Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.

Conclusiones del Crucero por el Mediterráneo: Escalas y Resumen de Gastos

En la entrada anterior ya realicé un análisis de la experiencia con el MSC Meraviglia. Pero la verdad es que lo importante (para mí) en un crucero, son las escalas. El barco importa, claro, ha de ser confortable, entretenido y ofrecer buena oferta gastronómica, pero yo contrato un crucero por los desplazamientos.

Hasta la fecha los tres anteriores que habíamos hecho tenían una ruta, y volvían a empezar en el puerto en que acababan su recorrido. Por tanto, había itinerario A e itinerario B. De esta forma analizábamos dónde preferíamos iniciar o terminar, o cuándo estaba mejor ubicado el día de navegación (siempre mejor hacia el final del crucero para descansar y hacer maleta). Por ejemplo, cuando hicimos el de Capitales Bálticas, elegimos terminar en Malmö que era una ciudad pequeña y que podríamos ver en pocas horas aun teniendo que desembarcar.

En este caso, sin embargo, se trata de un crucero circular. Empezaba y terminaba en Barcelona, pero es que además había embarque y desembarque en cada escala. Imagino que ponen a la venta en cada país/mayorista un determinado número de camarotes de cada categoría para así ir cubriendo. Porque si no, no tiene sentido que por ejemplo yo deje el camarote un viernes en Barcelona y no se ocupe hasta el lunes en Nápoles, pues la empresa perdería dinero.

Eso sí, a la hora de elegir en la agencia de viajes, no teníamos mucha complicación con el itinerario, pues era el que era. Y estaba bien que saliera de Barcelona, pues gracias al AVE llegaríamos en 3 horas. Y dado que ya habíamos visitado la ciudad, no nos tendríamos que preocupar del inicio o del fin.

Nuestras escalas fueron Marsella (Parte I y Parte II), Génova (Parte I y Parte II), Nápoles (Pompeya I y Pomeya II), Mesina (con excursiones a Catania y Taormina) y La Valeta (con excursion a Mdina y Rabat). Y sin duda la mejor de todas fue la última. Como suele ser habitual, hicimos todas las excursiones por libre. Las de la naviera me parecen prohibitivas, además de que es otro estilo, pues te organizan otros.

Estamos en Europa, son ciudades preparadas para el turismo y el transporte público funciona muy bien. Lo más complicado era Sicilia, que optamos por alquilar un coche para poder ver alguna ciudad más.

Marsella, a medio camino entre Italia y España, me gustó bastante a pesar de la decadencia de la ciudad. O quizás gracias a eso. En ocasiones parece una ciudad caótica, pero en otros un tranquilo pueblo de pescadores. Es 100% mediterránea con su mezcla de colores, gentes y gastronomía. Todo un ejemplo de multiculturalidad.

Tiene cierto encanto que recuerda a París en cafés y terrazas, en su planificación urbana, arquitectura y sus balcones. Algo que no es de extrañar, ya que fue reformada en el siglo XIX bajo las órdenes de Haussman. También guarda cierta similitud en barrios menos populares en los que predomina el arte urbano.

En sus calles hay vestigios de sus más de dos milenios de historia, por lo que podemos encontrar restos griegos, romanos, medievales así como más recientes.

Génova por el contrario me decepcionó bastante. También es cierto que nos diluvió y vimos la ciudad un poco a la carrera y lo que nos dejó la climatología. Pero me pareció una ciudad gris y sosa. Me esperaba más de una ciudad italiana.

En sus calles también hay historia, puesto que ha sido un importante cruce de culturas y pueblos desde la Antigüedad. Magníficos edificios, imponentes iglesias, elegantes mansiones y fachadas ricamente decoradas nos sorprenden a cada vuelta de esquina. Sin embargo, la ciudad parece un poco abandonada y esto ensucia la memoria del Siglo de los Genoveses, cuando Génova era un punto de encuentro y de conocimiento.

Nápoles no la vimos, tan solo de vuelta desde la estación y era de noche, bajo una intensa lluvia y a la carrera, por lo que no cuenta mucho la imagen de ciudad caótica, ruidosa y de tráfico endiablado que me traje. En su lugar visitamos Pompeya. Teníamos la duda de si quedarnos en Nápoles o visitar el yacimiento, y creo que acertamos. Aunque llegáramos con la hora pegada, pero creo que histórica y culturalmente, era más interesante visitar la ciudad arrasada por el Vesubio. Teniendo apenas 4 horas y media de luz en la escala, poco más se puede hacer. Ya habrá tiempo de visitar Nápoles y descubrir su patrimonio histórico y artístico.

Sicilia es una isla que guarda importantes testimonios de su pasado gracias a los restos arqueológicos y numerosos monumentos que se conservan. Entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente, Sicilia sí que ha sido un cruce de caminos.

Es una isla de interior con mezcla de aires griegos, españoles y árabes, pero también con su propio carácter del sur de Italia. En su territorio combina un interior en el que predominan volcanes, montañas y colinas con un exterior en el que destaca la paleta de azules del mar. No es de extrañar que a lo largo de su historia haya atraído a artistas como fuente de inspiración.

En el centro se alza el Etna, el volcán más alto y activo de Europa. Los romanos creían que era la fragua de Vulcano. Y según la mitología griega acogía las fraguas de Hefesto y era la residencia del monstruo Tifón, el culpable de terremotos y erupciones. No obstante, los sicilianos parecen no temerlo, ya que a su alrededor hay asentados muchos pueblos. Pueblos que podrían desaparecer como consecuencia de derrumbamientos de las laderas. Y es que parece que, según recientes mediciones, el volcán se está desplazando en dirección al mediterráneo a 14 mm por año.

Aunque ha provocado graves daños en diferentes ocasiones, sus ríos de lava también han generado – con el paso del tiempo, eso sí- una tierra fértil, en la que predominan en nogales, cítricos y viñedos.

Contábamos con poco tiempo, así que alquilamos un coche en AutoEuropa por 25€ el día y nos fuimos a Catania, Taormina para terminar en Mesina, el puerto de atraque.

Catania no tiene mucho encanto, no está mal su centro histórico, pero una vez que sales fuera de esa delimitación da la sensación de ser una ciudad algo dejada, abandonada y sucia.

 

Taormina por el contrario es totalmente recomendable. Es pequeña, pero tiene un encanto medieval. Y su posición ofrece unas vistas impresionantes tanto del volcán como de la costa.

Mesina estaría entre ambas. No tiene ese toque de Taormina, pero bien merece un paseo. Además, el barco atraca cerca y todo queda bastante próximo.

Como decía al principio, nuestra última escala fue la que más nos gustó. Viajar a Malta está muy de moda entre los turistas europeos. A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo.

Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público. Ciudades por cierto en las que se rodaron escenas de Desembarco del Rey en la primera temporada de Juego de Tronos.

Mdina nos encantó, sus callejuelas, lo bien conservado que está todo, sus palacios, su calma…

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos.

A la vuelta dimos un paseo por La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Aunque lo mejor es ver la entrada y salida del puerto, que permite alcanzar de un vistazo toda la muralla y el conjunto arquitectónico. Sobre todo la salida al atardecer.

En general podríamos decir que son todas ciudades interesantes, que tienen suficientes atractivos que ofrecer al visitante. Aunque quizá tenemos cierto sesgo y al haber visitado ya tantos países, no nos sorprenden tanto algunos destinos, por recordarnos a otros.

El día de navegación nos sirvió para descansar antes de volver a la rutina, pues, aunque lo bueno de un crucero es que amaneces cada día en un puerto sin esfuerzo alguno; lo concentrado de las escalas y la conjunción de cena – espectáculo – copa hace que se trasnoche algo, se madrugue bastante y el cuerpo se lleve buen agote. También aprovechamos para hacer las maletas sin quitar tiempo de un día normal.

Aunque por supuesto, el día de navegación es para conocer el barco y vivir las actividades que en él se desarrollan y que no vemos a diario por estar en tierra. A diferencia de otros cruceros aquí no vimos demostración de tallas de frutas y verduras, imagino que esto ya quedó muy visto y de décadas pasadas. Sin embargo sí que hubo de pizza y mozzarella. Lógico por otra parte, tratándose de una naviera italiana. También había actividades programadas por el equipo de animación, como el MasterChef at Sea.

Aún así, a pesar de haber descansado, este crucero ha sido agotador. La lluvia, el correr por Nápoles para no perder el barco, el concentrar tres ciudades sicilianas en un solo día… Todo ello acaba haciendo mella. Además, cuando la visita es en ciudad, al final acabamos haciendo unos 20 kilómetros diarios. Y si sumas un día tras otro, acaba pesando.

Para finalizar, vamos con el recuento de gastos:

Crucero con con camarote interior en categoría Fantástica y pack de bebidas: 1.863€

Cuota de servicio: 142€

AVE a Barcelona: 25€ por 4 trayectos. Total 100€

Metro Sants a Drassanes: 3€ por 4 trayectos. Total 12€

Bus Puerto Barcelona: 3€ por Trayecto. Total 12€

Billete diario Marsella: 5,20€ por dos. Total 10,40€

Bus a Pompeya: 2,8€ por dos. Total 5,6€

Entradas a Pompeya: 13€ por dos. Total 26€

Tren a Nápoles : 2,8€ por dos. Total 5,6€

Alquiler de coche en Sicilia: 24,95€

Gasolina: 19€

Peajes: 3.70€ por dos trayectos. Total 7,4€

Aparcamiento en Taormina: 3€

Bus Malta: 1,5€ por 4 trayectos. Total 6€

Habría que sumar algún regalo, recuerdo y souvenir, pero eso es ya algo más personal y no llevo la cuenta, por lo que la suma total asciende a 2.236,95€ (1.118,48€ por persona).

¿Qué tocará en 2020? ¿Podremos hacer Caribe?

Conclusiones del Crucero por el Mediterráneo: Análisis del MSC Meraviglia

En este crucero hemos notado un salto cualitativo con respecto a la naviera. O quizá sea por el barco, un MSC Meraviglia recién estrenado que hace justo honor a su nombre. Se nota la modernidad en el diseño de los camarotes, en las áreas comunes, en la moqueta, en el buffet, en la piscina y el parque acuático, en las zonas de ocio, en esas escaleras de brillos, en los ascensores que tardan poquísimo en sus recorridos… Es tan grande e impresionante que es muy fácil terminar el crucero y haberse perdido espacios.

Nada más entrar en el barco nos sentimos abrumados con tanto colorido. Aquello más que un barco parecía un centro comercial. Lo primero que encontramos fue la Galleria Meraviglia, un paseo central de 96 metros de largo en el que se localizan tiendas exclusivas, restaurantes temáticos y un bar.

En la planta superior hay más restaurantes temáticos, el TV Studio & Bar con su emisora de radio y estudio de televisión que cuenta con Comedy Club, karaoke y espectáculos de música en directo y el Teatro Broadway. Pero sobre todo destaca la cúpula LED de 480 m², en la que se proyectan diferentes motivos e imágenes. Aunque con tan solo unos meses de vida ya estaba dañada y tenía franjas de píxeles muertos.

Entre las tiendas encontramos joyerías, relojerías, una heladería, la chocolatería Jean-Philippe Maury Chocolate & Coffee (que tiene demasiado espacio ocupado para mi gusto)…

Los restaurantes temáticos, que no están incluidos en el precio del crucero y hay que reservar aparte, son Eataly (de temática italiana), Butcher’s Cut (un asador de estilo americano) y el Kaito Teppanyaki y Sushi Bar (japonés).

Junto al nipón destaca el Anchor Club, un pub irlandés en el que se pueden degustar todo tipo de cervezas (algunas incluidas en el paquete de bebidas, otras no).

Y en la Proa se encontraba el MSC Aurea Spa, el lujoso Spa Balinés donde ofrecían tratamientos de relajación para revitalizar cuerpo y mente. Contaba con Zona Termal y un salón de belleza. No puedo opinar al respecto ya que no lo pisamos.

Justo debajo se ubica el Teatro Broadway ocupando las cubiertas 5 y 6. Se trata de un teatro al uso, con sus butacas en modo anfiteatro. Y a diferencia de la experiencia en nuestros cruceros anteriores, en este no se permite comer o beber. En él se desarrollaban las actuaciones nocturnas (o vespertinas) y algún juego de animación.

En el extremo opuesto del barco, tras pasar la tienda de fotos y su estudio, teníamos el restaurante L’Olivo d’oro. Aunque, en realidad, nuestro restaurante asignado en un principio fue el Waves, situado en la cubierta 5, la misma en que se encuentra recepción.

Justo enfrente de esta había una zona de piano que quedaba recogida por las brillantes escaleras de caracol. Y en los laterales el Infinity Bar, uno de los que nunca pisamos.

Tampoco probamos el Champagne Bar, ubicado en la cubierta 7 en la parte posterior. Este bar ofrecía una amplia cama de champagnes, así como otras bebidas espumosas de todo el mundo.

Junto a él, en un lateral se esconde la biblioteca. Y digo se esconde porque yo la descubrí el último día. Ni siquiera la vi al hacer el simulacro, y eso que se encuentra junto al Casino, que era nuestro punto de evacuación en caso de emergencia.

Cuenta con un surtido de libros en diferentes idiomas, incluso japonés.

El casino tenía máquinas a un lado, mesas al otro. Y en el centro el bar. En el lado de las máquinas estaba permitido fumar, pero el sistema de ventilación no tenía nada que ver con el de Las Vegas y una vez que pasabas la biblioteca se notaba cómo el tabaco ya había impregnado paredes, muebles y moqueta. Realmente agobiante para una no fumadora. También se apreciaba en la propia ropa con tan solo pasar unos minutos allí.

En la proa de la cubierta se localiza el Carousel Lounge, un teatro diseñado para albergar los espectáculos del Cirque du Soleil. Su escenario es circular, y las butacas se disponen a su alrededor. En este sí que se puede consumir tanto comida como bebida. De hecho, una de las opciones de reserva para el Circo del Sol era cena + espectáculo. Por las tardes servía además para charlas informativas y a últimas horas de la noche se convertía en discoteca.

En las plantas centrales (de la 8 a la 14) se encuentran la mayoría de los camarotes y ya es en las últimas cuatro superiores (15, 16, 18 y 19 – no hay 17 porque en Italia es el número de la mala suerte-) donde se localizan los espacios de ocio así como el comedor principal.

Ubicado en la cubierta 15 y ocupando la mitad de su superficie, el Marketplace Buffet es un comedor que está abierto 20 horas al día. En su parte posterior tiene una terraza abierta a la popa del barco, y en su parte delantera se abre a la piscina con puestos de comida rápida y helados.

En todos los accesos a él había lavabos con su correspondiente jabón de manos y toallitas. Buen detalle.

