prusiana el orgullo nacional aumentó y en enero de 1871 se proclamó el Imperio Alemán con el Reino de Prusia como su principal constituyente y Berlín como capital. Eso sí, Austria ya quedaba totalmente fuera. Guillermo I fue coronado Emperador y Otto von Bismarck nombrado canciller.

En esta nueva etapa ya como nación conocida como Años Fundacionales, Alemania orientó su política exterior en colonizar territorios en África y posicionarse como gran potencia a la vez que intentaba aislar a Francia. Internamente se centró en la industrialización. A principios del siglo XX el país ya rivalizaba con Gran Bretaña y los Estados Unidos. Sin embargo, las fricciones imperialistas hicieron que Alemania se quedara cada vez más sola cuando se creó la Triple Entente (Reino Unido, Francia y Rusia).

Con el atentado del heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro en Sarajevo ya vimos que Austria quiso aprovechar la oportunidad para acabar con Serbia, a lo cual Alemania se unió. Así, las grandes potencias quedaron divididas en dos bandos: por un lado la Triple Entente, y por otro la Alianza Central (Alemania y Austria-Hungría). La I Guerra Mundial acabó el 9 de noviembre de 1918 con la abdicación del Emperador Guillermo II, terminando también con la monarquía en el país y dando lugar a la República de Weimar con una nueva Constitución Federal que incluía el sufragio femenino y derechos sociales básicos.

Con el Tratado de Versalles un año más tarde Alemania perdió sus colonias, su fuerza militar y gran parte de su poder industrial. La derrota de la guerra supuso además un gran bazazo económico al tener que indemnizar al resto de países. Esta adversidad económica como consecuencia del tratado de paz duró unos años y cuando Alemania empezaba a recuperarse, llegó el crack del 29. Así pues, durante los años de la República de Weimar (1919-1933) hubo un descontento bastante generalizado entre la población. Todo esto unido a la sensación de que la guerra se podía haber ganado, sirvió a partidos como el NSDAP para ir ganando cada vez más fuerza.

Hitler llegó a jefe de Estado y poco después, el 27 de febrero de 1933, el Reichstag fue incendiado. Una operación provocada por los propios nazis (capitaneados por Hermann Göring) para culpar a los comunistas (cómo no).

El suceso sirvió como excusa para derogar algunos derechos democráticos fundamentales y crear la Ley Habilitante que le daba al gobierno el pleno poder legislativo. Alemania se convirtió entonces en un estado totalitario con un único partido. Todos los partidos, organizaciones y sindicatos no nazis dejaron de existir. Todo aquel que opinaba diferente fue perseguido, detenido y aniquilado. El proclamado Führer quería volver a la idea de gran imperio (de hecho llamó a su dictadura el Tercer ImperioDrittes Reich), por eso comenzó a anexionarse tierras vecinas de Austria y Checoslovaquia, después lo intentó con Polonia, lo que provocó que el Reino Unido y Francia le declararan la guerra. Supuso el estallido de la II Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939.

En un inicio Alemania consiguió el control de varios territorios, sin embargo la cosa cambió cuando en el verano de 1941 intentó invadir la Unión Soviética. A pesar de los apoyos de sus aliados, el ejército nazi era insuficiente para un territorio tan amplio. Al final, Alemania tuvo que capitular el 8 de mayo de 1945 tras la entrada de las tropas soviéticas en el país. Internamente, el régimen nazi se acabó con la vida de alrededor de cincuenta millones de personas, entre ellos seis millones de judíos y tres millones de polacos. De los siete millones de personas que fueron deportadas a campos de concentración, solo sobrevivieron 500.000.

Tras la guerra, en la Conferencia de Potsdam se volvió a redefinir el mapa de Europa. Fue el mismo escenario de ocupación militar compartida con la capital dividida que ya se había producido en Austria, solo que en el país vecino los soviéticos accedieron a retirarse a cambio de la neutralidad. Stalin había pedido unos meses antes en la Conferencia de Yalta una Alemania unificada y desmilitarizada, pero no se aceptó el trato y Alemania quedó dividida en cuatro partes: Francia al suroeste, Gran Bretaña al noroeste, Estados Unidos al sur y la Unión Soviética al este. Berlín, la antigua capital nazi, quedó también dividida entre los aliados. Nacieron así la Deutsche Demokratische Republik (República Democrática Alemana, RDA) al este (con capital en Berlín) y la Bundesrepublik Deutschland (República Federal de Alemania, RFA) al oeste (con capital en Bonn).

En mayo de 1949 las potencias occidentales unieron sus territorios y fundaron la RFA (con numerosos nazis en el gobierno, servicios de inteligencia, administraciones, etc.), incumpliendo así los acuerdos de Yalta y Potsdam. Poco después, como respuesta, nació la RDA. Pronto habría roces entre los aliados y la URSS, ya que estos últimos pedían cuantiosas indemnizaciones por las pérdidas sufridas durante la guerra (solo en recuento humano perdieron casi 30 millones de vidas). Mientras tanto, Alemania Occidental se estaba recuperando económicamente bajo la gestión del canciller Konrad Adenauer gracias al Plan Marshall que aportó unos 4.000 millones de dólares y a la condonación de intereses acumulados de las deudas o reducción de quitas superiores al 50%. Se convirtió en miembro de la OTAN y de lo que hoy es la Unión Europea.

Estas significativas diferencias económicas hicieron que miles de alemanes orientales emigraran a la RFA en busca de un mayor nivel de vida. Circunstancia que afectó gravemente a la RDA, puesto que perdió trabajadores en cuya formación había invertido previamente. Además, las tensiones crecieron cuando en junio de 1948 los aliados introdujeron el marco alemán en sus territorios rompiendo el acuerdo de la Conferencia de Potsdam que estipulaba que todas las zonas tendrían la misma moneda. Los soviéticos reaccionaron lanzando el Ostmark y bloqueando a Berlín Oeste por tierra, ya que lo tenían rodeado, no obstante los aliados occidentales consiguieron evitarlo descargando suministros en el aeropuerto de Tempelhof de Berlín Oeste.

