Marruecos VII. Día 4: Merzouga, Valle del Draa y vuelta a Marrakech

Se supone que íbamos a salir del campamento a las 6 de la mañana, así que nos pusimos el despertador a las 5 para tener tiempo para prepararnos y volver a las dunas a por un poco de arena para llevarnos de recuerdo. Sin embargo, no empezamos muy bien el día. O la noche, porque aún no había luz. Mi prima que cogió el móvil para usarlo como linterna de camino a los baños acabó con él en remojo. Se lo había metido en el bolsillo del abrigo y al levantárselo… plof

Los baños eran cabinas bastante completas, con su lavabo, su ducha y su inodoro. Que la verdad, yo me había esperado unas letrinas casi.

Pero aún así, la canalización de los inodoros no era muy allá y la cadena no funcionaba muy bien, por lo que no había agua limpia en el fondo.

La pobre lo limpió con desinfectante en gel para manos, con toallitas, lo secó… pero aquello no parecía tener buena pinta (spoiler alert: no resucitó).

Mientras tanto, el tiempo pasaba y seguíamos esperando a que vinieran a por nosotros, pero no aparecía nadie, así que fuimos a por arena para llevarnos de recuerdo y nos volvimos a la haima pues en el exterior hacía bastante aire. Por fin a las 6 y media vinieron ya a avisarnos de que los dromedarios estaban listos y que nos marchábamos, por lo que recogimos y volvimos a subirnos a los animales. Seguía siendo igual de complicado que el día anterior, con el añadido de que teníamos agujetas en los isquiones. Aún era de noche, aunque se veía cómo despuntaba algo de claridad a nuestras espaldas. Íbamos preocupados por ello, pues eso suponía que no íbamos a ver bien el amanecer. Sin embargo nuestro guía nos dijo que pararíamos en el trayecto en su momento para ello, así que confiamos en su palabra.

Esta vez la ruta fue bastante más tranquila, pues no llevábamos detrás a los argentinos ni a Rashid con la música. Y también más fría. Aquí yo el pañuelo lo llevaba al cuello y directamente llevaba el gorro de la sudadera y el de la chaqueta para protegerme del aire. Unos minutos antes de que fuera a amanecer, nuestro guía hizo parar a los dromedarios para que pudiéramos bajar y disfrutar del momento. Como no podía ser de otra manera sacamos nuestro lado instagramer para hacernos fotos chulas en las dunas mientras veíamos cómo rápidamente amanecía. En cuestión de unos minutos ya había asomado totalmente el sol sobre el desierto. Todo un espectáculo, la verdad, sin duda merece la pena madrugar. Aunque creo que sigo quedándome con el cielo estrellado.

Tras el breve receso, volvimos a subir a los dromedarios y a continuar con nuestro camino de vuelta al hotel, donde nos esperaba el desayuno. Y Mustapha metiéndonos prisa, así que desayunamos rápidamente. Esta vez teníamos zumo envasado, tes y cafés, yogures y magdalenas. Poco donde elegir, pero como había hambre, nos adaptamos. Mientras Mustapha se fue a por nuestros compañeros sevillanos, los demás volvimos a la habitación a rehacer las mochilas y asearnos por turnos. Al tener tan solo un cuarto de baño para los seis no nos iba a dar tiempo a ducharnos, así que nos aseamos como pudimos. En la espera, mientras me estiraba, mi prima descubrió que mi tatuaje del día anterior se había duplicado. Y es que debí dormir con el antebrazo sobre la tripa y se había traspasado la henna. Aunque aún conservaba el del brazo.

Cuando volvió Mustapha cargamos nuestros bultos y volvimos a la furgoneta.

Enseguida hicimos una parada en el pueblo de Rasini para ver el mercado local. Mustapha nos había comentado el día anterior que si nos interesaba la cocina y queríamos comprar especias que nos esperáramos a llegar aquí, que en los zocos de Marrakech podíamos encontrarnos con que lo que nos vendieran no fuera 100% lo que decían. Este pueblo, mucho menos transitado, al parecer tiene la mercancía más pura ya que la traen directamente los bereberes.

Mustapha nos llevó directamente a una farmacia tradicional donde desplegaron una gran variedad de productos. Además de darnos para oler varias especias, también nos explicaron varios remedios naturales, como una bola hecha con eucalipto y algo más que acercada a la nariz la despejaba como si de un vips vaporoub se tratara. Aprovechamos para comprar unas especias y algún detalle para regalar.

Después un bereber conocido de Mustapha nos llevó por el mercado indicándonos cómo se dividían las zonas, dónde se comerciaba qué… bueno, básicamente nos explicó como funcionaba un mercado… Que supongo que hay a quien le chocará según las costumbres de cada país, pero en nuestro caso, siendo españoles y habiendo heredado este aspecto comercial, no nos sorprendió mucho más allá de los animales muertos expuestos al aire sin ningún tipo de protección.

Nos llevó a probar los típicos dátiles e incluso salimos al exterior a la zona de animales, donde se vendían burros (cada vez menos por los coches), vacas y corderos.

Volvimos de nuevo a encontrarnos con Mustapha y después de pasar por la tienda del bereber que nos había hecho de guía y que algún compañero hiciera alguna compra, seguimos nuestro viaje de vuelta a Marrakech.

Sobre las 2 de la tarde paramos a comer en el pequeño pueblo de Nkob, a unos 230 km de Merzouga, 160 de Ouarzazate y 334 de Marrakech. Nuestro conductor nos llevó al Kasbah Ennakhile, una antigua kasbah convertida en en hotel y también restaurante. Su gran atractivo es la terraza superior con salón árabe que ofrece unas magníficas vistas de los palmerales a sus pies y de fondo la cordillera del Jebel Saghro. Impresionaba la visión de miles de palmeras que parecían extenderse hasta el infinito, sin embargo, Mustapha se reía y nos decía que aún nos quedaba mucho por ver en lo que a palmerales se refiere.

