Marruecos II. Día 1 II: Paseando por la Medina. Plaza Jamaa el Fna, Koutubia y zocos

Lo primero que hicimos tras pasar tanto control fue ir en busca de un cajero para sacar dinero. La moneda local es el dírham marroquí (MAD) y podemos encontrar billetes de 20, 50, 100 y 200 y monedas de 1, 2, 5 y 10 dírhams, así como de 10, 20 y 50 céntimos.

Con algo de efectivo que nos llegara al menos hasta que volviéramos de la excursión al desierto, nos dirigimos al exterior para encontrarnos con nuestro conductor. Habíamos contratado la recogida con civitatis, sin embargo, algo les pasó con la reserva. Una semana antes había tenido lugar el dichoso el cambio horario de invierno, pero Marruecos, en el último momento, decidió quedarse en el de verano, por lo que tuve que modificar la reserva para que la recogida en vez de ser a las 12:40 fuera una hora más tarde. No obstante, eran las 2 y allí no había nadie con nuestro nombre, algo que me extrañaba porque tenían nuestro número de vuelo y se supone que saben que hay que pasar un control de pasaportes, así que deberían contar con un margen de tiempo de espera. Así que, ¿por qué no había nadie esperándonos?

Coincidimos con unos chicos que también venían de Madrid y habían contratado con la misma empresa. Su conductor tampoco se había presentado y estaban intentando llamar al teléfono de contacto, aunque sin éxito. Así que, empezamos a pensar que nos habían estafado a todos.

Cuando ya estábamos valorando si tomar un taxi o incluso el bus local, los chicos dieron con su conductor y como era de la misma empresa, aprovechamos para preguntarle que qué pasaba con nuestra reserva. Buscó sus papeles y revisó sus recogidas, pero ahí no estaba mi nombre. No obstante, llamó a la compañía para que se lo consultaran y nos dijo que esperáramos junto a sus compañeros hasta que nos dijeran algo.

Unos diez minutos y varias llamadas más, finalmente uno de los conductores nos dijo que él nos llevaba, así que con él que nos fuimos a su minivan.

La primera toma de contacto que teníamos con Marruecos era de calma y caos. Calma porque van con un ritmo pausado sin estresarse ante las adversidades y caos porque el tráfico era una locura. Es verdad que no era Bombay (eso es otro nivel), pero había motos por todos lados con varios ocupantes sin cascos, los adelantamientos no eran nada reglamentarios (bueno, allí a lo mejor sí) y el respeto por el límite de velocidad brillaba por su ausencia. Pero llegamos. Además, el conductor se encargó de llamar al riad para que salieran a buscarnos y no nos perdiésemos por la medina. Llegar al Riad fue volver otra vez a la calma. Es increíble cómo dentro del tremendo caos que es la ciudad antigua se consiguen esos remansos de paz. Como no podía ser menos nos recibieron con un té bien caliente que estaba muy rico y con mapa en mano, el chico nos explicó los puntos de interés y cómo ubicarnos. Aún así, nos comentó que la primera vez que saliéramos él nos acompañaría para guiarnos y que si nos perdíamos, o llamáramos al riad o pidiéramos ayuda a alguien de las tiendas próximas.

Después nos indicó dónde estaban nuestras habitaciones. Aunque habíamos hecho una reserva para una cuádruple, nos dieron dos dobles, una a cada lado del patio. Ambas contaban con su cama doble, una zona de estar con un sofá y el baño. No podríamos haber elegido mejor. De momento nos estaba encantando todo.

No nos entretuvimos mucho, pues estábamos sin comer, así que descargamos el equipaje, preparamos las mochilas para salir a conocer Marrakech siguiendo a nuestro anfitrión entre los callejones para no perdernos.

Localizada a los pies del Atlas y a un par de horas de la costa atlántica, Marrakech es una de las grandes ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Meknes y Rabat, la capital. Fue fundada en 1062 cuando Youssef Ibn Tachfin, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides, estableció un campamento en la zona para así controlar las rutas a través del desierto del Sáhara. Acabó convirtiéndose en la capital del Imperio Islámico y desde allí comenzó la conquista de Marruecos. Y no se quedaron ahí, sino que llegaron a la Península Ibérica, derrotando a los cristianos y haciéndose con buena parte del territorio. El reino acabó en 1147 tras el asedio de los almohades, que arrasaron la ciudad para luego reconstruirla. Fue en aquel momento cuando se erigieron importantes construcciones, como la Mezquita Koutoubia, la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Menara.

Tras un siglo de dominio los almohades fueron derrotados por los benimerines con Al-Maymun a la cabeza y Fernando II proporcionando ayuda. Marrakech perdió su capitalidad en favor de Fez, quedando algo olvidada.

En 1549 la dinastía saadí destituyó a los benimerines y llegó de nuevo otra época de esplendor en la que se reconstruyeron antiguos edificios y se diseñaron opulentos palacios. Marrakech recuperó la capitalidad y se convirtió en una de las ciudades más pobladas del mundo árabe.

Sin embargo, esta dinastía no duró mucho, pues a principios del siglo XVII las luchas sucesorias desembocaron en una guerra civil que terminaría en 1668 con el ascenso al trono de los alauitas. En el siglo XVIII, el sultán Mohammed III quiso recuperar el esplendor de la ciudad.

En el siglo XIX Marrakech comenzó a comerciar con Europa, sobre todo con Gran Bretaña. Marrakech ha tenido la misma historia convulsa que Marruecos, que al ser puerta de África ha tenido que luchar contra portugueses, españoles y franceses.

En 1911 la capital pasó a Rabat, por lo que Marrakech perdió de nuevo relevancia.  Un año después, ante las revueltas contra el protectorado galo, el gobierno francés nombró señor de Marrrakech a Thami el Glaoui para que controlara la zona. Y así lo hizo, gobernando durante más de 40 años de manera dictatorial. Con la independencia del país, la población francesa se redujo, pero aún así, hoy en día Marrakech es una ciudad internacional con una importante comunidad de expatriados. En la década de los 20 y 30 llegaron muchos millonarios a invertir en la ciudad. A ellos se les sumaron en los 60 artistas e intelectuales que le dieron un ambiente extravagante a la ciudad con su estilo de vida festivo y provocaron el renacimiento de la ciudad en las décadas siguientes.

En los 80 y 90 se había convertido en ciudad de moda y atrajo al mundo de la alta costura, diseñadores, editores de revistas y modelos. Marrakech estaba en boca de todos y llegó la burbuja inmobiliaria. Muchos europeos, atraídos por esta fama de ciudad exótica y bohemia compraron antiguos edificios en la Medina para construirse una segunda vivienda o incluso riads. Así, mientras los marroquíes aspiraban a comprarse una casa en la ville nouvelle como símbolo de progreso; los extranjeros se iban haciendo poco a poco con propiedades en la ciudad histórica atraídos por el sueño oriental.

Aún hoy en día Marrakech queda dividida en dos partes: la Ciudad Vieja (la Medina) con sus murallas, sus serpenteantes callejones y sus edificios en tierra roja y la Ciudad Nueva con grandes avenidas y construcciones modernas que está en continuo crecimiento. Nosotros comenzaríamos con la Medina, ya que es donde se encontraba nuestro riad y que no contábamos con mucho tiempo útil aquella tarde. Teníamos en mente visitar algún palacio, pero con el retraso en la llegada solo podríamos tener una primera toma de contacto de la ciudad.

Pero ante todo, eran casi las cuatro de la tarde, por lo que nuestro primer objetivo era buscar un sitio donde comer. Y justamente, de camino a la plaza Jamaa el Fna vimos un puesto con una especie de triángulos de pasta filo que tenían buena pinta, así que no nos lo pensamos mucho y compramos uno para cada uno.

Entre las opciones había de queso y tomillo, pescado, pollo y vegetales. Las primas optaron por el de pollo, que estaba muy rico con un toque a la menta; y nosotros dos pedimos el de vegetales y el de queso con tomillo. La base de estos bocadillos (que luego descubriríamos que se llaman briouats) consta de unos fideos a los que se les añade el ingrediente en cuestión y especias al gusto. ¡Por 15 dirhams cada uno habíamos comido!

Por la hora que era sabíamos que no íbamos a poder entrar en ningún monumento, así que la idea era ver la plaza Jamaa el Fna, la Koutoubia, que está muy cerca, y meternos por los zocos para tener una primera toma de contacto. Tras callejear, salimos a la famosa plaza Jamaa el Fna, cuyo nombre, Asamblea de los Muertos, hace referencia a la época en que se exhibían las cabezas de los criminales clavadas en postes. Además de mostrar las ejecuciones, también servía de escenario para los desfiles. Hoy se ha acondicionado y está incluso pavimentada, pero sigue teniendo el punto caótico y siendo el lugar más importante de la Medina.

A esta bulliciosa plaza dan diversos locales comerciales, tanto tiendas como restaurantes, a los que se suman los puestos ambulantes de frutos secos y zumos. Según la temporada del año, son de un tipo de fruta u otra. A principios de noviembre encontramos que era popular el de naranja, pero también el de granada, con esa variedad tan oscura y que tiene un punto de acidez, como ya habíamos visto en Estambul. También numerosos puestos de hojas de té y plantas.

También podemos encontrar todo tipo de vendedores ambulantes intentando ganarse la vida. Desde malabaristas, hasta mujeres que tatuan henna (no muy recomendable) pasando por los que van con un mono para que te hagas una foto con el animalillo, los aguadores, las adivinas, los porteadores, los sacamuelas…

También, en el extremo oeste, se ubican las calesas, que ofrecen paseos alrededor de la ciudad.

Nosotros sin embargo no teníamos mucho interés en ninguna de las propuestas, por lo que continuamos con nuestro paseo hacia el minarete de la Koutoubia, que asomaba a lo lejos. De hecho, gracias a sus 77 metros de altura, puede verse casi desde cualquier parte de la ciudad.

Esta mezquita, iniciada en 1141 y completada cuarenta años más tarde (de hecho fue erigida dos veces porque la primera no se había orientado correctamente con respecto de la Meca), es la más importante de Marrakech, todo un icono y según una norma urbanística de la época del protectorado que aún está vigente está prohibido erigir edificios que la superen en altura (tampoco pueden hacerlo las palmeras). Con una planta de 60×90 es, además, una de las más grandes del Occidente musulmán. Le debe el nombre a un zoco que había a su alrededor, el Koutubiyyin. Y de ahí también que sea conocida como la Mezquita de los libreros.

Construida en arenisca rosada, su minarete de base cuadrada y estilo almohade nos traslada a la Giralda y nos recuerda las influencias árabes que tiene nuestro país fruto de su establecimiento entre 711 y 1492. De hecho, están realizadas por el mismo arquitecto. La nuestra está mucho más ornamentada, pero es que la de la Koutoubia ha perdido el revestimiento de azulejos y estucados que tenía hace tiempo.

En la parte delantera podemos ver un pequeño edificio blanco, un mausoleo en que se encuentra Lalla Zohra, la hija de un esclavo que se transformaba en paloma todas las noches.

A diferencia de lo que pudimos ver en Estambul, en Marruecos las mezquitas no están abiertas a los no musulmanes. Parece que la ley islámica lo permite siempre que se respeten unas determinadas reglas  (descalzarse, taparse el pelo las mujeres, no armar escándalo…) y sea fuera del horario del rezo. Igual que ocurre cuando entras en un templo o una catedral, vaya… Sin embargo en este caso son algo más estrictos,  herencia del protectorado francés, que fue quien instauró esta norma. Así que no pudimos entrar a su interior y tuvimos que conformarnos con rodearla.

En su lado oeste se pueden ver unas ruinas que pertenecen a una antigua mezquita almohade.

Cruzamos al parque Lalla Hasna, que se encuentra justo enfrente. Llevábamos tan solo unas horas en Marrakech pero ya me quedaba claro que era una ciudad bipolar. Caótica y pausada a la vez. Estresante o relajante según el lugar en que te sitúes. Desde luego este parque es todo lo opuesto a la plaza con sus bancos, sus árboles frutales y sus estanques y fuentes. Y de fondo, el imponente minarete.

Es un verdadero oasis en el que se ve todo muy limpio y cuidado. Las fuentes estaban funcionando, los setos estaban recortados… incluso había gente cogiendo las aceitunas de los olivos.  Está todo pensado al milímetro para que el lugar destaque por su encanto. Hasta los focos estaban tapados por falsas palmeras.

Tras el paseo por el parque y rodear la mezquita, volvimos a la plaza y nos adentramos por uno de sus pasillos hacia los zocos. Y es que Marrakech no se puede entender sin tocar su carácter comerciante y artesano. Los primeros habitantes de la ciudad vivían del comercio con los africanos y con los españoles que cruzaban el Estrecho. Importaban oro y marfil del sur y exportaban al norte artesanía realizada en cuero, metal y cerámica. Hoy en día el comercio sigue siendo el principal motor económico, por lo que los zocos siguen siendo parte del alma de Marrakech.