Según se ha conocido por archivos oficiales y desclasificados, parece que en 1952 Stalin volvió a intentar la unificación de Alemania proponiendo tratados de paz, sin embargo, EEUU se negó (y de nuevo lo hizo en 1958). El motivo era sencillo, no quería perder el control geopolítico, económico y militar de la RFA, ya que ocupando este sector se aseguraban bases militares cerca de la URSS. La posición estratégica le favorecía ante un posible avance a otros territorios comunistas soviéticos como Polonia, Checoslovaquia o Hungría. Se ha conocido que la CIA participó en el asedio a la RDA financiando grupos terroristas como el neonazi KgU (Die Kampfgruppe gegen Unmenschlichkeit), que mantuvo una red de espionaje y cometió actos de sabotaje atacando infraestructuras (líneas eléctricas y telefónicas) y fábricas. Además, este grupo llevó a cabo pruebas de armas químicas contra la población, como las bombas de arsénico en Leipzig en 1951.

El 17 de junio de 1953 se intentó dar un Golpe de Estado contra la RDA. No estaban en juego ni las elecciones libres, ni mejorar el nivel de vida de los residentes en el este, sino que fue una operación orquestada desde el oeste con el objetivo de provocar una rápida anexión de la RDA a a la RFA. Fueron mandados agentes de servicios de inteligencia occidentales para provocar revueltas, paros temporales y manifestaciones violentas y así generar una respuesta represiva del gobierno que acabara en su caída. No lo consiguieron, pero el acoso contra la RDA fue “in crescendo”.

A estos ataques de grupos fascistas, intentos de golpes de estado y el contrabando que minaba la economía del país se sumó el descubrimiento por parte de la Stasi de los planes DECO II y MC-96, por los que la RFA con apoyo de la OTAN pretendía invadir y “liberar” militarmente la RDA. Dado que las potencias occidentales se negaron a retirarse de Berlín Occidental tras el ultimátum de Krushchev, el líder soviético, se tomó la decisión de erigir una barrera antifascista. Siempre se cuenta que era para evitar la huida de ciudadanos, y seguramente era también una razón, ya que para mediados de 1961 unos 300.000 ciudadanos de la RDA emigraban anualmente a la RFA con la consiguiente fuga de cerebros, de técnicos y de mano de obra; no obstante, no parece que sea el motivo de más peso cuando antes de construirse el muro miles de alemanes de Berlín Este iban a trabajar por la mañana a Berlín Oeste y volvían a sus casas por la tarde. Además, el muro bordeaba la frontera de la RFA, no de la RDA. La decisión de erigir el muro se tomó en un contexto en el que se pensaba que cualquier movimiento podría ser un detonante que condujera a una guerra devastadora y al colapso del país. Es verdad que fue construido por la RDA, pero los americanos estaban de acuerdo. El propio Kennedy llegó a asegurar que “era mejor un muro, que una guerra“.

A los británicos tampoco les parecía mal la idea, tal y como escribió en 1999 Paul Oestreicher, corresponsal de la BBC en Berlín. Parece que un mes después de que el muro fuera construido el jefe militar del sector británico de la RFA le aseguró off the record que la decisión había sido recibida “con alivio” (pues así se cortaría de alguna manera el flujo de inmigrantes) y que además les proporcionaba “una nueva arma de propaganda”.

En los años siguientes la tensión siguió escalando. Sigo sin entender que se le llamara Guerra Fría, cuando aquello estaba al rojo vivo. En octubre de 1961 podría haberse desatado la III Guerra Mundial después de que EEUU enviara a espías y diplomáticos al paso fronterizo de la RDA sin su correspondiente documentación. En una de las ocasiones en las que los soviéticos impidieron el paso a los americanos, estos últimos respondieron enviando sus tanques al Checkpoint Charlie. Los soviéticos tomaron entonces posición frente a ellos y la confrontación duró tres días, hasta que estos recibieron la orden de retirada y dejaron pasar a los americanos.

En 1968 ante la falta de perspectiva de unificación, se firmó una nueva constitución en la que quedaba recogida oficialmente la división de Alemania en dos naciones.

Tras unas décadas en las que progresivamente se fueron suavizando las relaciones entre ambos lados y se firmaron acuerdos que regulaban el paso de un lado al otro, el muro acabó “cayendo” el 9 de noviembre de 1989 después de que el funcionario Günter Schabowski comunicara en rueda de prensa su apertura. No fue un acto espontáneo del pueblo de la RDA como a veces se comenta, sino que la gente se enteró por los comunicados de la radio y la televisión de Berlín Oeste y se echó después a la calle.

En general la gente se dejó llevar por la propaganda occidental y la promesa de una vida mejor, sin embargo, también hubo quien se echó a la calle el día 10 para cantar la Internacional y pedir que siguiera en pie el muro.

Casi un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, Alemania se reunificó en un único estado formado por 16 estados. La RDA quedó disuelta y en diciembre se celebraron unas elecciones de las que saldría Canciller Helmut Kohl de la CDU. Berlín se convirtió en ciudad-estado (y recuperó la capitalidad en 1991) y la antigua RDA adoptó el marco de la RFA. Se trasladó la capital de Alemania de Bonn a Berlín e ingresó en la Unión Europea.

Sin embargo, la reunificación no fue sencilla para los habitantes del este, ya que sufrieron grandes pérdidas. Con la integración de la RDA en la RFA el patrimonio público de la Alemania Oriental fue repartido y las empresas estatales vendidas a precio de saldo. En otros casos fueron llevadas a la quiebra para hacerlas desaparecer y que no compitieran con el mercado occidental. Con el muro cayeron también los avances sociales como la atención sanitaria y educación gratuitas, el derecho a una vivienda, igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, un empleo seguro, pensiones de jubilación o enfermedad, 6 semanas de baja por maternidad del parto y 8 de permiso después (cobrando el 100% del sueldo), prescripción gratuita de anticonceptivos, aborto libre y gratuito, etc. Sin la socialización de los medios de producción se acabó la inversión en derechos de los ciudadanos.

En los años siguientes a la reunificación se dispararon en el este de Alemania un 45600% las operaciones de esterilización de mujeres. Y es que sin la gratuidad de los anticonceptivos, sin aborto libre y con trabajo precario, no querían arriesgarse a un embarazo. También aumentaron los suicidios, aunque eran silenciados, al contrario de lo que ocurría cuando existía la RDA, que se usaban como propaganda de lo desgraciados que eran en el este.