Esta vez para comer podíamos elegir entre menú completo o solo segundo plato, algo que agradecimos, pues las raciones nos parecían enormes. Así, obviamos las sopas y ensaladas y nos centramos en las opciones de plato principal. Teníamos seis donde elegir, pero ese día solo hacían cuatro, por lo que nos lo pusieron fácil y elegimos uno de cada para compartir y así probar de todo.

Volvimos a elegir la tortilla bereber (cada una que probamos tenía distinto tipo de relleno), pollo al grill con verduras, patatas y arroz, unos pinchos también con guarnición, y tajin de pollo con ciruelas y almendras.

Estaba todo muy rico, de hecho el pollo estaba más jugoso que el del día anterior.

Con el estómago lleno y Mustapha preocupado porque nos quedaban muchos kilómetros y se nos iba a hacer de noche antes de llegar a Marrakech, volvimos a la carretera. Entre el cansancio y la comida, había ganas de echarse una siesta. No obstante, poco después de dejar el restaurante entramos en el Valle del Draa, y no había que perder detalle. Entre las poblaciones de Agdz y Zagora hay unos 100 km en los que podemos encontrar el oasis más grande del país (segundo de África, por detrás del del Nilo), con millones de palmeras. El valle recibe su nombre del río que lo serpentea, el Draa, el más largo de Marruecos. Sin él esta extensión de tierra estaría muerta, pero gracias a su riego se alimenta el árido terreno y no solo crecen las palmeras, sino que se cultivan legumbres, cereales, hortalizas o verduras y crecen la henna o arboles frutales.

Una palmera datilera hembra de más de 10 años puede llegar a producir unos 60-80 kg de dátiles por cosecha, por lo que no es de extrañar que la población de todo el valle vive básicamente del comercio de dátiles. En menor medida lo hacen también de la henna y últimamente del turismo.

El Valle del Draa supone un enclave estratégico al encontrarse en la ruta de aquellas caravanas que atravesaban el Desierto del Sáhara llevando sal al sur, o subiendo esclavos al norte. Así pues, ha estado poblado desde hace siglos por nómadas. Hoy, centenares de Ksur y Kasbahs se suceden a lo largo del valle aportando algo de color rojizo a la predominancia verde de los palmerales. Mirando esos poblados y ciudadelas parece que el tiempo se ha detenido hace siglos.

Hicimos una breve parada junto al río para disfrutar de este espectacular vergel y después volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro camino.

Estábamos a menos de 100 km de nuestra siguiente parada, sin embargo, para ello teníamos que ascender el puerto de alta montaña Tizi-n-Tinififft, por lo que nos quedaban por delante un par de horas. Al igual que hicimos en la ida, paramos en la cima para poder otear el horizonte. La abertura en la tierra y el aspecto de las formaciones rocosas me recordó de alguna manera al Gran Cañón. Sobre todo la parte más rojiza.

Tras un breve alto, seguimos hasta Ouarzazate, la ciudad conocida como la “puerta del desierto” porque sirve como parada para las excursiones al desierto. No obstante, sobre todo destaca por su importancia en el mundo del cine. Es en esta ciudad donde se hallan los Atlas Corporation Studios, los estudios de cine más famosos de África. Vamos, que vendrían a ser como los Universal Studios marroquíes.

Tras el rodaje de Lawrence de Arabia (1962) los productores pensaron que había que fundar unos estudios permanentes en la zona para aprovechar el potencial de los paisajes de la región. Desde entonces, allí se han rodado cintas como Astérix y Obélix: Misión Cleopatra, Star Wars, Gladiator, Príncipe de Persia, La Momia o La Joya del Nilo entre otras. Desde entonces, hay familias enteras que trabajan para la industria del cine. No solo como figurantes, sino como técnicos, como artesanos realizando trajes u objetos de atrezzo…

La visita es guiada en inglés, pero los estudios ya habían cerrado cuando llegamos. En realidad la parada en la ciudad fue más técnica que otra cosa. Mustapha se fue a tomar café y el resto nos dimos un paseo por las proximidades.

Lo mismo nos ocurrió con la Kasbah Taourirt, una de las mejor conservadas de Marruecos. Su visita puede llevar más de una hora y cerraba a las 6 y media de la tarde, por lo que nos conformamos con verla desde fuera.

Justo enfrente de esta ciudadela hay un zoco enfocado a los turistas donde, según pudimos comprobar, según la nacionalidad te intentan vender unos objetos u otros. Al principio nos hablaron en francés ofertándonos determinados productos, y al ver que éramos españoles, cambiaron totalmente de registro.

Tras el receso, ya sí que continuamos del tirón a Marrakech. Y este tramo hizo mella en nosotros porque eran unas cuatro horas de ruta por carreteras llenas de curvas que además estaban en obras y muy transitadas por camiones. Para cuando quisimos llegar a Marrakech eran ya casi las 10 de la noche, por lo que la idea era hacer el checkin y seguidamente salir a por algo de comer para acostarnos lo antes posible. El habernos levantado a las 5 de la mañana y todo el día sentados en el coche había hecho mella en nosotros.

Para los días que nos quedaban en Marrakech no repetimos riad, ya que no había disponibilidad. Esta vez nos alojábamos en el riad Origins Magi. Llegamos y nos encontramos en el patio a cinco filipinos muy majos. Mientras los chicos del hotel buscaban la llave de nuestra habitación (algo que les llevó unos minutos), entablamos conversación con ellos. Nos preguntaron si acabábamos de llegar a Marrakech, les comentamos que veníamos de excursión y se interesaron por la experiencia. Además, nos comentaron que ellos vivían en Londres y que ya se iban al día siguiente. Todo ello en inglés, pero a la vez intentaban chapurrear palabras en español (hay muchos vocablos que han quedado en el filipino). Nos comentaron que aunque ya no queda mucha gente que hable español en su país, sí que quedan muchos nombres que se pasan de generación en generación (aparte de apellidos, claro). Tenían por ejemplo a uno que se hacía llamar (o lo mismo se llamaba de verdad, vete a saber) Paquito.

