Japón por libre XXXIX. Conclusión itinerario

Practicamente ya he repasado cómo nos fue con la planificación del itinerario tras terminar Kioto y después de Tokio. Pero como hay excursiones de por medio, voy a recopilarlo en una entrada.

En principio el viaje eran 21 días, aunque siendo realistas, dejémoslo en 19, porque el día de llegada y el de vuelta quizá no son muy aprovechables. Partiendo de esta base, podríamos estructurarlo así:

Mapa Kioto

  • 3 días en itinerancia: Modificaría algo lo que hicimos. Empleamos el primero en Himeji, llegando a Kanazawa; el segundo saliendo de Kanazawa y viendo Shirakawa-go para acabar haciendo noche en Takayama; y el tercero yendo de Takayama a Tokio pasando por Nagoya. Sin embargo, creo que sacaría de la ecuación Himeji y Nagoya. No digo que sean ciudades que no aporten nada. El castillo de Himeji, una vez finalizadas las obras de acondicionamiento debe sin duda merecer una visita y subir al Monte es una buena excursión, pero no para hacerla a la carrera como nosotros. Es para emplear una buena mañana y disfrutar de la naturaleza y las vistas que nos ofrece. Pero hay que ser realistas y no se puede abarcar todo. Así pues, creo que si no hubiéramos parado en Himeji, podríamos haber visto Kanazawa tranquilamente y no tener que emplear horas del segundo día. Igualmente, aunque el tren parara en Nagoya, quizá sería recomendable seguir del tirón hasta Tokio. De esta forma, podríamos haber empleado parte de la mañana a Takayama.

  • 10 días con base en Tokio: Como dije en el resumen de Tokio, eliminaría algún barrio que a mí personalmente no me aportó mucho. Con eso, ganamos tiempo para ver Kamakura en un día sin combinarlo con Yokohama, y hacer ésta una tarde. Otro día para Nikko y otro para Hakone o los Cinco Lagos. No haría los dos, de hecho, no pudimos hacerlo. Y si se elige hacer los dos, lo recomendable sería hacer una noche fuera. Así que, tenemos 3 días completos para excursiones y 7 días para Tokio (incluyendo una tarde en Yokohama).

En realidad no variaría mucho de la planificación original. Básicamente de Kioto quitaría algún templo, de Tokio algún barrio y eliminaría Himeji, Nagoya y los Cinco Lagos. De esta forma, habría más tiempo para ver cada uno de los lugares con más calma empapándonos del ambiente, de la gente, de los olores y sabores.

Normalmente cuando viajamos pocos días, intento concentrar lo importante para sacarle el mayor rédito al viaje. En este caso quise hacer lo mismo porque ya que haces tantas horas de viaje, al menos que te cunda cada minuto. Pero claro, llega un momento en que el cuerpo te pide tomarte las cosas con más calma. Eso que me llevo de aprendizaje para próximas planificaciones, como por ejemplo en nuestro siguiente periplo que sería en verano por las Capitales Imperiales.

Japón por libre XV: Resumen Kioto

Antes de pasar a la siguiente etapa del viaje, quería hacer un parón para recopilar impresiones de Kioto. A la hora de distribuir Kioto, partimos de una estructura en 3 días: Norte y Oeste, Este y Centro, y he de decir que funciona bastante bien esta división, puesto que cada día nos centraremos en un área en la que todo nos quede más o menos cerca. Optimizaremos las horas de las que disponemos, evitaremos perder tiempo en el transporte y nos cundirá más el día. Aunque, bueno, en realidad no fueron tres días, porque hay que añadir el paseo del primer día nada más llegar, y la visita al Templo Toji del día 21. Pero si restamos el tiempo de Fushimi y los lugares que repetimos, como el Santuario Yasaka, podríamos dejarlo en tres.

Mapa Kioto

En cualquier caso, no le dedicaría menos de tres días a la ciudad, quizá si se quiere ir con más calma o entrar en todos los templos, santuarios y puntos de interés, entonces, sin duda, cuatro. Incluyendo Fushimi Inari, Uji y Tofukiji, que al fin y al cabo están a un par de paradas en tren. Nara contaría como día completo.

No obstante, hay que tener en cuenta la época en la que se va. En nuestro caso, en primavera, los templos cerraban sobre las 16:30 ó 17. Quitando excepciones de algunos que cerraban más tarde como Kiyomizudera. Sin embargo, si se visita con el horario de verano, hay más amplitud de horario y más horas de luz, así que el día cunde más. Eso sí, el calor también puede jugar en contra, dado que agota más. Quizá el término medio sea finales de abril, principios de mayo, que ya tenemos más luz, y el nuevo horario de visita.

Eso sí, tenemos más horas para patear la ciudad, pero también tenemos que tener ganas de movernos. Que el cuerpo también tiene un límite. Creo que salvo un par de detalles, no cambiaría gran cosa. Si comparamos el previo al viaje, con los conocimientos tras la vuelta, la verdad es que apenas variaría la planificación de la ruta.

Por ejemplo, de la zona Noroeste me quedaría con Kinkaku-ji o Pabellón Dorado, Ryoan-ji o templo del Dragón Calmado y Tenryuu-ji con sus vistas y sus alrededores, imprescindible el bosque de bambú, claro. Sin embargo, obviaría la zona de Arashiyama. No es que la zona estuviera mal, pero en la época en que fuimos, el entorno estaba algo desangelado. Así que, quizá aprovecharía la tarde para hacer una excursión a cualquiera de los templos de las afueras y rematar la tarde. Por ejemplo, Tofukuji y después ver atardecer en Fushimi Inari.

De la zona Este variaría poco. Es imprescindible el santuario sintoísta Shimogamo. Lo visitaría a primerísima hora, y pasearía tranquilamente por su zona. Continuaría con Ginkaku-ji, el Templo de Plata. También uno de los básicos. De la zona del Paseo de la Filosofía, me quedaría con tres: Honen-in, Eikan-do, Nanzen-ji. Y terminaría en Heian Jingu para rematar el atardecer en Kiyomizudera.

En la zona Centro visitaría el castillo Nijo, el Santuario Yasaka, el Templo Toji y el Templo Sanjusagendo. Me acercaría a Uji, y para finalizar el día, un paseo al atardecer por la zona de Gion y Pontocho. Obviaría, como hicimos, la subida a la torre.

En general, creo que lo hicimos bastante bien. Y combinado con Nara, Miyajima e Hiroshima y Osaka. Tenemos un tercio del viaje.

