Road Trip por Islandia XXVIII: Día 13. Excursión a Landmannalaugar

Para este día teníamos contratado una excursión, ya que adentrarse en Landmannalaugar requería de vehículo 4×4 y no nos compensaba subir de segmento para un par de días. La cuestión es que los tours organizados tampoco es que sean baratos precisamente (unos 170€ por persona), sin embargo, encontramos una opción algo más económica: contratar solo el trayecto. Así, sacamos los billetes para un autobús de línea (también 4×4), que nos costaron 88€ por persona (ida y vuelta).

Tuvimos que madrugar, puesto que nuestro bus salía a las 9 de la mañana y había que estar media hora antes en el sitio de recogida. Es verdad que la parada estaba a apenas 5-10 minutos del alojamiento, pero teníamos que desayunar y prepararnos. Cuando llegamos al aparcamiento ya había colas para las diferentes rutas. Nuestro bus aún no estaba, por lo que nos tocó esperar, mientras, pudimos apreciar las ruedas de estos vehículos, totalmente preparadas para adentrarse por las carreteras F.

El viaje nos llevó algo más de dos horas, aunque no se hizo para nada largo, ya que el paisaje va cambiando tan a menudo y es tan diferente que te mantiene pegada a la ventanilla en todo momento. El recorrido nos llevó por la carretera 26 (también conocida como Landvegur), desde donde se ve el volcán Hekla, y después tomamos la F225 (o el Landmannaleið), que nos adentraba a la zona interior, una de las de mayor actividad volcánica del país. Antes de llegar a nuestro destino pasamos por un entorno en donde predominaba el verde, cambiando después al negro total de la lava ligeramente cubierta de musgo, dejamos atrás el lago Sauðafellsvatn y tuvimos que vadear el río.

A las 11 de la mañana llegamos a Landmannalaugar, una pequeña región del Parque Natural de Fjallabak, declarado Reserva Natural desde 1979. Este parque abarca cerca de 45.000 hectáreas y se eleva unos 500 metros por encima del nivel del mar en sus puntos más bajos. Su carácter único viene de la diversidad de su paisaje, de las diferentes formaciones geológicas y del fenómeno geotermal, además de su colorido, su naturaleza salvaje y su calma. Cuenta con un clima tan extremo y es un área tan inaccesible, que es imposible vivir allí.

El autobús nos dejó en un aparcamiento desde el que tuvimos que andar para llegar al camping de Landmannalaugar. Por el camino ya vimos zonas de las que salía vapor, por lo intuímos que no quedaba muy lejos la piscina termal. No obstante, seguimos adelante, pues lo que más nos interesaba era comenzar cuanto antes con la ruta. Contábamos con unas 8 horas entre la llegada y la partida, así que nos dirigimos a la caseta de información para que nos indicaran qué opciones teníamos en base al tiempo, la climatología y nuestra forma física.

En esta caseta se puede comprar un mapa (o hacer una foto al que tienen expuesto) para poder orientarse por la zona. Las distintas rutas están bien indicadas por colores según duración y dificultad:

  • Laugharaun (4,3 km – 1,5-2h): La más sencilla de todas. Se trata de una ruta circular apta para todos los públicos que atraviesa el campo de lava y baja por la garganta Grænagil por Bláhnjúkur. Esta ruta engancha con otras, por lo que se puede combinar y hacer más larga.
  • Brennisteinsalda (6,5 km – 2-3h ): En principio también es una ruta sencilla, aunque tiene una ascensión un tanto difícil, la de Brennisteinsalda, que además puede resultar más complicada aún cuando el terreno está húmedo. El camino comienza desde el río girando hacia la derecha y ascendiendo por la garganta Grænagil.

  • Bláhnjúkur (5,7 km – 2,5-3,5h): Este sendero que a Bláhnjúkur ya tiene una dificultad media ya que tiene tramos con bastante desnivel. Es una ruta de montaña con buenas vistas.
  • Suðurnámur (8,5km – 3-4,5h): Comienza en Námshraun y continúa por el oeste a través de Suðurnámur antes de descender Uppgönguhryggur por Vondugil. La ruta regresa por Vondugiljaaurar y Laugahraun.
  • Además, hay otras más completas como Ljótipollur (13,3km – 4-6h), Skalli (15km – 6-8,5h) y Háalda (17km – 6,5-9h)

Uno de los trekkings más famosos es el de Þórsmörk, pero para realizarlo se necesitan, al menos, 5 días. Para senderistas ocasionales como nosotros, y con un tiempo limitado por los horarios del bus, es mejor elegir entre las más cortas, incluso combinándolas. Tras valorar las opciones que se planteaban ante nosotros, nos decidimos comenzar por la ruta roja que nos llevaría por Laugharaun, uno de los famosos campos de lava que cubren Islandia. Hay un camino bien delimitado por el que pasear que poco a poco comienza a ascender. Eso sí, no es una subida complicada, pero sí que, poco a poco, nos va alejando del camping.

No era la primera vez que veíamos un campo de este estilo, pero se respiraba diferente, quizá porque éramos conscientes de estar en medio de la nada.

Salimos con un cielo parcialmente cubierto y, por tramos, nos encontramos con lluvia intermitente. No obstante, no nos incomodaba, ya que íbamos bien preparados. Así pues, seguimos nuestro camino disfrutando de los contrastes entre la oscuridad de la lava y el verde intenso del musgo crecido durante años. De fondo, las montañas de colores y las fumarolas que nos recuerdan que estamos en una zona de alta actividad geotérmica.

A medida que seguimos ascenciendo somos capaces de tener una mayor perspectiva de la zona, alcanzando a ver llanuras entre las diferentes cordilleras y pequeños lagos formados por el deshielo de la nieve.

En determinado momento del recorrido llegamos a uno de estos llanos rodeados por montañas que parecen sacadas de un cuadro. A nuestra derecha quedaba la cordillera Suðurnámur.

Aquí dejamos la ruta roja y cambiamos a un tramo de la blanca para después enganchar con la verde. Además de que el camino está muy bien marcado, de vez en cuando nos encontramos con algún poste que recordaba las diferentes rutas.

Cuando creíamos que el trekking iba a ser un paseo con algún que otro desnivel, pero sencillo en general como este tramo blanco, nos dimos cuenta de que esta primera parte de la ruta a través de la lava nos había servido de calentamiento para lo que habíamos elegido después: la subida a la cumbre del Brennisteinsalda (ola de azufre). Desde la llanura vimos que había gente ascendiendo una ladera con las rodillas casi pegadas al pecho, pero no pensábamos que fuera por ahí por dónde tendríamos que continuar. Sin embargo, tras consultar con el mapa y ver las estacas verdes que marcaban el camino, constatamos que nos iba a tocar ponerle algo de brío al asunto.

Y no fue fácil, ya que a lo empinado del terreno se sumaba que estaba todo embarrado y que se desdibujaba el pequeño sendero que teníamos que seguir. Como llevábamos gente delante, optamos por seguir sus pasos intentando pisar sus huellas para un mejor agarre, aunque no siempre fue sencillo. Tuvimos que parar más de una vez (y de 4… y de 5…), pero como contrapartida podíamos observar el maravilloso paisaje que se abría ante nosotros. El panorama desde allí arriba es extraordinario. Destacan tonos rojizos, verdes, negros e incluso azulados, que se encuentran salpicados en las cimas de las montañas por los restos de la nieve y algún riachuelo.

Para no quedarnos fríos, tras unos minutos continuamos con el ascenso, hasta que llegamos a la cima y teníamos una total y despejada vista de 360º de los alrededores.

A lo lejos quedaba el camping y el camino que habíamos recorrido. A nuestros pies un inmenso campo de lava humeante y laderas cubiertas de roca riolita. Aprovechamos para descansar y picotear algo mientras disfrutábamos del paisaje y reponíamos fuerzas, pues aunque no habíamos recorrido muchos kilómetros, el ascenso sí que había sido exigente y nos pesaban las piernas.

Tras unos 15-20 minutos, retomamos la ruta verde que nos volvería a enlazar de nuevo con la ruta inicial dejando Suðurnámur a nuestras espaldas. Durante este descenso veríamos de cerca el lava y las fumarolas así como un buen número de personas que estaban haciendo el recorrido en sentido contrario.

Es cierto que la subida por esta ladera parece menos complicada que la que habíamos hecho nosotros, pero no sé yo si será mejor hacer la empinada cuesta de bajada con el consiguiente riesgo para las rodillas. En cualquier caso, aprovechando que había algo de tránsito y que ya eran más de las 2 de la tarde, hicimos un alto para comernos unos sándwiches y así que se despejara el camino.

El siguiente tramo de la ruta roja nos llevó por un terreno totalmente cubierto de tonos rojizos, como consecuencia de los efectos de los gases de las fumarolas. Y sí, como ya nos esperábamos, un persistente olor a azufre. Ni que decir tiene que esta parte la pasamos bastante rápidamente para no acabar con el olor metido bien adentro.

Tras pasarlo enlazamos de nuevo con la ruta blanca, que nos llevaría ya de vuelta al camping. Seguimos viendo fumarolas cada poco, pero el olor no es tan desagradable.

Seguimos bajando y dejando atrás la rojiza montaña, adentrándonos en el campo de lava. En algunos casos nos llegaba por la rodilla, pero en otros podía tener fácil una altura de algo más de un metro, por lo que mirásemos donde mirásemos, nos encontrábamos peculiares formaciones tras su solidificación. Y en algunos casos ya cubierta de vegetación.

Es un espacio tan peculiar y original que incluso nos encontramos con una sesión fotográfica.

En medio del campo de lava nos encontramos con una señal que nos indicaba una ruta amarilla que bordeaba la montaña Bláhnúkur, y como íbamos bien de tiempo y según el mapa era corta, nos desviamos.

Transcurre en llano prácticamente toda su longitud y deja ver las montañas próximas salpicadas aquí y allá de diferentes colores.

Llega un momento en que el sendero marcado se acaba y para continuar habría que ir campo a través atravesando el cauce del río, en aquel momento casi seco después de un verano especialmente caluroso.

Volvimos pues sobre nuestros pasos, retomando el camino que atraviesa el campo de lava y adentrándonos en la garganta Grænagil junto a la ladera de Bláhnjúkur.

Este tramo es de nuevo bastante cómodo de seguir. Es verdad que el sendero estaba un tanto embarrado y no era especialmente ancho, pero es prácticamente llano y sencillo. Sigue el curso del río y nos adentra por un tramo especialmente verde.

Y no solo porque haya vegetación, sino porque la propia montaña Bláhnjúkur destaca por un peculiar color verde oscuro. Le debe su color a la lava y cenizas volcánicas que cubren su superficie y no entiendo que su nombre signifique pico azul. Quizá es cosa de mi percepción, pero desde luego yo no lo percibía como azul sino como verde. ¿Azul verdoso quizá? ¿Verde azulado? En cualquier caso, parece que le han echado por encima algún tipo de tinte.