Cuando por fin encontraron nuestra llave, nos despedimos de los asiáticos y entramos a la habitación a dejar las mochilas. Era bastante grande, esta vez sí que era cuádruple, con una cama doble a cada lado y una especie de zona de estar en el centro.

A mano izquierda teníamos el baño con su ya típica ducha abierta.

Frente al baño había un espacio para el armario y una cómoda con caja fuerte.

La decoración era minimalista, pero con gusto. Paredes blancas, techos altos y una enorme lámpara colgante.

Tras dejar las cosas, y antes de salir a por la cena, le pregunté al chico si teníamos que rellenar algún dato para el checkin y el pobre se quedó algo descolocado, pues estaba preparándonos el té de bienvenida. Rellenamos la documentación y nos marchamos rápido para no perder tiempo. Dadas las horas que eran no queríamos perdernos por la medina en busca de un sitio donde comer y algunos no tenían mucha hambre, así que nos apañamos con algo rápido. Compramos unos bocadillos en un local próximo al riad y nos volvimos para allá. Tres bocadillos (dos mixtos y uno de pollo) con patatas nos costaron 60 Dirhams.

Nos sentamos en el patio del riad a cenar y nos volvieron a preguntar si queríamos esta vez el té. Y ahora que por fin ya estábamos más relajados, lo aceptamos. Cenamos tranquilamente en la penumbra del patio bajo los naranjos y después para reposar nos tomamos el té. Una ducha rápida y a dormir, que el día había sido muy largo.

Marruecos VI. Día 3 II: Viaje a Erg Chebbi

Nos quedaba el último tramo del día y a medida que íbamos avanzando hacia el desierto el paisaje se iba volviendo más y más árido y con menos pueblos.

Como el día anterior, hicimos una primera parada para dejar a nuestros compañeros sevillanos y continuamos hasta nuestro hotel, pues el resto nos alojaríamos en el mismo. Bueno, en realidad pasaríamos la noche en una haima, pero nuestro equipaje se quedaría en una habitación para no ir cargados, porque el camino al campamento en medio del desierto lo haríamos en dromedario, así que había que llevar lo justo.

Nos facilitaron una habitación para los 6 en la que reajustamos nuestras mochilas. Nos llevamos únicamente lo imprescindible: documentación, cargador del móvil, las cámaras bien protegidas en la funda estanca, una muda de ropa, botellas de agua y bolsa de aseo. Una vez acomodados nos dieron el té de bienvenida, momento en que además tuvimos que rellenar el libro de ingreso. Mientras nos tomábamos el té e íbamos cumplimentando nuestros datos, Mustapha nos ayudó a ponernos los pañuelos para nuestro viaje en dromedario. Y como ya habíamos visto en la tienda de sus amigos, tiene su técnica.

Y finalmente, después de casi un par de días en la carretera y cientos de kilómetros, ahí estábamos, a las puertas del Erg Chebbi, el único erg (región arenosa) del Sáhara en el país. Y es que aunque pensemos que un desierto es todo arena, en realidad también puede contar con mesetas pedregosas (hammadas) y terrenos rocosos (serir).  Pero antes había que buscar a los dromedarios. Nos despedimos de Mustapha y nos dirigimos a a la zona donde se encontraban descansando los dromedarios para empezar nuestro paseo.

Si me das a elegir entre dromedario o 4×4, obviamente elijo la primera opción, ya que medioambientalmente causa un menor impacto. Sin embargo, el uso de animales como atracción turística me da algo de reparo, así que creo que es una experiencia que he probado, pero que seguramente no repita. Dicho lo cual, era lo que habíamos elegido. Así que al toro. Nos prepararon una caravana de 6 y nos ayudaron a montar. Y no es nada fácil, pues incluso arrodillados los bichos son altos. Pero es que cuando se ponen de pie de repente te vas para adelante y hasta que no estabiliza y no pillas tu propio centro de gravedad, la cosa es un poco graciosa. Detrás de nosotros iban otros dos grupos, cada uno de ellos liderado por un chaval que no sé si llegaría a la mayoría de edad.

Una vez preparados, nos pusimos en marcha adentrándonos en el Sáhara, el desierto más grande del mundo que con una superficie de 9065000 km² se extiende por casi todo el norte de África. Comenzamos nuestro paseo aún con luz intentando captar lo que nos rodeaba. Aún no nos creíamos que estuviéramos allí, lejos de la civilización, en medio del desierto casi en la frontera con Argelia, al atardecer, sobre un dromedario.

Me hubiera gustado haber hecho alguna parada a medio camino para sentarme en lo alto de una duna, ver atardecer y echar alguna foto, pero supongo que después habría sido más complicado orientarse para llegar al campamento. Así, no nos quedó otra que sacar algunas fotos con el móvil (hacía viento y las cámaras podían acabar estropeadas por la arena) e incluso grabar algún vídeo desde lo alto del dromedario. No era fácil, ya que con el movimiento del animal había que conseguir cierta estabilidad para soltar al menos una mano. No obstante, poco a poco fuimos controlándolo y soltándonos. Y aún así, muchas salieron movidas. Pero como había uno de los chavales que no llevaba camellos, aproveché para pasarle mi móvil y que nos hiciera alguna desde abajo. Más graciosos…

Pronto comenzamos a entablar una conversación con este chaval, Rashid, pues iba con su móvil en modo altavoz y con reaggeton nada menos. No pudimos por menos que pedirle que cambiara la música y que si al menos nos iba a amenizar el paseo, fuera con música local. Él iba cambiando el repertorio, pero con poco éxito. Además, de fondo llevábamos a un grupo de argentinos un tanto escandalosos (“dale peluuuuuuso”), y no eran chavales precisamente. Así que entre el reggeaton, los argentinos y el movimiento, hubo un momento que casi acabamos pidiendo la hora. Pero lo cierto es que a medida que íbamos avanzando, las dunas iban siendo más grandes y la arena más rojiza (solo salpicada por las cagarrutas de los camellos).