Japón por libre XIII: Día 7. Kioto y Templo Tofuku-ji

Llegamos a la semana de viaje y a nuestro último día en Kioto. Cuando planifiqué la ruta, para este día tan solo anoté dos visitas en Kioto: el Templo Toji, que los días 21 de cada mes tiene un mercadillo, y subir a la Torre de Kioto. Daba por hecho de que era muy probable que nos quedaría algo por ver de los días anteriores, así que no estaría de mal tener unas horas libres por la mañana por si había que ajustar. Por la mañana se tiene más energía, hay más horas de luz, y las rutas cunden más. Para por la tarde iríamos a Osaka. Y para la noche, hacer la maleta. En fin, que al final, el día tampoco iba a ser tan ligero.

El Templo Toji, también conocido como el Templo del Este, abre de 9 a 16:30 horas y cuesta 500Y. Está bastante cerca de la estación central, aunque hay que callejear un poco para llegar y el diseño del barrio puede resultar lioso. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y tiene una pagoda de 54,8 metros de altura que es la más alta de Japón. Al lado está el pabellón central, donde se encuentra el buda Yakushi.

Pero sin duda, su atractivo es el mercado Kobo-san, un gran mercadillo lleno de puestos de comida, de palillos, de ropa, de utensilios para casa, de libros, de telas, de kimonos, de objetos de segunda mano…

Había palillos de mil estilos, formas, diseños y tamaños. Nosotros decidimos esperarnos a Tokio para comprarnos unos, aunque quizá habría sido mejor opción escogerlos aquí, puesto que estaban mejor de precio. Y había de diferentes calidades.

Se puede encontrar de todo, muy al estilo del rastro de Madrid. Aunque no tan grande, claro. Era muy pronto para comer, pero había diversidad donde elegir, desde puestos de okonomiyaki, de takoyakis, de fideos fritos, hasta de patata dulce… todo olía muy bien.

Nos conformamos con un pez de crema como tentempié de media mañana.

La verdad es que con tanto puesto y tanta gente recorriéndolo, al final lo que menos vimos fue el templo y sus edificios. No entramos en el Pabellón, pues además parecía haber algún tipo de ceremonia.

Es curioso, pero en los aledaños del templo, la gente montaba sus propios mercadillos en las puertas de sus casas. Una buena forma de deshacerse de aquello que ya no quieren y hacer espacio en esas casas tan pequeñas como tienen.

Y aunque, como comentaba al principio, tenía pensado que subiéramos a la Torre de Kioto, al final decidimos obviarlo, puesto que no creímos que las vistas pudieran ser extraordinarias. En su lugar, cogimos el tren una parada en la línea de Nara y nos fuimos a ver el Templo Tofuku-ji. Fue una de las paradas que se nos habían quedado descolgadas de días anteriores. Si bien habíamos cogido la línea para ir a Fushimi y a Nara, el primer día no paramos porque a la ida íbamos mal de tiempo y no queríamos que se nos hiciera de noche antes de llegar, y a la vuelta ya se nos había ido la luz, y ya habían cerrado. El día de Nara a la vuelta paramos en Uji, así que tampoco pudimos visitarlo.

El Templo Tofuku-ji se encuentra a unos diez minutos de la estación de mismo nombre en una zona de casas unifamiliares. Está rodeado de bosque, y debe ser espectacular en otoño, todo en tonos rojos, como se ve en la entrada y el folleto.

Esta parte es gratuita. Para entrar al edificio principal sí hay que pagar entrada. Al contrario que otros templos, este mantiene intacta su estructura zen desde el siglo XIV. Se fundó en 1236 y es uno de los principales budistas zen del país. Aunque también tiene un pequeño santuario en la zona.

Está formado por varios pabellones unidos entre sí por una pasarela que sirve también para visualizar todo el entorno.

Los jardines tienen entradas separadas, así que depende de lo que quieras ver. En nuestro caso, al ser primavera, no era la mejor época para la visita. Quizá por eso apenas había gente. Aún así, era un entorno bonito.

Y con la mañana prácticamente echada, volvimos a la estación, donde tomamos de nuevo la línea de Nara hasta Kioto. Y una vez allí, un Shinkansen hasta Shin-Osaka. Hay más maneras de llegar, puesto que también se puede llegar con alguna línea local, como hicimos el primer día. Pero ahora teníamos activado el JR Pass, y había que amortizarlo.

Japón por libre VIII: Día 4. Kioto Centro

El cuarto día en Kioto fue largo. Como venía siendo habitual, cargado con una ruta completita para intentar exprimir al máximo la ciudad. Finalmente nos quedaba por descubrir la zona centro de Kioto, aunque habíamos ido viendo cosas en nuestros paseos de un lado para otro, bien andando, bien en bus.

Así pues, cargamos pilas en el hotel desayunando unos bollos que habíamos comprado en un Family Mart.

Una especie de croasán relleno de chocolate, una empanada rellena de mermelada y una megamagdalena. La verdad es que les encanta el dulce, lo hay por todos lados. Sentíamos curiosidad por lo que nos encontrábamos en los lineales de los supermercados. Aunque yo reconozco que primero voy a lo seguro, a lo que se ve lo que es, y luego ya termino lanzándome. Aunque prefiero que se vea lo que es.

Comenzamos por el Castillo Nijo, que abre bien temprano, a las 8:45 de la mañana. Se puede llegar en los buses 9, 12, 50 ó 101. Su acceso cuesta 600Y.

El castillo fue construido en 1603 como la residencia oficial. Es uno de los ejemplos de la arquitectura del período Edo temprano. En 1867 se convirtió en propiedad de la Familia Imperial, aunque un siglo más tarde se donó a la ciudad y se abrió a los visitantes. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1994.

Al entrar en el recinto nos encontramos con la puerta Karamon, que nos llevará hasta la entrada del palacio Ninomaru, que es donde residía el shogun.

Es curioso observar las diferentes salas, cada una con una función, recubiertas de tatami, o con suelos de ruiseñor que se caracterizan por chirriar cuando pasamos por ellos como motivo de seguridad para avisar de visitas inesperadas. Por supuesto no faltan las típicas puertas correderas y diseños en las paredes. En el interior no se puede hacer fotos, así que a disfrutar de la visita.

Tiene un gran jardín con lagos y tiene una zona plagada de cerezos, que empezaban a florecer, aunque tímidamente.

Muy tímidamente.

La verdad es que merece la pena emplear su tiempo recorrerlo. A nosotros nos llevó casi la mañana.

