Escape Room: La Farmacia, Yaebi

Después de un par de meses de sequía (desde que hiciéramos El Asesino del Zodiaco), la semana pasada recuperamos la costumbre de organizar una quedada para hacer una sala de escape. En esta ocasión reservamos para La Farmacia, en Yaebi, que se encuentra en Vallecas. No conocíamos la empresa, pero sí que parecía tener buenas críticas. Además, la temática nos llamaba la atención.

Llegamos con tiempo de sobra y nos quedamos de charla en la puerta, ya que se nos había indicado expresamente que no llamáramos hasta que no estuviera todo el equipo reunido y fuera la hora de nuestra cita. Un par de minutos antes nos acercamos y vimos que teníamos que rellenar el documento de protección de datos, por lo que aquello prometía ser intenso desde el principio.

Nada más entrar al interior nos vemos trasladados al Londres de 1885, un momento en que la sociedad londinense está conmocionada por una oleada de crímenes. En los últimos meses han sido hallados por la ciudad restos de mujeres y Scotland Yard sospecha de Henry H. Holmes, un asesino huido desde Chicago. Sin embargo, ante las prisas por cerrar el caso y tranquilizar a la población, comete el error de detener a Sherlock Holmes. Y aquí es donde entramos nosotros. Maggie, una de las irregulares del famoso detective, nos pide ayuda para esclarecer los hechos, demostrar su inocencia y ayudar a detener al verdadero culpable. Parece que la clave está en una farmacia que abrió recientemente, ya que los asesinatos comenzaron a ocurrir al poco de su apertura, por lo que nos acompaña hasta el callejón y nos desea buena suerte.

Había nervios y tensión y en cuanto se puso en marcha el tiempo comenzamos a buscar pistas. La verdad es que no sabíamos muy bien dónde mirar y aunque fuimos encontrando detalles, no terminábamos de arrancar. Cuando parecía que habíamos encontrado una prueba por la que empezar a desenmarañar aquel lío, resultó que aún estábamos pasando cosas por alto. Después de varios intentos frustrados, nuestra Game Master nos echó una mano para que nos centráramos.

A partir de ahí el juego fue más rodado y nos metimos de lleno en la historia funcionando como equipo tal y como viene siendo habitual. Enseguida empezamos a encontrar pistas y objetos y nos pusimos en movimiento trabajando en subgrupos, ya que al no tratarse de una sala lineal permite estar paralelamente a varias cosas. Esta parte del juego se nos dio bastante bien y no tardamos mucho en dar con la mayoría de las soluciones. Me gustó que aunque había algún candado numérico, en general predominaban los mecanismos y puzles. No obstante, cuando ya casi teníamos hecha la sala nos volvimos a atrancar en una prueba que dependía mucho de la percepción de cada cual. Nuestra Game Master nos tuvo que echar una mano porque no terminábamos de resolver el enigma.

La recta final, aunque nos habíamos ido repartiendo las tareas y habíamos llevado buen ritmo, fue de infarto y con alguna sorpresilla. Eso sí, finalmente conseguimos demostrar la inocencia de Sherlock tras 68:40 minutos (hay que recalcar que esta sala es de 75).

La Farmacia es una muy buena sala de escape. No la pondría al nivel de La Entrevista, porque esa es incomparable, pero está muy cerca. La inmersión es total desde el minuto uno gracias a la introducción y se mantiene en todo momento gracias a la ambientación. Tanto los decorados (exteriores e interiores) como los muebles o los objetos guardan relación con la historia y sirven para resolver los enigmas. Nada desentona, ni siquiera el sistema de pistas o el control del tiempo, integrados dentro del juego. Además, la distribución de las salas está hecha de una forma natural y se puede tocar todo, por lo que pierdes totalmente la noción de que estás en un local haciendo una actividad.

