No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, Corinne Maier

Últimamente le estoy cogiendo el gusto a los ensayos. Normalmente prefiero la novela, pero a veces, entre un libro y otro necesito leer algo diferente para desconectar la mente y no mezclar personajes o historias. Así, hace poco leí No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, de la ensayista francesa Corinne Maier.

Aunque cada vez son más las mujeres que escriben sobre el tema y no se avergüenzan o lamentan de no querer pasar por la maternidad, en concreto este libro me llamó la atención porque la autora es madre, y sí que es menos frecuente que se atrevan a compartir que preferirían no haberlo sido. Y es curioso, pues cuando dices que no quieres tener hijos te hacen numerosas preguntas o directamente afirmaciones como que te vas a arrepentir o que te vas a perder algo maravilloso y,sin embargo, cuando alguien comunica la llegada de una criatura al mundo en su entorno nadie les cuestiona si se lo han pensado dos veces o son conscientes de la responsabilidad de la crianza y lo que ello conlleva, como por ejemplo también perderse cosas en la vida. Porque sí, toda decisión en nuestra vida significa dejar otras cosas de lado y que en un futuro podamos arrepentirnos de haber tomado un camino y no otro.

Y precisamente así comienza Maier su introducción, asegurando que se arrepiente de ser madre y que si volviera atrás seguramente no tendría hijos porque, analizándolo, le ve más cosas negativas que positivas. Y no pasa nada, no es un monstruo por ello, no creo que tenga que ver con que odie a su descendencia, sino que preferiría haber tomado otro rumbo en su vida. Como si te vas de alquiler y con los años volviendo la vista atrás piensas que quizá tendrías que haberte comprado una casa o viceversa. La autora rompe con el tabú de la maternidad idealizada y desgrana sus 40 razones para que aquellos que estén pensando en ser padres, se lo piensen bien antes. No es que descubra nada nuevo con su lista, quizá lo novedoso es el tono un tanto provocador que usa al exponerla. Pero en cualquier caso, la mayoría son verdades como puños.

Acierta al destacar la presión social que existe para tener hijos. Parece como si una pareja no fuera bien si no diera el paso de criar un par de retoños. Aquello de un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores… Quienes se atreven a no seguir ese camino son continuamente juzgados por no seguir el camino. Y mientras, hay tantos otros que dan el paso porque es lo que toca. No hay motivo detrás, sino simplemente porque es lo que se espera a cierta edad.

Y después viene el golpe de realidad, cuando descubren que el embarazo no era tan bonito, que el parto es doloroso, que la recuperación está lejos de ser como las de las famosas, que los meses de lactancia son esclavos y se duerme poco y que a partir de ahí todo gira en relación a esa persona dependiente, que no es algo que puedas posponer porque hoy no te apetezca o no tengas ánimos o fuerzas. Es una responsabilidad, una vida humana y estás a su servicio. Esto no quiere decir que la circunstancia sea mala, sino que hay que ser consciente de lo que conlleva. Un claro ejemplo son las campañas sobre las mascotas en las que se recalca la necesidad de una reflexión previa antes de su adquisición para evitar maltratos o abandonos.

Con la llegada al mundo de la criatura la vida de los progenitores cambia. Y, como dice la autora, la educación requiere que los progenitores estén siempre disponibles, atentos y dispuestos a sacrificar otros aspectos de su vida. Empiezan a vivir el tiempo de otra persona y pasan a segundo plano la pareja, las amistades, el tiempo de ocio o la vida laboral. Es cierto que se pueden seguir haciendo muchas cosas, pero está claro que hay que hacer reajustes porque los horarios cambian. No se tiene la misma maniobrabilidad para improvisar planes y hay muchos que no son aptos para críos. Aparte de que se tiene menos tiempo libre: llevar a los niños a la guardería/colegio, trabajo, recogerlos, meriendas, parque, extraescolares, deberes, duchas, mantener al día la casa, preparar cenas, comidas, la ropa del día siguiente… La crianza es agotadora, y más aún cuando el reparto de tareas no es equitativo.

Y es que como bien indica Maier, el coste de tener hijos no es el mismo para la madre que para el padre, pues la maternidad se ha convertido en una trampa para las mujeres. Es cierto que las cosas van cambiando y ahora los padres se involucran algo más y saben cambiar pañales, dar el biberón o llevan al niño al parque. Pero aún así siguen recayendo sobre las madres la mayoría de las tareas, y sobre todo el peso de la carga mental. Aquellas pequeñas cosas que no son tan visibles como que los niños crecen y hay que comprarles ropa nueva o estar pendientes del calendario de vacunaciones. La realidad es que la mujer se ha incorporado al mundo laboral, pero el hombre no lo ha hecho en igual medida en el doméstico y familiar. Así, esto crea una desigualdad en ambos ámbitos dando lugar a un círculo vicioso: si los hombres no asumen por igual sus tareas en casa, en las empresas se da por hecho que la mujer sale menos rentable y la balanza se inclina hacia el lado de ellos. Y puesto que la parcialidad y los sueldos inferiores recaen sobre ellas, ellos tienen más oportunidad de seguir desarrollando su carrera profesional. Así, con frecuencia se ve que mientras que un hombre en un alto cargo puede ser que sea padre o no, en el caso de ellas generalmente se trata de mujeres sin hijos. Las madres se han ido quedando por el camino.

Por tanto, en la actualidad ser madre supone tener que aceptar empleos peor remunerados pero que dejen tiempo libre para cuidar de la familia, porque claro, alguien tiene que hacerlo… Y al final supone una doble pérdida económica ya que por un lado se ingresa menos dinero por la actividad laboral (con lo que supone para la cotización e independencia económica) y por otro se echa otra jornada tan duradera y agotadora (o más) que no está remunerada. Así pues, la madre de hoy en día se encuentra cansada, con falta de tiempo y cierta dependencia económica. Al final va a ser verdad como dicen algunas amigas mías con hijos que nos engañaron con lo de la mujer liberada que se incorpora a la vida laboral y que vivían mejor las amas de casa. Al menos ellas no estaban pluriempleadas.

Aunque en esto siempre digo que hay evidencias previas: si tu pareja hombre antes de que haya hijos de por medio y con ambos trabajando fuera de casa no asume responsabilidades dentro, seguramente no lo haga después. Es preferible trabajar para conseguir una dinámica que funcione a nivel pareja antes de embarcarse en aumentar la familia. Y si no se llega a un acuerdo, mejor romper cuanto antes y cada uno por su lado antes de que todo se complique con custodias y demás.

Volviendo al libro de Corinne Maier, la autora reflexiona también sobre lo caro que sale tener hijos. Y eso que no entra en la concepción artificial, cada vez más frecuente. A los hijos hay que alimentarlos, vestirlos, ponerles ortodoncias, gafas, comprarles libros, pagarles las actividades extraescolares, la educación no obligatoria… Cualquiera quiere lo mejor para sus hijos, así que ¿cómo les vas a privar de las clases de natación para bebés, los idiomas o las clases de música? Como bien dice en su razón número 15: el hijo es un aliado objetivo del capitalismo. Los niños, además de consumir, hacen que los progenitores consuman. Aparte de los pañales, ropa y productos de aseo, hay una lista interminables de trastos que solo usan durante pocos meses pero que parecen imprescindibles: que si la cuna de colecho, la de viaje, la cuna grande, el capazo, la silla para el coche, la de paseo, la mochila portabebés, la hamaca, el parque, el calientabiberones, el esterilizador de biberones, el escurridor de biberones, los walkies vigilabebés… Y eso es solo el principio, porque luego se unen los juguetes, los libros, las tablets, móviles y ordenadores, los instrumentos u objetos de las actividades extraescolares… En muchos casos además la llegada de los hijos supone el tener que (o querer) cambiar de coche e incluso de casa, con lo que ello supone económicamente.