Este área comercial comienza al norte de la Plaza de Jamaa el Fna y se convierte en un laberinto de callejuelas en las que las pequeñas tiendas y puestos ganan espacio al pasillo exterior, por lo que es una saturación para los sentidos con tanto objeto ante los ojos.

Los zocos están divididos por gremios (alfombras, caftanes, calzado, especias, antigüedades, hojalata, marroquinería, tintoreros…), pero orientarse en ellos es imposible. Aquí no hay mapa ni gps que valgan. Yo sentí que nos dejábamos llevar por la gente. Y es que entre los que van a pie, los que van en bici, una moto que pasa haciéndose hueco de cualquier manera, un señor con un carro vendiendo pastas… si paras, pones tu vida en peligro. Era una primera toma de contacto, por lo que tampoco nos importó mucho el movernos así, aunque he decir que resulta un poco agobiante tanta aglomeración. Eso sí, dado que era tarde, no nos insistieron mucho los tenderos con lo de las compras.

Sin saber muy bien cómo (al menos yo que me pierdo en cuanto me das la vuelta) volvimos a la plaza, y como iba a empezar a atardecer, nos subimos a la terraza de un bar a tomarnos un refresco y ver cómo caía la noche sobre Marrakech. Impresionantes los tonos anaranjados mezclados con el bullicio de la plaza, con el canto de los muyaidines llamando al rezo y con los olores de los puestos de comida. Marrakech en estado puro.

Ya de noche aunque aún pronto (no serían más de las 8 y algo) volvimos a bajar a la plaza para ver cómo había cambiado una vez se habían instalado los puestos de comida. Este es el momento apoteósico de la plaza sin duda. Estuvimos cerca de media hora evitando a los representantes de los diferentes puestos que intentaban captarnos para su negocio. Que si más barato que en el mercadona y Can Roca, que si tenemos pollo a la Pantoja, que si te regalo la bebida, que si yo bebida y postre… Un auténtico estrés, pues a cada paso te sale un nuevo que te enseña la carta, te la recita y te suelta sus chascarrillos. Y les da igual que les digas que es pronto, te dicen que solo mirar y que te quedes con su cara y el número de su puesto. Al final acabamos mareados, pues como bien nos dijo uno de ellos intentando captar nuestra atención: “es la misma mierda en todos los puestos, difiere el precio y el servicio (y si te quieren regalar la bebida o el postre)”. A la tercera vuelta nos sentamos en uno de los puestos y pedimos unas brochetas. Nos pusieron también unos entrantes que no habíamos pedido y que acabaron retirándonos.

Los cuatro platos nos salieron por 300 Dirhams, y como novatada del primer día no está mal. Pero desde luego se puede comer mejor y más abundante en cualquier lugar que no sea la plaza. Pero bueno, había que vivir desde dentro el ambiente.

Con una peste a barbacoa nos volvimos al riad pues al día siguiente había que madrugar. Habíamos quedado entre las 8 y 8:30 con nuestro conductor para iniciar la excursión al desierto y antes había que desayunar y recoger.

Marruecos I. Día 1: Vuelo y llegada a Marrakech

Prácticamente cuando la gente ya estaba pensando en volver de puente, comenzamos nosotros nuestro viaje a Marrakech. Salíamos el sábado a las 11:35, y como no íbamos a facturar y ya llevábamos nuestras tarjetas de embarque, llegamos al aeropuerto una hora antes. Pasamos los controles pertinentes, tomamos el trenecito que lleva a la satélite de la T4 y para cuando quisimos llegar a nuestra puerta ya era casi hora de embarcar. Nos dio tiempo a pasar al baño y poco más, pues salimos muy puntuales rumbo a Marruecos, nuestro primer país de África (que no del suelo africano, pues las Seychelles también cuentan). Y, ¿qué conocíamos de nuestro país vecino? Pues poca cosa, la verdad, pero lo solucionamos en un momento.

Aparte de limitar al norte con España, lo hace al este con Argelia (aunque la frontera se encuentra cerrada desde 1994), al suroeste con el Sáhara Occidental y al sur con Mauritania. Además, tiene una línea costera de 1835 kilómetros sumando la parte mediterránea al norte y la atlántica al oeste. Destaca por sus llanuras (más extensas que las de Argelia o Túnez) y por la gran altitud de sus montañas (el pico más alto de Marruecos y de toda África del Norte está en el Alto Atlas). Cuenta con cuatro cordilleras: el Rif, el Atlas Medio, el Gran Atlas y el Anti-Atlas.

El área hoy ocupada por Marruecos parece haber estado habitado desde el año 8000 a. C. Mucho más tarde se asentaron los bereberes, los fenicios, los romanos, vándalos, visigodos y bizantinos. Aún así, a pesar del cambio de manos, las montañas siguieron bajo dominio bereber. A finales del siglo VII con la llegada del Islam, se produjo una modernización del país convirtiéndose en centro cultural y la mayor potencia regional. Creció aún más cuando varias dinastías bereberes sustituyeron a los idrisíes árabes. Primero llegaron los almorávides y después los almohades (quienes dominaron no sólo Marruecos, sino también gran parte del noroeste del continente y territorios de la Península Ibérica). Acabarían cayendo como consecuencia de varias guerras civiles.

Los siglos XV y XVI estuvieron dominados por la política colonialista de África por parte de Portugal. Al igual que hicieron en la India, construyeron fortificaciones, sin embargo, poco a poco tuvieron que ir abandonando sus posiciones ante los ataques musulmanes. La Corona española también hizo sus movimientos y en 1497 conquistó Melilla. Además, cuando Felipe II fue coronado en 1580 rey de Portugal, las posesiones que aún seguían perteneciendo a los lusos se incorporaron al Imperio Español. Cuando en 1640 Portugal recuperó su independencia, Ceuta sin embargo se quedó integrada en el territorio español. Además, cedieron Tánger a Inglaterra en 1661 como parte de la dote de Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II.

En 1666 llegó la dinastía alauíta, que consiguió unificar un país dividido y mantener una estabilidad ante constantes ataques españoles y otomanos. Además, en 1684, tras persistentes presiones, consiguieron que los ingleses abandonaran Tánger.

En 1777 Marruecos fue uno de los primeros países en reconocer a los EEUU como nación independiente y en 1783 firmaron un Tratado de Amistad con John Adams y Thomas Jefferson que es el más antiguo de todos los que tiene el país americano.

Durante el siglo XVIII Europa estaba en plena Revolución Industrial y miraba con interés hacia África como fuente de riqueza además de como objetivo estratégico. Francia y España se centraron en Marruecos. España declaró la guerra en 1860 por Ceuta que acabó ganando y además en 1884 creó un protectorado frente a las Islas Canarias.

A principios del siglo XX tanto Francia como España establecieron zonas de influencia en el país y tras una crisis y una posterior conferencia en Algeciras, se permitió tanto a Francia como a España controlar la política de Marruecos. Más tarde, en 1912, con el Tratado de Fez, Marruecos se convirtió en un protectorado de Francia, mientras que Ceuta, Melilla y los territorios del sur fronterizos con el Sáhara Español quedaron bajo el protectorado de España.

En teoría Marruecos sería un Estado autónomo protegido por ambos países pero bajo la soberanía de un sultán. Sin embargo, en la realidad, tanto Francia como España controlaban la Hacienda, el Ejército y la Política Exterior.

Tánger, en 1923, obtuvo carácter de ciudad internacional. Como era de esperar, gran parte de la población marroquí se oponía a esta ocupación colonial y se produjeron varias revueltas llegando incluso a proclamarse la Repíblica del Rif, que ocupó entre 1921 y 1927 la parte norte del actual Marruecos. Sin embargo, españoles y franceses se unieron para declararles la guerra y recuperar el territorio.

Durante el protectorado galo cerca de medio millón de franceses llegaron a Marruecos y se hicieron con las mejores tierras de cultivo obligando a minifundistas marroquíes a vendérselas. También explotaron minas de hierro, cobre, manganeso, plomo, zinc y, sobre todo, los fosfatos de Juribga y Yusufía. Por otro lado, los franceses construyeron carreteras, puertos, ferrocarriles, redes de telefonía y mejoraron la conexiones aéreas. No se preocuparon sin embargo de invertir en vivienda o educación y muchos locales se vieron en la ruina al perder sus fuentes de ingreso tradicionales, sobre todo agricultores o artesanos.

Frente a este abusivo protectorado, aparecieron varios partidos nacionalistas (entre ellos el Partido Istiqlal) que luchaban por una independencia. Ya en la Carta Atlántica elaborada durante la Segunda Guerra Mundial elaborada entre EEUU y el Reino Unido quedaba reflejado que la población tenía derecho a elegir su forma de gobierno.

Durante los años 50 el nacionalismo siguió su expansión llegando a Casablanca, Rabat, Fez, Tetuán y Tánger. Primero comenzaron a apoyarlo la burguesía urbana, pero pronto se unieron también los campesinos. El Partido Istiqlal contaba con el apoyo de Mohammed V y de la Liga Árabe y en 1952 la situación acabó llevándose a la ONU. Francia pronto respondió y un año más tarde mandó al exilio a Mohammed V y colocó al sultán Mohammed Ben Aarafa, lo que provocó un mayor malestar si cabe en la población. Francia no solo gozaba de buena reputación en Marruecos, sino que no consiguió respaldo exterior.

La situación siguió escalando y durante el verano de 1955 en Marruecos se produjo una serie de atentados terroristas contra franceses lo que desembocó en una fuerte represión policial. Sin embargo, cuando en el otoño Aarafa abdicó, Francia, que estaba a la vez luchando una batalla en Argelia y tenía demasiados frentes abiertos, permitió el regreso de Mohammed V y un año más tarde comenzaron las negociaciones por la independencia, que será proclamada el 2 de marzo de 1956 provocando que un mes después Francia abandonara el país. En los dos años siguientes Marruecos recuperó territorios que habían estado controlados por España.

El 3 de marzo de 1961 Hassan II se proclamó Rey de Marruecos y el país se constituyó como una monarquía constitucional y de derecho divino al mismo tiempo. Ahí es nada. Un año más tarde, el 7 de diciembre, se aprobó la Constitución, aunque supuso un distanciamiento entre el rey y los partidos políticos, pues parece que Hassan II no era muy partidario de la democracia (y es que Monarquía y Democracia no terminan de casar bien).

En 1963 estalló una breve guerra con Argelia por sus fronteras conocida como la Guerra de las Arenas. Marruecos exigía el control de Béchar y Tinduf que, durante el protectorado galo, Francia había anexionado a Argelia, que por aquel entonces era su colonia. Durante esta década las tierras pertenecientes a los colonos europeos volvieron a terratenientes marroquíes.

En 1965 tuvo lugar una revuelta en Casablanca, lo que sirvió de excusa perfecta para el monarca para proclamar el Estado de Excepción y suspender la Constitución hasta 1970, cuando se proclamó una nueva. Eso sí, esta ya iba a medida del rey, lo que provocó la oposición de varios partidos políticos. Finalmente acabó aprobándose una tercera dos años más tarde. Durante esos años Hassan II sufrió tres intentos de asesinato por parte del ejército. Parece que no era muy querido.

En 1974 España anunció que iba a dejar el Sáhara y organizar para el año siguiente un referéndum de autodeterminación. Marruecos, que llevaba reclamando el territorio desde su independencia, se opuso a dicha consulta y pidió a la Corte Internacional de Justicia que se pronunciara al respecto. Esta respondió reconociendo que si bien el Sáhara Occidental tenía lazos legales de lealtad con Marruecos antes de la llegada de los españoles; esto no implicaba su soberanía y por tanto reconocía el derecho del Sáhara sobre su autodeterminación. Aún así, en noviembre del 75 Hassan II promovió una marcha civil y pacífica conocida como marcha verde para recuperar el territorio. No obstante, esta ocupación no está reconocida por la ONU y el Sáhara Occidental está considerado legalmente como un territorio no autónomo (aún no descolonizado) sin autoridad administrativa.

En la década de los 80 Marruecos entró en crisis económica, lo que provocó varias revueltas a lo largo del país. Se privatizaron varios sectores, el paro subió, el dirham cayó, hubo fuga de capitales, se recortaron subvenciones a productos de primera necesidad, se recortó en sanidad, educación, se pararon las contrataciones de funcionarios… La situación era crítica y hubo diversas huelgas y manifestaciones.

En los 90 se produjeron varios avances. En 1991 se llevó a cabo una reforma política y entre 1994 y 1996 se realizaron amnistías de presos políticos. En 1995 se reconoció la enseñanza en bereber y en 1996 se volvió a reformar la Constitución. Esta vez todo el Parlamento se elegía por sufragio universal y se creó una Cámara de Consejeros (algo similar a nuestro Senado). Un año más tarde hubo elecciones, aunque con el parlamento muy dividido.