Así pues, de camino a Sanjusangen-do paramos en el Santuario Yasaka (sí, otra vez) que está a medio camino y nos sentamos a comer en una de las mesas frente a los puestos que hay junto al lago. Elegimos unos calamares y patatas fritas, y como plato típico japonés, los takoyaki, que me los habían recomendado como una exquisitez. Son unas bolas estilo buñuelo hechas a base de pasta de harina de trigo y rellenas de pulpo. Se hacen en unos moldes especiales que les dan esa forma redondeada, y hay que ver cómo los cocinan y los van girando con gran maestría.

Además de la harina y del pulpo, se aderezan con jengibre en vinagre y cebolla verde. Después, se le echa por encima una salsa del mismo nombre y mayonesa. Como remate, se le espolvorean unas virutas de bonito y algas verdes. Esta especialidad es típica de la zona de Kioto, Kobe y Osaka y se pueden encontrar en mil puestos callejeros.

La idea no suena mal, algo similar a la masa de un crepe, de una tortita, relleno de trozos de pulpo adherezado, pero a mí no me terminó de convencer. No sé si por el hecho de que no me gusta el jengibre, o que los alimentos rebozados, con masas o bechamel (croquetas, empanadillas fritas y similar) no me sientan muy bien y no los como, así pues no estoy muy acostumbrada con esa palatalización. O quizá que la salsa es algo fuerte para mi gusto. No lo sé, el caso es que tuve la sensación de “se me hace bola” como los niños cuando no terminan su comida porque ya no les pasa y lo pasan de carrillo a carrillo. Puede que fuera que no eligiéramos un buen sitio. En fin, el caso es que no me convencieron mucho, bueno, a ninguno de los dos nos causó especial impresión y no los volvimos a comer en el viaje.

De postre nos comimos un helado de té matcha.

Ya habíamos probado el de sakura en Arashiyama y nos quedaba por probar este otro sabor tan típico japonés. Está rico, no tan amargo como el té de la máquina del día anterior. Al hacer el helado supongo que le añaden algo de azúcar y suaviza algo el amargor. Aunque tiene su punto. Eso sí, me quedo con el de sakura.

También había peces rellenos parecidos a los que habíamos visto en Londres.

Antes de irnos del recinto, pasé al baño. Sí, qué fina contándolo aquí, pero es que quiero explicar el mundo urinario en Japón. Para empezar, deberíamos aprender de ellos. Hay baños en cualquier sitio, un templo, un santuario, un museo, la calle, las estaciones, los trenes. Y no solo eso, están limpios. Qué digo limpios. Están impolutos. Y hay papel. Siempre. Y de repuesto. Porque nadie se los lleva, están ahí para que cuando se acaben, se coja el siguiente. Y suele haber también un dispensador de jabón por si acaso está sucia la tapa, para que la puedas desinfectar.

Cuando entras en unos baños, suele haber varios tipos de urinarios, y así se suele indicar en las puertas. Está el western style, es decir, tipo como los nuestros: una taza en la que te sientas. Aunque claro, ya quisiéramos tener esos inodoros que están calentitos, que te echa el chorro para dejarte la zona limpia y fresca. Y que si eres tímido, puedes pulsar el botón de agua, que tapará tu ruido, o incluso te ayudará a que te den ganas.

Eso sí, parece que no todos saben usarlo, porque tienen cartel explicativo.

Y después, está el eastern style, que es el que usan ellos. A mí me recuerda a las letrinas. Y es lo que es, te agachas, apuntas, y listo. Puede parecer incómodo, pero la verdad es que es cómodo de usar. Y también están limpios.

Es curioso ver cómo en ambos tipos de baños suele haber viñetas en las que se describe cómo se han de usar. Muy gráfico todo. Si no sabes japonés, no es excusa, está más que clarito.

Con el estómago lleno y la vejiga vacía seguimos el camino a Sanjusangen-do. Se puede llegar con los buses 100, 206 y 208. La entrada cuesta 600Y y abre de 9 a 16:30.

Este templo está considerado como Tesoro Nacional. Se construyó en 1164, sin embargo, el edificio original se quemó en un incendio. Posteriormente, en 1266 se reconstruyó. Es el edificio de madera más largo de Japón con 120 m y hecho siguiendo el estilo de la arquitectura Wayo. La traducción de su nombre vendría a significar “el espacio con 33 espacios entre columnas”, que es como está construido.

Es imprescindible su visita. Es impresionante. Aunque lo que realmente llama la atención es su interior. En serio. Indescriptible. Dentro se encuentra una gran estatua de la diosa Kannon de los mil brazos, declarada Tesoro Nacional de Japón. Pero es que a esta gran estatua la rodean 1001 de otras más pequeñas distribuidas en 10 filas con 50 columnas. Impresionante la sala. Lo sé, me repito, pero es que es para verlo. Y no, no puedo poner foto porque no dejan usar la cámara en el recinto. Aunque podéis ver algunas imágenes en su página web. No es lo mismo, ni mucho menos. Y si vais a visitarlo, mejor no os reventéis el momento.

Delante de este grupo de Kannons, en primera fila, hay otras 28 de deidades guardianas (al estilo de las que se encuentran en las puertas de los templos o santuarios). La mayoría de las deidades tienen su origen en la India. Entre ellas, destacan el Dios del Trueno y el del Aire, del período Kamakura. Marcan el inicio y el fin de la hilera.

La verdad es que como atea no le suelo prestar mucha atención a las imágenes religiosas. Me gusta ver iglesias o catedrales, pero porque las valoro desde un punto arquitectónico. Así ocurre también con los templos o santuarios. Sin embargo, quizá por ser menos conocido (para mí), sí que percibí que le prestaba más atención a los budas y deidades. Aunque hay que reconocer que sus imágenes o estatuas tienen más connotaciones positivas, Representan los elementos, la naturaleza, alegría… Ahora, si pensamos en un Cristo o una Virgen, o en general en la Religión Católica, sólo veo castigo, penitencia, tristeza y lamentaciones. Quizá deberían hacérselo mirar…

El día podía haber acabado ahí, porque quedas tan impresionado que es un gran broche final. Pero aún nos quedaban horas de luz, media tarde, y un as en la manga. Fushimi Inari. Pero lo dejo para otro día porque es tan bonito, que merece capítulo aparte.

Japón por libre VII: Día 3. Kioto Este

Después de un parón, retomo el relato del viaje a Japón, que hay mucha tela que cortar.

Para el tercer día teníamos también una ruta completita. Comenzamos en el norte, en el santuario sintoísta Shimogamo, también conocido como Kamo Mioya Jinja. Es uno de los santuarios sintoístas más antiguos de Japón y es uno de los 17 Monumentos Históricos de la Antigua Kioto. Hoy en día es Patrimonio de la Humanidad y se puede acceder de forma gratuita. Para llegar hay que tomar el bus 4 ó el 205.