Como conclusión, la autora defiende que la solución es dejar de tener hijos. Sobre todo en los países desarrollados. Y es que aunque los países menos desarrollados tienen una mayor población, el problema es la supercontaminación de los más ricos y su consumismo voraz. Va más allá: ¿Qué sentido tiene traer hijos al mundo cuando se les va a dejar un planeta condenado al desastre ecológico?

No creo que el libro vaya a hacer cambiar la opinión de nadie, pero está muy bien que se hable cada vez más de la no maternidad como opción sin que ello suscite reprobación. Al fin y al cabo, no tener hijos es una elección como otra cualquiera y tan válida como sí tenerlos. De hecho debería ponerse más en duda la capacidad y madurez de algunos para ser padres que de quienes deciden no serlo.

Serie Terminada: Juego de Tronos

Hace un mes que acabara Juego de Tronos y creo que ya es el momento en que se puede hablar de ella tras haber reflexionado sobre su final. Y también ha dado tiempo a aquellos rezagados para ponerse al día. De todas formas, por si acaso, a partir de aquí, puede haber SPOILERS.

Antes de nada he de confesar que no me senté a ver el piloto con mucha emoción. Mi pareja había empezado la saga literaria Canción de Hielo y Fuego hacía un tiempo recomendado por un amigo y, cuando salió la serie, propuso que viéramos el piloto como hacemos con tantas otras cada temporada. Sabiendo que era de corte fantástica y que no es una temática que me apasione especialmente ni en literatura ni en cine o televisión, pues ya iba en modo negación. El capítulo ya empezaba con los caminantes blancos y aquello no me despertaba especial ilusión, pero parece que el aspecto fantástico iba a ser bastante limitado al principio e iba a ir aumentando a medida que avanzara la historia, así que tenía esperanza de que el resto de la trama me enganchara para que lo demás pasara a un segundo plano. Para cuando quise darme cuenta me había encariñado de algún personaje y no podía creerme que Ned Stark hubiera sido decapitado.

Y sí, con aquello la serie despertó mi curiosidad al romper totalmente los esquemas y como era de esperar, acabé viéndola. Y ocho temporadas después, el final también me descolocó y he necesitado tiempo para tomar perspectiva y reflexionar si ha sido un buen final o no.

Para empezar, vuelvo a remarcar que yo no me he leído los libros, por lo que obviamente mi universo es bastante más reducido que el de un fan de la saga literaria. Como suele ocurrir, en la serie faltan muchos detalles, se han caído personajes y hay tramas que se han reorganizado, suprimido o reinventado, pero al final es lo frecuente en las adaptaciones y por lo que los lectores nos solemos quedar con las novelas (la única vez que no me ha ocurrido fue en The Handmaid’s Tale). Hay que aceptarlo como lo que es: una “serie basada en”. Por supuesto, entiendo que hay quien esperaba mucho más, pero hay que ser realistas y comprender que es difícil que una obra tan coral que se traduzca de un lenguaje literario a uno cinematográfico al 100%. El problema de la serie sin embargo creo que llegó cuando la serie superó a la trama ya escrita en la sexta temporada.

Y esto es algo evidente aunque una no se haya leído los libros. Llegó un momento en que la serie decayó. Y es que aunque el autor dio unas directrices sobre los puntos claves que tenían que ocurrir para llegar al final, el resto fue relleno de los productores. Aquí se notó que no había tanta coherencia, tantas horas de reflexión de la trama. No es lo mismo contar con 3000 páginas y reducirlas a un guion de una temporada de 10 episodios, que escribir desde cero. Todo se precipitó, parecía que lo único interesante era cerrar tramas y dirigirlo todo a un final. Por ejemplo, esto se veía claramente en los desplazamientos de los personajes. Así, mientras que en las primeras temporadas los viajes de los protagonistas servían para contarnos algo además del viaje en sí, en las últimas lo único que importaba era el destino.

Parece que Martin quería que se lo tomaran con más calma mientras él terminaba la saga, aduciendo que tenían material de sobra para seguir con la serie. Sin embargo, los responsables debieron pensar que el escritor iba demasiado lento (habrá que ver si no hace un Larsson) y que debían seguir su propio camino. HBO propuso a David Benioff y Dan Weiss cerrarla en 10 temporadas, pero ellos decidieron que mejor 8. Viendo que además redujeron los capítulos de las últimas temporadas (aunque con metraje más largo) me da que pensar que no querían alargar tanto tiempo la serie en gran medida porque querían cambiar de proyecto. Aunque también puede que tuviera que ver el aspecto económico. No es solo toda la producción que necesitaba en cuanto a lugares de rodaje, la cantidad de personal de grabación y postproducción que requería, sino que había que mantener a unos protagonistas principales que imagino que cada temporada querrían cobrar más dada la repercusión de la serie. Por no hablar de que los críos crecen, se convierten en adolescentes, adultos… y si alargas mucho el chicle, un personaje que se supone que tenía 15 años en la serie, acaba siendo interpretado por un actor de 40. No obstante, creo que el planteamiento de HBO era bueno. Con 10 temporadas de 10 capítulos cada una se habría cerrado todo con algo más de dignidad, sin tanta precipitación ni cabos sueltos.

Porque sí, llegamos a la última temporada y se convierte en una montaña rusa. Es verdad que Juego de Tronos fue siempre una serie (y unos libros) en la que parecía que iba a desatarse una gran guerra, pero que luego quedaba en pequeñas batallas en las que caían algunos personajes relevantes, como por ejemplo en la Boda Roja; sin embargo, creo que todos nos quedamos algo chafados con el capítulo 3 y la batalla contra los caminantes blancos. Tanto que el invierno iba a llegar, que si la gran amenaza de los muertos… y luego nos lo ventilamos en 80 minutos. No digo que no fuera un buen capítulo (yo no lo vi tan oscuro como otros se quejaron), pero me supo a poco. Entiendo que el primer episodio de la temporada fuera para reunir a todos los personajes, para poner las cartas sobre la mesa y hacer recuento de las tramas. También que el segundo fuera de preparación ante una gran batalla, de despedidas por si acaso no salen de ella; sin embargo, creo que la gran batalla podría haberse dividido en un par de episodios (al menos) manteniendo más aún la tensión.

De hecho, creo que de la temporada 6 y 7 se podrían haber sacado 3 temporadas, que la 9 podría haber tenido un arco centrado en la llegada de los caminantes, y finalmente la 10 para la batalla de los vivos. Por que sí, un capítulo para arrasar con Desembarco del Rey sabe a poco. Se echan de menos las conversaciones sobre tácticas de guerra, los tejemanejes, los engaños, las puñaladas por la espalda (metafóricas y literales) de las primeras temporadas. Porque sí, de eso iba Canción de Hielo y Fuego, de ambición, traición, violencia, sangre derramada, fuego que lo arrasa todo… De poder. ¿Y quién acaba siendo Rey? El más poderoso de todos, el que todo lo ve… Un Bran Stark del que nos habíamos olvidado mientras hacíamos quinielas entre Jon, Daeneys, Tyrion, Sansa o incluso Arya.

Nos habíamos despistado con otros personajes. Llegamos a la octava temporada con una Daenerys que a medida que ve más cerca el trono, se va volviendo más ciega de poder. Hay quien no quedó con esta progresión del personaje, sin embargo, tenía todo el sentido. Era de esperar esta evolución de la madre de dragones, pero no por su genética o ser hija del Rey Loco, sino por su obsesión por recuperar aquello que considera suyo. Desde pequeña le han contado historias sobre el Trono de Hierro arrebatado a su familia y ella tiene un objetivo claro: sentarse en él. El problema es que hemos empatizado con ella y su sufrimiento (vendida por su hermano, violada por Drogo, a punto de morir a mano de los Dothrakis… ) y que nos la creemos cuando se nombra a sí misma como rompedora de cadenas y emancipadora de los pueblos reprimidos. Pero si lo pensamos fríamente, realmente nadie se podría haber opuesto a ella. O sí, pero habría acabado calcinado, como los Tarly. Más que una libertadora es una conquistadora que cree que el fin justifica los medios, y por eso arrasa con Desembarco del Rey, no porque se haya vuelto loca. También contribuye mucho a que nos choque que se comporte así el hecho de que la temporada sea tan rápida.