Cuando se acaba el costado de esta montaña llegamos de nuevo a un llano y alcanzamos a ver la zona de acampada y las casetas de baños e información.

Junto a la zona de acampada encontramos también alguna caseta y bus que servían como tiendas de snacks y comida de supervivencia (botes, latas y en sobre).

Y un poco lejos el aparcamiento de autocares de excursiones y buses de línea.

Para concluir la visita a Landmannalaugar nos acercamos a la piscina geotermal. Nos habíamos llevado bañador, chanclas y toalla, pero cuando vimos aquello nos dio pereza. No parecía que cubriera mucho y conllevaba demasiado esfuerzo entre cambiarse antes y después para el rato que podríamos disfrutar el baño, por lo que nos contentamos con pasear por la zona y ver a la gente que estaba a remojo.

En este río caliente confluyen dos corrientes: la de agua fría procedente del deshielo, y la caliente que mana bajo el lava.

Nos quedaba una hora aún para que llegara la hora de volver, por lo que nos sentamos tranquilamente a descansar y picotear algo mientras tanto. Para cuando quisimos llegar a nuestro alojamiento eran las 20:15, así que no nos daba el día para mucho más que ducharnos, cenar y dejar preparado el equipaje para el día siguiente que continuaríamos hacia el oeste.

Road Trip por Islandia XXIII: Día 10. Excursión al glaciar Falljökull

Y entramos en la recta final del viaje llegando a nuestro décimo día y un plan que apetecía mucho: la excursión a un glaciar. Aunque teníamos el desayuno incluido en la reserva del hotel, improvisamos uno en la habitación porque teníamos que estar a las 9 de la mañana a unos 136 kilómetros de distancia. De esta manera, a las 7:25 ya teníamos cargado el coche y estábamos entregando la llave antes de salir rumbo al Parque Nacional Skaftafell.

Declarado Parque Nacional en 1967, es uno de los más extensos del país con casi 1.700 m². Cuenta con un buen número de recorridos para adentrarse por sus extensos paisajes de hielo y fuego. Nuestro punto de partida era en el aparcamiento de autobuses del parque que hay junto al Centro de Información al Visitante. Allí tiene su oficina la empresa Arctic Adventures, con quien habíamos contratado la excursión. 

No obstante, allí no podíamos dejar el coche, sino que hay un aparcamiento destinado para el resto de vehículos un poco más adelante. Se ve que la zona ha sido habilitada recientemente, supongo que con la crecida del turismo. Y por primera vez nos encontramos con que teníamos que pagar el estacionamiento en unas máquinas cercanas. Había que indicar el número de matrícula y un correo electrónico (para el envío de la factura). Nos costó 750 ISK para todo el día.

Tras dejar el coche y pagar nos dirigimos al centro de visitantes para hacer tiempo, pues aún faltaban unos minutos para que abrieran la oficina de Artic Adventures. Aprovechamos para pasar al baño, rellenar la botella de agua y dar una vuelta por la tienda y exposición. Pudimos leer las historias sobre montañeros a los que les sorprendió alguna avalancha o sufrieron algún percance. También tenían colgados varios mapas del parque y las posibles rutas. En uno de ellos se podía leer en el pie de foto algo así como “ahorra papel, hazle una foto y llévalo siempre contigo”. Una buena idea porque además la combinación papel y viento/humedad no parece muy buena idea, mientras que el móvil lo llevamos siempre encima.

A las 8:45 nos fuimos a la oficina de Artic Adventures y ya nos estaban esperando. Nuestra guía se presentó y nos preguntó si teníamos alguna lesión previa o algo que debiera saber. Además tuvimos que firmar un documento como que estábamos informados de los posibles riesgos de la excursión. Después nos preguntó nuestro número de pie y revisó el calzado que llevábamos. Para la realización de la ruta nos recomendaban llevar una pequeña mochila para los objetos personales, comida y agua e ir vestidos con chaqueta y pantalón resistentes al agua, además de un jersey ligero, guantes, gorro, gafas de sol y protección solar. En los pies botas de trekking con buen agarre en el tobillo. En caso de que el calzado no cumpliese con los requisitos, en la oficina lo alquilan por 1000 ISK (unos 7€). También tenían ropa impermeable de diferentes tallas.

Una vez verificados, nuestra monitora comenzó a preparar los crampones, arneses, cascos y piolets según los tamaños de cada uno.

Y con todo listo, el grupo al completo se subió al autocar que nos llevaría a los pies del glaciar. Aquello parecía la ONU: íbamos una pareja de taiwaneses, dos de alemanes, una de españoles (nosotros) y un belga francófono.

Una media hora más tarde nos bajamos y comenzamos a andar hacia la lengua. El camino nos llevó otros diez minutos por la montaña teniendo que cruzar un peculiar puente que solo soporta el peso de dos personas a la vez y se balancea bastante.

Tras pasar el río proveniente del deshielo continuamos por un sendero para no pisar el musgo, ya que tarda bastante en volver a crecer.

Unos pocos minutos después llegamos a la laguna de la lengua, una masa de agua que hasta hacía unos años era aún hielo y que, según nuestra guía, en 10 años será aún mayor, ya que para entonces el glaciar habrá desaparecido por completo.

Nos sorprendió encontrar un 4×4 en aquella zona. Al parecer hay algunas excursiones que sí que te acercan a los pies del glaciar.

Después de unos datos sobre el parque y el glaciar, continuamos con nuestro recorrido a pie viendo cada vez el hielo más cerca. Cuando ya casi habíamos llegado hicimos una nueva parada donde nuestra guía nos enseñó a ponernos los crampones y arneses, así como a usar los piolets adecuadamente. Para entonces yo ya estaba sudando, así que aprovechando el parón, me quité el polar y debajo de la chaqueta me dejé únicamente la camiseta de cuello vuelto.

Y cuando ya estuvimos perfectamente equipados volvimos a ponernos en movimiento, andando, esta vez sí, por el hielo. La parte más baja y próxima a la laguna tenía un color negruzco. Como ya habíamos visto el día anterior con los icebergs, esto se debe a la ceniza y sedimentos que se han ido acumulando en el glaciar con el paso del tiempo.

Si mirábamos hacia arriba sin embargo sí que veíamos cómo el hielo iba siendo más azulado, como el color del agua. Nuestra guía nos comentó que las típicas fotos en las que se ven glaciares totalmente blancos no son nunca del hemisferio norte, sino que son de la Antártida

Cuando llevábamos una hora y algo de subida y ya habíamos pasado la parte más dura, hicimos un breve receso para comer. Desde allí veíamos aún un tanto lejana la cima, pero ya quedaba la laguna a bastante distancia.

Nos quitamos las mochilas, cascos y piolets y sacamos cada uno lo que había llevado, en nuestro caso nos comimos unas galletas, ya que nos apetecía algo de dulce en aquel momento. Al poco de sacar todos nuestros tentempiés se nos acercaron dos cuervos. Pero además sin miedo, a nuestros pies. Según nos comentó nuestra guía, ya han aprendido que los humanos hacemos esa ruta y que vamos con comida. Obviamente tuvimos mucho cuidado de no dejar desperdicios, pero claro, es inevitable que mientras muerdes una galleta o un bocadillo no caiga alguna miga. Y ahí están expectantes.

Unos diez minutos más tarde volvimos a equiparnos y retomamos la marcha. El ascenso ahora era algo más pronunciado y en ocasiones nuestra guía tenía que ir abriéndonos camino con su piolet, pero también teníamos mayor soltura con los crampones. Además, las vistas iban mejorando cada vez más.

Nos encontramos con grietas de diferentes profundidades. Algunas eran fáciles de superar con una zancada normal, pero algunas otras había que mirar con cuidado por dónde se pisaba. Por eso es importante seguir a la persona que guía e intentar pisar por el mismo lugar en que lo hace ella, porque es alguien que conoce el glaciar y los obstáculos que puede ofrecer.

También encontramos una especie de cuevas y nuestra monitora nos animó a reptar por ellas, ya que íbamos con ropa impermeable. Parecía que iba a ser muy sencillo y que el hielo va a favorecer el deslizamiento, sin embargo fue un tanto complicado porque precisamente ese deslizamiento y la falta de agarre impide avanzar. La fuerza recae en el piolet y es precisa la ayuda de los crampones para tomar impulso.

Después ya solo nos quedaba un último tramo para obtener una buena panorámica de la lengua del glaciar y de los alrededores. Habíamos llegado a la mitad de la excursión y se notaba el cansancio. Por eso, antes de comenzar el descenso, hicimos una breve parada para tomar fuerzas.

Junto a nosotros teníamos una buena pared, así que nuestra guía nos animó a probar a escalarla. Y, de nuevo, es mucho más complicado de lo que puede parecer, ya que hay que clavar bien los crampones para ganar estabilidad y después tener bastante fuerza (y maña) para enganchar el piolet y que quede bien anclado para así poder seguir ascendiendo.

Mientras probábamos y nos hacíamos fotos, nuestra guía buscó el camino adecuado para la bajada. Nos comentó que normalmente la primera excursión del día es la que va abriendo el camino que luego van tomando el resto, así que tardaríamos algo más que otros grupos que vendrían detrás. Hay veces que se puede bajar siguiendo el curso de la lengua, pero en otros casos puede haber una cueva y pisarla puede llevarnos al desplome. No es lo mismo mirar hacia arriba, que se aprecia bien el hielo, que mirar hacia abajo, que la perspectiva no te deja ver las grietas o el grosor.

En algunos casos además se tenía que parar y picar para esculpir una especie de escaleras. Sin duda esta mujer no necesitaba gimnasio, solo con hacer esta excursión un par de veces al día estaba en plena forma física. Mientras ella iba deteniéndose a probar el camino o crearlo, nosotros podíamos tomarlo con calma y pararnos a disfrutar de las vistas antes de abandonar el glaciar por completo.

Una vez abajo junto a la laguna seguimos el mismo sendero que para la ida y esperamos unos 5 minutos al bus, que nos devolvió a la oficina de Artic Adventures. Llegamos a las 3 y pico de la tarde, así que entregamos el material y nos fuimos al coche a comernos unos sándwiches para reponer fuerzas. Y es que a pesar de las casi cinco horas de caminata por el glaciar, el día aún no había acabado para nosotros. Aún nos quedaba otra rutilla por hacer.

Road Trip por Islandia XVII: Día 7 II Parte. Excursión al Volcán Askja

A medida que nos íbamos acercando a la caldera nos encontrábamos con un paisaje más montañoso y cada vez más y más blanco. Al parecer la carretera había estado cerrada a principios de agosto porque llegó a haber 30 cm de nieve. Sin ir más lejos había vuelto a nevar los dos días anteriores a nuestra excursión. Curiosamente sin embargo ese día teníamos un día despejado y con una temperatura un tanto alta para la zona en que nos hallábamos. Sí, los grados habían ido bajando, pero no tanto como para, por ejemplo, echar en falta los guantes.