Cuando me documenté para el viaje, consulté blogs, páginas webs, guías de viaje, vi programas de televisión en los que españoles expatriados nos muestran sus ciudades en el extranjero, y así como casi todos los medios coincidían en monumentos como el Pabellón Dorado, el Templo de Plata o Kiyomizu, el santuario Shimogamo apenas aparecía como reseñable. Quizá por que queda algo más alejado. Sin embargo, desde aquí os digo que para mí fue una de las mejores visitas de Kioto. Me parece imprescindible. Si ya el primer día me encantó el ambiente del Yasaka con la iluminación, los puestos, las tonalidades rojo anaranjadas; aquí lo corroboré con el Shimogamo: me gustan más los santuarios que los templos.

Y es que no es lo mismo un templo que un santuario. Los templos son budistas, y los santuarios sintoístas. Vamos, como una iglesia o una mezquita, son lugares de culto, pero cada uno de una religión. En los templos se rinde culto a Buda, mientras que en los santuarios se veneran los Kami, dioses que se encuentran en la naturaleza, cielo y tierra. Delante de la habitación donde se está Buda se sitúa un quemador de incienso enooooooorme, sin embargo en los santuarios los fieles se purifican en una fuente lavándose las manos y la boca.

Lógicamente sus recintos y construcciones son diferentes. En el caso de los templos, sus construcciones son más austeras, de madera, marrones; mientras que los santuarios tienen ese color rojo anaranjado y con un gran torii a su entrada que nos indica que entramos en una zona sagrada. Aunque algunos santuarios tienen miles de toriis, como Fushimi Inari. Pero ya llegaremos a él. Como curiosidad, los santuarios suelen ser gratuitos y abiertos al público.

Volviendo a Shimogamo, es un santuario dedicado a la deidad del trueno. Y se accede por un sendero tras dejar la parada del bus. Tras cinco minutos nos encontramos con el típico torii grande y rojo indicando que accedemos a un lugar sagrado.

Una vez dentro del recinto se alternan estructuras de madera noble y edificios anaranjados mucho más coloridos.

Además cuenta con un puente y un lago rodeado de cerezos que nos da unas preciosas vistas de todo el complejo. Precioso.

Como era primera hora de la mañana estábamos prácticamente solos, pudimos pasear tranquilamente por todo el santuario.

Una pena que los cerezos aún no estuvieran en su máximo esplendor, pero aún así el entorno era muy bonito y apacible. Nos dio una inyección de ánimo de buena mañana.

Además, como anécdota, os encontramos unos novios haciéndose fotos con sus trajes típicos. Pobrecilla, que no se podía ni mover para andar.

Los trajes de los novios son muy tradicionales. Ellas llevan un kimono de seda blanca y ese gorro circular que se supone que para tapar los celos de la suegra. Ellos, un kimono negro. Aunque es frecuente que ambos se cambien posteriormente para el banquete por una vestimenta más occidental. Lo más seguro es que estos que nos encontramos no estuvieran en el día de su boda, sino que era una sesión fotográfica. Lo que no sé es si pre o postboda. No obstante, a lo largo del viaje, como visitamos varios templos y santuarios, vimos varias bodas. Y choca la diferencia cultural. Es curioso de ver. Aunque las bodas en España también son para escribir un libro con toda la parafernalia que entrañan.

En fin, que habíamos empezado el día fuerte, con una de los mejores atractivos turísticos de la ciudad.

Continuamos el recorrido dirigiéndonos a Ginkaku-ji, el Templo de Plata. Se puede llegar con el bus 5, el 17 ó el 100, que es de los más turísticos. Cuesta 500Y y su horario es de 9 a 17:30. Es recomendable visitarlo pronto porque siempre suele estar lleno de gente.

Se encuentra encima de un lago. Se construyó en el siglo XV como lugar de retiro e iba a ser la contrapuesta al Templo Dorado, pero se quedaron sin dinero y al final no pudieron recubrirlo de plata.

El edificio principal es un pabellón de dos pisos de diferentes estilos que ha sobrevivido a incendios y terremotos. No está abierto al público, por lo que sólo se puede visitar su recinto exterior.

Aunque el templo no es tan llamativo como el Kinkaku, sus alrededores le dotan de mucho atractivo. A mí el recinto en sí me gustó mucho más, quizá porque en global, es mucho más completo, el atractivo del Pabellón Dorado es ese, el edificio principal y su reflejo en el lago.

Durante la visita al Templo de Plata podemos recorrer varios jardines japoneses con arena blanca perfectamente rastrillada (ahí estaba el señor minuciosamente entregado a ello), un lago y una subida desde donde se puede divisar la ciudad y el propio templo.

Si además coincide con la primavera, debe ser mucho más bonito el paisaje. Aunque ya digo que a mí me encantó el entorno del templo. Sí que es verdad que el templo en sí es más bien sencillo, pero con el lago y la arboleda, la imagen global cambia.

Están cuidados todos los detalles: el lago, los jardines, la arena rastrillada, los caminos, incluso las alcantarillas con el bambú.

Seguimos la ruta dirigiéndonos al Camino de la Filosofía (o Paseo del Filósofo). Un camino de 2km lleno de cerezos, aunque, lamentablemente, como comentaba, a mediados de marzo aún no habían florecido y la zona estaba algo desangelada.

Aunque nos encontramos con cosas curiosas, como unos peluches pescando.

Durante el recorrido podemos encontrar tiendas, cafeterías y restaurantes. No tiene pérdida, sólo hay que seguir el canal. Recibe este nombre porque era una caminata que solía hacer el filósofo Kitaro Nishida, supongo que para pensar.

Es un paseo de una hora hasta llegar al santuario de Heian por el margen derecho. Es una zona donde podemos encontrar muchos templos, algunos más grandes, otros menos, y algunos de pago y otros gratuitos.

Honen-in. Se llega a él tras pasar un bosque de bambú. Es un templo pequeño, tranquilo, destaca más su entorno que el templo en sí.

Tiene una puerta techada de paja y montículos de arena rastrillada que va cambiando su diseño cada pocos días.

En su origen el templo era una cabaña del sacerdote Honen, que fundó su propia secta dentro del budismo. Sin embargo, la cabaña original fue destruida y el sacerdote tuvo que exiliarse porque se le consideraba un demonio por el sector más conservador del budismo. Con posterioridad, en el siglo XIX se construyeron los edificios que hoy lo componen y en 1953 el templo se independizó de la secta.

Eikan-do. También se conoce como Zenrin-ji, el templo del bosque zen.

