Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13 III: Boston: Freedom Trail II

Seguimos por la Congress Street hasta el Faneuil Hall, un edificio conocido como la Cuna de la Libertad y el Hogar de la Libertad de Expresión puesto que acogió diversos discursos patrióticos. Construido por John Smibert entre 1740 y 1742 con un estilo de mercado inglés campesino y financiado por el adinerado comerciante bostoniano Peter Faneuil, nació como centro de comercio, aunque en principio no fue muy bien acogido, ya que algunos vendedores pensaban que no les beneficiaría tener tan cerca a la competencia. Sin pretenderlo sirvió de foro abierto para el debate y sobre todo para proclamar la disidencia contra la opresión británica. Allí protestaron por ejemplo en 1764 contra la Ley del Azúcar y la Ley del Timbre. A estas reuniones les siguieron otras para quejarse sobre las Leyes de Townshend, la ocupación de los soldados británicos y la Ley del Té.

Uno de los más famosos oradores del Faneuil Hall fue Samuel Adams, quién en 1763 ya sugirió la unión de las colonias británicas americanas para su lucha contra el gobierno británico. Para recordarle, se erige una estatua suya frente a la fachada principal del edificio.

El Fanueil Hall fue ampliado a finales del siglo XVIII pues era muy visitado. De nuevo a finales del siglo XIX se realizaron nuevas reformas. Volvió a ser reformado en la década de 1970 y más recientemente en 1992.

Detrás está el Quincy Market, el primer proyecto del alcalde Quincy. En mayo de 1823, poco después de su elección, Josiah Quincy estaba mirando desde su oficina de Faneuil Hall y observó cómo el mercado se había quedado pequeño para las necesidades de la ciudad, por lo que rápidamente formó un comité para buscar una solución. Un año después tenía un nuevo proyecto que sentó las bases de este mercado gastronómico.

Fue llevado a cabo por el arquitecto e ingeniero Alexander Parris y se abrió al público el 26 de agosto de 1826 bajo el nombre de Faneuil Hall Market, aunque se hicieron sugerencias para que se renombrara en honor al alcalde. Este sin embargo rechazó tal propuesta, lo cual no ha impedido que coloquialmente se haya conocido así. De hecho, en 1989 se colocaron letreros dorados en los que se puede leer Quincy Market en el frontispicio de ambos pórticos renacentistas griegos.

Este nuevo edificio sirvió como centro comercial de productos alimenticios con varios almacenes de productos como huevos, queso y pan. Muchos de los comerciantes del Faneuil Hall se reubicaron en él, sin embargo, para 1850 había llegado al máximo de su capacidad, por lo que se llevaron a cabo planes de ampliación incorporando los mercados sur y norte a ambos lados del edificio principal.

Asimismo, la planta baja de Faneuil Hall se volvió a comercializar en 1858 para añadir más espacio. No obstante, a mediados de siglo, como consecuencia del crecimiento de Boston, la gente comenzó a comprar cerca de sus casas, por lo que el mercado pasó a ser un centro mayorista.

A principios de la década de 1970 los comerciantes se habían ido mudando a otras instalaciones más grandes y modernas, por lo que el mercado cayó en decadencia. Así pues, se decidió restaurar por completo para que volviera a ser útil. Gracias a aquellas obras, en la actualidad sigue siendo lugar de encuentro de los bostonianos, aunque ahora se ha reconvertido como mercado gastronómico en el que predominan los locales de comida rápida y restaurantes.

Cuenta con dos pisos de altura y con una superficie de 2.500 metros cuadrados. Con un exterior realizado en granito y paredes interiores de ladrillo rojo, acoge 128 locales en su planta baja dispuestos en torno a un largo pasillo en su línea central.

En la parte superior se ha dispuesto en torno a una glorieta y bajo la cúpula de cobre un espacio abierto con mesas en el que poder sentarse a comer. En esta zona se conservan además algunos elementos antiguos como los letreros de los puestos.

Esta cúpula elíptica es uno de los pocos elementos decorativos que sobreviven del diseño arquitectónico interior de Alexander Parris.

Todo el complejo fue designado Monumento Histórico Nacional e incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1966. Además, su éxito llevó a la construcción de otros mercados similares por todo el país.

En las calles entre el Quincy Market y sus mercados adyacentes también podemos encontrar más puestos de comida así como vendedores ambulantes de regalos y recuerdos. También utilizan el espacio artistas callejeros. Sin duda es un lugar con mucha vida.

Y era un buen lugar para comer, pues había locales de todo tipo de comida, y era la hora, sin duda. Sin embargo, ya llevábamos en mente comer un bocadillo de langosta en Pauli’s Lobsta Roll, así que seguimos nuestro camino hasta el North End.

En la cocina en Boston, al igual que en Nueva Inglaterra, predominan los mariscos y productos lácteos. Sus platos más conocidos, son la sopa de almejas, el fish and chips, baked beans, almejas al vapor o almejas fritas y langostas.

Y precisamente el Lobsta Roll de St Pauli’s es uno de los más famosos de la ciudad, así que pedimos uno para cada uno. Acompañamos dos con patatas y otros dos con aros de cebolla.

El secreto de este bocadillo es que el pan recién horneado se unta con mantequilla y se pone en la parrilla para que quede crujiente. Después se rellena con la langosta y se rocía con un jugo de limón y mayonesa para que se quede todo unido.

Es cierto que va bien cargado de langosta, pero me decepcionó un poco. Sobre todo por el pan, que no aporta nada, salvo que se hace bola y deja un sabor empalagoso con la mantequilla. La carne de la langosta sí que estaba rica y jugosa. En cuanto a los aros y las patatas, pues muy grasientos. Además, no son baratos precisamente. Quizá deberíamos haber elegido unas ensaladas o algún plato en el que predominara más el sabor de la langosta y no quedara tapado por el pan, la mantequilla o mayonesa. Aunque como tienen una carta tan extensa es complicado elegir y al final nos fuimos a por el mítico bocadillo para no darle muchas vueltas.

Y después de comer, seguimos por Little Italy, donde no pueden faltar salumerias, trattorias, gelaterias, restaurantes y tiendas de pasta.

Y claro, era hora del postre, así que paramos en la pastelería Modern Pastry, que lleva 150 años ofreciendo dulces típicos italianos. Incluido turrón.

Elegimos unos cannoli, típicos del carnaval de Sicilia. Aunque hoy en día se comen todo el año y en toda Italia.

Estos dulces consisten en un tubo realizado con una masa que se queda crujiente. Se pueden comer tal cual, aunque lo frecuente es que estén rellenados con una base de queso ricota.

Tras el breve desvío para comer, retomamos el Freedom Trail. Nuestra siguiente parada fue la Casa de Paul Revere.

Construida alrededor de 1680, es la estructura más antigua que queda en el centro de Boston y la única casa en el Freedom Trail (algo que diferencia al recorrido del Black Heritage Trail). Fue levantada en el lugar que ocupó la Segunda Iglesia Parroquial de Boston, tras el incendio de la misma en 1676.

Levantada en madera por el rico gobertante Howard consta de tres plantas con habitaciones espaciosas. Paul Revere, la compró en 1770 y residió en ella con su madre y nueve de sus hijos de dos matrimonios. Este colono fue famoso por su famosa cabalgada la noche del 18 al 19 de abril de 1775 para avisar a los rebeldes de Lexington de la llegada de las tropas británicas.

Allí residió hasta 1800, después la casa se vendió y los bajos se usaron como tienda de dulces, fábrica de cigarros, banco y frutería. La parte superior se dividió en viviendas para inmigrantes irlandeses, judíos e italianos, así como como pensión para marineros. Durante ese siglo pasó por varios propietarios, hasta que en 1902 el bisnieto de Revere la compró  para evitar su demolición y la restauró. Desde 1908 es un museo gestionado por la por la Paul Revere Memorial Association en el que se exponen piezas y utensilios de la época, así como mobiliario y piezas realizadas en el taller de este héroe estadounidense.

Siguiendo por Hanover Street llegamos a un parque flanqueado por dos iglesias que también lleva el nombre de Revere (Park Paul Revere Mall). Y en él podemos encontrar su estatua ecuestre.

La iglesia que está frente a Revere es la St. Stephen, anteriormente conocida como Iglesia Nueva del Norte.

Construida en ladrillo rojo y coronada por un campanario blanco fue diseñada para la Nueva Sociedad Religiosa del Norte, un grupo congregacionalista a principios del siglo XIX.

De 1813 a 1849 se convirtió al Unitarismo y en 1862 como consecuencia de la afluencia de irlandeses (incluido el abuelo materno de JFK) fue vendida a la Diócesis Católica Romana de Boston, momento en que se eliminó la veleta de la cúpula y se colocó en su lugar la cruz. Además, se realizaron cambios en su interior. En 1870, con la ampliación de la calle, tuvo que ser movida para atrás. Se cerró en 1992 y ahora pertenece a la Sociedad Misionera de Santiago Apóstol.

Tomando la misma calle Hanover y adentrándonos en Battery Street encontramos un curioso rincón (incluso un poco terrorífico) repleto de imágenes de santos, el All Saints Way.

Volviendo al Parque Paul Revere, lo atravesamos, y parece que no solo está dedicado a este héroe local, sino que también hay varias placas y memoriales en recuerdo de soldados caídos en distintas guerras.

En el extremo opuesto a la iglesia St. Stephen se erige la Old North Church, considerada la iglesia más antigua de Boston.

Construida en ladrillo en 1723 en estilo georgiano está inspirada en la inspirada en St. Andrew’s by the Wardrobe de Londres. Pero esta iglesia es relevante por su papel en la Guerra de Independencia. El 18 de abril de 1775 Paul Revere acordó con Robert Newman, sacristán de la iglesia, cómo señalizar los avances de las tropas británicas a los bostonianos. La comunicación iba a ser visual, mediante faroles colgados en el campanario: “One if by land, and two if by sea”.

Este famoso campanario, el más alto de todo Boston, además alberga las primeras campanas forjadas en Estados Unidos. Ha sido derribado dos veces por los huracanes, una vez en 1804 y otra vez en 1954.

Siguiendo la calle Hull llegamos a un nuevo punto del recorrido, otro cementerio: el Copp’s Hill Burying Ground.

En 1630 cuando las flotas de John Winthrop llegaron al puerto de Boston había tres colinas que dominaban la península de lo que ellos llamaron la ciudad de Boston: Fort Hill al sur, Beacon Hill en el centro y Copp’s Hill en el norte. Esta última era más alta que en la actualidad, pues fue cortada en el siglo XIX para rellenar la zona en la que hoy se encuentra la Estación del Norte. En un primer lugar la colina se llamó Wind Mill Hill o Mill Hill porque había un molino desde 1632. Después cambió su nombre en honor a William Copp y su familia, quienes se habían mudado a la zona sobre 1635.

Es el segundo cementerio más antiguo de la ciudad. En 1659, el Cementerio Central, el de la King’s Chapel, estaba saturado. Así que, se compró este terreno para abrir uno nuevo. Comenzó en lo alto de la colina, cerca del río y de las calles Charter y Snow Hill, después, en 1711 se extendió hacia la calle Hull. En el siglo XIX se amplió otras dos veces en 1809 y 1825. Acabó convirtiéndose en el mayor cementerio colonial de la ciudad.

Al principio no tenía árboles y las tumbas se disponían en grupos familiares. En el siglo XIX los cementerios se transformaron en parques, así que muchas familias movieron a sus antepasados a nuevos camposantos como el Moint Auburn y Forest Hills. Así, en la década de 1830 el Copp’s Hill fue reorganizado en hileras, creando pasillos y caminos y levantando muros.

Cuenta con unas 1.200 tumbas, entre las que encontramos las de notables bostonianos de mediados de siglo XIX que residían en el North End, como el sacristán Newman. También se halla la de Prince Hall, un hombre negro libre que fundó el primer Black Masonic Lodge de Estados Unidos. Solicitó a la legislatura de Massachusetts que pusiera fin a la esclavitud.

Junto a su tumba se halla un emblema que lo reconoce como patriota.

El terreno del cementerio también fue usado como campo de entrenamiento por los británicos durante la Batalla de Bunker Hill en 1775, ya que está en una colina y ofrece unas buenas vistas panorámicas. De hecho, en la lápida de Daniel Malcolm, comerciante y patriota, se pueden ver las secuelas de las balas británicas.

En 1878 se encontraba muy abandonado y formaba parte de la Freedom Trail, sino que fue incorporado después.

Ya estábamos casi al final del recorrido, nos faltaban un par de paradas al otro lado del río. Para ello hay que cruzar el Charleston Bridge, un puente no apto para acrofóbicos, ya que la pasarela para peatones es tan solo una rejilla, por lo que se ve el río bajo los pies.

Desde él vemos los astilleros de Charlestown Navy Yard.

Cuando el Capitán William Bainbridge se puso al mando del Navy Yard en abril de 1812 encontró una pequeña y pantanosa tierra y nueve edificios abandonados. Con solo doce años no había un puerto lo suficientemente profundo para barcos o espacio de almacenaje adecuado para los suministros. Bainbridge intentó en repetidas ocasiones mejorar las instalaciones, pero no había fondos. En 1813 los trabajadores construyeron un nuevo almacén de ladrillo y una herrería, y en 1814 un enorme cobertizo para cubrir a los barcos mientras eran construidos. A pesar de estas mejoras, tuvieron que pasar muchos años antes de que el Navy Yard adquiriera el aspecto industrial que tiene hoy en día.

En el Centro de Visitantes se puede conocer su historia. Además, en sus alrededores hay expuestos cañones, anclas, así como paneles informativos y figuras de personajes ilustres.

Miles de civiles trabajaban en el Navy Yard, pero luego volvían a sus barrios de Boston. Sin embargo, para algunos trabajadores navales, el astillero, además de ser su lugar de trabajo, también era su hogar. Algunos vivían en la Casa del Comandante en la colina, otros sin embargo lo hacían en barracones.

Esta casa en la colina fue construida en 1805 para el comandante y su familia. Durante 170 la mansión de 14 habitaciones fue también el lugar donde se celebraban recepciones locales, nacionales e internacionales. Hoy los barracones todavía contienen elementos de la estructura original de 1810 y son los barracones más antiguos que aún se conservan en el país. Eso sí, en la actualidad son oficinas del National Park Service y US Navy.