En las zonas que no están cubiertas por la nieve podíamos llegar a ver la lava de la explosión de 1961. Y prestando atención podíamos apreciar en algunos lugares cómo se diferenciaba de la de 1875 que quedaba debajo. Y es que son dos tipos diferentes. Recordemos que la más antigua era del tipo Pahoehoe.

El jeep nos dejó en el aparcamiento de Vrikaborgir y nos dieron tiempo libre hasta las 3 de la tarde. Eran las 12:30, por lo que teníamos tiempo de sobra para hacer la ruta A1 que lleva hasta el Lago Öskjuvatn y el Cráter Víti.

Se trata de una ruta de 2,5 kilómetros apta para todos los públicos. Lógicamente hay que llevar calzado y ropa adecuada para la montaña, pero se hace en llano en todo momento y no es necesario tener una especial forma física. Tampoco tiene pérdida, ya que hay colocados postes durante todo el recorrido que marcan la ruta, la distancia y una serie de prohibiciones.

Además, encontramos unos paneles informativos en los que se podía leer algunos datos sobre Askja. Así, descubrimos que hace 14.000 años, durante la Edad de Hielo se formó el sistema montañoso de Dyngjufjöll como consecuencia de repetidas erupciones producidas bajo un glaciar. Más tarde, cuando hace 10.000 años comenzó a menguar el glaciar, una importante actividad volcánica hizo que se vaciara la cámara de magma bajo Dyngjufjöll y que el techo de esta colapsara creando la principal caldera de forma ovalada que se llenaría de nuevo de lava cuando el glaciar desapareció por completo.

La ya mencionada erupción en el año 1875 provocó que 50 km² de Dyngjufjöll se hundieran originando un nuevo cráter de 150 metros de diámetro al que se le dio el nombre de Viti. Un cráter que durante los siguientes 30 años se fue llenando de agua. Mientras aquello ocurría la actividad volcánica no cesó y hubo un nuevo hundimiento de 11 km² que, al igual que el anterior, también se acabó llenando de agua creando un enorme lago de 217 metros de profundidad.

Y eso es lo que nos íbamos a encontrar, así que, tras leer los paneles informativos sobre la formación del Askja, nos pusimos en marcha.

Aunque el primer tramo sí que tiene una pequeña pendiente y hay algunas zonas irregulares con algún que otro agujero, una vez que lo superamos, el resto es una llanura, tal y como nuestra guía nos había comentado.  Al principio el paisaje destaca por el negro de la lava solidificada y de la arena volcánica, pero también hay zonas con un tono más bien tirando a marrón, e incluso con toques naranjas. Esto al parecer se debe a que las montañas contienen hierro.

Lo más sorprendente llega a mitad de camino, cuando de repente el suelo deja de ser negro y pisamos un terreno rojizo

Pero, sobre todo, el color que predominaba era el blanco de la nieve. El día estaba despejado, teníamos unos 10º, se respiraba tranquilidad y aire puro… Estábamos encantados, especialmente pensando que en Madrid estarían a treinta y muchos grados y asados de calor mientras nosotros pisábamos la nieve a unos 1000 metros de altitud.

Unos cuarenta minutos después de abandonar el aparcamiento llegamos al Viti, cuyas paredes amarillentas y aguas azul-verdosas recuerdan la actividad termal de su interior. De hecho, en todas las excursiones remarcan como atracción el poderse dar un baño a unos 24-28º como interludio entre paseo de ida y vuelta.

Como idea no está mal, es más, nosotros por si acaso habíamos echado chanclas, bañador y toalla en la mochila; sin embargo luego en directo nos dio mucha pereza. En primer lugar porque la bajada entrañaba su dificultad debido a que había que seguir un determinado sendero para no pisar las zonas de alta temperatura y estaba totalmente embarrado. En segundo lugar porque aunque 24-28º de temperatura puede ser agradable, para llegar ahí antes hay que desnudarse a 10ºC. Además, estaba la cuestión de dónde dejábamos las mochilas y ropa mientras tanto. Como tercer obstáculo estaba el volver a vestirse con el frío y todo lleno de barro alrededor. Y finalmente la complejidad de subir por el terreno resbaladizo.

No obstante, no todo el mundo lo vio como nosotros, hubo unos valientes que bajaron y se dieron un breve baño.

Tras el Viti se halla el Lago Öskjuvatn, el más profundo del país. Mientras que el primero, como ya hemos visto, es un lago geotermal, este segundo sin embargo es glaciar. Esto quiere decir que no tiene nada que ver ni el tipo de agua ni la temperatura si comparamos uno con otro.

Separados por una pared, se aprecia claramente la diferencia de color de uno con otro. Y mientras que en Viti está permitido el baño, en Öskjuvatn está prohibido. Parece que las corrientes y remolinos lo hacen muy peligroso. Durante el invierno la superficie del Öskjuvatn llega a congelarse, así que el contraste debe ser mucho mayor entre ambos. Si le añadimos un manto de nieve cubriendo todo, el panorama debe ser de otro mundo.

Aunque nadie más bajaba al Viti, sí que vimos que había gente que bajaba por su ladera para acercarse más a Öskjuvatn, así que probamos a hacer el cabra nosotros también. No es que fuera muy sencillo, porque había una importante pendiente y estaba todo embarrado. Además era un barro que se nos metía entre las huellas de las zapatillas y no se soltaba, por lo que perdíamos el agarre de las suelas y además los pies nos iban pesando cada vez más. Pero había un señor mayor un tanto encorvado con dos bastones que se lanzó a la aventura y dijimos “pues nosotros también”.

Llegamos así a un saliente desde el que se aprecia todo el cráter del Viti y a nuestra izquierda el inmenso lago glaciar.

Tras explorar un rato la zona, a eso de las 2 y algo emprendimos el camino de vuelta hacia el aparcamiento parando de vez en cuando a echar las últimas fotos.

Con todo el grupo ya listo, volvimos sobre el camino que habíamos llegado para dirigirnos a una última parada antes de emprender el regreso a la civilización. Hicimos un alto en el refugio Dreki, donde nos dieron una media hora para comer y dar un paseo por los alrededores.

El refugio está totalmente equipado para los montañeros. Cuando se va por libre hay que pagar por usar sus instalaciones, pero en nuestro caso no era necesario, pues las empresas que realizan estas excursiones ya tienen un acuerdo y lo gestionan.

Es obligatorio descalzarse nada más entrar, así que dejamos las zapatillas en el mueble junto a la puerta y pasamos a la amplia cocina. No sabíamos que podíamos cocinar, si no, nos hubiéramos llevado una sopa de sobre de nuestro alijo en lugar de unos sándwiches. En cualquier caso, tampoco teníamos mucho tiempo, así que mejor no tener que perder tiempo en calentar el agua y luego fregar los cacharros.

Tras comer recogimos la basura y pasamos por el baño, que está en una cabaña aparte. Y parece que cada vez tienen más demanda, pues junto a ella estaban construyendo más edificios, no sabemos si darían servicio como alojamiento o como zonas comunes.

Aún nos sobraban unos diez minutos, así que nos acercamos a la Garganta Drekagil (del dragón), que sirve de punto de partida para las rutas A2, A3 y A4, de alta dificultad. Nosotros solo nos asomamos unos pasos, no contábamos con tiempo para más, ni siquiera para la A3, que es la más corta de todas.

A las 15:40 volvimos a subir al 4×4 para poner rumbo a Reykjahlíð. Nos esperaba un viaje sin paradas de tres horas, así, no es de extrañar que acabáramos todos (menos el conductor y la guía) echando una siestecilla al compás del traqueteo.

Cuando llegamos a Reykjahlíð aprovechamos que el supermercado aún estaba abierto para hacer algo de compra y así no tener que parar al día siguiente. Pero aún nos quedaba tarde, y como nos habíamos quedado con ganas de darnos un baño, decidimos concluir el día en los Mývatn Nature Baths, que cierran a las 12 de la noche.

Road Trip por Islandia XVI: Día 7. Excursión al Volcán Askja

Al igual que el día anterior madrugamos para desayunar a las 7 según abrieran el comedor. No obstante, aquella mañana contábamos con algo más de tiempo ya que en esta ocasión nuestra excursión partía de Reykjahlíð. Aún así, tampoco podíamos dormirnos en los laureles, porque mínimo veinte minutos sí que teníamos de trayecto y no queríamos llegar con la hora muy pegada. Lo bueno es que ya conocíamos el camino y sabíamos dónde estaba el punto de encuentro, por lo que íbamos más tranquilos. Cuando llegamos al aparcamiento de Reykjahlíð en torno al que se ubican el supermercado, la gasolinera y el centro de visitantes esperábamos ver un autocar, sin embargo lo que nos encontramos fue un pick up 4×4.

Ante la duda, nos acercamos a preguntar, reserva en mano, si era nuestra excursión. Y así era. Y es que en función de la gente que haya contratado, así ponen un vehículo u otro. Íbamos a tener una visita en un pequeño grupo, algo lógico, ya que estábamos en unas fechas muy próximas al cierre de temporada. A partir de septiembre ya todo el mundo alquila un vehículo 4×4 porque el tiempo es más inestable. Como ya comenté, la visita a Askja, y en general a las Tierras Altas, ha de hacerse en un vehículo todoterreno, pero a nosotros no nos compensaba alquilar 15 días un 4×4 solo para dos rutas, de ahí que contratáramos la excursión con Visit Askja. Nos quitábamos así de líos.

Nuestra guía comprobó nuestros datos de la reserva y tras asegurarse de que lleváramos ropa de abrigo, comida y bebida (elementos importantes para una excursión de este tipo) nos invitó a subir al vehículo mientras llegaba el resto de viajeros. El pequeño grupo estaba formado por una joven pareja de franceses que ya se había acomodado en la primera fila de asientos, y dos señores alemanes de unos 70 años que por su forma de relacionarse entre ellos parecían conocidos que se habían unido para hacer la misma excursión. Sí que es verdad que llegaron en el mismo coche, pero luego cada uno se sentó en una fila de asientos diferente y no se dirigieron la palabra. Y lo mismo durante el resto del viaje, se sentaban separados y una vez fuera del 4×4, cada uno iba a su bola.

Con todo el mundo sentado en el jeep y el reloj marcando las 8, salimos dirección al Askja. Mientras tanto nuestra guía nos fue contando cómo iba a ser la excursión, las paradas que íbamos a realizar, el tiempo que íbamos a disponer para nosotros, dónde encontraríamos baños y demás cuestiones prácticas. Y a continuación entró más en materia hablándonos sobre Islandia y su carácter volcánico, sobre el Parque Vatnajökull y el Askja. Mientras tanto, recorrimos 30 kilómetros de campo de lava, dejamos atrás la Ring Road y nos metimos por la F88, una pista de grava que aunque de inicio no parece tan complicada de conducir, poco a poco empieza a ser más desigual dando la sensación de ir campo a través. Desde luego se necesitan unos buenos amortiguadores para recorrerla. Y ponerse el cinturón, porque dimos más de un bote en el asiento.

