Road Trip por Islandia XXIII: Día 10. Excursión al glaciar Falljökull

Y entramos en la recta final del viaje llegando a nuestro décimo día y un plan que apetecía mucho: la excursión a un glaciar. Aunque teníamos el desayuno incluido en la reserva del hotel, improvisamos uno en la habitación porque teníamos que estar a las 9 de la mañana a unos 136 kilómetros de distancia. De esta manera, a las 7:25 ya teníamos cargado el coche y estábamos entregando la llave antes de salir rumbo al Parque Nacional Skaftafell.

Declarado Parque Nacional en 1967, es uno de los más extensos del país con casi 1.700 m². Cuenta con un buen número de recorridos para adentrarse por sus extensos paisajes de hielo y fuego. Nuestro punto de partida era en el aparcamiento de autobuses del parque que hay junto al Centro de Información al Visitante. Allí tiene su oficina la empresa Arctic Adventures, con quien habíamos contratado la excursión. 

No obstante, allí no podíamos dejar el coche, sino que hay un aparcamiento destinado para el resto de vehículos un poco más adelante. Se ve que la zona ha sido habilitada recientemente, supongo que con la crecida del turismo. Y por primera vez nos encontramos con que teníamos que pagar el estacionamiento en unas máquinas cercanas. Había que indicar el número de matrícula y un correo electrónico (para el envío de la factura). Nos costó 750 ISK para todo el día.

Tras dejar el coche y pagar nos dirigimos al centro de visitantes para hacer tiempo, pues aún faltaban unos minutos para que abrieran la oficina de Artic Adventures. Aprovechamos para pasar al baño, rellenar la botella de agua y dar una vuelta por la tienda y exposición. Pudimos leer las historias sobre montañeros a los que les sorprendió alguna avalancha o sufrieron algún percance. También tenían colgados varios mapas del parque y las posibles rutas. En uno de ellos se podía leer en el pie de foto algo así como “ahorra papel, hazle una foto y llévalo siempre contigo”. Una buena idea porque además la combinación papel y viento/humedad no parece muy buena idea, mientras que el móvil lo llevamos siempre encima.

A las 8:45 nos fuimos a la oficina de Artic Adventures y ya nos estaban esperando. Nuestra guía se presentó y nos preguntó si teníamos alguna lesión previa o algo que debiera saber. Además tuvimos que firmar un documento como que estábamos informados de los posibles riesgos de la excursión. Después nos preguntó nuestro número de pie y revisó el calzado que llevábamos. Para la realización de la ruta nos recomendaban llevar una pequeña mochila para los objetos personales, comida y agua e ir vestidos con chaqueta y pantalón resistentes al agua, además de un jersey ligero, guantes, gorro, gafas de sol y protección solar. En los pies botas de trekking con buen agarre en el tobillo. En caso de que el calzado no cumpliese con los requisitos, en la oficina lo alquilan por 1000 ISK (unos 7€). También tenían ropa impermeable de diferentes tallas.

Una vez verificados, nuestra monitora comenzó a preparar los crampones, arneses, cascos y piolets según los tamaños de cada uno.

Y con todo listo, el grupo al completo se subió al autocar que nos llevaría a los pies del glaciar. Aquello parecía la ONU: íbamos una pareja de taiwaneses, dos de alemanes, una de españoles (nosotros) y un belga francófono.

Una media hora más tarde nos bajamos y comenzamos a andar hacia la lengua. El camino nos llevó otros diez minutos por la montaña teniendo que cruzar un peculiar puente que solo soporta el peso de dos personas a la vez y se balancea bastante.

Tras pasar el río proveniente del deshielo continuamos por un sendero para no pisar el musgo, ya que tarda bastante en volver a crecer.

Unos pocos minutos después llegamos a la laguna de la lengua, una masa de agua que hasta hacía unos años era aún hielo y que, según nuestra guía, en 10 años será aún mayor, ya que para entonces el glaciar habrá desaparecido por completo.

Nos sorprendió encontrar un 4×4 en aquella zona. Al parecer hay algunas excursiones que sí que te acercan a los pies del glaciar.

Después de unos datos sobre el parque y el glaciar, continuamos con nuestro recorrido a pie viendo cada vez el hielo más cerca. Cuando ya casi habíamos llegado hicimos una nueva parada donde nuestra guía nos enseñó a ponernos los crampones y arneses, así como a usar los piolets adecuadamente. Para entonces yo ya estaba sudando, así que aprovechando el parón, me quité el polar y debajo de la chaqueta me dejé únicamente la camiseta de cuello vuelto.

Y cuando ya estuvimos perfectamente equipados volvimos a ponernos en movimiento, andando, esta vez sí, por el hielo. La parte más baja y próxima a la laguna tenía un color negruzco. Como ya habíamos visto el día anterior con los icebergs, esto se debe a la ceniza y sedimentos que se han ido acumulando en el glaciar con el paso del tiempo.

Si mirábamos hacia arriba sin embargo sí que veíamos cómo el hielo iba siendo más azulado, como el color del agua. Nuestra guía nos comentó que las típicas fotos en las que se ven glaciares totalmente blancos no son nunca del hemisferio norte, sino que son de la Antártida

Cuando llevábamos una hora y algo de subida y ya habíamos pasado la parte más dura, hicimos un breve receso para comer. Desde allí veíamos aún un tanto lejana la cima, pero ya quedaba la laguna a bastante distancia.

Nos quitamos las mochilas, cascos y piolets y sacamos cada uno lo que había llevado, en nuestro caso nos comimos unas galletas, ya que nos apetecía algo de dulce en aquel momento. Al poco de sacar todos nuestros tentempiés se nos acercaron dos cuervos. Pero además sin miedo, a nuestros pies. Según nos comentó nuestra guía, ya han aprendido que los humanos hacemos esa ruta y que vamos con comida. Obviamente tuvimos mucho cuidado de no dejar desperdicios, pero claro, es inevitable que mientras muerdes una galleta o un bocadillo no caiga alguna miga. Y ahí están expectantes.

Unos diez minutos más tarde volvimos a equiparnos y retomamos la marcha. El ascenso ahora era algo más pronunciado y en ocasiones nuestra guía tenía que ir abriéndonos camino con su piolet, pero también teníamos mayor soltura con los crampones. Además, las vistas iban mejorando cada vez más.

Nos encontramos con grietas de diferentes profundidades. Algunas eran fáciles de superar con una zancada normal, pero algunas otras había que mirar con cuidado por dónde se pisaba. Por eso es importante seguir a la persona que guía e intentar pisar por el mismo lugar en que lo hace ella, porque es alguien que conoce el glaciar y los obstáculos que puede ofrecer.

También encontramos una especie de cuevas y nuestra monitora nos animó a reptar por ellas, ya que íbamos con ropa impermeable. Parecía que iba a ser muy sencillo y que el hielo va a favorecer el deslizamiento, sin embargo fue un tanto complicado porque precisamente ese deslizamiento y la falta de agarre impide avanzar. La fuerza recae en el piolet y es precisa la ayuda de los crampones para tomar impulso.

Después ya solo nos quedaba un último tramo para obtener una buena panorámica de la lengua del glaciar y de los alrededores. Habíamos llegado a la mitad de la excursión y se notaba el cansancio. Por eso, antes de comenzar el descenso, hicimos una breve parada para tomar fuerzas.

Junto a nosotros teníamos una buena pared, así que nuestra guía nos animó a probar a escalarla. Y, de nuevo, es mucho más complicado de lo que puede parecer, ya que hay que clavar bien los crampones para ganar estabilidad y después tener bastante fuerza (y maña) para enganchar el piolet y que quede bien anclado para así poder seguir ascendiendo.

Mientras probábamos y nos hacíamos fotos, nuestra guía buscó el camino adecuado para la bajada. Nos comentó que normalmente la primera excursión del día es la que va abriendo el camino que luego van tomando el resto, así que tardaríamos algo más que otros grupos que vendrían detrás. Hay veces que se puede bajar siguiendo el curso de la lengua, pero en otros casos puede haber una cueva y pisarla puede llevarnos al desplome. No es lo mismo mirar hacia arriba, que se aprecia bien el hielo, que mirar hacia abajo, que la perspectiva no te deja ver las grietas o el grosor.

