Conclusiones de nuestro viaje a Marrakech

Marrakech llevaba en nuestra lista de futuribles para una escapada, sin embargo, siempre se quedaba pendiente. Pero por fin llegó su momento. Y no defraudó. Nuestro viaje a Marrakech (y Marruecos) fue breve pero intenso. Obviamente no nos dio tiempo suficiente para descubrir todo lo que tiene para ofrecer, pero sin duda, no nos dejó indiferentes.

Era la primera vez que viajábamos los cuatro juntos y la verdad es que nos ajustamos a la perfección. Es verdad que la confianza es un grado y el ser familia hacía que nos conociéramos, pero sobre todo ayudó el que coincidiéramos en mentalidad e intenciones. Así, no nos fue complicado concretar la ruta ni reservar alojamientos.

Nada más cerrar las fechas del viaje surgió la idea de hacer una excursión al desierto y en base a ella configuramos el resto de nuestros días. Nos quedaría la tarde del día que llegábamos, la mañana del que nos íbamos y otro día entero para Marrakech. Es poco tiempo, sí, pero dado que queríamos centrarnos básicamente en la Medina, parecía suficiente para un primer viaje.

A pesar del imposible trazado, podríamos ir de un sitio a otro a pie. Y, en realidad, lo que iba a marcarnos el paso iban a ser los horarios de visitas de los monumentos. Así, agrupamos el Palacio Bahía, el Palacio Badii y las Tumbas Saudíes en un mismo día y dejamos el Jardín Majorelle, que está en la parte nueva, para el día que nos volvíamos.

Fue una decisión acertada y realizamos las visitas de forma relajada. Es verdad que obviamos dos museos, el Musée de Marrakech o el Museo Dar Si Saïd.

El primero de ellos, ubicado en un palacio del siglo XIX, se creó a finales de los años 90 para establecer una colección permanente de arte marroquí. Además, acoge exposiciones y otros eventos culturales. El Dar Si Saïd, también establecido en una mansión del finales del siglo XIX, es el más antiguo de la ciudad y el que mayor número de obras exhibe. Alberga el Museo de Artesanía Marroquí. Seguramente son ambos muy interesantes, pero preferimos dejarlo para otra ocasión.

Omitimos asimismo los Jardines de la Menara, proyectados en el siglo XII por la dinastía almohade.

También quedó fuera de nuestras visitas la Madrassa Ben Youssef, aunque en este caso fue más por causas ajenas a nosotros, ya que se encontraba cerrada por renovación. Tampoco pudimos entrar en las mezquitas por no ser musulmanes.

Así pues, entre lo que se tenía que quedar fuera por factores externos y que en el resto estábamos bastante de acuerdo, no hubo problema a la hora de cuadrarlo todo.

Tampoco hubo mucha duda con el alojamiento. Teníamos claro que queríamos dormir en un riad dentro de la medina y no en un hotel de estilo occidental en la parte moderna de la ciudad. Había suficientes donde elegir y además tenían precios asequibles y que entraban dentro de nuestro presupuesto. El único inconveniente que encontramos fue que al querer hacer la excursión en la mitad del viaje, no encontrábamos un riad que tuviera disponibilidad para los días de antes y después, así que elegimos dos diferentes. Pasamos una noche en el Riad White Flowers y dos en el Riad Origins Magi y no podemos poner pegas al respecto.

Es verdad que con una estancia tan breve tampoco tenemos mucho que valorar. Pero el poco tiempo que pasamos en ellos el trato fue amable y cercano. Tanto las zonas comunes como las habitaciones estaban limpias y cuidaron cada detalle. Desde la recepción con el té de bienvenida, hasta los deliciosos desayunos.

Los riad son remansos de paz en medio del caos de la medina. No tienen ventanas al exterior, sino que las habitaciones dan siempre a un patio en el que suele haber un claro predominio de plantas o árboles frutales. En algunos casos cuentan con fuente o incluso con piscina. El contraste de ruido y de temperatura con el exterior es claramente notable. Como además son alojamientos pequeños, son bastante tranquilos.

En el Riad White Flowers en vez de una habitación cuádruple tuvimos dos dobles, una a cada lado del patio. Eran prácticamente iguales, tan solo cambiaba la distribución del baño y los colores de la decoración. Nos recibieron a la entrada de la medina y nos acompañaron al riad. Allí nos esperaba un té y nos dieron indicaciones de cómo movernos y qué ver. Una pena que por la incidencia con el conductor-secuestrador no pudiéramos desayunar tranquilamente,  porque se lo estaban currando bastante en cocina.

Y si el este nos había gustado, más aún cuando llegamos al Riad Origins Magi. La habitación esta vez sí que era cuádruple, y, aunque no era muy grande, estaba muy bien equipada. El baño era impresionante, tanto de grande como decorativamente hablando.

Y el patio no se quedaba atrás, contaba con mesas de madera bajo la sombra de un naranjo. Además, había un sofá en un lateral y una fuente. En este espacio fue donde disfrutamos de nuestra improvisada cena el día que llegamos y de los desayunos. Una buena forma de empezar el día con el frescor matutino y los pájaros de fondo.

Los alojamientos de la excursión nos vinieron ya dados, y nos encantó el Hotel Babylon Dades. La localización, el trato, el alojamiento en sí, la comida… Todo perfecto.

Dormir en las haimas lógicamente no fue tan cómodo como en un hotel, pero bien merece la experiencia solamente por el hecho de estar allí en medio del desierto bajo las estrellas. Aunque hubiera sido mejor dormir dormir a la intemperie en las dunas, pero era noviembre y hacía demasiado frío.

La cuestión es que para llegar hasta allí hay que hacerlo en dromedario, y una hora y pico de paseo llegó a ser un tanto tedioso en determinado momento por el movimiento del animal. Hubiera estado bien haber hecho una parada a ver atardecer, como sí que hicimos al amanecer, pero supongo que influyó el hecho de que el ocaso lo veíamos de frente y en un lateral, mientras que la salida del sol nos quedaba a la espalda. Además, haber parado a la ida habría supuesto continuar luego en una oscuridad total.

En general fue un tanto cansado, pues además dormimos poco. Nos hubiera gustado pasar más tiempo entre las dunas a plena luz, para captar bien el momento, pero no pudo ser. Sabíamos que iba a ser un viaje exprés.

Aún así, fue un gran acierto vivir la experiencia de adentrarse en tierras marroquíes descubriendo una gran variedad de paisajes y acercándonos a tierra bereber, donde más de 12 siglos después de la islamización, aún mantienen su cultura, idioma y costumbres ancestrales. Abandonar Marrakech y recorrer el Atlas es toda una experiencia, así como lo es atravesar las gargantas del Todra y del Draa o ver kilómetros y kilómetros de palmerales.

Pasear entre las callejuelas de la Kashba de Ait Ben Haddou nos trasportó a otro siglo, a una sociedad que vive a un ritmo mucho más relajado que el nuestro.

Nuestro guía nos recordó que la mayoría de los que conquistaron Hispania en 711 eran bereberes (o imazighen como les gusta ser llamados) y no árabes (ni musulmanes). Por ejemplo, así lo eran los almorávides, los amohades y los gobernantes de los reinos de taifas de Toledo, Badajoz, Málaga y Granada. También una buena parte de los habitantes de las Islas Canarias se consideran descendientes de esta etnia. Así, no es de extrañar que esta civilización no nos resulte del todo ajena. Además de recibir una importante influencia en la agricultura, en la construcción y arquitectura, en el comercio, en la gastronomía y en el uso de especias; nos quedamos con muchos préstamos lingüísticos que servían para nombrar el nuevo día a día.

Los bereberes son el 40% de la población de Marruecos pero hasta 2001 no han tenido reconocimiento de su lengua amazigh como idioma oficial perdiéndose parte de ese patrimonio étnico-cultural. Y es que tras la independencia de Francia se llevó a cabo una política de arabización intentando recuperar la identidad lingüística, religiosa y cultural. Se recuperó el árabe para los medios de comunicación, la educación y en general la vida pública.

El francés ya no es oficial, pero sigue predominando en las instituciones y en la educación superior. Algo así como una marca de clase. Quien domina el francés es porque ha podido permitirse una educación privada o porque ha terminado estudios superiores. El rey cuando quiere que un discurso llegue a todo el mundo lo da en árabe y francés. Y los medios de comunicación marroquíes emiten en árabe, francés y español. Además, en gran parte de la zona norte del país se pueden sintonizar canales españoles de radio y televisión.

La verdad es que nosotros no encontramos ningún problema de comunicación. Enseguida se dirigían a nosotros en español. No sé si porque se nos ve en la cara, porque van probando o porque hay mucho turismo español y les sale por inercia como primer idioma extranjero. Tanto en los hoteles, como en los restaurantes, como en el zoco… El único que no hablaba español creo que fue el falso Brahim, aunque no sé si nos habríamos entendido hablando el mismo idioma. Después, nuestro verdadero conductor, Mustapha, hablaba muy bien el castellano, ya que había vivido en Canarias y había trabajado de camionero viajando continuamente de Marruecos a España.

En general durante todo el viaje tuvimos una estancia muy agradable y sin incidencias. No tuvimos la sensación en ningún momento de inseguridad. Es verdad que en nuestros paseos por la Medina sí que nos dijeron en varias ocasiones algunos tenderos que no nos guardáramos el móvil en el bolsillo del pantalón, que quedaba muy a la vista. También una mujer se nos acercó a decirnos que cuidado con las pertenencias porque estaba viendo a unos chavales que iban detrás de nosotros y debió pensar que éramos su blanco. Pero bueno, nada que no sea tomar las precauciones básicas en lugares muy concurridos. Es verdad que el ritmo de la ciudad y la persuasión de los comerciantes puede llegar a abrumar y producir incomodidad, pero siempre se acercaban a nosotros con una sonrisa. Además, forma parte de la idiosincrasia local y es algo inevitable.