Cuando en 1999 murió Hassan II, ascendió al trono Mohammed VI, quien al poco de suceder a su padre reformó el código jurídico de la mujer. Y más tarde, en 2004 introdujo importantes cambios en el código de la familia (al menos en la teoría). Por ejemplo pasó de 15 a 18 la edad mínima para casarse, quedaron abolidas la poligamia y la tutela del padre o hermano mayor sobre la mujer adulta no casada, las mujeres podrían elegir marido e incluso pedir el divorcio en igualdad de condiciones con respecto a la custodia de los hijos. No obstante, paralelamente también hubo retroceso de las libertades civiles. Cuando en 2003 Casablanca sufrió un atentado terrorista se amplió la prisión preventiva, se aprobó que la policía pudiera entrar en viviendas particulares sin orden judicial, interceptar el correo, las llamadas telefónicas y las cuentas corrientes.

En 2011, como consecuencia de las revueltas de la Primavera Árabe, se promulgó una nueva Constitución que fue respaldada por la mayoría de la población. En este último texto, entre otras medidas, se redujo el poder del rey a favor del Presidente del Gobierno, se garantizó que la Justicia sería un poder independiente y que los ministros serián elegidos en las urnas. Además, había un mayor reconocimiento de los derechos fundamentales y libertades básicas como igualdad de sexos, libertad de creación, expresión y opinión así como de acceso a información pública, de reunión, de manifestación, asociación y afiliación sindical y política; prohibición de la tortura, derecho a no ser detenido arbitrariamente, a presunción de inocencia, a no declarar, a la asistencia jurídica, a juicio justo, a la inviolabilidad del domicilio, a una educación pública, a la propiedad, al matrimonio…

Económicamente el país se ha estabilizado en las últimas décadas. Tiene una importante industria automovilística, siendo el país que más coches fabrica en todo el continente (por delante de Suráfrica). Dado que políticamente también ha estado bastante tranquilo con respecto a otros del continente, el turismo ha seguido creciendo en los últimos años llegando en 2013 a los 10 millones de visitantes. Los principales destinos son Rabat, Casablanca, Tánger, Fez y Marrakech, precisamente nuestro destino.

El vuelo fue muy tranquilo y en algo menos de dos horas estábamos aterrizando. A medida que el avión iba perdiendo altura pudimos ver cómo el paisaje árido y marrón pasaba a ser más verdoso, algo que me sorprendió bastante, la verdad.

El desembarque lo hicimos directamente por escalera a la pista y dado que no teníamos maleta facturada nos fuimos directamente a la salida. Aunque previamente teníamos que pasar por el control de pasaporte. Había varios puestos y aunque parece que los funcionarios no eran especialmente céleres, en unos veinte minutos habíamos pasado el trámite.

En el vuelo la tripulación nos había adelantado una tarjeta de inmigración en la que había que rellenar los datos personales, profesión y dirección durante nuestra estancia en el país. Una vez en la garita hubo que entregárselo al policía para que verificara los datos con el pasaporte. Además, nos hicieron una foto para registrar la entrada. A algunos nos preguntó si era nuestra primera vez en el país, a otros simplemente les realizó las comprobaciones rutinarias y, tras sellar el pasaporte y anotarnos el número de entrada, nos dejó continuar.

Un poco más adelante había otro agente que comprobaba que efectivamente teníamos el sello antes de salir de la terminal. Pero además, antes de salir a la calle había un mini escáner por el que tuvimos que pasar el equipaje. Marrakech se estaba haciendo de rogar.

Balcanes VIII. Aproximación a Eslovenia

Tras el ajuste por las lluvias y con el billete sacado el día anterior, empezamos el día madrugando para tomar el tren de las 7 con destino Liubliana. Teníamos intención de dejar las mochilas en la estación, sin embargo, cuando llegamos apenas quedaban unos 5 minutos para que pasara el tren, por lo que decidimos probar suerte en destino. Casi ni nos daba tiempo a comprar algo para desayunar, pero había un kiosco en la estación, así que a la carrera antes de subir al tren nos hicimos con un croasán y un kolac zagorska zlevanka, que vendría a ser algo parecido a un bizcocho de yogur (o bollo de la abuela que lo llamamos nosotros) por 12 kunas.

Encontramos unos asientos libres y nos pusimos cómodos para el trayecto de dos horas y cuarto hasta Liubliana. Algunos consiguieron hasta echar alguna cabezada.

Liubliana es la capital de Eslovenia (ojo, no Eslovaquia, que a veces se confunde, quizá porque tienen el mismo origen etimológico: Republika Slovenija vs Slovenská Republika), también es la ciudad más poblada de este pequeño país de apenas 20.273 km² de superficie (Galicia tiene 29.574 km²). Ubicado entre Italia, Austria, Hungría, y Croacia, cuenta con una pequeña parte de costa que da al mar Adriático por el golfo de Trieste, a través del puerto de Koper/Capodistria, en la península de Istria. Lo que sí abundan son los bosques (algo que queda patente en el trayecto en tren), conviertiéndolo en el tercer país más boscoso de Europa, después de Finlandia y Suecia. La cercanía a los Alpes hace que quede protegida del viento.

Eslovenia se incorporó a la Unión Europea en el 2004 (y en el Euro en enero de 2007), por lo que no tendríamos ningún problema al pasar la frontera con el tren, tan solo tendríamos que enseñar el pasaporte a la policía fronteriza. Eso sí, dos veces. En primer lugar pasa la croata, que echa un ojo al pasaporte, te mira a la cara y sigue adelante. Y después la eslovena que, mucho más moderna, lleva un lector de pasaportes electrónico parecido a una PDA. Lo leen y si todo está correcto, te lo devuelven y continúan con el control.

Mientras avanzamos hacia Liubliana es momento para conocer algo de la historia del país.

En el siglo II a.C. habitaba en los Alpes Orientales el Reino de Noricum, un pueblo que mantenía relaciones cordiales con los romanos, a quienes les vendían hierro con el que luego fabricaban armas que estos usaban en sus guerras contra los celtas. En el año 16 a. C. se asociaron al Imperio Romano manteniendo cierta autonomía en cuanto a su organización social. Eso sí, esta unión favoreció la asimilación de la cultura romana.

En el siglo IV Noricum quedó dividido en Noricum Ripense y Noricum Mediterraneum. A la caída del Imperio Romano la primera de ellas fue invadida por tribus germánicas, mientras que la segunda mantuvo su estructura social y, tras la ocupación de los ostrogodos, declaró la propia independencia.

En el año 595 consta la existencia de un estado pagano conocido como Provincia Sclaborum, que más tarde se llamaría Carantania. En el 745 fue amenazado por los ávaros y para defenderse pidió ayuda a los bávaros, quienes antes tenían que pedir permiso a los francos (los protectores del cristianismo en Europa). Estos les dieron la autorización siempre que Carantania adoptara el cristianismo. Con el tiempo Carantania fue siendo algo más laxa en el ejercicio de la fe y los bávaros invadieron el país suprimiendo el gobierno pagano y volviendo a cristianizar a la población. Hacia el año 828 el Ducado de Carantania ocupaba el actual territorio de Austria y Eslovenia. Carantania se unió al Reino de los Francos, eso sí, mantuvo su propia ley y la posibilidad de proclamar su príncipe en lengua sobre la Piedra del Príncipe (algo así como los escoceses).

Durante el siglo XIV la mayoría de las regiones de Eslovenia pasaron a la propiedad de los Habsburgo cuyas tierras luego formarían el Imperio Austrohúngaro. Cuando durante las Guerras Napoleónicas se constituyeron las Provincias Ilirias, se estableció la capital en Liubliana. Pero tras la caída del Imperio Francés de nuevo volvió bajo el control de Austria-Hungría.

En 1848 surgió un movimiento conocido como “Primavera de las Naciones” por el que se reclamaba una Eslovenia unida dentro del Imperio. Cuando cayó la monarquía austro-húngara en 1918, como ya hemos visto, los eslovenos se unieron al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, más tarde Reino de Yugoslavia y tras la II Guerra Mundial República Federal Socialista de Yugoslavia.

Eslovenia se independizó el 25 de junio de 1991 tras un breve conflicto armado conocido como Guerra de los diez días. Desde entonces es una República parlamentaria con un sistema bicameral que cuenta con Asamblea Nacional y el Consejo Nacional.

Aunque es un país pequeño, se encuentra en una ubicación geográfica ventajosa comunicada con varios corredores de transporte europeos, algo que ha favorecido su integración social, económica y cultural en Europa. También cuenta con tres puertos importantes. El principal es del de Koper, construido en 1957, dedicado sobre todo al transporte de alimentos. los otros dos son los de Izola y Piran, centrados en el tráfico internacional de pasajeros sobre todo con Italia y Croacia. El de Izola además se usa para el desembarque de pescado mientras que el de Piran para transportar internacionalmente sal.

Su capital, ubicada en una llanura en el centro del país también está muy bien conectada. Por un lado gracias a su aeropuerto internacional a 26 kilómetros del centro; por otro por carretera, pues por autopista se puede llegar a Trieste y Venecia; Salzburgo y Múnich; Maribor, Graz, Viena y Praga; así como Zagreb, Budapest, Belgrado y la costa adriática. También es el centro de la red nacional de ferrocarriles sirviendo no solo de conexión con las principales ciudades del país, sino también internacionalmente. Existen cuatro líneas que unen la capital eslovena con el extranjero. Una de ellas conecta Alemania y Croacia gracias al eje Múnich-Salzburgo-Liubliana-Zagreb (la que tomamos nosotros), otra hace el recorrido Viena-Graz-Maribor-Liubliana, una tercera une Liubliana con las italianas Venecia y Génova y la cuarta conecta la capital eslovena con Budapest.

Hasta que llegó el ferrocarril era el río Ljubljanica la principal vía para el transporte de mercancías desde y hacia Liubliana. A lo largo de su cauce se han ido construyendo numerosos puentes con el paso del tiempo. Entre ellos destacan el de Šempeter (Šempetrski most), el de los Dragones (Zmajski most), el de los Zapateros (Čevljarski most), Šentjakob (Šentjakobski most), Prule (Prulski most), Trnovo (Trnovski most) y el Puente Triple (Tromostovje).

Pero no todo es bueno en esta ubicación geográfica, pues se asienta sobre una zona sísmica bastante activa debido a su posición al sur de la Placa Euroasiática. Así, el país está en la unión de tres zonas tectónicas importantes: los Alpes al norte, los Alpes Dináricos al sur y la Llanura Panónica al este. Varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, como el de 1511 o el de 1895.

Se cree que Liubliana deriva de Luba, que significa “amada”. Aunque los historiadores discrepan sobre el origen del nombre de la ciudad. Algunos piensan que proviene de una antigua ciudad eslava llamada Laburus.​ Otros aseguran que deriva de la palabra latina Aluviana e incluso de Laubach que significa “marisma”. De todas formas, la que más se transmite es la primera versión, y es que el romanticismo está muy arraigado en la literatura y la cultura del país. Así, los eslovenos gustan de llamar a Liubliana la ciudad del amor y de los dragones.

Según la leyenda griega, Jasón y los argonautas, tras encontrar el vellocino de oro emprendieron el regreso al Egeo por el Danubio. En determinado momento se desviaron al Sava, uno de sus afluentes, para acabar en la fuente del río Ljubljanica. Allí desembarcaron para trasladar el barco hasta el Adriático y así volver a casa. Sin embargo, entre Vrhnika y Liubliana en un gran lago rodeado de una marisma se encontraron con un dragón al que Jasón, como héroe mitológico que es, salvó. Desde entonces el dragón forma parte de la simbología de la ciudad y aparece en el escudo y la bandera de Liubliana.

Los orígenes de la ciudad parecen remontarse al año 2000 a. C. cuando la zona era habitada por pobladores que vivían de la caza, la pesca y la agricultura primitiva. Debido a su posición estratégica por allí pasaron otras tribus y pueblos como los vénetos, la tribu iliria de los Yapodi y, ya en el siglo III a. C., la tribu celta de los Taurisci.

A mediados del siglo I a. C. llegaron los romanos, quienes construyeron campamento militar y más tarde el asentamiento permanente de Emona (Colonia Iulia Emona). La población, que llegó a alcanzar las 5.000 o 6.000 personas, estaba conformada sobre todo por comerciantes, artesanos y veteranos de guerra. La ciudad estaba amurallada y seguía los patrones romanos, con su estructura viaria y sus edificios civiles. Hoy en día aún son visibles algunos restos de esta villa romana como el foro, la puerta norte, un cementerio, varias casas, parte de la muralla y un templo.

La ciudad decayó cuando lo hizo el imperio y fue destruida en 452 por los hunos y más tarde por los ostrogodos y los lombardos. En el siglo VI se instalaron los antecesores de los eslovenos, quienes cinco siglos más tarde acabaron bajo el dominio de los francos, al tiempo que sufrieron numerosos asaltos magiares.

Ya en el siglo XIII, en 1220, Liubliana adquierió el estatuto de ciudad y el derecho a acuñar su propia moneda. Poco después, en 1270, Otakar II de Bohemia conquistó Carniola, incluida Liubliana. Aunque tan solo ocho años pasó a la casa de Habsburgo y fue rebautizada como Laibach.

El siglo XVI fue una época de gran desarrollo humanista y literario. En 1550 se publicaron los dos primeros libros en lengua eslovena (un catecismo y un abecedario) y más tarde una traducción de la Biblia. A finales de siglo se instalaron los jesuitas y se crearon las primeras escuelas secundarias.