Una hora después de nuestra salida llegó nuestro primer vadeo sobre el río Grafarlandaá, afluente del Jökulsá. Fue entonces cuando la guía nos aconsejó que si alguna vez nos veíamos en tal tesitura, lo que había que hacer era cruzar a la mínima velocidad posible y a un ritmo constante, sin acelerones.

A unos metros del sendero marcado para el cruce se halla la pequeña cascada Grafarlandsfoss. No es especialmente alta, ni tampoco especialmente significativa si la comparábamos con las que ya habíamos visto en la semana que llevábamos en el país, pero hicimos un pequeño parón de unos 10 minutos para estirar las piernas y rellenar las botellas aprovechando que era agua dulce y totalmente potable. La guía nos estuvo explicando entonces que el agua de este tipo de ríos sí que se puede beber, mientras que por el contrario, la de los ríos glaciares no es aconsejable por todos los sedimentos que puede arrastrar del deshielo.

Había una familia de ovejas que se asustaron y marcharon al vernos llegar, pero por lo demás, la zona estaba desierta. Aunque no mucho después llegó otra furgoneta, por lo que enseguida volvimos al 4×4 para continuar con nuestra excursión y no hacer tapón.

Retomamos el camino durante otra hora. Cada vez iba habiendo más baches y cada vez veíamos más cerca las montañas nevadas. Atravesamos el extenso campo de lava de Ódaðahraun (que viene a significar Lava de las acciones diabólicas), el mayor campo de lava del mundo con una extensión de 5000 km². Nuestra guía nos explicó que hay varios tipos de coladas de lava. Por un lado la que discurre en bloques y que es desigual y con rugosidades. Esto ocurre porque se mueve a una velocidad de entre 5 y 50 metros por hora, y mientras que la superficie se va enfriando, la parte inferior sigue caliente y va desplazando, agrietando y deformando la capa superior. Por otro lado está la colada Pahoehoe, que tiene un ritmo más fluido y por tanto la superficie resultante es más regular, pudiendo ser tanto ondulada como incluso lisa. Lo que encontramos en Ódaðahraun es este segundo tipo, que recibe el nombre internacional que le dan los hawaianos, otros expertos en vulcanología. También nos comentó que si la lava presenta puntos blancos y naranjas esto significa que hay existencia de vida. Puede parecer así a priori un detalle sin importancia, pero son una buena referencia para comprobar si hay algo mal, ya que por ejemplo cuando hay polución estas marcas desaparecen.

Sobre las 10 de la mañana hicimos la segunda parada en Thorsteinsskáli Hut, un refugio de montaña desde el que se obtiene una buena panorámica de Herðubreið. Sobre todo un día como aquel en que encontramos un cielo bastante despejado.

Este volcán de 1.682 metros, también apodado como The Queen, ganó en 2002 con el 60% de los votos el concurso de montaña más representativa del país. Se trata de un móberg, un tipo de montaña que se caracteriza por tener la cima aplanada. Consigue este tipo de cumbre cuando el volcán intenta expulsar magma pero se encuentra con una densa capa de hielo glaciar. Al no poder fluir con normalidad, se va acumulando bajo él.

Hicimos una breve visita a los baños y después anduvimos por los alrededores del refugio, siguiendo un sendero que discurre próximo al río. En todo momento es imposible obviar Herðubreið, tan solo se consigue cuando le damos la espalda.

Pese a que la lava está presente, también es una zona en la que ha crecido bastante vegetación. Y es que aunque suele arrasar todo a su paso, una vez sólida contiene múltiples nutrientes por lo que el resultado es una tierra muy fértil.

El sendero nos conduce a un pequeño hoyo donde, según nos contó nuestra guía, se escondió Eyvindur Jónsson, el más famoso ladrón islandés. Parece que el señor robó unas ovejas, le pillaron y fue condenado. Por aquel entonces (en el siglo XVIII) los criminales cumplían condena siendo desterrados durante 20 años a las Tierras Altas. Si les daba por volver antes de que pasara ese período, se arriesgaban a ser ajusticiados por cualquiera, ya que su asesino no sería juzgado. No sé cuánto hay de verídico y cuánto de leyenda, pero desde luego el agujero era bastante estrecho. Y los inviernos islandeses en las Tierras Altas no deben ser moco de pavo, así que ya podía estar preparado el forajido para haber sobrevivido por aquellos lares.

Tras los 40 minutos que nos había dado nuestra guía, volvimos al jeep para seguir con nuestra ruta. Tocaba vadear el río Jökulsá. Esta vez sin embargo lo cruzaría solo el conductor, el resto nos bajamos para ver el cañón Jökulsá á Fjöllum y cómo se precipita el agua con fuerza a través de él. Este agua es el mismo que luego llega a Dettifoss.

A principios de septiembre el caudal no estaba lógicamente en su máxima expresión, por lo que pudimos acercarnos bastante a la cascada. En primavera es imposible verla desde tan cerca, ya que las piedras que usábamos para desplazarnos quedan cubiertas en época de deshielo. Aún así llevaba bastante fuerza, soy incapaz de imaginar lo que debe ser capaz de mover en su mejor época.

Me hubiera gustado sentarme en una roca un rato simplemente a escuchar el ruido atronador y ver el contraste del cielo azul, las rocas negras cubiertas parcialmente de vegetación y el agua correr. Pero es lo que tienen las visitas guiadas, que el ritmo no lo marcas tú. Volvimos al 4×4, que ya había sorteado el obstáculo y continuamos por un paisaje que de nuevo cambiaba.

En su erupción más virulenta, la de 1875, el Askja no solo expulsó magma, sino también dos mil millones de metros cúbicos de ceniza y piedra pómez. Por eso, al aproximarnos cada vez más a su caldera, comenzamos a ver cómo el terreno pasaba de negro a amarillento. Hasta aquel momento en que hizo acto de presencia por todo lo alto, nadie sabía de su existencia. La actividad volcánica en su interior había estado más o menos contenida y este espacio se consideraba un terreno tan válido como cualquier otro para asentarse, así pues, había gente viviendo en los alrededores. Lógicamente, con la erupción la cosa cambió y quien logró sobrevivir se marchó.

Desde hace tiempo se realizan periódicos controles geológicos y a partir de 2010 se ha detectado que ha habido un aumento de la actividad sísmica. Todos recordamos la que se lió con el espacio aéreo en 2010 con el Eyjafjallajökull y en 2011 con el Grímsvötn. En 2014 entró en erupción el Bárðarbunga, uno de los conos volcánicos que forma el Askja, y con el calentamiento de la Tierra es todo mucho más inestable, por lo que no se descarta que en los próximos años tengamos algún que otro susto. No obstante, según nuestra guía tienen hasta un protocolo por el que serían capaces de trasladar a todos los islandeses al sur de Dinamarca si hubiera una catástrofe, así que no parecen muy preocupados.

Hicimos una breve parada en una zona en la que en 1967 Neil Armstrong realizó pruebas de aterrizaje antes de viajar a la Luna un par de años más tarde. El terreno cubierto de ceniza y piedra pómez es tan similar al del satélite que la NASA lo lleva usando desde entonces para entrenar a sus astronautas y hacer simulaciones con sus equipos. Sin ir más lejos, durante el verano de 2019 estuvieron un tiempo por allí, y para este 2020 tenían previsto acudir con un vehículo que después pretenden llevar a Marte.

Si no te avisan de que es piedra pómez es muy chocante coger una roca que piensas que va a pesar y sin embargo luego es muy liviana y se deshace si aprietas.

Apenas paramos unos 5 minutos para experimentar de propia mano la textura del terreno y hacer algunas fotos, enseguida volvimos al coche para ya por fin dirigirnos a nuestra parada estrella: la caldera de Askja.

Marruecos VII. Día 4: Merzouga, Valle del Draa y vuelta a Marrakech

Se supone que íbamos a salir del campamento a las 6 de la mañana, así que nos pusimos el despertador a las 5 para tener tiempo para prepararnos y volver a las dunas a por un poco de arena para llevarnos de recuerdo. Sin embargo, no empezamos muy bien el día. O la noche, porque aún no había luz. Mi prima que cogió el móvil para usarlo como linterna de camino a los baños acabó con él en remojo. Se lo había metido en el bolsillo del abrigo y al levantárselo… plof

Los baños eran cabinas bastante completas, con su lavabo, su ducha y su inodoro. Que la verdad, yo me había esperado unas letrinas casi.

Pero aún así, la canalización de los inodoros no era muy allá y la cadena no funcionaba muy bien, por lo que no había agua limpia en el fondo.

La pobre lo limpió con desinfectante en gel para manos, con toallitas, lo secó… pero aquello no parecía tener buena pinta (spoiler alert: no resucitó).

Mientras tanto, el tiempo pasaba y seguíamos esperando a que vinieran a por nosotros, pero no aparecía nadie, así que fuimos a por arena para llevarnos de recuerdo y nos volvimos a la haima pues en el exterior hacía bastante aire. Por fin a las 6 y media vinieron ya a avisarnos de que los dromedarios estaban listos y que nos marchábamos, por lo que recogimos y volvimos a subirnos a los animales. Seguía siendo igual de complicado que el día anterior, con el añadido de que teníamos agujetas en los isquiones. Aún era de noche, aunque se veía cómo despuntaba algo de claridad a nuestras espaldas. Íbamos preocupados por ello, pues eso suponía que no íbamos a ver bien el amanecer. Sin embargo nuestro guía nos dijo que pararíamos en el trayecto en su momento para ello, así que confiamos en su palabra.

Esta vez la ruta fue bastante más tranquila, pues no llevábamos detrás a los argentinos ni a Rashid con la música. Y también más fría. Aquí yo el pañuelo lo llevaba al cuello y directamente llevaba el gorro de la sudadera y el de la chaqueta para protegerme del aire. Unos minutos antes de que fuera a amanecer, nuestro guía hizo parar a los dromedarios para que pudiéramos bajar y disfrutar del momento. Como no podía ser de otra manera sacamos nuestro lado instagramer para hacernos fotos chulas en las dunas mientras veíamos cómo rápidamente amanecía. En cuestión de unos minutos ya había asomado totalmente el sol sobre el desierto. Todo un espectáculo, la verdad, sin duda merece la pena madrugar. Aunque creo que sigo quedándome con el cielo estrellado.

Tras el breve receso, volvimos a subir a los dromedarios y a continuar con nuestro camino de vuelta al hotel, donde nos esperaba el desayuno. Y Mustapha metiéndonos prisa, así que desayunamos rápidamente. Esta vez teníamos zumo envasado, tes y cafés, yogures y magdalenas. Poco donde elegir, pero como había hambre, nos adaptamos. Mientras Mustapha se fue a por nuestros compañeros sevillanos, los demás volvimos a la habitación a rehacer las mochilas y asearnos por turnos. Al tener tan solo un cuarto de baño para los seis no nos iba a dar tiempo a ducharnos, así que nos aseamos como pudimos. En la espera, mientras me estiraba, mi prima descubrió que mi tatuaje del día anterior se había duplicado. Y es que debí dormir con el antebrazo sobre la tripa y se había traspasado la henna. Aunque aún conservaba el del brazo.

