Nadie lo ha visto, Mari Jungstedt

Una reciente tendinitis en la rodilla me ha llevado a pasar unos días con movilidad reducida y apalancada en el sofá. Oportunidad ideal para hacer maratón de series (y justo con la vuelta de Juego de Tronos), pero también para dedicarlo a la lectura.

Últimamente me cuesta encontrar un título que me atraiga, ya que me da la sensación de que todos los libros nuevos que van saliendo tienen los mismos argumentos, así que tiré de fondo de novela nórdica y de una autora que no había tocado hasta la fecha: la periodista sueca Mari Jungstedt.

Aún tengo un par de novelas pendientes de Camilla Läckberg y de su saga de Fjällbacka, pero decidí comenzar con esta serie del inspector Anders Knutas que ya acumula 11 libros. Su primera entrega es Nadie lo ha visto (Den du inte ser) y aunque fue publicada en Suecia en 2003, llegó a España en 2009.

Según podemos leer en la sinopsis de la contraportada La temporada turística empieza en la aparentemente tranquila isla sueca de Gotland. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla en la que pasó los primeros años de su vida y celebra una fiesta con sus amigos de la infancia. Pero Helena bebe más de la cuenta y acaba bailando con su amigo Kristian y provocando los celos de su marido Per. Cuando ya no puede soportarlo más, Per reacciona de forma violenta y pone punto y final al buen ambiente que se respiraba. Al día siguiente, Helena está paseando por la playa reflexionando sobre lo ocurrido cuando es salvajemente atacada. Cuando se encuentra su cuerpo, cruelmente asesinado, su pareja es inmediatamente inculpada.

Pero unos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en las mismas circunstancias. La psicosis se apodera del pueblo y el inspector Anders Knutas debe acelerar las investigaciones antes de que el asesino golpee de nuevo. Para ello cuenta con la colaboración, no siempre deseada, del inquieto periodista Johan…

Cuenta con el esquema clásico de la novela negra: un asesinato, la línea de investigación de la policía, el relato de la prensa y un acontecimiento pasado que sirve como nexo entre el asesino y la/s víctima/s. Sin embargo, no está al nivel de otros libros del género. No me ha enganchado tanto. El desarrollo es prácticamente lineal y la trama sencilla y predecible hacia mitad de la novela. No hay ningún giro que genere expectación.

Los personajes por su parte quedan bastante desdibujados. Y es algo que ocurre tanto con los secundarios como con los principales, por lo que no he llegado a empatizar ni con el periodista Johan Berg, ni con Knutas y mucho menos con su compañera Karin Jacobsson. Es verdad que va soltando pinceladas del inspector, su mujer comadrona y sus gemelos, pero poco más. En muchas ocasiones he tenido la sensación de que aporta datos que no son relevantes para la historia.

Y no solo con los personajes, sino también con las descripciones tan extensas sobre los lugares en los que se va desarrollando la historia. No dudo de la belleza de la isla de Gotland y de la de Visby, su capital, que además es Patrimonio de la Humanidad, pero parece como si los detalles estuvieran metidos con calzador en un lugar inoportuno a modo de relleno y no como escenario.

También me chirría la subtrama romántica y el aspecto sentimental. Con tanto enredo queda una novela en la que la trama policíaca resulta bastante deficiente y poco sorpresiva. Apenas hay toque de suspense ya que lo que menos seguimos es la investigación.

La prosa de Jungstedt no tiene nada que ver con la de Maj Sjöwal y Per Wahlöö, que pretendían hacer crítica social en sus novelas. Tampoco con la saga Millenium, más centrada en la investigación periodística y tejemanejes empresariales. A priori puede acercarse más a Läckberg (por aquello de que parece que le interesan más las relaciones personales), pero en realidad tampoco ahonda especialmente en ello. La de Fjällbacka dota de más carácter a sus personajes y sus historias tienen mucho más trasfondo. Quizá porque en sus novelas hay dos tramas paralelas que se cruzan en determinado momento, por un lado la de la escritora Erika y por otro la del policía Patrik. Ambos protagonistas están bien conformados y cuentan con un relato propio. En Nadie lo ha visto, como decía antes, sin embargo no hay investigación. Ni la de Knutas (que parece ir únicamente de un escenario del crimen a otro pasando entre medias por algún interrogatorio), ni la de Berg (que va cubriendo las noticias de los asesinatos sin más).

Así, la novela se queda en un quiero y no puedo. Parte del patrón de la novela negra escandinava, pero no aporta nada novedoso al género ni en argumento, ni en narración, ni en personajes. Resulta entretenida, es verdad que no me ha resultado tan tediosa como Aurora Boreal de Åsa Larsson, pero sin más. Quizá se deba a que es su primera publicación y la cosa va mejorando con las entregas, así que es probable que le dé una oportunidad al siguiente libro de la saga, Nadie lo ha oído. Eso sí, antes de más experimentos retomaré los dos pendientes de la saga de Läkberg :Tormenta de nieve y aroma de almendras y La bruja.

La Magia del Orden, Marie Kondo

Marie Kondo se ha puesto de moda recientemente gracias a su serie de Netflix (ya llegaremos a ella), pero esta japonesa – que ya desde niña tenía obsesión por el orden-  lleva ya unos años dando consejos con su método KonMari. Yo la conocí por su libro La Magia del Orden, donde aborda la organización como una especie de terapia y cambio de vida.

Aunque suene todo muy zen y muy japo, lo cierto es que razón no le falta. Como bien dice, cuando tenemos un espacio desorganizado, tendemos a vaciarlo, limpiarlo y reorganizarlo después con algún elemento de almacenaje. Pero claro, los trastos siguen ahí, lo único que hacemos es quitarlos de la vista y con el tiempo se irá llenando más, se volverá a desorganizar y vuelta a empezar, lo que supone una pérdida de tiempo. Por el contrario, ella plantea un método más definitivo, y de ahí lo del cambio de vida, porque nos lleva a replantearnos cómo queremos vivir, qué queremos mantener en nuestra casa, a qué le queremos dedicar el tiempo (y es que limpiar y organizar nos consume horas de vida. Y también en buscar algo que no sabemos dónde está).

Así, tras dar el primer paso y comprometernos a ser ordenados y pensar en nuestro objetivo, toca remangarse y ponerse manos a la obra.

En primer lugar, antes de organizar hay que eliminar. Sí, toca descartar. Yo lo veo como si fuera a hacer una mudanza: es más lógico hacer una limpia antes de empaquetar, pues así tendremos menos que mover de una casa a otra. Pues en este proceso igual. Fuera cosas innecesarias, rotas, que llevan años sin ser usadas. Marie Kondo le da un punto más místico y nos aconseja que nos quedemos solo con aquello que nos haga felices. Yo preferiría hablar de objetos que cumplen una función, pues eso de los bienes materiales nos produzcan felicidad me chirría un poco. Pero bueno, tiene más que ver con su cultura japonesa. Este proceso de desechar puede ser complejo al principio, pero poco a poco se va haciendo más fácil. Y no solo aligera la casa, sino que también deja la mente un poco más despejada.