Nosotros fuimos seis participantes y me parece un buen número. De hecho, creo que menos de cuatro conllevaría estar todo el rato corriendo de un lado para otro. Es una sala con espacio de sobra y con un buen número de pruebas por hacer. Es verdad que había una fórmula para resolver enigmas que se repetía dos o tres veces a lo largo del juego, pero en general había un poco de todo: mecanismos, candados, lógica, matemáticas… Así pues, por su variedad, estilo de pruebas y número de ellas, La Farmacia es un juego de escape de dificultad media-alta. Conviene haber jugado con anterioridad para coger un poco de dinámica más allá de las salas lineales y de candados. Para aquellos que deseen añadir un toque extra, existe además la opción de elegir una versión miedo.

Antes de despedirnos de nuestra Game Master estuvimos charlando un rato con ella y nos recomendó más salas, así que ahora nos toca elegir para el próximo encuentro que no se hará esperar tanto.

Viajar III (2014)

Tras un 2013 más o menos tranquilo, comenzamos enero de 2014 en Arnedillo, La Rioja, probando por primera vez un spa y tomándonos tiempo para nosotros mismos en la montaña alejados del mundanal ruido. Nos dejamos mimar con masajes y baños de barros además de disfrutar de las piscinas.

El pueblo es atravesado por el río Cidacos junto al que discurre una vía verde por el antiguo trazado del ferrocarril que unía Calahorra con Arnedillo. El hecho de que haya un balneario se debe a que la villa cuenta con aguas termales que llegan hasta los 52º. Además del balneario hay unas pozas públicas de acceso público.

En Arnedillo también se pueden encontrar un par de yacimientos donde se pueden observar huellas de dinosaurios.

Por lo demás, se trata de un municipio pequeño que se puede observar desde el mirador del buitre. En el norte hay un castillo del siglo X que se une al monte gracias a una muralla y en el centro del pueblo sobresale la torre de la Iglesia de San Servando y San Germán que data del siglo XVI.

De todas formas, aunque nos acercamos una tarde a Calahorra, lo cierto es que hicimos poco turismo. Algún paseo por la vía verde, por el pueblo, una subida al mirador y en general descansar. Y es que las aguas termales y su bromuro te dejan grogui.

Ya en junio, aprovechando el puente justo en el solsticio de verano, viajamos a Londres, a ver a mi hermano. Fue una época muy buena, ya que es cuando más horas de luz hay, por lo que, aunque eran pocos días, pudimos aprovecharlos al máximo con 12 horas pateando las calles y parques.

No pudo faltar un fish and chips, un típico brunch, la subida a la London Eye o el cambio de guardia de Buckingham.

Y como ya os comenté, acabamos en Oxford también. Una ciudad universitaria que se encuentra a 80 km de Londres que cuenta con una arquitectura muy interesante.

Destacan sus colleges, iglesias, pero también su centro histórico con calles en las que conviven lo moderno y lo antiguo. Es una ciudad muy accesible a pie, así que merece la pena echar el día y dejarse atrapar por su ambiente universitario.

Apenas unas semanas más tarde nos fuimos de vacaciones. Tras hacer un crucero en 2008 y otro en 2011, nos tocaba repetir en 2014 siguiendo el patrón de trienios y viajamos a Capitales Bálticas, donde descubrimos también lugares interesantes.

Comenzamos en Tallín, capital de Estonia, país que pertenece a la zona Euro desde 2011. Hasta 1990 formó parte de la URSS y desde su independencia se ha modernizado bastante y está a la vanguardia en tecnología.

Sin embargo, esta modernidad contrasta con el aspecto medieval de la ciudad con sus murallas, castillo y torreones. Es un laberinto de callejuelas, plazas, iglesias y edificaciones. La ciudad está dividida en tres partes: Ciudad Antigua (donde vivían los ciudadanos), Toompea ( ciudad noble) y Ciudad Moderna.