Cuando volvió Mustapha cargamos nuestros bultos y volvimos a la furgoneta.

Enseguida hicimos una parada en el pueblo de Rasini para ver el mercado local. Mustapha nos había comentado el día anterior que si nos interesaba la cocina y queríamos comprar especias que nos esperáramos a llegar aquí, que en los zocos de Marrakech podíamos encontrarnos con que lo que nos vendieran no fuera 100% lo que decían. Este pueblo, mucho menos transitado, al parecer tiene la mercancía más pura ya que la traen directamente los bereberes.

Mustapha nos llevó directamente a una farmacia tradicional donde desplegaron una gran variedad de productos. Además de darnos para oler varias especias, también nos explicaron varios remedios naturales, como una bola hecha con eucalipto y algo más que acercada a la nariz la despejaba como si de un vips vaporoub se tratara. Aprovechamos para comprar unas especias y algún detalle para regalar.

Después un bereber conocido de Mustapha nos llevó por el mercado indicándonos cómo se dividían las zonas, dónde se comerciaba qué… bueno, básicamente nos explicó como funcionaba un mercado… Que supongo que hay a quien le chocará según las costumbres de cada país, pero en nuestro caso, siendo españoles y habiendo heredado este aspecto comercial, no nos sorprendió mucho más allá de los animales muertos expuestos al aire sin ningún tipo de protección.

Nos llevó a probar los típicos dátiles e incluso salimos al exterior a la zona de animales, donde se vendían burros (cada vez menos por los coches), vacas y corderos.

Volvimos de nuevo a encontrarnos con Mustapha y después de pasar por la tienda del bereber que nos había hecho de guía y que algún compañero hiciera alguna compra, seguimos nuestro viaje de vuelta a Marrakech.

Sobre las 2 de la tarde paramos a comer en el pequeño pueblo de Nkob, a unos 230 km de Merzouga, 160 de Ouarzazate y 334 de Marrakech. Nuestro conductor nos llevó al Kasbah Ennakhile, una antigua kasbah convertida en en hotel y también restaurante. Su gran atractivo es la terraza superior con salón árabe que ofrece unas magníficas vistas de los palmerales a sus pies y de fondo la cordillera del Jebel Saghro. Impresionaba la visión de miles de palmeras que parecían extenderse hasta el infinito, sin embargo, Mustapha se reía y nos decía que aún nos quedaba mucho por ver en lo que a palmerales se refiere.

Esta vez para comer podíamos elegir entre menú completo o solo segundo plato, algo que agradecimos, pues las raciones nos parecían enormes. Así, obviamos las sopas y ensaladas y nos centramos en las opciones de plato principal. Teníamos seis donde elegir, pero ese día solo hacían cuatro, por lo que nos lo pusieron fácil y elegimos uno de cada para compartir y así probar de todo.

Volvimos a elegir la tortilla bereber (cada una que probamos tenía distinto tipo de relleno), pollo al grill con verduras, patatas y arroz, unos pinchos también con guarnición, y tajin de pollo con ciruelas y almendras.

Estaba todo muy rico, de hecho el pollo estaba más jugoso que el del día anterior.

Con el estómago lleno y Mustapha preocupado porque nos quedaban muchos kilómetros y se nos iba a hacer de noche antes de llegar a Marrakech, volvimos a la carretera. Entre el cansancio y la comida, había ganas de echarse una siesta. No obstante, poco después de dejar el restaurante entramos en el Valle del Draa, y no había que perder detalle. Entre las poblaciones de Agdz y Zagora hay unos 100 km en los que podemos encontrar el oasis más grande del país (segundo de África, por detrás del del Nilo), con millones de palmeras. El valle recibe su nombre del río que lo serpentea, el Draa, el más largo de Marruecos. Sin él esta extensión de tierra estaría muerta, pero gracias a su riego se alimenta el árido terreno y no solo crecen las palmeras, sino que se cultivan legumbres, cereales, hortalizas o verduras y crecen la henna o arboles frutales.

Una palmera datilera hembra de más de 10 años puede llegar a producir unos 60-80 kg de dátiles por cosecha, por lo que no es de extrañar que la población de todo el valle vive básicamente del comercio de dátiles. En menor medida lo hacen también de la henna y últimamente del turismo.

El Valle del Draa supone un enclave estratégico al encontrarse en la ruta de aquellas caravanas que atravesaban el Desierto del Sáhara llevando sal al sur, o subiendo esclavos al norte. Así pues, ha estado poblado desde hace siglos por nómadas. Hoy, centenares de Ksur y Kasbahs se suceden a lo largo del valle aportando algo de color rojizo a la predominancia verde de los palmerales. Mirando esos poblados y ciudadelas parece que el tiempo se ha detenido hace siglos.

Hicimos una breve parada junto al río para disfrutar de este espectacular vergel y después volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro camino.

Estábamos a menos de 100 km de nuestra siguiente parada, sin embargo, para ello teníamos que ascender el puerto de alta montaña Tizi-n-Tinififft, por lo que nos quedaban por delante un par de horas. Al igual que hicimos en la ida, paramos en la cima para poder otear el horizonte. La abertura en la tierra y el aspecto de las formaciones rocosas me recordó de alguna manera al Gran Cañón. Sobre todo la parte más rojiza.

Tras un breve alto, seguimos hasta Ouarzazate, la ciudad conocida como la “puerta del desierto” porque sirve como parada para las excursiones al desierto. No obstante, sobre todo destaca por su importancia en el mundo del cine. Es en esta ciudad donde se hallan los Atlas Corporation Studios, los estudios de cine más famosos de África. Vamos, que vendrían a ser como los Universal Studios marroquíes.

Tras el rodaje de Lawrence de Arabia (1962) los productores pensaron que había que fundar unos estudios permanentes en la zona para aprovechar el potencial de los paisajes de la región. Desde entonces, allí se han rodado cintas como Astérix y Obélix: Misión Cleopatra, Star Wars, Gladiator, Príncipe de Persia, La Momia o La Joya del Nilo entre otras. Desde entonces, hay familias enteras que trabajan para la industria del cine. No solo como figurantes, sino como técnicos, como artesanos realizando trajes u objetos de atrezzo…

La visita es guiada en inglés, pero los estudios ya habían cerrado cuando llegamos. En realidad la parada en la ciudad fue más técnica que otra cosa. Mustapha se fue a tomar café y el resto nos dimos un paseo por las proximidades.

Lo mismo nos ocurrió con la Kasbah Taourirt, una de las mejor conservadas de Marruecos. Su visita puede llevar más de una hora y cerraba a las 6 y media de la tarde, por lo que nos conformamos con verla desde fuera.

Justo enfrente de esta ciudadela hay un zoco enfocado a los turistas donde, según pudimos comprobar, según la nacionalidad te intentan vender unos objetos u otros. Al principio nos hablaron en francés ofertándonos determinados productos, y al ver que éramos españoles, cambiaron totalmente de registro.

Tras el receso, ya sí que continuamos del tirón a Marrakech. Y este tramo hizo mella en nosotros porque eran unas cuatro horas de ruta por carreteras llenas de curvas que además estaban en obras y muy transitadas por camiones. Para cuando quisimos llegar a Marrakech eran ya casi las 10 de la noche, por lo que la idea era hacer el checkin y seguidamente salir a por algo de comer para acostarnos lo antes posible. El habernos levantado a las 5 de la mañana y todo el día sentados en el coche había hecho mella en nosotros.

Para los días que nos quedaban en Marrakech no repetimos riad, ya que no había disponibilidad. Esta vez nos alojábamos en el riad Origins Magi. Llegamos y nos encontramos en el patio a cinco filipinos muy majos. Mientras los chicos del hotel buscaban la llave de nuestra habitación (algo que les llevó unos minutos), entablamos conversación con ellos. Nos preguntaron si acabábamos de llegar a Marrakech, les comentamos que veníamos de excursión y se interesaron por la experiencia. Además, nos comentaron que ellos vivían en Londres y que ya se iban al día siguiente. Todo ello en inglés, pero a la vez intentaban chapurrear palabras en español (hay muchos vocablos que han quedado en el filipino). Nos comentaron que aunque ya no queda mucha gente que hable español en su país, sí que quedan muchos nombres que se pasan de generación en generación (aparte de apellidos, claro). Tenían por ejemplo a uno que se hacía llamar (o lo mismo se llamaba de verdad, vete a saber) Paquito.

Cuando por fin encontraron nuestra llave, nos despedimos de los asiáticos y entramos a la habitación a dejar las mochilas. Era bastante grande, esta vez sí que era cuádruple, con una cama doble a cada lado y una especie de zona de estar en el centro.

A mano izquierda teníamos el baño con su ya típica ducha abierta.

Frente al baño había un espacio para el armario y una cómoda con caja fuerte.

La decoración era minimalista, pero con gusto. Paredes blancas, techos altos y una enorme lámpara colgante.

Tras dejar las cosas, y antes de salir a por la cena, le pregunté al chico si teníamos que rellenar algún dato para el checkin y el pobre se quedó algo descolocado, pues estaba preparándonos el té de bienvenida. Rellenamos la documentación y nos marchamos rápido para no perder tiempo. Dadas las horas que eran no queríamos perdernos por la medina en busca de un sitio donde comer y algunos no tenían mucha hambre, así que nos apañamos con algo rápido. Compramos unos bocadillos en un local próximo al riad y nos volvimos para allá. Tres bocadillos (dos mixtos y uno de pollo) con patatas nos costaron 60 Dirhams.

Nos sentamos en el patio del riad a cenar y nos volvieron a preguntar si queríamos esta vez el té. Y ahora que por fin ya estábamos más relajados, lo aceptamos. Cenamos tranquilamente en la penumbra del patio bajo los naranjos y después para reposar nos tomamos el té. Una ducha rápida y a dormir, que el día había sido muy largo.

Marruecos VI. Día 3 II: Viaje a Erg Chebbi

Nos quedaba el último tramo del día y a medida que íbamos avanzando hacia el desierto el paisaje se iba volviendo más y más árido y con menos pueblos.

Como el día anterior, hicimos una primera parada para dejar a nuestros compañeros sevillanos y continuamos hasta nuestro hotel, pues el resto nos alojaríamos en el mismo. Bueno, en realidad pasaríamos la noche en una haima, pero nuestro equipaje se quedaría en una habitación para no ir cargados, porque el camino al campamento en medio del desierto lo haríamos en dromedario, así que había que llevar lo justo.

