Berlín II. Datos sobre Alemania

Después de un sueño reparador, comenzábamos nuestra visita a la capital germana, una ciudad más que relevante en la historia del país. Hagamos un poco de repaso:

Los primeros pueblos que se asentaron en la región que hoy ocupa Alemania fueron tribus germánicas procedentes del sur de Escandinavia, celtas de la Galia y eslavas del Este de Europa. Más tarde, en el siglo III, tuvieron lugar lo que nosotros conocemos como “Invasiones Bárbaras” pero que los alemanes estudian en el colegio como el “La migración de los pueblos germánicos”. Las tribus germánicas del Oeste (alamanes, catos, francos, frisones, sajones y turingios) fueron aplastando a las tribus celtas a su paso y siguieron su camino hacia el oeste.

Alrededor del año 800 Carlomagno fundó un gran imperio (ocupaba los territorios que hoy conforman Francia y Alemania) que se se convirtió en la mayor potencia política de Europa en la Alta Edad Media. Sin embargo, este Imperio Carolingio no duró mucho, ya que a la muerte del emperador quedó disuelto en tres reinos:

  • Westfrankenreich o Francia Occidental (lo que hoy sería Francia) gobernada por Carlos el Calvo;
  • Ostfrankenreich o Francia Oriental (origen de la Alemania actual) dirigida por Luis el Germánico;
  • y Mittlere Frankenreich también conocida como Ostfrankenreich Media (que incluía los territorios del actual Benelux y algunas zonas de Francia y norte de Italia) bajo el reinado de Lotario.

Un siglo más tarde el Papa coronó emperador a Otto el Grande de la dinastía sajona. Nació entonces el Sacro Imperio Romano Germánico, que existiría con diferentes formas y fronteras entre 962 y 1806. En primer lugar abarcaba los ducados de Lorena, Sajonia, Franconia, Suabia, Turingia y Baviera, pero entre 1024 y 1125 con la dinastía salia, se extendería hasta el norte de Italia y Borgoña. Más tarde, entre 1138 y 1254 con los Hohenstaufen se expandiría hacia el sur y este, intentando germanizar a los eslavos. Con esta dinastía además prosperaron varias ciudades norteñas del territorio gracias a la Liga Hanseática.

Cuando murió Federico II, el último emperador Hohenstaufen, comenzó período de 19 años de caos, conocido como el Gran Interregno, cuando ninguno de los sucesores fue capaz de conseguir los apoyos necesarios para ascender al trono. Finalmente, en 1273 lo hizo Rodolfo I, de los Habsburgo, una dinastía que mantendría el poder hasta principios del siglo XIX con la llegada de Napoleón.

No obstante, el imperio pasaría por momentos en los que su unidad se vería amenazada, como en el siglo XVI con la llegada de Martín Lutero, quien escribió en 1517 las 95 tesis en las que cuestionaba la Iglesia Católica. Con esta crítica a la doctrina católica, el monje cambió el pensamiento teológico originando la Reforma Protestante y dando lugar a la Iglesia Luterana, que comenzó a ser reconocida como nueva religión oficial en muchos estados del norte a partir de 1530. Carlos V (Carlos I de España, el nieto de los Reyes Católicos) pasó gran parte de su reinado luchando contra la creciente amenaza del protestantismo y esforzándose por mantener el Sacro Imperio Romano intacto, pero finalmente en 1555, con la Paz de Augsburgo, sería reconocida como igual a la católica y no solo el imperio quedaría dividido en dos ramas religiosas, también lo haría toda Europa, como ya vimos con el Reino Unido.

Este cisma religioso desembocó en 1618 en la Guerra de los Treinta Años, que mermó la población de los estados alemanes en un 30% y acabó con el imperio reduciéndolo a un conglomerado de estados y territorios sin apenas poder a la firma del la Paz de Westfalia. Con ella Suiza y los Países Bajos se independizaron, Francia se hizo con Alsacia y Lorena, y Suecia se extendió hasta la desembocadura de los ríos Elba, Óder y Weser. Paralelamente, a medida que el Sacro Imperio Romano Germánico se iba disolviendo, Brandeburgo-Prusia, de la dinastía Hohenzollern, comenzó a despuntar. Se convirtió en un estado potente que abrazó las ideas de la Ilustración, garantizó la libertad religiosa e introdujo reformas legales. Esto atrajo a grandes pensadores de Europa e hizo que Berlín floreciera como capital cultural. El Sacro Imperio Romano Germánico se disolvió en 1806 cuando el emperador Francisco II abdicó después de perder en la Batalla de Austerlitz. Napoleón se hizo con el control de Europa y reorganizó el territorio en 30 estados soberanos agrupados como la Confederación del Rin, que duró hasta la Batalla de Leipzig de 1813, cuando las tropas prusianas, rusas, austriacas y suecas vencieron al francés.

En el Congreso de Viena de 1815 Alemania se reorganizó como Confederación Germánica, una agrupación de 39 estados encabezada por Austria y Prusia (aunque tras la revolución en 1848 Austria estuvo un par de años fuera). En 1861 llegó al trono Guillermo I de Prusia y nombró canciller a Otto von Bismarck, quien modernizó el ejército y movió las tropas para anexionarse estados. Además, en 1867 formó la Confederación Alemana del Norte excluyendo a Austria. Tras vencer en la Guerra Franco-Prusiana el orgullo nacional aumentó y en enero de 1871 se proclamó el Imperio Alemán con el Reino de Prusia como su principal constituyente y Berlín como capital. Eso sí, Austria ya quedaba totalmente fuera. Guillermo I fue coronado Emperador y Otto von Bismarck nombrado canciller.

En esta nueva etapa ya como nación conocida como Años Fundacionales, Alemania orientó su política exterior en colonizar territorios en África y posicionarse como gran potencia a la vez que intentaba aislar a Francia. Internamente se centró en la industrialización. A principios del siglo XX el país ya rivalizaba con Gran Bretaña y los Estados Unidos. Sin embargo, las fricciones imperialistas hicieron que Alemania se quedara cada vez más sola cuando se creó la Triple Entente (Reino Unido, Francia y Rusia).

Con el atentado del heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro en Sarajevo ya vimos que Austria quiso aprovechar la oportunidad para acabar con Serbia, a lo cual Alemania se unió. Así, las grandes potencias quedaron divididas en dos bandos: por un lado la Triple Entente, y por otro la Alianza Central (Alemania y Austria-Hungría). La I Guerra Mundial acabó el 9 de noviembre de 1918 con la abdicación del Emperador Guillermo II, terminando también con la monarquía en el país y dando lugar a la República de Weimar con una nueva Constitución Federal que incluía el sufragio femenino y derechos sociales básicos.

Con el Tratado de Versalles un año más tarde Alemania perdió sus colonias, su fuerza militar y gran parte de su poder industrial. La derrota de la guerra supuso además un gran bazazo económico al tener que indemnizar al resto de países. Esta adversidad económica como consecuencia del tratado de paz duró unos años y cuando Alemania empezaba a recuperarse, llegó el crack del 29. Así pues, durante los años de la República de Weimar (1919-1933) hubo un descontento bastante generalizado entre la población. Todo esto unido a la sensación de que la guerra se podía haber ganado, sirvió a partidos como el NSDAP para ir ganando cada vez más fuerza.

Hitler llegó a jefe de Estado y poco después, el 27 de febrero de 1933, el Reichstag fue incendiado. Una operación provocada por los propios nazis (capitaneados por Hermann Göring) para culpar a los comunistas (cómo no).

El suceso sirvió como excusa para derogar algunos derechos democráticos fundamentales y crear la Ley Habilitante que le daba al gobierno el pleno poder legislativo. Alemania se convirtió entonces en un estado totalitario con un único partido. Todos los partidos, organizaciones y sindicatos no nazis dejaron de existir. Todo aquel que opinaba diferente fue perseguido, detenido y aniquilado. El proclamado Führer quería volver a la idea de gran imperio (de hecho llamó a su dictadura el Tercer ImperioDrittes Reich), por eso comenzó a anexionarse tierras vecinas de Austria y Checoslovaquia, después lo intentó con Polonia, lo que provocó que el Reino Unido y Francia le declararan la guerra. Supuso el estallido de la II Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939.

En un inicio Alemania consiguió el control de varios territorios, sin embargo la cosa cambió cuando en el verano de 1941 intentó invadir la Unión Soviética. A pesar de los apoyos de sus aliados, el ejército nazi era insuficiente para un territorio tan amplio. Al final, Alemania tuvo que capitular el 8 de mayo de 1945 tras la entrada de las tropas soviéticas en el país. Internamente, el régimen nazi se acabó con la vida de alrededor de cincuenta millones de personas, entre ellos seis millones de judíos y tres millones de polacos. De los siete millones de personas que fueron deportadas a campos de concentración, solo sobrevivieron 500.000.

Tras la guerra, en la Conferencia de Potsdam se volvió a redefinir el mapa de Europa. Fue el mismo escenario de ocupación militar compartida con la capital dividida que ya se había producido en Austria, solo que en el país vecino los soviéticos accedieron a retirarse a cambio de la neutralidad. Stalin había pedido unos meses antes en la Conferencia de Yalta una Alemania unificada y desmilitarizada, pero no se aceptó el trato y Alemania quedó dividida en cuatro partes: Francia al suroeste, Gran Bretaña al noroeste, Estados Unidos al sur y la Unión Soviética al este. Berlín, la antigua capital nazi, quedó también dividida entre los aliados. Nacieron así la Deutsche Demokratische Republik (República Democrática Alemana, RDA) al este (con capital en Berlín) y la Bundesrepublik Deutschland (República Federal de Alemania, RFA) al oeste (con capital en Bonn).

En mayo de 1949 las potencias occidentales unieron sus territorios y fundaron la RFA (con numerosos nazis en el gobierno, servicios de inteligencia, administraciones, etc.), incumpliendo así los acuerdos de Yalta y Potsdam. Poco después, como respuesta, nació la RDA. Pronto habría roces entre los aliados y la URSS, ya que estos últimos pedían cuantiosas indemnizaciones por las pérdidas sufridas durante la guerra (solo en recuento humano perdieron casi 30 millones de vidas). Mientras tanto, Alemania Occidental se estaba recuperando económicamente bajo la gestión del canciller Konrad Adenauer gracias al Plan Marshall que aportó unos 4.000 millones de dólares y a la condonación de intereses acumulados de las deudas o reducción de quitas superiores al 50%. Se convirtió en miembro de la OTAN y de lo que hoy es la Unión Europea.

Estas significativas diferencias económicas hicieron que miles de alemanes orientales emigraran a la RFA en busca de un mayor nivel de vida. Circunstancia que afectó gravemente a la RDA, puesto que perdió trabajadores en cuya formación había invertido previamente. Además, las tensiones crecieron cuando en junio de 1948 los aliados introdujeron el marco alemán en sus territorios rompiendo el acuerdo de la Conferencia de Potsdam que estipulaba que todas las zonas tendrían la misma moneda. Los soviéticos reaccionaron lanzando el Ostmark y bloqueando a Berlín Oeste por tierra, ya que lo tenían rodeado, no obstante los aliados occidentales consiguieron evitarlo descargando suministros en el aeropuerto de Tempelhof de Berlín Oeste.

Según se ha conocido por archivos oficiales y desclasificados, parece que en 1952 Stalin volvió a intentar la unificación de Alemania proponiendo tratados de paz, sin embargo, EEUU se negó (y de nuevo lo hizo en 1958). El motivo era sencillo, no quería perder el control geopolítico, económico y militar de la RFA, ya que ocupando este sector se aseguraban bases militares cerca de la URSS. La posición estratégica le favorecía ante un posible avance a otros territorios comunistas soviéticos como Polonia, Checoslovaquia o Hungría. Se ha conocido que la CIA participó en el asedio a la RDA financiando grupos terroristas como el neonazi KgU (Die Kampfgruppe gegen Unmenschlichkeit), que mantuvo una red de espionaje y cometió actos de sabotaje atacando infraestructuras (líneas eléctricas y telefónicas) y fábricas. Además, este grupo llevó a cabo pruebas de armas químicas contra la población, como las bombas de arsénico en Leipzig en 1951.