Estuvimos un par de días en San Petersburgo, descubriendo una ciudad por primera vez con guía, pero nos pareció la mejor opción. Fuimos un poco a matacaballo y la experiencia de ir en un bus con 50 personas no es algo que queramos repetir, pero San Petersburgo nos gustó. Era lo más diferente que habíamos visto hasta la fecha. Los lugareños no fueron tan agradables, todo hay que decirlo.

San Petersburgo está llena de historia, sobre todo de los zares y en particular de Pedro, el Grande, el fundador de la ciudad en 1703. A Pedro no le gustaba Moscú, así que fundó una nueva capital más próxima a Europa, que fuera más abierta, más moderna. Había vivido en el extranjero y viajado, y quería abrir el país. Qué mejor forma que hacerlo dando salida al mar, y para ello se lió la manta a la cabeza y se lanzó a la guerra contra los suecos. La ubicación geográfica de la ciudad hizo que se la llamara como “La ventana a Europa” y se construyó de manera artificial, no es una ciudad que creciera y ganara importancia, sino que se creó para ser capital. También se la llama la “Venecia del norte” por los canales, pero lo cierto es que Pedro tenía en mente Ámsterdam tras haber vivido en los Países Bajos.

Se ve la influencia francesa en los palacios, a imagen de Versalles.

Y esta arquitectura contrasta con la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

En Helsinki encontramos una ciudad sobria, con su punto nórdico, pero también con su herencia rusa. Tiene una mezcla interesante con edificios correspondientes a diferentes movimientos históricos. Contrasta el estilo clásico de la Catedral con el vanguardista de la Iglesia de Temppeliaukio. Y para moderno, Sibelius.

Continuamos en Estocolmo, una ciudad que me dejó con ganas de más.  Como no llegamos al puerto de Estocolmo, sino que tuvimos una hora de tren, no pudimos aprovechar el día todo lo que nos hubiera gustado y tiene tanto por ver que me hubiera gustado poder pasear más tranquilamente y por más barrios. Quizá deberíamos haber obviado entrar al Skansen, pero fue muy interesante descubrir la cultura y civilización suecas. Supongo que siempre hay tiempo para volver a la ciudad.

Y tras un día de descanso y navegación volvimos a Alemania. Visitamos Wismar, Lübeck y Schwerin, tres ciudades pintorescas, pequeñas, pero con mucho encanto.

Wismar es una ciudad hanseática que pertenece al estado federado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. En 1632 pasó a formar parte de la corona sueca en la Guerra de los treinta años. Y posteriormente, en 1675 fue conquistada por los daneses, hasta cinco años después que volvieron a recuperarla los suecos. Pero en el siglo XVIII suecos y daneses siguieron con su toma y daca hasta que finalmente en 1803 en el Tratado de Malmö, Suecia le cedió la ciudad al Gran Ducado de Meclemburgo-Schwerin. Hasta un siglo más tarde no formaría parte del Imperio Alemán. Fue bombardeada doce veces durante la Segunda Guerra Mundial y así lo muestran edificios de la ciudad como las iglesias de San Jorge y Santa María. Tras la guerra quedó en la parte comunista. Sin embargo, tras la reunificación, la ciudad volvió a potenciar sus ideas hanseáticas y el centro de la ciudad fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2002. Básicamente el recorrido turístico se concentra en ese casco histórico, en la ciudad vieja, con su gran Plaza del Mercado, una de las más grandes de Europa.

La recorrimos a primera hora y estaban las calles desiertas, lo cual nos permitió descubrir tranquilamente sus calles y edificios de colores y cada cual de un estilo diferente a los que tiene a su alrededor. Es una ciudad con mucho encanto, con esas construcciones tan típicas alemanas, con casitas de colores, con rasgos góticos. Se ve en un rato, en un tranquilo paseo por sus calles adoquinadas.