Además RFA anuló las expropiaciones que se habían realizado en 1945 a los colaboracionistas de los nazis, por lo que muchos ciudadanos perdieron sus viviendas, sus trabajos y su calidad de vida. La propaganda occidental les vendía alto nivel adquisitivo y sociedad de consumo y sin embargo lo que obtuvieron en su lugar fue desempleo y miseria. Reinaba la inflación, el paro y la brecha salarial con respecto a la parte occidental. Se veía claramente un país dividido entre vencedores y vencidos.

Hoy, aunque internamente siguen vigentes las diferencias, Alemania de cara al exterior es uno de los países con mayor influencia en el continente europeo. Al tener la mayor población entre los estados miembros de la Unión Europea (con más de 80 millones de habitantes) tiene gran peso en las políticas de la unión y del mundo.

Culturalmente también ha influido en varios campos, de hecho, Alemania es conocida como Das Land der Dichter und Denker (la tierra de poetas y pensadores).​ Aunque en realidad habría que hablar de cultura alemana englobando a las zonas de habla alemana, pues, como hemos visto, el país ha cambiado bastante sus fronteras con el paso de los años. Así, dentro de la cultura alemana podemos hablar de figuras históricas en diferentes áreas (literatura, filosofía, matemáticas, ciencia, arte, arquitectura…) como Goethe, Schiller, los Hermanos Grimm, los Mann, Brecht, Hesse, Böll, Grass, Mozart, Bach, Händel, Beethoven, Brahms, Wagner, Durero, Mies van der Rohe, Fassbinder, Copérnico, Einstein, Fahrenheit, Röntgen, Leibniz, Kant, Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger, Habermas, Marx, Engels, Gutenberg, Ferdinand von Zeppelin, Gottlieb Daimler, Rudolf Diesel, Karl Benz, etc. Por supuesto, no podemos olvidarnos del ya mencionado Lutero, quien además de provocar una importante fractura en el mundo cristiano, creó una lengua alemana unificada gracias a la traducción de la Biblia.

El alemán, sí, ese idioma que tiene fama de duro y difícil. Lo de duro es porque hemos visto muchas pelis de nazis pero lo de difícil no lo voy a negar, pues cuenta una estructura sintáctica bastante marcada y varias normas sobre cómo colocar cada uno de los elementos. Además, es flexivo, por lo que hay que concordar en número y género (primeramente tienes que saber si la palabra es masculina, femenina o neutra) y luego están las declinaciones…

Lo bueno es que como es tan cuadriculado es muy fácil identificar qué es sujeto, qué complemento directo o qué un genitivo sajón. El que los sustantivos (tanto propios como comunes) vayan en mayúscula, también ayuda.

Un punto a su favor es que se lee prácticamente como se escribe, por lo que para un hispanoparlante resulta más sencillo que el francés, a pesar de que este sea también una lengua romance. Por muy larga que sea la palabra, se lee. El truco está en dividirla, y es que es un idioma tan preciso que si no tiene un término para explicar un concepto, lo crea usando vocablos que lo definan.

Así, Krankenhaus (casa de los enfermos) es un hospital, Krankenschwester (la hermana de los enfermos) es una enfermera y Krankenwagen (coche de los enfermos) es una ambulancia.

En cualquier caso, tanto en Berlín como en Alemania la gente tiene un muy buen nivel de inglés y saber alemán no es requisito imprescindible para visitarla.

Empezamos.

Berlín I. Día 1: Vuelo y llegada a Berlín

Por fin llegó el 6 diciembre y con él nuestro viaje a Berlín. Volábamos con Easyjet, compañía que solo permite UNA pieza de equipaje de mano de máximo de 56 x 45 x 25 cm (eso sí, sin límite de peso), por lo que llevábamos a rebosar los bolsillos de nuestros abrigos. Básicamente repartimos entre los compartimentos todo aquello que habríamos llevado en un bolso de mano, pero pareciendo el muñeco de Michelín.

El vuelo fue tranquilo y aprovechamos para hacer una merienda-cena, ya que llegábamos a las 21:45 a Tegel y seguramente estaría todo cerrado. El plan del día era llegar al alojamiento lo antes posible y descansar para el día siguiente estar con las pilas cargadas. Poco más.

En el mismo aeropuerto de Tegel, junto a la parada del autobús, compramos los tres pases semanales (7-Tage-Karte) para la zona ABC. Por un importe de 37,50€ tendríamos cubiertos los trayectos para toda nuestra estancia, incluida la ida y vuelta al aeropuerto, así como las excursiones a Sachsenhausen y Potsdam. Tiene la peculiaridad de que entre semana de 20h a 3 de la mañana y los sábados, domingos y festivos, se puede llevar sin coste adicional a un adulto y hasta tres niños (de 6 a 14 años – los menores de 6 van siempre gratis). El billete también incluye un perro o una mascota pequeña, equipaje de mano, sillita infantil o silla de ruedas. No así la bicicleta, que requiere un billete aparte.

Berlín cuenta con U-Bahn (metro), S-Bahn (tren), bus y tranvía. Tan solo este último no estaba incluido en los pases, pero con los otros tres íbamos sobrados para nuestros planes. Además, podíamos coger los trenes regionales.

El área metropolitana queda dividida en tres zonas tarifarias: A, B y C. Como decía, nosotros compramos el billete semanal que servía para las tres zonas, ya que, aunque Tegel está en zona B, Sachenhausen y Potsdam están en la C. En la web de la VBB se pueden consultar los diferentes billetes para echar cuentas y decidirse por el que salga más rentable en cada caso. También es útil para ver cuándo hay incidencias en la red o descargarse planos de los distintos medios de transportes. Además, cuenta con una App en la que incluso se pueden comprar los billetes evitando así llevarlos en papel.

Una vez que sacamos los pases en la máquina buscamos la máquina de validación para activarlos antes de subir al bus. De esta moda pudimos entrar directamente a la parte trasera y buscar un sitio donde acomodarnos. En el caso de los billetes como el nuestro con picarlo una vez, ya es suficiente, la fecha impresa será la que marque el inicio del período válido. En caso de encontrarnos con un revisor, se enseña y listo.

Tomamos el bus TXL hasta la parada Beusselstrasse, donde enlazamos con la S41 que nos llevaría a la parada Schönhauser Allee. Desde allí teníamos unos 10 minutos al apartamento. Para cuando quisimos llegar eran las 11 de la noche, pero como teníamos la llave esperándonos en una caja fuerte y nos habían enviado la clave, no hubo problema. El apartamento era como esperábamos, tal y como habíamos visto en las fotos. Un espacio que servía como dormitorio – salón – comedor con una cama doble, un armario, un sofá-cama, una mesa con tres sillas y una tele colgada en la pared.