¿Y por dónde empezamos a hacer esta criba? Pues según el Método KonMari mejor hacerlo por categoría y no por almacenamiento. Se trata de un proceso que ha de servir como cambio de mentalidad, por lo que recomienda hacerlo de golpe. Es una purga que ha de hacerse del tirón, nada de poco a poco en limpiezas de primavera u otoño. Y a ser preferible solos, pues la familia puede interferir más que ayudar.

Como decía al principio, solemos abrir un espacio, vaciarlo, limpiarlo, reorganizarlo y listo. Sin embargo, esto tiene un problema y es que no nos hacemos a la idea del volumen de posesiones que tenemos o incluso de que guardamos objetos repetidos guardados en varias habitaciones. Así, Kondo propone hacer limpia por categoría y agrupar todo lo que haya repartido en varias estancias para tomar consciencia.

Y sugiere empezar primero por la ropa, después con los libros, los papeles, miscelánea y finalmente con los objetos que tienen un valor sentimental. Aconseja seguir este orden porque iremos de más fácil a más difícil, de forma que cuando lleguemos a lo sentimental ya iremos en velocidad de crucero y estaremos más sueltos a la hora de filtrar lo que sí y lo que no nos vamos a quedar (donar, regalar, vender o tirar).

La ropa sería lo más sencillo según Kondo porque así a simple vista ya nos vienen a la mente prendas que no nos valen, que no nos sientan bien, que han pasado de moda o están ya viejas (no está para nada a favor de que la ropa vieja pase a ropa de estar por casa). Ahí tenemos medio camino hecho.

Con los libros quizá no sea tan fácil reducir la biblioteca a tan solo 30 como sugiere, aunque es verdad que hoy en día con los formatos digitales quizá no guardamos tantos. En cuanto a los papeles y revistas siempre hay contratos o facturas que fiscalmente ya no sería necesario guardar y por tanto ahí también ya tenemos un pequeño paso hacia el filtrado. En concreto ella recomienda mantener dos subcategorías: lo que hay que conservar (contratos de servicios, la hipoteca…) y lo que requiere una gestión (facturas que hay que pagar, por ejemplo).

Así, según el método con cada una de las categorías debemos agrupar todo en un espacio amplio e ir tomando cada objeto y hacernos la misma pregunta: ¿Me produce alegría? Si no somos tan místicos, pues podemos preguntarnos si nos aporta algo tener ese objeto en nuestras vidas. En función de si la respuesta es afirmativa o negativa, iremos haciendo montones. Uno para lo que se queda, otro para lo que se va (a lo que le daremos las gracias por su servicio prestado. Sí, muy oriental).

Una vez que hemos hecho ese filtro y hemos reducido nuestras posesiones toca recolocar de forma eficiente. Pues bien, la japonesa nos recomienda reutilizar cajas de zapatos vacías u otros recipientes que ya tengamos. Nada de lanzarse a la tienda y volverse loco con productos de almacenaje. Además, se supone que como el volumen de objetos se habrá visto reducido, nos sobrará espacio de sobra. Las cajas permiten que los objetos no queden desperdigados (imaginemos por ejemplo un cajón del baño con los productos de aseo o maquillaje, o una despensa donde podamos agrupar todas las especias o los utensilios de repostería que usamos de vez en cuando). Lo importante es organizar todo de forma que quede a la vista y accesible. De ese modo nos será más sencillo saber qué tenemos y podremos llegar a ello sin problema. Esto sirve tanto para la ropa, como para los papeles o la despensa de la cocina.

En el caso de la ropa recomienda crear subcategorías y guardar por un lado las camisetas, por otro los pijamas, por otro la ropa interior y calcetines, por otro los accesorios… Además, no es muy amiga de colgar demasiadas prendas, solo blusas o chaquetas. Propone guardar la ropa doblada en vertical para que así sea más visible todo el cajón. Y he de reconocer que es muy útil. Para baldas quizá da un poco igual porque sí que ves las prendas, pero en un cajón tan solo veríamos la de arriba del todo, y como tenga mucho fondo, habrá algunas que quedarán olvidadas atrás.

Para las pocas prendas que vayan a ser colgadas, recomienda organizarlas según tonalidad de color (como si eso fuera un Pimkie) quedando las más ligeras a la derecha y las más fuertes a la izquierda. Yo esto lo haría al revés, pero porque mi puerta corredera primero me deja a la vista el lado izquierdo.

Tampoco comparto su idea de tener toda la ropa en el armario y no guardar la de fuera de temporada. Quizá le funcione en Japón, pero con el clima de Madrid en que en invierno tenemos máximas de 10 y mínimas bajo cero y veranos cuyas temperaturas no bajan de 20º y fácilmente llegan a los 40º, pues me va a perdorar la señora Kondo, pero no le veo sentido a tener las camisetas de tirantes junto a las de manga larga o los jerseys de cuello vuelto junto a los pantalones cortos.

En otro aspecto en el que difiero con la japonesa es en lo de vaciar el bolso cada día. Lo veo innecesario y puede causar más problemas que ventajas. No termino de ver tampoco lo de guardar los bolsos uno dentro de otro. Sí, está muy bien cuando son de gran tamaño y de asa, pero para otro tipo de modelos seguro que me olvidaría de los que tengo, pues solo vería los de fuera.

Por lo demás, salvando las distancias culturales, es un método que no deja indiferente y del que se puede sacar una buena inspiración. No veo factible lo de hacer esa limpieza de toda la casa de golpe, porque puede resultar abrumador, pero quizá una categoría cada semana o cada 15 días sí que sirva como empujón para darle un nuevo aire a la vida. Y es que este proceso que propone Marie Kondo nos empuja a un diálogo interior sobre qué esperar de nosotros mismos y sobre cómo queremos vivir. No se trata de un proceso únicamente material, sino que conlleva una retrospectiva.

Tras esta purga y reorganización hay que cambiar el chip y conseguir mantenerlo. Así, guardar cada cosa en su lugar (por ejemplo guardar el abrigo y bolso al llegar a casa) y no volver a comprar compulsivamente para no volver a almacenar innecesariamente. Además, uno empieza por la ropa, sigue con los libros, papeles, revistas, revisa objetos sentimentales, se deshace de trastos y lo siguiente que va detrás es reducir el número de muebles, ya que a menos cosas que guardar, menos almacenaje se necesita. Sobrarán cachivaches decorativos y nos acercaremos más al minimalismo, que siempre es una buena idea. No solo por reducir el consumismo, sino porque el orden reduce el estrés y ahorra tiempo. Y de tiempo vamos siempre escasos.