Pero sin duda, una de las mejores maneras de aproximarse a una cultura es mediante la gastronomía. Y siendo cuatro catacaldos, lógicamente no podíamos hacer otra cosa que probar los diferentes platos que nos ofrece la cocina marroquí. Englobada dentro de la dieta mediterránea con importante presencia de legumbres y verduras, lógicamente bebe de la cocina árabe y bereber e incorpora alguna influencia de la judía (sobre todo en aporte de especias y condimentos). En realidad para los españoles no resulta tan exótica, pues hemos heredado muchas de sus costumbres y los sabores nos resultan familiares.

Los desayunos, por lo que pudimos ver en los alojamientos, son contundentes (aunque no sé si en casa desayunarán así). En la mesa no nos faltó nunca el zumo natural de naranja, fruta de temporada, bollería, yogur, huevos, queso, miel, mantequilla y mermeladas así como aceite de oliva.

También pudimos degustar el pan árabe sin miga que luego vimos en muchas panaderías y puestos ambulantes por la medina de Marrakech. Suele tener forma de hogaza y tradicionalmente está elaborado con trigo y sémola fina. No obstante, según las zonas del país podemos encontrar también pan de maíz (ligeramente dulce), pan de cebada y trigo o pan Tafarnout (horneado sobre piedras calientes de forma tradicional).

Para el resto de comidas del día, veamos algunos platos:

  • Harira: Sopa tradicional elaborada con tomates, garbanzos, lentejas, cordero y aderezada con especias. Se suele tomar durante el Ramadán.
  • Pastela: son unos pasteles de hojaldre que pueden comerse tanto de entrante como de plato principal. Combina lo salado y lo dulce y suele estar espolvoreada con canela.
  • Tortilla bereber: Es muy parecida a lo que nosotros llamaríamos tortilla francesa, solo que se parpara en el tajin. Es un plato vegetariano en el que se pueden incorporar diferentes hortalizas y verduras aderezadas con especias. Además de los huevos, claro, no suelen faltar el tomate ni el ajo, pero el resto dependerá de la zona y de quién lo cocine.

  • Cuscús: Uno de los platos más tradicionales. Es semilla de sémola de trigo que se cocina al vapor y se sirve acompañada de un caldo picante acompañado de verduras, cordero/ternera/pollo y que también puede incorporar pasas, legumbres… Es tradicional comerlo los viernes, el día libre de los musulmanes.
  • Tajín: Otro de los imprescindibles. Es un guiso que toma el nombre del recipiente de barro con tapa de forma cónica en que se cocina a fuego lento. Los más comunes son el de cordero con legumbres, ciruelas y almendras y el de pollo con limón y aceitunas.

  • Kefta: Son similares a nuestras albóndigas. Bolas de carne picada aderezada con ajo, perejil, cebolla, pimentón, comino, aceite y piñones y que suele ir acompañada de una salsa de tomate. Deliciosas.

  • Pinchos: Poco hay que explicar aquí, ya que nosotros los hemos incorporado a nuestra gastronomía. Obviamente no usan cerdo, pero por lo demás, es carne sazonada con diferentes especias y después hecho a la barbacoa.
  • Touajen: Estofado de carne de cordero o pollo.
  • Hout: Estofado de pescado.
  • Djaja Mahamara: Pollo estofado con pasas y almendras
  • Briouats: Son unos pequeños pasteles triangulares de masa filo rellenos de carne, pescado, verduras…). Hay una versión dulce empapada en miel y que se rellena con cacahuetes.

  • Dulces: En la cocina árabe los dulces son contundentes. Suelen estar hechos con frutos secos como ingrediente principal (pistacho, nueces, almendras, cacahuetes…) y normalmente se le añade también fruta desecada (pasas, dátiles…). Predomina el uso de la pasta filo u hojaldres que se después se fríen. Como en el resto de sus platos, no faltan elementos aromatizantes como el comino, el anís, el agua de rosas o de azahar, la vainilla o la canela. Además, para rematar, a menudo se bañan en miel.

Nosotros sobre todo comimos sopa/crema, tortilla bereber, pinchos y tajine de pollo. Parecía que eran los básicos en cualquier menú. Y nos sorprendió encontrar menos cuscús del que imaginábamos. En cualquier caso, comimos muy bien.

Otro rasgo característico marroquí es el carácter comerciante. Así, para conocer los usos y costumbres, no puede faltar un paseo por sus zocos. Ya no digo comprar, pues eso depende de los gustos, el bolsillo, las ganas y la paciencia que uno tenga para regatear. Pero el ambiente hay que vivirlo.

Abren a las 9 de la mañana y cierran a media tarde pero no sabría decir si es mejor acudir a una hora u otra, pues parece que siempre hay gente. Para comprar, quizá a primeras horas el comerciante esté más fresco y la negociación sea más dura que a la tarde cuando ya está pensando en dar por concluido el día, pero realmente no hay reglas escritas. Al final todo depende de muchas circunstancias y el objetivo del comprador ha de ser marcarse el importe límite que esté dispuesto a pagar por el objeto. Pues desde luego, el vendedor ya tendrá bien pensado de cuánto no va a bajar para cerrar un buen negocio.

En los zocos se puede encontrar de todo, quizá lo más típico que busca cualquier viajero son babuchas, juegos de té, marroquinería, aceite de argán, kohl y especias. Mustapha, el conductor de nuestra excursión, nos comentó que el aceite de argán mejor comprarlo en una cooperativa para saber que no está rebajado con otros aceites. También que el kohl si no es bueno te puede causar una buena conjuntivitis. Así que, como todo, te puedes arriesgar a que si no entiendes, te den gato por libre y que no sea oro todo lo que reluzca.

Yo iba con muchas ideas en la cabeza sobre qué podría encontrar y qué me gustaría traerme del viaje, pero al final, salvo las especias, no compré nada más.

Con todo, este es el resumen de los gastos de nuestro viaje:

  • Vuelo: 81€
  • Seguro: 14.18€
  • Traslado aeropuerto: 3.5€
  • Alojamientos: 53.62€
  • Excursión al desierto: 180€
  • Efectivo: El uso de tarjeta no está muy extendido, por lo que sabíamos que deberíamos llevar efectivo. Una de las primas cambió en el banco 140€ y le dieron 1300 MAD. Nosotros por nuestra parte sacamos un par de veces con la Bnext y otra con la Revolut (un total de 422.39€) y el cambio era claramente mejor. Por ejemplo, en una ocasión retiramos 1522 MAD y nos cargaron 142.25€. De ahí pagamos los gastos del día a día: comida, entradas (los monumentos suelen tener tarifa estándar para extranjero de 70 Dirhams), las pocas compras que hicimos, las tasas de alojamiento y el traslado al aeropuerto desde el riad. Así queda el desglose por día (4 personas):
    • Día 1: 550 MAD
      • Comida: 60 MAD
      • Bebida Terraza: 80 MAD
      • Cena: 300 MAD
      • Tasas Riad: 110 MAD
    • Día 2: 632 MAD
      • Comida: 525 MAD
      • Cervezas y agua: 72 MAD
      • Bebida cena: 35 MAD
    • Día 3: 400 MAD
      • Comida: 400 MAD
    • Día 4: 590 MAD
      • Especias: 130 MAD
      • Comida: 400 MAD
      • Cena: 60 MAD
    • Día 5: 1846 MAD
      • Tasas Riad + Viaje aeropuerto: 485 MAD
      • Comida: 220 MAD
      • Cena: 301 MAD
      • Entradas: 840 MAD
    • Día 6: 506 MAD
      • Entrada Jardín Majorelle: 280 MAD
      • Comida 226 MAD

Es decir, al final, nos gastamos unos 450€ de media por persona (y digo de media porque hay cierta variación dependiendo de las compras de cada uno). Y realmente el grosso del presupuesto se fue en Vuelo + Alojamiento + Excursión, cuya suma ya suponía unos 315€.

Un viaje bueno, bonito y barato cargado de un sinfín de experiencias nuevas.

Marruecos XI. Día 6: Jardín Majorelle y vuelta a Madrid

Para nuestro último día en Marrakech habíamos dejado la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que se extiende más allá de la Medina. Como no es una zona muy turística, nos levantamos tranquilamente como el día anterior para desayunar a las 8:30. La oferta era muy parecida a la de la primera mañana en el riad, solo que había cambiado el tipo de bollo, en lugar de crepes teníamos tortitas y huevos cocidos en vez de tortilla francesa.

Desayunamos tranquilamente disfrutando de la paz del riad bajo los naranjos y después recogimos el equipaje y devolvimos la llave. Quedamos en volver después de comer para el traslado al aeropuerto y nos echamos a la calle. En principio pensamos tomar un taxi, pero al final, como era pronto y el sol todavía no pegaba con fuerza, nos fuimos dando un paseo.

Una vez salimos de la Medina se ve claramente otro tipo de planificación urbanística. Son unos diez minutos de paseo que de repente nos hacen avanzar 500 años de golpe. Aquí encontramos grandes avenidas arboladas construidas en la década de los años 30 del siglo pasado donde predominan grandes hoteles, cadenas de restaurantes occidentales, tiendas, locales de fiesta… El gobierno colonial francés optó por salir de la ciudad árabe y construyó una ciudad nueva a la que más tarde se han ido mudando marroquíes que aspiraban a mejorar su calidad de vida. Las calles quedan adornadas con vallas publicitarias y hay un tráfico caótico.