En algunos casos además se tenía que parar y picar para esculpir una especie de escaleras. Sin duda esta mujer no necesitaba gimnasio, solo con hacer esta excursión un par de veces al día estaba en plena forma física. Mientras ella iba deteniéndose a probar el camino o crearlo, nosotros podíamos tomarlo con calma y pararnos a disfrutar de las vistas antes de abandonar el glaciar por completo.

Una vez abajo junto a la laguna seguimos el mismo sendero que para la ida y esperamos unos 5 minutos al bus, que nos devolvió a la oficina de Artic Adventures. Llegamos a las 3 y pico de la tarde, así que entregamos el material y nos fuimos al coche a comernos unos sándwiches para reponer fuerzas. Y es que a pesar de las casi cinco horas de caminata por el glaciar, el día aún no había acabado para nosotros. Aún nos quedaba otra rutilla por hacer.

Road Trip por Islandia XVII: Día 7 II Parte. Excursión al Volcán Askja

A medida que nos íbamos acercando a la caldera nos encontrábamos con un paisaje más montañoso y cada vez más y más blanco. Al parecer la carretera había estado cerrada a principios de agosto porque llegó a haber 30 cm de nieve. Sin ir más lejos había vuelto a nevar los dos días anteriores a nuestra excursión. Curiosamente sin embargo ese día teníamos un día despejado y con una temperatura un tanto alta para la zona en que nos hallábamos. Sí, los grados habían ido bajando, pero no tanto como para, por ejemplo, echar en falta los guantes.

En las zonas que no están cubiertas por la nieve podíamos llegar a ver la lava de la explosión de 1961. Y prestando atención podíamos apreciar en algunos lugares cómo se diferenciaba de la de 1875 que quedaba debajo. Y es que son dos tipos diferentes. Recordemos que la más antigua era del tipo Pahoehoe.

El jeep nos dejó en el aparcamiento de Vrikaborgir y nos dieron tiempo libre hasta las 3 de la tarde. Eran las 12:30, por lo que teníamos tiempo de sobra para hacer la ruta A1 que lleva hasta el Lago Öskjuvatn y el Cráter Víti.

Se trata de una ruta de 2,5 kilómetros apta para todos los públicos. Lógicamente hay que llevar calzado y ropa adecuada para la montaña, pero se hace en llano en todo momento y no es necesario tener una especial forma física. Tampoco tiene pérdida, ya que hay colocados postes durante todo el recorrido que marcan la ruta, la distancia y una serie de prohibiciones.

Además, encontramos unos paneles informativos en los que se podía leer algunos datos sobre Askja. Así, descubrimos que hace 14.000 años, durante la Edad de Hielo se formó el sistema montañoso de Dyngjufjöll como consecuencia de repetidas erupciones producidas bajo un glaciar. Más tarde, cuando hace 10.000 años comenzó a menguar el glaciar, una importante actividad volcánica hizo que se vaciara la cámara de magma bajo Dyngjufjöll y que el techo de esta colapsara creando la principal caldera de forma ovalada que se llenaría de nuevo de lava cuando el glaciar desapareció por completo.

La ya mencionada erupción en el año 1875 provocó que 50 km² de Dyngjufjöll se hundieran originando un nuevo cráter de 150 metros de diámetro al que se le dio el nombre de Viti. Un cráter que durante los siguientes 30 años se fue llenando de agua. Mientras aquello ocurría la actividad volcánica no cesó y hubo un nuevo hundimiento de 11 km² que, al igual que el anterior, también se acabó llenando de agua creando un enorme lago de 217 metros de profundidad.

Y eso es lo que nos íbamos a encontrar, así que, tras leer los paneles informativos sobre la formación del Askja, nos pusimos en marcha.

Aunque el primer tramo sí que tiene una pequeña pendiente y hay algunas zonas irregulares con algún que otro agujero, una vez que lo superamos, el resto es una llanura, tal y como nuestra guía nos había comentado.  Al principio el paisaje destaca por el negro de la lava solidificada y de la arena volcánica, pero también hay zonas con un tono más bien tirando a marrón, e incluso con toques naranjas. Esto al parecer se debe a que las montañas contienen hierro.

Lo más sorprendente llega a mitad de camino, cuando de repente el suelo deja de ser negro y pisamos un terreno rojizo

Pero, sobre todo, el color que predominaba era el blanco de la nieve. El día estaba despejado, teníamos unos 10º, se respiraba tranquilidad y aire puro… Estábamos encantados, especialmente pensando que en Madrid estarían a treinta y muchos grados y asados de calor mientras nosotros pisábamos la nieve a unos 1000 metros de altitud.

Unos cuarenta minutos después de abandonar el aparcamiento llegamos al Viti, cuyas paredes amarillentas y aguas azul-verdosas recuerdan la actividad termal de su interior. De hecho, en todas las excursiones remarcan como atracción el poderse dar un baño a unos 24-28º como interludio entre paseo de ida y vuelta.

Como idea no está mal, es más, nosotros por si acaso habíamos echado chanclas, bañador y toalla en la mochila; sin embargo luego en directo nos dio mucha pereza. En primer lugar porque la bajada entrañaba su dificultad debido a que había que seguir un determinado sendero para no pisar las zonas de alta temperatura y estaba totalmente embarrado. En segundo lugar porque aunque 24-28º de temperatura puede ser agradable, para llegar ahí antes hay que desnudarse a 10ºC. Además, estaba la cuestión de dónde dejábamos las mochilas y ropa mientras tanto. Como tercer obstáculo estaba el volver a vestirse con el frío y todo lleno de barro alrededor. Y finalmente la complejidad de subir por el terreno resbaladizo.

No obstante, no todo el mundo lo vio como nosotros, hubo unos valientes que bajaron y se dieron un breve baño.

Tras el Viti se halla el Lago Öskjuvatn, el más profundo del país. Mientras que el primero, como ya hemos visto, es un lago geotermal, este segundo sin embargo es glaciar. Esto quiere decir que no tiene nada que ver ni el tipo de agua ni la temperatura si comparamos uno con otro.

Separados por una pared, se aprecia claramente la diferencia de color de uno con otro. Y mientras que en Viti está permitido el baño, en Öskjuvatn está prohibido. Parece que las corrientes y remolinos lo hacen muy peligroso. Durante el invierno la superficie del Öskjuvatn llega a congelarse, así que el contraste debe ser mucho mayor entre ambos. Si le añadimos un manto de nieve cubriendo todo, el panorama debe ser de otro mundo.

Aunque nadie más bajaba al Viti, sí que vimos que había gente que bajaba por su ladera para acercarse más a Öskjuvatn, así que probamos a hacer el cabra nosotros también. No es que fuera muy sencillo, porque había una importante pendiente y estaba todo embarrado. Además era un barro que se nos metía entre las huellas de las zapatillas y no se soltaba, por lo que perdíamos el agarre de las suelas y además los pies nos iban pesando cada vez más. Pero había un señor mayor un tanto encorvado con dos bastones que se lanzó a la aventura y dijimos “pues nosotros también”.

Llegamos así a un saliente desde el que se aprecia todo el cráter del Viti y a nuestra izquierda el inmenso lago glaciar.

Tras explorar un rato la zona, a eso de las 2 y algo emprendimos el camino de vuelta hacia el aparcamiento parando de vez en cuando a echar las últimas fotos.

Con todo el grupo ya listo, volvimos sobre el camino que habíamos llegado para dirigirnos a una última parada antes de emprender el regreso a la civilización. Hicimos un alto en el refugio Dreki, donde nos dieron una media hora para comer y dar un paseo por los alrededores.

El refugio está totalmente equipado para los montañeros. Cuando se va por libre hay que pagar por usar sus instalaciones, pero en nuestro caso no era necesario, pues las empresas que realizan estas excursiones ya tienen un acuerdo y lo gestionan.