Tras La Magia del orden, libro del que se han vendido más de cinco millones de ejemplares y que se ha traducido a más de treinta idiomas, Kondo publicó una continuación, La felicidad después del orden, una guía ilustrada de su método. Además, tiene un tercer libro, La magia del día a día (La magia del orden): Diario (Cuerpo y mente), que sirve de acompañamiento de La magia del orden con frases inspiracionales. Muy Mr Wonderful todo.

La hija del relojero de Kate Morton

La hija del relojero es el último libro de Kate Morton, una autora australiana que ha vendido más de once millones de ejemplares en todo el mundo de sus cinco novelas anteriores.

Argumento:

¿Mi nombre verdadero? Nadie lo recuerda. ¿Los sucesos de aquel verano? Nadie más los conoce.

En el verano de 1862, un grupo de jóvenes artistas, guiados por el apasionado y brillante Edward Radcliffe, viaja a Birchwood Manor, una casa de campo en Berkshire. Tienen un plan: vivir los siguientes meses recluidos y dejarse llevar por su inspiración y creatividad. Sin embargo, cuando el verano toca a su fin, una mujer ha muerto de un disparo y otra ha desaparecido, se ha extraviado una joya de valor incalculable y la vida de Edward Radcliffe se ha desmoronado.

Unos ciento cincuenta años más tarde, Elodie Winslow, una joven archivista de Londres, descubre una cartera de cuero que contiene dos objetos sin relación aparente: una fotografía en sepia de una mujer de gran belleza con un vestido victoriano y el cuaderno de bocetos de un artista en el que hay un dibujo de una casa de dos tejados en el recodo de un río. ¿Por qué ese boceto de Birchwood Manor le resulta tan familiar a Elodie? ¿Y quién es esa hermosa mujer que aparece en la fotografía? ¿Le revelará alguna vez sus secretos?

Narrada por varias voces a lo largo del tiempo, La hija del relojero es la historia de un asesinato, un misterio y un robo, una reflexión sobre el arte, la verdad y la belleza, el amor y las pérdidas. Por sus páginas fluye como un río la voz de una mujer ya libre de las ataduras del tiempo y cuyo nombre ha caído en el olvido: Birdie Bell, la hija del relojero, la única persona que vio todo lo sucedido.

Como ya nos describe la sinopsis del libro, y como viene siendo habitual en Morton, tenemos dos hilos narrativos unidos por un misterio. En este caso la novela comienza con Elodie Winslow en el Londres de 2017, quien está a punto de casarse con su prometido Alastair y va un poco de cabeza con los preparativos de la boda y las peticiones de su futura suegra (que es quien realmente está organizando todo). Pero el caos y el estrés por el enlace quedarán en pausa cuando en su trabajo como archivista de la empresa Stratton, Adwell & Co descubre un boceto de una mansión que automáticamente la lleva a su infancia y al cuento favorito que le narraba su madre.

La historia tarda en arrancar. Es lógico que la autora quiera presentar al personaje, con sus personalidad, sus dudas, su situación, ya que necesitamos ese punto de partida; pero viéndolo en conjunto, con la novela finalizada, me da la sensación de que hay una buena parte innecesaria. En cualquier caso, una vez que ya se nos ha introducido a Elodie y el misterio de la casa (y la foto de una mujer desconocida) su búsqueda de respuestas nos sirve como hilo de Ariadna de esta historia.

Y mientras tanto, se nos intercala con otra voz narrativa, la de una niña que podría haber salido de un cuento de Dickens: una huérfana en el Londres victoriano que se ve obligada a recurrir a la picaresca, al robo y a las trampas para sobrevivir. Es la hija del relojero que da nombre al título, y poco a poco iremos conociendo su destino, con algún golpe de suerte y muchos reveses.

En medio de ambas mujeres está Birchwood Manor, el común denominador en todas las épocas, esa imponente mansión que en su día atrajo al pintor Edward Raddcliffe, autor del boceto que encuentra Elodie y enamorado de la mujer de la fotografía, Lily Millington. Conociendo su desdichada historia unimos todas las piezas.

Además, la novela cuenta con varios secundarios, aunque no todos están desarrollados de la misma forma. Destacan Tip (tío abuelo de Elodie), Ada o Juliet, pero sobre todo el relato gana con el personaje de Lucy, la hermana de Edward, una mujer con sed de conocimiento mente ágil y curiosa que se ve encorsetada en la sociedad en la que le ha tocado vivir. En otro nivel inferior estarían los miembros de la Hermandad Magenta (de quienes poco conocemos más aparte de sus nombres y un par de detalles), Jack, o el padre de Elodie (a quien se echa de menos al final).

Siendo fiel a sí misma, Morton construye una novela con su sello particular, ese que la ha llevado al éxito. Es una autora de ritmo pausado que recurre a protagonistas femeninas potentes para construir unas novelas en las que predominan las intrigas familiares, los misterios sin resolver. La escritora australiana cuida la ambientación, las emociones de los personajes y suele añadir un componente artístico (en este caso tenemos la pintura con Edward, la fotografía con la hermandad y la música con la madre de Elodie). Sin embargo, en este caso le ha quedado un libro un tanto flojo.

Paso por alto que comienza lento, porque ya me esperaba una narración tranquila, paciente, que va soltando detalles que comienzan a tener sentido a medida que avanza la trama. De hecho se agradece este ritmo con tanto salto temporal y cambio de personaje. Pero no puedo obviar el haber acabado con la misma sensación que tuve cuando terminé El último adiós. De nuevo me quedé un poco decepcionada por el final abrupto y la falta de cierre de la historia del presente. Después de la cantidad de páginas que le dedica a Elodie al inicio para que empaticemos con ella, sorprende que, al final, una vez resuelto el misterio de la hija del relojero, nos quedemos sin un epílogo que profundice en la vida del personaje. Insisto en que no hay que darlo todo mascado, pero sí que me faltó una conversación con su padre, incluso con su tío o su prometido. Por no hablar de Jack, un personaje que no sé ni de dónde sale ni adónde va. En mi opinión es prescindible.

En resumen, mantiene el estilo Morton (algo que me gusta), pero hay personajes de más y me falta un breve capítulo final. Esperemos que su próxima novela me deje mejor sabor de boca.

Morder la manzana, Leticia Dolera

Después de trabajar tanto en la pequeña como en la gran pantalla (tanto delante como detrás de las cámaras), Leticia Dolera debuta como escritora con Morder la manzana, un ensayo sobre feminismo.