En 1833 se construyó una hilera de cinco casas para los comerciantes. Los oficiales de guardia, así como el maestro fabricante de velas y el maestro carpintero dirigían las tiendas principales. Hoy estas casas son residencias privadas para los miembros del National Park Service y las familias de los marines.

El USS Constitution fue la primer embarcación en ubicarse en el muelle 1 del Navy Yard. Se trata del barco de guerra en activo más antiguo del país (data de 1797). Le debe su nombre a George Washington, que quiso honrar a la tan ansiada Constitución. Navegó por las Antillas, Brasil y la costa de África Occidental y participó en las Guerras de Berbería. Pero cuando realmente se ganó la fama fue durante la Guerra de 1812, cuando recibió el apodo de Old Irionsides porque su casco de roble era tan grueso que las balas de cañón lanzadas por la fragata británica HMS Guerriere acababan rebotando.

Iba a ser desguazado, sin embargo a finales del siglo XIX consiguió ser salvado y se convirtió en museo. En 1997 fue restaurado y puede navegar. De hecho, cada 4 de julio recorre el puerto, momento además en que aprovecha para cambiar su posición de amarre y que así no se

El buque se salvó del desguace gracias al poema Oliver Wendell Holmes, titulado Old Ironsides. Compuesto en 1830 el autor pidió ayuda pública para salvar el buque, dado que las reparaciones para su puesta de nuevo en servicio eran costosas. Finalmente el presupuesto fue aprobado y el barco salvado. En 1907 el USS Constitution fue convertido en museo. En 1997 sería restaurado, siendo capaz de navegar por sus propios medios. Cada 4 de julio, Día de la Independencia de los los Estados Unidos, zarpa para recorrer el puerto, cambiando además su posición de amarre con el fin proteger ambos lados del barco de la condiciones ambientales.

Invicto en 33 batallas hoy se puede visitar por dentro, así como su museo, en el que hay exhibiciones interactivas y prácticas.

También está permanentemente atracado el USS Cassin Young, un destructor de la Segunda Guerra Mundial.

Tomando la calle Tremont, nos dirigimos al último punto de la ruta, el Monumento de Bunker Hill.

En el centro del parque sobre la colina se erige un obelisco de granito, de 67 metros de altura, que conmemora la primera gran batalla de la Guerra de Independencia, la batalla de Bunker Hill (17 de junio de 1775).

El ejército británico era una de las mejores fuerzas militares de la época. Sus líderes eran oficiales de carrera. Las tropas entrenaban regularmente y estaban bien equipadas. Aún así, también reclutaban soldados en contra de su voluntad, generalmente hombres pobres y desempleados, a veces también algunos prisioneros. Por su parte, la mayoría de los colonos no entrenaban, sino que se unían voluntariamente a la milicia. Los británicos no esperaban que un grupo organizado lo hiciera tan bien como al final resultó. Aunque los americanos perdieron en esta batalla, eso les hizo fortalecerse y luchar más fuerte para conseguir su independencia. Así, aunque técnicamente los ganadores fueron los británicos, vencieron perdiendo en el camino la mitad de sus hombres y tan solo nueve meses más tarde las tropas de George Washington consiguieron expulsarles.

Tras la batalla, en la década de 1820,  el terreno de la colina se convirtió en tierra sagrada debido a un nuevo sentimiento patriótico. Los americanos querían honrar el sacrificio y servicio a la nación de sus antepasados, así que, durante dos décadas, muchos hombres y mujeres, liderados por la Bunker Hill Monument Association, trabajó para para construir un monumento que los recordara.

La primera piedra del monumento fue colocada en 1825 por el héroe Marquis De Lafayette, en el 50 aniversario de la batalla y fue concluido en 1842. El 17 de junio de 1843 Daniel Webster habló a una multitud de 100.000 personas para inaugurarlo. Hoy en día se puede subir para ver Boston desde las alturas, aunque llegamos justo cuando estaban con el último pase.

Frente al obelisco, ya fuera del parque, se encuentra el museo, en el que se puede conocer la historia de la batalla así como objetos usados en la misma.

Además, no podía faltar en el parque la estatua de William Prescott, el coronel que comandó las fuerzas patriotas en la Batalla de Bunker Hill y que se hizo conocido por la frase “No disparen hasta que vean el blanco de sus ojos”.

Aún nos quedaba tarde, así que tomamos el metro para acercarnos al campus del famoso MIT.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13 II: Boston: Freedom Trail

Tras recorrer el Black Heritage Trail que nos permite conocer un poco del pasado afroamericano y de la abolición de la esclavitud en sus 14 paradas, enlazamos con el Freedom Trail, un recorrido por los puntos claves de la historia de Boston y de la Revolución Americana.

Consta de 16 paradas distribuidas a lo largo de 4 kilómetros y está señalizado en el suelo por una línea de ladrillos rojos.

Fue concebido en 1951 por el periodista local William Schofield y aceptado por el alcalde John Hynes. Es gratuito, aunque también hay visitas guiadas caracterizadas que salen desde el punto de información turística en el parque Boston Common. Y aquí es donde habíamos terminado la anterior ruta y nuestro punto de partida.

Construido en 1634, este parque público de 50 hectáreas es el parque urbano más antiguo de los Estados Unidos y el más popular de la ciudad. Es el pulmón verde de la ciudad y forma parte del área conocida como Collar de Esmeraldas, que une todos los parques de Boston.

El terreno fue comprado por varios colonos puritanos al ministro anglicano William Blackstone y se usó como pasto para el ganado de la comunidad hasta 1830, cuando se prohibió dicha actividad. Fue entonces cuando se valló y nació el parque como tal. Durante la Guerra de Independencia fue un campo de batalla testigo de ejecuciones públicas.

A lo largo del siglo XX acogió diversas charlas de Martin Luther King Jr. en la lucha por los derechos civiles, también mítines contra la Guerra de Vietnam. Incluso en 1979 el Papa Juan Pablo II dio misa.

Aunque hoy es sobre todo un espacio de ocio, también se usa para manifestaciones o protestas, eventos deportivos y celebraciones.

En el centro del parque se encuentra el Freedom Trail Visitors Centre, donde facilitan información, además de ofrecer la posibilidad de contratar guías. En la plaza junto al centro de visitantes había varios camiones de comida, así como mesas y sillas para disfrutar del sol.

Paseando por el parque podemos descubrir fuentes, estatuas y monumentos que recuerdan a personajes relevantes en la historia del país. Una de las que me llamó la atención es una placa que se colocó en 2017 en honor al árbol de Nueva Escocia. Y es que, cada año, Nueva Escocia regala un árbol a la ciudad de Boston en agradecimiento a la ayuda que recibieron tras la explosión en Halifax el 6 de diciembre de 1917.

Por el camino que da a la calle Tremont vimos una curiosa iglesia (fuera de ruta), la Cathedral Church of St Paul.

Construida en 1819, fue la primera iglesia de estilo renacentista griego en Nueva Inglaterra, y desde 1970 es Monumento Histórico Nacional por su importancia arquitectónica. Los arquitectos encargados del proyecto fueron Alexander Parris (autor también del Quincy Market que veríamos más adelante) y Solomon Willard (quien diseñó el monumento de Bunker Hill, al final de la ruta).

En el momento de su fundación ya había otras dos parroquias episcopales, sin embargo, ambas pertenecían de la época anterior a la independencia, por lo que pretendían crear una iglesia totalmente estadounidense.

Volviendo a la ruta, frente al parque, y en la acera opuesta al monumento del 54º Regimiento se erige la Massachusetts State House, la sede del gobierno del Estado de Massachusetts. Alberga la corte general de Massachusetts y la Oficina del Gobernador.

Construido en 1798 en el terreno de pasto de John Hancock, destaca por su cúpula realizada en cobre y cubierta por láminas de oro de 23 quilates. Durante la II Guerra Mundial fue pintada de gris para que no destacara durante los apagones y no fuera víctima de las bombas. Corona la cúpula una piña de madera dorada, símbolo de la dependencia del estado de la tala en el siglo XVIII.

El afamado arquitecto Charles Bulfinch se basó en los diseños de varios edificios londinenses, y a su vez, la Casa del Estado ha servido de inspiración para el Capitolio de Washington y para muchos de los capitolios estatales de los Estados Unidos.

Su escalera principal de acceso a las puertas centrales del Salón Dórico solo es usada por el Presidente de los EEUU, los jefes de estado de otros países y el gobernador de Massachusetts cuando termina su legislatura.

El tercer punto se halla frente al parque, en la esquina de las calles Park y Tremont. Allí se erige The Park St. Church, una iglesia construida en 1809 por el arquitecto inglés Peter Banner, quien se inspiró en los dibujos de la iglesia londinense St. Bride. De 1810 a 1846 defendió el título de edificio más alto de Estados Unidos gracias a su campanario de 66 metros de altura que servía como referencia desde diferentes puntos de la ciudad. Perdió tal honor cuando se construyó la Iglesia de la Trinidad en Nueva York.

El lugar en que se ubica también se conoce como la “esquina del azufre”, parece que por los sermones “incendiarios” que se celebraban, aunque hay otra teoría que dice que es porque durante la Guerra de 1812 se almacenó pólvora en su sótano.

Fue sede de reuniones de carácter político, social y humanitario durante la Revolución y el lugar escogido por William Lloyd Garrison para, el 4 de julio de 1829, pronunciar su primer discurso en contra de la esclavitud. Sus palabras fueron: “Ya que la causa de la emancipación tiene mucho camino por delante y va a encontrarse con mucha oposición, ¿por qué retrasar el trabajo?”

Tras la iglesia se extiende el Granary Burying Ground, el tercer cementerio más antiguo de la ciudad y cuyo nombre le debe al granero que había donde hoy se erige la iglesia. El terreno pertenecía por aquel entonces al Boston Common. Accedemos a él por la puerta diseñada por Isaías Rogers.

Fundado en 1660 alberga varios personajes ilustres en la historia de la ciudad. Por ejemplo, en él descansan Samuel Adams, Robert Treat Pain y John Hancock, 3 de los 56 firmantes de la Declaración de la Independencia.

Al lado de la lápida de Adams se encuentran las tumbas de las cinco víctimas de la Masacre de Boston (5 de marzo de 1770) momento clave para la Guerra de la Independencia junto con el Motín del Té del 16 de diciembre de 1773.

En la parte posterior está enterrado Paul Revere y junto a su tumba encontramos una corona, pues justo el día anterior había sido el 200 aniversario de su muerte.

En el centro del cementerio se encuentra el obelisco que marca la tumba de Josiah y Abiah Franklin, los padres de Benjamin Franklin.

En total el cementerio cuenta con más de 2.300 tumbas, sin embargo, parece ser que en realidad hay unas 5.000 personas enterradas. Muchos niños no sobrevivían al primer año de vida, y algunas veces se enterraba a varios en la misma fosa. Algunos esclavos también fueron enterrados con sus dueños.

Su organización en hilera tan típica de los cementerios estadounidenses se debe a la época victoriana, pues así dejaba paso para el cortacésped.

Tras visitar el cementerio seguimos con nuestro recorrido hasta la siguiente parada. Un poco más adelante, en el cruce con la calle School, se erige la King´s Chapel,  la primera iglesia anglicana de Boston.

La iglesia original de 1689 era de madera. Pronto se quedó pequeña pues empezó a acoger a varios comerciantes prominentes y sus familias, por lo que comenzó a construirse una nueva de granito alrededor y cuando finalizaron las obras en 1754 se desmontó la originaria. La madera se reutilizó en Nueva Escocia para levantar otra iglesia anglicana.

En los planes originales se incluía un campanario, sin embargo este nunca se llevó a cabo. Su fachada tiene una peculiaridad, ya que aunque las columnas exteriores parecen de piedra, en realidad son de madera. Y es que esta parte se terminó tras la Revolución y de esta manera se abarataban los costes.

Recibe este nombre porque fue construida por orden del rey Jacobo II de Inglaterra, que quería que en los Nuevos Territorios hubiese una iglesia anglicana.

Junto a ella se extiende el King’s chapel Burying ground, el cementerio más antiguo de Boston (1630). En este no hay ningún personaje de la revolución, ya que para 1660 ya estaba completo. Se encuentran sin embargo algunos de los primeros colonos de Estados Unidos, como Mary Chilton, la primera mujer europea en desembarcar en el Nuevo Mundo tras haber cruzado el Océano Atlántico a bordo del famoso Mayflower en 1620; o personalidades como John Winthrop, primer gobernador de Massachusetts, y William Dawes, uno de los tres emisarios que alertó de la llegada del ejército británico.

Junto a la iglesia y cementerio se encuentra la Escuela Latina de Boston,  la que fuera la primera escuela pública de Estados Unidos. Podemos ver en el suelo un mosaico conmemorativo.

Establecida en 1635 por Sir Patrick Aridan Kelly, nació para formar a los niños (las niñas acudían a escuelas privadas en casas) de toda clase social. Los colonos puritanos consideraban la educación muy importante, pues era una manera de acercarse a la Biblia. Así, en 1647 se aprobó una ley por la que se establecía que en aquel pueblo en el que hubiera más de 50 familias, tenía que haber una escuela.

El edificio original fue derribado en 1745 para ampliar la King’s Chapel y, tras varios traslados, actualmente se encuentra en el barrio Fenway de Boston y desde 1972 admite también a niñas.

A esta escuela acudieron importantes personajes de la historia de la ciudad, incluso cinco firmantes de la Declaración de Independencia: Benjamin Franklin, Samuel Adams, John Hancock, Robert Treat Paine y William Hooper. El primero de ellos es honrado con una estatua en el lugar en que se ubicaba el edificio, la primera estatua dedicada a una persona erigida en Boston. Franklin, que nació en 1706 en lo que hoy es el centro de Boston, además de ser uno de los padres de la nación era poeta y científico (inventó el pararrayos).

En el patio también hay otra estatua dedicada a Josiah Quincy III, educador, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de 1805 a 1813, alcalde de Boston de 1823 a 1828 y presidente de la Universidad de Harvard de 1829 a 1845. El histórico Quincy Market (también en la ruta) en el centro de Boston recibe su nombre en su honor.