Además, el sol comenzó a desaparecer y los últimos rayos de luz daban un tono interesante al paisaje. Para cuando quisimos llegar al campamento ya era de noche. No sé cómo consiguió orientarse nuestro guía en el último tramo, la verdad. Yo no habría podido, pero es que yo me pierdo entre calles con nombre, así que…

Como éramos unas 16 personas y el campamento tenía capacidad para 40 nos dieron para elegir las haimas. La pareja de Madrid se cogió una haima para ellos solos y nosotros en vez de coger una para cada dos, nos metimos todas en una. La verdad es que eran espaciosas y estaban calentitas a pesar de la temperatura exterior. El truco es que eran de metal, por lo que el calor que les da durante el día, se mantiene por las noches. Pero no se veían las paredes, sino que estaban cubiertas de telares.

La que elegimos contaba con una cama grande, una mediana y otra individual. Eso sí, estábamos juntas, pero no revueltas, que para eso había una sábana divisoria.

Dejamos nuestras cosas y salimos afuera a las mesas, donde se nos unió Rashid. Estuvimos un rato de charla con él hablando sobre música, costumbres, viajes y sobre cómo había aprendido español. Llevaba un anillo con lo que nos parecían símbolos y nos explicó que era tifinagh, el alfabeto bereber. Fue transcribiendo en la arena nuestros nombres y la verdad es que era muy interesante, pero pronto nos llamaron para cenar, así que pasamos al comedor. Nos habían preparado una sopa (todo un clásico), esta vez con un tono rojizo. Estaba rica, pero no identificábamos el sabor, así que preguntamos a los chicos, pero ellos estas cosas de cocina no tenían ni idea, así que nos quedamos con las ganas. De segundo un tradicional tajin de pollo y de postre mandarinas. De nuevo volvió a ser mucha comida y nos sobró.

Además de con la pareja de madrileños, compartimos mesa con los argentinos y unos italianos. No se podría haber elegido tres nacionalidades más ruidosas…

Como sobremesa los chavales cogieron sus tambores, timbales y crótalos y nos amenizaron la velada con música tradicional bereber.

La etnia bereber, original del norte de África, se asienta en la extensión de terreno que va desde la costa Atlántica de Marruecos (incluyendo las Islas Canarias) hasta Egipto y desde las costas del Mediterráneo hasta el sur del Sáhara. Tradicionalmente ha sido un pueblo nómada y en los últimos años, con la llegada del turismo, viven de él exhibiendo sus costumbres y tradiciones.

Ellos no se refieren a sí mismos como bereberes, sino que prefieren el término amazigh, que significa en su idioma “hombre libre”. Según nos comentó el guía del Ksar Ait Ben Haddou el día anterior, la palabra bereber procede del vocablo griego βάρβαρος (bárbaro) y, lógicamente, tiene connotaciones negativas.

La música era animada, sin embargo, cuando llegó el momento de bailar y de que nosotros participáramos, la cosa decayó pues ninguno estábamos muy por la labor. Además, había cansancio. Eso sí, no nos queríamos ir a dormir sin ver las estrellas, así que nos salimos del campamento huyendo un poco de la luz para poder ver bien el cielo. Los chicos al ver que nos movíamos nos preguntaron que adónde íbamos y al decirles nuestras intenciones, nos acompañaron. Bueno, en realidad Rashid nos guió en la oscuridad a través de las inmensas dunas hasta llegar a una bien alta desde donde tendríamos unas buenas vistas. Una pena no haber podido sacar una manta y dormir al raso, porque la verdad es que es un espectáculo digno de admirar. Una pena que la industrialización y la contaminación (tanto atmosférica como lumínica) no nos permitan disfrutar de esto todos los días. A medida que la vista se acostumbraba éramos capaces de ver más y más estrellas. Incluso alguna fugaz.

Nos sentamos un rato en la arena, que por cierto estaba fría, e incluso nos hicimos alguna foto en medio de la oscuridad. Pero el sueño podía con nosotros y sabíamos que al día siguiente había que madrugar bastante, por lo que aunque apenas eran las 11, era hora de retirarse a la haima.

Marruecos V. Día 3: De la Garganta del Dades a las Gargantas del Todra

En cuanto sonó el despertador y me vestí, no pude resistirme a salir al balcón y ver el entorno donde nos encontrábamos, sin embargo, aún no había amanecido. Un rato después, cuando ya estábamos listos los cuatro para bajar a desayunar nos sorprendió encontrarnos en medio de las montañas. Se respiraba aire puro, se respiraba tranquilidad. Ahora entendíamos que Mustapha dijera el día anterior que era una pena que tuviéramos que hacer el camino ya de noche pues nos estábamos perdiendo las vistas.

En el restaurante nos recibió el mismo camarero de la cena, que nos dio la bienvenida en bereber y luego nos preguntó si habíamos descansado. Y la verdad es que habíamos caído como benditos, pues estábamos cansados y las camas eran muy cómodas. Pero había que reponer pilas, y nos encontramos con un buffet muy variado aunque no sabíamos muy bien qué era cada cosa. Entre el camarero y una guía española que iba con un grupito latinoamericano nos pusieron al día. Había para elegir entre salado y dulce, aunque sobre todo dulce. La guía nos recomendó probar la crema de cacao bereber, hecha a base de cacahuetes en lugar de avellanas. Y la verdad es que estaba rica, pero era contundente también.

Además del buffet, nos sirvieron en la mesa el zumo de naranja natural, yogur y unas crepes. Desayunamos fuerte, la verdad.