Nos facilitaron una habitación para los 6 en la que reajustamos nuestras mochilas. Nos llevamos únicamente lo imprescindible: documentación, cargador del móvil, las cámaras bien protegidas en la funda estanca, una muda de ropa, botellas de agua y bolsa de aseo. Una vez acomodados nos dieron el té de bienvenida, momento en que además tuvimos que rellenar el libro de ingreso. Mientras nos tomábamos el té e íbamos cumplimentando nuestros datos, Mustapha nos ayudó a ponernos los pañuelos para nuestro viaje en dromedario. Y como ya habíamos visto en la tienda de sus amigos, tiene su técnica.

Y finalmente, después de casi un par de días en la carretera y cientos de kilómetros, ahí estábamos, a las puertas del Erg Chebbi, el único erg (región arenosa) del Sáhara en el país. Y es que aunque pensemos que un desierto es todo arena, en realidad también puede contar con mesetas pedregosas (hammadas) y terrenos rocosos (serir).  Pero antes había que buscar a los dromedarios. Nos despedimos de Mustapha y nos dirigimos a a la zona donde se encontraban descansando los dromedarios para empezar nuestro paseo.

Si me das a elegir entre dromedario o 4×4, obviamente elijo la primera opción, ya que medioambientalmente causa un menor impacto. Sin embargo, el uso de animales como atracción turística me da algo de reparo, así que creo que es una experiencia que he probado, pero que seguramente no repita. Dicho lo cual, era lo que habíamos elegido. Así que al toro. Nos prepararon una caravana de 6 y nos ayudaron a montar. Y no es nada fácil, pues incluso arrodillados los bichos son altos. Pero es que cuando se ponen de pie de repente te vas para adelante y hasta que no estabiliza y no pillas tu propio centro de gravedad, la cosa es un poco graciosa. Detrás de nosotros iban otros dos grupos, cada uno de ellos liderado por un chaval que no sé si llegaría a la mayoría de edad.

Una vez preparados, nos pusimos en marcha adentrándonos en el Sáhara, el desierto más grande del mundo que con una superficie de 9065000 km² se extiende por casi todo el norte de África. Comenzamos nuestro paseo aún con luz intentando captar lo que nos rodeaba. Aún no nos creíamos que estuviéramos allí, lejos de la civilización, en medio del desierto casi en la frontera con Argelia, al atardecer, sobre un dromedario.

Me hubiera gustado haber hecho alguna parada a medio camino para sentarme en lo alto de una duna, ver atardecer y echar alguna foto, pero supongo que después habría sido más complicado orientarse para llegar al campamento. Así, no nos quedó otra que sacar algunas fotos con el móvil (hacía viento y las cámaras podían acabar estropeadas por la arena) e incluso grabar algún vídeo desde lo alto del dromedario. No era fácil, ya que con el movimiento del animal había que conseguir cierta estabilidad para soltar al menos una mano. No obstante, poco a poco fuimos controlándolo y soltándonos. Y aún así, muchas salieron movidas. Pero como había uno de los chavales que no llevaba camellos, aproveché para pasarle mi móvil y que nos hiciera alguna desde abajo. Más graciosos…

Pronto comenzamos a entablar una conversación con este chaval, Rashid, pues iba con su móvil en modo altavoz y con reaggeton nada menos. No pudimos por menos que pedirle que cambiara la música y que si al menos nos iba a amenizar el paseo, fuera con música local. Él iba cambiando el repertorio, pero con poco éxito. Además, de fondo llevábamos a un grupo de argentinos un tanto escandalosos (“dale peluuuuuuso”), y no eran chavales precisamente. Así que entre el reggeaton, los argentinos y el movimiento, hubo un momento que casi acabamos pidiendo la hora. Pero lo cierto es que a medida que íbamos avanzando, las dunas iban siendo más grandes y la arena más rojiza (solo salpicada por las cagarrutas de los camellos).

Además, el sol comenzó a desaparecer y los últimos rayos de luz daban un tono interesante al paisaje. Para cuando quisimos llegar al campamento ya era de noche. No sé cómo consiguió orientarse nuestro guía en el último tramo, la verdad. Yo no habría podido, pero es que yo me pierdo entre calles con nombre, así que…

Como éramos unas 16 personas y el campamento tenía capacidad para 40 nos dieron para elegir las haimas. La pareja de Madrid se cogió una haima para ellos solos y nosotros en vez de coger una para cada dos, nos metimos todas en una. La verdad es que eran espaciosas y estaban calentitas a pesar de la temperatura exterior. El truco es que eran de metal, por lo que el calor que les da durante el día, se mantiene por las noches. Pero no se veían las paredes, sino que estaban cubiertas de telares.

La que elegimos contaba con una cama grande, una mediana y otra individual. Eso sí, estábamos juntas, pero no revueltas, que para eso había una sábana divisoria.

Dejamos nuestras cosas y salimos afuera a las mesas, donde se nos unió Rashid. Estuvimos un rato de charla con él hablando sobre música, costumbres, viajes y sobre cómo había aprendido español. Llevaba un anillo con lo que nos parecían símbolos y nos explicó que era tifinagh, el alfabeto bereber. Fue transcribiendo en la arena nuestros nombres y la verdad es que era muy interesante, pero pronto nos llamaron para cenar, así que pasamos al comedor. Nos habían preparado una sopa (todo un clásico), esta vez con un tono rojizo. Estaba rica, pero no identificábamos el sabor, así que preguntamos a los chicos, pero ellos estas cosas de cocina no tenían ni idea, así que nos quedamos con las ganas. De segundo un tradicional tajin de pollo y de postre mandarinas. De nuevo volvió a ser mucha comida y nos sobró.

Además de con la pareja de madrileños, compartimos mesa con los argentinos y unos italianos. No se podría haber elegido tres nacionalidades más ruidosas…

Como sobremesa los chavales cogieron sus tambores, timbales y crótalos y nos amenizaron la velada con música tradicional bereber.

La etnia bereber, original del norte de África, se asienta en la extensión de terreno que va desde la costa Atlántica de Marruecos (incluyendo las Islas Canarias) hasta Egipto y desde las costas del Mediterráneo hasta el sur del Sáhara. Tradicionalmente ha sido un pueblo nómada y en los últimos años, con la llegada del turismo, viven de él exhibiendo sus costumbres y tradiciones.

Ellos no se refieren a sí mismos como bereberes, sino que prefieren el término amazigh, que significa en su idioma “hombre libre”. Según nos comentó el guía del Ksar Ait Ben Haddou el día anterior, la palabra bereber procede del vocablo griego βάρβαρος (bárbaro) y, lógicamente, tiene connotaciones negativas.

La música era animada, sin embargo, cuando llegó el momento de bailar y de que nosotros participáramos, la cosa decayó pues ninguno estábamos muy por la labor. Además, había cansancio. Eso sí, no nos queríamos ir a dormir sin ver las estrellas, así que nos salimos del campamento huyendo un poco de la luz para poder ver bien el cielo. Los chicos al ver que nos movíamos nos preguntaron que adónde íbamos y al decirles nuestras intenciones, nos acompañaron. Bueno, en realidad Rashid nos guió en la oscuridad a través de las inmensas dunas hasta llegar a una bien alta desde donde tendríamos unas buenas vistas. Una pena no haber podido sacar una manta y dormir al raso, porque la verdad es que es un espectáculo digno de admirar. Una pena que la industrialización y la contaminación (tanto atmosférica como lumínica) no nos permitan disfrutar de esto todos los días. A medida que la vista se acostumbraba éramos capaces de ver más y más estrellas. Incluso alguna fugaz.

Nos sentamos un rato en la arena, que por cierto estaba fría, e incluso nos hicimos alguna foto en medio de la oscuridad. Pero el sueño podía con nosotros y sabíamos que al día siguiente había que madrugar bastante, por lo que aunque apenas eran las 11, era hora de retirarse a la haima.

Marruecos V. Día 3: De la Garganta del Dades a las Gargantas del Todra

En cuanto sonó el despertador y me vestí, no pude resistirme a salir al balcón y ver el entorno donde nos encontrábamos, sin embargo, aún no había amanecido. Un rato después, cuando ya estábamos listos los cuatro para bajar a desayunar nos sorprendió encontrarnos en medio de las montañas. Se respiraba aire puro, se respiraba tranquilidad. Ahora entendíamos que Mustapha dijera el día anterior que era una pena que tuviéramos que hacer el camino ya de noche pues nos estábamos perdiendo las vistas.

En el restaurante nos recibió el mismo camarero de la cena, que nos dio la bienvenida en bereber y luego nos preguntó si habíamos descansado. Y la verdad es que habíamos caído como benditos, pues estábamos cansados y las camas eran muy cómodas. Pero había que reponer pilas, y nos encontramos con un buffet muy variado aunque no sabíamos muy bien qué era cada cosa. Entre el camarero y una guía española que iba con un grupito latinoamericano nos pusieron al día. Había para elegir entre salado y dulce, aunque sobre todo dulce. La guía nos recomendó probar la crema de cacao bereber, hecha a base de cacahuetes en lugar de avellanas. Y la verdad es que estaba rica, pero era contundente también.

Además del buffet, nos sirvieron en la mesa el zumo de naranja natural, yogur y unas crepes. Desayunamos fuerte, la verdad.

Volvimos a la habitación a terminar de recoger y preparar el equipaje y volvimos a salir a la terraza para hacer tiempo hasta que llegara nuestro conductor. No sabíamos lo que nos deparaba el día, pero habíamos empezado con ánimos. Dejamos el hotel con un buen sabor de boca. Desde luego no podíamos poner queja alguna ni en la recepción, ni atención, ni habitación, ni comida y mucho menos de las vistas o el entorno. Quedamos encantados y queríamos más, así que cuando llegó Mustapha estábamos expectantes.

Y no nos defraudó, pues antes de llevarnos de vuelta por la garganta para recoger a los sevillanos, nos subió un poco más la montaña para que pudiéramos disfrutar de las vistas ya que no lo habíamos hecho la tarde anterior porque se nos había hecho de noche.

Espectacular.

Tras las fotos de rigor, seguimos por el valle del Dades deshaciendo el camino que habíamos recorrido por la noche y de nuevo hicimos una breve parada en las inmediaciones de Tamellalt para ver unas raras formaciones geológicas de arenisca roja conocidas como los “dedos de mono” (aunque también reciben el sobrenombre de “dedos de Dios” , “pies de Dios” o “cerebro del Atlas”.

Impresiona ver ante ti estas paredes rojizas de unos 200 metros de altura, aunque íbamos ya tarde para recoger a los andaluces, por lo que no pudimos detenernos tampoco mucho.

Con el grupo ya al completo, emprendimos nuestro viaje hacia las Gargantas del Todra. No obstante, de camino, paramos un par de veces para fotografiar el paisaje. Teníamos un día despejado y se podía otear el horizonte con facilidad.

Una de estas paradas, fue para poder ver desde las alturas el pueblo de Tinerhir, que viene a significar “la de la montaña”. Y es muy oportuno, ya que está enclavada entre altas montañas.