Además, contaba con un baño bastante espacioso y una pequeña cocina que nos vendría perfecta para los desayunos y las cenas.

Para aquel primer día la cena fue algo ligera, pues como comentaba más arriba, ya habíamos comido algo en el avión. Acabamos con los bocadillos de tortilla francesa que nos habían quedado para que no se nos pusieran malos y tras una ducha rápida y acomodo de equipaje, nos fuimos a descansar, para poder madrugar y aprovechar bien el día siguiente.

Preparativos de una escapada a Berlín

A menos de una semana para irnos a los Balcanes, y aún con Marrakech por concretar, sacamos los billetes para Berlín, pues los precios estaban comenzando a subir. Prácticamente a la vez que decidimos que nos íbamos a Marrakech, hablamos de Berlín, solo que había quedado en el aire a falta de saber cuántos nos apuntábamos. Al final la cosa se quedó en tres, volvíamos a irnos con mi prima la de del Road Trip a la Costa Oeste de EEUU y de Marrakech.

Para jugar con fechas, horarios y precios compramos el vuelo de ida con Easyjet y el de vuelta con Iberia. En total, 102.06€ por persona. Estaríamos en la capital alemana desde el 6 de diciembre (llegaríamos a dormir) hasta el 12.

El alojamiento lo dejamos para finales de septiembre. Tras valorar si hotel o apartamento, finalmente concluimos que era mejor opción esto último, pues la diferencia de precio no era mucho y el apartamento nos daba más espacio y la libertad de poder cocinar (aunque fuera poco). No necesitábamos que fuera céntrico, pero sí bien comunicado y nos decidimos por uno próximo a las estaciones Schönhauser Allee, Bornholmer St y Gesundbrunnen, por lo que en apenas media hora estaríamos en la Alexanderplatz, por ejemplo. El precio total fue 514.80€ por los 6 días. Es decir, 171.60€ por persona.

Durante el mes de octubre estuvimos de lleno con los preparativos de Marrakech, así que poco pudimos mirar. Tan solo hacer listas de lo que queríamos ver para tener más o menos claro desde dónde partir a la hora de cuadrar una ruta ya en noviembre. Aunque lo teníamos complicado, puesto que tendríamos que conjugar interiores (museos y atracciones) con exteriores (visita a ciudad propiamente dicha además de los mercadillos de Navidad) y sin embargo no íbamos a tener muchas horas de luz, pues por esas fechas amanecería a las 8 de la mañana y anochecería poco antes de que dieran las 16.

Valoramos la idea de ir a Potsdam y al campo de concentración de Sachsenhausen y no sabíamos si nos daría tiempo a todo, pero por si acaso buscamos algo de información.

Al día siguiente de volver de Marrakech quedamos para concretar un poco las rutas y para ver qué reservas teníamos que hacer con tiempo. Pensamos reservar para desayunar en la Fernsehturm, pero era algo caro para un desayuno a las 10 de la mañana. Así que lo descartamos. Pero lo que sí hicimos fue solicitar acceso a la cúpula del Reichstag, diseñada por el prestigioso arquitecto Norman Foster. En nuestras anteriores visitas a Berlín nos habíamos quedado con las ganas, pues siempre había unas colas enormes para entrar. Desde 2012 hay que reservarlo previamente por internet (no se puede por teléfono), por lo que parecía más factible.

El trámite es muy sencillo. En primer lugar hay que entrar en la siguiente página y elegir la opción que prefiramos: una sesión plenaria, un tour guiado por el Parlamento + visita a la cúpula o simplemente la visita a la cúpula (gratuita).

En este caso, seleccionamos la tercera opción (Visit to the Dome) y en la siguiente pantalla el número de visitantes que vamos a ser.

A continuación escogemos fecha y horario en el que queremos acudir. Contamos con tres opciones que podemos ordenar según nuestras preferencias entre el amplio horario disponible (de 8 a 21:45 horas con una frecuencia de 15 minutos).

Finalmente, introducimos nuestros datos para que nos llegue un correo de confirmación de solicitud.

Ojo, porque después nos llegará un segundo en el que nos confirman la fecha y hora de las tres que hemos indicado. Y esto es lo que tendremos que imprimir y presentar para acceder.

En caso de no haber hecho la reserva previa, también se puede acudir a las taquillas un par de horas antes de la hora que se quiere ( o de los días siguientes) y ver si hay hueco en algún turno, pero es bastante improbable, pues siendo una ciudad como Berlín con visitantes en cualquier época del año y una atracción gratuita, al final siempre se llena el cupo.

Además de la reserva, ese día también echamos cuentas sobre el transporte y si nos merecía la pena comprar algún pase (de día, de fin de semana, semanal…) o los billetes sencillos. Al estar casi una semana, con los viajes al aeropuerto, las idas y venidas de cada día desde el apartamento, además de las excursiones Potsdam y/o Sachsenhausen nos lo dejaron claro: la opción más rentable era sacar el pase semanal de la zona ABC por 37,50€.

Dado que teníamos pensado visitar algún museo, nos planteamos también sacar la WelcomeCard, ya que costaba 9€ más que el pase semanal e incluía todo el transporte. Sin embargo, a pesar de contar con descuentos en numerosas atracciones, los museos de la Museuminseln requerían de un billete adicional; y además, habría un día que se nos quedaría descolgado, por lo que tendríamos que añadir algún billete sencillo de transporte. Así pues, descartado, porque no se adaptaba del todo. En su lugar pensábamos sacar el Museumpass, que es válido en más de 30 museos durante 72h y costaba 29€.

Y con menos de un mes para que llegara el día de embarcar nos quedaban por concretar las rutas, aunque esta vez quedaría todo bastante abierto a la improvisación. Podemos decir que llevábamos sugerencias de rutas, pues en realidad nuestros días quedarían condicionados por la climatología y las horas de luz. Teniendo claro dónde estaban los puntos de interés y cómo llegar en transporte ya íbamos encarrilados para poder elegir según saliera el sol.

Berlin, los geht’s!