El 17 de junio de 1953 se intentó dar un Golpe de Estado contra la RDA. No estaban en juego ni las elecciones libres, ni mejorar el nivel de vida de los residentes en el este, sino que fue una operación orquestada desde el oeste con el objetivo de provocar una rápida anexión de la RDA a a la RFA. Fueron mandados agentes de servicios de inteligencia occidentales para provocar revueltas, paros temporales y manifestaciones violentas y así generar una respuesta represiva del gobierno que acabara en su caída. No lo consiguieron, pero el acoso contra la RDA fue “in crescendo”.

A estos ataques de grupos fascistas, intentos de golpes de estado y el contrabando que minaba la economía del país se sumó el descubrimiento por parte de la Stasi de los planes DECO II y MC-96, por los que la RFA con apoyo de la OTAN pretendía invadir y “liberar” militarmente la RDA. Dado que las potencias occidentales se negaron a retirarse de Berlín Occidental tras el ultimátum de Krushchev, el líder soviético, se tomó la decisión de erigir una barrera antifascista. Siempre se cuenta que era para evitar la huida de ciudadanos, y seguramente era también una razón, ya que para mediados de 1961 unos 300.000 ciudadanos de la RDA emigraban anualmente a la RFA con la consiguiente fuga de cerebros, de técnicos y de mano de obra; no obstante, no parece que sea el motivo de más peso cuando antes de construirse el muro miles de alemanes de Berlín Este iban a trabajar por la mañana a Berlín Oeste y volvían a sus casas por la tarde. Además, el muro bordeaba la frontera de la RFA, no de la RDA. La decisión de erigir el muro se tomó en un contexto en el que se pensaba que cualquier movimiento podría ser un detonante que condujera a una guerra devastadora y al colapso del país. Es verdad que fue construido por la RDA, pero los americanos estaban de acuerdo. El propio Kennedy llegó a asegurar que “era mejor un muro, que una guerra“.

A los británicos tampoco les parecía mal la idea, tal y como escribió en 1999 Paul Oestreicher, corresponsal de la BBC en Berlín. Parece que un mes después de que el muro fuera construido el jefe militar del sector británico de la RFA le aseguró off the record que la decisión había sido recibida “con alivio” (pues así se cortaría de alguna manera el flujo de inmigrantes) y que además les proporcionaba “una nueva arma de propaganda”.

En los años siguientes la tensión siguió escalando. Sigo sin entender que se le llamara Guerra Fría, cuando aquello estaba al rojo vivo. En octubre de 1961 podría haberse desatado la III Guerra Mundial después de que EEUU enviara a espías y diplomáticos al paso fronterizo de la RDA sin su correspondiente documentación. En una de las ocasiones en las que los soviéticos impidieron el paso a los americanos, estos últimos respondieron enviando sus tanques al Checkpoint Charlie. Los soviéticos tomaron entonces posición frente a ellos y la confrontación duró tres días, hasta que estos recibieron la orden de retirada y dejaron pasar a los americanos.

En 1968 ante la falta de perspectiva de unificación, se firmó una nueva constitución en la que quedaba recogida oficialmente la división de Alemania en dos naciones.

Tras unas décadas en las que progresivamente se fueron suavizando las relaciones entre ambos lados y se firmaron acuerdos que regulaban el paso de un lado al otro, el muro acabó “cayendo” el 9 de noviembre de 1989 después de que el funcionario Günter Schabowski comunicara en rueda de prensa su apertura. No fue un acto espontáneo del pueblo de la RDA como a veces se comenta, sino que la gente se enteró por los comunicados de la radio y la televisión de Berlín Oeste y se echó después a la calle.

En general la gente se dejó llevar por la propaganda occidental y la promesa de una vida mejor, sin embargo, también hubo quien se echó a la calle el día 10 para cantar la Internacional y pedir que siguiera en pie el muro.

Casi un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, Alemania se reunificó en un único estado formado por 16 estados. La RDA quedó disuelta y en diciembre se celebraron unas elecciones de las que saldría Canciller Helmut Kohl de la CDU. Berlín se convirtió en ciudad-estado (y recuperó la capitalidad en 1991) y la antigua RDA adoptó el marco de la RFA. Se trasladó la capital de Alemania de Bonn a Berlín e ingresó en la Unión Europea.

Sin embargo, la reunificación no fue sencilla para los habitantes del este, ya que sufrieron grandes pérdidas. Con la integración de la RDA en la RFA el patrimonio público de la Alemania Oriental fue repartido y las empresas estatales vendidas a precio de saldo. En otros casos fueron llevadas a la quiebra para hacerlas desaparecer y que no compitieran con el mercado occidental. Con el muro cayeron también los avances sociales como la atención sanitaria y educación gratuitas, el derecho a una vivienda, igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, un empleo seguro, pensiones de jubilación o enfermedad, 6 semanas de baja por maternidad del parto y 8 de permiso después (cobrando el 100% del sueldo), prescripción gratuita de anticonceptivos, aborto libre y gratuito, etc. Sin la socialización de los medios de producción se acabó la inversión en derechos de los ciudadanos.

En los años siguientes a la reunificación se dispararon en el este de Alemania un 45600% las operaciones de esterilización de mujeres. Y es que sin la gratuidad de los anticonceptivos, sin aborto libre y con trabajo precario, no querían arriesgarse a un embarazo. También aumentaron los suicidios, aunque eran silenciados, al contrario de lo que ocurría cuando existía la RDA, que se usaban como propaganda de lo desgraciados que eran en el este.

Además RFA anuló las expropiaciones que se habían realizado en 1945 a los colaboracionistas de los nazis, por lo que muchos ciudadanos perdieron sus viviendas, sus trabajos y su calidad de vida. La propaganda occidental les vendía alto nivel adquisitivo y sociedad de consumo y sin embargo lo que obtuvieron en su lugar fue desempleo y miseria. Reinaba la inflación, el paro y la brecha salarial con respecto a la parte occidental. Se veía claramente un país dividido entre vencedores y vencidos.

Hoy, aunque internamente siguen vigentes las diferencias, Alemania de cara al exterior es uno de los países con mayor influencia en el continente europeo. Al tener la mayor población entre los estados miembros de la Unión Europea (con más de 80 millones de habitantes) tiene gran peso en las políticas de la unión y del mundo.

Culturalmente también ha influido en varios campos, de hecho, Alemania es conocida como Das Land der Dichter und Denker (la tierra de poetas y pensadores).​ Aunque en realidad habría que hablar de cultura alemana englobando a las zonas de habla alemana, pues, como hemos visto, el país ha cambiado bastante sus fronteras con el paso de los años. Así, dentro de la cultura alemana podemos hablar de figuras históricas en diferentes áreas (literatura, filosofía, matemáticas, ciencia, arte, arquitectura…) como Goethe, Schiller, los Hermanos Grimm, los Mann, Brecht, Hesse, Böll, Grass, Mozart, Bach, Händel, Beethoven, Brahms, Wagner, Durero, Mies van der Rohe, Fassbinder, Copérnico, Einstein, Fahrenheit, Röntgen, Leibniz, Kant, Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger, Habermas, Marx, Engels, Gutenberg, Ferdinand von Zeppelin, Gottlieb Daimler, Rudolf Diesel, Karl Benz, etc. Por supuesto, no podemos olvidarnos del ya mencionado Lutero, quien además de provocar una importante fractura en el mundo cristiano, creó una lengua alemana unificada gracias a la traducción de la Biblia.

El alemán, sí, ese idioma que tiene fama de duro y difícil. Lo de duro es porque hemos visto muchas pelis de nazis pero lo de difícil no lo voy a negar, pues cuenta una estructura sintáctica bastante marcada y varias normas sobre cómo colocar cada uno de los elementos. Además, es flexivo, por lo que hay que concordar en número y género (primeramente tienes que saber si la palabra es masculina, femenina o neutra) y luego están las declinaciones…

Lo bueno es que como es tan cuadriculado es muy fácil identificar qué es sujeto, qué complemento directo o qué un genitivo sajón. El que los sustantivos (tanto propios como comunes) vayan en mayúscula, también ayuda.

Un punto a su favor es que se lee prácticamente como se escribe, por lo que para un hispanoparlante resulta más sencillo que el francés, a pesar de que este sea también una lengua romance. Por muy larga que sea la palabra, se lee. El truco está en dividirla, y es que es un idioma tan preciso que si no tiene un término para explicar un concepto, lo crea usando vocablos que lo definan.

Así, Krankenhaus (casa de los enfermos) es un hospital, Krankenschwester (la hermana de los enfermos) es una enfermera y Krankenwagen (coche de los enfermos) es una ambulancia.

En cualquier caso, tanto en Berlín como en Alemania la gente tiene un muy buen nivel de inglés y saber alemán no es requisito imprescindible para visitarla.

Empezamos.

Berlín I. Día 1: Vuelo y llegada a Berlín

Por fin llegó el 6 diciembre y con él nuestro viaje a Berlín. Volábamos con Easyjet, compañía que solo permite UNA pieza de equipaje de mano de máximo de 56 x 45 x 25 cm (eso sí, sin límite de peso), por lo que llevábamos a rebosar los bolsillos de nuestros abrigos. Básicamente repartimos entre los compartimentos todo aquello que habríamos llevado en un bolso de mano, pero pareciendo el muñeco de Michelín.

El vuelo fue tranquilo y aprovechamos para hacer una merienda-cena, ya que llegábamos a las 21:45 a Tegel y seguramente estaría todo cerrado. El plan del día era llegar al alojamiento lo antes posible y descansar para el día siguiente estar con las pilas cargadas. Poco más.

En el mismo aeropuerto de Tegel, junto a la parada del autobús, compramos los tres pases semanales (7-Tage-Karte) para la zona ABC. Por un importe de 37,50€ tendríamos cubiertos los trayectos para toda nuestra estancia, incluida la ida y vuelta al aeropuerto, así como las excursiones a Sachsenhausen y Potsdam. Tiene la peculiaridad de que entre semana de 20h a 3 de la mañana y los sábados, domingos y festivos, se puede llevar sin coste adicional a un adulto y hasta tres niños (de 6 a 14 años – los menores de 6 van siempre gratis). El billete también incluye un perro o una mascota pequeña, equipaje de mano, sillita infantil o silla de ruedas. No así la bicicleta, que requiere un billete aparte.

Berlín cuenta con U-Bahn (metro), S-Bahn (tren), bus y tranvía. Tan solo este último no estaba incluido en los pases, pero con los otros tres íbamos sobrados para nuestros planes. Además, podíamos coger los trenes regionales.

El área metropolitana queda dividida en tres zonas tarifarias: A, B y C. Como decía, nosotros compramos el billete semanal que servía para las tres zonas, ya que, aunque Tegel está en zona B, Sachenhausen y Potsdam están en la C. En la web de la VBB se pueden consultar los diferentes billetes para echar cuentas y decidirse por el que salga más rentable en cada caso. También es útil para ver cuándo hay incidencias en la red o descargarse planos de los distintos medios de transportes. Además, cuenta con una App en la que incluso se pueden comprar los billetes evitando así llevarlos en papel.

Una vez que sacamos los pases en la máquina buscamos la máquina de validación para activarlos antes de subir al bus. De esta moda pudimos entrar directamente a la parte trasera y buscar un sitio donde acomodarnos. En el caso de los billetes como el nuestro con picarlo una vez, ya es suficiente, la fecha impresa será la que marque el inicio del período válido. En caso de encontrarnos con un revisor, se enseña y listo.

Tomamos el bus TXL hasta la parada Beusselstrasse, donde enlazamos con la S41 que nos llevaría a la parada Schönhauser Allee. Desde allí teníamos unos 10 minutos al apartamento. Para cuando quisimos llegar eran las 11 de la noche, pero como teníamos la llave esperándonos en una caja fuerte y nos habían enviado la clave, no hubo problema. El apartamento era como esperábamos, tal y como habíamos visto en las fotos. Un espacio que servía como dormitorio – salón – comedor con una cama doble, un armario, un sofá-cama, una mesa con tres sillas y una tele colgada en la pared.

Además, contaba con un baño bastante espacioso y una pequeña cocina que nos vendría perfecta para los desayunos y las cenas.

Para aquel primer día la cena fue algo ligera, pues como comentaba más arriba, ya habíamos comido algo en el avión. Acabamos con los bocadillos de tortilla francesa que nos habían quedado para que no se nos pusieran malos y tras una ducha rápida y acomodo de equipaje, nos fuimos a descansar, para poder madrugar y aprovechar bien el día siguiente.