El comedor tiene en su parte central diferentes cocinas: pizzería, comida étnica, mediterránea, family & kids (con hamburguesas, perritos, patatas fritas y pasta), una brasserie zona de ensaladas, de sopas y pastas, de pan y quesos, de fruta, de postres…

Además, cuenta con puestos laterales donde se encuentran las máquinas de bebidas para el desayuno y una cristalera donde se puede observar cómo hacen la mozzarella.

La verdad es que había bastante donde elegir y estaba todo riquísimo. Sin duda se notaba el origen italiano de MSC, pues pizzas, pasta, pan de ajo o salsa de albahaca no podían faltar.

En el desayuno los puestos se convierten en zonas con comida caliente (bacon, tortillas, huevos, judías, salchichas…),  bollería, tostadas, mantequilla y mermeladas, embutidos y queso, yogures y cereales. También había cocina en vivo para tortillas francesas y una sección con comida asiática (arroz camboyano, fideos de arroz salteados con verduras, arroz blanco y sopa japonesa). La zona de fruta se mantenía.

La otra mitad de la cubierta la ocupa la Atmosphere Pool, un espacio de casi 10 m² que gira en torno a la piscina rodeada por camas. Destaca sobre todo la gran pantalla gigante y el escenario en el que se desarrollaban actividades de animación cuando el tiempo lo permitía.

Por la noche se proyectaban en ella conciertos, e imagino que se usará más el espacio en cruceros estivales. En noviembre era prácticamente todo interior.

En cada uno de los laterales había sendos jacuzzis con muy buenas vistas, ya que quedaban medio suspendidos sobre el mar. Pero además, de la piscina exterior, el MSC Meraviglia también cuenta con una interior: la Bamboo Pool. Está climatizada y tiene una cubierta retráctil. Es salada y además clorada, y se notaba, ya que olía tremendamente a lejía al pasar al interior. El diseño de esta zona recuerda a las saunas, todo de madera. También cuenta con sus propios jacuzzis.

Justo en la cubierta superior, en la 16, en el espacio que ocupa el comedor, podemos encontrar la parte más lúdica del MSC Meraviglia.

En la parte central del barco con vista directa a la pantalla de la piscina, se encuentra el gimnasio. Tan solo nos asomamos el primer día durante nuestra visita de reconocimiento. El resto de días con andar 20 kilómetros al día teníamos bastante. Pero estaba muy solicitado con sus máquinas de última generación y sus clases de fitness.

A continuación se encontraban la zona entretenimiento con máquinas arcade, el cine 4D, el Sportflex (la pista de deportes), el Sportsbar y lo que más llama la atención encontrar en un barco: los dos simuladores de F1 y la bolera.

La parte trasera del barco se abre bajo un anfiteatro a la Horizon Pool, una piscina más pequeña que por la noche se convierte en discoteca bajo las estrellas gracias a que en la cubierta 18, subiendo por la grada, se llega al Horizon Bar, uno de los mejores del barco y donde suele pinchar el DJ.

Tras el bar, en la zona interior se desarrolla la vida juvenil, ya que cuenta con el Attic Club, una discoteca para adultos, además de los Teens Clubs, uno para chavales de 12 a 14 años y otro para los de 15 a 17. En esta zona adolescente pueden disfrutar de área de juegos y cine además de la propia discoteca.

También hay lugar para los más pequeños en el Baby Club (1 a 3 años), en el Mini Club y en el Juniors Club, patrocinados por Chicco y Lego respectivamente.

En la misma cubierta también se encuentra el selecto Sky Lounge, un bar en el que servían cócteles de diseño que no estaban incluidos en nuestro paquete y cuyo ambiente estaba muerto. Así que entramos un día y, viendo el panorama, nos marchamos al minuto.

En la proa de la 18 y 19 se ubica el exclusivo MSC Yacht Club, al que solo puedes acceder con la tarjeta correspondiente. No era nuestro caso. Cuentan con su restaurante, bar, grill y propia piscina con solarium y jacuzzis.

En la popa de la 19 está el Polar Aquapark, el parque acuático con cuatro toboganes, un puente suspendido, varias piscinas y actividades de entretenimiento.

La verdad es que el MSC Meraviglia cuenta con extraordinarias instalaciones, pero por muchas palabras que use, es indescriptible, así que recomiendo no perderse su vídeo de presentación:

La experiencia en el barco ha sido impecable. Las únicas pegas que se le pueden poner tienen más que ver con la gente que con el barco en sí. Cuantos más pasajeros, más se complica todo: colas en la recepción, en el desembarque, buffet saturado a ciertas horas… Pero creo que es comprensible.

No se le puede poner un pero al camarote. Sin duda el más grande de todos los cruceros que hemos hecho hasta la fecha. Quizá porque no cogimos la categoría más baja de todas sino la segunda. En cualquier caso, pese a ser interior, para nada claustrofóbico. Y bien elegida por planta y por situación, muy centrada. No tuvimos ningún tipo de ruido raro (hay plantas en las que se oía ruido metálico del barco y en la 14 el agua de la piscina), ni se movió mucho en la noche más tempestuosa.

La cama era bastante durita y cómoda, las almohadas mullidas y las mesitas muy prácticas con varias baldas para poder guardar objetos. Muy útil para dejar el móvil, las gafas y el libro.

El escritorio servía como tal y a la vez como tocador, ya que en su cajón tenía un secador (que no podías desconectar). Por lo que uno se puede preparar mientras otro se ducha sin impedimento para ninguno de los dos.

El armario resultaba algo escaso, aunque también es verdad que metimos las maletas en la parte superior. Quizá si las hubiéramos metido bajo la cama habríamos ganado ese espacio.

La tele aunque está capada y no se podía usar HDMI o UDB y las películas eran de pago, aún así tenía bastantes cadenas en diferentes idiomas para mantenerte informado, y, lo más importante de todo, permitía controlar tu cuenta. En tu perfil podías ver tanto lo que ibas gastando como reservar los espectáculos y luego consultar en la agenda qué es lo que te has ido programando.

El baño también era muy moderno y estaba muy bien equipado. El lavabo tenía integrado el jabón y en la parte inferior tenía espacio de almacenaje y en la puerta una papelera. Sobre el lavabo había una estantería muy práctica para guardar los productos de aseo. Además, contaba con diferentes ganchos y barras para colgar las toallas.

La cabina de ducha era lo suficiente amplia y tenía incorporado en la pared un bote de gel y otro de champú que el camarista rellenaba periódicamente. También contaba con una cuerda para tender la ropa, algo muy práctico cuando acabas calada en Génova.

Como siempre ocurre en hoteles y cruceros, hay quien se queja de lo poco variados que son los buffets y lo escaso que es el menú en los restaurantes. Desde mi punto de vista, nada más lejos de la realidad. Nosotros desayunábamos contundentemente en el buffet, nos llevábamos unos bocatas de tortilla francesa o embutido y fruta por si volvíamos tarde y luego tras embarcar hacíamos una comida tardía casi merienda en el buffet. Al tener la cena a las 21:30 no nos alteraba mucho comer a las 5.

Sí que es cierto que el desayuno no variaba de un día para otro, pero creo que había suficiente variedad como para ir alternando a lo largo de una semana en caso de que se quiera. Me resulta “gracioso” que quienes suelen quejarse, luego desayunan en casa lo mismo durante todo el año. Pero eso sí, en un buffet no son capaces de decidirse porque es igual que el día anterior.

También las 4 pizzas siempre eran las mismas (margarita, aceitunas y cebolla, marinara y salchichas), pero el resto de comida iba variando cada día. Había tres tipos de pasta, y cada día cambiaba la pasta y la salsa. Lo mismo la carne, legumbres o la comida étnica. También variaban los postres, y eso que había una oferta de hasta 7-8 diferentes. No entiendo el problema, la verdad. Será que me gusta comer.

En cuanto a las cenas, yo disfruté cada plato que pedí. Y para nada me quedé con hambre. Tienes un entrante, un principal y postre, lo que me parece una comida razonable. Mucho más copiosa de lo que cenaríamos cualquiera un día normal en casa (seguro que la mayoría comemos plato único y fruta/postre). Siempre había la opción vegetariana en cada una de las opciones, así como la posibilidad de pedir fuera de carta un filete de pollo a la plancha o un pescado al vapor. Bien por intolerancias, porque no te guste algo de la carta o lo que sea. En cualquier caso, como digo, todo muy jugoso. Sobre todo los pescados. En el momento en que descubrí lo fresco que era, intentaba siempre pedirlo. Pero vamos, he probado las ensaladas, rissottos, pasta, falafel… todo delicioso. Igual con los postres. Aún así, para quien tema quedarse con hambre, que se quede tranquilo, pues siempre puede repetir o pedir varios platos diferentes. Así que tampoco entiendo las quejas al respecto. Ni por calidad ni por cantidad.

Creo que hicimos bien en sacar el pack de bebidas, pues el agua y refrescos costaban 3.90€, las cervezas 5.9€ y los cócteles 7.9€. Así que sumando lo consumido cada día, amortizamos de sobra. Y sobre todo nos despreocupamos de tener que andar cargando las diferentes consumiciones y revisando la cuenta.

Tanto el agua como los refrescos eran envasados, sin embargo, al pedir cócteles o combinados, el refresco era de barril. Pero si se quiere un ron con cola, siempre se puede pedir el ron por un lado, y pedir aparte una cola, en tal caso te la darán de lata. Y luego ya tú te haces la mezcla. Lo que sí dejaba mucho que desear era la cerveza. De todas las que tomamos, creo que solo tiraron bien la Guinness. El resto de las que tenían cierto cuerpo, nos las sirvieron sin fuerza y como si estuviera por un lado el sabor a cerveza y por otro el agua. Además, se echaba de menos que pusieran al menos una tapita de patatas fritas de bolsa. Pero supongo que esta costumbre es muy española.

A diferencia de los cruceros de Pullmantur e Ibero, esta vez no compartíamos mesa, aunque en cierta medida podría decirse que agrupan. En la primera noche en el Waves teníamos en una mesa próxima a la nuestra una pareja joven española (justo la siguiente a la nuestra estaba desocupada). Al cambiarnos al restaurante L’Olivo, nos pusieron junto a dos parejas, también españolas, que eran mayores que nosotros. No sé si lo de la nacionalidad es algo premeditado, que nos agruparon, o es que los horarios tan tardíos se quedaban copados por italianos y españoles.

Había muchos turnos para cenar, algunos de ellos demasiado tempraneros y otros muy tardíos. Cuando el todos a bordo es a las 5 y media no tiene mucho sentido que tengas la cena a las 17:45, porque, o llegas siempre antes para prepararte antes de ir al comedor, o acabas cenando siempre en el buffet. Por otro lado, los de las 21:30 y 21:45 suponían que, o elegías el espectáculo antes de cenar (algo que me parece contra natura), o cuando quieres terminar de cena – espectáculo – copa, se te ha hecho tarde teniendo en cuenta que el día siguiente tienes que madrugar. Así pues, sin duda lo mejor sería algo intermedio, quizá las 20 – 20:45.

Los espectáculos fueron variados, pero el que más me gustó fue el de Virtual. Por escenografía, coreografía y presentación.

El que menos fue el de Meraviglioso Amor. La música elegida sólo la conocen los italianos, el vestuario de los bailarines era muy cutre y las coreografías muy repetitivas y poco trabajadas.

El de Magic Friends no está mal, aunque te tiene que gustar la magia. No obstante, muy bien intercalada con el cuerpo de baile.

El de Paz, que se supone que es un tributo a la música española, me decepcionó en gran parte. Muy bien los bailarines, la coreografía estaba correcta, así como el vestuario, pero las canciones elegidas no eran muy acertadas y resultaba lento.

En general, como espectáculo postcena, están bien, pero no están al nivel que me esperaría de este tipo de barcos. En iberocruceros recuerdo una noche que hubo un espectáculo de patinadores sobre hielo, y era una naviera de inferior categoría.

En el resto del barco, había actuaciones de piano o voz y la verdad es que todos los artistas (así como los del espectáculo) se merecen un 10. Vaya voz la de la soprano.

La animación no estuvo mal. Había un grupo bastante grande y durante el día tenían sesiones de yoga, de aerobic, hacían juegos en la piscina…

También hicieron un concurso de MasterChef at Sea, un espacio patrocinado. Aunque no cocinaron realmente.

Y por supuesto, se encargaban de la fiesta nocturna temática. En este aspecto quizá tal vez fallaba la música, que se repetía bastante y era un tanto antigua. Supongo que es porque iba enfocada a otro público (extranjero y más mayor), pero lo cierto es que los días en los que actuaba la orquesta latina con temas más recientes se veía más animado al personal.

Mucha gente se quejaba de que no había sitio para sentarse. Totalmente cierto, pues aunque junto al puente había un bar con algún asiento en torno a una pista, ahí no era donde se centraba la mayor parte de la animación.

Sin embargo, me da la sensación de que ese era el propósito, que la gente estuviera de pie y no le quedara más remedio que integrarse en la actividad.

Además de las actividades propiamente participativas, también hubo exhibiciones. No solo la de la mozzarella del último día, sino también la de las masas de pizza.

En definitiva, el barco ofrecía todo tipo de servicios y actividades. Bueno, excepto conexión a internet. Cuando el WiFi en los hoteles se ha convertido en algo imprescindible, llegas a un barco y es de pago. Hoy en día con la eliminación del Roaming en Europa no consideramos oportuno ni necesario contratarlo. Usábamos nuestros propios datos cuando tocábamos tierra (bien para comunicarnos con familia y amigos, bien para las apps tan necesarias hoy en día) y desconectábamos al soltar amarre.

Ojo con esto porque hay que asegurarse de que nos estamos conectando a la red adecuada. Es preferible elegir la selección manual antes que la automática y así evitaremos disgustos como por ejemplo que se nos conecte a una red turca mientras estamos en una isla de Grecia o a una europea con la que nuestra compañía no tiene el acuerdo. El móvil suele elegir la que más potencia tiene y no sigue un criterio económico.

El paquete de telecomunicaciones a bordo costaba unos 20€ y daba acceso a las redes sociales y a las aplicaciones de chat (Facebook, Twitter, Instagram, LinkedIn, WhatsApp, Snapchat, Pinterest, o Line), eso sí, únicamente para un dispositivo y no servía para compartir archivos de audio o vídeo (sí fotos). Creo recordar que había alguna tarifa superior, pero como ya la habíamos descartado, tampoco nos informamos mucho.

Pero en general, pocas pegas a la experiencia con el barco. Otra cosa son ya las escalas, que merecen entrada aparte.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia IV: Mesina

Volvimos a Mesina y, tras echar gasolina, devolvimos el coche en la oficina de alquiler. Teníamos la duda de si volver al barco a comer (pues habría que pasar por delante de la entrada a puerto) o directamente darnos el paseo. Pero como llevábamos algo de picoteo y no nos quedaba mucho tiempo de luz natural, decidimos optar por la segunda opción.