Su horario es de 9 a 17 y cuesta 600Y. Es un complejo de edificios y jardines muy tranquilo. No sé si por el ambiente zen.

Invita a sentarse en el porche de los edificios y observar los jardines, tomarse un té verde y relajarse. Por supuesto, el suelo está impoluto, no te preocupes por mancharte.

El té es gratuito, eso sí, hay que ser respetuoso y dejar la taza limpia después, que para eso hay un fregadero. Es un té matcha que toman a todas horas y que les encanta. A mí me gusta mucho el té, y fuerte. Pero no pude con él, es muy amargo. Quizá me faltó algún pastelito de estos empalagosos que toman para acompañar.

Alberga en su interior un Buda Amida que mira para un lateral en vez de para el frente. Y además tiene una pagoda de dos plantas desde la que se puede una buena panorámica de Kioto. Es uno de los templos imprescindibles solo por las vistas, aunque hay que preparar las piernas para la subidita.

Nanzen-ji.  Es un templo que se concibió como una villa de retiro del Emperador. A su muerte fue cuando se convirtió en templo zen. La entrada cuesta 500Y; 1000Y si además se quiere visitar los jardines. Su horario es de 8:40 a 17.

Nada más entrar sorprende la imponente puerta San-mon, de dos pisos.

La zona es muy bonita, cuenta con estructuras de madera, estatuas, fuentes, un jardín zen y, algo que me sorprendió bastante, un acueducto.

 

Se construyó en el siglo XIX inspirado en los romanos. Hoy en día sigue en funcionamiento y los canales unen la ciudad con un lago.

Tiene subtemplos y cada uno tiene su propia entrada. Los edificios son muy bonitos, la madera está tallada y tiene elementos decorativos que le restan austeridad (para ver las imágenes con más detalle sólo hay que pinchar en ellas).

A lo largo del recorrido por el Camino de la Filosofía también encontramos un cementerio.

Sé que no es una visita que a priori suene turística, pero me gusta ver las costumbres del lugar, cómo vive y se entierra a la gente. Las tumbas tienen estatuas a las que les ponen gorritos y delantales, además de alimentos y agua. También hay tablillas con inscripciones.

Y también encontramos algún tímido cerezo empezando a dar flores (o creo que eran cerezos).

Con tanto templo y paseo se nos había hecho más que tarde para comer. Al final acabamos comprando unos enrollados y unos sándwiches y nos los comimos frente al torii del Heian Jingu. Cuando compras en una tienda de conveniencia (7 eleven, Family Mart o similar) y el producto es susceptible de ser calentado, como unos fideos, carne o unos enrollados, los dependientes te preguntarán señalando un horno o microondas, así que aunque no sepas japonés, con asentir o negar, todo solucionado. El lenguaje de signos es casi universal.

El Heian Jingu es el 2º santuario más importante. Fue diseñado para imitar al Palacio Imperial. Cuesta 600Y visitar el jardín. Se puede llegar con el bus 100. Es fácil localizarlo, puesto que para llegar a su recinto hay un torii gigante bien colorido.

En sus alrededores podemos encontrar también la Biblioteca y el Museo Municipal de Arte de la ciudad.

En 1976 se incendiaron 9 edificios, pero pudo reconstruirse tres años más tarde gracias a una colecta. Aparte del enoooooooooorme torii, sorprende que los edificios no son de madera noble sin más, sino que los tejados son verdes, mientras que su estructura y paredes están pintadas en sus tonos típicos anaranjados.

Me recordó en cierta manera al primer santuario del día, al Shimogamo. Por el entorno, por los edificios, aunque el recinto es mucho mayor e impresiona más. Lamentablemente no pudimos quedarnos mucho tiempo, pues nos habíamos ido entreteniendo tanto por la mañana, que ya era casi hora del cierre. Así que paseamos el recinto y nos fuimos.

Seguimos nuestro recorrido de santuarios y templos visitando de nuevo el Santuario Yasaka.

Ya lo habíamos visitado de noche el domingo y nos gustó mucho, pero merece la pena pasearlo también de día. Además, para ir desde Heian hasta Kiyomizudera, el próximo destino, tuvimos que hacer trasbordo y coger dos buses porque el que iba directo iba llenísimo y tuvimos que dejar pasar un par. Casualmente la conexión entre las dos líneas era justo en la puerta del Yasaka, así que aprovechamos para darle una vuelta.

El ambiente es completamente diferente, además, hacía un día de calor y había mucha gente en el césped aprovechando el sol. Por supuesto, no podía faltar gente vestida con los trajes típicos.

También nos sorprendió encontrarnos con las típicas escolares que parece que se han escapado de los dibujos animados.

Y para finalizar el día: Kiyomizudera. Se puede llegar a él con el bus 100, el 205 y el 206. Es de visita obligatoria y preferiblemente al atardecer, porque la luz al ocaso dotará al paisaje de un toque rojizo que embellecerá aún más la zona. Al encontrarse en una colina arbolada, ofrece una buena panorámica de la ciudad. Cierra tarde, a las 18 (normalmente los templos y santuarios cierran a las 16:30 ó 17:00), así que es mejor dejarlo para el final y cerrar el día de una forma espectacular. Nosotros aprovechamos hasta el cierre que comenzaron a echarnos por megafonía.

La entrada cuesta 300Y y es un conjunto de templos y recintos que también es Patrimonio de la Humanidad, cómo no. Pero no sólo hay que disfrutar del recinto del templo, sino que ya desde que nos bajamos del bus y hasta que llegamos a la colina en la que se encuentra, tenemos una subidita muy propia del Japón tradicional en la que podemos encontrar mil tiendecitas de ropa, de recuerdos, de dulces, restaurantes, tiendas de artesanía. Toda una delicia para el visitante. Además, estará tan plagado de gente que tendrás que ir despacio, por lo que se puede ir echando un ojo a los comercios. De hecho, si vais al atardecer, visitad primero las tiendas, ya que de bajada, en cuanto cierre el templo, echarán el cierre y os quedareis sin poder comprar, como nos pasó a nosotros.

El templo tenía alguno de los edificios en obras, cubiertos por lonas, por lo que no pudimos verlo todo. La parte principal del recinto es la terraza sostenida por un gran número de columnas de madera. y destaca en la colina.

De nuevo, una pena no encontrar los cerezos en flor. Yo me empecé a desanimar un poco, porque pensé que habíamos errado con la elección de fechas. Pero teníamos muchos días por delante.