Es obligatorio descalzarse nada más entrar, así que dejamos las zapatillas en el mueble junto a la puerta y pasamos a la amplia cocina. No sabíamos que podíamos cocinar, si no, nos hubiéramos llevado una sopa de sobre de nuestro alijo en lugar de unos sándwiches. En cualquier caso, tampoco teníamos mucho tiempo, así que mejor no tener que perder tiempo en calentar el agua y luego fregar los cacharros.

Tras comer recogimos la basura y pasamos por el baño, que está en una cabaña aparte. Y parece que cada vez tienen más demanda, pues junto a ella estaban construyendo más edificios, no sabemos si darían servicio como alojamiento o como zonas comunes.

Aún nos sobraban unos diez minutos, así que nos acercamos a la Garganta Drekagil (del dragón), que sirve de punto de partida para las rutas A2, A3 y A4, de alta dificultad. Nosotros solo nos asomamos unos pasos, no contábamos con tiempo para más, ni siquiera para la A3, que es la más corta de todas.

A las 15:40 volvimos a subir al 4×4 para poner rumbo a Reykjahlíð. Nos esperaba un viaje sin paradas de tres horas, así, no es de extrañar que acabáramos todos (menos el conductor y la guía) echando una siestecilla al compás del traqueteo.

Cuando llegamos a Reykjahlíð aprovechamos que el supermercado aún estaba abierto para hacer algo de compra y así no tener que parar al día siguiente. Pero aún nos quedaba tarde, y como nos habíamos quedado con ganas de darnos un baño, decidimos concluir el día en los Mývatn Nature Baths, que cierran a las 12 de la noche.

Road Trip por Islandia XVI: Día 7. Excursión al Volcán Askja

Al igual que el día anterior madrugamos para desayunar a las 7 según abrieran el comedor. No obstante, aquella mañana contábamos con algo más de tiempo ya que en esta ocasión nuestra excursión partía de Reykjahlíð. Aún así, tampoco podíamos dormirnos en los laureles, porque mínimo veinte minutos sí que teníamos de trayecto y no queríamos llegar con la hora muy pegada. Lo bueno es que ya conocíamos el camino y sabíamos dónde estaba el punto de encuentro, por lo que íbamos más tranquilos. Cuando llegamos al aparcamiento de Reykjahlíð en torno al que se ubican el supermercado, la gasolinera y el centro de visitantes esperábamos ver un autocar, sin embargo lo que nos encontramos fue un pick up 4×4.

Ante la duda, nos acercamos a preguntar, reserva en mano, si era nuestra excursión. Y así era. Y es que en función de la gente que haya contratado, así ponen un vehículo u otro. Íbamos a tener una visita en un pequeño grupo, algo lógico, ya que estábamos en unas fechas muy próximas al cierre de temporada. A partir de septiembre ya todo el mundo alquila un vehículo 4×4 porque el tiempo es más inestable. Como ya comenté, la visita a Askja, y en general a las Tierras Altas, ha de hacerse en un vehículo todoterreno, pero a nosotros no nos compensaba alquilar 15 días un 4×4 solo para dos rutas, de ahí que contratáramos la excursión con Visit Askja. Nos quitábamos así de líos.

Nuestra guía comprobó nuestros datos de la reserva y tras asegurarse de que lleváramos ropa de abrigo, comida y bebida (elementos importantes para una excursión de este tipo) nos invitó a subir al vehículo mientras llegaba el resto de viajeros. El pequeño grupo estaba formado por una joven pareja de franceses que ya se había acomodado en la primera fila de asientos, y dos señores alemanes de unos 70 años que por su forma de relacionarse entre ellos parecían conocidos que se habían unido para hacer la misma excursión. Sí que es verdad que llegaron en el mismo coche, pero luego cada uno se sentó en una fila de asientos diferente y no se dirigieron la palabra. Y lo mismo durante el resto del viaje, se sentaban separados y una vez fuera del 4×4, cada uno iba a su bola.

Con todo el mundo sentado en el jeep y el reloj marcando las 8, salimos dirección al Askja. Mientras tanto nuestra guía nos fue contando cómo iba a ser la excursión, las paradas que íbamos a realizar, el tiempo que íbamos a disponer para nosotros, dónde encontraríamos baños y demás cuestiones prácticas. Y a continuación entró más en materia hablándonos sobre Islandia y su carácter volcánico, sobre el Parque Vatnajökull y el Askja. Mientras tanto, recorrimos 30 kilómetros de campo de lava, dejamos atrás la Ring Road y nos metimos por la F88, una pista de grava que aunque de inicio no parece tan complicada de conducir, poco a poco empieza a ser más desigual dando la sensación de ir campo a través. Desde luego se necesitan unos buenos amortiguadores para recorrerla. Y ponerse el cinturón, porque dimos más de un bote en el asiento.

Una hora después de nuestra salida llegó nuestro primer vadeo sobre el río Grafarlandaá, afluente del Jökulsá. Fue entonces cuando la guía nos aconsejó que si alguna vez nos veíamos en tal tesitura, lo que había que hacer era cruzar a la mínima velocidad posible y a un ritmo constante, sin acelerones.

A unos metros del sendero marcado para el cruce se halla la pequeña cascada Grafarlandsfoss. No es especialmente alta, ni tampoco especialmente significativa si la comparábamos con las que ya habíamos visto en la semana que llevábamos en el país, pero hicimos un pequeño parón de unos 10 minutos para estirar las piernas y rellenar las botellas aprovechando que era agua dulce y totalmente potable. La guía nos estuvo explicando entonces que el agua de este tipo de ríos sí que se puede beber, mientras que por el contrario, la de los ríos glaciares no es aconsejable por todos los sedimentos que puede arrastrar del deshielo.

Había una familia de ovejas que se asustaron y marcharon al vernos llegar, pero por lo demás, la zona estaba desierta. Aunque no mucho después llegó otra furgoneta, por lo que enseguida volvimos al 4×4 para continuar con nuestra excursión y no hacer tapón.

Retomamos el camino durante otra hora. Cada vez iba habiendo más baches y cada vez veíamos más cerca las montañas nevadas. Atravesamos el extenso campo de lava de Ódaðahraun (que viene a significar Lava de las acciones diabólicas), el mayor campo de lava del mundo con una extensión de 5000 km². Nuestra guía nos explicó que hay varios tipos de coladas de lava. Por un lado la que discurre en bloques y que es desigual y con rugosidades. Esto ocurre porque se mueve a una velocidad de entre 5 y 50 metros por hora, y mientras que la superficie se va enfriando, la parte inferior sigue caliente y va desplazando, agrietando y deformando la capa superior. Por otro lado está la colada Pahoehoe, que tiene un ritmo más fluido y por tanto la superficie resultante es más regular, pudiendo ser tanto ondulada como incluso lisa. Lo que encontramos en Ódaðahraun es este segundo tipo, que recibe el nombre internacional que le dan los hawaianos, otros expertos en vulcanología. También nos comentó que si la lava presenta puntos blancos y naranjas esto significa que hay existencia de vida. Puede parecer así a priori un detalle sin importancia, pero son una buena referencia para comprobar si hay algo mal, ya que por ejemplo cuando hay polución estas marcas desaparecen.

Sobre las 10 de la mañana hicimos la segunda parada en Thorsteinsskáli Hut, un refugio de montaña desde el que se obtiene una buena panorámica de Herðubreið. Sobre todo un día como aquel en que encontramos un cielo bastante despejado.

Este volcán de 1.682 metros, también apodado como The Queen, ganó en 2002 con el 60% de los votos el concurso de montaña más representativa del país. Se trata de un móberg, un tipo de montaña que se caracteriza por tener la cima aplanada. Consigue este tipo de cumbre cuando el volcán intenta expulsar magma pero se encuentra con una densa capa de hielo glaciar. Al no poder fluir con normalidad, se va acumulando bajo él.

Hicimos una breve visita a los baños y después anduvimos por los alrededores del refugio, siguiendo un sendero que discurre próximo al río. En todo momento es imposible obviar Herðubreið, tan solo se consigue cuando le damos la espalda.

Pese a que la lava está presente, también es una zona en la que ha crecido bastante vegetación. Y es que aunque suele arrasar todo a su paso, una vez sólida contiene múltiples nutrientes por lo que el resultado es una tierra muy fértil.