El libro arranca con una escena familiar: un grupo de amigas tomando algo y charlando de la vida. De sus trabajos, de sus parejas o falta de ellas, de cómo les ha ido la semana, de sus preocupaciones y de alguna anécdota. En esta conversación una de ellas cuenta una desagradable escena en un taxi que desencadena en una revelación: todas han vivido algún tipo de situación de acoso o abuso (en mayor o menor medida) y les ha costado reaccionar, lo que después les ha llevado a una sensación de culpabilidad por no haberlo parado a tiempo. Así, lo que parecía anecdótico, algo excepcional o resultado de la mala suerte, se muestra como sistémico.

Y a partir de ahí Dolera intercala sus experiencias personales (y de su entorno) con referencias feministas con un lenguaje ágil y coloquial. Repasa nociones básicas de conceptos (como patriarcado o micromachismos), resume brevemente la historia del feminismo y hace referencia a otros aspectos tan enraizados en la sociedad como los roles de género, la falsa libertad sexual de la mujer ( o puta o monja), el canon de belleza que hipersexualiza el cuerpo de las mujeres, el mito del amor romántico (media naranja, celos, el amor todo lo puede), el miedo a no encontrar pareja o no ser madre, la rivalidad entre mujeres, la cultura de la violación o los piropos.

A la vez, mientras va combinando sus experiencias con la parte algo más teórica, reflexiona sobre sus propias contradicciones al intentar abandonar las pautas patriarcales estando dentro de una industria en la que estos roles están muy vivos (mujeres a las que se las valora por su físico o edad (cuanto menos, mejor) frente a hombres a los que se les tiene en cuenta la experiencia o aptitud para el trabajo).

El resultado es un libro accesible y básico. No pretende ser una obra teórica, sino de acercamiento, de iniciación. La misma autora explica que es el libro que le hubiera gustado leer a los 18 años, así que imagino que de ahí viene la redacción desenfadada y el vocabulario cercano sin entrar en demasiados tecnicismos. Busca empatizar con la lectora por medio de experiencias tan comunes como son las críticas a tener demasiado carácter, al cuerpo o a la sexualidad; el miedo a volver a casa de noche, a salir a correr por lugares desiertos, a quedarse a solas con un tipo que no conoces mucho…

Sin embargo, a pesar de que resulta fácil verse identificada en muchos pasajes, me ha resultado demasiado superficial. Sí, ya sé que es lo que pretendía la autora, pero comparado con Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, se queda muy corto. Barbijaputa también presenta un libro bastante ligero y sencillo, pero afrontado de otra manera, con una estructura que permite ir paso a paso afrontando definiciones de conceptos e historia del feminismo combinados con situaciones cotidianas. Aunque en honor a la verdad, Barbi es columnista y se encuentra más en su medio. En cualquier caso, bienvenido sea como un primer acercamiento al feminismo.

The Handmaid’s Tale – El cuento de la criada

Mucho se habló en 2017 de The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), una serie que ha ganado ocho premios Emmy y que está basada en la novela homónima de Margaret Atwood, autora que fue condecorada con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008.

La novela fue publicada en 1985, cuando estaba reciente la victoria del régimen de los ayatolás en Irán y a la vez en varios estados de EEUU aprobaron leyes contra el aborto. Y ahora, cuando parece que estamos retrocediendo en lo que a libertades de las mujeres se trata, es más actual que nunca.

La novela ya fue adaptada para el cine en 1990, sin embargo, pasó sin pena ni gloria. Quizás porque tuvo que concentrar en apenas hora y media todo el relato. Aunque parece que también influyó el hecho de que el director y el guionista decidieran presentarla como un triángulo amoroso y se olvidaran del trasfondo. También ha sido ópera y obra de teatro. Pero parece que lo que realmente ha encajado ha sido el carácter episódico de una serie de televisión y en el lenguaje audiovisivo de este siglo. O quizás es que este es el momento adecuado.

The Handmaid’s Tale es una distopía que transcurre en un futuro no muy lejano de los Estados Unidos en el que tras una amenaza terrorista islámica se comienzan a recortar libertades de la sociedad. Después de un golpe de Estado nace la República de Gilead, con un gobierno fundamentalista y puritano. En un contexto en el que la contaminación ambiental ha provocado un alarmante descenso de la natalidad (y niños nacidos con deformidades o discapacidades) se establece una nueva jerarquía en la que las mujeres son despojadas de sus derechos (como trabajar o tener independencia económica) y pasan a ser meras vasijas incubadoras a disposición del Estado. Es decir, ni siquiera son poseedoras de su propio cuerpo.

En esta sociedad totalitaria y teocrática, son clasificadas en función de su capacidad reproductiva, ya que la fertilidad es el único valor de la mujer. Las lesbianas son consideradas traidoras a su género y son “reconvertidas”. Queda así una sociedad estratificada en Esposas, Criadas, Marthas, Tías, Jezabel, Hijas, mujeres de clase baja y mujeres no válidas.

Las esposas visten de azul y son amas de casa. Se encargan de su marido, de llevar la casa, de controlar a la criada, y de criar a los hijos (si los consiguen). Su vida social consiste en acompañar a su marido a actos públicos o en relacionarse con las otras esposas en reuniones para tomar el té o celebrar algún nacimiento. Como entretenimiento pueden dedicarse a las manualidades como el jardín, pintar o tejer.

Las criadas (o doncellas) son las mujeres fértiles. Son detenidas y reeducadas para pasar a servir a la élite como incubadoras. Son violadas una vez al mes (en su ovulación) en una ceremonia pseudo-religiosa en el lecho conyugal mientras la esposa la apoya en su vientre y le sostiene los brazos. Solo pueden relacionarse entre ellas, siempre de dos en dos (para vigilarse una a la otra), y apenas pueden hablar salvo frases establecidas, casi como un guion. Visten de rojo – el color de la sangre – con una especie de toca blanca en la cabeza que les impide ver su alrededor y pierden hasta su nombre. Asumen el de su Comandante, el señor de la casa. Cada dos años cambian de casa y cuentan con tres oportunidades para engendrar una criatura. Si no se quedan embarazadas son enviadas a las colonias a limpiar residuos radiactivos, o directamente ejecutadas.

Las Marthas van de verde y se encargan de cocinar y limpiar la casa. Son mujeres que ya pasaron su etapa fértil.

Las Tías van de marrón y son las educadoras. Son las encargadas de someter a las criadas. Con su curso de formación las vuelven sumisas a base de rezos, entrenamientos y severos castigos. Portan una varilla eléctrica como la que se usa con el ganado para “enderezar” a las que se resisten.

Las hijas van de blanco hasta que se convierten en Esposas. Se espera que las nuevas generaciones ya sean fértiles.

Las llamadas Jezabel son las trasladadas a los prostíbulos, generalmente por su rebeldía.

Las mujeres de clase baja visten de rayas y se ocupan de la función de esposa, criada y Martha.

Y por último, las que no sirven para ningún grupo anterior, son enviadas a las colonias.