Justo debajo de la terraza, se encuentra la cascada Otowa-no-taki, que da nombre al templo (del agua pura). La cascada cuenta con 3 chorros, cada uno de ellos con un tipo de deseo diferente: salud, longevidad y éxitos. Ojo, que beber de los tres chorros se puede considerar como de avariciosos. Se supone que el agua tiene propiedades terapéuticas. La verdad es que había una gran cola.

Al comienzo del recinto atravesamos la puerta Niomon, o de los Reyes Deva en español. Aunque también se la conoce como la puerta Akamon, la puerta roja. En ella encontramos las estatuas de dos reyes Deva junto a dos leones-perros que protegen el recinto de los malos espíritus.

La pagoda Sanjunodo, de tres pisos, es la más alta de todo Japón. Tiene 31 metros de alto y destaca por encima del resto de edificios.

La torre de la campana Shoro es el típico campanario budista y está decorada. La campana es una bestialidad de 2.03 toneladas.

Además de la gran pagoda Sanjunodo, dejando atrás la cascada y caminando un par de minutos, podemos encontrar la Koyasu, también de tres pisos, pero más pequeña y a la que acuden mujeres embarazadas para pedirle a la diosa Senjuu Kannon que las ayude a tener un buen parto.

Justo desde esa pagoda se ve el conjunto del resto de edificios. Sin duda una buena panorámica.

Como decía más arriba, empezaron a cerrar los salones, edificios y a solicitar por megafonía que abandonáramos el recinto pues era la hora de cierre. Así que nos dirigimos a la salida. Eso sí, no sin antes fotografiar un bonito atardecer.

El problema de salir en el cierre, es que toooooodo el mundo sale a la vez y si intentas coger un bus con dirección a la estación central, puede ser imposible. Así que tuvimos que andar un tramo del recorrido hacia atrás para poder subirnos en uno.

Para finalizar un completísimo día, volvimos al hotel previa parada en una tienda de conveniencia para comprar la cena y el desayuno. Y a descansar que nos metimos buen tute. No hay más que ver lo extenso que me ha quedado el post. Pero es que vimos tantas cosas y taaaaaaaaaan bonitas.

Japón por libre VI: Día 2. Kioto Noroeste

Tras recargar pilas, nos despertamos el lunes sin jet lag dispuestos a descubrir Kioto.

Kioto fue fundada en 794 como Heian-kyo (capital de la paz y la tranquilidad). Limita al oeste, norte y este con montañas y está dividida por el río Kamo de norte a sur. Allí se asentó el emperador Kanmu y la ciudad evolucionó culturalmente con las influencias de la corte y la nobleza. Más tarde llegaron los samuráis con el budismo zen y las ceremonias del té. Dado que Kioto estaba habitada por gente de las altas esferas, también creció la influencia de los mercaderes. Se palpa la riqueza cultural de la ciudad en cada uno de sus barrios.

No obstante, no todo fue época dorada, puesto que la ciudad sufrió terremotos e incendios. También una guerra civil entre 1467 y 1477. Y finalmente su decadencia llegó con el período Edo (1600-1868) en el que el poder pasó a Tokio. Y a partir de ahí esta se quedó con la capitalidad. Sin embargo, a pesar de que Kioto se ha modernizado, sigue representando el Japón tradicional, y muestra de ello son los numerosos templos repartidos por toda la ciudad.

Ver todos los templos es imposible, pero nosotros intentamos ver los más importantes. Tal y como os comenté, distribuimos Kioto en 3 días: Zona Este, Zona Oeste y Centro. Y comenzamos por el Oeste, o el Noroeste, más bien. Para movernos por la ciudad, ya expliqué que el bus funciona muy bien. Partiendo de la estación central con el pase del día (que habíamos comprado el día anterior para ahorrar tiempo) tomamos el 101 ó 205. No recuerdo cuál de los dos cogimos, el primero que salía de los que iba a Kinkaku-ji.

Y desde ahí comenzamos la ruta, desde el Kinkaku-ji o Pabellón Dorado. Abre de 9 a 17h todos los días y cuesta 400Y. La entrada es muy bonita, digna de enmarcar (aunque no entienda lo que pone).

Entrada Pabellón Dorado

Fue construido en la época medieval como villa de retiro y posteriormente se convirtió en templo. Es uno de los más importantes de la ciudad y es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se accede por un camino arbolado que se abre a un luminoso jardín en el que se encuentra el templo en medio del estanque Espejo del Agua. Aunque lo que podemos ver hoy en día es una réplica exacta del original, pues se incendió en 1950. Consta de tres plantas y está totalmente recubierto por pan de oro. En el tejado hay un fénix de bronce. No se puede visitar por dentro. La imagen es muy bonita pues con el sol brilla y se ve reflejado en el agua.

Lo recorrimos con calma, aunque un poco agobiados pues era primera hora y ya estaba plagado de gente. Había un grupo de universitarios estadounidenses bastante numeroso y escandaloso; así que intentamos evitarles para poder empaparnos del ambiente. También había escolares japoneses vestidos con los trajes típicos y acompañados por su profesor o guía.

Tampoco nos dormimos en los laureles, pues nos quedaba mucho día por delante con mucho que ver. Nos dirigimos a Ryoan-ji, también conocido como el templo del Dragón Calmado. Se puede llegar con el bus 59. Abre de 8 a 17h y cuesta 500, aunque la primera parte es gratuita, que es lo que recorrimos nosotros. Una pena que los cerezos aún no hubieran florecido, pues los jardines deben ser impresionantes en su máximo esplendor.

Alberga el jardín zen más famoso del mundo. Y es conocido por la belleza de su jardín seco. Cuenta con una composición de grava blanca y 15 piedras.

Seguimos nuestra ruta hacia Ninna-ji, también con el bus 59, uno de los santuarios más antiguos de la ciudad y de la región. Fue fundado en 888. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994. Su recinto exterior es gratuito, aunque para acceder al Palacio y jardines hay que pagar. Fue un gigantesco complejo de hasta 60 subtemplos antes de verse reducido a lo que es hoy a consecuencia de varios incendios. Destacan la pagoda de 5 alturas y una plataforma de cerezos enanos (también llamados cerezos Omuro). El templo cuenta con una colección de escultura, pintura, caligrafía o cerámica.

Ninna-ji

El interior del Palacio es precioso, con salas de tatami y con unos paneles que muestran unos diseños típicamente japoneses.

De los tres templos que llevábamos en el día, era sin duda el mejor. Se respiraba paz tanto en el interior como en las terrazas exteriores, donde te podías sentar a observar el paisaje y disfrutar de la naturaleza.