El sendero nos conduce a un pequeño hoyo donde, según nos contó nuestra guía, se escondió Eyvindur Jónsson, el más famoso ladrón islandés. Parece que el señor robó unas ovejas, le pillaron y fue condenado. Por aquel entonces (en el siglo XVIII) los criminales cumplían condena siendo desterrados durante 20 años a las Tierras Altas. Si les daba por volver antes de que pasara ese período, se arriesgaban a ser ajusticiados por cualquiera, ya que su asesino no sería juzgado. No sé cuánto hay de verídico y cuánto de leyenda, pero desde luego el agujero era bastante estrecho. Y los inviernos islandeses en las Tierras Altas no deben ser moco de pavo, así que ya podía estar preparado el forajido para haber sobrevivido por aquellos lares.

Tras los 40 minutos que nos había dado nuestra guía, volvimos al jeep para seguir con nuestra ruta. Tocaba vadear el río Jökulsá. Esta vez sin embargo lo cruzaría solo el conductor, el resto nos bajamos para ver el cañón Jökulsá á Fjöllum y cómo se precipita el agua con fuerza a través de él. Este agua es el mismo que luego llega a Dettifoss.

A principios de septiembre el caudal no estaba lógicamente en su máxima expresión, por lo que pudimos acercarnos bastante a la cascada. En primavera es imposible verla desde tan cerca, ya que las piedras que usábamos para desplazarnos quedan cubiertas en época de deshielo. Aún así llevaba bastante fuerza, soy incapaz de imaginar lo que debe ser capaz de mover en su mejor época.

Me hubiera gustado sentarme en una roca un rato simplemente a escuchar el ruido atronador y ver el contraste del cielo azul, las rocas negras cubiertas parcialmente de vegetación y el agua correr. Pero es lo que tienen las visitas guiadas, que el ritmo no lo marcas tú. Volvimos al 4×4, que ya había sorteado el obstáculo y continuamos por un paisaje que de nuevo cambiaba.

En su erupción más virulenta, la de 1875, el Askja no solo expulsó magma, sino también dos mil millones de metros cúbicos de ceniza y piedra pómez. Por eso, al aproximarnos cada vez más a su caldera, comenzamos a ver cómo el terreno pasaba de negro a amarillento. Hasta aquel momento en que hizo acto de presencia por todo lo alto, nadie sabía de su existencia. La actividad volcánica en su interior había estado más o menos contenida y este espacio se consideraba un terreno tan válido como cualquier otro para asentarse, así pues, había gente viviendo en los alrededores. Lógicamente, con la erupción la cosa cambió y quien logró sobrevivir se marchó.

Desde hace tiempo se realizan periódicos controles geológicos y a partir de 2010 se ha detectado que ha habido un aumento de la actividad sísmica. Todos recordamos la que se lió con el espacio aéreo en 2010 con el Eyjafjallajökull y en 2011 con el Grímsvötn. En 2014 entró en erupción el Bárðarbunga, uno de los conos volcánicos que forma el Askja, y con el calentamiento de la Tierra es todo mucho más inestable, por lo que no se descarta que en los próximos años tengamos algún que otro susto. No obstante, según nuestra guía tienen hasta un protocolo por el que serían capaces de trasladar a todos los islandeses al sur de Dinamarca si hubiera una catástrofe, así que no parecen muy preocupados.

Hicimos una breve parada en una zona en la que en 1967 Neil Armstrong realizó pruebas de aterrizaje antes de viajar a la Luna un par de años más tarde. El terreno cubierto de ceniza y piedra pómez es tan similar al del satélite que la NASA lo lleva usando desde entonces para entrenar a sus astronautas y hacer simulaciones con sus equipos. Sin ir más lejos, durante el verano de 2019 estuvieron un tiempo por allí, y para este 2020 tenían previsto acudir con un vehículo que después pretenden llevar a Marte.

Si no te avisan de que es piedra pómez es muy chocante coger una roca que piensas que va a pesar y sin embargo luego es muy liviana y se deshace si aprietas.

Apenas paramos unos 5 minutos para experimentar de propia mano la textura del terreno y hacer algunas fotos, enseguida volvimos al coche para ya por fin dirigirnos a nuestra parada estrella: la caldera de Askja.

Marruecos VII. Día 4: Merzouga, Valle del Draa y vuelta a Marrakech

Se supone que íbamos a salir del campamento a las 6 de la mañana, así que nos pusimos el despertador a las 5 para tener tiempo para prepararnos y volver a las dunas a por un poco de arena para llevarnos de recuerdo. Sin embargo, no empezamos muy bien el día. O la noche, porque aún no había luz. Mi prima que cogió el móvil para usarlo como linterna de camino a los baños acabó con él en remojo. Se lo había metido en el bolsillo del abrigo y al levantárselo… plof

Los baños eran cabinas bastante completas, con su lavabo, su ducha y su inodoro. Que la verdad, yo me había esperado unas letrinas casi.

Pero aún así, la canalización de los inodoros no era muy allá y la cadena no funcionaba muy bien, por lo que no había agua limpia en el fondo.

La pobre lo limpió con desinfectante en gel para manos, con toallitas, lo secó… pero aquello no parecía tener buena pinta (spoiler alert: no resucitó).

Mientras tanto, el tiempo pasaba y seguíamos esperando a que vinieran a por nosotros, pero no aparecía nadie, así que fuimos a por arena para llevarnos de recuerdo y nos volvimos a la haima pues en el exterior hacía bastante aire. Por fin a las 6 y media vinieron ya a avisarnos de que los dromedarios estaban listos y que nos marchábamos, por lo que recogimos y volvimos a subirnos a los animales. Seguía siendo igual de complicado que el día anterior, con el añadido de que teníamos agujetas en los isquiones. Aún era de noche, aunque se veía cómo despuntaba algo de claridad a nuestras espaldas. Íbamos preocupados por ello, pues eso suponía que no íbamos a ver bien el amanecer. Sin embargo nuestro guía nos dijo que pararíamos en el trayecto en su momento para ello, así que confiamos en su palabra.

Esta vez la ruta fue bastante más tranquila, pues no llevábamos detrás a los argentinos ni a Rashid con la música. Y también más fría. Aquí yo el pañuelo lo llevaba al cuello y directamente llevaba el gorro de la sudadera y el de la chaqueta para protegerme del aire. Unos minutos antes de que fuera a amanecer, nuestro guía hizo parar a los dromedarios para que pudiéramos bajar y disfrutar del momento. Como no podía ser de otra manera sacamos nuestro lado instagramer para hacernos fotos chulas en las dunas mientras veíamos cómo rápidamente amanecía. En cuestión de unos minutos ya había asomado totalmente el sol sobre el desierto. Todo un espectáculo, la verdad, sin duda merece la pena madrugar. Aunque creo que sigo quedándome con el cielo estrellado.

Tras el breve receso, volvimos a subir a los dromedarios y a continuar con nuestro camino de vuelta al hotel, donde nos esperaba el desayuno. Y Mustapha metiéndonos prisa, así que desayunamos rápidamente. Esta vez teníamos zumo envasado, tes y cafés, yogures y magdalenas. Poco donde elegir, pero como había hambre, nos adaptamos. Mientras Mustapha se fue a por nuestros compañeros sevillanos, los demás volvimos a la habitación a rehacer las mochilas y asearnos por turnos. Al tener tan solo un cuarto de baño para los seis no nos iba a dar tiempo a ducharnos, así que nos aseamos como pudimos. En la espera, mientras me estiraba, mi prima descubrió que mi tatuaje del día anterior se había duplicado. Y es que debí dormir con el antebrazo sobre la tripa y se había traspasado la henna. Aunque aún conservaba el del brazo.

Cuando volvió Mustapha cargamos nuestros bultos y volvimos a la furgoneta.

Enseguida hicimos una parada en el pueblo de Rasini para ver el mercado local. Mustapha nos había comentado el día anterior que si nos interesaba la cocina y queríamos comprar especias que nos esperáramos a llegar aquí, que en los zocos de Marrakech podíamos encontrarnos con que lo que nos vendieran no fuera 100% lo que decían. Este pueblo, mucho menos transitado, al parecer tiene la mercancía más pura ya que la traen directamente los bereberes.