Al lado, aunque no pertenece al Freedom Trail, está el que fuera el Ayuntamiento hasta su traslado en 1969, el Old City Hall. Construido entre 1862 y 1865 en estilo Segundo Imperio Francés fue el tercer ayuntamiento que tuvo la ciudad. Hoy el edificio está ocupado por varias empresas y organizaciones desde su venta en 2017.

Frente a la fachada hay una curiosa estatua de un burro de bronce. Ante él hay dos huellas que invitan a situarse. El burro simboliza el partido demócrata y los elefantes de las huellas al republicano.

La elección de cada uno de estos animales tiene su historia. Cuando Andrew Jackson creó el Partido Demócrata en 1828 y se presentó a presidente usó el lema populista “dejad que el pueblo mande”. Esto provocó insultos y descalificaciones por parte de sus oponentes, quienes lo consideraron estúpido y lo etiquetaron como jackass (burro). Jackson sin embargo tomó el este insulto y lo convirtió en el símbolo de su campaña. Así, durante años el burro ha sido el símbolo del partido.

Por su parte, el Partido Republicano le debe el elefante a Thomas Nash, dibujante del Harper’s Weekly, quien comenzó a usarlo en 1874. Después comenzó a extenderse a medida que fueron usándolo otros artistas gráficos. Al final el partido acabó adoptándolo.

Retomamos el Freedom Trail y nos dirigimos hacia la Old Corner Book Store, un edificio que fue la casa de Anne Hutchinson, controvertida líder religiosa. Llevaba a cabo lecturas semanales de las Escrituras en su casa a las que asistían hasta 80 personas, una décima parte de la población de Boston en ese momento. Fue acusada de herejía por predicar sin licencia y excomulgada en 1638. Acabó exiliándose a Rhode Island, donde fundó la ciudad de Portsmouth.

En 1708 la casa fue comprada por Thomas Crease y tres años más tarde acabó ardiendo en el Gran Incendio.

En 1718 se levantó una nueva construcción como tienda, lo que lo convierte en el edificio comercial más antiguo de Boston. Un siglo más tarde, el padre del futuro ministro J. Freeman Clarke la compró y en 1828 la convirtió en librería. Poco después, entre 1832 y 1865, se estableció una imprenta, y fue el centro de la publicación de libros estadounidenses en una época en que Boston era la meca literaria del país. En los años posteriores sería ocupada por diversas editoriales y librerías.

En 1960 se planteó demolerla para construir un aparcamiento, sin embargo varios ciudadanos crearon una asociación para recaudar dinero, comprar la propiedad y restaurarla. En la actualidad es un restaurante de comida mexicana pero mantiene su estética.

Frente a él, en una plaza, encontramos el Irish Famine Memorial, que al igual que el que habíamos visto el día anterior, recuerda la hambruna irlandesa de mediados de siglo XIX.

El monumento cuenta con dos grupos de estatuas en las que se contrasta a dos familias. Por un lado a una que pudo emigrar a América y consiguió encontrar prosperidad y por otro una hambrienta en Irlanda.

Financiado por un fideicomiso dirigido por un magnate irlandés-estadounidense, el grupo escultórico fue inaugurado en 1998 en el 150 aniversario de la Gran Hambruna y aunque al principio fue bien recibido, también obtuvo críticas negativas por recurrir a clichés y conmemorar los logros de los irlandeses que consiguieron emigrar.

Y si leemos las placas que bordean el monumento quedan patentes esos tópicos. En una de ellas podemos leer “La conmemoración de la Gran Hambruna permite a la gente de todo el mundo conocer un terrible episodio que cambió para siempre Irlanda. Las condiciones que provocaron la hambruna (mala cosecha, terratenientes ausentes, colonialismo y débil liderazgo político) todavía existen por todo el mundo en la actualidad. Las hambrunas continúan afectando a la población. Las lecciones de la hambruna irlandesa deben ser aprendidas y aplicadas hasta que la historia deje de repetirse”. Está muy bien el mensaje, pero en realidad, efectivamente la historia sigue repitiéndose.

En otro texto se hace referencia a que hoy 44 millones de americanos con pasado irlandés son dignos merecedores de Medallas de Honor y excelencia en literatura, deportes, negocios, medicina y en el campo del entretenimiento (Boston cuenta con la población irlandesa expatriada más grande del mundo). También cómo John F. Kennedy se convirtió en el primer católico irlandés en llegar a Presidente de la nación en 1960 a pesar de que en un principio los bostonianos recibieron a los irlandeses con cierta hostilidad. Destaca que los refugiados llegaron empobrecidos y se convirtieron en trabajadores americanos de éxito. El sueño americano, vaya, pero seguro que no fue todo tan bonito y lleno de posibilidades.

Cerca de dos millones de personas dejaron Irlanda echándose a la mar en barcos tan imposibles de navegar que eran conocidos como “Barcos ataúd”. Muchos pasajeros murieron en el mar, por lo que el poeta John Boyle O’Reilly llamó al Océano Atlántico “tazón de lágrimas”. Algo que podríamos comparar hoy en día con la situación del Mediterráneo. Solo en el año 1847 unos 37.000 refugiados irlandeses llegaron a Boston al borde de la muerte y tremendamente enfermos. El historiador Thomas H O’Connor escribió “Los bostonianos podrían haber estado dispuestos a mandar dinero y comida para evitar la hambruna siempre que se quedaran en Irlanda porque no querían los irlandeses que llegaran a América”. De hecho, en abril de 1847, 15 días después de haber salido de Boston, llegó al puerto de Cork el barco USS Jamestown cargado con 800 toneladas de comida, suministros y ropa.

Frente al monumento se encuentra la Old South Meeting House, construido en 1729 como casa de reunión de los puritanos. Fue el edificio más grande del Boston colonial y escenario de algunos de los eventos más dramáticos previos a la Revolución Americana, incluida la reunión del 16 de diciembre de 1773 en la que cinco mil colonos debatieron sobre qué hacer con las más de 30 toneladas de té que habían llegado a puerto. Si descargaban la mercancía tendrían que pagar un impuesto a Inglaterra, algo a lo que no estaban dispuestos porque no recibían mucho a cambio, ni siquiera tenían representante en el gobierno británico. Samuel Adams dio la señal para el famoso Motín del Té en que 340 cajas de té fueron arrojadas al mar.

El edificio de ladrillo, coronado por un campanario de 55 metros en el que se alza una aguja octogonal está inspirado en las iglesias rurales inglesas del arquitecto Sir Christopher Wren.

Quedó parcialmente destruido en el incendio de 1872. Las llamas no avanzaron más por la llegada por casualidad de un camión de bomberos. Cuatro años más tarde fue vendido y se había programado su demolición, sin embargo, un grupo de activistas lo salvó y en 1877 se convirtió en un museo y monumento histórico.

La que vemos hoy en día es una reconstrucción llevada a cabo por la comunidad. Y además de servir como museo acoge conferencias y eventos.

Tomando la Washington Street llegamos a la Old State House, la que fuera la sede del Gobierno colonial británico de Massachusetts entre 1713 y 1776 y considerado como el edificio más antiguo de Estados Unidos.. Aún se pueden ver en su fachada oriental el león y el unicornio, símbolos de la Corona Británica.

Por su parte, en la fachada oeste, un escudo con un nativo americano y una inscripción escrita en latín rodeando el escudo recuerda la primera colonia de la bahía de Massachusetts.

Era la una de la tarde y pudimos asistir al cambio de guardia.

El edificio ha sido un emblema de la libertad en Boston durante años, pues desde su balcón se proclamó el 18 de julio de 1776 la Declaración de Independencia. Alcanzada la independencia, acogió la primera cámara legislativa de Massachusetts.

Pero antes de la independencia tuvo lugar el acontecimiento recordado como la Masacre de Boston. Podemos encontrar frente a la fachada oriental un círculo de adoquines que lo recuerda.

En 1768 las tensiones entre Boston e Inglaterra eran patentes, y el conflicto fue a más cuando fueron enviados unos 2.000 soldados británicos para controlar los disturbios y proteger a los funcionarios de aduanas (suena familiar). Por aquel entonces la población de la ciudad era de 16.000 habitantes, por lo que hubo una importante fricción que desembocó en peleas y enfrentamientos.

Uno de estos enfrentamientos ocurrió el 5 de marzo de 1770 cuando Edward Garrick, aprendiz de un fabricante de pelucas acudió a la aduana de King Street a reclamar un pago para su maestro. Al no recibirlo subió el tono de sus reclamaciones y White, un guarda de la aduana lo sacó del edificio y lo golpeó en la cara con la culata de su mosquete. Garrick, furioso, volvió con un grupo de bostonianos y rodearon a White y comenzaron a insultarle y lanzarle bolas de nieve y basura.

Ante el alboroto el Capitán Thomas Preston acudió con ocho soldados del 29º Regimiento e intentaron hacerse paso entre la hostil muchedumbre para ayudar a White. En medio del bullicio el soldado Hugh Montgomery fue golpeado y disparó a la multitud. Ante el caos, el resto de soldados comenzaron también a disparar. Cuando el humo se aclaró, cinco hombres yacían muertos o estaban al borde de la muerte. Como hemos visto, están enterrados en el cementerio al inicio del recorrido.

Mientras que los británicos hicieron referencia al suceso como unos “infelices disturbios”, Paul Revere lo calificó como “sangrienta masacre” y dio alas a los independentistas.

Hoy en día el edificio de Old State House con su arquitectura típicamente colonial y esa torre que recuerda a su pasado británico atrae a los visitantes con sus exhibiciones y actividades interactivas que ayudan a conocer el pasado revolucionario de la ciudad. Alberga objetos interesantes como el traje de terciopelo rojo que se cree que John Hancock usó cuando fue juramentado como el gobernador de Massachusetts, un frasco de té salvado del Motín del Té, una linterna colgada para señalar reuniones de los Hijos de la Libertad, plata de Paul Revere, un mosquete usado en la Batalla de Lexington, y un tambor de la Batalla de Bunker Hill.

Dos de sus plantas están destinadas a exposiciones sobre la sociedad e historia de Boston. Durante la visita incluso podemos sentarnos en la silla del gobernador real en la Sala del Consejo Real de 1764.

 

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13: Boston: Black Heritage Trail

El día amaneció despejado, por lo que tras duchas y desayuno nos pusimos en marcha para intentar aprovecharlo al máximo. Teníamos preparada una ruta cultural por la ciudad comenzando por el Black Heritage Trail, un recorrido que en sus 2,4 kilómetros nos lleva por 14 puntos relevantes de la historia de la comunidad afroamericana en Boston. Se trata de casas, escuelas, iglesias y comercios que pertenecieron a personas que lucharon contra la esclavitud y la desigualdad.

Como ya hemos visto, Boston tiene un pasado colonial, y ya en 1638 con aquellos colonos llegaron los primeros africanos como su mano de obra. Eran sus esclavos. Sin embargo, con el tiempo fueron teniendo descendientes que nacieron libres (sobre todo los que tenían madre blanca) y algunos fueron siendo liberados para convertirse en personal del servicio.

Con la Guerra de la Independencia Massachusetts abolió la esclavitud. Aunque eso era la teoría, aún quedaba mucho por llevar a la práctica y la comunidad afroamericana de Boston del siglo XIX lideró un movimiento no solo en la ciudad, sino en el país, para obtener la igualdad racial y la paridad educativa de facto. Esta comunidad estaba asentada en lo que hoy es la ladera norte de Beacon Hill. También residían en el West End al norte de Cambridge Street y en el North End. Sin embargo, poco a poco se fueron mudando más al sur y esta zona fue ocupada por los nuevos inmigrantes (sobre todo italianos).

Comenzamos el recorrido en el Museo de Historia Afroamericana (The African Meeting House).

El edificio fue construido por trabajadores negros libres en 1806 y es considerada la construcción religiosa de la comunidad negra más antigua que queda en pie del país. Sirvió no solo como centro religioso, sino que también acogía actividades sociales, educativas y políticas.

En 1832 William Lloyd Garrison fundó la New England Anti-Slavery Society y durante la Guerra Civil se convirtió en estación de reclutamiento para el 54º Regimiento de Massachusetts. A finales de siglo fue comprado por una congregación judía, quien lo reconvirtió en sinagoga. Funcionó como tal hasta 1972 cuando fue adquirido por el Museo de Historia Afroamericana.

Hoy relata la historia de la comunidad negra desde el período colonial hasta el siglo XIX.

Anexa al edificio del museo se halla la Abiel Smith School, que sirvió como colegio desde 1835 hasta 1855 cuando las escuelas públicas comenzaron a integrar a toda la sociedad independientemente de su color de piel.

A finales del siglo XVIII la comunidad afroamericana luchaba contra la desigualdad y la discriminación en las escuelas públicas. Era injusto que sus impuestos fueran empleados para la educación de niños blancos mientras que los negros no tenían escuelas. En 1798 sesenta padres se organizaron y crearon la Escuela Africana para educar a sus hijos. La sede se ubicó en la casa de Prince Hall.

En 1808 se trasladó al primer piso de la African Meeting House. Sin embargo, la comunidad seguía trabajando para conseguir una escuela pública y seguían quejándose a los organismos oficiales. En 1812 el Comité Escolar de Boston finalmente reconoció a la escuela y les asignó fondos, aunque eran escasos (tan solo $200 al año).

En 1815 Abiel Smith, un filántropo blanco, dejó unos $4.000 en su testamento para que se destinaran a la educación de niños negros. Y fue gracias a parte de ese dinero que se construyó la escuela. A su término en 1835 todos los niños negros fueron asignados a ella.

La lucha sin embargo no acabó, ya que las condiciones que tenían eran inferiores a las de las escuelas públicas de los niños blancos. Algunos reclamaban que sus hijos pudieran asistir al colegio más próximo a su hogar y que no se segregara por el color de piel. En 1849 la mayoría de los padres dejaron de llevar a sus hijos a clase para así protestar contra la educación segregada. Finalmente en 1855 se prohibió está discriminación y los niños afroamericanos comenzaron a asistir a otras escuelas públicas dejando las aulas de la Abiel Smith vacías

El edificio fue renovado en 2000 y hoy acoge las oficinas administrativas del Museo.