El jardín seco es increíble, no hay una gravilla fuera de sitio. El rastrillado es perfecto. Y es que los japoneses no dejan nada al libre albedrío, ni en el rastrillar, ni en podar los árboles, ni en la limpieza de los templos. Que por muy descalzo que vayas durante todo el recorrido y tus calcetines sean blancos, el resultado es unas suelas impolutas. Me encantó el edificio, y me gustó el recinto. De hecho, superó al famoso Pabellón Dorado.

Cuando salimos del templo, ya iba siendo hora de comer, pero como la hoja de ruta estaba tan repleta, decidimos parar en un Family Mart cercano a una parada de bus para comprar algo de sushi y comerlo mientras paseábamos camino al bosque de bambú de Sagano.

El rollo de abajo a la derecha de la imagen, es muy curioso, puesto que tienes que preparártelo. Al desenvolverlo, el alga no cubre el arroz, sino que viene separado por una lámina, imagino que para que no se quede reblandecida. Así que, has de envolver el arroz. Después, nos lo comimos a mordiscos, ya que era en ruta y no teníamos cubiertos. Estaba muy rico, era de una especie de ensalada de gambas con mayonesa y surimi. O eso nos pareció.

Abajo a la izquierda podéis ver los dos rollitos de arroz unidos y envueltos por salmón. No tenía mucho misterio. Y en la parte superior, el onigiri, unos triángulos envueltos en alga nori y rellenos de diferentes cosas. En este caso tenía una imagen en la que se veía un salmón, así que lo cogimos. Después resultó que además de tener trozos de salmón, tenía huevas. El problema es que la mayoría de las veces en el envoltorio sólo ponía la descripción en japonés, sin foto que te pueda dar una pista, así que era una lotería. Es su versión del sándwich.

Esta es la zona que rodea el Tenryuu-ji. El bosque está formado por 50 variedades de bambú, muchas de ellas superan los 20m de altura. En todo momento se sigue un camino bastante transitado. Merece la pena recorrerlo tranquilamente viendo cómo se cuela el sol entre las cañas, cómo suenan cuando son movidas por el aire.

Tenryuu-ji

Entrar al templo cuesta 500Y y además del templo tiene un amplio jardín que es uno de los más antiguos del país y que mantiene su forma original. Es una zona muy bonita para pasear y relajarse, y con calma porque lleva mucho tiempo. Es el templo más grande de la zona y fue designado como el primero de las 5 grandes montañas zen de Kioto. También ha pasado por varios incendios, hasta 8, el más reciente en 1864, por lo que la mayoría de los edificios datan del período Meiji (1868-1912)

Aquí sí que vimos algún cerezo que empezaba a florecer, una lástima que no hubiera más

Para finalizar el día nos dirigimos a Arashiyama, donde podemos encontrar el puente Tougetsukyo, o puente de la luna que atraviesa el río Kasturagawa.

Desde él se puede ver el monte Arashiyama y debe ser muy bonito con la floración del cerezo. Cuando nosotros estuvimos se comenzaba a ver cómo empezaban a salir las hojas, pero era demasiado pronto y el ambiente estaba algo desangelado. En la zona hay una avenida principal muy animada con cafeterías, tiendas de artesanía y restaurantes. El entorno es rural, con las típicas casas de planta baja.

Aprovechamos para degustar un helado del famoso sabor Sakura (flor del cerezo). Una de las cosas que empezamos a ver como denominador común eran el sakura (bien en olor, sabor, incienso, diseño en la ropa…) y el té matcha (el famoso de las ceremonias del té). El sakura como sabor es un gran descubrimiento, por una parte tiene un toque de flor, pero parece fresa, no sé cómo describirlo. Lo mejor es probarlo.

Al lado del puente se puede coger el bus que nos lleva de vuelta a la estación de Kioto, con intención de comprar cena y llevárnosla al hotel.

La estación de Kioto es enoooooooooorme. Fuera están las dársenas de los buses, y ya os comenté que tiene salidas en las que atraviesas un centro comercial. Pero es que en sí, la estación es un centro comercial en toda regla. No es que tenga alguna que otra tienda de camino a los andenes, tipo kioscos de prensa, o algún local en el que comprar unos sándwiches o algo de bebida. No, no, no, es que la estación tiene plantas inferiores que parecen Parquesur, con sus tiendas de ropa o su ala de restauración

Por supuesto, no podía faltar el sakura decorándolo. O los dulces. ¡Madre mía qué golosos son los japoneses!

Como nos habíamos metido buena tunda, optamos por ir al 7eleven y comprar algo para llevar, ducharnos y cenar tranquilamente. Elegimos unos típicos yakisoba, que se han puesto de moda también por España.

Las instrucciones parecen asustar, pero sólo hay que calentar agua (gracias a la pava de agua que teníamos en la habitación del hotel), añadir los sobrecitos con el “aliño”, dejar que absorban el agua, se hinchen, escurrir el exceso de caldo (si fuera necesario) y listo para cenar. A practicar con los palillos. Aunque la verdad es que al vernos con los ojos occidentales, en las tiendas siempre nos enseñaban un tenedor por si lo preferíamos a los hashi.

Y preparados para descansar que nos esperaba otra buena ruta al día siguiente.

Japón por libre V: Día 1. Viaje y Kioto

Nuestro periplo nipón comenzó un sábado a las 10:10 de la mañana que salía nuestro avión con destino Osaka previa parada en el Charles de Gaule. No obstante, la parada fue muy breve, lo justo para bajarnos del avión, cambiar de terminal, pillar wifi gratis del aeropuerto, pasar por el control de la gendarmerie y volver a embarcar en el siguiente avión. Las maletas iban directamente a destino, así que una cosa menos.

El primer vuelo es de apenas un par de horas, te dan un refresco y un snack (unos palitos con sabor pesto hipermegasalados). El siguiente vuelo fueron once horas y se hace eterno. La noche previa habíamos intentado mantenernos despiertos para así llegar al vuelo con sueño, dormir en ese lapso de tiempo, y así a la llegada a Japón no tener jet lag. Sin embargo, yo apenas conseguí dormir, alguna cabezada de un par de horas, pero poco más. Entre tanto escuché música, leí, paseé por el pasillo, hablé con la vecina de asiento (una guía turística japonesa que venía de ver Italia en 8 días), nos dieron de comer, de picar, de desayunar…

Al ser un vuelo largo, te dan una mantita, una almohada y tienes una pantalla con un montón de películas, dibujos, música y entretenimiento. Cuando llega la hora de la comida, te reparten unas típicas toallitas húmedas como si ya te encontraras en Japón. Los oshiboris se ofrecen en los restaurantes, aviones y algunos trenes de larga distancia, incluso en los seven eleven o tiendas de conveniencia. Un detalle que se echa de menos cuando vuelves a España.