Por otro lado, habíamos descubierto en la temporada anterior que Jon Snow en realidad no era un bastardo, sino Aegon Targaryen Stark, por lo que en realidad él sería el legítimo heredero al trono. Así, estaba bastante arriba en las apuestas. Sin embargo, volviendo la vista atrás, realmente es un personaje que tampoco ha hecho tanto. Por mucho que haya liderado a la Guardia de la Noche, a los Salvajes y haya convencido a todos de que había que unirse para luchar contra los caminantes blancos… lo cierto es que siempre ha ido a caballo de las acciones de otros personajes. No termina de llevar nunca la iniciativa. Y lo mismo le ocurre en esta última temporada. Sabe quién es, pero no quiere liderar. Es verdad que lo venden como que es por lealtad a su amada, que él no ansía el puesto y que ella es y siempre será su reina; pero en el fondo, sabe que Daenerys no está siendo lo justa que debería ser. Y no hace nada… pone cara triste y mira para otro lado. Y si no es por el empujón de Tyrion, él no hubiera acabado con la Khaleesi. Al final acaba exiliado en el muro (que no sé para qué hay Guardia si ya no hay caminantes) y viajando al norte con su amigo Tormund y el resto de salvajes.

Un cierre insulso para un personaje que se nos había vendido como un supuesto héroe. Tanto misterio sobre sus orígenes para luego no jugar la carta Targaryen y acabar como empezó. Jon Snow se me ha ido desdibujando con las temporadas, aunque creo que mucho tienen que ver las cualidades interpretativas de Kit Harington, que han desdibujado bastante a este supuesto héroe.

El final de Ayra que me pareció un poco simplón al acabar el último capítulo, ahora me parece que sí tiene coherencia. La pequeña Stark tenía claras sus prioridades desde pequeña, ella quería luchar, no jugar a las princesas como su hermana Sansa. Quería ser dueña de su vida, de sus batallas y no ser una consorte. Y lo consigue. Desde que ve cómo decapitan a su padre y huye, se forja a sí misma. Es un Hércules que ha de superar una serie de pruebas para volver a casa y acabar con el Rey de la Noche. No nos lo esperábamos, y sin embargo tiene todo el sentido que fuera ella quien le atestara la última puñalada.

Pero después de ese golpe de efecto, yo me esperaba algo más de acción en los últimos episodios, como por ejemplo que también hubiera acabado con Cersei, uno de los miembros de honor de su lista. Sin embargo, esta acaba muriendo sepultada bajo los escombros abrazada a su hermano Jaime en una escena un tanto simplona. Ambos personajes merecían una muerte más épica. Había otra oportunidad para Ayra en el último capítulo cuando ve en qué se ha convertido Daenerys, y más sabiendo quién es Jon. Pero aquí tampoco debieron considerar que era su momento. Entiendo que decidieron que le tocaba a Jon, pero la relevancia de Ayra se fue apagando y creo que merecía mucho más un personaje que ha hecho un recorrido tan largo. Por lo demás, entiendo que se vaya a ver mundo, va con su carácter aventurero. Ella nunca será una dama.

Quien no sólo es una dama, sino que se convierte en reina es Sansa, quizá uno de los personajes que más ha evolucionado en la serie. Comenzó como una niña que soñaba con cuentos de princesas y acabó siendo una mujer con un par de ovarios que ha defendido su casa y exigido su independencia.

Poco queda de aquella Sansa inocente que abandonó todo por un príncipe rubio de cuento de hadas que resultó ser un tirano, de aquella niña asustadiza que fue casada con el hermano odiado, de aquella adolescente que fue de nuevo casada con un perturbado y después acosada por un señor mayor que ya tenía obsesión con su madre…

Sansa comenzó siendo el claro estereotipo de la niña frágil, dócil, ingenua y guapa que se va a convertir en consorte. Lo único que se espera de ella es un matrimonio de conveniencia, que se comporte como una mujer florero y para muchos críos que perpetúen esa unión. Sin embargo, en determinado momento se adueña de su propio relato harta ya de la humillación, los golpes y la violación (tanto de su cuerpo como de su intimidad).

Creo que mucho tiene que ver la influencia de Cersei, una mujer que quería estar en el trono pero que por ser mujer, quedó relegada también a consorte siendo también ninguneada por su padre y marido. Sin embargo, supo encontrar su hueco y hacerse con el puesto. Sansa aprende de ese coraje y esa determinación porque no le queda otra. Así, pese a lo que sufre, deja atrás el victimismo y se erige como una gran estadista que se propone regresar a su casa y recuperar su reino. Y no cede ni ante Daenerys ni ante el consejo. Ella es la Reina en el Norte. Y sin haber masacrado a nadie (lo del Bolton no cuenta).

La evolución de Tyrion también es interesante. En su familia nadie le quiere ni le toma en serio (a excepción de Jaime), así que decide pasar de todo y decide vivir sus días en prostíbulos y bebiendo vino.

Pero llega un momento en que cambia y decide tomar las riendas y elegir bando en esta lucha por el poder. No obstante, llega a la temporada final dudando de si ha elegido correctamente a quién rendir lealtad e intenta darle la vuelta a la tortilla empujando a Jon a que mueva ficha. Sin duda también es un gran estadista, y así lo demuestra como mano de la reina (aunque también se equivoque en sus predicciones) y finalmente en la cumbre cuando propone a Bran como rey sentando así las bases de una nueva monarquía en la que el heredero no lo será por sangre sino elegido entre y por los nobles. Como decía más arriba, esto no lo habíamos visto venir y se nos quedó la misma cara que a Sansa. ¿Bran rey?

Pero ahí está Tyrion para exponer todo un alegato a su favor con una reflexión sobre la importancia de las historias. Y es que al final, quien cuenta la historia tiene el poder, ya que elige qué y cómo lo cuenta. Quien posee el relato de los sucesos, posee el poder. Y esto nos lleva a otra pregunta: ¿Bran Stark ya sabía que iba a ser rey? ¿Lo ha orquestado todo manejando al resto de personajes como si de marionetas se tratara? Recordemos que es quien le da la espada a Arya, quien insiste a Sam de que le cuente a Jon quién es, quien al final acaba descubriendo los orígenes Targaryen de este a sus hermanas… ¿Es por eso por lo que dice que no le corresponde ser Lord Stark? Porque luego ante la proposición de Tyrion bien que dice “por eso estoy aquí”. Hablaríamos entonces del mayor villano de todos.

En fin, muchas preguntas sin resolver, muchos cabos sueltos que se han quedado sin respuesta. Por ejemplo, ¿es en realidad Tyrion un Targaryen? ¿Quién era el rey de la noche? ¿Por qué no ardió? ¿Quién es la víctima de ojos verdes de Arya de la profecía de Melisandre? ¿Qué ha pasado con las cartas de Varys? ¿Sirvieron para algo? ¿Cómo puede ser que los Dothraki y los Inmaculados se vayan sin más? ¿Por qué nadie más reivindica su independencia cuando lo hace Sansa?

Supongo que nunca lo sabremos, porque aunque Martin acabe la saga, a saber los caminos que toma. Toca despedirse de este Juego de Tronos tras 73 capítulos con una moraleja bastante simplona. Mucho hablar de romper la rueda, pero en realidad acaba como empieza, con los nobles en el poder tomando las mismas decisiones. Y seguramente con conflictos dinásticos en el horizonte que conducirán de nuevo a una guerra de sucesión. Nada nuevo bajo el sol.