Muy próximas al colegio tenemos los siguientes cinco puntos de nuestra ruta. Se trata de las Smith Court Residences, cinco casas típicas de la comunidad negra en el siglo XIX.

El número 3 fue alquilada a numerosos hombres afroamericanos y sus familias. Por ejemplo, allí vivió William Cooper Nell, abolicionista y líder de la comunidad.

El 5, un edificio de tres pisos con paredes de madera de color marrón rojizo, fue construido en la primera década del siglo XIX y pasó por varios propietarios (tanto negros como blancos). Fue la residencia de George Washington, pero no el político, sino un limpiabotas, obrero y diácono de la Primera Iglesia Bautista Independiente.

Muchas de estas residencias pertenecían a Joseph Scarlett, quien en el momento de su muerte a finales del siglo XIX poseía 15 propiedades.

Quedan pocas casas de madera del siglo XIX, ya que con la llegada de inmigrantes europeos a finales de la década de 1880 se derribaron. En su lugar, entre 1885 y 1815 se construyeron apartamentos de ladrillo de cuatro o cinco pisos y con los característicos miradores de colores.

Continuamos nuestro recorrido siguiendo los carteles que nos conducen por calles, instituciones y residencias privadas. Muchos de los puntos han desaparecido y en el lugar donde se encontraba el hito hay tan solo una placa.

La siguiente parada fue la John Coburn House, la residencia de John Coburn (1811-1873), minorista de ropa y activista de la comunidad. Fue uno de los afroamericanos más ricos del siglo XIX y además de su tienda de ropa se cree que tenía una casa de juego en su casa.

También fue tesorero de la Asociación de Libertad de Nueva Inglaterra, una organización que ayudaba a los esclavos fugitivos a convertirse en personas libres. En 1851 fue arrestado por ayudar al esclavo Shadrach Minkins a escapar de la custodia federal, aunque fue juzgado y resultó absuelto.

Además, fue cofundador y capitán de la Guardia Massasoit, una compañía militar negra que fue precursora del 54 ° Regimiento.  Se llamaron así por un nativo americano que había sido especialmente amable y leal a los colonos de Massachusetts. El servicio militar se consideraba una oportunidad para demostrar la propia virilidad y reclamar los derechos de la ciudadanía estadounidense.

En la misma calle se encuentra la Lewis and Harriet Hayden House, la casa de Lewis Hayden y su esposa Harriet.

Lewis nació esclavo en 1812 en Lexington, Kentucky. Huyó a Canadá en 1844 con Harriet, su segunda mujer, de ahí se mudó a Detroit en 1845 y un año más tarde finalmente a Boston, donde dirigió una tienda de ropa y se convirtió en líder del movimiento abolicionista.

Entre 1850 y 1860 dieron ayuda y refugio en su casa a decenas de esclavos autoliberados tal y como muestran los registros del Comité de Vigilancia de Boston, del cual Lewis era miembro. Su vivienda servía como parada en el ferrocarril subterráneo.

Durante la Guerra Civil trabajó como reclutador del 54º Regimiento. Más tarde fue elegido para la Cámara de Representantes de Massachusetts y trabajó para el Secretario de Estado de Massachusetts.

Murió en 1889 y su mujer Harriet en 1893. Esta legó dinero para que se creara una beca en la Escuela de Medicina de Harvard para estudiantes afroamericanos.

Seguimos hasta el décimo punto, la Charles Street Meeting House, una casa de reuniones construida en 1807 por la Tercera Iglesia Bautista blanca de Boston. En aquel momento seguía la tradición segregacionista de Nueva Inglaterra, por lo que los negros que acudían a misa tenían que sentarse en la galería y además quedaban excluidos de otros privilegios. Un domingo de 1836 el abolicionista Timothy Gilbert invitó a varios amigos negros a su bancada, lo que provocó su expulsión de la iglesia. Gilbert se unió a otros miembros bautistas abolicionistas (también blancos) y fundó la Primera Iglesia Bautista Libre (que se convirtió en el Templo Tremont) y que era de libre acceso.

Tras la Guerra Civil la población negra de Boston aumentó y la Tercera Iglesia Bautista pasó a manos de la Primera Iglesia Metodista Episcopal Africana, quien compró el edificio en 1876 y lo usó hasta 1939.

Aunque la mayoría de los puntos apenas se puede hacer otra cosa que observar el edificio y conocer la historia de lo que allí aconteció, es un recorrido bastante visual, puesto que las calles de Bacon Hill son muy pintorescas y parece que más que en una gran ciudad como Boston nos encontramos en las afueras.

Una de las calles más fotografiadas de la zona es Acorn Street, donde nos encontramos a unos graduados haciéndose instantáneas con sus típicas togas y birretes. Parece ser que eran de odontología, a juzgar por el cepillo de dientes que llevaban.

Más que una calle es un callejón, y tiene la peculiaridad de contar con el suelo empedrado y frondosos árboles, además de contar con las típicas construcciones en ladrillo rojo con contraventanas y puertas de colores que le dan un toque particular tanto de abajo a arriba, como viceversa.

Otro lugar colorido es la Louisburg Square, un parque residencial privado que data de 1826 delimitado por hileras de casas construidas entre 1833 y 1847.

Lleva el nombre en honor a la batalla de 1745 en la que los voluntarios de Nueva Inglaterra quitaron la Isla del Cabo Bretón a los franceses.

En un lateral del parque se halla la estatua de Arístides, mientras que en el extremo opuesto está la de Colón. Ambas colocadas en 1850.

En la perpendicular encontramos el siguiente punto, la John J. Smith House. John J. Smith nació como ciudadano libre en Richmond, Virginia en 1820 y se mudó a Boston a finales de los 40. Allí abrió una barbería que sirvió también como centro de actividad abolicionista y punto de encuentro de aquellos que escapaban en el ferrocarril subterráneo. Asimismo, junto a su esposa Georgiana, trabajó en la lucha por la igualdad de derechos escolares. Su hija Elizabet se convirtió a principios de la década de 1870 en la primera persona de ascendencia africana en enseñar en las escuelas integradas de Boston.

Durante la Guerra Civil fue un oficial de reclutamiento para la 5ª Caballería, que estaba formada solamente por soldados negros. Más tarde fue elegido para la Cámara de Representantes de Massachusetts como su tercer miembro afroamericano en 1868, 1869 y 1872. En 1878 fue nombrado como el primer afroamericano en formar parte del Boston Common Council y trabajó con éxito para que el primer afroamericano fuera nombrado para la fuerza policial de Boston.

En la misma calle, aunque en el sentido opuesto, se halla The Phillips School, una de las primeras escuelas integradas de la ciudad. Aunque no nació como tal, sino que se construyó en 1824 únicamente para blancos, cuando por aquel entonces los niños negros iban a la African Meeting House y después a la Abiel Smith School.

Recibe el nombre en honor al primer alcalde de Boston, John Phillips, padre del abolicionista Wendell Phillips.

En 1863 se mudó a un nuevo edificio en Phillips Street.

Al final de la calle llegamos al penúltimo punto de la ruta, la George Middleton House, una de las viviendas más antiguas del barrio y con la típica estructura de las viviendas del siglo XVIII. Fue construida en 1787 para George Middleton, veterano de la Guerra de la Independencia, donde fue el líder de los Bucks of America, una de las tres milicias negras que lucharon contra los británicos.

Tras la guerra sirvió como tercer Gran Maestro de los Masones de Prince Hall. También se convirtió en activista y ayudó a fundar la Sociedad Africana Libre. En 1800 luchó por la igualdad de derechos escolares para los niños negros.

La última parada del recorrido es el Robert Gould Shaw and 54th Regiment Memorial, un monumento de 1897 dedicado al 54º Regimiento de Infantería Voluntaria de Massachusetts, el primero formado por ciudadanos negros. Si bien es cierto que los afroamericanos sirvieron en la Guerra de Independencia y en la de 1812, los estados del norte impidieron que fueran admitidos en la Guerra Civil. Una cláusula de Lincoln en la Proclamación de Emancipación de 1863 cambió este detalle y pudieron alistarse.

El 54º regimiento fue dirigido por Robert G. Shaw , único hijo de una familia adinerada pero abolicionista radical y a favor de la unión. Este destacamento fue famoso gracias al asalto a Fort Wagner, Carolina del Sur, el 18 de julio de 1863. Murieron unos 80 hombres (entre ellos Shaw) y otros muchos resultaron heridos. En esta batalla se galardonó por primera vez a un soldado negro con la Medalla de Honor. Fue al sargento William Carney, quien resultó herido al salvar la bandera.

En los últimos dos años de la guerra, se estima que más de 180.000 afroamericanos sirvieron en las fuerzas de la Unión y fueron decisivos para la victoria.

Y con este monumento llegamos al final de la ruta, que nos deja en el Boston Common, parque donde comienza otro recorrido histórico: el Freedom Trail.

 

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 12: Compras en Merrimack y Rumbo a Boston

Comenzamos nuestro decimosegundo día de viaje con desayuno en el hotel. Aunque estaban en obras, por lo que habían movido el comedor a una habitación y había poco sitio. Aún así, modelo estadounidense estándar: algo de fruta (sin excesos), zumos, bebidas calientes, cereales, yogures, máquina de gofres, bollería, pan y tostadora. Además de bagels y queso de untar.

Tras desayunar tranquilamente, cargamos el coche y nos dirigimos al Walmart, que abría antes que el outlet. La idea era llevarnos la compra para ir tirando el resto de días en Boston y así no tener que ir cargados desde un super ya sin tener coche. Además, como no sabíamos qué tal se nos daría el día en la carretera, preferíamos prevenir y llevar comida en el maletero. Así que compramos algo de fruta, unas ensaladas, cervezas y algo de picoteo. Pero no todo fue comida. Con algo más de calma que el día anterior, y con un inventario, volvimos a la sección de ropa, donde acabamos llenando el carro, sobre todo con prendas de los chicos. He de reconocer que yo encontré dos camisetas a $3 y unas mallas de deporte Avia por $8. Pero nada de vaqueros…

A las 10 ya estábamos en el outlet y nos habíamos marcado las dos de la tarde como límite para salir. Aunque la verdad es que ya habíamos avanzado bastante el día anterior. Nos quedaba por mirar Nike, Converse, gafas de sol y alguna marca local que no conocíamos.

En Nike es una de las marcas en donde más se nota la diferencia de precio. Mientras que unas zapatillas pueden llegar a costar 200€ en España, en el outlet las podíamos encontrar a $50. Mi señor marido cargó con un par. Unas Jordan Eclipse por $27.97 y unas Air Jordan por $31.97.

Yo en cambio arrasé en Converse. Y es que en primavera y otoño es lo que uso en el día a día. En el fondo soy muy básica: vaqueros, camiseta lisa y zapatillas sin brillos ni extravagancias. Y ocurre algo similar a Nike. En España estas zapatillas tienen un precio medio de 60€, y eso las básicas, porque hay modelos que ni siquiera se comercializan aquí. Sin embargo, en Nueva Jersey recuerdo comprarme las primeras por $18. En 2012 me compré otras dos por un poco más, $20 cada una. Y esta vez acabé con cuatro.

Entramos en la tienda y la parte delantera tenía solo ropa de mujer, así que nosotras nos quedamos en los burros mirando sudaderas y camisetas a ver si había algo que mereciera la pena y ellos se fueron a la parte de calzado, que es unisex. Mi hermano vio unas azules anchas en mi número y automáticamente supo que me iban a gustar. Me llamó desde la otra punta y allá que fui. ¡$12.49!, cómo no me las iba a llevar. Miré a ver qué más tenían del 6 y me encontré con que me gustaban cuatro. No pensaba llevarme todas, pero al final, si tenemos en cuenta que el pie no me va a crecer, que es lo que uso a diario y que la suma de las cuatro no llegaba ni a 55€ al cambio… no había mucho más que pensar.

Tras alguna compra menor, cargamos como pudimos el coche. Y es que aunque iba bastante holgado en Chicago, para aquel día ya no… No solo nosotros habíamos sacado la maleta pequeña de la mediana, sino que llevábamos la compra de comida y la de ropa… Pero solo nos quedaban 90 kilómetros a Boston. Una vez allí nos reorganizaríamos.

Era la una de la tarde, así que habíamos cumplido de sobra con la hora límite para salir. Sin embargo, decidimos que perderíamos menos tiempo si comíamos directamente allí y luego hacíamos del tirón el camino a Boston, que andar parando en un área de servicio. Como no nos había ido bien con el asiático la noche anterior, esta vez elegimos Green Leaf’s, un local en el que te puedes configurar tu ensalada, wrap o bocadillo. Pedimos un sándwich de pesto, otro margarita y un tercero de pavo chipotle, además de un wrap de pavo y tres bebidas. Nos costó $39.49. Esta vez sí que acertamos.

Tras coger el postre, con el coche cargado y la tripa llena pusimos rumbo a Boston, la capital de Massachussetts y la ciudad más poblada.

Además es una de las más antiguas del país, pues fue fundada en 1630 por puritanos británicos. Estos peregrinos esperaban crear una nueva vida sin las decepciones y problemas del viejo mundo. Pronto se asentaron y fueron estructurando la nueva sociedad, inaugurando solo 5 años más tarde la primera escuela pública de los Estados Unidos, la Boston Latin School. Sin embargo, la población se vio reducida notablemente entre el año siguiente y el fin de siglo como consecuencia de seis importantes epidemias de viruela.

Boston se convirtió en un punto importante de la historia de Estados Unidos en la segunda parte del siglo XVIII, pues la ciudad se levantó contra los abusivos impuestos que exigía Reino Unido a las colonias. Dos acontecimientos especialmente relevantes fueron la Masacre de Boston y el Motín del té.

En mayo de 1773 el Parlamento Británico autorizó a la Compañía de las Indias del Este a encarar la bancarrota como consecuencia de la corrupción gracias a la exportación de medio millón de libras de té a las colonias americanas sin las tarifas habituales y también permitiendo a la compañía a nombrar a sus propios responsables para recibir y vender el té y excluir a los otros proveedores coloniales. Con estos privilegios especiales, la compañía podía vender su producto a un precio tan bajo que copó el mercado.