Mustapha nos llevó directamente a una farmacia tradicional donde desplegaron una gran variedad de productos. Además de darnos para oler varias especias, también nos explicaron varios remedios naturales, como una bola hecha con eucalipto y algo más que acercada a la nariz la despejaba como si de un vips vaporoub se tratara. Aprovechamos para comprar unas especias y algún detalle para regalar.

Después un bereber conocido de Mustapha nos llevó por el mercado indicándonos cómo se dividían las zonas, dónde se comerciaba qué… bueno, básicamente nos explicó como funcionaba un mercado… Que supongo que hay a quien le chocará según las costumbres de cada país, pero en nuestro caso, siendo españoles y habiendo heredado este aspecto comercial, no nos sorprendió mucho más allá de los animales muertos expuestos al aire sin ningún tipo de protección.

Nos llevó a probar los típicos dátiles e incluso salimos al exterior a la zona de animales, donde se vendían burros (cada vez menos por los coches), vacas y corderos.

Volvimos de nuevo a encontrarnos con Mustapha y después de pasar por la tienda del bereber que nos había hecho de guía y que algún compañero hiciera alguna compra, seguimos nuestro viaje de vuelta a Marrakech.

Sobre las 2 de la tarde paramos a comer en el pequeño pueblo de Nkob, a unos 230 km de Merzouga, 160 de Ouarzazate y 334 de Marrakech. Nuestro conductor nos llevó al Kasbah Ennakhile, una antigua kasbah convertida en en hotel y también restaurante. Su gran atractivo es la terraza superior con salón árabe que ofrece unas magníficas vistas de los palmerales a sus pies y de fondo la cordillera del Jebel Saghro. Impresionaba la visión de miles de palmeras que parecían extenderse hasta el infinito, sin embargo, Mustapha se reía y nos decía que aún nos quedaba mucho por ver en lo que a palmerales se refiere.

Esta vez para comer podíamos elegir entre menú completo o solo segundo plato, algo que agradecimos, pues las raciones nos parecían enormes. Así, obviamos las sopas y ensaladas y nos centramos en las opciones de plato principal. Teníamos seis donde elegir, pero ese día solo hacían cuatro, por lo que nos lo pusieron fácil y elegimos uno de cada para compartir y así probar de todo.

Volvimos a elegir la tortilla bereber (cada una que probamos tenía distinto tipo de relleno), pollo al grill con verduras, patatas y arroz, unos pinchos también con guarnición, y tajin de pollo con ciruelas y almendras.

Estaba todo muy rico, de hecho el pollo estaba más jugoso que el del día anterior.

Con el estómago lleno y Mustapha preocupado porque nos quedaban muchos kilómetros y se nos iba a hacer de noche antes de llegar a Marrakech, volvimos a la carretera. Entre el cansancio y la comida, había ganas de echarse una siesta. No obstante, poco después de dejar el restaurante entramos en el Valle del Draa, y no había que perder detalle. Entre las poblaciones de Agdz y Zagora hay unos 100 km en los que podemos encontrar el oasis más grande del país (segundo de África, por detrás del del Nilo), con millones de palmeras. El valle recibe su nombre del río que lo serpentea, el Draa, el más largo de Marruecos. Sin él esta extensión de tierra estaría muerta, pero gracias a su riego se alimenta el árido terreno y no solo crecen las palmeras, sino que se cultivan legumbres, cereales, hortalizas o verduras y crecen la henna o arboles frutales.

Una palmera datilera hembra de más de 10 años puede llegar a producir unos 60-80 kg de dátiles por cosecha, por lo que no es de extrañar que la población de todo el valle vive básicamente del comercio de dátiles. En menor medida lo hacen también de la henna y últimamente del turismo.

El Valle del Draa supone un enclave estratégico al encontrarse en la ruta de aquellas caravanas que atravesaban el Desierto del Sáhara llevando sal al sur, o subiendo esclavos al norte. Así pues, ha estado poblado desde hace siglos por nómadas. Hoy, centenares de Ksur y Kasbahs se suceden a lo largo del valle aportando algo de color rojizo a la predominancia verde de los palmerales. Mirando esos poblados y ciudadelas parece que el tiempo se ha detenido hace siglos.

Hicimos una breve parada junto al río para disfrutar de este espectacular vergel y después volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro camino.

Estábamos a menos de 100 km de nuestra siguiente parada, sin embargo, para ello teníamos que ascender el puerto de alta montaña Tizi-n-Tinififft, por lo que nos quedaban por delante un par de horas. Al igual que hicimos en la ida, paramos en la cima para poder otear el horizonte. La abertura en la tierra y el aspecto de las formaciones rocosas me recordó de alguna manera al Gran Cañón. Sobre todo la parte más rojiza.

Tras un breve alto, seguimos hasta Ouarzazate, la ciudad conocida como la “puerta del desierto” porque sirve como parada para las excursiones al desierto. No obstante, sobre todo destaca por su importancia en el mundo del cine. Es en esta ciudad donde se hallan los Atlas Corporation Studios, los estudios de cine más famosos de África. Vamos, que vendrían a ser como los Universal Studios marroquíes.

Tras el rodaje de Lawrence de Arabia (1962) los productores pensaron que había que fundar unos estudios permanentes en la zona para aprovechar el potencial de los paisajes de la región. Desde entonces, allí se han rodado cintas como Astérix y Obélix: Misión Cleopatra, Star Wars, Gladiator, Príncipe de Persia, La Momia o La Joya del Nilo entre otras. Desde entonces, hay familias enteras que trabajan para la industria del cine. No solo como figurantes, sino como técnicos, como artesanos realizando trajes u objetos de atrezzo…

La visita es guiada en inglés, pero los estudios ya habían cerrado cuando llegamos. En realidad la parada en la ciudad fue más técnica que otra cosa. Mustapha se fue a tomar café y el resto nos dimos un paseo por las proximidades.

Lo mismo nos ocurrió con la Kasbah Taourirt, una de las mejor conservadas de Marruecos. Su visita puede llevar más de una hora y cerraba a las 6 y media de la tarde, por lo que nos conformamos con verla desde fuera.

Justo enfrente de esta ciudadela hay un zoco enfocado a los turistas donde, según pudimos comprobar, según la nacionalidad te intentan vender unos objetos u otros. Al principio nos hablaron en francés ofertándonos determinados productos, y al ver que éramos españoles, cambiaron totalmente de registro.

Tras el receso, ya sí que continuamos del tirón a Marrakech. Y este tramo hizo mella en nosotros porque eran unas cuatro horas de ruta por carreteras llenas de curvas que además estaban en obras y muy transitadas por camiones. Para cuando quisimos llegar a Marrakech eran ya casi las 10 de la noche, por lo que la idea era hacer el checkin y seguidamente salir a por algo de comer para acostarnos lo antes posible. El habernos levantado a las 5 de la mañana y todo el día sentados en el coche había hecho mella en nosotros.

Para los días que nos quedaban en Marrakech no repetimos riad, ya que no había disponibilidad. Esta vez nos alojábamos en el riad Origins Magi. Llegamos y nos encontramos en el patio a cinco filipinos muy majos. Mientras los chicos del hotel buscaban la llave de nuestra habitación (algo que les llevó unos minutos), entablamos conversación con ellos. Nos preguntaron si acabábamos de llegar a Marrakech, les comentamos que veníamos de excursión y se interesaron por la experiencia. Además, nos comentaron que ellos vivían en Londres y que ya se iban al día siguiente. Todo ello en inglés, pero a la vez intentaban chapurrear palabras en español (hay muchos vocablos que han quedado en el filipino). Nos comentaron que aunque ya no queda mucha gente que hable español en su país, sí que quedan muchos nombres que se pasan de generación en generación (aparte de apellidos, claro). Tenían por ejemplo a uno que se hacía llamar (o lo mismo se llamaba de verdad, vete a saber) Paquito.