Lübeck es sin duda la que más me gustó de las tres. Tiene muchísimo encanto con su toque medieval. También es una ciudad hanseática que durante la Edad Media fue la ciudad más importante de todo el Báltico. Fue la capital de la Liga durante siglos. Su casco histórico también fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y está delimitado por siete torres. El pasear por su centro es como volver a la Edad Media, con esos edificios de ladrillo rojo. Tiene una herencia arquitectónica muy característica. Sufrió en la Segunda Guerra Mundial, pero al ser centro logístico de la Cruz Roja fue algo más respetada y se vio afectada una quinta parte de la ciudad. Aunque fue la primera en ser bombardeada, quizá porque la ciudad no dejó a Hitler en el 32 hacer campaña y el bigotes le cogió tirria. Posteriormente fue reconstruida. También formó parte de la Alemania del Este.

Merece la pena perderse y descubrir ese punto peculiar de la ciudad. Me encantó pasear por Lübeck, observar los edificios, disfrutar de las zonas peatonales y descubrir recónditos lugares.

La última de las tres ciudades, Schwerin, destaca por sus masas de agua. La ciudad se halla en un emplazamiento privilegiado entre siete lagos y destaca su castillo que parece sacado de un cuento de Disney. En su día fue la residencia de los Duques y Grandes Duques de Mecklemburgo-Pomerania hoy en día es la sede del Parlamento. Para mí es demasiado, mucho oro y mucho adorno, lo comparan con el Neu Schweinstein, pero el de Füssen es mucho más bonito. Aparte de un parque alrededor y las calles del centro no nos entretuvimos mucho más. No contábamos con mucho tiempo, y tampoco era la más destacable.

Para finalizar el crucero terminamos en Malmö, Suecia de nuevo. No contábamos con mucho tiempo y era pronto, por lo que, al igual que en Wismar, no había mucho movimiento. El centro queda recogido, es ideal para recorrer a pie. Destaca la catedral del siglo XII y con el tradicional estilo de ladrillo rojo, del estilo de las de Lübeck y Stororget, la plaza sobre la que se desarrolla la ciudad. Preside la plaza el ayuntamiento y la residencia del gobernador. En el centro de la misma se levanta una estatua ecuestre de Carlos X Gustavo, quien conquistó la región de Escania a los daneses.

Hacia las afueras hay un parque y la zona moderna, el Västra Hammen. Sobresale el Turning Torso, el principal rascacielos de la ciudad de 190 metros de altura y 54 pisos diseñado por Calatrava. Son 9 cubos y su rotación desde la base hasta la cúspide es de 90º. En la zona también se encuentra la fortaleza.

En agosto huimos a Asturias de camping, algo que nos apasiona y que cada vez hacemos menos. Tal y como habíamos empezado el año, la intención era desconectar, quizá acercarnos a pueblos cercanos a dar un paseo o perdernos por alguna cala para pasear por la playa.

Coincidió que mi hermano subió con unos amigos y aprovechamos para hacer todos juntos el descenso del Sella, acercarnos a Cangas de Onís y saborear unas sidrinas.

En 2014, con poco planeado, al final nos salió muy variado: un spa, una visita relámpago a Londres, un crucero por el Báltico y unos días de camping en Asturias. No está nada mal.

De visita por Londres. Día 4 Brunch y vuelta

Este día, al igual que el primero, apenas dio para mucho. Un paseo por Chiswick, que es una zona residencial

 

y después un típico brunch con unos amigos de mi hermano. En España cuando te levantas tarde y quedas con los amigos un domingo, te vas directamente a tomar el aperitivo, que si una cerveza y unas aceitunas, un vermú y unos pinchos… pero estos ingleses, no. Quedas a media mañana y te metes un megadesayuno. ¿Os suena ver en los hoteles las alubias con tomate, el bacon, los huevos y demás? Pues eso mismo. Aunque también hay una versión más light como pueden ser unas tostadas con huevos revueltos, bien en su versión con jamón, con salmón, o bacon. Si sois más de repostería, también podéis optar por napolitanas, croasanes y tostadas acompañadas de mantequilla y varias mermeladas.