Mesina es la principal entrada de la isla y el punto de Sicilia que más cerca está de la punta de la bota, tan solo a unos 3 kilómetros de distancia. En 2006 se planteó la construcción de un puente colgante de seis carriles de tráfico que cruzara el estrecho y uniera la península con la isla. No obstante, el proyecto se abandonó en 2013 sin ni siquiera haberse empezado. En 2016 Matteo Renzi anunció que retomaría la idea, sin embargo, poco movimiento parece haber al respecto.

Mesina originalmente se llamaba Zancle (Ζάγκλη), que significaba “hoz”, en referencia a la forma natural de su puerto. Después pasó a llamarse Mesana (Μεσσήνη o Μεσσάνα).

En Mesina han ocurrido acontecimientos importantes gracias a haber sido un puerto estratégico. Su historia está ligada al estrecho y al mar, por donde llegaron griegos, romanos, bizantinos, normandos, españoles y franceses. También fue invadida por los cartagineses en la primera guerra púnica. Se cree que fue el puerto por el cual la peste negra entró en Europa en la Edad Media, traída por barcos genoveses que venían del mar Negro. En 1548, Ignacio de Loyola fundó aquí el primer colegio jesuita del mundo. Desde Mesina zarparon los barcos que ganaron en Lepanto y en su Gran Hospital se recuperó Miguel de Cervantes. El esplendor lo alcanzó a principios del XVII, bajo el dominio español, situándose entre las 10 ciudades más importantes de Europa.

En 1848 se rebeló contra los Borbones, lo que le causó represión. No sería liberada hasta 1860 por las tropas de Garibaldi. Seis años más tarde, una de las principales figuras de la unificación de Italia, Giuseppe Mazzini, fue elegido diputado en Mesina en las elecciones generales.

En la actualidad posee un importante puerto comercial y pesquero. Además de ser parada de cruceros y recibir miles de turistas cada día.

Mesina tiene mucha actividad sísmica, lo que ha provocado que quedara destruida varias veces en su historia y que no sea tan relevante como otras ciudades de la isla. El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

A pesar de que tiene un diseño urbano moderno, aún se conservan huellas de su pasado. Podemos encontrar alguna iglesia interesante, algún palacio, fuentes ricamente ornamentadas, edificios majestuosos…

Nuestra primera parada fue la Iglesia de la Santa María de la Anunciación de los Catalanes, que viendo su trasera bien recuerda a una mezquita. Recibe este nombre por sus dueños, unos comerciantes catalanes que residían en Mesina.

Este templo fue construido en el siglo XII durante el reinado de los normandos en el lugar en que ya existía un templo dedicado a Neptuno. Fue remodelada en el siglo XIII, momento del que data su sencilla fachada. Es un gran ejemplo de mezcla entre estilos. En ella se pueden encontrar detalles bizantinos, románicos, árabes y normandos.

En el siglo XIV, durante la época de Luis II de Aragón, fue capilla real.

Su planta se podía apreciar bien desde el barco, pues la cubierta quedaba muy por encima.  Se veían claramente tanto su cúpula como sus ábsides.

Frente a ella se erige la estatua de Juan de Austria, a quien se considera vencedor de la batalla de Lepanto.

Y tomando la calle que recibe el nombre de dicha batalla, llegamos a la plaza más reseñable de la ciudad. La Piazza del Duomo, dominada por la Catedral.

Il Duomo comenzó a construirse a finales del siglo XI, una época en la que apenas había iglesias en la isla. Fue remodelada en los siglos XIV y XVI para recuperar las partes dañadas tras el incendio del siglo XIII. En estas tareas de recuperación se incorporaron cambios a su diseño original. En los siglos posteriores pasó por varios terremotos. Uno en el siglo XVII, otro en el XVIII y el último en 1908. Además, los bombardeos estadounidenses de la II Guerra Mundial casi la dejaron reducida a escombros.

Cuenta con una planta de basílica dividida en tres partes con tres portales que datan de los siglos XV y XVI. En su interior destaca el techo de madera, los 12 altares y un Juan Bautista. También es reseñable su tesoro, que alberga numerosos objetos de oro, plata y tejidos.

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. La torre mide 65 metros y se puede subir a ella para divisar la ciudad, sin embargo, solo de 9:00 hasta las 13:00, por lo que llegábamos tarde. Aunque lo cierto es que el barco tenía una altura considerable y nos ofreció también una buena panorámica de Mesina.

Cada uno de sus cuatro cuadrantes está decorado con numerosas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas. Recuerda en cierta medida (salvando las distancias) al Reloj de Praga.

El león del cuarto piso mide 4 metros de altura y representa a la ciudad y su fortaleza. Para simbolizarlo, agita tres veces el asta con la bandera de Mesina, a la vez que mueve la cola y ruge.

Un piso más abajo, frente a las campanas, un gallo de 2,20 metros personifica la inteligencia y la laboriosidad. Bate tres veces las alas y canta. Lo flanquean las estatuas de Dina y Clarenza, dos heroínas que durante la revuelta de los Vespri salvaron la ciudad.

En el siguiente estadio podemos ver representadas cuatro escenas bíblicas que van cambiando según la etapa del año: la Navidad con los pastores; San José, María y la llegada de los Reyes magos; la Pascua de Resurrección y Pentecostés con los doce apóstoles y la paloma, símbolo del espíritu santo.

Finalmente, en el cuadrante inferior van rotando cada cuarto de hora las diferentes etapas de la vida: infancia, adolescencia, madurez y vejez. Mientras que las figuras van moviéndose, quedan observadas por la Muerte, quien sube y baja la guadaña.

Justo debajo quedan representados los días de la semana. Cada día es un dios el que tira de su carro, así Apolo simboliza el domingo; Diana, el lunes; Marte, el martes;  Mercurio, el miércoles; Júpiter, el jueves; Venus, el viernes y Saturno, el sábado.

En la cara sur una esfera simboliza la luna que se actualiza diariamente mostrando las diferentes fases lunares.

En el segundo piso hay un gran anillo de 3,50 metros que representa el sistema solar y los signos zodiacales.

Justo debajo, se representa el calendario perpetuo alrededor del sol. El ángel de su izquierda señala la fecha actual (día, mes y año). El 7 del 2017 empezaba ya a subir para dar el paso al 8.

A las 12 del mediodía se pueden ver en funcionamiento los mecanismos de la torre. Durante el espectáculo aparecen un león, un gallo, santos y ángeles y van desfilando en círculo. Lamentablemente eran más de las 4 de la tarde, así que nos lo perdimos.

Junto a la catedral se alza la Fuente de Orión, fundador mítico de Mesina.

Fue construida en 1551 para conmemorar la construcción del primer acueducto de la ciudad. El autor fue el escultor florentino Giovanni Angelo Montorsoli, ayudante de Miguel Ángel en la Capilla Médici. Se convirtió en la fuente más amplia y alta de Italia. Se alza sobre unos escalones en los que reposan ocho monstruos marinos realizados en piedra negra. En el centro se encuentra la pileta ricamente decorada con historias mitológicas relacionadas con el agua. Sobre ella descansan cuatro figuras que representan al Tíber, el Nilo, el Ebro (Hiberus) y elCamaro (de donde venía el agua de la fuente).

En lo alto del poste central se alza la estatua de Orión, con su perro Sirio. Bajo él varias figuras mitológicas y delfines que sostienen dos vasos más.

Muy cerca, en una zona ajardinada se halla un monumento al trabajo.

Abandonando la plaza de la catedral y saliendo al Corso Cavour, desde donde se alcanza a ver el Santuario de la Madonna di Montalto.

Girando a la derecha nos encontramos con varios edificios monumentales, el primero el Palazzo dei Leoni o Palazzo della Provincia.

Da a la Piazza Antonello, donde tenemos también la Galleria Vittorio Emanuele III y el edificio del Ayuntamiento de Mesina.

La galería fue construida entre 1924 y 1929 siguiendo el diseño de Camillo Puglisi Allegra. Se inauguró el 13 de agosto de 1929, a la vez que la reconstrucción de la catedral. Se estructura en tres alas confluentes. Su parte central con forma de hexágono está coronada por una bóveda acristalada.

En 2000 fue declarado activo histórico y artístico.

El Ayuntamiento, sito en el Palazzo Zanca es la sede del municipio de Mesina. Data del siglo XVII, aunque sufrió daños graves en el terremoto de 1783 y más tarde quedó destruido en el de 1908. Se reconstruyó entre 1914 y 1924. Es de estilo neoclásico y en su fachada quedan representadas figuras que simbolizan la ciudad. También hay placas que recuerdan efemérides.

Continuamos por Corso Cavour hasta la Chiesa di Sant’Antonio Abate, construida entre 1928 y 1930 en el lugar en que antes del terremoto de1908 se erigía la iglesia de la Anunciación dei Teatini, del siglo XVII.

Desde allí continuamos ascendiendo hasta llegar a la Iglesia de Cristo Rey, lo cual no es fácil, ya que se encuentra en un balcón y hay que rodear varias calles hasta llegar a su plaza. Así que, aunque hay un momento en que parece que la tienes cerca, realmente no es así.

Eso sí, una vez que consigues llegar, no solo tienes la iglesia frente a ti, sino que ves cómo se abre la ciudad y el puerto (y el MSC Meraviglia) a tus pies. En nuestro caso además estaba atardeciendo, con lo que el cielo empezaba a colorearse de tonos morados.

También se ven próximos el Santuario della Madonna del Montalto y restos de la muralla de Carlos V.

La iglesia se construyó en 1937 sobre las ruinas de un castillo fortificado de la época de los normandos. De aquella época se ha conservado una de las torres, que se ha incorporado a la base del templo. En ella hay una campana de 2,80 metros obtenida del bronce de los cañones enemigos de la I Guerra Mundial y que suena cada atardecer en memoria de los caídos en las guerras.

En la escalera de su entrada se erige una estatua de Cristo Rey y en el portal las alegorías de Europa y Mesina.

El santuario es de estilo barroco y cuenta con una planta octogonal irregular. Está coronado por una cúpula que queda rodeada por ocho estatuas que representan la Fe, la Esperanza, la Caridad, la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza, la Templanza y la Religión, que engloba a todas las anteriores. Sobre la cúpula se alza una linterna de seis metros de altura y una bola con un diámetro de un metro sobre la cual se eleva la cruz.

En el interior alberga los restos de 110 soldados caídos en la I Guerra Mundial, 1288 de la II Guerra Mundial y 161 personas desconocidas (la mayoría de los cuales fueron asesinados durante la defensa de Sicilia).

Con esto dimos por concluida nuestra visita a Mesina y a Sicilia y emprendimos la bajada al puerto. Esta vez no hubo que correr para el embarque.

Nada más pasar los controles del barco nos dirigimos al buffet para comer algo. Aunque solo estaba abierta la zona infantil y nos tuvimos que contentar con hamburguesa, perrito y patatas.

No es la mejor opción alimentaria, pero no había más. Y dentro de lo malo, la hamburguesa era aceptable, pues el filete no parecía una mole congelada, sino que sabía a carne. Tras comer nos volvimos al camarote para echarnos una siesta y así compensar el madrugón.

Para esa noche teníamos la cena elegante, las fotos con el capitán y el desfile de los oficiales. Sin embargo, a las 8 de la tarde nos comunicaron por la megafonía (incluso en los camarotes) que se había encendido un piloto en los controles del barco y como precaución íbamos a volver a puerto para que pudieran revisarlo antes de continuar con nuestra ruta. Que no era nada grave y que no alteraría nuestras escalas (nos recordó a la incidencia aérea en el vuelo a Basilea), pero que se pasaba la noche festiva al jueves.

Claro, realmente suspendieron las fotos con el capitán y demás actos, pero la gente de los primeros turnos ya estaba engalanada, así como los menús preparados y las mesas vestidas para la noche elegante, por lo que había un contraste peculiar con gente demasiado arreglada y otra muy informal.

El restaurante, como digo, estaba preparado para la noche elegante, tal y como se veía en la mesa y en el menú. Esta vez elegimos de primero una ensalada de langostinos y como segundo filete de dorada con eneldo y filete de buey asado.

Para los postres nos decantamos por una Tarta Royal y un Pudin de coco.

Todo delicioso, aunque, para mi gusto, la tarta de chocolate demasiado contundente.

Tras cenar, fuimos a ver el espectáculo Way. La música que nos hace felices.

Y la verdad es que el espectáculo de magia no me había gustado mucho, pero este desde luego me aburrió. Quizá la selección musical estaba hecha teniendo en cuenta otra franja de edad o incluso nacionalidad, pero yo desde luego no conocía la mitad de las canciones. Y más que hacerme felices, me dieron sueño. Por suerte no duró más de 40 minutos.

Nos dimos un paseo por el barco a ver qué tal la fiesta temática y después subimos al bar. De camino nos encontramos en la pista multiusos una exhibición de cómo hacer masa de pizza. Sin embargo, era muy lento y nos fuimos directamente al Attic Club.

Aún seguíamos en puerto y todos especulábamos con qué habría ocurrido y cuándo saldríamos; si nos darían más información y si perderíamos la escala de Malta. Sin embargo, a las 12 y media, cuando ya nos íbamos a dormir, nos asomamos a cubierta para ver el puerto y justo dejábamos tierra atrás. Así que parecía que sí que íbamos a llegar a La Valeta. Salvo que se diera la vuelta de nuevo.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia III: Taormina

Taormina se ve desde la autopista, pues se encuentra en el monte Tauro, a unos 200 metros sobre el nivel del mar. La primera idea que se me vino a la mente cuando pasamos por debajo fue “ese pueblo no va a durar mucho ahí, tarde o temprano habrá alguna desgracia”. Y es que es desafiar a la naturaleza. Pero no solo Taormina, sino toda la costa. Entiendo que cuanto más arriba, más se protegían de ataques enemigos… pero con los terremotos es otra historia.

El aparcamiento en Taormina está limitado a los residentes, por lo que hay que dejar el coche abajo o bien en alguno de los parkings de pago un poco antes de llegar arriba del todo. La subida, lógicamente, es en cuesta, pero si no se quiere subir andando, hay también unos shuttles, aunque los vimos de pasada con el coche, por lo que no sé qué tal de horarios ni tarifas.

Taormina fue fundada en el año 358 a.C.  por prófugos griegos procedentes de Naxo y se desarrolló como cualquier ciudad griega, es decir, con su ágora, su acrópolis, su teatro… Después llegaron los romanos e introdujeron algunos cambios en la estructura de la ciudad y en algunos monumentos. También construyeron algunos nuevos. Con los bizantinos Taormina ganó cada vez más relevancia, llegando a convertirse en la capital de la Sicilia Oriental cuando cayó Constantinopla.

Fue ocupada y arrasada por los árabes entre los siglos IX y XI. Suyo es el castillo Castelmola, que fue levantado donde se había encontrado la ciudadela. Los normandos la cristianizaron construyendo varios edificios religiosos. Y la decadencia llegó con los españoles.