Cuando por fin encontraron nuestra llave, nos despedimos de los asiáticos y entramos a la habitación a dejar las mochilas. Era bastante grande, esta vez sí que era cuádruple, con una cama doble a cada lado y una especie de zona de estar en el centro.

A mano izquierda teníamos el baño con su ya típica ducha abierta.

Frente al baño había un espacio para el armario y una cómoda con caja fuerte.

La decoración era minimalista, pero con gusto. Paredes blancas, techos altos y una enorme lámpara colgante.

Tras dejar las cosas, y antes de salir a por la cena, le pregunté al chico si teníamos que rellenar algún dato para el checkin y el pobre se quedó algo descolocado, pues estaba preparándonos el té de bienvenida. Rellenamos la documentación y nos marchamos rápido para no perder tiempo. Dadas las horas que eran no queríamos perdernos por la medina en busca de un sitio donde comer y algunos no tenían mucha hambre, así que nos apañamos con algo rápido. Compramos unos bocadillos en un local próximo al riad y nos volvimos para allá. Tres bocadillos (dos mixtos y uno de pollo) con patatas nos costaron 60 Dirhams.

Nos sentamos en el patio del riad a cenar y nos volvieron a preguntar si queríamos esta vez el té. Y ahora que por fin ya estábamos más relajados, lo aceptamos. Cenamos tranquilamente en la penumbra del patio bajo los naranjos y después para reposar nos tomamos el té. Una ducha rápida y a dormir, que el día había sido muy largo.

Marruecos VI. Día 3 II: Viaje a Erg Chebbi

Nos quedaba el último tramo del día y a medida que íbamos avanzando hacia el desierto el paisaje se iba volviendo más y más árido y con menos pueblos.

Como el día anterior, hicimos una primera parada para dejar a nuestros compañeros sevillanos y continuamos hasta nuestro hotel, pues el resto nos alojaríamos en el mismo. Bueno, en realidad pasaríamos la noche en una haima, pero nuestro equipaje se quedaría en una habitación para no ir cargados, porque el camino al campamento en medio del desierto lo haríamos en dromedario, así que había que llevar lo justo.

Nos facilitaron una habitación para los 6 en la que reajustamos nuestras mochilas. Nos llevamos únicamente lo imprescindible: documentación, cargador del móvil, las cámaras bien protegidas en la funda estanca, una muda de ropa, botellas de agua y bolsa de aseo. Una vez acomodados nos dieron el té de bienvenida, momento en que además tuvimos que rellenar el libro de ingreso. Mientras nos tomábamos el té e íbamos cumplimentando nuestros datos, Mustapha nos ayudó a ponernos los pañuelos para nuestro viaje en dromedario. Y como ya habíamos visto en la tienda de sus amigos, tiene su técnica.

Y finalmente, después de casi un par de días en la carretera y cientos de kilómetros, ahí estábamos, a las puertas del Erg Chebbi, el único erg (región arenosa) del Sáhara en el país. Y es que aunque pensemos que un desierto es todo arena, en realidad también puede contar con mesetas pedregosas (hammadas) y terrenos rocosos (serir).  Pero antes había que buscar a los dromedarios. Nos despedimos de Mustapha y nos dirigimos a a la zona donde se encontraban descansando los dromedarios para empezar nuestro paseo.

Si me das a elegir entre dromedario o 4×4, obviamente elijo la primera opción, ya que medioambientalmente causa un menor impacto. Sin embargo, el uso de animales como atracción turística me da algo de reparo, así que creo que es una experiencia que he probado, pero que seguramente no repita. Dicho lo cual, era lo que habíamos elegido. Así que al toro. Nos prepararon una caravana de 6 y nos ayudaron a montar. Y no es nada fácil, pues incluso arrodillados los bichos son altos. Pero es que cuando se ponen de pie de repente te vas para adelante y hasta que no estabiliza y no pillas tu propio centro de gravedad, la cosa es un poco graciosa. Detrás de nosotros iban otros dos grupos, cada uno de ellos liderado por un chaval que no sé si llegaría a la mayoría de edad.

Una vez preparados, nos pusimos en marcha adentrándonos en el Sáhara, el desierto más grande del mundo que con una superficie de 9065000 km² se extiende por casi todo el norte de África. Comenzamos nuestro paseo aún con luz intentando captar lo que nos rodeaba. Aún no nos creíamos que estuviéramos allí, lejos de la civilización, en medio del desierto casi en la frontera con Argelia, al atardecer, sobre un dromedario.

Me hubiera gustado haber hecho alguna parada a medio camino para sentarme en lo alto de una duna, ver atardecer y echar alguna foto, pero supongo que después habría sido más complicado orientarse para llegar al campamento. Así, no nos quedó otra que sacar algunas fotos con el móvil (hacía viento y las cámaras podían acabar estropeadas por la arena) e incluso grabar algún vídeo desde lo alto del dromedario. No era fácil, ya que con el movimiento del animal había que conseguir cierta estabilidad para soltar al menos una mano. No obstante, poco a poco fuimos controlándolo y soltándonos. Y aún así, muchas salieron movidas. Pero como había uno de los chavales que no llevaba camellos, aproveché para pasarle mi móvil y que nos hiciera alguna desde abajo. Más graciosos…

Pronto comenzamos a entablar una conversación con este chaval, Rashid, pues iba con su móvil en modo altavoz y con reaggeton nada menos. No pudimos por menos que pedirle que cambiara la música y que si al menos nos iba a amenizar el paseo, fuera con música local. Él iba cambiando el repertorio, pero con poco éxito. Además, de fondo llevábamos a un grupo de argentinos un tanto escandalosos (“dale peluuuuuuso”), y no eran chavales precisamente. Así que entre el reggeaton, los argentinos y el movimiento, hubo un momento que casi acabamos pidiendo la hora. Pero lo cierto es que a medida que íbamos avanzando, las dunas iban siendo más grandes y la arena más rojiza (solo salpicada por las cagarrutas de los camellos).

Además, el sol comenzó a desaparecer y los últimos rayos de luz daban un tono interesante al paisaje. Para cuando quisimos llegar al campamento ya era de noche. No sé cómo consiguió orientarse nuestro guía en el último tramo, la verdad. Yo no habría podido, pero es que yo me pierdo entre calles con nombre, así que…

Como éramos unas 16 personas y el campamento tenía capacidad para 40 nos dieron para elegir las haimas. La pareja de Madrid se cogió una haima para ellos solos y nosotros en vez de coger una para cada dos, nos metimos todas en una. La verdad es que eran espaciosas y estaban calentitas a pesar de la temperatura exterior. El truco es que eran de metal, por lo que el calor que les da durante el día, se mantiene por las noches. Pero no se veían las paredes, sino que estaban cubiertas de telares.

La que elegimos contaba con una cama grande, una mediana y otra individual. Eso sí, estábamos juntas, pero no revueltas, que para eso había una sábana divisoria.

Dejamos nuestras cosas y salimos afuera a las mesas, donde se nos unió Rashid. Estuvimos un rato de charla con él hablando sobre música, costumbres, viajes y sobre cómo había aprendido español. Llevaba un anillo con lo que nos parecían símbolos y nos explicó que era tifinagh, el alfabeto bereber. Fue transcribiendo en la arena nuestros nombres y la verdad es que era muy interesante, pero pronto nos llamaron para cenar, así que pasamos al comedor. Nos habían preparado una sopa (todo un clásico), esta vez con un tono rojizo. Estaba rica, pero no identificábamos el sabor, así que preguntamos a los chicos, pero ellos estas cosas de cocina no tenían ni idea, así que nos quedamos con las ganas. De segundo un tradicional tajin de pollo y de postre mandarinas. De nuevo volvió a ser mucha comida y nos sobró.

Además de con la pareja de madrileños, compartimos mesa con los argentinos y unos italianos. No se podría haber elegido tres nacionalidades más ruidosas…

Como sobremesa los chavales cogieron sus tambores, timbales y crótalos y nos amenizaron la velada con música tradicional bereber.