El café, al parecer era como agua de fregar, el té, sin embargo, estaba muy rico, y además, en versión tetera de litro.

Una experiencia más antes de coger el tren dirección a Heathrow de vuelta a casa. Dejamos los famosos autobuses rojos, y las típicas cabinas de teléfono y ya tenemos la mira puesta en el próximo viaje por las Capitales Bálticas.

De visita por Londres. Día 3. De Mercados y Oxford

El viernes fue un día rompepiernas, de esos de no parar de andar, además, nos estaba haciendo una temperatura algo extraña en Londres: 25º y solazo. Pero no pudo con nosotros y ahí estábamos el sábado ávidos de más sitios por ver.

Comenzamos por Notting Hill para dar un paseo por el mercado de Portobello, con sus antigüedades, sus frutas, verduras, esa ropa de segunda mano que se va sola a la lavadora… Todo muy peculiar.

Desde allí, cogimos el tren dirección a Oxford, que está a una hora. La ida fue algo incómoda, pues era un tren corto e iba plagado de gente que o bien iba a Oxford, o a pueblos intermedios para cambiar a otras líneas. Como el metro en hora punta: sardinas en lata.

Y Oxford no estaba menos lleno. Coincidió con el fin de semana de la graduación y estaba lleno de familias, y de los gradados con sus túnicas (largas y cortas). La mayoría de ellos llevaban una tajada interesante, habían perdido prendas, o se tiraban al río vestidos.

La ciudad es pequeña, pero plagada de edificios pintorescos, la mayoría de ellos colleges o pertenecientes a la universidad.

 

Se ve tranquilamente en una mañana y tras recorrerla, paramos a comer en un restaurante italiano y después emprender la vuelta a Londres.

Esta vez bastante más cómodos puesto que el tren era largo. Volvimos los seis solos en un vagón. Menuda diferencia.

Ya en Londres, pasamos por el 221b de Baker Street, la casa de Sherlock, donde puedes hacerte una foto con gorrito y todo.

Y de un personaje de ficción, a otro, en King Cross – St Pancras (que de por sí merece una visita a la estación en sí)

Allí encontramos el andén 9 3/4 de Harry Potter con su carro de maletas empotrado en la pared. También puedes hacerte una foto mientras un amable señor te pone una bufanda y la sujeta en el aire para dar sensación de movimiento. Vaya cola había para posar…

Finalizamos el día paseando por Camden y sus peculiares tiendas.

Según llegas en metro tienes una calle llena de comercios con unas fachadas que llaman más la atención que las propias tiendas, y ya es decir.

Si tienes una forma de vestir peculiar, o perteneces a alguna tribu urbana, es tu sitio. Ahí encontrarás de todo.

Y no sólo en ropa o complementos, también es un mercado al que ir para comprar algo de comida para llevar y acercarse al río a comerlo tranquilamente.

Unos establos reconvertidos en mercado dándoles vida y movimiento. Todo un acierto, porque además, hay estatuas que recuerdan los orígenes del recinto.

Y con esto finalizamos la visita turística del día, y prácticamente del viaje.

De visita por Londres. Día 2

Como os decía en la entrada anterior, teníamos un día por delante con mucho que andar y que ver. Comenzamos a las 9 de la mañana desde nuestro hotel dirección Buckingham Palace a ver el cambio de guardia, pero antes, atravesamos los bucólicos Kesington Gardens, con el Kesington Palace.

Es muy verde, lleno de patos, cisnes y donde podéis encontrar la estatua de Peter Pan.

A continuación, cruzamos el Hyde Park, también muy verde, con zonas para niños, para montar a caballo, lagos, rutas para bicis, y un parquecito dedicado a LadyDi con una cascadita en la que te invitan a descalzarte y disfrutarla de cerca.