Conclusiones de nuestro viaje a los Balcanes

Después del intento fallido en el 2017, finalmente en el 2018 pudimos visitar los Balcanes, o al menos una parte de ellos, ya que las infraestructuras no lo ponen fácil a la hora de moverse entre los diferentes países. Decidimos ser realistas y centrarnos en Zagreb, Liubliana, Split y Sarajevo.

Habíamos planeado un día para Zagreb, otro para Liubliana, dos para Sarajevo y dos tardes para Split y nos salió bien, pues no tengo la sensación de que fuéramos a la carrera en ninguna de las ciudades. Sin embargo, quizá habría tenido más sentido dejar Sarajevo para otro viaje y centrarnos más en Croacia. Esto nos habría ahorrado los dos días que empleamos en la capital bosnia y otros dos de ida y vuelta, es decir, la mitad de las vacaciones. Esos cuatro días se podrían haber destinado para ver algo más de Eslovenia y ciudades costeras croatas como Pula o Zadar, o incluso alguna isla. Pero entonces habría sido otro tipo de viaje, más de sol y playa, más puramente veraniego. No digo que la costa de 1777 km de Croacia y sus más de mil islas no sean interesantes, solo que no era lo que buscábamos. Además, seguiríamos dejando Sarajevo para otro momento con el mismo problema de su aislamiento. Desde luego no es que el trayecto en bus fuera una maravilla, pero es lo que había. Y al menos el paisaje era interesante.

Sabíamos que iba a ser un golpe de realidad por la carencia de las infraestructuras y por la geografía de los Balcanes. Sí, seguimos en Europa, pero está claro que esta Europa no tiene nada que ver con por ejemplo Benelux, que cuenta con unas estupendas conexiones, una magnífica frecuencia y unos modernos trenes.

De hecho, moverse por Bosnia y Herzegovina (e imagino que Serbia, Montenegro…) no tiene nada que ver con otros países balcánicos como Croacia o Eslovenia. El tren en Croacia sí que era cómodo. Es verdad que también nos llevó una mañana viajar de Zagreb a Split, pero es que hablamos de más de 400 kilómetros y de un país muy verde en el que las carreteras y las vías ferroviarias van esquivando 8 parques nacionales, 11 parques naturales y 447 espacios protegidos.

Mucho más rápido es recorrer los 150 kilómetros que separan las capitales croata y eslovena. En un par de horas nos plantamos en la ciudad de los dragones. Eso sí, más complicado lo tuvimos para volver por un tren averiado.

Por lo demás, en esta ocasión no hemos hecho uso del transporte público nada más que para los trayectos desde y hasta los aeropuertos. Y es que las cuatro ciudades que hemos visitado son muy asequibles a pie. Tan solo en Sarajevo se nos quedaban puntos de interés en las afueras, pero lo solucionamos contratando una excursión.

En Zagreb el interior de la ciudad cuenta con una red de tranvías herencia de la época austrohúngara, y más allá, en la parte más externa, predominan los autobuses. Pero como lo que nos interesaba era conocer la ciudad, la pateamos. Incluso con una lluvia intermitente que nos acompañó durante todo el día.

No resulta complicado orientarse en la ciudad, pues se halla dividida en dos zonas: por un lado la Ciudad Alta, donde nació Zagreb, y por otro lado la Ciudad Baja, hacia donde se desarrolló la urbe entre el siglo XIX y principios del XX. El mercado de Dolac y la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića sirven como límite fronterizo entre ambos núcleos.

La Ciudad Alta, situada en una colina, es el casco histórico, donde nació la ciudad tras la unificación de las dos poblaciones enfrentadas de Gradec y Kaptol. No obstante, aunque se han unido, cada una de ellas sigue guardando su carácter. Mientras que Gradec destaca como centro administrativo y político y acoge imponentes edificios del siglo XIX, museos y galerías; por su parte Kaptol es el centro religioso por excelencia con la catedral como máximo exponente.

La Ciudad Baja, por su parte, presume de edificios de aire imperial, museos y vida cultural. Aquí no hay calles peatonales empedradas y un aire medieval, sino que tiene un trazado más regular, con espaciosas avenidas y numerosos parques que sirven de pulmón a la capital.

Situada entre la Europa Central y la costa adriática, ubicada a los pies del monte Medvednica y bañada por el río Sava, Zagreb combina la Croacia continental y la mediterránea. Tiene ese aire austrohúngaro, de gran ciudad, con espacios verdes y llena de vida artística y cultural; pero a la vez un carácter de ciudad pequeña en la que el ritmo es relajado y en la que se disfruta de lo tradicional.

Y si Zagreb nos parecía una ciudad en la que todo quedaba bastante cerca, en Liubliana aún más. A pesar de ser una capital, tiene unas dimensiones reducidas, eso sí, esto no significa que tenga poco interés. Al contrario, es una ciudad con mucho por descubrir, desde grandes plazas en las que predominan monumentales edificios, numerosos puentes sobre el río Ljubljanica, hasta estrechas callejuelas medievales pasando por restos romanos y un castillo en una colina que permite otear la urbe desde arriba. Podíamos haber subido andando, pero tomamos el funicular.

A los pies de la fortificación se halla la ciudad antigua, compuesta por dos barrios. Por un lado el del Ayuntamiento estructurado en tres plazas: Municipal (Mestni trg), Vieja (Stari trg) y Superior (Gornji trg); y por otro del de los Caballeros de la Cruz, al otro lado del río en torno a la Plaza del Congreso y la de la República.

Aunque varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, ha conseguido conservar las huellas de su pasado desde la ocupación de sus primeros pobladores hasta el día de hoy. Tras el seísmo de 1511, la ciudad fue reconstruida en estilo renacentista y barroco y, más tarde, después del de 1895, se siguieron los cánones del Art Nouveau, el Art Decó y el estilo Secesión vienés. Así pues, en la actualidad Liubliana tiene una riqueza arquitectónica de valor incalculable. La verdad es que nos sorprendió su aire a ciudad de los Habsburgo, casi me atrevería a decir que tenía más de austrohúngara que Zagreb.

Entre 1930 y 1960, durante el período yugoslavo, llegarían los rascacielos basados en modelos americanos, plazas abiertas poco ornamentales y moles de cemento como la Plaza de la República.

Nada que ver este tipo de plazas con las que habíamos visto en el casco histórico o con la Plaza Prešeren.