Desde la perspectiva colonial, el Acta del Té fue una medida descaradamente injusta y peligrosa, pues garantizaba los derechos en exclusiva a unos pocos y premiaba a los corruptos. No solo esta acción creó una competencia más injusta a los comerciantes de las colonias, sino que demostró ser la chispa que avivó las pasiones americanas en el asunto de los impuestos sin representación.

Y es que antes del Acta del Té ya hubo otros impuestos abusivos. Por ejemplo, el Acta del Timbre en 1965 que requería que un papel sellado producido en Inglaterra se usara para imprimir periódicos, panfletos, almanaques, anuncios y documentos legales, así como escrituras, testamentos y licencias. También los productos de juegos como cartas y los dados tenían su tasa. Dos años más tarde se aprobaron las Leyes Townshend, que gravaban el papel, plomo, cristal y té (productos que no eran manufacturados en las colonias y que solo se permitía que llegarán vía Inglaterra).

Así pues, los colonos estaban bastante enfadados, por estar pagando impuestos pero a cambio no tener representantes que fueran al Parlamento. Sin estos miembros no tenían manera de saber en qué se gastaban todas aquellas tasas.

Gracias a la tradición marinera, tras la Revolución se convirtió en uno de los puertos internacionales más prósperos. Se exportaban sobre todo pescado, sal, ron y tabaco. No obstante, la actividad portuaria se vio afectada con la Ley de Embargo de 1807 y para cuando se solucionó el conflicto los comerciantes ya habían encontrado otras alternativas. Durante el siglo XIX el sector que creció mientras tanto fue la industria manufacturera, sobre todo en la producción de prendas y artículos de cuero. Y fue a más con la llegada del ferrocarril, ya que facilitaba el comercio en la región.

En 1822 Boston pasó de ser “Town of Boston” a “City of Boston”, alcanzando la categoría de ciudad. En esa década la población creció considerablemente, en parte gracias a la llegada de una primera oleada de inmigrantes europeos, sobre todo irlandeses, que se asentaron en el North End. Poco a poco la ciudad fue ganando terreno al mar rellenando pantanos, marismas y lagunas. Así nacieron el South End, el West End, el distrito financiero y Chinatown.

A mediados de siglo Boston se convirtió en ciudad de referencia cultural y epicentro del movimiento abolicionista. Además la población siguió creciendo con la llegada de más inmigrantes. No solo llegaron irlandeses, también alemanes, italianos, libaneses, sirios, francocanadienses o judíos procedentes de Rusia y Polonia.​ Los barrios de Boston quedaban divididos por grupos étnicos o nacionalidades. En el West End se asentaron rusos y polacos. Los italianos se mudaron al North End convirtiéndolo en Little Italy y trasladando a los irlandeses al sur y Charlestown. También al sur se movieron los judíos así como los polacos y lituanos católicos. Hoy en día los católicos son la comunidad religiosa más importante de la ciudad debido a la llegada de irlandeses, italianos, portugueses o polacos.

Estos barrios barrios de inmigrantes solían ser pobres y apenas se hablaba inglés. Para tener una conexión con el viejo mundo, pronto crecieron iglesias, mezquitas y sinagogas.

Entre 1820 y la década de 1920 cerca de 37 millones de personas llegaron a Boston. Desarrollaron los barrios y las fábricas, construyeron una nueva ciudad con esperanza, sudor y lágrimas. Porque la idea que llegaba al viejo mundo era que América era un lugar de oportunidades, donde tendrían trabajo y un sitio en que vivir desahogadamente. Lo que nadie les explicaba es que antes tenían que levantarlo.

Al igual que Chicago, Boston también pasó por un importante incendio. A las 7:22 del 9 de noviembre de 1872 un almacén próximo a Summer Street se incendió y pronto todo el centro de Boston estaba ardiendo. El resultado fue un desastre de épicas proporciones. Murieron 20 personas, 9 de ellos bomberos, en un incendio que duró 12 horas. Acabaron destrozados más de 775 edificios y los negocios del barrio perdieron prácticamente todo. Los daños totales se estimaron en unos 75 millones de dólares (el equivalente a mil millones hoy en día).

Los edificios de Boston eran altamente inflamables, puesto que a pesar de que los exteriores fueran de ladrillo y granito, sus tejados y escaleras internas eran de madera. Además, muchos almacenes contenían productos inflamables, como telas. La cosa se complicó más incluso porque los bomberos, además de luchar contra el fuego, se encontraron con una presión baja del agua, líneas complicadas de gas, muy pocas bocas de riego y un poco de mala suerte (muchos de los caballos que se necesitaban para transportar el equipo de los bomberos estaban enfermos aquella noche).

Sin embargo, el desastre no pilló por sorpresa a todos, puesto que ya el jefe de bomberos John Damrell había avisado a los oficiales en repetidas ocasiones de que la ciudad era muy vulnerable al fuego. Incluso en 1866 había pedido (y le fue denegado) que se actualizaran las normas de construcción y se dotara de mejor equipamiento al departamento.

A comienzos del XX Boston declinó como consecuencia de la decadencia de las fábricas, que se habían quedado obsoletas y había provocado la marcha de varias empresas. No se comenzó a recuperar hasta la década de 1970, momento en que se empezaron a construir numerosos rascacielos en el distrito financiero y en Back Bay.

Desde finales del siglo XX la ciudad se ha encarecido notablemente y es una de las ciudades más caras de los Estados Unidos, algo que pudimos comprobar a la hora de buscar alojamiento. Los precios eran prohibitivos y al final acabamos ampliando la búsqueda y reservando en la parte este de la ciudad, cerca del aeropuerto. El problema es que el coche había que devolverlo en el centro, así que nos tocó comernos el atasco de entrada de hora punta.

De ahí la importancia de haber hecho algunas compras el día anterior, porque así no iríamos con la hora tan pegada. Llegamos al apartamento y por unos metros no podemos aparcar para descargar. El coche que iba delante de nosotros de repente rompió el eje y se le quedó la rueda delantera atravesada, colapsando la calle. Una calle donde las casitas tienen un estilo muy pintoresco. Me recordaban en cierto modo a las de San Francisco por los colores, las tablas horizontales, los miradores…

El apartamento era bastante amplio, más grande de lo que parecía en las fotos. Tenía una distribución un tanto extraña, intuyo que porque es la partición del adosado entero en varias viviendas. Además, había un escalón en la mitad, pero la verdad es que estaba muy bien para nosotros, sobre todo por contar con espacio para reorganizarnos y preparar las maletas antes de marcharnos.

Contábamos con dos habitaciones (una bastante más grande que la otra), una zona de estar, un comedor, una amplia cocina y un baño.

Además, nuestro anfitrión nos había dejado algo de agua, zumos, tes y café. Luego nos escribió para decirnos que se le había olvidado la leche y nos la acercaría, pero no tomamos, así que no nos preocupó. La verdad es que pensó en todo, incluso tenía un bote de tapones, ya que de vez en cuando se oían los aviones, aunque no era muy molesto. Al menos para una estancia corta.

Sin entretenernos mucho, volvimos al coche tras comprobar que no nos dejábamos nada y nos dirigimos al centro. Rellenamos el depósito para entregarlo lleno y buscamos la oficina de Avis donde apenas revisaron nada. Pero bueno, nosotros teníamos un vídeo de cómo estaba en recogida y en entrega por si hubiera que reclamar. En total habíamos hecho 1.820 millas.

En la planificación no teníamos nada previsto para la tarde. Sin embargo, en vista de que en los próximos días nos iba a llover, nos tocó reajustar como en Toronto. Nos quedaban un par de horas de luz, así que nos pareció buena idea acercarnos a Cambridge donde se encuentra h, ya que al ser un campus queda todo bastante recogido.

De momento lo dejamos aquí.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 III: Quebec City: Place Royale, Vieux Port y Ciudad Alta

Tras nuestra breve parada en la tienda de sirope de arce seguimos callejeando por el Petit Champlain dirigiéndonos a la Place Royale, donde nació nueva Francia.

Fue en este lugar donde el explorador Champlain fundó el primer asentamiento permanente. Cuando llegó a Quebec en 1608 construyó una casa de madera que posteriormente sería reemplazada entre 1624 y 1626 por un nuevo edificio de piedra flanqueado por torrecillas. Parcialmente destruido en el incendio de la Ciudad Baja en 1682, su fachada norte apareció cinco años más tarde cuando se construyó la iglesia próxima.

En el siglo XVII la plaza se había convertido en un importante centro de negocios. En ella vivían los comerciantes más ricos de la ciudad y fue el lugar en el que abrieron sus tiendas. También era el sitio elegido para que el pregonero realizara sus anuncios o se hicieran públicas las ordenanzas municipales. Además, allí se celebraba el mercado público semanal.

Como consecuencia del incendio de 1682 las autoridades exigieron que las casas se reconstruyeran en piedra, estilo que se ha mantenido hasta nuestros días.

En 1686 el Intendente Champigny decidió que este ajetreado lugar era ideal para crear una plaza según los deseos de Luis XIV. Para rematarla, pretendía poner un busto del rey en el centro, algo que a los comerciantes no gustó mucho, ya que lo veían un incordio para el tráfico, así que se descartó en el proyecto. En 1725 pasó a ser conocida como Place du Marché, ya que seguía siendo el lugar de referencia de la ciudad para hacer negocios.

Con el asedio de Quebec quedó prácticamente en ruinas y tuvo que ser reconstruida, aunque mantuvieron el mismo estilo y enseguida la plaza recuperó su vida ajetreada.

A mediados de siglo XIX, a medida que la población siguió creciendo, aparecieron nuevas zonas de negocios en la ciudad. Tenía que competir con dos nuevos mercados. Esto sumado a que muchos propietarios acomodados se mudaron a la Ciudad Alta escapando de las epidemias que traían los inmigrantes de Europa hizo que fuera perdiendo cierta importante.

A finales del siglo se construyó en la zona, pero sin respetar el aspecto histórico. La plaza no tenía nada que ver con épocas de esplendor pasadas hasta que a mediados del siglo XX se llevó a cabo un proyecto para recuperarla. Así, se restauraron los edificios, todos en piedra, entre 1960 y 1980. Hoy podemos transportarnos al siglo XVIII y apreciar las diferencias de las construcciones con aires de Nueva Francia y las que reflejan influencias británicas. No obstante, también hay recientes estructuras del siglo XXI. Queda rodeada de tiendas de artesanía local, restaurantes y centros de interpretación.

En el centro se erige el busto de Luis XIV instalado en la década de los años 30.

En uno de sus extremos se encuentra la iglesia Notre-Dame-des-Victoires, un templo que comenzó a construirse en 1688 por orden de François de Laval.

A los comerciantes no les hizo mucha gracia, porque les estaba quitando terreno, así que la obra se vio frenada varias veces por sus demandas. En el momento de su construcción no había mucha población en la ciudad, ni siquiera llegaba a 1.000 habitantes, pero Laval quería dar un lugar de culto a los residentes en la Ciudad Baja. Se concibió con un estilo austero que nada tenía que ver con los cánones del momento en Francia, que buscaban iglesias mucho más monumentales.

Se dedicó al Niño Jesús, pero fue rebautizada como Notre Dame des Victoires después de la victoria de 1690. Adoptó el nombre definitivo en 1711 después del hundimiento de la flota inglesa a 480 kilómetros de Quebec.

Fue destruida por los bombardeos británicos en agosto de 1759. Fue reconstruida minuciosamente intentando mantener sus características, sin embargo, pronto quedó devastada por el fuego. La segunda renovación por el contrario se llevó a cabo con prisas y el resultado no fue el esperado. Y en 1816 se tuvo que retomar el proyecto de nuevo siendo rediseñada según el estilo del siglo XIX.

Cincuenta años más tarde estuvo a punto de ser demolida. De nuevo los mercaderes se quejaban del espacio que les quitaba. Sin embargo, los feligreses lucharon por su conservación y en 1929 acabó siendo declarada como monumento histórico. En la década de los 70 volvió a pasar por tareas de restauración dentro del proyecto de revitalización de la plaza. Fue entonces cuando salieron a la luz los restos arqueológicos de la vivienda de Champlain.

El extremo opuesto de la plaza nos conduce al Fresco de los Quebequois, un trampantojo que recorre la historia y la cultura de la ciudad de Quebec en 420 metros cuadrados. Aunque habíamos visto ya alguno en nuestro paseo, en realidad este fue el primero que se completó en 1999.

Aparecen representados personajes como Jacques Cartier, Jean Talon, Louis de Buade, Samuel de Champlain o Louis Joseph Papineau. Y también quedan reflejados monumentos notables o casas históricas de la ciudad.

Abandonamos el centro y tomando la Rue de la Barricade tomamos rumbo hacia el puerto. En esta calle fue donde en 1775 consiguieron frenar los avances de los estadounidenses. En ella se encuentra el Museo de la Civilización, uno de los más visitados de Canadá.

Abrió en 1988 y está dedicado a explorar todas las facetas del ser humano, desde cómo funciona el cuerpo hasta cómo lo hace la sociedad. Abarca desde la historia de Quebec hasta la historia del mundo.

La calle de la Barricada nos conduce al Puerto Viejo, donde se ubica el Marché du Vieux Port, un mercado en el que podemos encontrar frutas y verduras, carne y pescado, huevos, vinos y quesos, jarabe de arce y productos de pastelería.

Hasta principios del siglo XX la gente hacía la compra a los productores locales que montaban puestos en las plazas. A medida que los productos comenzaron a llegar también en barco o ferrocarril, fueron naciendo mercados. Tenía sentido entonces que se ubicaran cerca de la estación o del puerto. Requisito que cumple este a medio camino de ambos.

A unos minutos andando se halla la Gare du Palais, una impresionante estación ferroviaria.

Fue construida en 1916 para reemplazar a tres terminales que se habían quedado obsoletas. Gracias a su ubicación se usaría para enviar mercancías a todo el país. Su estructura y aspecto es similar a Château Frontenac, y es que corría también a cargo de las compañías ferroviarias. Así que del mismo modo que el hotel, está inspirado en los castillos del Valle del Loira.

Con planta en forma de L facilitó que varios trenes pudieran llegar al mismo tiempo. Por dentro parecía un palacio renacentista y contaba con las instalaciones sanitarias más modernas y la última tecnología telegráfica y telefónica de la época.