Nadie lo ha visto, Mari Jungstedt

Una reciente tendinitis en la rodilla me ha llevado a pasar unos días con movilidad reducida y apalancada en el sofá. Oportunidad ideal para hacer maratón de series (y justo con la vuelta de Juego de Tronos), pero también para dedicarlo a la lectura.

Últimamente me cuesta encontrar un título que me atraiga, ya que me da la sensación de que todos los libros nuevos que van saliendo tienen los mismos argumentos, así que tiré de fondo de novela nórdica y de una autora que no había tocado hasta la fecha: la periodista sueca Mari Jungstedt.

Aún tengo un par de novelas pendientes de Camilla Läckberg y de su saga de Fjällbacka, pero decidí comenzar con esta serie del inspector Anders Knutas que ya acumula 11 libros. Su primera entrega es Nadie lo ha visto (Den du inte ser) y aunque fue publicada en Suecia en 2003, llegó a España en 2009.

Según podemos leer en la sinopsis de la contraportada La temporada turística empieza en la aparentemente tranquila isla sueca de Gotland. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla en la que pasó los primeros años de su vida y celebra una fiesta con sus amigos de la infancia. Pero Helena bebe más de la cuenta y acaba bailando con su amigo Kristian y provocando los celos de su marido Per. Cuando ya no puede soportarlo más, Per reacciona de forma violenta y pone punto y final al buen ambiente que se respiraba. Al día siguiente, Helena está paseando por la playa reflexionando sobre lo ocurrido cuando es salvajemente atacada. Cuando se encuentra su cuerpo, cruelmente asesinado, su pareja es inmediatamente inculpada.

Pero unos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en las mismas circunstancias. La psicosis se apodera del pueblo y el inspector Anders Knutas debe acelerar las investigaciones antes de que el asesino golpee de nuevo. Para ello cuenta con la colaboración, no siempre deseada, del inquieto periodista Johan…

Cuenta con el esquema clásico de la novela negra: un asesinato, la línea de investigación de la policía, el relato de la prensa y un acontecimiento pasado que sirve como nexo entre el asesino y la/s víctima/s. Sin embargo, no está al nivel de otros libros del género. No me ha enganchado tanto. El desarrollo es prácticamente lineal y la trama sencilla y predecible hacia mitad de la novela. No hay ningún giro que genere expectación.

Los personajes por su parte quedan bastante desdibujados. Y es algo que ocurre tanto con los secundarios como con los principales, por lo que no he llegado a empatizar ni con el periodista Johan Berg, ni con Knutas y mucho menos con su compañera Karin Jacobsson. Es verdad que va soltando pinceladas del inspector, su mujer comadrona y sus gemelos, pero poco más. En muchas ocasiones he tenido la sensación de que aporta datos que no son relevantes para la historia.

Y no solo con los personajes, sino también con las descripciones tan extensas sobre los lugares en los que se va desarrollando la historia. No dudo de la belleza de la isla de Gotland y de la de Visby, su capital, que además es Patrimonio de la Humanidad, pero parece como si los detalles estuvieran metidos con calzador en un lugar inoportuno a modo de relleno y no como escenario.

También me chirría la subtrama romántica y el aspecto sentimental. Con tanto enredo queda una novela en la que la trama policíaca resulta bastante deficiente y poco sorpresiva. Apenas hay toque de suspense ya que lo que menos seguimos es la investigación.

La prosa de Jungstedt no tiene nada que ver con la de Maj Sjöwal y Per Wahlöö, que pretendían hacer crítica social en sus novelas. Tampoco con la saga Millenium, más centrada en la investigación periodística y tejemanejes empresariales. A priori puede acercarse más a Läckberg (por aquello de que parece que le interesan más las relaciones personales), pero en realidad tampoco ahonda especialmente en ello. La de Fjällbacka dota de más carácter a sus personajes y sus historias tienen mucho más trasfondo. Quizá porque en sus novelas hay dos tramas paralelas que se cruzan en determinado momento, por un lado la de la escritora Erika y por otro la del policía Patrik. Ambos protagonistas están bien conformados y cuentan con un relato propio. En Nadie lo ha visto, como decía antes, sin embargo no hay investigación. Ni la de Knutas (que parece ir únicamente de un escenario del crimen a otro pasando entre medias por algún interrogatorio), ni la de Berg (que va cubriendo las noticias de los asesinatos sin más).

Así, la novela se queda en un quiero y no puedo. Parte del patrón de la novela negra escandinava, pero no aporta nada novedoso al género ni en argumento, ni en narración, ni en personajes. Resulta entretenida, es verdad que no me ha resultado tan tediosa como Aurora Boreal de Åsa Larsson, pero sin más. Quizá se deba a que es su primera publicación y la cosa va mejorando con las entregas, así que es probable que le dé una oportunidad al siguiente libro de la saga, Nadie lo ha oído. Eso sí, antes de más experimentos retomaré los dos pendientes de la saga de Läkberg :Tormenta de nieve y aroma de almendras y La bruja.

La Magia del Orden, Marie Kondo

Marie Kondo se ha puesto de moda recientemente gracias a su serie de Netflix (ya llegaremos a ella), pero esta japonesa – que ya desde niña tenía obsesión por el orden-  lleva ya unos años dando consejos con su método KonMari. Yo la conocí por su libro La Magia del Orden, donde aborda la organización como una especie de terapia y cambio de vida.

Aunque suene todo muy zen y muy japo, lo cierto es que razón no le falta. Como bien dice, cuando tenemos un espacio desorganizado, tendemos a vaciarlo, limpiarlo y reorganizarlo después con algún elemento de almacenaje. Pero claro, los trastos siguen ahí, lo único que hacemos es quitarlos de la vista y con el tiempo se irá llenando más, se volverá a desorganizar y vuelta a empezar, lo que supone una pérdida de tiempo. Por el contrario, ella plantea un método más definitivo, y de ahí lo del cambio de vida, porque nos lleva a replantearnos cómo queremos vivir, qué queremos mantener en nuestra casa, a qué le queremos dedicar el tiempo (y es que limpiar y organizar nos consume horas de vida. Y también en buscar algo que no sabemos dónde está).

Así, tras dar el primer paso y comprometernos a ser ordenados y pensar en nuestro objetivo, toca remangarse y ponerse manos a la obra.

En primer lugar, antes de organizar hay que eliminar. Sí, toca descartar. Yo lo veo como si fuera a hacer una mudanza: es más lógico hacer una limpia antes de empaquetar, pues así tendremos menos que mover de una casa a otra. Pues en este proceso igual. Fuera cosas innecesarias, rotas, que llevan años sin ser usadas. Marie Kondo le da un punto más místico y nos aconseja que nos quedemos solo con aquello que nos haga felices. Yo preferiría hablar de objetos que cumplen una función, pues eso de los bienes materiales nos produzcan felicidad me chirría un poco. Pero bueno, tiene más que ver con su cultura japonesa. Este proceso de desechar puede ser complejo al principio, pero poco a poco se va haciendo más fácil. Y no solo aligera la casa, sino que también deja la mente un poco más despejada.

¿Y por dónde empezamos a hacer esta criba? Pues según el Método KonMari mejor hacerlo por categoría y no por almacenamiento. Se trata de un proceso que ha de servir como cambio de mentalidad, por lo que recomienda hacerlo de golpe. Es una purga que ha de hacerse del tirón, nada de poco a poco en limpiezas de primavera u otoño. Y a ser preferible solos, pues la familia puede interferir más que ayudar.