A pesar de ser una ciudad pequeña, de unos 10.000 habitantes, es un gran destino turístico desde el siglo XIX por sus playas (a las que se llega gracias al teleférico) y por su pasado medieval. Además, en Taormina se han refugiado numerosos artistas en busca de desconexión o inspiración gracias al entorno que la rodea. Y es que su localización hace que se obtengan tanto unas buenas vistas del mar, como del interior y del Etna.

En lo alto de la cuesta nos recibe la pequeña Chiesa di San Pancrazio, levantada sobre las ruinas de un antiguo templo griego dedicado a Júpiter. Data de la segunda mitad del siglo XVII y es de estilo barroco.

La puerta está enmarcada con dos columnas jónicas y la estatua de San Procopio, obispo de Taormina en el momento de la conquista árabe, quien viste sotana y porta la su mitra en la cabeza.  A la izquierda se alza la estatua del obispo Pancrazio.

La iglesia nos conduce a una plaza en la que ya se aprecia la vida de la ciudad con sus restaurantes y locales de recuerdos.

El acceso a la zona peatonal se realiza por la Puerta Mesina, la entrada norte de las murallas construidas en 1440. También era conocida como Puerta Fernandina, en honor a Fernando IV de Borbón.

Taormina tiene estructura medieval y cuenta con dos puertas de entrada, esta, y la Puerta Catania. La calle que va de una a otra era la antigua vía romana Via Valeria, que, como obviamente indican las puertas a los extremos, unía Mesina con Catania. Hoy recibe el nombre de Corso Umberto I. Además, existe una tercera puerta, la Porta di Mezzo, que fue restaurada tras haber quedado destruida y que se conoce como Torre del Reloj.

El primer edificio que nos llamó la atención apenas está a unos pasos. Se trata del Palacio Corvaja, una construcción que data del siglo XV, aunque se levanta sobre restos del XIV y su torre árabe es del siglo X. Está decorada con lava y piedra pómez blanca, además de toques de gótico catalán.

Su fachada es bastante austera, tan solo adornada por una franja que tiene una inscripción en latín y sus ventanas.

Fue el primer parlamento siciliano y residencia veraniega de la Reina Blanca de Navarra, pero recibe su nombre de la familia que lo habitó en 1538. Hoy en día alberga el Museo Siciliano d’Arte e Tradizioni Popolari y la Oficina de Turismo.

A su lado se erige la Chiesa de Santa Caterina, una iglesia barroca del siglo XVII, edificada sobre el antiguo odeón romano, que a su vez se construyó sobre un templo dedicado a Apolo.

Al fondo se ven los restos del castillo sarraceno. Fue construido en el siglo XI por los árabes, y allí se intentaron defender del asedio normando. Hoy en día solo se conserva su exterior.

La calle Corso Umberto combina locales, tiendas y cafés con antiguos edificios. Incluso en ellos, como el caso de la Iglesia Santa María del Piliere, que ya no cumple su función religiosa y alberga una pizzería.

Seguimos caminando y descubriendo callejuelas con encanto hasta llegar a la Piazza IX de Aprile, desde cuyo mirador se obtienen unas espectaculares vistas.

Recibe este nombre como recuerdo al 9 de abril de 1860 fecha en la que se anunció que Garibaldi había desembarcado en Marsala para comenzar la liberación de Sicilia de manos de los borbones. Luego resultó que la noticia era falsa y tal acontecimiento no llegó hasta un mes más tarde, pero los ciudadanos de Taormina decidieron conmemorarlo igualmente.

En la plaza se encuentra el antiguo convento de San Domenico, un edificio del siglo XVI convertido en hotel. También la Iglesia de San Giuseppe, que sobre una escalinata mira al mar desde el siglo XVII.

De estilo barroco siciliano, pertenece a la orden de los salesianos.

En un lateral se halla la antigua Iglesia de los Agustinos, de 1486, hoy convertida en Biblioteca Municipal.

Para seguir el curso de la calle principal debemos atravesar la Torre dell’ Orologio (Torre del Reloj), también conocida como Porta di Mezzo o Puerta de Carlos II.

Fue construida en el siglo XII y formaba parte de la segunda muralla de la ciudad. Quedó destruida, por lo que se volvió a construir en 1875, momento en que se le colocó el reloj. Sus campanas tocan a fiesta el día de elecciones a la alcaldía y el 9 de Julio, que es San Pancracio, el patrón de la ciudad.

En su interior tiene un mosaico-réplica de una Madonna bizantina.

La siguiente plaza que nos encontramos fue la Piazza del Duomo, donde, como se puede sospechar, se encuentra la catedral.

La Catedral de San Nicolás es del siglo XIII, aunque fue reformada en el XV y XVI, época en que se le añadieron dos portadas góticas.. Su planta de tres naves con estructura de fortaleza recuerda a las catedrales normandas. Su fachada es muy sencilla, tan solo rematada por un pequeño rosetón y el portal.

La plaza era un lugar muy concurrido y donde se reunían los escritores y músicos del romanticismo que vivieron en la ciudad. En el centro se erige la Fuente de Montorsoli, de 1635.

De estilo barroco, cuenta con dos partes acuáticas y está coronada por una centaura que porta un cetro y un globo terráqueo y que es el símbolo de la ciudad.

Un poco más adelante se puede ver la Iglesia del Carmen, que ya no se usa como tal, sino como sala de exposiciones y conciertos.

Y prácticamente habíamos llegado al final de la calle, pues teníamos a unos pasos la Porta Catania.

Esta puerta, que data de 1440, también era conocida como la Puerta del Toque, ya en la plaza adyacente, tenían lugar las reuniones públicas a las 13 del mediodía.

En su parte exterior se puede ver el escudo aragonés sobre el arco de acceso.

Muy cerca de la puerta se halla la Chiesa de San Antonio Abate, una iglesia que tiene un belén permanente.

Emprendimos el regreso fijándonos en los callejones y en los edificios que hubiéramos podido no fijarnos, como por ejemplo el Palazzo de los Duques de Santo Stefano.

Este edificio del siglo XIV fue construido en la época normanda sobre una construcción árabe, por lo que aunque es de estilo gótico siciliano, conserva algún elemento árabe y normando. En la actualidad alberga la fundación dedicada al escultor Giuseppe Mazullo.

Continuamos hasta sin duda el símbolo de la ciudad, el Teatro Griego, que data del siglo III a.C. No solo destaca por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Es el segundo más antiguo de la isla y aunque lo construyeron los griegos, los romanos lo adaptaron para convertirlo en un circo y que lucharan los gladiadores.

Cuenta con 109 metros de diámetro y una estupenda acústica, por lo que es perfecto para espectáculos musicales y teatrales. En su día el aforo era de 5.000 personas. Nosotros no entramos, ya que nos parecía excesivo el precio teniendo en cuenta que solo se conservan 4 columnas originales. Además, no contábamos con mucho tiempo.

La visita a Taormina mejoró sin duda a Catania. Es una ciudad muy pintoresca con su trazado medieval plagado de callejones en los que abundan las tiendas de recuerdos, artesanía, restaurantes y heladerías.

Es un buen lugar del que llevarse un recuerdo, bien un objeto hecho con lava del Etna, o de cerámica. También son típicas las marionetas y las trinacrias (ese muñeco de tres patas, símbolo de Sicilia).

Tiene mucho encanto gracias a su pasado griego, sus restos romanos, su influencia árabe o reminiscencias de la ocupación de la corona de Aragón.

Sin duda, entiendo porqué la naviera ofrecía la excursión a Taormina como la estrella del día.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia II: Catania

Para llegar a Catania no hay mucha pérdida porque es línea recta como quien dice.

Pero claro, eso en teoría, porque en la práctica tienes que lidiar con el tráfico siciliano y sus conductores. Se puede llegar bien con la SI o con la Autoestrade.

Nosotros elegimos esta segunda esperando que fuera más rápida y así aprovechar mejor el tiempo, pero resultó que no era una autopista como habríamos esperado, al menos no con los estándares europeos. La carretera, más propia de una nacional, no tenía arcenes en la mayoría del trayecto, por no hablar de los tremendos baches y agujeros de la calzada. Lamentable para una autopista que además resultó ser de peaje (3.70€ de Mesina a Catania). Así que, por si fuera poco estrés tener que ir controlando a los sicilianos al volante, además has de ir con cuidado de no dejarte los amortiguadores por el camino. Incluso encontramos algún tramo con obras.

Catania, la segunda ciudad más grande de Sicilia, fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. De aquella época griega no quedan restos, pero sí de sus etapas posteriores.

En el 263 a. C. tras la primera guerra púnica fue declarada rápidamente colonia romana y de aquel período se conservan monumentos como el teatro, el anfiteatro, murallas, restos del foro, termas, sepulcros o el odeón. No obstante, se perdió gran parte como consecuencia de los numerosos terremotos que han sacudido Catania en su historia. Lo que ha llegado a nuestros días quedó sepultado bajo la ciudad actual y la lava de las siete erupciones del Etna que la asolaron.

Tras las invasiones bárbaras pasó a dominio bizantino y después fue controlada por los árabes, quienes llevaron a la ciudad nuevas técnicas agrícolas y cultivos.

En 1071 quedó en manos de los normandos, quienes llevaron a cabo reformas para estimular las actividades culturales de la isla. Fue en esta época cuando se construyó la catedral y se repartieron las tierras entre diferentes órdenes religiosas.

Más tarde llegarían los suavos y Catania se convertiría en punto estratégico. Más aún cuando Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Sicilia, mandó construir el Castillo Ursino entre 1239 y 1250.

En 1282 pasó a depender de la corona de Aragón y se convirtió en la residencia favorita de los reyes y capital del Reino de Sicilia.

En 1434 el rey Alfonso V de Aragón eligió Catania para fundar la primera Universidad de Sicilia, por lo que la ciudad se convertiría en punto de referencia de la cultura en la época. La decadencia de la ciudad llegó cuando se trasladó la sede real a Palermo.

La Catania que encontramos en la actualidad fue rediseñada en el siglo XVIII, ya que en 1693 quedó arrasada por un terremoto cuando aún no se había recuperado de la erupción del Etna en 1660. El nuevo diseño contemplaba una ciudad de calles anchas y rectas con amplias plazas con formas irregulares para prevenir futuros terremotos. La sintonía con el volcán es tal que la mayoría de sus edificios ha incorporado la lava negra como material de construcción.

En 2002 fue declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” así que parece que merecía la pena una visita.

Intentamos aparcar cerca del centro, pero era imposible encontrar un hueco, además era de pago, por lo que tuvimos que alejarnos un poco e ir dando un paseo. De camino hasta la zona más histórica, nos encontramos con un mercado ambulante primero de libros y objetos varios, pero luego de alimentos (tanto con pescado y carne, como con fruta y verdura).

En esta primera toma de contacto la imagen que desprende Catania es de ciudad sucia y decadente. Parece estar olvidada con sus callejones grafiteados y edificios viejos.

Sin embargo, a medida que vamos acercándonos al centro, va mejorando gracias a sus edificios monumentales. Aunque le sigue faltando un poco más de lucimiento.

El mercado parecía concentrarse en la plaza Carlos Alberto de Saboya, frente a la Basílica Santuario del Carmine, una iglesia que data de 1729 y que el Papa Juan Pablo II elevó a basílica menor en 1988.

Se estructura en tres cuerpos y en el centro, sobre el portal, se alza la estatua de la Virgen. Tras ella se encuentra el campanario que consta de cuatro campanas. La más antigua y más grande data de 1525, la segunda se incorporó en 1833, la tercera en 1838 y la cuarta y más pequeña, de 1933.

Muy próxima está la Piazza Stesicoro, donde se hallan las ruinas del teatro romano, del año 21 a.C. Aunque solo es visible parte de uno de los semicírculos del anfiteatro, el resto se intuye que se quedó debajo de los edificios colindantes.

La plaza queda recogida entre el Palazzo del Toscano, el Palazzo Beneventano y la Chiesa di San Biago o Sant’Agata alla Fornace.

El Palazzo del Toscano comenzó a construirse a principios del siglo XVIII como residencia de los marqueses de Toscana, sin embargo, las obras se paralizaron cuando iban por el primer piso. En 1858 pasó a Antonino Paternò del Toscano, que pronto se convirtió en el primer alcalde de Catania y decidió continuar con la construcción. En esta nueva etapa el arquitecto se basó en corrientes de la época en otras ciudades italianas, sobre todo en los palacios napolitanos.

Frente al palacio, en el centro de la plaza, se alza la estatua del compositor siciliano Vincenzo Bellini.

Tomando la Via Crociferi sorprende ver la cantidad de iglesias concentradas en tan solo una calle. Destacan del siglo XVIII las de San Francesco Borgia, San Benedetto y San Giuluano. Si Italia de por sí es religiosa, parece que Sicilia aún más. De hecho, en la oficina de alquiler del coche no faltaba un cuadro de la virgen…

Poco antes de llegar al cruce con la Via Vittorio Emanuele II se encuentran los restos del Teatro Romano y del Odeón. Y no muy lejos las termas. Y si seguimos la calle en sentido opuesto llegamos al centro neurálgico de la ciudad, la Piazza Duomo. Esta plaza es un claro ejemplo del barroco de Catania. En ella se concentran imponentes edificios como el Palazzo del Municipio, el antiguo Palacio del Seminario de los Clérigos, la catedral y la Porta Uzeda.

El Palazzo del Municipio (Ayuntamiento) comenzó a construirse tras el terremoto de 1693. El proyecto original fue diseñado por Giovan Battista Longobardo, pero las fachadas este, sur y oeste corrieron a cargo de Giovanni Battista Vaccarini. La norte pertenece a Carmelo Batalla.

Como consecuencia de un incendio ocurrido el 14 de diciembre de 1944 se perdieron los archivos históricos de la ciudad. Poco se pudo hacer por ellos, sin embargo, sí que se intentó recuperar el edificio. Se llevaron a cabo tareas de restauración intentando mantener el estilo y diseño original y fue reabierto el 14 de diciembre de 1952.

Dejando a nuestra espalda el ayuntamiento, se encuentra el antiguo Palacio del Seminario de los Clérigos (Palazzo del Seminario dei Chierici), cuya fachada está realizada en piedra ispica blanca y arena volcánica. Data del siglo XVI, aunque fue reconstruido en el siglo XVIII porque quedó también destruido por el terremoto de 1693.

Cuenta con una compleja estructura que la conecta con la catedral por medio de un pasaje.

La Catedral de Catania fue construida originalmente entre 1078 y 1093 sobre la ruinas de las Termas Achilianas, sin embargo, ha sido reconstruida varias veces debido a terremotos y erupciones del Etna. Hoy en día poco queda del edificio de la época normanda, tan solo el crucero, las dos torres y los tres ábsides semicirculares. El aspecto externo en estilo barroco es del siglo XVIII y se lo debe también a Vaccarini.