Cada Comandante puede tener en su casa a una esposa, una criada y una Martha.

En Gilead además están los Ojos, una especie de vigilantes de paisano camuflados en la cotidianidad, y los Ángeles, que controlan los desplazamientos de los ciudadanos de una forma similar a un ejército.

Esta nueva sociedad están prohibidos los periódicos y la divulgación de la ciencia así como los vicios o el alcohol. Se han cerrado las universidades, el dinero ya no existe y el café queda relegado a la élite.

Normalmente suelo leer el libro y después ver la adaptación televisiva o cinematográfica. Sin embargo, en este caso tras ver los tres primeros episodios decidí comenzar el libro. No era necesario, pero era una forma de vivir la experiencia completa y completar el relato, de no perder detalle. Sin embargo por primera vez en mi vida, me quedo con la adaptación. No sé si iba con las expetativas demasiado altas o que se le notan los 30 años que han pasado, pero me da la sensación de que le falta algo a la narración. Y comparada con la serie, esta gana de calle.

Y eso que me costó arrancar. El piloto me resultó muy lento, y no terminaba de entrar en la historia. Sin embargo, me ganó su fotografía, esos planos con todas las criadas de rojo y blanco en grandes espacios abiertos que se adueñan de la pantalla. Y como contraste, unos espacios cerrados minimalistas en los que apenas entra un rayo de luz y crea un ambiente claustrofóbico.

La protagonista es Offred (Defred en la versión española), una de estas mujeres que se han convertido en esclavas del sistema. En una vida anterior ella era June, una mujer independiente, que trabajaba, que estaba casada y tenía una hija. Sin embargo, con el nuevo gobierno todo eso le fue arrebatado. Intentó escapar, pero fue capturada, y no sabe nada de su familia desde entonces. Su motivación para seguir adelante en este calvario es el recuperar un día a su hija.

A medida que avanzan los capítulos vemos la rutina de Offred en la República de Gilead. Su existencia reducida a su habitación y al mercado. Ella misma nos guía con su voz en off, por lo que conocemos sus miedos, sus preguntas, sus desconfianzas, sus esperanzas, su sarcasmo… Esta narración permite también explicar el organigrama de la sociedad y sus ritos.

A la vez, esta historia se entrelaza con los flashbacks de los personajes principales, lo que nos da a conocer cómo han llegado hasta ahí. Hay una tercera línea temporal, que es el presente de Luke, el marido de June, y cómo consiguió escapar y lucha por encontrarla. Poco a poco, vamos uniendo los retazos hasta componer un puzle.

La historia atrapa por su dureza y porque en el fondo no parece tan distópica como se presenta de inicio. Elisabeth Moss está brillante en el personaje y sus primeros planos lo dicen todo. Expresa sensibilidad, fuerza, asco y odio con tan solo una mirada. Y es que con esa vestimenta, su cara es lo único que le queda visible.

En The Handmaid’s Tale los personajes están muy bien trazados, hasta el último secundario. Las criadas, Tía Lidia, pero sobre todo Serena Joy, una mujer sobria que despierta odio y lástima en igual medida. Ella fue una de las ideólogas de esta República, cuando aún era una mujer trabajadora e independiente. Junto con su marido, sentó las bases de esta nueva sociedad, sin embargo, a medida que fue tomando forma, la dejaron de lado. Ahora ha quedado relegada a su posición de esposa y, aunque no puede evitar recurrir a una criada, en la realidad parece verla como una rival y tener celos de ella. Yvonne Strahovski, a quien ya conocía de Chuck y Dexter, tiene un físico que le permite mostrarse tanto dulce como fría y las escenas que comparte con Moss son brutales.

En una entrevista el showrunner comentaba que había decidido cambiar el personaje de Serena por una mujer más joven para que la confrontación de ambas mujeres fuera más real. Mientras que en el libro la esposa es mayor y tiene una pequeña cojera, aquí es de la misma edad que la criada. Esto permite que sea más visual su enfrentamiento. Que incluso se pueda pensar que en un mundo pre-Gilead, podrían haber sido amigas.

Además se han introducido cambios en otros personajes. Por ejemplo, conocemos el destino de Deglen, la compañera de Defred. También el de Moira o Luke, que en la serie se reencuentran mientras que en el libro no sabemos qué ocurre con ninguno de los dos, ya que solo tenemos el punto de vista de Defred. Por otro lado, la serie nos permite adentrarnos más en el pasado de Nick y de los Waterfords mediante los flashbacks, conformando unos personajes más completos.

Sin embargo, la madre de June ha sido borrada de un plumazo. Aunque en la novela reflexiona varias veces sobre la relación que tenían y sobre el activismo feminista de su madre, en la serie ni se menciona.

No es el único cambio con respecto a la novela. También se han modificado algunas escenas, reordenado las tramas y actualizado algunos aspectos (como incluir redes sociales o referencias a la tecnología). Todo esto, unido al aspecto visual, hace que la serie quede más redonda que el libro, con una estructura más coherente.

El soliloquio en la novela resulta a veces frío y muy cansino. En la serie, por contra, al añadir las imágenes y la música, los pasajes reflexivos ganan otro cáriz más efectivo. Tenemos en una misma escena la fachada de cara a la galería, esas normas que tiene que cumplir la criada, y por otro lado, su frustración, angustia y desesperación.

El epílogo del libro nos aporta algún dato que hace entender el relato desordenado de la criada. Simula una conferencia del año 2195 en el contexto del Duodécimo Simposio de Estudios Gileadianos. En él, diferentes ponentes exponen sus teorías sobre el Régimen de Gilead, que parece que ha quedado superado. Se aborda el nacimiento, el desarrollo y el funcionamiento de aquella sociedad y completa la narración. Estas notas explicativas se han incorporado a la serie desde el principio y permiten un acercamiento diferente.

The Handmaid’s Tale trata muchos temas: los Derechos Humanos, el control de la sociedad mediante la opresión, el poder y la censura, la pérdida de derechos, el medioambiente, el fanatismo religioso. Mucho se ha hablado de que es una serie feminista, pero yo no la veo tanto como una crítica al machismo, sino al totalitarismo y abuso de poder. Lo que ocurre es que siempre que una sociedad es desigual, la mujer es la que más lo sufre.

Sin embargo, no me parece feminista por muchas razones. Para empezar porque las mujeres siguen siendo retratadas como malvadas. Las mujeres siguen siendo enemigas de las mujeres. En este caso las criadas fértiles frente a las esposas estériles (aunque también lo son sus maridos pese a que ellos eso no lo digan). Esta vez no se enfrentan unas a otras por un hombre o por ver quién es más guapa; pero al final está esa lucha, esos celos, esa competitividad. El mejor ejemplo es el de Serena vs Defred y el hecho de que el showrunner haya decidido que sean dos mujeres jóvenes las que estén frente a frente, luchando como dos leonas.