Marruecos II. Día 1 II: Paseando por la Medina. Plaza Jamaa el Fna, Koutubia y zocos

Lo primero que hicimos tras pasar tanto control fue ir en busca de un cajero para sacar dinero. La moneda local es el dírham marroquí (MAD) y podemos encontrar billetes de 20, 50, 100 y 200 y monedas de 1, 2, 5 y 10 dírhams, así como de 10, 20 y 50 céntimos.

Con algo de efectivo que nos llegara al menos hasta que volviéramos de la excursión al desierto, nos dirigimos al exterior para encontrarnos con nuestro conductor. Habíamos contratado la recogida con civitatis, sin embargo, algo les pasó con la reserva. Una semana antes había tenido lugar el dichoso el cambio horario de invierno, pero Marruecos, en el último momento, decidió quedarse en el de verano, por lo que tuve que modificar la reserva para que la recogida en vez de ser a las 12:40 fuera una hora más tarde. No obstante, eran las 2 y allí no había nadie con nuestro nombre, algo que me extrañaba porque tenían nuestro número de vuelo y se supone que saben que hay que pasar un control de pasaportes, así que deberían contar con un margen de tiempo de espera. Así que, ¿por qué no había nadie esperándonos?

Coincidimos con unos chicos que también venían de Madrid y habían contratado con la misma empresa. Su conductor tampoco se había presentado y estaban intentando llamar al teléfono de contacto, aunque sin éxito. Así que, empezamos a pensar que nos habían estafado a todos.

Cuando ya estábamos valorando si tomar un taxi o incluso el bus local, los chicos dieron con su conductor y como era de la misma empresa, aprovechamos para preguntarle que qué pasaba con nuestra reserva. Buscó sus papeles y revisó sus recogidas, pero ahí no estaba mi nombre. No obstante, llamó a la compañía para que se lo consultaran y nos dijo que esperáramos junto a sus compañeros hasta que nos dijeran algo.

Unos diez minutos y varias llamadas más, finalmente uno de los conductores nos dijo que él nos llevaba, así que con él que nos fuimos a su minivan.

La primera toma de contacto que teníamos con Marruecos era de calma y caos. Calma porque van con un ritmo pausado sin estresarse ante las adversidades y caos porque el tráfico era una locura. Es verdad que no era Bombay (eso es otro nivel), pero había motos por todos lados con varios ocupantes sin cascos, los adelantamientos no eran nada reglamentarios (bueno, allí a lo mejor sí) y el respeto por el límite de velocidad brillaba por su ausencia. Pero llegamos. Además, el conductor se encargó de llamar al riad para que salieran a buscarnos y no nos perdiésemos por la medina. Llegar al Riad fue volver otra vez a la calma. Es increíble cómo dentro del tremendo caos que es la ciudad antigua se consiguen esos remansos de paz. Como no podía ser menos nos recibieron con un té bien caliente que estaba muy rico y con mapa en mano, el chico nos explicó los puntos de interés y cómo ubicarnos. Aún así, nos comentó que la primera vez que saliéramos él nos acompañaría para guiarnos y que si nos perdíamos, o llamáramos al riad o pidiéramos ayuda a alguien de las tiendas próximas.

Después nos indicó dónde estaban nuestras habitaciones. Aunque habíamos hecho una reserva para una cuádruple, nos dieron dos dobles, una a cada lado del patio. Ambas contaban con su cama doble, una zona de estar con un sofá y el baño. No podríamos haber elegido mejor. De momento nos estaba encantando todo.

No nos entretuvimos mucho, pues estábamos sin comer, así que descargamos el equipaje, preparamos las mochilas para salir a conocer Marrakech siguiendo a nuestro anfitrión entre los callejones para no perdernos.

Localizada a los pies del Atlas y a un par de horas de la costa atlántica, Marrakech es una de las grandes ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Meknes y Rabat, la capital. Fue fundada en 1062 cuando Youssef Ibn Tachfin, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides, estableció un campamento en la zona para así controlar las rutas a través del desierto del Sáhara. Acabó convirtiéndose en la capital del Imperio Islámico y desde allí comenzó la conquista de Marruecos. Y no se quedaron ahí, sino que llegaron a la Península Ibérica, derrotando a los cristianos y haciéndose con buena parte del territorio. El reino acabó en 1147 tras el asedio de los almohades, que arrasaron la ciudad para luego reconstruirla. Fue en aquel momento cuando se erigieron importantes construcciones, como la Mezquita Koutoubia, la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Menara.

Tras un siglo de dominio los almohades fueron derrotados por los benimerines con Al-Maymun a la cabeza y Fernando II proporcionando ayuda. Marrakech perdió su capitalidad en favor de Fez, quedando algo olvidada.

En 1549 la dinastía saadí destituyó a los benimerines y llegó de nuevo otra época de esplendor en la que se reconstruyeron antiguos edificios y se diseñaron opulentos palacios. Marrakech recuperó la capitalidad y se convirtió en una de las ciudades más pobladas del mundo árabe.

Sin embargo, esta dinastía no duró mucho, pues a principios del siglo XVII las luchas sucesorias desembocaron en una guerra civil que terminaría en 1668 con el ascenso al trono de los alauitas. En el siglo XVIII, el sultán Mohammed III quiso recuperar el esplendor de la ciudad.

En el siglo XIX Marrakech comenzó a comerciar con Europa, sobre todo con Gran Bretaña. Marrakech ha tenido la misma historia convulsa que Marruecos, que al ser puerta de África ha tenido que luchar contra portugueses, españoles y franceses.

En 1911 la capital pasó a Rabat, por lo que Marrakech perdió de nuevo relevancia.  Un año después, ante las revueltas contra el protectorado galo, el gobierno francés nombró señor de Marrrakech a Thami el Glaoui para que controlara la zona. Y así lo hizo, gobernando durante más de 40 años de manera dictatorial. Con la independencia del país, la población francesa se redujo, pero aún así, hoy en día Marrakech es una ciudad internacional con una importante comunidad de expatriados. En la década de los 20 y 30 llegaron muchos millonarios a invertir en la ciudad. A ellos se les sumaron en los 60 artistas e intelectuales que le dieron un ambiente extravagante a la ciudad con su estilo de vida festivo y provocaron el renacimiento de la ciudad en las décadas siguientes.

En los 80 y 90 se había convertido en ciudad de moda y atrajo al mundo de la alta costura, diseñadores, editores de revistas y modelos. Marrakech estaba en boca de todos y llegó la burbuja inmobiliaria. Muchos europeos, atraídos por esta fama de ciudad exótica y bohemia compraron antiguos edificios en la Medina para construirse una segunda vivienda o incluso riads. Así, mientras los marroquíes aspiraban a comprarse una casa en la ville nouvelle como símbolo de progreso; los extranjeros se iban haciendo poco a poco con propiedades en la ciudad histórica atraídos por el sueño oriental.

Aún hoy en día Marrakech queda dividida en dos partes: la Ciudad Vieja (la Medina) con sus murallas, sus serpenteantes callejones y sus edificios en tierra roja y la Ciudad Nueva con grandes avenidas y construcciones modernas que está en continuo crecimiento. Nosotros comenzaríamos con la Medina, ya que es donde se encontraba nuestro riad y que no contábamos con mucho tiempo útil aquella tarde. Teníamos en mente visitar algún palacio, pero con el retraso en la llegada solo podríamos tener una primera toma de contacto de la ciudad.

Pero ante todo, eran casi las cuatro de la tarde, por lo que nuestro primer objetivo era buscar un sitio donde comer. Y justamente, de camino a la plaza Jamaa el Fna vimos un puesto con una especie de triángulos de pasta filo que tenían buena pinta, así que no nos lo pensamos mucho y compramos uno para cada uno.

Entre las opciones había de queso y tomillo, pescado, pollo y vegetales. Las primas optaron por el de pollo, que estaba muy rico con un toque a la menta; y nosotros dos pedimos el de vegetales y el de queso con tomillo. La base de estos bocadillos (que luego descubriríamos que se llaman briouats) consta de unos fideos a los que se les añade el ingrediente en cuestión y especias al gusto. ¡Por 15 dirhams cada uno habíamos comido!

Por la hora que era sabíamos que no íbamos a poder entrar en ningún monumento, así que la idea era ver la plaza Jamaa el Fna, la Koutoubia, que está muy cerca, y meternos por los zocos para tener una primera toma de contacto. Tras callejear, salimos a la famosa plaza Jamaa el Fna, cuyo nombre, Asamblea de los Muertos, hace referencia a la época en que se exhibían las cabezas de los criminales clavadas en postes. Además de mostrar las ejecuciones, también servía de escenario para los desfiles. Hoy se ha acondicionado y está incluso pavimentada, pero sigue teniendo el punto caótico y siendo el lugar más importante de la Medina.

A esta bulliciosa plaza dan diversos locales comerciales, tanto tiendas como restaurantes, a los que se suman los puestos ambulantes de frutos secos y zumos. Según la temporada del año, son de un tipo de fruta u otra. A principios de noviembre encontramos que era popular el de naranja, pero también el de granada, con esa variedad tan oscura y que tiene un punto de acidez, como ya habíamos visto en Estambul. También numerosos puestos de hojas de té y plantas.

También podemos encontrar todo tipo de vendedores ambulantes intentando ganarse la vida. Desde malabaristas, hasta mujeres que tatuan henna (no muy recomendable) pasando por los que van con un mono para que te hagas una foto con el animalillo, los aguadores, las adivinas, los porteadores, los sacamuelas…

También, en el extremo oeste, se ubican las calesas, que ofrecen paseos alrededor de la ciudad.

Nosotros sin embargo no teníamos mucho interés en ninguna de las propuestas, por lo que continuamos con nuestro paseo hacia el minarete de la Koutoubia, que asomaba a lo lejos. De hecho, gracias a sus 77 metros de altura, puede verse casi desde cualquier parte de la ciudad.

Esta mezquita, iniciada en 1141 y completada cuarenta años más tarde (de hecho fue erigida dos veces porque la primera no se había orientado correctamente con respecto de la Meca), es la más importante de Marrakech, todo un icono y según una norma urbanística de la época del protectorado que aún está vigente está prohibido erigir edificios que la superen en altura (tampoco pueden hacerlo las palmeras). Con una planta de 60×90 es, además, una de las más grandes del Occidente musulmán. Le debe el nombre a un zoco que había a su alrededor, el Koutubiyyin. Y de ahí también que sea conocida como la Mezquita de los libreros.

Construida en arenisca rosada, su minarete de base cuadrada y estilo almohade nos traslada a la Giralda y nos recuerda las influencias árabes que tiene nuestro país fruto de su establecimiento entre 711 y 1492. De hecho, están realizadas por el mismo arquitecto. La nuestra está mucho más ornamentada, pero es que la de la Koutoubia ha perdido el revestimiento de azulejos y estucados que tenía hace tiempo.

En la parte delantera podemos ver un pequeño edificio blanco, un mausoleo en que se encuentra Lalla Zohra, la hija de un esclavo que se transformaba en paloma todas las noches.

A diferencia de lo que pudimos ver en Estambul, en Marruecos las mezquitas no están abiertas a los no musulmanes. Parece que la ley islámica lo permite siempre que se respeten unas determinadas reglas  (descalzarse, taparse el pelo las mujeres, no armar escándalo…) y sea fuera del horario del rezo. Igual que ocurre cuando entras en un templo o una catedral, vaya… Sin embargo en este caso son algo más estrictos,  herencia del protectorado francés, que fue quien instauró esta norma. Así que no pudimos entrar a su interior y tuvimos que conformarnos con rodearla.

En su lado oeste se pueden ver unas ruinas que pertenecen a una antigua mezquita almohade.

Cruzamos al parque Lalla Hasna, que se encuentra justo enfrente. Llevábamos tan solo unas horas en Marrakech pero ya me quedaba claro que era una ciudad bipolar. Caótica y pausada a la vez. Estresante o relajante según el lugar en que te sitúes. Desde luego este parque es todo lo opuesto a la plaza con sus bancos, sus árboles frutales y sus estanques y fuentes. Y de fondo, el imponente minarete.

Es un verdadero oasis en el que se ve todo muy limpio y cuidado. Las fuentes estaban funcionando, los setos estaban recortados… incluso había gente cogiendo las aceitunas de los olivos.  Está todo pensado al milímetro para que el lugar destaque por su encanto. Hasta los focos estaban tapados por falsas palmeras.