La fachada, ricamente ornamentada, cuenta con una estatua de la patrona y protectora de la ciudad, Santa Ágata, una virgen que, según la tradición cristiana, fue sometida a grandes martirios por el cónsul romano y sacrificó su vida antes de renunciar a su fe. En el interior descansan sus restos además de los de varios soberanos de la corona aragonesa.

El campanario, de 70 metros de altura, fue erigido en 1387 y en 1662 se le añadió un reloj, lo que hizo que la torre llegara a los 90 metros. Fue reconstruido a finales del siglo XVII, momento en que se le añadió una campana de 7,5 toneladas (la tercera más grande en Italia, después de la de la Basílica de San Pedro y la del Duomo de Milán). La cúpula se incorporó en 1802.

Como eje central de la plaza se erige la Fontana del Elefante, esculpida en 1736 por Vaccarini.

El escultor intentó integrar en ella varios elementos que conformaran la esencia de la ciudad, así que no es de extrañar que se haya convertido en el símbolo de Catania.

Sobre un pedestal se alza un elefante de lava que representa la derrota de los cartagineses, ya que estos llegaron a lomos de dicho animal. Por su parte, el obelisco que porta encima simboliza a la civilización egipcia, mientras que los elementos que coronan el monumento recuerdan al cristianismo.

La leyenda dice que el elefante original era asexuado y que los hombres de Catania lo tomaron como una ofensa a su virilidad. Así, para calmar los ánimos, el escultor le añadió unos testículos más grandes de lo que correspondería a un animal de ese tamaño.

Frente a la fachada norte de la catedral se encuentra la Iglesia de la Abadía de Santa Águeda (Chiesa della Badia di Sant’Agata), que se levantó sobre las ruinas de la antigua iglesia y el monasterio de Santa Águeda, destruidos en el terremoto de 1693.

Desde su cúpula se pude obtener una vista 360º de la ciudad, aunque no subimos porque no contábamos con mucho tiempo.

Saliendo de la plaza nos dirigimos a la Puerta Uzeda (Porta Uzeda), abierta en los muros del siglo XVI de Carlos V. Recibe ese nombre por Juan Francisco Pacheco, Duque de Uceda, cuyo virreinato transcurrió entre 1687 y 1696.

Marca la entrada al casco histórico y une la Via Etnea con el puerto. Cruzándola se llega a la via Dusmet, donde encontramos las antiguas murallas de la ciudad y otro mercado.

Tras las murallas hay un agradable parque en el que también había algún puesto, aunque estos eran de artesanía.

Volviendo por la Piazza Duomo nos dirigimos a la Piazza dell’Università, donde obviamente se localiza la universidad.

Fundada en 1434 en la época del rey Alfonso V de Aragón, recibió la bula papal para poder enseñar teología especulativa, dogmática y moral, derecho civil, derecho canónico y feudal, instituciones romanas, medicina, cirugía, filosofía, lógica, matemática y artes liberales.

Sin embargo, el emplazamiento original se encontraba en la Piazza Duomo, cerca del actual Palacio del Seminario de los Clérigos. En 1684 se trasladó al hospital San Marco. Pero el terremoto acabó con el edificio, por lo que en 1696 se construyó en el lado oeste de esta plaza el Palazzo dell’Università según el proyecto de los arquitectos Francesco Battaglia, Antonino Battaglia y Giovanni Battista Vaccarini.

Una nueva reconstrucción se tuvo que llevar a cabo tras el seísmo de 1818. El encargado fue el hijo de Francesco Battaglia, quien introdujo cambios en el diseño, como la modificación de las fachadas laterales.

El edificio está estructurado en torno a un patio interior a modo de claustro, similar al Municipio de Génova.

Frente a él se alza el Palazzo San Giuliano, que fue construido en 1738 por Vaccarini para los marqueses de San Giuliano.

Aunque ha sido remodelado varias veces, sigue conservando prácticamente intactas sus fachadas. En la parte superior del arco de la puerta hay dos escudos el de los Paternò Castello, dueños del palacio y el de Asmundo, otra importante familia patricia de Catania.

A principios del siglo XX albergó el Teatro Machiavelli y el Hotel Bristol. Hoy es sede de las oficinas administrativas de la Universidad.

A la plaza da también la parte posterior del ayuntamiento así como los palacios Gioeni d’Angiò y La Piana.

Continuamos nuestra visita por la Via Etnea, muy próxima a la plaza anterior, donde se encuentra la Basílica Maria Santissima dell’Elemosina, también conocida como la Basílica Collegiata.

Se emplaza en un lugar en que hubo un templo pagano dedicado a Proserpina. Con la llegada de la cristiandad se erigió una pequeña iglesia que después en época bizantina pasaría a ser en honor de la Virgen de la Almsina. En 1396 fue elevada a Regia Cappella y era frecuentada por los aragoneses.

Fue reconstruida y movida a principios del siglo XVIII. De estilo barroco, cuenta en su segundo piso con las estatuas de San Pedro, San Pablo, Santa Águeda y Santa Apolonia.

Fue elevada a basílica menor en 1946.

Era imposible pararse en cada iglesia de la ciudad, por lo que seguimos nuestro paseo hasta la Piazza Vincenzo Bellini, una plaza peatonal en donde se halla el Teatro Massimo Bellini, un relevante elemento del patrimonio arquitectónico de Catania.

La ciudad cuenta con una importante tradición teatral en diversos estilos (tragedias griegas, teatro clásico, ópera lírica, ballet, de títeres y marionetas…), pero este de la ópera es el más prestigioso de todos ellos por delante de otros como el Metropolitan, el Verga, el Musco, el Piccolo Teatro, el Nuovo Teatro, el della Città, el Piscator, el degli Specchi o el Stabile dell’Opera dei Pupi.

Tras el famoso terremoto de 1693 nació la idea de dotar a Catania con un gran teatro de ópera, sin embargo, no fue hasta 1812 cuando se colocó la primera piedra. Y aún así, el proyecto llevó su tiempo por falta de fondos. Finalmente fue inaugurado el 31 de mayo de 1890 con la ópera Norma, obra maestra de Bellini.

Es de estilo barroco siciliano, aunque bebe del estilo Segundo Imperio de Charles Garnier, el mismo que proyectó la Ópera de París, que si recordamos, lleva su nombre. Aunque el Palais Garnier, en mi opinión, es más majestuoso que este teatro.

En la plaza, en la cara opuesta tenemos el Palazzo delle Finanze.

Desde allí tomamos la Via dell Finanze para volver al coche, pues si queríamos visitar Taormina y Mesina, tampoco nos podíamos entretener mucho. De vuelta pasamos por el Tribunal de Justicia, un edificio que es más funcional que otra cosa.

Fue construido en los años 40 del siglo pasado y es una mole de cemento. Quizá lo único reseñable es la estatua de bronce que hay a la entrada que representa a la Justicia. Aunque no sostiene la típica balanza, sino un par de hombres.

Y con esto terminamos nuestra breve visita a Catania y volvimos a la carretera rumbo a Taormina.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia

En nuestro quinto día de crucero, a pesar de tener la llegada a puerto a las 8 de la mañana, madrugamos lo suficiente para aprovechar el día, pero en este caso no nos dimos tanta prisa por salir como el anterior. Desayunamos, subimos a cubierta a hacer fotos de lo que nos rodeaba, nos preparamos tranquilamente y para cuando quisimos desembarcar ya había pasado todo el mogollón.

Habíamos dejado atrás la península y pisábamos Sicilia, la principal isla italiana y la mayor de todo el Mar Mediterráneo. Situada a medio camino entre Europa y África, limita al norte con el mar Tirreno; al este con el estrecho de Mesina que la separa de Calabria; al sureste con el mar Jónico y al sur y oeste con el mar Mediterráneo.  A su vez, 140 kilómetros la separan de Túnez.

Sicilia como región es la cuarta más poblada de Italia por detrás de Lombardía, Lacio y Campania e incluye además las islas de Lípari, Egadas, Pelagias, Pantelleria y Ustica.

La isla de Sicilia se caracteriza por ser muy montañosa, sobre todo el norte. Además, cuenta con una importante actividad volcánica (su punto más alto es el volcán Etna, con sus 3.322 metros) y está expuesta a terremotos pues se halla en la unión de la placa euroasiática y la placa africana.

No obstante, a pesar de sus condiciones geológicas, esta localización la ha convertido en puerto estratégico a lo largo de la historia. Por Sicilia han pasado fenicios, griegos, cartagineses, romanos, germanos, bizantinos, sarracenos, normandos, españoles e italianos. Así, es una región con reminiscencias culturales, lingüísticas, gastronómicas, artísticas y de costumbres de todos ellos. Su propio nombre deriva de la época griega, cuando era conocida como Sikelia porque estaba habitada por los sículos.

La ubicación y los invasores han influido de forma determinante en su gastronomía. Los colonos llevaron aceite, trigo, miel, queso, fruta y verdura. La introducción de la caña de azúcar, la berenjena, las naranjas y los limones se deben a los árabes. Hoy en día la región destaca por el cultivo de cítricos, hortalizas, legumbres y frutos secos.

Son típicos los arancini, una especie de croquetas de arroz con azafrán fritas; también la pasta alla norma con berenjena y ricotta; y por supuesto el pescado. La región es importante la producción de vinos como el de Marsala, el Moscato de Pantelaria, el Malvasía de Lipari, el Nero de Avola y el Cerasuolo de Vittoria.

En 1130 con la unificación del sur de Italia con Sicilia se sentaron las bases del Reino de las Dos Sicilias, que pasaría a manos de Carlos de Anjou en 1266. Unos años después, en 1282 el territorio quedó dividido en dos, pasando la isla a manos de Pedro el Grande, rey de Aragón; y la parte continental al reino de Nápoles. Su hijo Jaime tuvo que asumir la Paz de Anagni en 1295 mediante la cual se comprometía a ceder Sicilia a la Iglesia y a cambio obtendría Cerdeña y Córcega. Sin embargo, este acuerdo no le gustó mucho a los sicilianos (esa cesión suponía que la región volvería a la casa de Anjou), por lo que por su parte el Parlamento proclamó rey a su hermano Federico.

En 1442 Sicilia se unificó con el Reino de Nápoles tras ser conquistado por el rey Alfonso V de Aragón.

Durante el siglo XVI la isla tuvo que vivir el acoso del Imperio Otomano, con lo que el Reino de Sicilia cayó en bancarrota y vivió unos años de desorden. En 1713 tras la Guerra de Sucesión Española, como consecuencia de la Paz de Utrecht, Sicilia fue entregada a Víctor Amadeo II de Saboya, quien en 1720 se la cambió a los Austrias por Cerdeña.

En 1816 los reinos de Sicilia y Nápoles quedaron unidos formalmente como Reino de las Dos Sicilias. Aunque duró poco, ya que en 1860 Garibaldi derrotó a los Borbones y en 1861 Sicilia se incorporó al Reino de Italia.

En 1946 Italia se convirtió en República y Sicilia en una de sus cinco regiones con estatuto propio. Así, cuenta con su parlamento y su gobierno.

Como consecuencia de tan ajetreado pasado, tiene muchas ruinas y restos históricos, aunque el terremoto seguido de tsunami en 1908 y los bombardeos de la II Guerra Mundial provocaron grandes pérdidas. Aún así, es un importante destino turístico que atrae además por sus costas.

Lamentablemente, Sicilia también es conocida por la Mafia, que surgió en el siglo XVIII como reacción ante los latifundistas y terratenientes. Dado que no había una estructura de gobierno clara que defendiera a los campesinos de los abusos de la nobleza explotadora, crearon una organización a modo de red familiar para protegerse.

Después, en el siglo XIX nacieron los gabelloti, algo así como recaudadores de impuestos para los aristócratas. Se llevaban un porcentaje de lo recaudado, pero pronto no solo se quedaban con esa comisión, sino que comenzaron a extorsionar a los campesinos y a especular con las tierras que les arrendaban a estos. Esta figura fue la que copió la mafia a la hora de hacer negocios.

Con la Unificación Italiana la situación no mejoró y la recién nacida mafia comenzó a hacerse cada vez más fuerte llegando a consolidarse como organización criminal centrada en la especulación inmobiliaria y el tráfico de drogas. Durante el Fascismo se forzó a muchos mafiosos a emigrar si no querían ser encarcelados, así que muchos cruzaron el charco a los Estados Unidos.

Aunque a veces se confunde con la camorra, la mafia está más estructurada con sus diferentes cargos: Don (jefe de la familia), Sottocapo (subjefe), Consigliere (consejero del Don), Caporegime,  Capodecime (dirige a una decena de hombres), Soldato (sicario) y Associati (aspirantes).

En cualquier caso, nosotros habíamos ido a conocer un poco de la cultura e historia de la isla, así que dejamos la mafia de lado y nos centramos en nuestra escala, que era bastante más larga que el día anterior. Dado que contábamos con tantas horas, valoramos la posibilidad de visitar alguna ciudad más y no quedarnos simplemente en Mesina. Lamentablemente el transporte público parecía ser algo deficiente, así que acabamos reservando por internet un vehículo para tener una mejor movilidad.

La oficina de alquiler de coches estaba en la misma calle del puerto, por lo que en apenas unos minutos estábamos allí. Y ya nos estaban esperando, así que rellenamos el contrato y nos entregaron nuestro Fiat Panda. Habíamos elegido la gama más pequeña, ya que para nosotros dos y en llano, no necesitábamos mucho más.

Puesto que Palermo nos quedaba un poco lejos, decidimos centrarnos en la costa este. Tomamos como punto inicial Catania, a unos 90 kilómetros, para después volver haciendo parada en Taormina y finalmente acabar en Mesina antes de volver a embarcar.

Así pues, pusimos rumbo a Catania.

Crucero por el Mediterráneo. Día 4. Pompeya II

Como decía en la entrada anterior, en Pompeya se pueden visitar 12 hectáreas, algo totalmente inabarcable, por lo que tuvimos que plantarnos delante del mapa, seleccionar una sección y visitar algunos puntos significativos.

Así, dada la cercanía a la puerta por la que entramos, empezamos por el Cuadripórtico.

En este espacio encuadrado entre 74 columnas dóricas se agrupaban los espectadores en los descansos entre representaciones teatrales. Aunque tras el terremoto del 62 d.C. el edificio se transformó en cuartel para los gladiadores. En las excavaciones se encontraron tanto armas que se usaban en los desfiles (hoy se exponen en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles) como personas. Por ejemplo, se descubrieron cuatro esqueletos de esclavos cerca de sus cepos y en una estancia 18 personas.

A continuación pasamos al Teatro Grande, que se halla en la pendiente natural de una colina. Data de la primera mitad del s. II a. C. y podía albergar a unos 5.000 espectadores que presenciaban comedias, tragedias de tradición grecorromana y espectáculos musicales.