El centro de esta ciudad nueva es el barrio de Guéliz y nuestro destino era el Jardín Majorelle, que nació en los años veinte del siglo pasado cuando el pintor francés Jacques Majorelle, atraído por la luz y el color de Marrakech, compró una finca de palmeras en la que mandó construir una casa estilo Art Déco inspirada en la arquitectura de Le Corbusier. Allí instaló su taller, cuyo edificio pintó de un vibrante azul inspirado en el color de las casas bereberes y que hoy lleva su apellido. Alrededor creó un extenso jardín. Aunque iba a ser un espacio privado, de inspiración y creación para el artista, en 1947 se abrieron al público en general.

En 1962 el pintor tuvo un accidente de coche y volvió a su país natal, quedando la propiedad abandonada hasta 1980, cuando la compraron el estilista francés Yves Saint Laurent y su entonces pareja Pierre Bergé, de ahí que también sean conocidos como los Jardines Saint Laurent y atraigan a muchos seguidores del modisto. Sus cenizas fueron esparcidas aquí tras su muerte en 2008. Hay también un memorial en su honor.

En esta nueva etapa la propiedad pasó por unas importantes reformas: se erigió una villa, se convirtió el antiguo taller de Majorelle en una exposición permanente de arte islámico (alberga joyas tradicionales, antiguas piezas de madera tallada, bordados, manuscritos y litografías de Majorelle del Atlas), se optimizó el sistema de riego del jardín y se amplió el número de especies.

Cuenta con palmeras, aloes, cactus, bambús, nenúfares, naranjos, plataneros, cocoteros rosales y otras mil plantas y árboles que proceden de los cinco continentes.

En el recinto además abundan los estanques y riachuelos, en los que viven carpas, tortugas y ranitas.

Podría parecer extraño encontrar tal oasis en una ciudad como Marrakech, que suena a árida, sin embargo, la ciudad ha contado con importantes sistemas de canalización y riego ya desde el siglo XI, con la llegada de los almorávides. Recordemos la importancia del agua en la arquitectura árabe.

Estos jardines suponen un remanso de paz que contrasta con el caos de la Medina. Se respira tranquilidad y el ambiente es algo más fresco que entre los muros de la ciudad vieja. Yo no soy muy aficionada a las plantas, pero merece la pena darse un paseo entre un sinfín de plantas y árboles, sentarse en un banco bajo la sombra de una palmera y oír el agua correr y los pájaros cantar.

Es toda una maravilla para la vista con el contraste del verde de la vegetación frente al azul Majorelle y el amarillo que predominan en las construcciones.

Eso sí, mejor acudir a primera hora, pues se forman importantes colas.

Tras un par de horas en el jardín emprendimos el regreso a la Medina. El bus 19 lleva a la plaza Jamma, aunque también podíamos tomar un taxi. Sin embargo, como teníamos tiempo de sobra, volvimos también dando un paseo, aunque esta vez el sol sí que quemaba. Recorrimos un tramo próximo a la muralla, construida en el siglo XII por orden del almorávide Ali Ben Yusuf, de la dinastía de los almorávides, ante la necesidad de proteger Marrakech, que por aquel entonces era un campamento militar y mercado.

Se erigió entonces una Kasbah. En los siglos posteriores la ciudad fue creciendo y el trazado de la muralla tuvo que ser modificado y ampliado varias veces. Sin embargo, con el paso del tiempo acabó resultando ineficaz para contener a los atacantes y hoy queda con una mera función ornamental. Ha sido adaptada para el tráfico rodado, pero se mantiene casi intacta.

Con casi 20 kilómetros de largo y unas 600 hectáreas es la más extensa de todo Marruecos. Sus muros realizados en arcilla roja (la piedra es muy escasa en la región) que cambian de tonalidad según cómo el sol incida en ellos miden entre 8 y 10 metros de altura y entre 1,60 y 2 metros de anchura. Cuenta con 202 torres cuadradas y 22 puertas principales de acceso que comunican la medina con los barrios de Guéliz e Hivernage.

Las puertas más antiguas son Bab er Robb y Bab Agnaou. La primera de ellas era la puerta sur original de la ciudad, mientras que Bab Agnaou forma parte de los restos de la antigua Kasbah y está decorada con piedra verde de Guéliz. De hecho, es la única de piedra. Otras puertas importantes son Bab Doukkala, que con la planificación urbanística del siglo pasado ha quedado fuera de los muros; Bab El Khemis, la más decorada, que se halla al norte; Bab el Jadid;  o Bab el Debbagh.

Para resguardarnos del penetrante sol nos metimos en el Cyber Park, también conocido como Arsat Moulay Abdeslam Cyber ​​Park. Me recordó al Pherozeshah Mehta Gardens de Bombay por sus caminos de arena rojiza, aunque este parque estaba mucho mejor cuidado y era más frondoso.

Creado en el siglo XVIII, fue un regalo del sultán Sidi Mohammed Ben Abdellah a su hijo el príncipe Moulay Abdeslam con motivo de boda. Con el tiempo fue deteriorándose, pero en 2005 Maroc Telecom y la Fundación Mohammed VI para la protección del Medio Ambiente se encargaron de reformarlo y renovarlo, por lo que hoy en día ha recuperado su esplendor y es uno de los parques preferidos de los lugareños para escapar del ruido de la ciudad.

Aunque en su renovación se han incorporado un cibercafé (Maroc Telecom negoció poder obtener ingresos mediante la explotación de algunos espacios), acoge exposiciones culturales espectáculos y en general se ha modernizado (toda la iluminación es solar); también se intenta mantener el estilo y el ambiente original.

Además del Cibercafé, en una de las entradas Maroc Telecom ha instalado una pequeña exposición sobre telefonía donde podemos ver antiguas operadoras, teléfonos de cabina, de rueda, móviles de varias generaciones, módems…

Lleva unos 10 minutos visitarla, pero supone un viaje al pasado y nos lleva a reflexionar lo rápido que evoluciona la tecnología.

Era la una de la tarde y volvimos dando un paseo a la Medina, donde callejeamos en busca de un sitio donde comer. Sin embargo, al final acabamos en el restaurante de la noche anterior, pues sabíamos que era tranquilo, fresco y nos quedaba cerca del riad. Esta vez no elegimos platos para compartir, pues ya habíamos probado los platos locales. Nos decidimos por unos pinchos, una pizza y dos platos de espaguetis (unos a la boloñesa y otros a la marinera).

Comimos tranquilamente y, como aún había tiempo, fuimos en busca de una patisserie para que las primas comieran el postre. Y no sabían muy bien qué elegir, pues había demasiadas opciones. Al final se decidieron por una milhojas y una napolitana de chocolate. Por tan solo 10 Dirhams…

Volvimos al riad, donde esperamos un rato hasta que llegó a por nosotros un empleado que nos cargó el equipaje hasta salir de la Medina. Allí nos nos recogió el conductor que nos llevaría al aeropuerto. En el riad nos habían recomendado que estuviéramos unas 3 horas antes en el aeropuerto, algo que en un principio nos pareció demasiado. Y más teniendo en cuenta que no íbamos a facturar. Pero nos fiamos de su consejo. Y la verdad es que tenía razón, pues llegamos al aeropuerto a las 16:10 y nos encontramos con que había cola antes de entrar en la terminal.

No era excesivamente larga y en apenas cinco minutos habíamos pasado, supongo que no habría muchos vuelos a esas horas. Sin embargo, esto solo era para entrar en el aeropuerto en sí (un escáner de equipaje), dentro hay más escollos.

En Madrid llevábamos nuestra tarjeta de embarque en el móvil, con el código QR, sin embargo, para la vuelta al hacer el checkin online solo pudimos sacar el formato pdf, por lo que nos tocó pasar por mostrador para que nos imprimieran la tarjeta. Segunda cola del día. Eso sí, tampoco nos llevó más de diez minutos, a pesar de que el azafato estaba un poco empanado.

Siguiente paso. Ahora llegaba el turno del control de seguridad, donde sí que había algo más de gente.

Tras pasar por seguridad finalmente quedaba pasaportes. Eran las 17:08 cuando nos pusimos a la cola y había un buen recorrido por las cintas hasta llegar a las casetas de los funcionarios. Había gente que intentaba que le dejaran pasar sin esperar porque su vuelo salía ya, pero la policía les decía que a la cola pepsicola.

La verdad es que tiene su riesgo este último control, pues tampoco puedes hacer mucho para estar antes. Es decir, la puerta de embarque la cierran media hora antes de la hora prevista del vuelo, pero si necesitas pasar por mostrador para recoger la tarjeta, de nada te sirve estar 4 horas antes si no abren hasta que no quedan 2. Quizá para estar el primero en la cola y poder salir pitando para el siguiente control.

En nuestro caso pasó una hora hasta que finalmente nos sellaron el pasaporte. Y después de nuevo otro señor al que enseñarle que efectivamente nos lo habían sellado y no nos habían colado. Y ya por fin llegamos a la zona de tiendas y restauración. Nos habían sobrado unos 300 dirhams, y no merecía la pena cambiarlos, así que dimos una vuelta para comprar algún detalle a la familia. Aunque no nos pudimos entretener mucho, pues veinte minutos después ya habían abierto la puerta. A las 18:40 estábamos embarcando con el sol ya casi ocultándose y dejamos tierra a las 19:09.

El vuelo fue bastante tranquilo hasta que llegamos (intuyo) al estrecho, que tuvimos turbulencias. Pero por lo demás, se me hizo bastante corto, más incluso que a la ida. Eso sí, esto no impidió que algunos se echaran alguna cabezadita.