Tras el paseo por el parque y rodear la mezquita, volvimos a la plaza y nos adentramos por uno de sus pasillos hacia los zocos. Y es que Marrakech no se puede entender sin tocar su carácter comerciante y artesano. Los primeros habitantes de la ciudad vivían del comercio con los africanos y con los españoles que cruzaban el Estrecho. Importaban oro y marfil del sur y exportaban al norte artesanía realizada en cuero, metal y cerámica. Hoy en día el comercio sigue siendo el principal motor económico, por lo que los zocos siguen siendo parte del alma de Marrakech.

Este área comercial comienza al norte de la Plaza de Jamaa el Fna y se convierte en un laberinto de callejuelas en las que las pequeñas tiendas y puestos ganan espacio al pasillo exterior, por lo que es una saturación para los sentidos con tanto objeto ante los ojos.

Los zocos están divididos por gremios (alfombras, caftanes, calzado, especias, antigüedades, hojalata, marroquinería, tintoreros…), pero orientarse en ellos es imposible. Aquí no hay mapa ni gps que valgan. Yo sentí que nos dejábamos llevar por la gente. Y es que entre los que van a pie, los que van en bici, una moto que pasa haciéndose hueco de cualquier manera, un señor con un carro vendiendo pastas… si paras, pones tu vida en peligro. Era una primera toma de contacto, por lo que tampoco nos importó mucho el movernos así, aunque he decir que resulta un poco agobiante tanta aglomeración. Eso sí, dado que era tarde, no nos insistieron mucho los tenderos con lo de las compras.

Sin saber muy bien cómo (al menos yo que me pierdo en cuanto me das la vuelta) volvimos a la plaza, y como iba a empezar a atardecer, nos subimos a la terraza de un bar a tomarnos un refresco y ver cómo caía la noche sobre Marrakech. Impresionantes los tonos anaranjados mezclados con el bullicio de la plaza, con el canto de los muyaidines llamando al rezo y con los olores de los puestos de comida. Marrakech en estado puro.

Ya de noche aunque aún pronto (no serían más de las 8 y algo) volvimos a bajar a la plaza para ver cómo había cambiado una vez se habían instalado los puestos de comida. Este es el momento apoteósico de la plaza sin duda. Estuvimos cerca de media hora evitando a los representantes de los diferentes puestos que intentaban captarnos para su negocio. Que si más barato que en el mercadona y Can Roca, que si tenemos pollo a la Pantoja, que si te regalo la bebida, que si yo bebida y postre… Un auténtico estrés, pues a cada paso te sale un nuevo que te enseña la carta, te la recita y te suelta sus chascarrillos. Y les da igual que les digas que es pronto, te dicen que solo mirar y que te quedes con su cara y el número de su puesto. Al final acabamos mareados, pues como bien nos dijo uno de ellos intentando captar nuestra atención: “es la misma mierda en todos los puestos, difiere el precio y el servicio (y si te quieren regalar la bebida o el postre)”. A la tercera vuelta nos sentamos en uno de los puestos y pedimos unas brochetas. Nos pusieron también unos entrantes que no habíamos pedido y que acabaron retirándonos.

Los cuatro platos nos salieron por 300 Dirhams, y como novatada del primer día no está mal. Pero desde luego se puede comer mejor y más abundante en cualquier lugar que no sea la plaza. Pero bueno, había que vivir desde dentro el ambiente.

Con una peste a barbacoa nos volvimos al riad pues al día siguiente había que madrugar. Habíamos quedado entre las 8 y 8:30 con nuestro conductor para iniciar la excursión al desierto y antes había que desayunar y recoger.

Marruecos I. Día 1: Vuelo y llegada a Marrakech

Prácticamente cuando la gente ya estaba pensando en volver de puente, comenzamos nosotros nuestro viaje a Marrakech. Salíamos el sábado a las 11:35, y como no íbamos a facturar y ya llevábamos nuestras tarjetas de embarque, llegamos al aeropuerto una hora antes. Pasamos los controles pertinentes, tomamos el trenecito que lleva a la satélite de la T4 y para cuando quisimos llegar a nuestra puerta ya era casi hora de embarcar. Nos dio tiempo a pasar al baño y poco más, pues salimos muy puntuales rumbo a Marruecos, nuestro primer país de África (que no del suelo africano, pues las Seychelles también cuentan). Y, ¿qué conocíamos de nuestro país vecino? Pues poca cosa, la verdad, pero lo solucionamos en un momento.

Aparte de limitar al norte con España, lo hace al este con Argelia (aunque la frontera se encuentra cerrada desde 1994), al suroeste con el Sáhara Occidental y al sur con Mauritania. Además, tiene una línea costera de 1835 kilómetros sumando la parte mediterránea al norte y la atlántica al oeste. Destaca por sus llanuras (más extensas que las de Argelia o Túnez) y por la gran altitud de sus montañas (el pico más alto de Marruecos y de toda África del Norte está en el Alto Atlas). Cuenta con cuatro cordilleras: el Rif, el Atlas Medio, el Gran Atlas y el Anti-Atlas.

El área hoy ocupada por Marruecos parece haber estado habitado desde el año 8000 a. C. Mucho más tarde se asentaron los bereberes, los fenicios, los romanos, vándalos, visigodos y bizantinos. Aún así, a pesar del cambio de manos, las montañas siguieron bajo dominio bereber. A finales del siglo VII con la llegada del Islam, se produjo una modernización del país convirtiéndose en centro cultural y la mayor potencia regional. Creció aún más cuando varias dinastías bereberes sustituyeron a los idrisíes árabes. Primero llegaron los almorávides y después los almohades (quienes dominaron no sólo Marruecos, sino también gran parte del noroeste del continente y territorios de la Península Ibérica). Acabarían cayendo como consecuencia de varias guerras civiles.

Los siglos XV y XVI estuvieron dominados por la política colonialista de África por parte de Portugal. Al igual que hicieron en la India, construyeron fortificaciones, sin embargo, poco a poco tuvieron que ir abandonando sus posiciones ante los ataques musulmanes. La Corona española también hizo sus movimientos y en 1497 conquistó Melilla. Además, cuando Felipe II fue coronado en 1580 rey de Portugal, las posesiones que aún seguían perteneciendo a los lusos se incorporaron al Imperio Español. Cuando en 1640 Portugal recuperó su independencia, Ceuta sin embargo se quedó integrada en el territorio español. Además, cedieron Tánger a Inglaterra en 1661 como parte de la dote de Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II.

En 1666 llegó la dinastía alauíta, que consiguió unificar un país dividido y mantener una estabilidad ante constantes ataques españoles y otomanos. Además, en 1684, tras persistentes presiones, consiguieron que los ingleses abandonaran Tánger.

En 1777 Marruecos fue uno de los primeros países en reconocer a los EEUU como nación independiente y en 1783 firmaron un Tratado de Amistad con John Adams y Thomas Jefferson que es el más antiguo de todos los que tiene el país americano.

Durante el siglo XVIII Europa estaba en plena Revolución Industrial y miraba con interés hacia África como fuente de riqueza además de como objetivo estratégico. Francia y España se centraron en Marruecos. España declaró la guerra en 1860 por Ceuta que acabó ganando y además en 1884 creó un protectorado frente a las Islas Canarias.

A principios del siglo XX tanto Francia como España establecieron zonas de influencia en el país y tras una crisis y una posterior conferencia en Algeciras, se permitió tanto a Francia como a España controlar la política de Marruecos. Más tarde, en 1912, con el Tratado de Fez, Marruecos se convirtió en un protectorado de Francia, mientras que Ceuta, Melilla y los territorios del sur fronterizos con el Sáhara Español quedaron bajo el protectorado de España.

En teoría Marruecos sería un Estado autónomo protegido por ambos países pero bajo la soberanía de un sultán. Sin embargo, en la realidad, tanto Francia como España controlaban la Hacienda, el Ejército y la Política Exterior.

Tánger, en 1923, obtuvo carácter de ciudad internacional. Como era de esperar, gran parte de la población marroquí se oponía a esta ocupación colonial y se produjeron varias revueltas llegando incluso a proclamarse la Repíblica del Rif, que ocupó entre 1921 y 1927 la parte norte del actual Marruecos. Sin embargo, españoles y franceses se unieron para declararles la guerra y recuperar el territorio.

Durante el protectorado galo cerca de medio millón de franceses llegaron a Marruecos y se hicieron con las mejores tierras de cultivo obligando a minifundistas marroquíes a vendérselas. También explotaron minas de hierro, cobre, manganeso, plomo, zinc y, sobre todo, los fosfatos de Juribga y Yusufía. Por otro lado, los franceses construyeron carreteras, puertos, ferrocarriles, redes de telefonía y mejoraron la conexiones aéreas. No se preocuparon sin embargo de invertir en vivienda o educación y muchos locales se vieron en la ruina al perder sus fuentes de ingreso tradicionales, sobre todo agricultores o artesanos.

Frente a este abusivo protectorado, aparecieron varios partidos nacionalistas (entre ellos el Partido Istiqlal) que luchaban por una independencia. Ya en la Carta Atlántica elaborada durante la Segunda Guerra Mundial elaborada entre EEUU y el Reino Unido quedaba reflejado que la población tenía derecho a elegir su forma de gobierno.

Durante los años 50 el nacionalismo siguió su expansión llegando a Casablanca, Rabat, Fez, Tetuán y Tánger. Primero comenzaron a apoyarlo la burguesía urbana, pero pronto se unieron también los campesinos. El Partido Istiqlal contaba con el apoyo de Mohammed V y de la Liga Árabe y en 1952 la situación acabó llevándose a la ONU. Francia pronto respondió y un año más tarde mandó al exilio a Mohammed V y colocó al sultán Mohammed Ben Aarafa, lo que provocó un mayor malestar si cabe en la población. Francia no solo gozaba de buena reputación en Marruecos, sino que no consiguió respaldo exterior.

La situación siguió escalando y durante el verano de 1955 en Marruecos se produjo una serie de atentados terroristas contra franceses lo que desembocó en una fuerte represión policial. Sin embargo, cuando en el otoño Aarafa abdicó, Francia, que estaba a la vez luchando una batalla en Argelia y tenía demasiados frentes abiertos, permitió el regreso de Mohammed V y un año más tarde comenzaron las negociaciones por la independencia, que será proclamada el 2 de marzo de 1956 provocando que un mes después Francia abandonara el país. En los dos años siguientes Marruecos recuperó territorios que habían estado controlados por España.

El 3 de marzo de 1961 Hassan II se proclamó Rey de Marruecos y el país se constituyó como una monarquía constitucional y de derecho divino al mismo tiempo. Ahí es nada. Un año más tarde, el 7 de diciembre, se aprobó la Constitución, aunque supuso un distanciamiento entre el rey y los partidos políticos, pues parece que Hassan II no era muy partidario de la democracia (y es que Monarquía y Democracia no terminan de casar bien).

En 1963 estalló una breve guerra con Argelia por sus fronteras conocida como la Guerra de las Arenas. Marruecos exigía el control de Béchar y Tinduf que, durante el protectorado galo, Francia había anexionado a Argelia, que por aquel entonces era su colonia. Durante esta década las tierras pertenecientes a los colonos europeos volvieron a terratenientes marroquíes.

En 1965 tuvo lugar una revuelta en Casablanca, lo que sirvió de excusa perfecta para el monarca para proclamar el Estado de Excepción y suspender la Constitución hasta 1970, cuando se proclamó una nueva. Eso sí, esta ya iba a medida del rey, lo que provocó la oposición de varios partidos políticos. Finalmente acabó aprobándose una tercera dos años más tarde. Durante esos años Hassan II sufrió tres intentos de asesinato por parte del ejército. Parece que no era muy querido.

En 1974 España anunció que iba a dejar el Sáhara y organizar para el año siguiente un referéndum de autodeterminación. Marruecos, que llevaba reclamando el territorio desde su independencia, se opuso a dicha consulta y pidió a la Corte Internacional de Justicia que se pronunciara al respecto. Esta respondió reconociendo que si bien el Sáhara Occidental tenía lazos legales de lealtad con Marruecos antes de la llegada de los españoles; esto no implicaba su soberanía y por tanto reconocía el derecho del Sáhara sobre su autodeterminación. Aún así, en noviembre del 75 Hassan II promovió una marcha civil y pacífica conocida como marcha verde para recuperar el territorio. No obstante, esta ocupación no está reconocida por la ONU y el Sáhara Occidental está considerado legalmente como un territorio no autónomo (aún no descolonizado) sin autoridad administrativa.