Tiene un estilo griego, aunque fue renovado en la época romana. En su origen contaba con un gran pórtico cuadrangular donde se amenizaba a los espectadores en el previo y los descansos de los espectáculos. Tras el terremoto del 62 fue convertido en el cuartel de los gladiadores.

Sus graderíos se dividían en tres secciones para albergar a los espectadores según su estrato social. Por un lado tenía la Summa cavea (localidades superiores), por otro la Media cavea (15 gradas en la zona central divididas en 5 sectores) y finalmente la Ima cavea (en la zona inferior, que era donde se sentaban las personalidades de la ciudad). También contaba con Tribunalia, que se hallaban por encima de las entradas laterales. Estos palcos estaban dedicados para la sacerdotisa o la persona que presida el acto.

La grada quedaba cubierta por un gran telón, así que quedaba protegida de la intemperie.

El teatro fue el primer gran edificio público que se limpió de los restos de la erupción.

Detrás de la escena del Teatro Grande se construyó el Odeion o Teatro Pequeño en el 79 a.C. Aunque con una finalidad similar al anterior, como su nombre indica, era de menor capacidad y tan solo contaba con 1.500 localidades.

Volvimos a la Via Stabiana, lo que en su día fue el Cardo Maximus o arteria transversal, donde encontramos la delimitación de varias casas, así como el Templo de Asclepio.

Este templo erigido entre el siglo III y II a.C. es el más pequeño de los edificios de culto de la ciudad. Está dedicado a Asclepio, patrón de la medicina.

En el centro del patio se alza el altar y tras él una escalinata que lleva al templo con cuatro columnas en la fachada y dos a los lados con capiteles corintios rematados con una cabeza masculina con barba.

Junto a este templo se encuentra el de Isis, destinado a la consagración de la diosa egipcia.

El culto a Isis se extendió a todo el Mediterráneo a partir del siglo III a.C. Eso sí, era un rito para los ya iniciados. Sobre todo se daba entre las clases bajas, pues su mensaje era de esperanza de una vida más allá de la muerte.

El templo se halla en un podio y rodeado por un patio con pórtico. En la parte delantera se halla el altar, la fosa para descargar las ofertas y un pequeño edificio que lleva a la pila del agua para las ofertas. En la trasera había una sala amplia dedicada a las reuniones de los iniciados y otra decorada con episodios del mito de la diosa.

Terminando de bordear la manzana nos acercamos al Foro Triangular, un área sagrada que data del siglo VI a. C. y con forma, obviamente, triangular. Era la segunda de las grandes plazas públicas de la ciudad.

Se encuentra en una pequeña colina, por lo que ofrece una panorámica de la costa. Se accedía a él por la Vía de los Teatros por medio de un vestíbulo con seis columnas.

Concebido como zona de reunión y espera en torno al contiguo Teatro Grande, tenía tres de sus cuatro fachadas sostenidas por monumentales columnatas de estilo jónico. En el centro se alzaba una gran fuente con una estatua del general Marco Claudio Marcelo y en el extremo opuesto del teatro se erigían un templo dórico y un templo circular.

Volvimos a la Via Stabiana, donde adentrándonos por un momento en la región VII, encontramos las Termas Estabianas, las más antiguas, con las mayores instalaciones y mejor conservadas.

Estas termas contaban tanto con sección masculina como femenina, ambas con sus vestuarios, una sala con piscina fría, una sala templada y otra muy caliente. Su sofisticado sistema de calefacción hacía circular el aire caliente bajo el suelo y entre las paredes.

La sección femenina era más pequeña que la masculina y no estaba tan decorada como la masculina.

En el exterior hay un espacio donde se podía practicar tanto natación como otras especialidades deportivas no necesariamente acuáticas. La piscina, de la que aún se ven las tuberías de plomo, medía 13 metros por 8 y tenía un metro y medio de profundidad.

Se piensa que era todo un complejo al modo de balneario con gimnasio.

Continuando por la Via Stabiana nos encontramos varias casas, pero también diferentes comercios, los conocidos como Tabernae.

Cambiamos a la Via Abundancia, la calle más larga y conocida de Pompeya. Era la arteria longitudinal (Decumanus Inferior). A mano derecha teníamos la zona I y nuestra primera parada fue la Fullonica (Batanes) de Stephanus, la lavandería.

Se trata del recinto más grande de Pompeya y una de las más importantes de la antigüedad. Ya por aquel entonces separaban la ropa delicada y la lavaban en el viejo atrio. El resto, en un gran estanque. Tenían incluso técnicas de blanqueado.

La ropa se secaba en una terraza. Después, se recogía en el triclinio, donde se planchaba y se realizaban remiendos.

En la lavandería trabajaban sobre todo esclavos, quienes tenían que pisar durante horas tejidos y paños sumergidos en un líquido que contenía orín de animal y humano para tratar los textiles.

En la siguiente manzana tenemos varias domus que fueron abiertas hace un par de años. Nos llamó la atención la Casa de Paquius Proculus.

Data del siglo II a.C. y está estructurada en tres niveles. Su entrada sorprende por estar completamente revestida de un mosaico en blanco y negro con motivos geométricos y de animales. Pero sobre todo destaca el del perro atado con una cadena.

Junto a esta casa se encuentra la de Fabius Amandio, más pequeña y estrecha parece que perteneció a alguien de clase media. Aún así, cuenta con dos plantas y un patio con impluvium para recoger el agua de lluvia ricamente decorado.

Una manzana más allá encontramos un nuevo negocio, el thermopolium de Vetutius Placidus, un comercio en el que se servían bebidas y comidas calientes. Estas se conservaban en frascos dentro del propio mostrador de obra.

Era frecuentado por los comerciantes y artesanos, pues ya en la época romana estos gozaban de un estatus social alto, no así como en épocas anteriores en las que quedaba limitado a los terratenientes. Y parece que tenía movimiento, pues en una de las vasijas de barro se encontró un tesoro de casi tres kilos de monedas. Seguramente la última recaudación de la caja.

En el muro del fondo hay una especie de altar dedicado a los dioses protectores de la casa, al del dueño, al del comercio y al del vino. En la parte trasera del local se encontraba un espacio para banquetes al aire libre.

Nuestra siguiente parada fue la Casa del Frutteto, de un tamaño más modesto que las anteriores. Recibe este nombre por sus frescos, que representan jardines con árboles y plantas.

Un poco más adelante la via dell abbondanza delimita a un lado la región III y a otro la II. En esta última se encuentra la Casa de Octavius Quartio, una versión reducida de las típicas grandes villas aristocráticas de las afueras de la ciudad. Pertenecía a algún miembro de la élite pompeyana.

Conserva en parte la planta original de la casa, pero sin duda lo que destaca es el magnífico jardín con árboles frutales articulado en dos zonas a diferentes alturas y completado con dos cursos artificiales de aguas que aportan cascadas y chorros.

A cada uno de sus extremos hay dos ambientes. En un lateral se encuentra una especie de recinto sagrado dedicado a la diosa Isis, y al otro una zona para comer al aire libre.

Seguimos nuestra ruta hacia la parte más alejada de todo nuestro recorrido: el Anfiteatro. Se halla en el sector oriental de la ciudad, muy próximo a la vía principal. Con una capacidad para 20.000 personas estaba dedicado tanto a espectáculos como a deportes.

Fue construido en el año 70 a.C. cuando Pompeya se convirtió en colonia romana. Normalmente, cuando los romanos conquistaban una nueva ciudad, la civilizaban, sin embargo, en este caso solo tuvieron que añadir espacios de ocio, pues era una urbe bastante avanzada.

Mide 130 por 140 metros y sus gradas se dividían en tres secciones claramente marcadas para poder dividir al público según su clase social. La arena queda dividida del graderío por un parapeto. Parece que contaba con una especie de toldo portátil que protegía de las inclemencias meteorológicas.

Bajo el graderío se disponían las diferentes estancias destinadas como almacén o para a albergar a los gladiadores o las fieras.

Abandonamos el anfiteatro y volvimos a la Vía de la Abundancia, donde ya adentrándonos en la zona III se puede visitar la Casa del Moralista, en la que se conservan bastantes frescos.

En realidad se trata de la unión de dos viviendas al caerse un muro. Casi un tercio de la superficie lo ocupa un amplio jardín en el que en verano se celebraban diversos banquetes.

Se cree que perteneció a M. Epidius Hymenaeus, pues su nombre aparece varias veces en la casa. Aunque también aparecen otros nombres, todos ellos pertenecientes a comerciantes de vino.

Recibe el sobrenombre de Casa del Moralista por las inscripciones que adornan los muros y que sugieren preceptos sobre buena educación en la mesa. Por ejemplo hacen referencia a dejarse lavar los pies por el esclavo o tener cuidado con los manteles y servilletas de lino. También recomienda evitar peleas, bromas de mal gusto o mirar a la mujer de otro con ojos libidinosos.

 

Se desconoce si tenían un carácter irónico, pero en cualquier caso, muestra que existía ya un código de conducta.

Desandando nuestro camino, nos adentramos en la zona VII, que nos conduce al Foro, el centro neurálgico de la ciudad, donde se desarrollaba la vida cotidiana.

Allí se colgaban unas tablillas informativas, algo parecido a un bando de hoy en día. En ellas se exponían resultados electorales, fechas de espectáculos o noticias. Aunque también había quien hacía constar sus quejas o hacía publicidad de sus comercios.

También era el centro comercial, ya que era donde los mercaderes exponían sus productos a modo de mercadillo.

Todos los edificios principales públicos miraban hacia el foro. Hoy en día sería la plaza más importante, con su templo religioso (parroquia, iglesia, basílica, catedral…), el mercado y los edificios civiles, administrativos e industriales más relevantes de toda la ciudad.

En la esquina sudeste de la plaza se hallaba el Comitium, que servía como sede de la mesa electoral en el siglo II a.C., aunque luego se convirtió en el lugar para el recuento de votos y anuncio de nuevos jueces.

En el lado sur había otros tres edificios pertenecientes a la administración pública: el Tabularium, que servía de archivo (y estaba aislado para protegerlo contra incendios), la Curia o sede del senado, y el Edificio de los Duoviri (los magistrados que gobernaban la ciudad).

El Foro Civil estaba flanqueado por columnatas en tres de sus lados, mientras que en el cuarto, al norte, sobre una base de tres metros de altura se erigía el Templo de Júpiter.

Este templo fue renovado con la fundación de la colonia en el 80 a. C, cuando se convirtió en un Capitolium. Recibe este nombre pues en el siglo XIX se descubrió una pequeña pintura que muestra a Júpiter. En la actualidad se sigue trabajando en su recuperación y ya se va mostrando la planta de una vivienda con atrio central a cuyo alrededor se extienden habitaciones decoradas siguiendo el Primer Estilo. No obstante, hasta que no finalicen los trabajos, no se puede visitar.

A su izquierda estaban las letrinas públicas del foro y tras el templo se encontraban las Termas del foro, que datan del 80 a. C. Quedaron dañadas en el terremoto del 62 y la parte de las mujeres aún estaba en reconstrucción cuando se produjo la erupción del Vesubio.

En el lado occidental del Foro, donde se ubicaba una construcción al estilo de los mercados de abastos, hoy se encuentra el almacén arqueológico más importante de la ciudad con más de 9000 descubrimientos desde finales del siglo XIX. En él se conservan vasijas, diferentes tipos de utensilios como jarras, ánforas, hornillos y cazuelas… o recipientes para transporte de aceite o vino, así como de almacenaje de conservas y confituras.

También se exponen mármoles y estanques de fuentes que adornaban los patios y entradas de las casas. Así como algunas reconstrucciones de cuerpos.

Muy cerca se encontraba la Basílica, la sede en la que se desarrollaba la gestión de actividades económicas y la administración de la justicia. Junto con el Foro era el edificio más importante de Pompeya y se abría a él gracias a un doble pórtico con sus cinco puertas.

Con una extensión de 1.500 metros cuadrados, tenía aspecto de templo en su exterior, sin embargo, en el interior estaba dividida en tres naves siguiendo la estructura de las basílicas romanas. En el centro, subiendo unas escaleras de madera, se llegaba a una especie de tribunal donde se sentaban los magistrados.

Se estima que data del 130-120 a.C.

Seguimos nuestro paseo hacia las afueras tomando la Via consolare, que nos conduce a la Puerta Herculano, construida tras la conquista de la ciudad por parte del general romano Silla en el año 89 a.C.

Se han conservado siete puertas que daban acceso a Pompeya. Cada una recibía el nombre de la ciudad con la que se comunicaban. Así, recibían los siguientes nombres: Nocera, Stabia, Nola, Ercolano, Vesubio, Marina y Sarno.

Las murallas adyacentes a esta puerta pertenecen al siglo II a.C. y en ellas se pueden ver las marcas de los proyectiles de piedra lanzados durante el asedio de las tropas de P. Cornelius Sulla.

Junto a la puerta se halla la necrópolis, que se extiende a lo largo de la calzada que conduce a Nápoles.

Ya se utilizaba durante los primeros siglos de existencia de la ciudad, aunque los edificios funerarios que se conservan quizá daten de una época más tardía (a partir del siglo I a.C.).

Se pueden ver también algunas tumbas características de Pompeya con una planta semicircular. Pero no eran para todo el mundo, sino que estaban dedicadas a los ciudadanos ilustres.

Dejando atrás la necrópolis por la via delle tombe (muy apropiado) nos dirigimos a la Villa de los Misterios.

Esta vivienda data de la primera mitad del s. II a. C., aunque ha sido remodelada y ampliada en varias ocasiones. Tras el terremoto del año 62 cambió de dueños, y estos nuevos propietarios la convirtieron en explotación agrícola y ganadera. Pero sobre todo para producción de vino.

Se encuentra delimitada por una terraza panorámica y queda integrada en el paisaje por sus grandes pórticos y galerías.

Cuando se descubrió esta villa se convirtió en uno de los monumentos más importantes de la antigüedad gracias a las pinturas halladas en su interior. Sirvió para descubrir la Pintura Pompeyana y establecer sus tres períodos.

Recibe su nombre de una de sus salas de la parte residencial. En ella hay un gran fresco de 3 metros de altura y 17 de largo que cubre las tres paredes y que representa la iniciación de una esposa a los misterios dionisíacos con escenas de danza y consumo de vino. En la pared central aparece Dionisio junto a Ariadna, en las laterales hay figuras mitológicas.

En otras estancias se conservan frescos que representan decoración arquitectónica o egipcia.

Apenas nos quedaba tiempo para más, la lluvia nos acompañaba intermitentemente desde que pasamos por el foro y poco a poco empezaba a oscurecerse. Retomamos el camino de vuelta hacia la Via Consolare de nuevo que nos llevaba al foro y de ahí a la salida de la Villa Imperiale, donde están los aseos, el centro de visitantes y una exposición. Pero no podíamos entretenernos más.