Liubliana fue sin duda la sorpresa del viaje con su carácter mestizo. No esperábamos encontrarnos restos romanos, un castillo, calles con trazado medieval en las que destacan edificios barrocos y renacentistas, huellas del imperio de los Habsburgo, arquitectura socialista e incluso un antiguo cuartel convertido en barrio alternativo.

Descubrimos una ciudad viva, joven, en la que la gente hacía vida en las plazas, en la calle, en los espacios verdes, en las terrazas junto al río… Quizá haya que volver a Eslovenia y ver qué más esconde.

Y si en Zagreb y Liubliana no habíamos necesitado más que nuestros pies para recorrerlas (y un funicular), en Split era todo mucho más sencillo, pues aunque es la segunda ciudad más grande del país, su casco histórico queda delimitado por las antiguas murallas del Palacio de Diocleciano.

Es verdad que la urbe se ha ido extendiendo más allá de sus muros, pero la parte moderna no tiene gran interés.

La mejor manera de descubrir cómo este palacio se fue convirtiendo en una ciudad fortificada es perderse por sus laberínticas calles llenas de ambiente. Además, al estar prohibido el paso de vehículos, el paseo es más agradable. Eso sí, no evita que haya que esquivar a gente en estrechas callejuelas.

Poco queda del palacio en sí, salvo los muros, algunos elementos originales de las construcciones romanas y restos arquitectónicos de períodos posteriores, pero quizá ahí radica parte de su encanto, en ver cómo es hoy en día y cómo fue hace siglos. Por ejemplo, se perdieron los templos de Cibeles y Venus, mientras que el de Júpiter, el único que ha llegado a nuestros días, lo ha hecho transformado en baptisterio de la catedral.

Split esconde mucha historia, y nos llamó la atención porque no se parecía a ninguna ciudad que hubiéramos visto antes. Aunque también cabe señalar que en algunas plazas y callejuelas tenía la sensación de estar en Dubrovnik.


Es cierto que apenas pasamos un par de tardes en ella y solo nos quedamos en la superficie, pero desde luego captó nuestra atención.

Sarajevo tampoco se quedó atrás en cuanto a atención, aunque era quizá la ciudad en que más expectativas teníamos. Tan tristemente conocida por la guerra al ser el epicentro del conflicto, es una ciudad muy interesante no solo históricamente, sino también en el aspecto cultural y gastronómico.

Encontramos cinco ciudades diferentes. Por un lado el Sarajevo turco en el barrio de Baščaršija, por otro el Sarajevo austrohúngaro, en tercer lugar el Sarajevo soviético, en cuarto el Sarajevo de la guerra y, finalmente, el Sarajevo del siglo XXI. Así, en un mismo paseo podemos sentirnos en los bazares de Turquía, en las calles de Viena o Budapest o en las grandes avenidas de Varsovia o San Petersburgo.

Ubicada en un valle y rodeada por colinas, sirve de conexión entre las culturas de oriente y occidente. Y esto se refleja en sus calles, en sus gentes. Es precisamente esta situación geográfica lo que hace que la ciudad quede compactada. Esto fue un contra en la guerra, pues era un objetivo claro desde las montañas. Sin embargo, como visitante, favorece el recorrido.

La autopista transeuropea conecta Sarajevo con Budapest al norte y con Ploče al sur, sin embargo, la falta de aparcamientos lleva a una mayor convivencia de peatones, bicicletas y favorece el uso de tranvía, trolebús y autobuses en el centro de la ciudad. En Stari Grad se puede pasear tranquilamente sin vehículos. El laberíntico barrio turco consta de calles estrechas adoquinadas e invita a perderse entre sus callejuelas, plazas y patios. La arquitectura, la gente, los bazares y mercados, las tiendas de artesanía distribuidas por gremios, el aroma a café hecho en un cazo de latón, a especias o a platos de la gastronomía bosnia, el olor a té moruno y cachimba, las delicias como los baklavás… todo recuerda a Oriente.

A medida que avanzamos por la calle Ferhadija nos adentramos en el Sarajevo austrohúngaro, con una palpable presencia de edificios de estilo imperial. Y no solo las construcciones, sino el diseño de las calles, más amplias.

Para ver aires del Sarajevo soviético hay que alejarse un poco más aún del centro. Aún se ven las grandes avenidas, como aquella que se convirtió en el punto de mira de los francotiradores serbios y algún edificio al más puro estilo brutalista.

Cerca de estas construcciones se ve el Sarajevo moderno, el que ha ido llegando tras la reconstrucción de la ciudad después del conflicto bélico. Han ido apareciendo rascacielos de vidrio y acero que destacan en el perfil urbano.

¿Y qué queda del Sarajevo de la guerra? Pues aunque cerca de un 80% de la ciudad ya se ha reconstruido, aún quedan visibles las marcas de la metralla en los edificios, se pueden encontrar agujeros en el pavimento y quedan para el recuerdo parques reconvertidos en cementerios en cuyas rápidas se repiten las fechas de fallecimiento.

Y más allá de lo material, en la memoria de sus habitantes quedan heridas que no cicatrizarán nunca. Porque aunque la ciudad se está recuperando y se ha convertido en el centro económico y cultural del país, ya no es lo que era hace 40 años. La Sarajevo del presente ha perdido el equilibrio entre nacionalidades y culturas y encontramos una clara predominancia musulmana que la aleja de aquel apelativo de Jerusalén de Europa. Las heridas están abiertas, pues las soluciones de la guerra no fueron más que parches que no zanjaron nada y Sarajevo está más dividida que antes. De hecho, a un paso tenemos Sarajevo Oriental, perteneciente a la Republica de Srpska con sus banderas de Serbia y sus carteles en cirílico.

La excursión que elegimos fue muy interesante. No solo por poder desplazarnos hasta el Museo del Túnel o a las pistas de bobleigh, sino por la conversación con nuestro guía que vivió la guerra en primera persona siendo un niño. Oír sus recuerdos humanizó el recorrido, aportando un punto de vista más cercano y situándonos en el contexto de los lugares en los que íbamos parando. En cada rincón de Sarajevo hay una lección de historia y recorrer la ciudad de este modo es un duro baño de realidad, pero te involucra más en el viaje. La verdad es que aunque estuvimos toda una mañana de acá para allá, se me hizo bastante corta.