En la década de los 80 Marruecos entró en crisis económica, lo que provocó varias revueltas a lo largo del país. Se privatizaron varios sectores, el paro subió, el dirham cayó, hubo fuga de capitales, se recortaron subvenciones a productos de primera necesidad, se recortó en sanidad, educación, se pararon las contrataciones de funcionarios… La situación era crítica y hubo diversas huelgas y manifestaciones.

En los 90 se produjeron varios avances. En 1991 se llevó a cabo una reforma política y entre 1994 y 1996 se realizaron amnistías de presos políticos. En 1995 se reconoció la enseñanza en bereber y en 1996 se volvió a reformar la Constitución. Esta vez todo el Parlamento se elegía por sufragio universal y se creó una Cámara de Consejeros (algo similar a nuestro Senado). Un año más tarde hubo elecciones, aunque con el parlamento muy dividido.

Cuando en 1999 murió Hassan II, ascendió al trono Mohammed VI, quien al poco de suceder a su padre reformó el código jurídico de la mujer. Y más tarde, en 2004 introdujo importantes cambios en el código de la familia (al menos en la teoría). Por ejemplo pasó de 15 a 18 la edad mínima para casarse, quedaron abolidas la poligamia y la tutela del padre o hermano mayor sobre la mujer adulta no casada, las mujeres podrían elegir marido e incluso pedir el divorcio en igualdad de condiciones con respecto a la custodia de los hijos. No obstante, paralelamente también hubo retroceso de las libertades civiles. Cuando en 2003 Casablanca sufrió un atentado terrorista se amplió la prisión preventiva, se aprobó que la policía pudiera entrar en viviendas particulares sin orden judicial, interceptar el correo, las llamadas telefónicas y las cuentas corrientes.

En 2011, como consecuencia de las revueltas de la Primavera Árabe, se promulgó una nueva Constitución que fue respaldada por la mayoría de la población. En este último texto, entre otras medidas, se redujo el poder del rey a favor del Presidente del Gobierno, se garantizó que la Justicia sería un poder independiente y que los ministros serián elegidos en las urnas. Además, había un mayor reconocimiento de los derechos fundamentales y libertades básicas como igualdad de sexos, libertad de creación, expresión y opinión así como de acceso a información pública, de reunión, de manifestación, asociación y afiliación sindical y política; prohibición de la tortura, derecho a no ser detenido arbitrariamente, a presunción de inocencia, a no declarar, a la asistencia jurídica, a juicio justo, a la inviolabilidad del domicilio, a una educación pública, a la propiedad, al matrimonio…

Económicamente el país se ha estabilizado en las últimas décadas. Tiene una importante industria automovilística, siendo el país que más coches fabrica en todo el continente (por delante de Suráfrica). Dado que políticamente también ha estado bastante tranquilo con respecto a otros del continente, el turismo ha seguido creciendo en los últimos años llegando en 2013 a los 10 millones de visitantes. Los principales destinos son Rabat, Casablanca, Tánger, Fez y Marrakech, precisamente nuestro destino.

El vuelo fue muy tranquilo y en algo menos de dos horas estábamos aterrizando. A medida que el avión iba perdiendo altura pudimos ver cómo el paisaje árido y marrón pasaba a ser más verdoso, algo que me sorprendió bastante, la verdad.

El desembarque lo hicimos directamente por escalera a la pista y dado que no teníamos maleta facturada nos fuimos directamente a la salida. Aunque previamente teníamos que pasar por el control de pasaporte. Había varios puestos y aunque parece que los funcionarios no eran especialmente céleres, en unos veinte minutos habíamos pasado el trámite.

En el vuelo la tripulación nos había adelantado una tarjeta de inmigración en la que había que rellenar los datos personales, profesión y dirección durante nuestra estancia en el país. Una vez en la garita hubo que entregárselo al policía para que verificara los datos con el pasaporte. Además, nos hicieron una foto para registrar la entrada. A algunos nos preguntó si era nuestra primera vez en el país, a otros simplemente les realizó las comprobaciones rutinarias y, tras sellar el pasaporte y anotarnos el número de entrada, nos dejó continuar.

Un poco más adelante había otro agente que comprobaba que efectivamente teníamos el sello antes de salir de la terminal. Pero además, antes de salir a la calle había un mini escáner por el que tuvimos que pasar el equipaje. Marrakech se estaba haciendo de rogar.

Balcanes VIII. Aproximación a Eslovenia

Tras el ajuste por las lluvias y con el billete sacado el día anterior, empezamos el día madrugando para tomar el tren de las 7 con destino Liubliana. Teníamos intención de dejar las mochilas en la estación, sin embargo, cuando llegamos apenas quedaban unos 5 minutos para que pasara el tren, por lo que decidimos probar suerte en destino. Casi ni nos daba tiempo a comprar algo para desayunar, pero había un kiosco en la estación, así que a la carrera antes de subir al tren nos hicimos con un croasán y un kolac zagorska zlevanka, que vendría a ser algo parecido a un bizcocho de yogur (o bollo de la abuela que lo llamamos nosotros) por 12 kunas.

Encontramos unos asientos libres y nos pusimos cómodos para el trayecto de dos horas y cuarto hasta Liubliana. Algunos consiguieron hasta echar alguna cabezada.

Liubliana es la capital de Eslovenia (ojo, no Eslovaquia, que a veces se confunde, quizá porque tienen el mismo origen etimológico: Republika Slovenija vs Slovenská Republika), también es la ciudad más poblada de este pequeño país de apenas 20.273 km² de superficie (Galicia tiene 29.574 km²). Ubicado entre Italia, Austria, Hungría, y Croacia, cuenta con una pequeña parte de costa que da al mar Adriático por el golfo de Trieste, a través del puerto de Koper/Capodistria, en la península de Istria. Lo que sí abundan son los bosques (algo que queda patente en el trayecto en tren), conviertiéndolo en el tercer país más boscoso de Europa, después de Finlandia y Suecia. La cercanía a los Alpes hace que quede protegida del viento.

Eslovenia se incorporó a la Unión Europea en el 2004 (y en el Euro en enero de 2007), por lo que no tendríamos ningún problema al pasar la frontera con el tren, tan solo tendríamos que enseñar el pasaporte a la policía fronteriza. Eso sí, dos veces. En primer lugar pasa la croata, que echa un ojo al pasaporte, te mira a la cara y sigue adelante. Y después la eslovena que, mucho más moderna, lleva un lector de pasaportes electrónico parecido a una PDA. Lo leen y si todo está correcto, te lo devuelven y continúan con el control.

Mientras avanzamos hacia Liubliana es momento para conocer algo de la historia del país.

En el siglo II a.C. habitaba en los Alpes Orientales el Reino de Noricum, un pueblo que mantenía relaciones cordiales con los romanos, a quienes les vendían hierro con el que luego fabricaban armas que estos usaban en sus guerras contra los celtas. En el año 16 a. C. se asociaron al Imperio Romano manteniendo cierta autonomía en cuanto a su organización social. Eso sí, esta unión favoreció la asimilación de la cultura romana.

En el siglo IV Noricum quedó dividido en Noricum Ripense y Noricum Mediterraneum. A la caída del Imperio Romano la primera de ellas fue invadida por tribus germánicas, mientras que la segunda mantuvo su estructura social y, tras la ocupación de los ostrogodos, declaró la propia independencia.

En el año 595 consta la existencia de un estado pagano conocido como Provincia Sclaborum, que más tarde se llamaría Carantania. En el 745 fue amenazado por los ávaros y para defenderse pidió ayuda a los bávaros, quienes antes tenían que pedir permiso a los francos (los protectores del cristianismo en Europa). Estos les dieron la autorización siempre que Carantania adoptara el cristianismo. Con el tiempo Carantania fue siendo algo más laxa en el ejercicio de la fe y los bávaros invadieron el país suprimiendo el gobierno pagano y volviendo a cristianizar a la población. Hacia el año 828 el Ducado de Carantania ocupaba el actual territorio de Austria y Eslovenia. Carantania se unió al Reino de los Francos, eso sí, mantuvo su propia ley y la posibilidad de proclamar su príncipe en lengua sobre la Piedra del Príncipe (algo así como los escoceses).

Durante el siglo XIV la mayoría de las regiones de Eslovenia pasaron a la propiedad de los Habsburgo cuyas tierras luego formarían el Imperio Austrohúngaro. Cuando durante las Guerras Napoleónicas se constituyeron las Provincias Ilirias, se estableció la capital en Liubliana. Pero tras la caída del Imperio Francés de nuevo volvió bajo el control de Austria-Hungría.

En 1848 surgió un movimiento conocido como “Primavera de las Naciones” por el que se reclamaba una Eslovenia unida dentro del Imperio. Cuando cayó la monarquía austro-húngara en 1918, como ya hemos visto, los eslovenos se unieron al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, más tarde Reino de Yugoslavia y tras la II Guerra Mundial República Federal Socialista de Yugoslavia.

Eslovenia se independizó el 25 de junio de 1991 tras un breve conflicto armado conocido como Guerra de los diez días. Desde entonces es una República parlamentaria con un sistema bicameral que cuenta con Asamblea Nacional y el Consejo Nacional.

Aunque es un país pequeño, se encuentra en una ubicación geográfica ventajosa comunicada con varios corredores de transporte europeos, algo que ha favorecido su integración social, económica y cultural en Europa. También cuenta con tres puertos importantes. El principal es del de Koper, construido en 1957, dedicado sobre todo al transporte de alimentos. los otros dos son los de Izola y Piran, centrados en el tráfico internacional de pasajeros sobre todo con Italia y Croacia. El de Izola además se usa para el desembarque de pescado mientras que el de Piran para transportar internacionalmente sal.

Su capital, ubicada en una llanura en el centro del país también está muy bien conectada. Por un lado gracias a su aeropuerto internacional a 26 kilómetros del centro; por otro por carretera, pues por autopista se puede llegar a Trieste y Venecia; Salzburgo y Múnich; Maribor, Graz, Viena y Praga; así como Zagreb, Budapest, Belgrado y la costa adriática. También es el centro de la red nacional de ferrocarriles sirviendo no solo de conexión con las principales ciudades del país, sino también internacionalmente. Existen cuatro líneas que unen la capital eslovena con el extranjero. Una de ellas conecta Alemania y Croacia gracias al eje Múnich-Salzburgo-Liubliana-Zagreb (la que tomamos nosotros), otra hace el recorrido Viena-Graz-Maribor-Liubliana, una tercera une Liubliana con las italianas Venecia y Génova y la cuarta conecta la capital eslovena con Budapest.

Hasta que llegó el ferrocarril era el río Ljubljanica la principal vía para el transporte de mercancías desde y hacia Liubliana. A lo largo de su cauce se han ido construyendo numerosos puentes con el paso del tiempo. Entre ellos destacan el de Šempeter (Šempetrski most), el de los Dragones (Zmajski most), el de los Zapateros (Čevljarski most), Šentjakob (Šentjakobski most), Prule (Prulski most), Trnovo (Trnovski most) y el Puente Triple (Tromostovje).

Pero no todo es bueno en esta ubicación geográfica, pues se asienta sobre una zona sísmica bastante activa debido a su posición al sur de la Placa Euroasiática. Así, el país está en la unión de tres zonas tectónicas importantes: los Alpes al norte, los Alpes Dináricos al sur y la Llanura Panónica al este. Varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, como el de 1511 o el de 1895.

Se cree que Liubliana deriva de Luba, que significa “amada”. Aunque los historiadores discrepan sobre el origen del nombre de la ciudad. Algunos piensan que proviene de una antigua ciudad eslava llamada Laburus.​ Otros aseguran que deriva de la palabra latina Aluviana e incluso de Laubach que significa “marisma”. De todas formas, la que más se transmite es la primera versión, y es que el romanticismo está muy arraigado en la literatura y la cultura del país. Así, los eslovenos gustan de llamar a Liubliana la ciudad del amor y de los dragones.