Las esposas son víctimas de su propio sistema. Está muy claro en Serena, que fue una de las ideólogas y que incluso escribió un libro en su época pre-Gilead. Como decía Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Las víctimas están de su lado, contra su propio beneficio. Para crear a Serena, Atwood se inspiró en Phyllis Schlafly, una congresista que se oponía a la Ley de Igualdad bajo el pretexto de que “le robaría a las mujeres el maravilloso derecho de ser esposa y madre a tiempo completo en su casa a cuenta de su marido”.

Pero si las esposas son unas auténticas villanas, las Tías son directamente unas sádicas. Se supone que tienen poder, pero no dejan de estar al servicio del sistema heteropatriarcal.

No es feminista que cuando la protagonista está privada de libertad lo que le recuerde al pasado y le dé un momento de desconexión sean las revistas “femeninas”, esas que te imponen otro tipo de dictadura, la de la estética. Maquíllate así, haz esta dieta, copia este look, así conquistarás al hombre… y todo ese tipo de patrañas. No sé, a lo mejor estando en un despacho lleno de libros, el Comandante le podría haber ofrecido uno. Las criadas también tienen prohibido leer, por lo que se habría mostrado esa transgresión igualmente sin necesidad de caer en banalidades.

Tampoco es feminista por el modo en que se afronta el amor. Defred y el Comandante tienen una conversación en que él le pregunta que qué es más importante que los hijos y ella responde que el amor. Y a mí esa conversación me recordó Kate Millet, quien afirmó que “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”. Y es que se habla mucho de que El cuento de la Criada trata sobre el drama de las mujeres que son forzadas a entregar su cuerpo a familias más adineradas, pero luego la autora pone en boca de esa protagonista que no es dueña de sí misma que lo importante es el amor. Pues no sé, yo habría pensado en mi libertad antes que en el amor…

Por eso quizá me chirría un poco la trama con Nick. No entiendo esa necesidad de meter una relación con el chófer más allá de que le sirve como aliado para escapar. Tampoco me convence la relación con Luke, ese marido que cuando June ha sido despedida y se ha dado cuenta de que le han congelado su cuenta le dice “no te preocupes, yo cuidaré de ti”. Ah, pues muy bien, ella ha perdido toda su independencia, pero no importa, ahí está el príncipe azul al rescate.

Para mí tampoco es feminista el abordaje que se hace de los niños y la maternidad. Sí, es cierto que hablamos de un contexto en el que no hay nacimientos y que por tanto, cada vez que nace un niño, todas se alegran. Pero esa criatura representa el sistema opresor, no sé si corresponde mucho representarlo como una festividad, sonrisas y enhorabuenas.

Es verdad que el libro y la serie invitan a la reflexión. Que remueven las tripas porque lo que cuentan no parece tan distópico, sino que muchas de las cosas que se exponen están pasando en algún lugar del mundo (y no lejos, sino también en nuestro entorno). A saber: cosificación y mercantilización del cuerpo de las mujeres; violencia machista; gestación subrogada; violación; matrimonio infantil; mutilación sexual; persecución de los homosexuales o cualquier identidad sexual que “traicione” a lo heteronormativo; recorte de las libertades; diferencias de clases; o control del gobierno de nuestra privacidad. Todos estos detalles nos llevan a repensar sobre la moral, la religión, la ideología, la política y el poder.

Quizá a priori pensamos que sería una sociedad impensable hoy en día, pero me recuerda a la teoría del puente en que no se cambia un puente de un día para otro. Sino que un día se cambian los tornillos, otro la pasarela, otro las barandillas… y cuando te quieres dar cuenta, tienes puente nuevo. Defred lo dice en sus reflexiones: no sabe realmente cómo empezó todo, pero fue poco a poco. Primero el recorte de libertades porque había habido un atentado, después ejército en las calles, después no dejan a las mujeres trabajar ni tener independencia económica… y de repente, te ves en un curso de formación para ser un útero andante.

Da un poco de miedo ver cómo Atwood fue una visionaria. Porque el recorte de libertades desde el 11S es un claro ejemplo de lo que expone en su obra, también la Ley Mordaza… y poco a poco, los ciudadanos vamos teniendo menos derechos, hasta que somos totalmente sumisos y estamos controlados.

La primera temporada agotó prácticamente toda la versión literaria, por lo que hay expectación por descubrir cómo se va a afrontar una segunda, de 13 episodios. Todo apunta a que se va a recurrir a aspectos de la novela que no habían sido abordados por falta de metraje y que va a introducir una nueva trama tras el encuentro de Luke y Moira.

Para la segunda temporada Atwood ha colaborado con el Bruce Miller para construir esta nueva etapa de Defred una vez que ha dejado la casa de los Waterford y mantener cierta fidelidad a la obra. Y parece que el showrunner de la serie tiene intención de hacer 10 temporadas, que muchas me parecen. De momento, veremos si esta nueva entrega que se estrena en unas horas cumple con la expectativa.

Saga Millenium

Hoy para acabar el año traigo una recomendación literaria. Hace ya más de una década (que se dice pronto) que salió a la luz Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer libro de la saga Millenium de Stieg Larsson.Este periodista comenzó a escribir una serie de novelas sin intención de publicarlas, más como entretenimiento. Sin embargo, en determinado momento cambió de opinión y envió a una editorial los tres primeros libros. Tenía pensado escribir 10, pero lamentablemente, murió de un infarto prematuramente y no pudo acabar la saga. De hecho los tres primeros se publicaron de forma póstuma.

Hoy hay toda una batalla legal por los textos que dejó inacabados Larsson. Eva Gabrielsson, su pareja durante 30 años, es quien los conserva, pero como no se casaron, legalmente no le pertenecen y no puede publicarlos. Son el hermano y el padre quienes han heredado los derechos multimillonarios y quienes han autorizado a que se continúe la saga. Así, a La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (2006) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (2007) le siguen Lo que no mata te hace más fuerte (2015) y El hombre que perseguía su sombra (2017), escritos por David Lagercrantz, periodista sueco y escritor de la biografía del futbolista Ibrahimovic.

La saga recibe el nombre de la revista económica de la que el protagonista, Mikael Blomkvist, periodista de investigación, es co-editor. El otro personaje principal es Lisbeth Salander, una hacker veinteañera antisocial con memoria fotográfica.

En el primer libro Mikael es condenado por difamar al empresario millonario Hans-Erik Wennerström y, como consecuencia, queda apartado de la revista. Para escapar de la prensa antes de cumplir condena acepta un proyecto de escribir un libro sobre una acaudalada familia e investigar una desaparición ocurrida en los años 60. Los caminos de este trabajo harán que Mikael se cruce en el camino de Lisbeth, quien le ayudará no solo en la desaparición sino en la trama de corrupción por la que fue apartado. Y de paso conoceremos algo de esta misteriosa y fuerte joven.