Aterrizamos en Madrid poco antes de las 9 de la noche, donde nos recibió un clima bastante más fresco que el de Marrakech. Comenzaba la cuenta atrás para el próximo viaje a Berlín en diciembre.

Marruecos X. Día 5 III: Marrakech. Tumbas Saadíes y Madrasa de Ben Youssef

Para concluir la mañana, tras visitar el Palacio Bahía y el Palacio Badii, nos dirigimos a las Tumbas Saadíes, uno de los monumentos más visitados de  Marrakech.

Se encuentran ubicadas en el barrio de la Kasbah, lo que hace que no sea fácil llegar a ellas. La guía de El País Aguilar indicaba que había que pasar por un estrecho callejón junto a la Mezquita Moulay El Yazid, así que a ella nos dirigimos.

Esta mezquita, también conocida como la Mezquita de la Kasbah, data del siglo XII y es una de las más importantes de Marrakech junto con la de la Koutubia. Fue mandada construir por Al-Mansour en el distrito imperial para que así le quedara cerca a la hora de rezar. Como curiosidad, parece que no está bien orientada a la Meca, y es que según el período histórico se ha considerado que esta quedaba en unas coordenadas u otras.

Bordeamos la mezquita y buscamos el famoso callejón… pero nada, después de callejear acabamos en la misma plaza. Venga, segundo intento, pero esta vez tomamos otro recodo a ver. Comenzamos fijándonos bien en los detalles para ver si nos habíamos pasado algún cartel, pero allí solo parecía haber casas… de hecho me fui a meter en un patio y un chaval me dio a entender que era un lugar privado… Así que, nada… seguimos intentando encontrar las famosas tumbas.

En un giro nos encontramos con un señor que nos vio perdidos y nos dijo que si íbamos buscando las tumbas. Al responderle afirmativamente nos abrió su tienda de alfombras para que pasáramos. Resulta que el señor tenía una puerta trasera que conducía al callejón de acceso a las tumbas. Seguro que hay una forma más rápida y sencilla de llegar, pero no la encontramos.

Las Tumbas Saadíes datan de la conocida como Edad de Oro de Marrakech, la época en la que reinaba la dinastía saadí. Actualmente son el único vestigio que queda de aquellos años de esplendor. Y es que, como habíamos visto en la entrada anterior, el sultán alauita Mulai Ismail mandó destruir todo lo perteneciente a sus antecesores. Quizá por superstición o por respeto a los muertos, con el cementerio sin embargo ordenó que se tapiara su entrada con una muralla. Y ocultas quedaron hasta 1917 que los franceses sobrevolaron la zona para la creación de mapas de la ciudad y descubrieron cómo sobresalían los tejados de los mausoleos sobre otros edificios.

En 1557 el sultán Ahmad al-Mansour, el mismo del Palacio Badii, encargó edificar un mausoleo para su madre, Lalla Messaouda (Lalla es el título que se otorga en Marruecos a las mujeres de la Familia Real), sobre la tumba de su padre, Mohamed Cheikh, en un lugar que ya se usaba como necrópolis de nobles. Tiempo después se construyó otro para él y el resto de miembros de la dinastía.

Tras pasar las taquillas, entramos en una zona ajardinada rodeada de altos muros. De hecho, de no saber que se trata de un cementerio, bien podríamos pensar que se trata de un palacio, tanto por las salas ricamente decoradas, como por los jardines. El recinto alberga más de 100 tumbas a ras de suelo decoradas con mosaicos de azulejos. Algunas se sabe que pertenecen a miembros de la familia real, sin embargo, otras están sin identificar y se cree que en ellas descansan sirvientes y guerreros de la dinastía saadí.

En un lado del jardín se erige el Mausoleo de Lalla Messaouda, de planta cuadrada y dos salas laterales. Originalmente era un único espacio, pero con el tiempo fue ampliado con unas pequeñas galerías, una sala para tumbas de la familia y una sala de oración.

Y aunque este edificio llama la atención por la riqueza de su decoración, realmente el que capta toda la atención es el principal. Es fácil de localizar, puesto que hay que hacer cola para ver su interior. Este mausoleo también cuenta con varias salas comunicadas entre sí: La Sala de Oraciones, la Sala de las Doce Columnas y la Sala de los Tres Nichos.

La Sala de Oraciones queda unida con la principal por un arco y se extiende hacia la izquierda de esta. Cuenta con cuatro columnas y un antiguo mihrab y su función es indicar la dirección de la Meca. Aunque su suelo está cubierto de mosaicos y la parte superior de la estancia tiene una bella ornamentación con el típico nido de abeja, en realidad es la más austera de las tres salas.

Paradógicamente, alberga tumbas de la dinastía alauita.

La Sala de las Doce Columnas es donde descansan los restos mortales del sultán, de su hijo y de su nieto.

Todo llama la atención en 10 metros cuadrados. Desde el suelo hasta el techo. Tanto el suelo como las paredes cuentan están completamente decorados con azulejos esmaltados. En determinada altura una cenefa con los versículos del Corán sirve de corte para la parte superior, donde los muros están recubiertos con estucos con el característico dibujo de nido de abeja y rematados con detalles dorados.

La estancia queda cubierta por una cúpula tallada en madera de cedro con relieves de oro que descansa sobre doce columnas (de ahí su nombre) de mármol de Carrara con capiteles adornados con motivos vegetales.

Es impresionante y no me extraña que se forme cola. La decoración, la iluminación, los detalles…muestran el poder de la dinastía saadí. Viendo esta sala una piensa en cómo sería el Palacio Badii antes de su saqueo y lo que nos hemos perdido. Cuesta imaginarlo, pero sin duda debió ser impresionante. No hay más que ver otros ejemplos similares de la arquitectura árabe y andalusí en nuestro propio país.

Por último, la Sala de los Tres Nichos  está dedicada a los príncipes saadíes que fallecieron jóvenes, a las mujeres y a las concubinas.

Bien merecía la espera para poder ver esta joya artística, aunque nosotros apenas hicimos cola unos 5 minutos. Pero claro, era noviembre, supongo que en verano debe llevar mucho más.

Tras quedar maravillados por la visita a las Tumbas Saadíes fuimos en busca de un sitio para comer, que se nos había hecho algo tarde. Teníamos ganas de couscous, ya que no lo habíamos probado en todo el viaje y, tras darnos una vuelta para comparar locales y menús, acabamos en un restaurante en un lateral de la plaza Jemna el Fnaa que tenía una pequeña terraza en el tejado.

Elegimos un couscous de pollo y otro de legumbres. Además, pedimos un Sandwich de pollo y otro mixto.

Los sándwiches, hechos de pan de hogaza casi como si de una hamburguesa se tratara, estaban muy ricos. Y eran contundentes. Los couscous para ser dos diferentes eran prácticamente iguales. La única diferencia era que el de legumbres llevaba unas pocas judías.

Con el sol cada vez más presente en la terraza, decidimos continuar el paseo. La siguiente parada era la Madrasa de Ben Youssef, que lamentablemente habíamos leído que estaba en obras y parecía que no íbamos a poder visitar. De todas formas, probamos suerte a ver si se podía ver por fuera.

Esta escuela de teología coránica se halla al norte de la zona de los zocos junto a una mezquita del mismo nombre. Fundada a mediados del siglo XIV por el sultán Abou el Hassan de la dinastía de los benimerines, fue refundada dos siglos después por el sultán saadí Mulay Abdalah, quien ordenó realizar importantes reformas y renovaciones en el edificio.

Pronto se convirtió en la más importante de todo el norte de África. Contaba con una universidad coránica y una residencia en la que acogía a más de 900 estudiantes de todo el mundo musulmán.

Cerró en 1960 y desde 1982 funciona como monumento. Lamentablemente, una lona nos confirmó que efectivamente estaba en obras y no pudimos ver gran cosa.

Y ya que la madrasa estaba cerrada, decidimos dedicar la tarde a los zocos, aunque no compramos mucho, la verdad. Solo el hecho de entrar en el regateo nos daba algo de pereza. Aunque alguna parece que sí que estaba en su salsa y tenía a los vendedores llamándola a voz en grito para que volviera con el nuevo precio que le ofrecía.

Como aún era pronto, volvimos a la Plaza Jamaa el Fna para dar una vuelta y vivir por última vez el ambiente. Aunque esta vez no pensábamos cenar allí.

De noche volvimos al riad para ducharnos y medio preparar el equipaje, pues aunque teníamos el vuelo el día siguiente a las 6 de la tarde, la habitación la teníamos que dejar a las 12. Así que la idea era desayunar y dejar allí el equipaje hasta después de comer que volveríamos para que nos llevaran al aeropuerto.

Salimos a cenar a un restaurante próximo al riad, Chez Brahim. Esa noche nos lo íbamos a tomar con algo más de calma. Tenían horno de leña y por no repetir de nuevo tajin o couscous, elegimos tres pizzas diferentes (atún, marroquí y vegetariana) y un plato de briwats, (pequeños triángulos de pasta filo rellenos).

Nos gastamos la friolera de 300 Dirhams. Sin duda el primer día hicimos la novatada, pues en comparación fue el día que más caro pagamos la comida.

Tras la cena tocaba volver al riad a dormir.

Marruecos IX. Día 5 II: Marrakech. Barrio Judío y Palacio Badii

Tras la visita al Palacio Bahía nos dirigimos al barrio judío de la ciudad, que se halla en la zona sur de la Medina. Recibe el nombre de Mellah y viene a equivaler a las juderías o guetos de Europa.