Según la leyenda griega, Jasón y los argonautas, tras encontrar el vellocino de oro emprendieron el regreso al Egeo por el Danubio. En determinado momento se desviaron al Sava, uno de sus afluentes, para acabar en la fuente del río Ljubljanica. Allí desembarcaron para trasladar el barco hasta el Adriático y así volver a casa. Sin embargo, entre Vrhnika y Liubliana en un gran lago rodeado de una marisma se encontraron con un dragón al que Jasón, como héroe mitológico que es, salvó. Desde entonces el dragón forma parte de la simbología de la ciudad y aparece en el escudo y la bandera de Liubliana.

Los orígenes de la ciudad parecen remontarse al año 2000 a. C. cuando la zona era habitada por pobladores que vivían de la caza, la pesca y la agricultura primitiva. Debido a su posición estratégica por allí pasaron otras tribus y pueblos como los vénetos, la tribu iliria de los Yapodi y, ya en el siglo III a. C., la tribu celta de los Taurisci.

A mediados del siglo I a. C. llegaron los romanos, quienes construyeron campamento militar y más tarde el asentamiento permanente de Emona (Colonia Iulia Emona). La población, que llegó a alcanzar las 5.000 o 6.000 personas, estaba conformada sobre todo por comerciantes, artesanos y veteranos de guerra. La ciudad estaba amurallada y seguía los patrones romanos, con su estructura viaria y sus edificios civiles. Hoy en día aún son visibles algunos restos de esta villa romana como el foro, la puerta norte, un cementerio, varias casas, parte de la muralla y un templo.

La ciudad decayó cuando lo hizo el imperio y fue destruida en 452 por los hunos y más tarde por los ostrogodos y los lombardos. En el siglo VI se instalaron los antecesores de los eslovenos, quienes cinco siglos más tarde acabaron bajo el dominio de los francos, al tiempo que sufrieron numerosos asaltos magiares.

Ya en el siglo XIII, en 1220, Liubliana adquierió el estatuto de ciudad y el derecho a acuñar su propia moneda. Poco después, en 1270, Otakar II de Bohemia conquistó Carniola, incluida Liubliana. Aunque tan solo ocho años pasó a la casa de Habsburgo y fue rebautizada como Laibach.

El siglo XVI fue una época de gran desarrollo humanista y literario. En 1550 se publicaron los dos primeros libros en lengua eslovena (un catecismo y un abecedario) y más tarde una traducción de la Biblia. A finales de siglo se instalaron los jesuitas y se crearon las primeras escuelas secundarias.

Un siglo más tarde llegaron arquitectos y escultores de otras partes de Europa, por lo que la ciudad pasó por un importante lavado de cara con toque barroco.

Tras cambiar de nacionalidad en varias ocasiones entre el siglo XIX y principios del XX, durante la II Guerra Mundial Liubliana quedó bajo el dominio de la Italia fascista y la Alemania Nazi antes de finalmente convertirse en la capital de la República Socialista de Eslovenia dentro de la Yugoslavia comunista.

La ciudad es pequeña, parecía que todo quedaba bastante concentrado, por lo que esperábamos que nos diera tiempo a verla en una excursión de un día.

Empezamos.

Balcanes IV. Día 2: Recorriendo Zagreb: Donji Grad (Ciudad Baja)

Aunque son las ciudades costeras las que más visitantes reciben, Zagreb no se queda atrás y es uno de los destinos más importantes del país. En parte gracias a ser la capital. Se extiende por las laderas de la montaña de Medvednica y las orillas del río Sava, una posición geográfica que favorece la conexión entre Europa Central y el Mar Adriático. Gracias a ello es un relevante centro comercial y eje del transporte con importantes conexiones terrestres, ferroviarias y aéreas no solo del país sino del continente.

Según una de las leyendas, la región donde se asienta Zagreb era muy seca. Sin embargo, en una ocasión el virrey, para dar de beber a sus hombres y a los caballos, clavó la espada en la tierra y de repente brotó agua. A lo que exclamó: “Zagrabite!” (¡Tomad!). Y de ahí nació el nombre de la ciudad. La fuente Manduševac aún se puede ver en la plaza principal de la ciudad.

Hay constancia de que la zona viene siendo habitada ya desde la época neolítica. Las primeras referencias que se tienen datan del siglo XI, de cuando el rey de Hungría Ladislao I fundó una diócesis en el monte Kaptol. A su vez, en colina vecina de Gradec existía otra comunidad independiente. Ambas localidades fueron invadidas por los mongoles en 1242 y cuando estos se marcharon el rey Bela IV convirtió Gradec en ciudad del reino para atraer artesanos forestales. Durante los siglos XIV y XV ambas ciudades mantuvieron una constante competición tanto a nivel político como al económico. Tan solo colaboraban en el aspecto comercial. Era tal la rivalidad que tuvieron importantes disputas, como cuando Kaptol incomunicó Gradec (estaban separadas por un río que hoy ocupa la calle Tkalciceva) y esta respondió incendiando a la primera.

No fue hasta 1851 cuando se unieron formando Zagreb, lo que hoy conocemos como ciudad antigua. De esa época datan los palacios y edificios que fueron construidos durante la época austrohúngara (cuando Zagreb se llamaba Agram), lo que hace que sea conocida como “la pequeña Viena”. A partir de ahí fue creciendo, sobre todo cuando en 1860 se construyó el ferrocarril. Entonces empezaron a surgir barrios obreros entre la vía del tren y el río Sava.

En el siglo XX, durante el período de entreguerras nacerían zonas residenciales ya en torno al sur del Medvednica. Tras la II Guerra Mundial se levantaron nuevas construcciones entre la vía del tren y el río Sava y poco después nació la Nueva Zagreb al sur del río Sava. La ciudad ha seguido expandiéndose en los últimos años hacia el este y oeste incorporando comunidades periféricas. No obstante, el principal atractivo turístico lo comprenden la Ciudad Alta (Gornji Grad), la Ciudad Baja (Donji Grad) y Kapol.

Nuestro alojamiento no se encontraba muy lejos, así que podríamos llegar a pie. Y decidimos comenzar por la estación de tren, ya que queríamos comprar el billete a Liubliana para el día siguiente. Tal y como indicaban las previsiones, el día amaneció lluvioso, aunque era tolerable con los impermeables y el calzado adecuado (y paraguas para que no se mojara la cámara). Esta vez sí que encontramos la oficina abierta y pudimos comprar los billetes, aunque tuvimos un problema con el pago. Primero porque la máquina rechazó la Revolut, y después porque el señor me había entendido 2 pasajeros en vez de 3. Así pues, primero sacó la calculadora y se puso a jugar al Simon para sumar la recaudación del día y ver si efectivamente se había cargado (menos mal que era primera hora) y después refunfuñó en croata mientras nos anulaba el primer billete y nos emitía uno nuevo.

Con el asunto zanjado compramos el desayuno en una especie de pastelería (Pekara) que había en la misma estación. Se estilan los pequeños comercios similares a los de Bulgaria con una gran variedad de bollos, pasteles y hojaldres tanto dulces como salados. Nos costó elegir entre las múltiples opciones, pero finalmente nos decantamos por un croasán relleno de chocolate y un burek.

Este delicioso bollo es una especie de hojaldre enrollado con forma de espiral. Sin embargo, no tiene la textura del típico rollo de canela, sino que el hojaldre se queda crujiente y no empalaga tanto porque es algo más ligero. Sin duda habíamos acertado.

Mientras desayunábamos, escribí a nuestra anfitriona para ver si podíamos alargar la estancia un día más, pero lamentablemente me comentó que tenía ocupado el apartamento, así que tendríamos que buscar otra opción. Pero lo dejaríamos para más adelante, ahora tocaba comenzar nuestra ruta.

Y lo hicimos cruzando a una plaza que durante el Imperio Austrohúngaro (desde 1895) recibía el nombre de Franz Joseph I y que con la caída de este se renombró como Plaza del Rey Tomislav.

En el centro se erige la estatua ecuestre del Rey Tomislav, quien reinó entre 910 y 928. Es recordado por haber defendido a los croatas de los ataques húngaros y unir por primera vez a todas las regiones en un país. Fue, por tanto, el primer monarca croata.

A pesar de que el escultor Robert Frangeš Mihanović la finalizó en 1938 no fue colocada en la plaza hasta 1947 por varias polémicas y la irrupción de la II Guerra Mundial.

En cada uno de los laterales de la base del monumento hay un bajorrelieve que representa a sendos grupos de siete personas. Además, en la parte delantera se puede ver el nombre y el escudo. Tanto los relieves como el escudo de armas fueron añadidos en 1991.

La figura del monarca a lomos de su caballo está mirando al edificio de la estación, una construcción imponente de estilo historicista proyectada por el ingeniero húngaro especialista en estaciones Ferenc Pfaff.

El primer tren en llegar a la ciudad lo hizo en 1862, cuando Zagreb contaba con 40.000 habitantes, sin embargo, la estación no se construiría hasta treinta años después. Pronto se convirtió en una importante parada en medio de Europa, pues formaba parte del recorrido del famoso Orient Express y ha estado estrechamente ligada a otras ciudades centroeuropeas como Viena o Budapest.

Fue renovada entre 1986 y 1987 y recientemente en 2006.

Volviendo a girar sobre nuestros pies, el edificio amarillo que destaca tras la estatua del rey Tomislav es el Pabellón del Arte (Umjetnicki paviljon).

De estilo Art Nouveau fue el pabellón de Croacia durante la EXPO de 1896, celebrada en Budapest. Su esqueleto se realizó en metal, por lo que tras la exposición fue desmontado en la capital húngara y trasladado en tren a Zagreb, donde volvió a ser armado. Se inauguró en 1898 con una gran exhibición de artistas de la época, convirtiéndose en el primer espacio de exposiciones construido para tal fin. Más de un siglo después, sigue acogiendo muestras temporales de los mejores artistas nacionales e internacionales.

Frente a él en invierno se monta una pista de hielo donde locales y visitantes pueden disfrutar patinando. Al ser verano encontramos una plaza muy bien conservada en la que destacan los parterres de diferentes tipos de flores en torno a la Fontana kralj Tomislav, inaugurada en 1895.

En los lados este y oeste de la plaza se erigen palacios que fueron construidos por los mejores arquitectos de Zagreb.

La plaza forma parte de la Herradura Verde, un área en forma de U alrededor la Ciudad Baja que abarca unos 3 kilómetros que refleja la Zagreb del Imperio Austrohúngaro. Diseñada por el arquitecto Milan Lenuci en 1895, sigue un plan urbanístico similar al Ring de Viena combinando plazas, parques, jardines y senderos entre los que se suceden imponentes edificios clasicistas e historicistas entre los que predominan las fachadas amarillas.

La herradura se extiende desde la Plaza de Ban Jelačić hasta la estación del tren y a lo largo de su recorrido se encuentran la mayoría las instituciones de la ciudad (ministerios, juzgados), así como un buen número de los edificios representativos de la cultura (teatros, museos, galerías de arte, facultades, academias…), los palacios más importantes, hoteles y la estación central.

Nosotros comenzábamos precisamente por la estación, así que tras dar una vuelta a la Plaza Tomislav, retomamos nuestro camino para evocar aquella época. Muy cerca, en la calle Trg Ante Starčevića, destaca la Casa de Starčević (Starcevicev dom), construida gracias a donaciones y que hoy alberga la Biblioteca de la Ciudad de Zagreb.

Las grandes avenidas y los edificios que vamos encontrando a continuación, son una muestra clara de este pasado asutrohúngaro que comentaba.

Un poco más adelante, en la acera opuesta y ya en un tramo de la calle Ul. Antuna Mihanovića se erige el Hotel Esplanade.

Este histórico hotel de estilo Art Déco se construyó en 1925 concebido para alojar a los grandes viajeros que atravesaban Europa desde París hasta Estambul en el Orient Express. De ahí su ubicación junto a la estación. En la década de los años 20 fue el centro de la vida social de Zagreb y desde entonces ha alojado a todo tipo de personalidades, desde reyes y políticos hasta artistas, deportistas de élite o periodistas y ha organizado importantes acontecimientos sociales.

Durante la II Guerra Mundial sirvió como cuartel general de la Gestapo y la Wehrmacht.

En 2002 cerró para realizar una reforma importante y abrió dos años más tarde con cambio de nombre: The Regent Esplanade Zagreb. Aunque en 2012 abandonó la cadena Regent y ahora funciona como independiente.