A mí la novela policíaca siempre me ha gustado, pero fue con la saga Millenium cuando descubrí el género nórdico. La literatura policíaca escandinava tiene otro punto, esa oscuridad, esos relatos gélidos, esas tramas en pueblos perdidos e incomunicados… Con esa escena de fondo Larsson planteaba su narración con un estilo muy periodístico y complejo. Así, en el relato se mezclan varias historias, generalmente con un trasfondo político y económico que a veces cuesta seguir y requiere de una lectura sosegada para no perder detalle. Y cuando crees que las diferentes vías de investigación no guardan relación…¡Zas!, todo cobra sentido. Su estilo era ir dejando detalles a lo largo de la historia para hacerlos encajar hacia el final.

En La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina el periodista comienza a investigar sobre el tráfico sexual de mujeres de Europa del Este en Suecia.

Por su parte, La reina en el palacio de las corrientes de aire nos hace entender que la verdadera protagonista es Lisbeth. Mikael trabaja en la revista Millenium que da nombre a la saga y es el que busca la historia para su libro, pero en realidad, ella es el hilo conductor.

Y aunque no estaba concebido como trilogía, realmente podía haber concluido con la tercera entrega. Así pues, cuando leí que David Lagercrantz iba a continuar con la saga, tuve mis dudas sobre si continuar o no. De hecho, hasta que no salió el quinto volumen en septiembre de este año no me decidí. Y en dos semanas he devorado Lo que no mata te hace más fuerte y El hombre que perseguía su sombra.

Los temas se han actualizado y Lo que no mata te hace más fuerte se centra en temas más actuales. Por un lado la Millenium ha recibido una inyección económica de un grupo corporativo que parece que quiere dar un giro a la revista. Es la época del sensacionalismo, las noticias rápidas, del clickbait. Mikael y Erika quieren conservar el estilo de siempre, ser fieles a ese periodismo más tranquilo, que busca resquicios, fuentes, que ahonda en la noticia. Pero todo parece parado, no hay una gran historia. Hasta que aparece, y no es ni más ni menos que una trama de secretos corporativos, tráfico ilegal de información confidencial, internet profunda, inteligencia artificial y problemas matemáticos. En definitiva, un mundo más digital en el que más que nunca Mikael Blomkvist necesitará a Lisbeth Salander.

Tiene un poco de Wikileaks y del caso Snowden tratando el espionaje industrial, y cómo los servicios de inteligencia controlan nuestro día a día gracias a la huella digital. Esto unido a la inteligencia artificial da un poco de miedo, pues ocurre como con la bomba atómica, que un gran hallazgo en malas manos puede ser un desastre de magnitud mundial.

La historia engancha. Lagercrantz se encarga de crear un ambiente, las diferentes historias paralelas, de contarnos qué ha pasado con los protagonistas en este tiempo, de presentarnos a los nuevos personajes… y lo hace bien. Pero se nota la diferencia con Larsson. Mikael y Lisbeth no son los mismos y he echado en falta algo más de interacción entre ambos. Y en general más socialización entre los personajes.

En El hombre que perseguía su sombra creo que al buscar un estilo propio, sin querer seguir las primeras novelas, Lagercrantz ha recuperado aquel estilo. Es decir, cuanto más se ha querido distanciar, más se ha acercado al estilo Larsson. Y es que aquí volvemos a los orígenes, a la infancia de Lisbeth, a su compleja familia, a su tutor… Seguimos con el mundo hacker de fondo, claro, pero se entremezclan pasado y presente con varias tramas en torno al abuso de poder, al fanatismo religioso y a la experimentación con gemelos para determinar si es la herencia genética o el entorno lo que influye en lo que somos.

Creo que este último libro funciona mejor porque es Salander la protagonista desde la primera página. Como decía antes, es ella quien sirve de hilo conductor y nexo de unión de todas las ramificaciones de la novela. El personaje de Mikael no es nada novedoso. Podría ser periodista, detective o empresario, pero al final es un arquetipo muy visto: el típico héroe masculino que lucha con todo en contra. Ella sí que rompe con las reglas de la novela policíaca (y novela en general) en que la mujer es siempre esposa/hermana/hija/amiga del protagonista y/o víctima que acaba violada y/o asesinada. Mujeres que necesitaban que un hombre las protegiera. Lisbeth es lo opuesto a eso. Ella se vale por sí misma. Es un personaje que tiene su desarrollo y su pasado. Y no tiene que ser atractiva (aunque puede serlo). Supongo que influye mucho en la configuración del personaje que el autor sea sueco, ya que Suecia es uno de los países a la cabeza en igualdad.

Otro hecho que hace que este libro case mejor con los tres primeros es que ha vuelto a temas de denuncia social como la opresión de la mujer, el racismo y la intolerancia. Este era el sello de Larsson, el poner en relieve las injusticias sociales y las corrupciones políticas y económicas. De hecho al parecer antes de morir trabajaba en una trama sobre los asesinatos y desapariciones de las mujeres de Ciudad Juárez, en México.

Parece que nos queda un último libro que se publicará en 2019, pues David Lagercrantz ha dicho que con tres es suficiente y que quiere hacer otras cosas. Veremos a ver si es de verdad el último y si es conclusivo o deja la historia abierta. ¿Quizá trate sobre la crisis bursátil y la inestabilidad económica? Me da la sensación de que ha dado pinceladas en las dos entregas para que vaya por ahí la historia.

Mientras esperamos, nos quedan las películas. En versión sueca o americana, porque ya se sabe, a los estadounidenses si algo les gusta, lo rehacen. A ellos eso de doblar no les va. Yo tan solo he visto las suecas, y he de decir que me gustaron. Eso sí, si no me hubiera leído los libros, mucho más. Los personajes están muy bien conseguidos, la historia es ágil, la fotografía muy nórdica, con sus paisajes, su oscuridad, ese punto de novela negra… El problema es que al haber leído las novelas faltan cosas y otras se han modificado. Lo comprendo. Todo no cabe, son libros extensos… entiendo que se omitan detalles, personajes secundarios… pero que decidas no ahondar en una relación entre personajes como la de Mikael y Erika durante la primera película, y que luego de repente en la segunda sí le des importancia… al espectador se le queda una cara de O_O ¿esto a qué viene? Pero por lo demás, están muy bien, el personaje de Lisbeth está muy bien interpretado y caracterizado, es la imagen que yo tenía en mi cabeza. Eso sí, parece ser que para las nuevas entregas habrá cambio de actriz. Habrá que esperar.