Salimos de Hyde Park y nos dirigimos a Harrods, megacentro comercial no apto para todos los bolsillos, pero que aunque no vayáis a comprar nada, merece la pena entrar para ver las escaleras decoradas con detalles egipcios y el espacio que tienen dedicado a Diana y Dodi, con una estatua, fotos, incluso con el anillo expuesto.

Tras la paletada, nos dirigimos a ver el famoso cambio de guardia, que tiene lugar a diario a las 11:30, otra turistada. Si queréis coger ben stio para verlo bien, debéis llegar con tiempo, si no, os tocará subiros en el mobiliario urbano, o intentar buscar un hueco entre las cabezas que tenéis delante. Si medís poco más de metro y medio, como yo, os parecerá una ardua tarea. Como dura unos 45 minutos y el espectáculo es algo lento, la gente se va dispersando, y es posible que puedas encontrar un sitio “aceptable” para verlo.

En el momento en que la caballería se retira, ahí sí que empieza a haber movimiento de la gente y podréis cruzar a la rotonda para ver a la reina Victoria y ver el palacio completo. Un palacio que no tiene nada que envidiar al Palacio Real de Madrid, dónde va a parar… mucha verja con detalles dorados, pero como edificio no es nada destacable.

Seguimos nuestro camino dirección al Parlamento, Big Ben y la Abadía de Westminster.

Aunque ya el día anterior habíamos pasado por la zona cuando fuimos a la London Eye, no podíamos obviar el edificio más emblemático de Londres.

Normalmente el protagonismo se lo lleva el Big Ben, ni siquiera el Parlamento entero, pero la Abadía es un edificio muy bonito también. Al menos por fuera. Imagino que también lo será por dentro, pero el precio de la entrada nos pareció elevado. En la Abadía de Westminster está enterrada la realeza, excepto Diana, y donde se han casado los miembros de la Familia Real a lo largo de los años, menos William y Kate que lo hicieron en la Catedral de Saint Paul.

Frente al Parlamento, nos encontramos con este curioso reloj. Te tienes que colocar con los pies sobre la fecha del año que más se aproxime a la que te encuentres, y tu propia sombra te marcará la hora.

Continuamos la ruta por Downing Street, que no esperéis ver más de una valla con sus policías custodiándola,

de ahí a Trafalgar Square, que estaba cerrada por algún tipo de espectáculo

y paramos a comer en Covent Garden.

Nada glamuroso, unos bocatas sentados en un bordillo en la puerta de Chanel observando pasar a gente muy peculiar. En Covent Garden no te aburres, es un mercado muy bullicioso, lleno de gente de compras, espectáculos callejeros, mimos… No sólo hay tiendas de de marcas caras, sino también más cotidianas. Y en el interior del mercado, encontramos puestos de antigüedades, manualidades, segunda mano… Aparte de restaurantes, tanto de comida rápida, como algo más “serio”. Y tras comer, atravesamos el barrio chino

donde probamos delicattessen locales, como unos peces con masa parecida a la de los gofres, que puedes ver cómo los hacen a través del escaparate

o unas porras… ¡Estos chinos lo copian todo! Eso sí, no tienen nada que ver con nuestras porras.

Nuestra siguiente parada fue Piccadilly Circus, que hay quien la compara con Times Square, y por supuesto, no tiene naaaaaaada que ver. Nada es comparable con los megatelevisores de Nueva York. Bueno, quizá Tokio, pero no lo he visto en directo para comparar. En la plaza también está la estatua de Eros.