Un siglo más tarde llegaron arquitectos y escultores de otras partes de Europa, por lo que la ciudad pasó por un importante lavado de cara con toque barroco.

Tras cambiar de nacionalidad en varias ocasiones entre el siglo XIX y principios del XX, durante la II Guerra Mundial Liubliana quedó bajo el dominio de la Italia fascista y la Alemania Nazi antes de finalmente convertirse en la capital de la República Socialista de Eslovenia dentro de la Yugoslavia comunista.

La ciudad es pequeña, parecía que todo quedaba bastante concentrado, por lo que esperábamos que nos diera tiempo a verla en una excursión de un día.

Empezamos.

Balcanes IV. Día 2: Recorriendo Zagreb: Donji Grad (Ciudad Baja)

Aunque son las ciudades costeras las que más visitantes reciben, Zagreb no se queda atrás y es uno de los destinos más importantes del país. En parte gracias a ser la capital. Se extiende por las laderas de la montaña de Medvednica y las orillas del río Sava, una posición geográfica que favorece la conexión entre Europa Central y el Mar Adriático. Gracias a ello es un relevante centro comercial y eje del transporte con importantes conexiones terrestres, ferroviarias y aéreas no solo del país sino del continente.

Según una de las leyendas, la región donde se asienta Zagreb era muy seca. Sin embargo, en una ocasión el virrey, para dar de beber a sus hombres y a los caballos, clavó la espada en la tierra y de repente brotó agua. A lo que exclamó: “Zagrabite!” (¡Tomad!). Y de ahí nació el nombre de la ciudad. La fuente Manduševac aún se puede ver en la plaza principal de la ciudad.

Hay constancia de que la zona viene siendo habitada ya desde la época neolítica. Las primeras referencias que se tienen datan del siglo XI, de cuando el rey de Hungría Ladislao I fundó una diócesis en el monte Kaptol. A su vez, en colina vecina de Gradec existía otra comunidad independiente. Ambas localidades fueron invadidas por los mongoles en 1242 y cuando estos se marcharon el rey Bela IV convirtió Gradec en ciudad del reino para atraer artesanos forestales. Durante los siglos XIV y XV ambas ciudades mantuvieron una constante competición tanto a nivel político como al económico. Tan solo colaboraban en el aspecto comercial. Era tal la rivalidad que tuvieron importantes disputas, como cuando Kaptol incomunicó Gradec (estaban separadas por un río que hoy ocupa la calle Tkalciceva) y esta respondió incendiando a la primera.

No fue hasta 1851 cuando se unieron formando Zagreb, lo que hoy conocemos como ciudad antigua. De esa época datan los palacios y edificios que fueron construidos durante la época austrohúngara (cuando Zagreb se llamaba Agram), lo que hace que sea conocida como “la pequeña Viena”. A partir de ahí fue creciendo, sobre todo cuando en 1860 se construyó el ferrocarril. Entonces empezaron a surgir barrios obreros entre la vía del tren y el río Sava.

En el siglo XX, durante el período de entreguerras nacerían zonas residenciales ya en torno al sur del Medvednica. Tras la II Guerra Mundial se levantaron nuevas construcciones entre la vía del tren y el río Sava y poco después nació la Nueva Zagreb al sur del río Sava. La ciudad ha seguido expandiéndose en los últimos años hacia el este y oeste incorporando comunidades periféricas. No obstante, el principal atractivo turístico lo comprenden la Ciudad Alta (Gornji Grad), la Ciudad Baja (Donji Grad) y Kapol.

Nuestro alojamiento no se encontraba muy lejos, así que podríamos llegar a pie. Y decidimos comenzar por la estación de tren, ya que queríamos comprar el billete a Liubliana para el día siguiente. Tal y como indicaban las previsiones, el día amaneció lluvioso, aunque era tolerable con los impermeables y el calzado adecuado (y paraguas para que no se mojara la cámara). Esta vez sí que encontramos la oficina abierta y pudimos comprar los billetes, aunque tuvimos un problema con el pago. Primero porque la máquina rechazó la Revolut, y después porque el señor me había entendido 2 pasajeros en vez de 3. Así pues, primero sacó la calculadora y se puso a jugar al Simon para sumar la recaudación del día y ver si efectivamente se había cargado (menos mal que era primera hora) y después refunfuñó en croata mientras nos anulaba el primer billete y nos emitía uno nuevo.

Con el asunto zanjado compramos el desayuno en una especie de pastelería (Pekara) que había en la misma estación. Se estilan los pequeños comercios similares a los de Bulgaria con una gran variedad de bollos, pasteles y hojaldres tanto dulces como salados. Nos costó elegir entre las múltiples opciones, pero finalmente nos decantamos por un croasán relleno de chocolate y un burek.

Este delicioso bollo es una especie de hojaldre enrollado con forma de espiral. Sin embargo, no tiene la textura del típico rollo de canela, sino que el hojaldre se queda crujiente y no empalaga tanto porque es algo más ligero. Sin duda habíamos acertado.

Mientras desayunábamos, escribí a nuestra anfitriona para ver si podíamos alargar la estancia un día más, pero lamentablemente me comentó que tenía ocupado el apartamento, así que tendríamos que buscar otra opción. Pero lo dejaríamos para más adelante, ahora tocaba comenzar nuestra ruta.

Y lo hicimos cruzando a una plaza que durante el Imperio Austrohúngaro (desde 1895) recibía el nombre de Franz Joseph I y que con la caída de este se renombró como Plaza del Rey Tomislav.

En el centro se erige la estatua ecuestre del Rey Tomislav, quien reinó entre 910 y 928. Es recordado por haber defendido a los croatas de los ataques húngaros y unir por primera vez a todas las regiones en un país. Fue, por tanto, el primer monarca croata.

A pesar de que el escultor Robert Frangeš Mihanović la finalizó en 1938 no fue colocada en la plaza hasta 1947 por varias polémicas y la irrupción de la II Guerra Mundial.

En cada uno de los laterales de la base del monumento hay un bajorrelieve que representa a sendos grupos de siete personas. Además, en la parte delantera se puede ver el nombre y el escudo. Tanto los relieves como el escudo de armas fueron añadidos en 1991.

La figura del monarca a lomos de su caballo está mirando al edificio de la estación, una construcción imponente de estilo historicista proyectada por el ingeniero húngaro especialista en estaciones Ferenc Pfaff.

El primer tren en llegar a la ciudad lo hizo en 1862, cuando Zagreb contaba con 40.000 habitantes, sin embargo, la estación no se construiría hasta treinta años después. Pronto se convirtió en una importante parada en medio de Europa, pues formaba parte del recorrido del famoso Orient Express y ha estado estrechamente ligada a otras ciudades centroeuropeas como Viena o Budapest.

Fue renovada entre 1986 y 1987 y recientemente en 2006.

Volviendo a girar sobre nuestros pies, el edificio amarillo que destaca tras la estatua del rey Tomislav es el Pabellón del Arte (Umjetnicki paviljon).

De estilo Art Nouveau fue el pabellón de Croacia durante la EXPO de 1896, celebrada en Budapest. Su esqueleto se realizó en metal, por lo que tras la exposición fue desmontado en la capital húngara y trasladado en tren a Zagreb, donde volvió a ser armado. Se inauguró en 1898 con una gran exhibición de artistas de la época, convirtiéndose en el primer espacio de exposiciones construido para tal fin. Más de un siglo después, sigue acogiendo muestras temporales de los mejores artistas nacionales e internacionales.

Frente a él en invierno se monta una pista de hielo donde locales y visitantes pueden disfrutar patinando. Al ser verano encontramos una plaza muy bien conservada en la que destacan los parterres de diferentes tipos de flores en torno a la Fontana kralj Tomislav, inaugurada en 1895.

En los lados este y oeste de la plaza se erigen palacios que fueron construidos por los mejores arquitectos de Zagreb.

La plaza forma parte de la Herradura Verde, un área en forma de U alrededor la Ciudad Baja que abarca unos 3 kilómetros que refleja la Zagreb del Imperio Austrohúngaro. Diseñada por el arquitecto Milan Lenuci en 1895, sigue un plan urbanístico similar al Ring de Viena combinando plazas, parques, jardines y senderos entre los que se suceden imponentes edificios clasicistas e historicistas entre los que predominan las fachadas amarillas.

La herradura se extiende desde la Plaza de Ban Jelačić hasta la estación del tren y a lo largo de su recorrido se encuentran la mayoría las instituciones de la ciudad (ministerios, juzgados), así como un buen número de los edificios representativos de la cultura (teatros, museos, galerías de arte, facultades, academias…), los palacios más importantes, hoteles y la estación central.

Nosotros comenzábamos precisamente por la estación, así que tras dar una vuelta a la Plaza Tomislav, retomamos nuestro camino para evocar aquella época. Muy cerca, en la calle Trg Ante Starčevića, destaca la Casa de Starčević (Starcevicev dom), construida gracias a donaciones y que hoy alberga la Biblioteca de la Ciudad de Zagreb.

Las grandes avenidas y los edificios que vamos encontrando a continuación, son una muestra clara de este pasado asutrohúngaro que comentaba.

Un poco más adelante, en la acera opuesta y ya en un tramo de la calle Ul. Antuna Mihanovića se erige el Hotel Esplanade.

Este histórico hotel de estilo Art Déco se construyó en 1925 concebido para alojar a los grandes viajeros que atravesaban Europa desde París hasta Estambul en el Orient Express. De ahí su ubicación junto a la estación. En la década de los años 20 fue el centro de la vida social de Zagreb y desde entonces ha alojado a todo tipo de personalidades, desde reyes y políticos hasta artistas, deportistas de élite o periodistas y ha organizado importantes acontecimientos sociales.

Durante la II Guerra Mundial sirvió como cuartel general de la Gestapo y la Wehrmacht.

En 2002 cerró para realizar una reforma importante y abrió dos años más tarde con cambio de nombre: The Regent Esplanade Zagreb. Aunque en 2012 abandonó la cadena Regent y ahora funciona como independiente.

Eso sí, no es el hotel más antiguo de la ciudad. Este título lo ostenta el Palace, una elegante mansión de época secesionista que fue construido en 1891.

Frente al Esplanade, mucho más imponente incluso que el hotel destaca la sede de los ferrocarriles croatas, un edificio que de nuevo nos sitúa claramente en Viena o Budapest.

Siguiendo nuestro camino a mano izquierda nos quedaba el Jardín Botánico (Botanički), que conecta las dos partes de la Herradura Verde. Creado en 1890 en sus aproximadamente 50.000 m² cuenta con 10.000 especies de plantas de todo el mundo. No pasamos, pero desde la verja se veía gran parte de los caminos así como aloes de diferentes tipos y tamaños.

Seguimos hasta la Plaza Marulić, donde se encuentra el Archivo y Biblioteca Estatal Croata. De estilo secesionista, fue concluido en 1913 siguiendo el diseño del arquitecto Rudolf Lubynski.

Destacan en el tejado los cuatro búhos que, bordeando la cúpula de la sala principal de lectura, sujetan sendos globos terráqueos.

En la plaza frente al edificio se rinde homenaje a Marko Marulić, poeta croata y defensor del humanismo cristiano. Aunque sobre todo es reconocido como el padre de la literatura croata.

En el suelo, entre el edificio y la estatua hay una placa que recoge un fragmento  del canto sexto de su obra más conocida, Judita.

Trudna toga plova ovdi jidra kala
plavca moja nova. Bogu budi hvala
Ki nebesa skova i svaka ostala. 

Como no íbamos a entrar en el edificio, seguimos por la calle Ul. Izidora Kršnjavog para girar después a la derecha en Rooseveltov trg, donde se erige el Museo Mimara (Muzej Mimara).

El nombre completo en realidad es Museo de Colección de obras de arte de Ante y Wiltrud Topić Mimara, en honor al coleccionista y benefactor croata que atesoraba obras de artistas de renombre como Tiziano, Velázquez, Leonardo, Goya, Raffaello, Caravaggio, Murillo, Delacroix , Manet, Renoir, Degas… Mimara no triunfó como pintor, sin embargo, tenía talento como restaurador y era capaz de calcular el valor de cualquier obra. Era tan reconocido en su trabajo que tras la II Guerra Mundial el gobierno yugoslavo le pidió asesoramiento para recuperar las obras de arte confiscadas por los nazis durante la ocupación.

Tras años viviendo en el extranjero regresó a Zagreb en la última etapa de su vida. Fue entonces cuando donó su colección a la ciudad para que se expusiera en un museo. Abierto desde 1987, se ubica en un palacio de estilo neorrenacentista de finales del siglo XIX que en su día fue un instituto y en la actualidad es uno de los museos más importantes de Europa Central. Cuenta con más de 3.700 obras de arte de diferentes culturas y civilizaciones. No solo posee unas 450 pinturas y dibujos de artistas de diferentes escuelas, sino que también alberga alrededor de 200 esculturas desde la Antigüedad hasta el siglo XX, objetos arqueológicos del antiguo Egipto y Grecia, una extensa biblioteca de más de 5.400 títulos y una colección de cristal. Aún así, hay quien parece que duda de la autenticidad de algunas de las obras y considera que son muy buenas reproducciones del mismo Mimara.