El último adiós de Kate Morton

Hace unos años, me regalaron por mi cumpleaños El jardín olvidado, de Kate Morton. Desde entonces, esta escritora australiana se ha convertido en una de mis favoritas y me he leído los títulos que ha publicado después: La Casa de Riverton, Las horas distantes y El cumpleaños secreto. Recientemente vio la luz El último adiós (La casa del lago en el original), y obviamente cayó en mis manos.

Argumento:
Todas las familias tienen secretos.
Y, para algunas, basta solo un acontecimiento para cambiarlo todo.

Un niño desaparecido…

Junio de 1933: en Loanneth, la mansión en el campo de la familia Edevane, todo está limpio y reluciente, listo para la tan esperada fiesta de solsticio de verano. Alice Edevane, de dieciséis años y escritora en ciernes, está especialmente ilusionada. No solo ha encontrado el giro argumental perfecto para su novela, también se ha enamorado perdidamente de quien no debería. Pero para cuando llegue la media noche y los fuegos artificiales iluminen el cielo estival, la familia Edevane habrá sufrido una pérdida tan grande quetendrá que abandonar Loanneth para siempre…

Una casa abandonada.

Setenta años más tarde: después de un caso especialmente complicado, Sadie Sparrow, investigadora en Scotland Yard, está cumpliendo un permiso forzoso en su trabajo. Refugiada en la casa de su abuelo en Cornualles, pronto comprueba que estar ociosa le resulta complicado. Hasta que un día llega por casualidad a una vieja casa abandonada rodeada de jardines salvajes y espesos bosques y descubre la historia de un niñito desaparecido sin dejar rastro…

Mientras tanto, en el ático de una elegante casa en Hampstead, la formidable Alice Edevane, ya anciana, lleva una vida tan cuidadosamente planeada como las novelas policíacas que escribe. Hasta que una joven detective empieza a hacer preguntas sobre su pasado familiar en un intento por desenterrar la intrincada maraña de secretos de los que Alice ha pasado toda su vida tratando de escapar.

Como es habitual en las novelas de Kate Morton, la autora presenta dos hilos narrativos en sendos planos temporales distintos (en realidad tres, ya que en el presente tenemos por un lado a Sadie y por otro a Alice) para orquestar una intriga familiar plagada de secretos y misterios. A lo largo de los 35 capítulos se van alternando ambas líneas argumentales. El pasado se nos presenta de forma desordenada y es la trama del 2003 la que se sucede cronológicamente convirtiéndose en el hilo conductor de toda la novela. Así, los pasos que da Sadie nos sirven para ir desenmarañando el misterio, obteniendo con cuentagotas detalles de ese pasado relacionados con descubrimientos o acontecimientos del presente.

Esta fórmula es el sello de la autora australiana, la que la ha consagrado. Y aunque la repite en todas sus novelas, sigue funcionando, pues la maneja con destreza. Es difícil mantener este tipo de estructuras sin entrar en contradicciones o dejarse sin atar algún cabo suelto de todos los que van apareciendo a lo largo de la historia. Además, consigue que ambas líneas temporales tengan su propio misterio, aunque obviamente la que transcurre en el siglo XX gana algo más de protagonismo.

El narrador omnisciente le permite a la novelista situarse por encima de los personajes y poder relatar la información desde todas las perspectivas manteniendo la tensión narrativa. Su prosa es sencilla y asequible, en la que predomina la narración con algún diálogo puntual. Aunque en algunos momentos la acción no avanza y el relato es demasiado descriptivo. De hecho, la novela quizá es más extensa de lo que debería.

En parte esta lentitud se debe a la ambientación. Kate Morton es especialista en Literatura Inglesa y sobre todo en la época victoriana, por lo que cuida bastante la narración de los acontecimientos históricos, el ambiente, la sociedad de la época y los paisajes de Cornualles. La novela tarda en arrancar, pero una vez que Sadie queda presentada y descubre la misteriosa desaparición de Theo, la historia comienza a andar sumergiendo al lector entre sus páginas. A partir de ahí comienzan los interrogantes, las teorías, los dobleces de cada personaje…

También aquí Morton se mantiene fiel a su estilo haciendo que todo gire en torno a sus protagonistas femeninas. Los principales caracteres que sirven de nexo entre pasado y presente son Eleanor, Alice y Sadie, tres generaciones de mujeres, todas fascinantes. Las tres tienen su propia personalidad con sus matices, aunque quizás es Alice la más compleja, ya que aparece en ambas líneas temporales. La inspectora también está bien construida con su propia historia y sus secretos y preocupaciones. Su trama en principio no está relacionada con la desaparición de Theo, pero sirve en cierta manera de hilo conductor. Por su parte, Eleanor es un personaje muy interesante, con su propia evolución en función de las decisiones que va tomando a lo largo de su vida. Qué diferente es la construcción de este personaje según su narrador. No tiene nada que ver la Eleanor en primera persona que la Eleanor desde la perspectiva de Alice.

Completa el elenco una serie de secundarios que desempeñan su propio papel en el transcurrir de los acontecimientos. Entre ellos destacan principalmente dos: en el presente y acompañando a Sadie, su abuelo Bertie y en el pasado Anthony, marido de Eleanor y padre de Alice. También es relevante Ben, un empleado de la familia y primer amor de Alice. Y por supuesto, Theo, claro. Aunque los personajes masculinos están algo menos definidos que las figuras centrales, en general, Kate Morton ha construido a todos los miembros de esta familia con un perfil muy definido y sus propios rasgos. Cada uno de los personajes es una pieza que nos ayuda a completar el misterio.

Aunque El último adiós no me parece la mejor novela de la autora hasta la fecha, sí que me ha mantenido enganchada gracias a las pistas, enigmas, interrogantes y giros argumentales que plantea. Eso sí, el final me ha resultado un poco decepcionante. No sé si por haber leído ya otros libros de la autora o por ser demasiado evidente, pero cuando iba al 85% de la novela ya intuía qué había pasado con el pequeño Theo. Además, me da la sensación de que todo se precipita demasiado rápido. Sí, al final todo tiene sentido y el puzzle encaja sin fisuras, pero el capítulo final me supo a poco. Tampoco creo que sea necesario que se explique todo al milímetro, pero una vez que se cierra la historia, sí que eché en falta algún detalle en la subtrama de Sadie.

Aún así, quitando este pequeño “pero”, es una novela que me ha enganchado de principio a fin. Kate Morton no decepciona y sigue atrapando con sus sagas familiares, sus misterios, sus personajes, sus saltos temporales y sus giros argumentales. Eso sí, recomiendo sacar tiempo de desconexión, pues yo la he leído prácticamente en el transporte público y no era el lugar más propicio para afrontarla. Es una novela que invita a ser leída de forma pausada, asimilando cada uno de los datos, pues cada detalle es importante, sobre todo hacia el punto de no retorno en que se empieza a perfilar el desenlace.