Como decía al principio, solemos abrir un espacio, vaciarlo, limpiarlo, reorganizarlo y listo. Sin embargo, esto tiene un problema y es que no nos hacemos a la idea del volumen de posesiones que tenemos o incluso de que guardamos objetos repetidos guardados en varias habitaciones. Así, Kondo propone hacer limpia por categoría y agrupar todo lo que haya repartido en varias estancias para tomar consciencia.

Y sugiere empezar primero por la ropa, después con los libros, los papeles, miscelánea y finalmente con los objetos que tienen un valor sentimental. Aconseja seguir este orden porque iremos de más fácil a más difícil, de forma que cuando lleguemos a lo sentimental ya iremos en velocidad de crucero y estaremos más sueltos a la hora de filtrar lo que sí y lo que no nos vamos a quedar (donar, regalar, vender o tirar).

La ropa sería lo más sencillo según Kondo porque así a simple vista ya nos vienen a la mente prendas que no nos valen, que no nos sientan bien, que han pasado de moda o están ya viejas (no está para nada a favor de que la ropa vieja pase a ropa de estar por casa). Ahí tenemos medio camino hecho.

Con los libros quizá no sea tan fácil reducir la biblioteca a tan solo 30 como sugiere, aunque es verdad que hoy en día con los formatos digitales quizá no guardamos tantos. En cuanto a los papeles y revistas siempre hay contratos o facturas que fiscalmente ya no sería necesario guardar y por tanto ahí también ya tenemos un pequeño paso hacia el filtrado. En concreto ella recomienda mantener dos subcategorías: lo que hay que conservar (contratos de servicios, la hipoteca…) y lo que requiere una gestión (facturas que hay que pagar, por ejemplo).

Así, según el método con cada una de las categorías debemos agrupar todo en un espacio amplio e ir tomando cada objeto y hacernos la misma pregunta: ¿Me produce alegría? Si no somos tan místicos, pues podemos preguntarnos si nos aporta algo tener ese objeto en nuestras vidas. En función de si la respuesta es afirmativa o negativa, iremos haciendo montones. Uno para lo que se queda, otro para lo que se va (a lo que le daremos las gracias por su servicio prestado. Sí, muy oriental).

Una vez que hemos hecho ese filtro y hemos reducido nuestras posesiones toca recolocar de forma eficiente. Pues bien, la japonesa nos recomienda reutilizar cajas de zapatos vacías u otros recipientes que ya tengamos. Nada de lanzarse a la tienda y volverse loco con productos de almacenaje. Además, se supone que como el volumen de objetos se habrá visto reducido, nos sobrará espacio de sobra. Las cajas permiten que los objetos no queden desperdigados (imaginemos por ejemplo un cajón del baño con los productos de aseo o maquillaje, o una despensa donde podamos agrupar todas las especias o los utensilios de repostería que usamos de vez en cuando). Lo importante es organizar todo de forma que quede a la vista y accesible. De ese modo nos será más sencillo saber qué tenemos y podremos llegar a ello sin problema. Esto sirve tanto para la ropa, como para los papeles o la despensa de la cocina.

En el caso de la ropa recomienda crear subcategorías y guardar por un lado las camisetas, por otro los pijamas, por otro la ropa interior y calcetines, por otro los accesorios… Además, no es muy amiga de colgar demasiadas prendas, solo blusas o chaquetas. Propone guardar la ropa doblada en vertical para que así sea más visible todo el cajón. Y he de reconocer que es muy útil. Para baldas quizá da un poco igual porque sí que ves las prendas, pero en un cajón tan solo veríamos la de arriba del todo, y como tenga mucho fondo, habrá algunas que quedarán olvidadas atrás.

Para las pocas prendas que vayan a ser colgadas, recomienda organizarlas según tonalidad de color (como si eso fuera un Pimkie) quedando las más ligeras a la derecha y las más fuertes a la izquierda. Yo esto lo haría al revés, pero porque mi puerta corredera primero me deja a la vista el lado izquierdo.

Tampoco comparto su idea de tener toda la ropa en el armario y no guardar la de fuera de temporada. Quizá le funcione en Japón, pero con el clima de Madrid en que en invierno tenemos máximas de 10 y mínimas bajo cero y veranos cuyas temperaturas no bajan de 20º y fácilmente llegan a los 40º, pues me va a perdorar la señora Kondo, pero no le veo sentido a tener las camisetas de tirantes junto a las de manga larga o los jerseys de cuello vuelto junto a los pantalones cortos.

En otro aspecto en el que difiero con la japonesa es en lo de vaciar el bolso cada día. Lo veo innecesario y puede causar más problemas que ventajas. No termino de ver tampoco lo de guardar los bolsos uno dentro de otro. Sí, está muy bien cuando son de gran tamaño y de asa, pero para otro tipo de modelos seguro que me olvidaría de los que tengo, pues solo vería los de fuera.

Por lo demás, salvando las distancias culturales, es un método que no deja indiferente y del que se puede sacar una buena inspiración. No veo factible lo de hacer esa limpieza de toda la casa de golpe, porque puede resultar abrumador, pero quizá una categoría cada semana o cada 15 días sí que sirva como empujón para darle un nuevo aire a la vida. Y es que este proceso que propone Marie Kondo nos empuja a un diálogo interior sobre qué esperar de nosotros mismos y sobre cómo queremos vivir. No se trata de un proceso únicamente material, sino que conlleva una retrospectiva.

Tras esta purga y reorganización hay que cambiar el chip y conseguir mantenerlo. Así, guardar cada cosa en su lugar (por ejemplo guardar el abrigo y bolso al llegar a casa) y no volver a comprar compulsivamente para no volver a almacenar innecesariamente. Además, uno empieza por la ropa, sigue con los libros, papeles, revistas, revisa objetos sentimentales, se deshace de trastos y lo siguiente que va detrás es reducir el número de muebles, ya que a menos cosas que guardar, menos almacenaje se necesita. Sobrarán cachivaches decorativos y nos acercaremos más al minimalismo, que siempre es una buena idea. No solo por reducir el consumismo, sino porque el orden reduce el estrés y ahorra tiempo. Y de tiempo vamos siempre escasos.

Tras La Magia del orden, libro del que se han vendido más de cinco millones de ejemplares y que se ha traducido a más de treinta idiomas, Kondo publicó una continuación, La felicidad después del orden, una guía ilustrada de su método. Además, tiene un tercer libro, La magia del día a día (La magia del orden): Diario (Cuerpo y mente), que sirve de acompañamiento de La magia del orden con frases inspiracionales. Muy Mr Wonderful todo.

La hija del relojero de Kate Morton

La hija del relojero es el último libro de Kate Morton, una autora australiana que ha vendido más de once millones de ejemplares en todo el mundo de sus cinco novelas anteriores.

Argumento:

¿Mi nombre verdadero? Nadie lo recuerda. ¿Los sucesos de aquel verano? Nadie más los conoce.

En el verano de 1862, un grupo de jóvenes artistas, guiados por el apasionado y brillante Edward Radcliffe, viaja a Birchwood Manor, una casa de campo en Berkshire. Tienen un plan: vivir los siguientes meses recluidos y dejarse llevar por su inspiración y creatividad. Sin embargo, cuando el verano toca a su fin, una mujer ha muerto de un disparo y otra ha desaparecido, se ha extraviado una joya de valor incalculable y la vida de Edward Radcliffe se ha desmoronado.

Unos ciento cincuenta años más tarde, Elodie Winslow, una joven archivista de Londres, descubre una cartera de cuero que contiene dos objetos sin relación aparente: una fotografía en sepia de una mujer de gran belleza con un vestido victoriano y el cuaderno de bocetos de un artista en el que hay un dibujo de una casa de dos tejados en el recodo de un río. ¿Por qué ese boceto de Birchwood Manor le resulta tan familiar a Elodie? ¿Y quién es esa hermosa mujer que aparece en la fotografía? ¿Le revelará alguna vez sus secretos?