Volvimos a la habitación a terminar de recoger y preparar el equipaje y volvimos a salir a la terraza para hacer tiempo hasta que llegara nuestro conductor. No sabíamos lo que nos deparaba el día, pero habíamos empezado con ánimos. Dejamos el hotel con un buen sabor de boca. Desde luego no podíamos poner queja alguna ni en la recepción, ni atención, ni habitación, ni comida y mucho menos de las vistas o el entorno. Quedamos encantados y queríamos más, así que cuando llegó Mustapha estábamos expectantes.

Y no nos defraudó, pues antes de llevarnos de vuelta por la garganta para recoger a los sevillanos, nos subió un poco más la montaña para que pudiéramos disfrutar de las vistas ya que no lo habíamos hecho la tarde anterior porque se nos había hecho de noche.

Espectacular.

Tras las fotos de rigor, seguimos por el valle del Dades deshaciendo el camino que habíamos recorrido por la noche y de nuevo hicimos una breve parada en las inmediaciones de Tamellalt para ver unas raras formaciones geológicas de arenisca roja conocidas como los “dedos de mono” (aunque también reciben el sobrenombre de “dedos de Dios” , “pies de Dios” o “cerebro del Atlas”.

Impresiona ver ante ti estas paredes rojizas de unos 200 metros de altura, aunque íbamos ya tarde para recoger a los andaluces, por lo que no pudimos detenernos tampoco mucho.

Con el grupo ya al completo, emprendimos nuestro viaje hacia las Gargantas del Todra. No obstante, de camino, paramos un par de veces para fotografiar el paisaje. Teníamos un día despejado y se podía otear el horizonte con facilidad.

Una de estas paradas, fue para poder ver desde las alturas el pueblo de Tinerhir, que viene a significar “la de la montaña”. Y es muy oportuno, ya que está enclavada entre altas montañas.

En el lado opuesto se extiende el palmeral, una verdadera explosión de verdor en medio de tanto tono rojizo en el valle.

Hace siglos Tinerhir no era más que uno de tantos ksur en el valle. Sin embargo, ganó relevancia y comenzó a crecer cuando la administración del protectorado francés la nombró centro administrativo de la región. En los últimos años este crecimiento ha seguido aumentando como consecuencia del turismo, y es que su enclave hace que sea lugar de paso en cualquier viaje hacia el sur. No obstante, a pesar de que se ha expandido en los últimos años y se han construido edificios modernos, aún conserva elementos de su pasado.

A un paso se hallan las Gargantas del Todra, un cañón que se ha formado por la erosión del río y la acción del viento a lo largo de millones de años.

Mustapha nos dejó al principio de la garganta y nos dijo que nos esperaba al final, por lo que pudimos pasear tranquilamente y admirar el paisaje. El río no llevaba mucho caudal, lo que nos permitió subirnos a alguna piedra en medio del cauce y alzar la mirada hacia las rocas.

Allí en medio del cañón una se siente minúscula. Es todo un paraíso para los escaladores, pues las paredes llegan a medir hasta 300 metros de alto. Entre ambas hay apenas unos 10 metros de ancho, por lo que resulta imposible tomar perspectiva suficiente para hacer una buena foto. Al menos con un objetivo modesto, claro.

Da un poco de miedo pensar que se puede desprender alguna roca desde lo más alto de la roca. De hecho, los dos hoteles que hay en plena garganta acabaron cerrando después de varios desprendimientos. Si es que a quién se le ocurre…

Vimos a varios nómadas en el río y es que al parecer el gobierno está favoreciendo que se asienten en esta zona que hasta hace poco se mantenía prácticamente deshabitada.

Cuando llegamos al final, allí estaba Mustapha esperándonos con la furgoneta ya orientada para salir y cuando estuvimos listos volvimos a la carretera. Era poco más de media mañana, pero paramos a comer. Y es que una vez que nos metiéramos ya más hacia el desierto, iba a ser complicado encontrar un restaurante.

Nos sentamos al aire libre, bajo una carpa y, aunque hacía calor, allí, a la sombra, se estaba bien. De nuevo teníamos menús contundentes y esta vez elegimos de primero dos ensaladas, una tortilla francesa y una tortilla bereber (que era ligeramente diferente a la del día anterior).

Para los segundos de nuevo lo hicimos fácil y escogimos cuatro distintos para así probar de todo: pollo al limón, pinchos, tajín de pollo con guisantes y las albóndigas, que nos habíamos quedado con ganas el día anterior.

Todo estaba muy rico, aunque el pollo al limón estaba algo más seco que el tajín con guisantes. Pero sin duda lo que más nos gustó fueron las albóndigas. Estaban jugosas y la salsa estaba para mojar y mojar. Tanto que tuvimos que pedir otra cesta de pan.

De postre teníamos dónde elegir, así que pedimos otro surtido: naranja con canela, surtido de pastas y una milhoja. Yo la verdad es que llegué a reventar y solo probé una de las pastas y comí algo de naranja. Pero al parecer la milhoja estaba muy rica y nada empalagosa.

Con el estómago lleno continuamos el camino, pues aún teníamos trecho que recorrer hasta llegar a Merzouga. Aunque teníamos una breve parada programada. Mustapha nos llevó a la tienda de unos amigos bereberes de que nos dejaron vestirnos con sus trajes típicos.

Además, una de las niñas hacía tatuajes de henna. Pero henna de verdad, de la que se queda color ocre y no negra. Nos explicaron que al parecer la de la plaza Jamaa el Fna está mezclada con otros ingredientes y de ahí su color. Estas mezclas a veces pueden provocar reacciones alérgicas, por lo que nos las desaconsejaron totalmente. Como había que hacer el pack completo, yo sí que me hice uno, pero no en la mano como es habitual, pues no quería llegar a Madrid y que se me viera. Son bonitos, sí, pero llaman la atención. Es como volver de Rivera Maya con las trencitas… No me gusta. Así que le pedí que me lo hiciera en el antebrazo y en cuestión de un par de minutos improvisó a pulso un dibujo que le quedó muy bien. Eso sí, después estuve media hora con el brazo apoyado en el coche bien lejos de mí para dejarlo secar y no borrarlo. Como decía nuestra compañera madrileña, es como esperar a que se te sequen las uñas…

Después de las fotos, los tatuajes y comprar algún detalle (nos regalaron incluso unas pulseras de cuero), volvimos a la furgoneta esta vez ya del tirón hasta el desierto.