La etnia bereber, original del norte de África, se asienta en la extensión de terreno que va desde la costa Atlántica de Marruecos (incluyendo las Islas Canarias) hasta Egipto y desde las costas del Mediterráneo hasta el sur del Sáhara. Tradicionalmente ha sido un pueblo nómada y en los últimos años, con la llegada del turismo, viven de él exhibiendo sus costumbres y tradiciones.

Ellos no se refieren a sí mismos como bereberes, sino que prefieren el término amazigh, que significa en su idioma “hombre libre”. Según nos comentó el guía del Ksar Ait Ben Haddou el día anterior, la palabra bereber procede del vocablo griego βάρβαρος (bárbaro) y, lógicamente, tiene connotaciones negativas.

La música era animada, sin embargo, cuando llegó el momento de bailar y de que nosotros participáramos, la cosa decayó pues ninguno estábamos muy por la labor. Además, había cansancio. Eso sí, no nos queríamos ir a dormir sin ver las estrellas, así que nos salimos del campamento huyendo un poco de la luz para poder ver bien el cielo. Los chicos al ver que nos movíamos nos preguntaron que adónde íbamos y al decirles nuestras intenciones, nos acompañaron. Bueno, en realidad Rashid nos guió en la oscuridad a través de las inmensas dunas hasta llegar a una bien alta desde donde tendríamos unas buenas vistas. Una pena no haber podido sacar una manta y dormir al raso, porque la verdad es que es un espectáculo digno de admirar. Una pena que la industrialización y la contaminación (tanto atmosférica como lumínica) no nos permitan disfrutar de esto todos los días. A medida que la vista se acostumbraba éramos capaces de ver más y más estrellas. Incluso alguna fugaz.

Nos sentamos un rato en la arena, que por cierto estaba fría, e incluso nos hicimos alguna foto en medio de la oscuridad. Pero el sueño podía con nosotros y sabíamos que al día siguiente había que madrugar bastante, por lo que aunque apenas eran las 11, era hora de retirarse a la haima.

Marruecos V. Día 3: De la Garganta del Dades a las Gargantas del Todra

En cuanto sonó el despertador y me vestí, no pude resistirme a salir al balcón y ver el entorno donde nos encontrábamos, sin embargo, aún no había amanecido. Un rato después, cuando ya estábamos listos los cuatro para bajar a desayunar nos sorprendió encontrarnos en medio de las montañas. Se respiraba aire puro, se respiraba tranquilidad. Ahora entendíamos que Mustapha dijera el día anterior que era una pena que tuviéramos que hacer el camino ya de noche pues nos estábamos perdiendo las vistas.

En el restaurante nos recibió el mismo camarero de la cena, que nos dio la bienvenida en bereber y luego nos preguntó si habíamos descansado. Y la verdad es que habíamos caído como benditos, pues estábamos cansados y las camas eran muy cómodas. Pero había que reponer pilas, y nos encontramos con un buffet muy variado aunque no sabíamos muy bien qué era cada cosa. Entre el camarero y una guía española que iba con un grupito latinoamericano nos pusieron al día. Había para elegir entre salado y dulce, aunque sobre todo dulce. La guía nos recomendó probar la crema de cacao bereber, hecha a base de cacahuetes en lugar de avellanas. Y la verdad es que estaba rica, pero era contundente también.

Además del buffet, nos sirvieron en la mesa el zumo de naranja natural, yogur y unas crepes. Desayunamos fuerte, la verdad.

Volvimos a la habitación a terminar de recoger y preparar el equipaje y volvimos a salir a la terraza para hacer tiempo hasta que llegara nuestro conductor. No sabíamos lo que nos deparaba el día, pero habíamos empezado con ánimos. Dejamos el hotel con un buen sabor de boca. Desde luego no podíamos poner queja alguna ni en la recepción, ni atención, ni habitación, ni comida y mucho menos de las vistas o el entorno. Quedamos encantados y queríamos más, así que cuando llegó Mustapha estábamos expectantes.

Y no nos defraudó, pues antes de llevarnos de vuelta por la garganta para recoger a los sevillanos, nos subió un poco más la montaña para que pudiéramos disfrutar de las vistas ya que no lo habíamos hecho la tarde anterior porque se nos había hecho de noche.

Espectacular.

Tras las fotos de rigor, seguimos por el valle del Dades deshaciendo el camino que habíamos recorrido por la noche y de nuevo hicimos una breve parada en las inmediaciones de Tamellalt para ver unas raras formaciones geológicas de arenisca roja conocidas como los “dedos de mono” (aunque también reciben el sobrenombre de “dedos de Dios” , “pies de Dios” o “cerebro del Atlas”.

Impresiona ver ante ti estas paredes rojizas de unos 200 metros de altura, aunque íbamos ya tarde para recoger a los andaluces, por lo que no pudimos detenernos tampoco mucho.

Con el grupo ya al completo, emprendimos nuestro viaje hacia las Gargantas del Todra. No obstante, de camino, paramos un par de veces para fotografiar el paisaje. Teníamos un día despejado y se podía otear el horizonte con facilidad.

Una de estas paradas, fue para poder ver desde las alturas el pueblo de Tinerhir, que viene a significar “la de la montaña”. Y es muy oportuno, ya que está enclavada entre altas montañas.

En el lado opuesto se extiende el palmeral, una verdadera explosión de verdor en medio de tanto tono rojizo en el valle.

Hace siglos Tinerhir no era más que uno de tantos ksur en el valle. Sin embargo, ganó relevancia y comenzó a crecer cuando la administración del protectorado francés la nombró centro administrativo de la región. En los últimos años este crecimiento ha seguido aumentando como consecuencia del turismo, y es que su enclave hace que sea lugar de paso en cualquier viaje hacia el sur. No obstante, a pesar de que se ha expandido en los últimos años y se han construido edificios modernos, aún conserva elementos de su pasado.

A un paso se hallan las Gargantas del Todra, un cañón que se ha formado por la erosión del río y la acción del viento a lo largo de millones de años.

Mustapha nos dejó al principio de la garganta y nos dijo que nos esperaba al final, por lo que pudimos pasear tranquilamente y admirar el paisaje. El río no llevaba mucho caudal, lo que nos permitió subirnos a alguna piedra en medio del cauce y alzar la mirada hacia las rocas.

Allí en medio del cañón una se siente minúscula. Es todo un paraíso para los escaladores, pues las paredes llegan a medir hasta 300 metros de alto. Entre ambas hay apenas unos 10 metros de ancho, por lo que resulta imposible tomar perspectiva suficiente para hacer una buena foto. Al menos con un objetivo modesto, claro.

Da un poco de miedo pensar que se puede desprender alguna roca desde lo más alto de la roca. De hecho, los dos hoteles que hay en plena garganta acabaron cerrando después de varios desprendimientos. Si es que a quién se le ocurre…

Vimos a varios nómadas en el río y es que al parecer el gobierno está favoreciendo que se asienten en esta zona que hasta hace poco se mantenía prácticamente deshabitada.

Cuando llegamos al final, allí estaba Mustapha esperándonos con la furgoneta ya orientada para salir y cuando estuvimos listos volvimos a la carretera. Era poco más de media mañana, pero paramos a comer. Y es que una vez que nos metiéramos ya más hacia el desierto, iba a ser complicado encontrar un restaurante.

Nos sentamos al aire libre, bajo una carpa y, aunque hacía calor, allí, a la sombra, se estaba bien. De nuevo teníamos menús contundentes y esta vez elegimos de primero dos ensaladas, una tortilla francesa y una tortilla bereber (que era ligeramente diferente a la del día anterior).

Para los segundos de nuevo lo hicimos fácil y escogimos cuatro distintos para así probar de todo: pollo al limón, pinchos, tajín de pollo con guisantes y las albóndigas, que nos habíamos quedado con ganas el día anterior.

Todo estaba muy rico, aunque el pollo al limón estaba algo más seco que el tajín con guisantes. Pero sin duda lo que más nos gustó fueron las albóndigas. Estaban jugosas y la salsa estaba para mojar y mojar. Tanto que tuvimos que pedir otra cesta de pan.

De postre teníamos dónde elegir, así que pedimos otro surtido: naranja con canela, surtido de pastas y una milhoja. Yo la verdad es que llegué a reventar y solo probé una de las pastas y comí algo de naranja. Pero al parecer la milhoja estaba muy rica y nada empalagosa.