Con respecto a los alojamientos, parece que también elegimos bien. Es verdad que el primero de Split era bastante justo, pero cuando valoramos las opciones, era el que mejor salía sopesando la proximidad al centro, a la estación y precio. Además, solo íbamos a estar una tarde.

El primero en Zagreb sin embargo sí que era bien espacioso. Contábamos con un par de habitaciones y un salón y cocina bastante amplios. También estaba bien ubicado, pues se encontraba a unos 15 minutos de la estación y no muy lejos del centro.

Una pena que nos confundiéramos a la hora de seleccionar las fechas y lo reserváramos solo para dos noches en lugar de tres. Pero afortunadamente no tuvimos problema a la hora de encontrar un techo con apenas 24 horas de adelanto. Aunque como solo lo íbamos a usar para dormir y ducharnos, es verdad que las exigencias eran inferiores. El apartamento tenía una distribución peculiar con un baño separado y minúsculo y una cocina con lo básico. Pero al menos tenía una habitación de buen tamaño con una cama doble y una individual y un salón comedor también bastante cómodo para tres.

Pero para espacioso el de Sarajevo. Teníamos solo una habitación, sin embargo, el chaise-longe del salón nos sirvió como segunda cama. La cocina era bastante grande y estaba perfectamente equipada. Además, contábamos con un comedor junto a ella que daba salida a un patio. Estuvimos bastante cómodos y además a un corto paseo del barrio turco.

Para nuestra última parada en Split antes de volver a casa elegimos de nuevo un piso de una habitación. Y es que los sofás-cama son muy socorridos en estos casos. No era un apartamento muy nuevo, de hecho se notaba en el baño, pero sí que tenía alguna reforma, como la apertura de la cocina, que sin duda favorecía un mejor aprovechamiento del espacio y daba una menor sensación de claustrofobia.

La idea de decantarnos por apartamentos en lugar de por hoteles vino motivada en parte por ser tres, ya que un piso nos daría más espacio que una habitación de hotel. Pero sobre todo porque nos daría la ventaja de contar con zonas comunes y cocina. No es que cocináramos mucho luego durante el viaje, de hecho, solo lo hicimos un par de días (pasta fresca en Split y huevos en Sarajevo), pero tener a mano utensilios facilitaba bastante la cosa.

Además de ese par de ocasiones, también comimos un día fuera en Zagreb, para probar el famoso ćevapi, que en realidad nos decepcionó un poco porque no era tan exótico como creíamos.

Y por lo demás, básicamente funcionamos a base de compra en supermercados y en las pekaras (panaderías). En los tres países había una gastronomía similar y podíamos encontrar puestos, quioscos y panaderías donde comprar los deliciosos burek, dulces, pizzas, empanadas y otros productos realizados con hojaldre o masa filo. Lo mismo solucionábamos un picoteo de media mañana que una cena o un picnic en un parque.

Aunque para picoteos nunca viene mal aprovechar los mercados y la fruta fresca y de temporada.

También probamos cervezas locales. Por parte de Croacia dos: Ožusjko (lager) y Karlovačko (de un sabor más amargo).

También la eslovena Laško, una cerveza suave, aunque con un regusto tostado.

En general el viaje salió según lo programado y el único incidente fue la confusión con la reserva del alojamiento de Zagreb que nos obligó a buscar algo de última hora. Visitamos todo lo que teníamos en mente, hicimos una excursión para empaparnos bien de la historia e incluso dejamos tiempo para la distensión con un Escape Room. Es verdad que tuvimos que hacer ajustes por la lluvia y mover la excursión a Liubliana de un día para otro, pero nada importante.

Para concluir, este fue nuestro resumen de gastos por persona:

  • Vuelo: 401€
  • Alojamientos: 132.39€
  • Seguro: 8.70€
  • Transporte: 80.54€
  • Excursión Sarajevo: 20.57€
  • Escape Room: 36€
  • Comida y algún recuerdo: 83.26€

Lo que hace un total de 738.46€. Sin duda no es un viaje caro, y menos como nosotros nos lo planteamos en plan mochilero. Aunque es verdad que en nuestro caso se nos subió un poco el hecho de ser en agosto y de comprar los billetes de avión tan solo tres meses antes siendo Croacia un destino tan turístico.

Con esto cerramos nuestro viaje a los Balcanes y ponemos la vista en el siguiente: Marruecos.

Balcanes XXII. Día 8: Regreso a Madrid

Nuestro vuelo de vuelta a Madrid era a las 11:35 de la mañana por lo que calculábamos que teníamos que estar en el aeropuerto a las 9:30 de la mañana para llegar con tiempo de facturar la mochila grande. Así pues, algo había que madrugar. No obstante, ya habíamos dejado prácticamente todo recogido por la noche, por lo que fue desayunar, prepararnos y salir.

Teníamos dos opciones de autobús: por un lado la línea 37 y por otro una de la empresa Pleso Prijevoz. La primera opción es una línea regular y por tanto era más barata (17 Kunas), pero también tardaba más (50 minutos), ya que realizaba más paradas. La segunda tenía menos frecuencia (uno a la hora en lugar de dos) y además costaba casi el doble (30 Kunas), sin embargo, tardaba apenas media hora en el trayecto. Teníamos nuestras dudas sobre cuál nos convenía más, así que, después de valorar pros y contras, nos decidimos por la segunda opción, ya que nos cuadraba mejor el horario y la cabecera (en la estación de autobuses). Yo pensé que por la hora y el día que era no íbamos a tener mucho problema, pero menos mal que habíamos salido con tiempo del apartamento, pues el bus se acabó llenando. De hecho, una pareja fue de pie todo el trayecto.

Cuando llegamos al aeropuerto nos encontramos junto a la parada una carpa para hacer la facturación. Fue muy extraño, porque por fuera se veía una terminal bastante moderna y lo último que te esperarías es que tuvieran varios mostradores en el exterior.

Nos pusimos a la cola de uno de ellos (era indiferente con quién volaras y cuál fuera tu destino) y a esperar.

Tras facturar la mochila grande y obtener nuestras tarjetas de embarque nos dirigimos a la terminal propiamente dicha. Y ahí lo entendimos. El aeropuerto es realmente pequeño, por lo que en temporada alta no puede albergar a tantos viajeros y evitan colapsar montando las carpas temporales. Tampoco teníamos mucho que hacer, la verdad, era absurdo dar paseos por donde no hay espacio, así que pronto pasamos el control y buscamos nuestra puerta de embarque.