Narrada por varias voces a lo largo del tiempo, La hija del relojero es la historia de un asesinato, un misterio y un robo, una reflexión sobre el arte, la verdad y la belleza, el amor y las pérdidas. Por sus páginas fluye como un río la voz de una mujer ya libre de las ataduras del tiempo y cuyo nombre ha caído en el olvido: Birdie Bell, la hija del relojero, la única persona que vio todo lo sucedido.

Como ya nos describe la sinopsis del libro, y como viene siendo habitual en Morton, tenemos dos hilos narrativos unidos por un misterio. En este caso la novela comienza con Elodie Winslow en el Londres de 2017, quien está a punto de casarse con su prometido Alastair y va un poco de cabeza con los preparativos de la boda y las peticiones de su futura suegra (que es quien realmente está organizando todo). Pero el caos y el estrés por el enlace quedarán en pausa cuando en su trabajo como archivista de la empresa Stratton, Adwell & Co descubre un boceto de una mansión que automáticamente la lleva a su infancia y al cuento favorito que le narraba su madre.

La historia tarda en arrancar. Es lógico que la autora quiera presentar al personaje, con sus personalidad, sus dudas, su situación, ya que necesitamos ese punto de partida; pero viéndolo en conjunto, con la novela finalizada, me da la sensación de que hay una buena parte innecesaria. En cualquier caso, una vez que ya se nos ha introducido a Elodie y el misterio de la casa (y la foto de una mujer desconocida) su búsqueda de respuestas nos sirve como hilo de Ariadna de esta historia.

Y mientras tanto, se nos intercala con otra voz narrativa, la de una niña que podría haber salido de un cuento de Dickens: una huérfana en el Londres victoriano que se ve obligada a recurrir a la picaresca, al robo y a las trampas para sobrevivir. Es la hija del relojero que da nombre al título, y poco a poco iremos conociendo su destino, con algún golpe de suerte y muchos reveses.

En medio de ambas mujeres está Birchwood Manor, el común denominador en todas las épocas, esa imponente mansión que en su día atrajo al pintor Edward Raddcliffe, autor del boceto que encuentra Elodie y enamorado de la mujer de la fotografía, Lily Millington. Conociendo su desdichada historia unimos todas las piezas.

Además, la novela cuenta con varios secundarios, aunque no todos están desarrollados de la misma forma. Destacan Tip (tío abuelo de Elodie), Ada o Juliet, pero sobre todo el relato gana con el personaje de Lucy, la hermana de Edward, una mujer con sed de conocimiento mente ágil y curiosa que se ve encorsetada en la sociedad en la que le ha tocado vivir. En otro nivel inferior estarían los miembros de la Hermandad Magenta (de quienes poco conocemos más aparte de sus nombres y un par de detalles), Jack, o el padre de Elodie (a quien se echa de menos al final).

Siendo fiel a sí misma, Morton construye una novela con su sello particular, ese que la ha llevado al éxito. Es una autora de ritmo pausado que recurre a protagonistas femeninas potentes para construir unas novelas en las que predominan las intrigas familiares, los misterios sin resolver. La escritora australiana cuida la ambientación, las emociones de los personajes y suele añadir un componente artístico (en este caso tenemos la pintura con Edward, la fotografía con la hermandad y la música con la madre de Elodie). Sin embargo, en este caso le ha quedado un libro un tanto flojo.

Paso por alto que comienza lento, porque ya me esperaba una narración tranquila, paciente, que va soltando detalles que comienzan a tener sentido a medida que avanza la trama. De hecho se agradece este ritmo con tanto salto temporal y cambio de personaje. Pero no puedo obviar el haber acabado con la misma sensación que tuve cuando terminé El último adiós. De nuevo me quedé un poco decepcionada por el final abrupto y la falta de cierre de la historia del presente. Después de la cantidad de páginas que le dedica a Elodie al inicio para que empaticemos con ella, sorprende que, al final, una vez resuelto el misterio de la hija del relojero, nos quedemos sin un epílogo que profundice en la vida del personaje. Insisto en que no hay que darlo todo mascado, pero sí que me faltó una conversación con su padre, incluso con su tío o su prometido. Por no hablar de Jack, un personaje que no sé ni de dónde sale ni adónde va. En mi opinión es prescindible.

En resumen, mantiene el estilo Morton (algo que me gusta), pero hay personajes de más y me falta un breve capítulo final. Esperemos que su próxima novela me deje mejor sabor de boca.

Morder la manzana, Leticia Dolera

Después de trabajar tanto en la pequeña como en la gran pantalla (tanto delante como detrás de las cámaras), Leticia Dolera debuta como escritora con Morder la manzana, un ensayo sobre feminismo.

El libro arranca con una escena familiar: un grupo de amigas tomando algo y charlando de la vida. De sus trabajos, de sus parejas o falta de ellas, de cómo les ha ido la semana, de sus preocupaciones y de alguna anécdota. En esta conversación una de ellas cuenta una desagradable escena en un taxi que desencadena en una revelación: todas han vivido algún tipo de situación de acoso o abuso (en mayor o menor medida) y les ha costado reaccionar, lo que después les ha llevado a una sensación de culpabilidad por no haberlo parado a tiempo. Así, lo que parecía anecdótico, algo excepcional o resultado de la mala suerte, se muestra como sistémico.

Y a partir de ahí Dolera intercala sus experiencias personales (y de su entorno) con referencias feministas con un lenguaje ágil y coloquial. Repasa nociones básicas de conceptos (como patriarcado o micromachismos), resume brevemente la historia del feminismo y hace referencia a otros aspectos tan enraizados en la sociedad como los roles de género, la falsa libertad sexual de la mujer ( o puta o monja), el canon de belleza que hipersexualiza el cuerpo de las mujeres, el mito del amor romántico (media naranja, celos, el amor todo lo puede), el miedo a no encontrar pareja o no ser madre, la rivalidad entre mujeres, la cultura de la violación o los piropos.

A la vez, mientras va combinando sus experiencias con la parte algo más teórica, reflexiona sobre sus propias contradicciones al intentar abandonar las pautas patriarcales estando dentro de una industria en la que estos roles están muy vivos (mujeres a las que se las valora por su físico o edad (cuanto menos, mejor) frente a hombres a los que se les tiene en cuenta la experiencia o aptitud para el trabajo).

El resultado es un libro accesible y básico. No pretende ser una obra teórica, sino de acercamiento, de iniciación. La misma autora explica que es el libro que le hubiera gustado leer a los 18 años, así que imagino que de ahí viene la redacción desenfadada y el vocabulario cercano sin entrar en demasiados tecnicismos. Busca empatizar con la lectora por medio de experiencias tan comunes como son las críticas a tener demasiado carácter, al cuerpo o a la sexualidad; el miedo a volver a casa de noche, a salir a correr por lugares desiertos, a quedarse a solas con un tipo que no conoces mucho…

Sin embargo, a pesar de que resulta fácil verse identificada en muchos pasajes, me ha resultado demasiado superficial. Sí, ya sé que es lo que pretendía la autora, pero comparado con Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, se queda muy corto. Barbijaputa también presenta un libro bastante ligero y sencillo, pero afrontado de otra manera, con una estructura que permite ir paso a paso afrontando definiciones de conceptos e historia del feminismo combinados con situaciones cotidianas. Aunque en honor a la verdad, Barbi es columnista y se encuentra más en su medio. En cualquier caso, bienvenido sea como un primer acercamiento al feminismo.

The Handmaid’s Tale – El cuento de la criada

Mucho se habló en 2017 de The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), una serie que ha ganado ocho premios Emmy y que está basada en la novela homónima de Margaret Atwood, autora que fue condecorada con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008.