La estación fue renovada en 1998 para el 390 aniversario de la ciudad. En las obras se encontraron con los restos de un antiguo astillero naval real que databa de la época de la Nueva Francia, así como un naufragio del siglo XVII y los cimientos del mercado Saint-Paul.

Frente a la estación hay un parque que acoge dos obras de arte. Por un lado la fuente Éclatement II, de Charles Daudelin que combina movimiento, volumen y materia. Por otro Rêver le Nouveau Monde, de Michel Goulet, un conjunto de cuarenta sillas domésticas grabadas con las palabras de autores quebequenses desde el siglo XIX hasta nuestros días. Estas palabras evocarían los sueños, la identidad y la historia de Quebec.

Se inauguró el 14 junio de 2008 con motivo del 400 aniversario de la fundación de la ciudad de Quebec. El artista pretendía simbolizar el acto de compartir, la comunidad y la fugacidad. “La silla es tuya mientras la necesites, después pasa a otra persona”.

Tomando la calle Côte du Palais llegamos al Hôtel-Dieu, el primer hospital permanente en Nueva Francia, fundado por las monjas agustinas en 1644.

Las monjas llegaron a Quebec gracias a la financiación de la duquesa de Aiguillon, una mujer noble francesa interesada en convertir a los nativos al catolicismo. En su labor, desarrollaron habilidades como boticarias, puesto que así se evitaban de depender de la medicina importada. Así, cultivaron plantas medicinales en su jardín y dominaron rápidamente la ciencia de los medicamentos.

Al finalizar el Régimen Francés el Hôtel-Dieu consistía en un complejo que seguía el planteamiento de los conventos en Europa. Después se añadieron una capilla y dos alas flanqueando un patio interior. Todo ello quedaba rodeado por un muro, ya que la orden agustina es de clausura. Todo ello quedó destruido en un incendio en 1755. Poco después se reconstruyó.

En 1962 el Hôtel-Dieu pasó al gobierno puesto que era quien tenía la competencia en salud.

Paseando por la Rue Mcmahon nos encontramos con una típica cruz celta, que nos recuerda (junto con el nombre de la calle) lo importante que fue la comunidad irlandesa. La primera ola llegó en 1815, con una mayoría de gente de negocios y artesanos. En 1830 hubo otra ola. En este caso, al contrario que en el anterior, muchos de ellos eran católicos. Les costó más integrarse, ya que no les servían las iglesias anglicanas porque a pesar de entender el idioma, no eran de su culto; y las católicas que había eran en francés. Así que, pronto establecieron una para su comunidad.

Llegaron más a mediados del siglo XIX, muchos de ellos enfermos. Para 1871 representaban el 20% de la población (unos 12.500) y se habían concentrado cerca del puerto y en el distrito de Saint-Louis. A finales de siglo la población irlandesa descendió, pues había colapsado la construcción naval y el comercio de la madera, por lo que se mudaron de ciudad en busca de trabajo. Los que quedaron se trasladaron a De Salaberry, Grande Allée, De la Tour y De Maisonneuve.

Progresivamente se fueron integrando en la comunidad francocanadiense, gracias en parte a tener en común la religión. Así, a comienzos del siglo XX comenzaron a ser cada vez más frecuentes los matrimonios mixtos. El bilingüismo en estas familias favoreció la movilidad a barrios y negocios dominados por británicos.

Hoy ya no queda una comunidad tan importante, pero desde la iglesia de San Patricio en la Avenue De Salaberry sigue saliendo el desfile en honor al patrón irlandés cada 17 de marzo.

Seguimos de vuelta al coche atravesando el Parque de la Artillería, construido por los franceses para defender la ciudad.

Después el regimiento de la Real Artillería Británica establecería allí sus cuarteles, convirtiéndolo en a finales de siglo XIX en fábrica de municiones para el Ejército Canadiense.

Cerró en 1964 y hoy alberga un centro de interpretación que sirve como testigo de más de 250 años de historia militar francesa, británica y canadiense.

El parque nos conduce a la Puerta Saint Jean. Tanto que nos lleva a sus escaleras y nos permite subirnos a ella y otear la ciudad.

Siguiendo la Rue d’Auteuil muy próxima a la anterior está la Puerta Kent.

Esta última fue abierta a finales siglo XIX para permitir el paso del tráfico. Además, se añadió un paseo peatonal por la parte superior.

Junto a ella se encuentra la Capilla de los Jesuitas, una pequeña y austera iglesia católica construida entre 1818 y 1820 en los terrenos del antiguo colegio jesuita.

Una vez al otro lado de las murallas, nos hallamos frente al Parque de la Esplanada, a un paso de nuestro aparcamiento. Nuestro coche estaba casi solo ya a aquellas horas. Y tras pagar los $18 pusimos rumbo a Montreal. Acababa así nuestra visita a Quebec.

Para volver a Montreal teníamos la opción autopista como a la ida, o una ruta panorámica y más lenta por el Camino del Rey. Estábamos cansados y decidimos tomar el camino rápido, pero también suena interesante la ruta histórica.

A principios del siglo XVIII la red de carreteras ocupaba solo una pequeña parte del vasto territorio de Nueva Francia, además, el extremo clima no favorecía las comunicaciones. Continuamente había cortes por inundaciones, tormentas, heladas o nieve. Además, en realidad hablamos de que tan solo había caminos sueltos. Quebec y Montreal no estaban conectadas. Así pues, en 1706 el Consejo Superior decidió construir una carretera junto al río. Cuando finalizaron las obras en 1737 había 280 kilómetros de carreteras. Supuso un gran avance, ya que facilitó las comunicaciones no solo del transporte privado (carruajes y diligencias), sino también del postal, pues fue usado por correos hasta que llegó el ferrocarril a mediados del siglo XIX (antes era transportado por el río). A lo largo del camino había señoríos en los que podían hacer paradas para descansar y en apenas dos días habían cubierto la distancia entre ambas ciudades. Se convirtió en la carretera más larga al norte del Río Grande, ya que Estados Unidos tardaría casi un siglo en construir la Wheel Road.

Hoy, la ruta ofrece la posibilidad de hacer las paradas en los señoríos e ir descubriendo cómo se vivía a un ritmo mucho más pausado en aquellos siglos. La verdad es que por la hora no nos hubiera dado tiempo a parar mucho, porque eran más de las seis de la tarde. Así que, para llegar al apartamento directos a cenar, paramos en un Walmart a la salida de Quebec y compramos los ingredientes necesarios para preparar unos perritos caseros. Nos habíamos quedado en Toronto con las ganas de comer uno en un puesto callejero, así que había que sacarse la espinita.

Además, probamos algunas cervezas locales, como la Labatt Bleue, la Downhill Pale Ale, la Lager Molson Canadian, la Ace Hill light y la Labatt 50 Ale. Ninguna especialmente reseñable.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 II: Quebec City: De la Ciudad Alta a Petit Champlain

Tras una breve parada para comer, continuamos por la Rue du Trésor, que sale justo enfrente de la catedral. Es una callejuela, en realidad y es toda una exposición de arte, pues es el lugar elegido para los artistas callejeros para dar a conocer sus obras. Hay quien lo comprara con Montmartre. No creo que sea para tanto.

Sí que es cierto que las calles aledañas están llenas de restaurantes, de tiendas de artesanía, que las calles están empedradas y hay casitas muy curiosas con tejados de pizarra… pero no llega a ser el barrio de la capital francesa.

Nos conduce a la Place d’Arms, una plaza de 5.000 metros cuadrados en cuyo centro se alza una estatua que simboliza la Fe. Erigido en 1915, conmemora el tricentenario de la llegada de los monjes recoletos.

La escultura que vemos en primer plano se instaló en el 50 aniversario de la declaración del Viejo Quebec como Sitio Patrimonial. Representa los anclajes intemporales de su historia e identidad.

La plaza se construyó entre 1640 y 1648 como lugar para el desarrollo del ejercicio militar. Después de que se construyera la ciudadela en 1830 perdió dicha función militar. En 1865 se convirtió en parque público.

Se encuentra flanqueada por edificios importantes. Por un lado el Château Frontenac al sur, y el antiguo Palacio de Justicia y la Catedral de la Santa Trinidad al oeste.

En la parte norte, además de restaurantes y de la oficina de turismo, podemos encontrar el Musée du Fort anexo al edificio de correos.

Al este de la plaza se abre la terraza sobre el Río San Lorenzo, y cómo no, nos da la bienvenida la estatua de Champlain, el fundador de Quebec.

Se cree que nació en 1570 en una familia protestante, aunque se convirtió después al catolicismo. Cruzó el Atlántico por primera vez en un viaje al Caribe. Primero navegó por Norteamérica en 1603 y fue teniente-gobernador de Nueva Francia hasta que murió en 1635. Fue testigo de las condiciones de los indígenas bajo el dominio español y temía que la diplomacia francesa había fallado en el pasado. Cuando se encontró por primera vez con los Primeros Habitantes decidió tratarlos como iguales. Así, ambas naciones formaron una alianza mutuamente beneficiosa que marcaría el futuro de la nueva colonia francesa. De hecho, los franceses se unieron a los Innu, Anishanabe, Wolastoquyik y los Wendat para luchar contra los Haudenosaunee o Iroquois, enemigos de los anteriores.

Entre 1599 y 1633 Champlain cruzó el Atlántico cerca de 30 veces y viajó miles de kilómetros por vías navegables. Gracias a sus observaciones, creó mapas detallados de la geografía y recopiló información que le dieron los aliados de los Primeros Pueblos. Champlain es conmemorado en muchos sitios (monumentos, carreteras, calles, edificios…) a lo largo de todo el país.

Esta estatua, inaugurada en 1898 en realidad no representa a Champlain, ya que no se conoce ningún retrato auténtico suyo. El escultor tomó como referencia a Michel D’Emery, el superintendente de finanzas de Luis XIII.

Para llegar al muelle de la Terraza Dufferin hay que bordear el inmenso Château Frontenac, la joya de la ciudad, el monumento más famoso. Construido en seis etapas entre 1892 y 1893, este edificio es un excelente ejemplo de hoteles de estilo castillo construido por las compañías ferroviarias de Canadá. Fue diseñado como lugar de prestigio en el que se pudieran alojar turistas de alto nivel adquisitivo. Aquel viajero de finales de siglo XIX que daba la vuelta al mundo en busca de nuevas experiencias.

Se ve ensalzado gracias a su ubicación sobre el Cabo Diamante, y evoca el romanticismo de los castillos del Valle del Loira de los siglos XIV y XV, pues los propietarios querían darle ese carácter francés, para que estuviera en sintonía con el resto de la ciudad. No obstante, aquí se abandona la clásica simetría a favor del pintoresco eclecticismo, tan popular a finales del siglo XIX. Se incorporaron torres y torretas, techos y buhardillas, altas chimeneas y techos altos. Aunque se han hecho adiciones entre 1897 y 1993, se ha intentado mantener la estructura original.

La Terraza Dufferin no solo es un buen lugar donde asomarse al río y a la parte baja de la ciudad, sino que también es un espacio para pasear, tomar algo o incluso disfrutar de actividades o eventos.

Durante muchos años este enclave fue un espacio solo accesible para unos pocos privilegiados. Champlain construyó su nueva residencia en la zona en 1620. Su sucesor, el gobernador Montmagny, la amplió creando un malecón para sus invitados. Durante todo el régimen francés, el paseo marítimo quedaba reservado para la residencia llamada Château Saint-Louis.

Con la llegada de los británicos el Château se convirtió en la residencia oficial de los gobernadores y el paseo siguió siendo privado hasta que quedó arrasado en un incendio en 1834. Cuatro años más tarde, Durham, el nuevo gobernador, mandó construir uno nuevo, ya público, sobre las ruinas.

Este paseo marítimo conocido como Durham Terrace medía 50 metros de largo por 15 de ancho y fue un éxito inmediato. Pronto se actualizó sustituyendo la tierra por tablones y se alargó 35 metros más en 1854. Además, se añadieron farolas y una barandilla de hierro.

Cuando en 1872 llegó Lord Dufferin para convertirse en gobernador general, quedó enamorado de la ciudad y la terraza se volvió a expandir. Y esta vez a lo grande. De 85 metros pasó a 430, se añadieron cinco glorietas con toldo verde y blanco y una para acoger a una banda de música. Gracias a esta importante renovación la terraza se reinauguró en 1879 renombrada en su honor.

En 1885 se encendieron las primeras farolas eléctricas en lugar público, no solo en la ciudad o en Canadá, sino en toda Norteamérica.

Desde entonces apenas ha cambiado su estética y se siguen conservando las glorietas. Sirven para resguardarse del sol (también de la lluvia siempre que no venga de lado) mientras se observa el panorama.

Alguna de ellas incluso tiene quiosco incorporado.

Y también sigue operativa una rampa que se colocó en 1884 y que con sus 60 metros de altura y sus 250 metros de longitud, permite alcanzar una velocidad de hasta 70 kilómetros por hora. Imagino que en invierno habrá importantes colas de quebequeses y visitantes esperando con los trineos su turno para lanzarse.

En la terraza se puede tomar el funicular para conectar con la zona baja. Se decidió construir en 1879 para facilitar la ascensión al Cabo Diamante. Y, aunque el proyecto se encontró con opositores, finalmente se inauguró en febrero de 1880 la parte bajo la terraza. A la salida del funicular los pasajeros debían atravesar un túnel bajo la terraza y luego subir una escalera. En su inauguración funcionaba por vapor y solo operaba seis meses al año. Supuso un importante enlace entre la ciudad alta y la baja para transportar a los pasajeros y cargas. Además, era una buena alternativa, más corta que moverse en caballo por la época.

La primera construcción consistía en un montacargas sobre raíles. Este fue sustituido por un sistema de contrapesos de agua. Para proteger a los pasajeros de la intemperie, se colocó un recinto de madera de 60 metros.

A comienzos del siglo XX se reconstruyó y desde entonces el funicular comenzó a funcionar con electricidad pasando a operar durante todo el año. En 1945 un incendio destruyó completamente el funicular y causó grandes daños en la casa de Louis Jolliet (célebre explorador que exploró el Misisipi), construida en 1683. El funicular fue reconstruido y se sustituyó la madera por metal.