Cuando los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica, Moulay Abdallah, de la dinastía saadí, debió pensar de forma similar al sultán otomano Bayezid II cuando dijo aquello de “Aquellos que les mandan, pierden, yo gano” y decidió darles asilo. Detrás de esta acción había intereses, claro, ya que sabía que la ciudad ganaría con las habilidades artesanales, comerciales, económicas y diplomáticas de los judíos. Les impuso unos importantes tributos a cambio de protección y fueron ubicados en un terreno al Sur del Palacio de la Bahía y al Este del Palacio El Badi de una superficie de 18 hectáreas.

El Mellah contaba con sus sinagogas, su cementerio y su propio mercado. Era una ciudad dentro de otra ciudad, y quedaba bien delimitado, ya que estaba rodeado una muralla y dos puertas de conexión con la medina (que estaban custodiadas por soldados reales y además se cerraban por la noche para que nadie pudiera salir o entrar). Además, su arquitectura era diferente, ya que a diferencia de las casas de la medina, en el barrio judío abundaban las fachadas con terrazas.

Con el tiempo, cuando la población fue creciendo, el recinto se quedó pequeño y llevó al hacinamiento y la pobreza. Salvo aquellos que tenían trabajos relacionados con la realeza (consejeros, economistas, comerciantes), el resto de los judíos veían cómo cada vez tenían más limitaciones. Por ejemplo no podían mudarse fuera de la judería, tenían prohibido montar a caballo, e incluso debían andar descalzos si salían a la medina. Acabó convirtiéndose en un barrio marginal.

Tras la constitución del Estado de Israel a mediados del siglo XX muchos emigraron, por lo que la presencia de judíos hoy en día es testimonial. Los pocos que quedan censados en la ciudad (se estima que unos 300) se han ido mudando al Barrio de Guéliz, en la parte nueva. El Mellah hoy no parece ser muy frecuentado por los turistas, sin embargo, fue una de las partes que más me sorprendió de la ciudad y bien merece un paseo, aunque no quede mucho del pasado.

Íbamos intentando reubicarnos, pues nos habíamos encontrado con que la calle que nos llevaría al barrio estaba en obras y unas vallas impedían su paso, cuando se nos acercó un hombre preguntándonos en español que si íbamos buscando el barrio judío, que él iba para allá. Nos explicó que con las obras había que entrar por otro sitio y le seguimos.

De camino nos comentó que sabía español porque su padre había estado trabajando en Zaragoza para Navidul. Hizo la broma él mismo: “¿qué mejor sitio para un contratar a un musulmán que uno que trabaja con cerdos?”

Cuando llegamos al Mellah, aprovechó para llevarnos a la tienda de especias de un conocido, pero nosotros ya habíamos hecho nuestras compras en la excursión, por lo que nos despedimos y comenzamos a pasear por las callejuelas estrechas de la judería. El estado de sus edificios muestra que sigue siendo un barrio pobre, pero ello no le hace perder su encanto. Al contrario, le hace ganar puntos en autenticidad. Su mayor atractivo es el antiguo mercado de las especias, donde se pueden encontrar todo tipo de condimentos y coloridas y aromáticas especias: comino, azafrán, pimentón, jengibre, cúrcuma, cilantro, orégano…

Y parece que a mejor precio que en el zoco de la medina, ya que este está más orientado a la población local y tiene menos saturación turística. Aunque supongo que todo dependerá de si te saben local o foráneo…

En el mercado cubierto también se pueden comprar hierbas medicinales, aromáticas, tes, frutos secos, cremas para la piel, maquillaje natural, perfumes, jabones… Además no pueden faltar las alfombras, tapices y telas.

Y no podemos olvidarnos de las joyas. Los judíos eran unos importantes joyeros.

En el barrio aún quedan dos sinagogas en activo: Negidim y Al-Azmah. Nada que ver con la treintena que llegó a haber en su día. La más conocida de las dos es la sinagoga Al-Azmah, que fue construida por los españoles y es la más antigua de la ciudad (aunque su edificio data del siglo XIX). Sirve como lugar de rezo y como museo y se puede visitar, sin embargo, nosotros encontramos un letrero en la puerta que indicaba que estaba cerrada, no sé si es que sería la hora del rezo.

Pegado a la muralla de la medina se halla el viejo cementerio o Miâara, el mayor cementerio judío del país. Alberga en sus 52 hectáreas un buen número de tumbas como consecuencia de sus casi 6 siglos de historia. Nosotros no llegamos a visitarlo. En su lugar salimos a la Plaza des Ferblantiers o Plaza de los Hojalateros, una pequeña plaza en la que, como su nombre indica, se ubican talleres y comercios dedicados al trabajo del metal. Hay de todo, desde pequeñas mesas auxiliares hasta lámparas pasando por los típicos juegos de té. Nos recordó al barrio turco de Sarajevo.

En los soportales de la plaza había ya movimiento, pues se acercaba la hora de la comida y los camareros de los restaurantes que hay en la zona empezaban a desplegar sus encantos para que conociéramos sus menús. No obstante, para nosotros era aún pronto para comer. Echamos un vistazo para saber qué opciones teníamos, pero continuamos hasta el Palacio Badii.

Su nombre significa “El Incomparable”, y es que el sultán Ahmed al-Mansour, quiso que se construyera el palacio más lujoso del mundo tras ganar a las tropas portuguesas en la Batalla de Alcazarquivir (también conocida de los Tres Reyes) el 4 de agosto de 1578.

La tarea se llevó a cabo entre 1578 y 1603 y en ella participaron los mejores artesanos no solo del país, sino venidos de Francia, España o Italia. Por supuesto, también se usaron los mejores materiales de la época, así que se trajeron mármol de Carrara y granito irlandés. Las habitaciones destacaban por la riqueza de su decoración. Las paredes y techos fueron revestidos con estuco, mosaicos y pan de oro de Sudán. Asimismo, abundaban los materiales preciosos como oro, jaspe, ónice, turquesas… Además, se completaron las estancias con muebles traídos desde China.

Sin embargo, todo este esplendor fue borrado de un plumazo con la llegada al poder en 1676 de la dinastía alauita. El sultán Moulay Ismaïl (que ha pasado a la historia por ser el sultán más cruel de Marruecos) ordenó su expolio y gran parte de los materiales se reutilizaron para reconstruir Meknès, la ciudad elegida para convertirse en capital del imperio en 1672.

Así, hoy en día prácticamente solo se conserva la estructura del palacio y algunos fragmentos de mármol de las columnas, azulejos, estucos y restos de las fuentes que se encontraron en las excavaciones arqueológicas de mediados del siglo pasado. Aún así, merece la pena la visita. Aunque solo sea para imaginar lo que fue en su día.

Con un plano influenciado por el de la Alhambra de Granada, las 360 habitaciones quedaban repartidas en grandes pabellones distribuidos en torno a un patio central. Este, de 135×110 metros, aparecía dominado por cinco estanques y cuatro jardines en los que hay varios naranjos. El estaque central, de 90×20 cuanta con una isla que acoge en julio el festival de música tradicional y también algunos eventos del Festival Internacional de Cine.

Al este y al oeste del patio se erigían dos pabellones enfrentados y de planta similar: el Pabellón de Cristal y el Pabellón de Audiencias. en ambos casos había una sala central que comunicaba con los jardines gracias a unas escaleras. Mientras que el primero era usado para uso privado del sultán, el segundo era donde recibía a las visitas.

Por otro lado, al norte y al sur se encontraban el Pabellón Verde y el Pabellón del Heliotropo, ambos con las galerías abiertas.

El Pabellón Verde contaba con una planta principal en la que se encontraba una estancia alargada con un hueco. La habitación tenía en su día suelos decorados con azulejos y alguna fuente. En la primera planta había otras dos estancias con orientación Norte-sur que también tenían los suelos cubiertos de azulejos

En la actualidad queda el recinto amurallado en el que se puede visitar la gran explanada donde se ven los huecos de los estanques plagados de naranjos. El resto está casi todo en ruinas. Eso sí, se puede subir a la torre de la muralla para otear toda la ciudad además de las casas aledañas y numerosos nidos de cigüeñas (aves sagradas para los bereberes). En los días despejados dicen que incluso se llega a ver la cordillera del Atlas.

También se puede visitar un pequeño museo en el que se expone un Minbar de cedro con incrustaciones de marfil que está considerado toda una obra de arte. Este púlpito móvil en el que el imán da el sermón se realizó en Córdoba en el siglo XII y fue usado en la Koutubia hasta 1962.

La visita fue muy interesante, aunque es una pena que las dinastías que fueron ostentando el poder destruyeran obras arquitectónicas tan importantes solo porque las habían ordenado otros. Debió ser impresionante en su día. Nos faltaba por ver si Las Tumbas Saadíes se conservaban algo mejor, ya que parece que por superstición el sultán alauita no ordenó su destrucción.

Marruecos VIII. Día 5: Marrakech. Palacio Bahía

Nuestro penúltimo día en Marrakech decidimos tomárnoslo con calma. Teníamos un día completito, pero después de la tralla que nos metimos en la excursión, sobre todo con los madrugones y mucho tiempo sentados en el coche, pensamos que nos merecíamos levantarnos un poco más tarde (un poco… sin exagerar). A las 8:30 estábamos de nuevo en el patio, esta vez con luz, y pudimos descubrir lo cuidado de la decoración: los árboles, las mesas, el sofá, la fuente… incluso el repetidor de la wifi estaba oculto para que no desentonara.

Aún medio dormidos, era el momento de disfrutar del desayuno. Vaya despliegue: tortillas francesas, crepes, bollería, pan, miel, mantequilla, mermelada, aceite…. Café y leche (aquí faltó el té). Y por supuesto yogur, fruta y zumo natural. Todo tenía una pinta increíble.