Y tras parques, centro comercial, cambio de guardia, edificios imprescindibles de la ciudad, tocaba el momento cultural en el British Museum, que, por cierto, al igual que el resto de museos en Londres, es gratuito. Y estaba lleno, para que luego digan que a la gente no le gusta la cultura…

La vez anterior, no entramos por falta de tiempo, pero esta vez, decidimos que merecía que le dedicáramos al menos una hora. Es imposible verlo todo en un día, hay salas y salas, es increíble todo lo que tienen, y es alucinante cómo han llegado a conseguirlo. Allí puedes encontrar medio Egipto

hasta la Piedra Roseta la tienen ellos

el Partenón casi entero,

México, Japón… Así que si habéis visitado alguno de estos lugares y pensabais que lo habíais visto todo… nada más lejos de la realidad. Un poco indignados por todo lo que vimos, y fascinados también, emprendimos rumbo a Greenwich Park, donde se encuentra el meridiano. Pero este lo encontramos en lo alto de la colina. Abajo, tenemos el famoso Cutty Shark.

El Parque es bastante amplio, y había gente haciendo barbacoas, jugando, paseando, con los niños, con los perros… Hay dos posibilidades de ascender: de una forma más abrupta, o algo más progresiva. Cuando llegamos arriba el observatorio estaba cerrado, pues está abierto hasta las 5, pero pudimos hacernos una foto con el meridiano en un camino.

Para finalizar el día, recorrimos el margen del Támesis desde el London Bridge,

pasando por el Tower Bridge

la torre de Londres (antigua cárcel)

y un paseo por la city, donde podéis encontrar el Monument , una columna a los muertos por un incendio que azotó la ciudad, pero sólo honra a unos pocos nobles, no a la plebe.

Y donde encontramos un tesoro escondido: el ayuntamiento

Y para finalizar, Saint Paul’s, donde, como os decía, se casaron William y Kate

y el Millenium Bridge desde donde se tienen unas buenas vistas del río y sus orillas.

Fue un día bastante completo y nos dejamos alguna cosilla de la ruta planeada porque nos quedamos sin luz, pero aún así, lo aprovechamos al máximo de 9 a 21 horas. Una locura pero parece que nos va la marcha.

De visita por Londres. Día 1: London Eye y Fish and chips

Después de un tiempo sin hablar de viajes, os voy a hablar del último que he hecho: 4 días por Londres. Fue un viaje en familia para visitar a mi hermano que lleva casi un año viviendo allí. Ya habíamos estado en la ciudad en un viaje relámpago de fin de semana en 2006, pero la familia no, así pues, organizamos una ruta que cubriera lo básico, pero también lo que se nos quedó en el tintero, así como una excursión a Oxford. Haré varias entradas porque concentrar todo en una, es demasiado.

La fecha elegida fue el puente de junio, este puente que se han inventado dándonos como festivo el Corpus. Pintaba bien, los días con más horas de luz del año, buena temperatura, pero casi peligra nuestro vuelo por la proclamación del nuevo Rey y el cierre del espacio aéreo. Al final no hubo problema alguno, el vuelo salió a tiempo. Eso sí, al llegar a Heathrow tuvimos un incidente con el desalojo del avión pues nos tuvieron que poner una escalera porque se había roto el brazo articulado. Hubo un momento de caos, que demuestra que no sólo en España somos algo ñapas. Poco resolutivos les vi a estos ingleses.

Aquí voy a hacer un pequeño inciso sobre la elección de aeropuerto. A priori podría parecer que es mejor opción otro aeropuerto, con compañías low cost, y más al viajar sólo con una mochila, como nosotros. Pero tras comparar Iberia / British Airways en Heathrow y low cost en otros aeropuertos, la primera, era la mejor opción. Había que poner en una balanza el precio del vuelo, que sí, a Heathrow es algo más caro, pero desde los aeropuertos más lejanos había que incluir el precio del transporte hasta la ciudad, y ahí ya se nos iba un pico entre ida y vuelta que casi equiparaba ambas opciones. Por otro lado, hay que evaluar el tiempo empleado, y yendo cuatro días, perder más de hora y media desde el aeropuerto a la ciudad, no era opción. Y por otra parte, está el tema horarios. No siempre te cuadra el horario de las compañías. Así pues, fuimos a Heatrow porque la diferencia de precio, el tiempo empleado y el horario, no compensaban los suficiente como para elegir otro aeropuerto. Quizá también influyó el ser puente, y si viajais en otras fechas, sí compensa elegir otra compañía. Ya depende de cada uno y de su escala de valores y si le importa perder más o menos tiempo y se ajustan los horarios.