Aunque no nos dio tiempo a ver todo el yacimiento (ni en un día habría sido posible por sus dimensiones), la verdad es que me gustó mucho lo que sí pudimos descubrir. Además no estaba muy masificado en aquellas fechas. Me parece una visita muy interesante por todo lo que puede aportar históricamente. Es como un museo al aire libre que permite conocer el pasado. Creo que hicimos bien en dejar la visita a Nápoles para otra ocasión.

Ya atardeciendo en la salida con la indecisión sobre qué transporte tomar de vuelta. Por un lado estaba el bus, que había sido bastante rápido a la ida, pero que no sabíamos dónde se localizaba la marquesina. Por otro lado el tren, que sabíamos dónde se encontraba, pero que también tardaba más. Citymapper nos había venido funcionando bien, por lo que la consultamos para intentar salir de dudas, sin embargo el bus no aparecía y el tren pasaba a las 17:07, así que nos dirigimos a la estación.

El billete cuesta 2.80€, al igual que el bus y hay que picarlo en una máquina antes de subir al tren.

Hay que tomar la línea en sentido Nápoles y la parada más próxima al puerto es la última, aunque la estación más grande es la anterior.

El tren no fue muy puntual, sino que ya eran casi y cuarto cuando hizo su entrada en la estación. Y menos mal, porque además empezó a chispear. Ya sentados en el destartalado vagón yo no hacía más que mirar la hora. Este medio de transporte estaba siendo más lento que el bus y nos acercábamos peligrosamente a las 6 de la tarde, cuando nuestro embarque tenía hora límite las 6:30. Según Google Maps desde la estación central se tardaban unos 35 minutos en llegar al puerto y desde la última parada unos 25. Sin embargo, el tren se paró en el andén cuando llegamos a la central y temí por un momento que aquello nos lastrara y salimos al exterior para hacer el camino a pie.

Nos encontramos una ciudad a oscuras, con lluvia abundante, rayos y truenos. Además, hora punta, semáforos que no funcionaban y napolitanos que conducen como les da la gana (lo de Bombay comparado con Nápoles es tráfico ordenado). Hicimos la vuelta al barco en apenas 24 minutos con un sprint final que ni los del Amazing Race. Hasta mi Fitbit se volvió loca e identificó la carrera como bicicleta en exteriores. Quizá por llevar el paraguas, aunque se le rompió una varilla en el recorrido y finalmente opté por empaparme.

Llegamos sobre la bocina, pero, por suerte para nosotros, el acceso al barco era un caos y había una buena cola tanto de aquellos que volvíamos como de los que embarcaban por primera vez. En este caso tan solo había un control de rayos y mucho italiano con su concepto de hacer cola (es decir, me pongo donde me da la gana), por lo que se formaba embudo.

Totalmente empapados nos fuimos directos a cambiarnos. De nuevo tuvimos que improvisar un tendedero en el baño. Por la hora que era ya no estaba el buffet abierto, pero sí la zona de hamburguesas, así que nos hicieron el apaño. Hicimos tiempo dando un paseo ya más relajados por el barco y a última hora de la tarde volvimos al camarote a ducharnos y prepararnos para la cena.

Esta vez el menú tenía para elegir entre calamares y gambas fritos al estilo italiano, lomo de cerdo, ensalada griega y sopa toscana. Para los segundos había linguine con marisco, risotto primavera, filete de trucha, cochinillo y bocaditos de tofu. Nos decantamos ambos por los calamares y gambas fritos y de segundo el filete de trucha y los linguine.

De postre había tiramisú, Sachsertorte, plato de fruta y el postre sin azúcar añadido. Y escogimos los dos primeros.

Para esta noche volvía a haber el espectáculo de magia, en dos sesiones, además, con lo que nos fuimos a tomar una copa a la planta 18, al Attic Club, donde a las 23.30 actuó el DJ. No habíamos madrugado mucho, pero el apretón de última hora se notaba. Además, al día siguiente sí que teníamos una llegada tempranera (8 de la mañana), por lo que no nos entretuvimos mucho en la noche blanca y pronto nos fuimos a descansar.

Crucero por el Mediterráneo. Día 4. Pompeya

Este día teníamos una escala rara. Normalmente el barco llegaba a puerto a las 8-9 de la mañana, sin embargo, a Nápoles la tenía programada a la 1, algo realmente tarde teniendo en cuenta que a las 17 ya estaba haciéndose de noche. No obstante, en el diario de a bordo se indicaba que llegaríamos a las 12, por lo que teníamos fe en poder aprovechar el día. Para empezar pudimos levantarnos un poco más tarde y descansar algo más que las noches anteriores, y además, mientras desayunábamos, vimos la llegada al puerto de Nápoles.

Seguíamos en Italia, pero cambiábamos de región. Esta vez llegábamos a Campania, la tercera más poblada del país por detrás de Lombardía y Lacio. Consta de cinco provincias: Nápoles, Salerno, Caserta, Benevento e Irpina y se divide claramente en dos zonas diferenciadas: por un lado el interior montañoso, y por otro, la costa. Cerca de la costa se hallan dos macizos volcánicos: el Vesubio y los Campos Flégreos. Además, también volcánicos son Roccamonfina y el monte Epomeo.

Campania tiene 350 kilómetros de costa y es conocida por sus golfos (el de Gaeta, el de Pozzuoli, el de Nápoles, el de Salerno y el de Policastro) y sus tres islas principales (Capri, Isquia y Prócida). En la Península de Sorrento destaca la Costa Almafitana, cuyos municipios de la costa son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1997.

Esta región fue colonizada por los griegos y más tarde conquistada por los romanos, de quienes pasó a manos lombardas. Después llegaron los normandos, quienes crearon el Reino de Sicilia. Formó parte también de los Reinos de Nápoles y de España.

Mezcla de estas culturas, en Campania conviven cinco dialectos. Por un lado el napolitano, que se habla en la mayoría de la región; el cilentano (en Cilento); el beneventano (en el Samnio); el irpino (en Irpinia) y el arbëreshë que lo habla una comunidad en Greci (Avellino).

Los puertos más activos son Nápoles y Salerno, ya que en ellos es donde existe más movimiento de mercancías y pasajeros. Tras Nápoles, la zona más importante de Campania es Salerno, donde se encuentra Pompeya, la costa Almafitana y la de Sorrentina.

Campania, tras Apulia, es la región más industrializada del sur. Las industrias más importantes son la alimentaria, mecánica, siderúrgica, química y textil. Produce principalmente frutas y hortalizas, también la mitad de las nueces de Italia y los sabrosos limones de Sorrento. Además, tienen relevancia la producción de aceite y vino. Ya entre los siglos III y I a.C la región era conocida por la exportación de vino en ánforas. Hoy destacan Lacryma Christi, Fiano di Avellino, Aglianico, Greco di Tufo, Per”e Palummo, Ischitano, Taburno, Solopaca y Taurasi.

La cocina de Campania es muy variada, de hecho cuenta con 396 productos certificados por el Ministerio de Agricultura de Italia como “Producto Agrícola Tradicional”. En Nápoles predominan los productos del mar, mientras que en Caserta y Aversa lo hacen más hortalizas frescas y el queso. La de Sorrento mezcla tradiciones de Nápoles y Salerno. Entre los platos del mar destacan la insalata di mare, la zuppa di polpo (sopa de pulpo), la zuppa di cozze (sopa de mejillón), los frittelle di mare (buñuelos con algas), los triglie al cartoccio (salmonetes al cartucho) y alici marinate (anchoas frescas en aceite de oliva). En cuanto a los quesos los más usados son la mozzarella di bufala, fior di latte (“flor de leche”, una mozzarella hecha con leche de vaca), ricotta con leche de oveja o de búfala, provolone de leche de vaca, y caciotta hecha con leche de cabra.

Nuestra breve escala no nos permitiría sin embargo probar estas delicias. No tardamos en bajar a la planta 6 para colocarnos en la cola y así poder salir con rapidez, puesto que ya sabíamos por la experiencia del día anterior que se podría formar un buen jaleo. Aún así, los 45 minutos no nos los quitó nadie allí de pie esperando.

Al igual que en Génova, la estación marítima de Nápoles da a la ciudad y no hay que tomar transporte alguno como ocurría en Marsella. No obstante, no la visitaríamos, ya que con una escala tan corta o elegíamos Nápoles o Pompeya, y ganó esta segunda.

En la misma estación había un puesto de información, por lo que me acerqué a preguntarle a la chica cuál era la mejor opción para llegar hasta el yacimiento. Yo llevaba ya mirado que se podía llegar en tren, pero quería que me confirmara porque a veces hay actualizaciones de última hora que hay que tener en cuenta.

La chica me recomendó tomar un bus SITA, que está bordeando el puerto a tan solo unos minutos. Así que allá que nos dirigimos.

Eso sí, una vez en el punto marcado fue todo un poco confuso pues tan solo había un aparcamiento con varios autobuses sin marquesina ni identificativo alguno. Me acerqué a preguntar a los conductores que estaban de cháchara y uno de ellos me dijo que tenía que comprar los billetes en una oficina que había detrás y que me diera prisa que salía uno ya. Apenas nos dio tiempo a comprarlos (el sencillo costó 2.8€) y según salíamos ya estaba el bus en marcha y el conductor que me había indicado le hacía señas para que parara y nos dejara subir.

El trayecto fue bastante rápido, pues enseguida salió a la autopista. Con Google Maps controlamos nuestra posición para saber cuándo bajar. La parada se encuentra junto a la Porta di Stabia de Piazza Esedra y supimos que habíamos llegado porque había autocares, tiendas de souvenirs y restaurantes. Y también porque según lo comentábamos en alto la chica de detrás nos confirmó que esa era la parada de Pompeya.

No era la entrada principal, y quizá por eso no tuvimos que esperar mucha cola. La entrada costaba 13€ (también se puede comprar por internet), aunque había una combinada con 3 sitios arqueológicos que salía por 14€. Nosotros no íbamos a poder recorrer Pompeya siquiera, así que menos aún las otras.

En el folleto te recomiendan cómo realizar la visita en función de las horas disponibles.

Dado que cerraban a las 5 (y también nos quedaríamos sin luz), apenas contábamos con 3 horas, por lo que delimitamos lo que queríamos ver y comenzamos nuestra visita.

Pompeya nació entre finales del siglo VII a.C. y la primera mitad del siglo VI a.C. en un altiplano a 30 metros sobre el nivel del mar y pronto se convirtió en importante centro de comercio y transporte de mercancías gracias a su proximidad al puerto.

A finales del siglo IV a.C., tras varias campañas militares, Pompeya pasó a formar parte de Roma, y aunque en torno a los años 90-89 a.C., se rebeló, en el 80 a.C. capituló y se convirtió en colonia romana con el nombre de Cornelia Veneria Pompeianorum.

En el año 62 d.C. un violento terremoto sacudió toda la zona vesubiana. A pesar de que la reconstrucción comenzó inmediatamente después, los daños eran graves que llevó bastante tiempo. De hecho, cuando el Vesubio la cubrió de cenizas todavía estaba en plena reconstrucción. Recientemente se ha descubierto una inscripción hecha en carbono que apunta a que la erupción del Vesubio ocurrió el 24 de octubre del año 79 d. C. y no el 24 agosto como se pensaba por los documentos de Plinio (aunque ya se sospechaba que no parecía haber ocurrido en agosto, pues las víctimas vestían prendas de lana y se encontraron numerosas granadas, una fruta propia del otoño).

Fuese agosto u octubre, el volcán expulsó una nube piroclástica de 30 kilómetros de altura que, en apenas un minuto, sepultó Pompeya y otras poblaciones cercanas, como Herculano. Estas ciudades quedaron ocultas bajo la lava y olvidadas hasta finales del siglo XVI, cuando fueron descubiertas por un arquitecto. Aunque no les dio mucha importancia y las excavaciones no llegaron hasta el siglo XVIII. En 1709 un campesino de Herculano descubrió un trozo de mármol excavando un pozo y más tarde, en 1735 el rey de Nápoles Carlos III de Borbón ordenó una excavación en profundidad. En 1748 se descubrieron las de Pompeya y desde entonces se siguen realizando tareas de recuperación de edificios, esculturas, pinturas y mosaicos. No es raro encontrarse zonas valladas en las que están trabajando.

El área arqueológica de Pompeya abarca alrededor de 66 hectáreas, de las cuales tan solo unas 45 fueron excavadas (y solo se pueden visitar 12). Giuseppe Fiorelli en 1858 la subdividió en barrios y manzanas para poder orientarse mejor y así documentar sus estudios correctamente.

El nombre de las casas no siempre se conocía, por lo que fueron los excavadores las que las fueron renombrando según sus particularidades.

El yacimiento ha supuesto una importante fuente de información para arqueólogos e historiadores, ya que les permite estudiar cómo era la vida en el siglo I gracias a su excepcional estado de conservación. Normalmente, cuando se encuentran unas ruinas tan solo se puede acceder a una parte de ellas porque se han construido ciudades encima sobre las antiguas urbes (como por ejemplo vimos no hace mucho en Sofía). Sin embargo, aquí se ha mantenido prácticamente intacta en bajo las cenizas. Se conserva el desarrollo urbanístico, edificios, frescos, mosaicos… Incluso son de importante valor histórico las figuras humanas que se han podido realizar gracias a rellenar con yeso las huellas que dejaron los cuerpos antes de arder a 300º.

En nuestra visita pudimos hacernos una idea de cómo se estructuraba la ciudad. Han pasado siglos y sin embargo, sorprende descubrir un plano tan bien pensado y estructurado. Pompeya contaba con un esquema urbanístico ortogonal, al modo romano, con sus dos vías perpendiculares entre sí (cardo y decumano) de las que surgían el resto de calles. En el centro neurálgico se encontraba el foro, la principal plaza pública, pero además, la ciudad contaba con numerosos lugares de ocio (teatros, termas…) así como religiosos.

Pompeya no solo destacaba por su relevancia comercial o arquitectónica, sino que parece que sus ciudadanos estaban muy interesados en la cultura a tenor de la variedad de espacios destinados a dicho fin. A excepción del anfiteatro, los principales edificios de uso público se localizaban en el sector oeste de la ciudad, lo que parece indicar que se trata de la parte más antigua y que la zona oriental supone una expansión posterior.

Los negocios nos dicen mucho de cómo vivían los residentes, y parece que el pan era importante, no solo para Pompeya, sino para las ciudades próximas, ya que había un buen número de panaderías. También eran relevantes los textiles.

Las viviendas también nos aportan importantes datos. Por supuesto, las que más trascienden son las Domus, las de los propietarios más pudientes, unas casas articuladas alrededor de un patio central y con un interior ricamente decorado. La decoración y los murales constituyen una buena fuente de información sobre la vida, ocupación y extracto social de sus propietarios. Las más conocidas son la Casa del Fauno, la Casa de Pansa, la Casa de los Dioscuros, la Casa del Horno y la Casa del Cirujano.