Frente al museo, al otro lado de la plaza se encuentra la Cámara de Economía Croata (Hrvatska gospodarska komora).

Muy cerca llegamos al extremo occidental de la Herradura Verde, a la Trg Republike Hrvatske, en cuyo centro se erige el Teatro Nacional de Croacia (Hrvatsko narodno kazalište u Zagrebu).

Este impresionante edificio neobarroco en tono amarillo fue diseñado por los arquitectos vieneses Ferdinand Fellner y Hermann Helmer, encargados también del Pabellón de Arte de Zagreb y el Akademietheater de Viena.

Fue inaugurado en 1895 por el emperador austrohúngaro Franz Joseph I y se ha convertido en un centro cultural de renombre internacional por el que durante algo más de un siglo han pasado artistas de la talla de Franz Liszt o Richard Strauss. Además, a su escenario se han subido muchos de los cantantes de ópera más famosos del mundo así como los mejores profesionales de ballet.

En la actualidad también acoge congresos, reuniones y eventos.

Frente a él tenemos otro edificio amarillo, el Museo de Artes y Oficios (Muzej za umjetnost i obrt), un museo diseñado para preservar los valores de la artesanía popular. Fundado el 17 de febrero de 1880 por iniciativa de la Sociedad de Arte es una de las primeras instituciones de este tipo en Europa.

En sus 2.000 m² distribuidos en 14 salas se exponen más de 100.000 objetos que abarcan desde el siglo XIV hasta el XX. Posee colecciones de arquitectura, escultura, pintura, diseño, gráficos, fotografía, impresión, metal, cerámica, vidrio, marfil, textiles, muebles, instrumentos musicales, relojes y pieles pintadas.

Contrasta a su lado el modernista edificio de la Academia de Música de la Universidad de Zagreb en el que predomina el acero y el cristal y que data de 2014.

Es la escuela de música más antigua y grande del país y se remonta a 1829, cuando se estableció la escuela de la Sociedad Musical de Zagreb en un momento en que Croacia era parte del Imperio Austrohúngaro. Tras la disolución del imperio y el establecimiento del Reino de Yugoslavia se convirtió en el Real Conservatorio, para un año más tarde pasar a ser conocida como la Real Academia de Música. En 1940 fue reconocida oficialmente como facultad universitaria.

Tras la II Guerra Mundial se dividió en la Escuela de música primaria y secundaria y la Academia de Música de Zagreb. Esta última se incorporó a la Universidad en 1979 y hoy en día es una de las tres academias afiliadas junto con la de Arte Dramático y la de Bellas Artes.

Al concluir en el extremo de la herradura nos dirigíamos hacia la Ciudad Alta, que merece entrada aparte.

Balcanes III. Aproximación a Croacia

Después del repaso por la antigua Yugoslavia, vamos a aproximarnos al primer país de nuestro viaje: Croacia. La Republika Hrvatska limita al noreste con Hungría, al este con Serbia, al sureste con Bosnia y Herzegovina y Montenegro, al noroeste con Eslovenia y al suroeste con el mar Adriático (donde comparte una frontera marítima con Italia). Tiene unos 57.000 km² divididos en veinte condados y la ciudad de Zagreb, su capital y ciudad más poblada.

El nombre de Croacia proviene del latín medieval Croatia, de Dux Croatorum (‘duque de los croatas’). Lo que no queda claro es su origen, aunque se cree que deriva de un término gótico o indoario que se usaba para referirse a los pueblos eslavos.

Los primeros habitantes de los que se tiene constancia fueron los neandertales de la época paleolítica. Mucho más tarde se establecieron en el territorio que hoy comprende Eslovenia, Croacia, Serbia, Kosovo, Montenegro y Albania los liburnianos y los ilirianos. Estos últimos lidiaron en la costa adriática con los griegos, quienes establecieron sus colonias en las islas de Korcula, Hvar y Vis. Por el norte presionaban a su vez los celtas.

En el año 9 d. C. Croacia quedó bajo el dominio del Imperio Romano como parte de la provincia de Dalmacia. Estos nuevos pueblos se organizadon en dos principados: Panonia (la actual Eslovenia, norte de Croacia y Bosnia, y partes de Austria, Eslovaquia, Hungría y Serbia) y Dalmacia (el resto de la actual Croacia y Bosnia, Montenegro, y partes de Albania y Serbia).

Durante esta época las ciudades se desarrollaron al modo romano con sus templos, anfiteatros, termas… y por supuesto calzadas romanas. Se construyeron hasta los mares Egeo y Negro y el río Danubio, lo que facilitó el comercio, la expansión de su cultura y el cristianismo. Teodosio fue el último emperador romano que gobernó el imperio unido, cuando murió en el 395 se dividió en dos (atravesando Montenegro a la mitad). La mitad oriental se convirtió en el Imperio Bizantino y perduró hasta 1435. Por contra, la occidental desapareció en el 476 con las invasiones de los visigodos, hunos y lombardos. Los godos ocuparon Dalmacia hasta el 535, cuando fueron expulsados por el emperador bizantino Justiniano.

En el siglo VII llegaron los ávaros, un pueblo nómada centroasiático conocido por su brutalidad. Sin embargo, fueron aniquilados en el Imperio Bizantino cuando incursionaron hacia Constantinopla gracias a la ayuda de dos tribus eslavas (los croatas y los serbios). Para el siglo VIII los croatas se habían instalado en la zona que hoy ocuparían Croacia y Bosnia. En ese momento el Ducado de Croacia comprendía casi toda la actual Dalmacia, partes de Montenegro y Bosnia occidental, mientras que el de Panonia incluía la actual Eslavonia, Zagorje y los alrededores de Zagreb. Ciudades costeras como Zadar, Split y Dubrovnik, además de las islas de Hvar y Krk pertenecían al Imperio Bizantino.

Los francos comenzaron a invadir poco a poco Europa Central desde el oeste y aunque tras la muerte de Carlomagno los croatas panonios intentaron revelarse, no lo consiguieron, pues no contaban con la ayuda de los dálmatas.

Tomislav fue el primer gobernante de Croacia que usó el título de rey de Croacia en una carta al Papa Juan X en 925. Unió por primera vez ambas ramas bajo un mismo reino que fue expandiéndose derrotando a húngaros y búlgaros.

Aunque los húngaros consiguieron el trono en 1102 al imponer el Pacta Conventa, que estipulaba que Hungría y Croacia eran entidades independientes gobernadas por la monarquía húngara. En los cuatro siglos posteriores el Reino de Croacia estuvo gobernado por el Parlamento (Sabor) y un Virrey (Ban) elegido por el rey húngaro. Durante este período hubo una lucha constante por el control de las costas del Adriático contra los avances del Imperio Otomano y la República de Venecia.

En 1428 los venecianos se hicieron con la mayor parte de Dalmacia, aunque la Ciudad-Estado de Dubrovnik consiguió mantenerse independiente. Por su parte los turcos conquistaron Krbava en 1493 y Mohács en 1526. Un año más tarde, tras la muerte del rey Luis II el parlamento eligió a Fernando I de Habsburgo como su sucesor con la condición de que mantuviera lejos a los turcos.

En 1538, tras las múltiples victorias otomanas, Croacia quedó dividida en una zona militar (controlada por el emperador austriaco) y otra civil. Por fin la primera derrota turca llegó en 1593 en la batalla de Sisak, lo que supuso una cierta estabilización de las fronteras. Poco más tarde, entre 1667–1698, tuvo lugar la Gran Guerra Turca, en la que los croatas recuperaron Eslavonia y los turcos comenzaron a retirarse del centro de Europa. Sin embargo, Bosnia continuó en el Imperio Otomano. Como consecuencia de la contienda bélica y de los movimientos fronterizos muchos croatas emigraron a Austria. Para compensar este flujo migratorio los Habsburgo reclutaron a los cristianos ortodoxos de Bosnia y Serbia para servir al ejército en la Frontera Militar.

Entre 1797 y 1809 el Primer Imperio francés fue ocupando la costa este del Adriático y terminando con las repúblicas de Venecia y Ragusa. Nacieron así las Provincias Ilirias. Napoleón encargó recuperar el territorio abandonado reforestando colinas, construyendo carreteras y hospitales así como escuelas primarias y secundarias y la universidad en Zadar.

Sin embargo, en 1815, tras la caída del imperio napoleónico y gracias al Congreso de Viena, Dalmacia fue anexionada por Austria y el resto de Croacia a la provincia húngara. Los croatas no quedaron muy contentos con este cambio, pues, aunque tradicionalmente los dálmatas de clase alta hablaban italiano y la nobleza del norte de Croacia alemán o húngaro; con la llegada de Napoleón y la educación implantada, había nacido en el sur un movimiento ilirio con una conciencia eslava que pretendía recuperar la lengua croata.

Durante la Revolución Húngara de 1848, el virrey Josip Jelačić ayudó a derrotar a las fuerzas húngaras, a lo que seguiría un proceso de germanización.​ Sin embargo, pronto esta política se vio que no funcionaba y en 1867 se celebró el Compromiso austrohúngaro por el que Croacia quedaba en manos de Hungría. Quedaban así unificados los reinos de Croacia y Eslavonia. Dalmacia por el contrario quedó bajo dominio austriaco. Cualquier intento de autogobierno en Croacia murió con este reparto.

No murió sin embargo el movimiento ilirio, ahora convertido en Partido Nacional y con aspiraciones a crear una entidad yugoslava que uniera a serbios y croatas). También apareció el Partido de los Derechos (liderado por el antiserbio Ante Starčević), que buscaba una una Croacia independiente integrada por Eslavonia, Dalmacia, Krajina, Eslovenia, Istria y parte de Bosnia y Herzegovina. Como reacción se desarrolló el sentimiento de una identidad serbia ortodoxa independiente. Aún así, el espíritu de unidad creció y en 1905 los croatas de Rijeka y los serbios de Zadar se unieron para exigir la unificación de Dalmacia y Eslavonia.

Austría-Hungría pretendía conformar una federación en la que Croacia fuera una unidad federal, sin embargo, estalló la I Guerra Mundial y cayó el Imperio Austrohúngaro. El 29 de octubre de 1918 el parlamento declaró la independencia y como ya hemos visto en la entrada previa, Croacia se incorporó al recién formado Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios, que a su vez se uniría en diciembre con Reino de Serbia formando así el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos con sede en Belgrado. La cosa no cambió mucho con respecto a la etapa anterior, ya que los croatas apenas contaban con autonomía. Y menos aún con la constitución de 1921 que abolió el Parlamento croata y centralizó el poder en Belgrado. El croata Stjepan Radić, que creía en una Yugoslavia federal, capitaneó la oposición y en vista de que era una seria amenaza contra el régimen acabó siendo asesinado en 1928 en la Asamblea Nacional.

El rey Alejandro I aprovechando el momento de caos y el miedo de la población a una guerra civil acabó imponiendo una dictadura monárquica. Abolió los partidos políticos y el Parlamento. Al día siguiente de esta proclamación el bosnio croata Ante Pavelić fundó en Zagreb el Movimiento de Liberación Croata de la Ustacha con el objetivo de conseguir la independencia. Contactó con revolucionarios macedonios antiserbios en Bulgaria y luego marchó a Italia donde gracias a Mussolini creó campos de entrenamiento. En 1934 asesinaron al rey en Marsella.

Pero no todo el mundo comulgaba con estas políticas y también hubo un importante movimiento antifascista: el de los partisanos de Liberación Nacional dirigidos por Josip Broz “Tito”, que obtuvo un amplio apoyo popular a su manifiesto por la Yugoslavia Federal.

En 1941 Alemania e Italia ocuparon Yugoslavia y algunas partes de Croacia se incorporaron al Estado Independiente de Croacia (NDH), que no era más que un estado títere de los nazis con miembros exiliados de la Ustacha en el poder. Pronto los ultranacionalistas introdujeron leyes antisemitas y de limpieza étnica. Se cargaron a judíos (se estima que de 39.000 solo sobrevivieron 9.000), a unos 537.000 serbios (aunque los datos son inciertos) y a gitanos. También unos 200.000 croatas fueron asesinados durante el conflicto.

En junio de 1941 se fundó el Primer Partido Separatista Sisak y nació una resistencia comunista multi-étnica y anti-fascista liderada por Tito. Los aliados, que se dieron cuenta de que los partisanos eran los verdaderos antinazis, los apoyaron logísticamente y en equipamiento, entrenamiento, asistencia de tropas y fuerzas aéreas. Así, el 20 de octubre de 1944, entraron en Belgrado junto al Ejército Rojo y en 1945, con la rendición de Alemania, Pavelić y la Ustacha huyeron y los partisanos tomaron Zagreb. Para mayo de 1945 se habían hecho con el control de Yugoslavia y de las regiones cercanas de Trieste y Carintia. Tras la II Guerra Mundial Croacia se convirtió en una unidad federal socialista perteneciente a la República Federal Socialista de Yugoslavia.