En el lado opuesto se extiende el palmeral, una verdadera explosión de verdor en medio de tanto tono rojizo en el valle.

Hace siglos Tinerhir no era más que uno de tantos ksur en el valle. Sin embargo, ganó relevancia y comenzó a crecer cuando la administración del protectorado francés la nombró centro administrativo de la región. En los últimos años este crecimiento ha seguido aumentando como consecuencia del turismo, y es que su enclave hace que sea lugar de paso en cualquier viaje hacia el sur. No obstante, a pesar de que se ha expandido en los últimos años y se han construido edificios modernos, aún conserva elementos de su pasado.

A un paso se hallan las Gargantas del Todra, un cañón que se ha formado por la erosión del río y la acción del viento a lo largo de millones de años.

Mustapha nos dejó al principio de la garganta y nos dijo que nos esperaba al final, por lo que pudimos pasear tranquilamente y admirar el paisaje. El río no llevaba mucho caudal, lo que nos permitió subirnos a alguna piedra en medio del cauce y alzar la mirada hacia las rocas.

Allí en medio del cañón una se siente minúscula. Es todo un paraíso para los escaladores, pues las paredes llegan a medir hasta 300 metros de alto. Entre ambas hay apenas unos 10 metros de ancho, por lo que resulta imposible tomar perspectiva suficiente para hacer una buena foto. Al menos con un objetivo modesto, claro.

Da un poco de miedo pensar que se puede desprender alguna roca desde lo más alto de la roca. De hecho, los dos hoteles que hay en plena garganta acabaron cerrando después de varios desprendimientos. Si es que a quién se le ocurre…

Vimos a varios nómadas en el río y es que al parecer el gobierno está favoreciendo que se asienten en esta zona que hasta hace poco se mantenía prácticamente deshabitada.

Cuando llegamos al final, allí estaba Mustapha esperándonos con la furgoneta ya orientada para salir y cuando estuvimos listos volvimos a la carretera. Era poco más de media mañana, pero paramos a comer. Y es que una vez que nos metiéramos ya más hacia el desierto, iba a ser complicado encontrar un restaurante.

Nos sentamos al aire libre, bajo una carpa y, aunque hacía calor, allí, a la sombra, se estaba bien. De nuevo teníamos menús contundentes y esta vez elegimos de primero dos ensaladas, una tortilla francesa y una tortilla bereber (que era ligeramente diferente a la del día anterior).

Para los segundos de nuevo lo hicimos fácil y escogimos cuatro distintos para así probar de todo: pollo al limón, pinchos, tajín de pollo con guisantes y las albóndigas, que nos habíamos quedado con ganas el día anterior.

Todo estaba muy rico, aunque el pollo al limón estaba algo más seco que el tajín con guisantes. Pero sin duda lo que más nos gustó fueron las albóndigas. Estaban jugosas y la salsa estaba para mojar y mojar. Tanto que tuvimos que pedir otra cesta de pan.

De postre teníamos dónde elegir, así que pedimos otro surtido: naranja con canela, surtido de pastas y una milhoja. Yo la verdad es que llegué a reventar y solo probé una de las pastas y comí algo de naranja. Pero al parecer la milhoja estaba muy rica y nada empalagosa.

Con el estómago lleno continuamos el camino, pues aún teníamos trecho que recorrer hasta llegar a Merzouga. Aunque teníamos una breve parada programada. Mustapha nos llevó a la tienda de unos amigos bereberes de que nos dejaron vestirnos con sus trajes típicos.

Además, una de las niñas hacía tatuajes de henna. Pero henna de verdad, de la que se queda color ocre y no negra. Nos explicaron que al parecer la de la plaza Jamaa el Fna está mezclada con otros ingredientes y de ahí su color. Estas mezclas a veces pueden provocar reacciones alérgicas, por lo que nos las desaconsejaron totalmente. Como había que hacer el pack completo, yo sí que me hice uno, pero no en la mano como es habitual, pues no quería llegar a Madrid y que se me viera. Son bonitos, sí, pero llaman la atención. Es como volver de Rivera Maya con las trencitas… No me gusta. Así que le pedí que me lo hiciera en el antebrazo y en cuestión de un par de minutos improvisó a pulso un dibujo que le quedó muy bien. Eso sí, después estuve media hora con el brazo apoyado en el coche bien lejos de mí para dejarlo secar y no borrarlo. Como decía nuestra compañera madrileña, es como esperar a que se te sequen las uñas…

Después de las fotos, los tatuajes y comprar algún detalle (nos regalaron incluso unas pulseras de cuero), volvimos a la furgoneta esta vez ya del tirón hasta el desierto.

Marruecos IV. Día 2 II: Ait Ben Haddou – Ouarzazate – Valle del Dades

Cuando regresamos al restaurante tras la visita al Ksar, a Mustapha no se le había pasado el enfado. Seguía con el runrún porque íbamos retrasados. Desde luego este hombre no parecía marroquí. Aunque lo cierto es que no protestamos mucho, pues teníamos hambre y sed. Otra cosa diferente era qué elegir, pues teníamos una gran variedad de menús donde elegir. Los precios oscilaban entre los 110 y 120 DH, un precio muy europeo.

Nosotros, que somos unos catacaldos, pedimos cuatro diferentes para así probar de todos y descubrir la gastronomía marroquí. Elegimos ensalada marroquí de primero, porque no nos apetecía sopa con el calor que habíamos pasado en el Ksar, y de segundo tortilla bereber (era una tortilla francesa rellena con una especie de pisto), pinchos, pollo y pizza. Las albóndigas (kefta) tenían muy buena pinta, y nos quedamos con las ganas de probarlas, así como el tajin. Pero ya habría tiempo.

Estaba todo muy rico, pero los platos eran muy abundantes y no pudimos con todo.

Tras la visita y la comida volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro viaje. Pasamos por Ouarzazate, ciudad en la que se encuentran los estudios cinematográfico Atlas, los más importantes de Marruecos. No obstante, no paramos, ya que pasaríamos también de vuelta y parecía mejor opción detenerse entonces, ya que el viaje sería más pesado. Bueno, en realidad sí que hicimos una breve parada, ya que Mustapha nos preguntó si queríamos comprar unas cervezas para llevarnos al desierto, que él conocía un sitio que nos pillaba de paso, así que nos dejamos aconsejar. Nos paró en una tiendecita que para ser un país musulmán tenía bastante más gente de la que me esperaba. Nosotros pensamos que para el día siguiente al desierto las cervezas iban a llegar ya calientes, pero que para esa noche no estaría mal probar una local, así que compramos unas Casablanca, la cerveza real (de la Casa Real).

Con las cervezas en el maletero, seguimos del tirón hasta la Garganta del Dades, donde teníamos el alojamiento. El paisaje iba cambiando a cada kilómetro alternando pequeñas poblaciones, kasbahs y palmerales. La pena es que comenzó a atardecer y nos quedaba camino por recorrer, por lo que Mustapha se lamentaba por el hecho de que nos fuéramos a perder las vistas.

Con el sol casi oculto llegamos al Dades Xaluca Hotel, un alojamiento de cuatro estrellas y empezamos a flipar, pero aún no era el nuestro. Parece ser que no todos habíamos contratado el mismo tipo de excursión. Y es que había dos opciones: por un lado una más económica en alojamiento de 3 estrellas el primer día y haima con baño compartido el segundo; y por otro lado una superior con alojamiento de 4 estrellas y haima con baño privado. Esto último es lo que había contratado la pareja sevillana, así que esta parada era para dejarlos a ellos. Fueron recibidos con música y baile tradicional y todo. El resto tendríamos que esperar hasta llegar a nuestro alojamiento algo más modesto.

Emprendimos un camino de curvas a oscuras que cada vez era más largo. Incluso bromeamos con Mustapha sobre dónde nos llevaba. Pero él mantuvo la intriga. Finalmente nos descargó a nosotros cuatro primero en el Hotel Babylon Dades. No nos recibieron con música y tambores, pero tampoco nos hacía falta. Nos despedimos de Mustapha y de los madrileños y entramos al hotel, donde nos recibieron en una salita con (cómo no) un té y unas pastas. Mientras tanto, tuvimos que rellenar el libro de registro. El personal, muy atento y amable, nos facilitó la clave de la wifi y nos comentó los horarios de cena y desayuno (en español). Además, nos consultó si alguno teníamos intolerancias, alergias o era vegetariano/vegano. Estaban en todo.

Cuando finalizamos los trámites, subimos a nuestras habitaciones para acomodarnos, pues aún quedaba un rato para la cena. Nos habían alojado arriba del todo, por lo que tuvimos que recorrer prácticamente todo el hotel. Esto nos permitió maravillarnos con la preciosa decoración, sobre todo de noche con los faroles en las escaleras. No sería un cuatro estrellas, pero desde luego estábamos encantados con él. Lo poco que habíamos visto nos había sorprendido gratamente.

Y más aún cuando llegamos a nuestros dormitorios, que resulta que nos habían asignado en dos cuádruples, así que teníamos unas habitaciones enormes con tres camas, una doble y dos sencillas. Teníamos además la bomba de calor puesta, lo cual era de agradecer, pues la temperatura por la noche había bajado considerablemente.

Las habitaciones tenían su propio baño integrado. Bastante amplio y con la ducha abierta. Incluso nos habían dejado champú y gel en formato familiar.

Nos acomodamos y duchamos y matamos el tiempo tomándonos las Casablanca y comentando las experiencias que habíamos vivido en apenas 24 horas. También aprovechamos la wifi para contactar con la familia y enviar algunas fotos de lo que habíamos visto a lo largo del día.

Sobre las 9 bajamos al comedor a cenar, donde nos esperaba una fantástica cena. Para empezar tuvimos una sopa (que aunque la llamen sopa, era más una crema) de calabacín, de segundo una ensalada de tomate queso y lechuga con un aliño espectacular, de tercero pato con patatas y verduras acompañado de una salsa de nata y finalmente de postre plátano y manzana con yogur.

Los platos no eran muy abundantes, pero, al tratarse de cuatro, acabamos saciados. Estaba todo muy rico y nuestro camarero fue muy simpático y amable. Cuando traía o se llevaba un plato siempre nos comentaba lo que era o nos pedía nuestra opinión sobre lo que habíamos comido. Aprovechó para practicar su español con nosotros preguntándonos alguna palabra o la concordancia de género. Y es que el personal se comunicó en todo momento con nosotros en español, algo que me sorprendió, la verdad.

Después de la cena hubo un espectáculo bereber bastante ameno, sin embargo, no tardamos mucho en retirarnos a dormir, pues habíamos tenido un día muy completo y nos esperaba otro aún más intenso según nos había comentado Mustapha.

Eso sí, antes estuvimos unos minutos en el balcón que había frente a nuestras habitaciones intentando averiguar dónde estábamos. Había una absoluta tranquilidad y tan solo se veían las estrellas (muchas) y se oía de fondo agua, por lo que intuíamos que estábamos cerca del río. Habría que esperar al amanecer para descubrir dónde nos había dejado nuestro conductor.