Con el estómago lleno continuamos el camino, pues aún teníamos trecho que recorrer hasta llegar a Merzouga. Aunque teníamos una breve parada programada. Mustapha nos llevó a la tienda de unos amigos bereberes de que nos dejaron vestirnos con sus trajes típicos.

Además, una de las niñas hacía tatuajes de henna. Pero henna de verdad, de la que se queda color ocre y no negra. Nos explicaron que al parecer la de la plaza Jamaa el Fna está mezclada con otros ingredientes y de ahí su color. Estas mezclas a veces pueden provocar reacciones alérgicas, por lo que nos las desaconsejaron totalmente. Como había que hacer el pack completo, yo sí que me hice uno, pero no en la mano como es habitual, pues no quería llegar a Madrid y que se me viera. Son bonitos, sí, pero llaman la atención. Es como volver de Rivera Maya con las trencitas… No me gusta. Así que le pedí que me lo hiciera en el antebrazo y en cuestión de un par de minutos improvisó a pulso un dibujo que le quedó muy bien. Eso sí, después estuve media hora con el brazo apoyado en el coche bien lejos de mí para dejarlo secar y no borrarlo. Como decía nuestra compañera madrileña, es como esperar a que se te sequen las uñas…

Después de las fotos, los tatuajes y comprar algún detalle (nos regalaron incluso unas pulseras de cuero), volvimos a la furgoneta esta vez ya del tirón hasta el desierto.

Marruecos IV. Día 2 II: Ait Ben Haddou – Ouarzazate – Valle del Dades

Cuando regresamos al restaurante tras la visita al Ksar, a Mustapha no se le había pasado el enfado. Seguía con el runrún porque íbamos retrasados. Desde luego este hombre no parecía marroquí. Aunque lo cierto es que no protestamos mucho, pues teníamos hambre y sed. Otra cosa diferente era qué elegir, pues teníamos una gran variedad de menús donde elegir. Los precios oscilaban entre los 110 y 120 DH, un precio muy europeo.

Nosotros, que somos unos catacaldos, pedimos cuatro diferentes para así probar de todos y descubrir la gastronomía marroquí. Elegimos ensalada marroquí de primero, porque no nos apetecía sopa con el calor que habíamos pasado en el Ksar, y de segundo tortilla bereber (era una tortilla francesa rellena con una especie de pisto), pinchos, pollo y pizza. Las albóndigas (kefta) tenían muy buena pinta, y nos quedamos con las ganas de probarlas, así como el tajin. Pero ya habría tiempo.

Estaba todo muy rico, pero los platos eran muy abundantes y no pudimos con todo.

Tras la visita y la comida volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro viaje. Pasamos por Ouarzazate, ciudad en la que se encuentran los estudios cinematográfico Atlas, los más importantes de Marruecos. No obstante, no paramos, ya que pasaríamos también de vuelta y parecía mejor opción detenerse entonces, ya que el viaje sería más pesado. Bueno, en realidad sí que hicimos una breve parada, ya que Mustapha nos preguntó si queríamos comprar unas cervezas para llevarnos al desierto, que él conocía un sitio que nos pillaba de paso, así que nos dejamos aconsejar. Nos paró en una tiendecita que para ser un país musulmán tenía bastante más gente de la que me esperaba. Nosotros pensamos que para el día siguiente al desierto las cervezas iban a llegar ya calientes, pero que para esa noche no estaría mal probar una local, así que compramos unas Casablanca, la cerveza real (de la Casa Real).

Con las cervezas en el maletero, seguimos del tirón hasta la Garganta del Dades, donde teníamos el alojamiento. El paisaje iba cambiando a cada kilómetro alternando pequeñas poblaciones, kasbahs y palmerales. La pena es que comenzó a atardecer y nos quedaba camino por recorrer, por lo que Mustapha se lamentaba por el hecho de que nos fuéramos a perder las vistas.

Con el sol casi oculto llegamos al Dades Xaluca Hotel, un alojamiento de cuatro estrellas y empezamos a flipar, pero aún no era el nuestro. Parece ser que no todos habíamos contratado el mismo tipo de excursión. Y es que había dos opciones: por un lado una más económica en alojamiento de 3 estrellas el primer día y haima con baño compartido el segundo; y por otro lado una superior con alojamiento de 4 estrellas y haima con baño privado. Esto último es lo que había contratado la pareja sevillana, así que esta parada era para dejarlos a ellos. Fueron recibidos con música y baile tradicional y todo. El resto tendríamos que esperar hasta llegar a nuestro alojamiento algo más modesto.

Emprendimos un camino de curvas a oscuras que cada vez era más largo. Incluso bromeamos con Mustapha sobre dónde nos llevaba. Pero él mantuvo la intriga. Finalmente nos descargó a nosotros cuatro primero en el Hotel Babylon Dades. No nos recibieron con música y tambores, pero tampoco nos hacía falta. Nos despedimos de Mustapha y de los madrileños y entramos al hotel, donde nos recibieron en una salita con (cómo no) un té y unas pastas. Mientras tanto, tuvimos que rellenar el libro de registro. El personal, muy atento y amable, nos facilitó la clave de la wifi y nos comentó los horarios de cena y desayuno (en español). Además, nos consultó si alguno teníamos intolerancias, alergias o era vegetariano/vegano. Estaban en todo.

Cuando finalizamos los trámites, subimos a nuestras habitaciones para acomodarnos, pues aún quedaba un rato para la cena. Nos habían alojado arriba del todo, por lo que tuvimos que recorrer prácticamente todo el hotel. Esto nos permitió maravillarnos con la preciosa decoración, sobre todo de noche con los faroles en las escaleras. No sería un cuatro estrellas, pero desde luego estábamos encantados con él. Lo poco que habíamos visto nos había sorprendido gratamente.

Y más aún cuando llegamos a nuestros dormitorios, que resulta que nos habían asignado en dos cuádruples, así que teníamos unas habitaciones enormes con tres camas, una doble y dos sencillas. Teníamos además la bomba de calor puesta, lo cual era de agradecer, pues la temperatura por la noche había bajado considerablemente.

Las habitaciones tenían su propio baño integrado. Bastante amplio y con la ducha abierta. Incluso nos habían dejado champú y gel en formato familiar.

Nos acomodamos y duchamos y matamos el tiempo tomándonos las Casablanca y comentando las experiencias que habíamos vivido en apenas 24 horas. También aprovechamos la wifi para contactar con la familia y enviar algunas fotos de lo que habíamos visto a lo largo del día.

Sobre las 9 bajamos al comedor a cenar, donde nos esperaba una fantástica cena. Para empezar tuvimos una sopa (que aunque la llamen sopa, era más una crema) de calabacín, de segundo una ensalada de tomate queso y lechuga con un aliño espectacular, de tercero pato con patatas y verduras acompañado de una salsa de nata y finalmente de postre plátano y manzana con yogur.

Los platos no eran muy abundantes, pero, al tratarse de cuatro, acabamos saciados. Estaba todo muy rico y nuestro camarero fue muy simpático y amable. Cuando traía o se llevaba un plato siempre nos comentaba lo que era o nos pedía nuestra opinión sobre lo que habíamos comido. Aprovechó para practicar su español con nosotros preguntándonos alguna palabra o la concordancia de género. Y es que el personal se comunicó en todo momento con nosotros en español, algo que me sorprendió, la verdad.

Después de la cena hubo un espectáculo bereber bastante ameno, sin embargo, no tardamos mucho en retirarnos a dormir, pues habíamos tenido un día muy completo y nos esperaba otro aún más intenso según nos había comentado Mustapha.

Eso sí, antes estuvimos unos minutos en el balcón que había frente a nuestras habitaciones intentando averiguar dónde estábamos. Había una absoluta tranquilidad y tan solo se veían las estrellas (muchas) y se oía de fondo agua, por lo que intuíamos que estábamos cerca del río. Habría que esperar al amanecer para descubrir dónde nos había dejado nuestro conductor.

El día había sido completo: