La Magia del Orden, Marie Kondo

Marie Kondo se ha puesto de moda recientemente gracias a su serie de Netflix (ya llegaremos a ella), pero esta japonesa – que ya desde niña tenía obsesión por el orden-  lleva ya unos años dando consejos con su método KonMari. Yo la conocí por su libro La Magia del Orden, donde aborda la organización como una especie de terapia y cambio de vida.

Aunque suene todo muy zen y muy japo, lo cierto es que razón no le falta. Como bien dice, cuando tenemos un espacio desorganizado, tendemos a vaciarlo, limpiarlo y reorganizarlo después con algún elemento de almacenaje. Pero claro, los trastos siguen ahí, lo único que hacemos es quitarlos de la vista y con el tiempo se irá llenando más, se volverá a desorganizar y vuelta a empezar, lo que supone una pérdida de tiempo. Por el contrario, ella plantea un método más definitivo, y de ahí lo del cambio de vida, porque nos lleva a replantearnos cómo queremos vivir, qué queremos mantener en nuestra casa, a qué le queremos dedicar el tiempo (y es que limpiar y organizar nos consume horas de vida. Y también en buscar algo que no sabemos dónde está).

Así, tras dar el primer paso y comprometernos a ser ordenados y pensar en nuestro objetivo, toca remangarse y ponerse manos a la obra.

En primer lugar, antes de organizar hay que eliminar. Sí, toca descartar. Yo lo veo como si fuera a hacer una mudanza: es más lógico hacer una limpia antes de empaquetar, pues así tendremos menos que mover de una casa a otra. Pues en este proceso igual. Fuera cosas innecesarias, rotas, que llevan años sin ser usadas. Marie Kondo le da un punto más místico y nos aconseja que nos quedemos solo con aquello que nos haga felices. Yo preferiría hablar de objetos que cumplen una función, pues eso de los bienes materiales nos produzcan felicidad me chirría un poco. Pero bueno, tiene más que ver con su cultura japonesa. Este proceso de desechar puede ser complejo al principio, pero poco a poco se va haciendo más fácil. Y no solo aligera la casa, sino que también deja la mente un poco más despejada.

¿Y por dónde empezamos a hacer esta criba? Pues según el Método KonMari mejor hacerlo por categoría y no por almacenamiento. Se trata de un proceso que ha de servir como cambio de mentalidad, por lo que recomienda hacerlo de golpe. Es una purga que ha de hacerse del tirón, nada de poco a poco en limpiezas de primavera u otoño. Y a ser preferible solos, pues la familia puede interferir más que ayudar.

Como decía al principio, solemos abrir un espacio, vaciarlo, limpiarlo, reorganizarlo y listo. Sin embargo, esto tiene un problema y es que no nos hacemos a la idea del volumen de posesiones que tenemos o incluso de que guardamos objetos repetidos guardados en varias habitaciones. Así, Kondo propone hacer limpia por categoría y agrupar todo lo que haya repartido en varias estancias para tomar consciencia.

Y sugiere empezar primero por la ropa, después con los libros, los papeles, miscelánea y finalmente con los objetos que tienen un valor sentimental. Aconseja seguir este orden porque iremos de más fácil a más difícil, de forma que cuando lleguemos a lo sentimental ya iremos en velocidad de crucero y estaremos más sueltos a la hora de filtrar lo que sí y lo que no nos vamos a quedar (donar, regalar, vender o tirar).

La ropa sería lo más sencillo según Kondo porque así a simple vista ya nos vienen a la mente prendas que no nos valen, que no nos sientan bien, que han pasado de moda o están ya viejas (no está para nada a favor de que la ropa vieja pase a ropa de estar por casa). Ahí tenemos medio camino hecho.

Con los libros quizá no sea tan fácil reducir la biblioteca a tan solo 30 como sugiere, aunque es verdad que hoy en día con los formatos digitales quizá no guardamos tantos. En cuanto a los papeles y revistas siempre hay contratos o facturas que fiscalmente ya no sería necesario guardar y por tanto ahí también ya tenemos un pequeño paso hacia el filtrado. En concreto ella recomienda mantener dos subcategorías: lo que hay que conservar (contratos de servicios, la hipoteca…) y lo que requiere una gestión (facturas que hay que pagar, por ejemplo).

Así, según el método con cada una de las categorías debemos agrupar todo en un espacio amplio e ir tomando cada objeto y hacernos la misma pregunta: ¿Me produce alegría? Si no somos tan místicos, pues podemos preguntarnos si nos aporta algo tener ese objeto en nuestras vidas. En función de si la respuesta es afirmativa o negativa, iremos haciendo montones. Uno para lo que se queda, otro para lo que se va (a lo que le daremos las gracias por su servicio prestado. Sí, muy oriental).

Una vez que hemos hecho ese filtro y hemos reducido nuestras posesiones toca recolocar de forma eficiente. Pues bien, la japonesa nos recomienda reutilizar cajas de zapatos vacías u otros recipientes que ya tengamos. Nada de lanzarse a la tienda y volverse loco con productos de almacenaje. Además, se supone que como el volumen de objetos se habrá visto reducido, nos sobrará espacio de sobra. Las cajas permiten que los objetos no queden desperdigados (imaginemos por ejemplo un cajón del baño con los productos de aseo o maquillaje, o una despensa donde podamos agrupar todas las especias o los utensilios de repostería que usamos de vez en cuando). Lo importante es organizar todo de forma que quede a la vista y accesible. De ese modo nos será más sencillo saber qué tenemos y podremos llegar a ello sin problema. Esto sirve tanto para la ropa, como para los papeles o la despensa de la cocina.

En el caso de la ropa recomienda crear subcategorías y guardar por un lado las camisetas, por otro los pijamas, por otro la ropa interior y calcetines, por otro los accesorios… Además, no es muy amiga de colgar demasiadas prendas, solo blusas o chaquetas. Propone guardar la ropa doblada en vertical para que así sea más visible todo el cajón. Y he de reconocer que es muy útil. Para baldas quizá da un poco igual porque sí que ves las prendas, pero en un cajón tan solo veríamos la de arriba del todo, y como tenga mucho fondo, habrá algunas que quedarán olvidadas atrás.

Para las pocas prendas que vayan a ser colgadas, recomienda organizarlas según tonalidad de color (como si eso fuera un Pimkie) quedando las más ligeras a la derecha y las más fuertes a la izquierda. Yo esto lo haría al revés, pero porque mi puerta corredera primero me deja a la vista el lado izquierdo.

Tampoco comparto su idea de tener toda la ropa en el armario y no guardar la de fuera de temporada. Quizá le funcione en Japón, pero con el clima de Madrid en que en invierno tenemos máximas de 10 y mínimas bajo cero y veranos cuyas temperaturas no bajan de 20º y fácilmente llegan a los 40º, pues me va a perdorar la señora Kondo, pero no le veo sentido a tener las camisetas de tirantes junto a las de manga larga o los jerseys de cuello vuelto junto a los pantalones cortos.

En otro aspecto en el que difiero con la japonesa es en lo de vaciar el bolso cada día. Lo veo innecesario y puede causar más problemas que ventajas. No termino de ver tampoco lo de guardar los bolsos uno dentro de otro. Sí, está muy bien cuando son de gran tamaño y de asa, pero para otro tipo de modelos seguro que me olvidaría de los que tengo, pues solo vería los de fuera.

Por lo demás, salvando las distancias culturales, es un método que no deja indiferente y del que se puede sacar una buena inspiración. No veo factible lo de hacer esa limpieza de toda la casa de golpe, porque puede resultar abrumador, pero quizá una categoría cada semana o cada 15 días sí que sirva como empujón para darle un nuevo aire a la vida. Y es que este proceso que propone Marie Kondo nos empuja a un diálogo interior sobre qué esperar de nosotros mismos y sobre cómo queremos vivir. No se trata de un proceso únicamente material, sino que conlleva una retrospectiva.

Tras esta purga y reorganización hay que cambiar el chip y conseguir mantenerlo. Así, guardar cada cosa en su lugar (por ejemplo guardar el abrigo y bolso al llegar a casa) y no volver a comprar compulsivamente para no volver a almacenar innecesariamente. Además, uno empieza por la ropa, sigue con los libros, papeles, revistas, revisa objetos sentimentales, se deshace de trastos y lo siguiente que va detrás es reducir el número de muebles, ya que a menos cosas que guardar, menos almacenaje se necesita. Sobrarán cachivaches decorativos y nos acercaremos más al minimalismo, que siempre es una buena idea. No solo por reducir el consumismo, sino porque el orden reduce el estrés y ahorra tiempo. Y de tiempo vamos siempre escasos.

Tras La Magia del orden, libro del que se han vendido más de cinco millones de ejemplares y que se ha traducido a más de treinta idiomas, Kondo publicó una continuación, La felicidad después del orden, una guía ilustrada de su método. Además, tiene un tercer libro, La magia del día a día (La magia del orden): Diario (Cuerpo y mente), que sirve de acompañamiento de La magia del orden con frases inspiracionales. Muy Mr Wonderful todo.

Nueva serie a la lista “para ver”: The man in the High Castle

Amazon ha copiado a Netflix y ahora tiene series propias también. Una de ellas es The Man in the High Castle, basada en la novela del mismo nombre de Philip K. Dick. Sí, otra vez una serie basada en una novela. Ya he perdido la cuenta.

Este drama histórico está ambientado en 1962 desde un punto de vista ucrónico. Es decir, nos encontramos en una realidad alternativa en la que las Potencias del Eje habrían ganado la II Guerra Mundial. Ahora la Guerra Fría la protagoniza Alemania y Japón, no Estados Unidos y la Unión Soviética. Como consecuencia de esta victoria, los alemanes y los japoneses se habrían repartido Estados Unidos de forma que los nipones dominarían la costa oeste y los germanos el este y casi el resto del país hasta las Montañas Rocosas. Entre ambas secciones habría un territorio neutral.

En este escenario tenemos a dos personajes, uno de cada costa. Por un lado, Joe en Nueva York y por otro Julianna, en San Francisco. Ambos se cruzarán en un pueblo en la América profunda cuando él va en ruta llevando una carga misteriosa como miembro de la resistencia y ella ha huido de casa con una película propagandística de una realidad alternativa en la que los aliados sí que salieron victoriosos. Al parecer es obra de un misterioso hombre en el castillo, pero no se sabe quién es.

La ambientación de la serie se consigue sustituyendo pequeños detalles cotidianos tan comunes en las producciones norteamericanas. Han sustituido las banderas estadounidenses de los porches o de lugares significativos y en su lugar encontramos esvásticas o letras japonesas. Da un poco de impresión encontrarse Times Square adornada con cruces gamadas.

Choca ver cómo la sociedad está adormecida y parece haber asumido que perdieron la guerra y que ahora el país que conocían ya no existe. Invita a la reflexión sociopolítica con este planteamiento ucrónico. Supongo que las cintas de Julianna servirán para despertar a los ciudadanos. Habrá que ir viendo.

A mí me suele enganchar la temática de espionaje, sin embargo, para el género, The Man in the High Castle me parece algo lenta, no crea la tensión que por ejemplo veíamos en el piloto de El Infiltrado. Tiene la estética, la fotografía, ese tono grisáceo, a veces sepia, pero había demasiados personajes, demasiadas tramas. Supongo que porque se está cocinando a fuego lento una historia aún mayor sobre la sucesión de Hitler y el enfrentamiento germano-nipón, pero el resultado fue que se me hiciera algo plomizo este primer episodio. Y eso puede frenar a continuar viendo más.

Claro, que hay que tener en cuenta que es una serie de amazon, es decir, no tiene que mantener el mismo ritmo de una serie que se emite semana tras semana; sino que al tener disponible toda la temporada, es más fácil darle una segunda oportunidad visionando el capítulo siguiente. Y parece que no le fue mal a la plataforma, ya que se ha convertido en la serie más vista en la tipología bajo demanda a nivel mundial.

De momento cuenta con dos temporadas de 10 episodios. La añadiremos a la lista “para ver” y comprobaremos si cumple con las espectativas.

 

Viajar IV (2015)

2015 se salió un poco de lo habitual, pues no paramos. Primero la Luna de Miel a Japón. Creo que ha sido el viaje en el que hemos tenido un mayor contraste con sus paisajes, sus templos, su cultura, su gente, su comida…

Fueron 21 días a tope, empezando por Kioto, con un ambiente mucho más tradicional, hasta llegar a Tokio, mucho más moderno y caótico. Y entre medias, las montañas, otro mundo.

Japón es un país que tiene mucho que ofrecer, lleno de contrastes: cultura y modernidad; tranquilidad y frenesí; espiritualidad y masacre; mar y montaña…

Una pasada cada ciudad, cada rinconcito, la afabilidad de la gente, la comida, los templos

Después en verano volvimos a hacer un interrail, esta vez por las Capitales Imperiales: a las tradicionales Viena, Praga y Budapest añadimos Bratislava, que está a tiro de piedra. Nada que ver la arquitectura imperial y la historia de estas ciudades con Japón. De un extremo a otro.

Budapest es una de las grandes joyas de Europa. Sobran los motivos para justificar una visita. Es una ciudad que sorprende por sus edificios históricos, por los restos de un pasado imperial de gran importancia, por sus parques, por las vistas del Danubio, por los baños termales… Moverse por ella es, además, muy sencillo. Se puede recorrer a pie dividiéndola por zonas. Pero también ofrece numerosos medios de transporte que llegan prácticamente a todos los rincones.

Bratislava es la capital de Eslovaquia desde el 1 de Enero de 1993, año en que nace la República Eslovaca tras la disolución de la antigua Checoslovaquia. Básicamente tiene tres puntos de interés. La zona de la Ciudad Vieja, que es la más interesante desde el punto de vista monumental; el Castillo, que teníamos cerca del hotel; y el Palacio Grassalkovich.

Lamentablemente no queda mucha historia de la ciudad en sus calles, puesto que en los años 60 los planes urbanísticos arrasaron con el barrio antiguo que se encontraba entre la Catedral de San Martín y el Castillo. Parece que era más importante hacer llegar las carreteras que comunicaban Viena o Budapest con Bratislava que mantener siglos de historia. Así pues, ahora discurre la Calle Staromeska, una de las principales arterias de la ciudad y que desemboca en el Puente Nuevo.

Viena es la ciudad del vals, de la ópera, de la música; de Mozart, Schubert o Strauss; de Sissí; de palacios convertidos en museos; de arte; de parques muy verdes y extensos; de tradición, pero también de modernidad; del café y la tarta Sacher; del Schitzler (pollo empanado); de coches de caballos…

Praga es una ciudad que esconde secretos en cada esquina, en cada fachada, en cada edificio. Hay que ir observando con detenimiento a cada paso, mirando cada fachada, levantando la cabeza para descubrir emblemas, cúpulas, azoteas o torres. Tiene restos de la época de los Habsburgo, del nazismo y los guetos judíos, del comunismo y sus edificios monótonos e insípidos. Praga es la modernidad de Cerný y la Casa Danzante. Es música, es arte, es literatura. Es convivencia de culturas (eslavos, alemanes y judíos).

Y para finalizar, de imperios iba el año: el Imperio del Sol Naciente, Capitales Imperiales y el antiguo Imperio Otomano. En noviembre viajamos en familia a Estambul. Hablando de contrastes…

Estambul es una ciudad de contrastes viviendo entre dos mundos. Muy occidental para ser asiática y muy oriental para ser europea. Una ciudad situada en un lugar estratégico que le da un papel de importancia a nivel industrial y comercial, pero además cultural y turística.

Pasear por sus calles es dejarse llevar por la historia, por la herencia que ha sobrevivido hasta nuestros días. Perderse por Estambul es descubrir el legado bizantino y otomano mientras se escucha el canto del muecín llamando a la oración desde sus mezquitas. Las mezclas son bienvenidas y conviven en armonía.

Estambul es Bósforo y Mármara, así que es imprescindible tomar un ferry y sentirse como el pirata de Espronceda: melena al viento y señalando Asia a un lado, al otro Europa, y allá en el frente, Estambul.

Fue un gran año viajero. Y 2016 también, empezamos 2017 en breve y yo con un año de retraso. ¡Si es que el tiempo vuela!

Japón por Libre XLIII. Conclusiones Finales

Llegamos al final del viaje ( y del año). Ya está bien, que llevo meses largo aquí dando la vara con Japón. Tampoco me quiero extender mucho, pues creo que ya está todo bastante desgranado. Podéis ver las conclusiones del itinerario, rarezas que nos hemos encontrado, cómo nos hemos movido con el transporte y sobre todo haciendo uso del JR Pass y la PASMO, de lo que hemos comido

Solo quiero acabar con un resumen aproximado de gastos (seguro que algo se me queda en el tintero).

  • Vuelos y seguro de viaje: 1334.52€
  • Hoteles: 1399.07€ (aplicando el cambio €-Yen a 125)

  • JR Pass de 14 días y las 2 PASMO: 672€
  • Efectivo que nos llevamos: 2000€ (202.900 Yenes)

Total: 5405.59€. Unos 2700€ por persona los 21 días.

Creo que no está nada mal teniendo en cuenta los días, todo lo que visitamos, los templos a los que entramos… De hecho, en el aeropuerto el último día acabamos cambiando algo que nos sobró, creo recordar que algo más de 10.000 Yenes. Al cambio fueron unos 78€. Y nos quedamos con algún billete y calderilla de recuerdo, también hay que decirlo. Pero vamos, por redondear, hablamos de unos 5.400€. Que viene a ser casi lo que nos pedían en agencia para un tour de 14 días (por persona). Así que, contentos con el resultado.

Puntos de interés

Porque además, el problema de los tour es que los configuran otros, no tú mismo. Y aunque puedas cometer errores, el viaje lo haces a tu medida. Japón es un país que se puede recorrer tranquilamente por cuenta propia y no es tan caro como puede parecer. Lo más caro es el vuelo y el alojamiento, por eso conviene sacar los billetes y reservas con tiempo. Por lo demás, el presupuesto se puede ajustar en ruta seleccionando qué entradas pagar y qué comer.

Japón es un país que tiene mucho que ofrecer, lleno de contrastes: cultura y modernidad; tranquilidad y frenesí; espiritualidad y masacre; mar y montaña…

Sin duda, un destino a tener en cuenta.

Buena salida y entrada de año. A por el 2016.

Japón por Libre XLII. Curiosidades varias

Japón es un país fascinante. A mí me ha sorprendido gratamente. Hemos vuelto encantados y se lo recomendamos a todo el mundo. Todo fue muy positivo, incluso compensan las horas de vuelo por todo lo que tiene por descubrir.

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En esta entrada voy a intentar recopilar todo aquello que nos resultó curioso, extravagante, chocante o diferente. Son muchas cosas, porque obviamente nuestras culturas no tienen mucho que ver. A ver si me acuerdo de todo.

Logística de viaje. Me explico: nada más montar en el avión, lo primero que me sorprendió es que éramos una minoría occidental y que los japoneses nos llevaban años luz en cuanto a organización logística de un viaje largo. Van con ropa cómoda, llegan a su asiento y se descalzan. Algunos se quedaban en calcetines, otros sacaban las típicas chinelas de hotel. Además, la almohada hinchable para el cuello. Por supuesto, no puede faltar el antifaz y la mascarilla. Ahora imaginad a una persona con toda la parafernalia y tapada con una manta hasta la barbilla… Pues eso es lo que me encontré cuando me fui a la parte de atrás a por un piscolabis y algo de beber y me encontré a mi amigo francés. Los occidentales somos unos loosers con una L bien grande.

Las mascarillas. Ya que han salido a colación, os comento. Tenía entendido que es para no constiparse o incluso no contagiar a los demás, ya que lo de faltar al trabajo como que no está muy bien visto. Y son muy respetuosos, así que mejor no extender los virus. Pero resulta que no es sólo por eso. También es por la contaminación. Y sobre todo por la alergia al polen de los cedros, y es que tras la II Guerra Mundial, el país quedó arrasado y se decidió reforestar con este árbol, que es de rápido crecimiento. Hay mil modelos y tamaños, y, por supuesto, infantiles con dibujitos.

Las toallas de bolsillo. Esto lo vi por primera vez en el baño del CDG en París, que había una japonesa acicalándose y se secó con una minitoalla (algo más pequeña que la de bidé) y dije “anda, mírala, qué preparada”. Porque yo pensaba que era porque iba de viaje, como quien lleva un cepillo de dientes desmontable. Pero no, luego ibas por Japón y todo el mundo la lleva. Con ella se secan el sudor, las manos en un baño público…

El respeto a los demás. Se ve en las mascarillas, como decía, pero también en el silencio en los espacios compartidos. Sin ir más lejos, en el transporte público, los móviles han de ir sin sonido. Y si te llaman, no puedes hablar, se considera de mala educación. Ceden el asiento a personas con menos movilidad, intentan no tocar o empujar cuando va el transporte hasta arriba. Dan las gracias y se inclinan siempre con una sonrisa. Y son muy atentos.

Respeto por lo ajeno. No es un país peligroso y no te van a robar. Puedes llevar la mochila abierta, o dejarte olvidado algo, que ahí seguirá. De hecho, fuimos testigos de una situación que no vimos concluir y nos quedamos con las ganas. Volvíamos al hotel en Tokio, ya de noche (aunque serían las 7 ó así), y cruzando un paso de peatones a alguien se le cayó un móvil. Lo cogió un chico y corrió un poco para dárselo a una chica, pero esta le debió decir que no era suyo y se quedaron los dos en la acera mirando a ver si alguien se daba la vuelta y lo echaba de menos o decidiendo qué hacer. Claro, no sabíamos qué decían, esto es especulación, pero el par de minutos que nos quedamos viendo a ver qué hacían, ahí seguían, pareciendo discurrir qué hacer con el móvil y cómo lograr que su dueño lo encontrara.

Fumar. Está prohibido fumar por la calle, por el respeto a los demás y porque como son tantos habitantes, hay riesgo de quemar a alguien. Eso sí, hay zonas habilitadas para ellos. Generalmente son cubículos rodeados por unas jardineras, aunque a veces es tipo marquesina con una marca en el suelo. Puedes acabar haciendo amigos y que te lean un texto en español para que les corrijas.

Las siestas en el transporte. Es increíble la facilidad que tienen para dormirse en cuanto plantan el culo en un asiento. Claro que con esas jornadas intempestivas y lo lejos que tienen la casa del trabajo, no es de extrañar que estén agotados. Si hasta yo me echo una cabezadita en la renfe cuando pillo asiento. Eso sí, su modo es peculiar. No soy capaz de dormir con la cabeza colgando. Que sí, que es más respetable que con ella para atrás porque no quedas en evidencia con la boca abierta o no te caes hacia tu compañero de asiento. Pero no consigo esa postura, oye.

Andares. Y sigo con posturas. Vimos bastantes ancianos que andaban encorvados. Pero mucho, casi doblados, como si fueras buscando calderilla. Supongo que dependerá de haber trabajado en el campo. Pero es que además, es común ver a las escolares que andan patizambas, con los dedos gordos de los pies uniéndose. Piernas haciendo un 0, vaya. Al parecer, esto se debe a la forma en que se sientan al comer, que acaban teniendo problemas con la cadera.

Comida. No, no voy a explayarme otra vez en la comida, pero sí hay que tener en cuenta que al contrario que con el resto de quehaceres, que mejor en silencio, al comer sí que está permitido hacer ruido. Se considera como que estás degustando un auténtico manjar, como que estás disfrutando de la comida. Además, para comer los fideos bien calientes, hay que sorber para así no quemarse.

Comida de cera. O sampuru, que la llaman ellos (de sample, en inglés). La encuentras en los escaparates para saber cómo es el plato. Y lo que te sirven es lo prometido. Están muy conseguidos los platos. Auténticas obras de arte.

Las máquinas de vending. Están por todos lados y ofrecen refrescos, bebidas calientes o café en lata. Eché de menos que hubiera de comida también. Pero supongo que como no es muy sano lo que suelen tener este tipo de máquinas y Japón es un país sano… Yo probé algunos refrescos de té… pero no triunfó nada más que uno de limón.

Son muy solitarios. En la hora de la comida no ves grupos de compañeros de trabajo que salgan a almorzar juntos, sino que van cada uno por su lado. En los restaurantes predominan los sitios individuales. En el McDonalds había hasta cubículos.

Toallitas húmedas. No puedo vivir sin ellas. Es lo que más eché de menos al volver. Yo como y me ensucio bastante, la verdad. En Alemania lo pasaba mal con eso de que “es que nosotros presuponemos que no nos vamos a manchar”. Pues aprended de los japoneses. Ya en el avión te dan tu toallita para que te refresques. No pueden faltar en los restaurantes, incluso en la tiendecita más pequeña te dan una toallita envuelta en su plástico. Que oye, te compras un sándwich en un 7eleven y después te limpias…

Papeleras. Sin embargo, algo de lo que andan escasos es de papeleras. Quizá porque no comen en marcha, sino que si se compran algo en una tienda, se lo comen en unos minutillos y tiran allí mismo la basura. Como además, te calientan la comida y todo… Así que nosotros íbamos siempre con una bolsa para meter las botellas de bebida y los envoltorios de los piscolabis. Y cuando comprábamos la cena, tirábamos la basura.

Limpieza. Todo está limpio, pero lo que nos sorprendió fue el tener los calcetines impolutos al salir de los templos y haberlos recorrido descalzos. Llevaos los calcetines en buen estado y calzado cómodo de poner y quitar porque os descalzaréis y mucho. Por cierto, aunque haya una estantería llena de calzado y todo el mundo pase descalzo, NO HUELE A PIES. Ni en el metro huele a sudor.

La bienvenida en los comercios. Cuando entras en un local, todos los empleados – TO- DOS – te reciben con un Irashaimaseeeeeeeeeeeeeee. Al final acabas con la cancioncilla en la cabeza como hayas estado recorriendo varias tiendecillas, como en Asakusa. Masé maséeeeeeeeeeee. Por supuesto, al cliente se le trata con mucho respeto y atención. Las tiendas están pulcras y con todo bien ordenado y etiquetado. Aunque no hables el idioma te ayudarán. Y si compras, atento al envoltorio. No me extraña que sean los creadores del origami. Por supuesto al marchar, te despedirán con un arigato gozaimastáaaaaaaaa, hayas comprado o no.

El ritual de las vueltas tras la compra. No es para unas prisas, ya os lo digo. Tú pagas y el dinero lo dejas en una bandejita como las vacíabolsillos que se ponen en las entradas de las casas. El tendero te coge el dinero y cuando te va a devolver el cambio te muestra los billetes (si hay) y te los va contando a la vez que los va separando ichi, ni, san, shi, go… después, los pone en la bandejita bien estirados y encima las monedas. Ojo, llevad monedero o cartera en la que quepan los billetes sin doblarlos, no parece que sea mucha costumbre. Vamos, lo mismito que los estadounidenses cuando hacen una bola con los dólares…

Merchandising. Se puede comprar de todo lo imaginable para personalizar móviles, ordenadores, tabletas… Llevan las mochilas llenas de peluches colgando, los móviles con fundas o carcasas a cada cual más colorida y más grande. Y si lleva brillos, mejor. Y si le puedes colgar muñecajos, ya es la repera. Son un poco estrafalarios en ese sentido. Y da igual la edad o el sexo. Porque ves a ejecutivos con su mochila, bolso o bandolera, y saca las llaves y lleva de todo… que no sé cómo encuentran las llaves.

Los hombres llevan bolso. Sí, en España también es frecuente verlo, yo he regalado varios a amigos y familiares, porque entre cartera, gafas de sol, móvil, (tabaco), llaves… ellos también necesitan guardarlo en algún sitio. Pero aquí predominan los que son algo más de sport, bandolera, en colores bastante apagados… Pero en Japón vi el típico bolso de asas, grande, que puedes llevar en la mano, o colgado en el hombro. Bien ejecutivos, bien más de sport.

Móviles de tapa. También se ven móviles táctiles, pero había mucha gente, de diferentes edades y diferentes estratos sociales con teléfonos de tapa. Al parecer es más barato.

Paraguas. Más complementos. Allí los paraguas son o transparentes, o el negro. Y generalmente de bastón. Pocos se ven plegables. A mí me encantan los transparentes, en España son complicados de encontrar, pero nos trajimos 3, los dos que compramos en Nara que eran de niño, y otro grande que compramos después y que me dejaron pasar como equipaje de mano.

Sombreros y gafas de sol. Visualizad a un japonés de excursión en España. ¿Cómo van? Con sus sombreritos típicos, con sus gafas de sol, manga larga, bien protegidos… Bien, pues en su país no. Por mucho sol que hiciera, no los veías protegidos, ni siquiera con gafas de sol. Si veías a alguien llevándolas, sería occidental. No hay japoneses con gafas de sol, al parecer su retina es más resistente que la nuestra a la luz intensa (supongo que para eso son los hijos del país del sol naciente).

Maquillaje y complementos. Las japonesas son muy cuquis. Le dan mucha importancia a la imagen, van en el transporte retocándose. Vas por la calle y hay mil tiendas con complementos y maquillaje. Se ponen muchos lazos, florecitas, fresitas, corazones, mucho rosa y todo ese tipo de detalles que a mí me da ganas de vomitar.

Calcetines. No entiendo el concepto zapato y calcetín con volantitos o puntillitas. Pero bueno, es que el tema calcetín a mí me tocó bastante. Me pasé todo el viaje mirando a los pies. Definitivamente el estilismo es diferente. Y ojo, tanto en ellos como en ellas, los calcetines están para mostrarse.

Uniformes, Kimonos y Cosplay. Esto fue algo que no sorprendió tanto porque más o menos te lo esperas. Pero es que los trajes están muy cuidados, el peinado, el maquillaje… Bueno, y los escolares son como en los manga.

Los WC. Ya lo he comentado en algún post. Son de otro mundo. También sabíamos que existían, pero claro, hasta que no te sientas en uno, notas que está caliente y encima que te hace ruido para que te de ganas de echar el chorrillo… Lo mejor, no solo los de casa u hotel (que tienes hasta tus zapatillas específicas para entrar), sino que hay en todos sitios, y siempre están más que limpios.

Cuentan diferente con los dedos. En un daiso le pregunté a la de información por un objeto y me mandó a la planta 7, pero me costó entenderla, porque me puso una palma abierta y luego dos dedos sobre esta. No sacan los dedos, sino que los esconden.

Tienden la ropa colgada en perchas. Tienen casas de tamaño tan reducido que no tienen grandes tendederos. La ropa la cuelgan en perchas ya todo muy ordenado y eficiente.

Las puertas se abren hacia la izquierda. Imagino que se debe a la forma natural de su tránsito, ya que conducen también por la izquierda, y así se sitúan en las escaleras mecánicas, como es lógico.

Las puertas de los taxis se abren solas. Bueno, le dará al botón el conductor. Pero que no tienes que abrirla, vaya. Además, los llevan muy limpios y con los tapetes de la abuela. Y el conductor lleva sus guantes y su gorra.

Profesiones extrañas. Aparte del empujador en el metro, o el controlador de multitudes, sorprende ver a los vigilantes de las entradas y salidas de aparcamientos. Son gente mayor que está pendiente de que si va a entrar o salir un coche, no se lleve a un peatón por delante.

Los Maid Cafés. Son un tipo de restaurantes de cosplay en el que las camareras son chicas vestidas con trajes de sirvientas con sus enaguas, delantales, cofia y medias. Captan a los clientes por la calle repartiendo publicidad, así que te las encuentras en varios sitios.

Al atender al cliente ponen vocecilla de niñas (raro raro) y animan cantando y con juegos de palmas (raro raro raro raro).

Este tipo de locales surgieron para hacer realidad las fantasías de los fans del manga y anime. A mí me parece algo bizarro. No entramos a ninguno, pero podéis ver el tipo de local en este vídeo.

Gatotecas. O como se llamen. Esos locales en los que puedes ir a tomarte un café y acariciar gatos, darlos de comer o jugar con ellos. Como en la mayoría de las casas no pueden tener animales, pues se van un rato a estas gatotecas.

Perros en carro. No sé si es para que no los pisen, para que el perro no lleve suciedad al tatami de casa o simplemente por gustos. Pero vimos varias personas llevando carritos con el perro, y por supuesto tiendas con ropa, carros y complementos para los canes.

Les apasionan los occidentales. Se nos quedaban mirando. También es verdad que nos encontramos con pocos occidentales, sólo hacia el final del viaje, pues se acercaba la Semana Santa. Las escolares hasta se giraban y se reían… Se acercan a ver si necesitas ayuda o a ver si hablas inglés para practicar, como nuestros amigos de Kamakura.

Los futbolistas como cara de anuncios. Al parecer el futbol llega a sus fronteras. Aquí tenéis a Neymar.

Les encantan las fotos y posar. Y además, poner los dedos haciendo una V.

Ludopatía. Bueno, esto no nos sorprendió tanto porque sabemos el gusto de los japoneses por los videojuegos, pero verlo en directo no te deja indiferente. Ni por la cantidad de locales, ni por la variedad de juegos, ni por lo buenos que son.

Son muy golosos. Sobre todo con los dulces que llevan té matcha y las famosas judías rojas.

Les encantan los muñecos. Por todos sitios. Ya he dicho que se los cuelgan en las mochilas, llaves, móviles. Pero están en los carteles, en las señales, en las vallas…

Objetos para todo. En general, son muy aficionados a los cachivaches. En las tiendas de 100Y podías encontrar todo tipo de objetos.

Y seguro que podría seguir con más curiosidades, pero ahora mismo no recuerdo más. Y ojo, pocas no son. Pero es que 21 días dan para mucho y estábamos pendientes de cada detalle para empaparnos bien de Japón y sus habitantes.

Según la lista de destinos para visitar en 2016 de Lonely Planet, Japón es el segundo país. ¿A qué esperáis?

Japón por Libre XLI. Moverse en Japón

A priori puede parecer que va a ser complicado moverse de un sitio a otro. Pero luego llegas y ves que prácticamente todos los letreros están en el alfabeto romano y la gente es tan extremadamente amable que, si te pierdes, enseguida te encuentras. Piden perdón hasta por las obras.

Lo primordial es el cálculo del JR Pass. No me voy a extender, pues ya lo expliqué aquí. Habrá que ver las necesidades de cada uno. Quizá no compense y sea preferible sacar uno regional. Es echar números.

JRPass canjeado

Kansai Pass

En Kioto lo imprescindible es el bus, y en Tokio la Yamanote, y algún viaje en metro. Para el primer caso tenemos los pases del día por 500Y y para movernos por la capital, aparte del JR Pass, la PASMO.

Ticket bus Kioto

PASMO

De hecho, la PASMO la recomiendo sí o sí, porque como sirve tanto para transporte, como para comprar en supermercados o en máquinas expendedoras, nos evita tener que llevar calderilla o sacar billetes sencillos.

En cualquier caso, el transporte está bien señalizado, es puntual y limpio.

En los buses de Kioto se entra por detrás, pero en los de Tokio por delante. Así que una norma que siempre funciona es seguir a Vicente. Es decir, observar a la gente. Un allá donde fueres, haz lo que vieres. En Kioto estaba señalizado con muñequitos – que les encantan – las normas básicas, como no levantarse hasta que el bus no pare, ceder los asientos, tener cuidado al subir y bajar…

En las paradas, en ocasiones, cuando paran varias líneas, hay pasillos pintados en el suelo para hacer cola. Y ahí que se ponen todos bien colocaditos.

Los Shinkansen, ya lo he dicho con anterioridad, son cómodos, muy espaciosos, tienes para enchufar, para colgar la chaqueta, el reposapiés (algunos se descalzan y todo). Y en la bandeja – del estilo de las de avión – se indica en qué vagón estás, el sentido de la marcha o dónde se encuentran los baños, las puertas o la basura.

En los andenes de los Shinkansen también paran varias líneas, y ocurre como con los buses, se marca en el suelo dónde para cada una de ellas.

Las señoras de rosa son las limpiadoras.

En los andenes también hay paneles informativos en los que se indica los Shinkansen que paran, el número de vagones total y en qué segmento estamos o dónde se encuentran los asientos no reservados. Así que sólo hay que ir fijándose.

En Tokio, lo mismo, seguir las indicaciones. Ya sea el metro, ya sea la Yamanote, hay paneles y señales.

Podemos ver la estación en la que estamos, la anterior y la posterior marcadas en el sentido en el que se encuentran. Y una vez dentro del tren, las pantallas van anunciando todo tipo de información: paradas, el vagón en el que te encuentras, el sentido de la marcha, el lado por el que se abren las puertas…

Lo mismo en el metro:

También están indicados los vagones solo para mujeres. Un apaño para evitar el acoso sexual, una de las lacras del país. Hay quien lo ve como un “mira qué majos, que piensan en nosotras para que no suframos”, pero para mí se trata de una exclusión. Habría que educar para que no haya acosadores. Pero al final siempre sufre la víctima, que es apartada, impidiendo que haga su vida normal. Y con esto, se sigue mandando el mensaje social de que la mujer es vulnerable, que necesita un lugar donde esté a salvo, protegida.

En fin, volviendo al transporte, no hay que tener miedo. El funcionamiento es prácticamente igual que en el resto del mundo cuando coges un metro, un tren o un bus: mirar las señales para coger el medio adecuado y llevar forma de pago.

Y si te pierdes, lo mismo descubres un rincón peculiar de la ciudad. Siempre hay que estar abiertos a imprevistos, sorpresas y anécdotas.

Japón por Libre XL. Comer en Japón

Antes de nada, quiero aclarar que no todo en Japón es sushi. Que mucha gente nos ha comentado que no serían capaces de estar todo el día comiendo sushi o pescado crudo. Pero, nada más lejos de la realidad, igual que en España no estamos todo el día con el cocido, la paella o la tortilla. Como mucho, cae una vez a la semana, que tenemos variedad gastronómica.

Pues los nipones igual. Sí que es verdad que lo que nos ha llegado más allá de sus fronteras es el plato estrella, pero allí no es lo más consumido. Al menos a mí me dio la sensación de que lo más común eran los platos combinados de arroz y carne o los fideos (con caldo o fritos salteados). Por supuesto, también influye la parte del país donde nos encontremos, ya que por ejemplo en Hiroshima son típicas las ostras y en Osaka los okonomiyakis.

En los Alpes el plato destacado es la carne de Hida, y si nos vamos a Kobe, encontramos su famoso buey.

Lo que sí parece claro es que los japoneses comen de forma equilibrada. Nosotros hablamos de nuestra dieta Mediterránea, pero lo cierto es que lo que comemos hoy en día dista mucho de la dieta Mediterránea original, hemos adquirido costumbres de comida precocinada, fritos, cereales para desayunar y demás aberraciones que no son autóctonas. Sin embargo, en Japón parece que conservan su dieta milenaria.

Por un lado, sus platos están equilibrados en cuanto a las cantidades de hidratos, proteínas, grasas, vegetales, semillas y fruta. Y predominando la cocina al vapor o ligeramente salteada. Por otro lado, las porciones son apropiadas, para nada exageradas y desproporcionadas. Y además, al comer con palillos, se come más despacio, lo que nos lleva a tener sensación de saciedad y a digerir mejor los alimentos. Aunque aquí también creo que influye la espiritualidad que le aportan a su día a día, a sus costumbres, el respeto por la comida, por los comensales con los que la compartimos. Por ejemplo, las bebidas no se las sirve uno mismo, sino que se sirve a los demás y los demás a nosotros.

El mayor ejemplo de esta comida equilibrada son los Obento. Unas cajas que surgieron en las estaciones de tren, aunque hoy en día se pueden comprar también en los supermercados y que tienen de todo. Es el concepto del take away o de la tartera de toda la vida, pero sin renunciar a comer sano.

Como todo en Japón, está cuidado al detalle. Desde el envase con sus palillos, hasta el interior. Lleva su arroz, su verdura, huevo cocido, pescado, carne, encurtidos, fruta y algún dulce. Hay mil opciones y combinaciones, es una locura elegir, porque además, influye el factor riesgo, porque muchas veces no sabes qué es lo que te vas a llevar a la boca y qué tipo de sabor. Pero en general, todo estaba bastante rico.

Destaca el colorido y una presentación muy cuidada. Y es que los obento son todo un arte. Hay madres que les preparan el obento a los niños para que se lo lleven al cole y están muy muy currados. Sólo hace falta echar un ojo a google.

Aparte de estas cajas, también podemos comprar platos preparados en los 7eleven o Family Mart. Tenemos bandejas de sushi o especie de platos combinados más simples que los obento con arroz y carne o fideos y pescados. También encontramos una especie de ensalada enrollada en alga.

Estas bandejas o preparados nos venían muy bien para viajes largos o para cenas, pero cuando quieres comer en marcha y no pararte mucho, una buena opción pueden ser los onigiri, una especie de sándwich que consta de arroz con alga y rellenos de sorpresa, porque la mayoría de las veces no tenían foto.

Si no quieres arriesgarte, siempre puedes recurrir a los makis, que sí que ves lo que contienen. Los venden más grandes, más pequeños, partidos, sin partir, variados o de un mismo sabor.

Y si no, pues también existe la opción más occidental del sándwich de pan de molde.

Este, por ejemplo, era de lechuga, huevo, jamón y queso. Ojo al detalle de cómo se abre el envase. ¿Por qué en occidente no lo empaquetan así? Es mucho más práctico. Tiras del precinto, abres y coges por el pico. Si es que los japoneses están a otro nivel. No me canso de decirlo.

Si echamos de menos la comida occidental, podemos recurrir a las cadenas de comida rápida, bien americanas, o bien su versión japonesa.

Por supuesto, no puede faltar probar las delicias de los puestos callejeros. No son nada caros, están limpios y la comida está rica.

Nosotros íbamos alternando según el día y según tuviéramos de tiempo, comíamos una cosa u otra. Eso sí, nuestras cenas casi siempre incluían fideos instantáneos (nada que ver con los yatekomo que se han puesto ahora de moda). En los hoteles siempre teníamos un calentador de agua, y nos venía bien comer algo caliente, así que con los fideos y alguna cosa más, solucionábamos las noches.

Otra opción para comer caliente pero que sin parar demasiado son los restaurantes en los que sacas el ticket en la máquina y te sientas a comer en la barra. En la mayoría el menú es bastante reducido, pero son los locales que más triunfan entre los locales. Suelen ser fideos en sopa con carne o pescado.

Los pasos a seguir son:

1. Identificar (por la foto) qué queremos comer

2. Identificar el botón

3. Introducir el dinero y seleccionar el plato

4. Recoger el ticket y el cambio

5. Entregar el ticket en el restaurante y esperar a la comida

Por otro lado, nuestros desayunos no eran nada sanos ni tenían nada que ver con el típico japonés.

Era la opción más rápida, la verdad. A la vez que comprábamos la cena, nos hacíamos con un surtido de bollería, café de lata, zumo de naranja y a veces unas bananas, la única fruta que tenía un precio algo razonable.

Otra forma de comer fruta es en una especie de gelatina. Algo así como comerla en almíbar.

Algo que solíamos llevar en la mochila en nuestro día a día era algo de picoteo. Las típicas bolsas de snacks por si nos entraba algo de hambre y estábamos en un templo en medio del bosque o en un sitio donde no hubiera mucha opción para comer. Hay una gran variedad y también influye el factor sorpresa, no sabes qué te vas a encontrar, por mucha foto o traductor de google por foto.

Los corazones de ciervo tenían su punto. Esa mezcla de salado y dulce, pues sabían a maíz de bote. Los frutos secos con ligero sabor picante tampoco estaban nada mal.

Entre las bebidas destaca el té verde, la cerveza Asahi y el sake, por supuesto. Como rareza puede chocar el café en lata frío, los tés amargos o refrescos de mil sabores. Y por supuesto, las máquinas expendedoras que están en todos los sitios.

Si hablamos de postres, los japoneses son muy aficionados a los dulces, pero son algo diferentes a los que estamos acostumbrados por estos lares. por supuesto, destacan los famosos peces rellenos de judía roja. Los hay en todos los mercados callejeros, en cualquier calle peatonal comercial.

Ya lo he comentado a lo largo del relato, las judías rojas están por todos sitios, en los mochi, en los dorayakis… Allá donde pienses que el relleno es de chocolate, seguramente no lo será.

Otro sabor muy recurrente es el del té matcha. En helados, en galletas, en los KitKat (bueno, estos darían para una tesis):

Aunque también se pueden encontrar dulces algo más conocidos para los occidentales, como los crepes de Tokio.

Sin embargo, a pesar de que parecen bastante golosos, resulta complicado encontrar gordos en Japón. Ojo, no obesos, sino gente con unos kilos de más. Creo que en todo el viaje sólo vimos a un señor, que rozaba la obesidad y se metió en winzip en un asiento del autobús. Y seguro que tenía algún tipo de desorden alimentario. Según los últimos datos de la OMS en España hay un 15,6% de obesos, mientras que en Japón un 3,1%.

Pocas cocinas pueden presumir de ser tan equilibradas y saludables. Además, comer en Japón no es nada caro.