La novela fue publicada en 1985, cuando estaba reciente la victoria del régimen de los ayatolás en Irán y a la vez en varios estados de EEUU aprobaron leyes contra el aborto. Y ahora, cuando parece que estamos retrocediendo en lo que a libertades de las mujeres se trata, es más actual que nunca.

La novela ya fue adaptada para el cine en 1990, sin embargo, pasó sin pena ni gloria. Quizás porque tuvo que concentrar en apenas hora y media todo el relato. Aunque parece que también influyó el hecho de que el director y el guionista decidieran presentarla como un triángulo amoroso y se olvidaran del trasfondo. También ha sido ópera y obra de teatro. Pero parece que lo que realmente ha encajado ha sido el carácter episódico de una serie de televisión y en el lenguaje audiovisivo de este siglo. O quizás es que este es el momento adecuado.

The Handmaid’s Tale es una distopía que transcurre en un futuro no muy lejano de los Estados Unidos en el que tras una amenaza terrorista islámica se comienzan a recortar libertades de la sociedad. Después de un golpe de Estado nace la República de Gilead, con un gobierno fundamentalista y puritano. En un contexto en el que la contaminación ambiental ha provocado un alarmante descenso de la natalidad (y niños nacidos con deformidades o discapacidades) se establece una nueva jerarquía en la que las mujeres son despojadas de sus derechos (como trabajar o tener independencia económica) y pasan a ser meras vasijas incubadoras a disposición del Estado. Es decir, ni siquiera son poseedoras de su propio cuerpo.

En esta sociedad totalitaria y teocrática, son clasificadas en función de su capacidad reproductiva, ya que la fertilidad es el único valor de la mujer. Las lesbianas son consideradas traidoras a su género y son “reconvertidas”. Queda así una sociedad estratificada en Esposas, Criadas, Marthas, Tías, Jezabel, Hijas, mujeres de clase baja y mujeres no válidas.

Las esposas visten de azul y son amas de casa. Se encargan de su marido, de llevar la casa, de controlar a la criada, y de criar a los hijos (si los consiguen). Su vida social consiste en acompañar a su marido a actos públicos o en relacionarse con las otras esposas en reuniones para tomar el té o celebrar algún nacimiento. Como entretenimiento pueden dedicarse a las manualidades como el jardín, pintar o tejer.

Las criadas (o doncellas) son las mujeres fértiles. Son detenidas y reeducadas para pasar a servir a la élite como incubadoras. Son violadas una vez al mes (en su ovulación) en una ceremonia pseudo-religiosa en el lecho conyugal mientras la esposa la apoya en su vientre y le sostiene los brazos. Solo pueden relacionarse entre ellas, siempre de dos en dos (para vigilarse una a la otra), y apenas pueden hablar salvo frases establecidas, casi como un guion. Visten de rojo – el color de la sangre – con una especie de toca blanca en la cabeza que les impide ver su alrededor y pierden hasta su nombre. Asumen el de su Comandante, el señor de la casa. Cada dos años cambian de casa y cuentan con tres oportunidades para engendrar una criatura. Si no se quedan embarazadas son enviadas a las colonias a limpiar residuos radiactivos, o directamente ejecutadas.

Las Marthas van de verde y se encargan de cocinar y limpiar la casa. Son mujeres que ya pasaron su etapa fértil.

Las Tías van de marrón y son las educadoras. Son las encargadas de someter a las criadas. Con su curso de formación las vuelven sumisas a base de rezos, entrenamientos y severos castigos. Portan una varilla eléctrica como la que se usa con el ganado para “enderezar” a las que se resisten.

Las hijas van de blanco hasta que se convierten en Esposas. Se espera que las nuevas generaciones ya sean fértiles.

Las llamadas Jezabel son las trasladadas a los prostíbulos, generalmente por su rebeldía.

Las mujeres de clase baja visten de rayas y se ocupan de la función de esposa, criada y Martha.

Y por último, las que no sirven para ningún grupo anterior, son enviadas a las colonias.

Cada Comandante puede tener en su casa a una esposa, una criada y una Martha.

En Gilead además están los Ojos, una especie de vigilantes de paisano camuflados en la cotidianidad, y los Ángeles, que controlan los desplazamientos de los ciudadanos de una forma similar a un ejército.

Esta nueva sociedad están prohibidos los periódicos y la divulgación de la ciencia así como los vicios o el alcohol. Se han cerrado las universidades, el dinero ya no existe y el café queda relegado a la élite.

Normalmente suelo leer el libro y después ver la adaptación televisiva o cinematográfica. Sin embargo, en este caso tras ver los tres primeros episodios decidí comenzar el libro. No era necesario, pero era una forma de vivir la experiencia completa y completar el relato, de no perder detalle. Sin embargo por primera vez en mi vida, me quedo con la adaptación. No sé si iba con las expetativas demasiado altas o que se le notan los 30 años que han pasado, pero me da la sensación de que le falta algo a la narración. Y comparada con la serie, esta gana de calle.

Y eso que me costó arrancar. El piloto me resultó muy lento, y no terminaba de entrar en la historia. Sin embargo, me ganó su fotografía, esos planos con todas las criadas de rojo y blanco en grandes espacios abiertos que se adueñan de la pantalla. Y como contraste, unos espacios cerrados minimalistas en los que apenas entra un rayo de luz y crea un ambiente claustrofóbico.

La protagonista es Offred (Defred en la versión española), una de estas mujeres que se han convertido en esclavas del sistema. En una vida anterior ella era June, una mujer independiente, que trabajaba, que estaba casada y tenía una hija. Sin embargo, con el nuevo gobierno todo eso le fue arrebatado. Intentó escapar, pero fue capturada, y no sabe nada de su familia desde entonces. Su motivación para seguir adelante en este calvario es el recuperar un día a su hija.

A medida que avanzan los capítulos vemos la rutina de Offred en la República de Gilead. Su existencia reducida a su habitación y al mercado. Ella misma nos guía con su voz en off, por lo que conocemos sus miedos, sus preguntas, sus desconfianzas, sus esperanzas, su sarcasmo… Esta narración permite también explicar el organigrama de la sociedad y sus ritos.

A la vez, esta historia se entrelaza con los flashbacks de los personajes principales, lo que nos da a conocer cómo han llegado hasta ahí. Hay una tercera línea temporal, que es el presente de Luke, el marido de June, y cómo consiguió escapar y lucha por encontrarla. Poco a poco, vamos uniendo los retazos hasta componer un puzle.

La historia atrapa por su dureza y porque en el fondo no parece tan distópica como se presenta de inicio. Elisabeth Moss está brillante en el personaje y sus primeros planos lo dicen todo. Expresa sensibilidad, fuerza, asco y odio con tan solo una mirada. Y es que con esa vestimenta, su cara es lo único que le queda visible.

En The Handmaid’s Tale los personajes están muy bien trazados, hasta el último secundario. Las criadas, Tía Lidia, pero sobre todo Serena Joy, una mujer sobria que despierta odio y lástima en igual medida. Ella fue una de las ideólogas de esta República, cuando aún era una mujer trabajadora e independiente. Junto con su marido, sentó las bases de esta nueva sociedad, sin embargo, a medida que fue tomando forma, la dejaron de lado. Ahora ha quedado relegada a su posición de esposa y, aunque no puede evitar recurrir a una criada, en la realidad parece verla como una rival y tener celos de ella. Yvonne Strahovski, a quien ya conocía de Chuck y Dexter, tiene un físico que le permite mostrarse tanto dulce como fría y las escenas que comparte con Moss son brutales.

En una entrevista el showrunner comentaba que había decidido cambiar el personaje de Serena por una mujer más joven para que la confrontación de ambas mujeres fuera más real. Mientras que en el libro la esposa es mayor y tiene una pequeña cojera, aquí es de la misma edad que la criada. Esto permite que sea más visual su enfrentamiento. Que incluso se pueda pensar que en un mundo pre-Gilead, podrían haber sido amigas.