Cuando se llevaron a cabo trabajos de revitalización del la Plaza Real y del barrio Petit Champlain, los propietarios del funicular modernizaron completamente el equipamiento y en 1977 instalaron cabinas panorámicas que ofrecían una buena vista del Cabo Diamante y del río San Lorenzo. Estas fueron sustituidas en 1998 por unas nuevas en la última reconstrucción completa del funicular.

Nosotros no lo cogimos, porque en el recorrido a pie había bastantes tiendas de artesanía. Merece la pena bajar las escaleras si el tiempo lo permite. Entiendo que en invierno con hielo o nieve puede ser un rompecuellos, que de hecho es como se la conoce, como la Escalier Casse-Cou, pero en temporadas de signo positivo en el termómetro, mejor ahorrarse los $3 del funicular.

Y en apenas un par de minutos (si no te paras a comprar) estás 60 metros más abajo en el barrio Petite Champlain.

A principios del siglo XIX los artesanos se mudaron a la Ciudad Alta huyendo de las epidemias que llevaban los inmigrantes provenientes de Europa. En la parte baja se asentaron los irlandeses y quedaron aislados por los deslizamientos de la tierra. Entre 1841 y 1889 hasta en cinco ocasiones se desprendieron partes del acantilado, provocando que unas 15 casas acabaran sepultadas y 86 personas fallecieran.

En el siglo XX la cosa no había mejorado y, mientras en el resto de la ciudad ya había calles pavimentadas, la calle Petit Champlain estaba cubierta por tablones de madera. Para mediados de siglo la miseria se había extendido hasta el punto en que se consideró derruir la zona y construir en su lugar un aparcamiento.

Afortunadamente llegaron Gerry Paris y Jacques de Blois en la década de los 70 con la idea de revitalizarlo al estilo europeo. Así, compraron un bloque de casas abandonadas y reclutaron a artistas y artesanos que quisieran vivir y trabajar allí. Poco a poco fueron restaurando las casas intentando conservar los materiales para mantener el carácter histórico. Después se las vendieron a la cooperativa de artesanos del Quartier Petit Champlain.

Para finales de siglo la Rue du Petit Champlain se había convertido en un centro social, artístico y de ocio.  SE ha revitalizado económicamente y ahora es uno de los mayores atractivos de la ciudad gracias a su valor histórico y cultural. Podemos pasear entre restaurantes, galerías, tiendecitas de artesanía, de ropa, de recuerdos…

Antes de seguir adentrándonos por el resto de las calles del barrio nos desviamos a BeaverTails/Queues de Castor para comprar el postre. Se trata de una pastelería que lleva abierta desde 1978 y que es famosa por su cola de castor (el nombre de la marca ya da una idea).

Este dulce con forma de cola de castor es una masa frita a la que se le puede echar por encima cualquier cosa que te apetezca. Tienen una variada oferta.

Luego ya depende de lo goloso que seas y del hambre que tengas. Dos nos decantamos por la nueve, que es muy similar a la clásica porque lleva canela y azúcar, pero además se le añade una rodajita de limón. La tercera fue la cinco (quizá la que tenía peor pinta) y la cuarta una seis con crema de cacao, crema de cacahuete y lacasitos. Todo por $25.98.

No sé muy bien qué esperaba del sabor, pero me sorprendió descubrir que se trata de una lechefrita pero a lo bestia. En mi familia se suele rebozar en azúcar y canela y la masa lleva ralladura de limón, por lo que al final el sabor era el mismo. Estaba muy rica, además calentita, pero yo no pude con la mía. Demasiado grande. Mucha masa y mucho azúcar.

Seguimos con nuestro paseo por las calles aledañas descubriendo fachadas pintorescas muy propias de instagram o pinterest.

Entramos en una tienda que nos llamó la atención, en La petite cabane à sucre. Tenían todo tipo de productos de la estrella de Canadá: el sirope de arce.

La hoja de arce es la que aparece en la bandera nacional y el sirope de arce es más que un simple dulce, es un símbolo del país, y de la región, ya que la provincia de Quebec es la principal productora con 20 millones de litros al año (cuatro veces más que EEUU).

El sirope de arce es un producto tradicional del este de Canadá ya desde la época de las Primeras Naciones. Aunque se puede usar cualquier arce, los mejores son el azucarero (Acer saccharum) y el negro (Acer nigrum) y además sus troncos deben tener un diámetro de al menos 25 centímetros en su parte media. Se obtiene en las últimas semanas del invierno (generalmente entre febrero y marzo), aunque normalmente las de mayor calidad son las producciones tempranas, gracias a un clima con temperaturas sobre cero, pero noches aún en negativo. El de fin de temporada al parecer es más oscuro con peor sabor.

Para fabricar el sirope se sigue un proceso tradicional que se ha convertido también en reclamo turístico y muchas granjas de la región ofrecen excursiones guidas. Se realizan perforaciones en los troncos de los arces y se coloca una boquilla de la que se cuelga un cubo para que vaya goteando la savia en él. El líquido obtenido se lleva a unas cabañas especiales con una abertura en la parte superior para evitar la condensación por la cocción. Y es que el exceso de calor puede dañar el sirope.

Cuando se han conseguido 40 litros de savia (más o menos la cantidad que produce un arce por temporada), se pone a cocer para obtener el jarabe. Aunque ojo, porque tan solo se obtiene un litro. El proceso se ha de hacer próximo a su extracción, ya que si se almacena la savia mucho tiempo puede llegar fermentar.

En Canadá se comercializan tres tipos de sirope: uno claro, otro oscuro y otro intermedio y no tienen nada que ver con los de Estados Unidos. Aunque al otro lado de la frontera también tienen su propia producción, la mayoría de los que se encuentran en el mercado son de imitación hechos con jarabe de maíz y otros azúcares y luego una esencia de sirope de arce para darle un poco de sabor. A estos productos los quebequenses los llaman sirop de poteau (sirope de poste). Se suele usar para acompañar tortitas o crepes en el desayuno, pero también en el té o café, en galletas, caramelos… Hay toda una industria. Y para los veganos es un buen sustituto de la miel.

Una de las variedades más peculiares son las tires d’erable. Se hierve el sirope y se extiende en forma de tira directamente en la nieve. Después se coloca un palo en un extremo y se comienza a enrollar sobre sí mismo. Al final se obtiene una piruleta que a mí me recuerda a la cera depilatoria. Se suele consumir antes de que se enfríe.

Además de usarse como dulce, en la cocina quebequesa también se usa para dar el contraste en platos salados. Incluso se lo incorporan a algunos embutidos…

Muy próximo a la tienda encontramos otro mural, el fresco del Petit Champlain.

Este fresco ilustra las actividades de la pesca y el comercio marítimo de la ciudad, así como los habitantes y visitantes históricos. Destacan por ejemplo el capitán Bernier, explorador del Polo Norte; Lord Nelson, un oficial británico; o el reparador de velas Gustave Guay. También podemos ver a la mujer de un marinero que le espera con preocupación. Además queda representado el incendio de 1682, los bombardeos de 1759, los deslizamientos de tierra de 1889 y otros desastres que marcaron la historia del barrio.

Seguimos, que aún nos queda Quebec por descubrir.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9: Quebec City: Ciudad Alta

Nos levantamos pronto, desayunamos y nos preparamos para los 250 kilómetros que separan Montreal de Quebec. Eso sí, es un paisaje en el que predominan los bosques y prados, nada que ver con los tramos de Chicago a Toronto o de Toronto a Ottawa.

Quebec es la capital de la provincia homónima y como esta es mayoritariamente francófona. Lejos queda la época en que el 40% de los residentes de la ciudad era de habla inglesa. Hoy no llegan ni al 2%. Asimismo, siguiendo la tradición francesa, más del 90% de la población es católica y el resto se lo reparten entre musulmanes, judíos y protestantes.

La ciudad de Quebec es uno de los asentamientos europeos más antiguos del país. Champlain, fundador de la ciudad, la conoció por el nombre iroqués Kebec (donde se estrecha el río) y la bautizó como Ludovica en honor a Luis XIII.

Los franceses se hicieron con la ciudad hasta 1629 que llegaron los británicos. Pero la recuperaron en 1632 convirtiéndola en el centro de Nueva Francia. Y aunque algo más de un siglo después la recuperaron de nuevo, volvieron a perderla definitivamente en la Guerra de los Siete Años. En 1763 pasó a manos británicas.

A lo largo de su historia ha sido capital de varios territorios. En un primer período entre 1608 y 1627 y un segundo entre 1632 y 1763 lo fue de Nueva Francia; entre 1763 y 1791 de la provincia de Quebec; entre 1791 y 1841 del Bajo Canadá; y de 1852 a 1856 y desde 1859 hasta 1866 fue la capital de la Provincia Unida de Canadá (después fue sustituida por Kingston, Montreal y finalmente Ottawa con la creación del Dominio de Canadá en 1867). Hoy sigue siendo la capital la provincia de Quebec.

Como capital provincial se convierte en centro regional de administración pública, defensa, servicios, comercio, transporte y turismo. Miles de turistas llegan al año en crucero, y es que su puerto, a orillas del río San Lorenzo se ha convertido en una importante escala de los que recorren toda la costa este de Canadá.

Además, es un importante nudo de conexión tanto con el país como con Estados Unidos gracias a la red de carreteras.

Llegamos a media mañana y lo primero que teníamos que encontrar era un lugar donde aparcar. Al tratarse de una ciudad amurallada, resulta bastante complicado no solo encontrar un hueco, sino que además sea gratuito. Así que, después de una vuelta, para no entretenernos más, acabamos dejándolo en un aparcamiento subterráneo. Y claro, llevábamos un coche tan grande, que por poco no dábamos con las vigas del techo. De hecho, tuvimos que quitar la antena de la radio. Pero ahí se quedó.

Quebec se divide en dos partes, por un lado la Ciudad Vieja (Vieux Québec), que es Patrimonio de la Humanidad desde 1985, y por otro lado la Ciudad Nueva, mucho más moderna y residencial. El resultado es una combinación de arquitectura afrancesada con rascacielos de cristal. La Ciudad Vieja se encuentra rodeada por un perímetro amurallado de 5 kilómetros, lo que la convierte en la única ciudad amurallada de toda Norteamérica. Así, el casco histórico queda bastante recogido dentro de estos muros y se puede recorrer fácilmente a pie.

En 1950 la zona estaba prácticamente vacía. La mayoría de los edificios estaban en ruinas y era inseguro vivir allí. Tras reubicar a los pocos habitantes, se reconstruyó totalmente incluso reutilizando piedras de las viejas construcciones para que así quedara lo más auténtica posible.

La Ciudad Vieja se divide a su vez en Haute Ville (Ciudad Alta) y Basse Ville (Ciudad Baja), conectadas por un funicular y unas escaleras. La parte alta destaca por las fortificaciones y la ciudadela, donde predominan las casitas bajas. Por otro lado, la parte baja se articula en torno al barrio Petite Champlain y puerto.

Nosotros habíamos aparcado junto al edificio del Parlamento, una construcción moderna en la que destaca la bandera azul que recuerda su pasado francés. Muy cerca se encuentra el Fresco de la Capital Nacional de Quebec. En él se hace un repaso a cuatro siglos de historia política de la capital a modo de trampantojo.

En la ventana superior izquierda quedan representados Jean Antoine Panet y Guy Carleton, mientras que en la derecha está solo Augustin de Saffray. En el centro de ambas ventanas destacan las estatuas de Robert Bourassa y René Lévesque.

Bajo ellos, en un kiosco de la terraza Dufferin se hallan Édouard Fisher, Eugène Étienne Taché, Elzéar Bédard, Ezechiel Hart, Louis Joseph Papineau, John Neilson, Simon Napoléon Parent y Louis Aleixandre Taschereau. A su derecha, asoma a la ventana Marie-Claire Kirkland-Casgrain.

En la parte inferior izquierda están representados manifestantes por la democracia en diferentes épocas y junto a la ventana Ludger Bastien, Nicolas Vincent Tsawenhohi y Louis D’Ailleboust. En la parte central vemos a Pierre Joseph Olivier Chauveau y a su derecha a Thérèse Casgrain. El grupo en el extremos simboliza a los quebequeses del futuro.

Continuamos a la Plaza George V, que queda flanqueada por el Musée des Voltigeurs de Quebec y en la que encontramos varias estatuas, como la de Confucio o Camille Laurin, el padre de la carta de la Lengua Francesa.

Los Voltigeurs son una unidad de reserva que se creó en 1862, lo que la convierte en el regimiento francocanadiense más antiguo del país. Sirvieron en varios conflictos durante el siglo XX, incluidas las dos guerras mundiales y la de Corea.

La armería construida entre 1885 y 1887 quedó dañada en un importante incendio en el 2008, por lo que tuvo que ser reconstruida. Además de seguir siendo su sede, alberga un museo y las oficinas desde el regimiento. Eso sí, ya no sirve como lugar de entrenamiento, ya que para ello se han desplazado a las afueras de la ciudad, con el 22º regimiento.

De estilo château, el edificio de la armería copia la forma de otros fuertes europeos. En el centro de la fachada destacan dos torres gemelas con techos cónicos.

En la plaza además, hay un monumento dedicado a los caídos en las guerras.

Cerca queda el Museo de las Llanuras de Abraham, que expone los restos que se encontraron en el parque que tuvo lugar la batalla. Queda completado con la explicación de las costumbres y una exhibición de la indumentaria de la la época.

Fue en esta batalla de apenas media hora cuando las tropas francesas fueron derrotadas y Gran Bretaña se hizo con Quebec tras sitiarla.

Hoy los antiguos terrenos militares que iban desde Grande Allée hasta el acantilado que domina el río San Lorenzo se ha convertido en parque público, el Battlefields Park (aunque sigue siendo conocido por los locales como Llanuras de Abraham).

Inspirado en Central Park, abarca 103 hectáreas y sirve, no solo como espacio de relajación y recreo, sino que en verano acoge importantes eventos. En invierno por su parte se puede practicar esquí de fondo.