Marruecos IV. Día 2 II: Ait Ben Haddou – Ouarzazate – Valle del Dades

Cuando regresamos al restaurante tras la visita al Ksar, a Mustapha no se le había pasado el enfado. Seguía con el runrún porque íbamos retrasados. Desde luego este hombre no parecía marroquí. Aunque lo cierto es que no protestamos mucho, pues teníamos hambre y sed. Otra cosa diferente era qué elegir, pues teníamos una gran variedad de menús donde elegir. Los precios oscilaban entre los 110 y 120 DH, un precio muy europeo.

Nosotros, que somos unos catacaldos, pedimos cuatro diferentes para así probar de todos y descubrir la gastronomía marroquí. Elegimos ensalada marroquí de primero, porque no nos apetecía sopa con el calor que habíamos pasado en el Ksar, y de segundo tortilla bereber (era una tortilla francesa rellena con una especie de pisto), pinchos, pollo y pizza. Las albóndigas (kefta) tenían muy buena pinta, y nos quedamos con las ganas de probarlas, así como el tajin. Pero ya habría tiempo.

Estaba todo muy rico, pero los platos eran muy abundantes y no pudimos con todo.

Tras la visita y la comida volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro viaje. Pasamos por Ouarzazate, ciudad en la que se encuentran los estudios cinematográfico Atlas, los más importantes de Marruecos. No obstante, no paramos, ya que pasaríamos también de vuelta y parecía mejor opción detenerse entonces, ya que el viaje sería más pesado. Bueno, en realidad sí que hicimos una breve parada, ya que Mustapha nos preguntó si queríamos comprar unas cervezas para llevarnos al desierto, que él conocía un sitio que nos pillaba de paso, así que nos dejamos aconsejar. Nos paró en una tiendecita que para ser un país musulmán tenía bastante más gente de la que me esperaba. Nosotros pensamos que para el día siguiente al desierto las cervezas iban a llegar ya calientes, pero que para esa noche no estaría mal probar una local, así que compramos unas Casablanca, la cerveza real (de la Casa Real).

Con las cervezas en el maletero, seguimos del tirón hasta la Garganta del Dades, donde teníamos el alojamiento. El paisaje iba cambiando a cada kilómetro alternando pequeñas poblaciones, kasbahs y palmerales. La pena es que comenzó a atardecer y nos quedaba camino por recorrer, por lo que Mustapha se lamentaba por el hecho de que nos fuéramos a perder las vistas.

Con el sol casi oculto llegamos al Dades Xaluca Hotel, un alojamiento de cuatro estrellas y empezamos a flipar, pero aún no era el nuestro. Parece ser que no todos habíamos contratado el mismo tipo de excursión. Y es que había dos opciones: por un lado una más económica en alojamiento de 3 estrellas el primer día y haima con baño compartido el segundo; y por otro lado una superior con alojamiento de 4 estrellas y haima con baño privado. Esto último es lo que había contratado la pareja sevillana, así que esta parada era para dejarlos a ellos. Fueron recibidos con música y baile tradicional y todo. El resto tendríamos que esperar hasta llegar a nuestro alojamiento algo más modesto.

Emprendimos un camino de curvas a oscuras que cada vez era más largo. Incluso bromeamos con Mustapha sobre dónde nos llevaba. Pero él mantuvo la intriga. Finalmente nos descargó a nosotros cuatro primero en el Hotel Babylon Dades. No nos recibieron con música y tambores, pero tampoco nos hacía falta. Nos despedimos de Mustapha y de los madrileños y entramos al hotel, donde nos recibieron en una salita con (cómo no) un té y unas pastas. Mientras tanto, tuvimos que rellenar el libro de registro. El personal, muy atento y amable, nos facilitó la clave de la wifi y nos comentó los horarios de cena y desayuno (en español). Además, nos consultó si alguno teníamos intolerancias, alergias o era vegetariano/vegano. Estaban en todo.

Cuando finalizamos los trámites, subimos a nuestras habitaciones para acomodarnos, pues aún quedaba un rato para la cena. Nos habían alojado arriba del todo, por lo que tuvimos que recorrer prácticamente todo el hotel. Esto nos permitió maravillarnos con la preciosa decoración, sobre todo de noche con los faroles en las escaleras. No sería un cuatro estrellas, pero desde luego estábamos encantados con él. Lo poco que habíamos visto nos había sorprendido gratamente.

Y más aún cuando llegamos a nuestros dormitorios, que resulta que nos habían asignado en dos cuádruples, así que teníamos unas habitaciones enormes con tres camas, una doble y dos sencillas. Teníamos además la bomba de calor puesta, lo cual era de agradecer, pues la temperatura por la noche había bajado considerablemente.

Las habitaciones tenían su propio baño integrado. Bastante amplio y con la ducha abierta. Incluso nos habían dejado champú y gel en formato familiar.

Nos acomodamos y duchamos y matamos el tiempo tomándonos las Casablanca y comentando las experiencias que habíamos vivido en apenas 24 horas. También aprovechamos la wifi para contactar con la familia y enviar algunas fotos de lo que habíamos visto a lo largo del día.

Sobre las 9 bajamos al comedor a cenar, donde nos esperaba una fantástica cena. Para empezar tuvimos una sopa (que aunque la llamen sopa, era más una crema) de calabacín, de segundo una ensalada de tomate queso y lechuga con un aliño espectacular, de tercero pato con patatas y verduras acompañado de una salsa de nata y finalmente de postre plátano y manzana con yogur.