Volviendo a la llegada a tierras británicas, este incidente nos retrasó un poco y alteró nuestro plan, que era pasar por el hotel, y de ahí a la London Eye, para la que ya teníamos las entradas y de ahí irnos a cenar. Como íbamos ajustados de tiempo, nos fuimos directos a la noria y llegamos justo a tiempo.

Si tenéis la oportunidad, mejor sacad las entradas por internet, que os ahorraréis la cola de espera para sacarlas allí en taquillas, además de ahorraros un 10%. Eso sí, necesitáis llevarlas impresas, no vale enseñar el móvil. Al comprarlas has de elegir hora, nosotros nos decantamos por las 20:00, que ya estaba atardeciendo, pero al entrar el solsticio de verano, aún tendríamos luz suficiente. Tuvimos suerte y pudimos disfrutar de las vistas sin el sol cegándonos.

Es una buena oportunidad de ver la ciudad, si tenéis miedo a las alturas, os animo a que le echéis algo de valor, pues merece la pena. Y el recorrido dura 30 minutos, va lo suficientemente lento como para ni siquiera notar que se mueve.

Tras este primer acercamiento a la ciudad, nos dirigimos al hotel a dejar las mochilas. El elegido fue el Easyhotel Earl’s Court, un hotel muy básico que se ajustaba a lo que buscábamos: un lugar económico donde poder dormir (sin ventanas, que amanece a las 4 y las persianas brillan por su ausencia) y asearnos; y que además estuviera bien comunicado. Poco más necesitábamos. Habíamos tenido buen resultado con el de La Haya, y decidimos repetir. Es una antigua casa victoriana reconvertida en hotel, con pasillos laberínticos, escaleras… una distribución un poco rara. Pero cumplió con su función. Aunque os recomiendo que no os den la habitación 58 para minusválidos, puesto que está justo al lado de los conductos de ventilación y notaréis el ruido y la vibración. A nosotros nos la cambiaron y como compensación, nos dieron wifi gratis.

Y ya sin mochilas, nos dirigimos a Garfunkel’s, el restaurante en el que teníamos la reserva para cenar el típico fish and chips. Aquí también pudimos comprobar que los ingleses no parecen muy dados a la improvisación. Al pedir una mesa para 6, se descolocaron un poco y querían ponernos en dos mesas, una de 4 y otra de 2, con un pasillo de por medio… ¿¿¿Cómo??? ¿Qué te cuesta mover una junto a la otra? Tuvieron que hablar tres camareros para llegar a la conclusión de que la mejor opción era unir dos mesas…

Fueron algo lentos en servirnos, pero comimos muy bien. Elegimos de entrantes dos panes de ajo, uno de queso y otro de tomate y orégano. Que los pueden llamar panes de ajo si quieren, pero es casi una pizza…

Y por supuesto, el fish and chips, acompañado de, por supuesto, patatas, guisantes aplastados y salsa tártara. Al parecer, lo típico es aliñar las patatas con sal y un chorrito de vinagre. El bacalao estaba rico, aunque para mi gusto algo demasiado rebozado. Pero es que no soy muy amiga de los rebozados. Para refrescar la garganta, hubo quien pidió una cerveza, la London Pride. No tiene lúpulo y es algo más suave que las cervezas españolas.

Con la tripa llena, nos dimos un paseo de vuelta al hotel para reponer fuerzas porque el día siguiente nos esperaban 21km de ruta… Casi nada.