Y si la parte de mostradores era limitada, la zona de embarque no se quedaba atrás. Además hacía un calor infernal.

Está claro que el aeropuerto de Split se ha quedado muy pequeño. Al menos, como digo, en verano. No había asientos suficientes y te encontrabas a gente por los suelos, encima de radiadores, sentados en maletas… o de pie esperando. Por suerte, nuestro vuelo no salió con retraso y no tuvimos que esperar allí más de lo necesario.

Con nuestra llegada a Madrid se acabó oficialmente nuestro verano. Tan solo nos quedaba contar los días para el próximo viaje: Marrakech.

Balcanes XXI. Día 7: Vuelta a Split

El sábado amaneció muy temprano, pues teníamos el bus a Split a las 6 de la mañana y una media hora de camino hasta la estación. Ya el día anterior habíamos dejado las mochilas preparadas a falta del pijama y la bolsa de aseo, por lo que desayunamos, terminamos de recoger y salimos a la noche de Sarajevo. Llegamos con unos diez minutos de adelanto, por lo que nos sentamos en un banco a esperar poder cargar el equipaje y subir a ocupar nuestros asientos. La mochila grande de nuevo tuvimos que dejarla abajo, el resto de nuestros bultos pudimos subirlos.

Teníamos un rato largo hasta la frontera y aún no había amanecido, por lo que fuimos echando cabezadas durante el primer tramo del viaje. Al igual que en la ida fuimos haciendo varias paradas puntuales en las que iba subiendo y bajando gente. También pudimos estirar las piernas un par de veces: la primera de ellas en Travnik a las 8 de la mañana (de apenas unos diez minutos) y una segunda a las 11 en Livno. Ahí ya íbamos algo más despiertos disfrutando del paisaje tan frondoso, aunque también con ganas de llegar ya a Split.

Sin embargo, aún nos quedaba pasar la frontera, y no fue tan rápido como para la ida hacia Bosnia y Herzegovina. En este caso, parece que la entrada en un país de la UE lleva un mayor control y tuvimos que bajarnos del bus. Esta vez no nos tomaron las identificaciones y ya, sino que tuvimos que ir desfilando con el pasaporte por la garita de Kamensko. Primero hicimos cola para el control bosnio y después entrar a la sala donde hacían el croata. Es un poco tedioso, pero fue bastante fluido. Creo que había una chica con pasaporte británico, pero por lo demás, salvo nosotros tres, el resto eran bosnios o croatas. Lógicamente, al ser ciudadanos de la UE, no tuvimos ningún problema al presentar nuestra documentación. No nos hicieron ninguna pregunta o comentario. Bueno, a la policía que nos selló el pasaporte parece que le hizo gracia el pelo rizado de mi prima, pues se lo señaló sonriendo mientras hacía un gesto circular con el dedo. Nos sorprendió aquello, pero luego pensando, lo cierto es que no habíamos visto mucha gente con el pelo rizado en nuestro viaje. Quizá no es tan frecuente (y menos tan rizado como ella lo tiene) en los Balcanes. O a lo mejor simplemente es que le hizo gracia a la mujer. Quién sabe, porque fue todo comunicación no verbal.

Subimos los últimos en el bus y parece que íbamos tarde, pues nos preguntaron si íbamos a Split o a alguna parada intermedia para así parar o directamente tirar hasta destino. Sin embargo, después cumplimos con la ruta y llegamos cumpliendo el programa, a las 13:30. Ya que estábamos en la estación y que aún nos faltaba hora y media para poder entrar al apartamento, nos acercamos a información para preguntar por los horarios de los buses que iban al aeropuerto, ya que al día siguiente también teníamos que madrugar y cuanto más dejáramos atado, mejor.

De camino al apartamento pasamos por una panadería-pastelería y aprovechamos para comprar unos bocadillos y hojaldres para comer. Y aún así, aún nos sobró algo de tiempo antes de poder subir, por lo que estuvimos esperando tranquilamente en el portal a la sombra.

A la hora acordada bajó nuestra anfitriona a recogernos, quien nos pidió disculpas por no habernos dejado subir antes, pero estaba limpiando. En realidad no había nada que perdonar, puesto que estaba así indicado en la reserva. Nos enseñó el piso, que constaba de una habitación principal, un salón-cocina con un sofá cama y un baño.

Perfecto para nosotros tres.

Rellenamos el papeleo del alquiler turístico, nos explicó el funcionamiento del aire acondicionado, de la televisión, de la caldera, nos habló un poco de la ciudad y de cómo podíamos movernos, así como recomendaciones de cómo ir al aeropuerto y nos dejó solos. Cansados del viaje, lo único que queríamos era comer y dormir un rato, así que descargamos las mochilas, sacamos la compra y nos echamos la siesta.

Ya a media tarde, cuando el sol había bajado un poco y nosotros habíamos descansado, salimos a dar una vuelta por Split. Esta vez mucho más relajados y sin objetivo claro, puesto que los puntos turísticos ya los habíamos cubierto en la parada anterior. En esta ocasión nos perdimos por las callejuelas de la ciudad y nos sentamos un rato en el Peristilo a ver pasar a la gente.

También echamos un ojo a las tiendecitas y puestos en busca de algún recuerdo que llevarnos a casa. Así, volvimos a la zona próxima a la Puerta Aúrea, a la Riva y a los pasajes subterráneos.

Dimos un paseo por el puerto y cuando comenzó a atardecer nos sentamos en el muelle a disfrutar de la brisa marina y ver atardecer con un helado en la mano. Fue una tarde puramente de relax, disfrutando las últimas horas de vacaciones que nos quedaban antes de tomar un avión de vuelta a Madrid al día siguiente.

Cuando se hizo de noche, como aún era pronto para finalizar el día, volvimos a callejear por la ciudad para verla iluminada, y la verdad es que estaba incluso más animada que por el día, sobre todo el Peristilo. La gente se había engalanado para salir a cenar y tomar algo. No en vano era sábado y además, día 1, con lo que había mucho turista recién llegado dispuesto a disfrutar de la noche.

Sobre las 10 cogimos en un local de la Riva unos tallarines y nos los llevamos al apartamento para dar por concluido el día y nuestro viaje por los Balcanes.