Además se han introducido cambios en otros personajes. Por ejemplo, conocemos el destino de Deglen, la compañera de Defred. También el de Moira o Luke, que en la serie se reencuentran mientras que en el libro no sabemos qué ocurre con ninguno de los dos, ya que solo tenemos el punto de vista de Defred. Por otro lado, la serie nos permite adentrarnos más en el pasado de Nick y de los Waterfords mediante los flashbacks, conformando unos personajes más completos.

Sin embargo, la madre de June ha sido borrada de un plumazo. Aunque en la novela reflexiona varias veces sobre la relación que tenían y sobre el activismo feminista de su madre, en la serie ni se menciona.

No es el único cambio con respecto a la novela. También se han modificado algunas escenas, reordenado las tramas y actualizado algunos aspectos (como incluir redes sociales o referencias a la tecnología). Todo esto, unido al aspecto visual, hace que la serie quede más redonda que el libro, con una estructura más coherente.

El soliloquio en la novela resulta a veces frío y muy cansino. En la serie, por contra, al añadir las imágenes y la música, los pasajes reflexivos ganan otro cáriz más efectivo. Tenemos en una misma escena la fachada de cara a la galería, esas normas que tiene que cumplir la criada, y por otro lado, su frustración, angustia y desesperación.

El epílogo del libro nos aporta algún dato que hace entender el relato desordenado de la criada. Simula una conferencia del año 2195 en el contexto del Duodécimo Simposio de Estudios Gileadianos. En él, diferentes ponentes exponen sus teorías sobre el Régimen de Gilead, que parece que ha quedado superado. Se aborda el nacimiento, el desarrollo y el funcionamiento de aquella sociedad y completa la narración. Estas notas explicativas se han incorporado a la serie desde el principio y permiten un acercamiento diferente.

The Handmaid’s Tale trata muchos temas: los Derechos Humanos, el control de la sociedad mediante la opresión, el poder y la censura, la pérdida de derechos, el medioambiente, el fanatismo religioso. Mucho se ha hablado de que es una serie feminista, pero yo no la veo tanto como una crítica al machismo, sino al totalitarismo y abuso de poder. Lo que ocurre es que siempre que una sociedad es desigual, la mujer es la que más lo sufre.

Sin embargo, no me parece feminista por muchas razones. Para empezar porque las mujeres siguen siendo retratadas como malvadas. Las mujeres siguen siendo enemigas de las mujeres. En este caso las criadas fértiles frente a las esposas estériles (aunque también lo son sus maridos pese a que ellos eso no lo digan). Esta vez no se enfrentan unas a otras por un hombre o por ver quién es más guapa; pero al final está esa lucha, esos celos, esa competitividad. El mejor ejemplo es el de Serena vs Defred y el hecho de que el showrunner haya decidido que sean dos mujeres jóvenes las que estén frente a frente, luchando como dos leonas.

Las esposas son víctimas de su propio sistema. Está muy claro en Serena, que fue una de las ideólogas y que incluso escribió un libro en su época pre-Gilead. Como decía Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Las víctimas están de su lado, contra su propio beneficio. Para crear a Serena, Atwood se inspiró en Phyllis Schlafly, una congresista que se oponía a la Ley de Igualdad bajo el pretexto de que “le robaría a las mujeres el maravilloso derecho de ser esposa y madre a tiempo completo en su casa a cuenta de su marido”.

Pero si las esposas son unas auténticas villanas, las Tías son directamente unas sádicas. Se supone que tienen poder, pero no dejan de estar al servicio del sistema heteropatriarcal.

No es feminista que cuando la protagonista está privada de libertad lo que le recuerde al pasado y le dé un momento de desconexión sean las revistas “femeninas”, esas que te imponen otro tipo de dictadura, la de la estética. Maquíllate así, haz esta dieta, copia este look, así conquistarás al hombre… y todo ese tipo de patrañas. No sé, a lo mejor estando en un despacho lleno de libros, el Comandante le podría haber ofrecido uno. Las criadas también tienen prohibido leer, por lo que se habría mostrado esa transgresión igualmente sin necesidad de caer en banalidades.

Tampoco es feminista por el modo en que se afronta el amor. Defred y el Comandante tienen una conversación en que él le pregunta que qué es más importante que los hijos y ella responde que el amor. Y a mí esa conversación me recordó Kate Millet, quien afirmó que “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”. Y es que se habla mucho de que El cuento de la Criada trata sobre el drama de las mujeres que son forzadas a entregar su cuerpo a familias más adineradas, pero luego la autora pone en boca de esa protagonista que no es dueña de sí misma que lo importante es el amor. Pues no sé, yo habría pensado en mi libertad antes que en el amor…

Por eso quizá me chirría un poco la trama con Nick. No entiendo esa necesidad de meter una relación con el chófer más allá de que le sirve como aliado para escapar. Tampoco me convence la relación con Luke, ese marido que cuando June ha sido despedida y se ha dado cuenta de que le han congelado su cuenta le dice “no te preocupes, yo cuidaré de ti”. Ah, pues muy bien, ella ha perdido toda su independencia, pero no importa, ahí está el príncipe azul al rescate.

Para mí tampoco es feminista el abordaje que se hace de los niños y la maternidad. Sí, es cierto que hablamos de un contexto en el que no hay nacimientos y que por tanto, cada vez que nace un niño, todas se alegran. Pero esa criatura representa el sistema opresor, no sé si corresponde mucho representarlo como una festividad, sonrisas y enhorabuenas.

Es verdad que el libro y la serie invitan a la reflexión. Que remueven las tripas porque lo que cuentan no parece tan distópico, sino que muchas de las cosas que se exponen están pasando en algún lugar del mundo (y no lejos, sino también en nuestro entorno). A saber: cosificación y mercantilización del cuerpo de las mujeres; violencia machista; gestación subrogada; violación; matrimonio infantil; mutilación sexual; persecución de los homosexuales o cualquier identidad sexual que “traicione” a lo heteronormativo; recorte de las libertades; diferencias de clases; o control del gobierno de nuestra privacidad. Todos estos detalles nos llevan a repensar sobre la moral, la religión, la ideología, la política y el poder.

Quizá a priori pensamos que sería una sociedad impensable hoy en día, pero me recuerda a la teoría del puente en que no se cambia un puente de un día para otro. Sino que un día se cambian los tornillos, otro la pasarela, otro las barandillas… y cuando te quieres dar cuenta, tienes puente nuevo. Defred lo dice en sus reflexiones: no sabe realmente cómo empezó todo, pero fue poco a poco. Primero el recorte de libertades porque había habido un atentado, después ejército en las calles, después no dejan a las mujeres trabajar ni tener independencia económica… y de repente, te ves en un curso de formación para ser un útero andante.

Da un poco de miedo ver cómo Atwood fue una visionaria. Porque el recorte de libertades desde el 11S es un claro ejemplo de lo que expone en su obra, también la Ley Mordaza… y poco a poco, los ciudadanos vamos teniendo menos derechos, hasta que somos totalmente sumisos y estamos controlados.

La primera temporada agotó prácticamente toda la versión literaria, por lo que hay expectación por descubrir cómo se va a afrontar una segunda, de 13 episodios. Todo apunta a que se va a recurrir a aspectos de la novela que no habían sido abordados por falta de metraje y que va a introducir una nueva trama tras el encuentro de Luke y Moira.

Para la segunda temporada Atwood ha colaborado con el Bruce Miller para construir esta nueva etapa de Defred una vez que ha dejado la casa de los Waterford y mantener cierta fidelidad a la obra. Y parece que el showrunner de la serie tiene intención de hacer 10 temporadas, que muchas me parecen. De momento, veremos si esta nueva entrega que se estrena en unas horas cumple con la expectativa.