El día había sido completo:

Marruecos III. Día 2: Marrakech – Tizi n’Tichka – Ait Ben Haddou

El día amaneció muy pronto, ya que nuestro conductor pasaría entre las 8 y 8:30 a por nosotros, lo que nos dejaba poco más de media hora para el desayuno, que comenzaba a las 7:30. Pero a veces las cosas no salen como una espera.

Acababa de sonar nuestro despertador a las 7 de la mañana cuando se oyó un teléfono en el riad. En aquel momento pensé que qué inoportuno quien llamase tan pronto. Y de repente, unos toques a la puerta. Abro y es el chico que nos había recogido el día anterior diciendo que el del teléfono era nuestro conductor, que nos recogía a las 7:30. Me quedé sorprendida por el cambio de horario y así se lo comuniqué, por lo que le volvió a llamar. El tipo nos dijo que recogía entonces antes al resto y después se pasaba a por nosotros. Así que seguimos arreglándonos y guardando nuestras cosas mientras nos preparaban el desayuno. Y a los 10 minutos se presenta el conductor en la puerta.

Salgo a hablar con él y le pregunto su nombre y me dice que Brahim. A lo que le enseño la conversación de whatsapp en el que se me especificó la hora en que nos iba a recoger un tal Brahim, que desde luego no eran las 7:30 de la mañana. Con cara de sorprendido me pide que le reenvíe la conversación para hablar con su jefe y le digo que le haga una foto que es más rápido. Así lo hace y tras una breve llamada me dice que bueno, que nos da 15 minutos, que la excursión tiene que empezar a las 8 y ya tiene a todo el mundo.

No entiendo nada, pero medio dormida aviso al resto y nos dedicamos a cerrar mochilas mientras nos vamos bebiendo el zumo que nos acaban de poner y algunos se abrasan con el café que aún arde. El personal del riad se lo toma con calma y nos va sacando la mantequilla, la miel, la mermelada, unos yogures… pero nosotros cada vez más impacientes no contamos con mucho tiempo, por lo que avisamos en cocina de que si nos pueden poner para llevar las tortillas francesas que tengan preparadas, que no hace falta que nos hagan más. Nos improvisaron un par de hogazas partidas a la mitad y con las tortillas dentro, cogimos un par de yogures y salimos pitando a la minivan de Brahim rozando las 7:50 de la mañana.

Montamos en la furgoneta y tras un trayecto de unos 5 minutos nos dicen que bajemos y que paguemos lo que nos queda a un compañero. Así que recogemos nuestras cosas del maletero y cuando voy a pagar me pide una cantidad muy muy por debajo de lo que teníamos que abonar. Ante nuestra sorpresa me enseña su móvil y me dice que si soy fulanitO. Y yo con cara de W.

Le digo que no y le saco mi reserva a lo que empieza a llamar al tal Brahim y a echarle lo que parece una bronca (no entiendo árabe por lo que solo me puedo fiar de la comunicación no verbal y la entonación). Después me explica que su compañero se ha equivocado y que no era a nosotros a quien tenía que recoger, pero que sí tenía a 4 personas en nuestro riad. El conductor se va y yo intento explicarle a este señor que yo le he enseñado una conversación en la que se veía claramente el logo de la empresa y los datos de la recogida y el tal Brahim me había dicho que sí, que era él pero que tenía otra hora planificada en su ruta. Y luego resulta que no es que no fuera nuestra excursión, es que no era ni la misma compañía.

Así que nos encontramos dentro de la franja de hora de nuestra verdadera recogida en una calle indeterminada de Marrakech con una empresa que no es con la que habíamos contratado la excursión. Y sorprendentemente tranquilos, sumando una anécdota más a la de la llegada al aeropuerto y que no tuviéramos conductor esperando. En este caso parece que fue un cúmulo de desafortunadas coincidencias. Al llamar Brahim a recepción y decir que tenía que hacer una recogida de cuatro personas para una excursión al desierto, el chico dio por hecho que era a nosotros, pues el día anterior a nuestra llegada habíamos hablado con él sobre nuestros planes durante nuestra estancia. Y por otro lado, la casualidad de que el conductor se llamara igual que el de nuestra empresa. A ello se le sumó el sueño y no caer en verificar con él todos los datos, como el nombre de compañía a pesar de que el logo se viera claramente en la conversación que le enseñé.

El señor de la otra empresa llamó a la nuestra para avisarles de nuestro rapto y después nos comunicó que no nos moviéramos, que vendrían a por nosotros, así que con el asunto solucionado nos sacamos nuestros bocadillos de tortilla para por lo menos desayunar algo sólido. Mientras tanto, la voz se debió correr y empezaron a acercarse señores de otras empresas a preguntarnos que qué excursión íbamos a hacer y si habíamos pagado algo. Vaya, que querían que contratáramos con ellos. Pero nosotros nos mantuvimos firmes diciendo que habíamos pagado ya prácticamente el total y que nos recogerían en breve. No queríamos más líos.

Los minutos pasaban y llegaban furgonetas pero ninguna era la nuestra. Mi móvil no cogía red de teléfono, así que solo me quedaba intentar pillar wifi para comunicarme con ellos. Afortunadamente el bar de enfrente la tenía sin contraseña, por lo que siguiendo nuestra conversación inicial, escribí para decirles lo que había pasado y dónde nos encontrábamos adjuntando fotos y ubicación. Esperaba que así al menos ellos supieran localizarnos, porque nosotros conocíamos poco de la ciudad. Mi prima sí que consiguió red, por lo que nos llamaron a su número y conseguimos concretar la recogida.

Minutos después apareció por fin nuestro conductor que llevaba dando vueltas media hora en nuestra búsqueda. Y resulta que no se llamaba Brahim sino Mustapha. Pero este era el de verdad. De verdad de la buena. Confirmado.

En la furgoneta ya había una pareja (también de Madrid) y nos quedaba una última parada ya en la zona nueva de Marrakech para recoger los últimos integrantes de nuestro viaje y echarnos a la carretera. Al final, con nuestro secuestro salimos casi a las 9 de Marrakech rumbo al sur.

Hicimos nuestra primera parada unos 100 km después, en un restaurante en lo alto del puerto Tizi n’Tichka, que cruza la cordillera de los Atlas. Alcanza los 2.260 metros de altura sobre el nivel del mar, lo que lo convierte en el puerto más alto del país.

Fue construido por el ejército francés en 1939 para uso militar. Gracias a este paso de carreteras Marrakech queda conectada con el sur, donde  el paisaje cambia y comienzan a predominar las dunas. Eso sí, es una de las rutas más peligrosas del país por la cantidad de curvas, el tráfico denso de camiones y vehículos turísticos y la peculiar forma de conducir marroquí. Hay quien incluso recomienda biodramina, pero creo que no fue para tanto. O Mustapha era buen conductor o yo iba distraída absorbiendo el paisaje.

Tras la breve parada (primero en el restaurante y luego en un apartadero más arriba) continuamos nuestro viaje emprendiendo el descenso. Hora y media más tarde llegamos a Ait Ben Haddou, la ciudad fortificada más famosa de Marruecos por haber sido escenario de varias producciones cinematográficas y por ser la mejor conservada del Atlas. Allí se supone que nos tenía que estar esperando nuestro guía, pero aún no había llegado, por lo que nos tocó esperar un poco ante el enfado de Mustapha que se quejaba del carácter relajado marroquí. Este tiempo muerto nos sirvió para conocer a nuestros compañeros de viaje, que también habían llegado el día anterior a Marrakech, solo que ellos lo hicieron por la tarde y les tocó esperar 3 horas de colas en el control de pasaportes. Alucinamos.

Finalmente llegó nuestro guía Mohamed (o así nos dijo que le llamáramos), quien nos explicó cómo funciona una Kasbah y nos dio unos datos sobre esta en concreto así como de su pueblo. Nos contó que las kasbahs son ciudadelas bereberes. En realidad, no distan mucho de la forma medieval occidental de construir las ciudades. Se trata de buscar un sitio elevado y después amurallarlo para protegerse de ataques externos. La diferencia (entre otras cosas) es que en vez de usar piedra y madera como se hacía en Europa, los bereberes construían estos conjuntos arquitectónicos con barro y adobe.  Cuando se agrupan varias kasbahs, tenemos un Ksar.

Este de Ait Ben Haddou, declarado Patrimonio Humanidad por la UNESCO en 1987, se ubica en las faldas de una colina y queda protegido por una muralla defensiva y dos torres en los flancos. Nació en el siglo XI cuando se establecieron los almorávides para controlar el paso de las caravanas comerciales procedentes del África negra con destino Marrakech, Fez y Meknes. Hoy aún residen algunas familias, pero la mayoría de la población de Ait Ben Haddou reside fuera del Ksar.  En la parte moderna podemos encontrar hoteles, restaurantes, locales de artesanía… enfocado totalmente al turismo.

Para llegar a la parte amurallada debemos cruzar el río Ounila, bien por un puente nada particular y de reciente construcción, o a la manera tradicional, como quería nuestro guía: cruzando el río por unos sacos. Sin embargo, la idea de los sacos no cuajó mucho en nuestro grupo. A algunos por el calzado que llevaban, otros por los equipos fotográficos y otros porque iban de punta en blanco, así que convencimos al guía para ir por el puente, aunque se tardara algo más. Sí que es cierto que cruzando por los sacos se tienen mejores vistas al acceder por la puerta principal, pero le pedimos que después diéramos el rodeo para no perdérnoslas.

Una vez en el ksar nuestro guía nos llevó un poco a la carrera callejeando hacia la parte alta. Desde allí arriba contrasta la uniformidad cromática de la parte amurallada con el pequeño palmeral a sus pies.

Pudimos ascender a lo alto de la colina, donde se encuentra una antigua fortificación que servía de granero. Hacía calor, pero dimos el último empujón para poder disfrutar de las vistas 360º.

De bajada nos llevó a una tienda en la que nos mostraron la técnica de pintar con pigmentos y una bombona. Algo similar a los talleres de campamento con un limón y una vela. Tenían obras muy bonitas, pero no era muy práctico comprar algo que no cupiera en nuestras mochilas o pudiera acabar dañado, así que no compramos nada. En la puerta tenían expuestas fotos de los diferentes rodajes que han pasado por la ciudadela. Lawrence de Arabia, El Príncipe de Persia,  La Joya del Nilo, Alejandro Magno, La Momia, Gladiator, Asterix y Obelix: Misión Cleopatra y recientemente Juego de Tronos.

Precisamente en la entrada principal aún se ven en el suelo las marcas donde estuvieron las falsas puertas de cartón de Yunkai, ciudad liberada por Daenerys Targaryen.

Rodeamos la ciudad volviendo al puente firme y tras despedirnos de nuestro guía nos sentamos a comer.