Tras desayunar, nos preparamos las mochilas y cámaras y nos echamos a la calle. Teníamos previsto visitar el Palacio Badí, el Palacio Bahía y las Tumbas Saadíes. A ver si no nos perdíamos.

Nos dirigimos al Palacio Bahía, una de las obras arquitectónicas más importantes de Marrakech. Erigido en la segunda mitad del siglos XIX por orden del poderoso visir Ahmed Ben Moussar, es un complejo paliaciego en cuyo interior se pueden visitar distintos patios y estancias privadas que usaron el visir y sus cuatro esposas.

El palacio cuenta con 160 habitaciones. Todas ellas en la misma planta, y es que parece que el visir tenía una obesidad de nivel importante y su movilidad era bastante reducida. Todas las estancias están decoradas con alicatados zellij, una técnica en la que se emplean teselas multicolores formando complejos dibujos geométricos, estucos esculpidos y madera de cedro tallada empleada como friso y decorada con inscripciones religiosas que cumplen una función decorativa, pero a la vez informativa.

Además, dispone de unos extensos jardines.

El proyecto de construir el palacio más impresionante de todos los tiempos recayó en las manos del arquitecto marroquí Muhammad al-Mekki, quien contó con los mejores artesanos del país durante seis años. Y la verdad es que es una auténtica maravilla. No solo por el plano y la extensión del palacio, sino también por su arquitectura y el detalle de sus elementos decorativos. Se pueden tardar horas en recorrerlo simplemente parándose a observar cada estancia y los diseños de sus arcos de herradura, de sus chimeneas o techos.

Imagino que el mobiliario y telas que adornaban las habitaciones debían ser igualmente impresionantes, sin embargo, hoy no queda nada porque tras la muerte del visir, tanto sus mujeres como el sultán de la época, Abdel Aziz, saquearon el palacio.

Para finalizar salimos al gran patio, también conocido como el Patio de Honor, el más grande del palacio con unas dimensiones de 50×30 metros.

Construido entre 1898 y 1899 está pavimentado en mármol y azulejos y cuenta con una galería de 52 columnas de madera tallada y pintadas. Además, en el centro tiene dispuestas varias fuentes decorativas.

Habíamos empezado fuerte el día, nos encantó el palacio y su decoración, pero aún nos quedaba mucho por ver.

Marruecos III. Día 2: Marrakech – Tizi n’Tichka – Ait Ben Haddou

El día amaneció muy pronto, ya que nuestro conductor pasaría entre las 8 y 8:30 a por nosotros, lo que nos dejaba poco más de media hora para el desayuno, que comenzaba a las 7:30. Pero a veces las cosas no salen como una espera.

Acababa de sonar nuestro despertador a las 7 de la mañana cuando se oyó un teléfono en el riad. En aquel momento pensé que qué inoportuno quien llamase tan pronto. Y de repente, unos toques a la puerta. Abro y es el chico que nos había recogido el día anterior diciendo que el del teléfono era nuestro conductor, que nos recogía a las 7:30. Me quedé sorprendida por el cambio de horario y así se lo comuniqué, por lo que le volvió a llamar. El tipo nos dijo que recogía entonces antes al resto y después se pasaba a por nosotros. Así que seguimos arreglándonos y guardando nuestras cosas mientras nos preparaban el desayuno. Y a los 10 minutos se presenta el conductor en la puerta.

Salgo a hablar con él y le pregunto su nombre y me dice que Brahim. A lo que le enseño la conversación de whatsapp en el que se me especificó la hora en que nos iba a recoger un tal Brahim, que desde luego no eran las 7:30 de la mañana. Con cara de sorprendido me pide que le reenvíe la conversación para hablar con su jefe y le digo que le haga una foto que es más rápido. Así lo hace y tras una breve llamada me dice que bueno, que nos da 15 minutos, que la excursión tiene que empezar a las 8 y ya tiene a todo el mundo.

No entiendo nada, pero medio dormida aviso al resto y nos dedicamos a cerrar mochilas mientras nos vamos bebiendo el zumo que nos acaban de poner y algunos se abrasan con el café que aún arde. El personal del riad se lo toma con calma y nos va sacando la mantequilla, la miel, la mermelada, unos yogures… pero nosotros cada vez más impacientes no contamos con mucho tiempo, por lo que avisamos en cocina de que si nos pueden poner para llevar las tortillas francesas que tengan preparadas, que no hace falta que nos hagan más. Nos improvisaron un par de hogazas partidas a la mitad y con las tortillas dentro, cogimos un par de yogures y salimos pitando a la minivan de Brahim rozando las 7:50 de la mañana.

Montamos en la furgoneta y tras un trayecto de unos 5 minutos nos dicen que bajemos y que paguemos lo que nos queda a un compañero. Así que recogemos nuestras cosas del maletero y cuando voy a pagar me pide una cantidad muy muy por debajo de lo que teníamos que abonar. Ante nuestra sorpresa me enseña su móvil y me dice que si soy fulanitO. Y yo con cara de W.

Le digo que no y le saco mi reserva a lo que empieza a llamar al tal Brahim y a echarle lo que parece una bronca (no entiendo árabe por lo que solo me puedo fiar de la comunicación no verbal y la entonación). Después me explica que su compañero se ha equivocado y que no era a nosotros a quien tenía que recoger, pero que sí tenía a 4 personas en nuestro riad. El conductor se va y yo intento explicarle a este señor que yo le he enseñado una conversación en la que se veía claramente el logo de la empresa y los datos de la recogida y el tal Brahim me había dicho que sí, que era él pero que tenía otra hora planificada en su ruta. Y luego resulta que no es que no fuera nuestra excursión, es que no era ni la misma compañía.

Así que nos encontramos dentro de la franja de hora de nuestra verdadera recogida en una calle indeterminada de Marrakech con una empresa que no es con la que habíamos contratado la excursión. Y sorprendentemente tranquilos, sumando una anécdota más a la de la llegada al aeropuerto y que no tuviéramos conductor esperando. En este caso parece que fue un cúmulo de desafortunadas coincidencias. Al llamar Brahim a recepción y decir que tenía que hacer una recogida de cuatro personas para una excursión al desierto, el chico dio por hecho que era a nosotros, pues el día anterior a nuestra llegada habíamos hablado con él sobre nuestros planes durante nuestra estancia. Y por otro lado, la casualidad de que el conductor se llamara igual que el de nuestra empresa. A ello se le sumó el sueño y no caer en verificar con él todos los datos, como el nombre de compañía a pesar de que el logo se viera claramente en la conversación que le enseñé.

El señor de la otra empresa llamó a la nuestra para avisarles de nuestro rapto y después nos comunicó que no nos moviéramos, que vendrían a por nosotros, así que con el asunto solucionado nos sacamos nuestros bocadillos de tortilla para por lo menos desayunar algo sólido. Mientras tanto, la voz se debió correr y empezaron a acercarse señores de otras empresas a preguntarnos que qué excursión íbamos a hacer y si habíamos pagado algo. Vaya, que querían que contratáramos con ellos. Pero nosotros nos mantuvimos firmes diciendo que habíamos pagado ya prácticamente el total y que nos recogerían en breve. No queríamos más líos.

Los minutos pasaban y llegaban furgonetas pero ninguna era la nuestra. Mi móvil no cogía red de teléfono, así que solo me quedaba intentar pillar wifi para comunicarme con ellos. Afortunadamente el bar de enfrente la tenía sin contraseña, por lo que siguiendo nuestra conversación inicial, escribí para decirles lo que había pasado y dónde nos encontrábamos adjuntando fotos y ubicación. Esperaba que así al menos ellos supieran localizarnos, porque nosotros conocíamos poco de la ciudad. Mi prima sí que consiguió red, por lo que nos llamaron a su número y conseguimos concretar la recogida.

Minutos después apareció por fin nuestro conductor que llevaba dando vueltas media hora en nuestra búsqueda. Y resulta que no se llamaba Brahim sino Mustapha. Pero este era el de verdad. De verdad de la buena. Confirmado.

En la furgoneta ya había una pareja (también de Madrid) y nos quedaba una última parada ya en la zona nueva de Marrakech para recoger los últimos integrantes de nuestro viaje y echarnos a la carretera. Al final, con nuestro secuestro salimos casi a las 9 de Marrakech rumbo al sur.

Hicimos nuestra primera parada unos 100 km después, en un restaurante en lo alto del puerto Tizi n’Tichka, que cruza la cordillera de los Atlas. Alcanza los 2.260 metros de altura sobre el nivel del mar, lo que lo convierte en el puerto más alto del país.

Fue construido por el ejército francés en 1939 para uso militar. Gracias a este paso de carreteras Marrakech queda conectada con el sur, donde  el paisaje cambia y comienzan a predominar las dunas. Eso sí, es una de las rutas más peligrosas del país por la cantidad de curvas, el tráfico denso de camiones y vehículos turísticos y la peculiar forma de conducir marroquí. Hay quien incluso recomienda biodramina, pero creo que no fue para tanto. O Mustapha era buen conductor o yo iba distraída absorbiendo el paisaje.

Tras la breve parada (primero en el restaurante y luego en un apartadero más arriba) continuamos nuestro viaje emprendiendo el descenso. Hora y media más tarde llegamos a Ait Ben Haddou, la ciudad fortificada más famosa de Marruecos por haber sido escenario de varias producciones cinematográficas y por ser la mejor conservada del Atlas. Allí se supone que nos tenía que estar esperando nuestro guía, pero aún no había llegado, por lo que nos tocó esperar un poco ante el enfado de Mustapha que se quejaba del carácter relajado marroquí. Este tiempo muerto nos sirvió para conocer a nuestros compañeros de viaje, que también habían llegado el día anterior a Marrakech, solo que ellos lo hicieron por la tarde y les tocó esperar 3 horas de colas en el control de pasaportes. Alucinamos.