En 1967 varios autores y lingüistas croatas demandaron una mayor autonomía del idioma. Poco después surgió un movimiento que reclamaba más derechos civiles y la descentralización de la economía. Estas peticiones fueron el germen de la Primavera Croata de 1971. Y aunque las protestas fueron reprimidas por el gobierno, en la constitución yugoslava de 1974 se acabó incrementando la autonomía de las unidades federales.

Con la muerte de Tito en 1980 ya vimos en la entrada sobre Yugoslavia que el poder del Estado comenzó a inclinarse hacia Serbia mientras el resto de repúblicas miraban con desconfianza planteándose la disolución. Eslovenia fue la primera en plantarse ante Milošević y moverse hacia la independencia. Croacia miraba de reojo, pues si Eslovenia se independizaba le iba a ser insostenible quedarse en una Yugoslavia totalmente descompensada hacia el lado serbio.

En 1990 se celebraron las primeras elecciones multipartidistas y ganó Franjo Tuđman, de la Unión Democrática Croata. A finales del mismo año una nueva Constitución croata cambió el estatus de los serbios en Croacia (unos 600.000), que pasaron de ser una “nación constituyente” a una minoría nacional. La nueva Carta Magna no garantizaba los derechos de las minorías, lo que provocó despidos en masa de funcionarios serbios. Seguían las tensiones.

Tras el referéndum de mayo de 1991 en el que ganó por aplastante mayoría el sí, se proclamó la República el 25 de junio. Ante esto, los serbios declararon la autonomía de territorios para conformar la República Serbia de Krajina. Varios violentos enfrentamientos acabaron desembocando en una guerra que duró 6 meses y en la que murieron 10.000 personas, cientos de miles huyeron y decenas de miles de hogares fueron destruidos. El 3 de enero tuvo lugar el alto el fuego gracias a la intervención de la ONU. Las tropas se retiraron y disminuyeron las tensiones. La Unión Europea reconoció a Croacia como país y poco después lo hizo la ONU.

Los serbios de Krajina no querían ser croatas, sino que votaron a favor de unirse a la Gran Serbia, que incluía partes de Bosnia y Croacia controladas por los serbios. Ante este avance los croatas y los musulmanes bosnios se unieron, pero acabaron enfrentándose entre ellos y los primeros derribaron el antiguo puente de Mostar. El conflicto acabó en 1994 con la creación de la Federación croata-musulmana.

Paralelamente el Gobierno de Croacia se hizo con armas y en mayo de 1995 el Ejército y la policía conquistaron la ocupada Eslavonia occidental. Los serbios de Krajina respondieron bombardeando Zagreb. Sin embargo, sin el apoyo de Belgrado tuvieron que retroceder y el ejército serbio acabó huyendo al norte de Bosnia. Finalmente en 1995 se dio por concluida la guerra firmando el Convenio de Erdut donde Croacia recuperó sus territorios ocupados. Recuperó así la Eslavonia oriental.

En 1999 murió Franjo Tuđman y un año más tarde se celebraron unas elecciones en las que Stjepan Mesić se convirtió en el presidente del país. Hasta el momento la constitución contemplaba un sistema bicameral, pero en 2001 se cambió por uno unicameral aboliendo la Cámara de los Condados.

En 2013 Croacia se convirtió en el 28º país en ingresar en la Unión Europea, para lo que tuvo que resolver las disputas fronterizas que mantenía con Eslovenia. Sin embargo, de momento no ha entrado en el Euro y sigue manteniendo la Kuna.

En febrero del 2015, Kolinda Grabar-Kitarović, del partido ultraconservador Unión Democrática Croata, se convirtió en la primera mujer en llegar a la presidencia de Croacia.

De las antiguas repúblicas que formaban Yugoslavia, Croacia es probablemente la que más se ha abierto al turismo y se encuentra dentro de los veinte destinos turísticos más visitados del mundo. Sobre todo la industria turística se centra en sus 1.779 kilómetros de costa y 1.244 islas, aunque también el interior recibe visitantes que buscan destinos de montaña, agroturismo (cuenta con ocho Parques Nacionales y diez Parques Naturales) y balnearios. Este crecimiento quizá se debe a la rápida mejora de sus infraestructuras llevada a cabo entre finales de los 90 y principios de los años 2000. Por ejemplo, se mejoraron las carreteras consiguiendo que Zagreb quedara conectada con casi todas las regiones y más allá, traspasando las fronteras a otras capitales europeas próximas como Liubliana, Belgrado, Sarajevo o Budapest. Asimismo cuenta con una importante red de ferrocarriles que cubre casi 3000 kilómetros y seis aeropuertos internacionales (Zagreb, Zadar, Split, Dubrovnik, Rijeka, Osijek y Pula).

Obviamente los puertos tienen gran relevancia, pues un país con una gran línea costera. El de carga más importante es el de Rijeka y los más transitados son los de Split y Zadar. Cuenta además con varios menores desde los que salen trasbordadores que unen la costa con las numerosas islas del país así como con Italia. A nivel fluvial, cabe destacar el de Vukovar, a orillas del Danubio.

Como consecuencia de su ubicación geográfica, Croacia aúna cuatro culturas diferentes. Por una parte sirve de eje entre la cultura occidental y oriental ya que osciló entre Imperio Romano e Imperio Bizantino. Por otra entre la cultura centroeuropea y la mediterránea.

El momento álgido de su cultura nacional fue la época iliria, cuando hubo un gran desarrollo de las artes y la cultura. Además supuso la emancipación del idioma croata, una lengua eslava meridional. Entre 1961 y 1991 el idioma oficial fue el serbocroata (también llamado como croataserbio). En aquel momento la serbia y la croata no eran consideraban como dos lenguas diferentes a pesar de que usaban alfabetos distintos (el croata usa el latino mientras que el serbio el cirílico serbio). En la actualidad se intenta mantener el idioma limpio de extranjerismos y se han adaptado para que parecieran eslavas palabras ya incorporadas a su vocabulario de origen austriaco, húngaro, italiano y turco.

La mayor parte de la población del país es croata (casi un 90%), del mismo modo, el catolicismo es la religión mayoritaria. Y es que la afiliación religiosa en Croacia va relacionada con la procedencia étnica, de forma que por ejemplo la mayor parte de los cristianos ortodoxos son de origen serbio y viven en las ciudades cercanas a la frontera con Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro. Según la constitución se trata de un estado laico donde hay libertad de culto y libertad de profesar de forma pública la convicción religiosa de cada uno.

A efectos reales, la iglesia y los grupos conservadores cuentan con una importante influencia en todos los ámbitos de la vida de la ciudadanía. Queda especialmente patente en el debate sobre el derecho al aborto que, aunque es legal desde mediados de 1946 (cuando aún era Yugoslavia), desde 2003 la ley permite ejercer su derecho de objeción de conciencia a los médicos. Se estima que un 70% del personal médico se declara objetor de conciencia, algo que ya en 2014 provocó que en cinco hospitales públicos no se realizasen interrupciones voluntarias del embarazo. En aquel momento el partido socialista introdujo una medida por la que en tal caso se contratase a profesionales externos para garantizar la intervención. Sin embargo, esta medida fue eliminada al llegar el partido deGrabar-Kitarović al gobierno.

La Iglesia también intervino recientemente para exigir que el país no ratificara el Convenio de Estambul, pues se resisten a reconocer los derechos de las personas trans y el matrimonio igualitario. Las uniones civiles entre personas del mismo sexo fueron aprobadas en 2003, pero no estaban equiparadas a las heterosexuales, ya que no podían adoptar ni tenían derecho en relación a impuestos, propiedades, seguros médicos o pensiones. Hubo que esperar hasta 2014 cuando, gracias a 89 votos a favor y 16 en contra, se aprobó la nueva ley por la que los homosexuales consiguieron los derechos a heredar y pensionarse entre sí, así como los beneficios fiscales y de atención médica que ya tenían las parejas heterosexuales. Eso sí, sigue sin contemplar la adopción y no queda recogido como matrimonio sino como unión civil, ya que la Iglesia Católica de Croacia emprendió una campaña de recogida de firmas y un posterior referéndum que, a pesar de contar con una participación inferior al 40%, fue vinculante.

Religión y política aparte, hay muchos motivos para visitar Croacia, ya sea para conocer su historia, sus playas o su naturaleza. Ya habíamos pisado suelo croata en 2008 cuando visitamos Dubrovnik como escala del crucero por el Mediterráneo, así que esta vez descartamos la ciudad amurallada y decidimos comenzar por Zagreb, la ciudad más poblada de Croacia.

Balcanes II. Repaso de Historia. Recordando Yugoslavia

Antes de comenzar a recorrer Zagreb, vamos a ponernos un poco en situación sobre dónde nos encontramos para tener un contexto. En mi caso durante toda mi etapa escolar he sido una negada en Historia. Es curioso porque sin embargo siempre me han gustado mucho las letras en general y la lectura, pero tuve mala base en el colegio y de ahí me costó remontar. Nuestro profesor nos hacía leer en alto la lección y después copiarla. Había días que a lo mejor teníamos que hacer un par de ejercicios, pero cero interés o comprensión de la materia. Así que a pesar de los notables en mis notas hay un gran vacío en mi mente que voy llenando a medida que viajo y me intereso un poco sobre los lugares que voy a visitar.

Con la antigua Yugoslavia no podía ser menos, claro. No aprendí nada en su día, y eso que la desintegración del país me pilló en el último ciclo de la EGB y podría haber comprendido el contexto histórico sobre la marcha. Pero no, estábamos al copia y pega. A mediados del último curso de la ESO, allá por el 95/96, llegó un nuevo compañero procedente de Croacia, Zoran, que nos contó que había dejado atrás su país tras la guerra. Sin embargo, su falta de dominio del castellano y lo espinoso del tema influyeron en que no habláramos con él de ello. Así pues, no aprendí nada en su momento y ahora, más de veinte años después toca visitar aquellas tierras y de tratar de entender aquella guerra, el pasado y el presente. Allá vamos.

La pérdida de poder del Imperio Otomano a principios del siglo XIX y las Guerras de los Balcanes de 1912-1913 contribuyeron a que en 1918 se constituyera un nuevo estado a partir de la unión de los Reinos de Serbia y de Montenegro con territorios que habían pertenecido al Imperio Austrohúngaro (Croacia, Eslovenia y Vojvodina; Carniola, parte de Estiria y la mayor parte de Dalmacia del lado austríaco, además de la provincia imperial de Bosnia y Herzegovina). Nació así el  1 de diciembre Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos a las órdenes de Alejandro I, de la dinastía serbia Karađorđević. El reino fue llamado Yugoslavia o Yugoeslavia (tomando las palabras serbias Yug, que significa “sur”, y Slavija, que viene a ser “Tierra de eslavos”). Sin embargo, no fue fácil cohesionar a un país formado por tal diversidad. El estado contaba con cuatro culturas (con ocho raíces culturales diferentes), tres lenguas, dos alfabetos y siete religiones. Lo de Bélgica queda como un chiste si comparamos.

Ya desde el principio había tensiones entre las diferentes nacionalidades, pero la cosa se puso más complicada aún en 1928 cuando Stjepan Radić, líder del Partido Campesino Croata, fue asesinado en el parlamento y fue acusado un diputado montenegrino. El rey clausuró el parlamento y asumió el gobierno del país convirtiéndolo en el Reino de Yugoslavia. Y este no fue el único cambio, ya que la organización territorial pasó a tener una mirada en la que en el centro estaba la Gran Serbia, obviando así las nacionalidades históricas. Ahora parece claro ver que esto fue un error, pero si lo extrapolamos a otras situaciones, vemos que no hemos aprendido nada.

Pero la cosa fue a peor cuando en 1934 el rey Alejandro I fue asesinado en Marsella por un guerrillero búlgaro coordinado con facciones croatas en el exilio. Le sucedió en el trono el prepúber Pedro II, de tan solo doce años. Poco podía hacer el muchacho, así que tomó las riendas el príncipe Pablo. Pero resultó llevar a cabo políticas proalemanas, así que a principios de 1941 un Golpe de Estado llevó al trono a Pedro, que ya tenía 19 años. Este movimiento no contentó a Hitler, que el 6 de abril bombardeó Belgrado. A esta repuesta le siguió la invasión del país por parte de tropas alemanas, italianas, búlgaras, húngaras y rumanas, quienes desintegraron Yugoslavia repartiéndosela entre ellos. Nacieron en su lugar el Estado Independiente de Croacia, el Estado Independiente de Montenegro y el Estado Independiente de Serbia.