Por su parte, las clases menos adineradas se agrupaban en pequeñas comunidades que se distribuían también en torno a un patio o huerto.

Además, en las afueras se encontraban las villas, que bien servían como casas de recreo o para explotaciones agroganaderas. Las que mejor se han podido recuperar son la Villa dei Misteri, la Villa de Diomedes, la Villa Imperiale o la Villa Giulia Felice.

Ya fuera del recinto de la ciudad encontramos las necrópolis con grandes mausoleos de familias importantes y adineradas.

Todo tenía un lugar según una concreta planificación. Pompeya contaba incluso con un sistema de canalización y alcantarillado que garantizaba unos niveles mínimos de salubridad. Aunque no había desagües, por lo que para cruzar las calles usaban una especie de piedras al modo de Humor Amarillo.

También contaba con numerosas fuentes públicas, con sus canales de alimentación y desagüe.

En fin, que Pompeya es inmensa y tiene muchas cosas interesantes que ver, pero nosotros tuvimos que delimitar nuestro recorrido por falta de tiempo.

De momento nos quedamos aquí.

Crucero por el Mediterráneo. Día 3. Génova II

Habíamos llegado al centro histórico, al barrio que es patrimonio de la UNESCO desde 2006. Emprendimos rumbo a la Via Garibaldi, una calle plagada de edificios históricos, sobre todo palacios.

Refleja esa época de esplendor de la República de Génova a mediados del siglo XVI cuando era toda una potencia financiera y marítima. Al igual que ocurrió en otras muchas ciudades europeas, se proyectó una nueva zona residencial para la clase noble, que quería un lugar más exclusivo para sus residencias. Así nació este distrito señorial con sus Strade Nuove y el sistema de los Palazzi dei Rolli.

Todos estos palacios y edificios importantes datan del siglo XVI y principios del XVII y son de estilo renacentista y barroco. En total son unas 42 construcciones incluidas en el patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Destacan el Palazzo Rosso, el Palazzo Bianco y el Palazzo Tursi. Una pena que no se pueden apreciar bien, porque la calle es demasiado estrecha como para poder alejarse y contemplarlos (ya no digo fotografiarlos con un objetivo 18-55mm) en todo su esplendor.

El primero que nos encontramos que nos llamó la atención por su fachada azul decorada fue el Palazzo Podestà o Nicolosio Lomellino.

Fue construido entre 1559 y 1565 para una familia que había conseguido un importante capital en la primera mitad del siglo XVI gracias a la pesca de coral en la isla de Tabarka (la de Túnez, no la de Alicante). A principios del XVII cambió de manos y la nueva familia llevó a cabo una reestructuración interna. Posteriormente pasó a Andrea Podestà (alcalde de Génova entre 1866 y 1895) de quien toma el nombre hoy en día.

Seguimos paseando bajo la lluvia y nos encontramos con el Municipio, que se halla desde 1848 en el Palazzio Doria-Tursiun palacio que se comenzó a construir en 1565 para Niccolò Grimaldi, un importante noble genovés. Después fue comprado por Giovanni Andrea Doria, quien se lo pasó a su hijo Carlo, duque de Tursi.

Ocupa tres parcelas y cuenta con una fachada que combina el blanco mármol de Carrara con el gris de la pizarra y el rosa de la piedra finale. En su portal de mármol resalta el emblema de Génova.

Además de ser la sede municipal, es parte del complejo del museo genovés y alberga la ampliación de la galería del Palazzo Bianco, al que está conectado. En sus salas se pueden encontrar obras de la pintura genovesa de los siglos XVII y XVIII, así como la colección numismática y de cerámica del municipio de Génova. También cuenta con salas monumentales en las que se exponen piezas famosas.

Las dos plantas del edificio quedan abiertas a un patio por medio de unas galerías con arcadas, que fue donde nos resguardamos a tomar el tentempié de media mañana.

Tras el parón, continuamos recorriendo la Via Garibaldi. En la acera opuesta encontramos el Palazzo Rosso, cuya fachada es obviamente roja.

Fue construido en 1671 para la familia Brignole-Sale, quien en 1874 lo cedió a la ciudad con toda su decoración. Hoy en día es un museo que expone una rica colección con esculturas clásicas, el Ecce Homo de Caravaggio, retratos de Van Dyck, obras de Tiziano, Durero y Tintoretto, muebles señoriales y cerámicas de Liguria.

Un poco más adelante, de nuevo cruzando de acera, se erige el Palazzo Bianco, también conocido como Palazzo Luca Grimaldi.

Fue construido entre 1530 y 1540 y reconstruido en 1711. En 1892 se abrió como museo y hoy alberga una importante colección de pintura italiana y europea del siglo XVI al XVIII. En él podemos encontrar obras de Rubens, Caravaggio, Van Dyck, Murillo, Zurbarán o José de Ribera.

Justo al lado se encuentra el Palazzo Grimaldi della Meridiana, construido por Gerolamo Grimaldi Oliva, un banquero y comerciante genovés.

En el momento de su construcción, la zona no estaba urbanizada, sino que era una parte de la colina de Castelletto bastante empinada. Aún no se habían levantado los palacios de la Strada Nuova. Fue en la época de su hijo Battista a mediados del siglo XVI cuando se trazó la calle y comenzaron a erigirse los edificios que hoy en día conforman uno de los principales atractivos de la ciudad.

Génova siguió urbanizándose y a finales del siglo XVIII se abrió la Strada Nuovissima (hoy vía Cairoli), que conectaba con la Strada Nuova. Se creó también la Piazza della Meridiana y la fachada sur del palacio fue renovada.

En el siglo XIX cambió varias veces de propietarios. En el siglo XX fue usado como Hospital Militar durante la I Guerra Mundial y después pasó al ayuntamiento de Génova en régimen de alquiler. El municipio lo convirtió en edificio público, por lo que lo reconstruyó y acondicionó.

En 2004 lo compró el Gruppo Viziano, que lo restauró y abrió al público.

Muy cerca se encuentra la Basílica de San Siro, una de las iglesias más antiguas de Génova y la primera catedral de la ciudad.

Fue construida en el siglo IV y, aunque recibió el nombre de los Doce Apóstoles, se le cambió por el del obispo Siro, que fue enterrado allí.

Hoy se encuentra en el centro histórico de la ciudad, sin embargo, cuando se levantó estaba a las afueras de las antiguas murallas de la época carolingia. Esta localización tan susceptible de ataques e invasiones influyó notablemente en el traspaso de la catedral.

En el siglo XI se erigió un nuevo templo de tres naves en el lugar de la iglesia original que fue consagrado en 1237 y dependía de los benedictinos. Cuando esta orden se marchó en 1575 pasó a los Padres Teatinos.

En 1580 el ala sur de la iglesia quedó arrasada por el fuego, por lo que hubo que reconstruir la iglesia en su totalidad. La restauración se llevó a cabo en un estilo barroco, aunque la fachada principal, construida en el XIX, es neoclásica.

En 1904, ante el peligro de derrumbamiento, se demolió el antiguo campanario románico de 50 metros de altura y ya no fue vuelto a construir. Más tarde, durante la II Guerra Mundial la iglesia quedó dañada como consecuencia de los bombardeos y tuvo que ser restaurada.

El interior está dividido en tres naves claramente barrocas. Este estilo siempre me abruma por la cantidad de detalles que tiene. Y no en el buen sentido, me resulta demasiado recargado.

El altar mayor está realizado en mármol negro y bronce por un artista marsellés, Pierre Puget. En el ábside destaca el grupo Pietà, que está inspirado en la famosa estatua de Miguel Ángel de la Basílica de San Pedro.

En los pasillos laterales se distribuyen seis capillas también extremadamente decoradas que llevan el nombre de las principales familias que contribuyeron a la decoración de la iglesia.

Tras el abrumador interior de la basílica, volvimos al exterior siguiendo nuestro paseo hacia la Chiesa di Santissima Annunziata del Vastato, una de las iglesias más representativas del arte genovés del Manierismo tardío y del Barroco de principios del siglo XVII.

Fue construida por los franciscanos en el lugar en que ya había desde 1228 un convento y la pequeña iglesia de Santa Marta del Prato. Las obras comenzaron en 1520 en gótico tardío siguiendo el estilo artístico de la Basílica de San Francisco de Asís, lo cual hizo que no tuviera mucho sentido con el resto de construcciones del momento.

Sin embargo, la construcción no se finalizó por razones económicas. También porque la fachada daba a la Piazza della Nunziata que no pertenecía a los frailes. En el siglo XVI tras el Concilio de Trento los monjes se vieron obligados a realizar una renovación casi total de la iglesia, sin embargo, para ello tuvieron que buscar financiación. Se encargaron de pagar las obras la familia de los Lomellini, quienes además la usaron como capilla familiar. En 1867 se construyó la fachada neoclásica con dos campanarios.

Con los bombardeos de la II Guerra Mundial la iglesia quedó dañada y se perdieron frescos de las capillas laterales, aunque la estructura y los pilares se mantuvieron en pie.

Continuamos por la Via Balbi, una calle del siglo XVII en la que se encuentra la Universidad y el Palazzo Reale. La Universidad, construida en cuatro niveles, data de 1634 y fue diseñada por Bartolomeo Bianco, el mismo que se encargó de casi toda la calle.

El Palazzo Reale también se conoce como el Palazzo Stefano Balbi y es uno de los edificios históricos más importantes de Génova.

Comenzó a construirse en 1618 por la familia Balbi. Una segunda fase se llevó a cabo entre 1643 y 1655, momento en que se planificó el cuerpo central del edificio y sus dos alas laterales. También se añadió el jardín y se renovó la planta interior.

En 1677 la familia Balbi se lo vendió a la familia Durazzo, que llevaron a cabo tareas de ampliación. En estas obras se modificaron varios aspectos arquitectónicos.

En 1823 pasó a los Saboya, quienes renovaron varias estancias para adecuarlo y convertirlo en su residencia oficial. En 1919 pasó finalmente al Estado.

Hoy, convertido en museo, constituye una de las principales colecciones de arte de la ciudad gracias a que conserva el mobiliario original desde mediados del siglo XVII hasta comienzos del XX, obras de arte (tanto pinturas como esculturas) y objetos cotidianos.

Frente al Palacio Real y junto al edificio de la Universidad se encuentra la Parrocchia dei Santi Vittore e Carlo, construida en el siglo XVII para los carmelitas descalzos. En 1798 los frailes la abandonaron y pasó a ser una iglesia parroquial.

En la II Guerra Mundial dos bombardeos la dañaron gravemente, así pues, tuvo que ser reconstruida.

La Via Balbi nos conduce al monumento a Colón, sito en la Piazza Acquaverde, frente a la estación Piazza Principe

La estación, también conocida como Génova Príncipe, es la estación central de la ciudad y data de 1860. Aunque ha sufrido varias modificaciones con el paso del tiempo, la fachada es la original.

Frente a la estación se erige el Hotel Colombia, el que fuera el hotel de los pasajeros de segunda y tercera clase de los Ocean Liners, aquellos que cruzaban el charco buscando un futuro.

Habíamos hecho una ruta circular y nos encontrábamos cerca del puerto. Aún nos quedaba alguna zona por recorrer, pero decidimos volver al barco, secarnos un poco, comer, y salir de nuevo después para otro corto paseo antes de zarpar.

Sin embargo, cuando terminamos de comer la lluvia se había vuelto más persistente y estábamos empapados al momento. No al nivel de Copenhague, pero sí que era incómoda, sobre todo para ir con la cámara y con un paraguas que no era capaz de rechazar tanta agua. Además, había que sumar el aire… Así que, después de llegar al Complejo de San Giovanni di Pré, decidimos volver al barco y dar por terminada la visita a una ciudad que de todas formas, no nos había gustado demasiado.

Nos cambiamos y montamos una estación de secado en el baño. Nos vino muy bien la cuerda de tender dentro de la ducha. Gracias a ella pudimos colgar los pantalones y el chubasquero. El calzado tardaría más en secarse y tendríamos que acabar recurriendo incluso al secador de pelo.

Ya cambiados, salimos a cubierta a despedirnos de Génova, aunque desistimos, pues hacía frío, estaba lloviendo y toda la cubierta encharcada.

Además, la salida – que estaba programada a las 6 – se estaba retrasando. Dado que no adelantábamos nada al descubierto, decidimos ponernos a resguardo y volver al pub.

Luego oímos por megafonía que estábamos esperando a que llegara un grupo de pasajeros para zarpar. Dado que el barco no espera nada más que a los viajeros que van en sus excursiones, pensamos que quizá aún no habían llegado los de la de Milán seguramente por el tráfico. Pero es mera especulación.

Siguiendo la rutina diaria, nos duchamos y preparamos para la cena. Esta vez teníamos para elegir de primero entre ceviche (entre la oferta gastronómica de Liguria no puede faltar el pesto, pero sobre todo el pescado), mozzarella con tomate, ensalada provenzal y sopa minestrone. Como llevábamos todo el día bajo el agua, nos decantamos por la sopa calentita.

Entre los segundos teníamos Mezzi paccheri con salsa de mar, risotto con alcachofas, filete de bacalao a la ligure (como no podía ser de otra forma estando en Liguria), pierna de ternera y estofado de legumbres. Aquí diferimos en nuestra elección y mientras que yo me decanté por el bacalao (que elegir pescado siempre era un acierto), él probó la ternera.

Los postres del día eran Tarta Ópera, Tarte Tatin (de manzana confitada), fruta fresca, postre sin azúcar o mousse ligera de frambuesa. Nos llamó la atención esta última.

La climatología se notaba también en la navegación, y durante la cena apreciamos cómo oscilaba ligeramente el barco. Era estable, pero había cierto vaivén, sobre todo en los extremos y en la cubierta, donde además se podía ver cómo se movía el agua de la piscina amenazando con salirse. Muy divertido, sobre todo para alguien a quien no le gustan demasiado los barcos.

Tras cenar nos fuimos al teatro, donde teníamos asiento reservado para Magic Friends. Y si el día antes la representación me había decepcionado, este me aburrió. Y es que no me gusta mucho la magia y este en concreto, aunque estaba amenizado por los bailarines, no dejaba de ser un espectáculo de magia. Empezaba a perder la fe en los show nocturnos.

Cuando finalizó, nos tomamos una copa. Esta vez elegimos el Edge Cocktail Bar, donde el mojito dejaba algo que desear.

Así que tras un rato nos dimos un paseo por la zona de animación, donde el tema de la noche era marinero y todo el equipo de animación estaba caracterizado como tal. También las pantallas del techo.

Pero tampoco nos quedamos mucho rato, pues ya rozábamos la medianoche y Nápoles nos esperaba a la mañana siguiente.