Finalmente llegó nuestro guía Mohamed (o así nos dijo que le llamáramos), quien nos explicó cómo funciona una Kasbah y nos dio unos datos sobre esta en concreto así como de su pueblo. Nos contó que las kasbahs son ciudadelas bereberes. En realidad, no distan mucho de la forma medieval occidental de construir las ciudades. Se trata de buscar un sitio elevado y después amurallarlo para protegerse de ataques externos. La diferencia (entre otras cosas) es que en vez de usar piedra y madera como se hacía en Europa, los bereberes construían estos conjuntos arquitectónicos con barro y adobe.  Cuando se agrupan varias kasbahs, tenemos un Ksar.

Este de Ait Ben Haddou, declarado Patrimonio Humanidad por la UNESCO en 1987, se ubica en las faldas de una colina y queda protegido por una muralla defensiva y dos torres en los flancos. Nació en el siglo XI cuando se establecieron los almorávides para controlar el paso de las caravanas comerciales procedentes del África negra con destino Marrakech, Fez y Meknes. Hoy aún residen algunas familias, pero la mayoría de la población de Ait Ben Haddou reside fuera del Ksar.  En la parte moderna podemos encontrar hoteles, restaurantes, locales de artesanía… enfocado totalmente al turismo.

Para llegar a la parte amurallada debemos cruzar el río Ounila, bien por un puente nada particular y de reciente construcción, o a la manera tradicional, como quería nuestro guía: cruzando el río por unos sacos. Sin embargo, la idea de los sacos no cuajó mucho en nuestro grupo. A algunos por el calzado que llevaban, otros por los equipos fotográficos y otros porque iban de punta en blanco, así que convencimos al guía para ir por el puente, aunque se tardara algo más. Sí que es cierto que cruzando por los sacos se tienen mejores vistas al acceder por la puerta principal, pero le pedimos que después diéramos el rodeo para no perdérnoslas.

Una vez en el ksar nuestro guía nos llevó un poco a la carrera callejeando hacia la parte alta. Desde allí arriba contrasta la uniformidad cromática de la parte amurallada con el pequeño palmeral a sus pies.

Pudimos ascender a lo alto de la colina, donde se encuentra una antigua fortificación que servía de granero. Hacía calor, pero dimos el último empujón para poder disfrutar de las vistas 360º.

De bajada nos llevó a una tienda en la que nos mostraron la técnica de pintar con pigmentos y una bombona. Algo similar a los talleres de campamento con un limón y una vela. Tenían obras muy bonitas, pero no era muy práctico comprar algo que no cupiera en nuestras mochilas o pudiera acabar dañado, así que no compramos nada. En la puerta tenían expuestas fotos de los diferentes rodajes que han pasado por la ciudadela. Lawrence de Arabia, El Príncipe de Persia,  La Joya del Nilo, Alejandro Magno, La Momia, Gladiator, Asterix y Obelix: Misión Cleopatra y recientemente Juego de Tronos.

Precisamente en la entrada principal aún se ven en el suelo las marcas donde estuvieron las falsas puertas de cartón de Yunkai, ciudad liberada por Daenerys Targaryen.

Rodeamos la ciudad volviendo al puente firme y tras despedirnos de nuestro guía nos sentamos a comer.

Marruecos II. Día 1 II: Paseando por la Medina. Plaza Jamaa el Fna, Koutubia y zocos

Lo primero que hicimos tras pasar tanto control fue ir en busca de un cajero para sacar dinero. La moneda local es el dírham marroquí (MAD) y podemos encontrar billetes de 20, 50, 100 y 200 y monedas de 1, 2, 5 y 10 dírhams, así como de 10, 20 y 50 céntimos.

Con algo de efectivo que nos llegara al menos hasta que volviéramos de la excursión al desierto, nos dirigimos al exterior para encontrarnos con nuestro conductor. Habíamos contratado la recogida con civitatis, sin embargo, algo les pasó con la reserva. Una semana antes había tenido lugar el dichoso el cambio horario de invierno, pero Marruecos, en el último momento, decidió quedarse en el de verano, por lo que tuve que modificar la reserva para que la recogida en vez de ser a las 12:40 fuera una hora más tarde. No obstante, eran las 2 y allí no había nadie con nuestro nombre, algo que me extrañaba porque tenían nuestro número de vuelo y se supone que saben que hay que pasar un control de pasaportes, así que deberían contar con un margen de tiempo de espera. Así que, ¿por qué no había nadie esperándonos?

Coincidimos con unos chicos que también venían de Madrid y habían contratado con la misma empresa. Su conductor tampoco se había presentado y estaban intentando llamar al teléfono de contacto, aunque sin éxito. Así que, empezamos a pensar que nos habían estafado a todos.

Cuando ya estábamos valorando si tomar un taxi o incluso el bus local, los chicos dieron con su conductor y como era de la misma empresa, aprovechamos para preguntarle que qué pasaba con nuestra reserva. Buscó sus papeles y revisó sus recogidas, pero ahí no estaba mi nombre. No obstante, llamó a la compañía para que se lo consultaran y nos dijo que esperáramos junto a sus compañeros hasta que nos dijeran algo.

Unos diez minutos y varias llamadas más, finalmente uno de los conductores nos dijo que él nos llevaba, así que con él que nos fuimos a su minivan.

La primera toma de contacto que teníamos con Marruecos era de calma y caos. Calma porque van con un ritmo pausado sin estresarse ante las adversidades y caos porque el tráfico era una locura. Es verdad que no era Bombay (eso es otro nivel), pero había motos por todos lados con varios ocupantes sin cascos, los adelantamientos no eran nada reglamentarios (bueno, allí a lo mejor sí) y el respeto por el límite de velocidad brillaba por su ausencia. Pero llegamos. Además, el conductor se encargó de llamar al riad para que salieran a buscarnos y no nos perdiésemos por la medina. Llegar al Riad fue volver otra vez a la calma. Es increíble cómo dentro del tremendo caos que es la ciudad antigua se consiguen esos remansos de paz. Como no podía ser menos nos recibieron con un té bien caliente que estaba muy rico y con mapa en mano, el chico nos explicó los puntos de interés y cómo ubicarnos. Aún así, nos comentó que la primera vez que saliéramos él nos acompañaría para guiarnos y que si nos perdíamos, o llamáramos al riad o pidiéramos ayuda a alguien de las tiendas próximas.

Después nos indicó dónde estaban nuestras habitaciones. Aunque habíamos hecho una reserva para una cuádruple, nos dieron dos dobles, una a cada lado del patio. Ambas contaban con su cama doble, una zona de estar con un sofá y el baño. No podríamos haber elegido mejor. De momento nos estaba encantando todo.

No nos entretuvimos mucho, pues estábamos sin comer, así que descargamos el equipaje, preparamos las mochilas para salir a conocer Marrakech siguiendo a nuestro anfitrión entre los callejones para no perdernos.

Localizada a los pies del Atlas y a un par de horas de la costa atlántica, Marrakech es una de las grandes ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Meknes y Rabat, la capital. Fue fundada en 1062 cuando Youssef Ibn Tachfin, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides, estableció un campamento en la zona para así controlar las rutas a través del desierto del Sáhara. Acabó convirtiéndose en la capital del Imperio Islámico y desde allí comenzó la conquista de Marruecos. Y no se quedaron ahí, sino que llegaron a la Península Ibérica, derrotando a los cristianos y haciéndose con buena parte del territorio. El reino acabó en 1147 tras el asedio de los almohades, que arrasaron la ciudad para luego reconstruirla. Fue en aquel momento cuando se erigieron importantes construcciones, como la Mezquita Koutoubia, la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Menara.

Tras un siglo de dominio los almohades fueron derrotados por los benimerines con Al-Maymun a la cabeza y Fernando II proporcionando ayuda. Marrakech perdió su capitalidad en favor de Fez, quedando algo olvidada.

En 1549 la dinastía saadí destituyó a los benimerines y llegó de nuevo otra época de esplendor en la que se reconstruyeron antiguos edificios y se diseñaron opulentos palacios. Marrakech recuperó la capitalidad y se convirtió en una de las ciudades más pobladas del mundo árabe.

Sin embargo, esta dinastía no duró mucho, pues a principios del siglo XVII las luchas sucesorias desembocaron en una guerra civil que terminaría en 1668 con el ascenso al trono de los alauitas. En el siglo XVIII, el sultán Mohammed III quiso recuperar el esplendor de la ciudad.

En el siglo XIX Marrakech comenzó a comerciar con Europa, sobre todo con Gran Bretaña. Marrakech ha tenido la misma historia convulsa que Marruecos, que al ser puerta de África ha tenido que luchar contra portugueses, españoles y franceses.

En 1911 la capital pasó a Rabat, por lo que Marrakech perdió de nuevo relevancia.  Un año después, ante las revueltas contra el protectorado galo, el gobierno francés nombró señor de Marrrakech a Thami el Glaoui para que controlara la zona. Y así lo hizo, gobernando durante más de 40 años de manera dictatorial. Con la independencia del país, la población francesa se redujo, pero aún así, hoy en día Marrakech es una ciudad internacional con una importante comunidad de expatriados. En la década de los 20 y 30 llegaron muchos millonarios a invertir en la ciudad. A ellos se les sumaron en los 60 artistas e intelectuales que le dieron un ambiente extravagante a la ciudad con su estilo de vida festivo y provocaron el renacimiento de la ciudad en las décadas siguientes.