Eso sí, no es el hotel más antiguo de la ciudad. Este título lo ostenta el Palace, una elegante mansión de época secesionista que fue construido en 1891.

Frente al Esplanade, mucho más imponente incluso que el hotel destaca la sede de los ferrocarriles croatas, un edificio que de nuevo nos sitúa claramente en Viena o Budapest.

Siguiendo nuestro camino a mano izquierda nos quedaba el Jardín Botánico (Botanički), que conecta las dos partes de la Herradura Verde. Creado en 1890 en sus aproximadamente 50.000 m² cuenta con 10.000 especies de plantas de todo el mundo. No pasamos, pero desde la verja se veía gran parte de los caminos así como aloes de diferentes tipos y tamaños.

Seguimos hasta la Plaza Marulić, donde se encuentra el Archivo y Biblioteca Estatal Croata. De estilo secesionista, fue concluido en 1913 siguiendo el diseño del arquitecto Rudolf Lubynski.

Destacan en el tejado los cuatro búhos que, bordeando la cúpula de la sala principal de lectura, sujetan sendos globos terráqueos.

En la plaza frente al edificio se rinde homenaje a Marko Marulić, poeta croata y defensor del humanismo cristiano. Aunque sobre todo es reconocido como el padre de la literatura croata.

En el suelo, entre el edificio y la estatua hay una placa que recoge un fragmento  del canto sexto de su obra más conocida, Judita.

Trudna toga plova ovdi jidra kala
plavca moja nova. Bogu budi hvala
Ki nebesa skova i svaka ostala. 

Como no íbamos a entrar en el edificio, seguimos por la calle Ul. Izidora Kršnjavog para girar después a la derecha en Rooseveltov trg, donde se erige el Museo Mimara (Muzej Mimara).

El nombre completo en realidad es Museo de Colección de obras de arte de Ante y Wiltrud Topić Mimara, en honor al coleccionista y benefactor croata que atesoraba obras de artistas de renombre como Tiziano, Velázquez, Leonardo, Goya, Raffaello, Caravaggio, Murillo, Delacroix , Manet, Renoir, Degas… Mimara no triunfó como pintor, sin embargo, tenía talento como restaurador y era capaz de calcular el valor de cualquier obra. Era tan reconocido en su trabajo que tras la II Guerra Mundial el gobierno yugoslavo le pidió asesoramiento para recuperar las obras de arte confiscadas por los nazis durante la ocupación.

Tras años viviendo en el extranjero regresó a Zagreb en la última etapa de su vida. Fue entonces cuando donó su colección a la ciudad para que se expusiera en un museo. Abierto desde 1987, se ubica en un palacio de estilo neorrenacentista de finales del siglo XIX que en su día fue un instituto y en la actualidad es uno de los museos más importantes de Europa Central. Cuenta con más de 3.700 obras de arte de diferentes culturas y civilizaciones. No solo posee unas 450 pinturas y dibujos de artistas de diferentes escuelas, sino que también alberga alrededor de 200 esculturas desde la Antigüedad hasta el siglo XX, objetos arqueológicos del antiguo Egipto y Grecia, una extensa biblioteca de más de 5.400 títulos y una colección de cristal. Aún así, hay quien parece que duda de la autenticidad de algunas de las obras y considera que son muy buenas reproducciones del mismo Mimara.

Frente al museo, al otro lado de la plaza se encuentra la Cámara de Economía Croata (Hrvatska gospodarska komora).

Muy cerca llegamos al extremo occidental de la Herradura Verde, a la Trg Republike Hrvatske, en cuyo centro se erige el Teatro Nacional de Croacia (Hrvatsko narodno kazalište u Zagrebu).

Este impresionante edificio neobarroco en tono amarillo fue diseñado por los arquitectos vieneses Ferdinand Fellner y Hermann Helmer, encargados también del Pabellón de Arte de Zagreb y el Akademietheater de Viena.

Fue inaugurado en 1895 por el emperador austrohúngaro Franz Joseph I y se ha convertido en un centro cultural de renombre internacional por el que durante algo más de un siglo han pasado artistas de la talla de Franz Liszt o Richard Strauss. Además, a su escenario se han subido muchos de los cantantes de ópera más famosos del mundo así como los mejores profesionales de ballet.

En la actualidad también acoge congresos, reuniones y eventos.

Frente a él tenemos otro edificio amarillo, el Museo de Artes y Oficios (Muzej za umjetnost i obrt), un museo diseñado para preservar los valores de la artesanía popular. Fundado el 17 de febrero de 1880 por iniciativa de la Sociedad de Arte es una de las primeras instituciones de este tipo en Europa.

En sus 2.000 m² distribuidos en 14 salas se exponen más de 100.000 objetos que abarcan desde el siglo XIV hasta el XX. Posee colecciones de arquitectura, escultura, pintura, diseño, gráficos, fotografía, impresión, metal, cerámica, vidrio, marfil, textiles, muebles, instrumentos musicales, relojes y pieles pintadas.

Contrasta a su lado el modernista edificio de la Academia de Música de la Universidad de Zagreb en el que predomina el acero y el cristal y que data de 2014.

Es la escuela de música más antigua y grande del país y se remonta a 1829, cuando se estableció la escuela de la Sociedad Musical de Zagreb en un momento en que Croacia era parte del Imperio Austrohúngaro. Tras la disolución del imperio y el establecimiento del Reino de Yugoslavia se convirtió en el Real Conservatorio, para un año más tarde pasar a ser conocida como la Real Academia de Música. En 1940 fue reconocida oficialmente como facultad universitaria.

Tras la II Guerra Mundial se dividió en la Escuela de música primaria y secundaria y la Academia de Música de Zagreb. Esta última se incorporó a la Universidad en 1979 y hoy en día es una de las tres academias afiliadas junto con la de Arte Dramático y la de Bellas Artes.

Al concluir en el extremo de la herradura nos dirigíamos hacia la Ciudad Alta, que merece entrada aparte.

Balcanes III. Aproximación a Croacia

Después del repaso por la antigua Yugoslavia, vamos a aproximarnos al primer país de nuestro viaje: Croacia. La Republika Hrvatska limita al noreste con Hungría, al este con Serbia, al sureste con Bosnia y Herzegovina y Montenegro, al noroeste con Eslovenia y al suroeste con el mar Adriático (donde comparte una frontera marítima con Italia). Tiene unos 57.000 km² divididos en veinte condados y la ciudad de Zagreb, su capital y ciudad más poblada.

El nombre de Croacia proviene del latín medieval Croatia, de Dux Croatorum (‘duque de los croatas’). Lo que no queda claro es su origen, aunque se cree que deriva de un término gótico o indoario que se usaba para referirse a los pueblos eslavos.

Los primeros habitantes de los que se tiene constancia fueron los neandertales de la época paleolítica. Mucho más tarde se establecieron en el territorio que hoy comprende Eslovenia, Croacia, Serbia, Kosovo, Montenegro y Albania los liburnianos y los ilirianos. Estos últimos lidiaron en la costa adriática con los griegos, quienes establecieron sus colonias en las islas de Korcula, Hvar y Vis. Por el norte presionaban a su vez los celtas.

En el año 9 d. C. Croacia quedó bajo el dominio del Imperio Romano como parte de la provincia de Dalmacia. Estos nuevos pueblos se organizadon en dos principados: Panonia (la actual Eslovenia, norte de Croacia y Bosnia, y partes de Austria, Eslovaquia, Hungría y Serbia) y Dalmacia (el resto de la actual Croacia y Bosnia, Montenegro, y partes de Albania y Serbia).

Durante esta época las ciudades se desarrollaron al modo romano con sus templos, anfiteatros, termas… y por supuesto calzadas romanas. Se construyeron hasta los mares Egeo y Negro y el río Danubio, lo que facilitó el comercio, la expansión de su cultura y el cristianismo. Teodosio fue el último emperador romano que gobernó el imperio unido, cuando murió en el 395 se dividió en dos (atravesando Montenegro a la mitad). La mitad oriental se convirtió en el Imperio Bizantino y perduró hasta 1435. Por contra, la occidental desapareció en el 476 con las invasiones de los visigodos, hunos y lombardos. Los godos ocuparon Dalmacia hasta el 535, cuando fueron expulsados por el emperador bizantino Justiniano.

En el siglo VII llegaron los ávaros, un pueblo nómada centroasiático conocido por su brutalidad. Sin embargo, fueron aniquilados en el Imperio Bizantino cuando incursionaron hacia Constantinopla gracias a la ayuda de dos tribus eslavas (los croatas y los serbios). Para el siglo VIII los croatas se habían instalado en la zona que hoy ocuparían Croacia y Bosnia. En ese momento el Ducado de Croacia comprendía casi toda la actual Dalmacia, partes de Montenegro y Bosnia occidental, mientras que el de Panonia incluía la actual Eslavonia, Zagorje y los alrededores de Zagreb. Ciudades costeras como Zadar, Split y Dubrovnik, además de las islas de Hvar y Krk pertenecían al Imperio Bizantino.

Los francos comenzaron a invadir poco a poco Europa Central desde el oeste y aunque tras la muerte de Carlomagno los croatas panonios intentaron revelarse, no lo consiguieron, pues no contaban con la ayuda de los dálmatas.

Tomislav fue el primer gobernante de Croacia que usó el título de rey de Croacia en una carta al Papa Juan X en 925. Unió por primera vez ambas ramas bajo un mismo reino que fue expandiéndose derrotando a húngaros y búlgaros.

Aunque los húngaros consiguieron el trono en 1102 al imponer el Pacta Conventa, que estipulaba que Hungría y Croacia eran entidades independientes gobernadas por la monarquía húngara. En los cuatro siglos posteriores el Reino de Croacia estuvo gobernado por el Parlamento (Sabor) y un Virrey (Ban) elegido por el rey húngaro. Durante este período hubo una lucha constante por el control de las costas del Adriático contra los avances del Imperio Otomano y la República de Venecia.

En 1428 los venecianos se hicieron con la mayor parte de Dalmacia, aunque la Ciudad-Estado de Dubrovnik consiguió mantenerse independiente. Por su parte los turcos conquistaron Krbava en 1493 y Mohács en 1526. Un año más tarde, tras la muerte del rey Luis II el parlamento eligió a Fernando I de Habsburgo como su sucesor con la condición de que mantuviera lejos a los turcos.

En 1538, tras las múltiples victorias otomanas, Croacia quedó dividida en una zona militar (controlada por el emperador austriaco) y otra civil. Por fin la primera derrota turca llegó en 1593 en la batalla de Sisak, lo que supuso una cierta estabilización de las fronteras. Poco más tarde, entre 1667–1698, tuvo lugar la Gran Guerra Turca, en la que los croatas recuperaron Eslavonia y los turcos comenzaron a retirarse del centro de Europa. Sin embargo, Bosnia continuó en el Imperio Otomano. Como consecuencia de la contienda bélica y de los movimientos fronterizos muchos croatas emigraron a Austria. Para compensar este flujo migratorio los Habsburgo reclutaron a los cristianos ortodoxos de Bosnia y Serbia para servir al ejército en la Frontera Militar.

Entre 1797 y 1809 el Primer Imperio francés fue ocupando la costa este del Adriático y terminando con las repúblicas de Venecia y Ragusa. Nacieron así las Provincias Ilirias. Napoleón encargó recuperar el territorio abandonado reforestando colinas, construyendo carreteras y hospitales así como escuelas primarias y secundarias y la universidad en Zadar.

Sin embargo, en 1815, tras la caída del imperio napoleónico y gracias al Congreso de Viena, Dalmacia fue anexionada por Austria y el resto de Croacia a la provincia húngara. Los croatas no quedaron muy contentos con este cambio, pues, aunque tradicionalmente los dálmatas de clase alta hablaban italiano y la nobleza del norte de Croacia alemán o húngaro; con la llegada de Napoleón y la educación implantada, había nacido en el sur un movimiento ilirio con una conciencia eslava que pretendía recuperar la lengua croata.

Durante la Revolución Húngara de 1848, el virrey Josip Jelačić ayudó a derrotar a las fuerzas húngaras, a lo que seguiría un proceso de germanización.​ Sin embargo, pronto esta política se vio que no funcionaba y en 1867 se celebró el Compromiso austrohúngaro por el que Croacia quedaba en manos de Hungría. Quedaban así unificados los reinos de Croacia y Eslavonia. Dalmacia por el contrario quedó bajo dominio austriaco. Cualquier intento de autogobierno en Croacia murió con este reparto.