Tras la II Guerra Mundial y la pérdida de más del 10% de la población, los victoriosos partisanos de Tito organizaron la refundación del país: la Yugoslavia socialista. En 1945 se proclamó la República Democrática Federal de Yugoslavia con Ivan Ribar como presidente y con Josip Broz Tito como Primer Ministro. El 31 de enero de 1946 la nueva constitución estableció la nueva organización territorial formada por las seis repúblicas constituyentes:

  1. República Socialista de Bosnia y Herzegovina, con capital en Sarajevo;
  2. República Socialista de Croacia, con capital en Zagreb;
  3. República Socialista de Macedonia, con capital en Skopje;
  4. República Socialista de Montenegro, con capital en Titograd;
  5. República Socialista de Serbia, con capital en Belgrado, que incluía la Provincia Autónoma Socialista de Kosovo, con capital en Priština y la Provincia Socialista Autónoma de Vojvodina, con capital en Novi Sad y
  6. República Socialista de Eslovenia, con capital en Liubliana.

En noviembre del mismo año se llevaron a cabo reformas que acentuaron más el carácter socialista del país y se introdujo el sistema socioeconómico del socialismo de autogestión. También se cambió el nombre del país a República Federal Popular de Yugoslavia.

En 1953 Tito fue elegido presidente. En su gobierno pretendía corregir los errores cometidos con anterioridad y quería un Estado en el que no hubiera ningún grupo étnico dominante. Sin embargo, el equilibrio era complicado y el hecho de que el poder se concentrara en Belgrado no contentaba a todo el mundo. Además, las repúblicas más prósperas consideraban que su dinero se iba a las más pobres. Lo mismo de siempre, vaya.

En 1963 Tito fue declarado “Presidente de por vida”, momento en que se volvió a cambiar la denominación del país, convirtiéndose en República Federal Socialista de Yugoslavia (RFSY). En 1974 se reforzó el poder de autogestión de las seis repúblicas en la nueva constitución.

Cuando Tito murió en 1980 la Yugoslavia que quedó era profundamente inestable económica y políticamente. Algo que unido a la falta de liderazgo y a la batalla por la sucesión recrudeció las tensiones entre los diferentes pueblos. Sin un líder, creció la desconfianza entre los diferentes nacionalismos. En Serbia subió al poder el nacionalista Slobodan Milošević y con él la situación política iba empeorando cada más por las provocaciones hacia el resto de grupos étnicos. En 1989 la mayoría albanesa fue reprimida en la provincia serbia de Kosovo y los temores por una hegemonía serbia seguían en aumento.

En 1991 Eslovenia y Croacia declararon su intención de independizarse, pues veían cómo partidos nacionalistas serbios (ortodoxos) cada vez iban ganando más poder y no se sentían identificados con la idea que estos tenían de la Gran Serbia. A estas dos les siguieron Macedonia y Bosnia-Herzegovina en 1992. Yugoslavia, ahora conocida como República Federal de Yugoslavia tras abandonar el socialismo, se quedó únicamente formada por Serbia y Montenegro.

Eslovenia lo tuvo más fácil, ya que tras una guerra de 10 días se había independizado. La explicación es sencilla. En primer lugar tuvo rápidamente reconocimiento de países próximos y a la federación no le interesaba luchar contra potencias como Italia o Austria. Además el territorio no era muy grande, por lo que no parecía compensar meterse en tal jardín. Pero sobre todo, el principal motivo es que apenas había diversidad étnica. Prácticamente toda la población era eslovena.

Croacia viendo los resultados de Eslovenia tiró también para adelante. Sin embargo no fueron tan afortunados, pues al contrario que en Eslovenia, sí que contaban con una importante población serbocroata. En este caso sí que se encontró con más resistencia desembocando en una guerra contra el JNA, el Ejército Popular Yugoslavo, que reivindicaba territorios croatas con mayoría de población de origen serbio. Al líder nacionalista serbio Slobodan Milosevic y al serbo-bosnio Radovan Karadzic se les había metido en la cabeza que allá donde había un serbio había patria.

En mayo de 1991 se celebró un referéndum en el que un 93% de la población (con un 83% de participación) votó a favor de la independencia croata. Sin embargo, cuando la proclamó el 25 de junio los serbios declararon la autonomía de varias regiones para conformar la República Serbia de Krajina. Estos acontecimientos provocaron violentos enfrentamientos en Krajina, Baranja y Eslavonia dando inicio a la Guerra Croata de Independencia, un cruento conflicto que redujo el control croata a menos de una tercera parte de su territorio. Durante los seis meses que duró el enfrentamientos murieron 10.000 personas, cientos de miles huyeron y decenas de miles de hogares fueron destruidos.

Con dos repúblicas menos, se planteó celebrar un referéndum para conocer si la población estaba a favor o no de la independencia, algo que no fue bien visto por los serbo-ortodoxos, que abandonaron el parlamento para así manifestar su disconformidad (una costumbre que parece haberse adoptado por nuestros lares). El presidente del Partido Democrático Serbio, Radovan Karadzic insistía en que la secesión de Yugoslavia no se podía llevar a cabo contra la voluntad de la nación serbia. Además, amenazó con proclamar una nación serbia en Bosnia y Herzegovina. El referéndum tuvo lugar el 1 de marzo de 1992 con un 67% de participación y una aplastante victoria del sí con un 99,43% de los votos. Por tanto, como no hay dos sin tres, 4 días más tarde Bosnia y Herzegovina se autoproclamaba independiente. Tal y como habían anunciado, los serbios del país ocuparon el 49% del territorio bosnio estableciendo el 7 de marzo la República Srpska (República de los Serbios).

Comenzó la guerra entonces con Sarajevo como el epicentro del conflicto. La ciudad sufrió un asedio que duró desde el 5 Abril de 1992 hasta el 14 diciembre 1995. El VRS (Ejército de la República Srpska) bombardeó la ciudad cargándose mezquitas, iglesias, el parlamento, la biblioteca… Los ataques a civiles eran cada vez más sangrientos, no importando si se trataba de hospitales, colegios… Muchos soldados serbios lo veían como un juego. Se pasaban el día bebiendo y apostando a ver cuántas personas podían matar con sus disparos. Por supuesto las violaciones a mujeres y niñas estaban a la orden al día.

Finalmente la guerra concluyó básicamente por 3 motivos:

  • Por un lado porque la OTAN intervino bombardeando Serbia tras la masacre de Srebrenica en la que fueron aniquilados unos 8.000 musulmanes.
  • Por otro porque los propios soldados serbo-bosnios empezaron a darse cuenta de que luchaban por un imposible.
  • Y finalmente porque ya no quedaba limpieza étnica que hacer.

El 21 Noviembre 1995, en Dayton (EEUU) los presidentes de Bosnia, Croacia y Serbia firmaron un acuerdo de paz mediante el que Bosnia quedó dividida en dos partes (la República Srpska con el 49% del territorio donde viven bosnios-serbios) y la Federación de Bosnia y Herzegovina (con el 51% del territorio, dividida en 10 cantones, donde conviven sin mezclarse bosnios musulmanes y bosnios croatas).

Es decir, al final los serbios se quedaron con la mitad del país. Y además, mientras que antes de la guerra había una convivencia, una mezcla de las diferentes etnias; hoy en día hay una separación geográfica dejando a un país más separado aún de lo que estaba.

En 2003 la República Federal de Yugoslavia pasó a ser la unión de Estado de Serbia y Montenegro, aunque en 2006 Montenegro se independizó y se convirtieron en estados autónomos.

En la actualidad sigue habiendo conflicto en los Balcanes, pues Kosovo sigue en disputa entre Serbia y la autodenominada República de Kosovo. Aunque Kosovo ya ha sido reconocido como estado por 113 de los 193 miembros de la ONU (España no, claro, no sea que le repercuta a nivel interno).

Han pasado 25 años de aquel sangriento conflicto y los nuevos países han ido creciendo, pero seguro que queda mucho que descubrir en sus calles.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13 III: Boston: Freedom Trail II

Seguimos por la Congress Street hasta el Faneuil Hall, un edificio conocido como la Cuna de la Libertad y el Hogar de la Libertad de Expresión puesto que acogió diversos discursos patrióticos. Construido por John Smibert entre 1740 y 1742 con un estilo de mercado inglés campesino y financiado por el adinerado comerciante bostoniano Peter Faneuil, nació como centro de comercio, aunque en principio no fue muy bien acogido, ya que algunos vendedores pensaban que no les beneficiaría tener tan cerca a la competencia. Sin pretenderlo sirvió de foro abierto para el debate y sobre todo para proclamar la disidencia contra la opresión británica. Allí protestaron por ejemplo en 1764 contra la Ley del Azúcar y la Ley del Timbre. A estas reuniones les siguieron otras para quejarse sobre las Leyes de Townshend, la ocupación de los soldados británicos y la Ley del Té.

Uno de los más famosos oradores del Faneuil Hall fue Samuel Adams, quién en 1763 ya sugirió la unión de las colonias británicas americanas para su lucha contra el gobierno británico. Para recordarle, se erige una estatua suya frente a la fachada principal del edificio.

El Fanueil Hall fue ampliado a finales del siglo XVIII pues era muy visitado. De nuevo a finales del siglo XIX se realizaron nuevas reformas. Volvió a ser reformado en la década de 1970 y más recientemente en 1992.

Detrás está el Quincy Market, el primer proyecto del alcalde Quincy. En mayo de 1823, poco después de su elección, Josiah Quincy estaba mirando desde su oficina de Faneuil Hall y observó cómo el mercado se había quedado pequeño para las necesidades de la ciudad, por lo que rápidamente formó un comité para buscar una solución. Un año después tenía un nuevo proyecto que sentó las bases de este mercado gastronómico.

Fue llevado a cabo por el arquitecto e ingeniero Alexander Parris y se abrió al público el 26 de agosto de 1826 bajo el nombre de Faneuil Hall Market, aunque se hicieron sugerencias para que se renombrara en honor al alcalde. Este sin embargo rechazó tal propuesta, lo cual no ha impedido que coloquialmente se haya conocido así. De hecho, en 1989 se colocaron letreros dorados en los que se puede leer Quincy Market en el frontispicio de ambos pórticos renacentistas griegos.

Este nuevo edificio sirvió como centro comercial de productos alimenticios con varios almacenes de productos como huevos, queso y pan. Muchos de los comerciantes del Faneuil Hall se reubicaron en él, sin embargo, para 1850 había llegado al máximo de su capacidad, por lo que se llevaron a cabo planes de ampliación incorporando los mercados sur y norte a ambos lados del edificio principal.

Asimismo, la planta baja de Faneuil Hall se volvió a comercializar en 1858 para añadir más espacio. No obstante, a mediados de siglo, como consecuencia del crecimiento de Boston, la gente comenzó a comprar cerca de sus casas, por lo que el mercado pasó a ser un centro mayorista.

A principios de la década de 1970 los comerciantes se habían ido mudando a otras instalaciones más grandes y modernas, por lo que el mercado cayó en decadencia. Así pues, se decidió restaurar por completo para que volviera a ser útil. Gracias a aquellas obras, en la actualidad sigue siendo lugar de encuentro de los bostonianos, aunque ahora se ha reconvertido como mercado gastronómico en el que predominan los locales de comida rápida y restaurantes.

Cuenta con dos pisos de altura y con una superficie de 2.500 metros cuadrados. Con un exterior realizado en granito y paredes interiores de ladrillo rojo, acoge 128 locales en su planta baja dispuestos en torno a un largo pasillo en su línea central.

En la parte superior se ha dispuesto en torno a una glorieta y bajo la cúpula de cobre un espacio abierto con mesas en el que poder sentarse a comer. En esta zona se conservan además algunos elementos antiguos como los letreros de los puestos.

Esta cúpula elíptica es uno de los pocos elementos decorativos que sobreviven del diseño arquitectónico interior de Alexander Parris.

Todo el complejo fue designado Monumento Histórico Nacional e incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1966. Además, su éxito llevó a la construcción de otros mercados similares por todo el país.

En las calles entre el Quincy Market y sus mercados adyacentes también podemos encontrar más puestos de comida así como vendedores ambulantes de regalos y recuerdos. También utilizan el espacio artistas callejeros. Sin duda es un lugar con mucha vida.

Y era un buen lugar para comer, pues había locales de todo tipo de comida, y era la hora, sin duda. Sin embargo, ya llevábamos en mente comer un bocadillo de langosta en Pauli’s Lobsta Roll, así que seguimos nuestro camino hasta el North End.

En la cocina en Boston, al igual que en Nueva Inglaterra, predominan los mariscos y productos lácteos. Sus platos más conocidos, son la sopa de almejas, el fish and chips, baked beans, almejas al vapor o almejas fritas y langostas.

Y precisamente el Lobsta Roll de St Pauli’s es uno de los más famosos de la ciudad, así que pedimos uno para cada uno. Acompañamos dos con patatas y otros dos con aros de cebolla.

El secreto de este bocadillo es que el pan recién horneado se unta con mantequilla y se pone en la parrilla para que quede crujiente. Después se rellena con la langosta y se rocía con un jugo de limón y mayonesa para que se quede todo unido.

Es cierto que va bien cargado de langosta, pero me decepcionó un poco. Sobre todo por el pan, que no aporta nada, salvo que se hace bola y deja un sabor empalagoso con la mantequilla. La carne de la langosta sí que estaba rica y jugosa. En cuanto a los aros y las patatas, pues muy grasientos. Además, no son baratos precisamente. Quizá deberíamos haber elegido unas ensaladas o algún plato en el que predominara más el sabor de la langosta y no quedara tapado por el pan, la mantequilla o mayonesa. Aunque como tienen una carta tan extensa es complicado elegir y al final nos fuimos a por el mítico bocadillo para no darle muchas vueltas.