En los 80 y 90 se había convertido en ciudad de moda y atrajo al mundo de la alta costura, diseñadores, editores de revistas y modelos. Marrakech estaba en boca de todos y llegó la burbuja inmobiliaria. Muchos europeos, atraídos por esta fama de ciudad exótica y bohemia compraron antiguos edificios en la Medina para construirse una segunda vivienda o incluso riads. Así, mientras los marroquíes aspiraban a comprarse una casa en la ville nouvelle como símbolo de progreso; los extranjeros se iban haciendo poco a poco con propiedades en la ciudad histórica atraídos por el sueño oriental.

Aún hoy en día Marrakech queda dividida en dos partes: la Ciudad Vieja (la Medina) con sus murallas, sus serpenteantes callejones y sus edificios en tierra roja y la Ciudad Nueva con grandes avenidas y construcciones modernas que está en continuo crecimiento. Nosotros comenzaríamos con la Medina, ya que es donde se encontraba nuestro riad y que no contábamos con mucho tiempo útil aquella tarde. Teníamos en mente visitar algún palacio, pero con el retraso en la llegada solo podríamos tener una primera toma de contacto de la ciudad.

Pero ante todo, eran casi las cuatro de la tarde, por lo que nuestro primer objetivo era buscar un sitio donde comer. Y justamente, de camino a la plaza Jamaa el Fna vimos un puesto con una especie de triángulos de pasta filo que tenían buena pinta, así que no nos lo pensamos mucho y compramos uno para cada uno.

Entre las opciones había de queso y tomillo, pescado, pollo y vegetales. Las primas optaron por el de pollo, que estaba muy rico con un toque a la menta; y nosotros dos pedimos el de vegetales y el de queso con tomillo. La base de estos bocadillos (que luego descubriríamos que se llaman briouats) consta de unos fideos a los que se les añade el ingrediente en cuestión y especias al gusto. ¡Por 15 dirhams cada uno habíamos comido!

Por la hora que era sabíamos que no íbamos a poder entrar en ningún monumento, así que la idea era ver la plaza Jamaa el Fna, la Koutoubia, que está muy cerca, y meternos por los zocos para tener una primera toma de contacto. Tras callejear, salimos a la famosa plaza Jamaa el Fna, cuyo nombre, Asamblea de los Muertos, hace referencia a la época en que se exhibían las cabezas de los criminales clavadas en postes. Además de mostrar las ejecuciones, también servía de escenario para los desfiles. Hoy se ha acondicionado y está incluso pavimentada, pero sigue teniendo el punto caótico y siendo el lugar más importante de la Medina.

A esta bulliciosa plaza dan diversos locales comerciales, tanto tiendas como restaurantes, a los que se suman los puestos ambulantes de frutos secos y zumos. Según la temporada del año, son de un tipo de fruta u otra. A principios de noviembre encontramos que era popular el de naranja, pero también el de granada, con esa variedad tan oscura y que tiene un punto de acidez, como ya habíamos visto en Estambul. También numerosos puestos de hojas de té y plantas.

También podemos encontrar todo tipo de vendedores ambulantes intentando ganarse la vida. Desde malabaristas, hasta mujeres que tatuan henna (no muy recomendable) pasando por los que van con un mono para que te hagas una foto con el animalillo, los aguadores, las adivinas, los porteadores, los sacamuelas…

También, en el extremo oeste, se ubican las calesas, que ofrecen paseos alrededor de la ciudad.

Nosotros sin embargo no teníamos mucho interés en ninguna de las propuestas, por lo que continuamos con nuestro paseo hacia el minarete de la Koutoubia, que asomaba a lo lejos. De hecho, gracias a sus 77 metros de altura, puede verse casi desde cualquier parte de la ciudad.

Esta mezquita, iniciada en 1141 y completada cuarenta años más tarde (de hecho fue erigida dos veces porque la primera no se había orientado correctamente con respecto de la Meca), es la más importante de Marrakech, todo un icono y según una norma urbanística de la época del protectorado que aún está vigente está prohibido erigir edificios que la superen en altura (tampoco pueden hacerlo las palmeras). Con una planta de 60×90 es, además, una de las más grandes del Occidente musulmán. Le debe el nombre a un zoco que había a su alrededor, el Koutubiyyin. Y de ahí también que sea conocida como la Mezquita de los libreros.

Construida en arenisca rosada, su minarete de base cuadrada y estilo almohade nos traslada a la Giralda y nos recuerda las influencias árabes que tiene nuestro país fruto de su establecimiento entre 711 y 1492. De hecho, están realizadas por el mismo arquitecto. La nuestra está mucho más ornamentada, pero es que la de la Koutoubia ha perdido el revestimiento de azulejos y estucados que tenía hace tiempo.

En la parte delantera podemos ver un pequeño edificio blanco, un mausoleo en que se encuentra Lalla Zohra, la hija de un esclavo que se transformaba en paloma todas las noches.

A diferencia de lo que pudimos ver en Estambul, en Marruecos las mezquitas no están abiertas a los no musulmanes. Parece que la ley islámica lo permite siempre que se respeten unas determinadas reglas  (descalzarse, taparse el pelo las mujeres, no armar escándalo…) y sea fuera del horario del rezo. Igual que ocurre cuando entras en un templo o una catedral, vaya… Sin embargo en este caso son algo más estrictos,  herencia del protectorado francés, que fue quien instauró esta norma. Así que no pudimos entrar a su interior y tuvimos que conformarnos con rodearla.

En su lado oeste se pueden ver unas ruinas que pertenecen a una antigua mezquita almohade.

Cruzamos al parque Lalla Hasna, que se encuentra justo enfrente. Llevábamos tan solo unas horas en Marrakech pero ya me quedaba claro que era una ciudad bipolar. Caótica y pausada a la vez. Estresante o relajante según el lugar en que te sitúes. Desde luego este parque es todo lo opuesto a la plaza con sus bancos, sus árboles frutales y sus estanques y fuentes. Y de fondo, el imponente minarete.

Es un verdadero oasis en el que se ve todo muy limpio y cuidado. Las fuentes estaban funcionando, los setos estaban recortados… incluso había gente cogiendo las aceitunas de los olivos.  Está todo pensado al milímetro para que el lugar destaque por su encanto. Hasta los focos estaban tapados por falsas palmeras.

Tras el paseo por el parque y rodear la mezquita, volvimos a la plaza y nos adentramos por uno de sus pasillos hacia los zocos. Y es que Marrakech no se puede entender sin tocar su carácter comerciante y artesano. Los primeros habitantes de la ciudad vivían del comercio con los africanos y con los españoles que cruzaban el Estrecho. Importaban oro y marfil del sur y exportaban al norte artesanía realizada en cuero, metal y cerámica. Hoy en día el comercio sigue siendo el principal motor económico, por lo que los zocos siguen siendo parte del alma de Marrakech.

Este área comercial comienza al norte de la Plaza de Jamaa el Fna y se convierte en un laberinto de callejuelas en las que las pequeñas tiendas y puestos ganan espacio al pasillo exterior, por lo que es una saturación para los sentidos con tanto objeto ante los ojos.

Los zocos están divididos por gremios (alfombras, caftanes, calzado, especias, antigüedades, hojalata, marroquinería, tintoreros…), pero orientarse en ellos es imposible. Aquí no hay mapa ni gps que valgan. Yo sentí que nos dejábamos llevar por la gente. Y es que entre los que van a pie, los que van en bici, una moto que pasa haciéndose hueco de cualquier manera, un señor con un carro vendiendo pastas… si paras, pones tu vida en peligro. Era una primera toma de contacto, por lo que tampoco nos importó mucho el movernos así, aunque he decir que resulta un poco agobiante tanta aglomeración. Eso sí, dado que era tarde, no nos insistieron mucho los tenderos con lo de las compras.

Sin saber muy bien cómo (al menos yo que me pierdo en cuanto me das la vuelta) volvimos a la plaza, y como iba a empezar a atardecer, nos subimos a la terraza de un bar a tomarnos un refresco y ver cómo caía la noche sobre Marrakech. Impresionantes los tonos anaranjados mezclados con el bullicio de la plaza, con el canto de los muyaidines llamando al rezo y con los olores de los puestos de comida. Marrakech en estado puro.

Ya de noche aunque aún pronto (no serían más de las 8 y algo) volvimos a bajar a la plaza para ver cómo había cambiado una vez se habían instalado los puestos de comida. Este es el momento apoteósico de la plaza sin duda. Estuvimos cerca de media hora evitando a los representantes de los diferentes puestos que intentaban captarnos para su negocio. Que si más barato que en el mercadona y Can Roca, que si tenemos pollo a la Pantoja, que si te regalo la bebida, que si yo bebida y postre… Un auténtico estrés, pues a cada paso te sale un nuevo que te enseña la carta, te la recita y te suelta sus chascarrillos. Y les da igual que les digas que es pronto, te dicen que solo mirar y que te quedes con su cara y el número de su puesto. Al final acabamos mareados, pues como bien nos dijo uno de ellos intentando captar nuestra atención: “es la misma mierda en todos los puestos, difiere el precio y el servicio (y si te quieren regalar la bebida o el postre)”. A la tercera vuelta nos sentamos en uno de los puestos y pedimos unas brochetas. Nos pusieron también unos entrantes que no habíamos pedido y que acabaron retirándonos.

Los cuatro platos nos salieron por 300 Dirhams, y como novatada del primer día no está mal. Pero desde luego se puede comer mejor y más abundante en cualquier lugar que no sea la plaza. Pero bueno, había que vivir desde dentro el ambiente.

Con una peste a barbacoa nos volvimos al riad pues al día siguiente había que madrugar. Habíamos quedado entre las 8 y 8:30 con nuestro conductor para iniciar la excursión al desierto y antes había que desayunar y recoger.