Desde allí nos dirigimos a la ciudadela. Cuando los británicos se hicieron con Quebec, temían que Francia quisiera volver a recuperar el territorio. Sin embargo, el verdadero peligro estaba en los Estados Unidos, quien en 1775 y 1812 atacó Canadá, en ambos casos sin éxito. Aún así, pensaban que toda la colonia podría perderse si los invasores se hicieran con la ciudad, así que parecía esencial protegerla con una fortaleza capaz de resistir un asedio y así se transmitió a las autoridades competentes. En 1820 Londres autorizó la construcción de una ciudadela permanente a pesar de los altos costes que conllevaba.

Al mismo tiempo, la Ciudad Alta ya estaba protegida por todos los lados, especialmente por el oeste, con un bastión y cuatro torres. Además, el acantilado del Cabo Diamante estaba protegido por un alto muro que impedía su escalada. Con la construcción de la ciudadela Quebec se convirtió, por un tiempo, en territorio prácticamente inexpugnable. Dickens en sus American Notes se refirió a ella como la Gibraltar de América.

Consiste en un cuerpo principal en forma de estrella compuesto de cuatro bastiones triangulares y de muros que protege los edificios interiores; un foso que previene que el enemigo penetre directamente; y una pendiente libre de vegetación para tener una visión clara de los movimientos de los atacantes. Domina la ciudad y sus alrededores, y con sus 50 cañones podría defenderse por todos los flancos.

En su interior está organizada como una ciudad con sus cuarteles, hangares, arsenales, depósitos de pólvora, almacenes para comida y equipamiento, cisternas para el agua, un hospital y una armería. Desde 1920 es una base militar en activo ocupada por el Regimiento número 22, el único formado por canadienses de habla francesa. No obstante, alberga las dependencias administrativas solo. La base militar en sí está a 60 kilómetros de Quebec.

A pesar de ser construida con fines defensivos, nunca fue atacada. Algo similar a Fort George.

No la visitamos por dentro, ya que queríamos aprovechar al máximo el día para recorrer la ciudad. No hay que olvidar que volveríamos a dormir a Montreal. Así que, continuamos nuestro recorrido hacia el casco histórico, para lo que tendríamos que cruzar las murallas. Se puede entrar por la puerta de San Luis, por la de Kent o por la de San Juan. Nosotros lo hicimos por la primera de ellas.

Esta puerta fue construida en 1693, aunque fue demolida y reconstruida en el estado actual en el siglo XIX y nos da una idea de cómo eran las fortificaciones en su día.

Tras cruzarla llegamos al Parque de la Explanada, donde encontramos varias estatuas, como la de Gandhi.

También destaca el monumento conmemorativo de las conferencias entre el Primer Ministro británico Winston Churchill y el Presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en 1943 y 1944. Con el Primer Ministro de Canadá, William Lyon Mackenzie King como anfitrión (pero sin participar), la primera de ellas (de nombre en clave QUADRANT) se llevó a cabo en la Ciudadela y en el Château Frontenac. También fue invitado Stalin, pero no asistió por razones militares.

En ella acordaron invadir Francia, las operaciones para agotar a Japón, las estrategias sobre cómo eliminar a Italia del Eje. Aunque esto último no fue necesario porque en esos días se firmó un armisticio e Italia quedó fuera de la guerra. Además, debatieron sobre cómo coordinarse entre Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá. Y los dos primeros firmaron un acuerdo por el cual se comprometían a no usar la tecnología nuclear contra el otro.

La segunda conferencia de Quebec (OCTAGON) volvió a reunir a Churchill y a Roosevelt. King de nuevo ejerció como anfitrión, pero sin asistir a las reuniones. En este encuentro planificaron cómo desmilitarizar Alemania y cómo lanzar la bomba atómica a Japón.

Enfilamos la calle San Luis que, junto con la San Juan, es una de las calles más transitadas del viejo Quebec. En ella abundan las tiendas y restaurantes. Y más que a Francia, me recordaron a Escocia, con esos edificios de piedra y puertas y ventanas coloridas. Pero también es verdad que he visitado más tierras escocesas que francesas.

Destaca la colorida Maison François-Jacquet-Dit-Langevin, construida a finales del siglo XVII, lo que la convierte en una de las residencias más antiguas de todo Quebec. Es un valioso ejemplo de arquitectura residencial durante el régimen francés.

Fue construida en un terreno que pertenecía a las monjas ursulinas y al maestro techador François Jacquet y Langevin, de ahí su nombre. A finales del siglo XVII esta zona de la Ciudad Alta estaba reservada a comunidades religiosas y autoridades civiles y militares, sin embargo, la falta de espacio en la Ciudad Baja provocó que la gente se mudara. En un principio se levantó una casa de madera, y hacia 1690 se reconstruyó en piedra. Era una casa pequeña y fácil de calentar gracias a las paredes gruesas. Además, tenía un sótano para almacenar verduras durante el invierno y un ático para granos y legumbres. Contaba con un patio que incluía establo, leñera, huerto, letrinas e incluso pozo, algo importante ya que el río quedaba lejos.

A finales del siglo XVIII se quedó pequeña para las necesidades de los dueños, por lo que añadieron una extensión con una cocina. Además, unos años más tarde incorporaron una segunda construcción de piso y medio, como la casa original, pero poco después se subió uno más. Y con ese aspecto es como ha llegado a nuestros días, hoy ocupada por un restaurante, pero manteniendo esa tradición francesa.

La Rue des Jardins, que sale a mano izquierda, nos conduce a la Place des Tourangelles, donde se erige el Monasterio de las Ursulinas.

En 1639 llegaron de Francia tres monjas Ursulinas y promovieron la construcción de un monasterio. También crearon una escuela para niñas jóvenes. En un principio esta institución acogía a niñas aborígenes, pero luego también se abrió a estudiantes de origen francés llegando a ser las únicas alumnas treinta años más tarde.

El complejo se construyó en fases desde el siglo XVII al XX. Las alas principales se articularon en torno a un patio, siguiendo el modelo de los conventos franceses del siglo XVII. También los edificios se construyeron en piedra con techos de zinc y ventanas de paneles pequeños tal y como se hacía en Francia. El monasterio quedó parcialmente destruido por los bombardeos del asedio de Quebec en 1759. Y cuando la ciudad se rindió, sirvió temporalmente para acoger a los oficiales y soldados británicos, ya que los hospitales estaban llenos. A cambio pudieron reanudar las clases.

En el siglo XIX la institución creció y ganó reconocimiento por su método de enseñanza en el que fomentaban la comprensión y no tanto el repetir la lección como loros. No solo enseñaban religión, sino también gramática, literatura francesa e inglesa, aritmética, geografía, historia, ciencia y arte (música, dibujo, pintura y bordado). La mayoría de las alumnas eran internas y llevaban un estilo similar al de las monjas de clausura con un estricto horario diario. Esto fue cambiando progresivamente en el siglo XX. Hoy admite incluso a niños.

En el centro de la plaza hay un monumento dedicado a las comunidades religiosas docentes, a todas aquellas mujeres que desde el anonimato han formado parte de las escuelas y han hecho de la enseñanza su vocación.

La misma Rue des Jardins nos conduce a la Catedral de la Santísima Trinidad, la primera catedral anglicana construida fuera de las Islas Británicas.

Fue erigida en el lugar en que había un monasterio recoleto que acabó incendiado en 1796 con la finalidad de contrarrestar el monopolio de la Iglesia Católica entre la mayoría de la población francocanadiense. De estilo austero, como suele ser común en la arquitectura protestante, cuenta con un frontón triangular sostenido por cuatro columnas que enmarcan tres arcos, cada uno con una puerta coronada por una ventana. En el centro queda coronada por una torre que alberga ocho campanas inglesas.

Un poco más adelante, en la acera opuesta, se alza el Ayuntamiento, el Hôtel de Ville.

Construido en piedra entre 1895 y 1896 y designado Sitio Histórico Nacional de Canadá en 1984, el ayuntamiento de Quebec es de estilo ecléctico. Con planta en forma de H y a varias alturas, se trasladó de la calla San Luis con Santa Úrsula a la localización en la que se encontraba el Colegio de los Jesuitas, derruido en 1878.

Tomando la calle Sainte Familie llegamos a la Universidad Laval. En realidad se trata de la zona originaria, ya que el centro se trasladó al distrito de Sainte-Foy. Ahora la única facultad que queda en el recinto es la de Arquitectura.

En 1852 el Séminaire de Quebec fundó la primera institución de enseñanza superior en lengua francesa de América del Norte. Hasta aquel momento los jóvenes francófonos que querían una educación universitaria tenían que elegir entre dos instituciones inglesas: McGill en Montreal o Bishop’s en Sherbrooke.

La institución se abrió en 1854  y durante muchos años Laval fue la universidad de referencia en lengua francesa en toda Norteamérica. Durante varios años tuvo también una sede en Montreal. Los primeros edificios en construirse fueron el principal, la Escuela de Medicina y la Residencia.

Al principio la educación impartida se basaba en el modelo francés con cuatro facultades: Teología, Artes, Derecho y Medicina. En el siglo XX se añadieron otras áreas de estudio y llegaron más estudiantes. Ahí fue cuando la Universidad necesitó un nuevo campus.

Bordeando el edificio vemos el patio del Séminaire de Québec, la comunidad de sacerdotes diocesanos que fue fundada el 26 de marzo de 1663 por François de Laval (que se convertiría en el primer obispo de Quebec) y que promovió la construcción de la Universidad. La institución nació con el propósito de formar sacerdotes, evangelizar a los aborígenes y administrar las parroquias de la colonia.

Siguiendo el deseo de Luis XIV abrieron el Petit Séminaire, concebido como una escuela para niños. Sin embargo, durante sus primeros 100 años de andadura fue un internado para futuros sacerdotes que estudiaron en el Colegio de los Jesuitas (que, como hemos visto, se encontraba donde hoy se erige el ayuntamiento). Cuando los británicos conquistaron Nueva Francia y convirtieron el Colegio Jesuita en un cuartel, el Séminaire se adaptó a las nuevas circunstancias y se centró en una educación basada en el currículum básico de la época.

Los estudiantes del Petit Séminaire se formaban en francés, griego y latín y estudiaban a los grandes filósofos y escritores europeos. El propósito era educar a la élite religiosa y cultural de la ciudad. A él acudieron intelectuales quebequenses como el famoso político Louis-Joseph Papineau y el primer ministro de Québec, Jean Lesage. Dejó de funcionar como tal en 1987.

Frente a este conjunto de edificios se encuentra el Parc Montmorency, donde parece que han expuesto todos los cañones que tenía la ciudad.

También tiene un monumento en memoria de Louis Hébert y su esposa Marie Rollet, y es que el parque ocupa una sección de la primera granja de este matrimonio.

Fue inaugurado en 1918 para homenajear a los pioneros de Nueva Francia. Hébert era boticario parisino e hizo su primer viaje a América en 1606-1607. Volvió de nuevo en 1610 con su mujer, pero los problemas en la colonia le hicieron regresar a Francia tres años más tarde. En 1617 Champlain reclutó de nuevo al matrimonio y se los llevó a Quebec (esta vez además con los tres hijos). Allí se convirtieron en la primera familia en establecer su residencia de forma permanente en Nueva Francia. La granja cubría los sitios ocupados hoy por la Catedral de Notre-Dame y el Petit Séminaire. Louis Hébert cultivaba granos, verduras, plantas medicinales y manzanos de Normandía. También cuidaba a los enfermos, entre ellos los nativos, con quienes tenía lazos amistosos.

Marie Rollet por su parte ayudó a trabajar la tierra, a cuidar a los enfermos y a predicar el evangelio a la población aborigen. En 1627, después de que su marido se resbalara con el hielo y muriera, se casó con Guillaume Hubou. Murió en 1649. Su yerno Guillaume Couillard también se halla en el monumento.

Otro monumento que podemos encontrar es el de George-Étienne Cartier, uno de los padres canadienses de la Confederación. Se halla en la ubicación exacta donde se erigía el Parlamento de la Provincia Unida de Canadá antes de ser consumido por las llamas. Fue en ese edificio donde se redactó en 1864 la primera versión de la Ley Británica de América del Norte, el documento fundador de la actual Canadá.

Junto al parque se encuentra la oficina de correos y frente a ella el obispo François Laval.

Frente a él se erige la Catedral Notre-Dame-de-Québec, que fue levantada en el lugar en que Samuel de Champlain construyó una capilla en 1633. Cuando este primer edificio se quemó, los jesuitas construyeron una nueva iglesia, esta vez de piedra, en 1647. En 1674, cuando François de Laval se convirtió en el jefe de la Diócesis de Quebec, eligió la pequeña iglesia como catedral, convirtiéndola en la sede del Iglesia Católica en América del Norte. El rey Luis XIV financió el primer proyecto de expansión a fines del siglo XVII. Sin embargo, no sirvió de mucho, ya que fue destruida por un incendio como resultado de un bombardeo previo al asedio de Quebec en 1759.

Tras la conquista británica se intentó reconstruir intentando replicar la primera iglesia, solo que añadiendo un campanario en la parte sur. Los planes de dos campanarios idénticos no se pudieron llevar a cabo, porque los cimientos no lo habrían soportado, así que se volvió a la idea de una única torre, sin campanas, en el lado norte.

A finales del siglo XIX se llevaron a cabo una serie de mejoras, pero el 22 de diciembre de 1922 el edificio se quemó hasta los cimientos. Durante siete años se intentaron reunir las piedras para erigirla de nuevo siguiendo fotografías antiguas.

En la década de 1990 se añadió una capilla funeraria a la basílica para acoger los restos de François de Laval, beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1980. Alberga además más de 900 tumbas en la cripta, incluidas las de los obispos y arzobispos de Quebec y cuatro gobernadores de Nueva Francia. Se cree que la de Champlain está en el sitio de la primera capilla.

Enfrente, en la Rue de Buade vimos un Subway, y como era la hora de comer y no queríamos perder mucho tiempo en decidir qué comer o buscar un sitio donde sentarnos y que tardaran en servirnos, hicimos la parada para comer. No tenían mucho surtido de panes, debía haber mucho movimiento en la ciudad por los cruceros y habían arrasado. Así que nos apañamos con lo que tenían, comimos y seguimos con la ruta.