Los platos no eran muy abundantes, pero, al tratarse de cuatro, acabamos saciados. Estaba todo muy rico y nuestro camarero fue muy simpático y amable. Cuando traía o se llevaba un plato siempre nos comentaba lo que era o nos pedía nuestra opinión sobre lo que habíamos comido. Aprovechó para practicar su español con nosotros preguntándonos alguna palabra o la concordancia de género. Y es que el personal se comunicó en todo momento con nosotros en español, algo que me sorprendió, la verdad.

Después de la cena hubo un espectáculo bereber bastante ameno, sin embargo, no tardamos mucho en retirarnos a dormir, pues habíamos tenido un día muy completo y nos esperaba otro aún más intenso según nos había comentado Mustapha.

Eso sí, antes estuvimos unos minutos en el balcón que había frente a nuestras habitaciones intentando averiguar dónde estábamos. Había una absoluta tranquilidad y tan solo se veían las estrellas (muchas) y se oía de fondo agua, por lo que intuíamos que estábamos cerca del río. Habría que esperar al amanecer para descubrir dónde nos había dejado nuestro conductor.

El día había sido completo:

Marruecos III. Día 2: Marrakech – Tizi n’Tichka – Ait Ben Haddou

El día amaneció muy pronto, ya que nuestro conductor pasaría entre las 8 y 8:30 a por nosotros, lo que nos dejaba poco más de media hora para el desayuno, que comenzaba a las 7:30. Pero a veces las cosas no salen como una espera.

Acababa de sonar nuestro despertador a las 7 de la mañana cuando se oyó un teléfono en el riad. En aquel momento pensé que qué inoportuno quien llamase tan pronto. Y de repente, unos toques a la puerta. Abro y es el chico que nos había recogido el día anterior diciendo que el del teléfono era nuestro conductor, que nos recogía a las 7:30. Me quedé sorprendida por el cambio de horario y así se lo comuniqué, por lo que le volvió a llamar. El tipo nos dijo que recogía entonces antes al resto y después se pasaba a por nosotros. Así que seguimos arreglándonos y guardando nuestras cosas mientras nos preparaban el desayuno. Y a los 10 minutos se presenta el conductor en la puerta.

Salgo a hablar con él y le pregunto su nombre y me dice que Brahim. A lo que le enseño la conversación de whatsapp en el que se me especificó la hora en que nos iba a recoger un tal Brahim, que desde luego no eran las 7:30 de la mañana. Con cara de sorprendido me pide que le reenvíe la conversación para hablar con su jefe y le digo que le haga una foto que es más rápido. Así lo hace y tras una breve llamada me dice que bueno, que nos da 15 minutos, que la excursión tiene que empezar a las 8 y ya tiene a todo el mundo.

No entiendo nada, pero medio dormida aviso al resto y nos dedicamos a cerrar mochilas mientras nos vamos bebiendo el zumo que nos acaban de poner y algunos se abrasan con el café que aún arde. El personal del riad se lo toma con calma y nos va sacando la mantequilla, la miel, la mermelada, unos yogures… pero nosotros cada vez más impacientes no contamos con mucho tiempo, por lo que avisamos en cocina de que si nos pueden poner para llevar las tortillas francesas que tengan preparadas, que no hace falta que nos hagan más. Nos improvisaron un par de hogazas partidas a la mitad y con las tortillas dentro, cogimos un par de yogures y salimos pitando a la minivan de Brahim rozando las 7:50 de la mañana.

Montamos en la furgoneta y tras un trayecto de unos 5 minutos nos dicen que bajemos y que paguemos lo que nos queda a un compañero. Así que recogemos nuestras cosas del maletero y cuando voy a pagar me pide una cantidad muy muy por debajo de lo que teníamos que abonar. Ante nuestra sorpresa me enseña su móvil y me dice que si soy fulanitO. Y yo con cara de W.

Le digo que no y le saco mi reserva a lo que empieza a llamar al tal Brahim y a echarle lo que parece una bronca (no entiendo árabe por lo que solo me puedo fiar de la comunicación no verbal y la entonación). Después me explica que su compañero se ha equivocado y que no era a nosotros a quien tenía que recoger, pero que sí tenía a 4 personas en nuestro riad. El conductor se va y yo intento explicarle a este señor que yo le he enseñado una conversación en la que se veía claramente el logo de la empresa y los datos de la recogida y el tal Brahim me había dicho que sí, que era él pero que tenía otra hora planificada en su ruta. Y luego resulta que no es que no fuera nuestra excursión, es que no era ni la misma compañía.

Así que nos encontramos dentro de la franja de hora de nuestra verdadera recogida en una calle indeterminada de Marrakech con una empresa que no es con la que habíamos contratado la excursión. Y sorprendentemente tranquilos, sumando una anécdota más a la de la llegada al aeropuerto y que no tuviéramos conductor esperando. En este caso parece que fue un cúmulo de desafortunadas coincidencias. Al llamar Brahim a recepción y decir que tenía que hacer una recogida de cuatro personas para una excursión al desierto, el chico dio por hecho que era a nosotros, pues el día anterior a nuestra llegada habíamos hablado con él sobre nuestros planes durante nuestra estancia. Y por otro lado, la casualidad de que el conductor se llamara igual que el de nuestra empresa. A ello se le sumó el sueño y no caer en verificar con él todos los datos, como el nombre de compañía a pesar de que el logo se viera claramente en la conversación que le enseñé.

El señor de la otra empresa llamó a la nuestra para avisarles de nuestro rapto y después nos comunicó que no nos moviéramos, que vendrían a por nosotros, así que con el asunto solucionado nos sacamos nuestros bocadillos de tortilla para por lo menos desayunar algo sólido. Mientras tanto, la voz se debió correr y empezaron a acercarse señores de otras empresas a preguntarnos que qué excursión íbamos a hacer y si habíamos pagado algo. Vaya, que querían que contratáramos con ellos. Pero nosotros nos mantuvimos firmes diciendo que habíamos pagado ya prácticamente el total y que nos recogerían en breve. No queríamos más líos.