Y después de comer, seguimos por Little Italy, donde no pueden faltar salumerias, trattorias, gelaterias, restaurantes y tiendas de pasta.

Y claro, era hora del postre, así que paramos en la pastelería Modern Pastry, que lleva 150 años ofreciendo dulces típicos italianos. Incluido turrón.

Elegimos unos cannoli, típicos del carnaval de Sicilia. Aunque hoy en día se comen todo el año y en toda Italia.

Estos dulces consisten en un tubo realizado con una masa que se queda crujiente. Se pueden comer tal cual, aunque lo frecuente es que estén rellenados con una base de queso ricota.

Tras el breve desvío para comer, retomamos el Freedom Trail. Nuestra siguiente parada fue la Casa de Paul Revere.

Construida alrededor de 1680, es la estructura más antigua que queda en el centro de Boston y la única casa en el Freedom Trail (algo que diferencia al recorrido del Black Heritage Trail). Fue levantada en el lugar que ocupó la Segunda Iglesia Parroquial de Boston, tras el incendio de la misma en 1676.

Levantada en madera por el rico gobertante Howard consta de tres plantas con habitaciones espaciosas. Paul Revere, la compró en 1770 y residió en ella con su madre y nueve de sus hijos de dos matrimonios. Este colono fue famoso por su famosa cabalgada la noche del 18 al 19 de abril de 1775 para avisar a los rebeldes de Lexington de la llegada de las tropas británicas.

Allí residió hasta 1800, después la casa se vendió y los bajos se usaron como tienda de dulces, fábrica de cigarros, banco y frutería. La parte superior se dividió en viviendas para inmigrantes irlandeses, judíos e italianos, así como como pensión para marineros. Durante ese siglo pasó por varios propietarios, hasta que en 1902 el bisnieto de Revere la compró  para evitar su demolición y la restauró. Desde 1908 es un museo gestionado por la por la Paul Revere Memorial Association en el que se exponen piezas y utensilios de la época, así como mobiliario y piezas realizadas en el taller de este héroe estadounidense.

Siguiendo por Hanover Street llegamos a un parque flanqueado por dos iglesias que también lleva el nombre de Revere (Park Paul Revere Mall). Y en él podemos encontrar su estatua ecuestre.

La iglesia que está frente a Revere es la St. Stephen, anteriormente conocida como Iglesia Nueva del Norte.

Construida en ladrillo rojo y coronada por un campanario blanco fue diseñada para la Nueva Sociedad Religiosa del Norte, un grupo congregacionalista a principios del siglo XIX.

De 1813 a 1849 se convirtió al Unitarismo y en 1862 como consecuencia de la afluencia de irlandeses (incluido el abuelo materno de JFK) fue vendida a la Diócesis Católica Romana de Boston, momento en que se eliminó la veleta de la cúpula y se colocó en su lugar la cruz. Además, se realizaron cambios en su interior. En 1870, con la ampliación de la calle, tuvo que ser movida para atrás. Se cerró en 1992 y ahora pertenece a la Sociedad Misionera de Santiago Apóstol.

Tomando la misma calle Hanover y adentrándonos en Battery Street encontramos un curioso rincón (incluso un poco terrorífico) repleto de imágenes de santos, el All Saints Way.

Volviendo al Parque Paul Revere, lo atravesamos, y parece que no solo está dedicado a este héroe local, sino que también hay varias placas y memoriales en recuerdo de soldados caídos en distintas guerras.

En el extremo opuesto a la iglesia St. Stephen se erige la Old North Church, considerada la iglesia más antigua de Boston.

Construida en ladrillo en 1723 en estilo georgiano está inspirada en la inspirada en St. Andrew’s by the Wardrobe de Londres. Pero esta iglesia es relevante por su papel en la Guerra de Independencia. El 18 de abril de 1775 Paul Revere acordó con Robert Newman, sacristán de la iglesia, cómo señalizar los avances de las tropas británicas a los bostonianos. La comunicación iba a ser visual, mediante faroles colgados en el campanario: “One if by land, and two if by sea”.

Este famoso campanario, el más alto de todo Boston, además alberga las primeras campanas forjadas en Estados Unidos. Ha sido derribado dos veces por los huracanes, una vez en 1804 y otra vez en 1954.

Siguiendo la calle Hull llegamos a un nuevo punto del recorrido, otro cementerio: el Copp’s Hill Burying Ground.

En 1630 cuando las flotas de John Winthrop llegaron al puerto de Boston había tres colinas que dominaban la península de lo que ellos llamaron la ciudad de Boston: Fort Hill al sur, Beacon Hill en el centro y Copp’s Hill en el norte. Esta última era más alta que en la actualidad, pues fue cortada en el siglo XIX para rellenar la zona en la que hoy se encuentra la Estación del Norte. En un primer lugar la colina se llamó Wind Mill Hill o Mill Hill porque había un molino desde 1632. Después cambió su nombre en honor a William Copp y su familia, quienes se habían mudado a la zona sobre 1635.

Es el segundo cementerio más antiguo de la ciudad. En 1659, el Cementerio Central, el de la King’s Chapel, estaba saturado. Así que, se compró este terreno para abrir uno nuevo. Comenzó en lo alto de la colina, cerca del río y de las calles Charter y Snow Hill, después, en 1711 se extendió hacia la calle Hull. En el siglo XIX se amplió otras dos veces en 1809 y 1825. Acabó convirtiéndose en el mayor cementerio colonial de la ciudad.

Al principio no tenía árboles y las tumbas se disponían en grupos familiares. En el siglo XIX los cementerios se transformaron en parques, así que muchas familias movieron a sus antepasados a nuevos camposantos como el Moint Auburn y Forest Hills. Así, en la década de 1830 el Copp’s Hill fue reorganizado en hileras, creando pasillos y caminos y levantando muros.

Cuenta con unas 1.200 tumbas, entre las que encontramos las de notables bostonianos de mediados de siglo XIX que residían en el North End, como el sacristán Newman. También se halla la de Prince Hall, un hombre negro libre que fundó el primer Black Masonic Lodge de Estados Unidos. Solicitó a la legislatura de Massachusetts que pusiera fin a la esclavitud.

Junto a su tumba se halla un emblema que lo reconoce como patriota.

El terreno del cementerio también fue usado como campo de entrenamiento por los británicos durante la Batalla de Bunker Hill en 1775, ya que está en una colina y ofrece unas buenas vistas panorámicas. De hecho, en la lápida de Daniel Malcolm, comerciante y patriota, se pueden ver las secuelas de las balas británicas.

En 1878 se encontraba muy abandonado y formaba parte de la Freedom Trail, sino que fue incorporado después.

Ya estábamos casi al final del recorrido, nos faltaban un par de paradas al otro lado del río. Para ello hay que cruzar el Charleston Bridge, un puente no apto para acrofóbicos, ya que la pasarela para peatones es tan solo una rejilla, por lo que se ve el río bajo los pies.

Desde él vemos los astilleros de Charlestown Navy Yard.

Cuando el Capitán William Bainbridge se puso al mando del Navy Yard en abril de 1812 encontró una pequeña y pantanosa tierra y nueve edificios abandonados. Con solo doce años no había un puerto lo suficientemente profundo para barcos o espacio de almacenaje adecuado para los suministros. Bainbridge intentó en repetidas ocasiones mejorar las instalaciones, pero no había fondos. En 1813 los trabajadores construyeron un nuevo almacén de ladrillo y una herrería, y en 1814 un enorme cobertizo para cubrir a los barcos mientras eran construidos. A pesar de estas mejoras, tuvieron que pasar muchos años antes de que el Navy Yard adquiriera el aspecto industrial que tiene hoy en día.

En el Centro de Visitantes se puede conocer su historia. Además, en sus alrededores hay expuestos cañones, anclas, así como paneles informativos y figuras de personajes ilustres.

Miles de civiles trabajaban en el Navy Yard, pero luego volvían a sus barrios de Boston. Sin embargo, para algunos trabajadores navales, el astillero, además de ser su lugar de trabajo, también era su hogar. Algunos vivían en la Casa del Comandante en la colina, otros sin embargo lo hacían en barracones.

Esta casa en la colina fue construida en 1805 para el comandante y su familia. Durante 170 la mansión de 14 habitaciones fue también el lugar donde se celebraban recepciones locales, nacionales e internacionales. Hoy los barracones todavía contienen elementos de la estructura original de 1810 y son los barracones más antiguos que aún se conservan en el país. Eso sí, en la actualidad son oficinas del National Park Service y US Navy.

En 1833 se construyó una hilera de cinco casas para los comerciantes. Los oficiales de guardia, así como el maestro fabricante de velas y el maestro carpintero dirigían las tiendas principales. Hoy estas casas son residencias privadas para los miembros del National Park Service y las familias de los marines.

El USS Constitution fue la primer embarcación en ubicarse en el muelle 1 del Navy Yard. Se trata del barco de guerra en activo más antiguo del país (data de 1797). Le debe su nombre a George Washington, que quiso honrar a la tan ansiada Constitución. Navegó por las Antillas, Brasil y la costa de África Occidental y participó en las Guerras de Berbería. Pero cuando realmente se ganó la fama fue durante la Guerra de 1812, cuando recibió el apodo de Old Irionsides porque su casco de roble era tan grueso que las balas de cañón lanzadas por la fragata británica HMS Guerriere acababan rebotando.

Iba a ser desguazado, sin embargo a finales del siglo XIX consiguió ser salvado y se convirtió en museo. En 1997 fue restaurado y puede navegar. De hecho, cada 4 de julio recorre el puerto, momento además en que aprovecha para cambiar su posición de amarre y que así no se

El buque se salvó del desguace gracias al poema Oliver Wendell Holmes, titulado Old Ironsides. Compuesto en 1830 el autor pidió ayuda pública para salvar el buque, dado que las reparaciones para su puesta de nuevo en servicio eran costosas. Finalmente el presupuesto fue aprobado y el barco salvado. En 1907 el USS Constitution fue convertido en museo. En 1997 sería restaurado, siendo capaz de navegar por sus propios medios. Cada 4 de julio, Día de la Independencia de los los Estados Unidos, zarpa para recorrer el puerto, cambiando además su posición de amarre con el fin proteger ambos lados del barco de la condiciones ambientales.

Invicto en 33 batallas hoy se puede visitar por dentro, así como su museo, en el que hay exhibiciones interactivas y prácticas.

También está permanentemente atracado el USS Cassin Young, un destructor de la Segunda Guerra Mundial.

Tomando la calle Tremont, nos dirigimos al último punto de la ruta, el Monumento de Bunker Hill.

En el centro del parque sobre la colina se erige un obelisco de granito, de 67 metros de altura, que conmemora la primera gran batalla de la Guerra de Independencia, la batalla de Bunker Hill (17 de junio de 1775).

El ejército británico era una de las mejores fuerzas militares de la época. Sus líderes eran oficiales de carrera. Las tropas entrenaban regularmente y estaban bien equipadas. Aún así, también reclutaban soldados en contra de su voluntad, generalmente hombres pobres y desempleados, a veces también algunos prisioneros. Por su parte, la mayoría de los colonos no entrenaban, sino que se unían voluntariamente a la milicia. Los británicos no esperaban que un grupo organizado lo hiciera tan bien como al final resultó. Aunque los americanos perdieron en esta batalla, eso les hizo fortalecerse y luchar más fuerte para conseguir su independencia. Así, aunque técnicamente los ganadores fueron los británicos, vencieron perdiendo en el camino la mitad de sus hombres y tan solo nueve meses más tarde las tropas de George Washington consiguieron expulsarles.

Tras la batalla, en la década de 1820,  el terreno de la colina se convirtió en tierra sagrada debido a un nuevo sentimiento patriótico. Los americanos querían honrar el sacrificio y servicio a la nación de sus antepasados, así que, durante dos décadas, muchos hombres y mujeres, liderados por la Bunker Hill Monument Association, trabajó para para construir un monumento que los recordara.

La primera piedra del monumento fue colocada en 1825 por el héroe Marquis De Lafayette, en el 50 aniversario de la batalla y fue concluido en 1842. El 17 de junio de 1843 Daniel Webster habló a una multitud de 100.000 personas para inaugurarlo. Hoy en día se puede subir para ver Boston desde las alturas, aunque llegamos justo cuando estaban con el último pase.

Frente al obelisco, ya fuera del parque, se encuentra el museo, en el que se puede conocer la historia de la batalla así como objetos usados en la misma.

Además, no podía faltar en el parque la estatua de William Prescott, el coronel que comandó las fuerzas patriotas en la Batalla de Bunker Hill y que se hizo conocido por la frase “No disparen hasta que vean el blanco de sus ojos”.

Aún nos quedaba tarde, así que tomamos el metro para acercarnos al campus del famoso MIT.