Para comer nos sirvieron ensalada de patatas y champiñones de primero y como plato principal a elegir entre una especialidad japonesa o pollo con pasta y guisantes. Además, queso camembert, piña, flan y café o té. A lo largo del vuelo nos repartieron unos snacks que también se podían coger en la parte media del avión. Descubrí una de las veces que fui al baño que en la zona donde los azafatos preparan la comida dejan un carro con bebidas y un par de cajas con el picoteo, para uso de los pasajeros. Allí estuve también un rato de charla con un francés que iba por trabajo frecuentemente a Japón. También nos repartieron unos helados crocantis en medio de la noche. Y finalmente, una hora y pico antes de aterrizar en Osaka, nos dieron del desayuno: macedonia de fruta, zumo de naranja, un yogur, un croasán con mantequilla y mermelada y unas tortitas. Además, café, chocolate y tes.

Una vez en Osaka tuvimos que pasar el control de inmigración. Los ciudadanos españoles no necesitamos visado para entrar en Japón (al menos para períodos cortos), tan solo hay que rellenar un par de documentos que entregan durante el vuelo. Uno de ellos te lo grapan al pasaporte, y el otro se lo quedan. El control es bastante rápido, te hacen una foto, un escáner de los dos dedos gordos, y listo. Para cuando quisimos llegar a la cinta de las maletas, estas ya nos estaban esperando. Ojo, el aeropuerto de Kansai ha recibido recientemente el galardón al mejor aeropuerto del mundo en el trato de equipaje por no haber perdido una sola maleta en sus 20 años de existencia. Muy japonés.

Tras recoger las maletas, nos dirigimos a la estación de trenes, donde fuimos a la oficina de JR. La intención era comprar un billete para el Haruka, el tren que lleva directo a Kioto en unos 75 minutos y canjear el JR Pass. Dado que habíamos llegado a las 9 y media de la mañana del domingo y teníamos todo el día por delante, pero no nos iba a ser muy productivo por el cansancio, la mejor opción era hacer este tipo de gestiones nada más llegar y no perder más tiempo otro día. Mientras estábamos en la cola esperando, una empleada se iba paseando y preguntaba a la gente si le podía ayudar, así iba aligerando. Al decirle lo que queríamos, nos rellenó un papel en el que indicaba el billete que nos debían suministrar. La mejor opción para coger el Haruka era comprar el Kansai Area Pass, cuyo pase de un día cuesta 2300Y (2200 si se compra en el extranjero), más barato que comprar un sencillo como pretendíamos.

Kansai Pass

Una vez llegamos al mostrador, le entregamos el papel y el documento del JR Pass al empleado y en cuestión de minutos tuvimos nuestros pases y nos dirigimos a Kioto. Ya en el andén de Osaka vimos sorprendidos cómo funciona Japón, esa eficacia. Nos quedamos asombrados al ver cómo llegaba el tren, se bajaban los pasajeros y entraron unos uniformados a limpiar los vagones. Con sus aspiradoras y todo. Comprueban que esté todo limpio, revisan los asientos, las bandejas, los reposacabezas, aspiran, recogen la basura, abren las cortinas y giran los asientos para que los nuevos viajeros vayan en el sentido de la marcha. Increíble describir con palabras. A mí lo del giro de los asientos me dejó alucinada. Os dejo con un vídeo de un Shinkansen en Tokio para que os hagáis una idea:

Cuando pisamos Kioto fue un poco desconcertante intentar salir de la estación, pues nuestro andén indicaba salida, pero si seguías las indicaciones cruzabas un Bic Camera un centro comercial. Pero sí, siguiendo las flechas llegamos a la calle y nos dirigimos al hotel. El alojamiento elegido fue el APA Hotel Kyotoeki – Horikawadori, a unos 5 minutos de la estación. El hotel es algo antiguo y tuvimos un percance con el aire de la habitación, que es central y no lo podíamos regular. La habitación era algo pequeña y sin armario, algo muy japonés, pero tenía internet gratis, estaba limpio, con productos de higiene, el yukata para estar cómodo, zapatillas tanto para la moqueta como para el baño, nevera, calentador de agua y con uso del onsen (los baños japoneses). Y por supuesto, con el famoso inodoro de chorros controlado por mando a distancia.

Tras refrescarnos un poco e intentar deshacer las maletas (al menos lo imprescindible para los próximos días), salimos a dar un paseo para conocer la zona, ver dónde teníamos tiendas, la estación central, buscar algo de comer… en fin, situarnos un poco. Ya durante el paseo empezamos a ver lo diferente que era Japón de España, con esas máquinas expendedoras de bebidas en cada esquina (desde zumo o agua hasta cafés) y restaurantes con comida de cera en los escaparates. Logradísimo. Eso sí, no parecen reales del todo porque brillan mucho.

Aprovechamos para comprar los billetes de autobus del día siguiente en la oficina de turismo y compramos la comida en un seven eleven. Para empezar, sushi y sándwiches. Y nos la comimos tranquilamente en el hotel mientras echábamos un ojo a los mapas que nos habían dado en la oficina de información.

Tras comer, volvimos a salir. Coincidía que era el último día en que la zona de Higashiyama iba a estar iluminada, así que nos pareció una buena forma de tener un primer contacto de la ciudad.

Higashiyama ruta

Este barrio se podría traducir como “la montaña del Este”, ya que así se llama la montaña sobre la que se apoya el barrio. Desde el siglo XIV, se construyeron muchos templos, santuarios y villas de la nobleza, así que el barrio tiene una mucho movimiento y es muy perfecto para pasearlo y descubrir lugares con encanto.

La verdad es que no podría haber sido mejor la llegada, pues estaba todo muy bonito iluminado, los templos con sus faroles rojos, los paseos, y además, todo lleno de puestos de comida, y exhibición de esculturas, ikebana, linternas de bambú, y bailes de Maikos.

La parte que más me gustó fue la del santuario Yasaka. Era la zona más bonita y con más ambiente.

Además, muchas mujeres iban vestidas con los kimonos tradicionales, lo que le daba mucho más encanto al recorrido.

Durante el paseo aprovechamos para cenar degustando unas colas de cangrejo a la plancha. Riquísimas.

Olía todo estupendamente, pero nos quedaban muchos días por delante y había que decantarse por algo. Así que dejamos los takoyaki o los yakisoba para otro día.

Con la tontería, al final fue un buen paseo, y con el viaje y el jet lag, el final del día pesaba, así que volvimos al hotel para descansar y tener las pilas bien cargadas para el día siguiente, que es cuando empezaríamos de verdad a ver Kioto.