Los minutos pasaban y llegaban furgonetas pero ninguna era la nuestra. Mi móvil no cogía red de teléfono, así que solo me quedaba intentar pillar wifi para comunicarme con ellos. Afortunadamente el bar de enfrente la tenía sin contraseña, por lo que siguiendo nuestra conversación inicial, escribí para decirles lo que había pasado y dónde nos encontrábamos adjuntando fotos y ubicación. Esperaba que así al menos ellos supieran localizarnos, porque nosotros conocíamos poco de la ciudad. Mi prima sí que consiguió red, por lo que nos llamaron a su número y conseguimos concretar la recogida.

Minutos después apareció por fin nuestro conductor que llevaba dando vueltas media hora en nuestra búsqueda. Y resulta que no se llamaba Brahim sino Mustapha. Pero este era el de verdad. De verdad de la buena. Confirmado.

En la furgoneta ya había una pareja (también de Madrid) y nos quedaba una última parada ya en la zona nueva de Marrakech para recoger los últimos integrantes de nuestro viaje y echarnos a la carretera. Al final, con nuestro secuestro salimos casi a las 9 de Marrakech rumbo al sur.

Hicimos nuestra primera parada unos 100 km después, en un restaurante en lo alto del puerto Tizi n’Tichka, que cruza la cordillera de los Atlas. Alcanza los 2.260 metros de altura sobre el nivel del mar, lo que lo convierte en el puerto más alto del país.

Fue construido por el ejército francés en 1939 para uso militar. Gracias a este paso de carreteras Marrakech queda conectada con el sur, donde  el paisaje cambia y comienzan a predominar las dunas. Eso sí, es una de las rutas más peligrosas del país por la cantidad de curvas, el tráfico denso de camiones y vehículos turísticos y la peculiar forma de conducir marroquí. Hay quien incluso recomienda biodramina, pero creo que no fue para tanto. O Mustapha era buen conductor o yo iba distraída absorbiendo el paisaje.

Tras la breve parada (primero en el restaurante y luego en un apartadero más arriba) continuamos nuestro viaje emprendiendo el descenso. Hora y media más tarde llegamos a Ait Ben Haddou, la ciudad fortificada más famosa de Marruecos por haber sido escenario de varias producciones cinematográficas y por ser la mejor conservada del Atlas. Allí se supone que nos tenía que estar esperando nuestro guía, pero aún no había llegado, por lo que nos tocó esperar un poco ante el enfado de Mustapha que se quejaba del carácter relajado marroquí. Este tiempo muerto nos sirvió para conocer a nuestros compañeros de viaje, que también habían llegado el día anterior a Marrakech, solo que ellos lo hicieron por la tarde y les tocó esperar 3 horas de colas en el control de pasaportes. Alucinamos.

Finalmente llegó nuestro guía Mohamed (o así nos dijo que le llamáramos), quien nos explicó cómo funciona una Kasbah y nos dio unos datos sobre esta en concreto así como de su pueblo. Nos contó que las kasbahs son ciudadelas bereberes. En realidad, no distan mucho de la forma medieval occidental de construir las ciudades. Se trata de buscar un sitio elevado y después amurallarlo para protegerse de ataques externos. La diferencia (entre otras cosas) es que en vez de usar piedra y madera como se hacía en Europa, los bereberes construían estos conjuntos arquitectónicos con barro y adobe.  Cuando se agrupan varias kasbahs, tenemos un Ksar.

Este de Ait Ben Haddou, declarado Patrimonio Humanidad por la UNESCO en 1987, se ubica en las faldas de una colina y queda protegido por una muralla defensiva y dos torres en los flancos. Nació en el siglo XI cuando se establecieron los almorávides para controlar el paso de las caravanas comerciales procedentes del África negra con destino Marrakech, Fez y Meknes. Hoy aún residen algunas familias, pero la mayoría de la población de Ait Ben Haddou reside fuera del Ksar.  En la parte moderna podemos encontrar hoteles, restaurantes, locales de artesanía… enfocado totalmente al turismo.

Para llegar a la parte amurallada debemos cruzar el río Ounila, bien por un puente nada particular y de reciente construcción, o a la manera tradicional, como quería nuestro guía: cruzando el río por unos sacos. Sin embargo, la idea de los sacos no cuajó mucho en nuestro grupo. A algunos por el calzado que llevaban, otros por los equipos fotográficos y otros porque iban de punta en blanco, así que convencimos al guía para ir por el puente, aunque se tardara algo más. Sí que es cierto que cruzando por los sacos se tienen mejores vistas al acceder por la puerta principal, pero le pedimos que después diéramos el rodeo para no perdérnoslas.

Una vez en el ksar nuestro guía nos llevó un poco a la carrera callejeando hacia la parte alta. Desde allí arriba contrasta la uniformidad cromática de la parte amurallada con el pequeño palmeral a sus pies.

Pudimos ascender a lo alto de la colina, donde se encuentra una antigua fortificación que servía de granero. Hacía calor, pero dimos el último empujón para poder disfrutar de las vistas 360º.

De bajada nos llevó a una tienda en la que nos mostraron la técnica de pintar con pigmentos y una bombona. Algo similar a los talleres de campamento con un limón y una vela. Tenían obras muy bonitas, pero no era muy práctico comprar algo que no cupiera en nuestras mochilas o pudiera acabar dañado, así que no compramos nada. En la puerta tenían expuestas fotos de los diferentes rodajes que han pasado por la ciudadela. Lawrence de Arabia, El Príncipe de Persia,  La Joya del Nilo, Alejandro Magno, La Momia, Gladiator, Asterix y Obelix: Misión Cleopatra y recientemente Juego de Tronos.

Precisamente en la entrada principal aún se ven en el suelo las marcas donde estuvieron las falsas puertas de cartón de Yunkai, ciudad liberada por Daenerys Targaryen.

Rodeamos la ciudad volviendo al puente firme y tras despedirnos de nuestro guía nos sentamos a comer.