No murió sin embargo el movimiento ilirio, ahora convertido en Partido Nacional y con aspiraciones a crear una entidad yugoslava que uniera a serbios y croatas). También apareció el Partido de los Derechos (liderado por el antiserbio Ante Starčević), que buscaba una una Croacia independiente integrada por Eslavonia, Dalmacia, Krajina, Eslovenia, Istria y parte de Bosnia y Herzegovina. Como reacción se desarrolló el sentimiento de una identidad serbia ortodoxa independiente. Aún así, el espíritu de unidad creció y en 1905 los croatas de Rijeka y los serbios de Zadar se unieron para exigir la unificación de Dalmacia y Eslavonia.

Austría-Hungría pretendía conformar una federación en la que Croacia fuera una unidad federal, sin embargo, estalló la I Guerra Mundial y cayó el Imperio Austrohúngaro. El 29 de octubre de 1918 el parlamento declaró la independencia y como ya hemos visto en la entrada previa, Croacia se incorporó al recién formado Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios, que a su vez se uniría en diciembre con Reino de Serbia formando así el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos con sede en Belgrado. La cosa no cambió mucho con respecto a la etapa anterior, ya que los croatas apenas contaban con autonomía. Y menos aún con la constitución de 1921 que abolió el Parlamento croata y centralizó el poder en Belgrado. El croata Stjepan Radić, que creía en una Yugoslavia federal, capitaneó la oposición y en vista de que era una seria amenaza contra el régimen acabó siendo asesinado en 1928 en la Asamblea Nacional.

El rey Alejandro I aprovechando el momento de caos y el miedo de la población a una guerra civil acabó imponiendo una dictadura monárquica. Abolió los partidos políticos y el Parlamento. Al día siguiente de esta proclamación el bosnio croata Ante Pavelić fundó en Zagreb el Movimiento de Liberación Croata de la Ustacha con el objetivo de conseguir la independencia. Contactó con revolucionarios macedonios antiserbios en Bulgaria y luego marchó a Italia donde gracias a Mussolini creó campos de entrenamiento. En 1934 asesinaron al rey en Marsella.

Pero no todo el mundo comulgaba con estas políticas y también hubo un importante movimiento antifascista: el de los partisanos de Liberación Nacional dirigidos por Josip Broz “Tito”, que obtuvo un amplio apoyo popular a su manifiesto por la Yugoslavia Federal.

En 1941 Alemania e Italia ocuparon Yugoslavia y algunas partes de Croacia se incorporaron al Estado Independiente de Croacia (NDH), que no era más que un estado títere de los nazis con miembros exiliados de la Ustacha en el poder. Pronto los ultranacionalistas introdujeron leyes antisemitas y de limpieza étnica. Se cargaron a judíos (se estima que de 39.000 solo sobrevivieron 9.000), a unos 537.000 serbios (aunque los datos son inciertos) y a gitanos. También unos 200.000 croatas fueron asesinados durante el conflicto.

En junio de 1941 se fundó el Primer Partido Separatista Sisak y nació una resistencia comunista multi-étnica y anti-fascista liderada por Tito. Los aliados, que se dieron cuenta de que los partisanos eran los verdaderos antinazis, los apoyaron logísticamente y en equipamiento, entrenamiento, asistencia de tropas y fuerzas aéreas. Así, el 20 de octubre de 1944, entraron en Belgrado junto al Ejército Rojo y en 1945, con la rendición de Alemania, Pavelić y la Ustacha huyeron y los partisanos tomaron Zagreb. Para mayo de 1945 se habían hecho con el control de Yugoslavia y de las regiones cercanas de Trieste y Carintia. Tras la II Guerra Mundial Croacia se convirtió en una unidad federal socialista perteneciente a la República Federal Socialista de Yugoslavia.

En 1967 varios autores y lingüistas croatas demandaron una mayor autonomía del idioma. Poco después surgió un movimiento que reclamaba más derechos civiles y la descentralización de la economía. Estas peticiones fueron el germen de la Primavera Croata de 1971. Y aunque las protestas fueron reprimidas por el gobierno, en la constitución yugoslava de 1974 se acabó incrementando la autonomía de las unidades federales.

Con la muerte de Tito en 1980 ya vimos en la entrada sobre Yugoslavia que el poder del Estado comenzó a inclinarse hacia Serbia mientras el resto de repúblicas miraban con desconfianza planteándose la disolución. Eslovenia fue la primera en plantarse ante Milošević y moverse hacia la independencia. Croacia miraba de reojo, pues si Eslovenia se independizaba le iba a ser insostenible quedarse en una Yugoslavia totalmente descompensada hacia el lado serbio.

En 1990 se celebraron las primeras elecciones multipartidistas y ganó Franjo Tuđman, de la Unión Democrática Croata. A finales del mismo año una nueva Constitución croata cambió el estatus de los serbios en Croacia (unos 600.000), que pasaron de ser una “nación constituyente” a una minoría nacional. La nueva Carta Magna no garantizaba los derechos de las minorías, lo que provocó despidos en masa de funcionarios serbios. Seguían las tensiones.

Tras el referéndum de mayo de 1991 en el que ganó por aplastante mayoría el sí, se proclamó la República el 25 de junio. Ante esto, los serbios declararon la autonomía de territorios para conformar la República Serbia de Krajina. Varios violentos enfrentamientos acabaron desembocando en una guerra que duró 6 meses y en la que murieron 10.000 personas, cientos de miles huyeron y decenas de miles de hogares fueron destruidos. El 3 de enero tuvo lugar el alto el fuego gracias a la intervención de la ONU. Las tropas se retiraron y disminuyeron las tensiones. La Unión Europea reconoció a Croacia como país y poco después lo hizo la ONU.

Los serbios de Krajina no querían ser croatas, sino que votaron a favor de unirse a la Gran Serbia, que incluía partes de Bosnia y Croacia controladas por los serbios. Ante este avance los croatas y los musulmanes bosnios se unieron, pero acabaron enfrentándose entre ellos y los primeros derribaron el antiguo puente de Mostar. El conflicto acabó en 1994 con la creación de la Federación croata-musulmana.

Paralelamente el Gobierno de Croacia se hizo con armas y en mayo de 1995 el Ejército y la policía conquistaron la ocupada Eslavonia occidental. Los serbios de Krajina respondieron bombardeando Zagreb. Sin embargo, sin el apoyo de Belgrado tuvieron que retroceder y el ejército serbio acabó huyendo al norte de Bosnia. Finalmente en 1995 se dio por concluida la guerra firmando el Convenio de Erdut donde Croacia recuperó sus territorios ocupados. Recuperó así la Eslavonia oriental.

En 1999 murió Franjo Tuđman y un año más tarde se celebraron unas elecciones en las que Stjepan Mesić se convirtió en el presidente del país. Hasta el momento la constitución contemplaba un sistema bicameral, pero en 2001 se cambió por uno unicameral aboliendo la Cámara de los Condados.

En 2013 Croacia se convirtió en el 28º país en ingresar en la Unión Europea, para lo que tuvo que resolver las disputas fronterizas que mantenía con Eslovenia. Sin embargo, de momento no ha entrado en el Euro y sigue manteniendo la Kuna.

En febrero del 2015, Kolinda Grabar-Kitarović, del partido ultraconservador Unión Democrática Croata, se convirtió en la primera mujer en llegar a la presidencia de Croacia.

De las antiguas repúblicas que formaban Yugoslavia, Croacia es probablemente la que más se ha abierto al turismo y se encuentra dentro de los veinte destinos turísticos más visitados del mundo. Sobre todo la industria turística se centra en sus 1.779 kilómetros de costa y 1.244 islas, aunque también el interior recibe visitantes que buscan destinos de montaña, agroturismo (cuenta con ocho Parques Nacionales y diez Parques Naturales) y balnearios. Este crecimiento quizá se debe a la rápida mejora de sus infraestructuras llevada a cabo entre finales de los 90 y principios de los años 2000. Por ejemplo, se mejoraron las carreteras consiguiendo que Zagreb quedara conectada con casi todas las regiones y más allá, traspasando las fronteras a otras capitales europeas próximas como Liubliana, Belgrado, Sarajevo o Budapest. Asimismo cuenta con una importante red de ferrocarriles que cubre casi 3000 kilómetros y seis aeropuertos internacionales (Zagreb, Zadar, Split, Dubrovnik, Rijeka, Osijek y Pula).

Obviamente los puertos tienen gran relevancia, pues un país con una gran línea costera. El de carga más importante es el de Rijeka y los más transitados son los de Split y Zadar. Cuenta además con varios menores desde los que salen trasbordadores que unen la costa con las numerosas islas del país así como con Italia. A nivel fluvial, cabe destacar el de Vukovar, a orillas del Danubio.

Como consecuencia de su ubicación geográfica, Croacia aúna cuatro culturas diferentes. Por una parte sirve de eje entre la cultura occidental y oriental ya que osciló entre Imperio Romano e Imperio Bizantino. Por otra entre la cultura centroeuropea y la mediterránea.

El momento álgido de su cultura nacional fue la época iliria, cuando hubo un gran desarrollo de las artes y la cultura. Además supuso la emancipación del idioma croata, una lengua eslava meridional. Entre 1961 y 1991 el idioma oficial fue el serbocroata (también llamado como croataserbio). En aquel momento la serbia y la croata no eran consideraban como dos lenguas diferentes a pesar de que usaban alfabetos distintos (el croata usa el latino mientras que el serbio el cirílico serbio). En la actualidad se intenta mantener el idioma limpio de extranjerismos y se han adaptado para que parecieran eslavas palabras ya incorporadas a su vocabulario de origen austriaco, húngaro, italiano y turco.

La mayor parte de la población del país es croata (casi un 90%), del mismo modo, el catolicismo es la religión mayoritaria. Y es que la afiliación religiosa en Croacia va relacionada con la procedencia étnica, de forma que por ejemplo la mayor parte de los cristianos ortodoxos son de origen serbio y viven en las ciudades cercanas a la frontera con Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro. Según la constitución se trata de un estado laico donde hay libertad de culto y libertad de profesar de forma pública la convicción religiosa de cada uno.

A efectos reales, la iglesia y los grupos conservadores cuentan con una importante influencia en todos los ámbitos de la vida de la ciudadanía. Queda especialmente patente en el debate sobre el derecho al aborto que, aunque es legal desde mediados de 1946 (cuando aún era Yugoslavia), desde 2003 la ley permite ejercer su derecho de objeción de conciencia a los médicos. Se estima que un 70% del personal médico se declara objetor de conciencia, algo que ya en 2014 provocó que en cinco hospitales públicos no se realizasen interrupciones voluntarias del embarazo. En aquel momento el partido socialista introdujo una medida por la que en tal caso se contratase a profesionales externos para garantizar la intervención. Sin embargo, esta medida fue eliminada al llegar el partido deGrabar-Kitarović al gobierno.

La Iglesia también intervino recientemente para exigir que el país no ratificara el Convenio de Estambul, pues se resisten a reconocer los derechos de las personas trans y el matrimonio igualitario. Las uniones civiles entre personas del mismo sexo fueron aprobadas en 2003, pero no estaban equiparadas a las heterosexuales, ya que no podían adoptar ni tenían derecho en relación a impuestos, propiedades, seguros médicos o pensiones. Hubo que esperar hasta 2014 cuando, gracias a 89 votos a favor y 16 en contra, se aprobó la nueva ley por la que los homosexuales consiguieron los derechos a heredar y pensionarse entre sí, así como los beneficios fiscales y de atención médica que ya tenían las parejas heterosexuales. Eso sí, sigue sin contemplar la adopción y no queda recogido como matrimonio sino como unión civil, ya que la Iglesia Católica de Croacia emprendió una campaña de recogida de firmas y un posterior referéndum que, a pesar de contar con una participación inferior al 40%, fue vinculante.

Religión y política aparte, hay muchos motivos para visitar Croacia, ya sea para conocer su historia, sus playas o su naturaleza. Ya habíamos pisado suelo croata en 2008 cuando visitamos Dubrovnik como escala del crucero por el Mediterráneo, así que esta vez descartamos la ciudad amurallada y decidimos comenzar por Zagreb, la ciudad más poblada de Croacia.